Comentario a la Epístola a los Gálatas · Martín Lutero

Gálatas 1: comentario de Martín Lutero

Prefacio de Lutero y el argumento de la epístola

Prefacio de Lutero

Yo mismo apenas puedo creer que fui tan abundante en palabras cuando expuse públicamente esta Epístola de san Pablo a los Gálatas, como este libro me muestra que lo fui. Sin embargo, percibo que todos los pensamientos que encuentro en este Tratado, reunidos con tanta diligencia por los hermanos, son míos; de modo que necesariamente debo confesar que todo, o quizá más, fue expresado por mí en esta exposición pública. «Porque en mi corazón reina este solo artículo: la fe de Cristo.» A él, por él y para él, recurren continuamente todos mis estudios teológicos, de día y de noche. Y, sin embargo, veo que no pude acercarme ni de lejos a la altura, anchura y profundidad de tan alta e inestimable sabiduría; solo aparecen ciertos comienzos pobres y desnudos, y como fragmentos. Por tanto, me avergüenza que mis Comentarios, tan estériles y sencillos, sean publicados sobre tan digno Apóstol y vaso escogido de Dios.

Pero cuando vuelvo a considerar la infinita y horrible profanación y abominación que siempre ha rugido en la iglesia de Dios, y que todavía hoy no deja de rugir contra esta única y firme roca, que sostenemos como el artículo de nuestra justificación, es decir, cómo somos redimidos del pecado, de la muerte y del diablo, y hechos participantes de la vida eterna, no por nosotros mismos ni por nuestras obras, que son menos que nosotros, sino por ayuda ajena, es decir, por el Hijo de Dios, Jesucristo; entonces me veo obligado a desechar toda vergüenza y a ser «demasiado osado».

Esta roca la sacudió Satanás en el Paraíso (Gn 3), cuando persuadió a nuestros primeros padres de que por su propia sabiduría y poder serían semejantes a Dios, abandonando la verdadera fe en Dios, que les había dado la vida y les había prometido su continuación. Luego, este mentiroso y homicida, «que siempre será semejante a sí mismo», incitó al hermano a matar a su hermano (Gn 4), y no por otra causa sino porque su piadoso hermano había ofrecido por fe un sacrificio más excelente, mientras que él, ofreciendo sus propias obras sin fe, no había agradado a Dios.

Después de esto, contra esa misma fe siguió una persecución intolerable de Satanás por medio de los hijos de Caín, hasta que Dios se vio obligado a purgar de una vez al mundo entero por medio del diluvio, y a defender a Noé, predicador de justicia. Y ni aun así Satanás dejó de conservar su simiente en Cam, el tercer hijo de Noé. Pero, ¿quién podría contar todos los ejemplos?

Después de estas cosas, todo el mundo enloqueció contra esta fe, inventando un número infinito de ídolos y religiones extrañas, por medio de las cuales cada uno, como dice san Pablo, anduvo por su propio camino; confiando, por sus obras, en aplacar y agradar algunos a un dios, otros a una diosa, otros a dioses, otros a diosas; es decir, sin la ayuda de Cristo, y por sus propias obras, redimirse a sí mismos de todas las calamidades y de sus pecados, como lo atestiguan suficientemente todos los ejemplos y monumentos de todas las naciones.

Pero estas cosas no son nada en comparación con aquel pueblo y congregación de Dios, Israel, que no solo tenía la promesa segura de los padres, y después la ley de Dios dada a ellos por Dios mismo por medio de sus ángeles, por encima de todos los demás; sino que además siempre y en todo eran confirmados por las palabras, los milagros y los ejemplos de los profetas. Sin embargo, aun entre ellos Satanás, es decir, la loca y furiosa opinión de su propia justicia, prevaleció tanto que después mataron a todos los profetas; sí, aun a Cristo mismo, el Hijo de Dios, su Mesías prometido, porque habían enseñado que los hombres son aceptados y recibidos en el favor de Dios solo por gracia, y no por su propia justicia.

Y esta es, desde el principio, la suma de la doctrina del diablo y del mundo: no queremos parecer malos; pero todo lo que hacemos, eso Dios tiene que aprobarlo, y todos sus profetas deben consentirlo. Y si se niegan a hacerlo, morirán; Abel morirá, pero Caín prosperará. Sea esta nuestra ley, dicen ellos; y así sucede.

Pero en la iglesia de los gentiles, el asunto se ha tratado y se trata con tanta vehemencia, que la furia de la sinagoga judía bien puede parecer un juego. Porque ellos, como dice san Pablo, «no conocieron» a Cristo, su Ungido, y por eso crucificaron al Señor de gloria. Pero la iglesia de los gentiles ha recibido y confesado a Cristo como el Hijo de Dios, «el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención»; y esto lo registra, lo lee y lo enseña públicamente.

Y, sin embargo, no obstante esta confesión, los que quieren ser tenidos por iglesia matan y persiguen, y rugen continuamente contra los que creen, enseñan y declaran con sus obras nada más que esto: que Cristo es exactamente aquello mismo que ellos, aunque con palabras fingidas y obras hipócritas, se ven forzados, a pesar suyo, a admitir y confesar. Porque hoy reinan bajo el nombre de Cristo. Y si pudieran conservar ese asiento y reino sin el nombre de Cristo, no hay duda de que lo describirían abiertamente tal como secretamente lo consideran en su corazón.

Pero lo estiman muchísimo menos que los judíos, quienes, al menos, lo tienen por Thola, es decir, un ladrón justamente colgado en la cruz. En cambio, estos hombres lo consideran una fábula y lo toman como un dios fingido entre los gentiles, como puede verse claramente en Roma, en la corte del papa, y casi por toda Italia.

Por tanto, puesto que Cristo ha llegado a ser como una burla para sus cristianos —porque cristianos quieren llamarse—, y puesto que Caín mata continuamente a Abel, y la abominación de Satanás reina ahora principalmente, es muy necesario que tratemos diligentemente este artículo y lo opongamos a Satanás, seamos toscos o elocuentes, instruidos o ignorantes. Porque esta roca debe ser publicada por todas partes; sí, aunque todos los hombres callaran, aun las mismas rocas y piedras hablarían.

Por eso cumplo de muy buena gana aquí con mi deber, y me contento con que se publique este Comentario largo y abundante en palabras, para despertar a todos los hermanos de Cristo contra las astucias y malicia de Satanás, el cual, en estos días, se ha vuelto a tan extrema locura contra este «saludable conocimiento de Cristo, ahora revelado y levantado de nuevo», que, así como hasta ahora los hombres parecían estar poseídos por demonios y completamente locos, así ahora los mismos demonios parecen estar poseídos por demonios aún peores, y rugir aun por encima de la furia de los demonios.

Esto es, en verdad, un gran indicio de que el enemigo de la verdad y de la vida percibe que el día del juicio está cerca; aquel día horrible para su destrucción, pero consolador en gran manera para nuestra redención, y que pondrá fin a toda su tiranía y crueldad. Porque no sin causa está inquieto, cuando sus miembros y poderes son así atacados; como un ladrón o un adúltero, cuando aparece la mañana y descubre su maldad, es hallado en falta y prendido por ella.

Porque, dejando aparte las abominaciones del papa, ¿quién oyó jamás que tantos monstruos irrumpieran de una vez en el mundo como vemos hoy solamente en los anabaptistas? En ellos Satanás, exhalando como el último aliento de su reino mediante horribles tumultos, los lanza por todas partes a tal furia, como si quisiera, por medio de ellos, no solo destruir de repente al mundo entero con sediciones, sino también tragarse y devorar enteramente a Cristo con su iglesia por medio de innumerables sectas.

Contra las vidas y opiniones malvadas de otros no ruge así; es decir, no contra los fornicarios, ladrones, homicidas, perjuros, rebeldes contra Dios, incrédulos. No; a estos más bien les da paz y tranquilidad. A estos los sostiene en su corte con toda clase de placeres y deleites, y les concede todo cuanto quieren; tal como al principio de la iglesia no solo permitió que todas las idolatrías y falsas religiones del mundo entero estuvieran tranquilas e intactas, sino que además las sostuvo, defendió y alimentó poderosamente. Pero solo a la iglesia y religión de Cristo la afligió por todos lados.

Después, permitiendo paz y tranquilidad a muchos herejes, perturbó solamente la doctrina católica. Así también hoy no tiene otro negocio entre manos sino este solo, como algo suyo y siempre propio de él: perseguir y afligir a nuestro Salvador Cristo, que es nuestra justicia perfecta «sin las obras», como está escrito de él en Gn 3:15: «y tú le herirás en el calcañar».

Pero no publico estas meditaciones mías tanto contra esos hombres como «para mis hermanos», los cuales o mostrarán ser agradecidos en el Señor por este mi trabajo, o bien perdonarán mi debilidad y temeridad. Pero no querría, de ninguna manera, que los impíos las aprobaran o les agradaran; sino más bien que por ello tanto ellos como su dios fueran más enfurecidos; puesto que, con gran esfuerzo mío, son publicadas solo para aquellos a quienes san Pablo escribe esta Epístola; es decir, para «los atribulados, afligidos, vejados, tentados —porque solo ellos entienden estas cosas—, y miserables gálatas en la fe».

Quienes no sean así, que escuchen a los papistas, monjes, anabaptistas y otros semejantes maestros de profunda sabiduría y de su propia religión, y que desprecien con altivez mis escritos y todas nuestras obras. Porque hoy los papistas y los anabaptistas puros conspiran juntamente contra la iglesia en este solo punto, aunque lo disimulen en palabras: que la obra de Dios depende de la dignidad de la persona.

Porque así enseñan los anabaptistas: que el bautismo no es nada a menos que la persona crea. De este principio necesariamente se sigue que todas las obras de Dios no son nada si el hombre no es nada. Pero el bautismo es obra de Dios, y, sin embargo, un hombre malo no hace que deje de ser obra de Dios. Además, de aquí también tendría que seguirse que el matrimonio, la autoridad, la libertad y la servidumbre son obras de Dios; pero como los hombres son malos, entonces no serían obras de Dios. Los hombres impíos tienen el sol, la luna, la tierra, el agua, el aire, y todas las demás criaturas sujetas al hombre; pero como son impíos y no piadosos, por eso el sol no sería el sol, la luna no sería la luna, la tierra no sería la tierra, el agua no sería lo que es.

Los mismos anabaptistas tenían cuerpos y almas antes de ser rebautizados; pero como no eran piadosos, entonces no tenían verdaderos cuerpos ni verdaderas almas. También sus padres no estaban legítimamente casados, según ellos mismos lo admiten, porque no fueron rebautizados; por tanto, los mismos anabaptistas son todos bastardos, y sus padres fueron todos adúlteros y fornicarios; y, sin embargo, heredan las tierras y bienes de sus padres, aunque se reconocen a sí mismos como bastardos y herederos ilegítimos. ¿Quién no ve aquí, en los anabaptistas, hombres no poseídos por demonios, sino demonios mismos poseídos por demonios peores?

De igual manera los papistas, hasta hoy, insisten en las obras y en la dignidad del hombre, contra la gracia; y así, al menos en palabras, ayudan fuertemente a sus hermanos los anabaptistas. Porque estas zorras están atadas juntas por las colas, aunque por sus cabezas parezcan estar en oposición. Porque exteriormente fingen ser grandes enemigos de ellos, cuando por dentro, sin embargo, piensan, enseñan y en realidad defienden todos una misma cosa contra nuestro Salvador Cristo, que es nuestra única justicia.

Por tanto, el que pueda, retenga firmemente este solo artículo; y dejemos que los demás, que han naufragado en cuanto a él, sean llevados adonde el mar y los vientos los arrastren, hasta que o vuelvan al barco, o naden hasta la orilla.

La conclusión y el fin de esta queja es que no se espere tranquilidad ni fin de la queja mientras Cristo y Belial no se pongan de acuerdo. «Generación va, y generación viene» (Ec 1:4). Si una herejía muere, al instante brota otra; porque el diablo ni se adormece ni duerme. Yo mismo, que aunque no soy nada, he estado ya en el ministerio de Cristo unos veinte años, puedo dar verdadero testimonio de que he sido asaltado por más de veinte sectas. Algunas ya han sido destruidas; otras, como las partes y miembros de gusanos y abejas que son cortados, todavía palpitan por la vida. Pero Satanás, el dios de toda disensión, levanta cada día nuevas sectas. Y al final, lo que menos habría yo previsto o siquiera sospechado, ha suscitado una secta de tales que enseñan que los Diez Mandamientos deben ser quitados de la iglesia, y que a los hombres no se les debe aterrorizar con la ley, sino exhortarlos suavemente por la predicación del sepulcro de Cristo, para que se cumpla el dicho del profeta Miqueas: «No contienda ni reprenda hombre a hombre» (Os 4:4). «No profeticéis» (Mi 2:6). Como si nosotros fuéramos ignorantes, o nunca hubiéramos enseñado que los espíritus afligidos y quebrantados deben ser consolados por Cristo; pero los fariseos de corazón endurecido, a quienes la gracia de Dios se predica en vano, deben ser aterrorizados con la ley. Y ellos mismos también se ven obligados a inventar y fingir ciertas revelaciones de la ira de Dios contra los impíos e incrédulos. Como si la ley fuera, o pudiera ser, otra cosa que una revelación de la ira de Dios contra la impiedad. Tal es la ceguera y presunción de estas cabezas frenéticas, que aun por su propio juicio se condenan a sí mismas.

Por tanto, conviene que los ministros de la palabra de Dios estén firmemente persuadidos, si quieren ser tenidos por fieles y sabios en el día de Cristo, de que la palabra de san Pablo no fue dicha en vano, ni profetizada acerca de una cosa sin importancia, a saber: «Es preciso que entre vosotros haya disensiones, para que se hagan manifiestos entre vosotros los que son aprobados» (1 Co 11:19). Sí, digo que el ministro de Cristo sepa que, mientras enseñe a Cristo puramente, no faltarán espíritus perversos, aun de los nuestros y entre nosotros mismos, que procurarán por todos los medios posibles turbar la iglesia de Cristo. Y con esto mismo consuélese, sabiendo que no hay paz entre Cristo y Belial, ni entre la simiente de la serpiente y la simiente de la mujer (2 Co 6:15; Gn 3:15). Más aún, alégrese en las aflicciones que padece por estas sectas y espíritus sediciosos, que continuamente brotan una tras otra. Porque este es nuestro gozo, «el testimonio de nuestra conciencia» (2 Co 1:12), que somos hallados firmes y peleando en favor de la simiente de la mujer contra la simiente de la serpiente. Que nos muerda en el calcañar, y no perdone. Nosotros, por la gracia y ayuda de Cristo, el principal quebrantador de su cabeza, no cesaremos de aplastársela, quien es bendito por siempre.

Después que el Dr. Luther hubo expuesto públicamente una vez esta Epístola, emprendió interpretarla de nuevo del modo que sigue en este Tratado; cuya causa declara en estas pocas palabras siguientes.

He emprendido, en el nombre del Señor, exponer una vez más esta Epístola de san Pablo a los Gálatas; no porque desee enseñar cosas nuevas, o tales como ustedes no hayan oído antes, especialmente siendo que, por la gracia de Cristo, Pablo es ahora bien conocido entre ustedes; sino porque, como muchas veces les he advertido de antemano, debemos temer esto como el mayor y más cercano peligro: que Satanás nos quite esta doctrina de la fe y vuelva a introducir en la iglesia la doctrina de las obras y las tradiciones de los hombres. Por tanto, es muy necesario que esta doctrina se mantenga en continuo uso y ejercicio público, tanto de lectura como de audición. Y aunque sea muy bien conocida, aunque sea aprendida con toda exactitud, sin embargo el diablo, que continuamente anda alrededor buscando devorarnos, no está muerto. Asimismo, nuestra carne y el viejo hombre todavía viven. Además de esto, toda clase de tentaciones nos afligen y oprimen por todos lados. Por eso, esta doctrina nunca puede ser enseñada, inculcada y repetida bastante. Si esta doctrina se pierde, entonces también la doctrina de la verdad, de la vida y de la salvación se pierde y desaparece. Si esta doctrina florece, entonces florecen también todas las buenas cosas. Por tanto, para que estemos ocupados y no ociosos, comenzaremos ahora donde terminamos, conforme al dicho del hijo de Sirac: «Cuando el hombre ha acabado, entonces comienza» (Eclesiástico 18:6).

El argumento de la Epístola

Ante todo conviene que hablemos del argumento de esta Epístola; es decir, de qué asunto trata aquí principalmente san Pablo. El argumento, pues, es este.

San Pablo procura establecer la doctrina de la fe, la gracia, el perdón de los pecados, o la justicia cristiana, a fin de que tengamos un conocimiento perfecto de la diferencia entre la justicia cristiana y todas las demás clases de justicia. Porque hay diversas clases de justicia. Hay una justicia política o civil, de la cual se ocupan emperadores, príncipes del mundo, filósofos y juristas. Hay también una justicia ceremonial, que enseñan las tradiciones de los hombres. Esta justicia pueden enseñarla padres y maestros de escuela sin peligro, porque no le atribuyen poder alguno para satisfacer por el pecado, agradar a Dios o merecer gracia; sino que enseñan tales ceremonias como son necesarias solamente para la corrección de las costumbres y ciertas observancias concernientes a esta vida. Además de estas, hay otra justicia llamada la justicia de la ley, o de los Diez Mandamientos, que enseña Moisés. Esta también la enseñamos nosotros después de la doctrina de la fe.

Hay aún otra justicia que está por encima de todas estas; a saber, la justicia de la fe, o justicia cristiana. Debemos distinguirla cuidadosamente de las otras ya mencionadas, porque son completamente contrarias a esta justicia, tanto porque proceden de las leyes de los emperadores, de las tradiciones del papa y de los mandamientos de Dios, como porque consisten en nuestras obras, y pueden ser hechas por nosotros, ya sea por nuestras puras fuerzas naturales, como dicen los papistas, o bien por el don de Dios. Porque estas clases de justicia también son don de Dios, así como otras cosas buenas de las que disfrutamos.

Pero esta excelentísima justicia de la fe, quiero decir, la que Dios por Cristo, sin obras, nos imputa, no es ni política, ni ceremonial, ni la justicia de la ley de Dios, ni consiste en obras. Las otras antes mencionadas son activas. Porque en esta no hacemos nada, no damos nada a Dios, sino que solamente recibimos y permitimos que otro obre en nosotros; es decir, Dios. Por tanto, me parece bien llamar a esta justicia de la fe, o justicia cristiana, la justicia pasiva.

Esta es una justicia escondida en misterio, que el mundo no conoce. Sí, los mismos cristianos no la entienden perfectamente, y apenas pueden asirla en sus tentaciones. Por eso debe enseñarse diligentemente y practicarse continuamente. Y quien no entiende o no se aferra a esta justicia en las aflicciones y terrores de la conciencia, necesariamente será derribado. Porque no hay consuelo de conciencia tan firme y tan seguro como esta justicia pasiva.

Pero la debilidad y miseria del hombre es tan grande, que en los terrores de la conciencia y en el peligro de la muerte no vemos otra cosa sino nuestras obras, nuestro mérito y la ley. Esta, cuando nos muestra nuestro pecado, hace que en seguida venga a la memoria nuestra mala vida pasada. Entonces el pobre pecador, con gran angustia de espíritu, gime y piensa así dentro de sí: «¡Ay! ¡Qué desesperadamente he vivido! ¡Quiera Dios que pudiera vivir más tiempo! Entonces enmendaría mi vida». Así la razón del hombre no puede apartarse de la vista y consideración de esta justicia activa u obradora, es decir, de su propia justicia; ni puede alzar los ojos para contemplar la justicia pasiva o cristiana, sino que descansa enteramente en la justicia activa. Tan profundamente está arraigado este mal en nosotros.

Por otra parte, Satanás, abusando de la debilidad de nuestra naturaleza, aumenta y agrava estos pensamientos en nosotros. Entonces no puede ser sino que la pobre conciencia sea más gravemente turbada, aterrorizada y confundida. Porque es imposible que la mente humana por sí misma conciba algún consuelo, o mire únicamente a la gracia en el sentimiento y horror del pecado, o rechace firmemente toda disputa y razonamiento acerca de las obras. Porque esto está muy por encima de la fuerza y capacidad del hombre; sí, y también por encima de la misma ley de Dios. Es verdad que, de todas las cosas del mundo, la ley es la más excelente; sin embargo, no puede aquietar una conciencia turbada, sino que aumenta los terrores y la lleva a la desesperación; «para que por el mandamiento el pecado llegase a ser sobremanera pecaminoso» (Ro 7:13).

Por tanto, la conciencia afligida y turbada no tiene remedio contra la desesperación y la muerte eterna, a menos que se aferre al perdón de los pecados por gracia, ofrecido gratuitamente en Cristo Jesús; es decir, a esta justicia pasiva de la fe, o justicia cristiana. Si puede comprenderla, entonces puede estar en paz y decir confiadamente: «No busco esta justicia activa u obradora; aunque sé que debo tenerla y también cumplirla. Pero supongamos que la tuviera y de hecho la cumpliera; aun así, no puedo confiar en ella, ni me atrevo a ponerla delante del juicio de Dios. Así pues, me aparto de toda justicia activa, tanto de la mía propia como de la ley de Dios, y abrazo solamente aquella justicia pasiva, que es la justicia de la gracia, la misericordia y el perdón de los pecados. En resumen, descanso solamente en aquella justicia que es la justicia de Cristo y del Espíritu Santo».

Así como la tierra no produce la lluvia, ni puede por su propia fuerza, trabajo y esfuerzo procurársela, sino que la recibe del puro don de Dios desde arriba; así también esta justicia celestial nos es dada por Dios sin nuestras obras ni merecimientos. Mira, pues, cuánto puede hacer la tierra por sí misma para obtener y procurarse lluvias oportunas que la hagan fructífera; eso mismo, y no más, podemos hacer nosotros por nuestras fuerzas y obras para ganar esta justicia celestial y eterna. Y por tanto, nunca podremos alcanzarla, a menos que Dios mismo, por pura imputación y por su don inefable, nos la conceda. La mayor ciencia, entonces, y la mayor sabiduría de los cristianos, es no conocer la ley, ignorar las obras y toda la justicia activa, especialmente cuando la conciencia lucha con el juicio de Dios. Así como, por el contrario, entre aquellos que no son del pueblo de Dios, el principal punto de sabiduría es conocer e inculcar con insistencia la ley y la justicia activa.

Pero es algo muy extraño y desconocido para el mundo enseñar a los cristianos a aprender a ignorar la ley, y a vivir así delante de Dios, como si no hubiera ley; sin embargo, si no ignoras la ley y no estás plenamente persuadido en tu corazón de que ahora no hay ley ni ira de Dios, sino solamente gracia y misericordia por causa de Cristo, no puedes ser salvo; porque por la ley es el conocimiento del pecado. Por el contrario, las obras y el cumplimiento de la ley deben exigirse tan estrictamente en el mundo como si no hubiera promesa ni gracia; y esto por causa de los obstinados, soberbios y duros de corazón, delante de cuyos ojos no debe ponerse otra cosa sino la ley, para que sean aterrorizados y humillados. Porque la ley fue dada para aterrorizar y matar a tales, y para ejercitar al viejo hombre; y tanto la palabra de gracia como la de ira deben ser rectamente divididas, según el Apóstol, 2 Ti 2:15.

Aquí, pues, se requiere un sabio y fiel administrador de la palabra de Dios, que pueda moderar la ley de tal manera que se mantenga dentro de sus límites. El que enseña que los hombres son justificados delante de Dios por la observancia de la ley, traspasa los límites de la ley y confunde estas dos clases de justicia, la activa y la pasiva; y no es más que un mal lógico, porque no divide rectamente. Por el contrario, el que presenta la ley y las obras al viejo hombre, y la promesa del perdón de los pecados y la misericordia de Dios al nuevo hombre, divide bien la palabra. Porque la carne, o el viejo hombre, debe ir unida a la ley y a las obras; el espíritu, o nuevo hombre, debe ir unido a la promesa de Dios y a su misericordia.

Por tanto, cuando veo a un hombre ya bastante quebrantado, oprimido por la ley, aterrorizado por el pecado y sediento de consuelo, es tiempo de quitar de su vista la ley y la justicia activa, y de poner delante de él, por el evangelio, la justicia cristiana y pasiva, la cual, excluyendo a Moisés con su ley, ofrece la promesa hecha en Cristo, que vino por los afligidos y por los pecadores. Aquí el hombre es levantado otra vez, y concibe buena esperanza; ya no está bajo la ley, sino bajo la gracia. ¿Cómo no bajo la ley? Según el nuevo hombre, a quien la ley no pertenece. Porque la ley tiene sus límites hasta Cristo, como Pablo dice después: «porque el fin de la ley es Cristo» (Ro 10:4); venido él, cesa Moisés con su ley, la circuncisión, los sacrificios, los días de reposo; sí, y también todos los profetas.

