Confesión Belga · Guido de Brès
Artículos de la fe
Hay un solo Dios
Todos creemos de corazón y confesamos con la boca que hay una sola y simple esencia espiritual, a la cual llamamos Dios: eterno, incomprensible, invisible, inmutable, infinito; todopoderoso, totalmente sabio, justo y bueno, y fuente abundantísima de todo bien.
Referencias: (Ef 4:5; Dt 6:4; 1 Ti 2:5; 1 Co 8:6) (Jn 4:24) (Is 40:28) (Ro 11:33) (Ro 1:20) (Mal 3:6) (Is 44:6) (1 Ti 1:17) (Jer 12:1) (Mt 19:17) (Stg 1:17; 1 Cr 29:10-12)
Por qué medios se nos da a conocer Dios
Lo conocemos por dos medios. Primero, por la creación, conservación y gobierno del mundo entero, puesto que este es ante nuestros ojos como un hermoso libro, en el cual todas las criaturas, pequeñas y grandes, sirven de letras para hacernos contemplar las cosas invisibles de Dios, a saber, su eterno poder y su deidad, como dice el apóstol san Pablo (Ro 1:20). Todas estas cosas bastan para convencer a los hombres y dejarlos sin excusa.
Segundo, se nos da a conocer más clara y manifiestamente por su santa y divina Palabra, tan plenamente como nos es necesario en esta vida para su gloria y para la salvación de los suyos.
Referencias: (Sal 19:2; Ef 4:6) (Sal 19:8; 1 Co 12:6)
De la Sagrada Escritura
Confesamos que esta Palabra de Dios no fue enviada ni traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo, como dice san Pedro. Después, por el singular cuidado que nuestro Dios tiene de nosotros y de nuestra salvación, mandó a sus siervos los profetas y los apóstoles que pusieran sus oráculos por escrito; y él mismo escribió con su dedo las dos tablas de la Ley. Por esta causa llamamos a tales escritos Escrituras santas y divinas.
Referencias: (2 P 1:21) (Éx 24:4; Hab 2:2) (2 Ti 3:16; Ap 1:11) (Éx 31:18)
De los libros canónicos del Antiguo y del Nuevo Testamento
Comprendemos la Santa Escritura en los dos volúmenes del Antiguo y del Nuevo Testamento, que son libros canónicos, contra los cuales no hay nada que replicar. Su número en la Iglesia de Dios es el siguiente.
En el Antiguo Testamento: los cinco libros de Moisés; el libro de Josué, el de los Jueces, Rut, los dos libros de Samuel y dos de los Reyes, los dos libros de las Crónicas, llamados Paralipómenos, el primero de Esdras, Nehemías, Ester, Job, los Salmos de David, los tres libros de Salomón, a saber: los Proverbios, el Eclesiastés y el Cantar de los Cantares; los cuatro profetas mayores: Isaías, Jeremías, Ezequiel y Daniel; y luego los otros doce profetas menores: Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahúm, Habacuc, Sofonías, Hageo, Zacarías y Malaquías.
En el Nuevo Testamento: los cuatro evangelistas, san Mateo, san Marcos, san Lucas y san Juan; los Hechos de los Apóstoles; las catorce epístolas de san Pablo: a los Romanos, dos a los Corintios, a los Gálatas, Efesios, Filipenses, Colosenses, dos a los Tesalonicenses, dos a Timoteo, a Tito, Filemón y a los Hebreos; y las siete epístolas de los otros apóstoles, a saber: una de Santiago, dos de san Pedro, tres de san Juan y una de san Judas; y por último, el Apocalipsis del apóstol san Juan.
De dónde reciben las Sagradas Escrituras su dignidad y autoridad
Recibimos todos estos libros, y solamente ellos, como santos y canónicos, para regular, fundar y establecer nuestra fe; y creemos plenamente todas las cosas que contienen, no tanto porque la Iglesia los reciba y apruebe como tales, sino principalmente porque el Espíritu Santo da testimonio en nuestro corazón de que son de Dios, y porque ellos mismos llevan en sí la prueba de serlo; pues hasta los ciegos pueden percibir que se cumplen las cosas que en ellos están predichas.
De la diferencia entre los libros canónicos y los apócrifos
Establecemos diferencia entre estos libros santos y los libros apócrifos, que son el tercero y el cuarto libro de Esdras, el libro de Tobías, Judit, la Sabiduría, el Eclesiástico, Baruc, lo que fue añadido a la historia de Ester, el cántico de los tres jóvenes en el horno, la historia de Susana, la historia del ídolo Bel y del Dragón, la Oración de Manasés y los dos libros de los Macabeos. La Iglesia puede leerlos y tomar instrucción de ellos en lo que sea conforme a los libros canónicos; pero no tienen tal fuerza y virtud que por su testimonio pueda establecerse algo de la fe o religión cristiana; y mucho menos pueden disminuir la autoridad de los otros libros santos.
De la perfección de la Sagrada Escritura
Creemos que esta Santa Escritura contiene perfectamente la voluntad divina, y que todo lo que el hombre debe creer para ser salvo está suficientemente enseñado en ella. Porque, puesto que toda la manera del servicio que Dios requiere de nosotros está allí descrita muy por extenso, los hombres, aun siendo apóstoles, no deben enseñar otra cosa que lo que se nos ha enseñado por las Santas Escrituras, aunque fuera un ángel del cielo, como dice san Pablo. Pues, como está prohibido añadir a la Palabra de Dios o quitarle, esto demuestra bien que su doctrina es perfectísima y cumplida en todo sentido. Tampoco debemos comparar los escritos de los hombres, por santos que hayan sido, con los escritos divinos, ni la costumbre con la verdad de Dios (porque la verdad está por encima de todo), ni el gran número, ni la antigüedad, ni la sucesión de los tiempos o de las personas, ni los concilios, decretos o sentencias; porque todos los hombres, por sí mismos, son mentirosos, y más vanos que la vanidad misma. Por eso rechazamos de todo corazón cuanto no concuerda con esta regla infalible, como los apóstoles nos enseñan a hacer, diciendo: «Probad los espíritus si son de Dios»; y: «Si alguno viene a vosotros, y no trae esta doctrina, no lo recibáis en casa».
Referencias: (Ro 15:4; 2 Ti 3:15-17; 1 P 1:1; Pr 30:5; Ap 22:18; Jn 15:15; Hch 2:27) (1 P 4:11; 1 Co 15:2-3; 2 Ti 3:14; 1 Ti 1:3; 2 Jn 1:10) (Gá 1:8-9; 1 Co 15:2; Hch 26:22; Ro 15:4; 1 P 4:11; 2 Ti 3:14) (Dt 12:32; Pr 30:6; Ap 22:18) (Mt 15:3; Mt 17:5; Mr 7:7; Is 1:12; 1 Co 2:4) (Is 1:12; Ro 3:4; 2 Ti 4:3-4) (Sal 62:10) (Gá 6:16; 1 Co 3:11; 2 Ts 2:2) (1 Jn 4:1) (2 Jn 1:10)
De la Santísima Trinidad de las personas en la única esencia divina
Conforme a esta verdad y Palabra de Dios, creemos en un solo Dios, que es una sola esencia, en la cual hay tres personas, real, verdadera y eternamente distintas según sus propiedades incomunicables, a saber: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. El Padre es causa, origen y principio de todas las cosas, tanto visibles como invisibles. El Hijo es la Palabra, la Sabiduría y la Imagen del Padre. El Espíritu Santo es la Virtud y el Poder eternos, que proceden del Padre y del Hijo. Y sin embargo, tal distinción no hace que Dios esté dividido en tres, puesto que la Escritura nos enseña que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo tienen cada uno su persona distinta por sus propiedades; de tal modo, con todo, que estas tres personas no son sino un solo Dios. Es, pues, manifiesto que el Padre no es el Hijo, y que el Hijo no es el Padre; asimismo, que el Espíritu Santo no es ni el Padre ni el Hijo. Sin embargo, estas personas así distintas no están divididas, ni confundidas, ni mezcladas; porque el Padre no tomó carne, ni tampoco el Espíritu Santo, sino solamente el Hijo. El Padre nunca ha estado sin su Hijo ni sin su Espíritu Santo, porque los tres son de igual eternidad, en una misma esencia. No hay primero ni último, porque los tres son uno en verdad y poder, en bondad y misericordia.
