Notas sobre la Biblia · Jonathan Edwards

Hebreos 6: comentario de Jonathan Edwards

Hebreos 6:4-6

He 6:4-6. «Porque es imposible que los que una vez fueron iluminados, y gustaron del don celestial», etc. Lo que se quiere decir con las cosas aquí mencionadas puede deducirse de los versículos anteriores. El apóstol nos exhorta, cuando hemos comenzado en el cristianismo, a seguir adelante y progresar hacia logros más altos, y a no tener que comenzar todo de nuevo; a que, una vez puesto el fundamento, sigamos adelante y levantemos el edificio, y no estemos siempre poniendo el fundamento, ni tengamos ocasión de ponerlo por segunda vez; fundamento, o comienzo, o primera salida en el cristianismo, que consiste en estas cosas: en el arrepentimiento de obras muertas y en la fe hacia Dios; fundamento que se puso cuando ellos se apartaron por primera vez de sus caminos erróneos y malvados, y abrazaron el cristianismo, y creyeron el evangelio. Y luego, en la doctrina de bautismos y de la imposición de manos, porque cuando entraron por primera vez en la profesión del evangelio fueron bautizados, y se les impusieron las manos para que recibieran el Espíritu Santo. Por la doctrina de bautismos y de la imposición de manos, el apóstol entiende aquellas instrucciones sencillas que se les dieron para prepararlos para el bautismo y la imposición de manos; y por último, en cuanto a la resurrección de los muertos y el juicio eterno, la doctrina de la resurrección y del estado futuro, o mundo venidero, eran los primeros principios de la religión con que comenzaron.

Ahora bien, por los que fueron una vez iluminados, el apóstol entiende a los que fueron una vez instruidos en el cristianismo y llevados hasta el punto de entenderlo y creerlo, de modo que abandonaron sus errores anteriores y sus malos caminos en su incredulidad, como se entiende claramente en 10:32. Gustar de los dones celestiales y hacerse partícipes del Espíritu Santo son lo mismo, y significan que recibieron el Espíritu Santo, como lo recibían por la imposición de manos; y por último, en cuanto a gustar de la buena palabra de Dios y de los poderes del siglo venidero, aunque es probable que aquellos que eran verdaderos santos participaban en todas partes del don del Espíritu Santo por la imposición de manos, creo con todo que, cuando esto no iba acompañado de ejercicios de gracia, siempre iba acompañado de grandes iluminaciones y afectos comunes. No es probable que tuvieran al Espíritu Santo morando en ellos en cuanto a sus influencias milagrosas y no sintieran nada de su poder en sus almas. Cuando se les daba el Espíritu Santo, sentían su influencia, no solo exteriormente, sino interiormente; no solo en su entendimiento, sino en sus afectos. Creo que nunca nadie tuvo el Espíritu Santo, en cuanto a sus operaciones extraordinarias, (véanse Nm 23:10; 24:5-6; 1 S 10:6) más que Balaam y Saúl. Eran hombres no convertidos, y sin embargo sintieron su influencia de esta manera. Así gustaron de la buena palabra de Dios y del poder del siglo venidero. Gustaron de la buena palabra de Dios como los oyentes de terreno pedregoso, que al momento la reciben con gozo, y como los gálatas, que tenían por tal bienaventuranza oír la palabra de Dios, que se habrían sacado los ojos para dárselos al apóstol. Experimentaron en sí mismos el poder del siglo venidero, es decir, del mundo invisible; véanse Ef 1:21 y He 2:5; y sintieron en sus mentes los poderes del agente invisible de ese mundo. Es cierto que nadie ejercía dones milagrosos sin una influencia extraordinaria del Espíritu de Dios para convencer el juicio. 1 Co 13:2: «Y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy»; y sin duda había comúnmente un efecto correspondiente o proporcional en los afectos, como lo había en el juicio. Así como la fe allí mencionada se distingue allí de la verdadera gracia o amor, y por tanto difería en especie de la fe salvadora, así difieren estas cosas aquí mencionadas de la gracia salvadora.

