Notas sobre la Biblia · Jonathan Edwards
Génesis 1: comentario de Jonathan Edwards
El Pentateuco, escrito por Moisés
Que el Pentateuco fue escrito por Moisés es la voz de toda la antigüedad. Desde siempre, hasta el día de hoy, ha sido la opinión recibida tanto por judíos como por cristianos que Moisés, mandado e inspirado por Dios, escribió esos libros que se llaman el Pentateuco, salvo algunos pasajes particulares que se insertaron después por dirección divina, para la mejor comprensión de la historia.
Leemos en Éx 24:4, 7, 8 que Moisés escribió en un libro todas las palabras del Señor, que hasta entonces se le habían entregado desde el monte Sinaí, y que allí se llama El libro del pacto. Más tarde, cuando Dios añadió más preceptos, vuelve a mandar a Moisés que los escriba, Éx 34:27: «Y Jehová dijo a Moisés: Escribe tú estas palabras; porque conforme a estas palabras he hecho pacto contigo y con Israel». Cerca de cuarenta años después, se mandó a Moisés escribir en un libro todos los mandamientos que Dios había dado al pueblo y las revelaciones que había hecho de sí mismo a ellos, para que fuera puesto al lado del arca del pacto y se guardara como testimonio contra Israel. Dt 31:24-26: «Cuando Moisés acabó de escribir las palabras de esta ley en un libro hasta concluirse, dio órdenes a los levitas que llevaban el arca del pacto de Jehová, diciendo: Tomad este libro de la ley, y ponedlo al lado del arca del pacto de Jehová vuestro Dios, y esté allí por testigo contra ti». Y el original de este libro de la ley existió, como leemos expresamente, hasta los tiempos de Josías (2 R 22 y 2 Cr 34), y así, sin duda, hasta el cautiverio en Babilonia. Este libro de la ley, que Moisés recibió así el mandato de poner junto al arca, no comprendía solamente las cosas contenidas en algunos de los capítulos anteriores de Deuteronomio, en los que se derogaron algunas cosas de la ley, sino todo el sistema de la ley divina que Dios dio a los hijos de Israel, y que expresaba todo el deber que Dios esperaba de ellos. Esto se ve por Jos 1:7, 8: «Solamente esfuérzate y sé muy valiente, para cuidar de hacer conforme a toda la ley que mi siervo Moisés te mandó; no te apartes de ella ni a diestra ni a siniestra, para que seas prosperado en todas las cosas que emprendas. Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito», etc. Y por eso los levitas que Josafat envió a enseñar al pueblo su deber no lo hicieron de otro modo que por el libro de la ley. 2 Cr 17:9: «Y enseñaron en Judá, teniendo consigo el libro de la ley de Jehová, y recorrieron todas las ciudades de Judá enseñando al pueblo».
Y además es evidente que el libro de la ley, del cual tenemos noticia de que Moisés lo entregó a los levitas para ponerlo al lado del arca (Dt 31), no contenía meramente lo que se había entregado poco antes en algunos de los capítulos precedentes de Deuteronomio; porque en este libro de la ley estaban contenidos los preceptos acerca de los holocaustos y sacrificios, y el oficio y la labor del sacerdocio, que no se hallan tanto en Deuteronomio como en Levítico y Números, según se ve por 2 Cr 23:18: «Además, Joiada puso los oficiales en la casa de Jehová bajo la mano de los sacerdotes levitas, a quienes David había distribuido en la casa de Jehová, para ofrecer a Jehová los holocaustos, como está escrito en la ley de Moisés». 2 Cr 35:12; Neh 10:34-36; Hag 2:11, etc.; Jos 8:31; Esd 6:18; Neh 8:14, 15; 2 Cr 30:5 y 31:3. Y en el libro de la ley estaban contenidas no solo las normas que Dios dio a Moisés, sino las sanciones y los refuerzos de esas leyes, las promesas y las amenazas, según se ve por Dt 29:20, 21: «No querrá Jehová perdonarlo, sino que entonces humeará la ira de Jehová y su celo sobre el tal hombre, y se asentará sobre él toda maldición escrita en este libro, y Jehová borrará su nombre de debajo del cielo; y lo apartará Jehová de todas las tribus de Israel para mal, conforme a todas las maldiciones del pacto escrito en este libro de la ley». Véase también el v. 27 y Dt 28:61: «Asimismo toda enfermedad y toda plaga que no está escrita en el libro de esta ley, Jehová la enviará sobre ti hasta que seas destruido». Véase también 2 R 22:13, 16, 19 y los lugares paralelos de 2 Cr 34; Dn 9; y Jos 8:34, 35: «Después de esto, leyó todas las palabras de la ley, las bendiciones y las maldiciones, conforme a todo lo que está escrito en el libro de la ley. No hubo palabra alguna de todo lo que mandó Moisés, que Josué no hiciese leer». Véase Sal 105:8-10. Y no solo las promesas y las amenazas estaban contenidas en el libro de la ley, sino todas las revelaciones que Dios dio y que tendían a reforzarla o que de algún modo se relacionaban con ella, e incluso las profecías que allí se contenían de lo que después sucedería al pueblo por su pecado o por su arrepentimiento. Esto se ve por Neh 1:8, 9: «Acuérdate ahora de la palabra que diste a Moisés tu siervo, diciendo: Si vosotros pecareis, yo os dispersaré por los pueblos; pero si os volviereis a mí, y guardareis mis mandamientos y los pusiereis por obra, aunque vuestra dispersión fuere hasta el extremo de los cielos, de allí os recogeré, y os traeré al lugar que escogí para hacer habitar allí mi nombre».
Y además, leemos que a Moisés se le mandó expresamente escribir historias de los actos del Señor para con su pueblo, así como las revelaciones que hizo a ellos. Así, se le mandó escribir una relación de la guerra del pueblo con Amalec, con las circunstancias que la acompañaron, para que la posteridad viera la razón de esta guerra perpetua que Dios había declarado contra Amalec. Éx 17:14: «Y Jehová dijo a Moisés: Escribe esto para memoria en un libro, y di a Josué que yo raeré del todo la memoria de Amalec de debajo del cielo». Ahora bien, no podía darse una relación completa de este asunto sin narrar gran parte de la historia anterior de Israel; pues había que dar por escrito la razón y la ocasión de que los hijos de Israel llegaran a la frontera de los amalecitas, y cuál fue la causa de la discordia y de la guerra que hubo entre ellos e Israel, lo cual ocuparía no poca parte de la historia del libro de Éxodo.
Además, se nos dice expresamente que Moisés escribió las jornadas de los hijos de Israel por mandato de Dios. Nm 33:2: «Y escribió Moisés sus salidas conforme a sus jornadas por mandato de Jehová». ¿Y es razonable suponer que escribiera estas cosas para uso de los hijos de Israel en las generaciones venideras, y no escribiera los grandes y poderosos actos del Señor para con ese pueblo en Egipto y en el mar Rojo, en el monte Sinaí y en el desierto, que eran mil veces más dignos de registrarse y de transmitirse a la posteridad que un mero diario del avance del pueblo por el desierto, sin esos actos poderosos? Es del todo increíble que Moisés, de quien leemos tantas veces expresamente que escribió los mandamientos, las amenazas, las promesas y las revelaciones de Dios, y las primeras historias de la humanidad, no escribiera esos grandes actos del Señor y no dejara un registro de ellos a la congregación de Israel; especialmente cuando es evidente, por los hechos, que Moisés fue sumamente cuidadoso de que no los olvidaran en las generaciones futuras. Dt 4:9-11: «Por tanto, guárdate y guarda tu alma con diligencia, para que no te olvides de las cosas que tus ojos han visto, ni se aparten de tu corazón todos los días de tu vida; antes bien, las enseñarás a tus hijos, y a los hijos de tus hijos. Especialmente el día que estuviste delante de Jehová tu Dios en Horeb», etc. Aquí se dan exactamente las mismas órdenes para guardar los actos del Señor en la memoria de la posteridad que las que se dan para conservar la memoria de los preceptos, cap. 6:7 y 11:18, 19. Job habla de escribir las palabras en un libro como un medio adecuado para conservar su memoria, y lo mismo hace Dios con Isaías. Is 30:8: «Ahora, pues, ve, escribe esto en una tabla delante de ellos, y anótalo en un libro, para que quede hasta el día postrero, para siempre y para siempre». Moisés no confió los preceptos de Dios a la mera tradición oral; era consciente de que solo ese medio no bastaba, aunque dio al pueblo el encargo de enseñarlos a sus hijos; y la memoria de la guerra con Amalec, cuando Dios vio necesario que se transmitiera a la posteridad, no se confió a la tradición oral, sino que se mandó a Moisés escribirla, para que otras generaciones la conocieran; y así también los viajes de los hijos de Israel, cuando se juzgó importante recordarlos, no se confiaron a la tradición, sino que se escribió un registro para transmitirlo. Se puso grandísimo cuidado en que estos actos fueran recordados, estableciendo monumentos de ellos. Así, la pascua fue instituida como monumento o memorial perpetuo de la redención de los hijos de Israel de Egipto, y el principio del año se señaló como memorial de ella, y los primogénitos varones fueron consagrados a Dios en memoria de que Dios mató a los primogénitos de Egipto. Se establecieron ciertas leyes acerca de los extranjeros y los pobres (Dt 24:17, 18, 22; 16:11, 12; 15:15; 16:12; Lv 25:42, 55), y acerca de los siervos, en memoria de su peregrinación y esclavitud en Egipto. Suponer que se pusiera tanto cuidado en que no se olvidaran las leyes mismas, que fueron establecidas precisamente para mantener la memoria del hecho, y que esas leyes se pusieran por escrito, y que sin embargo no se tuviera cuidado de que los hechos mismos se recordaran hasta el punto de escribirlos, cuando se supone que la memoria del hecho es de tanta importancia que el ser mismo y el recuerdo de esas leyes le están, según esa suposición, subordinados, siendo la memoria del hecho el fin tanto de la existencia como de la memoria de las leyes, es absurdo. En Neh 13:1-3 se cita un precepto, con una parte de la historia añadida como razón de la ley, y todo junto se dice que se leyó en el libro de Moisés. El maná fue guardado como monumento de su manera de vivir en el desierto y del sustento milagroso que Dios dio allí al pueblo. La fiesta de los tabernáculos debía conservar el recuerdo del modo de su peregrinación en el desierto, como en Lv 23:43. La vara de Aarón que reverdeció fue guardada como memorial de las grandes cosas hechas con esa vara en Egipto, en el mar Rojo y en el desierto, y particularmente de la contienda con Coré y su compañía; y los incensarios de los rebeldes se conservaron y se convirtieron en láminas anchas para cubrir el altar, como memorial de lo que sucedió en el asunto de Coré; y el fuego del cielo se mantuvo sin apagarse nunca, como monumento perpetuo de su descenso milagroso del cielo y de la ocasión de ello; y la serpiente de bronce se guardó como memorial de la plaga de las serpientes ardientes y de la curación milagrosa de los mordidos. El tabernáculo que se construyó en el desierto fue un monumento de las grandes manifestaciones que Dios hizo allí de sí mismo y de las muchas cosas que sucedieron en relación con su construcción. Las dos tablas de piedra guardadas en el arca fueron un monumento de aquellas grandes cosas que ocurrieron cuando fueron dadas. El reposo del sábado judío fue instituido como memorial de la liberación de los hijos de Israel de la esclavitud. Las leyes acerca de los moabitas y los amonitas fueron establecidas como monumentos; y el oro tomado en la guerra con los madianitas se guardó como monumento de esa guerra. Nm 31:54. Se dieron nombres a muchos lugares para conservar el recuerdo de hechos memorables en el desierto; y ¿quién puede pensar que se tomó todo este cuidado para conservar esas cosas en la memoria, y sin embargo no se escribió ninguna historia que se uniera a estos muchos monumentos para explicarlos, por parte de aquel por cuya mano se establecieron estos monumentos; y siendo él, al mismo tiempo, tan gran escritor y tan cuidadoso de conservar la memoria de los sucesos por escrito, en aquellos casos de cuya escritura tenemos mención expresa?
Otra muestra del gran cuidado de Moisés para que estos grandes actos no se olvidaran es que convocó a la congregación para repasarlos ante ella poco antes de su muerte, como se nos refiere en Deuteronomio. También dejó algunos preceptos por los cuales se requería a los hijos de Israel que repasaran ellos mismos, de tiempo en tiempo, algo de la historia general de sus antepasados los patriarcas, de quienes tenemos relato en Génesis; y así la historia del pueblo desde entonces, como en la ley del que ofrecía las primicias, Dt 26.
