Comentario a la Epístola a los Gálatas · Martín Lutero

Gálatas 2: comentario de Martín Lutero

Gálatas 2:1

Con Bernabé, y llevé también conmigo a Tito.

Él une consigo a dos testigos, Bernabé y Tito. Bernabé fue compañero de Pablo en la predicación a los gentiles de la libertad de la servidumbre de la ley. También fue testigo de todas aquellas cosas que Pablo hizo, y había visto al Espíritu Santo dado a los gentiles, que eran incircuncisos y estaban libres de la ley de Moisés, solamente por la predicación de la fe en Jesucristo. Y él solamente se mantuvo con Pablo en este punto: que no era necesario cargar a los gentiles con la ley, sino que les bastaba creer en Cristo. Por tanto, por su propia experiencia, da testimonio con Pablo contra los judíos, de que los gentiles fueron hechos hijos de Dios y salvados solamente por la fe en Jesucristo, sin la ley de la circuncisión.

Tito no era solamente cristiano, sino también el principal supervisor en Creta; porque Pablo le había encomendado el cuidado de gobernar las iglesias allí (Tit 1); y este Tito era gentil.

Gálatas 2:2

Y subí según una revelación.

Porque, si Pablo no hubiera sido advertido por revelación, no habría subido a Jerusalén. Pero como Dios le avisó por una revelación especial y le mandó subir, por eso fue. Y esto lo hizo para refrenar, o al menos apaciguar, a los judíos que habían creído y, sin embargo, contendían obstinadamente acerca de la observancia de la ley, a fin de que la verdad del evangelio fuera más promovida y confirmada.

Versículo 2. Y para no correr o haber corrido en vano, expuse en privado a los que tenían cierta reputación el evangelio que predico entre los gentiles.

Oyes, pues, que al fin, después de dieciocho años, subió a Jerusalén y trató con los apóstoles acerca de su evangelio.

Que predico entre los gentiles.

Porque entre los judíos toleró por un tiempo la ley y la circuncisión, como también lo hicieron los otros apóstoles. «Me he hecho a todos de todo» (1 Co 9), dice él. Sin embargo, siempre sostuvo la verdadera doctrina del evangelio, a la cual puso por encima de la ley, de la circuncisión, de los apóstoles, sí, y aun de un ángel del cielo. Porque así dice a los judíos: «Sabed, pues, esto, varones hermanos: que por medio de él se os anuncia perdón de pecados». Y añade muy claramente: «y que de todo aquello de que por la ley de Moisés no pudisteis ser justificados, en él es justificado todo aquel que cree» (Hch 13:38-39). Por esta causa enseña y defiende con tanta diligencia en todas partes la doctrina del evangelio, y nunca permite que sea puesta en peligro.

Sin embargo, no se precipitó desde el principio, sino que tuvo consideración con los débiles. Y para que los débiles no fueran ofendidos, no hay duda de que hablaba a los judíos de esta manera: Si ese servicio inútil de la ley de Moisés, que nada aprovecha para la justicia, les agrada tanto, pueden guardarlo todavía en lo que a mí respecta, con tal de que no se imponga a los gentiles, que no están obligados a esta ley.

Pablo, pues, confiesa que trató del evangelio con los apóstoles; pero, dice él, ellos nada me aprovecharon ni me enseñaron. Antes bien, yo, para defensa de la libertad del evangelio, resistí firmemente en presencia de los apóstoles a aquellos que querían imponer por fuerza la observancia de la ley a los gentiles, y así los vencí. Por tanto, sus falsos apóstoles mienten al decir que yo circuncidé a Timoteo, que me rapé la cabeza en Cencrea, y que subí a Jerusalén por mandato de los apóstoles. Al contrario, me glorío de que, al subir a Jerusalén por revelación de Dios, y no por mandato de los apóstoles, y al exponer allí mi evangelio ante ellos, logré lo contrario; es decir, obtuve que los apóstoles me aprobaran a mí, y no a los que estaban contra mí.

Ahora bien, la cuestión sobre la cual los apóstoles trataron juntos en esta asamblea fue esta: si la observancia de la ley era necesaria para la justificación o no. A esto responde Pablo: Yo he predicado a los gentiles, conforme a mi evangelio que recibí de Dios, la fe en Cristo, y no la ley; y con esta predicación de la fe, ellos recibieron el Espíritu Santo; y de esto Bernabé me dará testimonio. Por tanto, concluyo que a los gentiles no se les debe cargar con la ley, ni se les debe circuncidar. Sin embargo, no pongo restricción alguna a los judíos en esto. Si quieren guardar la ley y circuncidarse, no estoy en contra, con tal de que lo hagan con libertad de conciencia. Y así he enseñado y vivido entre los judíos, «hecho a los judíos como judío», sosteniendo siempre, no obstante, la verdad del evangelio.

Pero en privado a los que tenían cierta reputación.

Es decir, no solo traté con los hermanos, sino con los que eran los principales entre ellos.

Para no correr o haber corrido en vano.

No que Pablo dudara de que corría, o había corrido, en vano, puesto que ya había predicado el evangelio dieciocho años; porque en seguida se ve claramente en el texto que durante todo ese tiempo había permanecido firme y constante, y había prevalecido. Pero muchos pensaban que Pablo había predicado el evangelio tantos años en vano, porque había puesto a los gentiles en libertad respecto de la observancia de la ley. Además, esta opinión crecía cada día más: que la ley era necesaria para la justificación. Por eso, al subir a Jerusalén por revelación, procuró remediar este mal, para que por esta conferencia todos pudieran ver claramente que su evangelio no se oponía en nada a la doctrina de los otros apóstoles, y así cerrar la boca a los adversarios, que de otro modo habrían dicho que corría, o había corrido, en vano.

Observa aquí de paso la virtud de la justicia propia del hombre, o de la justicia de la ley: que los que la enseñan corren y viven en vano.

Pero ni aun Tito, que estaba conmigo, con todo y ser griego, fue obligado a circuncidarse.

Esta palabra, fue obligado, declara suficientemente cuál fue la conferencia y la conclusión: a saber, que los gentiles no debían ser forzados a circuncidarse; pero que la circuncisión debía permitírseles a los judíos por un tiempo, no como necesaria para la justicia, sino por reverencia a los padres y por amor hacia los débiles, para que no fueran ofendidos hasta que crecieran más en la fe. Porque habría parecido cosa muy extraña e impropia abandonar de repente la ley y las tradiciones de los padres, que habían sido dadas a este pueblo por Dios con tan gran gloria.

Pablo, entonces, no rechazó la circuncisión como cosa condenable, ni por palabra ni por obra forzó a los judíos a abandonarla. Porque en el capítulo siete de la primera epístola a los Corintios dice: «¿Fue llamado alguno siendo circunciso? Quédese circunciso». Pero rechazó la circuncisión como cosa no necesaria para la justificación, viendo que los mismos padres no fueron justificados por ella (Ro 4:11); sino que les fue dada solamente como señal o sello de la justicia, por la cual daban testimonio y ejercitaban su fe.

Sin embargo, los judíos creyentes, que todavía eran débiles y tenían celo por la ley, al oír que la circuncisión no era necesaria para la justicia, no podían entenderlo de otra manera sino que era del todo inútil y condenable. Y esta opinión necia de los judíos débiles la aumentaban los falsos apóstoles, para que, siendo así excitados los corazones del pueblo contra Pablo por esta ocasión, desacreditaran por completo su doctrina. Así también nosotros hoy no rechazamos el ayuno y otros buenos ejercicios como cosas condenables; pero enseñamos que por estos ejercicios no obtenemos remisión de pecados. Cuando el pueblo oye esto, enseguida juzga que hablamos contra las buenas obras. Y esta opinión los papistas la confirman y aumentan con sus predicaciones y escritos. Pero mienten y nos hacen gran agravio. Porque en muchos años no ha habido nadie que enseñe doctrina más sana y piadosa acerca de las buenas obras que la que nosotros enseñamos hoy.

Por tanto, Pablo no condenó la circuncisión como si fuera pecado recibirla o guardarla, porque los judíos se habrían ofendido gravemente. Pero en esta conferencia y concilio se decidió que no era necesaria para la justificación, y por consiguiente no debía imponerse a los gentiles. Así se halló esta moderación: que, por reverencia a los padres y por amor hacia los débiles en la fe, los judíos guardaran todavía por un tiempo la ley y la circuncisión; sin embargo, no debían buscar ser justificados por ello. Y además, que los gentiles no fueran cargados con estas cosas, tanto porque les habría parecido algo muy extraño como también una carga intolerable (Hch 15:10). En suma, que nadie fuera obligado a circuncidarse ni impedido de la circuncisión.

Pablo, pues, no obligó a nadie que quisiera circuncidarse a permanecer incircunciso, con tal de que supiera que la circuncisión no era necesaria para la justificación. Esta coacción era la que Pablo quería quitar. Por eso permitió a los judíos guardar la ley, con tal de que lo hicieran con libre conciencia. Porque siempre había enseñado, tanto a los judíos como a los gentiles, que en conciencia debían ser libres de la ley y de la circuncisión; así como todos los patriarcas y todos los fieles del Antiguo Testamento fueron libres en conciencia y justificados por la fe, y no por la ley ni por la circuncisión.

Y, en verdad, Pablo podría haber permitido que Tito fuese circuncidado; pero como vio que querían obligarlo a ello, no quiso. Porque si ellos hubieran prevalecido en esto, inmediatamente habrían concluido que eso era necesario para la justificación; y así, con esta concesión, habrían triunfado contra Pablo.

Ahora bien, así como los falsos apóstoles no querían dejar la circuncisión y la observancia de la ley como cosas indiferentes, sino que las exigían como necesarias para la salvación, así también hoy nuestros adversarios sostienen obstinadamente que las tradiciones de los hombres no pueden omitirse sin peligro para la salvación. Y así, de un ejemplo de caridad hacen un ejemplo de fe, siendo que no hay sino un solo ejemplo de fe: creer en Jesucristo. Y así como esto solo es necesario para la salvación, así también pertenece indistintamente a todos los hombres.

Sin embargo, los adversarios preferirían adorar al diablo diez veces en lugar de a Dios, antes que tolerar esto. Por tanto, cada día se endurecen más y más, y buscan establecer sus impiedades y blasfemias contra Dios, defendiéndolas con fuerza y tiranía; y no quieren concordar ni consentir con nosotros en ningún punto. ¿Pero qué entonces? Sigamos adelante con valentía en el nombre del Señor de los ejércitos; y por todo esto no dejemos de exaltar la gloria de Jesucristo. Peleemos valerosamente contra el reino del Anticristo, por la palabra y por la oración, «Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad» (Mt 6:9-10). Y para que esto suceda pronto, lo deseamos de lo profundo de nuestro corazón, y decimos: Amén, amén.

Este triunfo de Pablo, por tanto, fue muy glorioso; a saber, que Tito, que era gentil, aunque estaba en medio de los apóstoles y de todos los fieles, donde esta cuestión se debatía con tanta vehemencia, no fue obligado a circuncidarse. Esta victoria se la lleva Pablo, y dice que en esta conferencia se decidió, con el consentimiento de todos los apóstoles y también con la aprobación de toda la iglesia, que Tito no debía ser circuncidado. Este es un argumento fuerte, y pesa mucho contra los falsos apóstoles. Y con este argumento, que tampoco Tito fue obligado a circuncidarse, Pablo podía reprimir y convencer poderosamente a todos sus adversarios; como si dijera: ¿Por qué estos apóstoles falsificados informan tan falsamente acerca de mí, diciendo que estoy obligado a guardar la circuncisión por mandato de los apóstoles, cuando tengo el testimonio de todos los fieles en Jerusalén, y además de todos los apóstoles mismos, de que por mi diligencia y trabajo allí se determinó lo contrario, y de que no solo logré que Tito no fuera circuncidado, sino que también los apóstoles aprobaron y ratificaron esto? Por tanto, sus apóstoles falsificados mienten mortalmente, pues me calumnian bajo el nombre de los apóstoles, y con ello los engañan a ustedes; porque yo tengo a los apóstoles y a todos los fieles, no contra mí, sino conmigo. Y esto lo pruebo con el ejemplo de Tito.

Sin embargo, Pablo, como ya he dicho muchas veces, no condenó la circuncisión como cosa inútil, ni obligó a nadie a ella. Porque no es ni pecado ni justicia estar circuncidado o no estar circuncidado, como tampoco es pecado ni justicia comer o beber. «Y si bien comemos, no seremos más; y si no comemos, no seremos menos» (1 Co 8:8). Pero si alguno añadiera a esto pecado o justicia, y dijera: Si comes, pecas; si te abstienes, eres justo, se mostraría a sí mismo necio e impío. Por tanto, unir las ceremonias con el pecado o con la justicia es una gran impiedad; como hace el Papa, que en su forma de excomunión amenaza a todos los que no obedecen la ley del obispo de Roma con la gran maldición e indignación de Dios, y así hace todas sus leyes necesarias para la salvación. Por eso, es el mismo diablo quien habla en la persona del Papa en todos los decretos del Papa. Porque si la salvación consiste en guardar las leyes del Papa, ¿qué necesidad tenemos de Cristo como nuestro Justificador y Salvador?

Gálatas 2:4-5

Y eso a pesar de los falsos hermanos introducidos a escondidas, que entraban secretamente para espiar nuestra libertad que tenemos en Cristo Jesús, a fin de reducirnos a esclavitud; a los cuales ni por un momento accedimos a someternos, para que la verdad del evangelio permaneciese con ustedes.

Aquí Pablo muestra la causa por la cual subió a Jerusalén, y allí expuso su evangelio a los otros apóstoles, y por qué no quiso circuncidar a Tito. No fue para hacerse más cierto del evangelio, ni para ser confirmado en él por los apóstoles, pues no dudaba nada de ello; sino para que la verdad del evangelio permaneciera en las iglesias de los gálatas y en todas las iglesias de los gentiles. Vemos, pues, que el asunto de Pablo no era cosa ligera.

Ahora bien, cuando habla de la verdad del evangelio, muestra que hay dos evangelios: uno verdadero y otro falso. En verdad, el evangelio en sí mismo es simple, verdadero y sincero; pero, por la malicia del ministerio de Satanás, es corrompido y desfigurado. Por eso, cuando dice “la verdad del evangelio”, quiere que entendamos también lo contrario. Como si dijera: Los falsos apóstoles también predican una fe y un evangelio, pero ambos son falsos; por eso me he puesto tan firmemente contra ellos. Y por no haberles cedido, he logrado que la verdad del evangelio permanezca con ustedes. Así también el Papa y los anabaptistas se jactan hoy de que enseñan el evangelio y la fe en Cristo. Es verdad; pero con el mismo fruto que una vez dieron los falsos apóstoles, a quienes Pablo llama antes, en el primer capítulo, perturbadores de la iglesia y pervertidores del evangelio de Cristo. Por otra parte, él dice que enseña la verdad del evangelio. Como si dijera: Las cosas que enseñan los falsos apóstoles, por mucho que se jacten de enseñar la verdad, no son otra cosa que puras mentiras. Así, todos los herejes pretenden el nombre de Dios, de Cristo y de la iglesia. También pretenden que no enseñarán errores ni mentiras, sino la verdad más cierta y el puro evangelio de Cristo.

Ahora, la verdad del evangelio es esta: que nuestra justicia viene solamente por la fe, sin las obras de la ley. La corrupción o falsedad del evangelio es esta: que somos justificados por la fe, pero no sin las obras de la ley. Con esa misma condición predicaban también el evangelio los falsos apóstoles. Así hacen nuestros papistas hoy. Porque dicen que debemos creer en Cristo, y que la fe es el fundamento de nuestra salvación; pero que no justifica a menos que esté adornada con caridad. Esto no es la verdad del evangelio, sino falsedad y disimulo. Pero el verdadero evangelio es este: que las obras de caridad no son el adorno ni la perfección de la fe; sino que la fe misma es don de Dios y obra de Dios en nuestro corazón, y por eso nos justifica, porque se aferra a Cristo nuestro Redentor. La razón del hombre tiene la ley por objeto, y así piensa dentro de sí:

Esto he hecho; esto no he hecho.

Pero la fe, cuando está en su propio oficio, no tiene otro objeto que Jesucristo, el Hijo de Dios, entregado a la muerte por los pecados de todo el mundo. No mira a la caridad; no dice: ¿Qué he hecho? ¿En qué he ofendido? ¿Qué he merecido? Sino: ¿Qué ha hecho Cristo? ¿Qué ha merecido él? Aquí la verdad del evangelio te responde: Él te ha redimido de tu pecado, del diablo y de la muerte eterna. La fe, por tanto, reconoce que en esta sola persona, Jesucristo, tiene perdón de pecados y vida eterna. El que aparta sus ojos de este objeto no tiene verdadera fe, sino una fantasía y una vana opinión, y vuelve sus ojos de la promesa a la ley, que aterra y empuja a la desesperación.

Por lo tanto, aquellas cosas que los escolásticos papistas han enseñado acerca de la fe justificadora adornada con caridad no son otra cosa que meros sueños. Porque la fe que se aferra a Cristo, el Hijo de Dios, y está revestida de él, esa es la fe que justifica, y no la fe que incluye caridad. Pues una fe verdadera y firme no debe aferrarse a nada más que a Cristo solo; y en las aflicciones y terrores de la conciencia no tiene otra cosa en que apoyarse sino este diamante, Cristo Jesús. Por eso, el que se aferra a Cristo por la fe, aunque sea muy aterrorizado por la ley y oprimido por el peso de sus pecados, sin embargo puede gloriarse con valentía de que es justo. ¿Cómo, o por qué medio? Precisamente por esa perla preciosa, Cristo Jesús, a quien posee por la fe. Esto no lo entienden nuestros adversarios; y por eso desechan esta perla preciosa, Cristo, y en su lugar ponen la caridad, que dicen ser su diamante precioso. Ahora bien, cuando no pueden decir qué es la fe, es imposible que la tengan; mucho menos pueden enseñarla a otros. Y aquello que aparentan tener no es otra cosa que razón natural, una opinión, un sueño vacío, y no fe. Digo esto para que perciban y noten que con estas palabras, la verdad del evangelio, Pablo reprende con vehemencia lo contrario. Porque reprende a los falsos apóstoles, porque habían enseñado un falso evangelio, exigiendo la circuncisión y la observancia de la ley como necesarias para la salvación.

Además, procuraban con maravillosa astucia y sutileza atrapar a Pablo; pues lo vigilaban cuidadosamente para ver si circuncidaría a Tito o no; y también si se atrevería a resistirlos en presencia de los apóstoles. Por eso los reprende con dureza. “Entraban secretamente”, dice él, “para espiar nuestra libertad que tenemos en Cristo Jesús, a fin de reducirnos a esclavitud”. Por tanto, los falsos apóstoles lo acechaban por todos lados, para convencerlo y confundirlo delante de toda la congregación. Además de esto, intentaban abusar de la autoridad de los apóstoles, en cuya presencia lo acusaban, diciendo: Pablo ha traído a Tito, siendo incircunciso, a la compañía de todos los fieles; niega y condena la ley en presencia de ustedes, que son apóstoles. Si se atreve a intentar esto aquí y delante de ustedes, ¿qué no intentará en ausencia de ustedes entre los gentiles?

Por eso, cuando percibió que era atacado tan astutamente, resistió con firmeza a los falsos apóstoles, diciendo: No permitimos que nuestra libertad, la cual tenemos en Cristo Jesús, fuera puesta en peligro, aunque los falsos hermanos procuraban por todos los medios tendernos trampas y causarnos muchas molestias; sino que los vencimos aun por el juicio de los mismos apóstoles, y no les cedimos, no, ni por una hora. Porque, sin duda, su intención era hacer que Pablo renunciara por un tiempo a esta libertad, ya que veíamos que exigían la observancia de la ley como necesaria para la salvación. Pero si no hubieran alegado otra cosa más que la tolerancia caritativa hacia los hermanos, sin duda Pablo les habría cedido. Pero buscaban otra cosa: meter a Pablo y a todos los que se adherían a su doctrina en esclavitud. Por eso no quiso cederles, ni por un solo momento.

De la misma manera, nosotros también ofrecemos a los papistas todo lo que debe ofrecerse, y aun más de lo debido. Solo exceptuamos la libertad de conciencia que tenemos en Cristo Jesús. Porque no permitiremos que nuestras conciencias sean atadas a obra alguna, de manera que, haciendo esto o aquello, seamos justos, o dejando de hacerlo, seamos condenados. Estamos contentos de comer los mismos alimentos que ellos comen; guardaremos sus fiestas y días de ayuno, con tal que nos permitan hacer lo mismo con conciencia libre, y dejen esas palabras amenazantes con las cuales han aterrorizado y sujetado al mundo entero, diciendo: Mandamos, ordenamos, volvemos a ordenar, excomulgamos, etc. Pero esta libertad no la podemos obtener, así como Pablo tampoco pudo obtenerla en su tiempo. Por eso hacemos como él hizo. Porque cuando vio que no podía obtener esta libertad, no quiso ceder a los falsos apóstoles ni por una hora.

Por tanto, así como nuestros adversarios no quieren dejarnos esto libre: que solo la fe en Cristo justifica; así tampoco nosotros, por el otro lado, ni queremos ni podemos cederles que la fe adornada con caridad justifique. Aquí queremos, y también debemos, ser rebeldes y obstinados contra ellos; porque de otro modo perderíamos la verdad del evangelio; perderíamos la libertad que tenemos, no en el emperador, ni en reyes y príncipes, ni en ese monstruo, el Papa; ni en el mundo, ni en carne, sangre, razón, etc.; sino la que tenemos en Cristo Jesús. Perderíamos la fe en Cristo, la cual, como he dicho antes, no se aferra a otra cosa que a ese precioso diamante, Cristo Jesús. Esta fe, por la cual somos regenerados, justificados e injertados en Cristo, si nuestros adversarios nos la dejan sana e incorrupta, les ofrecemos que haremos todas las cosas, con tal que no sean contrarias a esta fe. Pero como no podemos obtener esto de sus manos, tampoco nosotros, por nuestra parte, les cederemos ni el ancho de un cabello. Porque el asunto que traemos entre manos es grave y de gran importancia: toca la muerte del Hijo de Dios, quien por la voluntad y mandamiento del Padre fue hecho carne, fue crucificado y murió por los pecados del mundo. Si aquí la fe cede, entonces la muerte y resurrección del Hijo de Dios son en vano; entonces no es más que una fábula que Cristo es el Salvador del mundo; entonces Dios es hallado mentiroso, porque no ha cumplido lo que prometió. Nuestra firmeza, pues, en este asunto es piadosa y santa. Porque por ella procuramos preservar la libertad que tenemos en Cristo Jesús, y así retener la verdad del evangelio; la cual, si la perdemos, entonces también perdemos a Dios, a Cristo, todas las promesas, la fe, la justicia y la vida eterna.

Pero aquí alguno dirá: La ley es divina y santa. Que la ley tenga su gloria; pero ninguna ley, por divina y santa que sea, debe enseñarme que soy justificado y que viviré por medio de ella. Concedo que puede enseñarme que debo amar a Dios y a mi prójimo; también vivir en castidad, sobriedad, paciencia, etc.; pero no debe mostrarme cómo seré librado del pecado, del diablo, de la muerte y del infierno. Aquí debo tomar consejo del evangelio; debo escuchar el evangelio, el cual me enseña, no lo que yo debo hacer —porque ese es el oficio propio de la ley—, sino lo que Jesucristo, el Hijo de Dios, ha hecho por mí; a saber, que padeció y murió para librarme del pecado y de la muerte. El evangelio quiere que yo reciba esto y lo crea. Y esta es la verdad del evangelio. También es el artículo principal de toda la doctrina cristiana, en el cual consiste el conocimiento de toda piedad. Por tanto, es muy necesario que conozcamos bien este artículo, que lo enseñemos a otros y que lo inculquemos continuamente. Porque así como es muy delicado, así también es pronto dañado. Pablo había probado bien esto, y de ello todos los piadosos tienen también buena experiencia.

Para concluir, Pablo no quiso circuncidar a Tito, y, como él dice, por ninguna otra causa sino porque ciertos falsos hermanos se habían introducido para espiar su libertad, y querían obligar a Pablo a circuncidar a Tito. Pablo, viendo esta imposición y necesidad, no quiso ceder, no, ni por una hora, sino que resistió fuertemente; y por eso dice: “Mas ni aun Tito, que estaba conmigo, con todo y ser griego, fue obligado a circuncidarse” (Gá 2:3). Si ellos lo hubieran pedido por caridad fraternal, sin duda él no lo habría negado. Pero como querían hacerlo como cosa necesaria, y eso por obligación, para mal ejemplo de otros, para destruir el evangelio y para traer las conciencias de los hombres a esclavitud, por eso se opuso poderosamente contra ellos, y prevaleció de tal manera que Tito no fue circuncidado.

Puede parecer cosa de poca importancia circuncidarse o no circuncidarse. Pero cuando un hombre pone su confianza en guardarla, o tiene temor por no guardarla, entonces Dios es negado, Cristo es rechazado, y la gracia y todas las promesas de Dios son desechadas. Pero si la circuncisión se guarda sin ese añadido, no hay peligro.

Si el Papa quisiera exigirnos de esta manera la observancia de sus tradiciones, como simples ceremonias, no nos sería tan grave guardarlas; pero atar las conciencias de los hombres a esas ceremonias, y hacer de ellas un servicio grande y aceptable a Dios, y además añadir que la vida y la salvación, o la muerte y la condenación, consisten en observarlas, eso es una superstición diabólica y llena de blasfemia. ¡Maldito sea el que no clame contra esto!

Gálatas 2:6-8

Y de aquellos que tenían reputación de ser algo, lo que hayan sido en otro tiempo nada me importa, &c.

Esta es una refutación enérgica y firme. Porque ni aun a los verdaderos apóstoles les da algún título glorioso; sino que, como rebajando su dignidad, dice: “los que tenían reputación de ser algo”; es decir, los que estaban en autoridad, de quienes dependía la decisión de todos los asuntos. Sin embargo, la autoridad de los apóstoles era en verdad muy grande en todas las iglesias. Y Pablo tampoco procuraba en lo más mínimo disminuir su autoridad; pero responde así, con desprecio, a los falsos apóstoles, que en todas las iglesias oponían contra Pablo la autoridad y dignidad de los apóstoles, para debilitar así su autoridad y llevar todo su ministerio al desprecio. Esto Pablo no podía tolerarlo. Por tanto, para que la verdad del evangelio y la libertad de la conciencia en Cristo permanecieran entre los gálatas y en todas las iglesias de los gentiles, responde valientemente a los falsos apóstoles que no le importaba cuán grandes fueran los apóstoles ni qué hubieran sido en tiempos pasados; y aunque alegaban contra él la autoridad del nombre de los apóstoles, eso no le afectaba en nada. Confiesa que los apóstoles ciertamente son algo, y que su autoridad debe ser reverenciada. Sin embargo, su evangelio y ministerio no debían ser derribados por el nombre o título de nadie, sea apóstol o ángel del cielo.

Y este era uno de los mayores argumentos que los falsos apóstoles usaban contra Pablo. Los apóstoles, decían ellos, trataron familiarmente con Cristo por espacio de tres años. Oyeron y vieron todas sus predicaciones y milagros. Además, ellos mismos predicaron e hicieron milagros mientras Cristo aún vivía en el mundo; a Pablo, en cambio, nunca lo vieron con Cristo en la carne; y en cuanto a su conversión, fue mucho después de la glorificación de Cristo. Por tanto, debían considerar ahora a cuál de estos tenían que creer más: a Pablo, que no era sino uno solo y estaba aparte, y además solo un discípulo, sí, y uno de los últimos de todos; o a los principales y más excelentes apóstoles, que mucho antes que Pablo fueron enviados y confirmados por Cristo mismo. A esto responde Pablo: ¿Y qué importa todo eso? Ese argumento no concluye nada. Por muy grandes que sean los apóstoles, sí, aunque sean ángeles del cielo, no me importa. La controversia aquí no es acerca de la excelencia de los apóstoles, sino acerca de la palabra de Dios y la verdad del evangelio. Esto debe conservarse puro e incorrupto; esto debe preferirse por encima de todas las cosas. Por tanto, cuán grande haya sido Pedro y los otros apóstoles, qué grandes milagros hayan hecho, no me importa. Esto es lo único que yo procuro: que la verdad del evangelio permanezca entre ustedes. Esto parece ser solo una respuesta débil de Pablo, cuando deliberadamente desprecia así la autoridad de los apóstoles, la cual los falsos apóstoles alegaban contra él, y no da otra solución a su poderoso argumento que esta: No me importa. Sin embargo, añade una razón de la refutación:

Dios no hace acepción de personas.

Este pasaje lo toma de Moisés, quien usa lo mismo, no una vez, sino muchas veces. «No harás injusticia en el juicio, ni favoreciendo al pobre ni complaciendo al grande» (Lv 19:15). Y este es un principio de teología: Dios no hace acepción de personas. (2 Cr 19:7; Ro 2:11; Hch 10:34; Ef 6:9; Col 3:25). Con esta sentencia cerró la boca de los falsos apóstoles. Como si dijera: Ustedes me oponen a aquellos que parecen ser algo; pero a Dios no le importan tales cosas externas. Él no mira el oficio del apostolado. No es la dignidad o autoridad de los hombres lo que él considera. Y como señal de esto, permitió que Judas, uno de los principales apóstoles, y Saúl, uno de los mayores reyes, sí, el primero de todos, cayeran y fueran condenados. También rechazó a Ismael y a Esaú, siendo ambos primogénitos. Así encontrarán en toda la Escritura que Dios muchas veces rechazó a los que en apariencia externa eran hombres muy buenos y santos. Y en estos ejemplos Dios a veces parece cruel; pero era muy necesario que se mostraran ejemplos tan terribles y también que se escribieran. Porque este vicio está naturalmente injertado en nosotros: estimamos altamente a las personas y la apariencia externa de los hombres, y las consideramos más que la palabra de Dios. Al contrario, Dios quiere que fijemos los ojos y descansemos enteramente en la palabra misma. No quiere que reverenciemos y adoremos el apostolado en las personas de Pedro y Pablo, sino a Cristo que habla en ellos, y la palabra que nos traen y predican.

