Artículos de religión metodistas · John Wesley
Artículos de religión
De la fe en la Santa Trinidad
Hay un solo Dios vivo y verdadero, eterno, sin cuerpo ni partes; de infinito poder, sabiduría y bondad; Hacedor y Conservador de todas las cosas, tanto visibles como invisibles. Y en la unidad de esta Deidad hay tres Personas, de una misma sustancia, poder y eternidad: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Del Verbo o Hijo de Dios, que fue hecho verdadero hombre
El Hijo, que es el Verbo del Padre, verdadero y eterno Dios, de una misma sustancia con el Padre, tomó la naturaleza humana en el seno de la bienaventurada Virgen; de modo que dos naturalezas enteras y perfectas, es decir, la Deidad y la humanidad, quedaron unidas en una sola Persona, para nunca ser divididas; de las cuales resulta un solo Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, quien verdaderamente padeció, fue crucificado, muerto y sepultado, para reconciliar a su Padre con nosotros y para ser sacrificio no solamente por la culpa original, sino también por los pecados actuales de los hombres.
De la resurrección de Cristo
Cristo resucitó verdaderamente de entre los muertos, y volvió a tomar su cuerpo, con todo lo perteneciente a la perfección de la naturaleza del hombre, con el cual subió al cielo y allí está sentado hasta que vuelva para juzgar a todos los hombres en el día postrero.
Del Espíritu Santo
El Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo, es de una misma sustancia, majestad y gloria con el Padre y el Hijo, verdadero y eterno Dios.
De la suficiencia de las Sagradas Escrituras para la salvación
Las Sagradas Escrituras contienen todas las cosas necesarias para la salvación; de modo que todo lo que no se lee en ellas ni puede probarse por ellas, no ha de exigirse a nadie que lo crea como artículo de fe, ni ha de juzgarse requisito o necesario para la salvación. Bajo el nombre de Santa Escritura entendemos aquellos libros canónicos del Antiguo y del Nuevo Testamento, de cuya autoridad nunca hubo duda alguna en la Iglesia. Los nombres de los libros canónicos son:
Génesis, Éxodo, Levítico, Números, Deuteronomio, Josué, Jueces, Rut, el Primer Libro de Samuel, el Segundo Libro de Samuel, el Primer Libro de los Reyes, el Segundo Libro de los Reyes, el Primer Libro de las Crónicas, el Segundo Libro de las Crónicas, el Libro de Esdras, el Libro de Nehemías, el Libro de Ester, el Libro de Job, los Salmos, los Proverbios, Eclesiastés o el Predicador, los Cánticos o Cantares de Salomón, los cuatro Profetas mayores, los doce Profetas menores.
Todos los libros del Nuevo Testamento, tal como son comúnmente recibidos, los recibimos y los tenemos por canónicos.
Del Antiguo Testamento
El Antiguo Testamento no es contrario al Nuevo, pues tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento la vida eterna es ofrecida a la humanidad por Cristo, que es el único Mediador entre Dios y el hombre, siendo Dios y hombre. Por tanto, no han de ser oídos los que fingen que los antiguos padres esperaban únicamente promesas temporales. Aunque la Ley dada por Dios mediante Moisés, en cuanto a las ceremonias y los ritos, no obliga a los cristianos, ni sus preceptos civiles han de ser necesariamente recibidos en ninguna república, sin embargo, ningún cristiano, sea quien sea, está libre de la obediencia a los mandamientos que se llaman morales.
Del pecado original o de nacimiento
El pecado original no consiste en seguir el ejemplo de Adán (como vanamente dicen los pelagianos), sino que es la corrupción de la naturaleza de todo hombre que es engendrado naturalmente de la descendencia de Adán; por lo cual el hombre se ha alejado muchísimo de la justicia original, y es por su propia naturaleza inclinado al mal, y eso continuamente.
Del libre albedrío
La condición del hombre después de la caída de Adán es tal, que no puede, por su propia fuerza natural y sus obras, volverse ni prepararse a la fe y a la invocación de Dios. Por lo cual no tenemos poder para hacer buenas obras agradables y aceptables a Dios, sin la gracia de Dios por Cristo que nos previene para que tengamos buena voluntad, y que obra con nosotros cuando tenemos esa buena voluntad.