He 6:4-6. Si alguien piensa que el apóstol usó aquí expresiones demasiado elevadas para designar dones del Espíritu comunes a buenos y malos, aunque sean dones milagrosos, respondo que el propósito del apóstol, y su argumento en esas palabras, lo llevaron a exponer la grandeza del privilegio que tales personas habían recibido, para mostrar mejor los enormes agravantes de su apostasía, por lo cual lo que dice el apóstol pudiera creerse más fácilmente, es decir, que era imposible renovarlos otra vez para arrepentimiento. Porque es cierto que él tiene en mente lo agravado de su crimen como razón de ello, puesto que él mismo lo da como razón en el v. 6, con estas palabras: «Crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y exponiéndole a vituperio».

He 6:4-6. «Porque es imposible», etc. Aquellos a quienes el apóstol tiene aquí en cuenta deben ser los que eran culpables del pecado imperdonable. La caída de que habla es una apostasía del cristianismo. No podía ser de otro modo sino que quienes en aquellos días habían sido cristianos y luego renunciaban abiertamente al cristianismo, tenían que vituperar abiertamente aquel espíritu del que los cristianos estaban entonces tan generalmente dotados en sus dones milagrosos, que era tan notorio, y era algo tan grande, y lo principal en ellos que atraía sobre ellos los ojos del mundo, y el mayor sello que Dios les daba para evidenciar a la vista del mundo que eran su pueblo, y el argumento que más eficazmente ganaba a otros para ellos. Cuando renunciaban abiertamente al cristianismo, que una vez habían parecido abrazar, su renuncia contenía un grande y abierto vituperio, pues era un echar fuera y rechazar abiertamente algo que había sido recibido, por haberlo hallado malo y vil. El que admite y recibe a otro en calidad de esposa, o esposo, o señor, u otra relación, y luego, tras probarlo, lo rechaza y lo echa de casa, le lanza un vituperio muchísimo mayor que los que nunca lo recibieron: mucho más los que recibieron a alguien por su Dios. Así, estos apóstatas de quienes aquí se habla, al renunciar al cristianismo, echaron abiertamente el mayor vituperio sobre el cristianismo; y por eso dice el apóstol, v. 6, que lo exponen a vituperio. Y en verdad una renuncia abierta y declarada del cristianismo después de haberlo abrazado es en sí misma un vituperarlo y blasfemar de él abiertamente con palabras; y los que apostataban y renunciaban abiertamente al cristianismo en aquellos días, hallándose la iglesia en las circunstancias que ya se han mencionado, tenían que renunciar y vituperar abiertamente aquel Espíritu de que los cristianos estaban dotados y por el cual eran confirmados; porque ese Espíritu era lo principal y más evidente en aquel cristianismo al que renunciaban y que vituperaban. Y más aún tenía que ser así cuando renunciaban abiertamente al cristianismo quienes habían sido ellos mismos dotados del Espíritu Santo, como lo habían sido los que aquí se mencionan. Al renunciar al cristianismo, tenían que renunciar al Espíritu, aquel gran sello del cristianismo que habían tenido. Y los que tenían tal experiencia de las evidencias de la verdad del cristianismo como la que estos tenían, según se ha explicado en el N.º 165, tenían que hacerlo contra la luz y la convicción de sus propias conciencias, y así lo que hacían equivale al pecado contra el Espíritu Santo. Y los que apostataban del cristianismo en estas circunstancias serían naturalmente abundantes en sus vituperios contra la religión a la que habían renunciado y contra el Espíritu que la confirmaba, para justificarse a sí mismos y para no parecer incoherentes consigo mismos a los ojos del mundo. De los mismos apóstatas se habla evidentemente en 10:25, etc., donde el apóstol habla de que abandonaban las congregaciones de los cristianos, y pecaban voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, y pisoteaban al Hijo de Dios, y tenían por inmunda la sangre del pacto con la cual fueron santificados, y ultrajaban al Espíritu de gracia.

