Comentarios y sermones · Martín Lutero
1 Juan 5: comentario de Martín Lutero
Sermón para el domingo después de Pascua; 1 Juan 5:4-12
LA FE VICTORIOSA.
1 Este pasaje de la epístola fue dispuesto para este domingo en particular sobre todo porque trata del bautismo y del nuevo nacimiento del cristiano creyente. En otro tiempo era costumbre en la Iglesia bautizar inmediatamente después de la Pascua a quienes habían aceptado la fe cristiana y habían sido instruidos en sus preceptos. Este día se llama también «Dominicam in albis», y entre nosotros, los alemanes, «Weiszer Sonntag» (Domingo Blanco), porque los candidatos al bautismo se vestían de lino blanco como señal de su limpieza y nuevo nacimiento, así como hoy los niños que van a ser bautizados se visten con un blanco traje de bautismo.
EL NUEVO NACIMIENTO.
2 Aunque esta lección no trata de la resurrección de Cristo, se refiere a sus frutos: la fe, la esencia misma del cristianismo, expresada aquí como haber nacido de Dios; y el testimonio del Espíritu Santo, recibido por el bautismo, que nos asegura que somos hijos de Dios y tenemos, por Cristo, la vida eterna y todas las bendiciones.
3 Aunque el lenguaje de Juan es, como de costumbre, claro y sencillo, en los oídos de los hombres en general resulta insólito e ininteligible. El mundo lo estima semejante al balbuceo de niños o de necios. ¿Qué implica, según la interpretación del mundo, la afirmación de V.4. «Todo lo que es nacido de Dios vence al mundo»? Vencer al mundo, lo entenderían los no convertidos como someter a sí mismo toda cosa terrenal y asumir la posición de soberano del mundo. Aún más absurdo suena a esta clase de gente el decir que debemos nacer de Dios. «¿Se ha oído jamás cosa semejante», podrían exclamar, «como hijos nacidos de Dios? Menos ridículo sería decir que debemos nacer de piedras, según la idea de los poetas paganos.» Para el mundo no hay más nacimiento que el físico. Por eso una doctrina como la que expone nuestra lección será siempre extraña, ininteligible, incomprensible para todos menos los cristianos. Pero estos hablan nuevas lenguas, como Cristo dice en el último capítulo de Marcos (v. 17) que hablarán, pues son enseñados e iluminados por el Espíritu Santo.
4 Claramente, pues, cuando las Escrituras hablan de nacer de Dios, no es en sentido humano; la referencia no es a las condiciones de nuestra vida temporal, sino a las elevadas de una existencia futura. Decir que debemos nacer de Dios equivale a decir que si el hombre ha de ser redimido del pecado y de la muerte eterna, para entrar en el reino de Dios y en la felicidad, su nacimiento físico no basta; todo cuanto puedan ofrecer la naturaleza, la razón, el libre albedrío y el esfuerzo humano es insuficiente. El nacimiento físico, es cierto, responde por todo lo que es posesión y logro temporal, todo lo grande, poderoso, noble, rico, sabio, docto; en suma, toda cosa elevada y deseable de la tierra. Pero toda posesión y logro semejante sirve solo a la existencia física; es barrido por la muerte, a la cual siempre está sujeto.
De ahí que se haga necesario un nacimiento nuevo y distinto, un nacimiento más significativo que el del hombre natural, aun en el caso de los emperadores, los reyes o los más sabios e influyentes de la tierra. Pues, como dice Isaías (cap. 40:6): «Toda carne es hierba, y toda su gloria como flor del campo. La hierba se seca, y la flor se marchita.» Se exige un nacimiento divino, un nacimiento en el que la paternidad es enteramente de Dios; un nacimiento que significa la operación del poder divino de Dios en el hombre, un poder que logra algo más allá del alcance de sus capacidades naturales y produce en él nuevo entendimiento y un corazón nuevo.
5 El proceso es este: cuando el individuo oye el mensaje del evangelio de Cristo, mensaje revelado y proclamado no por la sabiduría y voluntad del hombre, sino por el Espíritu Santo, y lo cree sinceramente, es reconocido con justicia como concebido y nacido de Dios. Juan, en su evangelio (cap. 1:12), dice: «Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios.» Y en el primer versículo del capítulo que incluye nuestro texto, nos dice: V.1. Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios. Por esa fe, por causa de su Hijo, Dios nos acepta como sus hijos, agradables a él y herederos de la vida eterna; y el Espíritu Santo será enviado a nuestros corazones, como se explica más adelante.