Esto el hombre natural no puede verlo; solo el hombre espiritual discierne la persona de la palabra, el velo de Dios de Dios mismo. Ahora bien, este velo de Dios es toda criatura. Además, Dios no trata con nosotros en esta vida cara a cara, sino cubierto y velado ante nosotros; es decir, como dice Pablo en otro lugar: «Ahora vemos por espejo, oscuramente; mas entonces veremos cara a cara» (1 Co 13:12). Por tanto, no podemos estar sin velos en esta vida. Pero aquí se requiere sabiduría, que pueda discernir el velo de Dios mismo; y esta sabiduría el mundo no la tiene. El avaro oye: «No sólo de pan vivirá el hombre, mas de todo lo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre» (Dt 8:3; Mt 4:4). Come el pan, pero no ve a Dios en el pan; porque solo contempla el velo y la apariencia exterior. Así hace con el oro y con las demás criaturas, confiando en ellas mientras las tiene; pero cuando lo dejan, desespera. Y así no honra al Creador, sino a las criaturas; no a Dios, sino a su propio vientre.

Digo esto para que nadie piense que Pablo condena enteramente estos velos exteriores o personas. Porque no dice que no deba haber persona, sino que no hay acepción de personas para con Dios. Debe haber personas y velos exteriores: Dios los ha dado, y son sus buenas criaturas; pero no debemos confiar en ellos. Todo el asunto está en el uso correcto de las cosas, y no en las cosas mismas. No debemos engrandecer demasiado a las personas exteriores, ni poner confianza alguna en ellas. Dios pone delante de nosotros ejemplos espantosos, y hasta en personas excelentes permite horribles pecados, para enseñarnos qué diferencia hay entre la persona y la palabra. Lo que Pablo llama aquí apostolado, u oficio de los apóstoles, que hicieron muchos y grandes milagros, enseñaron y convirtieron a muchos a la fe, y además trataron familiarmente con Cristo, es la persona del hombre.

En resumen, esta palabra, persona, comprende toda la conducta exterior de los apóstoles, que era santa, y su autoridad, que era grande. Sin embargo, dice él, Dios no estima estas cosas; no que no las estime en absoluto, sino que en el asunto de la justificación no las toma en cuenta, por muy grandes y gloriosas que sean. Porque debemos notar diligentemente esta distinción: en materias de teología debemos hablar de manera muy distinta que en materias de política. En materias de política, como he dicho, Dios quiere que honremos y reverenciemos estos velos exteriores o personas como instrumentos suyos por los cuales gobierna y preserva el mundo. Pero cuando la cuestión se refiere a la religión, la conciencia, el temor de Dios, la fe y el servicio de Dios, no debemos temer a estas personas exteriores, no debemos poner nuestra confianza en ellas, no debemos esperar de ellas consuelo, ni esperar por ellas liberación, sea corporal o espiritual. Por esta causa Dios no quiere acepción de personas en el juicio; porque el juicio es una cosa divina. Por tanto, yo no debo ni temer al juez ni confiar en el juez; sino que mi temor y mi confianza deben estar solo en Dios, que es el verdadero juez. Al juez civil o magistrado ciertamente debo reverenciarlo por causa de Dios (Dt 1), cuyo ministro es; pero mi conciencia no puede descansar ni confiar en su justicia y equidad, ni tampoco ser atemorizada por su injusticia o tiranía, de modo que yo caiga en alguna ofensa contra Dios, mintiendo, dando falso testimonio, negando la verdad, etc. Por lo demás, reverenciaré y honraré al magistrado con todo mi corazón. Así también honraría al Papa y amaría su persona, si dejara libre mi conciencia y no me obligara a pecar contra Dios. Pero él quiere ser temido y adorado de tal manera que eso no puede hacerse sin ofensa a la majestad de Dios. Aquí, puesto que necesariamente debemos perder una de las dos cosas, perdamos la persona y aferrémonos a Dios. Podríamos contentarnos con sufrir el dominio del Papa; pero porque lo usa tan tiránicamente contra nosotros, y quisiera obligarnos a negar y blasfemar a Dios, y a reconocerlo solo a él como nuestro señor y maestro, cargando nuestras conciencias y despojándonos del temor y la confianza que debemos tener en Dios; por tanto, somos obligados por el mandamiento de Dios a resistir al Papa. Porque está escrito que «es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hch 5:29). Por tanto, sin ofensa de conciencia, que es nuestro singular consuelo, despreciamos la autoridad del Papa.

Hay, pues, cierta vehemencia que debe notarse en esta palabra: Dios. Porque en la causa de la religión y de la palabra de Dios no debe haber acepción de personas. Pero en asuntos de política sí debemos tener respeto a la persona; porque, de otro modo, necesariamente seguiría el desprecio de toda reverencia y orden. En este mundo Dios quiere que haya orden, reverencia y diferencia de personas. De otra manera, el hijo, el siervo, el súbdito dirían: Yo soy cristiano tan bien como mi padre, mi maestro, mi amo, mi príncipe; ¿por qué, entonces, he de reverenciarlo? Delante de Dios, pues, no hay acepción de personas, ni griego ni judío, sino que todos son uno en Cristo; aunque no así delante del mundo.

Así refuta Pablo el argumento de los falsos apóstoles en cuanto a la autoridad de los apóstoles, y dice que no viene al caso. Porque la cuestión aquí no es acerca del respeto de personas, sino que hay entre manos un asunto mucho más importante, es decir, un asunto divino acerca de Dios y de su palabra, y de si esta palabra debe ser preferida al apostolado o no. A lo cual Pablo responde: Con tal que la verdad del evangelio permanezca, con tal que la palabra de Dios y la justicia de la fe se conserven puras e incorruptas, perezca el apostolado, perezca un ángel del cielo, perezca Pedro, perezca Pablo por completo.

Sin embargo, los que tenían reputación de ser los principales nada nuevo me comunicaron.

Como si dijera: Yo no conferencié con los apóstoles de manera que ellos me enseñaran algo; porque ¿qué podían enseñarme, si Cristo, por su revelación, ya antes me había enseñado suficientemente todas las cosas? Y además, puesto que ya había predicado el evangelio por espacio de dieciocho años entre los gentiles, y Cristo había hecho por medio de mí tantos milagros, por los cuales había confirmado mi doctrina, por tanto aquello fue solo una conferencia y no una disputa. En ella no aprendí nada, ni me retracté, ni tampoco defendí mi causa, sino que solamente declaré lo que había hecho; a saber, que había predicado a los gentiles solamente la fe en Cristo, sin la ley, y que por esta predicación de la fe el Espíritu Santo había descendido sobre los gentiles, los cuales inmediatamente hablaron en diversas lenguas. Cuando los apóstoles oyeron esto, dieron testimonio de que yo había enseñado la verdad; por lo cual los falsos apóstoles me hacen gran injusticia, al pervertir y volver todas estas cosas completamente al contrario.

Ahora bien, si Pablo no quiso ceder en nada a los falsos apóstoles, que oponían contra él la autoridad de los verdaderos apóstoles, mucho menos debemos ceder nosotros a nuestros adversarios, que no tienen de qué gloriarse sino de la autoridad de su ídolo, el Papa. Yo sé que los piadosos deben ser humildes; pero contra el Papa quiero y debo ser orgulloso, con un santo orgullo, y decir: Tú, Papa, no me someteré a ti; no te tendré por mi maestro, porque estoy seguro de que mi doctrina es verdadera y piadosa. Pero el Papa no soportará esta doctrina; al contrario, querrá forzarnos a obedecer sus leyes y sus decretos; y si no queremos, en seguida nos excomulgará, nos maldecirá y nos condenará como herejes. Por tanto, esa soberbia contra el Papa es sumamente necesaria. Y si no fuéramos así de firmes y resueltos, y no condenáramos enteramente en el Espíritu Santo tanto a él como a toda su doctrina, y al diablo, padre de mentira, que habla en él, jamás podríamos defender este artículo de la justicia de la fe. No despreciamos, pues, la autoridad del Papa porque queramos señorearnos de él, ni procuramos exaltarnos sobre toda autoridad superior, pues es evidente que enseñamos a todos a humillarse y sujetarse a las potestades superiores ordenadas por Dios; sino que esto es lo único que buscamos: que la gloria de Dios sea mantenida, y que la justicia de la fe se conserve pura y sana.

Por eso, si el Papa nos concediera que solo Dios, por su pura gracia y por medio de Cristo, justifica a los pecadores, no solo lo llevaríamos en las manos, sino que también besaríamos sus pies. Pero como no podemos conseguir esto, otra vez, en Dios, nos levantamos contra él sobremanera, y no cederemos ni un cabello a todos los ángeles del cielo, ni a Pedro, ni a Pablo, ni a cien emperadores, ni a mil papas, ni al mundo entero. Lejos esté de nosotros humillarnos aquí, viendo que quieren quitarnos nuestra gloria, es decir, a Dios mismo, que nos creó y nos dio todas las cosas, y a Jesucristo, que nos redimió con su sangre. Sea, pues, esta la conclusión de todo: sufriremos que nos quiten nuestros bienes, nuestro nombre, nuestra vida y todo lo que tenemos; pero el evangelio, nuestra fe, Jesucristo, nunca permitiremos que nos sean arrebatados. Y maldita sea aquella humildad que aquí se abate y se somete; antes bien, que todo cristiano aquí sea orgulloso y no perdone, a menos que quiera negar a Cristo. Por lo cual, con la ayuda de Dios, mi frente será más dura que la frente de todos los hombres. Aquí tomo para mí este título, según el proverbio, Cedo nulli, no cedo ante nadie. Sí, me alegro de todo corazón de parecer en este punto rebelde y obstinado. Y aquí confieso que lo soy, y que siempre lo seré: firme y severo, y que no cederé ni un ápice a criatura alguna. La caridad cede, «todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta» (1 Co 13:7); pero la fe no cede en nada; más aún, no puede sufrir nada; conforme a aquel antiguo dicho: Non patitur ludum fama, fides, oculus; es decir, con la buena fama del hombre, con su fe y con su ojo no se juega. Por tanto, el cristiano, en lo que toca a su fe, nunca puede ser demasiado orgulloso ni demasiado firme, ni debe aflojar ni ceder, ni siquiera el ancho de un cabello; porque la fe hace al hombre aquí semejante a Dios. Pero Dios no sufre nada, no cede ante nadie, porque es inmutable; así también la fe es inmutable, y por eso no puede sufrir nada ni ceder a nadie. Pero en cuanto a la caridad, el cristiano debe rendirse y sufrirlo todo, porque en eso no es más que hombre.

Antes por el contrario, como vieron que me había sido encomendado el evangelio de la incircuncisión, como a Pedro el de la circuncisión (pues el que actuó en Pedro para el apostolado de la circuncisión, actuó también en mí para con los gentiles).

Con estas palabras Pablo refuta poderosamente a los falsos apóstoles, porque aquí se atribuye a sí mismo la misma autoridad que los falsos apóstoles atribuían a los verdaderos apóstoles; y usa aquí una figura que se llama inversión, volviendo su argumento contra ellos mismos. Los falsos apóstoles, dice él, alegan contra mí la autoridad de los grandes apóstoles para sostener su causa; pero yo, por el contrario, alego esa misma autoridad contra ellos para mi defensa, porque los apóstoles están de mi lado. Por tanto, oh gálatas míos, no crean a estos apóstoles fingidos, que se glorían tanto de la autoridad de los apóstoles contra mí. Porque los apóstoles, cuando vieron que me había sido encomendado el evangelio de la incircuncisión, y conocieron la gracia que me había sido dada, nos dieron a mí y a Bernabé la diestra en señal de compañerismo, aprobando mi ministerio y dando gracias a Dios por los dones que yo había recibido. Así volvió contra ellos mismos el argumento de los falsos apóstoles. Y en estas palabras hay un ardor vehemente, y se encierra más en el contenido que lo que las palabras pueden expresar.

¿Qué quiere decir Pablo cuando afirma que a él le fue encomendado el evangelio de la incircuncisión, y a Pedro el de la circuncisión, cuando, sin embargo, Pablo casi en todas partes predicó a los judíos en sus sinagogas, y Pedro igualmente a los gentiles? En Hechos hay ejemplos y testimonios de ambos. Pedro convirtió al centurión, con toda su casa, que era gentil (Hch 10:3).

También escribió a los gentiles, como lo testifica su primera epístola. Pablo, predicando a Cristo entre los gentiles, entraba, sin embargo, en las sinagogas de los judíos, y allí predicaba el evangelio (Hch 9:8). Y nuestro Salvador Cristo, en Mateo y Marcos, manda a sus apóstoles que vayan por todo el mundo y prediquen el evangelio a toda criatura (Mt 28:19; Mr 16:15). Pablo también dice: «que se predica en toda la creación que está debajo del cielo» (Col 1:23). ¿Por qué, entonces, se llama a sí mismo apóstol de los gentiles, y a Pedro, junto con los otros, apóstol de la circuncisión?

Pablo tiene en cuenta esto: que los otros apóstoles permanecieron especialmente en Jerusalén, hasta que Dios los llamó a otros lugares. Así estaban las cosas entonces, por el momento: mientras continuó el estado político de los judíos, los apóstoles siguieron permaneciendo en Judea; pero cuando se acercó la destrucción de Jerusalén, fueron esparcidos por todo el mundo. Pero Pablo, como está escrito en Hechos (cap. 13:2), por un llamamiento singular fue escogido para ser apóstol de los gentiles, y, enviado fuera de Judea, recorrió las regiones de los gentiles. Ahora bien, los judíos estaban esparcidos casi por todo el mundo, y habitaban aquí y allá en ciudades y otros lugares entre los gentiles. Pablo, al llegar allí, solía entrar en las sinagogas de los judíos (Hch 9:20), y por esa ocasión les anunciaba primero a ellos, como hijos del reino, estas buenas nuevas: que las promesas hechas a los padres se habían cumplido por Jesucristo. Cuando no querían oír esto, se volvía a los gentiles, como lo testifica Lucas (Hch 13), donde presenta a Pablo hablando así con valentía contra los judíos: «A vosotros a la verdad era necesario que se os hablase primero la palabra de Dios; mas puesto que la desecháis, y no os juzgáis dignos de la vida eterna, he aquí, nos volvemos a los gentiles». Y en Hechos (cap. 28:28): «Sabed, pues, que a los gentiles es enviada esta salvación de Dios; y ellos oirán». Por tanto, Pablo fue enviado especialmente a los gentiles. Pero como era deudor a todos, y se hacía todo a todos, por eso, cuando se le ofrecía la ocasión, entraba en las sinagogas de los judíos, donde no solo los judíos, sino también los gentiles, lo oían predicar a Cristo. Por lo demás, predicaba públicamente en la plaza, en casas y a la orilla de los ríos. Así que era especialmente apóstol de los gentiles, como Pedro lo era de los judíos; quien, sin embargo, también predicó a Cristo a los gentiles cuando se le presentó la ocasión.

Y aquí llama incircuncisión a los gentiles, y circuncisión a los judíos, por una figura llamada sinécdoque, que bajo una parte comprende el todo; esta figura se usa comúnmente en la Escritura. El evangelio de la incircuncisión, entonces, es aquel que estaba destinado a ser enviado a los gentiles. Este evangelio, dice él, le fue encomendado a él, como el evangelio de la circuncisión a Pedro; porque así como Pedro predicaba el evangelio entre los judíos, así él lo hacía entre los gentiles.

Esto lo repite muchas veces: que Pedro, Jacobo y Juan, que parecían ser las columnas de la iglesia, nada le enseñaron, ni le encomendaron el oficio de predicar el evangelio, como si tuvieran autoridad y dominio sobre él. Antes bien, ellos mismos, dice él, vieron que el evangelio me había sido encomendado a mí, pero no por Pedro; porque así como yo no recibí ni aprendí evangelio alguno de hombre, tampoco recibí de hombre mandato para predicarlo, sino que tanto el conocimiento como el mandato de predicarlo entre los gentiles los recibí inmediatamente de Dios; así como a Pedro le fue dada por Dios la comisión de predicarlo entre los judíos.

Este pasaje atestigua muy claramente que los apóstoles tenían igual llamamiento, igual comisión, y un solo evangelio. Pedro no predicó otro evangelio distinto del de los demás apóstoles, ni asignó a otros su comisión y oficio; sino que había igualdad entre todos ellos, porque todos fueron enseñados por Dios, es decir, tanto su vocación como su comisión procedían total e inmediatamente de Dios. Por consiguiente, ninguno era mayor que otro, ninguno tenía prerrogativa sobre otro. Y por eso, cuando el Papa se jacta de que Pedro fue el principal de los apóstoles, para así confirmar y establecer su primacía usurpada, es una mentira descarada.

Porque el que actuó en Pedro.

Esta es una refutación de otro argumento de los falsos apóstoles. ¿Por qué se jactan los falsos apóstoles, dice él, de que el evangelio de Pedro fue poderoso, de que convirtió a muchos, de que hizo muchos y grandes milagros, resucitó muertos, y con su sombra sanó a los enfermos? (Hch 5:15). Concedo que todo esto es verdad; pero Pedro recibió este poder del cielo. Dios dio virtud a su palabra, de manera que muchos le creyeron, y por medio de él se hicieron grandes milagros. Ese mismo poder tuve yo también, el cual no recibí de Pedro, sino que el mismo Dios y el mismo Espíritu que actuó poderosamente en Pedro, actuó poderosamente también en mí. Tuve la misma gracia: enseñé a muchos, hice muchos milagros, y también con mi sombra sané a los enfermos. Y esto lo testifica Lucas con estas palabras: «Y hacía Dios milagros extraordinarios por mano de Pablo, de tal manera que aun se llevaban a los enfermos los paños o delantales de su cuerpo, y las enfermedades se iban de ellos, y los espíritus malos salían» (Hch 19:11-12). Lean más sobre esto en Hch 13, 16, 20 y 28.

En resumen: Pablo no quiere ser tenido en ningún punto por inferior a los demás apóstoles; y en esto se gloría con un orgullo piadoso y santo. La necesidad lo obligó a resistir firmemente a Pedro, y el ardiente celo que tenía por la gloria de Dios lo movió a hacerlo. Ciertos espíritus profanos, como Julianus y Porphyrius, no considerando esto, pensaron que era mera soberbia carnal lo que movía a Pablo a actuar así; tal como hoy lo vemos en el Papa y en su generación. Pero Pablo no tenía aquí entre manos su propia causa, sino una causa de fe. Ahora bien, en lo que toca a la fe, debemos ser invencibles, y más duros, si fuese posible, que la piedra de diamante; pero en cuanto a la caridad, debemos ser suaves y más flexibles que la caña o la hoja sacudida por el viento, y estar dispuestos a ceder en todo. Por tanto, la controversia aquí no trataba de la gloria de Pablo, sino de la gloria de Dios, de la palabra de Dios, del verdadero culto de Dios, de la verdadera religión y de la justicia de la fe, para que estas cosas permanecieran todavía puras e incorruptas.

Gálatas 2:9

Y cuando Jacobo, Cefas y Juan, que eran considerados como columnas, reconocieron la gracia que me había sido dada, nos dieron a mí y a Bernabé la diestra de compañerismo, para que nosotros fuéramos a los gentiles, y ellos a la circuncisión.

Es decir: cuando oyeron que yo había recibido de Dios mi llamamiento y encargo para predicar el evangelio entre los gentiles; y que Dios había obrado por medio de mí tantos milagros; y además, que por mi ministerio tan gran número de gentiles había llegado al conocimiento de Cristo; y que los gentiles habían recibido el Espíritu Santo, sin la ley y sin la circuncisión, solo por la predicación de la fe, glorificaron a Dios por esta gracia que me había sido dada.

Aquí llama gracia a todo lo que había recibido de Dios; a saber, que de perseguidor y asolador de la iglesia fue hecho apóstol, enseñado por Jesucristo y enriquecido con dones espirituales. Y al mismo tiempo muestra aquí que Pedro dio testimonio de él, de que era un verdadero apóstol, enviado y enseñado no por sí mismo ni por los otros apóstoles, sino solo por Dios. Y no solo reconoció el ministerio y la autoridad de Pablo, y los dones del Espíritu que había en él, como cosas celestiales, sino que también los aprobó y confirmó; y eso, no como superior y gobernante, sino como hermano y testigo. Jacobo y Juan hicieron igualmente lo mismo. Por eso concluye que los que son tenidos por las principales columnas entre los apóstoles están enteramente con él, y no contra él.

La diestra de compañerismo.

Como si dijeran: Nosotros, oh Pablo, concordamos contigo en todas las cosas en la predicación del evangelio; por tanto, en doctrina somos compañeros y tenemos comunión juntos en ella; es decir, tenemos una sola doctrina, porque predicamos un solo evangelio, un solo bautismo, un solo Cristo y una sola fe. Por tanto, nada podemos enseñarte ni imponerte, puesto que entre nosotros hay un consentimiento mutuo en todas las cosas. Porque no enseñamos otras cosas ni más excelentes que las que tú enseñas, sino las mismas. Y los mismos dones que nosotros tenemos, vemos que están también en ti, salvo que a ti te ha sido encomendado el evangelio para la incircuncisión, así como a nosotros el evangelio para la circuncisión. Pero concluimos aquí que ni la incircuncisión ni la circuncisión deben impedir nuestra sociedad y compañerismo, puesto que es un solo evangelio el que ambos predicamos.

Hasta aquí Pablo ha probado con testimonio manifiesto, no solo de parte de Dios, sino también de parte de hombres, es decir, de los apóstoles, que había predicado verdadera y fielmente el evangelio. Por tanto, muestra que todo cuanto los falsos apóstoles decían para disminuir su autoridad no es sino materia fingida y fabricada, y que el testimonio de los apóstoles está a su favor, y no a favor de los falsos apóstoles. Pero, como está solo y sin testigo, por eso añade un juramento y pone a Dios por testigo de que las cosas que ha dicho son verdaderas.

Gálatas 2:10

Solamente nos pidieron que nos acordásemos de los pobres; lo cual también procuré con diligencia hacer.

Después de la predicación del evangelio, el oficio y deber de un pastor verdadero y fiel es acordarse de los pobres. Porque donde está la iglesia, necesariamente tiene que haber pobres; los cuales, por lo general, son los únicos verdaderos discípulos del evangelio, como dice Cristo: «a los pobres es anunciado el evangelio» (Is 61:1; Mt 11:5; Lc 4:18); porque el mundo y el diablo persiguen a la iglesia y reducen a muchos a la pobreza, quienes después son abandonados y despreciados por el mundo.

Además, el mundo no solo falla en esto, sino que también descuida la preservación del evangelio, de la verdadera religión y del verdadero servicio de Dios. Ya no hay nadie que quiera preocuparse por el sustento de los ministros de la iglesia y por el establecimiento de escuelas; pero para levantar y afirmar el culto falso, la superstición y la idolatría, no se escatimaba ningún gasto, sino que cada uno estaba dispuesto a dar con la mayor liberalidad y abundancia.

De aquí vinieron tantos monasterios, tantas iglesias catedrales, tantos obispados en la iglesia del Papa, donde reinaba toda impiedad, y con rentas tan grandes provistas para su sustento. Mientras que ahora una ciudad entera considera demasiado mantener a uno o dos pobres ministros y predicadores del evangelio, siendo así que antes, cuando el Papa y toda impiedad reinaban, sostenía varios monasterios de monjes, frailes, monjas y enjambres enteros de sacerdotes de misa.

En resumen, la verdadera religión siempre está necesitada. Y Cristo se queja de «que tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis» (Mt 25:35-36). Al contrario, la falsa religión y la impiedad florecen y abundan con toda riqueza y prosperidad mundanas. Por tanto, un pastor verdadero y fiel también debe cuidar de los pobres; y Pablo aquí confiesa que él tuvo ese cuidado.

Gálatas 2:11

Pero cuando Pedro vino a Antioquía, le resistí cara a cara, porque era de condenar.

Pablo sigue todavía en su refutación, diciendo que no solo tiene para su defensa el testimonio de Pedro y de los otros apóstoles que estaban en Jerusalén, sino también que resistió a Pedro en presencia de toda la iglesia de Antioquía. Muestra aquí un asunto que no se hizo en un rincón, sino delante de toda la iglesia. Porque, como ya he dicho antes, aquí no trata una cuestión pequeña, sino el principal artículo de toda la doctrina cristiana. Su utilidad y su majestad son tales que, quien las estime rectamente, considerará todas las demás cosas como viles y sin valor. Porque ¿qué es Pedro, qué es Pablo, qué es un ángel del cielo, qué son todas las demás criaturas, comparados con el artículo de la justificación? Si conocemos esto, entonces estamos en la clara luz; pero si lo ignoramos, entonces estamos en la más miserable oscuridad. Por tanto, si vemos que este artículo es impugnado o corrompido, no teman resistir aun a Pedro o a un ángel del cielo, siguiendo el ejemplo de Pablo. Él, viendo que la majestad de este artículo estaba en peligro por causa de la dignidad de Pedro, no tuvo en cuenta su dignidad ni su estima, para conservarlo puro e incorrupto. Porque escrito está: «El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí» (Mt 10:37).

Por tanto, no nos avergonzamos de que, por la defensa de la verdad, los hipócritas nos tengan y nos llamen soberbios y obstinados, y como si quisiéramos ser los únicos sabios, como si no quisiéramos escuchar a nadie ni ceder ante nadie. Aquí necesariamente debemos ser obstinados e inflexibles. Porque la causa por la cual ofendemos al hombre, es decir, por la cual pisoteamos la majestad de la persona o del mundo, es tan grande, que los pecados que el mundo juzga gravísimos son tenidos por virtudes singulares delante de Dios. Que amemos a nuestros padres, honremos a los magistrados y mostremos reverencia a Pedro y a otros ministros de la palabra, está bien. Pero aquí no tratamos la causa de Pedro, ni de los padres, ni de los magistrados, ni del mundo, ni de ninguna otra criatura, sino la de Dios mismo. Aquí, si no cedo ante mis padres, ante el magistrado, o ante un ángel del cielo, hago bien. Porque ¿qué es la criatura en comparación con el Creador? Sí, ¿qué son todas las criaturas comparadas con él? Son como una gota de agua en comparación con todo el mar. ¿Por qué, entonces, habría de estimar tanto a Pedro, que no es más que una gota, y dejar de lado a Dios, que es todo el mar? Ceda, pues, la gota al mar, y ceda Pedro a Dios. Digo esto para que ustedes pesen y consideren diligentemente el asunto del que trata Pablo; porque trata de la palabra de Dios, la cual nunca podrá ser suficientemente magnificada.

Y cuando dice, cara a cara, esta expresión va especialmente contra esas víboras venenosas y apóstoles de Satanás, que calumnian a los ausentes, y en su presencia no se atreven ni una sola vez a abrir la boca; como hacían los falsos apóstoles, a quienes también aquí toca de paso. Ellos no se atrevían a hablar mal de él en su presencia, pero en su ausencia lo calumniaban con suma malicia. “Yo no hice así —dice él—. No hablé mal de Pedro, sino que franca y abiertamente le resistí, no por algún pretexto aparente, ni por ambición, ni por otra pasión carnal, sino porque era de condenar y de reprender severamente.”

Aquí dejen otros discutir si un apóstol puede pecar o no. Yo digo esto: no debemos hacer menor la falta de Pedro de lo que realmente fue. Los mismos profetas a veces erraron y fueron engañados. Natán, «de su propio espíritu», dijo a David que debía edificar la casa del Señor (2 S 7:3-4). Pero esa profecía fue corregida inmediatamente después por una revelación de Dios: que no sería David, porque era hombre de guerra y había derramado mucha sangre, sino su hijo Salomón, quien edificaría la casa del Señor. Así también erraron los apóstoles. Ellos imaginaban que el reino de Cristo sería carnal y terrenal, como podemos ver en el principio de Hechos, cuando preguntaron a Cristo: «Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo?» (Hch 1:6). Y Pedro, aunque había oído este mandamiento de Cristo: «Id por todo el mundo», etc. (Mt 28), no habría ido a Cornelio si no hubiera sido advertido por una visión (Hch 10:12). Y en este asunto no solo erró, sino que también cometió un gran pecado. Y si Pablo no le hubiera resistido, todos los gentiles que habían creído habrían sido obligados a recibir la circuncisión y a guardar la ley. Los judíos creyentes también habrían sido confirmados en su opinión, a saber, que la observancia de estas cosas era necesaria para la salvación; y así habrían recibido de nuevo la ley en lugar del evangelio, a Moisés en lugar de Cristo. Y de toda esta enorme maldad y horrible pecado, Pedro, por su disimulo, habría sido la única ocasión. Por tanto, no debemos atribuir a los santos una perfección tal como si no pudieran pecar.

Lucas da testimonio de «que hubo tal desacuerdo entre Pablo y Bernabé» —que habían sido apartados juntos para el ministerio del evangelio entre los gentiles, habían viajado por muchas regiones (Hch 15:39) y les habían predicado el evangelio— «que se separaron el uno del otro». Aquí necesariamente debemos decir que hubo falta o en Pablo o en Bernabé. Y sin duda no pudo ser sino que el desacuerdo fue grandísimo, pues separó a estos dos, unidos en una comunión tan santa, como el texto lo atestigua. Tales ejemplos están escritos para nuestro consuelo. Porque es un gran consuelo para nosotros oír que aun los santos, que tienen el Espíritu de Dios, pecan. Y ese consuelo nos lo quitarían los que dicen que los santos no pecan.