Esta es nuestra teología: enseñamos a distinguir entre estas dos clases de justicia, activa y pasiva, para que no se confundan costumbres y fe, obras y gracia, gobierno civil y religión, ni se tome una cosa por otra. Ambas son necesarias; pero ambas deben mantenerse dentro de sus límites. La justicia cristiana pertenece al nuevo hombre, y la justicia de la ley pertenece al viejo hombre, que nace de carne y sangre. Sobre este viejo hombre, como sobre un asno, debe ponerse una carga que lo oprima; y no debe gozar de la libertad del espíritu de gracia, a no ser que primero se vista del nuevo hombre por la fe en Cristo, lo cual, sin embargo, no se hace plenamente en esta vida. Entonces podrá disfrutar del reino y del inestimable don de la gracia.

Digo esto para que nadie piense que rechazamos o prohibimos las buenas obras, como los papistas nos calumnian muy falsamente, sin entender ni lo que ellos mismos dicen ni lo que nosotros enseñamos. Ellos no conocen nada más que la justicia de la ley, y sin embargo quieren juzgar aquella doctrina que está muy por encima de la ley, doctrina de la cual es imposible que el hombre carnal pueda juzgar. Por eso necesariamente tropiezan, porque no pueden ver más allá de la ley. Todo lo que está por encima de la ley es para ellos un gran escándalo.

Pero nosotros imaginamos, por así decirlo, dos mundos: uno celestial y otro terrenal. En ellos colocamos estas dos clases de justicia, separadas la una de la otra por gran distancia. La justicia de la ley es terrenal y trata con cosas terrenales, y por ella hacemos buenas obras. Pero así como la tierra no da fruto si antes no es regada y hecha fecunda desde arriba, así también, por la justicia de la ley, aunque hagamos muchas cosas, no hacemos nada; y al cumplir la ley, no la cumplimos, a menos que primero, sin mérito ni obra alguna de nuestra parte, seamos hechos justos por la justicia cristiana, la cual no tiene nada que ver con la justicia de la ley, ni con la justicia terrenal y activa. Esta justicia, en cambio, es celestial; como se ha dicho, no la tenemos de nosotros mismos, sino que la recibimos del cielo; no la obramos nosotros, sino que por gracia es obrada en nosotros y se recibe por la fe; por ella nos elevamos por encima de todas las leyes y obras.

Por tanto, así como hemos llevado, como dice San Pablo, la imagen del terrenal Adán, llevemos también la imagen del celestial, que es el nuevo hombre en un nuevo mundo, donde no hay ley, ni pecado, ni remordimiento o aguijón de conciencia, ni muerte, sino perfecto gozo, justicia, gracia, paz, vida, salvación y gloria. ¿Qué, pues? ¿No hacemos nada? ¿No obramos nada para obtener esta justicia? Respondo: absolutamente nada. Porque esta es la justicia perfecta: no hacer nada, no oír nada, no saber nada de la ley ni de las obras; sino saber y creer solamente esto: que Cristo ha ido al Padre, y ahora no es visto; que está sentado en el cielo a la diestra de su Padre, no como juez, sino hecho para nosotros por Dios sabiduría, justicia, santificación y redención; en resumen, que él es nuestro sumo sacerdote, que intercede por nosotros, y reina sobre nosotros y en nosotros por gracia. En esta justicia celestial no puede tener lugar el pecado; porque no hay ley, y donde no hay ley, tampoco hay transgresión (Ro 4:15).

Puesto, pues, que aquí el pecado no tiene lugar, no puede haber angustia de conciencia, ni temor, ni tristeza. Por eso San Juan dice (1 Jn 5:18): «Aquel que fue engendrado por Dios le guarda, y el maligno no le toca». Pero si hay algún temor o dolor de conciencia, es señal de que esta justicia se ha retirado, de que la gracia está escondida y de que Cristo está oscurecido y fuera de la vista. Pero donde Cristo es verdaderamente visto, necesariamente debe haber gozo pleno y perfecto en el Señor, con paz de conciencia, la cual piensa con toda certeza así: Aunque por la ley soy pecador, y estoy bajo la condenación de la ley, no desespero ni muero, porque Cristo vive, quien es a la vez mi justicia y mi vida eterna.

En esa justicia y vida no tengo pecado, ni temor, ni aguijón de conciencia, ni preocupación por la muerte. Soy ciertamente pecador en lo que toca a esta vida presente y a su justicia, como hijo de Adán; allí la ley me acusa, la muerte reina sobre mí y al fin querría devorarme. Pero tengo otra justicia y vida por encima de esta vida, que es Cristo, el Hijo de Dios, quien no conoce pecado ni muerte, sino que es justicia y vida eterna. Por él este mi cuerpo, muerto y vuelto al polvo, será resucitado y librado de la esclavitud de la ley y del pecado, y será santificado juntamente con el espíritu.

Así continúan ambas mientras vivimos aquí. La carne es acusada, ejercitada con tentaciones, oprimida con pesadumbre y tristeza, quebrantada por esta justicia activa de la ley; pero el espíritu reina, se regocija y es salvo por esta justicia pasiva y cristiana, porque sabe que tiene un Señor en el cielo a la diestra de su Padre, que ha abolido la ley, el pecado y la muerte, y ha puesto todos los males debajo de sus pies, los ha llevado cautivos y ha triunfado sobre ellos en sí mismo (Col 2:15).

Por eso San Pablo, en esta epístola, procura diligentemente instruirnos, consolarnos y mantenernos en el perfecto conocimiento de esta justicia tan cristiana y excelente. Porque si se pierde el artículo de la justificación, entonces se pierde toda la verdadera doctrina cristiana. Y todos los que hay en el mundo que no sostienen esta doctrina son judíos, turcos, papistas o herejes. Porque entre la «justicia de la ley» y la «justicia cristiana» no hay término medio. Así que el que se desvía de esta «justicia cristiana», necesariamente cae en la «justicia de la ley»; es decir, «cuando ha perdido a Cristo, tiene que caer en la confianza de sus propias obras».

Por eso presentamos con tanta insistencia y repetimos tan a menudo esta doctrina de la «fe» o «justicia cristiana», para que así se mantenga en continuo ejercicio y pueda distinguirse claramente de la «justicia activa de la ley». De otro modo, nunca podremos conservar la verdadera teología —porque solo por esta doctrina es edificada la iglesia, y en ella consiste—, sino que de inmediato nos volveremos canonistas, observadores de ceremonias, «observadores de la ley», o papistas, y Cristo será tan oscurecido que nadie en la iglesia será debidamente enseñado ni consolado.

Por tanto, si queremos ser maestros y guías de otros, nos conviene tener gran cuidado en estas cosas y observar bien esta distinción entre la justicia de la ley y la justicia de Cristo. Y esta distinción es fácil de expresar con palabras; pero en el uso y en la experiencia es muy difícil, por mucho que se ejercite y practique; porque en la hora de la muerte, o en otras agonías de la conciencia, estas dos clases de justicia se enfrentan más de cerca de lo que tú querrías o desearías.

Por eso los amonesto, especialmente a los que llegarán a ser instructores y guías de conciencias, y también a cada uno en particular, que se ejerciten continuamente en el estudio, en la lectura, en la meditación de la palabra y en la oración, para que en el tiempo de la tentación puedan instruir y consolar tanto a sus propias conciencias como a las de otros, y llevarlos de la ley a la gracia, de la justicia activa y obradora a la justicia pasiva y recibida; y, para concluir, «de Moisés a Cristo». Porque el diablo suele, en la aflicción y en el conflicto de conciencia, asustarnos por medio de la ley, y echarnos en cara la culpa del pecado, nuestra mala vida pasada, la ira y el juicio de Dios, el infierno y la muerte eterna; a fin de llevarnos a la desesperación, hacernos esclavos suyos y arrancarnos de Cristo.

Además, suele ponernos delante aquellos pasajes del evangelio en los que Cristo mismo nos exige obras y con palabras claras amenaza con condenación a los que no las hacen. Ahora bien, si aquí no somos capaces de juzgar entre estas dos clases de justicia, si no nos aferramos por la fe a Cristo sentado a la diestra de Dios (He 7:25), que intercede ante el Padre por nosotros, pobres pecadores, entonces estamos bajo la ley y no bajo la gracia, y Cristo ya no es Salvador, sino legislador; de modo que ya no queda salvación, sino una cierta desesperación y muerte eterna, a menos que siga el arrepentimiento.

Aprendamos, pues, diligentemente a juzgar entre estas dos clases de justicia, para que sepamos hasta dónde debemos obedecer la ley. Ya hemos dicho antes que la ley en un cristiano no debe pasar sus límites, sino que debe dominar solamente sobre la carne, la cual está sujeta a ella y permanece bajo ella. Cuando es así, la ley se mantiene dentro de sus límites. Pero si pretende introducirse en tu conciencia y allí buscar reinar, procura entonces mostrarte como hábil lógico y hacer la verdadera división. No concedas a la ley más de lo conveniente, sino dile: Oh ley, tú quieres subir al reino de mi conciencia, y allí reinar y reprenderla de pecado, y quieres quitarme el gozo de mi corazón, que tengo por la fe en Cristo, y llevarme a la desesperación, para que quede sin esperanza alguna y perezca por completo.

Eso lo haces fuera de tu oficio. Mantente dentro de tus límites y ejerce tu poder sobre la carne; pero no toques mi conciencia, porque estoy bautizado y por el evangelio he sido llamado a participar de la justicia y de la vida eterna, al reino de Cristo, donde mi conciencia está en reposo, donde no hay ley, sino enteramente perdón de pecados, paz, quietud, gozo, salud y vida eterna. No me molestes en estas cosas, porque no permitiré que tú, tirano tan intolerable y cruel atormentador, reines en mi conciencia; porque ella es el asiento y templo de Cristo, el Hijo de Dios (1 Co 6:19), quien es el Rey de justicia y paz, y mi dulcísimo Salvador y Mediador. Él mantendrá mi conciencia gozosa y tranquila en la sana y pura doctrina del evangelio, y en el conocimiento de esta justicia cristiana y celestial.

Cuando tengo esta justicia reinando en mi corazón, desciendo del cielo como la lluvia que hace fructificar la tierra; es decir, entro en otro reino, y hago buenas obras, como y cuandoquiera que se presente la ocasión. Si soy ministro de la palabra, predico, consuelo a los quebrantados de corazón, administro los sacramentos. Si soy padre de familia, gobierno mi casa y mi familia, crío a mis hijos en el conocimiento y temor de Dios. Si soy magistrado, cumplo diligentemente el cargo que me ha sido dado de lo alto. Si soy siervo, hago fielmente el trabajo de mi señor. En conclusión: quienquiera que sea el que está plenamente persuadido de que Cristo es su justicia, no solo obra bien en su vocación con alegría y gozo, sino que también se somete por amor a los magistrados y a sus leyes, aun cuando sean severas, duras y crueles, y también (si la necesidad así lo requiere) a toda clase de cargas y a todos los peligros de esta vida presente, porque sabe que esta es la voluntad de Dios, y que esta obediencia le agrada. Hasta aquí en cuanto al argumento de esta Epístola, del cual Pablo trata, tomando ocasión de los falsos maestros que habían oscurecido entre los gálatas esta justicia de la fe, contra quienes él se enfrenta defendiendo y recomendando su autoridad y su oficio.

Gálatas 1:1

Pablo, apóstol (no de hombres ni por hombre, sino por Jesucristo y por Dios el Padre, que lo resucitó de los muertos).

Ahora que ya hemos declarado el argumento y la suma de esta Epístola a los Gálatas, nos parece bien, antes de entrar en la materia misma, mostrar cuál fue la ocasión por la que San Pablo escribió esta epístola. Él había plantado entre los gálatas la doctrina pura del evangelio y la justicia de la fe; pero poco después de su partida se introdujeron ciertos falsos maestros, que derribaron todo lo que él había plantado y enseñado fielmente entre ellos. Porque el diablo no puede dejar de atacar furiosamente esta doctrina con toda fuerza y sutileza, ni puede descansar mientras vea que queda alguna chispa de ella. Nosotros también, solo por esta causa, porque predicamos el evangelio, sufrimos del mundo, del diablo y de sus ministros todo el mal que pueden hacer contra nosotros, tanto por la derecha como por la izquierda.

Porque el evangelio es una doctrina que enseña un asunto mucho más elevado que la sabiduría, la justicia y la religión del mundo; es decir, la libre remisión de los pecados por medio de Cristo, etc. Deja esas cosas en su propio lugar, para que sean lo que son, y las recomienda como buenas criaturas de Dios. Pero el mundo prefiere estas criaturas antes que al Creador; y además, por medio de ellas quisiera quitar el pecado, ser librado de la muerte y merecer la vida eterna. Esto lo condena el evangelio. Al contrario, el mundo no puede soportar que se condenen las cosas que más estima y más le agradan, y por eso acusa al evangelio de ser una doctrina sediciosa y llena de errores; dice que derriba repúblicas, países, señoríos, reinos e imperios, y que por tanto ofende tanto a Dios como al emperador, abole las leyes, corrompe las buenas costumbres y da libertad a todos para hacer lo que quieran. Por eso, con un celo que parece justo y con un gran servicio a Dios, persigue esta doctrina y aborrece a sus maestros y profesantes como la mayor plaga que pueda haber sobre toda la tierra.

Además, por la predicación de esta doctrina el diablo es derribado, su reino destruido; la ley, el pecado y la muerte —con los cuales, como tiranos poderosísimos e invencibles, ha sujetado a toda la humanidad bajo su dominio— le son arrancados de las manos. En resumen, sus prisioneros son trasladados del reino de las tinieblas al reino de la luz y de la libertad. ¿Habría de sufrir el diablo todo esto? ¿No habría de emplear el padre de mentira toda su fuerza y sus astutas maquinaciones para oscurecer, corromper y arrancar por completo esta doctrina de salvación y vida eterna? Ciertamente, San Pablo se queja en esta epístola y en todas las demás de que aun en su tiempo el diablo se mostró hábil artesano en este asunto.

Nos pareció bien mostrar aquí, de paso, que el evangelio es una doctrina que condena toda clase de justicia y predica la única justicia de Cristo; y a los que la abrazan les trae paz de conciencia y toda clase de bienes. Y sin embargo, a pesar de esto, el mundo la odia y la persigue con suma amargura.

He dicho antes que la ocasión por la cual San Pablo escribió esta epístola fue que, poco después de su partida, falsos maestros destruyeron entre los gálatas lo que él con largo y gran trabajo había edificado. Y estos falsos apóstoles, siendo de la circuncisión y de la secta de los fariseos, eran hombres de gran estimación y autoridad, que se gloriaban delante del pueblo de pertenecer a aquella santa y escogida descendencia de los judíos (Jn 8; Ro 9:4-5); que eran israelitas, del linaje de Abraham; que tenían las promesas y los padres; y finalmente, que eran ministros de Cristo y discípulos de los apóstoles, con los cuales habían tratado, y habían visto sus milagros, y quizá también ellos mismos habían hecho algunas señales o milagros; porque Cristo testifica en Mt 7:22 que también los malvados hacen milagros. Además, estos falsos apóstoles, por todos los medios astutos que pudieron inventar, desacreditaban la autoridad de San Pablo, diciendo: “¿Por qué estiman ustedes tanto a Pablo? ¿Por qué le tienen tanta reverencia? A decir verdad, él fue de los últimos en convertirse a Cristo. Pero nosotros somos discípulos de los apóstoles, y hemos tratado familiarmente con ellos. Hemos visto a Cristo haciendo milagros, y le hemos oído predicar. Pablo vino después de nosotros y es inferior a nosotros; y no es posible que Dios permita que nosotros erremos, siendo de su pueblo santo, ministros de Cristo y habiendo recibido el Espíritu Santo. Además, nosotros somos muchos, y Pablo es solo uno y está solo, que ni trata con los apóstoles ni ha visto a Cristo. Sí, persiguió por mucho tiempo a la iglesia de Cristo. ¿Creen ustedes que Dios, por causa de Pablo solamente, permitiría que tantas iglesias fuesen engañadas?”

Cuando hombres con tal autoridad llegan a algún país o ciudad, en seguida el pueblo los tiene en gran admiración; y bajo esta apariencia de piedad y religión, no solo engañan a los sencillos, sino también a los instruidos, y aun a los que parecen estar algo confirmados en la fe, especialmente cuando se jactan, como estos, de ser descendencia de los patriarcas, ministros de Cristo, discípulos de los apóstoles, etc. Así también el Papa en nuestros días, cuando no tiene ninguna autoridad de la Escritura con la cual defenderse, usa continuamente este único argumento contra nosotros: “La iglesia, la iglesia”. ¿Piensas tú que Dios está tan airado que, por unos pocos herejes de la secta de Lutero, va a desechar a toda su iglesia? ¿Piensas tú que dejaría a su iglesia en error durante tantos cientos de años? Y sostiene esto con gran fuerza: “que la iglesia nunca puede ser derribada”. Ahora bien, así como muchos hoy son movidos por este argumento, así también, en tiempos de Pablo, estos falsos apóstoles, por sus grandes alardes y por la exaltación de sus propias alabanzas, cegaron los ojos de los gálatas; de modo que Pablo perdió su autoridad entre ellos y su doctrina quedó bajo sospecha.

Contra esta vana ostentación y jactancia de los falsos apóstoles, Pablo opone, con gran constancia y valentía, su autoridad apostólica, recomendando altamente su llamamiento y defendiendo su ministerio. Y, aunque en otros lugares nunca hace lo mismo, aquí no quiere ceder a nadie, no, ni aun a los mismos apóstoles, mucho menos a ninguno de sus discípulos. Y para abatir su orgullo farisaico y su descaro desvergonzado, hace mención de la historia ocurrida en Antioquía, donde resistió al mismo Pedro. Además, sin hacer caso del tropiezo que pudiera surgir de ello, dice claramente en el texto que se atrevió a acusar y reprender al mismo Pedro, el principal de los apóstoles, que había visto a Cristo y había tratado muy familiarmente con él. Yo soy apóstol, dice él, y uno tal que no me importa lo que otros sean; sí, no tuve miedo de reprender a la misma columna principal de todos los demás apóstoles. Y, en resumen, en los dos primeros capítulos casi no hace otra cosa sino exponer su llamamiento, su oficio y su evangelio, afirmando que no era de hombres, ni lo había recibido por hombre, sino por revelación de Jesucristo; y también que si él mismo, o aun un ángel del cielo, anunciara otro evangelio distinto del que él ha predicado, sea anatema.

La certeza del llamamiento

Pero, ¿qué quiere decir Pablo con esta jactancia? Respondo: este tema sirve para esto: que todo ministro de la palabra de Dios esté seguro de su llamamiento, para que delante de Dios y de los hombres pueda gloriarse en él con conciencia valiente, sabiendo que predica el evangelio como uno que es llamado y enviado; así como el embajador de un rey se gloría y se precia de esto, de que no viene como persona privada, sino como embajador del rey; y por esta dignidad, por ser embajador del rey, es honrado y puesto en el lugar más alto, honor que no se le daría si viniera como persona privada. Por tanto, el predicador del evangelio debe estar cierto de que su llamamiento viene de Dios. Y conviene que, conforme al ejemplo de Pablo, engrandezca este su llamamiento, a fin de ganar crédito y autoridad entre el pueblo, así como el embajador del rey engrandece su oficio y llamamiento. Y gloriarse así no es vanidad, sino una clase de jactancia necesaria, porque no se gloría en sí mismo, sino en el rey que lo ha enviado, cuya autoridad desea que sea honrada y engrandecida.

Asimismo, cuando Pablo recomienda tan altamente su llamamiento, no busca su propia alabanza, sino que con una santa y necesaria dignidad exalta su ministerio; como dice a los romanos, cap. 11: «en cuanto a mí, soy apóstol a los gentiles, honro mi ministerio». Es decir: quiero que los hombres me reciban, no como a Pablo de Tarso, sino como a Pablo, apóstol o embajador de Jesucristo. Y esto lo hace por necesidad, para mantener su autoridad, para que el pueblo, al oír esto, esté más atento y dispuesto a escucharle. Porque no oyen solo a Pablo, sino, en Pablo, a Cristo mismo y a Dios el Padre, que lo envían con su mensaje; cuya autoridad y majestad, así como los hombres deben honrar religiosamente, así también deben recibir y oír con gran reverencia a sus mensajeros que traen su palabra y su mensaje.

Este es, por tanto, un notable pasaje, donde Pablo se gloría y se alaba tanto en cuanto a su vocación, que menosprecia a todos los demás. Si algún hombre, a la manera del mundo, menospreciara a todos los demás en comparación consigo mismo y se atribuyera todo a sí solo, no solo mostraría ser un gran necio, sino que además ofendería gravemente. Pero esta clase de jactancia es necesaria, y no pertenece a la gloria de Pablo, sino a la gloria de Dios, mediante la cual se le ofrece el sacrificio de alabanza y acción de gracias. Porque por esta jactancia el nombre, la gracia y la misericordia de Dios son dadas a conocer al mundo. Así, pues, comienza esta epístola.

Pablo, apóstol, no de hombres, etc.

Aquí, desde el mismo principio, toca a aquellos falsos maestros que se gloriaban de ser discípulos de los apóstoles y de haber sido enviados por ellos; pero despreciaban a Pablo, como a uno que ni era discípulo de los apóstoles ni había sido enviado por nadie a predicar el evangelio, sino que había venido por otro camino y se había introducido por sí mismo en ese oficio. Contra ellos defiende Pablo su llamamiento, diciendo: Mi llamamiento les parece vil a sus predicadores; pero quienesquiera que sean los que han venido a ustedes, son enviados o de hombres o por hombre; es decir, han entrado o por sí mismos, sin ser llamados, o bien llamados por otros. Pero mi llamamiento no es de hombres ni por hombre, sino que está por encima de toda clase de llamamiento que pueda hacerse en la tierra; porque es “por Jesucristo y por Dios el Padre”, etc.

Donde dice, de hombres, se refiere, creo yo, a los que se llaman y se meten por sí mismos, cuando ni Dios ni hombre los llama o envía, sino que corren y hablan por su propia cuenta; como hacen hoy ciertos espíritus fanáticos, que o bien se esconden en rincones y buscan lugares donde puedan derramar su veneno y no vienen a las congregaciones públicas, o bien acuden allí donde el evangelio ya está plantado. A éstos los llamo tales como son enviados de hombres. Pero donde dice, por hombre, entiéndelo de aquellos que tienen un llamamiento divino, pero por medio de hombre, como instrumento. Dios los llama de dos maneras: por medios y sin medios. Hoy llama al ministerio de su palabra, no inmediatamente por sí mismo, sino por otros medios; es decir, por hombre. Pero los apóstoles fueron llamados inmediatamente por Cristo mismo, así como los profetas en otro tiempo fueron llamados por Dios mismo. Por tanto, cuando Pablo dice: «No de hombres, ni por hombre», derriba a los falsos apóstoles; como si quisiera decir: aunque esas víboras se jacten cuanto quieran, ¿de qué más pueden gloriarse sino de haber venido o de hombres, es decir, de sí mismos sin llamamiento alguno, o por hombre, es decir, enviados por otros? Yo no hago caso de ninguna de estas cosas, ni ustedes deben tenerlas en cuenta. En cuanto a mí, no soy llamado ni enviado de hombres ni por hombre, sino sin medios, esto es, por Jesucristo mismo; y mi llamamiento es en todo semejante al llamamiento de los apóstoles, y verdaderamente soy apóstol. Pablo, pues, trata este asunto del llamamiento de los apóstoles con eficacia. Y en otra parte separa el grado del apostolado de los demás, como en la primera a los Corintios, cap. 12, y en la cuarta a los Efesios, donde dice: «Y a unos puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros», etc.; poniendo a los apóstoles en primer lugar, de modo que propiamente se llama apóstoles a los que son enviados inmediatamente por Dios mismo, sin ningún otro medio ordinario.

Así fue llamado Matías solamente por Dios (Hch 1:14, 15); porque cuando los otros apóstoles habían presentado a dos, no se atrevieron a escoger ni al uno ni al otro, sino que echaron suertes y oraron para que Dios mostrara cuál de ellos quería. Porque, puesto que había de ser apóstol, era necesario que fuese llamado por Dios. Así también fue llamado Pablo para ser apóstol de los gentiles (Hch 9:15). Por esto también los apóstoles son llamados santos; porque están ciertos de su llamamiento y de su doctrina, y permanecieron fieles en su oficio; y ninguno de ellos vino a ser réprobo, excepto Judas, porque su llamamiento es santo (Mt 28:5).