Y hallamos que, después de la muerte de Moisés, se tuvo gran cuidado de erigir monumentos de los grandes actos de Dios hacia el pueblo, como el de su paso por el Jordán, aunque este fue menos memorable que algunos de aquellos. Y el hecho de que se designaran expresamente monumentos para conservar la memoria de tantos actos de Dios en tiempos de Moisés, y no de otros más memorables, es un argumento de que tenían una historia de ellos en lugar de monumentos, como en particular del paso de los hijos de Israel por el mar Rojo y de la destrucción de Faraón y sus ejércitos allí. Ningún acto de Dios hacia ese pueblo es más celebrado a través de las Escrituras que este; y sin embargo no tenemos noticia de ningún monumento suyo, ni de ordenanza alguna de la que se diga expresamente que fue instituida en memoria de él, aunque hubo un monumento de su paso por el Jordán, un suceso muy semejante, pero menos notable y mucho menos celebrado en la Escritura. No puede darse otra razón de esto sino que la historia y el cántico que Moisés escribió y dejó en el libro de la ley fueron monumentos de ello. Tal fue el cuidado que se puso en que se recordaran algunos de los actos de Dios hacia el pueblo, que al designar los monumentos para su recuerdo se expresa que era con este fin: que lo tuvieran perpetuamente en la mente como una señal en su mano y como frontales entre sus ojos, como en particular al establecer la ley de consagrar al primogénito, para mantener el recuerdo de que Dios mató a los primogénitos de Egipto, Éx 13:15, 16. Uno de los mismos mandamientos o preceptos del libro de la ley era que el pueblo se guardara de olvidar jamás los grandes actos de Dios que habían visto, y que no fueran olvidados por las generaciones futuras, Dt 4. ¡Qué poco razonable es, entonces, suponer que no se añadió historia alguna a esas leyes, y que al mismo tiempo que se daba una orden tan estricta de poner gran cuidado en conservar la memoria de esas cosas en las generaciones futuras, se las dejara sin los medios necesarios para ello! Además, otro precepto es que no olvidaran sus propios actos y su conducta de tiempo en tiempo, Dt 9:7, etc. Véase también el cap. 8:14, 15, 16, etc., y el cap. 5:15. Así se les exige estrictamente que recuerden su esclavitud en la tierra de Egipto, Dt 16:12 y cap. 24:18, 22. Y también que recuerden lo que Dios hizo a Faraón y a todo Egipto, todas aquellas grandes señales y maravillas, y la manera de su liberación de Egipto, Dt 7:18, 19. Así se les manda recordar todo su viaje, el camino que siguieron, y las circunstancias y los sucesos de su travesía, Dt 8:2-5 y 14, hasta el final. Y se les encarga que conozcan los grandes actos de Dios en Egipto, y de tiempo en tiempo, en Dt 11, al principio. Se les manda recordar lo que Dios hizo a María, Dt 24:9. El escribir aquellas obras de Dios que son dignas de ser recordadas y celebradas con alabanzas a Dios se menciona como un medio apropiado de transmitir su memoria a la posteridad con ese fin, en Sal 102:18: «Se escribirá esto para la generación venidera; y el pueblo que está por nacer alabará a JAH». La importancia de recordar estas obras de Dios relatadas en el Pentateuco se menciona no solo en el mismo Pentateuco, sino también en otras partes de la Escritura, como en Sal 105:5: «Acordaos de las maravillas que hizo, de sus prodigios y de los juicios de su boca». Por las maravillas que Dios ha hecho y sus prodigios se entienden aquellas obras maravillosas que hizo a Abraham y a su descendencia, desde el llamamiento de Abraham hasta la introducción del pueblo en Canaán, como se ve en la parte siguiente del salmo; y es de notar aquí que el salmista une las obras maravillosas y las leyes o juicios de la boca de Dios como igualmente dignos de ser recordados. Véase también 1 Cr 16:12 con la parte siguiente de ese cántico. La ley, el pacto y las obras maravillosas se unen de igual modo como cosas que no han de olvidarse, en Sal 78:10, 11; y en el Salmo 111 el salmista da a entender que Dios ha tenido un cuidado especial de conservar la memoria de esas obras; v. 4: «Ha hecho memorables sus maravillas», hablando de estas obras, como se ve por lo que sigue en el salmo. ¿Y de qué otra manera podemos suponer que Dios lo ha hecho, sino de la misma por la cual hizo que se recordaran su pacto y sus mandamientos de los que hablan los versículos siguientes, es decir, haciendo que se dejaran por escrito? Las obras y los mandamientos van unidos. V. 7: «Las obras de sus manos son verdad y juicio; fieles son todos sus mandamientos»; y de nuevo en el v. 9: «Redención ha enviado a su pueblo; para siempre ha ordenado su pacto»; como sin duda están unidos en el registro. Compárese el Sal 147:19 y el 103:7. En el Salmo 78, el salmista, después de hablar del gran cuidado que puso Moisés en que la historia de las grandes obras de Dios hacia Israel en Egipto y en el desierto fuera recordada y transmitida a las generaciones futuras (en los vv. 4, 5, 6, 7), procede luego a repasar las cosas principales de esa historia en muchísimos detalles, de modo que nos da, en resumen, el esquema de toda la historia, con muchas circunstancias menudas, de tal manera que muestra claramente que lo que allí se repasa está copiado de la historia del Pentateuco.
Es tanto más probable que la historia del Pentateuco fuera parte de lo que se llamaba la ley de Moisés, cuanto que se observa que las palabras ley, doctrina, estatuto, ordenanzas, etc., tal como se usaban antiguamente, no significaban solo preceptos, sino también promesas, amenazas, profecías, monumentos e historias, y todo lo que fue revelado, promulgado y establecido para dirigir a los hombres en su deber hacia Dios o para urgirles ese deber. Así, las bendiciones y las maldiciones que escribió Moisés están incluidas en esa expresión, y las palabras que Moisés mandó. Jos 8:34, 35. Así, las promesas se llaman ley y la palabra que Dios mandó, en Sal 105:9 y 1 Cr 16:15. Así, las promesas y las amenazas se llaman la palabra que Dios mandó a su siervo Moisés, Neh 1:8, 9. Las amenazas y las promesas se llaman estatutos y juicios en Lv 26:46. Así leemos en Éx 15:25, 26 que en Mara Dios hizo para el pueblo un estatuto y una ordenanza, pero lo que allí se llama así es solo una promesa. Así leemos en Jos 24:25 que Josué hizo pacto con el pueblo y les puso estatutos y ordenanzas en Siquem, lo cual no fue otra cosa que establecer, mediante un registro y un monumento, lo que allí se había dicho, como se ve por el contexto. Así también, cuando Dios, en el cántico de Moisés, Dt 32, llama al cielo y a la tierra a escuchar su doctrina, que dice que destilará como la lluvia, etc., en ello se incluyen tanto historia como profecía, como se ve por lo que sigue; y lo que en Sal 78:1 se llama ley no es más que una historia, y la misma que la del Pentateuco en compendio, aquellos dichos oscuros de la antigüedad que el salmista allí repasa, como se ve por lo que sigue en el salmo; lo cual hace más fácil suponer que la historia original y más completa, de la cual esta es un compendio, también se llamaba entre ellos una ley. Y es probable que cuando leemos de las grandes cosas de la ley de Dios, Os 8:12, y de las cosas maravillosas de la ley de Dios, con ello no se entiendan solo preceptos y sanciones, sino las grandes y maravillosas obras de Dios registradas en la ley. Es evidente que la historia es tanto una exhortación a los preceptos (y se usa como tal) como las amenazas, las promesas y las profecías; ¿por qué, pues, no habría de estar incluida en el nombre de ley igual que ellas? Hay algo de historia, o una declaración de los grandes actos u obras de Dios, en aquello que por excelencia se llama la Ley, es decir, el Decálogo; pues en él hay una declaración de las dos obras mayores de las que da cuenta la historia del Pentateuco, es decir, la creación del mundo y la redención de Egipto, de casa de servidumbre: la segunda se menciona en el preámbulo del Decálogo, y ambas en el cuarto mandamiento en Deuteronomio. Pero el hecho de que la historia estuviera incluida en lo que se llamaba la ley no es tan claro por ninguna otra cosa como por los mismos escritos de Moisés. Dt 1:5: «Al otro lado del Jordán, en la tierra de Moab, resolvió Moisés declarar esta ley, diciendo»; y entonces sigue en este capítulo y en los siguientes lo que se llama esta ley, que consiste en gran parte de historia, pues es un repaso y recapitulación de la historia de los libros anteriores del Pentateuco. Lo que sigue a continuación en este capítulo y en los dos siguientes es casi por completo historia, y sin duda hay una razón especial para entender que a ella se refieren aquellas palabras: «Moisés resolvió declarar esta ley, diciendo». Véase también Dt 4:44, 45; 31:9, 24, 25, 26; y 5:1.
Además, el libro de la ley y el libro del pacto eran expresiones sinónimas (véase, entre otros lugares, Sal 105:8, 9, 10); pero la palabra pacto, tal como se usaba entonces, incluía la historia, como en Dt 29: «Estas son las palabras del pacto que mandó Jehová a Moisés»; y lo que sigue a continuación es historia, una historia que servía de introducción, o acompañaba, o confirmaba los preceptos, las amenazas y las promesas que siguen, y de esta naturaleza es toda la historia del Pentateuco. Es abundantemente manifiesto que la manera de redactar y escribir las leyes que Moisés entregó en el desierto consistía en entremezclar la historia con preceptos, consejos, advertencias, amenazas, promesas y profecías.
Puede notarse que fue costumbre muy temprana en Israel llevar registros de los actos públicos de la nación, y lo consideraban un asunto de tanta importancia que designaron hombres cuyo oficio y tarea era llevar esos registros. Así lo encontramos en los días de Salomón y de David, y en los días de los Jueces, tan pronto como en los días de Débora. Jue 5:14: «De Zabulón los que manejan la pluma de escriba». Es probable, por el contexto, que estos fueran sus gobernantes, o algunos de los principales oficiales de la tierra, que llevaban registros de los asuntos públicos. Antes de esto, también, tenemos noticia expresa de que Josué y Moisés hicieron registros de actos públicos. (Véase Jos 24:26 y el lugar ya mencionado sobre la escritura de registros por Moisés.) Y es evidente que aquellos hechos que se referían a la introducción de esa nación en una relación de pacto con Dios y a su redención de Egipto, etc., fueron siempre celebrados por esa nación como lo principal, y considerados los acontecimientos más grandes y memorables de su historia. Ahora bien, ¿es creíble que en una nación cuya costumbre constante, desde los mismos tiempos de aquellos grandes hechos, fue llevar registros de todos los asuntos públicos, estuvieran sin ningún registro escrito de estos hechos?
No hay otra manera que fuera natural de escribir una ley divina, o una ley dada por Dios de modo extraordinario, con circunstancias maravillosas y asombrosas y grandes manifestaciones de su presencia y poder, sino la de escribirla de este modo y registrar aquellas circunstancias extraordinarias en las que fue dada: introduciéndola primero con el relato de que fue dada por Dios, y declarando luego cuándo, cómo, en qué ocasión y de qué manera fue dada. Y esto incluirá toda la historia desde el comienzo de Éxodo hasta el final de Deuteronomio. ¿Quién puede creer que Moisés escribió la ley que Dios dio en el monte Sinaí sin dar noticia de cómo fue dada allí, cuando la manera de darla fue tan sumamente notable y conmovió tanto el ánimo de Moisés, como se ve por muchas cosas que Moisés escribió en Deuteronomio, las cuales se llaman allí expresamente con el nombre de ley, y de las que se nos dice también expresamente que Moisés las escribió en el libro de la ley y las entregó a los sacerdotes para que fueran guardadas en el santuario?
Hay tal dependencia entre muchos de los preceptos y sanciones de la ley y otras partes del Pentateuco que se llaman expresamente la ley, y de las que se nos dice expresamente que fueron escritas en el libro de la ley y guardadas en el santuario; digo que hay tal dependencia entre estos y la historia que no pueden entenderse sin la historia. Muchos de los preceptos, como se observó antes (p. 117), fueron instituidos con el fin de mantener el recuerdo de hechos históricos; y eso se menciona expresamente en las palabras de las mismas leyes. Pero tales leyes obviamente no pueden entenderse sin la historia. Así, esto se menciona como la razón de la institución de la fiesta de los tabernáculos, es decir, que los hijos de Israel recordaran cómo habitaron en tabernáculos en el desierto, Lv 23:43. Ahora bien, esto requería la historia de sus viajes y su peregrinación allí. Así también la ley acerca de los amalecitas, moabitas y amorreos, instituida en conmemoración de lo que ocurrió entre la congregación de Israel y esas naciones durante sus viajes en el desierto, no puede entenderse sin la historia de esos hechos; y estos requieren la historia de los viajes de los hijos de Israel y de las cosas que llevaron a esos incidentes y los ocasionaron. Así también aquella gran ley de la pascua, que según la ley es en memoria de su redención de Egipto, y los muchos ritos y ceremonias particulares de esa fiesta, se dice expresamente en la ley que son en memoria de estas y aquellas circunstancias de esa redención. Ahora bien, es imposible entender todos estos preceptos particulares acerca de la pascua sin una historia de aquel asunto; y esto requiere la historia de su esclavitud en Egipto y de la manera en que vinieron a esa esclavitud; y esto arrastra consigo la historia de los patriarcas. El preámbulo de los diez mandamientos no puede entenderse sin la historia de la redención de Israel de Egipto y de sus circunstancias allí, en la casa de servidumbre; ni puede entenderse lo que se da como una de las razones del cuarto mandamiento en Deuteronomio sin un relato de cómo fueron siervos en la tierra de Egipto y de cómo fueron librados de su servidumbre. Muy a menudo hallamos esto mencionado como exhortación a uno y otro precepto, es decir, la liberación que Dios hizo del pueblo de la tierra de Egipto, de la casa de servidumbre y del horno de hierro. Véase Lv 18:3; 19:34; 22:33; 25:42, 55; 23:43; y 26:13, 45. Nm 15:41. Dt 4:20; 6:12; 7:8; 8:14; 13:10; y 20:1. Lo cual muestra cuán necesaria es la historia para entender la ley. Los muchos preceptos acerca del pobre siervo y el extranjero, que se urgen expresamente a partir de las circunstancias de los israelitas en Egipto, requieren absolutamente una historia de sus circunstancias allí. Y en la exhortación a las leyes hay frecuentes referencias a las plagas y enfermedades de Egipto, amenazas de infligir esas plagas o promesas de libertad de ellas, que no pueden entenderse sin la historia de esas plagas. La ley de no volver más a Egipto, Dt 17:16, requiere la historia de su salida de allí. La ley acerca de no admitir a los moabitas y amonitas en la congregación de Jehová, porque los trataron así en su viaje, no podría entenderse sin la historia de ese trato, y esta requería un relato de su viaje. La ley acerca de los pecados de ignorancia, Nm 15:22, 23, 24, depende de la historia para ser inteligible: «Y cuando yerren, y no cumplan todos estos mandamientos que Jehová ha dicho a Moisés, todas las cosas que Jehová os ha mandado por medio de Moisés, desde el día que Jehová lo mandó, y en adelante, entre vuestras generaciones, si el pecado se cometiere por yerro», etc. Aquí hay una referencia a que Dios se revelaba de tiempo en tiempo, en una larga serie de revelaciones a Moisés, lo cual no puede entenderse sin la historia.
La ley fue escrita como un pacto, o como un registro de un pacto, entre Dios y el pueblo; y por eso las tablas de la ley y las tablas del pacto, el libro de la ley y el libro del pacto son expresiones sinónimas en la Escritura. Y el salmista, Sal 105:1, 10, hablando del pacto que Dios hizo con los patriarcas, dice que Dios lo confirmó a Jacob por estatuto, y a Israel por pacto sempiterno. Es de notar que la promesa a Abraham es lo que allí se llama especialmente la ley y la palabra que Dios mandó. Las amenazas de la ley se llaman las palabras del pacto que Dios hizo por medio de Moisés, en Jer 11:8. Pero si Moisés escribió el libro de la ley como un registro del pacto que se hizo entre Dios y la congregación de Israel, era necesario escribir el consentimiento del pueblo, o lo que se hizo de una y otra parte, pues en este pacto hubo una transacción mutua. Véase Dt 26:17, 18: «A Jehová has declarado hoy que él es tu Dios, y que andarás en sus caminos», etc. «Y Jehová te ha declarado hoy que eres pueblo suyo, de su exclusiva posesión, como te lo había prometido, para que guardes todos sus mandamientos». Conforme a esto es el relato que tenemos en Éx 19:8 y 24:3, 4, 5, 6, 7, 8, y Dt 5:27 y 26:17.