Referencias: (Is 43:10) (1 Jn 5:7; He 1:3) (Mt 28:19) (1 Co 8:6; Col 1:16) (Jn 1:1-2; Ap 19:13; Pr 8:12) (Pr 8:12, 22) (Col 1:15; He 1:3) (Mt 12:28) (Jn 15:26; Gá 4:6) (Fil 2:6-7; Gá 4:4; Jn 1:14)
De los testimonios de la Escritura sobre la Santísima Trinidad
Conocemos todas estas cosas tanto por los testimonios de la Santa Escritura como por los efectos, y principalmente por los que sentimos en nosotros. Los testimonios de las Santas Escrituras que nos enseñan a creer esta santa Trinidad están escritos en muchos lugares del Antiguo Testamento, que no necesitan ser enumerados, sino escogidos con discernimiento. En el libro del Génesis dice Dios: «Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza», etc. «Y creó Dios al hombre a su imagen; varón y hembra los creó». Y: «He aquí el hombre es como uno de nosotros». Por esto se ve que hay pluralidad de personas en la Divinidad, cuando dice: «Hagamos al hombre a nuestra imagen»; y luego muestra la unidad cuando dice: «Creó Dios», etc. Es verdad que no dice allí cuántas personas hay; pero lo que nos es oscuro en el Antiguo Testamento nos es muy claro en el Nuevo.
Porque cuando nuestro Señor fue bautizado en el Jordán, se oyó la voz del Padre que decía: «Este es mi Hijo amado»; el Hijo fue visto en el agua, y el Espíritu Santo apareció en forma de paloma. Del mismo modo, en el bautismo de todos los fieles, Cristo ordenó esta forma: «Bautizad a todas las naciones en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo». En el Evangelio según san Lucas, el ángel Gabriel habla así a María, madre de nuestro Señor: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios». Y en otro lugar se dice: «La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros». «Tres son los que dan testimonio en el cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo; y estos tres son uno». En todos estos pasajes somos plenamente enseñados acerca de las tres personas en una sola esencia divina. Y aunque esta doctrina sobrepasa todo entendimiento humano, sin embargo ahora la creemos por la Palabra, esperando tener de ella pleno conocimiento y goce en el cielo.
Es necesario notar además los oficios y efectos particulares de las tres personas para con nosotros. El Padre es llamado nuestro Creador por su poder. El Hijo es nuestro Salvador y Redentor por su sangre. El Espíritu Santo es nuestro santificador por su morada en nuestros corazones.
Esta doctrina de la santa Trinidad siempre ha sido mantenida en la verdadera Iglesia, desde el tiempo de los apóstoles hasta hoy, contra los judíos, los mahometanos y contra algunos falsos cristianos y herejes, como Marción, Manes, Praxeas, Sabelio, Pablo de Samosata, Arrio y otros semejantes, que con justo derecho fueron condenados por los santos Padres.
Así, en esta materia recibimos de buen grado los tres símbolos: el de los apóstoles, los de Nicea y de Atanasio, y asimismo lo que sobre ello han determinado los antiguos conforme a estos.
Referencias: (Gn 1:26-27) (Gn 3:22) (Mt 3:16-17) (Mt 28:19) (Lc 1:35) (2 Co 13:13) (1 Jn 5:7) (Sal 45:8; Is 61:1) (Mal 2:10; 1 P 1:2) (1 P 1:2; 1 Jn 1:7; 1 Jn 4:14) (1 Co 6:11; 1 P 1:2; Gá 4:6; Tit 3:5; Ro 8:9; Jn 14:16)
De la eterna deidad del Hijo de Dios, nuestro Señor Jesucristo
Creemos que Jesucristo, en cuanto a su naturaleza divina, es el Hijo unigénito de Dios, engendrado eternamente, no hecho ni creado (porque entonces sería criatura), de una misma esencia con el Padre, coeterno, la imagen misma de su sustancia y el resplandor de su gloria, semejante a él en todo; el cual es Hijo de Dios no solamente desde que tomó nuestra naturaleza, sino desde toda la eternidad, como nos enseñan estos testimonios cuando se comparan entre sí. Moisés dice que Dios creó el mundo; san Juan dice que todas las cosas fueron hechas por la Palabra, a la cual llama Dios. El Apóstol dice que Dios hizo los siglos por su Hijo. San Pablo dice también que Dios creó todas las cosas por Jesucristo. Es necesario, pues, que aquel que es llamado Dios, Palabra, Hijo y Jesucristo, ya existiera cuando todas las cosas fueron creadas por él. Por eso el profeta Miqueas dice: «Sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad». Y el Apóstol: «Sin principio de días, ni fin de vida». Él es, pues, el Dios verdadero y eterno, el Todopoderoso, a quien invocamos, adoramos y servimos.
Referencias: (Jn 1:18, 49) (Jn 1:14; Col 1:15) (Jn 10:30; Fil 2:6) (Jn 1:2; Jn 17:5; Ap 1:8) (He 1:3) (Fil 2:6) (Jn 8:23, 58; Jn 9:35-37; Hch 8:37; Ro 9:5) (Gn 1:1) (Jn 1:3) (He 1:2) (Col 1:16) (Col 1:16) (Mi 5:2) (He 7:3)
De la persona y eterna deidad del Espíritu Santo
Creemos y confesamos también que el Espíritu Santo procede eternamente del Padre y del Hijo, no siendo hecho, ni creado, ni tampoco engendrado, sino procediendo solamente de los dos; el cual es la tercera persona de la Trinidad en orden, de una misma esencia, majestad y gloria con el Padre y el Hijo, siendo verdadero y eterno Dios, como nos enseñan las Santas Escrituras.
Referencias: (Sal 33:6, 17; Jn 14:16) (Gá 4:6; Ro 8:9; Jn 15:26) (Gn 1:2; Is 48:16; Is 41:1; Hch 5:3-4; Hch 28:25; 1 Co 3:16; 1 Co 6:19; Sal 39:7)
De la creación del mundo y de los ángeles
Creemos que el Padre creó de la nada el cielo y la tierra y todas las criaturas, cuando le pareció bien, por su Palabra, es decir, por su Hijo, dando a cada criatura su ser, forma y figuras, y diversos oficios para servir a su Creador; y que ahora mismo las sostiene y gobierna todas según su providencia eterna y por su virtud infinita, para que sirvan al hombre, a fin de que el hombre sirva a su Dios. También creó buenos a los ángeles, para que fueran sus mensajeros y sirvieran a sus elegidos; de los cuales unos cayeron de la excelencia en que Dios los había creado, en perdición eterna, y los otros han perseverado y permanecido en su primer estado, por la gracia de Dios. Los diablos y espíritus malignos están de tal modo corrompidos que son enemigos de Dios y de todo bien, acechando a la Iglesia como bandoleros, con todo su poder, y también a cada miembro de ella, para destruirlo y estragarlo todo con sus engaños; por lo cual, por su propia malicia, están condenados a perpetua condenación, esperando de día en día sus tormentos. Y sobre esto detestamos el error de los saduceos, que niegan que haya espíritus y ángeles, y también el error de los maniqueos, que dicen que los diablos tienen su origen en sí mismos, siendo malos por su propia naturaleza sin haber sido corrompidos.
Referencias: (Gn 1:1; Is 40:26; He 3:4; Ap 4:11; 1 Co 8:6; Jn 1:3; Col 1:16) (He 1:3; Hch 17:25) (1 Ti 4:3-4; Gn 1:29-30; Gn 9:2-3; Sal 104:14-15) (1 Co 3:22; 1 Co 6:20; Mt 4:10) (Col 1:16) (Sal 34:8; Sal 148:2) (He 1:14; Sal 34:8) (Jn 8:44; 2 P 2:4; Lc 8:31; Jud 1:6) (Mt 25:31) (1 P 5:8; Job 1:7) (Gn 3:1; Mt 13:25; 2 Co 2:11; 2 Co 11:3, 14) (Mt 25:41; Lc 8:30-31) (Hch 23:8)
De la providencia de Dios
Creemos que este buen Dios, después de haber creado todas las cosas, no las abandonó al azar ni a la fortuna, sino que las conduce y gobierna de tal manera, según su santa voluntad, que nada acontece en este mundo sin su ordenación; aunque, con todo, Dios no es el autor ni es culpable del mal que sucede; porque su poder y bondad son tan grandes e incomprensibles que ordena y ejecuta muy bien y justamente su obra, aun cuando el diablo y los malos obren injustamente. Y en cuanto a lo que hace sobrepasando el entendimiento humano, no queremos inquirirlo con curiosidad más allá de lo que nuestra capacidad soporta; sino que, con toda humildad y reverencia, adoramos los justos juicios de Dios, que nos están ocultos, contentándonos con ser discípulos de Cristo, para aprender solamente lo que él nos muestra por su Palabra, sin traspasar estos límites.