Éste es el primer ataque que Pablo lanza contra los falsos apóstoles, que corrían sin que nadie los enviara. El llamamiento, por tanto, no debe ser menospreciado; porque no basta que un hombre tenga la palabra y la doctrina pura, sino que también debe estar seguro de su llamamiento; y el que entra sin esta seguridad, no entra sino para matar y destruir. Porque Dios nunca prospera el trabajo de los que no son llamados. Y aunque enseñen algunas cosas buenas y provechosas, no edifican. Así, nuestros espíritus fanáticos de hoy tienen en la boca las palabras de fe; pero no dan fruto alguno, sino que su principal fin y propósito es arrastrar a los hombres a sus opiniones falsas y perversas. Los que tienen un llamamiento cierto y santo deben sostener muchos y grandes combates, como deben hacerlo aquellos cuya doctrina es pura y sana, para permanecer firmes en su santo llamamiento contra los infinitos y continuos asaltos del diablo y la furia del mundo. Aquí, ¿qué hará el que tiene un llamamiento incierto y una doctrina corrompida? Éste es, pues, nuestro consuelo, los que estamos en el ministerio de la palabra: que tenemos un oficio celestial y santo, en el cual, habiendo sido llamados legítimamente, triunfamos contra todas las puertas del infierno. Por el contrario, es algo horrible cuando la conciencia dice: «Esto lo has hecho sin ningún llamamiento legítimo». Aquí tal terror sacude el ánimo del hombre que no es llamado, que desearía no haber oído jamás la palabra que enseña; porque, por su desobediencia, hace malas todas sus obras, por buenas que sean, de tal manera que aun sus mayores obras y trabajos llegan a ser sus mayores pecados.

Vemos, entonces, cuán buena y necesaria es esta jactancia y esta gloria de nuestro ministerio. En otros tiempos, cuando yo era todavía un joven teólogo, me parecía que Pablo no obraba sabiamente al gloriarse tan a menudo de su llamamiento en sus epístolas; pero no entendía su propósito, porque no sabía que el ministerio de la palabra de Dios era asunto de tanto peso. Nada sabía de la doctrina de la fe y de una verdadera conciencia; porque entonces no se enseñaba ninguna certeza ni en las escuelas ni en las iglesias, sino que todo estaba lleno de sutilezas sofísticas de los escolásticos. Por eso nadie podía entender la dignidad y el poder de esta santa y espiritual gloria del verdadero y legítimo llamamiento, la cual sirve, primero, para la gloria de Dios; segundo, para el adelanto de nuestro oficio; y además, para la salvación de nosotros mismos y del pueblo. Porque con esta gloria nuestra no buscamos estima en el mundo, ni alabanza entre los hombres, ni dinero, ni placeres, ni el favor del mundo; sino que, por cuanto estamos en un llamamiento divino y en la obra de Dios, y el pueblo tiene gran necesidad de estar seguro de nuestro llamamiento para que sepa que nuestra palabra es palabra de Dios, por eso nos gloriamos y nos jactamos de ello. No es, pues, una soberbia vana, sino una soberbia santísima contra el diablo y el mundo; y humildad delante de Dios.

Y por Dios el Padre, que lo resucitó de los muertos:

Pablo está aquí tan encendido de celo, que no puede esperar hasta llegar al asunto mismo, sino que inmediatamente, en el mismo título, prorrumpe y expresa lo que lleva en el corazón. Su propósito en esta epístola es tratar de la justicia que viene por la fe y defenderla; y además, derribar la ley y la justicia que viene por las obras. Está lleno de tales pensamientos; y de esta maravillosa y sobreabundante plenitud de la excelente sabiduría y conocimiento de Cristo en su corazón, habla su boca. Esta llama, este gran fuego ardiente de su corazón, no puede ocultarse ni dejarle callar; y por eso no pensó que bastaba decir que era apóstol enviado por Jesucristo, sino que además añadió: por Dios el Padre, que lo resucitó de los muertos.

Pero parece aquí que no es necesario añadir estas palabras: Y por Dios el Padre, etc. Pero, porque (como dije) Pablo habla de la abundancia de su corazón, su mente arde con el deseo de presentar, aun en la misma entrada de la epístola, las inescrutables riquezas de Cristo y predicar la justicia de Dios, la cual se llama resurrección de los muertos. Cristo, que vive y ha resucitado, habla por medio de él y lo mueve a hablar así; por eso no sin causa añade que también es apóstol por Dios el Padre, que resucitó a Jesucristo de los muertos. Como si dijera: tengo que tratar con Satanás y con esas víboras, instrumentos de Satanás, que procuran despojarme de la justicia de Cristo, quien fue resucitado de los muertos por Dios el Padre; por la cual sola somos hechos justos, y por la cual también seremos resucitados en el día postrero, de la muerte a la vida eterna. Pero los que de tal manera procuran destruir la justicia de Cristo, resisten al Padre y al Hijo, y a la obra de ambos.

Así Pablo, aun en la misma entrada, prorrumpe en todo el asunto del que trata en esta epístola. Porque, como dije, trata de la resurrección de Cristo, quien resucitó para hacernos justos, y al hacerlo ha vencido la ley, el pecado, la muerte, el infierno y todos los males (Ro 4:24, 25). La victoria de Cristo, entonces, es el vencimiento de la ley, del pecado, de nuestra carne, del mundo, del diablo, de la muerte, del infierno y de todos los males; y esta victoria suya nos la ha dado a nosotros. Aunque, pues, estos tiranos y estos enemigos nuestros nos acusen y nos llenen de temor, no pueden llevarnos a la desesperación ni condenarnos; porque Cristo, a quien Dios el Padre resucitó de los muertos, es nuestra justicia y victoria («Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo», 1 Co 15:57). Amén.

Pero observa cuán apropiadamente y cuán al propósito habla aquí Pablo. No dice: por Dios, que hizo el cielo y la tierra, que es Señor de los ángeles, que mandó a Abraham salir de su tierra, que envió a Moisés a Faraón rey, que sacó a Israel de Egipto; como hacían los falsos apóstoles, que se gloriaban del Dios de sus padres, el Creador, Sustentador y Conservador de todas las cosas, que obraba maravillas entre su pueblo. Pablo tenía otra cosa en el corazón, a saber, la justicia de Cristo; y por eso habla palabras que sirven mucho a este propósito suyo, diciendo: «Yo soy apóstol, no de hombres ni por hombre, sino por Jesucristo y por Dios el Padre, que lo resucitó de los muertos». Ven, pues, con qué fervor de espíritu es llevado Pablo en este asunto que procura establecer y mantener contra todo el reino del infierno, contra el poder y la sabiduría del mundo, y contra el diablo y sus apóstoles.

Gálatas 1:2

Y todos los hermanos que están conmigo.

Esto contribuye mucho a tapar la boca de estos falsos apóstoles; porque todos sus argumentos tienden a exaltar y engrandecer su ministerio y, por el contrario, a desacreditar el de ellos; como si dijera así: “Aunque basta con que yo, por llamamiento divino, sea enviado como apóstol por Jesucristo y por Dios el Padre, que lo resucitó de los muertos; sin embargo, para no estar solo, añado además (lo cual es más de lo necesario) a todos los hermanos, que no son apóstoles, sino compañeros de milicia. Ellos escriben esta epístola tanto como yo, y dan testimonio conmigo de que mi doctrina es verdadera y piadosa”. Por tanto, estamos seguros de que Cristo está presente con nosotros, y de que él enseña y habla en medio de nosotros y en nuestra iglesia. En cuanto a los falsos apóstoles, si son algo, no son más que enviados de hombres o por hombres; pero yo soy enviado por Dios el Padre y por Jesucristo, quien es nuestra Vida y Resurrección. (Jn 11:25.) Mis otros hermanos son enviados de Dios, aunque por medio de hombre, es decir, por medio de mí. Por eso, para que no pudieran decir que yo solo me levanto orgullosamente contra ellos, tengo conmigo a mis hermanos, todos de un mismo sentir, como testigos fieles, que piensan, escriben y enseñan exactamente lo mismo que nosotros.

A las iglesias de Galacia.

Pablo había predicado el evangelio por toda Galacia; y aunque no la había convertido por completo a Cristo, sin embargo tenía muchas iglesias en ella, en las cuales se habían introducido los falsos apóstoles, ministros de Satanás. Así también hoy, los anabaptistas fanáticos no van a aquellos lugares donde los adversarios del evangelio dominan; sino donde hay cristianos y hombres buenos que aman el evangelio. Entre tales personas se introducen aun en los dominios de tiranos y perseguidores del evangelio; allí, metiéndose en las casas bajo un astuto pretexto, derraman su veneno para ruina de muchos. Pero, ¿por qué no van más bien a las ciudades, regiones y dominios de los papistas, y allí profesan y sostienen su doctrina en presencia de príncipes malvados, obispos y doctores de las universidades, como nosotros, con la ayuda y asistencia de Dios, lo hemos hecho? Estos tiernos mártires no quieren arriesgarse a ningún peligro, sino que acuden adonde el evangelio ya tiene refugio, donde pueden vivir sin peligro, en gran paz y tranquilidad. Así también los falsos apóstoles no se arriesgaban a ir a Jerusalén, a Caifás, o a Roma, al emperador, o a otros lugares donde nadie había predicado antes, como hicieron Pablo y los otros apóstoles; sino que iban a Galacia, ya ganada para Cristo por el trabajo y esfuerzo de Pablo, y a Asia, Corinto y otros lugares semejantes, donde había hombres buenos, que profesaban el nombre de Cristo, sin perseguir a nadie, sino sufriendo todas las cosas con paciencia. Allí los enemigos de la cruz de Cristo podían vivir con gran seguridad y sin persecución.

Y aquí podemos aprender que esta es la suerte de todos los maestros piadosos: además de la persecución que sufren del mundo malo e ingrato, y del gran trabajo que sostienen al plantar iglesias, se ven obligados a sufrir que aquello mismo que por mucho tiempo antes habían enseñado puramente sea pronto derribado por espíritus fanáticos, que después reinan y dominan sobre ellos. Esto aflige a los ministros piadosos más que cualquier persecución de tiranos. Por eso, que no sea ministro del evangelio quien no esté contento con ser así despreciado, o a quien le pese llevar este reproche; o, si lo es, que deje su cargo a otro. También nosotros hoy hallamos por experiencia que esto es verdad. Miserablemente somos menospreciados y afligidos por fuera por tiranos, por dentro por aquellos a quienes hemos restaurado a la libertad por el evangelio, y también por falsos hermanos. Pero este es nuestro consuelo y gloria: que, siendo llamados por Dios, tenemos la promesa de la vida eterna, y esperamos aquella recompensa que «Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, Ni han subido en corazón de hombre, Son las que Dios ha preparado para los que le aman». (1 Co 2:9.) Porque cuando aparezca el gran Pastor, Cristo, recibiremos una corona incorruptible de gloria; y aun aquí, en este mundo, no permitirá que perezcamos de hambre. (1 P 5:4.)

Jerónimo plantea aquí una gran cuestión: “¿Por qué Pablo llamó iglesias a aquellas que no eran iglesias?” Es así, dice él, porque Pablo escribe a los gálatas, que habían sido pervertidos y se habían vuelto de Cristo y de la gracia a Moisés y a la ley. A esto respondo que Pablo las llama las iglesias de Galacia, usando una parte por el todo, lo cual es algo común en las Escrituras. Porque escribiendo de manera semejante a los corintios, se regocija por ellos de que la gracia de Dios les fue dada en Cristo; a saber, que fueron enriquecidos en él en toda palabra y en toda ciencia. Y, sin embargo, muchos de ellos habían sido extraviados por falsos apóstoles y no creían en la resurrección de los muertos. Así que, aunque los gálatas se habían apartado de la doctrina de Pablo, entre ellos todavía permanecían el bautismo, la palabra y el nombre de Cristo. También había algunos hombres buenos que no se habían rebelado, que tenían un concepto correcto de la palabra y de los sacramentos, y los usaban bien. Además, estas cosas no podían ser contaminadas por aquellos que se habían apartado. Porque el bautismo, el evangelio y las demás cosas no se vuelven impíos porque muchos sean contaminados e impíos y tengan una mala opinión de ellas; sino que permanecen santas y siguen siendo lo mismo que eran, ya sea que estén entre los piadosos o entre los impíos; por quienes no pueden ser contaminadas ni santificadas. Por nuestra buena o mala conducta, por nuestra buena o mala vida y costumbres, ellas son tenidas por contaminadas o santas a los ojos de los paganos, pero no delante de Dios. Por tanto, dondequiera que permanezca la sustancia de la palabra y de los sacramentos, allí está la santa iglesia, aunque allí reine el Anticristo, quien (como da testimonio la Escritura) no se sienta en un establo de demonios, ni en una pocilga, ni en una compañía de incrédulos, sino en el lugar más alto y santo de todos, a saber, en el templo de Dios. Por eso, aunque reinen tiranos espirituales, sin embargo debe haber un templo de Dios, y ese mismo debe ser preservado bajo ellos. Por tanto, respondo brevemente a esta cuestión: que la iglesia es universal por todo el mundo, dondequiera que estén el evangelio de Dios y los sacramentos. Los judíos, los turcos y otros espíritus vanos no son la iglesia, porque luchan contra estas cosas y las niegan.—Hasta aquí, en cuanto al título o inscripción de esta epístola. Ahora sigue la salutación o saludo de Pablo.

Gálatas 1:3

Gracia sea a ustedes, y paz de Dios el Padre, y de nuestro Señor Jesucristo.

Espero que no ignoren qué significan gracia y paz, pues estas expresiones son comunes en Pablo, y ahora no son oscuras ni desconocidas. Pero puesto que emprendemos la exposición de esta Epístola, y lo hacemos no porque sea necesario ni por alguna dificultad que haya en ella, sino para que nuestras conciencias sean confirmadas contra herejías que aún han de venir, no les sea molesto si repetimos otra vez estas cosas, que en otros lugares y en otros tiempos enseñamos, predicamos, cantamos y publicamos por escrito. Porque si descuidamos el artículo de la justificación, lo perdemos por completo. Por eso es sumamente necesario, ante todo y sobre todas las cosas, que enseñemos y repitamos continuamente este artículo, como Moisés dice de su ley. Porque nunca puede ser inculcado bastante en nuestros oídos. Sí, aunque lo aprendamos y lo entendamos bien, no hay nadie que se aferre a ello perfectamente, ni que lo crea con el corazón. Tan débil es nuestra carne, y tan desobediente al Espíritu.

El saludo del Apóstol es extraño para el mundo, y nunca se había oído antes de la predicación del evangelio. Y estas dos palabras, gracia y paz, comprenden todo lo que pertenece al cristianismo. La gracia quita el pecado, y la paz aquieta la conciencia. Los dos demonios que nos atormentan son el pecado y la conciencia. Pero Cristo ha vencido a estos dos monstruos y los ha hollado bajo sus pies, tanto en este mundo como en el venidero. Esto el mundo no lo conoce, y por eso no puede enseñar ninguna certeza de la victoria sobre el pecado, la conciencia y la muerte. Solo los cristianos tienen esta clase de doctrina, y son ejercitados y armados con ella para alcanzar la victoria contra el pecado, la desesperación y la muerte eterna. Y es una clase de doctrina que no procede del libre albedrío, ni ha sido inventada por la razón o la sabiduría del hombre, sino dada desde arriba. Además, estas dos palabras, gracia y paz, contienen en sí toda la suma del cristianismo. La gracia contiene la remisión de los pecados; la paz, una conciencia tranquila y gozosa. Pero la paz de conciencia nunca puede obtenerse a menos que primero sea perdonado el pecado. Y el pecado no es perdonado por el cumplimiento de la ley, porque ningún hombre es capaz de satisfacer la ley. Antes bien, la ley muestra el pecado, acusa y aterroriza la conciencia, declara la ira de Dios y empuja a la desesperación. Mucho menos se quita el pecado por las obras e invenciones de los hombres, como cultos impíos, religiones extrañas, votos y peregrinaciones. En fin, no hay obra alguna que pueda quitar el pecado; más bien, el pecado aumenta por las obras. Porque los justiciarios y traficantes de méritos, cuanto más trabajan y sudan para sacarse del pecado, tanto más profundamente se hunden en él. Porque no hay medio para quitar el pecado, sino solo la gracia. Por eso Pablo, en todos los saludos de sus Epístolas, opone gracia y paz al pecado y a la mala conciencia. Esto debe notarse diligentemente. Las palabras son fáciles. Pero en la tentación, lo más difícil que puede haber es estar ciertamente persuadidos en nuestro corazón de que, solo por gracia, dejando aparte todos los demás medios, ya sea en el cielo o en la tierra, tenemos remisión de pecados y paz con Dios. El mundo no entiende esta doctrina; y por eso ni la quiere ni la puede soportar, sino que la condena como herética e impía. Se jacta del libre albedrío, de la luz de la razón, de la integridad, de los poderes y cualidades de la naturaleza, y de las buenas obras, como medios por los cuales podría discernir y alcanzar gracia y paz; es decir, perdón de pecados y una conciencia tranquila. Pero es imposible que la conciencia esté tranquila y gozosa, a menos que tenga paz por medio de la gracia; es decir, por medio del perdón de pecados prometido en Cristo. Muchos se han esforzado cuidadosamente, inventando diversas y varias órdenes religiosas y ejercicios con este propósito, para alcanzar paz y quietud de conciencia; pero, al hacerlo, se han hundido en miserias mayores y más graves. Porque todos esos recursos no son sino medios para aumentar la duda y la desesperación. Por tanto, no habrá descanso para mis huesos ni para los tuyos, a menos que oigamos la palabra de gracia y nos aferremos a ella firme y fielmente. Entonces nuestra conciencia hallará sin duda gracia y paz.

El Apóstol distingue apropiadamente esta gracia y paz de toda otra clase de gracia y paz. Desea a los gálatas gracia y paz, no del emperador, ni de reyes y príncipes, porque estos comúnmente persiguen a los piadosos y se levantan contra el Señor y contra su ungido, «¿Por qué se amotinan las gentes, Y los pueblos piensan cosas vanas?» (Sal 2:1); ni del mundo, porque «en el mundo tendréis aflicción», dice Cristo; sino de Dios nuestro Padre, etc. Es decir, les desea una paz celestial. Así dice Cristo: «La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da». La paz del mundo no concede nada sino paz para nuestros bienes y cuerpos. Así también la gracia o favor del mundo nos deja disfrutar de nuestros bienes, y no nos arroja de nuestras posesiones. Pero en la aflicción y en la hora de la muerte, la gracia y el favor del mundo no pueden ayudarnos; no pueden librarnos de la aflicción, la desesperación y la muerte. Pero cuando la gracia y la paz de Dios están en el corazón, entonces el hombre es fuerte, de modo que ni es abatido por la adversidad, ni envanecido por la prosperidad, sino que avanza con rectitud y se mantiene en el camino real. Porque cobra ánimo y valor en la victoria de la muerte de Cristo; y la confianza en ella comienza a reinar en su conciencia sobre el pecado y la muerte, porque por medio de él tiene seguro perdón de sus pecados. Y después que una vez lo ha obtenido, su conciencia queda en reposo y es consolada por la palabra de gracia. Así pues, el hombre, consolado y animado por la gracia de Dios, es decir, por el perdón del pecado y por esta paz de conciencia, puede soportar y vencer valerosamente toda tribulación, sí, aun la misma muerte. Esta paz de Dios no es dada al mundo, porque el mundo nunca la anhela ni la entiende, sino a los que creen. Y esto no sucede por ningún otro medio, sino solo por la gracia de Dios.

Una regla que debe observarse: que los hombres deben abstenerse de escudriñar curiosamente la majestad de Dios

Pero ¿por qué añade el Apóstol además en este saludo: «Y de nuestro Señor Jesucristo»? ¿No bastaba decir: «Y de Dios nuestro Padre»? ¿Por qué entonces une a Jesucristo con el Padre? Ustedes nos han oído muchas veces cómo es una regla y principio en las Escrituras, digno de notarse cuidadosamente, que debemos abstenernos de escudriñar con curiosidad la majestad de Dios, la cual es intolerable para el cuerpo del hombre, y mucho más para su mente. Dice el Señor: «No podrás ver mi rostro; porque no me verá hombre, y vivirá» (Éx 33:20). El papa, los turcos, los judíos, y todos los que confían en sus propios méritos, no hacen caso de esta regla; y por eso, quitando de su vista al Mediador Cristo, hablan solo de Dios, y delante de él solamente oran y hacen todo lo que hacen. Como por ejemplo, el monje imagina así: “Estas obras que hago agradan a Dios; Dios mirará estos mis votos, y por ellos me salvará”. El turco dice: “Si guardo las cosas mandadas en el Alcorán, Dios me aceptará y me dará vida eterna”. El judío piensa así: “Si guardo las cosas que manda la ley, hallaré a Dios misericordioso conmigo, y así seré salvo”. Asimismo, cierta clase de cabezas insensatas en este tiempo, que se jactan del espíritu de revelaciones, de visiones y de otras cosas semejantes, monstruosas, no sé qué, andan metiéndose en maravillas por encima de su capacidad. Estos nuevos monjes han inventado una nueva cruz y nuevas obras, y sueñan que al hacerlas agradan a Dios. En resumen: todos los que no conocen el artículo de la justificación quitan a Cristo, propiciatorio, y quieren comprender a Dios en su majestad por el juicio de la razón, y apaciguarlo con sus propias obras.

Pero la verdadera teología cristiana, como muchas veces les advierto, no nos presenta a Dios en su majestad, como lo hacen Moisés y otras doctrinas. No nos manda escudriñar la naturaleza de Dios, sino conocer su voluntad manifestada a nosotros en Cristo, a quien él quiso que tomara nuestra carne, naciera y muriera por nuestros pecados, y que esto fuera predicado entre todas las naciones. «Pues ya que en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría, agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación» (1 Co 1:21). Por tanto, cuando tu conciencia esté en conflicto, luchando contra la ley, el pecado y la muerte, en la presencia de Dios, no hay nada más peligroso que divagar con curiosas especulaciones en el cielo, y allí escudriñar a Dios en su incomprensible poder, sabiduría y majestad, cómo creó el mundo y cómo lo gobierna. Si así buscas comprender a Dios, y quisieras apaciguarlo sin Cristo el Mediador, haciendo de tus obras un medio entre él y tú, no puede ser sino que caigas como Lucifer y, en una horrible desesperación, pierdas a Dios y todo juntamente. Porque así como Dios en su propia naturaleza es inmenso, incomprensible e infinito, así también es intolerable para la naturaleza del hombre. Por tanto, si quieres estar seguro y fuera de peligro en cuanto a tu conciencia y tu salvación, refrena este espíritu trepador y presuntuoso, y busca a Dios como Pablo te enseña. «Nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura; mas para los llamados, así judíos como griegos, Cristo poder de Dios, y sabiduría de Dios» (1 Co 1:23-24). Por tanto, comienza allí donde Cristo comenzó, es decir, en el vientre de la Virgen, en el pesebre y en los pechos de su madre, etc. Porque para esto descendió, nació, convivió entre los hombres, padeció, fue crucificado y murió: para presentarse claramente delante de nuestros ojos por todos los medios, y fijar los ojos de nuestro corazón en sí mismo, a fin de apartarnos de subir al cielo y de escudriñar con curiosidad la majestad divina.

Siempre que tengas que tratar, pues, del asunto de la justificación, y disputas contigo mismo cómo ha de hallarse al Dios que justifica y acepta a los pecadores, dónde y de qué manera ha de ser buscado, entonces has de saber que no hay otro Dios fuera de este hombre, Cristo Jesús. Abrázalo y aférrate a él con todo tu corazón, dejando a un lado todas las curiosas especulaciones acerca de la majestad divina. Porque «el que escudriña la majestad, será abrumado por la gloria» (Pr 25:27). Sé por experiencia lo que digo. Pero estos espíritus vanos, que tratan así con Dios, excluyendo al Mediador, no me creen. Cristo mismo dice: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí» (Jn 14:6). Por tanto, fuera de este camino, Cristo, no hallarás camino alguno al Padre, sino extravío; ninguna verdad, sino hipocresía y muerte; ninguna vida, sino muerte eterna. Por eso observa bien esto en el asunto de la justificación: que cuando cualquiera de nosotros tenga que luchar con la ley, el pecado, la muerte y todos los demás males, no debemos mirar a ningún otro Dios, sino solamente a este Dios encarnado y revestido de naturaleza humana.

Pero fuera del asunto de la justificación, cuando debas disputar con judíos, turcos, papistas, herejes, etc., acerca del poder, la sabiduría y la majestad de Dios, entonces emplea para ello todo tu ingenio y diligencia, y sé tan profundo y tan sutil disputador como puedas; porque entonces estás en otra materia. Pero en el caso de la conciencia, de la justicia y de la vida (y deseo que esto se observe aquí diligentemente), contra la ley, el pecado, la muerte y el diablo, o en el asunto de la satisfacción, de la remisión de los pecados, de la reconciliación y de la vida eterna, debes apartar por completo tu mente de toda meditación e investigación de la majestad de Dios, y mirar solamente a este hombre Jesucristo, que se nos presenta como Mediador, y dice: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.» (Mt 11:28). Haciendo así, percibirás el amor, la bondad y la dulzura de Dios; verás su sabiduría, poder y majestad, suavizados y acomodados a tu capacidad. Sí, y hallarás en ello, como en un espejo y agradable contemplación, todas las cosas, conforme a aquel dicho de Pablo a los colosenses: «en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento»; y además, en el cap. 2: «Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad» (Col 2:3, 9). El mundo ignora esto, y por eso escudriña la voluntad de Dios, dejando a un lado la promesa en Cristo, para su gran destrucción. «Porque nadie conoce al Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar» (Mt 11:27; Jn 10:15).

