Comentario a la Epístola a los Gálatas · Martín Lutero

Gálatas 3: comentario de Martín Lutero

Gálatas 3:1

¡Oh gálatas insensatos!

Pablo muestra aquí su cuidado apostólico y el ardiente celo que tiene por la iglesia. Por eso, mientras disputa y refuta, mezcla a veces una exhortación suave y otras veces reprende con dureza, conforme a la misma regla que dio a Timoteo: «que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta» (2 Ti 4). Aquí el lector sencillo podría quizá engañarse, si no es prudente, y pensar que Pablo al enseñar no guarda ningún orden. Y, en verdad, según la manera de los retóricos, no guarda ninguno; pero en cuanto al Espíritu, usa un orden excelente.

Ahora bien, después de haber probado suficientemente y confirmado con dos fuertes argumentos este artículo, que la justicia cristiana no viene por guardar la ley, sino por la fe en Cristo, y habiendo además refutado la doctrina de los falsos apóstoles, en medio de este discurso dirige su palabra a los gálatas y los reprende, diciendo: «¡Oh gálatas insensatos!», etc. Como si dijera: ¡Ay!, ¿de dónde han caído ustedes, miserables gálatas? Yo les he enseñado con el mayor cuidado y diligencia la verdad del evangelio, y ustedes también la recibieron de mí con ferviente celo y gran diligencia. ¿Cómo sucede entonces que se han apartado tan pronto de ella? «¿Quién os fascinó?»

Los reprende muy severamente, según parece, cuando los llama insensatos, fascinados y desobedientes a la verdad. Ahora, si hizo esto por celo o por compasión, no discutiré aquí sobre ello; ambas cosas pueden ser verdad. Un hombre carnal interpretaría esto como un insulto más bien que como una reprensión piadosa. ¿Dio entonces Pablo un mal ejemplo, o estaba lleno de rencor contra las iglesias de Galacia, porque las llamó insensatas y fascinadas? No, no es así. Porque con celo cristiano le es lícito a un apóstol, a un pastor o a un predicador reprender duramente al pueblo encomendado a su cargo; y tales reprensiones son tanto paternales como piadosas. Así los padres, por afecto paternal y maternal, reprenden y corrigen severamente a sus hijos; cosa que ellos no soportarían si otro la hiciera. El maestro a veces se enoja con su alumno, lo reprende y lo golpea; todo lo cual él toma a bien, y no lo soportaría de manos de un igual. De la misma manera el magistrado se enoja: reprende y castiga a los que están bajo su autoridad. Y esta disciplina no solo es buena, sino también muy necesaria; sin ella nada puede hacerse bien. Por tanto, a menos que el magistrado, el ministro, el padre y la madre se enojen y acostumbren reprender o corregir cuando el caso lo requiere, son inútiles y jamás desempeñarán rectamente su oficio.

Por eso, las reprensiones severas y las palabras ásperas son tan necesarias en toda clase de vida como cualquier otra virtud. Sin embargo, esta ira debe estar tan moderada, que no proceda de envidia ni de malicia, sino solamente de afecto paternal y de celo cristiano. Es decir, no debe ser infantil ni mujeril, buscando venganza, sino solo la corrección de la falta; así como el padre no corrige a su hijo con deseo de vengarse, sino únicamente para que el hijo sea mejor por ello. Y esta clase de iras son buenas, y en la Escritura se llaman celos o celo santo. Porque al castigar así a mi hermano, a mi hijo, a mi alumno o a mi súbdito, no busco su destrucción, sino su provecho y bienestar.

Puede ser entonces que Pablo aquí reprenda a los gálatas, o por un gran celo —no para destruirlos, sino para hacerlos volver al camino y corregirlos por este medio—, o bien por pena y compasión, como a manera de lamentación, porque le duele que hayan sido tan miserablemente seducidos. Como si dijera: me entristece y me avergüenza oír de este miserable estado de ustedes, de su lamentable conducta, etc. De la misma manera también nosotros reprendemos a los miserables; no para pisotearlos ni echarles en cara su miseria, sino teniendo compasión de ellos y procurando su corrección. Digo esto, para que nadie objete maliciosamente que Pablo insultó a las iglesias, contra la regla del evangelio.

De igual manera Cristo reprende a los fariseos, llamándolos serpientes, generación de víboras, hijos del diablo. Pero estas son reprensiones del Espíritu Santo. Son paternales y maternales, y como las reprensiones de un amigo fiel; como también se dice en los Proverbios: «Fieles son las heridas del que ama; Pero importunos los besos del que aborrece» (Pr 27:6). Así, una misma reprensión, si sale de la boca de un padre, puede ser de gran provecho; pero si procede de la boca de un igual o de un enemigo, es un reproche malicioso. Cuando dos hombres hacen una misma cosa, en uno es digna de alabanza y en el otro es reprensible. Pero cuando Cristo y Pablo reprenden, lo hacen con singular virtud y excelencia; mas si un hombre privado hiciera lo mismo, en él sería un gran vicio. Por tanto, una misma palabra en boca de Pablo es un beneficio; pero en boca de otro es un reproche.

Hay cierta vehemencia que debe notarse en esta palabra, gálatas. Porque no los llama hermanos, como suele hacer en otros lugares, sino que los llama por el nombre propio de su país. Y parece que era vicio natural de aquella nación ser insensata, así como era falta de los cretenses ser mentirosos. Como si dijera: como se les llama, así son en verdad, y así continúan; es decir, gálatas insensatos. Y así se muestran aun ahora en el asunto del evangelio —en el cual, sin embargo, debían haber sido más sabios—, pero siguen todavía en su propia naturaleza, y no han cambiado. Así Pablo, por vía de corrección, les recuerda a los gálatas su naturaleza corrupta.

Además, aquí se nos advierte que, según la carne, todavía permanecen vicios naturales en las iglesias y en los piadosos. La gracia no produce tal cambio en los fieles, que de inmediato vengan a ser enteramente nuevas criaturas y perfectos en todas las cosas; sino que todavía quedan ciertos restos de su vieja corrupción natural. Por ejemplo, si un hombre naturalmente inclinado a la ira es convertido a Cristo, aunque sea suavizado por la gracia —formando así el Espíritu Santo su corazón, de modo que ahora llega a ser más manso y apacible—, con todo, este vicio natural no es apagado del todo en su carne. Asimismo, los que por naturaleza son severos y ásperos, aunque sean convertidos a la fe, no pueden, sin embargo, abandonar completamente este vicio. De aquí sucede que las Santas Escrituras, que contienen una sola verdad, son tratadas de diversas maneras por diversos espíritus. Uno, al enseñar, es manso y suave; otro, más áspero y riguroso. Así, el Espíritu de Dios, derramado en diversos vasos, no extingue de una vez los vicios de la naturaleza; sino que poco a poco, durante esta vida, va purgando ese pecado que está arraigado no solo en los gálatas, sino también en todos los hombres de todas las naciones.

Por tanto, aunque los gálatas habían sido iluminados y habían creído, y ya habían recibido el Espíritu Santo por la predicación de la fe, sin embargo, todavía permanecían en ellos este resto de vicio, esta insensatez, quiero decir, y la corrupción original, la cual después fácilmente estalló en llama de falsa doctrina. Por eso, nadie confíe tanto en sí mismo como para pensar que, cuando ha recibido la gracia, está completamente purgado de sus antiguos vicios. Ciertamente, muchas cosas son purgadas en nosotros, y principalmente la cabeza de la serpiente; es decir, la incredulidad y la ignorancia de Dios son cortadas y aplastadas. Pero el cuerpo viscoso de los restos del pecado todavía permanece en nosotros. No presuma, pues, el hombre tanto de sí mismo, como si una vez recibida la fe pudiera al instante ser enteramente transformado en un hombre nuevo. No; todavía conservará algunos de sus viejos vicios adheridos a él, «despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia» (He 12:1), por muy buen y muy perfecto cristiano que sea. Porque todavía no hemos muerto, sino que aún vivimos en la carne, la cual, por no ser todavía pura, continuamente codicia contra el espíritu. «Yo soy carnal, vendido al pecado», dice Pablo. «Pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente» (Ro 7:14; Gá 5:17). Por tanto, los vicios naturales que había en nosotros antes de recibir la fe, todavía permanecen en nosotros después de haber recibido la fe; salvo que ahora están sometidos al espíritu, el cual tiene la supremacía para mantenerlos sujetos, de manera que no reinen; y aun esto no sin gran conflicto. Esta gloria solo corresponde a Cristo; y este título le pertenece a él: «el cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca» (1 P 2:22).

¿Quién os fascinó para no obedecer a la verdad?

Aquí tienen otro elogio de esta hermosa justicia de la ley y de nuestra propia justicia: que nos hace despreciar la verdad; nos fascina de tal manera, que no creemos ni obedecemos a la verdad, sino que nos rebelamos contra ella.

De la hechicería corporal y espiritual

Pablo llama a los gálatas insensatos y fascinados, comparándolos con niños, a quienes la hechicería hace mucho daño. Como si dijera: a ustedes les sucede como a los niños, a quienes las brujas, hechiceros y encantadores suelen fascinar con sus encantamientos y con la ilusión del diablo. Después, en el capítulo 5, enumera la hechicería entre las obras de la carne, la cual es una clase de brujería; con ello da claro testimonio de que tal hechicería y brujería realmente existe, y que puede hacerse. Además, no puede negarse que el diablo vive, sí, y reina por todo el mundo. La hechicería y la brujería, por tanto, son obras del diablo, por medio de las cuales no solo daña a los hombres, sino que también, con permiso de Dios, algunas veces los destruye. Además, todos estamos sujetos al diablo, tanto en el cuerpo como en los bienes; y somos extranjeros en este mundo, del cual él es príncipe y dios. Por eso, el pan que comemos, la bebida que bebemos, la ropa que vestimos, sí, el aire y todo aquello por lo que vivimos en la carne, está bajo su dominio.

Pero no solo fascina a los hombres de esta manera grosera, sino también de una manera más sutil y mucho más peligrosa, en la cual es maravillosamente hábil. Y de aquí viene que Pablo aplique el hechizo de los sentidos al hechizo del espíritu. Porque por esta hechicería espiritual, aquella antigua serpiente no fascina los sentidos de los hombres, sino sus mentes, con opiniones falsas y perversas; opiniones que los así fascinados toman por verdaderas y piadosas. En resumen, tan grande es la malicia de este hechicero, el diablo, y tan grande su deseo de hacer daño, que no solo engaña con sus encantamientos a esos espíritus seguros y soberbios, sino también a aquellos que profesan el verdadero cristianismo y son rectamente afectos en la religión. Sí, en cuanto a mí mismo, para decir la verdad, a veces me asalta con tanta fuerza y me oprime con pensamientos tan pesados, que oscurece completamente ante mí a mi Salvador Cristo y, por así decirlo, casi me lo quita del todo de la vista. En suma, no hay ninguno de nosotros que no sea muchas veces fascinado por falsas persuasiones; es decir, que no tema, confíe o se regocije donde no debe, o que no piense a veces de otra manera de Dios, de Cristo, de la fe, de su vocación, etc., de como debería hacerlo.

Aprendamos, por tanto, a conocer las sutiles artimañas de este hechicero, no sea que, si nos halla dormidos en una falsa seguridad, nos engañe con sus encantamientos. Es verdad que, con su hechicería, no puede hacer daño a nuestro ministerio; sin embargo, está espiritualmente contra nosotros. Día y noche anda alrededor, buscando cómo devorarnos a cada uno por separado; y, a menos que nos halle sobrios y armados con armas espirituales, es decir, con la palabra de Dios y la fe, nos devorará.