Sansón, David, y muchos otros hombres excelentes, llenos del Espíritu Santo, cayeron en grandes pecados (Jue 16; 2 S 11; 24). Job y Jeremías maldicen el día de su nacimiento (Job 3; 12; Job 4; Jer 20:14). Elías y Jonás se cansan de la vida y desean la muerte (Jon 4). Tales errores y ofensas de los santos los presenta la Escritura para consuelo de los afligidos y oprimidos por la desesperación, y para terror de los soberbios. No hay hombre que haya caído tan gravemente alguna vez que no pueda levantarse de nuevo. Y, por otra parte, no hay hombre que esté tan firme que no pueda caer. Si Pedro cayó, yo también puedo caer. Si él se levantó otra vez, yo también puedo levantarme de nuevo. Y ejemplos como estos deben ser muy estimados por los débiles de ánimo y las conciencias sensibles, para que entiendan mejor lo que piden cuando dicen: «Perdónanos nuestras deudas»; y: «Creo en el perdón de los pecados». Tenemos el mismo espíritu de gracia y de oración que tuvieron los apóstoles y todos los santos, y ellos no tuvieron ninguna prerrogativa sobre nosotros. Tenemos los mismos dones que ellos tuvieron: el mismo Cristo, el bautismo, la palabra, el perdón de pecados. De todas estas cosas ellos tenían tanta necesidad como nosotros, y por ellas son santificados y salvos, igual que nosotros.

Gálatas 2:12

Porque antes que viniesen algunos de parte de Jacobo, comía con los gentiles.

Los gentiles convertidos a la fe comían alimentos prohibidos por la ley; y Pedro, tratando con los gentiles convertidos, comía con ellos, y también bebía vino que estaba prohibido, sabiendo que en esto hacía bien. Por eso transgredía abiertamente la ley con los gentiles. Pablo confiesa que él también hizo lo mismo, cuando dice que se hizo judío a los judíos, y a los que estaban sin ley, como si él estuviera sin ley. Es decir, con los gentiles comía y bebía como gentil, y no guardaba ninguna ley; con los judíos, conforme a la ley, se abstenía de todo lo prohibido en la ley; porque procuraba servir y agradar a todos, para ganar a todos. «Me he hecho a los judíos como judío, para ganar a los judíos; a los que están sujetos a la ley (aunque yo no esté sujeto a la ley) como sujeto a la ley, para ganar a los que están sujetos a la ley; a los que están sin ley, como si yo estuviera sin ley (no estando yo sin ley de Dios, sino bajo la ley de Cristo), para ganar a los que están sin ley» (1 Co 9:20-21). Por tanto, Pedro, al comer y beber con los gentiles, no pecó, sino que hizo bien, y sabía que le era lícito hacerlo. Porque con esta transgresión mostraba que la ley no era necesaria para la justicia, y además libraba a los gentiles de la observancia de la ley. Porque si le era lícito a Pedro quebrantar la ley en una cosa, le era lícito quebrantarla en todas. Y Pablo no reprende aquí a Pedro por su transgresión, sino por su disimulo, como sigue: Pero después que vinieron, se retraía y se apartaba, porque tenía miedo de los de la circuncisión.

Aquí ven entonces la falta de Pedro, como Pablo la expone claramente. Pablo no lo acusa de malicia o ignorancia, sino de disimulo y debilidad, en que se abstenía de alimentos prohibidos por la ley, temiendo que los judíos que habían venido de parte de Jacobo se escandalizaran por ello; y tuvo más consideración por los judíos que por los gentiles. Con esto daba ocasión, en cuanto dependía de él, para destruir la libertad cristiana y la verdad del evangelio. Porque al retirarse y separarse por completo, absteniéndose de alimentos prohibidos por la ley, aunque antes los había comido, producía un escrúpulo de conciencia en los fieles, para que razonaran así por su ejemplo: Pedro se abstiene de alimentos prohibidos por la ley; por tanto, el que come alimentos prohibidos por la ley peca y quebranta la ley; pero el que se abstiene es justo y guarda la ley, pues de otro modo Pedro no se habría retirado. Pero como hizo esto, y deliberadamente rehúsa aquellos alimentos que antes comía, es una prueba segura de que los que comen contra la ley pecan, y los que se abstienen de los alimentos que la ley prohíbe guardan la ley, y son justificados por ella.

Aquí observa que Pablo aprueba el fin de este acto de Pedro, y no el acto mismo; porque el acto en sí no era malo. Comer y beber, o no comer ni beber, no es nada; pero el fin, es decir: si comes, pecas; si te abstienes, eres justo, eso sí es malo. Así también la circuncisión en sí misma es buena, pero este fin es malo: si no te circuncidas conforme a la ley de Moisés, no puedes ser salvo. Del mismo modo, comer alimentos prohibidos por la ley no es malo; pero este retroceder y este disimulo de Pedro sí es malo. Porque podía decirse: Pedro se abstiene de alimentos prohibidos por la ley; por tanto, si tú no te abstienes del mismo modo, no puedes ser salvo. Esto Pablo no podía disimularlo de ninguna manera; porque la verdad del evangelio estaba aquí en peligro. Por tanto, para que esta verdad permaneciera sana e incorrupta, resistió a Pedro cara a cara.

Y aquí debemos hacer una distinción. Porque los alimentos pueden rechazarse de dos maneras (1 Co 9): primero, por causa de la caridad cristiana. Y aquí no hay peligro; porque soportar la debilidad de mi hermano es bueno. Así lo ordenó y enseñó el mismo Pablo. Segundo, absteniéndose de ellos para obtener justicia, y pensando que por no abstenerse se peca y se es condenado. Aquí sea maldita la caridad, con todo servicio y toda obra de caridad. Porque abstenerse así de los alimentos es negar a Cristo, hollando su cuerpo con nuestros pies, blasfemar contra el Espíritu Santo y despreciar todas las cosas santas. Por tanto, si hemos de perder una de las dos cosas, perdamos antes al hombre, nuestro amigo y hermano, que a Dios nuestro Padre. Porque si perdemos a Dios nuestro Padre, el hombre, nuestro amigo y hermano, no puede permanecer.

Jerónimo, que no entendió ni este pasaje ni tampoco toda la epístola, piensa que esto no fue más que una reprensión fingida de Pablo, y por eso excusa la caída de Pedro, diciendo que fue hecha por ignorancia. Pero Pedro ofendió por disimulo, y con eso había establecido la necesidad de la ley, había obligado tanto a gentiles como a judíos a apartarse de la verdad del evangelio, les había dado gran ocasión para abandonar a Cristo, despreciar la gracia, volver a la religión judía y cargar con todos los pesos de la ley, si Pablo no lo hubiera reprendido y con ello no hubiera hecho volver a los gentiles y a los judíos, ofendidos por este ejemplo de Pedro, a la libertad que hay en Cristo Jesús y a la verdad del evangelio. Por tanto, si alguien quisiera exponer aquí y ampliar la falta de Pedro, parecería ser muy grande; y sin embargo no fue hecha por malicia o ignorancia, sino solo por ocasión y por temor. Así vemos qué ruinas pueden venir por la caída y la falta de un solo hombre, si no se atiende bien a ello y no se corrige a tiempo. Por tanto, no podemos tratar con ligereza este artículo de la justificación; ni sin buena causa les recordamos esto tan a menudo y con tanta diligencia.

Y es muy asombroso que Pedro, siendo un apóstol tan excelente, haya hecho esto; él, que antes, en el concilio de Jerusalén, se mantuvo casi solo en defensa de este artículo, y allí prevaleció, a saber, que la salvación viene por la fe sin la ley (Hch 15). El que antes defendió tan firmemente la verdad y la libertad del evangelio, ahora, por su caída al abstenerse de alimentos prohibidos por la ley, no solo causa un gran tropiezo, sino que también obra contra su propio decreto. «Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga» (1 Co 10:12). Nadie imaginaría qué peligro hay en las tradiciones y ceremonias, las cuales, sin embargo, no podemos dejar de tener. ¿Qué hay más necesario que la ley y sus obras? Y, sin embargo, hay gran peligro de que, por medio de ellas, los hombres sean llevados a negar a Cristo. Porque de la ley muchas veces viene una confianza y seguridad en las obras; y donde eso está, no puede haber confianza en Cristo. Por tanto, Cristo es pronto negado y pronto perdido; como podemos verlo en Pedro, quien conocía este artículo de la justificación mejor que nosotros. Y sin embargo, ¡qué fácilmente habríamos dado ocasión a una ruina tan horrible, si Pablo no le hubiera resistido, de modo que todos los gentiles se hubieran apartado de la predicación de Pablo, y por este medio hubieran perdido el evangelio y a Cristo mismo! Y esto se habría hecho bajo una santa apariencia. Porque ellos podrían haber dicho: Pablo, hasta ahora nos has enseñado que debemos ser justificados por gracia sin la ley; ahora ves que Pedro hace lo contrario, porque se abstiene de alimentos prohibidos por la ley, y con esto nos enseña que no podemos ser salvos si no recibimos la circuncisión y guardamos la ley.

Gálatas 2:13

Y los otros judíos también actuaban con hipocresía juntamente con él, de tal manera que aun Bernabé fue también arrastrado por la hipocresía de ellos.

Aquí pueden ver claramente que Pablo acusa a Pedro de hipocresía. Si Pedro actuó con hipocresía, entonces ciertamente sabía qué era la verdad y qué no lo era. El que actúa con hipocresía no peca por ignorancia, sino que engaña con una apariencia que él mismo sabe que es falsa. “Y los otros”, dice él, “también actuaban con hipocresía juntamente con Pedro, de tal manera que también Bernabé” (que era compañero de Pablo, y hacía ya mucho tiempo que había predicado entre los gentiles, junto con Pablo, la fe en Cristo sin la ley) “fue arrastrado por la hipocresía de ellos”. Aquí tienen, pues, el pecado de Pedro claramente descrito como mera hipocresía, la cual después habría sido ocasión de la ruina del evangelio, entonces recién recibido, si Pablo no se le hubiera opuesto.

Y esto es algo maravilloso: que Dios preservó a la iglesia, siendo todavía joven, y al mismo evangelio, por medio de una sola persona. Pablo solo permanece firme en la verdad, porque había perdido a Bernabé, su compañero, y Pedro estaba contra él. Así, a veces un solo hombre puede hacer más en un concilio que todo el resto del concilio. Esto lo atestiguan los mismos papistas; y como ejemplo alegan a Paphnutius, quien resistió a todo el concilio de Nicea (que fue el mejor de todos los que hubo después del concilio de los apóstoles en Jerusalén), y prevaleció contra él. Digo esto para que aprendamos diligentemente el artículo de la justificación, y hagamos una clara diferencia entre la ley y el evangelio; y para que en este asunto no hagamos nada con hipocresía ni cedamos a hombre alguno, si queremos conservar la verdad del evangelio, y la fe sana e incorrupta, las cuales, como he dicho, pronto son dañadas. Por tanto, en este caso, fuera la razón, que es enemiga de la fe; la cual también, en las tentaciones de pecado y de muerte, no se apoya en la justicia de la fe —pues la desconoce por completo—, sino en su propia justicia, o por lo menos en la justicia de la ley. Ahora bien, tan pronto como la ley y la razón se juntan, la fe pierde su virginidad; porque nada combate más fuertemente contra la fe que la ley y la razón. Y estos dos enemigos no pueden ser vencidos sino con gran trabajo y dificultad; sin embargo, debemos vencerlos, si queremos ser salvos.

Por tanto, cuando tu conciencia es aterrorizada por la ley, y lucha con el juicio de Dios, no pidas consejo ni a la razón ni a la ley, sino descansa solamente en la gracia y en la palabra de consolación; y mantente así, como si nunca hubieras oído nada de la ley, subiendo al espejo de la fe, donde ni la ley ni la razón brillan, sino solamente la luz de la fe, que nos asegura que somos salvos solo por Cristo, sin ninguna ley. Así el evangelio nos conduce más allá y por encima de la luz de la ley y de la razón, a los profundos secretos de la fe, donde la ley y la razón no tienen nada que hacer. Sin embargo, también debemos oír la ley, pero en su lugar y tiempo. Moisés, mientras estaba en el monte donde hablaba con Dios cara a cara, no tenía ley, no hacía ley, no administraba ley. Pero cuando descendió del monte, fue dador de la ley y gobernó al pueblo por la ley. Así, la conciencia debe estar libre de la ley, pero el cuerpo debe ser obediente a la ley.

Por esto se ve que Pablo reprendió a Pedro no por un asunto pequeño, sino por el principal artículo de toda la doctrina cristiana, el cual, por la hipocresía de Pedro, estaba en gran peligro. Porque Bernabé y los otros judíos actuaron con hipocresía juntamente con él, y todos ellos ofendieron, no por ignorancia ni por malicia, sino por temor de los judíos; por lo cual sus corazones quedaron tan cegados que no vieron su pecado. Y ciertamente es muy de admirar que hombres tan excelentes como Pedro, Bernabé y otros, cayeran tan pronto y tan fácilmente, especialmente en aquello que sabían que estaba bien hecho, y que antes también habían enseñado a otros. Es, pues, cosa peligrosa confiar en nuestras propias fuerzas, por santos que seamos, por bien instruidos que estemos, y aunque pensemos estar segurísimos de lo que sabemos; porque en aquello de lo que nos creemos más seguros, podemos errar y caer, y ponernos a nosotros mismos y a otros en gran peligro. Por tanto, ejercitémonos diligentemente y con toda humildad en el estudio de las Santas Escrituras, y oremos de corazón para que nunca perdamos la verdad del evangelio.

Así vemos, entonces, que no somos nada con todos nuestros dones, por grandes que sean, a menos que Dios nos asista. Cuando él nos deja a nosotros mismos, nuestra sabiduría y conocimiento no son nada. Porque, en la hora de la tentación, puede suceder de repente que, por la sutileza del diablo, todos los pasajes consoladores de la Escritura sean quitados de nuestra vista, y solo se pongan delante de nuestros ojos aquellos pasajes que contienen amenazas, los cuales nos oprimirán y nos llenarán completamente de confusión. Aprendamos, pues, que si Dios retira su mano, pronto podemos ser derribados; y que nadie se gloríe de su propia justicia, sabiduría y otros dones, sino que se humille y ore con el apóstol: «Auméntanos la fe» (Lc 17:5).

Gálatas 2:14

Pero cuando vi que no andaban rectamente conforme a la verdad del evangelio.

Este es un maravilloso ejemplo acerca de hombres tan excelentes y columnas de la iglesia. No hay nadie sino Pablo que tenga los ojos abiertos y vea la falta de Pedro, de Bernabé y de los otros judíos que disimulan con Pedro. Por otra parte, ellos no ven su propia falta. Más aún, piensan que hacen bien al tolerar las debilidades de los judíos débiles. Por eso era muy necesario que Pablo reprendiera su falta y no la disimulara. Por eso acusa a Pedro, a Bernabé y a los demás, de que no andaban rectamente conforme a la verdad del evangelio; es decir, que se desviaban de la verdad del evangelio.

Es algo grande que Pedro sea acusado por Pablo como uno que había caído de la verdad del evangelio. No podía ser reprendido con mayor severidad. Sin embargo, él lo soportó con paciencia; y sin duda reconoció de buena gana su falta. Dije antes que muchos tienen el evangelio, pero no la verdad del evangelio. Así dice Pablo aquí que Pedro, Bernabé y otros judíos “no andaban rectamente conforme a la verdad del evangelio”; es decir, tenían el evangelio, pero no caminaban rectamente según el evangelio. Porque, aunque predicaban el evangelio, sin embargo, por su disimulación —la cual no podía concordar con la verdad del evangelio— establecían la ley; pero el establecer la ley es abolir el evangelio.

Entonces, cualquiera que pueda juzgar correctamente entre la ley y el evangelio, dé gracias a Dios y sepa que es un verdadero teólogo. En el tiempo de la tentación, confieso que yo mismo no sé hacerlo como debería. Ahora bien, la manera de distinguir lo uno de lo otro es poner el evangelio en el cielo y la ley en la tierra; llamar celestial a la justicia del evangelio, y terrenal a la justicia de la ley; y poner tan grande diferencia entre la justicia del evangelio y la de la ley como la que Dios ha puesto entre el cielo y la tierra, entre la luz y las tinieblas, entre el día y la noche. Sea lo uno como la luz y el día, y lo otro como las tinieblas y la noche. ¡Y quiera Dios que pudiéramos separarlos aún más!

Por tanto, si la cuestión es acerca de la fe o de la conciencia, excluyamos totalmente la ley y dejémosla en la tierra. Pero, si tenemos que tratar con las obras, entonces encendamos la lámpara de las obras y de la justicia de la ley. Así, que el sol y la inestimable luz del evangelio y de la gracia brillen de día, y la lámpara de la ley en la noche. Por tanto, si tu conciencia está aterrada por el sentido y el sentimiento del pecado, piensa así dentro de ti mismo: Ahora permaneces en la tierra; allí trabaje y se fatigue el asno; allí sirva y lleve la carga que se le ha puesto; es decir, que el cuerpo con sus miembros esté sujeto a la ley. Pero cuando subas al cielo, entonces deja al asno con su carga en la tierra; porque la conciencia no tiene nada que ver con la ley, ni con las obras, ni con la justicia terrenal. Así, el asno permanece en el valle, pero la conciencia sube con Isaac al monte, sin saber nada en absoluto de la ley ni de sus obras, sino mirando solamente a la remisión de los pecados y a la justicia pura, ofrecida y dada gratuitamente a nosotros en Cristo.

Por el contrario, en el orden civil debe exigirse severamente la obediencia a la ley. Allí no debe saberse nada del evangelio, de la conciencia, de la gracia, de la remisión de los pecados, de la justicia celestial, ni del mismo Cristo, sino solamente de Moisés, con la ley y sus obras. Si observamos bien esta distinción, ni lo uno ni lo otro traspasará sus límites, sino que la ley quedará fuera del cielo; es decir, fuera del corazón y de la conciencia. Y, al contrario, la libertad del evangelio quedará fuera de la tierra; es decir, fuera del cuerpo y de sus miembros.

Ahora bien, tan pronto como la ley y el pecado entren en el cielo, es decir, en la conciencia, sean expulsados de inmediato. Porque la conciencia, al ser atemorizada por el terror de la ira y del juicio de Dios, no debe saber nada de la ley ni del pecado, sino solamente de Cristo. Y por otra parte, cuando la gracia y la libertad entren en la tierra, es decir, en el cuerpo, entonces di: tú no debes habitar en las heces y el estercolero de esta vida corporal, sino que perteneces al cielo.

Esta distinción entre la ley y el evangelio, Pedro la confundió por su disimulación, y así persuadió a los judíos creyentes de que debían ser justificados por el evangelio y por la ley juntamente. Esto Pablo no podía tolerarlo, y por eso reprendió a Pedro; no para avergonzarlo, sino para restablecer de nuevo una clara diferencia entre ambos, a saber: que el evangelio justifica en el cielo, y la ley en la tierra.

El Papa no solamente ha mezclado la ley con el evangelio, sino que además ha hecho del evangelio meras leyes, y hasta leyes solamente ceremoniales. También ha confundido y mezclado entre sí los asuntos políticos y los eclesiásticos; lo cual es una confusión diabólica e infernal.

#1 Este lugar, acerca de la diferencia entre la ley y el evangelio, es muy necesario conocerlo, porque contiene el resumen de toda la doctrina cristiana. Por tanto, todos los que aman y temen a Dios aprendan diligentemente a discernir lo uno de lo otro, no solo en palabras, sino en hecho y en práctica; es decir, en el corazón y en la conciencia. Porque, en cuanto a las palabras, la distinción es fácil; pero, en tiempo de tentación, hallarás al evangelio como un extraño y un huésped raro en tu conciencia; mientras que a la ley, por el contrario, la hallarás como algo familiar y como una habitante continua dentro de ti. Porque la razón tiene naturalmente el conocimiento de la ley. Por eso, cuando tu conciencia esté aterrada por el pecado, el cual la ley manifiesta y aumenta, entonces di tú: Hay tiempo de morir y tiempo de vivir; hay tiempo de oír la ley, y tiempo de despreciar la ley; hay tiempo de oír el evangelio, y hay tiempo de no saber nada del evangelio. Váyase ahora la ley, y venga el evangelio; porque ahora no es tiempo de oír la ley, sino el evangelio.

Pero tú no has hecho ningún bien; al contrario, has obrado mal y has pecado gravemente. Lo concedo; sin embargo, tengo remisión de todos mis pecados por causa de Cristo. Pero fuera del conflicto de la conciencia, cuando deben hacerse los deberes externos, no es tiempo de escuchar el evangelio; entonces debes seguir tu vocación y las obras que le corresponden.

Dije a Pedro delante de todos: Si tú, siendo judío, vives como los gentiles y no como judío, ¿por qué obligas a los gentiles a judaizar?

Es decir: tú eres judío, y por tanto estás obligado a vivir como judío; esto es, a abstenerte de los alimentos prohibidos en la ley. Sin embargo, vives como gentil; es decir, haces lo contrario de la ley y transgredes la ley. Porque, como gentil que está libre de la ley, comes alimentos comunes e inmundos, y en eso haces bien. Pero en cuanto tú, por miedo a la presencia de los hermanos convertidos del judaísmo, te abstienes de los alimentos prohibidos en la ley y guardas la ley, obligas asimismo a los gentiles a guardar la ley; es decir, los constriñes necesariamente a observar la ley. Porque al abstenerte de los alimentos profanos, das ocasión a que los gentiles piensen así: Pedro se abstiene de esos alimentos que los gentiles suelen comer, los cuales él mismo antes también comía; por tanto, nosotros también debemos evitarlos y vivir a la manera de los judíos; de otra manera, no podemos ser justificados ni salvos.

Vemos, pues, que Pablo no reprende ignorancia en Pedro —porque él sabía que podía comer libremente con los gentiles toda clase de alimentos—, sino disimulación, por la cual obliga a los gentiles a vivir como judíos.

Aquí digo otra vez que vivir como judío no es malo en sí mismo, porque es cosa indiferente comer carne de cerdo o cualquier otro alimento. Pero hacerse judío de tal manera que, por causa de la conciencia, te abstengas de ciertos alimentos, eso es negar a Cristo y destruir el evangelio. Por tanto, cuando Pablo vio que el acto de Pedro tendía a ese fin, le resistió y le dijo: Tú sabes que guardar la ley no es necesario para la justicia, sino que somos justificados solo por la fe en Cristo, y por eso tú no guardas la ley, sino que transgredes la ley y comes toda clase de alimentos. Sin embargo, con tu ejemplo obligas a los gentiles a abandonar a Cristo y volver a la ley.

Porque tú les das ocasión para pensar así: la fe sola no es suficiente para la justicia, sino que también se requieren la ley y las obras; y esto Pedro nos lo enseña con su ejemplo. Por tanto, la observancia de la ley debe necesariamente unirse con la fe en Cristo, si queremos ser salvos. Así que Pedro, por su ejemplo, no solo perjudica la pureza de la doctrina, sino también la verdad de la fe y de la justicia cristiana. Porque los gentiles recibieron de él esto: que guardar la ley era necesario para la justicia; error que, si se admite, entonces Cristo no nos aprovecha de nada.

Por esto aparece claramente a qué fin tiende esta discordia entre Pablo y Pedro. Pablo no hace nada con disimulo, sino que obra sinceramente y procede con franqueza; Pedro disimula, pero Pablo reprende su disimulación. La controversia era por la preservación de la doctrina pura y de la verdad del evangelio; y en esta lucha Pablo no se preocupó por la ofensa de nadie. En este caso, todos los pueblos y naciones, todos los reyes y príncipes, todos los jueces y magistrados, deben ceder.

Puesto que es tan peligroso tratar con la ley, y que esta caída fue tan repentina y tan grande, como si hubiese sido desde el cielo hasta el mismo infierno, que todo cristiano aprenda diligentemente a distinguir entre la ley y el evangelio. Que permita a la ley gobernar sobre el cuerpo y sus miembros, pero no sobre la conciencia. Porque esa reina y esposa no debe ser manchada por la ley, sino guardada sin mancha para su único esposo Cristo, como dice Pablo en 2 Co 11: «porque os he desposado con un solo esposo», etc.

Tenga la conciencia su cámara nupcial, no en el valle bajo, sino en el monte alto, en el cual esté Cristo y allí gobierne y reine; Cristo, que no aterroriza ni aflige a los pecadores, sino que los consuela, perdona sus pecados y los salva. Por tanto, que la conciencia afligida no piense en nada, no conozca nada, no ponga nada contra el juicio de Dios, sino la palabra de Cristo, que es palabra de gracia, de remisión de pecados, de salvación y de vida eterna. Pero cumplir esto de verdad es cosa difícil. Porque la razón y la naturaleza del hombre no pueden aferrarse firmemente a Cristo, sino que muchas veces son arrastradas por los pensamientos de la ley y del pecado, y así siempre buscan ser libres según la carne, pero según la conciencia, siervas y esclavas.

Gálatas 2:15

Nosotros, judíos de naturaleza, y no pecadores de entre los gentiles.

I. Es decir: nosotros nacemos para la justicia de la ley, para Moisés y para la circuncisión; y aun en nuestro nacimiento traemos la ley con nosotros. Tenemos por naturaleza la justicia de la ley, como Pablo dice antes de sí mismo en el primer capítulo: «siendo mucho más celoso de las tradiciones de mis padres». Por tanto, si se nos compara con los gentiles, no somos pecadores; no estamos sin ley y sin obras, como los gentiles. Sino que somos judíos de nacimiento; nacemos justos y somos criados en justicia. Nuestra justicia comienza aun con nuestro nacimiento, porque la religión judía nos es natural. Pues Dios mandó a Abraham que circuncidara a todo hijo varón al octavo día. (Gn 17:10.) Esta ley de la circuncisión, recibida de los padres, Moisés la confirmó después. Gran cosa es, por tanto, que seamos judíos por naturaleza. Sin embargo, aunque tenemos esta prerrogativa de ser justos por naturaleza, nacidos para la ley y sus obras, y no pecadores como los gentiles, con todo no por eso somos justos delante de Dios.

Por esto es evidente que Pablo no habla de ceremonias, o de la ley ceremonial, como algunos afirman, sino de un asunto mucho más importante; a saber, del nacimiento de los judíos, a quienes niega que sean justos, aunque hayan nacido santos, sean circuncidados, guarden la ley, tengan la adopción, la gloria, el pacto, los padres, el verdadero culto, a Dios, a Cristo, las promesas, vivan en ellas y se gloríen en ellas; como dicen en Jn 8: «Linaje de Abraham somos». También: «un padre tenemos, que es Dios». Y a los romanos, cap. 11:17: «He aquí, tú tienes el sobrenombre de judío, y te apoyas en la ley», etc. Por tanto, aunque Pedro y los otros apóstoles eran hijos de Dios, justos según la ley, las obras y la justicia de ella, la circuncisión, la adopción, los pactos, las promesas, el apostolado, etc., sin embargo, la justicia cristiana no viene por estas cosas; porque ninguna de ellas es la fe en Cristo, la cual sola, como sigue en el texto, justifica, y no la ley. No que la ley sea mala o condenable; porque la ley, la circuncisión y otras cosas semejantes no son condenadas por no justificar. Pero Pablo les quita el oficio de justificar, porque los falsos apóstoles sostenían que por ellas, sin fe, y solo por la obra hecha, los hombres son justificados y salvos. Esto Pablo no lo podía tolerar; porque sin fe todas las cosas son mortales. La ley, la circuncisión, la adopción, el templo, el culto de Dios, las promesas, sí, aun Dios y Cristo mismo, sin fe, no aprovechan nada. Pablo, por tanto, habla en general contra todas las cosas que son contrarias a la fe, y no solo contra las ceremonias.

Gálatas 2:16

Sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo.

Esta expresión, la obra de la ley, abarca mucho y comprende muchas cosas. Por eso nosotros entendemos generalmente por obra de la ley todo aquello que es contrario a la gracia. Todo lo que no es gracia, es ley, ya sea judicial, ceremonial, o los diez mandamientos. Por tanto, aunque pudieras hacer las obras de la ley conforme a este mandamiento: «Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón», etc. (cosa que ningún hombre jamás hizo ni pudo hacer), con todo, no serías justificado delante de Dios; porque el hombre no es justificado por las obras de la ley. Pero de esto hablaremos más ampliamente después.

La obra de la ley, entonces, según Pablo, significa la obra de toda la ley, ya sea judicial, ceremonial o moral. Ahora bien, si la obra de la ley moral no justifica, mucho menos justifica la circuncisión, que es una obra de la ley ceremonial. Por tanto, cuando Pablo dice, como lo hace muchas veces, que el hombre no es justificado por la ley o por las obras de la ley (que son una misma cosa), habla en general de toda la ley, poniendo la justicia de la fe en oposición a la justicia de toda la ley. Porque por la justicia de la ley, dice él, el hombre no es declarado justo delante de Dios; pero la justicia de la fe Dios la imputa gratuitamente por gracia, por causa de Cristo. La ley, sin duda, es santa, justa y buena; y por consiguiente las obras de la ley son santas, justas y buenas. Sin embargo, el hombre no es justificado por ellas delante de Dios.

Ahora bien, las obras de la ley pueden hacerse antes de la justificación o después. Hubo muchos hombres buenos aun entre los paganos, como Jenofonte, Aristides, Fabio, Cicerón, Pomponio Ático y otros, que antes de la justificación hicieron las obras de la ley y realizaron obras notables. Cicerón sufrió la muerte valientemente por una causa buena y justa. Pomponio fue un hombre constante y amó la verdad, pues nunca mintió él mismo ni podía tolerarlo en otro. Ahora bien, la constancia y la verdad son nobles virtudes y excelentes obras de la ley, y sin embargo no fueron justificados por ellas. Después de la justificación, Pedro, Pablo y todos los demás cristianos han hecho y hacen las obras de la ley, y sin embargo no son justificados por ellas. «Aunque de nada tengo mala conciencia, no por eso soy justificado» (1 Co 4:4), dice Pablo. Vemos, pues, que no habla de una parte de la ley, sino de toda la ley y de todas sus obras.