Y esta es la causa de que Pablo acostumbre tan a menudo unir a Jesucristo con Dios Padre, para enseñarnos precisamente cuál es la verdadera religión cristiana, la cual no comienza por lo más alto, como hacen otras religiones, sino por lo más bajo. Quiere que subamos por la escalera de Jacob, sobre la cual Dios mismo se apoya, y cuyos pies tocan la misma tierra, junto a la cabeza de Jacob (Gn 28:12). Por tanto, siempre que estés ocupado en el asunto de tu salvación, dejando a un lado todas las curiosas especulaciones sobre la inescrutable majestad de Dios, todos los pensamientos acerca de obras, tradiciones, filosofía, sí, y aun de la misma ley de Dios, corre derecho al pesebre, y abraza en tus brazos a este niño y al pequeño hijo de la Virgen, y míralo como nació, mamando, creciendo, conviviendo entre los hombres, enseñando, muriendo, resucitando, subiendo por encima de todos los cielos y teniendo poder sobre todas las cosas. Por este medio podrás sacudirte todos los terrores y errores, como el sol ahuyenta las nubes. Y esta visión y contemplación te mantendrá en el camino recto, para que sigas adonde Cristo ha ido. Por eso Pablo, al desear gracia y paz no solo de parte de Dios Padre, sino también de Jesucristo, enseña, en primer lugar, que debemos abstenernos de la curiosa investigación de la majestad divina (porque a Dios nadie le conoce), y oír a Cristo, que está en el seno del Padre y nos declara su voluntad, y que además ha sido designado por el Padre para ser nuestro maestro, a fin de que todos le oigamos (Jn 8:18).

Cristo es Dios por naturaleza.

La otra cosa que Pablo enseña aquí es una confirmación de nuestra fe: que Cristo es verdadero Dios. Y sentencias semejantes a esta, acerca de la divinidad de Cristo, deben reunirse y observarse diligentemente, no solo contra los arrianos y otros herejes, que han existido o existirán después, sino también para la confirmación de nuestra fe; porque Satanás no dejará de atacar en nosotros todos los artículos de nuestra fe antes de que muramos. Es un enemigo mortífero de la fe, porque sabe que ella es la victoria que vence al mundo (1 Jn 5:4). Por tanto, nos conviene esforzarnos para que nuestra fe sea firme, y crezca y se fortalezca por el ejercicio diligente y continuo de la palabra, y por la oración ferviente, para que podamos resistir a Satanás.

Ahora bien, que Cristo es verdadero Dios se declara manifiestamente en que Pablo le atribuye igualmente las mismas cosas que atribuye al Padre, a saber, poder divino, como el dar gracia, el perdón de los pecados, la paz de la conciencia, la vida, la victoria sobre el pecado, la muerte, el diablo y el infierno. De ningún modo le sería lícito hacer esto; más aún, sería sacrilegio hacerlo, si no fuera verdadero Dios, conforme a aquel dicho: «Y a otro no daré mi gloria» (Is 42:8). Además, nadie da a otros lo que él mismo no tiene. Pero puesto que Cristo da gracia, paz y el Espíritu Santo, libra del poder del diablo, del pecado y de la muerte, es cierto que tiene un poder infinito y divino, igual en todo al poder del Padre.

Ni tampoco Cristo da gracia y paz como los apóstoles las daban y las llevaban a los hombres por la predicación del evangelio; sino que él las da como Autor y Creador. El Padre crea y da la vida, la gracia, la paz y todos los demás bienes. Esas mismas cosas también las crea y las da el Hijo. Ahora bien, dar gracia, paz, vida eterna, perdonar pecados, justificar, vivificar, librar de la muerte y del diablo, no son obras de criatura alguna, sino solo de la Majestad divina. Los ángeles no pueden ni crear ni dar estas cosas; por tanto, estas obras pertenecen solamente a la gloria de la soberana Majestad, el Hacedor de todas las cosas. Y puesto que Pablo atribuye a Cristo el mismo poder de crear y dar todas estas cosas, igualmente que al Padre, necesariamente se sigue que Cristo es verdadera y naturalmente Dios.

Muchos argumentos semejantes hay en Juan, donde se prueba y concluye, por las obras que se atribuyen al Hijo igual que al Padre, que la divinidad del Padre y del Hijo es una misma. Por tanto, los dones que recibimos del Padre y los que recibimos del Hijo son una misma cosa. De otro modo, Pablo habría hablado así: gracia de Dios Padre, y paz de nuestro Señor Jesucristo. Pero, al unirlos a ambos, los atribuye igualmente, tanto al Hijo como al Padre. Por eso los amonesto tan diligentemente acerca de este asunto, porque es peligroso; no sea que, entre tantos errores y en tan grande variedad y confusión de sectas, se levanten algunos arrianos, eunomianos, macedonianos y otros herejes semejantes, que con su sutileza puedan dañar a las iglesias.

En verdad, los arrianos eran hombres agudos y sutiles. Concedían que Cristo tiene dos naturalezas, y que es llamado verdadero Dios de verdadero Dios, aunque solo de nombre. Cristo, decían ellos, es una criatura nobilísima y perfectísima, por encima de los ángeles, por medio de la cual Dios creó después el cielo y la tierra, y todas las demás cosas. Así también Mahoma habla honorablemente de Cristo. Pero todo esto no es más que bellas imaginaciones y palabras agradables y plausibles para la razón del hombre, con las cuales los espíritus fantásticos engañan a los hombres, a menos que se cuiden mucho. Pero Pablo habla de otro modo acerca de Cristo. “Sí”, dice él, “ustedes están arraigados y establecidos en esta creencia, a saber, que Cristo no es solo una criatura perfecta, sino verdadero Dios, que hace las mismas cosas que hace Dios Padre”. Él tiene obras divinas, no de criatura, sino de Creador, porque da gracia y paz; y darlas es condenar el pecado, vencer la muerte y hollar al diablo bajo los pies. Estas cosas ningún ángel las puede dar. Pero puesto que se atribuyen a Cristo, necesariamente se sigue que él es verdadero Dios por naturaleza.

Gálatas 1:4

El cual se dio a sí mismo por nuestros pecados.

Pablo, en cierto modo, trata el argumento de esta Epístola en cada palabra. No tiene nada en su boca sino a Cristo; y por eso en cada palabra hay fervor de espíritu y vida. Y fíjate cuán bien y cuán a propósito habla. No dice: el cual ha recibido nuestras obras de nuestras manos; ni: el cual ha recibido los sacrificios de la ley de Moisés, cultos, religiones, misas, votos y peregrinaciones; sino: ha dado. ¿Qué? No oro, ni plata, ni animales, ni corderos pascuales, ni un ángel, ¡sino a sí mismo! ¿Para qué? No por una corona, no por un reino, no por nuestra santidad y justicia, sino «por nuestros pecados». Estas palabras son verdaderos truenos del cielo contra toda clase de justicia propia. Como también lo es esta sentencia de Juan: «He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo». Por tanto, debemos observar con diligente atención cada palabra de Pablo, y no considerarlas superficialmente ni pasarlas por alto a la ligera; porque están llenas de consolación, y confirman en gran manera a las conciencias atemorizadas.

Pero, ¿cómo podemos obtener remisión de nuestros pecados? Pablo responde: «que el hombre que se llama Jesucristo, el Hijo de Dios, se dio a sí mismo por ellos». Estas son palabras excelentes y consoladoras, y son promesas de la ley antigua: que nuestros pecados no son quitados por ningún otro medio sino por el Hijo de Dios entregado a la muerte. Con estos disparos y esta artillería debe ser destruido el papado, y todas las religiones de los paganos, todas las obras, todos los méritos y todas las ceremonias supersticiosas. Porque si nuestros pecados pudieran ser quitados por nuestras propias obras, méritos y satisfacciones, ¿qué necesidad había de que el Hijo de Dios fuese entregado por ellos? Pero puesto que fue entregado por ellos, se sigue que no podemos quitarlos por nuestras propias obras. Además, por esta sentencia se declara que nuestros pecados son tan grandes, tan infinitos e invencibles, que es imposible que todo el mundo satisfaga por uno solo de ellos. Y ciertamente, la grandeza del rescate, a saber, Cristo el Hijo de Dios, que se dio a sí mismo por nuestros pecados, declara suficientemente que ni podemos satisfacer por el pecado ni tenemos dominio sobre él. La fuerza y el poder del pecado se exponen y se engrandecen muchísimo por estas palabras: «El cual se dio a sí mismo por nuestros pecados». Por tanto, aquí debe notarse la infinita grandeza del precio pagado por él, y entonces aparecerá claramente que su poder es tan grande, que de ningún modo podía ser quitado si no fuera porque el Hijo de Dios había de ser entregado por ello. El que considera bien estas cosas entiende que esta sola palabra, pecado, comprende la ira eterna de Dios y todo el reino de Satanás, y que es algo más horrible de lo que puede expresarse; esto debería conmovernos y hacernos temblar de verdad. Pero nosotros somos descuidados; sí, tomamos el pecado a la ligera, como una cosa sin importancia. Y aunque trae consigo el aguijón y remordimiento de la conciencia, sin embargo pensamos que no tiene tanto peso ni tanta fuerza, sino que con alguna pequeña obra o mérito podremos quitarlo.

Esta sentencia, pues, da testimonio «de que todos los hombres son siervos y esclavos del pecado, y, como Pablo dice en otro lugar, están vendidos al pecado» (Ro 7:14). Y también, «que el pecado es un tirano cruel y poderosísimo sobre todos los hombres»; al cual no pueden vencer las fuerzas de criatura alguna, ya sean ángeles o hombres, sino solamente el poder soberano e infinito de Jesucristo, que se dio a sí mismo por ello. Además, esta sentencia presenta a las conciencias de todos los hombres aterrorizados por la grandeza de sus pecados un consuelo singular. Porque, aunque el pecado sea un tirano invencible, sin embargo, puesto que Cristo lo ha vencido por su muerte, no puede dañar a los que creen en él. Más aún, si nos armamos con esta fe y nos aferramos con todo nuestro corazón a este hombre Cristo Jesús, entonces se nos abre una luz y se nos da un juicio recto, de modo que podemos juzgar con plena certeza y libertad toda clase de vida. Porque cuando oímos que el pecado es un tirano tan invencible, de inmediato inferimos por necesaria consecuencia: entonces, ¿qué hacen los papistas, monjes, monjas, sacerdotes, mahometanos, anabaptistas y todos los que confían en sus obras, que quieren abolir y vencer el pecado por sus propias tradiciones, obras preparatorias, satisfacciones, etc.? Aquí juzgamos enseguida que todas esas sectas son impías y perniciosas; por ellas, la gloria de Dios y de Cristo no solo es afeada, sino aun completamente quitada, y la nuestra propia levantada y establecida.

Pero pesa diligentemente cada palabra de Pablo, y especialmente fíjate bien en este pronombre, nuestros; porque todo el efecto consiste en la correcta aplicación de los pronombres, que hallamos muy a menudo en las Escrituras, y en los cuales hay siempre cierta vehemencia y poder. Tú dirás y creerás fácilmente que Cristo, el Hijo de Dios, fue dado por los pecados de Pedro, de Pablo y de otros santos, a quienes consideramos dignos de esta gracia; pero es cosa muy difícil que tú, que te juzgas indigno de esta gracia, digas y creas de corazón que Cristo fue dado por tus pecados invencibles, infinitos y horribles. Por eso, en general, y sin el pronombre, es fácil magnificar y engrandecer el beneficio de Cristo, a saber, que Cristo fue dado por los pecados; pero por los pecados de otros hombres, que son dignos. Pero cuando se trata de añadir este pronombre nuestros, allí nuestra débil naturaleza y razón retrocede y no se atreve a acercarse a Dios, ni a prometerse a sí misma que tan gran tesoro le será dado gratuitamente; y por eso no quiere tener trato con Dios, a menos que primero sea pura y sin pecado. Por lo cual, aunque lea u oiga esta sentencia: «El cual se dio a sí mismo por nuestros pecados», o alguna semejante, no se aplica este pronombre nuestros a sí misma, sino a otros que son dignos y santos; y en cuanto a sí misma, espera hasta hacerse digna por sus propias obras. Esto no es otra cosa sino que la razón del hombre quisiera que el pecado no tuviera mayor fuerza y poder que lo que ella misma sueña. De aquí viene que los hipócritas, ignorando a Cristo, aunque sienten el remordimiento del pecado, piensan, no obstante, que podrán quitarlo fácilmente por sus buenas obras y méritos; y secretamente, en sus corazones, desean que estas palabras, «el cual se dio a sí mismo por nuestros pecados», no sean más que palabras dichas por humildad, y quisieran que sus pecados no fueran pecados verdaderos y reales, sino cosas ligeras y pequeñas. En suma, la razón del hombre quisiera presentar y traer a Dios un pecador fingido y falso, que no tiene miedo ni siente el pecado. Quisiera traer al que está sano, y no al que necesita médico; y cuando no siente pecado, entonces querría creer que Cristo fue dado por nuestros pecados.

Así está afectado todo el mundo, y especialmente los que quieren ser tenidos por más santos y justos que los demás, como los monjes y todos los justiciarios. Estos confiesan con la boca que son pecadores, y también confiesan que cometen pecados cada día; pero no tan grandes ni tantos, dicen, que no puedan quitarlos por sus propias obras. Sí, y además de todo esto, llevarán su justicia y sus méritos al tribunal de Cristo, y demandarán de la mano del Juez la recompensa de la vida eterna por ellos. Entretanto, sin embargo, como fingen gran humildad, porque no quieren jactarse de estar totalmente libres de pecado, inventan ciertos pecados para que, por el perdón de ellos, puedan orar con gran devoción con el publicano: «Dios, sé propicio a mí, pecador» (Lc 18:13). A ellos, estas palabras de san Pablo, «por nuestros pecados», les parecen cosas ligeras y triviales; por eso ni las entienden ni, en la tentación, cuando sienten de verdad el pecado, pueden recibir de ellas consuelo alguno, sino que se ven obligados a desesperar por completo.

Esta es, pues, la principal ciencia y verdadera sabiduría de los cristianos: tener por «muy verdaderas, eficaces y de gran importancia» estas palabras de Pablo, «que Cristo fue entregado a la muerte, no por nuestra justicia o santidad, sino por nuestros pecados», los cuales son verdaderamente pecados, grandes, muchos, sí, infinitos e invencibles. Por tanto, no los tengas por pequeños, ni tales que puedan ser quitados por tus propias obras. Tampoco desesperes por su grandeza, si te sientes oprimido por ellos, ya sea en vida o en muerte; sino aprende aquí de Pablo

a creer que Cristo fue dado, no por pecados fingidos o falsos, ni por pecados pequeños, sino por pecados grandes y enormes; no por uno o dos, sino por todos; no por pecados vencidos, porque ningún hombre, ni aun ángel, puede vencer el más pequeño pecado que exista, sino por pecados invencibles. Y a menos que seas hallado en el número de aquellos que dicen «nuestros pecados», es decir, que tienen esta doctrina de la fe, y la enseñan, la oyen, la aprenden, la aman y la creen, no hay salvación para ti.

Esfuérzate, pues, diligentemente, para que no solo fuera del tiempo de la tentación, sino también en el tiempo y combate de la muerte, cuando tu conciencia esté profundamente aterrorizada por el recuerdo de tus pecados pasados, y el diablo te asalte con gran violencia, procurando hundirte bajo montones, ríos y mares enteros de pecados, para espantarte, apartarte de Cristo y llevarte a la desesperación, entonces, digo, puedas decir con plena confianza: Cristo, el Hijo de Dios, fue dado, no por los justos y santos, sino por los injustos y pecadores. Si yo fuera justo y no tuviera pecado, no tendría necesidad de Cristo para que fuera mi reconciliador. ¿Por qué, entonces, oh santo Satanás perverso, quieres hacerme santo y hacerme buscar justicia en mí mismo, cuando en realidad no tengo en mí nada sino pecados, y pecados gravísimos? No pecados fingidos o livianos, sino tales como son contra la primera tabla; a saber: gran incredulidad, duda, desesperación, desprecio de Dios, odio, ignorancia y blasfemia contra Dios, ingratitud, abuso del nombre de Dios, negligencia, fastidio y menosprecio de la palabra de Dios, y cosas semejantes. Y además, estos pecados carnales contra la segunda tabla: no dar honra a mis padres, no obedecer a los magistrados, codiciar los bienes de otro, su mujer, y cosas semejantes; aunque estas sean faltas ligeras en comparación con aquellos pecados anteriores. Y aun admitiendo que no haya cometido homicidio, fornicación, robo y otros pecados semejantes contra la segunda tabla en hecho, sin embargo los he cometido en el corazón, y por tanto soy transgresor de todos los mandamientos de Dios; y la multitud de mis pecados es tan grande, que no puede ser contada: «porque mis iniquidades se han aumentado sobre el número de la arena».

Además, Satanás es un prestidigitador tan astuto, que puede hacer de mi justicia y de mis buenas obras, grandes pecados. Por tanto, ya que mis pecados son tan pesados, tan infinitos, tan horribles e invencibles, y que mi justicia no me aprovecha en nada, sino que más bien me perjudica delante de Dios, por eso «Cristo, el Hijo de Dios, fue entregado a la muerte por ellos, para quitarlos y así salvar a todos los hombres que creen». En esto, pues, consiste la esencia de la salvación eterna: en tener estas palabras por eficaces, verdaderas y de gran importancia. No digo esto en vano, porque muchas veces lo he probado por experiencia, y cada día encuentro cuán difícil cosa es creer, especialmente en el conflicto de la conciencia, «que Cristo fue dado», no por los santos, justos, dignos y tales como eran sus amigos, «sino por pecadores impíos, por indignos y por sus enemigos, que habían merecido la ira de Dios y la muerte eterna».

Armémonos, pues, con estas y semejantes sentencias de la Sagrada Escritura, para que podamos responder al diablo cuando nos acusa y dice: “Tú eres pecador; por tanto, estás condenado”, de esta manera: Porque dices que soy pecador, por eso mismo seré justo y salvo. No, dice el diablo, serás condenado. No, digo yo, porque huyo a Cristo, «quien se dio a sí mismo por mis pecados»; por tanto, Satanás, no prevalecerás contra mí cuando procuras aterrarme, exponiendo la grandeza de mis pecados, para llevarme así a tristeza, desconfianza, desesperación, odio, desprecio y blasfemia contra Dios. Antes bien, cuando dices que soy pecador, tú mismo me das armadura y arma contra ti, para que con tu propia espada te corte la garganta y te pise bajo mis pies; porque Cristo murió por los pecadores. Además, tú mismo me predicas la gloria de Dios; porque me recuerdas el amor paternal de Dios hacia mí, pecador miserable y condenado: «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna» (Jn 3:16). Y cuantas veces objetas que soy pecador, tantas veces me traes a la memoria el beneficio de Cristo mi Redentor, sobre cuyos hombros, y no sobre los míos, descansan todos mis pecados; porque el Señor «cargó en él el pecado de todos nosotros» (Is 53:6). Y otra vez: «por la rebelión de mi pueblo fue herido» (cap. 53:8). Por tanto, cuando dices que soy pecador, no me aterras, sino que me consuelas sobremanera.

Quien conozca bien este solo punto de astucia, evitará fácilmente todas las máquinas y lazos del diablo, el cual, al recordar al hombre sus pecados, lo lleva a la desesperación y lo destruye, a menos que le resista con esta astucia y con esta sabiduría celestial, por la cual únicamente son vencidos el pecado, la muerte y el diablo. Pero el hombre que no aparta el recuerdo de su pecado, sino que lo retiene todavía y se atormenta con sus propios pensamientos, pensando o ayudarse por su propia fuerza o prudencia, o esperar hasta que su conciencia se aquiete, cae en los lazos de Satanás, se aflige miserablemente y al fin es vencido por la continuación de la tentación; porque el diablo nunca dejará de acusar su conciencia.

Contra esta tentación debemos usar estas palabras de san Pablo, en las cuales él da una muy buena y verdadera definición de Cristo de esta manera: “Cristo es el Hijo de Dios y de la Virgen, entregado y puesto a muerte por nuestros pecados”. Aquí, si el diablo presenta alguna otra definición de Cristo, dile tú: la definición y lo definido son falsos; por tanto, no recibiré esa definición. No hablo esto sin causa; porque sé lo que me mueve a insistir tanto en que aprendamos a definir a Cristo a partir de las palabras de Pablo. Porque, en verdad, Cristo no es un exactor cruel, sino el perdonador de los pecados de todo el mundo. Por tanto, si tú eres pecador, como en verdad todos lo somos, no pongas a Cristo sobre el arco iris como juez, porque así serás aterrorizado y desesperarás de su misericordia; sino aférrate a su verdadera definición, a saber, que Cristo, el Hijo de Dios y de la Virgen, es una persona, no que aterra, no que aflige, no que nos condena por el pecado, no que nos pide cuenta por nuestra mala vida pasada; sino que se dio a sí mismo por nuestros pecados, y con una sola ofrenda quitó los pecados de todo el mundo, «anulando el acta de los decretos que había contra nosotros» (Col 2:14), clavándolos en la cruz y quitándolos completamente por sí mismo. Aprende diligentemente esta definición, y ejercítate especialmente en este pronombre nuestros, para que esta sola sílaba, siendo creída, trague todos tus pecados; es decir, para que sepas con certeza que Cristo quitó los pecados no solo de algunos hombres, sino también los tuyos, sí, y los de todo el mundo. Entonces no dejes que tus pecados sean pecados solo en general, sino verdaderamente tus propios pecados; esto es, cree que Cristo fue entregado no solo por los pecados de otros hombres, sino también por los tuyos. Retén esto firmemente, y no permitas de ninguna manera que te aparten de esta dulcísima definición de Cristo, que regocija aun a los mismos ángeles del cielo; es decir, que Cristo, según la definición propia y verdadera, no es un Moisés, no es legislador, no es tirano, sino mediador por los pecados, dador gratuito de gracia, justicia y vida; quien se entregó, no por nuestros méritos, santidad, justicia y vida piadosa, sino por nuestros pecados. Ciertamente Cristo interpreta la ley, pero ese no es su oficio propio y principal.

Estas cosas, en cuanto a las palabras, las sabemos bastante bien y podemos hablar de ellas. Pero en la práctica, y en el conflicto, cuando el diablo procura borrar a Cristo y arrancar de nuestro corazón la palabra de gracia, hallamos que todavía no las conocemos bien, ni como deberíamos. El que en ese momento pudiera definir a Cristo verdaderamente, y pudiera engrandecerlo y contemplarlo como su dulcísimo Salvador y Sumo Sacerdote, y no como un juez severo, ese hombre ha vencido todos los males y ya estaría en el reino de los cielos. Pero hacer esto en el conflicto es de todas las cosas la más difícil. Lo digo por experiencia. Porque conozco las sutilezas del diablo, quien en ese momento no solo procura espantarnos con el terror de la ley, sino que también de una pequeña mota hace muchas vigas; es decir, de lo que no es pecado hace un mismo infierno, pues es admirablemente astuto tanto para agravar el pecado como para hinchar la conciencia aun en las buenas obras. Y no solo eso, sino que también suele aterrarnos con la misma persona del Mediador, en la cual se transforma; y, poniéndonos delante algún pasaje de la Escritura o dicho de Cristo, hiere de repente nuestro corazón, y se nos presenta de tal modo como si verdaderamente fuera Cristo, dejándonos tan clavados en ese pensamiento, que nuestra conciencia juraría que es el mismo Cristo cuyo dicho él alega. Además, tal es la sutileza del enemigo, que no nos presenta a Cristo entera y plenamente, sino solo una parte de Cristo, a saber, que es el Hijo de Dios y hombre nacido de la Virgen. Y enseguida le añade alguna otra cosa; es decir, algún dicho de Cristo con el cual aterra a los pecadores impenitentes, como aquel de Lc 13: «si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente». Y así, corrompiendo con su veneno la verdadera definición de Cristo, logra que aunque creamos que él es Cristo, el verdadero Mediador, sin embargo nuestra conciencia turbada en realidad lo sienta y lo juzgue como un tirano y un juez. Así nosotros, engañados por Satanás, perdemos fácilmente aquella dulce visión de nuestro Sumo Sacerdote y Salvador Cristo; y una vez perdida, lo evitamos no menos que al mismo diablo.