Esta doctrina nos trae un consuelo indecible, puesto que por ella somos enseñados de que nada puede sucedernos por azar, sino por ordenación de nuestro buen Padre celestial, quien vela por nosotros con cuidado paternal, teniendo todas las criaturas sujetas a él; de modo que ni un cabello de nuestra cabeza (pues todos están contados), ni siquiera un pajarillo, puede caer a tierra sin la voluntad de nuestro Padre. En esto nos reposamos, sabiendo que él tiene a los diablos y a todos nuestros enemigos en rienda, y que no nos pueden dañar sin su permiso y buena voluntad.
Sobre esto rechazamos el error condenable de los epicúreos, que dicen que Dios no se mete en nada y deja ir todas las cosas al azar.
Referencias: (Jn 5:17; He 1:3; Pr 16:4; Sal 39:2) (Stg 4:15; Job 1:21; 1 R 22:20; Hch 4:28; 1 S 2:25; Sal 15:3; Am 3:6; Dt 19:5; Pr 21:1; Is 10:5-7; 2 Ts 2:11; Ez 14:9; Ro 1:28; Gn 45:8; Gn 50:20) (2 S 16:10; Gn 27:20; Sal 75:7-8; Is 45:7; Pr 16:4; Lm 3:37-38; 1 R 22:34, 38; Éx 21:13) (Mt 8:31-32; Jn 3:8) (Ro 11:33-34) (Mt 8:31; Job 1:12; Job 2:6) (Mt 10:29-30)
De la creación, caída y corrupción del hombre
Creemos que Dios creó al hombre del barro de la tierra, y lo hizo y formó a su imagen y semejanza, bueno, justo y santo, pudiendo con su voluntad conformarse en todo a la voluntad de Dios. Pero cuando estuvo en honor, no lo entendió ni reconoció su excelencia, sino que se sujetó voluntariamente al pecado, y por consiguiente a la muerte y a la maldición, prestando oído a la palabra del diablo. Porque transgredió el mandamiento de vida que había recibido, y por su pecado se separó de Dios, que era su verdadera vida, habiendo corrompido toda su naturaleza; por lo cual se hizo reo de muerte corporal y espiritual. Y habiéndose vuelto malo, perverso y corrompido en todos sus caminos, perdió todos los excelentes dones que había recibido de Dios, y no le quedaron de ellos sino pequeñas huellas, que bastan para dejar al hombre sin excusa; pues todo lo que hay de luz en nosotros se ha convertido en tinieblas, como nos enseña la Escritura, que dice: «La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella»; donde san Juan llama tinieblas a los hombres.
Por lo cual rechazamos todo lo que se enseña del libre albedrío del hombre, puesto que no es sino siervo del pecado, y nada puede si no le es dado del cielo. Porque ¿quién se jactará de poder hacer algún bien como de sí mismo, puesto que Cristo dice: «Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere»? ¿Quién alegará su voluntad, entendiendo que la intención de la carne es enemistad contra Dios? ¿Quién hablará de su conocimiento, viendo que el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios? En suma, ¿quién pondrá por delante un solo pensamiento, si entiende que no somos competentes por nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra competencia proviene de Dios? Por eso lo que dice el Apóstol debe con justo derecho permanecer firme y seguro: que Dios es el que en nosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad. Porque no hay entendimiento ni voluntad conformes a los de Dios si Cristo no ha obrado en ellos, lo cual nos enseña cuando dice: «Sin mí nada podéis hacer».
Referencias: (Gn 1:26; Ec 7:29; Ef 4:24) (Gn 1:31; Ef 4:24) (Is 59:2) (Gn 3:6, 17) (Is 59:2) (Ef 4:18) (Ro 5:12; Gn 2:17; Gn 3:19) (Ro 3:10) (Hch 14:16-17; Hch 17:27) (Ro 1:20-21; Hch 17:27) (Ef 5:8; Mt 6:23) (Jn 1:5) (Is 26:12; Sal 94:11; Jn 8:34; Ro 6:17; Ro 7:5, 17) (Jn 3:27; Is 26:12) (Jn 3:27; Jn 6:44, 65) (Ro 8:7) (1 Co 2:14; Sal 94:11) (2 Co 3:5) (Fil 2:13) (Jn 15:5)
Del pecado original
Creemos que por la desobediencia de Adán el pecado original se ha extendido a todo el género humano; pecado que es una corrupción de toda la naturaleza y un vicio hereditario, del cual están manchados aun los niños pequeños en el vientre de su madre; y que produce en el hombre toda clase de pecado, sirviéndole de raíz; por lo cual es tan vil y enorme delante de Dios que basta para condenar al género humano. Y no queda abolido ni del todo desarraigado ni aun por el bautismo, puesto que siempre brotan de él borbollones, como de una fuente maligna; aunque, con todo, no se imputa para condenación a los hijos de Dios, sino que por su gracia y misericordia les es perdonado; no para que se adormezcan, sino para que el sentimiento de esta corrupción haga gemir a menudo a los fieles, deseando ser librados de este cuerpo de muerte. Sobre esto rechazamos el error de los pelagianos, que dicen que este pecado no es otra cosa que imitación.
Referencias: (Ro 5:12-13; Sal 51:7; Ro 3:10; Gn 6:3; Jn 3:6; Job 14:4) (Is 48:8; Ro 5:14) (Gá 5:19; Ro 7:8, 10, 13, 17, 18, 20, 23) (Ef 2:3, 5) (Ro 7:18, 24)
De la predestinación divina
Creemos que, habiendo sido así precipitada toda la descendencia de Adán en perdición y ruina por la falta del primer hombre, Dios se mostró tal como es, a saber, misericordioso y justo: misericordioso, sacando y salvando de esta perdición a aquellos que en su consejo eterno e inmutable ha elegido y escogido por su pura bondad en Jesucristo nuestro Señor, sin consideración alguna a sus obras; justo, dejando a los otros en su ruina y caída, en que se han precipitado.
Referencias: (Ro 9:18, 22, 23; Ro 3:12) (Ro 9:15-16; Ro 11:32; 1 Jn 4:10; Dt 32:8; 1 S 12:22; Sal 65:5; Mal 1:2; 2 Ti 1:9; Ro 8:29; Ro 9:11, 21; Ro 11:5-6; Ef 1:4; Tit 3:4-5; Hch 2:47) (Hch 13:48; 2 Ti 2:19-20; 1 P 1:2; Jn 6:27; Jn 15:16; Jn 17:9) (Ro 9:17-18; 2 Ti 2:20)
De la reparación del género humano por el Hijo de Dios
Creemos que nuestro buen Dios, por su admirable sabiduría y bondad, viendo que el hombre se había precipitado así en la muerte, tanto corporal como espiritual, y se había hecho enteramente desdichado, se puso él mismo a buscarlo, cuando el hombre huía de él temblando; y lo consoló, haciéndole la promesa de darle a su Hijo, nacido de mujer, para quebrantar la cabeza de la serpiente y hacerlo bienaventurado.
Referencias: (Gn 3:8-9, 19; Is 65:1-2) (He 2:14; Gn 22:18; Is 7:14; Jn 7:42; 2 Ti 2:8; He 7:14; Gn 3:15; Gá 4:4)
De la encarnación del Hijo de Dios
Confesamos, pues, que Dios cumplió la promesa que había hecho a los antiguos padres por boca de sus santos profetas, enviando al mundo, en el tiempo ordenado por él, a su propio Hijo unigénito y eterno, el cual tomó la forma de siervo, hecho semejante a los hombres, tomando verdaderamente para sí una verdadera naturaleza humana, con todas sus flaquezas (excepto el pecado), siendo concebido en el seno de la bienaventurada virgen María por la virtud del Espíritu Santo, sin intervención de varón; y no solamente tomó la naturaleza humana en cuanto al cuerpo, sino también una verdadera alma humana, para que fuese verdadero hombre. Porque, puesto que el alma estaba perdida lo mismo que el cuerpo, era necesario que tomara ambos para salvarlos juntos. Por eso confesamos, contra la herejía de los anabaptistas, que niegan que Cristo tomó carne humana de su madre, que Cristo participó de la misma carne y sangre de los hijos; que es fruto de los lomos de David según la carne; hecho de la descendencia de David según la carne; fruto del vientre de la virgen María; nacido de mujer; vástago de David; renuevo de la raíz de Isaí; salido de Judá; descendiente de los judíos según la carne; de la descendencia de Abraham, puesto que tomó la descendencia de Abraham y fue hecho semejante a sus hermanos, excepto en el pecado; de modo que por este medio es verdaderamente nuestro Emanuel, es decir, Dios con nosotros.