El discurso que tenemos en Dt 29 y 30 se introduce así, Dt 29: «Estas son las palabras del pacto que Jehová mandó a Moisés que celebrase con los hijos de Israel en la tierra de Moab, además del pacto que concertó con ellos en Horeb». Pero el discurso siguiente, llamado las palabras del pacto, se compone de las cosas siguientes, es decir, una historia de la transacción, el repaso que hace Moisés de hechos pasados y de los maravillosos tratos de Dios con ellos, con reprensiones por su insensibilidad y falta de afecto, como introducción a lo que tenía que decir después. Luego procede a encargarles que sirvan al Dios verdadero y eviten la idolatría, y después a urgir este encargo con solemnes amenazas y predicciones de los juicios que vendrán sobre ellos si transgreden, con las circunstancias de esos juicios, y promesas de perdón si se arrepienten; y todo se concluye con diversos argumentos, casos apremiantes, solemnes apelaciones, conjuraciones, exhortaciones, etc., para urgir su deber. Si una mezcla así se llama las palabras del pacto, no hemos de extrañarnos de que todo el libro, que se llama el libro de la ley, sea una mezcla semejante.
Era necesario que un registro de un pacto entre Dios y la nación de Israel contuviera la historia de la transacción. Pero esto, si se relatara por completo, traería consigo una gran parte de la historia del Pentateuco, que se compone en buena medida del relato de las cosas que Dios hizo para traer al pueblo a una relación de pacto con él y de la manera en que llegaron a ser su pueblo del pacto. Por eso el salmista, en el Salmo 105, habiendo mencionado este pacto y esta ley que Dios estableció con el pueblo, procede en la parte siguiente del salmo a repasar la serie de sucesos relativos a esta transacción del pacto, desde que Dios entró en pacto con los patriarcas hasta que los hijos de Israel fueron introducidos en Canaán.
Era sumamente necesario, en particular, cuando Moisés iba a escribir un registro del pacto que Dios estableció con el pueblo, y a dar cuenta de la manera en que entró en pacto con ellos y los trajo a una relación de pacto con él, mostrar su comienzo con los patriarcas, con quienes ese pacto fue establecido primero y con quienes se puso el fundamento de toda aquella transacción y de aquella gran dispensación del Señor del cielo y de la tierra con ese pueblo, al separarlos de todo el resto del mundo para que fueran su pueblo peculiar del pacto. El comienzo y la base de todo el asunto estuvo principalmente con ellos, y lo que se hizo después por mano de Moisés fue solo en cumplimiento de lo que les había sido prometido y a menudo confirmado con ellos, y para lo cual Dios abrió camino por sus actos y revelaciones hacia ellos. Lo que Dios dijo e hizo hacia aquellos patriarcas se menciona a menudo, en las palabras de la ley (las que se llaman expresamente la ley), como el fundamento de todo, y también en otras partes del Antiguo Testamento; y del modo más expreso en Sal 105:8, 9, 10; véase también Jos 24:3, etc.; y muchos otros lugares paralelos.
Y muy a menudo hay en la ley, en sentido estricto, una referencia expresa al pacto que Dios había hecho con Abraham, Isaac y Jacob, como en Lv 26:42; Dt 4:31, 37; 6:10, 18; 7:8, 12; 9:5, 27; 10:11, 15; 19:8; 26:3, 15; y 30:20; pasajes que son ininteligibles sin la historia de los patriarcas. Y hay muchos otros pasajes en la ley en los que hay una referencia implícita a la misma cosa; como en aquellos en que Dios habla de la tierra que Jehová su Dios les había dado, o les había prometido, la tierra de los amorreos, de los heteos, de los cananeos, etc., refiriéndose a la promesa hecha a Abraham, Gn 15:18, hasta el final, donde Dios promete a Abraham la tierra de esas naciones, nombrándolas.
Además, muchas de las consideraciones ya mencionadas deben, por lo menos, inducirnos a creer que Moisés escribió la historia de la redención de los hijos de Israel de Egipto, al menos en cuanto él mismo intervino en ese asunto y fue hecho el instrumento principal de ella, desde que fue llamado y enviado por Dios con ese encargo. Pero esto nos lleva tan naturalmente todavía más atrás, hasta lo que Dios dijo e hizo a los patriarcas; porque el comienzo de esta historia apunta directamente a esas cosas y nos conduce a ellas como al fundamento de este gran asunto, del cual Dios llamó entonces a Moisés a ser el gran instrumento. Así, cuando Dios se apareció por primera vez a Moisés y le habló en el monte Sinaí desde la zarza, y le dio su comisión, fue con estas palabras: «Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob», Éx 3:6. Así también, vv. 13, 14, 15, 16: «Dijo Moisés a Dios: He aquí que llego yo a los hijos de Israel, y les digo: El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros; si ellos me preguntaren: ¿Cuál es su nombre?, ¿qué les responderé? Y respondió Dios a Moisés: YO SOY EL QUE SOY. Y dijo: Así dirás a los hijos de Israel: YO SOY me envió a vosotros. Dijo además Dios a Moisés: Así dirás a los hijos de Israel: Jehová, el Dios de vuestros padres, el Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob, me ha enviado a vosotros. Este es mi nombre para siempre; con él se me recordará por todos los siglos. Ve, y reúne a los ancianos de Israel, y diles: Jehová, el Dios de vuestros padres, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, me apareció, diciendo: En verdad os he visitado, y he visto lo que se os hace en Egipto». Así también, cap. 4:5: «Para que crean que se te ha aparecido Jehová, el Dios de sus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob». Y cap. 6:2, 3, 4: «Habló todavía Dios a Moisés, y le dijo: Yo soy Jehová; y aparecí a Abraham, a Isaac y a Jacob como Dios Omnipotente, mas en mi nombre JEHOVÁ no me di a conocer a ellos. También establecí mi pacto con ellos, para darles la tierra de Canaán, la tierra en que fueron extranjeros, y en la cual peregrinaron». Es poco razonable, por muchas de las razones ya mencionadas, creer otra cosa sino que Moisés escribió esta historia, y es muy creíble que lo hiciera por esto: que aquellas primeras apariciones extraordinarias de Dios a él, como es natural suponer, causaron en su mente las impresiones más fuertes, y si escribió alguna historia, es probable que escribiera esta. Pero de estas cosas se ve que la historia de los patriarcas pone todo el fundamento de la historia de la redención de los hijos de Israel de Egipto y de la separación que Dios hizo de ellos y de su introducción en una relación de pacto consigo mismo. De modo que no puede entenderse sin la historia de los patriarcas. ¿No habría sido, pues, un defecto esencial en Moisés, al escribir esa historia, dejar a los hijos de Israel sin ningún registro de ese gran fundamento?
Hay frecuente mención, en aquella parte del Pentateuco que se llama expresamente la ley, de varias tribus de Israel y sus nombres, y de los patriarcas que fueron las cabezas de las tribus. Dt 3:12, 13, 15, 16; y 27:11, 13; y en otros lugares. Y a Moisés se le mandó grabar los nombres de los doce patriarcas en las piedras del pectoral del sumo sacerdote. Pero estas cosas no son inteligibles sin la historia de la familia de Jacob. En Dt 10:22 hay una referencia a que Jacob descendió a Egipto con setenta personas, lo cual no es inteligible sin la historia.
La ley para el que trae la ofrenda de las primicias no puede entenderse sin la historia de las dificultades y sufrimientos de Jacob en Padan-aram, y la historia de su descenso a Egipto con sus circunstancias, y la historia del gran aumento de su posteridad allí, y la historia de su opresión y dura servidumbre allí, y la historia y las circunstancias de su liberación de ella, y la historia de las grandes y maravillosas obras de Dios en Egipto, en el mar Rojo y en el desierto, hasta que el pueblo llegó a Canaán. Y si Moisés no dejó registro de estas cosas, entonces, en la ley, mandó al que ofrecía las primicias (es decir, a todo el pueblo, a cada cabeza de familia, de generación en generación) que hiciera una confesión y declaración explícitas de cosas que él no entendía.
Lo que se dice en la ley de los edomitas, como hijos de Esaú, y de lo que Dios le había dado por posesión, y del favor que Dios mostró a Esaú, en Dt 2:4, 5, 6, 7, 8 y 22, y la ley acerca de los edomitas, Dt 23:7, 8, sobre cómo debían ser tratados porque Esaú era su hermano, no puede entenderse sin la historia de la familia de Isaac. Y la clase de mención que se hace de Moab y Amón, como fundadores de las naciones de los moabitas y amonitas, y el favor que se les mostró por causa de su padre Lot, en Dt 2, parece suponer la historia de Lot y su familia, y no puede entenderse sin ella. Y la referencia que hay en la ley a la destrucción de Sodoma y Gomorra, Dt 29:23, no puede entenderse sin la historia de aquel suceso.
Estas cosas que se han mencionado nos llevan hacia atrás, en la historia del Pentateuco, hasta menos de once capítulos de su comienzo; de modo que, según lo dicho, todo el Pentateuco excepto esta parte muy pequeña debe haber sido entregado por Moisés a los hijos de Israel; y es poco razonable suponer que esta pequeña parte no fue entregada por la misma mano como parte del mismo registro. La historia de Abraham comienza con el versículo 26 del capítulo 11 de Génesis; y el comienzo de esa historia está allí tan ligado a la historia precedente de Noé y su posteridad, y como que crece sobre ella, que suponer que no fueron originalmente el mismo registro, con el mismo autor, es sumamente irrazonable. Que la historia de Moisés comenzara en algún punto entre ese y el comienzo de Génesis, o que esa parte de Génesis, desde el comienzo hasta el versículo 26 del capítulo 11, deba dividirse como obra de varios escritores, son suposiciones de las que cualquiera, con solo ver la historia misma, se convencerá de que son erróneas. Pero parecerá todavía más irrazonable no atribuirla a Moisés si consideramos no solo la conexión del comienzo de la historia de Abraham con ella, sino la dependencia de muchas cosas de la historia siguiente respecto de ella; y también en aquella parte del Pentateuco que más claramente se llama la Ley. Hay frecuente mención, tanto en la ley como en la historia, de la posteridad de los hijos de Cam, Mizraim y Canaán, llamada con los nombres de estos sus antepasados, mencionada en el cap. 10:6, y de los de la posteridad de Mizraim, llamados caftoreos, mencionados en el v. 14 y en Dt 2:23, y de la posteridad de los hijos de Canaán, mencionada en el v. 15, etc., llamada por sus nombres. Y en la historia siguiente se hace mención de Cam, hijo de Noé, Gn 14:5. Se menciona a Elam y Sinar, Gn 14:1, etc., de quienes tenemos noticia en el cap. 10. Se hace frecuente mención de la tierra de Cus (en nuestra traducción, Etiopía), así llamada por Cus, hijo de Cam, de quien tenemos noticia en Gn 10:6-8. Así, en la historia siguiente hay frecuente mención de la tierra de Aram, hijo de Sem. En la profecía de Balaam, a la que se alude en la ley en Deuteronomio, se menciona a Asur, Quitim y Heber, Nm 24:22, 24. El gran acontecimiento del cual Moisés evidentemente escribió la historia, y que ocupa toda la parte histórica del Pentateuco, desde Gn 10:26 hasta el final de Deuteronomio, es la separación que Dios hizo de la descendencia de Abraham e Israel de entre todas las naciones, acercándolos a sí para que fueran su pueblo peculiar. Pero para entender bien esto era preciso ser informado del origen de las naciones, del poblamiento del mundo y de cómo el Altísimo repartió a las naciones su heredad; y por eso los capítulos 9, 10 y 11 de Génesis no son sino una introducción adecuada a la historia de este gran acontecimiento. En el cántico de Moisés, del que se hace mención en la ley, y que en la ley se requería a Moisés que escribiera, y al pueblo que guardara, aprendiera y repitiera a menudo, hay una referencia expresa a la separación de los hijos de Adán y a que Dios repartió la tierra entre sus habitantes; lo cual es ininteligible sin los capítulos 10 y 11 de Génesis. En ese cántico se supone también claramente una conexión entre este asunto y aquel gran asunto de separar a los hijos de Israel de todas las naciones para que fueran su pueblo peculiar, que es aquello de lo que se ocupa la mayor parte de la historia del Pentateuco. Las palabras son las siguientes, y en ellas se llama expresamente al pueblo a mantener en la memoria ambos sucesos, que están así conectados, lo cual obviamente supone una historia de los dos, Dt 32:7-9: «Acuérdate de los días antiguos, considera los años de muchas generaciones; pregunta a tu padre, y él te lo declarará; a tus viejos, y ellos te dirán. Cuando el Altísimo hizo heredar a las naciones, cuando hizo dividir a los hijos de los hombres, fijó los límites de los pueblos según el número de los hijos de Israel. Porque la porción de Jehová es su pueblo; Jacob la heredad que le tocó». Y de paso quisiera observar que en las palabras siguientes hay también referencias a otros hechos históricos del Pentateuco que no pueden entenderse sin la historia.
En el cuarto mandamiento hay tal mención de la creación de los cielos y la tierra, y el mar, y todo lo que en ellos hay, y del reposo de Dios el séptimo día, que es una especie de compendio del primer capítulo de Génesis y del comienzo del segundo, y es ininteligible sin esa historia; y hay una referencia, en Dt 4:32, a la creación del hombre por Dios, y hay mención, en el cántico profético de Moisés, del nombre de Adán como gran progenitor de la humanidad, Dt 32:8. Y se hace mención del huerto de Dios, o paraíso, Gn 13:10. Y antes de dejar este argumento de las referencias a hechos históricos, quisiera observar que una parte muy grande de los treinta y un primeros capítulos de Deuteronomio (los cuales son muy evidentemente, como observé antes, parte de la ley de Moisés, guardada en el lugar santísimo) se compone de nada más que recapitulaciones, repasos breves, referencias e indicaciones de hechos históricos precedentes, y consejos y exhortaciones tomados de la historia, que no pueden entenderse sin el conocimiento de esa historia.