La teología de los sofistas papistas, comúnmente llamados escolásticos.

Por lo tanto, el impío y pernicioso error de los papistas debe ser condenado por completo, pues atribuyen el mérito de la gracia y de la remisión de los pecados a la obra realizada. Porque dicen que una buena obra hecha antes de la gracia puede alcanzar la gracia de congruencia, que ellos llaman meritum de congruo, porque es conveniente que Dios recompense tal obra. Pero cuando la gracia ya ha sido obtenida, la obra que sigue merece la vida eterna por deuda y dignidad, lo cual llaman meritum de condigno. Por ejemplo: si un hombre, estando en pecado mortal y sin gracia, hace una buena obra por su propia buena inclinación natural; es decir, si dice u oye misa, o da limosna y cosas semejantes, este hombre merece por congruencia la gracia. Cuando así ha obtenido la gracia, entonces hace una obra que por su valor merece la vida eterna. En el primer caso, Dios no es deudor; pero como es justo y bueno, le corresponde aprobar tal buena obra, aunque se haga en pecado mortal, y dar gracia por tal servicio. Pero cuando la gracia ya ha sido obtenida, Dios se vuelve deudor y está obligado por derecho y deber a dar la vida eterna. Porque entonces ya no es solamente una obra del libre albedrío hecha según la sustancia, sino también hecha en gracia, la cual hace al hombre aceptable a Dios; es decir, en caridad.

Esta es la teología del reino anticristiano. La refiero aquí para que la discusión de Pablo se entienda mejor, porque cuando se ponen juntas dos cosas contrarias, se conocen mejor. Y además, para que todos vean cuán lejos de la verdad se han desviado estos guías ciegos y conductores de ciegos, y cómo por esta doctrina impía y blasfema no solo han oscurecido el evangelio, sino que lo han quitado por completo y han sepultado enteramente a Cristo. Porque si yo, estando en pecado mortal, puedo hacer una pequeña obra que no solo sea aceptable ante Dios por sí misma y según su sustancia, sino que también pueda merecer gracia de congruencia; y cuando haya recibido la gracia, puedo hacer obras conforme a la gracia, es decir, conforme a la caridad, y obtener por derecho y deber la vida eterna, ¿qué necesidad tengo ahora de la gracia de Dios, del perdón de los pecados, de la promesa, y de la muerte y victoria de Cristo? Ahora Cristo no me aprovecha, y su beneficio no tiene efecto alguno para mí; porque tengo libre albedrío y poder para hacer buenas obras, por las cuales merezco gracia de congruencia y después, por el valor de mi obra, la vida eterna.

Tales blasfemias monstruosas y horribles debieron haberse propuesto a los turcos y a los judíos, y no a la iglesia de Cristo. Y por esto aparece claramente que el Papa con sus obispos, doctores, sacerdotes y toda su chusma religiosa no tenía conocimiento ni cuidado de las cosas santas, y que no se preocupaban por la salud del pobre y miserable rebaño esparcido. Porque si hubieran visto, aunque solo fuera como a través de una nube, lo que Pablo llama pecado y lo que llama gracia, nunca habrían obligado al pueblo a creer tales abominaciones y mentiras execrables. Por pecado mortal entendían solamente la obra externa cometida contra la ley, como homicidio, hurto y cosas semejantes. No podían ver que la ignorancia, el odio y el desprecio de Dios en el corazón, la ingratitud, la murmuración contra Dios y el resistir la voluntad de Dios también son pecado mortal; y que la carne no puede pensar, hablar ni hacer nada que no sea diabólico y enteramente contrario a Dios. Si hubieran visto estos males profundamente arraigados en la naturaleza del hombre, nunca habrían inventado sueños tan descarados y execrables acerca del mérito de congruencia y de dignidad.

Por tanto, debemos definir correcta y claramente qué es un hombre impío o pecador mortal. Es un hipócrita tan santo y sanguinario como Saulo cuando iba a Damasco a perseguir a Jesús de Nazaret, a abolir la doctrina del evangelio, a matar a los fieles y a destruir por completo la iglesia de Cristo. ¿Y quién no dirá que estos eran pecados horribles? Sin embargo, Pablo no podía verlos. Porque estaba tan cegado por un celo perverso de Dios, que pensaba que estas abominaciones eran justicia perfecta y alto servicio a Dios. ¿Y diremos que quienes defienden estos horribles pecados como justicia perfecta merecen la gracia?

Por tanto, con Pablo negamos por completo el mérito de congruencia y de dignidad, y afirmamos que estas especulaciones no son otra cosa que puros engaños de Satanás, que nunca ocurrieron en realidad ni fueron confirmados por ejemplo alguno. Porque Dios nunca dio a ningún hombre la gracia ni la vida eterna por el mérito de congruencia o de dignidad. Estas disputas, pues, de los escolásticos acerca del mérito de congruencia y de dignidad, no son otra cosa que vanos juguetes y sueños de mentes ociosas, sin otro fin que apartar a los hombres de la verdadera adoración de Dios. Y sobre esto está fundado todo el papado. Porque no hay religioso que no tenga esta imaginación: yo puedo, por la observancia de mi santa orden, merecer la gracia de congruencia; y por las obras que hago después de haber recibido esta gracia, puedo acumular tal tesoro de mérito que no solo baste para obtener la vida eterna para mí, sino también para darlo o venderlo a otros. Así han enseñado todas las órdenes religiosas, y así han vivido. Y para defender esta horrible blasfemia contra Cristo, los papistas hoy hacen contra nosotros todo lo que pueden. Y no hay uno de ellos que, cuanto más santo hipócrita y traficante de méritos es, no sea tanto más cruel y mortal enemigo del evangelio de Cristo.

El verdadero camino al cristianismo.

Ahora bien, el verdadero camino al cristianismo es este: que el hombre primero se reconozca, por la ley, como pecador, y que le es imposible hacer obra buena alguna. Porque la ley dice: «Todo buen árbol da buenos frutos; pero el árbol malo da frutos malos» (Mt 7:17). Por tanto, tú eres un árbol malo, y por eso todo lo que piensas, hablas o haces es contra Dios. No puedes, pues, merecer la gracia por tus obras. Y si intentas hacerlo, duplicas tu ofensa; porque siendo árbol malo, no puedes sino dar malos frutos, es decir, pecados. «Y todo lo que no proviene de fe, es pecado» (Ro 14:23). Por tanto, el que quiere merecer la gracia por obras hechas antes de la fe, procura agradar a Dios con pecados; lo cual no es otra cosa que amontonar pecado sobre pecado, burlarse de Dios y provocar su ira. Cuando así un hombre es enseñado e instruido por la ley, entonces es aterrorizado y humillado; entonces ve verdaderamente la grandeza de su pecado, y no puede hallar en sí ni una chispa del amor de Dios. Por eso justifica a Dios en su palabra, y confiesa que es culpable de muerte y de condenación eterna. La primera parte del cristianismo, entonces, es la predicación del arrepentimiento y el conocimiento de nosotros mismos.

La segunda parte es esta: si quieres ser salvo, no debes buscar la salvación por obras. Porque Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él. Él fue crucificado y murió por ti, y llevó tus pecados en su propio cuerpo. Aquí no hay congruencia ni obra hecha antes de la gracia, sino ira, pecado, terror y muerte. Por tanto, la ley no hace otra cosa que manifestar el pecado, aterrorizar y humillar; y así nos prepara para la justificación y nos impulsa a Cristo. Porque Dios nos ha revelado por su palabra que será para nosotros un Padre misericordioso, y sin nuestros méritos, ya que nada podemos merecer, nos dará gratuitamente remisión de pecados, justicia y vida eterna por causa de Cristo su Hijo. Porque Dios da sus dones gratuitamente a todos los hombres, y esa es la alabanza y gloria de su divinidad. Pero los justiciarios y traficantes de méritos no quieren recibir de él gratuitamente la gracia y la vida eterna, sino merecerlas por sus propias obras. Por esta causa quieren quitarle por completo la gloria de su divinidad. Por tanto, para mantenerla y defenderla, se ve obligado a enviar primero su ley, la cual, como relámpago y trueno del cielo, quebrante y haga pedazos esas duras rocas.

Esta, brevemente, es nuestra doctrina acerca de la justicia cristiana, contraria a las abominaciones y blasfemias de los papistas respecto al mérito de congruencia y de dignidad, o de las obras antes de la gracia y después de la gracia. Estos sueños monstruosos fueron inventados por hombres que nunca fueron ejercitados con tentaciones, que nunca tuvieron verdadero sentimiento del pecado ni del terror de la muerte, y por eso no saben lo que dicen ni lo que enseñan. Además, no pueden mostrar ejemplo alguno de obra hecha antes o después de la gracia que pudiera justificar delante de Dios. Por tanto, no son otra cosa que vanos juguetes y necias fábulas, con las cuales los papistas se engañan a sí mismos y a otros. Porque Pablo aquí afirma claramente que nadie es justificado por las obras de la ley, ya sean anteriores a la gracia —de las cuales habla en este lugar— o posteriores a la gracia. Ves, entonces, que la justicia cristiana no es una cualidad esencial injertada en la naturaleza del hombre, como imaginan los escolásticos cuando dicen:

(La teología de los escolásticos.)

CUANDO un hombre hace alguna buena obra, Dios la acepta, y por esa obra derrama en él la caridad, a la cual ellos llaman caridad infusa.—Esta caridad, dicen ellos, es una cualidad que permanece en el corazón, y a esto llaman justicia formal (conviene que conozcan esta manera de hablar). Y no pueden soportar en absoluto oír que esta cualidad, que forma y adorna el alma, así como la blancura adorna la pared, no deba ser tenida por justicia. No pueden elevarse más alto que este pensamiento de la razón humana: que el hombre es justo por su propia justicia formal, la cual es una gracia que lo hace aceptable ante Dios; es decir, la caridad. Así, a esta cualidad adherida al alma, esto es, la caridad (que es una obra según la ley, porque la ley dice: «Amarás al Señor tu Dios», etc.), le atribuyen la justicia formal; es decir, la verdadera justicia cristiana. Y dicen que esta justicia es digna de la vida eterna, y que el que la tiene es formalmente justo. Además, es justa efectiva o actualmente, porque ahora hace buenas obras, a las cuales se debe la vida eterna.—Esta es la opinión de los escolásticos papistas, sí, aun de los mejores entre todos ellos.

Hay otros que no son tan buenos, como Escoto y Occam, los cuales dijeron que, para obtener la gracia de Dios, esta caridad infusa o dada por Dios no es necesaria; sino que el hombre, aun por sus propias fuerzas naturales, puede procurarse esta caridad por encima de todas las cosas. Porque así razona Escoto: si un hombre puede amar a una criatura, un joven a una doncella, un codicioso al dinero, que son el bien menor, también puede amar a Dios, que es el bien mayor. Si tiene amor a la criatura por su fuerza natural, mucho más tiene amor al Creador. Con este argumento fueron convencidos todos los sofistas, y ninguno de ellos fue capaz de refutarlo. Sin embargo, responden así: “La Escritura nos obliga a confesar, dicen ellos, que Dios, además de aquel amor y caridad natural que está injertado en nosotros (con lo cual solo él no se contenta), también requiere caridad, la cual él mismo da.” Y con esto acusan a Dios de tirano y de cruel exigente, que no se contenta con que guardemos y cumplamos su ley, sino que además de la ley (la cual nosotros mismos podemos cumplir) exige también que la cumplamos con otra circunstancia y adorno, como vestidura de la misma. Como si una señora no se contentara con que su cocinera le hubiera preparado la comida excelentemente bien, sino que la reprendiera porque no la preparó vestida con ropas preciosas y adornada con una corona de oro. Ahora bien, ¿qué clase de señora sería esta, que cuando su cocinera hubiera hecho todo lo que estaba obligada a hacer, y además lo hubiera ejecutado exactamente, exigiera todavía que llevara tales adornos que no podía tener? Así también, ¿qué clase de Dios sería este, si exigiera de nosotros que su ley fuese cumplida (la cual, sin embargo, nosotros observamos y cumplimos por nuestra propia fuerza natural) con tales adornos que no podemos tener?

Pero aquí, para no parecer que afirman cosas contrarias, hacen una distinción y dicen que la ley se cumple de dos maneras: primero, según la sustancia del hecho; y segundo, según la intención del que manda. Según la sustancia del hecho, dicen ellos, podemos cumplir todas las cosas que la ley manda; pero no según la intención del que manda, que es esta: que Dios no se contenta con que hayas hecho todas las cosas mandadas en la ley (aunque no puede exigirte más), sino que además requiere que cumplas la ley en caridad; no en esa caridad que tienes por naturaleza, sino en aquella que es sobrenatural y celestial, la cual él mismo da. ¿Y qué es esto sino hacer de Dios un tirano y un atormentador, que exige de nosotros aquello que no somos capaces de realizar? Y viene a ser casi como si dijeran que la culpa no está en nosotros si somos condenados, sino en Dios, que con esta circunstancia exige de nosotros que su ley sea cumplida.

Repito estas cosas con más diligencia, para que vean cuán lejos se han desviado del verdadero sentido de la Escritura los que han dicho que por nuestras propias fuerzas naturales podemos amar a Dios sobre todas las cosas, o por lo menos merecer la gracia y la vida eterna por la obra realizada. Y como Dios no se contenta con que cumplamos la ley según la sustancia del hecho, sino que quiere también que la cumplamos según la intención del que manda, por eso la Escritura además nos obliga a tener una cualidad sobrenatural derramada en nosotros desde lo alto, y esta es la caridad, a la cual ellos llaman justicia formal, que adorna y embellece la fe, siendo también la causa de que la fe nos justifique. Así, la fe es el cuerpo y la cáscara; la caridad es la vida, el meollo, la forma y el adorno. Estos son los monstruosos sueños de los escolásticos.

Pero nosotros, en lugar de esta caridad, ponemos la fe; y decimos que la fe se aferra a Jesucristo, quien es la forma que adorna y embellece la fe, así como el color adorna y hermosea la pared. Por tanto, la fe cristiana no es una cualidad ociosa ni una cáscara vacía en el corazón, que puede estar en pecado mortal hasta que la caridad venga y la vivifique; sino que, si es fe verdadera, es una segura confianza y certeza del corazón, y un firme asentimiento por el cual Cristo es asido; pues él mismo es el objeto de la fe; sí, más aún, en la fe Cristo mismo está presente. La fe, por tanto, es un cierto conocimiento oscuro, o más bien tinieblas, que no ve nada; y, sin embargo, Cristo, asido por la fe, está sentado en estas tinieblas; así como Dios en Sinaí y en el templo se sentó «en la oscuridad». (Éx 19:9; 1 R 8:12.) Por tanto, nuestra justicia formal no es la caridad que adorna y embellece la fe, sino la fe misma, que es, por así decirlo, una cierta nube en nuestros corazones; es decir, una firme confianza y seguridad en aquello que no vemos, que es Cristo; quien, aunque no es visto en absoluto, sin embargo está presente.

La fe, por tanto, justifica porque se aferra y posee este tesoro, a saber, Cristo presente. Pero esta presencia no puede ser comprendida por nosotros, porque está en tinieblas, como he dicho. Por eso, donde hay segura confianza y certeza del corazón, allí está presente Cristo, sí, aun en la nube y oscuridad de la fe. Y esta es la verdadera justicia formal, por la cual el hombre es justificado, y no por la caridad, como afirman muy impíamente los escolásticos papistas.

Para concluir, así como los escolásticos dicen que la caridad adorna y embellece la fe, así nosotros decimos que es Cristo quien adorna y embellece la fe; o más bien, que él es la misma forma y perfección de la fe. Por lo tanto, Cristo, asido por la fe y morando en el corazón, es la verdadera justicia cristiana, por la cual Dios nos cuenta por justos y nos da la vida eterna. Aquí no hay obra de la ley, no hay caridad, sino otra clase muy distinta de justicia, y un cierto mundo nuevo más allá y por encima de la ley. Porque Cristo o la fe no son la ley ni la obra de la ley. Pero de este asunto, que los escolásticos ni entendieron bien ni enseñaron bien, pensamos hablar más extensamente después. Ahora bastará con haber mostrado que Pablo no habla aquí solamente de la ley ceremonial, sino de toda la ley.

La verdadera regla del cristianismo.

Contrariamente a estas vanas bagatelas y sueños delirantes (como también hemos notado antes), nosotros enseñamos la fe, y damos una verdadera regla del cristianismo de esta manera: primero, que el hombre debe ser enseñado por la ley a conocerse a sí mismo, para que así aprenda a decir con el Profeta: «Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios». También: «No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se desviaron». También: «Contra ti, contra ti solo he pecado». (Ro 3:23; Sal 14:1; Sal 53:1; Sal 51:4.) Así nosotros, por un camino contrario, apartamos a los hombres del mérito de congruencia y de dignidad.

Ahora bien, cuando un hombre es humillado por la ley y llevado al conocimiento de sí mismo, entonces sigue el verdadero arrepentimiento (porque el verdadero arrepentimiento comienza con el temor y el juicio de Dios), y ve que es tan gran pecador que no puede hallar manera alguna de ser librado de su pecado por sus propias fuerzas, obras o méritos. Entonces percibe bien lo que Pablo quiere decir cuando afirma «que el hombre es carnal, vendido al pecado»; también, «que Dios sujetó a todos en desobediencia» (Ro 7:14; Ro 11:32; Ro 3:19); y que todo el mundo está bajo el juicio de Dios, etc. Entonces ve que toda la teología de los escolásticos acerca del mérito de congruencia y de dignidad no es otra cosa que pura necedad, y que por este medio cae todo el papado.

Aquí entonces comienza a suspirar, y dice de esta manera: ¿Quién, pues, puede socorrerme? Porque, al estar así aterrorizado por la ley, desespera totalmente de su propia fuerza; mira a su alrededor y suspira por la ayuda de un mediador y salvador. Aquí entonces entra a tiempo la saludable palabra del evangelio, y dice: «Hijo, tus pecados te son perdonados». (Mt 9:2.) Cree en Cristo Jesús crucificado por tus pecados. Si sientes tus pecados y su carga, no los mires en ti mismo, sino recuerda que fueron trasladados y puestos sobre Cristo, y que por su llaga fuiste tú curado. (Is 53:5.)

Este es el comienzo de la salud y la salvación. Por este medio somos librados del pecado, justificados y hechos herederos de la vida eterna; no por nuestras propias obras y méritos, sino por nuestra fe, por la cual nos aferramos a Cristo. Por eso nosotros también reconocemos una cualidad y una justicia formal del corazón; no la caridad (como hacen los sofistas), sino la fe; y sin embargo, de tal modo que el corazón no debe mirar ni aferrarse a nada sino a Cristo el Salvador. Y aquí es necesario que conozcan la verdadera definición de Cristo. Los escolásticos, ignorándola por completo, han hecho de Cristo un juez y un atormentador, inventando esta necia fantasía acerca del mérito de congruencia y de dignidad.

Pero Cristo, según su verdadera definición, no es dador de ley, sino perdonador de pecados y salvador. Esto es lo que la fe se apropia y cree sin duda: que él ha realizado obras y méritos de congruencia y de dignidad, antes y después de la gracia, en abundancia. Porque él podría haber satisfecho por todos los pecados del mundo con una sola gota de su sangre; pero ahora la ha derramado abundantemente, y ha satisfecho abundantemente. (He 9.) «Y no por sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención». También (Ro 3 y 4): «siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre». Por lo tanto, es cosa grande asirse por la fe de Cristo, que lleva los pecados del mundo. Y solo esta fe es contada por justicia.

Aquí debe notarse que estas tres cosas, fe, Cristo, aceptación o imputación, deben ir unidas. La fe se aferra a Cristo, y lo tiene presente, y lo mantiene encerrado, así como el anillo encierra la piedra preciosa. Y a todo aquel que sea hallado teniendo esta confianza en Cristo, asido en el corazón, Dios lo contará por justo. Este es el medio, y este es el mérito, por el cual alcanzamos la remisión de los pecados y la justicia. “Porque crees en mí, dice el Señor, y tu fe se aferra a Cristo, a quien yo te he dado gratuitamente para que sea tu mediador y sumo sacerdote; por tanto, sé justificado y justo.” Por eso Dios nos acepta o nos cuenta por justos solamente por nuestra fe en Cristo.

Y esta aceptación, o imputación, es muy necesaria; primero, porque todavía no somos perfectamente justos, «pero mientras permanecemos en esta vida, el pecado aún mora en nuestra carne»; y Dios purga en nosotros este resto de pecado. Además, a veces somos dejados del Espíritu Santo y caemos en pecados, como les sucedió a Pedro, David y otros hombres santos. Sin embargo, siempre recurrimos a este artículo: que nuestros pecados están cubiertos, y que Dios no nos los tomará en cuenta. (Sal 32; Ro 4.) No porque el pecado no esté en nosotros (como han enseñado los papistas, diciendo que siempre debemos obrar bien hasta sentir que ya no queda en nosotros culpa de pecado); sí, el pecado ciertamente está siempre en nosotros, y los piadosos lo sienten, pero está cubierto y Dios no nos lo imputa por causa de Cristo; y como lo recibimos por la fe, todos nuestros pecados ahora ya no son pecados. Pero donde no están Cristo y la fe, no hay remisión ni cobertura de los pecados, sino mera imputación de pecados y condenación. Así glorificará Dios a su Hijo, y será glorificado él mismo en nosotros por medio de él.

Cuando hemos enseñado así la fe en Cristo, entonces enseñamos también las buenas obras. Porque has echado mano de Cristo por la fe, por medio de quien eres hecho justicia, comienza ahora a obrar bien. Ama a Dios y a tu prójimo, invoca a Dios, dale gracias, alábalo, confiésalo. Estas son verdaderamente buenas obras, que brotan de esta fe y de esta alegría concebida en el corazón, porque tenemos gratuitamente el perdón de los pecados por Cristo.

Ahora bien, cualquier cruz o aflicción que después sobrevenga, se soporta fácilmente y se sufre con alegría. (Mt 11:30.) «Porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga.» Cuando el pecado es perdonado y la conciencia es librada de la carga y del aguijón del pecado, entonces un cristiano puede llevar todas las cosas con facilidad; porque siente dentro de sí que todo es dulce y consolador, y por eso hace y sufre todas las cosas de buena voluntad. Pero cuando un hombre anda en su propia justicia, cualquier cosa que haga le resulta penosa y tediosa, porque la hace contra su voluntad.

Por tanto, nosotros damos esta definición de un cristiano: que cristiano no es el que no tiene pecado, sino aquel a quien Dios no le imputa su pecado, por la fe en Cristo. Esta doctrina trae gran consolación a las pobres conciencias afligidas en terrores serios e interiores. No sin buena causa, por eso, repetimos tan a menudo y grabamos en sus mentes el perdón de los pecados y la imputación de justicia por causa de Cristo; y también que un cristiano no tiene nada que ver con la ley ni con el pecado, especialmente en el tiempo de la tentación. Porque en cuanto es cristiano, está por encima de la ley y del pecado. Pues tiene presente y encerrado en su corazón a Cristo, el Señor de la ley (como hemos dicho), así como un anillo tiene engastada una joya o piedra preciosa. Por tanto, cuando la ley lo acusa y el pecado lo aterroriza, mira a Cristo; y cuando lo ha recibido por la fe, tiene presente consigo al vencedor de la ley, del pecado, de la muerte y del diablo; el cual reina y gobierna sobre ellos, de modo que no pueden dañarlo. Por eso, si definen correctamente a un cristiano, un cristiano está libre de todas las leyes, y no está sujeto a ninguna criatura, ni interior ni exteriormente: digo, en cuanto es cristiano, y no en cuanto es hombre o mujer; es decir, en cuanto tiene su conciencia adornada y embellecida con esta fe, con este grande e inestimable tesoro, o, como dice Pablo, «este don inefable» (2 Co 9:15), que nunca podrá ser suficientemente engrandecido ni alabado, porque nos hace hijos y herederos de Dios. Y así, un cristiano es mayor que todo el mundo. Porque tiene en su corazón tal don, tal tesoro, que aunque parezca muy pequeño, sin embargo, a pesar de su pequeñez, es mayor que el cielo y la tierra, porque Cristo, que es este don, es mayor.

Mientras esta doctrina, que apacigua y aquieta la conciencia, permanezca pura e incorrupta, los cristianos son hechos jueces sobre toda clase de doctrina, y señores sobre las leyes del mundo entero. Entonces pueden juzgar con certeza que el turco con su Alcorán está condenado, porque no va por el camino recto; es decir, no se reconoce miserable y condenado, ni recibe a Cristo por la fe, por cuya causa podría estar seguro de que sus pecados le son perdonados. De la misma manera pronuncian valientemente sentencia contra el Papa: que está condenado con todo su reino, porque anda y enseña de tal manera (con toda su turba religiosa de sofistas y escolásticos), que por el mérito de congruencia debemos llegar a la gracia, y que después, por el mérito de dignidad, somos recibidos en el cielo. Aquí, dice el cristiano, este no es el camino correcto para justificarnos, ni este camino conduce al cielo. Porque yo no puedo, dice él, por mis obras anteriores a la gracia, merecer la gracia, ni por mis obras posteriores a la gracia, merecer la vida eterna; sino que al que cree, el pecado le es perdonado y la justicia le es imputada. Esta confianza y esta seguridad lo hacen hijo de Dios y heredero de su reino; porque en esperanza ya posee la vida eterna, asegurada por la promesa. Por la fe en Cristo, por tanto, nos son dadas todas las cosas: gracia, paz, perdón de pecados, salvación y vida eterna; y no por el mérito de congruencia y de dignidad.

Por eso, esta doctrina de los escolásticos, con sus ceremonias, misas y el fundamento infinito del reino papista, son blasfemias abominables contra Dios, sacrilegios y negaciones manifiestas de Cristo, como Pedro lo había predicho en estas palabras: «Pero hubo también falsos profetas entre el pueblo, como habrá entre vosotros falsos maestros, que introducirán encubiertamente herejías destructoras, y aun negarán al Señor que los rescató», etc. (2 P 2:1). Como si dijera: El Señor nos ha redimido y comprado con su sangre para justificarnos y salvarnos; este es el camino de justicia y de salvación. Pero vendrán falsos maestros que, negando al Señor, blasfemarán el camino de la verdad, de la justicia y de la salvación; inventarán nuevos caminos de falsedad y de perdición, y muchos seguirán sus caminos destructores. Pedro, a lo largo de todo este capítulo, pinta muy vivamente al Papado, el cual, descuidando y despreciando el evangelio de la fe en Cristo, ha enseñado las obras y tradiciones de los hombres: como el mérito de congruencia y de dignidad, la diferencia de días, alimentos, votos, invocación de los santos, peregrinaciones, purgatorio y cosas semejantes. En estas opiniones fantásticas están tan enredados los papistas, que les es imposible entender una sola sílaba del evangelio, de la fe o de Cristo.

Y esto la misma cosa lo declara claramente. Porque se atribuyen a sí mismos ese privilegio que pertenece solo a Cristo. Solo él perdona pecados; solo él da justicia y vida eterna. Y ellos, con la mayor impudencia y maldad, se jactan de poder obtener estas cosas por sus propios méritos y dignidad, antes y después de la gracia. Esto, dicen Pedro y los demás apóstoles, es introducir herejías destructoras y sectas de perdición. Porque así niegan a Cristo, pisotean su sangre, blasfeman al Espíritu Santo y desprecian la gracia de Dios. Por lo tanto, nadie puede concebir suficientemente cuán horrible es la idolatría de los papistas. Tan inestimable como es el don que nos es ofrecido por Cristo, así de abominables son también estas profanaciones de los papistas, y no menos. Por eso no deben ser tenidas en poco ni olvidadas, sino diligentemente pesadas y consideradas. Y esto sirve también mucho para engrandecer la gracia de Dios y el beneficio de Cristo, por contraste. Porque cuanto más conocemos la profanación de la misa papista, tanto más la aborrecemos y detestamos, y abrazamos el verdadero uso de la santa comunión, que el Papa ha quitado y ha convertido en mercancía, para que, comprada con dinero, pudiera aprovechar a otros. Porque él dice que el sacerdote de la misa, un apóstata, que niega a Cristo y blasfema al Espíritu Santo, estando ante el altar hace una buena obra, no solo para sí mismo, sino también para otros, vivos y muertos, y para toda la iglesia, y eso solo por la obra hecha, y no por ningún otro medio.

Por tanto, aun por esto podemos ver claramente la inestimable paciencia de Dios, en que no haya destruido hace mucho a todo el Papado y lo haya consumido con fuego y azufre, como hizo con Sodoma y Gomorra. Pero ahora estos alegres compañeros se esfuerzan no solo por encubrir, sino por exaltar grandemente su impiedad y suciedad. Esto no podemos disimularlo de ninguna manera. Debemos, pues, exponer con toda diligencia el artículo de la justificación, para que, como un sol clarísimo, saque a luz las tinieblas de su hipocresía y descubra su inmundicia y vergüenza. Por esta causa repetimos tan a menudo y exponemos con tanto empeño la justicia de la fe: para que los adversarios sean confundidos, y este artículo sea establecido y confirmado en nuestros corazones. Y esto es algo sumamente necesario; porque si una vez perdemos este sol, volvemos a caer en nuestras tinieblas de antes. Y es cosa horribilísima que el Papa haya podido llevar esto a cabo en la iglesia: que Cristo sea negado, pisoteado, escupido, blasfemado; sí, y esto aun por medio del evangelio y los sacramentos, los cuales él ha oscurecido y convertido en un uso tan horrible, que los ha hecho servirle contra Cristo para establecer y confirmar sus detestables abominaciones. ¡Oh profunda oscuridad! ¡Oh horrible ira de Dios!