He 6:4-6. Acerca de los que fueron una vez iluminados, etc. Es un argumento de que los que aquí se mencionan son tales que nunca fueron regenerados, que se los compara con el terreno de espinos, el cual, aunque parezca recibir la semilla y alimentarla, de modo que brote y parezca florecer por un tiempo, nunca da fruto bueno, sino que el fruto que produce al final son siempre zarzas y espinos, porque el terreno es espinoso, lleno de semillas y raíces de espinos, que nunca fueron arrancadas para preparar la tierra para la buena semilla; de modo que cualesquiera lluvias que caigan sobre él, por benignas que sean, solo sirven para alimentar los espinos y hacerlos crecer más de prisa, v. 8; representación que ciertamente implica que el terreno es malo, que nunca fue cambiado de modo que quedara preparado para dar buen fruto. Es una buena regla, en nuestros esfuerzos por entender la mente del Espíritu de Dios, comparar lo espiritual con lo espiritual, e interpretar la Escritura por la Escritura. Ahora bien, es manifiesto que Cristo representa el terreno de espinos como diferente del buen terreno. El terreno mismo es malo, y no está dispuesto para recibir y alimentar la semilla de modo que lleve el buen fruto a la perfección; y los representados por el terreno de espinos son, en la explicación que Cristo da de la parábola, distinguidos de los que tienen corazón bueno y recto. La falta del camino, del terreno pedregoso y del terreno de espinos estaba, en cada uno, en la naturaleza de la tierra; y el buen fruto en la buena tierra se atribuye a la mejor naturaleza de la tierra; y por tanto, los que aquí son representados como tierra que, aunque recibe a menudo lluvias refrescantes y benignas, siempre da zarzas y espinos, son tierra que nunca ha sido limpiada, y cambiada, y hecha buena, sino que es inveteradamente mala, y por eso solo sirve para ser quemada. No es imposible que el terreno de espinos llegue a dar buen fruto, pero entonces debe ser cambiado, las mismas raíces de los espinos deben ser muertas o arrancadas. Si esto no se hace, por más que se siembre buena semilla en él, y por más que caigan sobre él buenas y amables lluvias, dará zarzas y espinos. Este matar o arrancar las concupiscencias del corazón, comparadas con espinos, se hace por una obra de regeneración, o circuncisión del corazón, como se representa en Jer 4:3-4: «Haced barbecho para vosotros, y no sembréis entre espinos. Circuncidaos para Jehová, y quitad el prepucio de vuestro corazón, para que no salga como fuego mi ira, y se encienda, y no haya quien la apague». Allí el fin del terreno que lleva zarzas y espinos se representa como ser quemado, como aquí en el capítulo 6 de Hebreos. Este es el fin de aquellos cuyos corazones, por así decir, producen zarzas y espinos, y eso porque sus corazones nunca fueron circuncidados, es decir, nunca fueron regenerados.

En Lc 8:18, cuando Cristo hubo terminado la parábola del sembrador, concluye: Mirad cómo oís (es decir, que al oír la palabra no seáis como el camino, o el terreno pedregoso o el de espinos, en los cuales cayó la buena semilla); porque, dice Cristo, «a todo el que tiene, se le dará; y a todo el que no tiene, aun lo que piensa tener se le quitará»; refiriéndose todavía a la parábola, y al quitar, o al marchitarse y perecer, la semilla de las malas clases de terreno; dando a entender que tales no tienen verdadera vida espiritual, ni bondad real, y que el aparente bien que tienen lo perderán.