6 Esta doctrina condena a aquellos maestros arrogantes que presuntuosamente esperan ser justificados ante Dios por sus propios méritos y obras. Se imaginan que su sabiduría, su saber, su buen juicio, su inteligencia, su buena reputación y su moralidad les dan derecho, por el bien que así pueden hacer, al favor de Dios y a ser recibidos en el cielo. Pero las Escrituras enseñan claramente lo contrario: que todas estas cosas no son nada a los ojos de Dios. Es puro esfuerzo humano; no es haber nacido de Dios. Por sabio y poderoso que seas, aunque fueras el fruto más noble y hermoso que la naturaleza humana pueda producir, no podrías ver el reino de Dios a menos que te convirtieras en una persona enteramente distinta, a menos que nacieras de nuevo, conforme a las palabras de Cristo en Jn 3:3. Y esto es algo imposible para tus fuerzas naturales. Ciertamente no puedes hacerte de otra ascendencia que la que tienes. Dios debe comenzar la obra en ti, comunicándote su simiente, su Palabra, en virtud de la cual el Espíritu Santo opera en ti, capacitándote para aferrarte por la fe a la promesa, como se dijo antes.
7 Ahora bien, quien así ha nacido de Dios, declara Juan, vence al mundo. En verdad, esta es una afirmación significativa y enérgica del Espíritu Santo; representa un poder tremendo, una gran obra. El hijo de Dios debe, en efecto, intentar y realizar grandes cosas. El nacimiento efectuado por la Palabra y la fe hace a los hombres verdaderos soberanos, por encima de todos los gobernantes terrenales; les da poder aun para vencer al mundo, algo imposible para cualquier potentado romano o turco. No alcanzan su victoria por la fuerza física ni por el poder temporal, sino por el nacimiento espiritual, mediante la fe. Como dice Juan inmediatamente después de la cláusula que estamos tratando, V.4. Y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe. Aquí está su propia explicación de lo que quiere decir con nacer de Dios.
LOS DOS REINOS.
8 Ahora bien, para entender la naturaleza de la victoria espiritual y cómo se logra, debemos saber qué quiere decir Juan con el término «mundo». No se refiere al dominio sobre territorios, propiedades o dinero. Da a entender la existencia de dos reinos. En uno, el reino de Dios, el reino celestial de Cristo, están incluidos, primero, los ángeles en el cielo, que son los señores principales, el círculo íntimo de consejeros; segundo, toda la Iglesia cristiana en la tierra, bajo una sola cabeza, Cristo el Señor y Rey. En el otro reino, el reino infernal, el diablo es príncipe, y sus poderosos consejeros y siervos son los ángeles que con él cayeron del cielo; incluye también al mundo, a quienes en la tierra enseñan, creen y viven en contra de Cristo, que representan a los paganos, los judíos, los turcos y los falsos cristianos.
Por el reino celestial de Dios debemos entender no solo la vida espiritual y la gente piadosa, sino el señor y regente de ese reino: Cristo con sus ángeles y sus santos, vivos y muertos. Así también el reino del mundo representa no solo la vida terrenal con sus intereses mundanos, sino en particular a su señor y regente: el diablo y sus ángeles, y toda la gente no cristiana, impía y malvada de la tierra. Así, cuando Juan dice, V.4. «Todo lo que es nacido de Dios vence al mundo», por «mundo» entiende al diablo y a todo su dominio terrenal.
9 Ahora bien, las obras de estos dos reinos son claramente evidentes, aunque los jefes, Cristo el Señor y el diablo, no son visibles a ojos mortales. Cristo gobierna directa y eficazmente, con su propio poder, por la Palabra y por el Espíritu Santo en el corazón de los creyentes, manteniéndolos en la fe y en el conocimiento de su Palabra y protegiéndolos de la ira y de la astucia del diablo; gobierna además por medio de sus ángeles, que guardan a sus seguidores; y gobierna también por medio de su propio pueblo, que ejerce autoridad de unos sobre otros en servicio amoroso, enseñando, instruyendo, consolando y amonestando cada uno a una noble grey pequeña de almas piadosas, obedientes, pacientes, castas, bondadosas, dóciles y benévolas.
La naturaleza del reino del diablo, el modo de vida que lleva el mundo, se ve fácilmente. Este reino no es sino un enorme tenderete lleno de individuos sin fe, sin vergüenza y malvados, impulsados por su dios a toda suerte de desobediencia, ingratitud y desprecio de Dios y de su Palabra; a la idolatría, la falsa doctrina, la persecución de los cristianos y la práctica de toda disolución, maldad, perversidad y vicio.