Aun nosotros, digo, hemos creído en Jesucristo, para ser justificados.

Este es el verdadero medio de llegar a ser cristiano: ser justificado por la fe en Jesucristo, y no por las obras de la ley. Aquí debemos mantenernos firmes, y no apoyarnos en la impía glosa de los escolásticos, que dicen que la fe justifica entonces, cuando se le añade el amor y las buenas obras. Con esta glosa pestilente, los sofistas han oscurecido y corrompido este y otros pasajes semejantes en Pablo, donde él manifiestamente atribuye la justificación solo a la fe en Cristo. Pero cuando un hombre oye que debe creer en Cristo, y sin embargo que la fe no justifica a menos que esté formada y provista de amor, al momento cae de la fe, y piensa así: Si la fe sin amor no justifica, entonces la fe es vana e inútil, y solo el amor justifica; porque, si la fe no está formada por el amor, no es nada. Y para confirmar esta glosa perniciosa y pestilente, los adversarios alegan este lugar (1 Co 13): «Y si hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe.» Y este pasaje es su muralla de bronce. Pero son hombres sin entendimiento, y por eso no pueden ver ni entender nada en Pablo; y con esta falsa interpretación no solo han pervertido las palabras de Pablo, sino que también han negado a Cristo y sepultado todos sus beneficios. Por eso debemos evitar esta glosa como un veneno mortífero y diabólico, y concluir con Pablo «que somos justificados, no por una fe adornada con amor, sino solo y únicamente por la fe».

Concedemos que también se deben enseñar las buenas obras y el amor, pero debe hacerse a su debido tiempo y en su lugar; es decir, cuando la cuestión trata de las obras, y no toca este artículo de la justificación. Pero aquí la cuestión es por qué medio somos justificados y alcanzamos la vida eterna. A esto respondemos con Pablo: «que solo por la fe en Cristo».

somos declarados justos, y no por las obras de la ley ni por la caridad; no porque rechacemos las buenas obras, sino porque no permitiremos que nos aparten de esta ancla de nuestra salvación, cosa que Satanás desea muchísimo. Por tanto, ya que ahora estamos tratando de la justificación, rechazamos y condenamos todas las buenas obras; porque este pasaje no admite ninguna discusión sobre buenas obras. En este asunto, pues, excluimos en general todas las leyes y todas las obras de la ley. Pero la ley es buena, justa y santa. Es verdad, lo es. Pero cuando estamos tratando de la justificación, no es tiempo ni lugar de hablar de la ley; la cuestión es qué es Cristo y qué beneficio nos ha traído. Cristo no es la ley; no es mi obra, ni la obra de la ley; no es mi caridad, mi obediencia, mi pobreza; sino que él es el Señor de la vida y de la muerte, un mediador, un Salvador, un Redentor de los que están bajo la ley y el pecado. En él estamos por la fe, y él en nosotros. El esposo debe estar a solas con la esposa en su cámara secreta, apartados todos los siervos y toda la familia.

Pero después, cuando la puerta se abre y él sale, entonces vuelvan los siervos y las criadas para servirles; entonces haga la caridad su oficio, y háganse buenas obras.

Debemos aprender, por tanto, a distinguir todas las leyes, sí, aun la ley de Dios, y todas las obras, de la promesa del evangelio y de la fe, para que definamos correctamente a Cristo. Porque Cristo no es ley, y por tanto no es un exigidor de la ley y de las obras, sino que es «el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1:29). Esto es lo que solo la fe abraza, y no la caridad, la cual, sin embargo, como una cierta gratitud, debe seguir a la fe. Por tanto, la victoria sobre el pecado y la muerte, la salvación y la vida eterna, no vienen por la ley, ni por las obras de la ley, ni tampoco por el poder del libre albedrío, sino solo y únicamente por el Señor Jesús Cristo.

Para que fuésemos justificados por la fe en Cristo, y no por las obras de la ley.

Pablo no habla aquí solo de la ley ceremonial, como ya hemos dicho antes, sino de toda la ley. Porque la ley ceremonial era ley de Dios tanto como la ley moral. Por ejemplo, la circuncisión, la institución del sacerdocio, el servicio y las ceremonias del templo, fueron mandados por Dios tanto como los diez mandamientos. Además, cuando a Abraham se le mandó ofrecer a su hijo Isaac en sacrificio, eso era una ley. Esta obra de Abraham agradó a Dios no menos que las otras obras de la ley ceremonial; y, sin embargo, él no fue justificado por esta obra, sino por la fe; porque la Escritura dice: «Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia» (Gn 15:6; Ro 4:3). Pero desde la revelación de Cristo, dicen ellos, la ley ceremonial mata y produce muerte. Sí, y también lo hace la ley de los diez mandamientos, sin fe en Cristo. Además, no debe permitirse que ninguna ley reine en la conciencia, sino solo la ley del espíritu y de vida, por la cual somos hechos libres en Cristo de la ley de la letra y de la muerte, de sus obras y de todos los pecados; no porque la ley sea mala, sino porque no puede justificarnos, pues tiene un efecto y una acción claramente contrarios. Estar en paz con Dios es un asunto alto y excelente, y por eso, en este caso, necesitamos un mediador muy distinto de Moisés o de la ley. Aquí no debemos ser nada en absoluto, sino solo recibir el tesoro que es Cristo y aferrarnos a él en nuestros corazones por la fe, aunque nos sintamos llenos de pecado. Estas palabras del Apóstol, «para que fuésemos justificados por la fe, y no por las obras de la ley», son, por tanto, muy eficaces, y no vanas ni inútiles, como piensan los escolásticos, y por eso las pasan tan ligeramente por alto. Hasta aquí han oído ustedes las palabras de Pablo que dirigió a Pedro, en las cuales ha resumido brevemente el artículo principal de toda la doctrina cristiana, el cual hace verdaderos cristianos de verdad. Ahora se vuelve a los gálatas, a quienes escribe, y concluye así: puesto que es así, que somos justificados por la fe en Cristo, entonces por las obras de la ley nadie será justificado.

Porque por las obras de la ley, nadie será justificado.

Carne, en Pablo, no significa, como sueñan los escolásticos, pecados manifiestos y groseros, pues a esos suele llamarlos por sus nombres propios, como adulterio, fornicación, inmundicia y cosas semejantes; sino que por carne Pablo entiende aquí, como Cristo en el capítulo 3 de Juan: «Lo que es nacido de la carne, carne es» (Jn 3:6). Carne, por tanto, significa toda la naturaleza del hombre, con la razón y todas las demás facultades que pertenecen al hombre. Esta carne, dice él, no es justificada por obras, ni siquiera por las de la ley. Carne, por tanto, según Pablo, significa toda la justicia, sabiduría, devoción, religión, entendimiento y voluntad que pueda haber en un hombre natural; de modo que, aunque un hombre sea muy justo según la razón y la ley de Dios, con toda esa justicia, obras, méritos, devoción y religión, no es justificado.

Esto los papistas no lo creen; sino que, ciegos y obstinados, defienden sus abominaciones contra su propia conciencia, y persisten todavía en esta blasfemia, teniendo en la boca estas palabras execrables: El que hace esta o aquella buena obra merece el perdón de sus pecados; cualquiera que entra en esta o aquella orden santa y guarda su regla, a ese le prometemos con seguridad la vida eterna. No se puede expresar cuán horrible blasfemia es atribuir a la doctrina de demonios, a los decretos y ordenanzas de hombres, a las malvadas tradiciones del Papa, a las obras hipócritas y méritos de monjes y frailes, aquello que Pablo, apóstol de Cristo, le niega a la ley de Dios. Porque si nadie es justificado por las obras de la ley, mucho menos será justificado por las reglas de Benito, Francisco o Agustín, en las cuales no hay ni una jota de verdadera fe en Cristo; sino que solo enseñan esto: que cualquiera que guarda estas cosas tiene vida eterna. Por eso, mucho y a menudo me he maravillado de que, habiendo reinado por tantos años estas sectas de perdición en tanta oscuridad y errores, la iglesia haya podido soportar y continuar como lo ha hecho. Hubo algunos a quienes Dios llamó por el texto del evangelio y por el bautismo. Estos andaban con sencillez y humildad de corazón, pensando que los monjes y frailes, y solo los ungidos por los obispos, eran religiosos y santos, y que ellos mismos eran profanos y seculares, indignos de ser comparados con ellos. Por eso, al no hallar en sí mismos buenas obras que oponer a la ira y al juicio de Dios, huyeron a la muerte y pasión de Cristo, y fueron salvos en esta sencillez. Horrible e indecible es la ira de Dios, en que por tanto tiempo castigó en los papistas el desprecio del evangelio y de Cristo, y también su ingratitud, entregándolos a una mente reprobada; de tal manera que, blasfemando y negando del todo a Cristo en cuanto a su oficio, en lugar del evangelio recibieron las execrables reglas, ordenanzas y tradiciones de hombres, las cuales adoraron y honraron devotamente, y aun las prefirieron muy por encima de la palabra de Dios, hasta que por fin se les prohibió casarse y quedaron atados a esa vida soltera incestuosa; donde exteriormente se contaminaron y mancharon con toda clase de horribles maldades, como adulterio, prostitución, inmundicia, sodomía y otras abominaciones semejantes. Este fue el fruto de esa inmunda vida soltera.

Así Dios, castigando el pecado con pecado, interiormente los entregó a una mente reprobada, y exteriormente permitió que cayeran en tan horribles abominaciones; y con justicia, porque blasfemaron contra el unigénito Hijo de Dios, en quien el Padre quiso ser glorificado, y a quien entregó a la muerte, para que todos los que creen en él fueran salvos por medio de él, y no por sus propias reglas y órdenes execrables. «Yo honraré a los que me honran» (2 S 2:30). Ahora bien, Dios es honrado en su Hijo. Entonces, el que cree que el Hijo es nuestro Mediador y Salvador, honra al Padre; y a ese Dios también lo honra, es decir, lo adorna con sus dones, el perdón de los pecados, la justicia, el Espíritu Santo y la vida eterna. Por el contrario, «los que me desprecian serán tenidos en poco».

Esta es, pues, una conclusión general: «Por las obras de la ley ningún ser humano será justificado». La ley de Dios es mayor que todo el mundo, porque comprende a todos los hombres; y las obras de la ley superan con mucho incluso las más gloriosas obras voluntarias de los traficantes de méritos; y aun así Pablo dice «que ni la ley ni las obras de la ley justifican». Por tanto, concluimos con Pablo: «que solo la fe justifica». Esta proposición se dispone a confirmarla de esta manera:

Gálatas 2:17

Si entonces, mientras buscamos ser justificados por Cristo, nosotros mismos también somos hallados pecadores, ¿es por eso Cristo ministro de pecado? ¡En ninguna manera!

Si esto es cierto, dice él, que somos justificados por Cristo, entonces es imposible que seamos pecadores, o que seamos justificados por la ley. Por el contrario, si esto no es cierto, sino que debemos ser justificados por la ley y por las obras de la ley, entonces es imposible que seamos justificados por Cristo. Una de estas dos necesariamente ha de ser falsa. O no somos justificados por Cristo, o no somos justificados por la ley. Pero la verdad es que somos justificados por Cristo; por tanto, no somos justificados por la ley. Así que él razona de esta manera: “Si entonces, mientras buscamos ser justificados por Cristo”, etc. Es decir, si buscamos ser justificados por Cristo, y aun así, siendo ya justificados, somos hallados pecadores, teniendo necesidad de la ley para justificarnos por ser pecadores; si tenemos necesidad, digo, de la observancia de la ley para justificarnos, de modo que los que son justos en Cristo no son justos, sino que todavía tienen necesidad de la ley para justificarlos; o si el que es justificado por Cristo todavía debe ser además justificado por la ley, entonces Cristo no es otra cosa que un legislador y un ministro de pecado. Por tanto, el que es justificado y santo en Cristo, no es justificado ni santo, sino que todavía tiene necesidad de la justicia y santidad de la ley.

Pero en verdad somos justificados y hechos justos en Cristo; porque la verdad del evangelio nos enseña que el hombre no es justificado en la ley, sino en Cristo. Ahora bien, si los que son justificados en Cristo todavía son hallados pecadores, es decir, si todavía pertenecen a la ley y están bajo la ley, como enseñan los falsos apóstoles, entonces todavía no son justificados. Porque la ley los acusa, y les muestra que todavía son pecadores, y les exige las obras de la ley como necesarias para su justificación. Por tanto, los que son justificados en Cristo no son justificados; y así se sigue que Cristo no es justificador, sino ministro de la ley.

Con estas palabras acusa vehementemente a los falsos apóstoles y a todos los traficantes de méritos, de trastornarlo todo por completo; porque hacen de la ley gracia, y de la gracia ley; de Moisés, Cristo, y de Cristo, Moisés. Porque enseñan que, además de Cristo y de toda la justicia de Cristo, la observancia de la ley es necesaria para la justificación. Y así vemos que, por su intolerable perversidad, hacen de la ley Cristo; porque de este modo atribuyen a la ley lo que propiamente pertenece a Cristo. Si haces las obras de la ley, dicen ellos, serás salvo; pero si no las haces, no serás justificado, aunque creas muchísimo en Cristo. Ahora bien, si es así, que Cristo no justifica, sino que es ministro de pecado, como necesariamente se sigue de su doctrina, entonces Cristo es la ley; porque no tenemos de él otra cosa, ya que nos enseña que somos pecadores, sino lo que tenemos por la ley. Así, Cristo, siendo ministro de pecado, nos envía a la ley y a Moisés, como a nuestro justificador.

No puede ser, por tanto, sino que los papistas y todos los que ignoran la justicia de Cristo, o no tienen el verdadero conocimiento de ella, necesariamente hagan de Cristo Moisés y la ley, y de la ley Cristo. Porque así enseñan: Es verdad, dicen ellos, que la fe en Cristo justifica; pero además debemos guardar los mandamientos de Dios. Porque está escrito: «Mas si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos.» (Mt 19:17). Aquí, desde el primer golpe, Cristo es negado y la fe es abolida, porque se atribuye a los mandamientos de Dios, o a la ley, lo que pertenece solamente a Cristo. Porque Cristo, según su verdadera definición, es un justificador y un redentor de los pecados. Si atribuyo esto a la ley, entonces la ley es mi justificador, librándome de mis pecados, porque hago sus obras; y así ahora la ley es Cristo, y Cristo pierde completamente su nombre, su oficio y su gloria, y no es otra cosa que un ministro de la ley, que reprende, aterroriza, pone al pecador delante de otro y lo envía a otro que pueda justificarlo; lo cual es el oficio propio de la ley.

Pero el oficio propio de Cristo es, después que la ley ha pronunciado culpable a un hombre, levantarlo otra vez y soltarlo de sus pecados, si cree el evangelio. Porque para todos los que creen, «Cristo es el fin de la ley para justicia a todo aquel que cree»; y él es «el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo». (Ro 10:4; Jn 1:29). Pero los papistas y los anabaptistas, porque no entienden esta doctrina, lo vuelven todo completamente al revés, haciendo de Cristo Moisés y de Moisés Cristo. Y esta es en verdad, aunque digan otra cosa, su proposición principal: que Cristo es Moisés. Además, se burlan de nosotros porque enseñamos diligentemente y exigimos con tanto fervor la fe. ¡Ja, ja!, dicen ellos, ¡fe, fe! Espera el tiempo hasta que llegues al cielo por la fe. No, tú debes esforzarte por hacer cosas mayores y más importantes. Debes cumplir la ley, conforme a aquel dicho: «Haz esto, y vivirás.» (Lc 10:28). La fe, que ustedes ensalzan tanto, no hace otra cosa sino volver a los hombres descuidados, ociosos y negligentes. Así no han llegado a ser otra cosa que ministros de la ley y obreros de la ley, apartando al pueblo del bautismo, de la fe, de las promesas de Cristo, para llevarlo a la ley y a las obras, convirtiendo la gracia en ley y la ley en gracia. ¿Quién creería alguna vez que estas cosas pudieran confundirse y mezclarse tan fácilmente? No hay hombre tan insensible que no perciba que esta distinción entre la ley y la gracia es clarísima y manifiesta. Porque la misma naturaleza y significado de las palabras producen esta distinción y diferencia. ¿Quién no entiende que estas palabras, ley y gracia, difieren en nombre y significado? Por lo tanto, es monstruoso que, siendo esta distinción tan clara, los adversarios sean tan diabólicos y perversos como para mezclar la ley y la gracia, y transformar a Cristo en Moisés. Por eso digo muchas veces que esta doctrina de la fe es muy clara, y que cualquiera puede entender fácilmente esta distinción entre la ley y la gracia en cuanto a las palabras; pero en cuanto al uso y la práctica, es muy difícil. El papa y sus doctores escolásticos confiesan claramente que la ley y la gracia son cosas diversas y distintas; y sin embargo, cuando llegan al uso y a la práctica de ellas, enseñan todo lo contrario. La fe en Cristo, dicen ellos, ya sea que se obtenga por la fuerza, operación y cualidades de la naturaleza, o ya sea una fe infundida y derramada en nosotros por Dios, con todo eso no es sino una fe muerta, si la caridad no está unida a ella. ¿Dónde está ahora la distinción y diferencia entre la ley y la gracia? En verdad las distinguen de nombre, pero en efecto llaman gracia a la caridad. Así hacen todos los que exigen tan estrictamente la observancia de la ley y atribuyen la justificación a la ley y a las obras. Por lo cual, todo aquel que no entienda perfectamente el artículo de la justificación, necesariamente ha de confundir y mezclar la ley y la gracia. Aprenda, pues, cada uno diligentemente, sobre todas las cosas, a hacer diferencia entre la ley y la gracia en los hechos y en la práctica, no solo en palabras, como hacen el papa y los anabaptistas fanáticos; quienes, en cuanto a las palabras, confiesan que son dos cosas distintas; pero en realidad, como he dicho, las confunden y mezclan, porque no quieren conceder que la fe justifica sin obras. Si esto es cierto, entonces Cristo de nada me aprovecha. Porque, aunque mi fe sea nunca tan perfecta, sin embargo, según la opinión de ellos, si esta fe está sin caridad, no soy justificado. Y así, Cristo, recibido por la fe, no es justificador; la gracia no aprovecha nada, ni la fe puede ser verdadera fe sin caridad.

Con esta doctrina, estos espíritus mentirosos y sectas de perdición oscurecen y borran hoy el beneficio de Cristo; le quitan la gloria de justificador, y lo hacen ministro de pecado. En todo son semejantes a los falsos apóstoles. Porque así como ellos, por todas las iglesias, exigían la circuncisión y la observancia de la ley además de la fe en Cristo, de tal manera que, sin circuncisión y sin guardar la ley, negaban la justificación por la fe —porque «si no os circuncidáis conforme al rito de Moisés, no podéis ser salvos», decían—; así también hoy estos severos exactores de la ley, además de la justicia de la fe, exigen el cumplimiento de los mandamientos de Dios, conforme a aquel dicho: «Haz esto, y vivirás.» También: «Mas si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos.» (Lc 10:28; Mt 19:17). Por lo tanto, no hay uno entre ellos, por muy sabio que sea, que entienda la diferencia entre la ley y la gracia.

Pero nosotros hacemos una diferencia, y decimos que aquí no estamos disputando si debemos hacer buenas obras; si la ley es buena, santa y justa; si debe guardarse o no. Porque esa es otra clase de cuestión. Nuestra cuestión es acerca de la justificación, y de si la ley justifica o no. Esto los adversarios no lo quieren oír: no quieren responder a esta cuestión, ni hacer ninguna distinción como nosotros; sino que solamente claman que se deben hacer buenas obras, que la ley debe observarse. Eso lo sabemos muy bien. Pero porque estas son materias diversas y distintas, no permitiremos que se mezclen. Que las buenas obras deben hacerse, lo declararemos después, cuando sea oportuno. Pero puesto que ahora estamos tratando el asunto de la justificación, dejamos aquí de lado todas las buenas obras, por las cuales los adversarios luchan tan encarnizadamente, atribuyéndoles enteramente el oficio de justificar; lo cual es quitarle a Cristo su gloria y atribuírsela a las obras. Por eso este es un argumento fuerte, que he usado muchas veces para gran consuelo mío: “Si entonces, mientras buscamos ser justificados por Cristo”, etc. Como si Pablo dijera: Si nosotros, siendo justificados por Cristo, somos tenidos aún como no justificados ni justos, sino como pecadores que todavía deben ser justificados por la ley, entonces no debemos buscar la justificación en Cristo, sino en la ley. Pero si la justificación viene por la ley, entonces no viene por la gracia. Ahora bien, si la justificación no viene por la gracia, sino por la ley, ¿qué ha hecho y obrado Cristo por su muerte, por su predicación, por su victoria que ha obtenido sobre la ley, el pecado y la muerte, y por enviar al Espíritu Santo? Debemos concluir, por tanto, que o somos justificados por Cristo, o de otro modo somos hechos pecadores, culpables y reos por medio de él. Pero si la ley justifica, entonces no se puede evitar, sino que necesariamente se sigue que somos hechos pecadores por Cristo, y así Cristo es ministro de pecado. Siendo así el caso, establezcamos entonces esta proposición: todo el que cree en el Señor Jesucristo es pecador, y es reo de muerte eterna; y si no huye a la ley, haciendo sus obras, no será salvo.

La Santa Escritura, especialmente el Nuevo Testamento, menciona muchas veces la fe en Cristo y la exalta altamente; y dice «que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna»; que no viene a condenación, que no será avergonzado, que tiene vida eterna, etc. (Jn 3:16; Jn 5:24). Pero ellos, por el contrario, dicen que el que cree en él es condenado, etc., porque tiene fe sin obras, la cual condena. Así lo pervierten todo, haciendo de Cristo un destructor y un asesino, y de Moisés un salvador. ¿Y no es esta una horrible blasfemia, enseñar así, que haciendo buenas obras serás hecho digno de la vida eterna, pero creyendo en Cristo serás hecho culpable y reo de muerte eterna? ¿Que la ley, guardada y cumplida, salva, y la fe en Cristo condena?

Concedo que los adversarios no usan estas mismas palabras; pero en realidad, esa es su doctrina. Porque dicen que la fe infundida, a la cual propiamente llaman fe en Cristo, no nos libra del pecado, sino aquella fe que está acompañada de caridad. De aquí se sigue que la fe en Cristo, sin la ley, no nos salva. Esto es afirmar claramente que Cristo nos deja en nuestros pecados y bajo la ira de Dios, y nos hace culpables de muerte eterna. Por otra parte, si tú guardas la ley y haces sus obras, entonces la fe te justifica, porque tiene obras, sin las cuales la fe nada aprovecha. Por tanto, las obras justifican, y no la fe. ¡Oh horrible impiedad! ¡Qué doctrina tan perniciosa y maldita es esta!

Pablo, por tanto, funda su argumento sobre una imposibilidad y sobre una división suficiente. Si nosotros, siendo justificados en Cristo, todavía somos hallados pecadores, y no podemos ser justificados sino por otro medio distinto de Cristo, esto es, por la ley, entonces Cristo no puede justificarnos, sino que solamente nos acusa y nos condena. Y así, por consiguiente, se sigue que Cristo murió en vano, y que estos y otros pasajes semejantes son falsos: «He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1:29). También: «El que cree en el Hijo tiene vida eterna» (Jn 3:36). Sí, toda la Escritura es falsa, la cual da testimonio de que Cristo es el justificador y Salvador del mundo. Porque si somos hallados pecadores después de haber sido justificados por Cristo, se sigue necesariamente que los que cumplen la ley son justificados sin Cristo. Si esto es verdad, entonces somos turcos, o judíos, o tártaros, que profesamos el nombre y la palabra de Dios en apariencia externa, pero en hecho y en verdad negamos por completo a Cristo y su palabra. Es, pues, gran impiedad afirmar que la fe, a menos que esté formada por la caridad, no justifica. Pero si los adversarios quieren defender esta doctrina, ¿por qué no rechazan entonces por completo la fe en Cristo, especialmente viendo que no hacen de ella otra cosa que una vana cualidad en el alma, la cual sin caridad nada aprovecha? ¿Por qué no dicen abiertamente que las obras justifican, y no la fe? Sí, ¿por qué no niegan en general, no solo a Pablo, sino también a todo el evangelio, como en realidad lo hacen, atribuyendo la justicia a las obras y no solamente a la fe? Porque si la fe y las obras juntamente justifican, entonces toda la argumentación de Pablo es completamente falsa, el cual pronuncia claramente «que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo».

¿Es, por eso, Cristo ministro de pecado?

Esta es una manera de hablar usada por los hebreos, la cual Pablo también usa en 2 Co 3, donde habla muy divina y claramente de estos dos ministros; a saber, de la letra y del espíritu, de la ley y de la gracia, o de la muerte y de la vida. Y dice que Moisés, ministro de la ley, fue ministro del pecado; y la llama también ministerio de ira, de muerte y de condenación. Porque Pablo acostumbra dar a la ley nombres que la deshonran, y entre todos los apóstoles solamente él usa esta manera de hablar; los otros no hablan así. Y es muy necesario que los que estudian diligentemente la Santa Escritura entiendan esta forma de expresión usada por el apóstol.

Ahora bien, un ministro de pecado no es otra cosa sino un legislador, o un maestro de la ley, que enseña buenas obras y caridad, y que el hombre debe sufrir la cruz y las aflicciones, y seguir el ejemplo de Cristo y de los santos. El que enseña y exige esto es ministro de la ley, del pecado, de la ira y de la muerte; porque con esta doctrina no hace otra cosa sino atemorizar y afligir las conciencias de los hombres, y encerrarlos bajo pecado. Porque es imposible para la naturaleza humana cumplir la ley; sí, aun en los que son justificados y tienen el Espíritu Santo, la ley de los miembros pelea contra la ley de la mente (Ro 7:23). ¿Qué no hará, entonces, en los impíos que no tienen el Espíritu Santo? Por tanto, el que enseña que la justicia viene por la ley, no entiende ni lo que dice ni lo que afirma; y mucho menos guarda la ley. Antes bien, se engaña a sí mismo y a otros, y les pone encima una carga que no pueden llevar, exigiendo y enseñando cosas imposibles, y al fin se lleva a sí mismo y a sus discípulos a la desesperación.

El verdadero uso y fin de la ley es acusar y condenar como culpables a los que viven confiados, para que vean que están en peligro de pecado, de ira y de muerte eterna; para que así sean aterrados y llevados hasta el borde mismo de la desesperación, temblando y estremeciéndose al caer de una hoja. Y en cuanto son tales, están bajo la ley. Porque la ley exige perfecta obediencia a Dios, y condena a todos los que no la cumplen. Ahora bien, es cierto que no hay hombre viviente que sea capaz de prestar esta obediencia, la cual, sin embargo, Dios exige estrictamente de nosotros. Por tanto, la ley no justifica, sino que condena, conforme a aquel dicho: «Maldito el que no confirmare las palabras de esta ley para hacerlas» (Dt 27:26; Gá 3:10). Por eso, el que enseña la ley es ministro de la ley.

Por consiguiente, no sin buena causa llama Pablo en 2 Co 3 al ministro de la ley ministro de pecado; porque la ley muestra y descubre el pecado, el cual sin la ley está muerto. Ahora bien, el conocimiento del pecado —no hablo aquí de aquel conocimiento especulativo de los hipócritas, sino de un verdadero conocimiento, por el cual vemos la ira de Dios contra el pecado y sentimos un verdadero gusto de la muerte— aterra el corazón, lo lleva a la desesperación, lo mata y lo destruye (Ro 7). Por eso, estos maestros de la ley y de las obras son llamados en la Escritura opresores y tiranos. Porque así como los capataces en Egipto oprimían a los hijos de Israel con servidumbre corporal (Éx 5), así estos legisladores y capataces empujan a los hombres a una esclavitud espiritual y miserable del alma, y finalmente los llevan a la desesperación y a la ruina total. Estos no se conocen a sí mismos ni conocen la fuerza de la ley. Tampoco les es posible tener quietud y paz de conciencia en grandes y profundas angustias, y en la agonía de la muerte, aunque hayan guardado la ley, amado a sus prójimos, hecho muchas buenas obras y sufrido grandes aflicciones. Porque la ley siempre aterra y acusa, diciendo: Nunca cumpliste todo lo que manda la ley; mas maldito es el que no ha hecho todas las cosas contenidas en ella. Por eso estos terrores permanecen todavía en la conciencia, y aumentan más y más. Y si tales maestros de la ley no son levantados por la fe y por la justicia de Cristo, son precipitados de cabeza en la desesperación. Esto también fue notablemente representado cuando la ley fue dada, como podemos verlo en Éx 19 y 20. Moisés sacó al pueblo de las tiendas para encontrarse con el Señor, a fin de que lo oyeran hablar desde la nube oscura. Entonces el pueblo, asombrado y temblando de miedo, retrocedió huyendo —ellos que poco antes habían prometido hacer todo lo que Dios había mandado—, y manteniéndose a distancia dijeron a Moisés: ¿Quién podrá soportar ver el fuego, y oír los truenos y el sonido de la trompeta? Habla tú con nosotros, y oiremos; pero no hable Dios con nosotros, para que no muramos. Así, pues, el oficio propio de la ley es sacarnos de nuestras tiendas y tabernáculos, es decir, de la quietud y seguridad en que habitamos, y de confiar en nosotros mismos, y llevarnos ante la presencia de Dios, para revelarnos su ira y ponernos delante nuestros pecados. Aquí la conciencia siente que no ha satisfecho a la ley, ni es capaz de satisfacerla, ni de soportar la ira de Dios, la cual la ley revela cuando nos saca de este modo ante la presencia de Dios; es decir, cuando nos atemoriza, nos acusa y pone delante de nosotros nuestros pecados. Aquí es imposible que podamos sostenernos; y por eso, totalmente espantados, huimos, y clamamos con los hijos de Israel: ¡Moriremos, moriremos! No hable el Señor con nosotros, sino habla tú con nosotros, etc.