Y no solo depende la ley de Moisés de la historia, y guarda con ella tal relación, y contiene tales referencias a ella que no puede entenderse sin ella, sino que la manera de escribir la ley muestra claramente que la ley y la historia fueron escritas juntas, tan conectadas, entretejidas, mezcladas, entrelazadas e incorporadas están en la escritura. La historia es parte de la ley, pues su preámbulo se hace a menudo, de tiempo en tiempo, introducción a las leyes; y hay continuamente tales transiciones de la historia a la ley y de la ley a la historia, y tal conexión, referencia y dependencia, que todo parece crecer junto como las diversas partes de un árbol. Tal como están, estas son partes de la historia continuada, y la historia de los hechos es solo una introducción y preámbulo, o razón y exhortación, de las leyes, fluyendo todo en una serie continua, como las diversas partes de una corriente ininterrumpida, todo como un solo cuerpo. De modo que la simple inspección de la escritura, tal como está, puede bastar para convencer a cualquiera de que todo tiene el mismo autor y de que ambas fueron escritas juntas. Tal es la manera de escribir las leyes acerca de la pascua, la principal de todas las observancias ceremoniales, en el capítulo 12 de Éxodo, y la ley acerca de los primogénitos, en el capítulo 13, y el estatuto y ordenanza mencionados en el capítulo 15 de Éxodo, vv. 25, 26. Tal es también la manera de escribir aquella ley por la cual se da a conocer a los hijos de Israel cuál es el día particular del sábado, Éx 16:23. Tal es la manera de escribir el Decálogo mismo, que en el sentido más alto se llama la ley de Moisés, en Éx 20, que es poco razonable pensar que Moisés lo registrara sin nada de la historia concomitante, y aquellas palabras de la ley, Éx 20:22, 23. Tales son las leyes que ordenan la estructura particular del tabernáculo, el arca, el aceite de la unción, el incienso, las vestiduras de los sacerdotes, con la historia de la construcción subsiguiente, etc. La revelación hecha a Moisés cuando Dios proclamó su nombre, Éx 34:6, 7, que es una parte importante de la ley, junto con los vv. 10, 11, etc., y los vv. 30, 31. Las diversas leyes dadas con ocasión de que Nadab y Abiú fueron quemados, Lv 10 y cap. 16, en particular los vv. 1, 2, tomados con lo que sigue, junto con las últimas palabras del capítulo. Véase también Lv 21:1 y v. 24 y cap. 22:1-3, 17, 18. La ley acerca de la blasfemia, con la historia de la blasfemia del hijo de Selomit, Lv 24. La ley del servicio de los levitas, con la historia de que fueron contados y aceptados en lugar de los primogénitos y consagrados, Nm 3, 4 y 8. La ley de echar al leproso fuera del campamento, Nm 5, al principio. La ley de las personas contaminadas que guardan la pascua, con la historia que dio ocasión a ella, Nm 9:6. La historia de la hechura de las trompetas, con la ley acerca de su uso, Nm 10. La ley que constituye a los setenta ancianos, que es solo dar una historia de su primer nombramiento, Nm 11. La ley del pecador presuntuoso, con la historia del que quebrantó el sábado, Nm 15:30, etc. La ley para los sacerdotes, Nm 18, que supone una historia precedente de la rebelión de Coré; véanse el v. 5 y el v. 27, comparados con el v. 13 del capítulo anterior. La ley de la herencia de las hijas, con la historia de las hijas de Zelofehad. La ley de las ciudades de refugio al oriente del Jordán, con la historia de la toma del país.
La historia y la ley están por todas partes tan injertadas una en otra, tan mutuamente entretejidas, y de algún modo crecen una de otra y en otra, y fluyen una de otra en una corriente continua, que hay toda apariencia de que crecieron juntas desde el origen, y ninguna en absoluto de que fueran remendadas y compuestas artificialmente después. Parece imposible considerar con imparcialidad y cuidado la manera de su conexión y juzgar de otro modo.
Otro argumento de que se puso el mismo cuidado en preservar la memoria de los hechos que en preservar los preceptos de la ley, es decir, haciendo de ellos un registro público que se guardara con el mismo cuidado y así, de igual modo, se depositara en el santuario, es que se declara en la ley que toda la ley fue escrita, y que el registro de todos sus preceptos fue transmitido a la posteridad como un monumento de los hechos históricos, o con el fin de que la memoria de esos hechos se mantuviera en las generaciones futuras. Dt 6:20, hasta el final: «Cuando mañana te pregunte tu hijo, diciendo: ¿Qué significan los testimonios, estatutos y decretos que Jehová nuestro Dios os mandó? entonces dirás a tu hijo: Nosotros éramos esclavos de Faraón en Egipto, y Jehová nos sacó de Egipto con mano poderosa; y Jehová hizo señales y milagros grandes y terribles en Egipto, a la vista nuestra, contra Faraón y contra toda su casa; y nos sacó de allá, para traernos y darnos la tierra que prometió a nuestros padres. Y nos mandó Jehová que cumplamos todos estos estatutos, y que temamos a Jehová nuestro Dios, para que nos vaya bien todos los días, y para que nos conserve la vida, como hoy. Y tendremos justicia cuando cuidemos de poner por obra todos estos mandamientos delante de Jehová nuestro Dios, como él nos ha mandado».
Es una evidencia clara y demostrativa de que los judíos tuvieron siempre algunos registros públicos permanentes de los hechos de que tenemos noticia en la historia del Pentateuco, que estos hechos se mencionan o se aluden tan abundantemente, y de tal manera, a lo largo de los demás libros del Antiguo Testamento. Casi no hay parte alguna de la historia desde el comienzo de Génesis hasta el final de Deuteronomio que no sea mencionada o aludida en otros libros del Antiguo Testamento, que fueron escritos de épocas posteriores; y algunas de ellas se mencionan muy a menudo, y por lo común con los nombres de personas y lugares y con muchas circunstancias particulares y minuciosas: no solo aquella parte de la historia que pertenece más inmediatamente a la redención de Israel de Egipto y a su viaje por el desierto, sino la historia introductoria precedente, y no solo la que concierne a los patriarcas judíos, sino la primera parte de la historia de Génesis, desde el mismo comienzo. En estos escritos tenemos muy a menudo mención de que Dios creó los cielos y la tierra: Is 65:17; 66:22; 40:21, 22, 28; 51:13; 42:5; 44:24; 45:12; 37:16; 66:1, 2; Jer 10:11, 12; 32:17; 51:15; 14:22; 2 R 19:15; Sal 89:11, 12; 102:25; Zac 12:1; Sal 115:15; 121:2; 124:8; y 134:3. La manera en que Dios creó, hablando la palabra, Sal 33:6, 9 y 148:5.
Se alude al mundo que al principio estaba desordenado y vacío, y cubierto de tinieblas, conforme a Gn 1:2, en Jer 4:23.
Se alude a que Dios creó la luz en Sal 74:16.
Que Dios creó la luz y las tinieblas, Is 44:7, conforme a Gn 1:3, 4.
Que Dios creó el firmamento, Sal 19:1.
Que Dios creó las aguas que están sobre los cielos, Sal 148:4, 6, conforme a Gn 1:7.
Que Dios juntó las aguas, Sal 33:7. Que hizo el mar y la tierra seca, Sal 95:5; que extendió la tierra sobre las aguas, Sal 136:6; que puso al mar su límite decretado, Jer 5:22; Pr 8:29; Sal 104:9.
Que Dios creó el sol, Sal 19:1, 4 y 74:16.
Que Dios creó el sol para luz del día, y la luna y las estrellas para luz de la noche, Jer 31:35; Sal 148:3, 6.
Que Dios creó las grandes lumbreras: el sol para que señoree en el día, y la luna y las estrellas para que señoreen en la noche, Sal 136:7, 8, 9. Véase también Sal 104:19 con el v. 24.
Que Dios creó el mar, y las muchas criaturas que en él se mueven, y la ballena en particular, Sal 104:25, 26.
Que Dios creó los cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, Sal 146:6; muchas partes de la creación se mencionan en Pr 8:22-29.
Que Dios creó al hombre y a la bestia, Jer 27:5.
Que Dios creó al hombre, Sal 8:5.
Que el hombre fue hecho del polvo de la tierra, Ec 12:7.
Que al hombre, en su creación, se le dio dominio sobre los peces del mar, las aves del cielo y las bestias de la tierra, Sal 8:6, 7, 8.
Que al hombre se le dieron las hierbas y plantas de la tierra para alimento, Sal 104:14, 15, conforme a Gn 1:29 y 3:18.
Se alude al primer matrimonio, o a que Dios hizo a Adán y Eva una sola carne, Mal 2:15.
Se menciona el nombre de Adán, Os 6:7.
El huerto de Edén se menciona a menudo por su nombre, con sus placeres y deleites, Is 51:3; Ez 28:13; 31:8, 9, 16, 18; 36:35; y Jl 2:3.
Se alude a que Adán violó el pacto, Os 6:7.
Se alude a la maldición pronunciada contra Adán, de que así como era polvo, al polvo volvería, Ec 12:7.
Se alude a la maldición pronunciada contra la serpiente, de que comería polvo todos los días de su vida, Is 65:25; Mi 7:17.
Se menciona el diluvio de aguas que estuvo sobre los montes, y que Dios lo reprendió y lo quitó, Sal 104:6, 7.
Se menciona el nombre de Noé, y se alude a su justicia delante de Dios y a su gran aceptación ante él, Is 54:9 y Ez 14:14, 20.
Se mencionan las aguas del diluvio de Noé y su paso sobre la tierra, y el pacto de Dios con Noé de que no destruiría más la tierra con un diluvio, Is 54:9.
Muchos de los nombres de los descendientes de Noé, de quienes tenemos noticia en Gn 10, se mencionan en otras partes del Antiguo Testamento, y algunos de ellos muy a menudo, y en todas partes en conformidad con el relato que tenemos de ellos allí; Sal 78:51; 105:23, 27; 106:22; 83:8; Is 11:11; 23:1, 2, 12, 13; Jer 2:10; 25:20-25; 49:34-39; Ez 27:5-15 y vv. 20-25; cap. 30:45; 32:24, 26; y 38:2-5, 6, 13; Mi 5:6; y en muchos otros lugares.
Los nombres de otros de quienes tenemos noticia como cabezas de naciones en la historia del Pentateuco antes del nacimiento de Moisés, además de los patriarcas de la nación judía, se mencionan con frecuencia, Sal 83:6, 7; Is 11:14, 15; Is 60:6, 7; Jer 2:10; Jer 25:20, 25; Jer 49, de principio a fin; y en muchos otros lugares, todo ello conforme a la historia del Pentateuco. Los filisteos, que salieron de Caftor, Am 9:7; Jer 47:4, comparado con Gn 10:14 y Dt 2:23.
El nombre de Babel se menciona a menudo. Hay mención particular de los antepasados de los judíos que habitaban al otro lado del río Éufrates, y en particular de Taré, padre de Abraham y padre de Nacor, Jos 24.
Que Abraham fue traído de allá por Dios, desde el oriente, desde el otro lado del río, que vino al llamado de Dios y fue guiado por él a la tierra de Canaán, Jos 24:3; Is 41:2.
Que fue llamado junto con Sara su mujer, Is 51:1, 2.
Que Dios guió a Abraham por toda la tierra de Canaán, Jos 24:3, conforme a Gn 12:6 y 13:17.
Se menciona que Dios bendijo a Abraham, Is 51:1, 2.
Se habla de Abraham como varón justo, y siervo y amigo de Dios, Is 41:2 y v. 8; Sal 105:42.
Que Dios entró en pacto con Abraham, Isaac y Jacob, prometiéndoles la tierra de Canaán, Sal 105:8, 9, 10, 11, 42.
Que la iglesia de Dios en las familias de aquellos patriarcas era muy pequeña, y que eran extranjeros y peregrinos en la tierra de Canaán, y que iban de nación en nación y de un reino a otro pueblo, y que Dios maravillosamente impedía que los hombres les hicieran daño, y reprendía a los reyes por causa de ellos, y que Dios los llamaba profetas, Sal 105:12-15.
Que Dios dio a Abraham una fácil victoria sobre grandes reyes y gobernantes de las principales naciones del mundo, como en Gn 14:14, etc., se menciona en Is 41:2, 3.
Melquisedec se menciona por nombre como gran sacerdote del Dios verdadero, rey y sacerdote a la vez, Sal 110:4.
Que Dios fijó la frontera de la descendencia de Abraham en el río Éufrates, como nos informa la historia del Pentateuco que Dios lo hizo en su promesa a Abraham, Gn 15:18, y después, de tiempo en tiempo, a los israelitas, se alude en 2 S 8:3.
Se habla de la gran abundancia de la tierra de Sodoma, Ez 16:49.
La gran maldad del pueblo de Sodoma y Gomorra, Ez 16:46-56; Is 1:10.
Que eran culpables de notoria inmundicia, Ez 16:50; 1 R 14:24; 15:12; y 22:46; 2 R 23:7.
Que eran de espíritu muy soberbio y altivo, Ez 16:49, 50, conforme a Gn 15:9.
Que eran muy abiertos, descarados y desvergonzados en su maldad, Is 3:9.
Que fueron arrasados con una destrucción muy grande, terrible y total, Is 1:9 y 13:19; Jer 49:18.
Que fueron objeto de una destrucción repentina, Lm 4:6.
Que Dios los asoló con fuego, Am 4:11.
Que fueron asolados con una desolación perpetua y eterna, sin ser jamás reedificados ni habitados de nuevo, Is 49:18 y 50:40; Ez 16:53, 55; Sof 2:9.
Que fueron asolados junto con las ciudades vecinas, Jer 49:18 y 50:40.
El nacimiento de Isaac, como don especial de Dios a Abraham, Jos 24:3.
El nacimiento de Jacob y Esaú, hijos de Isaac, por un don especial de Dios, Jos 24:4.
Esaú se menciona con los nombres de Esaú y de Edom, como hermano de Jacob, en el libro de Abdías, y a menudo en otros lugares.
Se menciona que Jacob tomó del calcañar a Esaú cuando nacieron, Os 12:3.
Que Jacob fue preferido a su hermano por la elección de Dios, Sal 105:6; Is 41:8; Mal 1:2, 3.
Que Dios se apareció a Jacob en Bet-el, Os 12:4.
Que Jacob huyó al país de Siria, y allí sirvió por una mujer, y en particular que sirvió allí en el oficio de pastor, guardando ovejas, Os 12:12.
Las dos mujeres de Jacob, Raquel y Lea, se mencionan como las que edificaron la casa de Israel, Rt 4:11.
Que Jacob, con su fuerza, tuvo poder con Dios y tuvo poder sobre el ángel, Os 12:3, 4.
Los nombres de los doce hijos de Jacob se mencionan en Ez 48 y muy a menudo en otros lugares.
Que a Esaú se le dio el monte de Seir, Jos 24:4, conforme a Gn 26:8.
Y el nombre de Ismael y su posteridad, y de los hijos de Abraham con Cetura, y los hijos de Lot, y los hijos de Esaú, se mencionan a menudo, conforme al relato que tenemos de ellos en Génesis.
Que José fue vendido a Egipto y fue siervo allí, Sal 105:17.
Que José fue vendido por la Providencia a Egipto antes que la casa de Israel, para preservar la vida, Sal 105:16, 17, conforme a Gn 45:5 y 50:20.
Que Tamar dio a luz a Fares de Judá, Rt 4:12.
Que José fue aprisionado en Egipto, Sal 105:18, como en Gn 39:2.
Que José tuvo revelaciones divinas en la cárcel y por ellas predijo sucesos futuros, y que esas predicciones se cumplieron, y que eso fue la ocasión de que Faraón lo sacara de la cárcel y lo pusiera en libertad, Sal 105:19, 20.
Y que José fue entonces exaltado sobre toda la tierra de Egipto, y fue hecho señor de la casa de Faraón y gobernador de todas sus posesiones, y el segundo después del rey mismo en poder y dignidad, y lugarteniente de Faraón, y así tuvo potestad y autoridad sobre todos los príncipes y nobles de Egipto, Sal 105:21, 22.
Se menciona el hambre que hubo en aquel tiempo en la tierra de Canaán, que obligó a Israel y a su familia a buscar pan en otra parte, Sal 105:16.
