Comentario conciso de toda la Biblia · Matthew Henry

Levítico 13: comentario de Matthew Henry

Resumen del capítulo

Levítico 13:1-17

La plaga de la lepra era una inmundicia más que una enfermedad. De Cristo se dice que limpiaba a los leprosos, no que los curaba. Por común que fuera la lepra entre los hebreos durante su estancia en Egipto y después, no tenemos razones para creer que la conocieran antes. Su situación de opresión y sus trabajos en aquella tierra debieron de hacerlos propensos a la enfermedad. Pero era una plaga que muchas veces infligía directamente la mano de Dios. La lepra de María, la de Giezi y la del rey Uzías fueron castigos de pecados concretos; no es de extrañar que se pusiera cuidado en distinguirla de un mal común. Su dictamen quedaba en manos de los sacerdotes. Y era figura de la contaminación moral de la mente humana por el pecado, que es la lepra del alma, que contamina la conciencia y de la que solo Cristo puede limpiar. El sacerdote solo podía declarar culpable al leproso (por medio de la ley es el conocimiento del pecado), pero Cristo puede sanar al pecador: él puede quitar el pecado.

Juzgar nuestro estado espiritual es una obra de gran importancia, pero de gran dificultad. Todos tenemos motivos para sospechar de nosotros mismos, pues somos conscientes de llagas y manchas; pero la cuestión es si estamos limpios o inmundos. Así como había ciertas señales para reconocer la lepra, también las hay de quienes están en hiel de amargura. El sacerdote debía tomarse tiempo para dar su dictamen. Esto enseña a todos, ministros y pueblo, a no ser precipitados en sus censuras ni juzgar nada antes de tiempo. Si los pecados de algunos se hacen patentes antes que ellos vengan a juicio, a otros se les descubren después; y lo mismo sucede con las buenas obras. Si la persona sospechosa resultaba estar limpia, aun así debía lavar sus vestidos, porque había habido motivo de sospecha. Necesitamos ser lavados en la sangre de Cristo de nuestras manchas, aunque no sean manchas de lepra; porque ¿quién podrá decir: «Limpio estoy de mi pecado»?

Levítico 13:18-44

Se le indica al sacerdote qué dictamen debe dar si aparecía algún indicio de lepra en llagas antiguas; y tal es el peligro de los que, habiendo escapado de las contaminaciones del mundo, vuelven a enredarse en ellas. O en una quemadura accidental (v. 24): el ardor de la contienda y la discordia muchas veces hace que brote y salga a la luz aquella corrupción que prueba que los hombres son inmundos. La vida humana está expuesta a muchos males. ¡Qué multitud de enfermedades nos cerca por todos lados, y todas entraron por el pecado! Si la constitución es sana y el cuerpo está vigoroso y en paz, estamos obligados a glorificar a Dios con nuestro cuerpo. Se prestaba especial atención a la lepra si estaba en la cabeza. Si la lepra del pecado se ha apoderado de la cabeza, si el juicio está corrompido y se abrazan principios perversos que sostienen prácticas perversas, es una inmundicia completa, de la que pocos son limpiados. Ser sanos en la fe guarda la cabeza de la lepra.

Levítico 13:45-46

Cuando el sacerdote había declarado inmundo al leproso, se acababan sus negocios en el mundo, quedaba separado de sus amigos y parientes, y se arruinaba todo el consuelo que pudiera tener en el mundo. Debía humillarse bajo la poderosa mano de Dios, sin insistir en que estaba limpio cuando el sacerdote lo había declarado inmundo, sino aceptando el castigo. Así debemos tomar para nosotros la vergüenza que nos corresponde y, con el corazón quebrantado, llamarnos «¡Inmundo, inmundo!»: inmundo el corazón, inmunda la vida; inmundos por la corrupción original, inmundos por la transgresión actual; inmundos, y por tanto merecedores de quedar para siempre excluidos de la comunión con Dios y de toda esperanza de felicidad en él; inmundos, y por tanto perdidos, si no interviene la misericordia infinita. El leproso debía advertir a los demás que se guardaran de acercarse a él. Debía ser echado fuera del campamento y, más tarde, cuando llegaron a Canaán, fuera de la ciudad, pueblo o aldea donde vivía, y habitar solo con otros leprosos como él. Esto era figura de la pureza que debe haber en la iglesia del evangelio.

Levítico 13:47-59

El vestido sospechoso de estar contaminado de lepra no debía quemarse enseguida. Si, tras examinarlo, se hallaba en él una mancha de lepra, había que quemarlo, o al menos la parte afectada. Si resultaba estar libre, debía lavarse, y después podía usarse. También esto muestra la gran maldad que hay en el pecado. No solo contamina la conciencia del pecador, sino que mancha todo lo que tiene y todo lo que hace. Y los que ponen sus vestidos al servicio de su orgullo y su concupiscencia pueden verlos por ello contaminados de lepra. Pero las ropas de justicia nunca se carcomen ni se apolillan.

Traducción del inglés hecha con IA (Claude) para Berea.