Esta es la causa de que tantas veces levante nuevas batallas contra nosotros. Y, en verdad, nos es muy provechoso que así nos asalte y que, con sus sutiles trampas, nos ejercite; porque por este medio confirma nuestra doctrina, despierta y aumenta la fe en nosotros. Ciertamente muchas veces hemos sido abatidos, y todavía seguimos siendo abatidos en este conflicto, pero no perecemos; porque Cristo siempre ha triunfado y triunfa por medio de nosotros. Por eso esperamos con plena certeza que también en adelante, por Jesucristo, obtendremos la victoria contra el diablo. Y esta esperanza nos trae firme consuelo, de modo que, en medio de nuestras tentaciones, cobramos ánimo y decimos: Mira, Satanás ya antes nos ha tentado y, por sus falsas ilusiones, nos ha provocado a la incredulidad, al desprecio de Dios, a la desesperación, etc.; sin embargo, no ha prevalecido, ni prevalecerá en adelante. «Mayor es el que está en vosotros, que el que está en el mundo» (1 Jn 4:4). Cristo es más fuerte; él ha vencido y vence en nosotros a ese fuerte, y lo vencerá para siempre. No obstante, el diablo a veces nos vence en la carne, para que tengamos experiencia del poder de uno más fuerte contra ese fuerte, y para que podamos decir con Pablo: «cuando soy débil, entonces soy fuerte».

Que nadie piense, por tanto, que solo los gálatas fueron embrujados por el diablo; más bien, piense cada uno que él mismo pudo haber sido, y todavía puede ser, embrujado por él. No hay nadie tan fuerte que sea capaz de resistirlo, especialmente si intenta hacerlo con sus propias fuerzas. «¿No has considerado a mi siervo Job, que no hay otro como él en la tierra, varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal?» (Job 1:8). Pero ¿qué poder tuvo contra el diablo cuando Dios retiró su mano? ¿No cayó horriblemente este santo varón? Por tanto, este encantador no solo fue poderoso entre los gálatas, sino que anda continuamente procurando engañar, si no a todos los hombres, al menos a todos los que pueda, con sus ilusiones y falsas persuasiones; «porque mentiroso es, y padre de mentira» (Jn 8:44).

¿Quién los fascinó?

Aquí Pablo excusa a los gálatas y echa la culpa sobre los falsos apóstoles. Como si dijera: Veo que ustedes no han caído por obstinación ni por malicia; sino que el diablo ha enviado entre ustedes a esos falsos apóstoles encantadores, sus hijos, y ellos los han fascinado de tal manera, enseñándoles que ustedes son justificados por la ley, que ahora piensan de Cristo de otra manera que antes, cuando oyeron el evangelio predicado por mí. Pero nosotros trabajamos, tanto predicándoles como escribiéndoles, para deshacer ese hechizo con que los falsos apóstoles los han embrujado y para poner en libertad a los que han sido atrapados por él.

Así también nosotros hoy trabajamos con la palabra de Dios contra las opiniones fantásticas de los anabaptistas, para poner en libertad a los que están enredados en ellas y reducirlos a la doctrina pura de la fe, y mantenerlos allí. Y esta nuestra labor no es del todo en vano; porque hemos hecho volver a muchos a quienes ellos habían hechizado, y los hemos librado de sus lazos. Sin embargo, hay algunos que no quieren dejarse enseñar, especialmente los principales hechiceros y autores de esta brujería. No quieren oír razones ni admitir la Escritura; antes bien, la tuercen y la corrompen, y eluden los pasajes que se alegan contra ellos con sus falsas glosas y sueños diabólicos, totalmente contrarios a la Escritura; lo cual es una señal manifiesta de que están embrujados por el diablo. Por eso, nuestras amonestaciones no los mejoran en nada, sino que se endurecen mucho más y se vuelven más obstinados que antes. Y ciertamente yo nunca habría creído, si no tuviera hoy buena experiencia de ello, que el poder del diablo es tan grande, que puede hacer que la falsedad se parezca tanto a la verdad. Más aún, lo que es todavía más horrible: cuando procura abrumar a las conciencias afligidas con una tristeza excesiva, puede transformarse tan hábil y tan vivamente en semejanza de Cristo, que es imposible que el alma pobre, tentada y angustiada, lo perciba. Así muchos simples e ignorantes son engañados y arrojados a la desesperación, y algunos incluso son llevados a destruirse a sí mismos; porque están tan hechizados por el diablo, que creen como una verdad certísima que son tentados y acusados, no por el diablo, sino por Cristo mismo.

Algo así le sucedió hace poco a aquel miserable hombre, el doctor Kraus, de Halle, que decía: “He negado a Cristo, y por eso él está ahora delante de su Padre, acusándome”. Cegado por la ilusión del diablo, había concebido tan firmemente en su mente esta imaginación, que ninguna exhortación, ningún consuelo, ninguna promesa de Dios pudo apartarlo de ella; por lo cual cayó en desesperación y así se destruyó miserablemente. Esto era una pura mentira, un embrujo del diablo y una definición fantástica de un Cristo extraño, a quien la Escritura no conoce. Porque la Escritura presenta a Cristo, no como juez, tentador o acusador, sino como reconciliador, mediador, consolador y trono de gracia.

Pero el pobre hombre, engañado por el diablo, no podía entonces ver esto; y por eso, contra toda la Escritura, tenía por verdad indudable lo siguiente: “Cristo te acusa delante de su Padre; no está a favor de ti, sino contra ti; por tanto, estás condenado”. Y esta tentación no es del hombre, sino del diablo, el cual imprime poderosamente ese encantamiento en el corazón del tentado. Pero para nosotros, que somos guiados e instruidos por otro espíritu, es una mentira maldita y un embrujo del diablo. Pero para los que están así hechizados, es una verdad tan cierta que ninguna otra podría serlo más.

Puesto que el diablo puede imprimir en nuestros corazones una mentira tan manifiesta, que juraríamos mil veces que es una verdad indudable, no debemos ser orgullosos, sino andar con temor y humildad, invocando al Señor Jesús para que no seamos llevados a tentación. Los hombres mundanos y confiados, que, habiendo oído predicar el evangelio una o dos veces, enseguida imaginan que han recibido abundancia del Espíritu, al fin caen de la misma manera, porque no temen a Dios ni le son agradecidos, sino que se persuaden a sí mismos de que son capaces no solo de sostener y defender la doctrina de la verdadera religión, sino también de resistir al diablo en cualquier asalto o conflicto, por grande que sea. Tales personas son instrumentos apropiados para que el diablo las hechice y las arroje a la desesperación.

Por otra parte, no digas: yo soy perfecto, no puedo caer; más bien humíllate y teme, no sea que, si hoy estás firme, mañana seas derribado. Yo mismo, aunque soy doctor en teología y hace ya mucho tiempo que he predicado a Cristo y combatido al diablo en sus falsos maestros, por mi propia experiencia he hallado cuán difícil es este asunto. Porque no puedo sacudirme a Satanás como quisiera; ni tampoco puedo aferrar a Cristo tal como la Escritura lo presenta; sino que muchas veces el diablo pone delante de mis ojos un falso Cristo. Pero gracias sean dadas a Dios, que nos guarda en la palabra, en la fe y en la oración, para que andemos delante de él en humildad y temor, y no confiemos en nuestra propia sabiduría, justicia y fuerza, sino en el poder de Cristo, quien es fuerte cuando nosotros somos débiles, y por medio de nosotros, criaturas débiles y frágiles, vence y triunfa continuamente. A él sea la gloria para siempre.

Este embrujamiento, pues, y esta hechicería, no es otra cosa que una clara ilusión del diablo, que imprime en el corazón una falsa opinión acerca de Cristo y contra Cristo; y el que es engañado por esta opinión, está embrujado. Por tanto, los que tienen esta opinión, que son justificados por las obras de la ley o por las tradiciones de los hombres, están embrujados; porque esta opinión es contra la fe y contra Cristo. Pablo usa esta palabra, fascinación o embrujamiento, en desprecio de los falsos apóstoles, que insistían con tanta vehemencia en la doctrina de la ley y de las obras. Como si dijera: ¡Qué embrujamiento tan diabólico es este! Porque así como los sentidos son pervertidos por la hechicería corporal, así también las mentes de los hombres son engañadas por esta hechicería espiritual.

Para no obedecer a la verdad?

Al principio los gálatas oían y obedecían de buena gana la verdad. Por tanto, cuando dice: «¿Quién os fascinó?», muestra que fueron hechizados por estos falsos apóstoles y que se habían apartado de la verdad, a la cual antes obedecían. Pero esto parece todavía una manera de hablar más dura y vehemente, cuando dice que no creen la verdad. Porque con estas palabras da a entender que están embrujados, y que él querría librarlos de este hechizo, pero ellos no quieren reconocer ni recibir este beneficio. Porque es cierto que no hizo volver a todos de los errores de los falsos apóstoles a la verdad, sino que muchos de ellos permanecían aún hechizados. Por eso usa estas palabras tan agudas y vehementes: «¿Quién os fascinó?» Como si dijera: Están tan engañados y hechizados, que ahora ya no pueden obedecer a la verdad. Temo que muchos de ustedes estén del todo perdidos, y tan apartados, que nunca más volverán a la verdad.

Y aquí tienen ustedes que notar otra vez, de paso, otro hermoso elogio de la ley y de la justicia propia del hombre: que la doctrina y predicación de ella, por ferviente que sea, si la predicación de Cristo y del evangelio no va juntamente con ella, nunca produce verdadera conversión ni arrepentimiento sincero. De esto tenemos demostraciones manifiestas, no solo por palabras claras de la Escritura, sino también por experiencia evidente. Porque así como es verdad lo que está escrito a los hebreos, que la ley no perfeccionó nada, así también en esta Epístola san Pablo confirma lo mismo por un ejemplo manifiesto, razonando así con los gálatas: Díganme, les dice, ustedes que quieren ser justificados por la ley, ¿recibieron el Espíritu de Dios por oír la ley, o por la predicación del evangelio de la fe? Con esto prueba por la propia experiencia de ellos, que no es la ley ni su predicación, sino el evangelio y la predicación de la fe, lo que levanta al hombre caído y lo vivifica para un verdadero arrepentimiento, como se explicará más ampliamente después, cuando lleguemos a ese pasaje. Y, sin embargo, la predicación de la ley tampoco carece de efecto; su uso solo sirve para mostrar la ira de Dios y para abatir; pero levantar al hombre, eso viene únicamente por el ministerio del evangelio y la predicación de la fe solo en Cristo.

A vosotros ante cuyos ojos Jesucristo fue ya presentado claramente entre vosotros.

Se habló con dureza cuando antes dijo que estaban tan hechizados que no podían obedecer a la verdad; pero se habla con más dureza aún cuando añade que Cristo les fue presentado tan vivamente delante, que podían palparlo con sus manos, y aun así no quisieron obedecer a la verdad. Así los convence por su propia experiencia. Como si dijera: Ustedes están tan hechizados y engañados por las opiniones diabólicas de los falsos apóstoles, que ahora no quieren obedecer a la verdad. Y aunque yo, con gran trabajo y diligencia, les he expuesto a Cristo claramente delante de sus ojos, esto no les aprovecha en nada.

En estas palabras alude a los argumentos anteriores, con los cuales probó que, para los que quieren ser justificados por la ley, Cristo no es sino ministro de pecado; que tales rechazan la gracia de Dios, y que para ellos Cristo murió en vano. Estos argumentos ya los había tratado antes con más vehemencia y los había ampliado más extensamente en su presencia, como si un pintor hubiera retratado a Cristo Jesús ante sus ojos. Ahora, estando ausente, les recuerda las mismas cosas, diciendo: «a quienes Jesucristo fue ya presentado claramente entre vosotros». Como si dijera: No hay pintor que con sus colores pueda representarles a Cristo tan vivamente como yo se los he pintado por mi predicación; y aun así, con todo, ustedes siguen miserablemente hechizados.

Y fue crucificado entre ustedes.