Que Jacob descendió a Egipto con su familia, Jos 24:7; 1 S 12:8 y Sal 105:24.
Que se multiplicaron en gran manera en Egipto, hasta que llegaron a ser más y más fuertes que los egipcios, y que los egipcios procedieron astutamente con ellos para disminuirlos, Sal 105:24, 35, conforme a Éx 1:9, 10.
Que los egipcios primero amaron a los israelitas y después se volvieron a odiarlos, Sal 105:25.
Que fueron esclavos en Egipto, Mi 6:4; Jer 2:20; Jue 6:8.
La crueldad de su servidumbre, que era como un horno de hierro (como se le llama en Dt 4:20), se menciona en 1 R 8:51; Jer 11:4 y Jue 6:9.
La clase particular de su servicio, manejando los cestos en que llevaban su mezcla y trabajando en hornos en que cocían sus ladrillos, se alude en 1 R 8:51; Jer 11:4; y Sal 68:13 y 81:6.
Que Dios reparó en su cruel servidumbre y gran aflicción con compasión y con solidaridad en su calamidad, Is 63:9, conforme a Éx 2:23-25 y cap. 3:7, 9, 16.
Que Dios se dio a conocer a ellos en Egipto, Ez 20:5, conforme a Éx 3:1-6 y vv. 13-16, 29-31 y cap. 6:2-6.
Que Dios se dio a conocer a ellos por el nombre de Jehová vuestro Dios, Ez 20:5, conforme a Éx 6:2, 3, 6, 7, especialmente el v. 7.
Que Dios les prometió y aseguró en Egipto que los sacaría de la tierra de Egipto a una tierra que fluye leche y miel, Ez 20:6, conforme a Éx 3:8, 10, 12, 14, 17 y cap. 6:2-8, donde tenemos relato de que juró por su gran nombre JEHOVÁ y YO SOY EL QUE SOY.
Que Dios se valió de Moisés, un gran profeta, como principal instrumento para sacar al pueblo de Egipto, etc., Is 63:11, 12; Os 12:13.
Que Aarón fue unido a Moisés en este asunto, Jos 24:5; 1 S 12:6-8; Sal 77:20 y 105:26. También se une a María, Mi 6:4.
Que Dios hizo grandísimas maravillas por su pueblo en tiempo de Moisés y Aarón, Sal 77:11-14.
Que hizo grandísimas maravillas en Egipto, Sal 78:12, 43; 81:5; 105:27; 135:9; y 106:9; Jos 24:5. Grandes señales y prodigios contra Faraón y todos sus siervos, Sal 135:9.
Que Dios redimió al pueblo de Egipto, Jue 6:8, 9 y 11:16; 1 S 12:6-8; Sal 81:10; 74:2; 77:15; 78:42; 114:1; y 111:9; Jer 2:6, 20 y 11:4; 1 R 8:51; Jer 16:4; Ez 20:10; Os 12:13; Am 9:7; Mi 6:4; y muchos otros lugares.
Que Dios convirtió en sangre los ríos y estanques de Egipto, de modo que los egipcios no pudieron beber las aguas, y que con ello mató también sus peces, Sal 78:44 y 105:29.
Que la tierra produjo ranas en abundancia, hasta llenar aun las recámaras de Faraón, Sal 78:45 y 105:31.
Se menciona la plaga de piojos, Sal 105:31.
La plaga de las diversas clases de moscas, Sal 105:31 y 88:45.
Que Dios envió granizo, y truenos, y relámpagos, y fuego ardiente con el granizo, que quebró los árboles del campo y destruyó su ganado, Sal 88:47, 48 y 105:32, conforme a Éx 9:22, etc.
Que Dios envió langostas para devorar todo el fruto del campo, Sal 78:46 y 105:34, 35.
La plaga de tinieblas, Sal 105:28.
Que Dios hirió y destruyó con pestilencia a todos los primogénitos de Egipto, los primogénitos tanto de los hombres como de las bestias, Sal 78:50, 51; 105:36; 135:8; y 136:10.
La salida de los hijos de Israel de Egipto a causa de esta última plaga, Sal 78:52 y 136:11; Jos 24:5.
Que salieron con plata y con oro, Sal 105:37.
Que los egipcios se alegraron de que se fueran, Sal 105:38, conforme a Éx 12:33.
Que fueron sacados con mano fuerte y brazo extendido, Sal 136:12.
Que fueron guiados por una columna de nube de día y una columna de fuego para alumbrarlos de noche, Sal 78:14 y 105:39; Is 4:5.
Que fueron llevados al desierto, Sal 68:7; 78:40, 52; 95:8; 106:9, 14; y 136:16; Jer 2:2, 6; Ez 20:10; Jue 9:16.
Que el pueblo fue al mar Rojo, Jue 9:6.
Que los egipcios persiguieron al pueblo con carros y jinetes hasta el mar Rojo, Jos 24:6.
Que el pueblo clamó a Jehová en el mar Rojo, Jos 24:7.
La perversidad de aquella generación, Sal 106:6, 7; 95:8; y 78:8, etc.; Is 63:10; Sal 81:11.
Que provocaron a Dios en el mar Rojo, Sal 106:7, conforme a Éx 14:11, 12.
Que Dios puso tinieblas entre Israel y los egipcios, Jos 24:7.
Que Dios dividió el mar Rojo e hizo pasar al pueblo, e hizo que las aguas se detuvieran como en un montón; que convirtió el mar en tierra seca, de modo que el pueblo pasó a pie enjuto, Sal 78:13; 66:6; 74:13; 77:16, 19, 20; 114:3, 4; 136:13, 14; 106:8, 9; Is 10:26; 51:10; 63:11, 12, 13; Hab 3:8-10, 15; Sal 77:10-20.
Que Dios destruyó a Faraón y a sus ejércitos, sus carros y sus caballos en el mar Rojo, haciendo volver las aguas sobre ellos para cubrirlos, de modo que no quedó ni uno de ellos, Sal 74:13, 14; 76:5, 6; 78:53; 136:15; 106:10, 11; Is 10:26; 51:9, 10; y Jos 24:7.
Que Dios hizo estas cosas en el mar Rojo alzando la vara de Moisés, Is 10:26.
Que Dios conquistó y aplastó a Egipto de modo contundente y con poder formidable, Sal 89:10; Is 51:9.
Que Dios hizo tan grandes cosas para preservar a un pueblo para la gloria de su propio nombre y para mostrar su poder, Sal 106:8, conforme a Éx 8:16.
Que el pueblo cantó alabanzas en el mar Rojo, Sal 106:12; Os 2:15; Sal 66:6; 105:43, conforme a Éx 9:16.
Que esta destrucción de los egipcios fue divulgada y sonó por toda la tierra, Is 23:5.
La murmuración del pueblo en el desierto por falta de pan, Sal 78:17, etc., y 106:14.
Que pronto transgredieron y provocaron a Dios, después de cantar alabanzas en el mar Rojo, codiciando y tentando a Dios, Sal 106:13, 14, 15.
Que el pueblo habitó en tiendas en el desierto, Sal 106:25.
Que el pueblo estuvo acampado en el desierto como un ejército, Sal 78:28 y 106:16.
Que Dios envió maná al pueblo y lo alimentó con pan del cielo que llovió sobre ellos, Sal 78:23, 24, 25 y 105:40.
Que Dios reveló su santo sábado al pueblo, como tenemos relato en Éx 16; Ez 20:12; Neh 9:14.
Que Dios dio al pueblo aguas en abundancia para abastecer a toda la congregación, de la roca de Meriba, hiriendo la peña y haciendo brotar las aguas, Sal 78:15, 16, 20; 81:7; 105:41; y 114:8.
Que Amalec salió contra Israel de manera hostil en el camino cuando subía de Egipto, 1 S 15:2.
Lo que Jetro, sacerdote de Madián, dijo e hizo, de lo cual tenemos relato en Éx 18, se alude en 1 S 15:6.
Que Dios entró en pacto con el pueblo en el monte Sinaí, o Horeb, después que salieron de Egipto, y dio allí la ley, los estatutos y los decretos, 1 R 8:9; Sal 76:8; Ez 20:10, 11; Mal 4:4.
Que Dios dio la ley con una voz muy terrible y espantosa desde el cielo, Sal 76:8.
Que Dios se apareció allí con extraordinarias manifestaciones de su majestad y gloria en los cielos y en la tierra, con un resplandor extremado y rayos de gloria, acompañado del máximo peligro de ser herido de muerte en un instante, como por una pestilencia, para los que transgredieran, Hab 3:3, 4, 5.
Que la tierra tembló y los montes se estremecieron en gran manera en aquel tiempo, Jue 5:4, 5; Hab 3:6, 7, 10; Sal 114:4 y 68:8.
Y en particular que el monte Sinaí se estremeció, Jue 5:5; Sal 48:8.
Que el pueblo hizo un becerro de fundición en el monte Sinaí y lo adoró como representación del Dios de Israel, Sal 106:19, 20; Ez 20:8.
Que Dios dijo en aquella ocasión que destruiría al pueblo, pero Moisés se puso delante de él como intercesor por ellos, para apartar la ira de Dios, con lo cual Dios los perdonó, Sal 106:23.
Que Moisés puso las dos tablas de piedra en el arca en el monte Sinaí, cuando Dios hizo pacto con los hijos de Israel al salir de la tierra de Egipto, 1 R 8:9.
Que el pueblo codició carne y tentó a Dios pidiendo carne para su apetito, Sal 78:17, 18, 19.
La ira de Dios en aquella ocasión, Sal 78:21, etc.
Que Dios dio al pueblo codornices en respuesta a su deseo, en inmensa abundancia, traídas por un viento que Dios hizo soplar, y que dejó caer en medio de su campamento, alrededor de sus habitaciones, Sal 78:26, etc., y 105:40; 106:15.
Que la ira de Dios vino sobre ellos cuando la carne estaba aún en sus bocas, y los mató repentinamente con una gran plaga, Sal 78:30, 31 y 106:15.
Que el pueblo no creyó, a pesar de todas las maravillas de Dios que habían visto, y despreció la tierra deseable, y no creyó su promesa de que los introduciría en ella, y murmuró ante el informe de los espías, y quiso volverse otra vez a Egipto, Sal 78:32, etc., v. 41 y 106:24, 25.
Que Dios se mostró en aquella ocasión como si fuera a derramar su furor y consumir a toda la congregación, pero los perdonó por amor de su misericordia, para que los egipcios y las demás naciones paganas no lo oyeran y tomaran de ello ocasión para vituperar el nombre de Dios, Ez 20:13, 14, 17.
Que Dios juró en su ira, en aquella ocasión, acerca de aquella generación terca y perversa, que no entrarían en su reposo, sino que los destruiría en el desierto, porque habían visto los milagros de Dios y sin embargo lo provocaron en gran manera y lo tentaron muchas veces, Sal 95:8-11 y 106:26; Ez 20:15, 16.
Que Dios prometió a Caleb la tierra a la cual fue, Jue 1:20.
Coré y su compañía envidiaron a Moisés y a Aarón en el campamento, y la tierra abrió su boca y se tragó a Datán y Abiram y su compañía, y un fuego de Jehová consumió a otros de ellos, Sal 106:16, etc.
Lo que Moisés dijo a los levitas acerca de su heredad, Nm 18:20, etc., se alude en: «Pero a la tribu de Leví no dio Moisés heredad; Jehová Dios de Israel es la heredad de ellos, como él les había dicho».
Que el pueblo enojó a Moisés en las aguas de la contienda, exasperando su espíritu, de modo que habló precipitadamente con sus labios, y le fue mal a Moisés por causa de ellos, Sal 106:32, 33.
Que Israel envió mensajeros al rey de Edom, diciendo: «Te ruego que me dejes pasar por tu tierra», y que el rey de Edom no quiso escuchar, Jue 11:17.
Que el pueblo rodeó la tierra de Edom, yendo por el desierto, Jue 11:18, conforme a Nm 21:4 y Dt 2:1-8.
Que el pueblo pasó por un desierto grande y terrible, tierra de hoyos y de gran sequía, país yermo y desolado, Jer 2:2, 6; Os 13:5.
Que el pueblo rodeó la tierra de Moab, y vino por el lado oriental de la tierra de Moab, y acampó al otro lado del Arnón, porque el Arnón era el límite de Moab, Jue 11:18, en exacta conformidad con la historia del Pentateuco, Nm 21:11, 13 y 22:36.
Que no se permitió al pueblo pasar por la tierra de Moab, Jue 11:17, 18.
Que Israel envió mensajeros desde su campamento en los confines de Moab a Sehón, rey de los amorreos, diciendo: «Te rogamos que nos dejes pasar por tu tierra», y Sehón se negó, sino que, al contrario, reunió a todo su pueblo y vino a Jahaza para pelear contra Israel, Jue 11:18, 19, 20.
Que Dios entregó a Sehón y a todo su pueblo en mano de Israel, y que Israel poseyó su tierra desde el Arnón hasta el Jaboc, y desde el desierto hasta el Jordán, habitando en Hesbón y sus aldeas, y en Aroer y sus aldeas, y en todas las ciudades que pertenecían a Sehón, en exacta conformidad con la historia, Jue 11:21-26; Jos 24:8; Sal 125:10, 11; 136:17-22.
Y que después hirieron a Og, rey de Basán, y poseyeron su tierra, Jos 24:8; Sal 135:10, 11 y 136:17-22.
Pero que Balac, rey de Moab, no se atrevió, después de haber visto esto, a salir a pelear contra Israel, y nunca los enfrentó en batalla hasta que Israel fue contra ellos, Jue 11:25, 26, conforme a Nm 22:2 y la historia siguiente.
Que Balac incitó a Balaam, hijo de Beor, a maldecir al pueblo, y Dios convirtió la maldición en bendición, mientras Israel moraba en Sitim, Jos 24:9, 10; Mi 6:5.
Que Israel pecó uniéndose a Baal-peor y comiendo los sacrificios de sus dioses, y que Dios se provocó a ira y ejecutó su ira sobre la congregación por este pecado, y que Finees ejecutó juicio en esta ocasión, lo cual le fue contado por justicia de generación en generación para siempre, Sal 106:28-31.
La guerra de Israel con Balac y su victoria, Jos 24:9, 10.
La larga peregrinación del pueblo en el desierto, Jos 24:7 e Is 63:9.
Que Dios hablaba de tiempo en tiempo a Moisés y a Aarón desde una columna de nube, Sal 99:6, 7.
La fidelidad de Moisés en su oficio, Sal 99:7, conforme a Nm 12:7. La gran perversidad y dureza de corazón de aquella generación, y sus frecuentes rebeliones, y cómo provocaron y agraviaron al Espíritu de Dios y lo tentaron en el desierto, por cuarenta años, Sal 78, de principio a fin, especialmente los vv. 40, 41; 81:11, 12; y 95:8-11; Is 63:10; Ez 20:13.