Referencias: (Is 11:1; Lc 1:55; Gn 26:4; 2 S 7:12; Sal 32:11; Hch 13:23) (1 Ti 2:5; 1 Ti 3:16; Fil 2:7) (He 2:14-15; He 4:15) (Lc 1:31, 34, 35) (Mt 26:38; Jn 12:27) (He 2:14) (Hch 2:30) (Sal 32:11; Ro 1:3) (Lc 1:42) (Gá 4:4) (Jer 33:15) (Is 11:1) (He 7:14) (Ro 9:5) (Gn 22:18; 2 S 7:12; Mt 1:1; Gá 3:16) (He 2:15-17) (Is 7:14; Mt 1:23)
De la unión hipostática, o personal, de las dos naturalezas en Cristo
Creemos que por esta concepción la persona del Hijo quedó unida y conjuntada inseparablemente con la naturaleza humana, de modo que no hay dos Hijos de Dios ni dos personas, sino dos naturalezas unidas en una sola persona, conservando cada naturaleza sus propiedades distintas. Así como la naturaleza divina ha permanecido siempre increada, sin principio de días ni fin de vida, llenando el cielo y la tierra, la naturaleza humana no ha perdido sus propiedades, sino que ha permanecido criatura, teniendo principio de días, siendo de naturaleza finita y reteniendo todo lo que conviene a un cuerpo verdadero. Y aunque por su resurrección le dio inmortalidad, sin embargo no cambió la verdad de su naturaleza humana, puesto que nuestra salvación y resurrección dependen también de la verdad de su cuerpo. Pero estas dos naturalezas están de tal modo unidas en una persona, que ni siquiera fueron separadas por su muerte. Así, lo que él, al morir, encomendó a su Padre fue un verdadero espíritu humano, que salió de su cuerpo; pero la naturaleza divina permaneció siempre unida a la humana, aun estando él yacente en el sepulcro; y la divinidad no dejaba de estar en él, como estaba en él cuando era niño pequeño, aunque por un poco de tiempo no se manifestara así.
Por eso lo confesamos verdadero Dios y verdadero hombre: verdadero Dios para vencer la muerte con su poder, y verdadero hombre para poder morir por nosotros según la flaqueza de su carne.
Referencias: (He 7:3) (1 Co 15:13, 21; Fil 3:21; Mt 26:11; Hch 1:2, 11; Hch 3:21; Lc 24:39; Jn 20:25, 27) (Lc 23:46; Mt 27:50)
De cómo Dios ha manifestado su justicia y misericordia en Cristo
Creemos que Dios, siendo perfectísimamente misericordioso y también justísimo, envió a su Hijo a tomar la naturaleza en la cual se había cometido la desobediencia, para llevar en ella el castigo del pecado por su rigurosísima muerte y pasión. Dios, pues, declaró su justicia hacia su Hijo, cargado con nuestros pecados, y derramó su bondad y misericordia sobre nosotros, culpables y dignos de condenación, dándonos a su Hijo para la muerte, por un amor perfectísimo, y resucitándolo para nuestra justificación, a fin de que por él tuviéramos inmortalidad y vida eterna.
Referencias: (He 2:14; Ro 8:3, 32, 33) (Is 53:6; Jn 1:29; 1 Jn 4:9) (Ro 4:25)
De la satisfacción de Cristo por nuestros pecados
Creemos que Jesucristo es Sumo Sacerdote eternamente, con juramento, según el orden de Melquisedec, y que se presentó en nuestro nombre delante de su Padre, para apaciguar su ira con plena satisfacción, ofreciéndose a sí mismo sobre el altar de la cruz y derramando su preciosa sangre para la purificación de nuestros pecados, como los profetas habían predicho; porque está escrito que el castigo que nos trajo la paz fue puesto sobre el Hijo de Dios, y que por su llaga fuimos nosotros curados; que fue llevado como cordero al matadero, y contado entre los pecadores; y condenado como malhechor por Poncio Pilato, aunque lo había declarado inocente. Pagó, pues, lo que no había robado, y padeció, el justo por los injustos, tanto en su cuerpo como en su alma, de modo que, sintiendo el horrible castigo debido a nuestros pecados, su sudor se hizo como grandes gotas de sangre que caían en tierra. Clamó: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?», y soportó todo esto para la remisión de nuestros pecados. Por eso decimos con razón, con san Pablo, que no conocemos otra cosa sino a Jesucristo, y a este crucificado; estimamos todas las cosas como basura, en comparación con lo incomparable del conocimiento de nuestro Señor Jesucristo; hallamos todos los consuelos en sus llagas, y no tenemos necesidad de buscar ni inventar otro medio para reconciliarnos con Dios que este único sacrificio, ofrecido una vez, el cual hace perfectos para siempre a los fieles. Esta es también la causa por la que el ángel de Dios lo llamó Jesús, es decir, Salvador, puesto que había de salvar a su pueblo de sus pecados.
Referencias: (Sal 10:4; He 5:10) (Col 1:14; Ro 5:8-9; Col 2:14; He 2:17; He 9:14; Ro 3:24; Ro 8:2; Jn 15:3; Hch 2:24; Hch 13:28; Jn 3:16; 1 Ti 2:6) (Is 53:5, 7, 12) (Lc 23:22, 24; Hch 13:28; Sal 22:16; Jn 18:38; Sal 69:5; 1 P 3:18) (Sal 69:5) (1 P 3:18) (Lc 22:44) (Sal 22:2; Mt 27:46) (1 Co 2:2) (Fil 3:8) (He 9:25-26; He 10:14) (Mt 1:21; Hch 4:12)
De la fe que justifica y de la justificación por la fe
Creemos que, para obtener el verdadero conocimiento de este gran misterio, el Espíritu Santo enciende en nuestros corazones una verdadera fe, que abraza a Jesucristo con todos sus méritos, y lo hace suyo, y no busca ya nada fuera de él. Porque es necesario que lo que se requiere para nuestra salvación no esté todo en Jesucristo; o, si todo está en él, que quien tiene a Jesucristo por la fe tenga toda su salvación. Decir, pues, que Cristo no basta, sino que hace falta algo más con él, es una blasfemia demasiado enorme contra Dios; porque se seguiría que Jesucristo sería solamente medio Salvador. Por eso decimos con justa causa, con san Pablo, que somos justificados por la sola fe, o por la fe sin las obras. Sin embargo, no entendemos, hablando con propiedad, que sea la fe misma la que nos justifica; porque ella es solamente el instrumento con el cual abrazamos a Cristo, nuestra justicia. Pero Jesucristo, atribuyéndonos todos sus méritos y tantas santas obras como ha hecho por nosotros y en nuestro nombre, es nuestra justicia; y la fe es el instrumento que nos mantiene con él en la comunión de todos sus bienes; los cuales, hechos nuestros, nos son más que suficientes para absolvernos de nuestros pecados.
Referencias: (Ef 3:16-17; Sal 51:13; Ef 1:17-18; 1 Co 2:12) (1 Co 2:2; Hch 4:12; Gá 2:21; Jer 23:6; 1 Co 1:30; Jer 31:10) (Mt 1:21; Ro 3:27; Ro 8:1, 33) (Ro 3:27; 1 P 1:4-5; Ro 10:4) (Jer 23:6; 1 Co 1:30; Lc 1:77; Ro 3:24-25; Ro 4:5; Sal 32:1-2; Fil 3:9; Tit 3:5; 2 Ti 1:9)
De la justicia con que comparecemos delante de Dios
Creemos que nuestra bienaventuranza consiste en la remisión de nuestros pecados por causa de Jesucristo, y que en esto está contenida nuestra justicia delante de Dios, como David y san Pablo nos enseñan, declarando la bienaventuranza del hombre a quien Dios atribuye justicia sin obras. Y el mismo Apóstol dice que somos justificados gratuitamente, o por gracia, por medio de la redención que es en Cristo Jesús. Por eso mantenemos este fundamento firme para siempre, dando toda la gloria a Dios, humillándonos y reconociéndonos tales como somos, sin presumir nada de nosotros mismos ni de nuestros méritos; y nos apoyamos y reposamos en la sola obediencia de Cristo crucificado, la cual es nuestra cuando creemos en él. Ella es suficiente para cubrir todas nuestras iniquidades y darnos seguridad, alejando de nuestra conciencia el temor, el horror y el espanto, para acercarnos a Dios sin hacer como nuestro primer padre Adán, que, temblando, quería cubrirse con hojas de higuera. Y de hecho, si hubiéramos de comparecer delante de Dios apoyados, por poco que fuera, en nosotros mismos o en alguna otra criatura, ¡ay!, seríamos devorados. Por eso cada uno debe decir con David: «Señor, no entres en juicio con tu siervo; porque no se justificará delante de ti ningún ser humano».