10 Estos dos reinos se oponen. Contienden continuamente por la corona; se hacen la guerra por la supremacía. Los cristianos son llevados al conflicto para mantener el campo contra el enemigo de Dios, cuyo gobierno del mundo es de falsedad y homicidio; deben luchar contra los siervos del enemigo, su horda de espíritus facciosos y de individuos vilmente malvados, en un esfuerzo por refrenar el mal y promover el bien. Los cristianos deben estar equipados para la contienda; deben saber cómo enfrentar y resistir con éxito al enemigo, cómo llevar el campo a la victoria y mantenerlo.
LA FE, VENCEDORA.
11 Por eso, cuando Juan dice, V.4. «Todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe», su propósito es exhortar a los cristianos a que los creyentes manifiesten en la vida y en los hechos el poder y la obra de la fe. En efecto, su objetivo principal al escribir este texto fue reprender a los falsos cristianos a quienes les agrada oír la doctrina de que somos salvos solo por Cristo, sin que nuestras obras y méritos ganen nuestra salvación, y que se imaginan que el oír esta doctrina los hace cristianos y que no hay necesidad de esfuerzo ni lucha alguna de su parte. Olvidan que deben, por la fe, hacerse personas nuevas, aptas para vencer al mundo y al diablo.
12 La victoria sobre el diablo es la señal del verdadero cristiano. Por ella podemos saber que los hombres han nacido de Dios, y distinguirlos de los falsos hijos que gozan solo de la apariencia de la Palabra de Dios y nunca experimentan su poder. Tales son meros «mondkinder» (hijos de la luna), nacidos muertos, desprovistos de verdadera vida divina o de poder divino. No puede decirse que hayamos nacido de Dios cuando continuamos en nuestro antiguo camino muerto y mundano, y como antes mentimos y vivimos en pecado a gusto del diablo. No: como hijos de Dios debemos resistir al diablo y a todo su reino. Si, pues, en vez de vencer al mundo permites que él te venza, entonces, por mucho que te jactes de la fe y de Cristo, tu propia conducta testifica que no eres hijo de Dios.
Para ilustrarlo, comenzando con algunos de los pecados más bajos y groseros: si te jactas de ser hijo de Dios, pero aún vives en fornicación, adulterio y vicios semejantes, el diablo ya te ha vencido y te ha arrancado del reino de Dios. Si eres avaro y dañas a tu prójimo con la usura, con el sobreprecio, con mercancías falsas y negocios fraudulentos, has permitido que el mundo y tu propia carne te venzan por una moneda. Si albergas envidia y odio hacia tu prójimo, eres por ello mismo un siervo cautivo del diablo. El mismo principio rige en el caso de pecados más sutiles y refinados, donde hay que resistir la maliciosa picardía del diablo. Por ejemplo, el diablo engaña con doctrinas falsas, impulsando a los hombres a la idolatría, la falsa fe, la presunción, la desesperación, la blasfemia, etcétera. Ahora bien, si cedes ante él y te dejas seducir, ¿de qué te servirá jactarte de la fe del evangelio? Porque no has captado debidamente la Palabra de Dios, no has reconocido rectamente a Dios en Cristo, sino que continúas en el error, cautivado y engañado por el diablo en falsas fantasías.
13 Se requiere algo más que mera sabiduría y destreza humanas, más que poder humano, para resistir y vencer a un enemigo tan formidable como el diablo. Como se dijo antes, el cristiano debe estar fortalecido con el conocimiento de cómo guardarse de sus artimañas y engaños y cómo resistirlo. Por eso se llama cristiano a una persona nacida de Dios. Debe ser distinto de un pagano inteligente y de un mundano hábil para entender rectamente la Palabra de Dios y captar a Cristo por la fe, y debe usar tal conocimiento como armas de ataque y de defensa en el combate. Así podrá resistir al diablo y al mundo y ganar la victoria. La Palabra de Dios y la fe son el poder que lo hará salir adelante; no puede ser vencido mientras se adhiera a ellas.
En esta conexión están las palabras de Juan inmediatamente anteriores a nuestro texto: V.3. Pues este es el amor a Dios, que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos. Luego continúa, V.4. «Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo», etc. Tal es el poder que representa el genuino nuevo nacimiento, que en él son vencidos el diablo, el mundo y todo mal. Así como, en el nacimiento físico, un niño normal plenamente nacido al mundo puede vencer una enfermedad leve y molesta, mientras que un niño anormal o nacido muerto perece por su propia debilidad.