El que, pues, enseña que la fe en Cristo no justifica sin la observancia de la ley, hace a Cristo ministro de pecado; es decir, un maestro de la ley, que enseña la misma doctrina que enseñó Moisés. De esta manera, Cristo no es Salvador, ni dador de gracia, sino un tirano cruel, que exige tales cosas —como Moisés— que ningún hombre es capaz de cumplir. Miren cómo todos los traficantes de méritos consideran a Cristo como un nuevo legislador, y el evangelio como nada más que cierto libro que contiene nuevas leyes acerca de obras, como los turcos sueñan de su Alcorán. Pero en cuanto a leyes, ya hay bastante en Moisés. El evangelio, entonces, es una predicación de Cristo, que perdona pecados, da gracia, justifica y salva a los pecadores. Y aunque se encuentran mandamientos en el evangelio, no son el evangelio, sino explicaciones de la ley y cosas que dependen del evangelio.

Para concluir: si la ley es ministerio de pecado, entonces también es ministerio de ira y de muerte. Porque así como la ley revela el pecado, así también aterra al hombre; le muestra su pecado y la ira de Dios, y le infunde terror de muerte y condenación. Porque la conciencia saca de inmediato esta conclusión: No has guardado los mandamientos de Dios; por tanto, Dios está airado contra ti. Si está airado contra ti, te destruirá y te condenará para siempre. Y cree que esta es una consecuencia infalible: He pecado, por tanto debo morir. Y así se sigue que el ministerio del pecado es ministerio de ira y de condenación. Porque después que el pecado es revelado, inmediatamente siguen la ira de Dios, la muerte y la condenación. Y de aquí viene que muchos, no pudiendo soportar el juicio y la ira de Dios que la ley pone delante de sus ojos, se matan, se ahorcan o se ahogan.

En ninguna manera.

Como si dijera: Cristo no es ministro de pecado, sino dador de justicia y de vida eterna. Por eso Pablo separa a Moisés muy lejos de Cristo. Que Moisés, entonces, permanezca en la tierra; que sea maestro de la letra y exactor de la ley; que atormente y crucifique a los pecadores. Pero los creyentes, dice Pablo, tienen otro maestro en su conciencia; no a Moisés, sino a Cristo, el cual ha abolido la ley, ha vencido la ira de Dios y ha destruido la muerte. Él nos manda, a los que trabajamos y estamos oprimidos con toda clase de calamidades, que vayamos a él. Por tanto, cuando ustedes huyen a él, Moisés con su ley desaparece (Dt 34:6), de modo que su sepulcro no puede verse en ninguna parte; el pecado y la muerte ya no pueden dañarnos. Porque Cristo, nuestro instructor, es Señor sobre la ley, el pecado y la muerte; de modo que los que creen en él son librados de ellos. Es, pues, el oficio propio de Cristo librar del pecado y de la muerte; y esto Pablo lo enseña y lo repite en todas partes.

Somos condenados y muertos por la ley, pero por Cristo somos justificados y restaurados a la vida. La ley nos espanta y nos aparta de Dios; pero Cristo nos reconcilia con Dios, y nos abre entrada para que podamos acercarnos a él confiadamente. «Porque es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.» Ahora bien, si el pecado del mundo es quitado, entonces me es quitado también a mí, que creo en él. Si el pecado es quitado, entonces también son quitadas la ira de Dios, la muerte y la condenación. Y en lugar del pecado sucede la justicia; en lugar de la ira, la reconci-

humillación y gracia; en lugar de muerte, vida; y en lugar de condenación, salvación. Aprendamos a practicar esta distinción, no solo en palabras, sino en la vida y en una experiencia viva, y con un sentimiento interior. Porque donde está Cristo, necesariamente tiene que haber gozo del corazón y paz de conciencia; porque Cristo es nuestra reconciliación, justicia, paz, vida y salvación. En resumen, todo lo que la pobre conciencia afligida desea, lo halla abundantemente en Cristo. Ahora Pablo se dispone a ampliar este argumento y a persuadir de la manera siguiente.

Gálatas 2:18

Porque si las cosas que destruí, las mismas vuelvo a edificar, transgresor me hago.

Como si dijera: Yo no he predicado con este fin, para volver a edificar aquellas cosas que una vez destruí. Porque si hiciera eso, no solo trabajaría en vano, sino que también me haría transgresor, y lo echaría todo abajo, como hacen los falsos apóstoles. Es decir, de la gracia y de Cristo volvería a hacer la ley y a Moisés; y, al contrario, de la ley y de Moisés haría la gracia y a Cristo. Ahora bien, por el ministerio del evangelio he abolido el pecado, la pesadumbre del corazón, la ira y la muerte. Porque así he enseñado: Tu conciencia, oh hombre, está sujeta a la ley, al pecado y a la muerte, de los cuales no puedes ser librado ni por hombres ni por ángeles. Pero ahora viene el evangelio, y te predica remisión de pecados por Jesucristo, quien ha abolido la ley y ha destruido el pecado y la muerte. Cree en él, y así serás librado de la maldición de la ley y de la tiranía del pecado y de la muerte. Serás hecho justo y tendrás vida eterna.

Mira cómo he destruido la ley por la predicación del evangelio, para que ya no reine más en tu conciencia. Porque cuando el nuevo huésped, Cristo Jesús, entra en la nueva casa para habitar allí solo, Moisés, el antiguo morador, debe cederle el lugar e irse a otra parte. Asimismo, donde Cristo, el nuevo huésped, ha venido a morar, allí el pecado, la ira y la muerte no pueden tener lugar. Allí habitan ahora la pura gracia, la justicia, el gozo, la vida, la verdadera confianza y la seguridad en el Padre, ahora aplacado y reconciliado con nosotros, benigno, paciente y lleno de misericordia, por causa de su Hijo Cristo. ¿Habría yo entonces de expulsar a Cristo y destruir su reino, que he plantado por la predicación del evangelio, para volver a edificar la ley y levantar el reino de Moisés? Ciertamente eso haría, si enseñara que la circuncisión y la observancia de la ley son necesarias para la salvación, como hacen los falsos apóstoles. Y de este modo, en lugar de justicia y vida, restauraría otra vez el pecado y la muerte. Porque la ley no hace otra cosa que manifestar el pecado, provocar la ira de Dios, matar y destruir.

¿Qué son los papistas, les ruego, aun los mejores de entre ellos, sino destructores del reino de Cristo y edificadores del reino del diablo y del pecado, de la ira y de la muerte eterna? Sí, destruyen la iglesia, que es edificio de Dios; no por la ley de Moisés, como hacían los falsos apóstoles, sino por tradiciones de hombres y doctrinas de demonios. Y de la misma manera, esas cabezas fantásticas que hay hoy, y las que vendrán después de nosotros, destruyen y destruirán las cosas que nosotros hemos edificado; edifican y volverán a edificar las cosas que nosotros hemos destruido.

Pero nosotros, por la gracia de Cristo, sosteniendo el artículo de la justificación, sabemos con certeza que somos justificados y tenidos por justos delante de Dios solo por la fe en Cristo. Por tanto, no mezclamos la ley y la gracia, la fe y las obras; sino que las separamos muchísimo. Y esta distinción o diferencia entre la ley y la gracia, que todo verdadero cristiano la observe diligentemente, y permita que tenga lugar no en letras y sílabas, sino en la práctica y en la experiencia interior. De modo que cuando oye que deben hacerse buenas obras y que debe seguirse el ejemplo de Cristo, pueda juzgar rectamente y decir: Bien, todo esto lo haré con gusto. ¿Qué sigue entonces? ¿Serás salvo y obtendrás la vida eterna? No, no es así. Concedo ciertamente que debo hacer buenas obras, sufrir con paciencia trabajos y aflicciones, y derramar también mi sangre, si es necesario, por la causa de Cristo; pero no soy justificado por ello, ni obtengo la salvación de ese modo.

No debemos, por tanto, introducir las buenas obras en el artículo de la justificación, como han hecho los monjes, que dicen que no solo las buenas obras, sino también las penas y tormentos que sufren los malhechores por sus malas acciones, merecen la vida eterna. Porque así los consuelan cuando son llevados a la horca o al lugar de ejecución: Debes sufrir voluntaria y pacientemente esta muerte vergonzosa; si lo haces, merecerás remisión de tus pecados y vida eterna. ¡Qué cosa tan horrible es esta! Que un desdichado ladrón, asesino o salteador sea tan miserablemente engañado en aquella angustia y aflicción extrema, que aun en el mismo momento de la muerte, cuando ya está listo para ser colgado o para que le corten la cabeza, rechace el evangelio y las dulces promesas en Cristo, que son las únicas capaces de traer consuelo y salvación, y se le mande esperar el perdón de sus pecados si voluntaria y pacientemente soporta esa muerte vergonzosa que sufre por sus malas obras. ¿Qué es esto sino amontonar sobre el que ya está miserablemente afligido una perdición y destrucción extremas, y por medio de una falsa conciencia en su propia muerte mostrarle el camino directo al infierno?

Por esto, estos hipócritas declaran claramente que ni enseñan ni entienden una sola letra o sílaba acerca de la gracia, del evangelio o de Cristo. Conservan solo en apariencia exterior el nombre del evangelio y de Cristo, para engañar los corazones del pueblo. Sin embargo, negando y rechazando de hecho a Cristo, atribuyen más a las tradiciones de hombres que al evangelio de Cristo. Que esto es verdad lo testifican claramente tantas clases de falsos cultos, tantas órdenes religiosas, tantas ceremonias y tantos adoradores voluntarios; todas estas cosas fueron instituidas como útiles para merecer gracia, justicia y vida eterna. En sus confesiones no hacen mención de la fe ni del mérito de Cristo, sino que enseñan y exaltan las satisfacciones y méritos de los hombres, como puede verse claramente en esta forma de absolución —sin hablar aquí de otras cosas— que los monjes usaban entre sí, sí, aun los que querían ser tenidos por más devotos y más religiosos que otros. Me parece bien ponerla aquí, para que nuestra posteridad vea cuán grande y cuán horrible es el reino del Papa.

LA FORMA DE UNA ABSOLUCIÓN MONÁSTICA. Dios te perdone, hermano mío. The merit of the passion of our Lord Jesus Christ, and of blessed S. Mary, always a virgin, and of all the Saints; the merit of thine order, the straitness of thy religion, the humility of thy confession, the contrition of thy heart, the good works which thou hast done, and shalt do for the love of our Lord Jesus Christ, be unto thee available for the remission of thy sins, the increase of desert and grace, and the reward of everlasting life. Amen.

Oyen que en estas palabras se menciona el mérito de Cristo; pero si las pesan bien, percibirán que allí Cristo es totalmente inútil, y que la gloria y el nombre de Justificador y Salvador le son quitados por completo y dados a los méritos monásticos. ¿No es esto tomar el nombre de Dios en vano? ¿No es esto confesar a Cristo con palabras, y en realidad negar su poder y blasfemar su nombre? Yo mismo también estuve una vez enredado en este error. Pensaba que Cristo era un juez —aunque confesaba con mi boca que sufrió y murió para la redención del hombre—, y que debía ser apaciguado por la observancia de mi regla y de mi orden. Por eso, cuando oraba o cuando decía misa, acostumbraba añadir esto al final: Oh Señor Jesús, vengo a ti, y te ruego que estas cargas y esta estrechez de mi regla y de mi religión sean una plena compensación por todos mis pecados. Pero ahora doy gracias a Dios, el Padre de todas las misericordias, que me ha llamado de las tinieblas a la luz de su glorioso evangelio, y me ha dado abundante conocimiento de Cristo Jesús mi Señor; por cuya causa tengo todas las cosas por pérdida, y aun las estimo como estiércol, para ganar a Cristo y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia sacada de la regla de Agustín, sino la justicia que viene por la fe en Cristo; a quien, con el Padre y el Espíritu Santo, sea alabanza y gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Concluimos, pues, con Pablo, «que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley». Ahora bien, después que el hombre es una vez justificado, y posee a Cristo por la fe, y sabe que él es su justicia y su vida, ciertamente no estará ocioso, sino que, como buen árbol, dará buenos frutos. Porque el hombre creyente tiene el Espíritu Santo, y donde mora el Espíritu Santo, no deja al hombre estar ocioso, sino que lo impulsa a todo ejercicio de piedad, de verdadera religión, al amor de Dios, al sufrimiento paciente de las aflicciones, a la oración, a la acción de gracias y al ejercicio de la caridad hacia todos los hombres.

Hasta aquí hemos tratado el primer argumento, en el cual Pablo sostiene que o bien no podemos ser justificados por la ley, o bien Cristo necesariamente debe ser ministro de pecado. Pero esto es imposible. Por tanto, concluimos que la justificación no viene por la ley. De este pasaje hemos hablado largamente, como bien lo merece; y, sin embargo, nunca podrá enseñarse ni inculcarse suficientemente en la cabeza de los hombres.

Gálatas 2:19

Porque yo por la ley soy muerto para la ley, a fin de vivir para Dios.

Estas son palabras maravillosas, y maneras de hablar desconocidas, que la razón del hombre de ningún modo puede entender. Y aunque son pocas, sin embargo son pronunciadas con gran celo y vehemencia de espíritu, y como con gran indignación. Como si dijera: ¿Por qué se jactan tanto de la ley? En este asunto yo no quiero saber de ella. Pero si ustedes insisten en aferrarse a la ley, yo también tengo la ley. Por eso, como movido por la indignación del Espíritu Santo, llama ley a la misma gracia, dando un nuevo nombre al efecto y obra de la gracia, en desprecio de la ley de Moisés y de los falsos apóstoles, que sostenían que la ley era necesaria para la justificación. Así pone la ley contra la ley. Y esta es una manera de hablar dulce y llena de consolación, cuando en las Escrituras, y especialmente en Pablo, la ley se pone contra la ley, el pecado contra el pecado, la muerte contra la muerte, la cautividad contra la cautividad, el infierno contra el infierno, el altar contra el altar, el cordero contra el cordero, la pascua contra la pascua.

En Romanos 8 se dice: «condenó al pecado en la carne». Sal. 68, Ef 4: «Subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad». Os 13:14: «Oh muerte, yo seré tu muerte; y seré tu destrucción, oh Seol». Así dice aquí, que por la ley es muerto para la ley. Como si dijera: La ley de Moisés me acusa y me condena; pero contra esa ley que acusa y condena, yo tengo otra ley, que es la gracia y la libertad. (Stg 1:25.) Esta ley acusa a la ley acusadora, y condena a la ley condenadora. Así la muerte mató a la muerte; pero esta muerte que mata es la vida misma. Sin embargo, se le llama la muerte de la muerte, por una vehemente indignación de espíritu contra la muerte. Así la justicia toma el nombre de pecado, porque condena al pecado, y esta condenación del pecado es la verdadera justicia.

Y aquí Pablo parece ser un hereje; sí, el mayor de todos los herejes, y su herejía es extraña y monstruosa. Porque dice que, estando muerto para la ley, vive para Dios. Los falsos apóstoles enseñaban esta doctrina: si no vives para la ley, estás muerto para Dios; es decir, si no vives conforme a la ley, estás muerto delante de Dios. Pero Pablo dice exactamente lo contrario: si no estás muerto para la ley, no puedes vivir para Dios. La doctrina de nuestros adversarios en este día es semejante a la doctrina de los falsos apóstoles de aquel tiempo. Si quieres vivir para Dios, dicen ellos, vive para la ley, o conforme a la ley. Pero nosotros decimos al contrario: si quieres vivir para Dios, debes estar completamente muerto para la ley. La razón y la sabiduría del hombre no entienden esta doctrina; por eso siempre enseñan lo contrario, es decir: si quieres vivir para Dios, debes guardar la ley; porque está escrito: Haz esto, y vivirás. Y este es un principio especial entre todos los teólogos papistas: el que vive conforme a la ley, vive para Dios. Pablo dice lo contrario, a saber, que no podemos vivir para Dios, a menos que estemos enteramente muertos para la ley. Por tanto, debemos elevarnos hasta esta altura celestial, para que estemos seguros de que estamos muy por encima de la ley; sí, que estamos completamente muertos para la ley. Ahora bien, si estamos muertos para la ley, entonces la ley no tiene poder sobre nosotros, así como no tiene poder sobre Cristo, quien nos libró de ella para que vivamos para Dios. Todas estas cosas apuntan a este fin: probar que no somos justificados por la ley, sino solamente por la fe en Jesucristo.

Y aquí Pablo no habla solo de la ley ceremonial, como ya antes hemos explicado más extensamente, sino de toda la ley, ya sea ceremonial o moral, la cual para un cristiano está completamente abolida, porque él está muerto para ella. No que la ley sea quitada por completo; no, ella permanece, vive y todavía reina en los impíos. Pero el hombre piadoso está muerto para la ley, así como está muerto para el pecado, el diablo, la muerte y el infierno; los cuales, sin embargo, todavía permanecen, y el mundo con todos los impíos seguirá estando en ellos. Por eso, cuando el papista entiende que solo la ley ceremonial ha sido abolida, entiende tú que Pablo y todo cristiano están muertos para la ley, y sin embargo toda la ley todavía permanece.

Como ejemplo: Cristo, resucitando de entre los muertos, está libre del sepulcro, y sin embargo el sepulcro aún permanece. Pedro es librado de la prisión; el paralítico, de su lecho; el joven, de su ataúd; la muchacha, de su cama; y sin embargo la prisión, el lecho, el ataúd y la cama permanecen. Así también la ley es abolida cuando yo no estoy sujeto a ella; la ley está muerta cuando yo estoy muerto para ella, y sin embargo todavía permanece. Pero porque estoy muerto para ella por otra ley, por eso ella también está muerta para mí; así como el sepulcro de Cristo, la prisión de Pedro, la cama de la muchacha, etc., todavía permanecen; y sin embargo Cristo por su resurrección está muerto para el sepulcro, Pedro por su liberación está libre de la prisión, y la muchacha por la vida ha sido librada de la cama.

Por eso estas palabras, “yo soy muerto para la ley”, son muy poderosas. Porque no dice: Estoy libre de la ley por un tiempo, o: Soy señor sobre la ley; sino sencillamente: Soy muerto para la ley; es decir, no tengo nada que ver con la ley. Pablo no podía haber dicho nada más eficaz contra la justicia de la ley que esto: Soy muerto para la ley; es decir, no me importa absolutamente nada la ley; por tanto, no soy justificado por ella.

Ahora bien, morir para la ley es no estar obligado a la ley, sino ser libre de la ley, y no conocerla. Por tanto, el que quiera vivir para Dios, procure ser hallado sin ley, y salga del sepulcro con Cristo. Los soldados se espantaron cuando Cristo resucitó del sepulcro; y también los que vieron a la muchacha levantada de muerte a vida quedaron asombrados. Así la razón y la sabiduría del hombre se espantan y se vuelven necias cuando oyen que no somos justificados a menos que estemos muertos para la ley; porque no pueden alcanzar este misterio. Pero nosotros sabemos que, cuando por la fe recibimos interiormente a Cristo en la conciencia, entramos en una ley nueva y cierta, que devora a la ley antigua que nos tenía cautivos. Así como el sepulcro en el cual Cristo yació muerto, después que resucitó, quedó vacío y desocupado, y Cristo desapareció de allí; así cuando yo creo en Cristo, resucito con él y muero para mi sepulcro, es decir, la ley, que me tenía cautivo; de manera que ahora la ley está vacía, y yo he escapado de mi prisión y sepulcro, es decir, de la ley.

Por tanto, la ley no tiene derecho a acusarme ni a retenerme más tiempo, porque yo he resucitado.

Es necesario que las conciencias de los hombres sean instruidas diligentemente, para que entiendan bien la diferencia entre la justicia de la ley y la gracia. La justicia de la gracia, de la libertad de la conciencia, de ninguna manera pertenece a la carne. Porque la carne no puede estar en libertad, sino que debe permanecer en el sepulcro, la prisión, la cama; debe estar en sujeción a la ley y ser ejercitada por los egipcios. Pero la conciencia cristiana debe estar muerta para la ley, es decir, libre de la ley, y no debe tener absolutamente nada que ver con ella. Es bueno saber esto, porque ayuda muchísimo a consolar a las pobres conciencias afligidas.

Por eso, cuando veas a un hombre aterrado y abatido por el sentido y sentimiento de su pecado, dile: Hermano, no estás distinguiendo correctamente. Estás poniendo la ley en tu conciencia, cuando debería estar puesta en la carne. Despierta, levántate, y recuerda que debes creer en Cristo, el vencedor de la ley y del pecado. Con esta fe te elevarás por encima y más allá de la ley, hasta aquel cielo de gracia donde no hay ley ni pecado. Y aunque la ley y el pecado todavía permanezcan, no te pertenecen en nada; porque estás muerto para la ley y para el pecado.

Esto es fácil de decir; pero bienaventurado el que sabe aferrarse firmemente a estas cosas en tiempo de angustia; es decir, el que puede decir cuando el pecado lo abruma y la ley lo acusa: ¿Qué tengo yo que ver con esto, oh ley, para que me acuses y digas que he cometido muchos pecados? Ciertamente lo admito. He cometido muchos pecados, sí, y todavía cometo cada día pecados sin número. Esto no me afecta en nada. Ahora estoy sordo y no puedo oír. Por tanto, me hablas en vano, porque estoy muerto para ti. Pero si de todos modos quieres discutir conmigo acerca de mis pecados, vete a mi carne y a mis miembros, mis siervos; enséñales, ejercítalos y crucifícalos; pero no me molestes a mí, es decir, a mi conciencia, la cual es una señora y una reina, y nada tiene que ver contigo; porque estoy muerto para ti, y ahora vivo para Cristo, con quien estoy bajo otra ley, a saber, la ley de la gracia, la cual reina sobre el pecado y la ley. ¿Por qué medio? Por la fe en Cristo, como Pablo declara después.

Pero esto parece una definición extraña y maravillosa: que vivir para la ley es morir para Dios; y morir para la ley es vivir para Dios. Estas dos proposiciones son completamente contrarias a la razón, y por eso ningún sofista astuto ni obrero de la ley puede entenderlas. Pero aprende tú su verdadero sentido. El que vive para la ley, es decir, busca ser justificado por las obras de la ley, es y permanece pecador; por tanto, está muerto y condenado. Porque la ley no puede justificarlo ni salvarlo, sino que lo acusa, lo aterroriza y lo mata. Por consiguiente, vivir para la ley es morir para Dios; y al contrario, morir para la ley es vivir para Dios. Así que, si quieres vivir para Dios, debes morir para la ley; pero si quieres vivir para la ley, morirás para Dios. Ahora, vivir para Dios es ser justificado por gracia o por fe, por causa de Cristo, sin la ley y sin las obras.

Esta es, entonces, la definición propia y verdadera de un cristiano: que es hijo de la gracia y del perdón de los pecados, porque no está bajo ninguna ley, sino por encima de la ley, del pecado, de la muerte y del infierno. Y así como Cristo está libre del sepulcro, y Pedro de la prisión, así el cristiano está libre de la ley. Y tal es la relación entre la conciencia justificada y la ley, como la que hay entre Cristo resucitado del sepulcro y el sepulcro; y como la que hay entre Pedro librado de la prisión y la prisión. Y así como Cristo por su muerte y resurrección está muerto para el sepulcro, de manera que este ya no tiene poder sobre él ni puede retenerlo más tiempo, sino que quitada la piedra, quebrantados los sellos y espantados los guardas, resucita y se va sin impedimento; y como Pedro por su liberación es libertado de la prisión y va adonde quiere; así también la conciencia, por la gracia, es librada de la ley. Así es todo aquel que es nacido del Espíritu. Pero la carne no sabe de dónde viene esto ni a dónde va, porque no puede juzgar sino conforme a la ley. Pero, por el contrario, el espíritu dice: Que la ley me acuse, que el pecado y la muerte me aterroricen cuanto quieran, no por eso desespero; porque tengo la ley contra la ley, el pecado contra el pecado, y la muerte contra la muerte.

Por eso, cuando siento el remordimiento y aguijón de la conciencia por el pecado, miro a aquella serpiente de bronce, Cristo, colgado en la cruz. Allí encuentro otro pecado contra mi pecado, el cual me acusa y me devora. Ahora bien, este otro pecado, a saber, el que está en la carne de Cristo, que quita los pecados del mundo, es todopoderoso; condena y traga mi pecado. Así mi pecado es condenado por el pecado, es decir, por Cristo crucificado, «al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él». De la misma manera, encuentro muerte en mi carne, la cual me aflige y me mata; pero tengo en mí una muerte contraria, que es la muerte de la muerte; porque esta muerte crucifica y devora mi muerte.

Estas cosas no se hacen por la ley ni por las obras, sino por Cristo crucificado, sobre cuyos hombros yacen todos los males y miserias del género humano: la ley, el pecado, la muerte, el diablo y el infierno. Y todas estas cosas mueren en él, porque por su muerte las ha matado. Pero debemos recibir este beneficio de Cristo con una fe segura. Porque, así como no se nos ofrece ni la ley ni ninguna obra de ella, sino solo Cristo, así tampoco se requiere de nosotros nada sino sola la fe, por la cual abrazamos a Cristo y creemos que nuestros pecados y nuestra muerte son condenados y abolidos en el pecado y la muerte de Cristo. Así tenemos siempre argumentos certísimos y seguros, que necesariamente concluyen que la justificación viene solo por la fe. Porque, ¿cómo podrían la ley y las obras servir para la justificación, viendo que Pablo insiste tanto contra la ley y las obras, y dice claramente que debemos estar muertos a la ley, si queremos vivir para Dios? Pero si estamos muertos a la ley, y la ley está muerta para nosotros, entonces ella no tiene nada que ver con nosotros. ¿Cómo, pues, podría servir en algo para nuestra justificación? Por tanto, necesariamente debemos decir que somos justificados solo por gracia, o solo por la fe en Cristo, sin la ley y sin las obras.

Esto no lo entienden los sofistas ciegos; por eso sueñan que la fe no justifica, a menos que haga las obras de la caridad. Por este medio, la fe que cree en Cristo viene a ser inútil e ineficaz, porque se le quita la virtud de justificar, a menos que esté provista de caridad. Pero ahora dejemos aparte la ley y la caridad hasta otro momento, y detengámonos en el punto principal de este asunto presente, que es este: que Jesucristo, el Hijo de Dios, murió en la cruz y llevó en su cuerpo mis pecados, la ley, la muerte, el diablo y el infierno. Estos enemigos y tiranos invencibles me oprimen, me afligen y me inquietan; por eso me preocupo por cómo podré ser librado de sus manos, justificado y salvo. Aquí no encuentro ni ley, ni obra, ni caridad que pueda librarme de su tiranía. No hay nadie sino solo y únicamente el Señor Jesús, que quita la ley, mata y destruye mi muerte en su cuerpo, y así despoja al infierno, juzga y crucifica al diablo, y lo arroja al infierno. En resumen, todos los enemigos que antes me atormentaban y oprimían, Jesucristo los ha reducido a nada; «y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz» (Col 2:15), de tal manera que ahora ya no pueden gobernar ni reinar sobre mí, sino que son obligados a obedecerme.

Por esto podemos ver claramente que aquí no hay nada que nosotros debamos hacer; solo nos corresponde oír que estas cosas han sido obradas y hechas de esta manera, y por fe abrazarlas. Y esta es en verdad la fe verdadera, formada y provista. Ahora bien, cuando así he abrazado a Cristo por la fe, y por medio de él estoy muerto a la ley, justificado del pecado, librado de la muerte, del diablo y del infierno, entonces hago buenas obras, amo a Dios, le doy gracias, ejerzo caridad para con mi prójimo. Pero esta caridad o estas obras que siguen no forman ni adornan mi fe, sino que mi fe forma y adorna la caridad. Esta es nuestra teología, la cual parece extraña y maravillosa, o más bien insensata para la razón carnal; a saber, que no solo soy ciego y sordo a la ley, sí, libre y libertado de la ley, sino también completamente muerto para ella.

Esta sentencia de Pablo, «Porque yo por la ley soy muerto para la ley», está llena de consolación. Si puede entrar en un hombre a su debido tiempo y afirmarse en su corazón con buen entendimiento, puede obrar de tal manera que lo hará capaz de mantenerse firme contra todos los peligros de la muerte y todos los terrores de la conciencia y del pecado, aunque lo asalten, lo acusen y quieran empujarlo a la desesperación cuanto puedan. Es verdad que todo hombre es tentado, si no en su vida, al menos en su muerte. Allí, cuando la ley lo acusa y le muestra sus pecados, su conciencia enseguida dice: Tú has pecado. Si entonces te aferras bien a lo que Pablo enseña aquí, responderás: Concedo que he pecado. Entonces Dios te castigará. No, no lo hará. ¿Pues no lo dice así la ley de Dios? Yo no tengo nada que ver con esa ley. ¿Por qué no? Porque tengo otra ley que deja muda a esta ley, es decir, la libertad. ¿Qué libertad es esa? La libertad de Cristo, porque por Cristo soy enteramente libre de la ley. Por tanto, esa ley que es y sigue siendo ley para los impíos, para mí es libertad, y ata a esa ley que querría condenarme. Y así, esa ley que querría atarme y tenerme cautivo, ahora está ella misma bien atada y cautiva por la gracia y la libertad, que ahora es mi ley; la cual dice a esa ley acusadora: No tendrás a este hombre atado y cautivo, porque es mío; sino que yo te tendré cautiva y te ataré las manos para que no le hagas daño, porque ahora él vive para Cristo y está muerto para ti.