Hebreos 6:19

He 6:19. «La cual tenemos como segura y firme ancla del alma, y que penetra hasta dentro del velo». Lo que aquí se llama esperanza es lo mismo que la gracia de la fe, pero solo con respecto a una clase de sus ejercicios, es decir, los que se refieren a las promesas de Dios, o a nuestro propio bien futuro prometido. No es otra cosa que confianza en Dios (o más bien fe en Dios), por medio de Cristo, para salvación. Esto concuerda con el contexto, que comienza en el v. 12, y con la descripción que se da de la esperanza en las mismas palabras; pues es la fe en Cristo lo que da estabilidad al alma, la fe es aquello por lo cual somos edificados sobre esa roca firme, de modo que no podemos ser derribados, y la misma es el ancla por la cual somos sostenidos firmemente, y no podemos ser llevados de aquí para allá por vientos y tempestades, y naufragar y perdernos. Lo que aquí se llama esperanza es exactamente lo mismo que en otros lugares se llama fe; y la fe salvadora y justificadora se llama a menudo en el Nuevo Testamento con el nombre de esperanza; como en Ro 8:24-25: «Porque en esperanza fuimos salvos; pero la esperanza que se ve, no es esperanza; porque lo que alguno ve, ¿a qué esperarlo? Pero si esperamos lo que no vemos, con paciencia lo aguardamos». ¿Cómo somos salvos por la esperanza, sino como somos salvos o justificados por la fe? Que por esperanza se entiende aquí fe aparece además por las palabras siguientes: «Pero la esperanza que se ve, no es esperanza», etc., comparadas con las palabras del mismo apóstol en He 11:1: «La fe es la convicción de lo que no se ve»; y por el versículo siguiente, «Pero si esperamos lo que no vemos, con paciencia lo aguardamos», comparado con el v. 12 del contexto en este cap. 6 de Hebreos: «Que seáis imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las promesas». Y puede confirmarse todavía más comparando este último lugar con el versículo anterior: «Y deseamos que cada uno de vosotros muestre la misma solicitud hasta el fin, para plena certeza de la esperanza»; y comparando también ambos con el v. 19, el texto que nos ocupa. Que la fe signifique a veces para el apóstol lo mismo que la esperanza es manifiesto por su descripción de ella en He 11:1: «La fe es la certeza de lo que se espera»; y Gá 5:5: «Pues nosotros por el Espíritu aguardamos por fe la esperanza de la justicia»; y Col 1:23: «Si en verdad permanecéis fundados y firmes en la fe, y sin moveros de la esperanza del evangelio»: permanecer fundados y firmes en la fe, y sin moverse de la esperanza del evangelio, son expresiones usadas evidentemente como explicativas una de la otra; y He 3:6: «Si retenemos firme hasta el fin nuestra confianza y el gloriarnos en la esperanza»: nuestra confianza y nuestra esperanza parecen ser sinónimos; así también Ro 4:18: «El cual, contra esperanza, creyó en esperanza». 1 Ti 1:1: «Jesucristo nuestra esperanza». Así parece usar el apóstol Pedro el término esperanza. 1 P 1:21: «Y por medio de él creéis en Dios, quien le resucitó de los muertos y le ha dado gloria, para que vuestra fe y esperanza sean en Dios». Así también 3:15: «Estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros»; es decir, para dar razón, o declarar los fundamentos, de su fe. Así parece usarse esperanza por fe por el apóstol Juan. 1 Jn 3:3: «Todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro».

De la esperanza, en el Nuevo Testamento, se habla a menudo como de una gran gracia y virtud cristiana, y una de las principales cosas que distinguen a un verdadero cristiano, lo cual sería difícil de entender o explicar si por esperanza se entendiera no más que lo que comúnmente entendemos por la palabra, es decir, que piense bien de su propio estado, o que espere bien de su estado futuro. Eso no es difícil de hacer; es a lo que la naturaleza es propensa; pero por esperanza ellos sin duda querían decir algo más, es decir, un abrazar las promesas de Dios y confiar en ellas con fiducia, por medio de Cristo, para salvación. Esta es la gran gracia cristiana de que habla el apóstol en el cap. 13 de 1 Co, donde habla de la fe, la esperanza y el amor; y por fe allí, y también donde se la distingue de la esperanza, se entiende la fe en un sentido más amplio, es decir, el asentir a la verdad en todo lo que él testifica o revela, sin ninguna consideración especial a nuestro propio interés e interés futuro en lo que él revela. La esperanza es nuestro asentir y descansar en la verdad y suficiencia de Dios en cuanto concierne a nuestra propia dicha futura.

Traducción del inglés hecha con IA para Berea.