De la justificación del hombre
Somos reputados justos delante de Dios solamente por el mérito de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, mediante la fe, y no por nuestras propias obras o merecimientos. Por tanto, que somos justificados solamente por la fe es una doctrina muy saludable y llena de consuelo.
De las buenas obras
Aunque las buenas obras, que son fruto de la fe y siguen a la justificación, no pueden quitar nuestros pecados ni soportar el rigor del juicio de Dios, son, sin embargo, agradables y aceptables a Dios en Cristo, y brotan de una fe verdadera y viva; tanto que por ellas se puede conocer una fe viva tan evidentemente como se discierne un árbol por su fruto.
De las obras de supererogación
Las obras voluntarias, además de los mandamientos de Dios y por encima de ellos, que llaman obras de supererogación, no pueden enseñarse sin arrogancia e impiedad; pues con ellas los hombres declaran que no solamente dan a Dios tanto como están obligados a dar, sino que hacen más por amor a él de lo que exige el deber a que están obligados; siendo así que Cristo dice claramente: «Cuando hayáis hecho todo lo que os ha sido ordenado, decid: Siervos inútiles somos» (Lc 17:10).
Del pecado después de la justificación
No todo pecado cometido voluntariamente después de la justificación es pecado contra el Espíritu Santo e imperdonable. Por tanto, no debe negarse la concesión del arrepentimiento a los que caen en pecado después de la justificación. Después de haber recibido el Espíritu Santo, podemos apartarnos de la gracia recibida y caer en pecado, y por la gracia de Dios podemos levantarnos de nuevo y enmendar nuestra vida. Y por eso han de ser condenados los que dicen que no pueden pecar más mientras vivan aquí, o niegan el lugar del perdón a los que se arrepienten de veras.
De la Iglesia
La Iglesia visible de Cristo es una congregación de hombres fieles, en la cual se predica la pura Palabra de Dios y se administran debidamente los sacramentos conforme a la institución de Cristo, en todas aquellas cosas que por necesidad se requieren para ello.
Del purgatorio
La doctrina romanista acerca del purgatorio, las indulgencias, la veneración y adoración tanto de las imágenes como de las reliquias, y también la invocación de los santos, es cosa necia, vanamente inventada y no fundada en testimonio alguno de la Escritura, sino más bien repugnante a la Palabra de Dios.
De hablar en la congregación en una lengua que el pueblo entienda
Es cosa claramente repugnante a la Palabra de Dios y a la costumbre de la Iglesia primitiva tener oración pública en la Iglesia, o administrar los sacramentos, en una lengua que el pueblo no entiende.
De los sacramentos
Los sacramentos instituidos por Cristo no son solamente insignias o señales de la profesión de los cristianos, sino más bien señales ciertas de la gracia y de la buena voluntad de Dios para con nosotros, por las cuales él obra invisiblemente en nosotros, y no solamente aviva, sino también fortalece y confirma nuestra fe en él.
Son dos los sacramentos instituidos por Cristo nuestro Señor en el Evangelio, es decir, el Bautismo y la Cena del Señor.
Aquellos cinco comúnmente llamados sacramentos, es decir, la confirmación, la penitencia, las órdenes, el matrimonio y la extremaunción, no han de ser contados por sacramentos del Evangelio, por ser tales que en parte han surgido del seguimiento corrompido de los apóstoles, y en parte son estados de vida aprobados en las Escrituras; pero no tienen la misma naturaleza que el Bautismo y la Cena del Señor, por no tener ninguna señal o ceremonia visible ordenada por Dios.
Los sacramentos no fueron ordenados por Cristo para ser mirados con asombro o llevados de un lado a otro, sino para que los usemos debidamente. Y solamente en los que los reciben dignamente tienen un efecto u operación saludable; pero los que los reciben indignamente acarrean sobre sí mismos condenación, como dice san Pablo.
Referencias: (1 Co 11:29)
Del bautismo
El Bautismo no es solamente una señal de profesión y marca de diferencia por la cual los cristianos se distinguen de los que no han sido bautizados, sino que es también una señal de regeneración o nuevo nacimiento. El bautismo de los niños pequeños ha de retenerse en la Iglesia.