Hacer esto es sacarle los dientes a la ley, arrancarle el aguijón y todas sus armas, y despojarla de toda su fuerza. Y, sin embargo, esa misma ley continúa y permanece todavía para los impíos e incrédulos; y también para nosotros, los débiles, en la medida en que nos falta fe, todavía sigue en vigor: allí tiene su filo y sus dientes. Pero si yo creo en Cristo, aunque el pecado me empuje muchísimo a la desesperación, apoyándome en esta libertad que tengo en Cristo, confieso que he pecado; pero mi pecado, que es un pecado condenado, está en Cristo, que es un pecado que condena. Ahora bien, este pecado que condena es más fuerte que aquel que es condenado; porque es gracia justificadora, justicia, vida y salvación. Así, cuando siento el terror de la muerte, digo: Tú no tienes nada que ver conmigo, oh muerte; porque yo tengo otra muerte que mata a mi muerte; y esa muerte que mata es más fuerte que aquella que es muerta.

Así, un hombre fiel, solo por la fe en Cristo, puede levantarse y recibir una consolación tan segura y sólida, que no necesita temer al diablo, al pecado, a la muerte ni a ningún mal. Y aunque el diablo arremeta contra él con todas sus fuerzas y procure con todos los terrores del mundo oprimirlo, aun en medio de eso concibe buena esperanza, y así dice: Señor Diablo, no temo tus amenazas ni tus terrores, porque hay uno cuyo nombre es Jesucristo, en quien yo creo; él ha abolido la ley, condenado el pecado, vencido la muerte y destruido el infierno; y él es tu atormentador, oh Satanás, porque te ha atado y te tiene cautivo, para que ya no dañes más ni a mí ni a ninguno de los que creen en él. Esta fe el diablo no puede vencer, sino que es vencido por ella. «Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe» (1 Jn 5:4). ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?

Pablo, por tanto, por un vehemente celo e indignación de espíritu, llama ley a la misma gracia, la cual, sin embargo, es una grandísima e inestimable libertad de gracia que tenemos en Cristo Jesús. Además, da este nombre injurioso a la ley, para hacernos entender, para nuestra consolación, que ahora se le ha dado un nombre nuevo: que ya no está viva, sino muerta y condenada. Y aquí, cosa agradable de contemplar, saca la ley y la pone delante de nosotros como a un ladrón y salteador ya condenado y sentenciado a muerte. Porque la describe como si fuera un prisionero con manos y pies bien atados, y con todo su poder quitado, de manera que no puede ejercer su tiranía; es decir, ya no puede acusar ni condenar. Y con esta visión tan agradable la hace odiosa y despreciable para la conciencia; de modo que ahora el que cree en Cristo se atreve con valentía y santo orgullo a triunfar sobre la ley de esta manera: Soy pecador; si puedes hacer algo contra mí, oh ley, ahora haz lo peor que puedas. Tan lejos está entonces de ser la ley terrible para el que cree. Si Cristo resucitó de entre los muertos, ¿por qué habría él de temer ahora la sepultura? Si Pedro fue librado de la cárcel, ¿por qué habría de temerla ahora? Cuando la doncella estaba a punto de morir, entonces sí podía temer la cama; pero ahora que ha sido levantada, ¿por qué habría de temerla? De la misma manera, ¿por qué un cristiano que disfruta y posee a Cristo por la fe habría de temer la ley? Es verdad que siente los terrores de la ley, pero no es vencido por ellos; sino que, apoyándose en la libertad que tiene en Cristo, dice: Te oigo murmurar, oh ley, que quisieras acusarme y condenarme; pero eso no me perturba en absoluto. Tú eres para mí como la tumba fue para Cristo; porque veo que estás bien atada de manos y pies, y esto lo ha hecho mi ley. ¿Qué ley es esa? La libertad, que es llamada ley, no porque me ate, sino porque ata a mi ley. La ley de los diez mandamientos me ataba. Pero contra esa ley yo tengo otra ley, la ley de la gracia; la cual, sin embargo, para mí no es ley, ni me ata, sino que me pone en libertad. Y esta es una ley contra aquella ley acusadora y condenadora; ley que la ata de tal manera, que ya no tiene poder para hacerme daño. Así, contra mi muerte que me ata, yo tengo otra muerte, es decir, la vida, que me vivifica en Cristo; y esta muerte me desata y me libra de las ataduras de mi muerte, y con esas mismas ataduras ata a mi muerte. Así, la muerte que me ataba ahora está bien atada; la que me mataba ahora es muerta por la muerte, es decir, por la vida misma. Así Cristo, con nombres dulcísimos, es llamado mi ley, mi pecado, mi muerte, contra la ley, contra el pecado, contra la muerte; siendo que, en realidad, no es otra cosa que pura libertad, justicia, vida y salvación eterna. Y por esta causa es hecho la ley de la ley, el pecado del pecado, la muerte de la muerte, para redimirme de la maldición de la ley, justificarme y darme vida. Así que, mientras Cristo es ley, también es libertad; mientras es pecado, es justicia; y mientras es muerte, es vida. Porque al permitir que la ley lo acusara, que el pecado lo condenara y que la muerte lo devorara, abolió la ley, condenó el pecado, destruyó la muerte, me justificó y me salvó.

Así Cristo es el veneno de la ley, del pecado y de la muerte, y el remedio para alcanzar libertad, justicia y vida eterna.

Esta manera de hablar que Pablo usa aquí, y que es propia solamente de él, está llena de consolación. De la misma manera, en el capítulo 7 de Romanos, pone la ley del espíritu contra la ley de los miembros. Y porque esta es una manera de hablar extraña y maravillosa, por eso entra más fácilmente en la mente y se fija mejor en la memoria. Además, cuando dice: «Porque yo por la ley soy muerto para la ley», suena más dulce que si dijera: Yo por la libertad soy muerto para la ley. Porque nos pone delante, por así decirlo, una cierta imagen, como si la ley estuviera peleando contra la ley. Como si dijera: Oh ley, si puedes acusarme, aterrorizarme y atarme, yo pondré sobre ti y contra ti otra ley, es decir, otro atormentador, que te acusará, te atará y te oprimirá. Es verdad, tú eres mi atormentador; pero yo tengo otro atormentador, Cristo, que te atormentará a ti. Cuando tú seas así atada, atormentada y abatida, entonces yo quedaré libre. Así pues, la gracia es una ley, no para mí, porque no me ata, sino para mi ley; a la cual esta ley ata de tal manera que ya no puede dañarme más.

Así Pablo procura apartarnos por completo de la contemplación de la ley, del pecado, de la muerte y de todos los demás males, y llevarnos a Cristo, para que allí contemplemos este conflicto gozoso; a saber, la ley peleando contra la ley, para que sea para mí libertad; el pecado contra el pecado, para que sea para mí justicia; la muerte contra la muerte, para que yo obtenga la vida; Cristo peleando contra el diablo, para que yo sea hijo de Dios; y destruyendo el infierno, para que yo disfrute el reino de los cielos.

Para que viva para Dios.

Es decir, para que yo viva delante de Dios. Ven, pues, que no hay vida a menos que estén sin la ley; sí, a menos que estén completamente muertos a la ley, quiero decir, en la conciencia. No obstante, entretanto, como muchas veces he dicho, mientras el cuerpo viva, la carne debe ser ejercitada con leyes y afligida con las exigencias y penas de las leyes, como sucedía con los egipcios. Pero el hombre interior no está sujeto a la ley, sino librado y libertado de ella, es una persona viva, justa y santa; no por sí mismo, sino en Cristo, porque cree en él, como sigue.

Gálatas 2:20

Estoy crucificado con Cristo.

Esto lo añade para declarar que la ley es devoradora de la ley. No solo, dice él, estoy muerto a la ley por la ley, para vivir para Dios, sino que también estoy crucificado con Cristo. Pero Cristo es Señor sobre la ley, porque está crucificado y muerto para la ley; por tanto, yo también soy señor sobre la ley, porque igualmente estoy crucificado y muerto para la ley, puesto que estoy crucificado y muerto con Cristo. ¿Por qué medio? Por la gracia y la fe. Por esta fe, como ahora estoy crucificado y muerto para la ley, la ley pierde todo el poder que tenía sobre mí, así como ha perdido todo el poder que tenía sobre Cristo. Por eso, así como Cristo mismo fue crucificado para la ley, el pecado, la muerte y el diablo, de modo que ya no tienen más poder sobre él, así también yo, por la fe, estando ahora crucificado con Cristo en espíritu, estoy crucificado y muerto para la ley, el pecado, la muerte y el diablo, de modo que ya no tienen más poder sobre mí, sino que ahora están crucificados y muertos para mí.

Pablo no habla aquí de una crucifixión por imitación o ejemplo, aunque seguir el ejemplo de Cristo también es ser crucificado con él, y esa crucifixión pertenece a la carne. De esto habla Pedro en su primera epístola, cap. 2: «pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas». Pero aquí él habla de esa elevada crucifixión por la cual el pecado, el diablo y la muerte son crucificados en Cristo, y no en mí. Aquí Cristo Jesús actúa él solo. Pero yo, creyendo en Cristo, por la fe también soy crucificado con Cristo, de modo que todas estas cosas están crucificadas y muertas para mí.

Así vivo.

No hablo así, dice él, de mi muerte y crucifixión como si ahora no viviera. Sí, vivo, porque soy vivificado por su muerte y crucifixión, por medio de las cuales muero; es decir, puesto que he sido librado de la ley, del pecado y de la muerte, ahora verdaderamente vivo. Por eso, esa crucifixión y esa muerte por las cuales estoy crucificado y muerto para la ley, el pecado, la muerte y todos los males, son para mí resurrección y vida. Porque Cristo crucifica al diablo, mata a la muerte, condena al pecado y ata a la ley; y yo, creyendo esto, soy librado de la ley, del pecado, de la muerte y del diablo. Por tanto, la ley está atada, muerta y crucificada para mí; y yo, a mi vez, estoy atado, muerto y crucificado para ella. Así que precisamente por esta muerte y crucifixión, es decir, por esta gracia o libertad, ahora vivo.

Aquí, como ya he dicho antes, debemos observar la manera de hablar de Pablo. Él dice que nosotros estamos muertos y crucificados para la ley, cuando en realidad la ley misma está muerta y crucificada para nosotros. Pero usa aquí esta manera de hablar a propósito, para que nos sea más dulce y consoladora. Porque la ley, que sin embargo continúa, vive y reina en todo el mundo, y también acusa y condena a todos los hombres, está crucificada y muerta solo para aquellos que creen en Cristo. Por tanto, solo a ellos pertenece esta gloria: que están muertos al pecado, al infierno, a la muerte y al diablo.

Pero ya no vivo yo.

Es decir, no en mi propia persona ni en mi propia sustancia. Aquí muestra claramente por qué medio vive; y enseña qué es la verdadera justicia cristiana, a saber, aquella justicia por la cual Cristo vive en nosotros, y no la que está en nuestra persona. Por tanto, cuando hablamos de la justicia cristiana, debemos rechazar completamente la persona. Y aquí Cristo y mi conciencia deben llegar a ser un solo cuerpo, de modo que nada quede ante mi vista sino Cristo crucificado y resucitado de los muertos. Pero si me contemplo solo a mí mismo, y aparto a Cristo, estoy perdido. Porque enseguida caigo en este pensamiento: Cristo está en el cielo, y tú estás en la tierra; ¿cómo llegarás ahora a él? Sin duda, viviré santamente y haré lo que la ley demanda; así entraré en la vida. Aquí, al volver a mí mismo y considerar lo que soy, lo que debo ser y lo que estoy obligado a hacer, pierdo de vista a Cristo, que es mi justicia y mi vida; y una vez perdido él, ya no queda consejo ni socorro, sino que necesariamente siguen la desesperación y la destrucción.

Y este es un mal común entre los hombres. Tal es nuestra miseria, que cuando viene la tentación o la muerte, enseguida, apartando a Cristo, consideramos nuestra vida pasada y lo que hemos hecho. Aquí, si no somos levantados otra vez por la fe, necesariamente pereceremos. Por eso debemos aprender, en tales combates y terrores de conciencia, olvidándonos de nosotros mismos y dejando aparte la ley, nuestra vida pasada y todas nuestras obras, que nos llevan a considerarnos solo a nosotros mismos, a volver nuestros ojos por completo a la serpiente de bronce, Jesucristo crucificado, y creer con plena seguridad que él es nuestra justicia y vida, sin temer las amenazas y terrores de la ley, del pecado, de la muerte y del juicio de Dios. Porque Cristo, en quien fijamos los ojos, en quien vivimos, y que también vive en nosotros, es Señor y vencedor de la ley, del pecado, de la muerte y de todos los males; en él se nos presenta un consuelo ciertísimo y seguro, y se nos da la victoria.

Así vivo yo, mas ya no yo, sino que Cristo vive en mí.

Cuando dice: «Así vivo», lo dice, por así decirlo, en su propia persona. Por eso se corrige enseguida, diciendo: «Mas ya no yo». Es decir, ahora no vivo en mi propia persona, sino que Cristo vive en mí. En verdad, la persona vive, pero no en sí misma, ni por algo que haya en ella. Pero ¿quién es ese yo, del cual dice: «Mas ya no yo»? Ese yo es el que tiene la ley y está obligado a hacer sus obras; también es una cierta persona separada de Cristo. A esa persona Pablo la rechaza. Porque en cuanto está separada de Cristo, pertenece a la muerte y al infierno. Por eso dice: «Mas ya no yo, sino que Cristo vive en mí». Él es mi forma, mi adorno y mi perfección, embelleciendo y adornando mi fe, como el color, la luz clara o la blancura adornan y embellecen la pared. Así nos vemos obligados a presentar esto de manera burda. Porque no podemos concebir espiritualmente cuán estrechamente está Cristo unido y juntado con nosotros, como lo está el color o la blancura con la pared. Cristo, pues, dice él, así unido y juntado conmigo, y permaneciendo en mí, vive en mí esta vida que ahora vivo; sí, Cristo mismo es esta vida que ahora vivo. Por eso Cristo y yo, en este aspecto, somos una sola cosa. Ahora bien, Cristo viviendo en mí abole la ley, condena el pecado y destruye la muerte; porque no puede ser de otro modo, sino que ante su presencia todas estas cosas necesariamente desaparecen. Porque Cristo es paz eterna, consuelo, justicia y vida; y ante estas cosas deben ceder el terror de la ley, la pesadumbre del ánimo, el pecado, el infierno y la muerte. Así, Cristo viviendo y permaneciendo en mí, quita y traga todos los males que me inquietan y afligen. Esta unión o conjunción, entonces, es la causa de que yo sea librado del terror de la ley y del pecado, sea separado de mí mismo, y trasladado a Cristo y a su reino, que es reino de gracia, justicia, paz, gozo, vida, salvación y gloria eterna. Mientras así permanezco y habito en él, ¿qué mal puede dañarme?

Entretanto, el viejo hombre permanece fuera y está sujeto a la ley; pero en cuanto a la justificación, Cristo y yo debemos estar entera y perfectamente unidos, de modo que él viva en mí y yo en él. Y esta es una manera maravillosa de hablar. Ahora, porque Cristo vive en mí, cualquier gracia, justicia, vida, paz y salvación que haya en mí, es suya; y sin embargo, no obstante, también es mía, por aquella unión y conjunción inseparable que es por la fe, por la cual Cristo y yo somos hechos, por así decirlo, un solo cuerpo en espíritu. Así pues, puesto que Cristo vive en mí, se sigue que, así como necesariamente debo ser con él partícipe de la gracia, la justicia, la vida y la salvación eterna, así también la ley, el pecado y la muerte no pueden tener lugar en mí; sí, la ley está crucificada y tragada por la ley, el pecado por el pecado, y la muerte por la muerte. Así Pablo procura apartarnos de la contemplación de nosotros mismos, de la ley y de las obras, e implantar en nosotros la verdadera fe en Cristo; para que en el asunto de la justificación no pensemos en otra cosa sino en la gracia, separándola por completo de la ley y de las obras, que en esta materia no deben tener ningún lugar.

Pablo tiene su propia manera de hablar, que no es según la manera de los hombres, sino divina y celestial; tampoco la usan los evangelistas ni los demás apóstoles, excepto Juan, que también suele hablar así algunas veces. Y si Pablo no hubiera usado primero esta forma de hablar, y no nos la hubiera expuesto con palabras claras, ni siquiera los mismos santos se habrían atrevido a usarla. Porque parece una manera de hablar muy extraña y monstruosa decir así: yo vivo, no vivo; estoy muerto, no estoy muerto; soy pecador, no soy pecador; tengo la ley, no tengo la ley. Esta forma de hablar es dulce y consoladora para todos los que creen en Cristo. Porque en cuanto se miran a sí mismos, tienen tanto la ley como el pecado; pero en cuanto miran a Cristo, están muertos a la ley y no tienen pecado. Por tanto, si en el asunto de la justificación separas la persona de Cristo de tu persona, entonces estás bajo la ley; vives en la ley y no en Cristo, y así eres condenado por la ley y muerto delante de Dios. Porque tienes aquella fe que, como sueñan los sofistas, está adornada con caridad. Hablo así por vía de ejemplo. Porque jamás se halló uno solo que fuera salvo por esa fe. Y por tanto, todo cuanto los sofistas papistas han escrito acerca de esta fe no es otra cosa que vanidades y puros engaños de Satanás. Pero concedamos que existan tales personas que tienen esta fe; con todo, no por eso son justificadas. Porque no tienen más que una fe histórica acerca de Cristo, la cual también tienen el diablo y todos los impíos.

Por tanto, la fe debe enseñarse en toda su pureza; a saber, que estás tan entera y estrechamente unido a Cristo, que él y tú sois hechos, por así decirlo, una sola persona; de manera que puedas decir con confianza: yo ahora soy uno con Cristo; es decir, la justicia, la victoria y la vida de Cristo son mías. Y otra vez, Cristo puede decir: yo soy ese pecador; es decir, sus pecados y su muerte son míos, porque él está unido y juntado conmigo, y yo con él. Porque por la fe estamos tan unidos, «porque somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos»; somos miembros del cuerpo de Cristo, carne de su carne y hueso de sus huesos; de modo que esta fe une a Cristo y a mí más estrechamente que el marido está unido a su mujer. Esta fe, por tanto, no es una cualidad ociosa, sino que su excelencia es tal que destruye por completo estos necios sueños de los sofistas acerca de su fe formada y su falsa caridad, sus méritos, obras y dignidad. Estas cosas quisiera exponerlas más plenamente, si de alguna manera pudiera.

Hasta aquí hemos declarado que este es el primer argumento de Pablo: o Cristo tiene que ser ministro de pecado, o la ley no justifica. Cuando hubo terminado este argumento, se puso a sí mismo como ejemplo, diciendo que estaba muerto a aquella antigua ley por una cierta ley nueva. Ahora responde a dos objeciones que podrían habérsele hecho. Su primera respuesta es contra las cavilosidades de los soberbios y contra el tropiezo de los débiles. Porque cuando se predica gratuitamente la remisión de los pecados, entonces los maliciosos inmediatamente calumnian esta predicación, como en Ro 3: «Hagamos males, para que vengan bienes». Porque estos hombres, tan pronto como oyen que no somos justificados por la ley, al instante concluyen maliciosamente y dicen: entonces rechacemos la ley. Otra vez, si la gracia abunda donde abunda el pecado, dicen ellos, entonces abundemos en pecado, para que lleguemos a ser justos y para que la gracia abunde más. Estos son los espíritus maliciosos y soberbios que con odio y deliberadamente calumnian las Escrituras y las palabras del Espíritu Santo, así como calumniaban a Pablo mientras vivían los apóstoles, para su propia confusión y condenación, como se dice en 2 P 3.

Además, los débiles, que no son maliciosos, se ofenden cuando oyen que la ley y las buenas obras no deben hacerse como necesarias para la justificación. A estos hay que ayudarlos e instruirlos acerca de cómo las buenas obras no justifican; cómo deben hacerse, y cómo no deben hacerse. Deben hacerse, no como causa, sino como frutos de la justicia. Y cuando somos hechos justos, debemos hacerlas; pero no al contrario, para que, siendo injustos, seamos hechos justos. El árbol produce la manzana, y no la manzana al árbol.

Él dijo antes: «Estoy muerto», etc. Aquí los presuntuosos y maliciosos podrían hallar pronto ocasión para objetar de esta manera: ¿Qué dices, Pablo? ¿Estás muerto? ¿Cómo, entonces, hablas? ¿Cómo escribes? También los débiles podrían ofenderse pronto y decirle: ¿Qué eres, Pablo? ¿No vemos que estás vivo y haces cosas que pertenecen a esta vida? A esto él responde: «Y vivo, no ya yo, mas vive Cristo en mí». Hay, pues, una doble vida. La primera es mía, que es natural. La segunda es la vida de otro, es decir, la vida de Cristo en mí. En cuanto a mi vida natural, estoy muerto; y ahora vivo otra vida. Ya no vivo yo como Pablo, sino que Pablo está muerto. ¿Quién es, entonces, el que vive? El cristiano. Por tanto, Pablo, en cuanto vive en sí mismo, está completamente muerto por la ley; pero en cuanto vive en Cristo, o más bien, en cuanto Cristo vive en él, vive por otra vida. Porque Cristo habla en él, vive en él y ejerce en él todas las operaciones de la vida. Esto no procede ahora de la vida de Pablo, sino de la vida del cristiano y de la persona regenerada. Por tanto, tú, espíritu malicioso, cuando digo que estoy muerto, no calumnies más mis palabras. Y tú, que eres débil, no te ofendas, sino distingue y divide rectamente este asunto. Porque, como dije, hay dos vidas: a saber, mi vida natural, y la vida de otro. Por mi propia vida no vivo; porque si así fuera, la ley tendría dominio sobre mí y me tendría cautivo. Por tanto, para que no me tenga en cautividad y servidumbre, estoy muerto a ella por otra ley; y esta muerte me alcanza la vida de otro, esto es, la vida de Cristo. Esta vida no es mía por naturaleza, sino que me es dada por Cristo mediante la fe.

En segundo lugar, también podría haberse hecho esta objeción contra Pablo: ¿Qué dices, Pablo? ¿No vives por tu propia vida, o en tu propia carne, sino en Cristo? Vemos tu carne, pero no vemos a Cristo. ¿Querrías entonces engañarnos con tus encantamientos, para que no te veamos presente en la carne, viviendo como antes y haciendo todas las cosas de esta vida corporal como los demás? Él responde:

Y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios.

Como si dijera: Es verdad que vivo en la carne; pero esta vida, sea lo que sea, la considero como si no fuera vida. Porque en realidad no es una vida verdadera, sino una sombra de vida, bajo la cual vive otro, es decir, Cristo, quien en verdad es mi vida verdadera. Esta vida tú no la ves; solamente la oyes, y yo la siento. «El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va» (Jn 3:8). Así también tú me ves hablar, comer, trabajar, dormir y hacer otras cosas, y sin embargo no ves mi vida. Porque esta vida que ahora vivo, en verdad la vivo en la carne; pero no por la carne, ni conforme a la carne, sino por la fe y conforme a la fe.

Pablo, entonces, no niega que vive en la carne, porque hace todas las cosas que pertenecen a un hombre natural. También usa cosas carnales, como comida, bebida, vestido y semejantes, lo cual es vivir en la carne. Pero él dice que esa no es su vida; y aunque usa estas cosas, no vive por ellas, como el mundo vive por la carne y conforme a la carne. Así, el mundo ni conoce ni espera otra vida fuera de esta sola.

Por tanto, dice él, «esta vida que ahora vivo en la carne», sea lo que sea, «la vivo en la fe del Hijo de Dios». Porque esta palabra que ahora hablo corporalmente no es palabra de la carne, sino del Espíritu Santo y de Cristo. Esta vista que entra o sale por mis ojos no procede de la carne, es decir, no es gobernada por la carne, sino por el Espíritu Santo. Asimismo, mi oído no procede de la carne, aunque esté en la carne, sino del Espíritu Santo. El cristiano no habla sino cosas castas, sobrias y santas, que pertenecen a Cristo, a la gloria de Dios y al provecho de su prójimo. Estas cosas no vienen de la carne, ni se hacen conforme a la carne, y sin embargo están en la carne. Porque yo no puedo enseñar, escribir, orar ni dar gracias sino con estos instrumentos de la carne, que son necesarios para realizar estas obras; y, no obstante, estas obras no proceden de la carne, sino que son dadas por Dios desde arriba. De la misma manera, miro a una mujer, pero con ojo casto, sin codiciarla. Esta mirada no viene de la carne, aunque está en la carne, porque los ojos son los instrumentos carnales de esta visión; pero la castidad de esta mirada viene del cielo.

Así usa el cristiano el mundo y todas las criaturas, de modo que no hay diferencia entre él y el incrédulo. Porque en su vestido, en su comida, en su oír, ver, hablar, gestos, semblante y otras cosas semejantes, son parecidos; en apariencia externa parecen ser completamente iguales, como Pablo dice de Cristo: «estando en la condición de hombre»; «hallándose en la condición de hombre» (Fil 2:8). Sin embargo, hay una gran diferencia. Porque yo vivo en la carne, lo admito, pero no vivo de mí mismo; sino que lo que ahora vivo, lo vivo en la fe del Hijo de Dios. Esto que ahora hablo brota de otra fuente que aquello que me oíste antes. Pablo, antes de su conversión, hablaba con la misma voz y lengua con las que habló después; pero su voz y su lengua eran entonces blasfemas, y por eso no podía hablar sino blasfemias y abominaciones contra Cristo y su iglesia. Después que fue convertido, tenía la misma carne, la misma voz y lengua que tenía antes, y nada había cambiado; pero entonces su voz y su lengua ya no pronunciaban blasfemias, sino palabras espirituales y celestiales; esto es, acciones de gracias y alabanza a Dios, que procedían de la fe y del Espíritu Santo. Así pues, vivo en la carne, pero no de la carne ni conforme a la carne, sino en la fe del Hijo de Dios.

Por esto podemos ver claramente de dónde viene esta vida espiritual, la cual el hombre natural de ninguna manera puede percibir, porque no sabe qué clase de vida es esta. Oye el viento, pero no sabe de dónde viene ni a dónde va. Oye la voz del hombre espiritual, conoce su rostro, sus modales y sus gestos; pero no ve de dónde vienen esas palabras, que ya no son impías y blasfemas como antes, sino santas y piadosas, ni de dónde vienen esos movimientos y acciones. Porque esta vida está en el corazón por la fe, donde la carne es muerta y Cristo reina con su Espíritu Santo, el cual ahora ve, oye, habla, obra, padece y hace todas las demás cosas en él, aunque la carne resista. En conclusión: esta no es la vida de la carne, aunque está en la carne, sino la de Cristo, el Hijo de Dios, a quien el cristiano posee por la fe.

El cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.

Aquí tienen ustedes delante de sus ojos la verdadera manera de la justificación y un ejemplo perfecto de la certeza de la fe. El que puede decir con una fe firme y constante estas palabras con Pablo: «Vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí», en verdad es bienaventurado. Y con estas palabras Pablo quita toda la justicia de la ley y de las obras, como después declararemos. Debemos, pues, pesar y considerar diligentemente estas palabras: «El Hijo de Dios me amó y se entregó a sí mismo por mí». No fui yo quien primero amó al Hijo de Dios y me entregué por él, como sueñan los sofistas, que aman al Hijo de Dios y se entregan por él. Porque ellos enseñan que el hombre, ex puris naturalibus, es decir, por sus propias fuerzas naturales puras, puede hacer obras meritorias antes de la gracia, y amar a Dios y a Cristo sobre todas las cosas. Estos hombres se adelantan al amor de Dios y de Cristo; porque hacen lo que está en ellos, dicen. Es decir, no solo cumplen los mandamientos, sino que también observan los consejos, hacen obras de supererogación y venden sus méritos sobrantes a los laicos. Y así, según sueñan, se entregan por Cristo, y con ello se salvan a sí mismos y a otros, torciendo por completo las palabras de Pablo, «el cual me amó», etc., y diciendo: Nosotros hemos amado a Cristo y nos hemos entregado por él.

Así, mientras los impíos, hinchados con la sabiduría de la carne, imaginan que hacen lo que está en ellos, que aman a Dios, que se entregan por Cristo, ¿qué hacen sino abolir el evangelio, burlarse de Cristo, negarlo y blasfemarlo, sí, escupir sobre él y pisotearlo? Confiesan de palabra que él es justificador y salvador; pero en realidad le quitan el poder de justificar y de salvar, y se lo dan a sus propias obras voluntarias, a sus ceremonias y devociones. Esto es vivir en su propia justicia y en sus obras, y no en la fe del Hijo de Dios.

Por eso, este no es el verdadero camino para alcanzar la justificación: hacer lo que está en ti, como enseñan los sofistas papistas y los doctores escolásticos, quienes afirman que, si un hombre hace lo que está en él, Dios sin duda le dará su gracia. Pero este dicho no debe apretarse demasiado, dicen ellos; porque si hacemos obras que puedan ser aprobadas por el juicio de cualquier hombre bueno, eso basta; porque entonces la gracia ciertamente seguirá, ya que Dios, por ser bueno y justo, necesariamente debe dar gracia como recompensa por tales buenas obras. Y de aquí viene este verso:

Ultra posse viri non vult Deus ulla requiri.

Es decir:

Dios no quiere exigir del hombre más De lo que por sí mismo puede hacer.