Referencias: (Lc 1:77; Col 1:14; Sal 32:1-2; Ro 4:6-7) (Ro 3:23-24; Hch 4:12) (Sal 15:1; 1 Co 4:7; Ro 4:2) (1 Co 4:7; Ro 4:2; 1 Co 1:29, 31) (Ro 5:19) (He 11:6-7; Ef 2:8; 2 Co 5:19; 1 Ti 2:6) (Ro 5:1; Ef 3:12; 1 Jn 2:1) (Gn 3:7) (Is 33:14; Dt 27:26; Stg 2:10) (Sal 30:3; Mt 18:23-26; Sal 43:2; Lc 16:15)
De la santificación del hombre y de las buenas obras
Creemos que esta verdadera fe, siendo engendrada en el hombre por el oír la Palabra de Dios y por la operación del Espíritu Santo, lo regenera y lo hace un hombre nuevo, haciéndolo vivir una vida nueva y librándolo de la servidumbre del pecado. Así que está tan lejos de que esta fe justificante enfríe a los hombres en el vivir bien y santamente, que, al contrario, sin ella jamás harían nada por amor de Dios, sino solamente por amor de sí mismos y por temor de ser condenados. Es, pues, imposible que esta santa fe esté ociosa en el hombre, puesto que no hablamos de la fe vana, sino de la que la Escritura llama fe que obra por el amor, la cual induce al hombre a ejercitarse en las obras que Dios ha mandado por su Palabra; obras que, procediendo de la buena raíz de la fe, son buenas y aceptas delante de Dios, puesto que todas son santificadas por su gracia. Sin embargo, no entran en cuenta para justificarnos: porque por la fe en Cristo somos justificados aun antes de hacer buenas obras; de otro modo no podrían ser buenas, como tampoco el fruto de un árbol puede ser bueno si primero el árbol no es bueno.
Hacemos, pues, buenas obras, pero no para merecer (pues ¿qué mereceríamos?); más bien somos deudores a Dios por las buenas obras que hacemos, y no él a nosotros, puesto que es él quien pone en nosotros el querer y el hacer por su buena voluntad; teniendo presente lo que está escrito: «Cuando hayáis hecho todo lo que os ha sido ordenado, decid: Siervos inútiles somos, pues lo que debíamos hacer, hicimos».
Sin embargo, no queremos negar que Dios recompense las buenas obras, pero es por su gracia que corona sus dones. Por lo demás, aunque hagamos buenas obras, no fundamos en ellas nuestra salvación; porque no podemos hacer ninguna obra que no esté contaminada por nuestra carne, y sea también digna de castigo; y aunque pudiéramos mostrar una, el recuerdo de un solo pecado basta para que Dios la rechace. De esta manera estaríamos siempre en duda, fluctuando de aquí para allá sin certeza alguna; y nuestras pobres conciencias serían siempre atormentadas, si no reposaran en el mérito de la muerte y pasión de nuestro Salvador.
Referencias: (1 P 1:23; Ro 10:17; Jn 5:24) (1 Ts 1:5; Ro 8:15; Jn 6:29; Col 2:12; Ef 2:8) (Hch 15:9; Ro 6:4, 22; Tit 2:12; Jn 8:36) (Tit 2:12) (Tit 3:8; Jn 15:5; He 11:6; 1 Ti 1:5) (1 Ti 1:5; Gá 5:6; Tit 3:8) (2 Ti 1:9; Ro 9:32; Tit 3:5) (Ro 4:4; Gn 4:4) (He 11:6; Ro 14:23; Gn 4:4; Mt 7:17) (1 Co 4:7; Is 26:12; Gá 3:5; 1 Ts 2:13) (Fil 2:13) (Lc 17:10) (Mt 10:42; Mt 25:34-35; Ap 3:12, 21; Ro 2:6; Ap 2:11; 2 Jn 1:8; Ro 11:6) (Ef 2:9-10) (Is 64:6) (Is 28:16; Ro 10:11; Hab 2:4)
De la abrogación de la ley ceremonial y de la concordancia del Antiguo y del Nuevo Testamento
Creemos que las ceremonias y figuras de la Ley cesaron con la venida de Cristo, y que todas las sombras tuvieron fin, de modo que su uso debe ser quitado entre los cristianos. Sin embargo, la verdad y la sustancia de ellas nos permanecen en Jesucristo, en quien tienen su cumplimiento; y con todo, usamos todavía los testimonios tomados de la Ley y de los Profetas, para confirmarnos en el Evangelio, y también para ordenar nuestra vida con toda honestidad, a gloria de Dios, conforme a su voluntad.
Referencias: (Ro 10:4) (Gá 5:2-4; Gá 3:1; Gá 4:10-11; Col 2:16-17) (2 P 1:19)
De la intercesión de Cristo
Creemos que no tenemos acceso a Dios sino por un solo Mediador y Abogado, Jesucristo el justo, que por esta causa se hizo hombre, uniendo juntamente la naturaleza divina y la humana, a fin de que nosotros, los hombres, tengamos entrada a la majestad divina; de otro modo no tendríamos entrada alguna. Pero este Mediador que el Padre nos ha dado entre él y nosotros no debe espantarnos por su grandeza, para hacernos buscar otro a nuestro antojo; porque no hay nadie, ni en el cielo ni en la tierra, entre las criaturas, que nos ame más que Jesucristo, el cual, aunque estaba en forma de Dios, se anonadó a sí mismo, tomando por nosotros forma de hombre y de siervo, y se hizo en todo semejante a sus hermanos. Si, pues, hubiéramos de hallar otro intercesor que nos tuviera afecto, ¿a quién hallaríamos que nos ame más que aquel que puso su vida por nosotros, cuando éramos aún sus enemigos? Y si hay que hallar uno que tenga crédito y poder, ¿quién lo tiene tanto como el que está sentado a la diestra del Padre, y que tiene toda potestad en el cielo y en la tierra? ¿Y quién será antes oído que el propio Hijo amado de Dios?
Solo la desconfianza, pues, ha traído esta costumbre de deshonrar a los santos en lugar de honrarlos, haciendo lo que ellos jamás hicieron ni pidieron; antes bien lo rechazaron constantemente, y conforme a su deber, como se ve por sus escritos. No hay que alegar aquí que no somos dignos: porque no se trata aquí de presentar nuestras oraciones fundándonos en nuestra dignidad, sino solamente en la excelencia y dignidad de Jesucristo, cuya justicia es nuestra por la fe.
Por eso, con razón, el Apóstol, queriendo quitarnos este necio temor, o más bien desconfianza, nos dice que Jesucristo fue hecho en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote para expiar los pecados del pueblo; pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados. Y luego, para darnos mejor ánimo de acercarnos a él, dice: «Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que trascendió los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión. Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro». El mismo Apóstol dice que tenemos libertad para entrar en el lugar santísimo por la sangre de Jesús: «Acerquémonos», dice, «con corazón sincero, en plena certidumbre de fe», etc. Y también: Cristo tiene un sacerdocio inmutable; por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos. ¿Qué más hace falta? Puesto que Cristo mismo declara: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí». ¿A qué propósito buscaremos otro abogado? Puesto que ha agradado a Dios darnos a su Hijo para que sea nuestro Abogado. No lo dejemos a él para tomar otro, o más bien para buscar sin hallar jamás; porque cuando Dios nos lo dio, bien sabía que éramos pecadores.
Por eso, conforme al mandamiento de Cristo, invocamos al Padre celestial por Cristo, nuestro único Mediador, como somos enseñados por la Oración Dominical, estando seguros de que todo lo que pidamos al Padre en su nombre, lo obtendremos.
Referencias: (1 Ti 2:5; 1 Jn 2:1; Ro 8:33) (Os 13:9; Jer 2:13, 33) (Jn 10:11; 1 Jn 4:10; Ro 5:8; Ef 3:19; Jn 15:13) (Fil 2:7) (Ro 5:8) (Mr 16:19; Col 3:1; Ro 8:33; Mt 11:27; Mt 28:18) (Hch 10:26; Hch 14:15) (Dn 9:17-18; Jn 16:23; Ef 3:12; Hch 4:12; 1 Co 1:31; Ef 2:18) (He 2:17-18) (He 4:14-16) (He 10:19, 22) (He 7:24-25) (Jn 14:6) (Sal 44:21) (1 Ti 2:5; 1 Jn 2:1; Ro 8:33) (Lc 11:2) (Jn 16:23; Jn 14:13)
De la Iglesia católica
Creemos y confesamos una sola Iglesia católica o universal, que es una santa congregación y asamblea de los verdaderos fieles cristianos, que esperan toda su salvación en Jesucristo, lavados por su sangre, y santificados y sellados por el Espíritu Santo.