14 Por ejemplo, si tengo fe y he nacido de Dios, no me contaminaré con la impureza y la fornicación, no traeré deshonra sobre el cónyuge o el hijo de otro. El nuevo nacimiento me enseñará, en efecto, a no rechazar vergonzosamente el tesoro que tengo en Cristo, a no perderlo voluntariamente y a no echar de mí al Espíritu Santo que mora en mí. La fe, si verdaderamente habita en mí, no me permitirá hacer nada que viole mi conciencia y la Palabra y la voluntad de Dios.
Si la avaricia me tienta a engañar y defraudar a mi prójimo, o a cerrar mi mano cuando debería darle ayuda, siendo yo cristiano y nacido de nuevo, mi fe protestará y me apartará de tal acción. ¿Puedo dañar a mi prójimo o permitir que padezca necesidad cuando podría contribuir a su alivio, si sé que Cristo ha dado su cuerpo y derramado su sangre por mí? ¿Cómo puede haber entrar en el corazón del cristiano, que cree haber recibido inefables y eternos tesoros por medio del Hijo de Dios, la inclinación a permitir que su prójimo padezca una necesidad trivial cuando él puede aliviarla con facilidad? Mucho menos le sería posible al cristiano dañar o hacer injusticia a su prójimo por ganar vergonzosamente alguna pequeña ventaja. Más bien reflexionaría: «Si por Cristo soy hijo de Dios y heredero del cielo, la suma de los bienes de este mundo es demasiado insignificante para inducirme, por una moneda, a engañar o defraudar a nadie.»
Asimismo, si el diablo te tienta con sus espíritus tiránicos y facciosos, o aun con tus propios pensamientos, a abandonar tu pura doctrina por sus engaños, tú, como cristiano, has de resistir la tentación, recordando las bendiciones que por la fe has recibido de Cristo en el evangelio; has sido librado de las tinieblas, la ceguera y el error; has aprendido a conocer rectamente a Dios; y has obtenido el consuelo seguro de la gracia y la salvación, sabiendo en qué debes apoyarte en la vida y en la muerte. ¿Por qué, entonces, ceder al diablo, dejando que te robe la salvación y la vida eterna? ¿Por qué no más bien soltar toda cosa terrenal antes que negar la Palabra de Dios o permitir que este bendito consuelo sea pervertido, falseado y arrebatado de ti?
15 Así, pues, dice Juan: «Y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe.» Es, en verdad, decir muchísimo de la fe cristiana atribuirle tal poder sobre el diablo y el mundo, un poder que trasciende toda capacidad humana. Se requiere un agente mayor y más alto que la fuerza humana para triunfar sobre el diablo, en especial en los desconcertantes conflictos de conciencia, cuando veja y tortura el corazón con el terror de la ira de Dios en el intento de arrastrarnos a la desesperación. En tales momentos todas nuestras obras deben hundirse de inmediato fuera de vista, sin dejar más ayuda ni victoria que la fe que se aferra a la palabra de Cristo el Señor, creyendo que, por amor de su amado Hijo, Dios será misericordioso y no nos condenará por nuestros pecados e indignidad si creemos en él. Tal fe se mantiene firme y gana la victoria; ni el diablo ni las puertas del infierno pueden prevalecer contra ella.
16 Lo mismo ocurre en todas las tentaciones. Antes de poder resistir y vencer, debemos tener fe para creer que por Cristo tenemos remisión de pecados y el favor de Dios; que Dios nos da ayuda y fuerza para poder mantenernos en el combate y resistir con éxito al diablo, al mundo, a la carne y a la muerte; que obtenemos la victoria por el poder divino del Espíritu Santo, y que, sin su ayuda, todos seríamos demasiado débiles para vencer. Sin fe estamos bajo el poder del diablo y del pecado, sujetos a ellos por el nacimiento natural. No podemos ser librados de otro modo que por la fe en Cristo.