Y esta es la causa por la que los exhorto tan fervientemente a aprender la verdadera y propia definición de Cristo de estas palabras de Pablo: “el cual se dio a sí mismo por nuestros pecados”. Si se entregó a la muerte por nuestros pecados, entonces sin duda no es un tirano ni un juez que nos condenará por nuestros pecados. No es el que derriba a los afligidos, sino el que levanta a los caídos; un misericordioso socorredor y consolador de los cargados y quebrantados de corazón. De otro modo Pablo mentiría al decir: “el cual se dio a sí mismo por nuestros pecados”. Si yo defino a Cristo así, lo defino correctamente, me aferro al verdadero Cristo y lo poseo de verdad. Y aquí dejo de lado todas las especulaciones curiosas acerca de la majestad divina, y me detengo en la humanidad de Cristo; y así aprendo a conocer verdaderamente la voluntad de Dios. Aquí, entonces, no hay temor, sino pura dulzura, gozo, paz de conciencia y cosas semejantes. Y juntamente con esto se abre una luz que me muestra el verdadero conocimiento de Dios, de mí mismo, de todas las criaturas y de toda la iniquidad del reino del diablo. No enseñamos nada nuevo, sino que repetimos y confirmamos cosas antiguas, que los apóstoles y todos los maestros piadosos enseñaron antes que nosotros. ¡Y ojalá Dios quiera que podamos enseñarlas y afirmarlas de tal manera que no solo las tengamos en la boca, sino también bien arraigadas en lo profundo del corazón; y especialmente que podamos usarlas en la agonía y el conflicto de la muerte!

Para librarnos de este presente siglo malo.

En estas palabras también Pablo trata aún más eficazmente el argumento de esta epístola. Llama presente siglo a todo este mundo, que ha sido, es y será, para poner diferencia entre este y el mundo eterno venidero. Además, lo llama malo, porque todo lo que hay en este mundo está sujeto a la malicia del diablo, que reina sobre el mundo entero. Por esta causa el mundo es el reino del diablo. Porque en él no hay sino ignorancia, desprecio, blasfemia, odio contra Dios y desobediencia contra todas las palabras y obras de Dios. En este reino del mundo, y bajo él, estamos nosotros.

Aquí ves otra vez que ningún hombre es capaz, por sus propias obras o por su propio poder, de quitar el pecado, porque este presente mundo es malo y, como dice san Juan, «el mundo entero está bajo el maligno». Por tanto, todos los que están en el mundo son esclavos del diablo, obligados a servirle y a hacer todas las cosas según su voluntad. ¿De qué aprovechó, entonces, establecer tantas órdenes religiosas para abolir el pecado? ¿De qué sirvió idear tantas obras grandes y penosísimas, como vestir camisas de pelo, azotar el cuerpo hasta sacar sangre, ir en peregrinación a Santiago con armadura, y otras cosas semejantes? Sea que hagas todas estas cosas, sin embargo esto sigue siendo verdad: que estás en este presente siglo malo, y no en el reino de Cristo. Y si no estás en el reino de Cristo, es cierto que perteneces al reino de Satanás, que es este mundo malo. Por tanto, todos los dones del cuerpo o del alma que disfrutas, como sabiduría, justicia, santidad, elocuencia, poder, belleza y riquezas, no son sino instrumentos esclavos del diablo; y con todos ellos estás obligado a servirle y a promover su reino.

Primero, con tu sabiduría oscureces la sabiduría y el conocimiento de Cristo y, por tu falsa doctrina, extravías a los hombres para que no puedan llegar a la gracia y al conocimiento de Cristo. Exhibes y alabas tu propia justicia y santidad; pero la justicia de Cristo, por la cual únicamente somos justificados y vivificados, la odias y la condenas como impía y diabólica. En resumen, con tu poder destruyes el reino de Cristo y lo empleas mal para desarraigar el evangelio, perseguir y matar a los ministros de Cristo y a todos los que los oyen. Por lo tanto, si estás sin Cristo, esta tu sabiduría es doble necedad; tu justicia, doble pecado e impiedad, porque no conoce la sabiduría ni la justicia de Cristo. Más aún, las oscurece, las estorba, las blasfema y las persigue. Por eso Pablo lo llama con razón el mundo malo o perverso; porque cuando está en su mejor estado, entonces está en el peor. En los hombres religiosos, sabios y eruditos, el mundo está en su mejor estado; y, sin embargo, en realidad, en ellos es doblemente malo. Paso por alto aquellos vicios groseros que son contra la segunda tabla, como la desobediencia a los padres y a los magistrados, los adulterios, las fornicaciones, la codicia, los hurtos, los homicidios y la malicia, en los cuales el mundo está enteramente sumergido. Sin embargo, esos son faltas ligeras, si las comparan con la sabiduría y la justicia de los impíos, con las cuales combaten contra la primera tabla. Este diablo blanco, que obliga a los hombres a cometer pecados espirituales para que los vendan por justicia, es mucho más peligroso que el diablo negro, que solo los impulsa a cometer pecados carnales, los cuales el mundo reconoce como pecados.

Por estas palabras, «para librarnos», etc., Pablo muestra cuál es el argumento de esta Epístola; a saber, que tenemos necesidad de la gracia y de Cristo, y que ninguna otra criatura, ni hombre ni ángel, puede librar al hombre de este presente siglo malo. Porque estas obras pertenecen solamente a la Majestad divina, y no están en poder de nadie, ni hombre ni ángel: que Cristo ha quitado el pecado y nos ha librado de la tiranía y del reino del diablo; es decir, de este mundo malvado, que es siervo obediente y seguidor voluntario del diablo, su dios. Todo lo que el homicida y padre de mentira hace o dice, eso el mundo, como su hijo más leal y obediente, lo sigue y lo ejecuta diligentemente. Y por tanto, está lleno de ignorancia de Dios, de odio, mentira, errores, blasfemia y menosprecio de Dios; además, de pecados groseros, como homicidios, adulterios, fornicaciones, hurtos, robos y cosas semejantes, porque sigue a su padre el diablo, que es mentiroso y homicida. Y cuanto más sabios, justos y santos son los hombres que están sin Cristo, tanto más daño hacen al evangelio. Así también nosotros, que éramos hombres religiosos, éramos doblemente malos en el papado, antes que Dios nos alumbrara con el conocimiento de su evangelio, y eso bajo apariencia de verdadera piedad y santidad.

Permanezcan, pues, estas palabras de Pablo tal como realmente son: verdaderas y eficaces, no adornadas ni fingidas; a saber, «que este presente mundo es malo». No te mueva en absoluto el hecho de que, entre un gran número de hombres, haya muchas virtudes excelentes, y de que haya tan grande apariencia de santidad en los hipócritas. Antes bien, observa lo que dice Pablo. De sus palabras puedes pronunciar con valentía y libertad esta sentencia contra el mundo: que el mundo, con toda su sabiduría, poder y justicia, es el reino del diablo, del cual sólo Dios puede librarnos por medio de su Hijo unigénito.

Por tanto, alabemos a Dios el Padre y démosle gracias de corazón por esta inmensa misericordia suya: que nos ha librado del reino del diablo, en el cual estábamos cautivos, por medio de su propio Hijo, cuando era imposible hacerlo por nuestra propia fuerza. Y reconozcamos, junto con Pablo, «que todas nuestras obras y justicia» —con las cuales no podíamos hacer que el diablo cediera ni el ancho de un cabello— «son pérdida y estiércol». También echemos bajo nuestros pies y aborrezcamos por completo todo el poder del libre albedrío, toda sabiduría y justicia farisaica, todas las órdenes religiosas, todas las misas, ceremonias, votos, ayunos y cosas semejantes (Fil 3:8), como trapo inmundo (Is 64:6), y como el veneno más peligroso del diablo. Por el contrario, exaltemos y engrandezcamos la gloria de Cristo, quien nos ha librado por su muerte, no sólo de este mundo, sino de este mundo malo.

Pablo, pues, por esta palabra malo, muestra que el reino del mundo, o el reino del diablo, es el reino de la iniquidad, la ignorancia, el error, el pecado, la muerte, la blasfemia, la desesperación y la condenación eterna. Por otra parte, el reino de Cristo es el reino de la justicia, la luz, la gracia, la remisión de los pecados, la paz, el consuelo, la salud salvadora y la vida eterna, al cual somos trasladados (Col 1) por nuestro Señor Jesucristo, a quien sea gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Conforme a la voluntad de Dios y Padre nuestro.

Aquí Pablo coloca y ordena cada palabra de tal manera, que no hay una sola que no combata contra aquellos falsos apóstoles en favor del artículo de la justificación. Cristo, dice él, nos ha librado de este reino malvado del diablo y del mundo. Y esto lo ha hecho «conforme a la voluntad, beneplácito y mandato del Padre». Por tanto, no somos librados por nuestra propia voluntad o habilidad, ni por nuestra propia sabiduría o prudencia, sino porque Dios tuvo misericordia de nosotros y nos amó; como también está escrito en otro lugar: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados» (1 Jn 4:10). Así que el que seamos librados de este presente siglo malo es pura gracia, y no mérito nuestro. Pablo es tan abundante y tan vehemente en engrandecer y exaltar la gracia de Dios, que afila y dirige cada palabra contra los falsos apóstoles.

Hay también otra razón por la que Pablo menciona aquí la voluntad del Padre, la cual asimismo se declara en muchos pasajes del Evangelio de San Juan, donde Cristo, al recomendar su oficio, nos remite a la voluntad de su Padre, para que en sus palabras y obras no miremos tanto a él como al Padre. Porque Cristo vino a este mundo y tomó sobre sí la naturaleza humana, para ser hecho sacrificio por los pecados de todo el mundo, y así reconciliarnos con Dios Padre; y para declararnos él solo cómo esto fue hecho por el beneplácito del Padre, a fin de que, fijando nuestros ojos en Cristo, fuéramos llevados y conducidos directamente al Padre. Porque no debemos pensar, como antes les hemos advertido, que por investigar curiosamente la majestad de Dios pueda conocerse cosa alguna de Dios para nuestra salvación, sino aferrándonos a Cristo; quien, conforme a la voluntad del Padre, se entregó a la muerte por nuestros pecados. Cuando reconozcas que ésta es la voluntad de Dios por medio de Cristo, entonces cesa la ira, desaparecen el temor y el temblor, y Dios no aparece de otro modo sino misericordioso, ya que por su consejo determinado quiso que su Hijo muriera por nosotros, para que viviéramos por él. Este conocimiento alegra el corazón, de modo que cree firmemente que Dios no está airado, sino que nos ama tanto a nosotros, pobres y miserables pecadores, que dio por nosotros a su Hijo unigénito. No es en vano, por tanto, que Pablo repita tan a menudo y grabe en nuestras mentes que Cristo fue entregado por nuestros pecados, y eso por la buena voluntad del Padre. Por el contrario, investigar con curiosidad la majestad de Dios y sus juicios terribles, esto es, cómo destruyó al mundo entero con el diluvio, cómo destruyó Sodoma, y otras cosas semejantes, es muy peligroso; porque lleva a los hombres a la desesperación y los arroja de cabeza a la ruina total, como antes he mostrado.

De Dios y Padre nuestro.

Esta palabra nuestro debe referirse a ambos, de modo que el sentido sea éste: «de nuestro Dios y de nuestro Padre». Entonces el Padre de Cristo y nuestro Padre es uno mismo. Así, en el capítulo veinte de Juan, Cristo dice a María Magdalena: «Ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios». Por tanto, Dios es nuestro Padre y nuestro Dios, pero por medio de Cristo. Y esta es una manera apostólica de hablar, y aun una expresión propia de Pablo, quien en verdad no habla con palabras tan escogidas y elegantes, pero sí muy adecuadas, oportunas y llenas de ardiente celo.

Gálatas 1:5

A quien sea la gloria por los siglos de los siglos.

Los hebreos acostumbran entremezclar en sus escritos la alabanza y la acción de gracias. Esta costumbre la observan los hebreos y también los mismos apóstoles. Esto puede verse muy a menudo en Pablo. Porque el nombre del Señor debe ser tenido en gran reverencia, y nunca debe ser nombrado sin alabanza y acción de gracias. Y hacer esto es una cierta clase de adoración y servicio a Dios. Así también en los asuntos del mundo, cuando mencionamos los nombres de reyes o príncipes, solemos hacerlo con algún gesto decoroso, reverencia y doblando la rodilla. Mucho más, pues, cuando hablamos de Dios, debemos doblar la rodilla de nuestro corazón, y nombrar el nombre de Dios con acción de gracias y gran reverencia.

Gálatas 1:6

Me maravillo. \

Ustedes ven aquí cómo trata Pablo a sus gálatas, que se habían apartado y habían sido seducidos por los falsos apóstoles. No arremete primero contra ellos con palabras vehementes y rigurosas, sino de una manera muy paternal. No solo soporta con paciencia su caída, sino que de algún modo hasta la excusa. Además, les muestra un afecto maternal, y les habla muy amablemente, y aun así de tal manera que, no obstante, los reprende; pero con palabras muy apropiadas y sabiamente acomodadas al propósito. Por el contrario, está muy encendido y lleno de indignación contra esos falsos apóstoles, sus seductores, sobre quienes carga toda la culpa. Y por eso, inmediatamente, aun al comienzo de su Epístola, prorrumpe en truenos y relámpagos manifiestos contra ellos. «Si alguno» —dice— «os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema». Y después, en el capítulo quinto, les amenaza con condenación: «Mas el que os perturba llevará la sentencia, quienquiera que sea» (Gá 5:10). Además, los maldice con palabras horribles, diciendo: «¡Ojalá se mutilasen los que os perturban!» Estos son espantosos truenos contra la justicia de la carne o de la ley.

Podía haber tratado a los gálatas con más aspereza y haber hablado contra ellos con más dureza, de esta manera: “¡Vergüenza de esta apostasía! Me avergüenzo de ustedes, su ingratitud me aflige, estoy enojado con ustedes”; o bien haber clamado trágicamente contra ellos así: “¡Oh mundo sin gracia! ¡Oh maldad!” etc. Pero, puesto que su propósito es levantar a los que habían caído y, con cuidado paternal, volverlos a llamar de su error a la pureza del evangelio, deja esas palabras ásperas y agudas, especialmente al comienzo, y les habla con mucha dulzura y mansedumbre. Porque, ya que procuraba sanar a los heridos, no convenía que irritara más su herida reciente, aplicándole un emplasto agudo y corrosivo, y así dañara al herido en vez de sanarlo. Por eso, de todas las palabras más dulces y suaves, no podía haber escogido ninguna más apropiada que esta: “Me maravillo”; con lo cual da a entender tanto que le dolía como que le desagradaba que se hubieran apartado de él.

Y aquí Pablo se acuerda de su propia regla, que da más adelante en el capítulo sexto, donde dice: «Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado». Este ejemplo debemos seguir también nosotros, para mostrar que tenemos hacia los extraviados el mismo afecto que los padres hacia sus hijos, de modo que puedan percibir nuestro afecto paternal y maternal hacia ellos, y ver que no buscamos su destrucción, sino su bienestar. Pero en cuanto al diablo y sus ministros, autores de falsas doctrinas y sectas, contra ellos debemos, siguiendo el ejemplo del Apóstol, ser impacientes, orgullosos, agudos y amargos, detestando y condenando sus falsas artimañas y engaños con toda la dureza y severidad posible. Así también los padres, cuando su hijo es herido por la mordedura de un perro, suelen perseguir solo al perro; pero al niño que llora lo compadecen y le hablan con ternura, consolándolo con las palabras más dulces.

El espíritu que hay en Pablo, por tanto, tiene una habilidad admirable para tratar las conciencias afligidas de los que han caído. Por el contrario, el papa, porque es guiado por un espíritu maligno, irrumpe violentamente como un tirano, y lanza sus truenos y maldiciones contra los miserables y aterrados en conciencia; esto puede verse en sus bulas, y especialmente en aquella bula acerca de la Cena del Señor. Los obispos tampoco cumplen mejor con su deber. No enseñan el evangelio; no se preocupan por la salvación de las almas de los hombres, sino que solo buscan señorío y dominio sobre ellos; y por eso, sus palabras y obras se encaminan por completo a mantener y sostener eso mismo. De la misma manera están dispuestos todos los doctores y maestros vanagloriosos.

Que tan pronto.

Ustedes ven cómo Pablo se queja de que caer de la fe es cosa fácil. Por eso, en otro lugar advierte a los fieles «que el que piensa estar firme, mire que no caiga» (1 Co 10:12). También nosotros comprobamos cada día por experiencia cuán difícilmente concibe y retiene la mente una fe sana y firme. También, con cuánta dificultad se gana para el Señor a un pueblo perfecto. Un hombre puede trabajar diez años antes de conseguir que alguna pequeña iglesia quede correcta y piadosamente ordenada; y cuando ya está así ordenada, se mete algún loco, sí, hasta un ignorante completo, que no sabe hacer otra cosa sino hablar con calumnia y malicia contra los predicadores sinceros de la palabra, y él en un momento lo derriba todo. ¿A quién no movería esta malvada y escandalosa manera de obrar?

Nosotros, por la gracia de Dios, hemos alcanzado aquí en Wittenberg la forma de una iglesia cristiana. La palabra entre nosotros se enseña puramente; los sacramentos se usan correctamente; también se hacen exhortaciones y oraciones por todos los estados; y, en resumen, todo prospera. Esta felicísima marcha del evangelio algún loco la detendría pronto, y en un instante derribaría todo lo que nosotros, en muchos años y con gran trabajo, hemos edificado. Así le sucedió a Pablo, vaso escogido de Cristo. Había ganado las iglesias de Galacia con gran cuidado y trabajo, y los falsos apóstoles, poco tiempo después de su partida, las arruinaron, como dan testimonio esta y varias de sus otras epístolas. Tan grande es la debilidad y miseria de esta vida presente, y caminamos tanto en medio de las redes de Satanás, que una sola cabeza fantasiosa puede destruir y derribar por completo, en poco tiempo, todo lo que muchos ministros fieles, trabajando de día y de noche, habían edificado muchos años antes. Esto lo aprendemos hoy por experiencia, para gran dolor nuestro, y sin embargo no podemos remediar este mal.

Puesto, pues, que la iglesia es una cosa tan delicada y tan tierna, y tan pronto es derribada, los hombres deben velar con ánimo contra esos espíritus fantásticos, los cuales, cuando han oído dos sermones o leído unas pocas hojas de las Santas Escrituras, en seguida se hacen maestros y censores de todos los discípulos y maestros, contra la autoridad de todos. Muchos de esos también puedes hallar hoy entre los artesanos, hombres atrevidos y descarados, que, porque no han sido probados por tentaciones, nunca aprendieron a temer a Dios, ni tuvieron gusto o experiencia de la gracia. Estos, por estar vacíos del Espíritu Santo, enseñan lo que más les agrada a ellos mismos, y cosas plausibles y agradables al pueblo común. Entonces la multitud ignorante, deseosa de oír novedades, al momento se les une. Sí, y también muchos que se creen bien instruidos en la doctrina de la fe, y en cierta manera han sido probados con tentaciones, son seducidos por ellos.

Puesto que Pablo, por su propia experiencia, puede enseñarnos que las congregaciones ganadas con gran trabajo son fácilmente y muy pronto derribadas, debemos velar con especial cuidado contra el diablo, que anda rondando por todas partes, no sea que venga mientras dormimos y siembre cizaña entre el trigo. Porque aunque los pastores sean muy vigilantes y diligentes, el rebaño cristiano está en peligro por causa de Satanás. Pues Pablo, como dije, había plantado iglesias en Galacia con singular empeño y diligencia, y apenas había sacado, como dicen, el pie fuera de la puerta, cuando inmediatamente los falsos apóstoles derribaron a algunos, cuya caída después fue causa de gran ruina en las iglesias de Galacia. Esta pérdida tan repentina y tan grande, sin duda, fue para el Apóstol más amarga que la misma muerte. Por tanto, velemos diligentemente: primero, cada uno por sí mismo; segundo, todos los maestros, no solo por sí mismos, sino también por toda la iglesia, para que no entremos en tentación.

Se han alejado.

Aquí una vez más usa no una palabra áspera, sino muy suave. No dice: me maravillo de que tan pronto se aparten, de que sean tan desobedientes, livianos, inconstantes, ingratos; sino que tan pronto se han alejado. Como si dijera: ustedes son totalmente pacientes o sufrientes; pues no han hecho mal, sino que han sufrido y recibido mal. Por tanto, para hacer volver a esos apóstatas, acusa más bien a los que los apartaron que a los que fueron apartados, y aun así también los reprende muy modestamente, al quejarse de que fueron alejados. Como si dijera: aunque los abrazo con afecto paternal, y sé que son engañados, no por culpa de ustedes mismos, sino por culpa de los falsos apóstoles, sin embargo hubiera querido que hubieran crecido un poco más en la fuerza de la sana doctrina. No se aferraron bastante a la palabra, no echaron raíces suficientemente profundas en ella; y esa es la causa de que, con un viento tan ligero, sean arrastrados y apartados.

Jerónimo piensa que Pablo quiso interpretar esta palabra (gálatas) aludiendo al término hebreo Galath, que significa tanto como caídos o llevados de aquí para allá; como si dijera: ustedes son verdaderos gálatas, tanto en nombre como en hecho; es decir, caídos o alejados. Algunos piensan que los alemanes descienden de los gálatas. Quizá esta conjetura no sea falsa. Porque los alemanes no son muy distintos de ellos por naturaleza. Y yo mismo también me veo obligado a desear para mis compatriotas más firmeza y constancia; porque en todo lo que hacemos, al primer impulso somos muy ardientes; pero cuando se enfría el calor de nuestros afectos, al momento nos volvemos más flojos; y con la misma temeridad con que comenzamos las cosas, con esa misma las abandonamos y las desechamos por completo.

Al principio, cuando la luz del evangelio, después de tan grande oscuridad de tradiciones humanas, empezó a aparecer, muchos se volvieron celosamente a la piedad. Oían con avidez los sermones y tenían en reverencia a los ministros de la palabra de Dios. Pero ahora, cuando la religión ha sido felizmente reformada con tan gran aumento de la palabra de Dios, muchos que antes parecían discípulos fervorosos, se han vuelto menospreciadores y aun enemigos de ella; quienes no solo desechan el estudio y el celo de la palabra de Dios, y desprecian a sus ministros, sino que también odian toda buena enseñanza, y se convierten en puercos manifiestos y dioses de su vientre, dignos, sin duda, de ser comparados con los insensatos e inconstantes gálatas.

Del que los llamó por la gracia de Cristo.

Este pasaje es algo dudoso, y por eso tiene doble sentido. El primero es: “de aquel Cristo que los llamó por gracia”. El otro es: “del que”; esto es, de Dios, que los llamó por la gracia de Cristo. Yo sigo el primero. Porque me agrada que, así como Pablo, un poco antes, hizo a Cristo el Redentor, que por su muerte nos libra de este presente siglo malo, y también dador de gracia y paz juntamente con Dios el Padre, así también aquí lo haga el que llama por gracia; porque el propósito especial de Pablo es grabar en nuestras mentes el beneficio de Cristo, por medio de quien venimos al Padre.

También hay en estas palabras, “del que nos llamó en gracia”, una gran vehemencia; y en ellas se contiene también una relación contraria, como si dijera: ¡Ay! ¡Con cuánta ligereza se dejan ustedes apartar y remover de Cristo, que los llamó; no como Moisés, a la ley, a las obras, al pecado, a la ira y a la condenación, sino enteramente a la gracia! Así también nosotros nos quejamos hoy con Pablo de que la ceguera y perversidad de los hombres es horrible, porque nadie quiere recibir la doctrina de la gracia y de la salvación. O, si hay algunos que la reciben, pronto vuelven a resbalar y caen de ella; siendo así que trae consigo toda clase de bienes, tanto espirituales como corporales, a saber: perdón de pecados, verdadera justicia, paz de conciencia y vida eterna. Además, trae luz y sano juicio sobre toda clase de doctrinas y formas de vida; aprueba y establece el gobierno civil, el gobierno del hogar, y toda clase de vida ordenada y dispuesta por Dios; arranca de raíz todas las doctrinas de error, sedición, confusión y cosas semejantes; y quita el temor del pecado y de la muerte. Y, para decirlo en pocas palabras, descubre todas las astutas artimañas y obras del diablo, y manifiesta los beneficios y el amor de Dios hacia nosotros en Cristo. ¿Qué le pasa al mundo, para odiar tan amargamente esta palabra, estas buenas nuevas de consuelo eterno, gracia, salvación y vida eterna, y perseguirlas con tan infernal furia?

Pablo antes llamó a este presente mundo malo y perverso, es decir, el reino del diablo; porque de otra manera reconocería el beneficio y la misericordia de Dios. Y puesto que está bajo el poder del diablo, por eso odia y persigue esto con tanta saña, amando más las tinieblas, los errores y el reino del diablo, que la luz, la verdad y el reino de Cristo. (Jn 3:19.) Y esto no lo hace por ignorancia o por error, sino por la malicia del diablo. Esto se ve suficientemente en que Cristo, el Hijo de Dios, al entregarse a la muerte por los pecados de todos los hombres, no ha conseguido otra cosa de este mundo perverso y condenable, sino que por este beneficio suyo inestimable lo blasfema y persigue su palabra tan saludable, y aun quisiera volver a clavarlo en la cruz si pudiera. Por tanto, el mundo no solo habita en tinieblas, sino que es tinieblas en sí mismo, como está escrito en el primer capítulo de Juan.