Esta Iglesia ha existido desde el comienzo del mundo, y será así hasta el fin, como se ve en que Cristo es Rey eterno, que no puede estar sin súbditos. Y esta santa Iglesia es sostenida por Dios contra la rabia de todo el mundo, aunque por algún tiempo parezca muy pequeña a los ojos de los hombres, y como extinguida; así como el Señor, en un tiempo tan peligroso como fue el de Acab, se reservó siete mil hombres que no doblaron la rodilla ante Baal.
Además, esta santa Iglesia no está situada, ligada ni limitada a un cierto lugar ni a ciertas personas, sino que está esparcida y dispersa por todo el mundo, estando, sin embargo, juntada y unida de corazón y de voluntad, en un mismo espíritu, por la virtud de la fe.
Referencias: (Is 2:2; Sal 46:5; Sal 102:4; Jer 31:36) (Mt 28:20; 2 S 7:16) (Lc 1:32-33; Sal 89:37-38; Sal 110:2-4) (Mt 16:18; Jn 16:33; Gn 22:17; 2 Ti 2:19) (Lc 12:32; Is 1:9; Ap 12:6, 14; Lc 17:21; Mt 16:18) (Ro 12:4; Ro 11:2, 4; 1 R 19:18; Is 1:9; Ro 9:29) (Hch 4:32) (Ef 4:3-4)
De la comunión de los santos con la verdadera Iglesia
Creemos que, puesto que esta santa asamblea y congregación es la asamblea de los salvados, y que fuera de ella no hay salvación, nadie, de cualquier estado y condición que sea, debe retirarse aparte para contentarse con su persona, sino que todos juntos deben ponerse y unirse a ella, manteniendo la unidad de la Iglesia, sometiéndose a su instrucción y disciplina, doblando el cuello bajo el yugo de Jesucristo, y sirviendo a la edificación de los hermanos, según los dones que Dios ha puesto en ellos, como miembros comunes de un mismo cuerpo; y, para que esto pueda guardarse mejor, es deber de todos los fieles, según la Palabra de Dios, separarse de los que no son de la Iglesia para ponerse en esta asamblea, en cualquier lugar donde Dios la haya puesto, aunque los magistrados y los edictos de los príncipes sean contrarios, y de ello dependan la muerte o el castigo corporal.
Así que todos los que se apartan de ella, o no se ponen en ella, contrarían la ordenanza de Dios.
Referencias: (1 P 3:20; Jl 2:32) (Hch 2:40; Is 52:11) (Sal 22:23; Ef 4:3, 12; He 2:12) (Sal 2:10-12; Mt 11:29) (Ef 4:12, 16; 1 Co 12:12) (Hch 2:40; Is 52:11; 2 Co 6:17; Ap 18:4) (Mt 12:30; Mt 24:28; Is 49:22; Ap 17:14) (Dn 3:17-18; Dn 6:8-10; Hch 4:17, 19; Hch 17:7; Hch 18:13)
De las marcas de la verdadera Iglesia
Creemos que hay que discernir con mucha diligencia, y con buena prudencia por la Palabra de Dios, cuál es la verdadera Iglesia, porque todas las sectas que hoy hay en el mundo se cubren con este nombre de Iglesia.
No hablamos aquí de la compañía de los hipócritas que están mezclados entre los buenos en la Iglesia y sin embargo no son de ella, aunque estén presentes en cuanto al cuerpo; sino que hablamos de distinguir el cuerpo y la comunión de la verdadera Iglesia de todas las otras sectas que se dicen ser la Iglesia.
Las marcas para reconocer la verdadera Iglesia son estas: si la Iglesia usa de la pura predicación del Evangelio; si usa de la pura administración de los sacramentos, como Cristo los ordenó; si la disciplina eclesiástica se practica para corregir los vicios; en suma, si uno se rige según la pura Palabra de Dios, rechazando todas las cosas contrarias a ella, teniendo a Jesucristo por única cabeza. Por esto se puede estar seguro de conocer la verdadera Iglesia, y no es deber de nadie estar separado de ella. Y en cuanto a los que son de la Iglesia, se los puede reconocer por las marcas de los cristianos, a saber, por la fe, y porque, habiendo recibido al único Salvador Jesucristo, huyen del pecado y siguen la justicia, amando al Dios verdadero y a sus prójimos, sin desviarse a derecha ni a izquierda, crucificando su carne con sus obras; no que no haya en ellos gran flaqueza, sino que luchan contra ella por el Espíritu todos los días de su vida, recurriendo continuamente a la sangre, muerte, pasión y obediencia del Señor Jesús, por quien tienen remisión de sus pecados mediante la fe en él.
En cuanto a la falsa Iglesia, se atribuye a sí misma y a sus ordenanzas más autoridad que a la Palabra de Dios. No quiere someterse al yugo de Cristo. No administra los sacramentos como Cristo ordenó por su Palabra, sino que añade y quita como le place; se funda en los hombres más que en Jesucristo; persigue a los que viven santamente según la Palabra de Dios, y a los que la reprenden por sus vicios, sus avaricias y sus idolatrías. Estas dos Iglesias son fáciles de conocer para distinguir la una de la otra.
Referencias: (Mt 13:22; 2 Ti 2:18-20; Ro 9:6) (Mt 28:19; Lc 22:19; 1 Co 11:23) (Mt 18:15-18; 2 Ts 3:14-15) (Gá 1:6-8) (Ef 1:22-23; Jn 10:4-5, 14) (Ef 1:13; Jn 17:20) (1 Jn 4:2) (1 Jn 3:8-10) (Ro 6:2; Gá 5:24) (Ro 7:6, 17; Gá 5:17) (Col 1:14) (Col 2:18-19) (Sal 2:3) (Ap 12:4; Jn 16:2) (Ap 17:3-4, 6)
Del gobierno de la Iglesia
Creemos que esta verdadera Iglesia debe ser gobernada según el orden espiritual que nuestro Señor nos ha enseñado por su Palabra: a saber, que haya ministros o pastores para predicar la Palabra de Dios y administrar los sacramentos; que haya también supervisores y diáconos, para estar con los pastores como el senado de la Iglesia, y por este medio conservar la verdadera religión y hacer que la verdadera doctrina tenga su curso, y también que los hombres viciosos sean corregidos espiritualmente y mantenidos a raya; y para que también los pobres y todos los afligidos sean socorridos y consolados, según lo necesiten. Por este medio todas las cosas irán bien y con buen orden en la Iglesia, cuando tales personas sean elegidas fieles y conforme a la regla que da san Pablo a Timoteo.
Referencias: (Ef 4:11; 1 Co 4:1-2; 2 Co 5:20; Jn 20:23; Hch 26:17-18; Lc 10:16) (Hch 6:3; Hch 14:23) (Mt 18:17; 1 Co 5:4-5) (1 Ti 3:1; Tit 1:5)
De la vocación de los ministros de la Iglesia
Creemos que los ministros de la Palabra de Dios, los ancianos y los diáconos, deben ser elegidos para sus oficios por elección legítima de la Iglesia, con la invocación del nombre de Dios, con orden, como enseña la Palabra de Dios. Cada uno, pues, debe guardarse bien de entrometerse por medios ilícitos, sino que debe esperar el tiempo en que sea llamado por Dios, a fin de que tenga el testimonio de su vocación, para estar cierto y seguro de que es del Señor.
Y en cuanto a los ministros de la Palabra, dondequiera que estén, tienen un mismo poder y autoridad, siendo todos ministros de Jesucristo, único Obispo universal y única Cabeza de la Iglesia.
Además, para que la santa ordenanza de Dios no pueda ser violada ni venir a menosprecio, decimos que cada uno debe tener a los ministros de la Palabra y a los ancianos de la Iglesia en singular estima, por la obra que hacen, y estar en paz con ellos, sin murmuración, debate ni contienda, en cuanto sea posible.
