Comentario conciso de toda la Biblia · Matthew Henry
Levítico 16: comentario de Matthew Henry
Resumen del capítulo
- El gran día de la expiación (1-14).
- Sus sacrificios; el macho cabrío emisario (15-34).
Levítico 16:1-14
Sin entrar en los detalles de los sacrificios del gran día de la expiación, podemos notar que debía ser un estatuto perpetuo, hasta que terminara aquella dispensación. Mientras sigamos pecando continuamente, necesitamos continuamente la expiación. La ley de afligir nuestras almas por el pecado es un estatuto que seguirá vigente hasta que lleguemos allí donde toda lágrima, aun las del arrepentimiento, será enjugada de nuestros ojos. El apóstol señala como prueba de que los sacrificios no podían quitar el pecado ni limpiar de él la conciencia que en ellos se hacía memoria de los pecados cada año, en el día de la expiación (He 10:1, 3). La repetición de los sacrificios mostraba que en ellos no había sino un débil esfuerzo por hacer expiación; esto solo podía lograrse con la ofrenda del cuerpo de Cristo, hecha una vez para siempre, y ese sacrificio no necesitaba repetirse.
Levítico 16:15-34
Aquí están figurados los dos grandes privilegios del evangelio: la remisión del pecado y el acceso a Dios, y ambos se los debemos a nuestro Señor Jesús.
Mira la expiación de la culpa. Cristo es a la vez el autor y la materia de la expiación: él es el Sacerdote, el Sumo Sacerdote, que hace la reconciliación por los pecados del pueblo. Y así como Cristo es el Sumo Sacerdote, es también el Sacrificio con que se hace la expiación, pues él es el todo en todo en nuestra reconciliación con Dios. Así fue figurado por los dos machos cabríos: el que era sacrificado era figura de Cristo, que murió por nuestros pecados; el macho cabrío emisario, figura de Cristo, que resucitó para nuestra justificación. Se dice que la expiación se completaba poniendo los pecados de Israel sobre la cabeza del macho cabrío, que era enviado al desierto, a tierra deshabitada; y el envío del macho cabrío representaba la remisión gratuita y plena de sus pecados. «Aquel macho cabrío llevará sobre sí todas las iniquidades de ellos». Así Cristo, el Cordero de Dios, quita el pecado del mundo tomándolo sobre sí (Jn 1:29).
La entrada en el cielo que Cristo hizo por nosotros estaba figurada por la entrada del sumo sacerdote en el lugar santísimo (véase He 9:7). El sumo sacerdote tenía que volver a salir; pero nuestro Señor Jesús vive siempre para interceder, y se presenta siempre por nosotros delante de Dios.
Aquí están figurados también los dos grandes deberes del evangelio: la fe y el arrepentimiento. Por la fe ponemos nuestras manos sobre la cabeza de la ofrenda, confiando en Cristo como Jehová, justicia nuestra, y alegando su satisfacción como lo único capaz de expiar nuestros pecados y obtenernos el perdón. Por el arrepentimiento afligimos nuestras almas, no solo absteniéndonos por un tiempo de los deleites del cuerpo, sino doliéndonos interiormente por el pecado y viviendo una vida de abnegación, seguros de que, si confesamos nuestros pecados, Dios es fiel y justo para perdonarnos y limpiarnos de toda maldad. Por la expiación obtenemos descanso para nuestras almas y toda la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Pecador, procura que la sangre de Cristo sea aplicada eficazmente a tu alma; de lo contrario, nunca podrás mirar a Dios a la cara con consuelo ni ser aceptado. Toma esta sangre de Cristo, aplícala por la fe, y verás cómo hace expiación ante Dios.
Traducción del inglés hecha con IA (Claude) para Berea.