Comentario conciso de toda la Biblia · Matthew Henry
Salmo 24: comentario de Matthew Henry
Resumen del capítulo
- Acerca del reino de Cristo y de los súbditos de ese reino (1-6).
- Acerca del Rey de ese reino (7-10).
Salmos 24:1-6
Nosotros mismos no somos nuestros; no lo son nuestro cuerpo ni nuestra alma. Aun aquellos hijos de los hombres que no lo conocen ni reconocen su relación con él son de Dios. Un alma que conoce y considera su propia naturaleza, y que sabe que ha de vivir para siempre, después de contemplar la tierra y su plenitud se quedará insatisfecha. Pensará en subir hacia Dios y preguntará: ¿Qué haré para morar en ese lugar feliz y santo, donde él hace santo y feliz a su pueblo? La religión no nos sirve de nada si no la hacemos obra del corazón. Solo podemos ser limpiados de nuestros pecados y renovados para la santidad por la sangre de Cristo y el lavamiento del Espíritu Santo. Así llegamos a ser su pueblo; así recibimos bendición del Señor y justicia del Dios de nuestra salvación. El pueblo especial de Dios será hecho verdaderamente feliz, y para siempre. Donde Dios da justicia, se propone dar salvación. Los que son hechos aptos para el cielo serán llevados a salvo al cielo, y hallarán allí lo que han estado buscando.
Salmos 24:7-10
La entrada solemne que aquí se describe se refiere al traslado solemne del arca a la tienda que David le levantó, o al templo que Salomón le edificó. Podemos aplicarla también a la ascensión de Cristo al cielo y a la bienvenida que allí recibió. Nuestro Redentor halló cerradas las puertas del cielo; pero, habiendo hecho expiación por el pecado con su sangre, exigió la entrada como quien tiene autoridad. Los ángeles habían de adorarlo (He 1:6); preguntan asombrados: «¿Quién es este Rey de gloria?». Se responde que es fuerte y valiente, poderoso en batalla para salvar a su pueblo y someter a sus enemigos, que son también los de ellos. Podemos aplicarla a la entrada de Cristo en el alma de los hombres por su palabra y su Espíritu, para que sean templos suyos. «He aquí, yo estoy a la puerta y llamo» (Ap 3:20). Las puertas y entradas del corazón deben abrírsele, como se entrega la posesión a su legítimo dueño. Podemos aplicarla a su segunda venida con poder glorioso. Señor, abre por tu gracia la puerta eterna de nuestra alma, para que ahora te recibamos y seamos enteramente tuyos, y para que al fin seamos contados con tus santos en la gloria.
Traducción del inglés hecha con IA (Claude) para Berea.