Referencias: (1 Ti 5:22) (Hch 6:3) (Jer 23:21; He 5:4; Hch 1:23; Hch 13:2) (1 Co 4:1; 1 Co 3:9; 2 Co 5:20; Hch 26:16-17) (1 P 2:25; 1 P 5:4; Is 61:1; Ef 1:22; Col 1:18) (1 Ts 5:12-13; 1 Ti 5:17; He 13:17)
Del orden y de la disciplina de la Iglesia
Creemos, sin embargo, que aunque es útil y bueno que los gobernantes de la Iglesia establezcan y dispongan cierto orden entre ellos para el sostenimiento del cuerpo de la Iglesia, deben guardarse bien de apartarse de lo que Cristo, nuestro único Maestro, nos ha ordenado. Por eso rechazamos todas las invenciones humanas, y todas las leyes que se quisiera introducir para servir a Dios y por ellas atar y constreñir las conciencias de cualquier manera que sea. Así que recibimos solamente lo que es propio para guardar y nutrir la concordia y la unión, y mantener todo en la obediencia a Dios; para lo cual se requiere la excomunión hecha según la Palabra de Dios, con lo que de ella depende.
Referencias: (Col 2:6-7) (1 Co 7:23; Mt 15:9; Is 29:13; Ro 16:17-18) (Mt 18:17; 1 Co 5:5; 1 Ti 1:20)
De los sacramentos
Creemos que nuestro buen Dios, teniendo en cuenta nuestra torpeza y flaqueza, nos ha ordenado los sacramentos, para sellar en nosotros sus promesas, y servirnos de prendas de la buena voluntad y gracia de Dios para con nosotros, y también para alimentar y sostener nuestra fe; los cuales añadió a la palabra del Evangelio, para representar mejor a nuestros sentidos externos tanto lo que nos da a entender por su Palabra como lo que hace interiormente en nuestros corazones, ratificando en nosotros la salvación que nos comunica. Porque son signos y sellos visibles de la cosa interior e invisible, por medio de los cuales Dios obra en nosotros por la virtud del Espíritu Santo. Los signos, pues, no son vanos y vacíos para engañarnos y defraudarnos; porque tienen a Jesucristo por su verdad, sin el cual no serían nada.
Además, nos contentamos con el número de sacramentos que Cristo, nuestro Maestro, nos ha ordenado, los cuales son solamente dos: el sacramento del Bautismo y el de la Santa Cena de Jesucristo.
Referencias: (Ro 4:11; Gn 9:13; Gn 17:11) (Col 2:11, 17; 1 Co 5:7) (Mt 28:19)
Del Bautismo
Creemos y confesamos que Jesucristo, que es el fin de la Ley, puso fin por su sangre derramada a toda otra efusión de sangre que se pudiera o quisiera hacer para propiciación o satisfacción de los pecados, y habiendo abolido la circuncisión, que se hacía con sangre, ordenó en su lugar el sacramento del Bautismo, por el cual somos recibidos en la Iglesia de Dios y separados de todos los otros pueblos y de todas las religiones extrañas, para ser enteramente dedicados a él, llevando su marca y su enseña; y nos sirve de testimonio de que él será nuestro Dios para siempre, siéndonos Padre propicio. Mandó, pues, bautizar a todos los que son suyos, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, con agua pura: significándonos con esto que, así como el agua lava la suciedad del cuerpo cuando es derramada sobre nosotros, y es vista también sobre el cuerpo del bautizado y lo rocía, así la sangre de Cristo, por el Espíritu Santo, hace lo mismo interiormente en el alma, rociándola y limpiándola de sus pecados, y regenerándonos de hijos de ira en hijos de Dios; no que el agua material haga esto, sino que es la aspersión de la preciosa sangre del Hijo de Dios, el cual es nuestro Mar Rojo, por el cual nos es preciso pasar para salir de la tiranía del Faraón, que es el diablo, y entrar en la tierra espiritual de Canaán. Así los ministros nos dan de su parte el sacramento y lo que es visible; pero nuestro Señor da lo que es significado por el sacramento, a saber, los dones y gracias invisibles, lavando, purificando y limpiando nuestras almas de toda inmundicia e iniquidad, renovando nuestros corazones y llenándolos de todo consuelo, dándonos verdadera seguridad de su bondad paternal, revistiéndonos del hombre nuevo y despojándonos del viejo con todos sus hechos.
Por esta causa creemos que quienquiera que pretenda llegar a la vida eterna debe ser bautizado una sola vez con un solo bautismo, sin reiterarlo jamás; porque tampoco podemos nacer dos veces. Y sin embargo este bautismo no aprovecha solamente cuando el agua está sobre nosotros y la recibimos, sino que aprovecha todo el tiempo de nuestra vida. Sobre esto detestamos el error de los anabaptistas, que no se contentan con un solo bautismo una vez recibido, y además condenan el bautismo de los niños pequeños de los fieles, los cuales creemos que deben ser bautizados y sellados con el signo del pacto; como los niños pequeños eran circuncidados en Israel, sobre las mismas promesas que se hacen a nuestros hijos. Y también, en verdad, Cristo no derramó menos su sangre para lavar a los niños pequeños de los fieles que lo que hizo por los mayores; por eso deben recibir el signo y el sacramento de lo que Cristo ha hecho por ellos: como en la Ley el Señor mandaba que se les comunicara el sacramento de la muerte y pasión de Cristo cuando eran recién nacidos, ofreciendo por ellos un cordero, que era el sacramento de Jesucristo. Y además, lo que hacía la circuncisión al pueblo judío, lo hace el Bautismo a nuestros hijos; esta es la causa por la que san Pablo llama al Bautismo la circuncisión de Cristo.
Referencias: (Ro 10:4) (Col 2:11; 1 P 3:21; 1 Co 10:2) (Mt 28:19) (1 Co 6:11; Tit 3:5; He 9:14; 1 Jn 1:7; Ap 1:6) (Jn 19:34) (Mt 3:11; 1 Co 3:5, 7; Ro 6:3) (Ef 5:26; Hch 22:16; 1 P 3:21) (Gá 3:27; 1 Co 12:13; Ef 4:22-24) (Mr 16:16; Mt 28:19; Ef 4:5; He 6:2) (Hch 2:38; Hch 8:16) (Mt 19:14; 1 Co 7:14) (Gn 17:11-12) (Col 2:11-12) (Jn 1:29; Lv 12:6) (Col 2:11)
De la Santa Cena de nuestro Señor Jesucristo
Creemos y confesamos que nuestro Salvador Jesucristo ordenó e instituyó el sacramento de la santa Cena, para nutrir y sustentar a los que ya ha regenerado e injertado en su familia, que es su Iglesia. Ahora bien, los que son regenerados tienen en sí dos vidas: una corporal y temporal, que trajeron desde su primer nacimiento y es común a todos; la otra es espiritual y celestial, que les es dada en el segundo nacimiento, el cual se hace por la palabra del Evangelio, en la comunión del cuerpo de Cristo; y esta vida no es común sino a los elegidos de Dios. Así Dios nos ha dado, para el sustento de la vida corporal y terrenal, un pan terrenal y material, que es propio para ello, el cual pan es común a todos, como lo es también la vida; pero para sustentar la vida espiritual y celestial que se halla en los fieles, les ha enviado un pan vivo que descendió del cielo, a saber, Jesucristo, el cual nutre y sustenta la vida espiritual de los fieles, siendo comido, es decir, aplicado y recibido por la fe en el espíritu. Para figurarnos este pan espiritual y celestial, Cristo ordenó un pan terrenal y visible, que es sacramento de su cuerpo, y el vino por sacramento de su sangre, para certificarnos que, así como verdaderamente tomamos y tenemos el sacramento en nuestras manos, y lo comemos y bebemos con nuestras bocas, con lo cual luego nuestra vida es sustentada, así también verdaderamente recibimos por la fe (que es la mano y la boca de nuestra alma) el verdadero cuerpo y la verdadera sangre de Cristo, nuestro único Salvador, en nuestras almas, para nuestra vida espiritual.
Ahora bien, es cosa segura que Jesucristo no nos ha recomendado en vano sus sacramentos; por tanto, hace en nosotros todo lo que nos representa por estos signos sagrados; aunque la manera sobrepase nuestro entendimiento y nos sea incomprensible, como la operación del Espíritu de Dios es secreta e incomprensible. Sin embargo, no nos engañamos al decir que lo que es comido es el propio y natural cuerpo de Cristo, y lo que es bebido, su propia sangre; pero la manera por la cual lo comemos no es la boca, sino el espíritu por la fe. Así Jesucristo permanece siempre sentado a la diestra de Dios su Padre en los cielos, y no por eso deja de comunicarse a nosotros por la fe. Este banquete es una mesa espiritual en la cual Cristo se comunica a nosotros con todos sus bienes, y nos hace gozar en ella tanto de sí mismo como del mérito de su muerte y pasión, nutriendo, fortaleciendo y consolando nuestra pobre alma desolada, por el comer su carne, y aliviándola y recreándola por el beber su sangre.