De la Cena del Señor
La Cena del Señor no es solamente una señal del amor que los cristianos deben tener entre sí, sino más bien un sacramento de nuestra redención por la muerte de Cristo; de tal manera que, para los que la reciben rectamente, dignamente y con fe, el pan que partimos es participación del cuerpo de Cristo; y asimismo la copa de bendición es participación de la sangre de Cristo.
La transubstanciación, o el cambio de la sustancia del pan y del vino en la Cena de nuestro Señor, no puede probarse por la Santa Escritura, sino que es repugnante a las claras palabras de la Escritura, trastorna la naturaleza de un sacramento y ha dado ocasión a muchas supersticiones.
El cuerpo de Cristo es dado, tomado y comido en la Cena solamente de manera celestial y espiritual. Y el medio por el cual el cuerpo de Cristo es recibido y comido en la Cena es la fe.
El sacramento de la Cena del Señor no fue, por ordenanza de Cristo, reservado, llevado de un lado a otro, levantado en alto ni adorado.
De ambas especies
La copa del Señor no ha de negarse a los laicos; porque ambas partes de la Cena del Señor, por ordenanza y mandamiento de Cristo, deben ser administradas a todos los cristianos por igual.
De la única oblación de Cristo consumada en la cruz
La ofrenda de Cristo hecha una sola vez es la perfecta redención, propiciación y satisfacción por todos los pecados del mundo entero, tanto originales como actuales; y no hay otra satisfacción por el pecado sino esa sola. Por tanto, el sacrificio de las misas, en las cuales comúnmente se dice que el sacerdote ofrece a Cristo por los vivos y los muertos para obtener remisión de la pena o de la culpa, es una fábula blasfema y un engaño peligroso.
Del matrimonio de los ministros
A los ministros de Cristo no se les manda por ley de Dios que hagan voto del estado de vida soltera, ni que se abstengan del matrimonio. Por tanto, les es lícito también a ellos, como a todos los demás cristianos, casarse según su propia discreción, conforme lo juzguen más conveniente para la piedad.
De los ritos y ceremonias de las iglesias
No es necesario que los ritos y ceremonias sean en todos los lugares una sola cosa o enteramente iguales; porque en todos los tiempos han sido diversos y pueden cambiarse según la diversidad de los países, de los tiempos y de las costumbres de los hombres, con tal que nada se ordene contra la Palabra de Dios. Todo el que, por su juicio privado, voluntaria y deliberadamente quebrante de modo público los ritos y ceremonias de la Iglesia a la que pertenece, que no son repugnantes a la Palabra de Dios y que han sido ordenados y aprobados por autoridad común, debe ser reprendido públicamente (para que otros teman hacer lo mismo), como quien ofende contra el orden común de la Iglesia e hiere las conciencias de los hermanos débiles.
Toda iglesia particular puede ordenar, cambiar y abolir ritos y ceremonias, con tal que todo se haga para edificación.
De los gobernantes de los Estados Unidos de América
El Presidente, el Congreso, las Asambleas Generales, los Gobernadores y los Consejos de Estado, como delegados del pueblo, son los gobernantes de los Estados Unidos de América, según la división de poderes que les hacen la Constitución de los Estados Unidos y las Constituciones de sus respectivos Estados. Y dichos Estados son una nación soberana e independiente, y no deben estar sujetos a ninguna jurisdicción extranjera.
De los bienes de los cristianos
Las riquezas y los bienes de los cristianos no son comunes, en cuanto al derecho, título y posesión de los mismos, como algunos se jactan falsamente. Sin embargo, todo hombre debe dar liberalmente limosna a los pobres de aquellas cosas que posee, conforme a sus posibilidades.
Del juramento del cristiano
Así como confesamos que nuestro Señor Jesucristo y Santiago, su apóstol, han prohibido a los hombres cristianos el juramento vano y temerario, así juzgamos que la religión cristiana no prohíbe que un hombre jure cuando el magistrado lo requiere, en causa de fe y de caridad, con tal que se haga conforme a la enseñanza del profeta, en justicia, en juicio y en verdad.
John Wesley, 1784 (dominio público). Traducción al español de Berea, hecha con IA a partir del texto inglés de la edición de Philip Schaff, The Creeds of Christendom (1877), texto de CCEL.