¿Qué fue, pues, lo que yo pinté? A Cristo mismo. ¿Y cómo lo hice? De tal manera, que él es crucificado en ustedes o entre ustedes. Aquí usa palabras muy ásperas y severas. Antes dijo que buscaban la justicia por la ley, que rechazaban la gracia de Dios, y que para ellos Cristo había muerto en vano. Ahora añade aún más: que crucifican a Cristo, quien antes vivía y reinaba en ellos. Como si dijera: Ahora ustedes no solo han rechazado la gracia de Dios, no solo para ustedes murió Cristo en vano, sino que además es crucificado vergonzosamente entre ustedes. Del mismo modo habla en He 6: «crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y exponiéndole a vituperio», etc.

Si un hombre no hiciera más que oír el nombre de un monje, de su corona rapada, de su capucha, de su regla, debería espantarse, por mucho que los papistas adoren estas abominaciones y se gloríen de que son religión y santidad perfectas, como yo y otros también juzgábamos de ellas antes que Dios nos revelara su evangelio; porque fuimos criados en tradiciones de hombres, las cuales oscurecían a Cristo y lo hacían completamente inútil para nosotros. Digo que debería espantarse cuando oye a Pablo decir que aun los que procuran ser justificados por la ley de Dios no solo son negadores y asesinos de Cristo, sino que también lo crucifican otra vez de la manera más impía. Ahora bien, si son crucificadores de Cristo los que buscan ser justificados por la justicia de la ley de Dios y por sus obras, ¿qué son, les ruego, los que buscan la salvación y la vida eterna por las heces y el sucio estiércol de la justicia humana y por la doctrina de demonios?

Pero ¿quién podría creer o pensar jamás que hacerse hombre religioso —pues así los llaman—, es decir, hacerse sacerdote de misa, monje, fraile o monja, era un pecado tan horrible y tan abominable? Ciertamente, nadie. Más aún, ellos mismos dicen que la vida monástica es un nuevo bautismo. ¿Puede haber algo más horrible que el hecho de que el reino de los papistas sea el reino de aquellos que escupen con desprecio en el rostro de Cristo, el Hijo de Dios, y lo crucifican otra vez? Porque en verdad lo crucifican de nuevo —a él, que una vez fue crucificado y resucitó— tanto en sí mismos como en la iglesia y en los corazones de los fieles. Porque con sus reproches maliciosos, censuras, calumnias e injurias, escupen sobre él; y con sus opiniones impías lo hieren y lo traspasan, para que en ellos muera miserablemente. Y en lugar de él levantan una hechicería gloriosa, por la cual los hombres son tan miserablemente encantados y engañados, que no pueden conocer a Cristo como su justificador, su reconciliador y Salvador, sino como ministro de pecado, su acusador, su juez y su destructor, a quien no se puede aplacar de otra manera que por nuestras obras y méritos.

Y de esta opinión brotó después la doctrina más pestilente y perniciosa de toda la papacidad, a saber: Si quieres servir a Dios, debes merecer el perdón de los pecados y la vida eterna, y también debes ayudar a otros para que alcancen la salvación; debes entrar en un monasterio, hacer voto de obediencia, castidad, pobreza, etc. Los monjes y frailes, y toda esa chusma religiosa, hinchados con esta opinión de su propia santidad, se jactaban de que solo ellos estaban en la vida y estado de perfección, y que los demás cristianos llevaban solo una vida común; porque no hacían obras indebidas, o más de lo que estaban obligados a hacer, es decir, no hacían voto ni guardaban castidad, pobreza, obediencia, etc.; solo estaban bautizados y guardaban los diez mandamientos. Pero en cuanto a ellos mismos, además de lo que era común tanto a ellos como a los demás cristianos, guardaban también las obras de supererogación y los consejos de Cristo; por lo cual esperaban tener méritos y un lugar en el cielo entre los principales santos, muy por encima del común de los cristianos.

Esta fue, sin duda, una horrible ilusión del diablo, con la cual ha hechizado a casi todo el mundo. Y cuanto más santo quiere parecer un hombre, tanto más enredado queda en esa brujería, es decir, en la pestilente persuasión de su propia justicia. Y esta fue la causa de que no pudiéramos conocer que Jesucristo era nuestro Mediador y Salvador; sino que pensábamos que era un juez severo, que debía ser apaciguado por nuestras obras. Lo cual no era otra cosa que blasfemar horriblemente de Cristo y, como Pablo dijo antes, rechazar la gracia de Dios, hacer vana la muerte de Cristo, y no solo matarlo, sino también crucificarlo otra vez de la manera más vergonzosa. Y este es el verdadero sentido de lo que Cristo cita de Daniel: «la abominación desoladora en el lugar santo» (Dn 9:27; Mt 24:15). Por tanto, todo monje y persona religiosa, y todo justiciario que busca remisión de pecados y justicia por sus propias obras o por sus aflicciones, es un crucificador de Cristo, que ahora reina y vive, aunque no en la persona propia de Cristo, sí en su propio corazón y en el corazón de otros. Y todos los que entran en monasterios con el fin de ser justificados por guardar su regla, entran en cuevas de ladrones y de tales que crucifican de nuevo a Cristo.

Por eso Pablo usa en este lugar palabras muy severas y duras, para atemorizar y hacer volver a los gálatas de la doctrina de los falsos apóstoles. Como si dijera: Consideren bien lo que han hecho. Han crucificado otra vez a Cristo —y esto se los muestro y se los pinto claramente delante de los ojos, para que lo vean y lo toquen con sus manos—, porque buscan ser justificados por la ley. Pero si la justicia viene por la ley, entonces Cristo es ministro de pecado, y su muerte enteramente en vano. Si esto es verdad, entonces necesariamente se sigue que Cristo es crucificado otra vez en ustedes.

Y no sin causa añade esta cláusula: «en ustedes, o entre ustedes». Porque Cristo ya no es crucificado, ni muere más en su propia persona, como se dice en Ro 6; pero muere en nosotros cuando, rechazando la verdadera doctrina, la gracia, la fe y la libre remisión de los pecados, buscamos ser justificados por nuestras propias obras, o bien por las obras mandadas en la ley. Aquí Cristo es crucificado otra vez en nosotros. Ahora bien, esta falsa e impía persuasión de buscar la justicia por la ley y las obras no es otra cosa —como ya he declarado más ampliamente antes— que la ilusión del diablo, con la cual los hombres son tan hechizados que de ninguna manera pueden reconocer el beneficio de Cristo; antes bien, durante toda su vida no pueden hacer otra cosa que negar al Señor que los compró, y en cuyo nombre fueron bautizados, y crucificarlo de nuevo en sí mismos. Por tanto, cualquiera que tenga algún temor de Dios o amor a Cristo y a su verdadera religión, huya pronto de esta Babilonia, y tiemble ante el solo nombre del papado. Porque su impiedad y abominación son tan horribles, que nadie puede expresarlas con palabras, ni pueden verse de otra manera que solo con ojos espirituales.

Estos dos argumentos los trata Pablo y los inculca en la cabeza de los gálatas con mucha diligencia: primero, que están tan hechizados por el diablo que no obedecen a la verdad, puesta clarísimamente delante de sus ojos; segundo, que crucifican otra vez a Cristo en sí mismos. Estas parecen ser palabras simples y llanas, sin gran elocuencia; pero en verdad son tan poderosas, que exceden toda la elocuencia del hombre. No puede, por tanto, comprenderse sino solo en espíritu cuán grande impiedad es buscar ser justificado por la justicia de la ley, o por la justicia y los méritos del hombre. Porque, como Pablo dice aquí, no es otra cosa que ser hechizado por el diablo, desobedecer a la verdad y crucificar otra vez a Cristo. ¿No son estas buenas alabanzas de la justicia de la ley y de la justicia propia del hombre?

Por tanto, el Apóstol está inflamado con un celo vehemente, y con palabras amargas reprende y condena la presunción de la justicia propia del hombre, que se levanta sobre la observancia de la ley de Dios, y la acusa de esta impiedad: que crucifica otra vez al Hijo de Dios. Siendo, pues, algo tan peligroso, nunca puede ser suficientemente abatido ni condenado como debiera; porque de ello se sigue una caída que no es menor que la caída de Lucifer, y una pérdida que jamás puede recuperarse. Por eso usa contra ello palabras tan agudas y rigurosas, que no perdona ni siquiera a la misma ley de Dios, contra la cual arremete tan duramente, que parece rechazarla y condenarla por completo. Y esto lo hace, obligado por una gran necesidad; porque de otra manera no podría resistir a los falsos apóstoles ni defender contra ellos la justicia de la fe. Aunque, pues, la ley es santa, justa y buena, sin embargo debe ponerse, por así decirlo, la máscara de un hipócrita que busca ser justificado por obras. Ahora los apremia con un argumento del cual ellos mismos tenían buena experiencia y que no podían negar.

Gálatas 3:2

Esto solo quiero saber de ustedes: ¿Recibieron el Espíritu por las obras de la ley, o por el oír con fe?

Él habla estas palabras con cierta indignación y desprecio contra los falsos apóstoles. Si no tuviera nada más contra ustedes, dice, aun su propia experiencia me basta. Como si dijera: Vamos, respóndanme, les ruego, yo que soy su discípulo; porque ustedes de repente se han hecho doctores, de tal manera que ahora son mis maestros y enseñadores: “¿Recibieron el Espíritu Santo por las obras de la ley, o por la predicación del evangelio?” Con este argumento los convence de tal manera, que no tienen nada que responder. Porque su propia experiencia está completamente contra ellos; a saber, que habían recibido el Espíritu Santo, no por las obras de la ley, sino por la predicación del evangelio.

Aquí otra vez les advierto que Pablo no habla solo de la ley ceremonial, sino de toda la ley. Porque fundamenta su argumento sobre una división suficiente. Si hablara solo de la ley ceremonial, no sería una división suficiente. Es, por tanto, un argumento que consta de dos partes, de las cuales una tiene necesariamente que ser verdadera y la otra falsa; es decir: o recibieron el Espíritu Santo por la ley, o por el oír con fe. Si fue por la ley, entonces no fue por la predicación de la fe; y si fue por la predicación de la fe, entonces no fue por la ley. No hay término medio entre estas dos cosas. Porque todo lo que no es el Espíritu Santo o la predicación de la fe, es la ley. Aquí estamos tratando la justificación. Pero para alcanzar la justificación no hay otro camino sino o la voz del evangelio, o la voz de la ley. Por eso aquí la ley se toma en sentido general, como completamente separada del evangelio. Y no solo la ley ceremonial está separada del evangelio, sino también la ley moral, o la ley de los diez mandamientos. Por tanto, Pablo habla aquí de toda la ley.

Él funda este argumento sobre una distinción suficiente, de esta manera: Díganme, dice, “¿Recibieron el Espíritu Santo por las obras de la ley, o por la predicación del evangelio?” Respóndanme esto: no pueden decir que fue por la ley. Porque mientras estuvieron bajo la ley, y hacían las obras de ella, nunca recibieron el Espíritu Santo. Sin duda enseñaban y oían la ley de Moisés cada sábado; pero no se ha oído ni visto jamás que el Espíritu Santo haya sido dado a alguien, doctor o discípulo, por la predicación de la ley. Además, no solo han enseñado y oído la ley, sino también se han esforzado con todo su poder por cumplirla con sus obras. Por esto, si el Espíritu hubiera sido dado por la ley, ustedes sobre todo lo habrían recibido, ya que no eran solamente maestros y oyentes, sino también hacedores de la ley; y, sin embargo, no pueden mostrarme que esto haya sucedido alguna vez. Pero tan pronto como vino a ustedes el oír con fe o el evangelio, en seguida recibieron el Espíritu Santo por el solo oír con fe, antes de haber hecho alguna obra o mostrado algún fruto del evangelio. Porque, como Lucas testifica en los Hechos, con la sola predicación de Pedro y Pablo, el Espíritu Santo vino sobre los que oían la palabra, y por ello también recibieron diversos dones, de manera que hablaban en nuevas lenguas. (Hch 10:44; 11:15; 19:5-6.)