Además, aunque los sacramentos estén unidos a la cosa significada, no son sin embargo recibidos por todos con estas dos cosas: el malo recibe el sacramento para su condenación, pero no recibe la verdad del sacramento; como Judas y Simón el mago recibieron ambos el sacramento, pero no a Cristo, que en él es significado, lo cual solo es comunicado a los fieles. Finalmente, recibimos este santo sacramento en la asamblea del pueblo de Dios con humildad y reverencia, haciendo entre nosotros una santa memoria de la muerte de Cristo nuestro Salvador con acción de gracias, y haciendo en él confesión de nuestra fe y religión cristiana. Por eso nadie debe presentarse sin haberse examinado bien a sí mismo, no sea que, comiendo de este pan y bebiendo de esta copa, coma y beba juicio para sí. En suma, somos movidos por el uso de este santo sacramento a un ardiente amor hacia Dios y hacia nuestros prójimos.
En lo cual rechazamos todas las confusiones e invenciones condenables que los hombres han añadido y mezclado a los sacramentos, como profanaciones, y decimos que uno debe contentarse con el orden que Cristo y sus apóstoles nos han enseñado, y hablar como ellos han hablado.
Referencias: (Mt 26:26; Mr 14:22; Lc 22:19; 1 Co 11:23-25) (Jn 3:6) (Jn 3:5) (Jn 5:23, 25) (1 Jn 5:12; Jn 10:28) (Jn 6:32-33, 51) (Jn 6:63) (1 Co 10:16-17; Ef 3:17; Jn 6:35) (Jn 6:55-56; 1 Co 10:16) (Hch 3:21; Mr 16:19; Mt 26:11) (Mt 26:26; Lc 22:19; 1 Co 10:2-4) (Is 55:2; Ro 8:22-23) (1 Co 11:29; 2 Co 6:14-15; 1 Co 2:14) (Hch 2:42; Hch 20:7) (1 Co 11:27-28)
De los magistrados
Creemos que nuestro buen Dios, a causa de la depravación del género humano, ha ordenado reyes, príncipes y magistrados, queriendo que el mundo sea gobernado por leyes y policías, para que el desenfreno de los hombres sea reprimido y todo se haga con buen orden entre los hombres. Para este fin ha puesto la espada en las manos del magistrado, para castigar a los malos y mantener a los buenos; y no solamente es su oficio cuidar y velar por la policía, sino también mantener el sagrado ministerio, para quitar y arruinar toda idolatría y falso culto de Dios; para destruir el reino del anticristo y adelantar el reino de Jesucristo, y hacer que la Palabra del Evangelio sea predicada por todas partes, a fin de que Dios sea honrado y servido por todos, como él lo requiere por su Palabra.
Además, cada uno, de cualquier calidad, condición o estado que sea, debe estar sujeto a los magistrados, y pagar los tributos; tenerlos en honor y reverencia, y obedecerles en todas las cosas que no sean contrarias a la Palabra de Dios; orando por ellos en sus oraciones, para que el Señor quiera dirigirlos en todos sus caminos, y para que llevemos una vida quieta y reposada en toda piedad y honestidad.
Y sobre esto detestamos el error de los anabaptistas y otros amotinados, y en general de todos los que quieren rechazar las autoridades y magistrados, y trastornar la justicia, estableciendo comunidad de bienes y confundiendo el decoro que Dios ha puesto entre los hombres.
Referencias: (Éx 18:20; Ro 13:1; Pr 8:15; Jer 21:12; Jer 22:2-3; Sal 82:1, 6; Sal 101:2; Dt 1:15-16; Dt 16:18; Dt 17:15; Dn 2:21, 37; Dn 5:18) (Is 49:23, 25; 1 R 15:12; 2 R 23:2-4) (Tit 3:1; Ro 13:1) (Mr 12:17; Mt 17:24) (Hch 4:17-19; Hch 5:29; Os 5:11) (Jer 29:7; 1 Ti 2:1-2) (2 P 2:10) (Jud 1:8, 10)
Del juicio final
Finalmente, creemos, según la Palabra de Dios, que cuando llegue el tiempo ordenado por el Señor (el cual es desconocido para todas las criaturas) y el número de los elegidos sea completado, nuestro Señor Jesucristo vendrá del cielo corporal y visiblemente, como subió allá, con gran gloria y majestad, para declararse juez de vivos y muertos, poniendo en fuego y llama este viejo mundo para purificarlo; y entonces comparecerán personalmente ante este gran juez todas las criaturas humanas, tanto hombres como mujeres y niños, que hayan existido desde el comienzo del mundo hasta el fin, siendo citados allí por la voz del arcángel y por el sonido de la trompeta de Dios; porque todos los que hayan muerto antes resucitarán de la tierra, el espíritu siendo juntado y unido con su propio cuerpo en el cual vivió. Y en cuanto a los que vivan entonces, no morirán como los otros, sino que serán transformados, en un abrir y cerrar de ojos, de corrupción en incorrupción.
Entonces los libros serán abiertos (es decir, las conciencias) y los muertos serán juzgados según las cosas que hayan hecho en este mundo, ya buenas, ya malas; aun los hombres darán cuenta de toda palabra ociosa que hayan pronunciado, las cuales el mundo estima solo juegos y pasatiempos; y entonces las acciones y pensamientos secretos y las hipocresías de los hombres serán descubiertos públicamente ante todos.
Por eso, con razón, el recuerdo de este juicio es horrible y espantoso para los inicuos y malos, y muy deseable y de gran consolación para los buenos y elegidos; puesto que entonces será cumplida su redención total, y recibirán allí los frutos de los trabajos y fatigas que hayan sufrido; su inocencia será abiertamente conocida de todos, y verán la horrible venganza que Dios hará de los malos que los habrán tiranizado, afligido y atormentado en este mundo, los cuales serán convencidos por el propio testimonio de sus conciencias, y serán hechos inmortales, de tal modo que sea para ser atormentados en el fuego eterno, que está preparado para el diablo y sus ángeles.
Y al contrario, los fieles y elegidos serán coronados de gloria y de honra; el Hijo de Dios confesará su nombre delante de Dios su Padre y de sus santos ángeles elegidos; toda lágrima será enjugada de sus ojos; su causa, ahora condenada por muchos jueces y magistrados como herética y mala, será conocida como la causa del Hijo de Dios; y como recompensa gratuita, el Señor les hará poseer una gloria tal como jamás corazón de hombre podría pensar.
Por eso esperamos este gran Día con deseo, para gozar plenamente de las promesas de Dios en Jesucristo nuestro Señor. Amén. Sí, ven, Señor Jesús (Ap 22:20).
Referencias: (Mt 24:36; Mt 25:13; 1 Ts 5:1-2; Ap 6:11; Hch 1:7; 2 P 3:10) (Hch 1:11) (2 Ts 1:7-8; Hch 17:31; Mt 24:30; Mt 25:31; Jud 1:15; 1 P 4:5; 2 Ti 4:1) (2 P 3:7, 10; 2 Ts 1:8) (Ap 20:12-13; Hch 17:31; He 6:2; He 9:27; 2 Co 5:10; Ro 14:10) (1 Co 15:42; Ap 20:12-13; 1 Ts 4:16) (Jn 5:28-29; Jn 6:54; Dn 12:2; Job 19:26-27) (1 Co 15:51-53) (Ap 20:12-13; 1 Co 4:5; Ro 14:11-12; Job 34:11; Jn 5:24; Dn 12:2; Sal 62:13; Mt 11:22; Mt 23:33; Jn 5:29; Ro 2:5-6; 2 Co 5:10; He 6:2; He 9:27) (Ro 2:5; Jud 1:15; Mt 12:36) (1 Co 4:5; Ro 2:1-2, 16; Mt 7:1-2) (Ap 6:15-16; He 10:27) (Lc 21:28; 1 Jn 3:2; 1 Jn 4:17; Ap 14:7; 2 Ts 1:5, 7; Lc 14:14) (Dn 7:26) (Mt 25:46; 2 Ts 1:6-8; Mal 4:3) (Ro 2:15) (Ap 21:8; 2 P 2:9) (Mal 4:1; Mt 25:41) (Mt 25:34; Mt 13:43) (Mt 10:32) (Is 25:8; Ap 21:4) (Is 66:5) (Is 64:4; 1 Co 2:9) (He 10:36-38)
Guido de Brès, 1561 (dominio público). Traducción al español de Berea, hecha con IA a partir del texto francés de la edición de Philip Schaff, The Creeds of Christendom (1877), texto de CCEL.