Pablo, por tanto, insiste mucho en estas palabras: “De Cristo que os llamó”; como si quisiera decir: Mi predicación no trataba de las severas leyes de Moisés, ni enseñé que ustedes debían ser esclavos bajo el yugo; sino que prediqué la única doctrina de la gracia y de la libertad de la ley, del pecado, de la ira y de la condenación; esto es, que Cristo los ha llamado misericordiosamente en gracia, para que sean libres bajo Cristo, y no esclavos bajo Moisés, cuyos discípulos ahora han llegado a ser otra vez por medio de sus falsos apóstoles, quienes, por la ley de Moisés, no los llamaron a la gracia, sino a la ira, al aborrecimiento de Dios, al pecado y a la muerte. Pero el llamamiento de Cristo trae gracia y salud salvadora; porque los que son llamados por él, en lugar de la ley que produce tristeza, reciben las alegres nuevas del evangelio, y son trasladados de la ira de Dios a su favor, del pecado a la justicia, y de la muerte a la vida. ¿Y se dejarán ustedes llevar, y tan pronto y tan fácilmente, por otro camino, apartándose de una fuente tan viva, llena de gracia y de vida? Ahora bien, si Moisés llama a los hombres a la ira de Dios y al pecado por la ley de Dios, ¿a dónde llamará el Papa a los hombres por sus propias tradiciones? El otro sentido, que el Padre llama en la gracia de Cristo, también es bueno; pero el sentido anterior, acerca de Cristo, sirve más apropiadamente para consolar a las conciencias afligidas.

A otro evangelio.

Aquí podemos aprender a descubrir las astutas mañas y sutilezas del diablo. Ningún hereje se presenta bajo el título de errores y del diablo, ni el mismo diablo viene como diablo en su propia figura, especialmente ese diablo blanco del que hablamos antes. Sí, aun el diablo negro, que impulsa a los hombres a maldades manifiestas, les da una capa con que cubrir ese pecado que cometen o se proponen cometer. El homicida, en su furor, no ve que el homicidio es un pecado tan grande y horrible como realmente es, porque tiene una capa con que cubrirlo. Los fornicarios, los ladrones, los avaros, los borrachos y otros semejantes, tienen con qué halagarse a sí mismos y cubrir sus pecados. Así también el diablo negro sale disfrazado y fingido en todas sus obras y artimañas. Pero en asuntos espirituales, donde Satanás se presenta no negro, sino blanco, bajo esta figura de ángel, o aun de Dios mismo, allí se vale de la más astuta disimulación y de maravillosas sutilezas, y suele poner a la venta su veneno más mortal como si fuera la doctrina de la gracia, la palabra de Dios y el evangelio de Cristo. Por esta causa, Pablo llama evangelio también a la doctrina de los falsos apóstoles, ministros de Satanás, cuando dice: “A otro evangelio”; pero lo dice en burla, como si dijera: Ahora ustedes, gálatas, tienen otros evangelistas y otro evangelio; mi evangelio ahora es despreciado por ustedes; ya no tiene estima entre ustedes.

De aquí se puede recoger fácilmente que estos falsos apóstoles habían condenado el evangelio de Pablo entre los gálatas, diciendo: Pablo ciertamente ha comenzado bien; pero no basta con haber comenzado bien, porque todavía quedan muchas cosas más elevadas; tal como dicen en el capítulo quince de los Hechos: «Si no os circuncidáis conforme al rito de Moisés, no podéis ser salvos»; y también, que no basta creer en Cristo o ser bautizados, sino que es necesario además ser circuncidados.

Esto es tanto como decir: Cristo es un buen obrero, que ciertamente ha comenzado un edificio, pero no lo ha terminado; eso lo tiene que hacer Moisés.

Así también hoy, cuando los anabaptistas fanáticos y otros no pueden condenarnos abiertamente, dicen: Estos luteranos tienen espíritu de timidez; no se atreven a profesar la verdad con franqueza y libertad, ni a llevarla hasta el fin. En verdad, han puesto un fundamento, es decir, han enseñado bien la fe en Cristo; pero hay que unir el principio, el medio y el fin. Para hacer esto, Dios no se lo ha dado a ellos, sino que nos lo ha dejado a nosotros. Así estos espíritus perversos y diabólicos ensalzan y magnifican su doctrina maldita, llamándola palabra de Dios; y así, bajo el color del nombre de Dios, engañan a muchos. Porque el diablo no quiere ser feo y negro en sus ministros, sino hermoso y blanco; y para parecer tal, adorna y reviste todas sus palabras y obras con color de verdad y con el nombre de Dios. De aquí ha surgido ese proverbio común entre los alemanes: “En el nombre de Dios comienza toda desgracia”.

Por tanto, aprendamos que este es un punto especial de la astucia del diablo: que si no puede dañar persiguiendo y destruyendo, lo hace bajo apariencia de corregir y edificar. Así ahora nos persigue con poder y espada, para que, una vez que seamos quitados y despachados, no solo pueda borrar el evangelio, sino derribarlo por completo. Pero hasta aquí no ha logrado nada; porque ha matado a muchos que confesaron constantemente que esta doctrina nuestra es santa y celestial, y con cuya sangre la iglesia no es destruida, sino regada. Por tanto, como no pudo prevalecer de esa manera, levanta espíritus malvados y maestros impíos, que al principio aprueban nuestra doctrina y la enseñan de común acuerdo con nosotros; pero después dicen que nuestra vocación es enseñar los primeros principios de la doctrina cristiana, y que los misterios de las Escrituras les han sido revelados desde arriba, por Dios mismo; y que han sido llamados para este propósito, para abrirlos al mundo. De esta manera el diablo estorba el curso del evangelio tanto a la derecha como a la izquierda, pero más a la derecha —como dije antes— edificando y corrigiendo, que a la izquierda persiguiendo y destruyendo. Por eso, nos conviene orar sin cesar, leer las Santas Escrituras, aferrarnos a Cristo y a su santa palabra, para que podamos vencer las sutilezas del diablo con las que nos asalta a derecha e izquierda. «Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes.»

Gálatas 1:7

El cual no es otro evangelio, sino que hay algunos que los perturban.

Aquí otra vez excusa a los gálatas y reprende con mucha severidad a los falsos apóstoles; como si dijera: Ustedes, gálatas, han sido engañados haciéndoles creer que el evangelio que recibieron de mí no es el verdadero y sincero evangelio; por eso piensan que hacen bien en recibir ese nuevo evangelio que enseñan los falsos apóstoles, y que parece ser mejor que el mío. Yo no les atribuyo tanto a ustedes esta falta como a esos perturbadores que inquietan sus conciencias y los arrancan de mis manos. Aquí ven de nuevo cuán vehemente y ardiente es él contra esos engañadores, y con cuán duras y ásperas palabras los describe, llamándolos perturbadores de las iglesias, que no hacen otra cosa sino seducir y engañar a innumerables pobres conciencias, dando ocasión a horribles males y calamidades en las congregaciones. Esta gran enormidad también nosotros, en este día, nos vemos obligados a contemplarla, para gran dolor de nuestro corazón; y sin embargo, no somos más capaces de remediarla de lo que Pablo lo fue en aquel tiempo.

Este pasaje da testimonio de que esos falsos apóstoles habían divulgado que Pablo era un apóstol imperfecto, y también un predicador débil y erróneo; por eso él vuelve aquí a llamarlos perturbadores de las iglesias y destructores del evangelio de Cristo. Así se condenan unos a otros. Los falsos apóstoles condenaban a Pablo, y Pablo a su vez condenaba a los falsos apóstoles. La misma contienda y condenación siempre se halla en la iglesia, especialmente cuando florece la doctrina del evangelio; a saber, que los maestros malvados persiguen, condenan y oprimen a los piadosos; y, por otra parte, que los piadosos reprenden y condenan a los impíos.

Los papistas y los espíritus fantásticos en este día nos odian mortalmente y condenan nuestra doctrina como mala y errónea; más aún, acechan nuestros bienes y nuestras vidas; y nosotros, a nuestra vez, con odio perfecto, detestamos y condenamos su doctrina maldita y blasfema. Mientras tanto, el pueblo miserable no tiene firmeza alguna, sino que vacila de un lado a otro, incierto y dudoso acerca de a qué parte inclinarse o a quién seguir con seguridad; porque no a todos les es dado juzgar cristianamente en asuntos de tanto peso. Pero el fin mostrará qué parte enseña verdaderamente, y condena justamente a la otra. Es cierto que nosotros no perseguimos a nadie, no oprimimos a nadie, no damos muerte a nadie; tampoco nuestra doctrina perturba las conciencias de los hombres, sino que las libra de innumerables errores y lazos del diablo. De esto tenemos el testimonio de muchos hombres buenos que dan gracias a Dios, porque por nuestra doctrina han recibido para sus conciencias consolación cierta y segura. Por tanto, así como Pablo en aquel tiempo no debía ser culpado de que las iglesias fuesen perturbadas, sino los falsos apóstoles, así también hoy no es culpa nuestra, sino de los anabaptistas y de tales espíritus frenéticos, que haya muchos y grandes trastornos en la iglesia.

Aprende aquí con diligencia que todo maestro de obras y de la justicia de la ley es un perturbador de la iglesia y de las conciencias de los hombres. ¿Y quién hubiera creído jamás que el Papa, los cardenales, los obispos, los monjes y toda aquella sinagoga de Satanás, especialmente los fundadores de aquellas órdenes religiosas —de cuyo número, no obstante, Dios podría salvar a algunos por milagro—, eran perturbadores de las conciencias de los hombres? Sí, ciertamente son aún mucho peores que aquellos falsos apóstoles; porque los falsos apóstoles enseñaban que, además de la fe en Cristo, las obras de la ley de Dios también eran necesarias para la salvación; pero los papistas, omitiendo la fe, han enseñado tradiciones y obras de hombres no mandadas por Dios, sino inventadas por ellos mismos, fuera y contra la palabra de Dios; y no solo las han hecho iguales a la palabra de Dios, sino que también las han exaltado muy por encima de ella. Pero cuanto más santos parecen los herejes en apariencia exterior, tanto más daño hacen; porque si los falsos apóstoles no hubiesen estado adornados con dones notables, con gran autoridad y con apariencia de santidad, y si no se hubiesen gloriado de ser ministros de Cristo, discípulos de los apóstoles y predicadores sinceros del evangelio, no habrían podido tan fácilmente desacreditar la autoridad de Pablo y desviar a los gálatas.

Ahora bien, la causa por la cual él se levanta tan agudamente contra ellos, llamándolos perturbadores de las iglesias, es porque, además de la fe en Cristo, enseñaban que la circuncisión y la guarda de la ley eran necesarias para la salvación. Esto mismo lo testifica Pablo en el capítulo quinto que sigue; y Lucas, en Hch 15, declara lo mismo con estas palabras: «Entonces algunos que venían de Judea enseñaban a los hermanos: Si no os circuncidáis conforme al rito de Moisés, no podéis ser salvos». Por lo tanto, los falsos apóstoles contendían con gran insistencia y obstinación que la ley debía guardarse; a ellos se unieron en seguida los judíos de dura cerviz, y así después persuadieron fácilmente a los que no estaban afirmados en la fe de que Pablo no era un maestro sincero, porque no hacía caso de la ley, sino que predicaba una doctrina que abolía y destruía la ley. Porque les parecía cosa muy extraña que la ley de Dios fuese quitada por completo, y que los judíos, que hasta entonces siempre habían sido tenidos por el pueblo de Dios, a quienes también habían sido hechas las promesas, fueran ahora rechazados. Más extraña aún les parecía esta otra cosa: que los gentiles, siendo idólatras impíos, llegaran a obtener esta gloria y dignidad de ser el pueblo de Dios, sin circuncisión y sin las obras de la ley, solo por gracia y fe en Cristo. Estas cosas habían exagerado y expuesto al máximo los falsos apóstoles, para poner a Pablo en mayor odio entre los gálatas. Y para indisponerlos más agudamente contra él, decían que predicaba a los gentiles libertad de la ley, para traer en desprecio, y aun abolir por completo, la ley de Dios y el reino de los judíos; contra la ley de Dios, contra la costumbre de la nación judía, contra el ejemplo de los apóstoles y, en resumen, contra su propio ejemplo; por tanto, debía ser evitado como un blasfemo manifiesto contra Dios y un rebelde contra toda la república de los judíos. Decían que más bien debían ser oídos ellos mismos, quienes, además de predicar correctamente el evangelio, eran verdaderos discípulos de los apóstoles, con los cuales Pablo nunca había convivido. Con esta astucia difamaron y desacreditaron a Pablo entre los gálatas, de tal manera que, por este perverso proceder suyo, Pablo se vio necesariamente obligado a oponérseles con todas sus fuerzas a estos falsos apóstoles, a quienes reprende y condena valientemente, diciendo que son perturbadores de las iglesias y destructores del evangelio de Cristo, como sigue:

Y quieren pervertir el evangelio de Cristo.

Es decir, no solo procuran perturbarlos, sino también abolir y destruir por completo el evangelio de Cristo. Porque estas dos cosas son las que el diablo practica con mayor empeño: primero, no se contenta con perturbar y engañar a muchos por medio de sus falsos apóstoles, sino que además se esfuerza por destruir totalmente el evangelio, y no descansa hasta lograrlo. Sin embargo, nada toleran menos tales pervertidores del evangelio que oír que son apóstoles del diablo; antes bien, se glorían más que otros en el nombre de Cristo, y se jactan de ser los predicadores más sinceros del evangelio.

Pero porque mezclan la ley con el evangelio, necesariamente tienen que ser pervertidores del evangelio. Porque o Cristo debe permanecer y la ley perecer, o la ley debe permanecer y Cristo perecer; pues Cristo y la ley de ningún modo pueden concordar y reinar juntos en la conciencia. Donde reina la justicia de la ley, no puede reinar la justicia de la gracia; y otra vez, donde reina la justicia de la gracia, no puede reinar la justicia de la ley; porque una de las dos necesariamente tiene que ceder el lugar a la otra. Y si no puedes creer que Dios perdonará tus pecados por causa de Cristo, a quien envió al mundo para ser nuestro sumo sacerdote, ¿cómo, te ruego, creerás entonces que los perdonará por las obras de la ley, las cuales nunca pudiste cumplir, o por tus propias obras, las cuales, como te ves obligado a confesar, son tales que les es imposible resistir el juicio de Dios?

Por tanto, la doctrina de la gracia de ningún modo puede mantenerse juntamente con la doctrina de la ley. Una de las dos debe ser simplemente rechazada y abolida, y la otra confirmada y establecida. Porque, como aquí dice Pablo, mezclar la una con la otra es destruir el evangelio de Cristo. Y, sin embargo, cuando se llega a disputar, la parte mayor vence a la mejor; porque Cristo, con los suyos, es débil, y el evangelio no es más que locura de predicación; por el contrario, el reino del mundo y el diablo, príncipe de él, son fuertes. Además, la sabiduría y la justicia de la carne tienen una hermosa apariencia; y por este medio, la justicia de la gracia y de la fe se pierde, mientras la otra justicia de la ley y de las obras es ensalzada y sostenida. Pero este es nuestro consuelo: que el diablo con todos sus miembros no puede hacer lo que quiere. Puede perturbar a muchos, pero no puede destruir el evangelio de Cristo. La verdad puede ser combatida, pero no puede ser vencida; porque la palabra del Señor permanece para siempre.

Parece cosa ligera mezclar la ley y el evangelio, la fe y las obras; pero hace más daño del que la razón humana puede concebir. Porque no solo empaña y oscurece el conocimiento de la gracia, sino que también quita a Cristo con todos sus beneficios, y destruye por completo el evangelio, como Pablo dice en este lugar. La causa de este gran mal es nuestra carne, la cual, estando hundida en pecados, no ve otro camino para salir sino por obras, y por eso querría vivir en la justicia de la ley y descansar en la confianza de sus propias obras. Por tanto, es enteramente ignorante de la doctrina de la fe y de la gracia, sin la cual, sin embargo, es imposible que la conciencia halle descanso y quietud.

También se ve por estas palabras de Pablo, «Y quieren pervertir el evangelio de Cristo», que los falsos apóstoles eran extremadamente osados y desvergonzados, pues se levantaban con todas sus fuerzas contra Pablo; por eso él otra vez, usando su espíritu de celo y fervor, y estando plenamente persuadido de la certeza de su llamamiento, se opone firmemente a ellos, y engrandece maravillosamente su ministerio, diciendo:

Gálatas 1:8

Pero si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema.

Aquí Pablo echa fuera verdaderas llamas de fuego, y su celo es tan ardiente que casi comienza también a maldecir a los ángeles. Aunque, dice él, nosotros mismos, incluso yo y mis hermanos Timoteo y Tito, y todos los que enseñan a Cristo puramente conmigo (no hablo ahora de esos seductores de las conciencias); sí, o si un ángel del cielo les predicara, etc.; con todo, yo preferiría que yo mismo, mis hermanos, sí, y aun los mismos ángeles del cielo, fueran tenidos por malditos, antes que mi evangelio fuese derribado. Este es, en verdad, un celo vehemente: que se atreva tan osadamente a maldecir, no solo a sí mismo y a sus hermanos, sino también aun a un ángel del cielo.

La palabra griega anathema, en hebreo herem, significa una cosa maldita, execrable y detestable, que no tiene nada que ver, ni participación ni comunión con Dios. Así dice Josué: «Maldito delante de Jehová el hombre que se levantare y reedificare esta ciudad de Jericó» (Jos 6:26). Y en el final de Levítico está escrito: «Ninguna cosa consagrada, que alguno hubiere dedicado a Jehová, de todo lo que tuviere, de hombres y animales, y de las tierras de su posesión, se venderá, ni se redimirá; todo lo consagrado será cosa santísima para Jehová. Ninguna persona separada como anatema podrá ser rescatada; indefectiblemente ha de ser muerta» (Lv 27:28-29). Así, Dios ha decretado que Amalec, y algunas otras ciudades, malditas por la propia sentencia de Dios, sean totalmente arrasadas y destruidas. Este es, entonces, el sentido de Pablo: Yo preferiría que yo mismo y los demás mis hermanos, sí, y un ángel del cielo, fueran malditos, antes que nosotros u otros prediquemos algún otro evangelio distinto del que ya hemos predicado. Así Pablo primero se maldice a sí mismo; porque los artífices hábiles suelen primero hallarse falta a sí mismos, para después reprender a otros con más libertad y severidad.

Pablo, por tanto, concluye que no hay otro evangelio aparte del que él mismo había predicado. Pero él no predicó un evangelio que él mismo hubiese inventado, sino el mismo que Dios había prometido antes por sus profetas en las Santas Escrituras (Ro 1); por eso se declara a sí mismo y a otros, sí, aun a un ángel del cielo, indudablemente malditos si enseñan algo contrario al evangelio anterior; porque la voz del evangelio, una vez proclamada, no será retirada hasta el día del juicio.

Gálatas 1:9

Como antes hemos dicho, también ahora lo repito: Si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema.

Repite exactamente lo mismo, solo que cambia las personas. Antes se maldijo a sí mismo, a sus hermanos y a un ángel del cielo; aquí, si hay alguno (dice él), además de nosotros, que les predique otro evangelio distinto del que recibieron de nosotros, sea también anatema. Por tanto, excomulga y maldice claramente a todos los maestros en general: a sí mismo, a sus hermanos, a un ángel, y además a todos los demás, especialmente a esos falsos maestros que eran sus adversarios.

Aquí aparece un ardor de espíritu extraordinariamente grande en el Apóstol, pues se atreve a maldecir a todos los maestros del mundo entero y aun del cielo, si pervierten su evangelio y enseñan otro distinto. Porque todos los hombres deben creer ese evangelio que Pablo predicó; de otro modo, tienen que ser malditos y condenados. ¡Quiera Dios que esta terrible sentencia del Apóstol infunda temor en el corazón de los que buscan pervertir el evangelio de Pablo! De esa clase, por desgracia, el mundo está lleno hoy.

Aquí debe observarse este cambio de personas. Porque Pablo habla de otra manera en su primera maldición que en la segunda. En la primera dice: «Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema»; en la segunda: «del que habéis recibido». Y esto lo hace a propósito, para que los gálatas no dijeran: Nosotros, oh Pablo, no pervertimos el evangelio que tú nos predicaste; simplemente no te entendimos bien, pero los maestros que vinieron después nos han explicado su verdadero sentido.

Eso, dice él, de ningún modo lo admito. Ellos no debían añadir nada, ni corregirlo; sino que lo que oyeron de mí es la pura palabra de Dios: que solo eso permanezca. Tampoco deseo yo mismo ser otra clase de maestro distinta de la que fui, ni que ustedes sean otros discípulos. Por tanto, si oyen a alguno que trae otro evangelio distinto del que oyeron de mí, o que se jacta de que va a enseñarles cosas mejores de las que recibieron de mí, sean malditos tanto él como sus discípulos.

Los dos primeros capítulos, en cierto modo, no contienen otra cosa que defensas de su doctrina y refutaciones de errores. Así que, hasta llegar al final del cap. 2, no toca la materia principal que trata en esta epístola, a saber, el artículo de la justificación.

Sin embargo, esta sentencia de Pablo debe advertirnos que todos los que piensan que el Papa es el juez de la Escritura son malditos. Esto es lo que los escolásticos papistas han enseñado impíamente, basándose en este principio: La iglesia ha aprobado solo cuatro Evangelios; por tanto, solo hay cuatro; porque si hubiera aprobado más, habría más. Ahora bien, puesto que la iglesia podía recibir y aprobar tales evangelios y tantos como quisiera, por tanto la iglesia está por encima del evangelio. ¡Qué hermoso argumento, por cierto! Yo apruebo la Escritura; ergo, ¡estoy por encima de la Escritura! Juan el Bautista reconoce y confiesa a Cristo, y lo señala con el dedo; por tanto, ¡está por encima de Cristo! La iglesia aprueba la fe y la doctrina cristianas; por tanto, ¡la iglesia está por encima de ellas!

Para derribar esta doctrina suya, impía y blasfema, tienes aquí un texto claro como un rayo, en el cual Pablo se somete a sí mismo, a un ángel del cielo, a los doctores sobre la tierra, y a todos los demás maestros, sea quien sea, bajo la autoridad de la Escritura. Porque no deben ser maestros, jueces ni árbitros, sino solamente testigos, discípulos y confesores de la iglesia, ya sea el Papa, Lutero, Agustín, Pablo o un ángel del cielo.

Tampoco debe enseñarse ni oírse en la iglesia ninguna doctrina aparte de la pura palabra de Dios, es decir, la Sagrada Escritura. De otro modo, sean malditos tanto los maestros como los oyentes, junto con su doctrina.

Gálatas 1:10

Porque, ¿busco ahora el favor de los hombres, o el de Dios?

Estas palabras están dichas con la misma vehemencia de espíritu que las anteriores; como si dijera: ¿Soy yo, Pablo, tan poco conocido entre ustedes, yo que he predicado tan abiertamente en sus iglesias? ¿Aún les son desconocidos mis duros conflictos y tantas ásperas batallas contra los judíos? Creo que por mi predicación y por tantas y tan grandes aflicciones que he padecido, se les muestra suficientemente si sirvo a los hombres o a Dios. Porque todos ven que, por esta predicación mía, no solo he levantado persecución contra mí en todas partes, sino que también me he ganado el cruel odio tanto de mi propia nación como de todos los demás hombres. Muestro, por tanto, con suficiente claridad, que no busco por mi predicación el favor o la alabanza de los hombres, sino exaltar el beneficio y la gloria de Dios.

Tampoco nosotros buscamos el favor de los hombres por medio de nuestra doctrina. Porque enseñamos que todos los hombres son malos por naturaleza, e hijos de ira. Condenamos el libre albedrío del hombre, su fuerza, su sabiduría y su justicia, y toda religión inventada por el hombre. Y, en resumen, decimos que no hay nada en nosotros que pueda merecer la gracia y el perdón de los pecados; sino que predicamos que obtenemos esta gracia solamente por la libre misericordia de Dios, por causa de Cristo. Porque así los cielos anuncian la gloria de Dios, y sus obras, condenando generalmente a todos los hombres con sus obras. (Ef 2:3.) Esto no es predicar para ganar el favor de los hombres y del mundo; porque el mundo nada puede tolerar menos que oír condenadas su sabiduría, su justicia, su religión y su poder. Y hablar contra esos grandes y gloriosos dones del mundo no es adular al mundo, sino más bien atraerse el odio y la indignación del mundo (Sal 19:1); porque si hablamos contra los hombres, o contra cualquier cosa que pertenezca a su gloria, no puede ser de otro modo, sino que han de seguir cruel odio, persecuciones, excomuniones, homicidios y condenaciones.