17 Que Juan se refiere a la fe en Cristo es claramente evidente por su pregunta: «¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?» El propósito del apóstol en ello es dejar en claro cuál es la verdadera fe según la Escritura y qué implica. Pues hay otras creencias que el mundo llama fe. Los judíos, los turcos, los papistas, dicen que ellos también creen en Dios, que creó los cielos y la tierra. Que tal creencia no es la verdadera fe, sin embargo, lo prueba el hecho de su ineficacia. No lucha ni vence, y permite que el creyente siga como está, en su nacimiento natural y bajo el poder del diablo y del pecado. Pero la fe que cree que Jesús es el Hijo de Dios es la verdadera, la triunfante. Es un poder invencible obrado en el corazón de los cristianos por el Espíritu Santo. Es un conocimiento seguro, que no mira ni vacila de aquí para allá según sus propios pensamientos. Capta a Dios en Cristo, el Hijo enviado del cielo, por quien Dios revela su voluntad y su amor y nos traslada del pecado a la gracia, de la muerte a una vida nueva y eterna; un refugio y una confianza que no se apoya en su propio mérito o dignidad, sino en Cristo, el Hijo de Dios, y con su fuerza y poder batalla contra el mundo y el diablo. Por eso, la fe cristiana no es el concepto frío, ineficaz, vacío y sin vida que se imaginan los papistas y otros; no, es un poder vivo y activo, siempre seguido de victorias y de otros frutos apropiados. Donde faltan tales frutos, no están la fe ni el nuevo nacimiento.
EL ORIGEN DE LA FE.
18 Así tenemos la primera parte de nuestro sermón sobre el nuevo nacimiento y la fe. Para la segunda parte, Juan muestra de dónde y por qué medio viene la fe que produce victoria; dice:
V.6-8. «Este es Jesucristo, que vino mediante agua y sangre; no mediante agua solamente, sino mediante agua y sangre. Y el Espíritu es el que da testimonio; porque el Espíritu es la verdad. Porque tres son los que dan testimonio [en la tierra]: el Espíritu, el agua y la sangre», etc.
19 Juan habla del reino de Cristo y del oficio que el Espíritu Santo ejerce exterior y visiblemente en la Iglesia cristiana, representado en el ministerio y en los sacramentos. Dice: «Tres son los que dan testimonio [en la tierra].» Juan, como de costumbre, emplea la palabra «testimonio» en relación con la idea de la predicación; es una palabra que usa con frecuencia. Por ejemplo, al comienzo de su evangelio, donde habla de Juan el Bautista, dice (cap. 1:7): «Este vino por testimonio, para que diese testimonio de la luz.» Así, en su uso de la expresión «testimonio» o «dar testimonio», hemos de entender simplemente la predicación pública de la Palabra de Dios. Asimismo dice Cristo (Jn 16:9-14) que el Espíritu Santo dará testimonio de él; es decir, que desempeñará públicamente el oficio ministerial. Este es el propio testimonio de Dios acerca de su Hijo. Y aquí Juan nos dice que tenemos la victoria sobre el diablo y el mundo, por la fe, por causa de Cristo, el Hijo de Dios.
20 Este testimonio ordena Cristo mismo que salga siempre y permanezca en la Iglesia. Para esto envió Cristo al Espíritu Santo; para esto llamó Cristo mismo y dio el Espíritu Santo a los apóstoles y a sus sucesores, ministros, predicadores y maestros, como nos dice Pablo (Ef 4:11-13), que han de ejercer la Palabra, para que la Palabra resuene siempre y en todas partes del mundo, alcanzando a los hijos de los hijos y llegando hasta las generaciones futuras. Si el testimonio no estuviera en la Iglesia, el púlpito, y de hecho toda la administración externa de la Iglesia, sería inútil, pues cada uno podría leer las Escrituras por sí mismo. Pero por causa de las masas no instruidas y de la juventud que constantemente surge y que, aún ignorante de la Palabra, necesita amonestación, por causa de estos, el Espíritu debe dar testimonio público o administrar el oficio de la predicación, para que también ellos aprendan a conocer la gracia de Dios manifestada y dada a nosotros por medio de Cristo, y para que nosotros reconozcamos y ensalcemos públicamente las obras maravillosas de Dios frente al diablo y al mundo.
21 Dondequiera que se da tal testimonio, ciertamente habrá algún fruto. El testimonio nunca deja de surtir efecto. Algunos ciertamente serán alcanzados; algunos lo aceptarán y creerán. Puesto que es el testimonio del Espíritu Santo, y el apóstol dice aquí que el Espíritu da testimonio, será eficaz, produciendo en nosotros aquello a lo que Juan se refiere cuando dice que somos hijos de Dios y tenemos la victoria y la vida eterna. Así, la Palabra, o el mensaje del evangelio acompañado del testimonio del Espíritu, y la fe están vitalmente relacionados. En último análisis son inseparables. Sin fe, la predicación será infructuosa; y la fe tiene origen solo en la Palabra. Por eso debemos oír y manejar la Palabra con gusto. Donde ella está, está también el Espíritu Santo; y donde está el Espíritu, debe haber por lo menos algunos creyentes. Aunque ya hayas oído la Palabra y obtenido la fe, ella seguirá fortaleciéndote siempre que la oigas. Nadie sabe a qué hora Dios puede tocar e iluminar su corazón o el de otro. Puede ser en un momento en que menos lo esperamos, o en la persona de quien menos esperamos. Porque el Espíritu, como dice Cristo, sopla de donde quiere, y toca los corazones cuando y donde sabe que están receptivos.