Es manifiesto, por tanto, que por la sola predicación de la fe recibieron el Espíritu Santo antes de hacer alguna buena obra o de dar fruto del evangelio. Por otro lado, el cumplimiento de la ley nunca trajo el Espíritu Santo; mucho menos podía hacerlo el solo oír la ley. Por tanto, no solo el oír la ley, sino también aquel afecto y celo con que ustedes procuran cumplir la ley por sus obras, es vano e inútil. Por eso, aunque un hombre se esfuerce por hacer todas las cosas, es decir, aunque tenga celo de Dios, y con todo su empeño procure salvarse por la ley, y se ejercite día y noche en la justicia de ella, sin embargo no hace otra cosa que trabajar y consumirse en vano. Porque los que ignoran la justicia de Dios, y «procurando establecer la suya propia» (Ro 10:3), como Pablo dice en otro lugar, no se sujetan a la justicia de Dios. Y también: «Israel, que iba tras una ley de justicia, no la alcanzó» (Ro 9:31), etc. Ahora bien, Pablo habla aquí de la manifestación del Espíritu Santo en la iglesia primitiva. Porque el Espíritu Santo descendía de manera visible sobre los que creían, y por esta señal daba claro testimonio de que él estaba presente en la predicación de los apóstoles; y también de que aquellos que oían la palabra de fe predicada por los apóstoles eran aceptados como justos delante de Dios; pues de otro modo el Espíritu Santo no habría descendido sobre ellos.

El argumento del libro que contiene los Hechos de los Apóstoles

Por tanto, debemos pesar y considerar diligentemente la fuerza de este argumento, que se repite tan a menudo en los Hechos de los Apóstoles. Ese libro fue escrito para confirmar y establecer este argumento; pues no enseña otra cosa sino que el Espíritu Santo no es dado por la ley, sino por el oír del evangelio. Porque cuando Pedro predicó, el Espíritu Santo cayó enseguida sobre todos los que lo oían, «y en un día tres mil», que estaban presentes en la predicación de Pedro, creyeron y recibieron el Espíritu Santo. (Hch 2.) Así Cornelio recibió el Espíritu Santo, no por las limosnas que daba; sino cuando Pedro abrió la boca, y aún estaba hablando, el Espíritu Santo cayó sobre todos aquellos que con Cornelio oían la palabra (Hch 10). Estos son argumentos manifiestos, experiencias y obras divinas, que no pueden engañarnos.

Lucas también escribe acerca de Pablo en el capítulo quince de los Hechos, que cuando había predicado el evangelio junto con Bernabé entre los gentiles, y había vuelto a Jerusalén, se opuso a los fariseos y a ciertos discípulos de los apóstoles, que insistían en la circuncisión y en la observancia de la ley como necesarias para la salvación. Y les cerró la boca, dice Lucas, mostrando cuántas cosas habían hecho él y Bernabé entre los gentiles; de modo que toda la iglesia se maravilló al oírlo, especialmente cuando oyeron que Dios había obrado por medio de ellos tantas y tan grandes señales y maravillas entre los gentiles. Y cuando los que tenían celo por la ley se maravillaban de cómo podía ser que los gentiles incircuncisos, que no hacían la ley ni sus obras, ni tenían la justicia de la ley, alcanzaran sin embargo esta gracia, de ser justificados y recibir el Espíritu Santo, lo mismo que los judíos circuncidados, aquí Pablo y Bernabé no alegaron otra cosa sino experiencia manifiesta. Con esto quedaron tan confundidos, que no tenían nada que responder. De esta manera Sergio Paulo, el procónsul, y todas aquellas ciudades, regiones, reinos y países donde los apóstoles habían predicado, creyeron por la sola predicación de la fe, sin la ley y sin sus obras. Por tanto, en todo el libro de los Hechos no se trata en sustancia de otra cosa sino de que tanto judíos como gentiles, tanto justos como injustos, deben ser justificados solo por la fe en Cristo Jesús, sin la ley y sin las obras de ella. Esto aparece tanto por la predicación de Pedro, de Pablo, de Esteban, de Felipe y de los otros apóstoles, como también por los ejemplos de los gentiles y de los judíos. Porque así como Dios dio el Espíritu Santo a los gentiles que vivían sin la ley, por la predicación del evangelio, así también se lo dio a los judíos; pero no por la ley, ni por las ceremonias y sacrificios mandados en la ley, sino por la sola predicación de la fe. Ahora bien, si la ley hubiera podido justificar, y si la justicia de la ley hubiera sido necesaria para la salvación, entonces sin duda el Espíritu Santo no habría sido dado a los gentiles que no guardaban la ley. Pero la experiencia misma da testimonio claramente de que el Espíritu Santo les fue dado sin la ley; y esto lo vieron los apóstoles, Pedro, Pablo, Bernabé y otros. Por tanto, la ley no justifica, sino solo la fe en Cristo, que el evangelio presenta.

Estas cosas deben observarse diligentemente por causa de los adversarios, que no consideran qué es lo que se trata en los Hechos de los Apóstoles. Yo mismo también, en tiempos pasados, leía este libro, cuando en realidad no entendía en él nada en absoluto. Por eso, cuando oigas o leas en los Hechos de los Apóstoles, o en cualquier otro lugar de las Escrituras, esta palabra “gentiles”, debes pensar que no ha de entenderse literalmente de la naturaleza común de los gentiles, sino que lleva consigo un sentido espiritual; y debe tomarse, no por los que están bajo la ley, como los judíos —como se dijo antes en el cap. 2: «nosotros, judíos de nacimiento»—, etc., sino por los que están sin ley. Por tanto, decir que los gentiles son justificados por la fe no es otra cosa que decir que aquellos que no observan la ley ni hacen sus obras, que no están circuncidados, que no sacrifican, etc., son justificados y reciben el Espíritu Santo. ¿Por qué medio? No por la ley y sus obras, pues no tienen ley, sino gratuitamente y sin otro medio, excepto solo el oír del evangelio.

Así Cornelio y sus amigos, a quienes había llamado a su casa, no hacen nada, ni ponen la mirada en obras previas; y, sin embargo, todos los que están presentes reciben el Espíritu Santo. Nadie habla sino Pedro. Ellos, sentados allí, no hacen nada; no piensan en la ley, mucho menos la guardan; no sacrifican; no se preocupan por recibir la circuncisión, sino que solamente están atentos a oír lo que Pedro dice. Él, por su predicación, llevó el Espíritu Santo a sus corazones, por decirlo así, de manera visible; «porque les oían que hablaban en lenguas, y que magnificaban a Dios».

Pero algunos podrían objetar aquí y decir: ¿Quién sabe si era el Espíritu Santo o no? Bien, que objeten. Lo cierto es que el Espíritu Santo, al dar ese testimonio, no miente, sino que con ello muestra que acepta a los gentiles como justos, y los justifica por ningún otro medio que por la sola voz del evangelio, o por el oír con fe en Cristo predicado. También podemos ver en los Hechos cuán grandemente se maravillaron los judíos de esta cosa nueva y extraña. Porque los fieles que eran de la circuncisión, y habían venido con Pedro a Cesarea, al ver que el don del Espíritu Santo había sido derramado también sobre los gentiles en la casa de Cornelio, quedaron atónitos. (Hch 10:45.) También los que estaban en Jerusalén reprendieron a Pedro, porque había entrado a hombres incircuncisos «y has comido con ellos». (Hch 11:3.) Pero cuando oyeron a Pedro declarar el asunto por orden, tal como había sucedido respecto de Cornelio, se maravillaron y glorificaron a Dios, diciendo: «¡De manera que también a los gentiles ha dado Dios arrepentimiento para vida!»

Este informe, pues, y esta noticia de que Dios había dado también salvación a los gentiles, al principio no solo fue intolerable, sino también un gran tropiezo aun para los judíos creyentes. Esto no podían desecharlo fácilmente, porque tenían esta prerrogativa sobre todas las demás naciones: que ellos eran el pueblo de Dios. «de quienes son la adopción, la gloria, el pacto, la promulgación de la ley, el culto y las promesas» (Ro 9). Además, se ejercitaban en la justicia de la ley; trabajaban todo el día; soportaban la carga y el calor del día. Además, tenían la promesa en cuanto a la observancia de la ley. Por eso no podían sino murmurar contra los gentiles (Mt 20), y decir: “Miren, los gentiles apenas acaban de llegar, y no han sufrido calor ni llevado carga alguna; sin embargo, tienen la misma justicia y el mismo Espíritu Santo sin trabajo, cosa que nosotros no pudimos obtener por nuestro trabajo ni por el calor y la carga del día”. En verdad ellos han trabajado, pero solo una hora, y con ese trabajo quedan más refrescados que cansados. ¿Por qué, entonces, nos ha atormentado Dios con la ley, si no aprovecha nada para alcanzar la justicia? Ahora prefiere a los gentiles antes que a nosotros, que por tanto tiempo hemos estado cargados con el yugo de la ley. Porque nosotros, que somos el pueblo de Dios, hemos sido afligidos todo el día; pero ellos, que no son el pueblo de Dios, que no tienen ley y que tampoco han hecho bien alguno, son hechos iguales a nosotros.

Y por esta causa, por gran necesidad, se reunió en Jerusalén el concilio de los apóstoles, para satisfacer y apaciguar a los judíos. Porque aunque creían en Cristo, con todo, esta opinión seguía profundamente arraigada en sus corazones: que la ley de Moisés debía observarse. Allí Pedro, fundado en su propia experiencia, se opuso a ellos, diciendo: «Si Dios, pues, les concedió también el mismo don que a nosotros que hemos creído en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo que pudiese estorbar a Dios?» (Hch 11:17). Y otra vez: «Y Dios, que conoce los corazones, les dio testimonio, dándoles el Espíritu Santo lo mismo que a nosotros; y ninguna diferencia hizo entre nosotros y ellos, purificando por la fe sus corazones. Ahora, pues, ¿por qué tentáis a Dios, poniendo sobre la cerviz de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros hemos podido llevar?» etc. (Hch 15:8-10). Con estas palabras, Pedro derriba de una vez toda la ley. Como si dijera: Nosotros no guardaremos la ley, porque no somos capaces de guardarla; pero creemos que por la gracia del Señor Jesús seremos salvos, de igual modo que ellos. Así que Pedro aquí insiste enteramente en este argumento: que Dios dio a los gentiles la misma gracia que dio a los judíos. Como si dijera: Cuando prediqué a Cornelio, aprendí por mi propia experiencia que el Espíritu Santo fue dado sin la ley a los gentiles, solo por el oír con fe; por tanto, en ningún caso debe cargárseles la ley. En conclusión, puesto que es cierto que ni nosotros ni nuestros padres jamás pudimos cumplir la ley, conviene que ustedes también rechacen este error: que la justicia y la salvación vienen por la ley. Y esto los judíos creyentes lo hicieron poco a poco; pero los impíos, que se ofendían por esta predicación, al fin quedaron del todo endurecidos.

La alabanza del libro que contiene los Hechos de los Apóstoles

Así, en Hechos hallarán la experiencia, las predicaciones y también los ejemplos de los apóstoles para la confirmación de este asunto, contra esta obstinada opinión acerca de la justicia de la ley. Y por eso debemos amar más este libro y leerlo con mayor diligencia, porque contiene testimonios muy sólidos, capaces de consolarnos y confirmarnos contra los papistas, nuestros judíos; cuyas abominaciones e hipócrita apariencia combatimos y condenamos con nuestra doctrina, para exaltar los beneficios y la gloria de Cristo. Porque aunque ellos no tienen nada sólido que alegar contra nosotros —mientras que los judíos sí podían alegar contra los apóstoles que habían recibido la ley y todas esas ceremonias de Dios—, sin embargo, no son menos obstinados en defender sus tradiciones malditas y sus abominaciones, de lo que fueron los judíos en sostener su ley, la cual habían recibido de Dios. Se glorían y se jactan de que ocupan el lugar de los obispos, y de que les ha sido encomendada la autoridad para gobernar las iglesias. Con ello querrían reducirnos a servidumbre y arrebatarnos este artículo: que somos justificados, no por una fe formada y adornada con caridad, como ellos dicen, sino solo por la fe. Pero nosotros les oponemos el libro de los Hechos. Que lean este libro y consideren los ejemplos contenidos en él, y hallarán que este es su resumen y argumento: que somos justificados solamente por la fe en Cristo, sin obras, y que el Espíritu Santo es dado solo por el oír con fe en la predicación del evangelio, y no en la predicación de la ley ni por las obras de la ley.