Si entonces, dice Pablo, ellos ven otras cosas, ¿por qué no ven también esto: que yo enseño las cosas que son de Dios, y no de los hombres? Es decir, que no busco el favor de ningún hombre por mi doctrina, sino que presento la misericordia de Dios, ofrecida a nosotros en Cristo. Porque si yo buscara el favor de los hombres, no condenaría sus obras. Ahora bien, puesto que condeno las obras de los hombres, es decir, porque muestro el juicio de Dios por su palabra, de la cual soy ministro, contra todos los hombres, que son pecadores, injustos, malvados, hijos de ira, esclavos del diablo y condenados, y que no son justificados por las obras ni por la circuncisión, sino solamente por la gracia y por la fe en Cristo; por eso me atraigo el odio mortal de los hombres. Porque nada pueden soportar menos que oír que son así. Antes bien, quieren ser alabados como sabios, justos y santos. Por tanto, esto da suficiente testimonio de que yo no enseño doctrina de hombres. De la misma manera habla también Cristo en Juan 7: «No puede el mundo aborreceros a vosotros; mas a mí me aborrece, porque yo testifico de él, que sus obras son malas» (Jn 7:7); y en Juan 3: «Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas» (Jn 3:19).

Ahora bien, que yo enseño las cosas que son de Dios, dice el Apóstol, puede verse suficientemente en esto: que predico la sola gracia, la misericordia, la bondad y la gloria de Dios. Además, el que habla, como dice Cristo, aquellas cosas que su Señor y Maestro le ha mandado, y no se glorifica a sí mismo, sino a Aquel de quien es mensajero, trae y enseña la verdadera palabra de Dios. Pero yo enseño solamente aquellas cosas que me han sido mandadas desde arriba. Tampoco me glorifico a mí mismo, sino a Aquel que me envió. Además de eso, provoco contra mí la ira y la indignación de judíos y gentiles. Por lo tanto, mi doctrina es verdadera, sincera, cierta y de Dios; y no puede haber ninguna otra, mucho menos alguna mejor que esta doctrina mía. Por eso, cualquier otra doctrina que no enseñe, como la mía, que todos los hombres son pecadores y que son justificados solamente por la fe en Cristo, necesariamente ha de ser falsa, malvada, blasfema, maldita y diabólica; y tales son también los que la enseñan o la reciben.

Así también nosotros, con Pablo, pronunciamos con valentía que toda doctrina semejante, que no concuerda con la nuestra, sea maldita. Porque tampoco buscamos por nuestra predicación la alabanza de los hombres, ni el favor de príncipes o de obispos, sino solo el favor de Dios, cuya sola gracia y misericordia predicamos, despreciando y hollando todo lo que es de nosotros mismos. Cualquiera, pues, que enseñe algún otro evangelio, o algo contrario al nuestro, seamos valientes para decir que es enviado del diablo, y tengámoslo por maldito.

¿O trato de agradar a los hombres?

Es decir, ¿sirvo a los hombres o a Dios? Siempre dirige una mirada a los falsos apóstoles. Estos, dice él, necesariamente buscan agradar y adular a los hombres; porque por este medio procuran gloriarse otra vez en la carne de ellos. Además, como no quieren soportar el odio y la persecución de los hombres, enseñan la circuncisión, solamente para evitar la persecución de la cruz, como sigue en el capítulo 5.

Así también hoy pueden hallar muchos que buscan agradar a los hombres; y para vivir en paz y en la seguridad de la carne, enseñan las cosas que son de los hombres, es decir, cosas malas. O bien aprueban las blasfemias y los perversos juicios de los adversarios, contra la palabra de Dios y contra su propia conciencia, para conservar todavía el favor de príncipes y obispos, y disfrutar de sus bienes. Pero nosotros, porque procuramos agradar a Dios y no a los hombres, levantamos contra nosotros la malicia del diablo y del mismo infierno; sufrimos los reproches y calumnias del mundo, la muerte y todos los males que puedan inventarse contra nosotros.

Así dice aquí Pablo: no busco agradar a los hombres, para que alaben mi doctrina y digan que soy un excelente maestro, sino que deseo solamente que mi doctrina agrade a Dios; y por este medio me hago enemigos mortales a los hombres. Lo cual encuentro por experiencia que es muy verdadero; porque me pagan con infamia, calumnia, prisión y espada. Por el contrario, los falsos apóstoles enseñan las cosas que son de hombres, es decir, cosas agradables y plausibles a la razón humana, y eso con el fin de vivir cómodamente y ganarse el favor, la buena voluntad y la alabanza del pueblo. Y tales hombres hallan lo que buscan; porque son alabados y ensalzados por los hombres. Así dice también Cristo en Mt 6, que los hipócritas hacen todas las cosas para ser alabados por los hombres. Y en Juan 5 los reprende duramente: «¿Cómo podéis vosotros creer, pues recibís gloria los unos de los otros, y no buscáis la gloria que viene del Dios único?» Las cosas que Pablo ha enseñado hasta aquí son, en cierto modo, solo ejemplos. Entretanto, sin embargo, él es muy diligente en todas partes en probar que su doctrina es sincera y sana. Por eso exhorta a los gálatas a que no la abandonen por ninguna otra doctrina.

Porque si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo.

Estas cosas deben referirse a todo el oficio y ministerio de Pablo, para mostrar qué gran contrariedad había entre su conducta anterior bajo la ley judía y su conducta actual bajo el evangelio; como si dijera: ¿Piensan ustedes que todavía procuro agradar a los hombres, como lo hacía en tiempos pasados? Así habla después en el capítulo 5: si todavía predico la circuncisión, ¿por qué padezco persecución? Como si dijera: ¿No ven ni oyen de mis luchas diarias, de mis grandes persecuciones y aflicciones? Después que fui convertido y llamado al oficio de apóstol, nunca enseñé doctrina de hombres, ni busqué agradar a los hombres, sino solamente a Dios. Es decir, no busco por mi ministerio y doctrina la alabanza y el favor de los hombres, sino los de Dios.

Aquí, otra vez, debe notarse cuán maliciosa y astutamente procuraban los falsos apóstoles hacer odioso a Pablo entre los gálatas. Sacaban de sus predicaciones y escritos ciertas contradicciones, como hacen hoy nuestros adversarios con nuestros libros; y por este medio querían convencerlo de haber enseñado cosas contrarias. Por eso decían que no debía dársele crédito, sino que la circuncisión y la ley debían guardarse; cosa que él mismo también había aprobado con su ejemplo, porque había circuncidado a Timoteo conforme a la ley, se había purificado con otros cuatro hombres en el templo de Jerusalén, y se había rapado la cabeza en Cencrea (Hch 16:3; 18:18). Estas cosas insinuaban ellos astutamente: que Pablo había sido obligado a hacerlas por mandamiento y autoridad de los apóstoles. Sin embargo, él las había guardado como cosas indiferentes, soportando la debilidad de los hermanos débiles, que aún no entendían la libertad cristiana, para que no se ofendieran. A tales cavilosidades responde así: cuán verdadero sea lo que los falsos apóstoles forjan contra mí, para destruir mi evangelio y restablecer la ley y la circuncisión, la misma realidad lo declara suficientemente. Porque si yo predicara la ley y la circuncisión, y alabara la fuerza, el poder y la voluntad del hombre, no les sería tan odioso, sino que les agradaría.

Gálatas 1:11-12

Mas os hago saber, hermanos, que el evangelio anunciado por mí, no es según hombre; pues yo ni lo recibí ni lo aprendí de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo.

Aquí está el punto principal de este asunto, el cual contiene una refutación de sus adversarios y una defensa de su doctrina, hasta el final del capítulo 2. En esto se afirma, en esto insiste, y con juramento lo confirma: que no aprendió su evangelio de hombre alguno, sino que lo recibió por revelación de Jesucristo. Y al jurar, se ve obligado a hacerlo para que los gálatas le crean, y también para que no presten oído a los falsos apóstoles, a quienes reprende como mentirosos, porque habían dicho que él había aprendido y recibido su evangelio de los apóstoles.

Cuando dice que su evangelio no es según hombre, no quiere decir que su evangelio no sea terrenal, porque eso es evidente por sí mismo; y los falsos apóstoles también se jactaban de que su doctrina no era terrenal, sino celestial. Lo que quiere decir es que no aprendió su evangelio por el ministerio de hombres, ni lo recibió por algún medio terrenal, como todos nosotros lo aprendemos, sea por el ministerio de hombres o por algún medio terrenal: unos por oír, otros por leer y otros por escribir. Pero él lo recibió solamente por revelación de Jesucristo. Si alguno quiere hacer alguna otra distinción, no me opongo. Aquí el apóstol muestra de paso que Cristo no es solamente hombre, sino que es Dios y verdadero hombre, cuando dice que no recibió su evangelio por hombre.

Ahora bien, Pablo recibió su evangelio en el camino, yendo a Damasco, donde Cristo se le apareció y habló con él. Después también habló con él en el templo en Jerusalén. Pero recibió su evangelio en el camino, como Lucas refiere la historia en Hch 9. «Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que debes hacer». No le manda ir a la ciudad para que aprenda el evangelio de Ananías; sino que a Ananías se le mandó ir para bautizarlo, poner las manos sobre él, encomendarle el ministerio de la palabra y recomendarlo a la iglesia, y no para enseñarle el evangelio, el cual ya había recibido antes, como él mismo se gloría en ese mismo lugar, por la sola revelación de Jesucristo. Y esto el mismo Ananías lo confiesa, diciendo: «Hermano Saulo, el Señor Jesús, que se te apareció en el camino por donde venías, me ha enviado para que recibas la vista». Por tanto, no recibió su doctrina de Ananías; sino que, habiendo ya sido llamado, alumbrado y enseñado por Cristo en el camino, fue enviado a Ananías para que también tuviera el testimonio de los hombres de que había sido llamado por Dios para predicar el evangelio de Cristo.

Pablo se vio obligado a relatar esto para quitar la calumnia de los falsos apóstoles, que procuraban hacerlo odioso ante los gálatas, diciendo que Pablo era un discípulo inferior al resto de los apóstoles; que ellos habían recibido de los apóstoles aquello que enseñaban y guardaban; que además habían visto su conducta por mucho tiempo; y que Pablo mismo también había recibido de ellos esas mismas cosas, aunque ahora lo negara. ¿Por qué, entonces, habrían de obedecer más bien a uno inferior, y despreciar la autoridad de los mismos apóstoles, que no solo eran los primeros ancianos y maestros de los gálatas, sino también de todas las iglesias en todo el mundo?

Este argumento, que esos mismos apóstoles fundaban sobre la autoridad de los apóstoles, era fuerte y poderoso, y por él los gálatas fueron derribados de repente, especialmente en este asunto. Yo nunca lo habría creído, si no hubiera sido enseñado por estos ejemplos de las iglesias de Galacia, de los corintios y de otras, que aquellos que al principio habían recibido la palabra de Dios con tanto gozo, entre los cuales había muchos hombres notables, pudieran ser tan pronto trastornados. ¡Oh buen Señor, qué horribles e infinitos males puede causar fácilmente un solo argumento! Cuando Dios retira su gracia, ese argumento hiere tanto la conciencia del hombre, que en un momento lo pierde todo. Así, pues, por esta sutileza los falsos apóstoles engañaron fácilmente a los gálatas, que no estaban aún plenamente establecidos y arraigados, sino todavía débiles en la fe.

Además, el asunto de la justificación es frágil; no en sí mismo, porque en sí mismo es firmísimo y certísimo, sino con respecto a nosotros. De esto yo mismo tengo buena experiencia. Porque sé en qué horas de tinieblas lucho a veces. Sé cuán a menudo pierdo de repente los rayos del evangelio y de la gracia, como si me fueran cubiertos por nubes espesas y oscuras. En resumen, sé en cuán resbaladizo lugar están aun aquellos que son bien ejercitados y parecen tener pie firme en los asuntos de la fe. Tenemos buena experiencia de esto, porque podemos enseñarlo a otros, y esta es una señal segura de que lo entendemos. Pero cuando en el mismo combate deberíamos usar el evangelio, que es palabra de gracia, de consolación y de vida, entonces la ley, palabra de ira, de pesadumbre y de muerte, se adelanta al evangelio y comienza a enfurecerse; y los terrores que levanta en la conciencia no son menores que aquella horrible manifestación en el monte Sinaí. De modo que aun un solo pasaje de la Escritura que contenga alguna amenaza de la ley (Éx 19:18) abruma y ahoga todos los demás consuelos, y sacude tanto todas nuestras facultades internas que nos hace olvidar la justificación, la gracia, a Cristo, el evangelio y todo lo demás.

Por tanto, con respecto a nosotros, es un asunto muy frágil, porque nosotros somos frágiles. Además, tenemos contra nosotros aun la mitad de nosotros mismos; es decir, la razón y todas sus facultades. Aparte de todo esto, la carne resiste al Espíritu, el cual no puede creer con plena certeza que las promesas de Dios son verdaderas. Por eso pelea contra el Espíritu y, como dice Pablo, la carne lo lleva cautivo, Gá 5:17; Ro 7:23, de modo que no puede creer tan firmemente como quisiera. Por lo cual enseñamos continuamente que el conocimiento de Cristo y de la fe no es obra del hombre, sino sencillamente don de Dios, quien así como crea la fe, así también la conserva en nosotros. Y así como primero nos da la fe por medio de la palabra, así después la ejercita, la aumenta, la fortalece y la perfecciona en nosotros por medio de la palabra. Por eso, el mayor servicio que un hombre puede hacer a Dios, y el verdadero sábado de sábados, es ejercitarse en la verdadera piedad, oír diligentemente la palabra y leerla. Por el contrario, no hay nada más peligroso que cansarse de la palabra. Por tanto, el que está tan frío que piensa que ya sabe bastante, y poco a poco comienza a hastiarse de la palabra, ese hombre ha perdido a Cristo y al evangelio; y aquello que piensa saber, lo alcanza solo por una mera especulación. Y es semejante a un hombre, como dice Santiago, «el cual considera en un espejo su rostro natural. Porque él se considera a sí mismo, y se va, y luego olvida cómo era» (Stg 1:23-24).

Por eso, que todo hombre fiel trabaje y luche con toda diligencia por aprender y conservar esta doctrina; y para ese fin use una oración humilde y ferviente, junto con un estudio y meditación continuos de la palabra. Y cuando hayamos hecho cuanto podamos, todavía tendremos bastante para mantenernos ocupados. Porque no tenemos que tratar con enemigos pequeños, sino fuertes y poderosos, y tales que están en continua guerra contra nosotros; a saber, nuestra propia carne, todos los peligros del mundo, la ley, el pecado, la muerte, la ira y el juicio de Dios, y el mismo diablo, que nunca cesa de tentarnos por dentro con sus dardos encendidos, y por fuera con sus falsos apóstoles, para derribar, si no a todos, al menos a la mayoría de nosotros.

Este argumento, pues, de los falsos apóstoles tenía una hermosa apariencia y parecía ser muy fuerte. Y aun hoy prevalece sobre muchos; a saber, que los apóstoles, los santos padres y sus sucesores han enseñado así; que la iglesia así piensa y cree; y además, que es imposible que Cristo haya permitido que su iglesia errara por tanto tiempo. ¿Eres tú solo, dicen ellos, más sabio que tantos santos? ¿Más sabio que toda la iglesia? De esta manera, Satanás, transformado en ángel de luz, nos acomete hoy astutamente por medio de ciertos hipócritas pestilentes, que dicen: No nos importa el papa, aborrecemos la hipocresía de los monjes y cosas semejantes; pero queremos que la autoridad de la santa iglesia permanezca intacta. La iglesia ha creído y enseñado así desde hace mucho tiempo. Así lo han hecho todos los doctores de la iglesia primitiva, hombres santos, más antiguos y más instruidos que tú. ¿Quién eres tú, que te atreves a disentir de todos ellos y traernos una doctrina contraria? Cuando Satanás razona así, aliándose con la carne y con la razón, entonces tu conciencia se aterra y desespera por completo, a menos que vuelvas en ti y digas con firmeza: Ya sea Cipriano, Ambrosio, Agustín, o san Pedro, Pablo o Juan, sí, o aun un ángel del cielo, si enseña de otra manera, yo sé ciertamente esto: que no enseño cosas de hombres, sino de Dios; es decir, atribuyo todas las cosas solo a Dios, y nada al hombre. Cuando por primera vez asumí la defensa del evangelio, recuerdo que el doctor Staupitius, varón digno, me dijo así: “Esto me agrada mucho, que esta doctrina que tú predicas atribuye la gloria y todas las cosas solamente a Dios, y nada al hombre; porque a Dios no se le puede atribuir demasiada gloria, bondad, misericordia”, etc. Ese dicho me consoló y confirmó mucho entonces. Y es verdad que la doctrina del evangelio quita a los hombres toda gloria, sabiduría, justicia, etc., y la da solo al Creador, que hizo todas las cosas de la nada. También podemos atribuir con más seguridad demasiado a Dios que al hombre. Porque en este caso puedo decir con valentía: Sea así, que la iglesia, Agustín y otros doctores, también Pedro y Apolos, sí, aun un ángel del cielo, enseñen una doctrina contraria; sin embargo, mi doctrina es tal que exalta y predica solo la gracia y la gloria de Dios, y en el asunto de la salvación condena la justicia y la sabiduría de todos los hombres. En esto no puedo errar, porque doy a Dios y al hombre lo que propia y verdaderamente pertenece a cada uno.

Pero tú dirás: La iglesia es santa, los padres son santos. Es verdad. Sin embargo, aunque la iglesia es santa, se ve obligada a orar: «Perdónanos nuestras deudas». Así también, aunque los padres sean santos, son salvos por el perdón de los pecados. Por tanto, ni yo debo ser creído, ni la iglesia, ni los padres, ni los apóstoles, ni aun un ángel del cielo, si enseñamos algo contra la palabra de Dios; sino que la palabra de Dios permanezca para siempre. De otro modo, este argumento de los falsos apóstoles habría prevalecido poderosamente contra la doctrina de Pablo. Porque realmente era un gran asunto, un gran asunto, digo, poner ante los gálatas a toda la iglesia, con toda la compañía de los apóstoles, contra Pablo solo, recién levantado y de poca autoridad. Este era, pues, un argumento fuerte, y concluía con mucha fuerza. Porque nadie dice de buena gana que la iglesia yerra; y sin embargo es necesario decir que yerra, si enseña algo además o contra la palabra de Dios. Pedro, el principal de los apóstoles, enseñó, tanto en vida como en doctrina, algo además de la palabra de Dios; por tanto erró y fue engañado. Y Pablo no disimuló ese error, aunque parecía ser solo una falta ligera, porque vio que se volvería para daño de toda la iglesia, sino que «le resistí cara a cara, porque era de condenar»; porque no andaba rectamente conforme a la verdad del evangelio (Gá 2:11). Por tanto, ni la iglesia, ni Pedro, ni los apóstoles, ni los ángeles del cielo deben ser oídos, a menos que traigan y enseñen la pura palabra de Dios.

Este argumento suyo, aun hoy en día, no perjudica poco a nuestra causa. Porque si no debemos creer ni al Papa, ni a los padres, ni a Lutero, ni a ningún otro, a menos que nos enseñen la pura palabra de Dios, ¿a quién creeremos entonces? ¿Quién, entretanto, certificará a nuestras conciencias cuál de las dos partes enseña la pura palabra de Dios, nosotros o nuestros adversarios? Porque ellos se jactan de que también tienen la pura palabra de Dios y la enseñan.

Además, nosotros no creemos a los papistas, porque no enseñan la palabra de Dios, ni pueden enseñarla. Por el contrario, ellos nos aborrecen con la mayor amargura y nos persiguen como herejes pestilentes y seductores del pueblo. ¿Qué debe hacerse en este caso? ¿Será lícito que todo espíritu fantasioso enseñe lo que se le antoje, viendo que el mundo ni puede oír ni soportar nuestra doctrina? Porque, aunque nos gloriamos con Pablo de que enseñamos el puro evangelio de Cristo, no adelantamos nada, sino que nos vemos obligados a oír que esta gloria nuestra no solo es vana, temeraria y arrogante, sino también diabólica y llena de blasfemia.

Pero si nos humillamos y cedemos al furor de nuestros adversarios, entonces tanto los papistas como los anabaptistas se envanecen. Los anabaptistas se jactarán de que traen y enseñan alguna cosa extraña que el mundo nunca antes oyó. Los papistas volverán a levantar y establecer sus antiguas abominaciones. Por tanto, cuide cada uno de estar completamente seguro de su llamamiento y de su doctrina, para que pueda decir valientemente con Pablo: «Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema» (Gá 1:8).

Gálatas 1:13

Porque ya habéis oído acerca de mi conducta en otro tiempo en el judaísmo, que perseguía sobremanera a la iglesia de Dios y la asolaba; y en el judaísmo aventajaba a muchos de mis contemporáneos en mi nación.

Este pasaje no contiene ninguna doctrina singular. Sin embargo, Pablo alega aquí su propio ejemplo, diciendo: Yo he defendido las tradiciones de los fariseos y la religión judía con más constancia que ustedes y que todos sus falsos maestros. Por tanto, si la justicia de la ley hubiera valido algo, no me habría apartado de ella. Y, sin embargo, antes de conocer a Cristo, me ejercité tanto en guardarla y aproveché tanto en ello, que sobrepasaba a muchos de mis contemporáneos de mi propia nación. Además, era tan celoso en defenderla, que perseguía sobremanera a la iglesia de Dios y la asolaba. Porque, habiendo recibido autoridad de los sumos sacerdotes, puse a muchos en la cárcel (Hch 26:10); y cuando habían de ser condenados a muerte, yo daba mi voto. Y los castigué muchas veces en todas las sinagogas. Los obligué a blasfemar, y, enfurecido sobremanera contra ellos, los perseguí hasta en las ciudades extranjeras,

Gálatas 1:14

Y aventajaba en el judaísmo a muchos de mis contemporáneos en mi nación, siendo mucho más celoso de las tradiciones de mis padres.

No llama aquí a las tradiciones de los padres tradiciones farisaicas o humanas; porque en este lugar no trata de las tradiciones farisaicas, sino de un asunto mucho más alto. Por eso llama aun a la ley santa de Moisés las tradiciones de los padres; es decir, recibidas y dejadas en herencia por los padres. De estas, dice él: cuando yo estaba en la religión judía, era muy celoso. Habla de la misma manera a los filipenses (cap. 3:5-6): «en cuanto a la ley, fariseo; en cuanto a celo, perseguidor de la iglesia; en cuanto a la justicia que es en la ley, irreprensible». Como si dijera: Aquí puedo gloriarme, y puedo compararme con toda la nación de los judíos, sí, aun con los mejores y más santos de todos los de la circuncisión. Que me muestren, si pueden, un defensor más celoso y ardiente de la ley de Moisés que yo. Esto, oh gálatas, debió haberlos persuadido a no creer a estos engañadores, que engrandecen la justicia de la ley como si fuera algo de gran importancia; cuando, si hubiera alguna causa para gloriarse en la justicia de la ley, yo tendría más causa de gloriarme que cualquier otro.

De la misma manera digo de mí mismo, que antes de ser alumbrado con el conocimiento del evangelio, yo era tan celoso de las leyes papistas y de las tradiciones de los padres como cualquier otro, sosteniéndolas y defendiéndolas con el mayor empeño como santas y necesarias para la salvación. Además, me esforzaba por observarlas y guardarlas yo mismo, tanto como me era posible; castigando mi pobre cuerpo con ayunos, vigilias, oraciones y otros ejercicios, más que todos aquellos que hoy me odian y persiguen tan amargamente, porque ahora les quito la gloria de justificar por obras y méritos. Porque yo era tan diligente y supersticioso en la observancia de estas cosas, que cargaba sobre mi cuerpo más de lo que, sin peligro para la salud, podía soportar. Yo honraba al Papa por pura conciencia, y sinceramente, no buscando prebendas, ascensos ni beneficios; sino que todo lo que hacía, lo hacía con un corazón sencillo, con buen celo, y para la gloria de Dios. Pero aquellas cosas que entonces eran para mí ganancia, ahora, con Pablo, las tengo por pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Pero nuestros adversarios, como vientres ociosos, y no probados por ninguna tentación, no creen que yo y muchos otros hayamos soportado tales cosas. Hablo de aquellos que, con gran deseo, buscaban paz y quietud de conciencia, las cuales, sin embargo, en tan grandes tinieblas no les era posible hallar.

Gálatas 1:15-17

Pero cuando agradó a Dios (que me apartó desde el vientre de mi madre, y me llamó por su gracia) revelar a su Hijo en mí, para que yo le predicase entre los gentiles, no consulté en seguida con carne y sangre, ni subí a Jerusalén a los que eran apóstoles antes que yo; sino que fui a Arabia, y volví de nuevo a Damasco.

Este es el primer viaje de Pablo. Y aquí testifica que, inmediatamente después de ser llamado por la gracia de Dios para predicar a Cristo entre los gentiles, fue a Arabia, sin consejo de hombre alguno, a la obra para la cual había sido llamado. Y este lugar testifica por quién fue enseñado, y por qué medio llegó al conocimiento del evangelio y a su apostolado. «Cuando agradó a Dios», dice. Como si quisiera decir: Yo no lo merecí, porque era celoso de la ley de Dios, pero sin juicio. Antes bien, este celo necio e impío me impulsó, permitiéndolo así Dios, a precipitarme de cabeza en pecados más abominables y atroces. Perseguí a la iglesia de Dios, fui enemigo de Cristo, blasfemé su evangelio y, para decirlo brevemente, fui autor de mucho derramamiento de sangre inocente. Este era mi merecido. En medio de esta furia cruel, fui llamado a una gracia tan inestimable. ¿Qué? ¿Fue por esta crueldad desmedida? No, por cierto. Sino que la abundante gracia de Dios, que llama y tiene misericordia de quien quiere, me perdonó y me remitió todas aquellas blasfemias; y por estos mis horribles pecados, que entonces yo pensaba que eran justicia perfecta y servicio agradable a Dios, me dio su gracia, el conocimiento de su verdad, y me llamó para ser apóstol.