22 Es en relación con el poder y la energía obrados por el Espíritu Santo que Juan habla, indicando la fuente y el medio del poder de este testimonio, cuando dice de Cristo: «Este es Jesucristo, que vino mediante agua y sangre», etc. En esta frase está incluido todo lo que poseemos en el reino de Cristo, y aquí se ensalza la eficacia de nuestro amado bautismo y de la sangre o los sufrimientos de Cristo. Aquí Juan une todos los elementos en un solo haz, por decirlo así, formando un testimonio trino. Dan testimonio conjunto de nuestra fe y la confirman, estos tres: el agua, la sangre y el Espíritu.
EL BAUTISMO POR AGUA Y SANGRE.
23 Cristo viene, primero, «mediante agua»; es decir, por el santo bautismo. Emplea el bautismo como señal externa de su obra en el nuevo nacimiento del hombre y en su santificación. Esta agua por la que Cristo viene no puede ser una señal simple y vacía; pues él no viene meramente a limpiar o lavar el cuerpo con agua, sino a purificar al hombre entero de toda contaminación y mancha inherente a él desde Adán. Cristo ha instituido una limpieza del todo distinta de las abluciones mosaicas bajo la dispensación del Antiguo Testamento. Moisés vino con diversas leyes sobre lavamientos y purificaciones, pero eran solo limpiezas del cuerpo o de la carne y tenían que repetirse a diario. Ahora bien, como estas ceremonias en nada contribuían a la purificación del hombre a los ojos de Dios, cosa que solo un nuevo nacimiento podía efectuar, Cristo vino con un nuevo orden de limpieza, a saber, el bautismo, que no es una mera ablución externa de impurezas físicas, sino un lavamiento eficaz para la purificación del hombre de la contaminación interior de su viejo nacimiento pecaminoso y de una mala conciencia, y que trae remisión de pecado y una buena conciencia para con Dios, como dice Pedro. 1 P 3:21. Pablo también (Tit 3:5) llama al bautismo «el lavamiento de la regeneración y de la renovación en el Espíritu Santo».
24 Cristo instituyó primero el bautismo por medio de Juan el Bautista. Para distinguirlo del bautismo mosaico, el antiguo rito judío de lavamientos, Cristo lo llama «bautismo de arrepentimiento para perdón de pecados». Su designio es que en él el hombre perciba sus impurezas interiores y sepa que están, a los ojos de Dios, fuera del alcance de las abluciones mosaicas externas; que sepa también que la purificación de la conciencia y la remisión de los pecados deben buscarse y obtenerse por el poder de Cristo el Señor, que instituyó el bautismo.
25 En segundo lugar, para que esta limpieza del pecado se efectúe en nosotros por el bautismo, debe haber algo más que mera agua. La mera agua no lograría más que los lavamientos ordinarios, y no más de lo que logran los bautismos y lavamientos de los judíos y de los turcos. Tiene que haber un poder y una fuerza que acompañen al agua, eficaces para obrar la purificación interior, la purificación del alma. Por eso dice Juan que Cristo vino no solo mediante agua, sino también mediante sangre; no la sangre de toros, ni de becerros, ni de machos cabríos, aquellos sacrificios del Antiguo Testamento, sino su propia sangre, como declara Pablo. He 9:12. Viene por medio del oficio de la predicación del Nuevo Testamento, que es su gobierno sobre la tierra, nos imparte el poder eficaz de su sangre derramada, su sacrificio por nuestros pecados, y así nos aplica el tesoro con que compró nuestra redención.
26 Por tanto, hay ahora en el bautismo esta eficacia de la sangre de Cristo. Ese es el verdadero jabón cáustico que no solo quita la inmundicia del hombre exterior, sino que penetra hasta la naturaleza interior, consumiendo sus impurezas y limpiándolas, para que el corazón llegue a ser puro ante Dios. Así, la sangre de Cristo está tan eficazmente mezclada con el agua del bautismo que no debemos considerarla mera agua, sino agua hermosamente teñida con la preciosa sangre carmesí de nuestro amado Salvador, Cristo. El bautismo, pues, no puede considerarse rectamente una limpieza física, como las abluciones mosaicas o como la limpieza que ofrece el baño público; es un bautismo sanador, un bautismo o lavamiento con sangre, instituido por nadie sino por Cristo, el Hijo de Dios, y esto mediante su propia muerte.