Por tanto, así enseñamos: oh hombre, aunque ayunes, des limosna, honres a tus padres, obedezcas al magistrado, etc., no eres justificado por ello. Esta voz de la ley: Honra a tus padres, o cualquier otra, oída o cumplida, no justifica. ¿Qué, entonces? Oír la voz del esposo, oír la palabra de fe; esta palabra, cuando es oída, justifica. ¿Por qué? Porque trae al Espíritu Santo, quien justifica al hombre y lo hace justo delante de Dios.

Por esto podemos ver cuál es la diferencia entre la ley y el evangelio. La ley nunca trae al Espíritu Santo, sino que solo enseña lo que debemos hacer; por eso no justifica. Pero el evangelio trae al Espíritu Santo, porque enseña lo que debemos recibir. Por tanto, la ley y el evangelio son dos doctrinas contrarias. Poner, pues, la justicia en la ley no es otra cosa que pelear contra el evangelio. Porque Moisés con su ley es un severo cobrador; exige de nosotros que obremos y que demos; en resumen, requiere y demanda. Por el contrario, el evangelio da gratuitamente, y no exige de nosotros otra cosa sino que extendamos las manos y tomemos lo que se nos ofrece. Ahora bien, exigir y dar, tomar y ofrecer, son cosas totalmente contrarias, y no pueden coexistir. Porque aquello que se da, yo lo tomo; pero aquello que yo doy, no lo tomo, sino que lo ofrezco a otro. Por tanto, si el evangelio es un don, no exige nada. Por el contrario, la ley no da nada, sino que exige y demanda estrictamente de nosotros, sí, aun cosas imposibles.

De Cornelio en el capítulo diez de Hechos

AQUÍ nuestros adversarios nos oponen el ejemplo de Cornelio. “Cornelio”, dicen ellos, “era” —como da testimonio Lucas— “un hombre bueno, justo y temeroso de Dios, que daba muchas limosnas al pueblo y oraba a Dios siempre”. “Por tanto, por congruencia mereció el perdón de los pecados y el envío del Espíritu Santo”. Respondo: Cornelio era gentil, y esto los adversarios no pueden negarlo; porque las palabras que Pedro alega (Hch 10:28) lo atestiguan claramente. «Vosotros sabéis cuán abominable es para un varón judío juntarse o acercarse a un extranjero; pero a mí me ha mostrado Dios que a ningún hombre llame común o inmundo». Así que era gentil, e incircunciso, no guardaba la ley; más aún, ni siquiera pensaba en ella, porque no le pertenecía en nada; y sin embargo fue justificado y recibió el Espíritu Santo. Y este argumento, como he dicho, se trata a lo largo de todo el libro de los Hechos; a saber, que la ley no aprovecha nada para la justicia.

Baste, pues, esto para la defensa del artículo de la justificación: que Cornelio era gentil, no circuncidado, y no guardaba la ley; por tanto, no fue justificado por la ley, sino por el oír con fe. Dios justifica, pues, sin la ley, y por consiguiente la ley nada aprovecha para la justicia. Porque, de otra manera, Dios habría dado el Espíritu Santo solo a los judíos, que tenían la ley y la guardaban, y no a los gentiles, que no tenían la ley y mucho menos la cumplían. Pero Dios obró exactamente al contrario; porque el Espíritu Santo fue dado a los que no guardaban la ley. Por tanto, la justicia no viene por la ley. Así queda respondida la objeción de los adversarios, que no entienden el verdadero modo de la justificación.

Aquí otra vez los adversarios objetan contra nosotros y dicen: Sea así que Cornelio era gentil y no recibió el Espíritu Santo por la ley; sin embargo, puesto que el texto dice claramente que era un hombre justo, temeroso de Dios, que daba limosnas, etc., parece que por estas obras mereció después recibir el Espíritu Santo. Respondo que Cornelio era un hombre justo y santo según el Antiguo Testamento, a causa de su fe en Cristo que había de venir, así como todos los padres, profetas y reyes piadosos fueron justos y recibieron secretamente el Espíritu Santo por la fe en Cristo que había de venir. Pero estos sofistas papistas no hacen distinción entre la fe en Cristo que había de venir y la fe en Cristo que ya ha venido. Por tanto, si Cornelio hubiera muerto antes de que Cristo fuese revelado, no habría sido condenado, porque tenía la fe de los padres, que fueron salvos solo por la fe en Cristo que había de venir (Hch 15:11). Sigue siendo, entonces, un gentil, incircunciso y sin la ley; y, sin embargo, adoraba al mismo Dios que los padres adoraban por la fe en el Mesías que había de venir. Pero ahora, como el Mesías ya había venido, era necesario que el apóstol Pedro le mostrara que ya no debía esperarse como si aún hubiera de venir, sino que ya había venido.

Y este artículo acerca de la fe en Cristo por ser revelado y en Cristo ya revelado, para tocar también esto de paso, es muy necesario conocerlo. Porque ya que Cristo está ahora revelado, no podemos ser salvos por la fe en Cristo que ha de venir, sino que debemos creer que ya ha venido, que ha cumplido todas las cosas y ha abolido la ley. Por eso también era necesario que Cornelio fuese llevado a otra fe; no a que Cristo aún había de venir, como antes creía, sino a que ya había venido. Así la fe da lugar a la fe; «de fe en fe» (Ro 1).

Los escolásticos papistas, por tanto, se engañan cuando dicen, para sostener su opus congruum, o mérito antes de la gracia, que Cornelio, por la obra natural y moral de la razón, mereció la gracia y el envío del Espíritu Santo. Porque ser hombre justo y temeroso de Dios son cualidades, no de un gentil ni de un hombre natural, sino de un hombre espiritual, que ya tiene fe. Porque si no creyera en Dios y no temiera a Dios, no podría esperar obtener de él cosa alguna por la oración. La primera alabanza, pues, que Lucas da a Cornelio es esta: que es un hombre justo y temeroso de Dios. Después lo alaba por sus obras y limosnas. Esto nuestros adversarios no lo consideran, sino que se aferran a esta frase: que daba limosnas a los pobres; porque eso parece favorecer el establecimiento de su mérito de congruencia o merecimiento previo a la gracia. Pero primero debe alabarse la persona o el árbol, y luego las obras y el fruto. Cornelio es un buen árbol, porque es justo y teme a Dios; por tanto, produce buenos frutos: da limosnas, invoca a Dios; y estos frutos agradan a Dios por causa de su fe. Por eso el ángel alaba a Cornelio por su fe en Cristo que había de venir, y lo conduce de esa fe a otra fe en Cristo que ya había venido, cuando dice: «Envía, pues, ahora hombres a Jope, y haz venir a Simón, el que tiene por sobrenombre Pedro; él te dirá lo que es necesario que hagas» (Hch 10:5-6). Así como, entonces, Cornelio estuvo sin la ley antes de que Cristo fuese revelado, así también, después de que Cristo fue revelado, no recibió ni la ley ni la circuncisión. Y como no guardaba la ley antes, tampoco la guardó después. Este argumento, por tanto, concluye con fuerza: Cornelio fue justificado sin la ley; por tanto, la ley no justifica.

Naamán el sirio.

Asimismo, Naamán el sirio era, sin duda, un hombre bueno y piadoso, y tenía una opinión religiosa y reverente de Dios. Y aunque era gentil y no pertenecía al reino de Moisés, que entonces florecía, sin embargo su carne fue limpiada, el Dios de Israel le fue revelado, y recibió el Espíritu Santo. Porque así dice: «He aquí ahora conozco que no hay Dios en toda la tierra, sino en Israel» (2 R 5). Él no hace absolutamente nada, no guarda la ley, no es circuncidado; sino que solo pide que se le dé tanta tierra como dos mulas puedan llevar. Además, es evidente que la fe no estaba ociosa en él. Porque así habla al profeta Eliseo: «De aquí en adelante tu siervo no sacrificará holocausto ni ofrecerá sacrificio a otros dioses, sino a Jehová. En esto perdone Jehová a tu siervo: que cuando mi señor entrare en el templo de Rimón para adorar en él, y se apoyare sobre mi brazo, si yo también me inclinare en el templo de Rimón; cuando haga tal, Jehová perdone en esto a tu siervo.» A esto el profeta responde: «Ve en paz.» Así fue justificado. El judío, al oír esto, se enfurece y dice: ¿Qué? ¿Ha de ser justificado el gentil sin guardar la ley? ¿Ha de ser comparado con nosotros, que estamos circuncidados?

Los gentiles justificados sin la ley, aun cuando la Ley y el gobierno de Moisés todavía estaban en vigor.

Por tanto, mucho antes, cuando el reino de Moisés todavía estaba en pie y florecía, Dios mostró que justificaba a los hombres sin la ley; como en efecto justificó a muchos reyes en Egipto y en Babilonia; también a Job, y a muchas otras naciones del Oriente. Además, Nínive, gran ciudad, fue justificada y recibió la promesa de Dios de que no sería destruida. ¿Por qué medio? No porque oyera y cumpliera la ley, sino porque creyó la palabra de Dios que el profeta Jonás predicaba. Porque así dice el profeta: «Y los hombres de Nínive creyeron a Dios, y proclamaron ayuno, y se vistieron de cilicio»; es decir, se arrepintieron. Nuestros adversarios pasan astutamente por alto esta palabra, creyeron, y sin embargo toda la fuerza del pasaje descansa en ella. Tú no lees en Jonás: Y los ninivitas recibieron la ley de Moisés, fueron circuncidados, ofrecieron sacrificios, cumplieron las obras de la ley; sino que, creyendo la palabra, se arrepintieron en cilicio y ceniza.

Esto sucedió antes de que Cristo fuera revelado, cuando todavía reinaba aquella fe que creía en Cristo que había de venir. Si, pues, los gentiles fueron justificados sin la ley, y recibieron secretamente el Espíritu Santo cuando la ley todavía estaba en vigor, ¿por qué había de exigirse la ley como necesaria para la justicia, siendo que ahora, por la venida de Cristo, ha sido abolida? Por eso este es un argumento poderoso, fundado en la experiencia de los gálatas: «¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la ley, o por el oír con fe?» (Gá 3:2). Porque se vieron obligados a admitir que no habían oído nada del Espíritu Santo antes de la predicación de Pablo; pero cuando él predicó el evangelio, entonces recibieron el Espíritu Santo.

Así también nosotros hoy, convencidos por el testimonio de nuestra propia conciencia, somos obligados a confesar que el Espíritu Santo no es dado por la ley, sino por el oír con fe. Porque muchos, antes, en el papado, se esforzaron con gran trabajo y estudio por guardar la ley, los decretos de los Padres y las tradiciones del papa; y algunos, con ejercicios penosos y continuos de vigilias y oraciones, fatigaron y debilitaron tanto sus cuerpos, que después ya no podían hacer nada. Y, sin embargo, con ello no ganaron otra cosa sino afligirse y atormentarse miserablemente. Nunca pudieron alcanzar una conciencia tranquila y paz en Cristo, sino que continuamente dudaban de la buena voluntad de Dios hacia ellos. Pero ahora, puesto que el evangelio enseña que la ley y las obras no justifican, sino solo la fe en Jesucristo, de aquí sigue un conocimiento y entendimiento certísimos, una conciencia llenísima de gozo, y un juicio verdadero acerca de toda clase de vida y de todas las demás cosas. El hombre creyente puede ahora juzgar fácilmente que el papado, con todas sus órdenes religiosas y tradiciones, es impío; cosa que antes no podía hacer. Porque reinaba en el mundo una ceguera tan grande, que pensábamos que aquellas obras que los hombres habían inventado, no solo sin la voluntad de Dios, sino también contra su mandamiento, eran mucho mejores que aquellas que el magistrado, el padre de familia, el hijo y el siervo hacían por mandato de Dios.

