Comentario conciso de toda la Biblia · Matthew Henry

Salmo 9: comentario de Matthew Henry

Resumen del capítulo

Salmos 9:1-10

Si queremos alabar a Dios de un modo aceptable, debemos alabarlo con sinceridad, con todo el corazón. Cuando damos gracias por alguna misericordia en particular, debemos recordar las misericordias anteriores. Nuestro gozo no debe estar tanto en el don como en el Dador. Los triunfos del Redentor deben ser los triunfos de los redimidos. El poder omnipotente de Dios es aquello ante lo cual los más fuertes y obstinados de sus enemigos no pueden en modo alguno sostenerse. Estamos seguros de que el juicio de Dios es según verdad y de que en él no hay injusticia. Su pueblo puede, por la fe, huir a él como a su Refugio, y confiar en su poder y en su promesa para su seguridad, de modo que no se le hará ningún daño real.

Los que lo conocen como un Dios de verdad y fidelidad se regocijarán en su palabra de promesa y descansarán en ella. Los que lo conocen como Padre eterno le confiarán su alma como su principal cuidado, y confiarán en él en todo tiempo, hasta el fin; y con constante cuidado procurarán agradarle en todo el curso de su vida. ¿Quién no buscaría a aquel que nunca ha desamparado a los que le buscan?

Salmos 9:11-20

Los que creen que Dios es digno de suprema alabanza no solo desean alabarlo mejor ellos mismos, sino que desean que otros se unan a ellos. Viene un día en que se verá que él no se ha olvidado del clamor de los afligidos: ni del clamor de su sangre, ni del clamor de sus oraciones. Nunca somos abatidos tan bajo, tan cerca de la muerte, que Dios no pueda levantarnos. Si nos ha salvado de la muerte espiritual y eterna, podemos esperar por ello que en todas nuestras angustias será nuestro pronto auxilio. La providencia soberana de Dios dispone con frecuencia que los perseguidores y los opresores sean llevados a la ruina por los mismos planes que tramaron para destruir al pueblo de Dios. Los borrachos se matan a sí mismos; los pródigos se empobrecen a sí mismos; los pendencieros atraen el mal sobre sí mismos. Así los pecados de los hombres pueden leerse en su castigo, y se hace evidente a todos que la destrucción de los pecadores viene de ellos mismos. Toda maldad vino originalmente del infierno con el maligno, y los que persisten en el pecado han de ir a aquel lugar de tormento.

El verdadero estado, tanto de las naciones como de los individuos, puede estimarse correctamente por esta sola regla: si en sus obras se acuerdan de Dios o lo olvidan. David anima al pueblo de Dios a esperar su salvación, aunque se demore mucho. Dios hará ver que nunca se olvidó de ellos: no es posible que lo haga. Es extraño que el hombre, que es polvo y está rodeado de polvo, necesite todavía alguna aflicción aguda, alguna severa visitación de Dios, para llevarlo al conocimiento de sí mismo y hacerle sentir quién y qué es.

Traducción del inglés hecha con IA (Claude) para Berea.