Los repetidos y continuos juicios de Dios contra ellos, consumiéndolos con una gran mortandad que los perseguía y destruía con grandes manifestaciones de la ira divina, Sal 90; Is 63:10.
Que Dios a menudo perdonó y libró al pueblo, de modo que se abstuvo de destruir a toda la congregación por la intercesión de Moisés, pero no sin dar grandes manifestaciones de su ira contra sus pecados, tomando venganza de sus invenciones, como cuando Moisés molió su becerro hasta reducirlo a polvo, Sal 78:38, etc., y 99.
Que Dios mostró gran favor a la generación joven, Jer 31:2.
Que Dios entró en pacto por segunda vez con aquella generación joven, Jer 2:2, 3; Ez 20:18, 19, 20.
Quien pueda observar así los hechos de la historia del Pentateuco mencionados y aludidos en los escritos de las diversas épocas de la nación israelita, y no crea que tuvieron siempre un gran registro permanente de estas cosas, y de esta misma historia, puede tragarse el mayor absurdo. Si no hubieran tenido entre ellos esta historia, o una que concordara exactamente con ella, habría sido moralmente imposible que, entre esta vasta cantidad de citas y referencias, con tan gran multitud de particularidades y circunstancias mencionadas por tantos escritores diferentes en diferentes épocas, no hubiera habido muchísimas incoherencias con la historia y muchísimas incoherencias de unos con otros; y habría desconcertado y confundido la habilidad de cualquier escritor que hubiera intentado formar después una historia que armonizara en todas partes, sin discordancia, con tan variadas y múltiples citas, repasos y referencias intercaladas y dispersas por todos aquellos escritos de diversas épocas; y a menos que estos escritores tuvieran tal registro como guía común, no habría podido ser de otro modo que del todo imposible.
Era imposible que esta inmensa cantidad de sucesos, con tantas circunstancias, con nombres de personas y lugares, e incidentes minuciosos, fuera conocida de manera tan particular y exacta, y que su conocimiento se conservara tan plena y claramente, y sin confusión ni pérdida, durante tantas edades, y se mencionara tan a menudo de modo tan particular, sin error ni incoherencia a lo largo de tantas edades, sin un registro escrito. ¡Con qué rapidez una tradición oral confiada a una multitud varía, y adopta mil formas, y se mezcla, y se confunde, y degenera en confusión! Aquí aparece, de hecho, un conocimiento y una memoria exactos y coherentes de las cosas, conservados, y eso muestra que de hecho había un registro permanente; y el comparar los registros del Pentateuco con estas innumerables citas y referencias muestra que este era, de hecho, ese mismo registro.
Los hechos de esta historia se repasan muy a menudo precisamente en el mismo orden y manera en que están en la historia del Pentateuco; y en muchos lugares hay un repaso de los hechos de partes muy grandes, y a veces una especie de compendio de la mayor parte de la historia, como en Jos 24; Sal 78; 105; 106; y 136; Ez 20:5-23. Y a veces hallamos los hechos de las partes anteriores de la historia de Génesis unidos a la historia de la redención de los hijos de Israel de Egipto y de sus viajes por el desierto, como introducción a ella, y a veces comenzando incluso con la historia de la creación, de la misma manera que en el Pentateuco, y después del cautiverio, en Neh 9.
Estos sucesos se mencionan comúnmente de tal manera que supone claramente que ya existía un relato completo de ellos, bien conocido y establecido, como en aquellas palabras: Aunque estuviesen en medio de ella Noé, Daniel y Job. Suponen que la historia de aquellos hombres existía y era bien conocida entre el pueblo; y así en estas palabras: Como Sodoma fuéramos, y semejantes a Gomorra. Se supone que la historia de la destrucción de aquellas ciudades era algo que el pueblo conocía bien. Así aquellas palabras de Sal 78:40: «¡Cuántas veces lo provocaron en el desierto, lo enojaron en el yermo!», suponen claramente una historia existente que da un relato particular de esas cosas. Es a manera de referencia a una historia. Así ocurre muy a menudo en otros lugares, como Rt 4:11: «Haga Jehová a la mujer que entra en tu casa como a Raquel y como a Lea, las cuales edificaron la casa de Israel». Así Jos 13:33: «Pero a la tribu de Leví no dio Moisés heredad; Jehová Dios de Israel es la heredad de ellos, como él les había dicho»; las palabras se mencionan claramente a manera de cita. Así Jue 1:20: «Y dieron Hebrón a Caleb, como Moisés había dicho». Sal 110: «Tú eres sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec»: supone un relato existente acerca de Melquisedec. Véase también 2 S 8:3; Is 13:19; Jer 49:18 y 50:40; Ez 16:46-56; Am 4:11; Zac 2:9; Is 41:1-8 y 51:1, 2, 9, 10; Mi 6:5; y muchísimos otros lugares que muestran lo mismo, que sería tedioso mencionar.
Y a veces estos sucesos históricos se mencionan tan fielmente con las palabras de la historia del Pentateuco que no podría ser así sin una historia escrita que sirviera de guía; como en particular el repaso de Jefté, Jue 11:15-28.
Que los hijos de Israel tuvieron entre ellos un gran registro permanente de aquellos hechos que consideraban sagrados y santos es evidente por Sal 111:4. El salmista, hablando de estas obras, dice que Dios ha hecho memorables sus maravillas. Son aquellas obras de las que tenemos relato en el Pentateuco, como es manifiesto por los vv. 7, 9. Las palabras del original que se traducen ha hecho memorables son [palabra griega o hebrea], ha hecho un registro. La palabra significa memorial o registro. La palabra cronista (en la versión inglesa, recorder), en 2 S 8:16; 1 R 4:3; 2 R 18:18; Is 36:3, 22, y otros lugares, es [palabra griega o hebrea], que es una palabra de la misma raíz; las palabras Zeker y Mazkir son parientes entre sí exactamente de la misma manera que las palabras inglesas recorder y record.
Así, la historia de estos hechos se llama el informe de Dios (como está en el original), Hab 3:2: «Oh Jehová, he oído tu palabra, y temí». Cuál era ese informe se ve por lo que sigue: era el informe de las obras allí mencionadas; obras que, en este versículo, ruega a Dios que reavive. Pero en los vv. 15 y 16 el profeta nos dice más claramente cuál era ese informe que le hizo temer, es decir, el relato de la marcha de Dios por el mar Rojo, con las otras grandes obras de Dios mencionadas en la parte anterior del capítulo.
Y que este gran registro que los escritores del Antiguo Testamento citaban tan a menudo estaba contenido en el libro de la ley puede argüirse por la manera en que a veces se mencionan estos hechos. El salmista, en la introducción que hace a su repaso de la historia del Pentateuco en el Salmo 78, llama a esa historia con el nombre de ley, v. 1; y los preceptos y la historia están unidos en la mención que aquí hace de ellos, y menciona la historia como aquello cuya memoria Dios había mandado que se guardara con cuidado, como la exhortación propia a los preceptos, v. 7 con el versículo anterior. Y el haber sido dada por Dios como exhortación a los preceptos de la ley, se considera con toda propiedad parte de la ley, como las profecías y otros argumentos de que se vale Deuteronomio y otras partes de la ley. Así, la historia se introduce de tal manera en el Salmo 105, hablando en la introducción del pacto y la ley que Dios estableció con el pueblo, vv. 5, 8, 9, 10, que hace suponer naturalmente que la historia que repasa está tomada del libro de la ley. Las obras maravillosas y los preceptos de la ley se mencionan juntos, como igualmente dignos de ser recordados; v. 5: «Acordaos de las maravillas que hizo, de sus prodigios y de los juicios de su boca». Así, estas obras maravillosas se mencionan o se aluden repetidamente juntas, Sal 111. Y así de nuevo en la introducción al repaso que tenemos de esta historia en el Salmo 106, como en los vv. 2, 3. Así, la ley y los hechos históricos se mencionan juntos, Sal 103:7, como siendo ambos igualmente de revelación divina: «Sus caminos notificó a Moisés, y a los hijos de Israel sus obras». Hallamos los preceptos y la historia citados juntos, mezclados y entrelazados en el Salmo 81, como lo están en el Pentateuco.
Por la historia profana se ve que fue costumbre de las naciones antiguas guardar en sus templos las historias antiguas de su nación, y sus genealogías, y las genealogías y hechos de sus dioses, donde se encomendaban al cuidado de sus sacerdotes como cosas sagradas. Esto fue, con toda probabilidad, en imitación del ejemplo de los israelitas al guardar la historia mosaica, que Moisés encomendó al cuidado de los sacerdotes para ser depositada en el santuario como cosa sagrada; y los antiguos registros de los paganos vecinos, en particular de los fenicios, muestran que los sacerdotes de los judíos tenían bajo su custodia una historia tal que daba cuenta de la creación del mundo, etc., ya desde los días de los Jueces. Esto se ve por la historia de Sanconiatón, en la cual menciona muchos de los mismos hechos y confiesa que los tuvo de cierto sacerdote del dios Iao. Los antiguos escritores paganos mencionan a Moisés como el escritor de las cosas contenidas en la primera parte del libro de Génesis. [Véanse ejemplos en Miscelánea n.º 1012 y 1014, en el lugar marcado así (||) al margen. Véase también ff. n.º 429, en la misma marca, y 432.]
Además, otro argumento que probará invenciblemente que la historia del Pentateuco, lo mismo que los preceptos, estuvo contenida desde antiguo, desde el principio, en el libro de la ley, aquel libro sagrado que los hijos de Israel tenían entre ellos guardado en el santuario desde los días de Moisés, es este, es decir, que es cierto que el libro que los judíos tenían entre ellos cuando regresaron por primera vez del cautiverio babilónico, al que llamaban el libro de la ley y la ley de Moisés, y del que se servían como su ley, como el mismo libro de la ley que su nación había tenido siempre como su gran registro y regla permanente, y como tal había guardado antiguamente en el santuario, era aquel mismo Pentateuco que tenemos ahora, que contiene tanto la historia como los preceptos. Este era el libro de la ley del que se valió Esdras, y que Esdras y los levitas que estaban con él leyeron y explicaron al pueblo tan pública y solemnemente, como tenemos relato en Neh 8, y que fue depositado en el segundo templo del mismo modo que el libro de la ley de Moisés lo había sido en el primero. Que este libro era el mismo que el Pentateuco que ahora tenemos es sumamente manifiesto por las genealogías y las referencias históricas del primer libro de Crónicas, que fue escrito con ocasión de que todo Israel fue contado por genealogías después de salir del cautiverio. Véase 1 Cr 9:1. Ninguno que lea aquellas genealogías y referencias históricas se hará tan ridículo como para dudar de que fueron tomadas de la misma historia que tenemos en el Pentateuco, una historia que los judíos tenían entre ellos como los registros antiguos, grandes y establecidos de su nación.
Y además: si hubieran tenido algún otro libro de la ley cuando salieron por primera vez del cautiverio, es imposible que no se hubiera conservado, pues habrían tenido que tenerle gran estima como siendo el mismo que aquel libro sagrado que había sido tenido en todas las edades anteriores por la gran y santa regla de su nación, y guardado, en consecuencia, como cosa sacratísima por los sacerdotes en el santuario de Dios, en el lugar santísimo, junto al arca de Dios. Hallamos que los escritos del profeta Jeremías se conservaron, Dn 9:2; ¡cuánto más habrían conservado la ley de Moisés! Pero los judíos no tenían conservados otros libros de la ley, no tienen ninguno otro ahora, y no han tenido otro en todas las edades desde entonces; no tuvieron otro en tiempo de Cristo, y no tenemos noticia de ningún otro en todas las noticias que tenemos de la nación, desde el tiempo de Cristo hasta el cautiverio; aunque en estos relatos se dice mucho acerca del libro de la ley, y aunque hubo muchas controversias acerca de él de tiempo en tiempo, e innumerables copias suyas, y muchos que hicieron su oficio estudiarlo, escribirlo y enseñarlo, aunque había sinagogas establecidas por toda Palestina y por el mundo dondequiera que los judíos estaban dispersos. La costumbre de las sinagogas en cada ciudad comenzó cerca del primer regreso del cautiverio. Véase Prideaux, parte I, p. 534, etc. Con todo, no se hace mención en ninguno de los relatos que tenemos de los judíos de ningún otro libro de la ley que estuviera entre ellos en ninguno de esos tiempos, ni de ningún conocimiento o pensamiento de alguno de ellos de que hubiera habido jamás otro libro de la ley en tiempos anteriores. Es evidente que el libro de la ley que los judíos tenían en tiempo de Esdras era muy públicamente conocido entre el pueblo, por el gran empeño que Esdras y otros pusieron en familiarizarlos a fondo con él, y por tanto habría sido imposible hacer una alteración tan grande en aquel libro sagrado al que se les enseñaba a tener tal respeto, y que estaba depositado en el lugar santísimo del templo, y en cuyo respeto el pueblo llegó poco después del cautiverio a ser, en algunos aspectos, hasta supersticioso. Digo que habría sido imposible hacer en él una alteración tan grande que, mientras antes tenía solo un cuerpo de preceptos, ahora se hubiera convertido en una larga historia, con preceptos mezclados y entretejidos aquí y allá, sin que se tomara nota de ello, y sin algunas notables disputas y controversias, y sin que quedaran al menos algunos rastros de la alteración y algún conocimiento del volumen anterior más puro. Sería interminable enumerar los absurdos de tal suposición.
Hubo muchas sectas entre los judíos de Palestina, con muchas disputas y diferencias de opinión acerca de la ley de Moisés; pero no hubo una disputa o diferencia como esta, sobre si este era el libro genuino de la ley. Y no solo los judíos de Palestina, sino todos los judíos de todo el mundo, que estaban tan vastamente dispersos ya en tiempo de Ester, sin embargo, sin controversia ni diferencia de opinión, reconocían todos este mismo libro como el único libro de la ley, y este era el libro de la ley que se leía en todas las sinagogas del mundo, y que también reconocían los samaritanos (de lo cual más adelante); lo cual habría sido imposible si este fuera tan diferente de aquel libro de la ley que los judíos tenían, y que era tan públicamente conocido en tiempo de Esdras. Los saduceos, muchos de los cuales eran hombres instruidos, y se jactaban de su libertad de pensamiento y se tomaban la libertad de diferir de los judíos, y eran una especie de incrédulos, y rechazaban la mayoría de los otros escritos que los judíos tenían por sagrados, reconocían, sin embargo, sin disputa, el libro del Pentateuco, tal como ahora lo tenemos, como el libro genuino de la ley de Moisés y como el registro de Dios. Así lo hacían los samaritanos, aunque odiaban a los judíos y diferían en gran manera de ellos en otras cosas, y eran tan enemigos suyos después del cautiverio que rechazaban antes una cosa por ser una de las costumbres o principios de ellos; sin embargo, reconocían este Pentateuco como la ley genuina de Moisés, lo cual es sumamente absurdo suponer que habrían hecho si el libro hubiera sido hecho de nuevo, con toda la historia introducida de contrabando algún tiempo después de Esdras; de modo que sin duda este era el libro de la ley que los judíos reconocían y usaban y tenían por la verdadera ley de Moisés en tiempo de Esdras.