En verdad, debimos haber aprendido por la palabra de Dios que las órdenes religiosas de los papistas, que solo ellos llaman santas, son impías, ya que no hay mandamiento de Dios ni testimonio en las Santas Escrituras acerca de ellas. Al contrario, las demás formas de vida, que sí tienen la palabra y el mandamiento de Dios, son santas y ordenadas por Dios. Pero entonces estábamos envueltos en tinieblas tan horribles, que no podíamos juzgar rectamente de nada. Ahora, en cambio, puesto que aparece la clara luz del evangelio, toda clase de vida en el mundo está bajo nuestro juicio. Podemos pronunciar con valentía, conforme a la palabra de Dios, que la condición de los siervos, que ante el mundo es la más vil, es mucho más aceptable a Dios que todas las órdenes religiosas de los papistas. Porque con su palabra él recomienda, aprueba y adorna el estado de los siervos, y no hace así con las órdenes de monjes, frailes y otros semejantes. Por tanto, este argumento fundado en la experiencia debe prevalecer también entre nosotros. Porque aunque muchos en el papado hicieron muchas y grandes obras, jamás pudieron estar seguros de la voluntad de Dios hacia ellos, sino que siempre estaban en duda. Nunca pudieron llegar al conocimiento de Dios, de sí mismos, ni de su llamamiento. Nunca sintieron en su corazón el testimonio del Espíritu. Pero ahora que aparece la verdad del evangelio, son plenamente instruidos en todas estas cosas por el solo oír con fe.

No sin causa trato estas cosas tan extensamente. Porque a la razón le parece asunto pequeño que el Espíritu Santo se reciba por el solo oír con fe, y que no se nos exija otra cosa sino que, dejando a un lado todas nuestras obras, nos entreguemos solamente a oír el evangelio. El corazón del hombre no entiende ni cree que un tesoro tan grande, a saber, el Espíritu Santo, sea dado por el solo oír con fe; sino que razona de esta manera: El perdón de los pecados, la liberación de la muerte, el don del Espíritu Santo, la justicia y la vida eterna, son cosas grandes; por tanto, si quieres obtener estos beneficios inestimables, debes hacer alguna otra cosa grande y de mucho peso. Esta opinión le agrada mucho al diablo, y también la aumenta en el corazón. Por eso, cuando la razón oye esto: Tú no puedes hacer nada para obtener el perdón de los pecados, sino que solo debes oír la palabra de Dios, en seguida grita y dice: ¡Bah! tú tienes en poco la remisión de los pecados, etc. Así, la inmensa grandeza del don es la causa de que no podamos creerlo; y porque este tesoro incomparable es ofrecido gratuitamente, por eso es despreciado.

Pero esto debemos aprender necesariamente: que el perdón de los pecados, Cristo y el Espíritu Santo, nos son dados gratuitamente por el solo oír de la fe predicada, a pesar de nuestros horribles pecados y deméritos. Y no debemos considerar cuán grande es lo que se nos da, ni cuán indignos somos de ello —porque así la grandeza del don y nuestra indignidad nos llenarían de terror—, sino que debemos pensar que agrada a Dios darnos gratuitamente este don inefable; a nosotros, digo, que somos indignos, como Cristo dice en Lucas: «No temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino» (Lc 12:32). ¿A quién? A ustedes, indignos, que son su manada pequeña. Si entonces yo soy pequeño, y la cosa que Dios me ha dado es grande —más bien, la más grande de todas—, debo pensar que también él es grande, y únicamente grande, él que la da. Si él la ofrece y la quiere dar, no considero mi propio pecado e indignidad, sino su paternal buena voluntad hacia mí, él que es el dador; y recibo con gozo y alegría la grandeza del don, y doy gracias por un don tan inestimable, dado gratuitamente a mí, sí, a mí, indigno, por el oír con fe.

Aquí, otra vez, la necia razón se ofende y nos reprende, diciendo: Cuando ustedes enseñan a los hombres a no hacer absolutamente nada para obtener un don tan grande e inestimable, sino a oír la palabra de Dios, esto parece llevar a un gran desprecio de la gracia, y hacer a los hombres seguros, ociosos y disolutos, de modo que aflojen las manos y no hagan ningún bien. Por tanto, no es bueno predicar esta doctrina, pues no es verdadera; sino que hay que urgir a los hombres a trabajar y ejercitarse para la justicia, y entonces obtendrán este don. Exactamente lo mismo objetaban en otro tiempo los pelagianos contra los cristianos. Pero oigan lo que dice Pablo en este lugar: «Recibisteis el Espíritu»; no por su propio trabajo y esfuerzo, no por las obras de la ley, «sino por el oír con fe». En resumen, oigan lo que dice Cristo mismo, y lo que responde a Marta, que estaba muy afanada y soportaba con dificultad que su hermana María, sentada a los pies de Jesús y oyendo su palabra, la dejara servir sola. «Marta, Marta», dice él, «afanada y turbada estás con muchas cosas. Pero sólo una cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada» (Lc 10:41-42). Por tanto, el hombre es hecho cristiano, no obrando, sino oyendo. Así que el que quiera ejercitarse para la justicia, primero debe ejercitarse en oír el evangelio. Y cuando haya oído y recibido el evangelio, dé gracias a Dios con un corazón gozoso y alegre; y después ejercítese en aquellas buenas obras que están mandadas en la ley, para que la ley y las obras sigan al oír con fe. Así podrá andar tranquilamente en la luz, la cual es Cristo, y escoger y hacer con valentía obras, no hipócritas, sino verdaderamente buenas, tales como sabe que agradan a Dios y que él ha mandado, y despreciar todas aquellas sombras hipócritas de obras de libre albedrío.

Nuestros adversarios piensan que la fe por la cual recibimos el Espíritu Santo es cosa ligera; pero cuán alta y difícil cosa es, yo mismo lo hallo por experiencia, y así también todos los que conmigo la abrazan sinceramente. Es fácil decir que por el solo oír con fe se recibe el Espíritu Santo; pero no es tan fácil oírlo, asirlo, creerlo y retenerlo, como decirlo. Por tanto, si me oyes decir que Cristo es aquel Cordero de Dios, sacrificado por tus pecados, mira también que lo oigas eficazmente. Pablo muy apropiadamente lo llama el «oír con fe», y no la palabra de fe, aunque haya poca diferencia; es decir, una palabra que tú, al oírla, crees, de modo que la palabra no sea solo mi voz, sino que sea oída por ti, entre en tu corazón y sea creída por ti. Entonces es verdadera y realmente el oír con fe, por medio del cual recibes el Espíritu Santo; el cual, una vez que lo hayas recibido, también mortificará tu carne.

Los fieles descubren por su propia experiencia con cuánta alegría querrían retener y abrazar la palabra cuando la oyen, con una fe plena, y abandonar esta opinión acerca de la ley y de su propia justicia; pero sienten en su carne una poderosa resistencia contra el Espíritu. Porque la razón y la carne necesariamente quieren obrar juntas. Este dicho, «Debéis circuncidaros, y guardar la ley», no puede ser arrancado por completo de nuestra mente, sino que permanece firmemente pegado en el corazón de todos los fieles. Hay, por tanto, en los fieles un conflicto continuo entre el oír con fe y las obras de la ley. Porque la conciencia siempre murmura y piensa que este camino es demasiado fácil: que por el solo oír de la palabra se nos prometen justicia, el Espíritu Santo y la vida eterna. Pero ven a una prueba seria de esto, y entonces dime qué cosa tan fácil es oír la palabra de fe. En verdad, grande es el que da; además, da grandes cosas de buena gana y gratuitamente, y no se las echa en cara a nadie. Pero tu capacidad es limitada, y la fe es débil, y sigue luchando contra ti, de modo que no eres capaz de recibir este don. Pero, aunque tu conciencia murmure contra ti cuanto quiera, y aunque este debe venga a tu mente una y otra vez, mantente firme y persevera hasta vencer este debe. Así, a medida que la fe va creciendo poco a poco, esa opinión de la justicia de la ley irá disminuyendo. Pero esto no puede hacerse sin grandes conflictos.

Gálatas 3:3

¿Sois tan necios, que, habiendo comenzado por el Espíritu, ahora vais a acabar por la carne?

Concluido este argumento, que el Espíritu Santo no viene por las obras de la ley, sino por la predicación de la fe, comienza aquí a exhortarlos y a amedrentarlos ante un doble peligro o inconveniente. El primero es: “¿Sois tan necios, que, habiendo comenzado por el Espíritu, ahora vais a acabar por la carne?” El otro sigue: “¿Tantas cosas habéis padecido en vano?” Como si dijera: Ustedes comenzaron por el Espíritu; es decir, su religión comenzó excelentemente bien. Como también dice un poco después: «Vosotros corríais bien». Pero, ¿qué han ganado con eso? Pues ahora van a acabar por la carne.

Pablo pone aquí el espíritu en contraste con la carne. No llama carne (como ya he dicho antes) a la lujuria carnal, a las pasiones bestiales o a los apetitos sensuales; porque no trata aquí de la lujuria y de tales otros deseos carnales, sino del perdón de los pecados, de la justificación de la conciencia, de obtener justicia delante de Dios, de la liberación de la ley, del pecado y de la muerte; y sin embargo dice aquí que ellos, abandonando el espíritu, ahora acaban en la carne. Por tanto, carne aquí se toma por la misma justicia y sabiduría de la carne, y por el juicio de la razón, que procura ser justificada por la ley. Así pues, cuanto hay de más excelente en el hombre, eso mismo llama aquí Pablo carne, como la sabiduría de la razón y la justicia de la ley misma.

Y este pasaje debe considerarse bien, por causa de los papistas calumniadores y pendencieros, que lo tuercen contra nosotros, diciendo que nosotros en el papismo comenzamos en el espíritu, pero ahora, habiéndonos casado, acabamos en la carne. Como si la vida célibe, o no tener esposa, fuera una vida espiritual; y como si no estorbara en nada su vida espiritual que un hombre, no contento con una sola prostituta, tenga muchas. Están locos, pues no entienden qué es el espíritu ni qué es la carne. El espíritu es todo lo que se hace en nosotros conforme al Espíritu; la carne, todo lo que se hace en nosotros conforme a la carne, sin el Espíritu. Por tanto, todos los deberes de un cristiano, como amar a su esposa, criar a sus hijos, gobernar su casa y cosas semejantes, que para ellos son mundanas y carnales, son frutos del Espíritu. Estos ciegos necios no pueden discernir las buenas criaturas de Dios de los vicios.

Aquí también debe notarse la manera de hablar que usa el apóstol cuando dice, Ut carne consummamini, hablando en voz pasiva. Como si dijera: Ustedes terminan, o más bien, son consumados en la carne. Porque la justicia de la ley, que Pablo aquí llama carne, está tan lejos de justificar, que aquellos que, después de recibir el Espíritu Santo por el oír con fe, vuelven otra vez a ella, son consumados en ella; es decir, son destruidos por completo. Por tanto, todos los que enseñan que la ley debe cumplirse con este fin, para que los hombres sean justificados por ella, mientras procuran aquietar sus conciencias, las dañan; y mientras quieren justificarlos, los condenan.

Pablo siempre dirige una mirada a los falsos apóstoles; porque ellos insistían continuamente en la ley, diciendo: La fe sola en Cristo no quita el pecado, no apacigua la ira de Dios, no justifica; por tanto, si quieren obtener estos beneficios, no solo deben creer en Cristo, sino que además deben guardar la ley, circuncidarse, guardar las fiestas, los sacrificios, etc. Haciendo así, serán libres del pecado, de la ira de Dios, de la muerte eterna. Antes bien, dice Pablo, por esas mismas cosas establecen la injusticia, provocan la ira de Dios, añaden pecado a pecado, apagan el Espíritu, caen de la gracia y la rechazan por completo; y ustedes, junto con sus discípulos, acaban en la carne. Este es el primer peligro del cual él amedrenta a los gálatas: que, si buscan ser justificados por la ley, pierdan su espíritu y cambien sus buenos comienzos por un final miserable.