27 En el relato de la pasión de Cristo se hace cuidadosa mención del hecho de que sangre y agua fluyeron enseguida de la lanzada en el costado de Cristo mientras colgaba de la cruz; se señala como un milagro especial. El designio ahí es enseñar que la sangre derramada de Cristo no carece de significado, sino que representa un lavamiento o baño cuya eficacia está presente en el bautismo con agua; y que del cuerpo inmolado de Cristo mana una corriente incesante de agua y sangre, que fluye por toda la Iglesia cristiana, en la cual todos debemos ser limpiados de nuestros pecados. Lo que hace al bautismo tan precioso, tan santo y esencial es la mezcla y unión del agua con la sangre de Cristo; ser bautizado en Cristo con agua es en realidad ser lavado y limpiado con la sangre de Cristo.
EL ESPÍRITU.
28 A estos dos añade Juan un tercer testigo, «el Espíritu». El Espíritu da testimonio junto con el agua y la sangre; de hecho, opera por medio de estos otros dos. Es el Espíritu Santo mismo; no como es invisible allá arriba en el cielo en su esencia divina, sino el Espíritu que se manifiesta públicamente por medio de su oficio externo y se deja oír por su Palabra. Como Juan afirma aquí, el Espíritu da testimonio en la tierra junto con el agua y con la sangre.
29 Ni Moisés ni ningún otro maestro, en sus doctrinas de esfuerzo personal y purificaciones externas, sus lavamientos y sus aspersiones con sangre de ovejas y de machos cabríos, ningún maestro así trae y da el Espíritu. Con ellos no hay Espíritu, ni poder divino, ni regeneración del hombre. Cualquier bribón incrédulo, sin espíritu y malvado puede ejercer esfuerzo humano y practicar limpieza física. Pero solo Cristo trae consigo el poder y la presencia del Espíritu Santo, que nos santifica por medio de la sangre y el agua que brotan del costado divino. El Espíritu nos hace partícipes de su influjo purificador por medio del oficio externo de la predicación y por medio de los sacramentos, que se llaman el oficio y los dones del Espíritu Santo. Por ellos obra el Espíritu en la Iglesia cristiana igual que al principio, entre los apóstoles el día de Pentecostés, y seguirá haciéndolo en todo el mundo hasta el último día. Sin su ministerio nunca obtendríamos ni sabríamos nada del poder salvador de la sangre de Cristo en el bautismo.
30 Tal es el reino que Cristo desarrolla sin cesar por medio de la Iglesia cristiana. En él tenemos purificación eterna cuando al agua se añade el Espíritu, quien por la Palabra enciende el corazón y lo purifica, no solo con las cualidades limpiadoras del agua, sino con la eficacia sanadora de la sangre de Cristo, por la cual los pecados son exterminados y la ira de Dios apaciguada. Aunque la obra de nuestra redención fue realizada una vez para siempre en la sangre de Cristo derramada en la cruz y basta para cancelar los pecados de todo el mundo, Cristo la instituyó de tal modo que la misma eficacia permaneciera para siempre y nos fuera distribuida y ofrecida a diario por el Espíritu Santo.
31 Esta obra del Espíritu Santo no se recibe ni se percibe sino por la fe en este testimonio, la palabra predicada de Cristo, cuando el hombre la capta con el corazón y cree con confianza que se cumple en él mismo como la Palabra declara. Así el corazón es realmente limpiado, el individuo nace de nuevo, por el Espíritu Santo presente en la sagrada limpieza del agua y de la sangre de Cristo.
Pedro (1 P 1:2) habla de la santificación de los cristianos como la «aspersión de la sangre de Jesucristo» sobre nosotros por el Espíritu Santo mediante la predicación pública del evangelio. Esta aspersión difiere radicalmente de la aspersión judía de agua, o de las cenizas de una becerra roja, o de la sangre de un cordero o macho cabrío muerto, alrededor del altar y sobre los que solicitaban purificación. En la santificación de los cristianos, la verdadera consagración del agua y la sangre rociada de Cristo se combinan; es decir, el mensaje acerca de la sangre derramada de nuestro Señor Jesucristo es «rociado», por decirlo así, sobre el alma, y dondequiera que esa Palabra toca el alma es eficaz. La sangre en este caso no es la sangre ineficaz y sin vida de un animal sacrificado, sino la sangre potente y viva del Hijo de Dios. Bajo su aplicación el alma no puede permanecer impura. La sangre de Cristo purifica y sana del pecado y de la muerte; golpea en su mismo fundamento, y nos libra por completo de su poder y nos concede vida eterna para el alma y el cuerpo.