En verdad, este es un buen dicho si se usa rectamente y en lugar conveniente; esto es, en el gobierno de las repúblicas o de las familias. Como si yo, estando en el reino de la razón, ejerzo el oficio de magistrado o gobierno una familia, haciendo lo que está en mí, quedo excusado. Este reino tiene sus términos y límites, a los cuales también pertenecen estos dichos: hacer lo que está en nosotros; hacer cuanto podemos. Pero los papistas aplican estos dichos al reino espiritual, en el cual el hombre no puede hacer otra cosa que pecar; porque está «vendido al pecado» (Ro 7:14). Pero en las cosas externas, quiero decir las que pertenecen al gobierno civil y doméstico, no es siervo, sino señor y gobernante. Por eso han obrado perversamente al aplicar estas sentencias a la iglesia, siendo que propiamente pertenecen al gobierno de las repúblicas y de las familias. Porque el reino de la razón humana y el reino espiritual deben mantenerse muy separados.

Además, dicen que la naturaleza está corrompida, pero que, sin embargo, las cualidades de la naturaleza están sanas e incorruptas; y esto también lo atribuyen aun a los demonios. Sobre esta base razonan de esta manera: si las cualidades naturales del hombre están sanas e incorruptas, entonces su entendimiento y su voluntad están sanos e incorruptos, y así, por consiguiente, todas las demás cualidades de la naturaleza son puras y perfectas en él. Es necesario que conozcan estas cosas, para que mantengan la pureza de la doctrina de la fe. Cuando dicen, pues, que las cualidades naturales del hombre están sanas e incorruptas, y de ahí infieren que el hombre es capaz por sí mismo de cumplir la ley y de amar a Dios con todo su corazón, aplicando estas cualidades al reino espiritual, yo niego la consecuencia. Y aquí hago una distinción entre las cualidades naturales y las espirituales, que ellos confunden y mezclan; y digo que las cualidades espirituales no están sanas, sino corrompidas; sí, completamente apagadas por el pecado tanto en el hombre como en el diablo, de modo que en ellos no hay otra cosa sino entendimiento corrompido y una voluntad que lucha continuamente contra la voluntad de Dios, y que no puede pensar sino lo que es enteramente contra Dios.

Sin embargo, concedo que las cualidades naturales son incorruptas. Pero, ¿qué cualidades son estas? Que un hombre hundido en pecado e iniquidad, y esclavo de Satanás, tiene, no obstante, voluntad, razón y capacidad para ejercer el oficio de magistrado, gobernar una familia, dirigir un barco, edificar una casa, y hacer otras cosas semejantes que están sujetas al hombre; porque estas cosas no le han sido quitadas. No negamos, pues, que estas afirmaciones sean verdaderas en el reino corporal; pero si ustedes las tuercen para aplicarlas al reino espiritual, las niego por completo. Porque allí, como dije, estamos enteramente abrumados y ahogados en pecado. Todo lo que hay en nuestra voluntad es malo; todo lo que hay en nuestro entendimiento es error.

Por lo tanto, en las cosas espirituales el hombre no tiene nada sino dudas, errores, ignorancia, malicia y perversidad, tanto de voluntad como de entendimiento. ¿Cómo, pues, hará el bien, cumplirá la ley, y amará a Dios?

Por eso Pablo muestra aquí que Cristo comenzó primero, y no nosotros. «Él, aun él —dice Pablo— me amó, y se entregó a sí mismo por mí». Como si dijera: Él no halló en mí buena voluntad ni recto entendimiento; sino que esta buena obra la hizo por pura misericordia hacia mí. Vio que yo no era otra cosa sino malvado, descarriado, despreciando a Dios y huyendo cada vez más de él; sí, rebelándome contra Dios, apresado, guiado y llevado cautivo por el diablo. Así, por su pura misericordia, adelantándose a mi razón, a mi voluntad y a mi entendimiento, me amó; y me amó de tal manera que se entregó a sí mismo por mí, para que yo fuese librado de la ley, del pecado, del diablo y de la muerte.

Además, estas palabras, «El Hijo de Dios me amó, y se entregó a sí mismo por mí», son poderosos truenos y relámpagos del cielo contra la justicia de la ley y todas sus obras. Tan grande y tan horrible maldad, error, tinieblas e ignorancia había en mi voluntad y en mi entendimiento, que era imposible que yo fuese rescatado por otro medio que no fuera un precio tan inestimable. ¿Por qué, entonces, nos jactamos de la integridad y pureza de la naturaleza, de la regla de la razón, del libre albedrío y de hacer lo que está en nosotros? ¿Por qué ofrezco, para aplacar la ira de Dios, quien, como dice Moisés, «es fuego consumidor», este mi rastrojo y paja podridos, sí, pecados horribles, y le reclamo que me recompense con gracia y vida eterna por ellos, siendo que aquí aprendo que tal maldad está escondida en mi naturaleza, que el mundo entero y todas las criaturas que hay en él no pudieron compensar la indignación de Dios, sino que el mismo Hijo de Dios tuvo que ser entregado por ella?

Pero consideremos bien este precio, y contemplemos a este cautivo entregado, como dice Pablo, por mí; me refiero al Hijo de Dios; y veremos que, sin comparación alguna, sobrepasa y excede a todas las criaturas. ¿Qué harás cuando oigas al Apóstol decir que tan inestimable precio fue dado por ti? ¿Presentarás tu capucha, tu corona rapada, tu castidad, tu obediencia, tu pobreza, tus obras, tus méritos? ¿Qué harán todas estas cosas? Sí, ¿de qué servirá la ley de Moisés? ¿Qué provecho te traerán las obras de todos los hombres, y todos los padecimientos de los mártires? ¿Qué es la obediencia de todos los santos ángeles en comparación con el Hijo de Dios entregado, y eso de la manera más vergonzosa, hasta la muerte de cruz, de modo que no hubo una sola gota de su preciosísima sangre que no fuese derramada, y eso por tus pecados? Si pudieras considerar rectamente este precio incomparable, tendrías por malditas todas estas ceremonias, votos, obras y méritos, antes y después de la gracia, y los arrojarías todos al infierno. Porque es una horrible blasfemia imaginar que hay alguna obra por la cual debas atreverte a aplacar a Dios, ya que ves que no hay nada capaz de aplacarlo sino este precio inestimable, es decir, la muerte y la sangre del Hijo de Dios, una sola gota de la cual es más preciosa que todo el mundo.

Por mí.

¿Quién es este yo? Yo mismo, miserable y condenable pecador, tan amado por el Hijo de Dios, que se entregó a sí mismo por mí. Si yo entonces, por obras o méritos, pudiera haber amado al Hijo de Dios y así haber venido a él, ¿qué necesidad había de que se entregase por mí? De aquí se ve cuán fríamente trataron los papistas, sí, cómo descuidaron por completo las Sagradas Escrituras y la doctrina de la fe. Porque si hubieran considerado solamente estas palabras, que era necesario que el Hijo de Dios fuese entregado por mí, habría sido imposible que tantas sectas monstruosas hubieran surgido entre ellos. Porque la fe habría respondido enseguida: ¿Por qué escoges este género de vida, esta religión, esta obra? ¿Haces esto para agradar a Dios, o para ser justificado por ello? ¿No oyes, miserable, que el Hijo de Dios derramó su sangre por ti? Esta verdadera fe en Cristo habría resistido fácilmente toda clase de sectas.

Por eso digo, como lo he dicho muchas veces, que no hay remedio contra las sectas, ni poder para resistirlas, sino solamente este artículo de la justicia cristiana. Si perdemos este artículo, nos es imposible resistir errores o sectas, como podemos verlo hoy en los espíritus fantásticos de los anabaptistas y otros semejantes; los cuales, habiendo caído de este artículo de la justificación, nunca dejarán de caer, errar y seducir a otros, hasta que lleguen a la plenitud de toda iniquidad. No hay duda de que levantarán innumerables sectas y seguirán inventando nuevas obras. Pero ¿qué son todas estas cosas, aunque tengan la apariencia más hermosa de santidad, si ustedes las comparan con la muerte y la sangre del Hijo de Dios, «el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí»? Consideren bien, les ruego, quién es este Hijo de Dios, cuán glorioso es, cuán poderoso es. ¿Qué son el cielo y la tierra en comparación con él? Antes sean arrojados al infierno todos los papistas y todos los autores de sectas, sí, por todo el mundo, con toda su justicia, obras y méritos, que sea manchada la verdad del evangelio y perezca la gloria de Cristo. ¿Qué quieren decir, entonces, al gloriarse tanto de obras y méritos? Si yo, siendo un miserable y condenado pecador, pudiera ser redimido por otro precio, ¿qué necesidad había de que el Hijo de Dios fuese entregado por mí? Pero como no había otro precio ni en el cielo ni en la tierra, sino Cristo, el Hijo de Dios, por eso era absolutamente necesario que él fuese entregado por mí. Además, esto lo hizo por amor inestimable; porque Pablo dice: «el cual me amó».

Por tanto, estas palabras, «el cual me amó», están llenas de fe. Y el que pueda pronunciar esta palabra «me», y aplicársela a sí mismo con fe verdadera y constante, como Pablo lo hizo, será un buen disputador con Pablo contra la ley. Porque no entregó ovejas, bueyes, oro ni plata, sino a Dios mismo, entera y totalmente, «por mí», precisamente por «mí», digo, miserable y desdichado pecador. Ahora, pues, ya que el Hijo de Dios fue así entregado a muerte por mí, recibo consuelo y me aplico esto a mí mismo. Y esta manera de aplicar es la verdadera fuerza y poder de la fe.

Estas palabras, que son de hecho la pura predicación de la gracia y de la justicia cristiana, Pablo las opone a la justicia de la ley. Como si dijera: sea así, que la ley es una doctrina celestial y que también tiene su gloria; pero, sin embargo, no me amó ni se entregó a sí misma por mí; antes bien, me acusa, me aterra y me empuja a la desesperación. Pero ahora tengo otro que me ha librado de los terrores de la ley, del pecado y de la muerte, y me ha llevado a la libertad, a la justicia de Dios y a la vida eterna; el cual es llamado el Hijo de Dios; a quien sea la alabanza y la gloria por siempre.

La fe, por tanto, como he dicho, abraza y envuelve en sí a Cristo Jesús, el Hijo de Dios, entregado a muerte por nosotros, como Pablo enseña aquí; y, siendo él aprehendido por la fe, nos da justicia y vida. Y aquí describe de la manera más viva el sacerdocio y los oficios de Cristo, que son: aplacar a Dios, interceder por los pecadores, ofrecerse a sí mismo en sacrificio por sus pecados, redimirlos, instruirlos y consolarlos. Aprendamos, pues, a dar una verdadera definición de Cristo, no como hacen los teólogos escolásticos y los que buscan la justicia por sus propias obras, los cuales lo hacen un nuevo legislador que, aboliendo la ley antigua, ha establecido una nueva. Para ellos Cristo no es otra cosa que un cobrador y un tirano. Pero definámoslo como Pablo lo hace aquí; a saber, que él es el Hijo de Dios, quien no por nuestro merecimiento ni por alguna justicia nuestra, sino por su propia misericordia gratuita, se ofreció a sí mismo en sacrificio por nosotros pecadores, para que pudiera santificarnos para siempre.

Cristo, entonces, no es Moisés, no es un cobrador, no es dador de leyes, sino dador de gracia, Salvador, y uno que está lleno de misericordia; en resumen, no es otra cosa sino misericordia y bondad infinitas, dadas gratuitamente y derramándose liberalmente sobre nosotros. Y así pintarán a Cristo en su verdadero color. Si permiten que se les pinte de otra manera, cuando venga la tentación y la angustia pronto serán derribados. Ahora bien, así como es el mayor conocimiento y habilidad que los cristianos pueden tener el definir así a Cristo, así también es lo más difícil de todas las cosas. Porque yo mismo, aun en esta gran luz del evangelio, donde he sido ejercitado por tanto tiempo, con mucha dificultad mantengo esta definición de Cristo que Pablo da aquí; tan profundamente ha entrado en mis huesos la doctrina y opinión pestilente de que Cristo es un legislador. Ustedes, jóvenes, son en esto mucho más dichosos que nosotros los viejos. Porque ustedes no están infectados con estos errores perniciosos, en los cuales yo he estado tan mezclado y tan sumergido aun desde mi juventud, que al solo oír el nombre de Cristo mi corazón temblaba y se estremecía de miedo; porque estaba persuadido de que él era un juez severo. Por eso me cuesta doble trabajo y molestia corregir y reformar este mal: primero, olvidar, condenar y resistir este viejo error arraigado, de que Cristo es legislador y juez, porque siempre vuelve y me tira hacia atrás; luego, plantar en mi corazón una persuasión nueva y verdadera acerca de Cristo, que él es justificador y Salvador. Ustedes, digo, que son jóvenes, pueden aprender con mucha menos dificultad, si quieren, a conocer a Cristo pura y sinceramente. Por tanto, si alguno se siente oprimido por pesadumbre y angustia de corazón, no debe imputarlo a Cristo, aunque venga bajo el nombre de Cristo, sino al diablo, que muchas veces viene bajo el color de Cristo, y se transforma en ángel de luz.

Aprendamos, pues, a hacer diferencia entre Cristo y un dador de la ley, no solo en palabra, sino también en obra y en práctica; para que, cuando el diablo venga bajo la sombra de Cristo y procure turbarnos en su nombre, podamos reconocer que no es Cristo, sino un verdadero demonio. Porque Cristo, cuando viene, no es otra cosa sino gozo y dulzura para el corazón tembloroso y quebrantado, como aquí lo testifica Pablo, quien lo presenta con este título tan dulce y consolador cuando dice: «el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí». Cristo, pues, en verdad es amante de los que están en tribulación y angustia, en pecado y muerte; y tan amante, que se dio a sí mismo por nosotros. Él es también nuestro sumo sacerdote; es decir, un mediador entre Dios y nosotros, miserables y desdichados pecadores. ¿Qué podría decirse, les ruego, más dulce y consolador para la pobre conciencia afligida? Ahora bien, si estas cosas son verdaderas —como en efecto son muy verdaderas, o de otro modo el evangelio no sería más que una fábula—, entonces no somos justificados por la justicia de la ley, y mucho menos por nuestra propia justicia.

Lee, por tanto, con gran vehemencia estas palabras: «me» y «por mí». Ejercítalas así dentro de ti mismo, para que con una fe segura puedas concebir e imprimir este «me» en tu corazón, y aplicártelo a ti mismo, sin dudar que tú eres del número de aquellos a quienes pertenece este «me». Asimismo, que Cristo no solo amó a Pedro y a Pablo, y se entregó por ellos, sino que esa misma gracia comprendida en este «me» también nos pertenece y viene a nosotros tanto como a ellos. Porque, así como no podemos negar que todos somos pecadores, y somos obligados a decir que por el pecado de Adán todos estamos perdidos, fuimos hechos enemigos de Dios, sujetos a la ira y al juicio de Dios, y culpables de muerte eterna —pues esto lo sienten y lo confiesan todos los corazones aterrados, y aun más de lo que deberían—, así tampoco podemos negar que Cristo murió por nuestros pecados para hacernos justos. Porque no murió para justificar a los justos, sino a los injustos, y para hacerlos hijos de Dios y herederos de todos los dones espirituales y celestiales. Por tanto, cuando siento y confieso que soy pecador por la transgresión de Adán, ¿por qué no he de decir que soy hecho justo por la justicia de Cristo, especialmente cuando oigo que él me amó y se entregó a sí mismo por mí? Esto lo creyó Pablo con toda firmeza, y por eso habla estas palabras con tan gran vehemencia y plena seguridad. Lo cual conceda él también a nosotros, al menos en alguna medida, él que nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros.

Gálatas 2:21

No abrogo ni rechazo la gracia de Dios.

Ahora él prepara el camino para el segundo argumento de esta Epístola. Y aquí ustedes deben considerar diligentemente que buscar ser justificado por las obras de la ley es rechazar la gracia de Dios. Pero, les ruego, ¿qué pecado puede ser más execrable u horrible que rechazar la gracia de Dios y rehusar aquella justicia que viene por Cristo? Basta, y sobra ya demasiado, con que seamos pecadores malvados y transgresores de todos los mandamientos de Dios; y además cometemos el más execrable de todos los pecados: que con gran desprecio rechazamos la gracia de Dios y la remisión de pecados que se nos ofrece por Cristo. Esta blasfemia es más horrible de lo que se puede expresar. No hay pecado que Pablo y los demás apóstoles hayan detestado tanto como el desprecio de la gracia y la negación de Cristo; y, sin embargo, no hay pecado más común. De aquí viene que Pablo, más que los demás, arremeta tan severamente contra el Anticristo, porque desprecia la gracia de Dios y rechaza el beneficio de Cristo, nuestro sumo sacerdote, que se ofreció a sí mismo en sacrificio por nuestros pecados. Ahora bien, negar así a Cristo, ¿qué otra cosa es sino escupirle en el rostro, pisotearlo, ponerse en su lugar y decir: Yo te justificaré y yo te salvaré? ¿Por qué medios? Por misas, peregrinaciones, indulgencias, méritos y cosas semejantes. Vemos, pues, cuán soberbiamente el Anticristo se ha exaltado contra Dios y por encima de Dios, y se ha puesto en el lugar de Cristo, rechazando la gracia de Dios y negando la fe. Porque esta es su doctrina: la fe no vale nada, dice él, a menos que esté unida a las obras. Y con esta doctrina falsa y detestable ha borrado, oscurecido y sepultado por completo el beneficio de Cristo. Y en lugar de la gracia de Cristo y de su reino, ha establecido la doctrina de las obras y el reino de las ceremonias, y lo ha confirmado con meras trivialidades y sueños insensatos. Y así ha arrancado al mundo entero de las manos de Cristo, quien solo debe reinar en la conciencia, y lo ha arrojado de cabeza al infierno. Por esto podemos entender fácilmente qué es rechazar y rehusar la gracia de Dios: es buscar la justicia por la ley. Ahora bien, ¿quién ha oído jamás que un hombre, por guardar la ley, rechace la gracia? Entonces, ¿pecamos al guardar la ley? No, ciertamente. Pero despreciamos la gracia cuando observamos la ley con el fin de ser justificados por ella. La ley es buena, santa y provechosa, y sin embargo no justifica. Así que el que guarda la ley para ser justificado por ella, rechaza la gracia, niega a Cristo, desprecia su sacrificio, y no quiere ser salvo por este precio inestimable, sino que quiere satisfacer por sus pecados mediante la justicia de la ley, o merecer la gracia por su propia justicia. Y ese hombre blasfema y desprecia la gracia de Dios. Ahora bien, ¡qué cosa tan horrible es decir que alguien llegue a ser tan diabólico que desprecie la gracia y la misericordia de Dios! Y sin embargo, todo el mundo lo hace; aunque no puede soportar que nadie juzgue así de él, sino que quiere parecer que rinde a Dios gran servicio y honra. Ahora sigue el segundo argumento.

Porque si la justicia fuera por la ley, entonces por demás murió Cristo.

Estas palabras de Pablo deben pesarse y considerarse cuidadosamente de esta manera: ¿es verdad que Cristo sufrió la muerte, o no? Además: ¿sufrió en vano, o no? Aquí nos vemos obligados a responder, a menos que estemos completamente locos, que sufrió realmente, y que no sufrió en vano, ni por sí mismo, sino por nosotros. Si, pues, no sufrió en vano, se sigue necesariamente que la justicia no viene por la ley.

Aquí otra vez les advierto que Pablo no habla solamente de la ley ceremonial, como sueñan continuamente los papistas. Tomen, pues, ahora la ley ceremonial, y aun la misma ley moral, o la ley de los diez mandamientos, en la cual está contenida la religión más perfecta y el más alto servicio de Dios; es decir, la fe, el temor de Dios, el amor de Dios y el amor al prójimo. Y muéstrenme a algún hombre que haya sido justificado por ella; sin embargo, sigue siendo verdad que Cristo murió en vano. Porque el que es justificado por esta ley, tiene en sí mismo poder para obtener justicia. Porque, al hacer lo que está en él, merece la gracia, y el Espíritu Santo es derramado en él; por lo cual ya es capaz de amar a Dios y a su prójimo. Concedido esto, necesariamente se sigue que Cristo murió en vano. Porque, ¿qué necesidad tiene de Cristo aquel que ama a Dios y se entrega por él, de tal modo que por el mérito de congruencia antes de la gracia puede obtener gracia, y luego hacer tales obras que, por el mérito de dignidad después de la gracia, puede merecer la vida eterna? Entonces quiten a Cristo con todos sus beneficios, porque es completamente inútil. Pero, ¿por qué nació? ¿Por qué fue crucificado? ¿Por qué sufrió? ¿Por qué fue hecho mi sumo sacerdote, amándome y dándose a sí mismo como sacrificio inestimable por mí? En vano, sin duda, y sin propósito alguno, si la justicia viene por otro medio distinto del que enseñan los papistas; porque sin gracia y sin Cristo, no hallo justicia ni en mí mismo ni en la ley.

¿Se ha de tolerar o disimular esta horrible blasfemia: que la divina Majestad, no perdonando a su propio y amado Hijo, sino entregándolo a la muerte por todos nosotros, no haya hecho todas estas cosas seria y verdaderamente, sino como por juego? Antes de admitir esta blasfemia, querría no solo que la santidad de todos los papistas y traficantes de méritos, sino también la de todos los santos y santos ángeles, fuese arrojada al fondo del infierno y condenada con el diablo. Mis ojos no contemplarán otra cosa sino este precio inestimable: mi Señor y Salvador Cristo. Él debe ser para mí un tesoro tal, que todas las demás cosas sean estiércol en comparación con él. Él debe ser para mí una luz tal, que, una vez que lo he abrazado por la fe, yo no sepa si hay ley, pecado, justicia o injusticia en el mundo. Porque, ¿qué son todas las cosas que hay en el cielo y en la tierra comparadas con el Hijo de Dios, Cristo Jesús mi Señor y Salvador, «el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí»?

Por tanto, rechazar la gracia de Dios es un pecado horrible, y reina comúnmente en todo el mundo; de lo cual son culpables todos los que buscan la justicia por sus propias obras. Porque mientras procuran ser justificados por sus propias obras y méritos, o por la ley, rechazan la gracia de Dios y a Cristo, como he dicho. Y de todas estas abominaciones, el Papa ha sido el único autor. Porque no solo ha desfigurado y pisoteado el evangelio de Cristo, sino que también ha llenado el mundo con sus malditas tradiciones. Y de esto, entre otras enormidades, sus bulas e indulgencias son testimonio suficiente; por las cuales absuelve, no a los que creen, sino a los que están contritos, se confiesan con un sacerdote y extienden su mano de ayuda para sostener su pompa y sus tradiciones. Y sin embargo, en esta gran luz del evangelio, los papistas ciegos y obstinados continúan todavía en sus opiniones malvadas y sueños insensatos, diciendo que las cualidades de la naturaleza permanecen sanas e incorruptas, y que los hombres pueden prepararse para la gracia, o merecer la gracia por sus propias obras y méritos. Y tan lejos están de reconocer su impiedad y error, que todavía lo defienden obstinadamente aun contra su propia conciencia.

Pero nosotros afirmamos constantemente con Pablo —porque no queremos rechazar la gracia de Dios— que o bien Cristo murió en vano, o bien la ley no justifica. Pero Cristo no murió en vano; por tanto, la ley no justifica. Cristo, el Hijo de Dios, por su pura gracia y misericordia, nos ha justificado; por tanto, la ley no podía justificarnos. Porque si pudiera, entonces Cristo habría obrado neciamente al entregarse por nuestros pecados, para que por ello fuéramos justificados. Concluimos, por tanto, que no somos justificados ni por nuestras propias obras y méritos antes de la gracia ni después de ella, ni tampoco por la ley. Ahora bien, si mi salvación costó a Cristo un precio tan caro y precioso que fue necesario que muriera por mis pecados, entonces todas mis obras, con toda la justicia de la ley, no son más que algo vil y sin valor en comparación con este precio inestimable. Porque, ¿cómo puedo comprar por una monedita aquello que costó muchos miles de talentos de oro? Ahora bien, la ley —por no hablar de otras cosas que son de mucho menos valor— con todas sus obras y su justicia, no es más que una monedita, si la comparan con Cristo; quien por su muerte ha vencido mi muerte, y ha adquirido justicia y vida eterna. ¿He de despreciar y rechazar yo este precio incomparable, y buscar por la ley o por las obras y méritos de los hombres —vil escoria y estiércol, pues así los llama Pablo, si se comparan con Cristo— aquella justicia que Cristo ya me ha dado gratuitamente y por puro amor, y que le costó tan gran precio, que fue necesario que se entregara a sí mismo y aun su propia sangre del corazón por mí? Esto, como he dicho, es lo que hace todo el mundo, y especialmente los que quieren ser tenidos por más santos y religiosos que los demás. Con lo cual atestiguan claramente que Cristo murió en vano, aunque con la boca confiesen muchísimo lo contrario; lo cual es una cosa horribilísima: blasfemar al Hijo de Dios, escupirle en el rostro, pisotearlo, tener por inmunda la sangre del pacto y despreciar por completo al Espíritu de gracia.

Pablo, al disputar aquí sobre la justicia, no trata ningún asunto civil; es decir, no habla de la justicia civil, la cual, sin embargo, Dios aprueba y exige, y a la cual da recompensas conforme a ella; la cual también la razón puede en cierta medida realizar. Sino que trata aquí de la justicia que vale delante de Dios, por la cual somos librados de la ley, del pecado, de la muerte y de todos los males, y somos hechos partícipes de la gracia, de la justicia y de la vida eterna; y finalmente, hemos llegado a ser señores del cielo y de la tierra, y de todas las demás criaturas. Esta justicia no la puede realizar ni la ley del hombre ni la ley de Dios. La ley es dada además y por encima de la razón, para ser una luz y una ayuda para el hombre, y mostrarle lo que debe hacer y lo que debe dejar de hacer. Sin embargo, el hombre, con todas sus fuerzas y su razón, sí, aun con esta gran luz y beneficio celestial —quiero decir, la ley—, no puede ser justificado. Ahora bien, si aquello que es lo más excelente del mundo —quiero decir, la ley—, que como un sol resplandeciente se une a la luz tenue y oscura de la razón del hombre para alumbrarla y dirigirla, no puede justificar, ¿qué puede hacer, les ruego, la razón sin la ley? ¿Qué? Ciertamente, nada más que lo que ha hecho el Papa con sus sofistas soñadores y toda su sinagoga, quienes con sus propias tradiciones han oscurecido la luz aun del primer mandamiento. Por tanto, no hay uno solo de ellos que sea capaz de entender correctamente una sola sílaba de la ley, sino que cada uno anda en pura oscuridad de la razón humana. Y este error es mucho más pernicioso y mortífero que el que procede de la doctrina de las obras y de la ley.

Por tanto, estas palabras son muy eficaces y llenas de poder cuando él dice: «pues si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo». Aquí no habla nada de la fuerza, la razón o la sabiduría del hombre, por grande que sea, porque cuanto mayor es, tanto más pronto engaña al hombre; sino que dice claramente, sin condición alguna: «Si por la ley», etc. Por eso, la razón, iluminada, ayudada y dirigida por la ley, sí, aun por la ley de Dios, es tan incapaz de alcanzar la justicia, que aparta al hombre de la justicia y rechaza a Cristo. Pon, pues, solo la muerte de Cristo contra todas las leyes y, con Pablo, «Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado» (1 Co 2:2). No recibas ninguna altura, ni de la razón ni de la ley ni de ninguna otra cosa, sino solo de Cristo. Entonces sí serás verdaderamente instruido, justo y santo, y recibirás al Espíritu Santo, el cual te guardará en la pureza de la palabra y de la fe; pero, si apartas a Cristo, todo lo demás no es más que vanidad.

Aquí otra vez vemos qué hermosa alabanza da Pablo a la justicia de la ley, o a la justicia propia del hombre; a saber, que es un menosprecio y rechazo de la gracia de Dios, y una abolición de la muerte de Cristo. Pablo no es un gran retórico, y sin embargo mira qué materia ofrece al que quiera hacer de retórico. ¿Qué elocuencia es capaz de exponer suficientemente estas palabras: rechazar la gracia, la gracia de Dios? ¿Y también que Cristo murió en vano? Su horror es tal, que toda la elocuencia del mundo no puede expresarlo. Es poca cosa decir que cualquier hombre murió en vano; pero decir que Cristo murió en vano es quitarlo por completo. El que quiera hacer de retórico, aquí tiene bastante materia para extender y amplificar largamente cuán horrible y blasfema doctrina es establecer la justicia de la ley y de las obras. Porque, ¿qué puede ser más blasfemo y horrible que hacer inútil la muerte de Cristo? ¿Y qué hacen, si no eso, los que guardan la ley con este fin: ser justificados por ella? Ahora bien, hacer inútil la muerte de Cristo es hacer inútiles y sin efecto la resurrección, su victoria, su gloria, su reino, el cielo, la tierra, Dios mismo, la majestad de Dios y, en resumen, todas las demás cosas.

Este trueno y relámpago del cielo contra la justicia de la ley y la justicia propia del hombre debería hacernos aborrecerla. Y aquí, con este trueno, caen por tierra todas las órdenes de monjes y frailes, con todas esas religiones supersticiosas. Porque, ¿quién no detestará sus propios votos, su capucha, su corona rapada, todas las tradiciones de los hombres, y aun la misma ley de Moisés, si oye que por estas cosas rechaza la gracia de Dios y hace inútil la muerte de Cristo? El mundo, al oír esto, no cree que sea verdad; piensa que una maldad tan horrible no puede entrar en el corazón de ningún hombre, como para que rechace la gracia de Dios y tenga la muerte de Cristo por cosa de nada. Y sin embargo, este pecado reina comúnmente. Porque cualquiera que busque justicia fuera de la de Cristo, ya sea por obras, méritos, satisfacciones, aflicciones o por la ley, rechaza la gracia de Dios y menosprecia la muerte de Cristo, diga con su boca lo que diga en contrario.

CAP. 3.

Traducción del inglés hecha con IA para Berea la primera vez que se lee cada capítulo.