Gálatas 3:4

¿Habéis padecido tantas cosas en vano?

El otro peligro o inconveniente es este: «¿Habéis padecido tantas cosas en vano?» Como si dijera: Consideren no solo cuán bien comenzaron y cuán miserablemente han abandonado su buen comienzo y la carrera que habían empezado bien; además, consideren que no solo han perdido los primeros frutos del Espíritu, al haber caído otra vez en el ministerio del pecado y de la muerte, y en una triste y miserable esclavitud de la ley; sino consideren también esto: que han sufrido mucho por causa del evangelio y por el nombre de Cristo; es decir, el despojo de sus bienes, insultos y reproches, peligros del cuerpo y de la vida, etc. Todas las cosas iban entre ustedes por un camino feliz y con gran adelanto. Enseñaban con pureza, vivían santamente y soportaban con constancia muchos males por el nombre de Cristo. Pero ahora, todo está perdido: tanto la doctrina como la fe; tanto el obrar como el padecer; tanto el Espíritu como sus frutos.

Por esto se ve suficientemente qué inconveniente trae la justicia de la ley o la justicia propia del hombre; a saber, que los que confían en ella pierden de una vez beneficios indecibles. Ahora bien, ¡qué miserable cosa es perder tan repentinamente tan inestimable gloria y seguridad de conciencia delante de Dios! Y también sufrir tantas y tan grandes aflicciones, como pérdida de bienes, esposa, hijos, cuerpo y vida, y sin embargo soportar todo esto en vano. Y de estos dos pasajes puede sacarse mucha materia para exponer y ampliar largamente la magnífica alabanza de la ley y de la justicia propia del hombre, si alguien quisiera detenerse en cada punto por separado, y declarar con qué espíritu comenzaron, cuáles fueron, cuán grandes y cuán numerosas las aflicciones que padecieron por causa de Cristo. Pero ninguna elocuencia puede exponer suficientemente estas cosas; porque son cosas inestimables de las cuales Pablo trata aquí; a saber, la gloria de Dios, la victoria sobre el mundo, la carne y el diablo, la justicia y la vida eterna; y por el otro lado, el pecado, la desesperación, la muerte eterna y el infierno. Y, sin embargo, en un momento perdemos todos estos dones incomparables, y nos acarreamos estas miserias horribles y eternas, y todo por causa de falsos maestros, cuando nos apartan de la verdad del evangelio hacia falsa doctrina. Y esto lo logran no solo con gran facilidad, sino también bajo apariencia de gran santidad.

Si en verdad fue en vano.

Esto lo añade como una corrección, por la cual suaviza la reprensión anterior, que había sido algo severa. Y esto lo hace como apóstol, para no aterrorizar demasiado a los gálatas. Aunque los reprende, sin embargo siempre lo hace de tal manera que derrama también dulce aceite, para no empujarlos a la desesperación.

Dice, por tanto: «Si en verdad fue en vano». Como si dijera: Con todo, no les quito toda esperanza. Pero si van a terminar así en la carne, es decir, seguir la justicia de la ley y abandonar el Espíritu, después de haber comenzado como comenzaron, entonces sepan que toda su gloria y confianza que tienen en Dios es en vano, y también todas sus aflicciones son inútiles. Ciertamente debo hablarles algo ásperamente en este asunto; debo ser ferviente en su defensa y algo severo al reprenderlos, especialmente siendo la materia tan importante y obligándome a ello, para que no piensen que es una pequeñez rechazar la doctrina de Pablo y recibir otra. Sin embargo, no quiero desanimarlos por completo, con tal que se arrepientan y se enmienden. Porque a los hijos enfermizos y sarnosos no se les debe desechar, sino atender y cuidar con más diligencia que a los que están sanos. Así que Pablo aquí, como un médico hábil, echa casi toda la culpa sobre los falsos apóstoles, autores y única causa de esta enfermedad mortal. En cambio, trata a los gálatas con mucha mansedumbre, para que por medio de su benignidad pudiera sanarlos. Nosotros, por tanto, siguiendo el ejemplo de Pablo, debemos de la misma manera reprender a los débiles, y curar así su enfermedad, que al mismo tiempo no dejemos de animarlos y consolarlos, no sea que, si los tratamos con demasiada dureza, caigan en desesperación.

Gálatas 3:5

Aquel, pues, que os suministra el Espíritu, y hace maravillas entre vosotros, ¿lo hace por las obras de la ley, o por el oír con fe?

Este argumento, fundado en la experiencia de los gálatas, le agrada tanto al Apóstol, que, después de haberlos reprendido y aterrorizado, poniéndoles delante un doble peligro, ahora repite lo mismo otra vez, y con una ampliación mayor, diciendo: “El que os suministra”, etc. Es como si dijera: Ustedes no solo recibieron el Espíritu por el oír con fe, sino que todo cuanto han sabido o hecho, vino por el oír con fe. Como si quisiera decir: No bastó con que Dios les diera una vez el Espíritu; sino que ese mismo Dios también los ha enriquecido con los dones del Espíritu, y los ha aumentado en ustedes, para que, una vez recibido el Espíritu, siguiera creciendo siempre y fuera cada vez más eficaz en ustedes.

Por esto es claro que los gálatas habían hecho milagros, o por lo menos habían mostrado tales frutos de fe como suelen producir los verdaderos discípulos del evangelio. Porque el Apóstol dice en otra parte que «el reino de Dios no consiste en palabras, sino en poder» (1 Co 4:20). Ahora bien, este poder no consiste solo en poder hablar del reino de Dios, sino también en mostrar de hecho que Dios, por medio de su Espíritu, obra eficazmente en nosotros. Así antes, en el capítulo segundo, dice de sí mismo que el que fue eficaz en Pedro entre los judíos, también fue eficaz en él; y que el que fue poderoso por Pedro en el apostolado de la circuncisión, también fue poderoso por él hacia los gentiles.

Cuando, pues, un predicador predica de tal manera que la palabra no es infructuosa, sino eficaz en los corazones de los oyentes, es decir, cuando siguen la fe, la esperanza, el amor y la paciencia, entonces Dios da su Espíritu y obra milagros en los oyentes. Del mismo modo, Pablo dice aquí que Dios ha dado su Espíritu a los gálatas y ha obrado milagros entre ellos. Como si dijera: Dios no solo ha hecho, por medio de mi predicación, que ustedes crean, sino también que vivan santamente, den muchos frutos de fe y sufran muchas aflicciones. También, por ese mismo poder del Espíritu Santo, de adúlteros, iracundos, impacientes y codiciosos, y aun de enemigos declarados, ustedes han llegado a ser liberales, castos, apacibles, pacientes y amantes de su prójimo. Por eso después les da testimonio en el capítulo cuarto, de que lo recibieron como a un ángel de Dios, y aun como a Cristo Jesús; y de que lo amaban tan entrañablemente, que habrían estado dispuestos a sacarse sus propios ojos para dárselos.

Ahora bien, amar a tu prójimo tan de corazón, que estés dispuesto a dar tu dinero, tus bienes, tus ojos y todo lo que tienes por su salvación, y además sufrir pacientemente todas las adversidades y aflicciones, estos son, sin duda, efectos y frutos del Espíritu; y estos, dice él, ustedes los recibieron y disfrutaron antes que esos falsos maestros vinieran entre ustedes. Pero no los recibieron por la ley, sino de Dios, que les ministró de tal manera, y aumentó diariamente en ustedes su Espíritu Santo, que el evangelio tuvo entre ustedes un curso felicísimo en enseñar, creer, obrar y sufrir.

Ahora bien, puesto que ustedes saben estas cosas, y están convencidos aun por el testimonio de sus propias conciencias, ¿cómo sucede que no muestran los mismos frutos que antes? Es decir, que no enseñan rectamente, que no creen fielmente, que no viven santamente, que no obran debidamente y que no sufren con paciencia. En fin, ¿quién los ha corrompido tanto, que ya no me tienen el mismo afecto amoroso que antes? ¿Que ya no reciben a Pablo como a un ángel de Dios, ni como a Jesucristo? ¿Que ya no quieren sacarse los ojos para dármelos? ¿Cómo pasa, digo, que ese celo ferviente de ustedes se haya enfriado tanto hacia mí, y que ahora prefieran antes que a mí a los falsos apóstoles, que tan miserablemente los engañan?

De la misma manera nos sucede hoy a nosotros. Cuando al principio predicamos el evangelio, fueron muchísimos los que favorecieron nuestra doctrina y tuvieron de nosotros una opinión buena y respetuosa; y después de su predicación siguieron los frutos y efectos de la fe. Pero ¿qué ocurrió? Surgió una clase de cabezas ligeras y trastornadas, que en poco tiempo destruyeron todo lo que nosotros habíamos plantado antes con largo trabajo y mucho esfuerzo; y además nos hicieron tan odiosos a aquellos que antes nos amaban entrañablemente y recibían agradecidos nuestra doctrina, que ahora no odian nada más que nuestro nombre. Pero de este mal el autor es el diablo, que obra en sus miembros obras contrarias, las cuales combaten enteramente contra las obras del Espíritu Santo.

Por tanto, dice el Apóstol, la experiencia de ustedes, oh gálatas, debería enseñarles que estas excelentes virtudes no procedieron de las obras de la ley; porque así como no las tenían antes del oír con fe predicado, tampoco las tienen ahora, aunque los falsos apóstoles reinen en medio de ustedes.

Nosotros también podemos decir hoy a los que se jactan de ser evangélicos y de haberse librado de la tiranía del Papa: ¿Han vencido ustedes la tiranía del Papa y obtenido libertad en Cristo por medio de los anabaptistas y otros espíritus fanáticos semejantes, o por medio de nosotros, que hemos predicado la fe en Jesucristo? Aquí, si quieren confesar la verdad, necesariamente tendrán que decir: Sin duda, por la predicación de la fe. Y en verdad fue así, que al principio de nuestra predicación la doctrina de la fe tuvo un curso felicísimo, y entonces cayeron las indulgencias del Papa, el purgatorio, los votos, las misas y semejantes abominaciones, las cuales arrastraron consigo la ruina de todo el papado.

Nadie podía condenarnos con justicia; porque nuestra doctrina era sencilla, levantando y consolando a muchas conciencias pobres, que habían estado largo tiempo oprimidas por las tradiciones de hombres bajo el papado, el cual era una tiranía manifiesta, un tormento y una crucifixión de las conciencias. Muchos, por tanto, daban gracias a Dios, porque por medio del evangelio, que nosotros primero, por la gracia de Dios, predicamos entonces, fueron librados tan poderosamente de esas redes y de ese matadero de conciencias.

Pero cuando surgieron estas nuevas cabezas insensatas, que procuraban por todos los medios desacreditarnos, entonces nuestra doctrina empezó a ser mal vista; porque corría comúnmente el rumor de que los que la profesaban no estaban de acuerdo entre sí. Muchos, grandemente ofendidos por esto, cayeron por completo de la verdad, dando ánimo a los papistas para esperar que nosotros, junto con nuestra doctrina, pronto quedaríamos reducidos a nada, y que así ellos recobrarían otra vez su antigua dignidad y autoridad.

Por eso, así como los falsos apóstoles sostenían con vehemencia que los gálatas, ya justificados por la fe en Cristo, debían circuncidarse y guardar la ley de Moisés si querían ser librados de sus pecados y de la ira de Dios, y recibir el Espíritu Santo, y sin embargo, por ese mismo medio, los cargaban más con pecados —porque el pecado no es quitado por la ley, ni el Espíritu Santo es dado por medio de ella, sino que solamente produce ira y arroja a los hombres en grandes terrores—, así también hoy estas cabezas precipitadas, que deberían procurar la seguridad de la iglesia católica y abatir de una vez todo el papado, no han hecho ningún bien, sino mucho daño a la iglesia: no han derribado al papado, sino que más bien lo han fortalecido.