32 Nota que este texto es un gran sermón sobre el testimonio que los cristianos tienen aquí en la tierra, que el apóstol, al concluir, explica y ensalza en hermosas y consoladoras palabras. Lo llama un testimonio que Dios mismo da acerca de su Hijo y que sirve para asegurarnos que somos hijos de Dios y poseedores de la vida eterna. Pues dice: V.11. Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna», etc. Este es en verdad un testimonio excelente, que Dios mismo testifica y declara a ti, y que el Espíritu Santo te trae y te revela. Dios no puede mentir ni engañar, es la verdad eterna e inmutable, como ya se mencionó. Si crees este testimonio, ciertamente lo has recibido y lo posees, como Juan dice otra vez: V.10. «El que cree en el Hijo de Dios, tiene el testimonio en sí mismo.
LA FE HA DE SER SIN RESERVAS.
33 La verdadera doctrina salvadora de la fe cristiana es esta: debe haber un testimonio y una confianza de corazón tan absolutos que no dejen lugar a dudas de que, por Cristo, somos hijos de Dios y tenemos remisión de pecados y vida eterna. Para mostrarnos cómo Dios nos impone seriamente tal fe y nos prohíbe tener dudas sobre el tema, dice Juan, V.11. El que no cree a Dios, le ha hecho mentiroso, porque no ha creído en el testimonio que Dios ha dado acerca de su Hijo.
34 Este pasaje aniquila la perniciosa, condenable y diabólica doctrina de los papistas, que afirman sin vergüenza que es correcto dudar y que un cristiano debe dudar de su derecho a la gracia. Esta doctrina equivale a enseñar que es apropiado no creer el testimonio de Dios. Es acusar a Dios de falsedad, deshonrar y blasfemar contra el Señor Cristo, afrentar abiertamente al Espíritu Santo, hundir a sabiendas a la gente en pecados y blasfemias imperdonables y, por consiguiente, enviarla al diablo sin esperanza ni consuelo de salvación.
35 Tal es el hermoso fruto de la doctrina papista; tal es la santidad papista. Esto es lo que nos recomiendan quienes quieren ser la Iglesia cristiana. Querrían que nosotros, con ellos, acusáramos abierta y sin temor a Dios de falsedad, pisoteáramos su Palabra y adoráramos al diablo en su lugar. Además, exigen que los alabemos y honremos y les demos gracias, regocijándonos de que se nos ofrezcan sus estipuladas condiciones de amistad. Al mismo tiempo, ni una sola vez se han arrepentido de su abominable idolatría ni reconocido su error; más bien se pavonean de haber enseñado, en su pureza, nada erróneo. Si no accedemos a sus exigencias, debemos ser perseguidos, muertos, exterminados por todas partes del mundo a fuego y espada. Pero que el diablo y la muerte accedan en nuestro lugar. Que el cristiano piadoso desee y ruegue que Dios arroje tal maldita doctrina al abismo del infierno y castigue como merecen a los blasfemos impenitentes, ya que no quieren cesar. Y diga todo el pueblo: Amén, amén.
36 Nota en particular el consuelo de las palabras finales de Pablo. Aquí abarca en una sola palabra clara toda la sustancia del evangelio cuando dice: V.12. El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios, no tiene la vida. ¿Cómo podría hablar más claro y con más fuerza? ¿Qué necesidad hay de más indagación e investigación o discusión de este tema? ¿Quieres tener seguridad de la vida eterna? Según este versículo, la tienes de verdad si posees a Cristo, el Hijo de Dios; y tienes a Cristo cuando crees este testimonio y esta predicación, como dice Juan, y debes confiar en ello con seguridad en la vida y en la muerte como verdad divina y eterna. Pero si no crees, no tienes la vida; y todo esfuerzo y sufrimiento de tu parte, más aún, unido al esfuerzo y sufrimiento del mundo entero, de nada te aprovechará. No tienes al Hijo de Dios si no crees el testimonio de Dios acerca de él, sino que acusas a Dios de falsedad.
Traducción del inglés hecha con IA (Claude) para Berea.