Ahora bien, en cuanto a la consecuencia: si el Pentateuco, tal como ahora lo tenemos con su historia, era el libro que los judíos tenían y usaban como libro de la ley poco después del cautiverio, se seguirá que era también el mismo libro que fue su libro de la ley antes del cautiverio; porque si se hizo una alteración tan grande en el libro de la ley, fue hecha o por Esdras o por algunos de los judíos antes que él subiera a Jerusalén. No la hizo Esdras, porque los sacerdotes de Jerusalén tenían el libro de la ley entre ellos antes que Esdras viniera, aun cuando acababan de salir del cautiverio, como se ve por Hag 2:11, 12, 13: «Así ha dicho Jehová de los ejércitos: Pregunta ahora a los sacerdotes acerca de la ley, diciendo: Si alguno llevare carne santificada en la falda de su vestido, y con el vestido tocare pan, o vianda, o vino, o aceite, o cualquier otra comida, ¿será santificado? Y respondieron los sacerdotes, y dijeron: No. Y dijo Hageo: Si un inmundo a causa de cadáver tocare alguna de estas cosas, ¿será inmundo? Y respondieron los sacerdotes, y dijeron: Inmundo será». Véase también Esd 2:62, 63; 3:2-8; 6:18. De aquí que, si Esdras hubiera hecho tal alteración, todos los judíos lo habrían sabido y no habrían podido ser engañados y hechos creer que este libro era el mismo que el libro de la ley. Ni los sacerdotes, ni los levitas, ni ninguno del pueblo hacen la menor oposición a la copia de la ley de Esdras, sino que todos la aceptan, recibiéndola como una copia indudable de la ley de Moisés. Véase Neh 8. Y luego es muy patente que el estilo de la historia del Pentateuco es muy diferente del estilo de Esdras en los dos libros de Crónicas y el libro de Esdras, cuyo estilo en la historia es muy distinguible de todas las historias anteriores del Antiguo Testamento. Además, es manifiesto que, en el tiempo en que Esdras subió de Babilonia para enseñar la ley a los judíos, el libro de la ley de Moisés no era algo de lo cual estuvieran desprovistos los judíos que entonces andaban por el mundo, como de un libro perdido o escondido, que buscaran pero no poseyeran, sino que era un libro bien conocido por multitudes, y este hecho era cosa notoria en aquel tiempo y conocida de los paganos. Es manifiesto por la copia de la carta de Artajerjes, Esd 7:25: «Y tú, Esdras, conforme a la sabiduría de tu Dios que tienes, nombra jueces y gobernadores, que juzguen a todo el pueblo que está al otro lado del río, a todos los que conocen las leyes de tu Dios; y al que no las conozca, le enseñaréis». Esto hizo imposible que Esdras endilgara al pueblo un libro de su propia invención y escritura en lugar del libro de la ley de Moisés, la gran y antigua ley de su Dios, que era la gran regla de su nación y el fundamento de su constitución tanto civil como sagrada, y de todos sus privilegios, y de su mismo ser como nación separada de las otras naciones.
Es muy manifiesto que poco después de la primera venida de Esdras a Jerusalén, como se piensa, unos diez o doce años después de ese suceso, Nehemías, copero del rey en Susa, en Persia, conocía bien el libro de la ley de Moisés, Neh 1:7, 8, 9; lo cual prueba claramente la falsedad de la suposición de que la nación de los judíos no tenía en aquel tiempo otro libro de la ley de Moisés sino el que fue forjado y publicado por Esdras, pues nada sería más absurdo que suponer que su libro recién forjado sería publicado, y bien conocido, y recibido y establecido, en tan poco tiempo, no solo en Jerusalén y Judea, sino entre los judíos dispersos por el mundo hasta tan lejos como Susa.
Y no pudo ser que alguno de los judíos de Judea forjara este libro después del cautiverio y lo impusiera a los sacerdotes y al pueblo antes que Esdras viniera, porque esto habría causado no menos discordancia entre Esdras y el resto del pueblo que lo otro; pues entonces Esdras habría sabido que este no era el verdadero libro de la ley, ya que conocía bien la ley antes de salir de la tierra del cautiverio hacia Jerusalén. Era un notable escriba de la ley de Moisés en Babilonia, Esd 7:6, tanto que era famoso por ello entre los paganos, y el rey de Persia lo señalaba por ello, dándole una y otra vez ese nombre por el que era conocido: «Esdras, escriba de la ley del Dios del cielo», Esd 7:11, 12, 13. Y Esdras subió con el propósito de enseñar al pueblo de Jerusalén esta ley de Moisés; este era su principal encargo, como se ve por Esd 7:6, 10, 14, 21, 23, 25, 26; y el libro de la ley que enseñó al pueblo no lo recibió en Jerusalén de ninguno de los sacerdotes ni de otros allí, sino que lo llevó consigo en su mano, como se ve por Esd 7:14, 25 y Neh 8:1, 2.
Esta gran falsificación, o sustitución fraudulenta del libro de la ley de Moisés por un libro como el Pentateuco, no pudo hacerse e imponerse a los judíos en ningún tiempo poco después del regreso del cautiverio, porque por lo ya dicho se ve que el mismo libro de la ley era bien conocido por muchos, y recibido por todos en aquel tiempo, tanto por los judíos de Judea como por los que aún permanecían en la tierra de su cautiverio; lo cual no pudo surgir de ninguna otra causa sino de la tradición de este libro recibida de sus antepasados que vivieron antes del cautiverio. Es imposible que tal falsificación se impusiera tan pronto, tan fácilmente y de manera tan universal, sin disputa ni diferencia de partidos, en una nación tan grande y tan desunida en los lugares de su residencia. No podía haber sido tan difícil introducir y hacer circular una falsificación en ninguna cosa como en el libro de la ley de Moisés, su gran y sagrada regla, constitución y fundamento; tanto que jamás pueblo alguno dependió tanto, y en tantos aspectos, de ningún cuerpo de leyes como la nación judía dependió de este libro. Fue por amor de las leyes que se les mandaron y de los privilegios que se les dieron en este libro que abandonaron sus habitaciones y todas sus posesiones en la tierra de su cautiverio, y soportaron la pérdida y el trabajo de su viaje a Palestina, y las grandes dificultades de reedificar su ciudad y su templo, y de volver a establecerse en la tierra y restablecer allí su estado. Y por tanto podemos estar seguros de que serían, sobre todas las cosas, cuidadosos con respecto a ese libro. En tiempo de Hageo y de Zacarías, antes que el templo estuviera terminado, tenían este libro entre ellos, como observé antes; pero entonces vivían muchos que habían visto el templo anterior y debían de saber qué clase de libro era el que se llamaba la ley de Moisés, que estuvo entre el pueblo antes del cautiverio y se guardó en su primer templo. La mayor ambición de los judíos que regresaron del cautiverio era parecerse a sus antepasados en sus privilegios religiosos; y por eso quisieron edificar un templo lo más parecido posible al anterior, y los que habían visto el templo anterior lloraron amargamente porque este nuevo no se le parecía más; y sin duda querrían tener el mismo libro de la ley. El pueblo que recordaba el templo anterior necesariamente sabía qué libro era el que entonces se llamaba el libro de la ley, pues el profeta Jeremías los reprendía y amenazaba tan a menudo y tan severamente por no conformarse a él, Jer 2:8: «Los sacerdotes no dijeron: ¿Dónde está Jehová? y los que tenían la ley no me conocieron; y los pastores se rebelaron contra mí, y los profetas profetizaron en nombre de Baal, y anduvieron tras lo que no aprovecha». Jer 18:18: «Venid y maquinemos contra Jeremías; porque la ley no se acabará para el sacerdote». Jer 42:23 y 8:8: «¿Cómo decís: Nosotros somos sabios, y la ley de Jehová está con nosotros? He aquí, ciertamente en vano la hizo él; en vano es la pluma de los escribas». Cap. 6:19; 16:11; 44:10; 26:4; y 32:23. Véase también Lm 2:9; Ez 7:26 y 22:26; y, en verdad, todo el libro de Jeremías parece suponer que el libro de la ley existía y estaba a la vista entre el pueblo; el pueblo que regresó del cautiverio, por tanto, no habría recibido fácilmente otro libro, como libro de la ley, para que fuera su regla sagrada y se depositara en el santuario, diferente del que tuvieron sus antepasados y que había sido depositado en el lugar santísimo del templo anterior.
El libro de la ley de Moisés no se perdió en el tiempo del cautiverio, sino que era bien conocido entre los judíos en Babilonia, Dn 9:10, 11, 12, 13; y que este era un hecho muy pública y abiertamente conocido entre los paganos, que tenían entre ellos la ley de su Dios en el tiempo del cautiverio, es cosa manifiesta por Dn 6:5 y Esd 7:12, 21, 25; más aún, existía entre ellos justo antes de su regreso, como se ve por Dn 9:10, 11, 12, 13: «Todo Israel traspasó tu ley, apartándose para no oír tu voz; por lo cual ha caído sobre nosotros la maldición y el juramento que está escrito en la ley de Moisés, siervo de Dios». Y varias de las profecías de Daniel suponen que el libro del pacto existía, Dn 11:22, 28, 30, 32, lo cual muestra más claramente cuán imposible era que otro libro tan diferente fuera impuesto universalmente a la nación en Babilonia y Judea en lugar de este libro, tan pronto después del cautiverio. Se ve que los judíos en el cautiverio conservaban entre ellos los escritos del profeta Jeremías, por Dn 9:2. ¡Cuánto más conservarían copias de la ley de Moisés, que estimaban como el fundamento de todo!
Además: es muy manifiesto que los judíos, en su primer reasentamiento en Palestina, tenían esos mismos registros que ahora tenemos en el Pentateuco, como los registros que se habían mantenido constantemente en su nación, como los registros sagrados antiguos, establecidos e indudables de su nación; tanto que, cuando en aquella ocasión contaron al pueblo por sus genealogías, fundaron su cómputo en estos registros y remontaron sus genealogías hasta los relatos que allí se dan de sus antepasados y del primer origen de sus familias, haciendo de este registro su norma y gran regla para juzgar quiénes eran verdaderos israelitas y quiénes no, y quiénes eran verdaderos sacerdotes y quiénes no. De modo que se negaron incluso a admitir a los que no podían probar que eran de la descendencia de los sacerdotes, o de la descendencia de Israel, según la regla de este registro, como se ve por las genealogías del primer libro de Crónicas, y en particular el cap. 9:1 y Esd 2:59, 62, 63. Era necesario que cualquiera, para probar que era de la descendencia genuina de los sacerdotes, pudiera remontar su genealogía hasta Aarón; porque probar que era de la descendencia de alguna otra persona que hubiera vivido después no lo probaba, a menos que probara también que esa persona era descendiente de Aarón. Y así, para que cualquiera probara que era de la descendencia de Israel, debía poder remontar su genealogía hasta el mismo Israel.
De modo que este mismo registro gozaba en aquel tiempo de una reputación tan establecida entre ellos, que todos, de común acuerdo, lo hicieron el fundamento mismo de su restablecimiento; fundaron su nación y su iglesia, en esta su restauración, enteramente sobre este fundamento y por esta regla, lo cual muestra que este registro no era cosa nueva entre ellos, recién ideada, con la cual antes nunca se hubieran familiarizado. Era un hecho notorio, en tiempo de Ester, conocido de los paganos, que los judíos que permanecían dispersos por todo el imperio persa, desde Judea hasta Etiopía, estaban de acuerdo en una ley establecida, muy diversa de las de todas las demás naciones; Est 3:8.
Además: el Zend-Avesta, o libro que escribió Zoroastro, muestra que la historia del Pentateuco existía ya en el tiempo del cautiverio de los judíos en Babilonia, o antes de él, y era entonces de gran reputación, porque muchas cosas de ese libro suyo están tomadas de la historia del Pentateuco. Habla de Adán y Eva como los primeros padres de la humanidad, y da en cierto modo la misma historia de la creación y del diluvio que Moisés, y habla en ella de Abraham, José y Moisés de la misma manera que lo hacen las Escrituras, y por una veneración particular a Abraham llamó a su libro el libro de Abraham. (Véase Prid. parte I, p. 318.) Estas cosas debieron de ser tomadas de los judíos en el tiempo del cautiverio o antes de él. (Véanse las páginas anteriores de Prideaux.)
Además: otro argumento de que el Pentateuco con su historia era el libro que los israelitas tenían antiguamente entre ellos como el libro de la ley de Moisés, aun antes del cautiverio, es que los samaritanos tenían este Pentateuco tal como es, con su historia, bajo este nombre de libro de la ley de Moisés. Un argumento de que el Pentateuco samaritano fue escrito antes del cautiverio es que está escrito en el antiguo carácter fenicio o hebreo, mientras que la copia judía está escrita en letras caldeas, por haberse vuelto esas letras naturales para ellos en su cautiverio; y por tanto, si hubieran tomado su Pentateuco de los judíos después del cautiverio, sin duda lo habrían tomado en los mismos caracteres en que lo tenían; pero el hecho de que se halle entre ellos no en sus caracteres, sino en los caracteres que los judíos usaban antes del cautiverio, es un fuerte argumento de que lo tomaron de los judíos antes del cautiverio y no después. ¿De dónde habrían tomado los samaritanos aquellos viejos caracteres hebreos, si no de los judíos antes del cautiverio? Eran caracteres a los que no estaban acostumbrados en su propio país, pero eran mucho más probablemente acostumbrados a los caracteres caldeos entonces, por vivir en la vecindad de Caldea. Y si tomaron el Pentateuco de los judíos después del cautiverio, ¿de dónde habrían tomado aquellos caracteres, que no les eran naturales ni estaban en uso entre los judíos en aquel tiempo?
Además: no es en absoluto probable que los samaritanos desearan tanto conformarse a los judíos después del cautiverio como para adoptar sus leyes y hacer suya la constitución judía, dado que hubo siempre, desde el primer regreso del cautiverio, una enemistad tan peculiar e inveterada entre ellos y los judíos.