También nosotros hemos llegado hoy al conocimiento de la gracia por los mismos méritos. Yo crucificaba a Cristo diariamente en mi vida monástica, y blasfemaba a Dios por medio de mi falsa fe, en la cual entonces vivía continuamente. Exteriormente, yo no era como los demás hombres, ladrones, injustos, fornicarios; sino que guardaba castidad, pobreza y obediencia. Además, estaba libre de los cuidados de esta vida presente. Me dedicaba solamente a ayunos, vigilias, oraciones, misas y cosas semejantes. Sin embargo, mientras tanto, yo alimentaba, bajo esta santidad encubierta y esta confianza en mi propia justicia, una continua desconfianza, duda, temor, odio y blasfemia contra Dios. Y esta justicia mía no era otra cosa que un lodazal inmundo y el verdadero reino del diablo. Porque Satanás ama a tales santos, y los tiene por sus muy queridos favoritos, los cuales destruyen sus propios cuerpos y almas, y se privan de todas las bendiciones de los dones de Dios. Entre tanto, sin embargo, reinan plenamente en ellos la maldad, la ceguera, el desprecio de Dios, la ignorancia del evangelio, la profanación de los sacramentos, la blasfemia y el pisotear a Cristo, y el abuso de todos los beneficios y dones de Dios. En suma, tales santos son esclavos de Satanás, y por eso son impulsados a hablar, pensar y hacer todo lo que él quiere, aunque exteriormente parezcan aventajar a todos los demás en buenas obras, en santidad y en rigor de vida. Así éramos bajo el papado: verdaderamente, no menos, si no más, injuriosos y blasfemos contra Cristo y su evangelio que el mismo Pablo; y especialmente yo. Porque yo estimaba tanto la autoridad del papa, que disentir de él, aun en el menor punto, lo consideraba digno de muerte eterna. Y aquella opinión impía me hizo pensar que Juan Hus era un hereje maldito; sí, y yo tenía por grave delito el solo pensar en él. Y yo mismo, en defensa de la autoridad del papa, habría empleado fuego y espada para quemar y destruir a aquel hereje, y pensaba que al hacerlo rendía un gran servicio a Dios. Por tanto, si comparan a los publicanos y a las rameras con estos santos hipócritas, aquellos no son malos. Porque ellos, cuando pecan, sienten remordimiento de conciencia, y no justifican sus malas obras; pero estos hombres están tan lejos de reconocer por pecados sus abominaciones, idolatrías, cultos voluntarios impíos y ceremonias, que afirman que son justicia y sacrificio muy agradable a Dios. Más aún, las adoran como cosas de singular santidad, y por medio de ellas prometen salvación a otros, y también las venden por dinero, como cosas eficaces para la salvación. Esta, pues, es nuestra hermosa justicia; este es nuestro gran mérito, que nos trae al conocimiento de la gracia: a saber, que hemos perseguido, blasfemado, hollado y condenado de manera tan mortal y tan diabólica a Dios, a Cristo, al evangelio, a la fe, a los sacramentos, a todos los hombres piadosos, al verdadero culto de Dios, y hemos enseñado y establecido cosas completamente contrarias. Y cuanto más santos éramos, tanto más cegados estábamos, y tanto más adorábamos al diablo. No había uno entre nosotros que no fuera sanguinario, si no de hecho, al menos de corazón.

Cuando agradó a Dios.

Como si dijera: Es solo el singular e inestimable favor de Dios el que no solo me ha perdonado a mí, hombre tan impío y tan maldito, tan blasfemo, perseguidor y rebelde contra Dios, sino que además me ha dado el conocimiento de la salvación, su Espíritu, a Cristo su Hijo, el oficio de apóstol y la vida eterna. Así también Dios, viéndonos culpables de pecados semejantes, no solo ha perdonado nuestras impiedades y blasfemias por su pura misericordia, por causa de Cristo, sino que además nos ha colmado de grandes beneficios y dones espirituales. Pero muchos de nosotros no solo somos ingratos con Dios por esta su gracia inestimable, y, como está escrito en 2 P 1, olvidamos la purificación de nuestros antiguos pecados, sino que además, abriendo de nuevo una ventana al diablo, comenzamos a aborrecer su palabra, y muchos también la pervierten y corrompen, y así vienen a ser autores de nuevos errores. «El postrer estado de aquel hombre viene a ser peor que el primero» (Mt 12:45).

Que me apartó desde el vientre de mi madre.

Esta es una manera de hablar hebrea. Como si hubiera dicho: que me santificó, me ordenó y me preparó. Es decir, Dios había dispuesto, cuando yo estaba aún en el vientre de mi madre, que yo me enfureciera así contra su iglesia, y que después me llamaría misericordiosamente de en medio de mi crueldad y blasfemia, por su sola gracia, al camino de la verdad y de la salvación. En breve: cuando aún no había nacido, yo era apóstol ante los ojos de Dios; y cuando llegó el tiempo, fui declarado apóstol delante del mundo entero.

Así Pablo excluye todo mérito, y da la gloria solo a Dios, pero a sí mismo toda vergüenza y confusión. Como si dijera: Todos los dones, pequeños y grandes, tanto espirituales como corporales, que Dios había determinado darme, y todas las buenas cosas que en algún momento de toda mi vida había de hacer, Dios mismo las había dispuesto de antemano cuando yo aún estaba en el vientre de mi madre, donde no podía ni desear, ni pensar, ni hacer cosa buena alguna. Por tanto, este don también me vino por la sola predestinación y libre misericordia de Dios antes de que yo naciera. Además, después que nací, él me sostuvo, cargado como estaba de innumerables y horribles iniquidades. Y para declarar más claramente la inefable e inestimable grandeza de su misericordia para conmigo, por su sola gracia me perdonó mis pecados abominables e infinitos; y además me llenó con tanta abundancia de su gracia, que no solo conocí qué cosas nos son dadas en Cristo, sino que también las prediqué a otros. Tales son los merecimientos y méritos de todos los hombres, y especialmente de aquellos viejos necios que se ejercitan por completo en los apestosos lodazales de la justicia propia del hombre.

Versículo 15. Y me llamó por su gracia.

Observen la diligencia del apóstol. «Me llamó», dice. ¿Cómo? ¿Fue por mi religión farisaica, o por mi vida irreprensible y santa? ¿Por mis oraciones, ayunos y obras? No. Mucho menos, pues, por mis blasfemias, persecuciones y opresiones. ¿Cómo entonces? Solo por su mera gracia.

Revelar a su Hijo en mí.

Oyen aquí qué clase de doctrina es la que fue dada y encomendada a Pablo; a saber, la doctrina del evangelio, que es la revelación del Hijo de Dios. Esta es una doctrina totalmente contraria a la ley, la cual no revela al Hijo de Dios, sino que muestra el pecado, aterroriza la conciencia, revela la muerte, la ira y el juicio de Dios, y el infierno. El evangelio, pues, es una doctrina tal que no admite ley. Más aún, debe estar tan separado de la ley como lo está el cielo de la tierra. Esta diferencia en sí misma es fácil y clara, pero para nosotros es difícil y llena de dificultad. Porque es fácil decir que el evangelio no es otra cosa que la revelación del Hijo de Dios, o el conocimiento de Jesucristo, y no la revelación de la ley. Pero en la agonía y el conflicto de la conciencia, retener esto firmemente y practicarlo de hecho es cosa difícil, sí, aun para los que están más ejercitados en ello.

Ahora bien, si el evangelio es la revelación del Hijo de Dios, como Pablo lo define aquí, entonces ciertamente no acusa, no atemoriza la conciencia, no amenaza con muerte, no lleva a la desesperación, como hace la ley; sino que es una doctrina acerca de Cristo, quien no es ley ni obra, sino nuestra justicia, sabiduría, santificación y redención (1 Co 1:30). Aunque esto es más claro que la luz del sol, con todo, la locura y ceguera de los papistas ha sido tan grande, que del evangelio han hecho una ley de caridad, y de Cristo un legislador, dando mandamientos más estrictos y pesados que el mismo Moisés. Pero el evangelio enseña que Cristo no vino para promulgar una nueva ley, ni para dar mandamientos acerca de las costumbres; sino que vino para esto: para ser hecho ofrenda por los pecados de todo el mundo, y para que nuestros pecados nos sean perdonados, y la vida eterna nos sea dada por causa de él, y no por las obras de la ley ni por nuestra propia justicia.

De este tesoro inestimable, dado gratuitamente a nosotros, habla propiamente el evangelio cuando nos lo predica. Por tanto, es una clase de doctrina que no se aprende ni se obtiene por estudio, diligencia o sabiduría humana, ni tampoco por la ley de Dios, sino que es revelada por Dios mismo, como Pablo dice aquí: primero por la palabra externa; después, por la obra interna del Espíritu de Dios. El evangelio, por tanto, es una palabra divina que descendió del cielo, y es revelada por el Espíritu Santo, quien también fue enviado para ese mismo propósito; pero de tal manera, sin embargo, que la palabra exterior debe ir primero. Porque Pablo mismo no tuvo ninguna revelación interior hasta que oyó la palabra exterior desde el cielo, la cual fue esta: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» (Hch 9:4). Primero, pues, oyó la palabra exterior; después siguieron las revelaciones, el conocimiento de la palabra, la fe y los dones del Espíritu Santo.

Para que yo le predicase entre los gentiles.

Dice él: Le agradó a Dios «revelar a su Hijo en mí». ¿Con qué propósito? No solo para que yo mismo creyera en el Hijo de Dios, sino también para que lo predicara entre los gentiles. ¿Y por qué no entre los judíos? ¡Miren! Aquí vemos que Pablo es propiamente el apóstol de los gentiles, aunque también predicó a Cristo entre los judíos. Pablo comprende aquí en pocas palabras, como acostumbra hacerlo, toda su teología, que es predicar a Cristo entre los gentiles. Como si dijera: No cargaré a los gentiles con la ley, porque yo soy el apóstol y evangelista de los gentiles, y no su legislador. Así dirige todas sus palabras contra los falsos apóstoles. Como si dijera: Oh gálatas, ustedes no me oyeron enseñar la justicia de la ley o de las obras; porque esto pertenece a Moisés, y no a mí, Pablo, que soy apóstol de los gentiles. Porque mi oficio y ministerio es llevarles el evangelio y mostrarles la misma revelación que yo mismo he recibido. Por tanto, no deben escuchar a ningún maestro que enseñe la ley; porque entre los gentiles no debe predicarse la ley, sino el evangelio; no Moisés, sino el Hijo de Dios; no la justicia de las obras, sino la justicia de la fe. Esta es la predicación que propiamente pertenece a los gentiles.

Inmediatamente no consulté con carne y sangre.

Pablo, al hacer aquí mención de carne y sangre, no está hablando de los apóstoles. Porque enseguida añade: «ni subí a Jerusalén a los que eran apóstoles antes que yo». Sino que el sentido de Pablo es este: que, después de haber recibido una vez la revelación del evangelio de Cristo, no consultó con ningún hombre en Damasco; mucho menos deseó que alguien le enseñara el evangelio. Asimismo, no fue a Jerusalén, a Pedro y a los otros apóstoles, para aprender de ellos el evangelio, sino que en seguida predicó a Jesucristo en Damasco, donde recibió el bautismo de Ananías y la imposición de manos; porque era necesario que tuviera la señal exterior y el testimonio de su llamamiento. Lo mismo escribe Lucas en Hch 9.

Ni subí a Jerusalén a los que eran apóstoles antes que yo; sino que fui a Arabia, y volví de nuevo a Damasco.

Es decir, fui a Arabia antes de ver a los apóstoles o de consultar con ellos, y en seguida tomé sobre mí el oficio de predicar entre los gentiles; porque para eso fui llamado, y también había recibido una revelación de Dios. Él no recibió entonces su evangelio de hombre alguno, ni de los mismos apóstoles, sino que se contentó con su llamamiento celestial y solo con la revelación de Jesucristo. Por tanto, todo este pasaje es una refutación del argumento de los falsos apóstoles, que usaban contra Pablo, diciendo que no era más que un discípulo y oyente de los apóstoles, quienes vivían conforme a la ley; y además, que Pablo mismo también había vivido conforme a la ley, y que, por tanto, era necesario que los mismos gentiles guardaran la ley y fueran circuncidados. Para tapar la boca a estos discutidores, repasa esta larga historia: Antes de mi conversión, dice él, no aprendí mi evangelio de los apóstoles, ni de ningún otro de los hermanos creyentes (pues perseguía furiosamente, no solo esta doctrina, sino también la iglesia de Dios, y la asolaba); ni tampoco después de mi conversión; porque en seguida prediqué, no a Moisés con su ley, sino a Jesucristo, en Damasco, sin consultar con hombre alguno, y sin haber visto todavía a ninguno de los apóstoles.

Gálatas 1:18-19

Luego, pasados tres años, subí a Jerusalén para ver a Pedro, y permanecí con él quince días. Pero no vi a ningún otro de los apóstoles, sino a Jacobo el hermano del Señor.

Pablo admite que estuvo con los apóstoles, pero no con todos. Sin embargo, declara que fue a Jerusalén a ellos, no por mandato, sino por su propia voluntad; no para aprender algo de ellos, sino para ver a Pedro. Lo mismo escribe también Lucas en el capítulo 9 de Hechos: que Bernabé llevó a Pablo a los apóstoles, y les contó cómo había visto al Señor en el camino, y que él le había hablado; y también que había predicado valientemente en Damasco en el nombre de Jesús. Este testimonio da Bernabé acerca de él. Todas sus palabras están dispuestas de tal manera que prueban que su evangelio no es de hombre. Ciertamente admite que había visto a Pedro y a Jacobo, el hermano de nuestro Señor, pero a ningún otro de los apóstoles fuera de estos dos, y que nada aprendió de ellos.

Admite, por tanto, que estuvo en Jerusalén con los apóstoles; y esto era lo único que los falsos apóstoles divulgaban. Admite además que había vivido a la manera de los judíos, pero solo entre los judíos. Y esto es lo que dice en el capítulo 9 de su primera epístola a los Corintios: «Por lo cual, siendo libre de todos, me he hecho siervo de todos para ganar a mayor número. Me he hecho a los judíos como judío, para ganar a los judíos; ... me he hecho todo a todos, para que de todos modos salve a algunos» 1 Co 9:19-20, 22. Admite, pues, que estuvo en Jerusalén con los apóstoles, pero niega que haya aprendido de ellos su evangelio. También niega que fuera obligado a enseñar el evangelio como los apóstoles lo habían prescrito. Así que toda la fuerza de este asunto está en esta palabra: “ver”. «Subí», dice él, «para ver a Pedro, y no para aprender de él». Por tanto, Pedro no es mi maestro, ni tampoco Jacobo. Y en cuanto a los otros apóstoles, niega rotundamente haber visto a alguno de ellos.

Pero, ¿por qué repite Pablo tan a menudo que no aprendió su evangelio de hombres, ni aun de los mismos apóstoles? Su propósito es este: persuadir a las iglesias de Galacia, que ahora estaban siendo apartadas por los falsos apóstoles, y quitarles toda duda de que su evangelio era la verdadera palabra de Dios; y por esta causa lo repite tantas veces. Y si no hubiera prevalecido en esto, nunca habría podido cerrar la boca a los falsos apóstoles. Porque así habrían objetado contra él: Nosotros somos tan buenos como Pablo; somos discípulos de los apóstoles tanto como él; además, él está solo, y nosotros somos muchos; por tanto, lo superamos tanto en autoridad como en número.

Aquí Pablo fue obligado a gloriarse, a afirmar y jurar que no aprendió su evangelio de hombre alguno, ni lo recibió de los mismos apóstoles. Porque aquí su ministerio estaba en gran peligro, y también todas las iglesias, que lo habían tenido por su principal pastor y maestro. Por tanto, la necesidad de su ministerio y de todas las iglesias requería que, con santo orgullo, alabara su vocación y el conocimiento del evangelio revelado a él por Cristo, para que sus conciencias quedaran plenamente persuadidas de que su doctrina era la verdadera palabra de Dios. Aquí Pablo tenía entre manos un asunto de gran peso: que todas las iglesias de Galacia fueran mantenidas en sana doctrina. Sí, la controversia era en verdad acerca de la vida y de la muerte eterna. Porque si una vez es quitada la pura palabra de Dios, no queda consuelo, ni vida, ni salvación. La causa, pues, por la que refiere estas cosas, es mantener a las iglesias en doctrina verdadera y sana. Su propósito, por tanto, es mostrar por esta historia que no recibió su evangelio de hombre alguno; y además, que predicó por cierto tiempo, a saber, por espacio de tres o cuatro años, tanto en Damasco como en Arabia, por revelación de Dios, antes de haber visto a alguno de los apóstoles, precisamente el mismo evangelio que los apóstoles habían predicado.

Gálatas 1:20

Y en esto que os escribo, he aquí delante de Dios que no miento.

¿Por qué añade un juramento? Porque está refiriendo una historia, se ve obligado a jurar, para que las iglesias le creyeran, y también para que los falsos apóstoles no dijeran: ¿Quién sabe si Pablo dice la verdad o no? Aquí ves que Pablo, el vaso escogido de Dios, era tenido en tan poco entre sus propios gálatas, a quienes había predicado a Cristo, que le fue necesario jurar que decía la verdad. Si esto les sucedió entonces a los apóstoles, que tenían adversarios tan poderosos que se atrevían a despreciarlos y a acusarlos de mentir, ¿qué maravilla es si hoy nos sucede lo mismo a nosotros, que de ningún modo somos dignos de ser comparados con los apóstoles? Jura, pues, en un asunto que, al parecer, no tiene importancia, que dice la verdad; a saber, que no se quedó con Pedro para aprender de él, sino solo para verlo. Pero si pesas el asunto con diligencia, es muy grave y de gran importancia, como puede verse por lo dicho antes. De la misma manera juramos nosotros, siguiendo el ejemplo de Pablo, así: Dios sabe que no mentimos, etc.

Versículo 21. Después fui a las regiones de Siria y de Cilicia.

Siria y Cilicia son regiones situadas cerca una de otra. Esto es lo que él sigue procurando persuadir: que, tanto antes de haber visto a los apóstoles como después, siempre fue maestro del evangelio, y que lo recibió por revelación de Cristo, y nunca fue discípulo de los apóstoles.

Gálatas 1:22-24

Porque no era conocido de vista a las iglesias de Judea, que eran en Cristo. _Solamente oían decir:_ «Aquel que en otro tiempo nos perseguía, ahora predica la fe que en otro tiempo asolaba». Y glorificaban a Dios en mí.

Esto lo añade para la secuela y continuación de la historia: que, después de haber visto a Pedro, fue a Siria y a Cilicia, y allí predicó; y predicó de tal manera, que obtuvo el testimonio de todas las iglesias de Judea. Como si dijera: Apelo al testimonio de todas las iglesias, sí, aun de las que están en Judea; porque las iglesias dan testimonio, no solo en Damasco, Arabia, Siria y Cilicia, sino también en Judea, de que yo he predicado la misma fe que antes resistía y perseguía. Y glorificaban a Dios en mí; no porque yo enseñara que la circuncisión y la ley de Moisés debían guardarse, sino por la predicación de la fe, y por la edificación de las iglesias mediante mi ministerio en el evangelio. Ustedes, por tanto, tienen el testimonio no solo del pueblo de Damasco y de Arabia, sino también de toda la iglesia católica o universal de Judea.

Versículo 1

Después, pasados catorce años, subí otra vez a Jerusalén. Pablo enseñaba que los gentiles eran justificados solo por la fe, sin las obras de la ley. Cuando hubo publicado ampliamente esta doctrina entre los gentiles, vino a Antioquía y declaró a los discípulos lo que había hecho. Entonces, los que habían sido criados en las antiguas costumbres de la ley se levantaron contra Pablo con gran indignación, porque él predicaba a los gentiles la libertad de la esclavitud de la ley. De aquí siguió una gran disensión, que después levantó nuevos problemas. Pablo y Bernabé se mantuvieron firmes por la verdad y dieron testimonio, diciendo: Dondequiera que predicamos entre los gentiles, el Espíritu Santo vino y cayó sobre los que oían la palabra; y esto se hizo en todas las iglesias de los gentiles. Pero nosotros no predicamos la circuncisión, ni exigimos guardar la ley; predicamos solamente la fe en Jesucristo; y ante esta predicación de la fe, Dios dio a los oyentes el Espíritu Santo. El Espíritu Santo, por tanto, aprueba la fe de los gentiles sin la ley y sin la circuncisión; porque si la predicación del evangelio y la fe de los gentiles en Cristo no le hubieran agradado, no habría descendido en forma visible sobre los incircuncisos que oían la palabra. Así que, puesto que descendió por el solo oír con fe, y esto sin la ley y la circuncisión, es evidente que la ley no justifica; porque el Espíritu Santo no había hecho nunca antes tal cosa en la predicación de la ley.

Entonces los judíos y muchos de los fariseos que habían creído, y sin embargo aún tenían gran celo por la ley, esforzándose sinceramente por mantener su gloria, se pusieron ferozmente contra Pablo, quien afirmaba que los gentiles eran justificados solo por la fe, sin las obras de la ley, y sostenían que la ley debía guardarse, y que los gentiles debían ser circuncidados; de otro modo, no podían ser salvos. Y no es extraño; porque el mismo nombre de la ley de Dios es santo y temible. Si un hombre pagano, que nunca conoció nada de la ley de Dios, oye a alguno decir: Esta doctrina es la ley de Dios, se conmueve por ello. ¿Cómo, pues, no habían de conmoverse necesariamente los judíos, y contender con vehemencia por la defensa de la ley de Dios, en la cual desde su infancia habían sido criados e instruidos?

Vemos hoy cuán obstinados son los papistas en defender sus tradiciones y doctrinas de demonios; por eso, mucho menos hay que maravillarse de que los judíos lucharan tan vehemente y celosamente por la defensa de su ley, la cual habían recibido de Dios. La costumbre tiene tal fuerza, que, estando la naturaleza de por sí inclinada a la observancia de la ley, por la larga continuación la confirma de tal manera, que ahora viene a ser una doble naturaleza. Por eso, no era posible que los judíos recién convertidos a Cristo abandonaran de repente la ley; aunque habían recibido la fe de Cristo, pensaban, sin embargo, que era necesario observar la ley. Y con esta su debilidad Dios soportó por un tiempo, hasta que la doctrina del evangelio pudiera distinguirse claramente de la ley. Así soportó la debilidad de Israel en tiempo del rey Acab, cuando el pueblo claudicaba entre dos religiones. También soportó nuestra debilidad mientras estábamos bajo la ceguera del Papa; porque él es paciente y lleno de misericordia. Pero no debemos abusar de esta bondad y paciencia del Señor, ni permanecer todavía en nuestra debilidad y error, puesto que la verdad ha sido ahora revelada por la clara luz del evangelio.

Además, los que se oponían a Pablo, afirmando que los gentiles debían ser circuncidados, tenían para sí, primero, la ley y la costumbre del país; luego, el ejemplo de los apóstoles; y, por último, el ejemplo del mismo Pablo, que había circuncidado a Timoteo. Por tanto, si Pablo, en su defensa, decía que no había hecho esto por necesidad, sino por amor cristiano y libertad cristiana, para que no se ofendieran los débiles en la fe, ¿quién de ellos le habría creído? A esto todo el pueblo respondería: Puesto que es evidente que has circuncidado a Timoteo, di lo que quieras; con todo, lo has hecho. Porque esta es una cuestión que sobrepasa por mucho toda capacidad humana, y por eso no podían entenderla. Además, ninguna defensa puede servir cuando un hombre ha perdido el favor del pueblo y ha caído en tan mortal odio y desprecio. Pablo, por tanto, viendo que esta contienda y estos clamores aumentaban cada día más y más, y siendo también advertido por revelación de Dios, después de catorce años, además de aquellos en los que había predicado en Damasco y Arabia, sube otra vez a Jerusalén para conferir su evangelio con los apóstoles; aunque no por causa propia, sino por causa del pueblo.

Ahora bien, esta contienda acerca de la observancia de la ley ejercitó a Pablo por largo tiempo después y le ocasionó muchas molestias. Pero no pienso que esta sea la contienda de la cual habla Lucas en Hch 15, la cual sucedió, según parece, casi inmediatamente después del comienzo del evangelio. Esta historia que Pablo menciona aquí parece haber ocurrido mucho después, cuando Pablo ya había predicado el evangelio por casi dieciocho años.

Traducción del inglés hecha con IA para Berea la primera vez que se lee cada capítulo.