Y así como tal alteración del libro de la ley no pudo hacerse después del cautiverio sin que se advirtiera, tampoco pudo hacerse en ningún tiempo anterior, ni siquiera en los tiempos más degenerados e ignorantes de Israel. Con todo, tenía que haber tanto conocimiento de este libro como para hacer impracticable tal engaño; pues toda la nación, en toda su constitución, tanto civil como sagrada, y en el título que tenían a su heredad, y en todos sus usos y en innumerables costumbres peculiares, estaba tan fundada en esta ley que necesariamente llevaría al menos a muchos en la nación a tal grado de conocimiento de ella que pudieran distinguir entre lo que se supone tan diferente de ella como un libro semejante al Pentateuco, y solo el cuerpo de los preceptos mosaicos. Aunque se mandó que la ley se depositara en el santuario y se guardara allí, no se la apartaba del uso común de los sacerdotes. A los sacerdotes se les llama los que manejan la ley, Jer 2:8. Véase también Jer 18:18; Ez 7:26; Hag 2:11; Mal 2:7. Se exigía de los sacerdotes que conocieran a fondo la ley, pues en la ley de Moisés se les designa para enseñarla al pueblo. El gran número de ceremonias y de circunstancias minuciosas que acompañaban su oficio, y también la multitud de observancias que debían enseñar al pueblo a partir de la ley, hacía necesario, por la naturaleza de las cosas, que conocieran a fondo la ley, hasta tenerla, por así decirlo, de memoria. De ahí que se deba suponer que los sacerdotes y levitas, en todas sus ciudades y moradas por la tierra, tenían copias de la ley en sus manos. Siendo esta también la ley judicial o política de su nación, la regla de los magistrados civiles y jueces en todos los asuntos civiles y criminales, y la regla por la cual cada hombre poseía sus bienes y era defendido en sus derechos civiles y comunes, esto hacía necesario que los magistrados civiles y los que se sentaban a juzgar en sus puertas tuvieran copias de la ley en sus manos. Al rey se le exigía, por un estatuto expreso de la ley, que escribiera para sí una copia de la ley de su propia mano, y se mandó que la ley fuera leída a toda la congregación de Israel una vez cada siete años. Y las personas particularmente piadosas y devotas solían tener a mano copias de la ley, pues se menciona como carácter del hombre piadoso, Sal 1 y 37:31: «Que medite en la ley de Dios de día y de noche». Y a todos se les mandó en la ley que meditaran continuamente en la ley, y la hicieran como su compañera constante de día y de noche, para que fuera por señal en su mano y como frontales entre sus ojos, y que hicieran de ella el tema continuo de su conversación unos con otros, estando en casa y andando por el camino, etc. No había de estar encerrada solo en el lugar santísimo, ni dispuesta de ningún modo que estuviera fuera del alcance de nadie, sino cerca de cada uno, en el corazón y en la boca de cada uno, como se ve por Dt 30:11-14. Véase también Dt 6:6, 7, 8, 9 y cap. 11:18, 19, 20 y cap. 4:9. Es verdad que la ley, en tiempos de gran degeneración, fue mucho más descuidada y menos conocida, y sus copias eran más raras que en otros tiempos, como en el reinado de Manasés. El original que Moisés depositó en el santuario había sido descuidado y perdido, enterrado bajo escombros, como el mismo templo de Dios era descuidado; y el hallazgo de él por el sacerdote fue cosa muy notada, y suscitó la atención y la indagación del rey y del pueblo acerca de la naturaleza de las cosas contenidas en este libro, y el Espíritu de Dios intervino en aquella ocasión para impresionar grandemente la mente del rey con las cosas contenidas en aquel libro; y el hallar y leer aquel mismo libro, escrito por la propia mano de Moisés, tenía una tendencia natural a atraer grandemente la atención del rey y a conmoverlo en su lectura. Pero no hemos de suponer que durante aquel tiempo degenerado no existiera copia alguna de la ley en uso entre algunos del pueblo. Si en los tiempos más degenerados de Israel quedaron siete mil devotos adoradores del Dios verdadero, aunque poco conocidos, así sin duda en el reinado de Manasés hubo muchos de los sacerdotes y levitas, y otros que eran devotos adoradores del Dios verdadero, suficientes para guardar muchas copias de la ley para su uso, a fin de dirigirlos en el servicio de Dios.
En cuanto a los pasajes del Pentateuco en los que es evidente una mano posterior a la de Moisés, son muy pocos, como observa Witsio en su Miscellanea Sacra. Dos de ellos son solo una especie de traducción de nombres de lugares, como el de la ciudad de Hebrón y el del lugar hasta donde Abraham persiguió a los reyes, donde se dice que los persiguió hasta Dan. La historia es exactamente la misma que debe suponerse que Moisés escribió, y el lugar mencionado el mismo que Moisés mencionó; pero la alteración hecha por alguna mano posterior es el haber vertido el nombre del lugar por una palabra cuyo significado era conocido del pueblo; y estos dos son los únicos casos que me parecen manifiestos de todos los que menciona Le Clerc, salvo únicamente el relato de la muerte y sepultura de Moisés. En cuanto al nombre Hebrón, tan a menudo usado en el Pentateuco, es muy probable que en él no haya mano posterior a la de Moisés; pues, aunque al principio se llamó Arba, parece haber sido llamado Hebrón, que significa comunión, por haber entrado allí Abraham en una asociación o comunión de pacto con Mamre, Escol y Aner. Compárese Gn 13:18 con el cap. 14:13. Es probable que Abraham diera nombre a este lugar por haber entrado en esta comunión con aquellos hombres aquí, así como puso por nombre Beerseba al lugar donde hizo pacto con Abimelec, por aquel pacto, como en Gn 21:31, 32; o posiblemente este nombre Hebrón, o comunión, fue dado al lugar por aquella maravillosa comunión y compañerismo que Abraham tuvo allí con los ángeles, con quienes comió, y bebió, y conversó muy familiarmente bajo una encina, y donde al mismo tiempo conversó familiarmente con Dios acerca de la destrucción de Sodoma, lo cual es muy notado por Abraham y por el mismo Dios, Gn 18, vv. 17, 27, 37. O pudo haber sido llamado así primero por la comunión de Abraham con Mamre, Aner y Escol, y confirmado después por esta su comunión con Dios y los ángeles, como Beerseba fue llamada así primero por el pacto de Abraham con Abimelec, y confirmada después por el pacto de Isaac en el mismo lugar, Gn 26:30-33. Parece que después de esto, cuando la posteridad de Abraham dejó la tierra y peregrinó en Egipto, este lugar no fue llamado más por aquel nombre Hebrón en la tierra de Canaán; pero cuando los hijos de Israel volvieron, y Caleb tomó posesión del lugar, restituyó el nombre que Abraham le dio.
Véase Dupin, al comienzo del primer volumen de su Historia eclesiástica. Véase acerca de los lugares insertados después de la muerte de Moisés, §§§ Nm 21:14.
En cuanto al relato de la muerte y sepultura de Moisés, no fue Esdras quien hizo esta adición; pues el Pentateuco samaritano, que fue tomado de los judíos antes de Esdras, tiene esta adición y todos los demás pasajes que se han supuesto adiciones. Esta adición de la muerte de Moisés fue con toda probabilidad hecha por Josué, quien, es evidente, fue un escritor divino y escritor de registros divinos, y fue sucesor de Moisés, el único que estuvo en el monte con él cuarenta días y cuarenta noches, y que sucedió a Moisés en su autoridad y en la mayor parte de sus privilegios divinos y su trato con el cielo, sobre quien Moisés puso su mano y puso en sus manos el cuidado de toda la congregación, y de la ley y del tabernáculo. Sucedió a Moisés como cabeza de la congregación y como su juez, y como la persona por quien habían de tratar con Dios, como ocurría con Moisés. Tuvo el cuidado de levantar el tabernáculo, y por eso cuidó de levantarlo en Silo, y tuvo el cuidado del asentamiento de la iglesia de Israel y del establecimiento del culto de Dios en Canaán, y se le tenía por encargado del libro de la ley de Moisés, hasta el punto de tener potestad para añadirle palabras, como se ve por Jos 24:26.
Lugares del Nuevo Testamento que suponen que Moisés fue el autor del Pentateuco: Jn 5:46, 47; Mr 12:26, comparado con Éx 3:6; Hch 15:21; 2 Co 3:14, 15; He 12:21.
Génesis 1:2
Gn 1:2. «La tierra estaba desordenada y vacía». El primer estado de la tierra, o de este mundo inferior, muestra lo que habría de ser después, es decir, un mundo de confusión y vacío, lleno de mal, vanidad de vanidades. Así también el primer estado del hombre en su infancia es una imagen de lo que el hombre es siempre en sí mismo: un pobre gusano, contaminado e indefenso.
«Y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas». La palabra traducida «se movía» es, en el original, [palabra griega o hebrea], que, según dice Buxtorf, en la lengua hebrea significa propiamente cernerse como un ave, o empollar como un ave sobre sus polluelos, o sobre sus huevos cuando está echada sobre ellos; y tanto Grocio como Buxtorf observan, a partir de los escritores del Talmud, que significa propiamente el empollar de una paloma sobre sus huevos. Véase Buxtorf sobre la raíz am y Grocio, De Veritate, libro 1, sec. 16, Notas; donde Grocio afirma además más de una vez que la palabra merachepheth significa amor. De ahí las muchas fábulas de los paganos acerca de que el mundo fue formado por el amor y por el empollar de una paloma, etc. Macrobio compara el mundo con un huevo, en el libro 7, cap. 16 de sus Saturnales. Y de ahí que Arnobio llame a los dioses sirios descendencia de huevos, y con esos dioses se refiere a los astros. Orfeo tomó su opinión de los fenicios, una de las cuales era la que se da en Atenágoras: que el cieno procedió del agua; después de lo cual menciona un gran huevo partido en dos mitades, el cielo y la tierra.
En las Argonáuticas, atribuidas a Orfeo, tenemos estos versos:
En verso cantó el origen de las cosas: cómo el Amor, causa de todas ellas, con su poder, creando todo, dio a cada cosa su lugar.
Y Aristófanes, en su comedia llamada Las aves, en un pasaje conservado por Luciano en su Filopatris y por Suidas:
«Al principio fueron el Caos y la Noche, el oscuro Erebo y el lúgubre Tártaro. No había tierra, ni aire, ni cielo, hasta que la noche sombría, por el poder del viento, en el ancho seno del Erebo, dio a luz un huevo, del cual nació el dios del amor (cuando comenzó el tiempo); el cual, con sus alas de oro fijas en los hombros, voló como un poderoso torbellino y, mezclándose con el negro Caos en las sombras oscuras del Tártaro, engendró a la humanidad y la sacó a la luz. Porque antes de que el amor uniera todas las cosas, los dioses mismos no tenían existencia. Pero a partir de esta unión, mezclándose y confundiéndose todas las cosas, surgieron el éter, y el mar, y la tierra, y las moradas bienaventuradas de los dioses inmortales». Grocio, en el mismo lugar.
Gn 1:2. «Y la tierra estaba desordenada y vacía». Tohu, Bohu, palabras que significan vanidad y vacío. Así, Dios quiso mostrar en el primer estado de la creación lo que la criatura es en sí misma: que en sí misma es enteramente vacía y vana; que su plenitud o bondad no está en ella misma, sino en él, y en las comunicaciones de su Espíritu, que anima, vivifica, adorna, llena y bendice todas las cosas. El vacío y la vanidad de que aquí se habla se oponen a aquella bondad de que se habla después. Por la incubación del Espíritu de Dios (como lo significa la palabra traducida «se movía»), se representa aquí al Espíritu de Dios dando forma, vida y perfección a esta masa vacía, desierta e informe, como una paloma que está echada infunde vida y lleva a forma y perfección la masa informe del huevo. Así, la plenitud de la criatura viene del Espíritu de Dios. Si Dios se retira de la criatura, esta queda al instante vacía y desprovista de todo bien. La criatura, tal como es en sí misma, es un vaso, y tiene capacidad, pero está vacía; y lo que llena ese vacío es el Espíritu de Dios.
Así como aquí se representa al Espíritu de Dios cerniéndose o empollando como una paloma, es probable que cuando el Espíritu de Dios apareció en forma corporal, descendiendo sobre Cristo como paloma, lo hiciera con un movimiento de cernerse sobre su cabeza, significando la manera en que no solo él personalmente fue lleno de la plenitud de Dios, sino también cada miembro individual de su cuerpo místico. De modo que este de que tenemos noticia es un caso en que la antigua creación fue tipo de la nueva. (Véase la nota sobre Ef 3:19).
Génesis 1:27-29
Gn 1:27, 28, 29, 30. Pacto con Adán. Gn 1:27, 28, 29, 30. «Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra. Y dijo Dios: He aquí que os he dado toda hierba que da simiente, que está sobre toda la tierra, y todo árbol en que hay fruto y que da simiente; os serán para comer. Y a toda bestia de la tierra, y a todas las aves de los cielos, y a todo lo que se arrastra sobre la tierra, en que hay vida, toda planta verde les será para comer. Y fue así».
Aquí se describe la suma de la bienaventuranza que el hombre tenía en su primer estado. Aquí está, primero, su bien espiritual inherente, que consistía en haber sido creado a imagen de Dios. Aquí está la felicidad que tenía en el favor de Dios; el haberlo bendecido es testimonio de ello. Aquí está la felicidad que tenía en su trato con Dios; pues el que Dios hablara así con él, de manera tan amistosa, es una muestra de ello. Aquí está todo su bien exterior, que consistía en dos cosas: primero, en tener compañía, implícita en la expresión «varón y hembra los creó» y en las palabras «fructificad y multiplicaos». Aquí está la suma de su bien exterior en el disfrute de los bienes terrenales. Aquí está la posesión de la tierra, y el disfrute de su producto, y el dominio sobre las criaturas inferiores que hay en ella. Es evidente que estas cosas fueron dadas a Adán como cabeza pública del género humano. Al bendecirlos, Dios les habla evidentemente como a la cabeza del género humano. Las bendiciones que pronuncia le son dadas en nombre de toda la raza, y por tanto el favor manifestado al bendecirlos se da implícitamente a él como cabeza de la raza. El que Dios los hiciera a su imagen y luego los bendijera implica que concedía las bendiciones pronunciadas sobre el sujeto bendecido con la condición de que este continuara siendo un sujeto tan excelente como él lo había hecho, y como ahora se presentaba para recibir su bendición; es decir, de que continuara en una capacidad tan feliz para disfrutar las bendiciones como la tenía entonces. De otro modo la bendición quedaría en gran medida anulada; porque para que los hombres fueran felices en la bendición, eran necesarias dos cosas: primero, que los bienes concedidos fueran buenos; y segundo, que el sujeto fuera bueno, o estuviera en buena capacidad de recibirlos y disfrutarlos; por tanto, ambas cosas están sin duda implícitas en la bendición aquí pronunciada sobre Adán, que claramente se pronuncia sobre él en nombre de toda la raza. Y por eso, del mismo modo, cuando se amenaza a Adán con ser privado de todo esto en caso de desobediencia, Adán debe entenderlo igualmente como una calamidad que vendría sobre toda la raza y, en consecuencia, la promesa implícita de vida, como confirmación y aumento de la bendición, se refiere también a toda la raza. De ahí que el pacto deba haberse hecho con Adán, no solo por sí mismo, sino por toda su posteridad.
Traducción del inglés hecha con IA para Berea.