Pero si ellos hubieran, como comenzaron, enseñado y defendido diligentemente de común acuerdo con nosotros el artículo de la justificación, es decir, que somos justificados no por la justicia de la ley ni por nuestra propia justicia, sino solo por la fe en Jesucristo, sin duda este solo artículo, poco a poco, como ya había comenzado, habría derribado todo el papado, con todas sus cofradías, indulgencias, órdenes religiosas, reliquias, ceremonias, invocación de santos, purgatorio, misas, vigilias, votos e infinitas abominaciones semejantes. Pero ellos, dejando la predicación de la fe y de la verdadera justicia cristiana, han tomado otro camino, para gran perjuicio tanto de la sana doctrina como de las iglesias.

Gálatas 3:6

Como Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia.

Hasta aquí Pablo razona a partir de la experiencia de los gálatas, y con este argumento los apremia con fuerza. Ustedes, dice él, han creído; y creyendo, han hecho milagros y han mostrado muchas señales notables. Además, han sufrido muchas aflicciones. Todas estas cosas son efectos y obras, no de la ley, sino del Espíritu Santo. Esto los gálatas se veían obligados a confesarlo. Porque no podían negar estas cosas que estaban delante de sus ojos y eran evidentes a sus sentidos. Por tanto, este argumento, fundado en su propia experiencia, es muy fuerte.

Ahora añade el ejemplo de Abraham, y cita el testimonio de la Escritura. El primero es de Gn 15:6: «Y creyó a Jehová, y le fue contado por justicia». Este pasaje el apóstol lo desarrolla aquí poderosamente, como también lo hizo en su Epístola a los Romanos: «Porque si Abraham fue justificado por las obras, tiene de qué gloriarse, pero no para con Dios» (Ro 4:2-3). Porque delante de Dios no hay en él nada sino pecado e ira. Ahora bien, él fue justificado delante de Dios, no porque obrara, sino porque creyó; pues la Escritura dice: «Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia». Allí Pablo expone y amplía este pasaje de manera notable, como bien lo merece: «Y no se debilitó en la fe al considerar su cuerpo, que estaba ya como muerto, siendo de casi cien años, o la esterilidad de la matriz de Sara. Tampoco dudó, por incredulidad, de la promesa de Dios, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que era también poderoso para hacer todo lo que había prometido. Por lo cual también su fe le fue contada por justicia. Y no solamente con respecto a él se escribió que le fue contada, sino también con respecto a nosotros» (Ro 4:19-20, etc.).

Pablo, con estas palabras, «Abraham creyó», hace de la fe en Dios el principal culto, el principal deber, la principal obediencia y el principal sacrificio. Que el que es retórico amplíe este pasaje, y verá que la fe es algo todopoderoso, y que su poder es infinito e inestimable; porque da gloria a Dios, que es el servicio más alto que puede rendírsele. Ahora bien, dar gloria a Dios es creer en él, tenerlo por verdadero, sabio, justo, misericordioso y todopoderoso; en resumen, reconocerlo como autor y dador de todo bien. Esto no lo hace la razón, sino la fe. Eso es lo que nos hace pueblo divino y, por decirlo así, es la creadora de cierta divinidad, no en la sustancia de Dios, sino en nosotros. Porque sin fe, Dios pierde en nosotros su gloria, sabiduría, justicia, verdad y misericordia. En conclusión: donde no hay fe, no queda para Dios ninguna majestad ni divinidad. Y lo principal que Dios exige del hombre es que le dé su gloria y su divinidad; es decir, que no lo tenga por un ídolo, sino por Dios; por aquel que cuida de él, lo oye, le muestra misericordia y lo ayuda. Hecho esto, Dios tiene su divinidad plena y perfecta; es decir, tiene todo lo que un corazón creyente puede atribuirle. Poder, pues, dar esa gloria a Dios es la sabiduría de las sabidurías, la justicia de las justicias, la religión de las religiones y el sacrificio de los sacrificios. Por esto podemos ver cuán alta y excelente justicia es la fe, y así, por el contrario, cuán horrible y grave pecado es la incredulidad.

Todo el que cree la palabra de Dios, como Abraham, es justo delante de Dios, porque tiene fe, la cual da gloria a Dios; es decir, da a Dios lo que le es debido. Porque la fe dice así: Yo te creo, oh Dios, cuando hablas. ¿Y qué dice Dios? Cosas imposibles, mentirosas, necias, débiles, absurdas, abominables, heréticas y diabólicas, si creen a la razón. Porque, ¿qué hay más absurdo, necio e imposible que cuando Dios dice a Abraham que tendría un hijo del cuerpo estéril y ya muerto de su esposa Sara?

Así también, si seguimos el juicio de la razón, Dios propone cosas absurdas e imposibles cuando nos presenta los artículos de la fe cristiana. En verdad, a la razón le parece una cosa absurda y necia que en la Cena del Señor se nos ofrezcan el cuerpo y la sangre de Cristo; que el bautismo sea el lavamiento de la regeneración y de la renovación en el Espíritu Santo; que los muertos resucitarán en el día postrero; que Cristo, el Hijo de Dios, fue concebido y llevado en el vientre de la virgen María; que nació; que padeció la afrentosísima muerte de la cruz; que resucitó; que ahora está sentado a la diestra de Dios Padre; y que tiene potestad tanto en el cielo como en la tierra. Por esta causa Pablo llama al evangelio de Cristo crucificado palabra de la cruz y locura de la predicación (1 Co 1:18), la cual para los judíos era tropezadero, y para los gentiles doctrina insensata. Por tanto, la razón no entiende que oír la palabra de Dios y creerla es el principal servicio que Dios requiere de nosotros; sino que piensa que agradan a Dios aquellas cosas que ella escoge y hace con buena intención, como ellos la llaman, y por su propia devoción. Por eso, cuando Dios habla, la razón juzga que su palabra es herejía y palabra del diablo, porque le parece absurda y necia.

Pero la fe mata la razón y da muerte a esa bestia que el mundo entero y todas las criaturas no pueden matar. Así la mató Abraham por la fe en la palabra de Dios, por la cual le fue prometida descendencia de Sara, que era estéril y ya había pasado la edad de dar a luz. A esta palabra, la razón no cedió inmediatamente en Abraham, sino que luchó en él contra la fe, juzgando que era algo absurdo, necio e imposible, que Sara, que no solo tenía ya noventa años, sino que además era estéril por naturaleza, diera a luz un hijo. Así luchó la fe con la razón en Abraham; pero aquí la fe obtuvo la victoria, mató y sacrificó a la razón, ese enemigo de Dios tan cruel y pestilente. Así todos los piadosos, entrando con Abraham en las tinieblas de la fe, matan la razón, diciendo: Razón, tú eres necia; no favoreces las cosas que son de Dios; por tanto, no hables contra mí, sino calla. No juzgues, sino oye la palabra de Dios y créela. Así los piadosos, por la fe, matan una bestia mayor que todo el mundo, y por ello ofrecen a Dios un sacrificio y servicio sumamente aceptables.

Y comparados con este sacrificio de los fieles, todas las religiones de todas las naciones, y todas las obras de todos los monjes y traficantes de méritos, no son nada. Porque por este sacrificio, primero, como he dicho, matan la razón, gran y poderoso enemigo de Dios. Porque la razón desprecia a Dios, niega su sabiduría, justicia, poder, verdad, misericordia, majestad y divinidad. Además, por el mismo sacrificio dan gloria a Dios; es decir, creen que él es justo, bueno, fiel, verdadero, etc.; creen que puede hacerlo todo; que todas sus palabras son santas, verdaderas, vivas y eficaces, etc.; lo cual es una obediencia sumamente aceptable a Dios. Por tanto, no puede haber en el mundo obra mayor o más santa, ni servicio más aceptable a Dios, que la fe.

Por el contrario, los justiciarios, y los que buscan justicia por sus propias obras, faltos de fe, hacen muchas cosas. Ayunan, oran, velan, se imponen cruces. Pero porque piensan aplacar la ira de Dios y merecer la gracia por tales cosas, no dan gloria a Dios; es decir, no lo juzgan misericordioso, verdadero y cumplidor de sus promesas, etc., sino un juez airado que debe ser apaciguado con obras. Y así desprecian a Dios, lo hacen mentiroso en todas sus promesas, niegan a Cristo y todos sus beneficios. En conclusión, echan a Dios de su trono y se ponen ellos en su lugar. Porque, rechazando y despreciando la palabra de Dios, escogen para sí un culto a Dios y unas obras que Dios no ha mandado. Se imaginan que Dios se complace en ello, y esperan recibir de él recompensa por lo mismo. Por eso no matan la razón, ese poderoso enemigo de Dios, sino que la vivifican; y quitan a Dios su majestad y su divinidad, y las atribuyen a sus propias obras. Por tanto, solo la fe da gloria a Dios, como Pablo testifica de Abraham: «Abraham», dice, «se fortaleció en fe y dio gloria a Dios, plenamente convencido de que era también poderoso para hacer todo lo que había prometido; por lo cual también su fe le fue contada por justicia» (Ro 4:20-22).

La justicia cristiana consiste en la fe del corazón y en la imputación de Dios. No sin causa añade esta sentencia del capítulo quince de Génesis: «Y le fue contado por justicia». Porque la justicia cristiana consiste en dos cosas; es decir, en la fe del corazón y en la imputación de Dios. La fe es en verdad una justicia formal; y, sin embargo, esta justicia no basta, porque después de la fe todavía permanecen ciertos restos de pecado en nuestra carne. Este sacrificio de fe comenzó en Abraham, pero al final fue consumado en la muerte. Por tanto, es necesario que se añada también la otra parte de la justicia, para perfeccionarla en nosotros; es decir, la imputación de Dios. Porque la fe no da bastante a Dios, ya que es imperfecta; más bien, nuestra fe no es sino una pequeña chispa de fe, que solo comienza a atribuir a Dios su verdadera divinidad. Hemos recibido las primicias del Espíritu, pero no todavía la plenitud. Además, la razón no está del todo muerta en esta vida. Esto puede verse por nuestra concupiscencia, ira, impaciencia y otros frutos de la carne y de la incredulidad que aún permanecen en nosotros. Sí, aun los más santos que viven no tienen todavía un gozo pleno y continuo en Dios, sino diversas pasiones, a veces temor, a veces tristeza, como testifican las Escrituras acerca de los profetas y los apóstoles. Pero tales faltas no les son imputadas por causa de su fe en Cristo; de otro modo, ninguna carne sería salva. Concluimos, pues, sobre estas palabras, «le fue contado por justicia», que la justicia ciertamente comienza por la fe; pero como la fe es débil, no es hecha perfecta sin la imputación de Dios. Por tanto, la fe comienza la justicia, pero la imputación la perfecciona hasta el día de Cristo.

Los sofistas papistas y los escolásticos también disputan acerca de la imputación cuando hablan de la buena aceptación de la obra; pero lo hacen fuera de la Escritura y totalmente contra ella, porque la tuercen solamente hacia las obras. No consideran la inmundicia ni el veneno interior que se esconde en el corazón, como la incredulidad, la duda, el menosprecio y el odio a Dios. Estas bestias, sumamente perniciosas y peligrosas, son la fuente y la causa de todo mal. No consideran más que las faltas externas y groseras, y la injusticia externa, que son pequeños ríos que proceden y brotan de esas fuentes. Por eso atribuyen la aceptación a las obras; es decir, que Dios acepta nuestras obras, no por deuda, sino por congruencia.

Nosotros, por el contrario, excluyendo todas las obras, vamos a la misma cabeza de esta bestia que se llama razón, la cual es la fuente y el manantial principal de todos los males. Porque la razón no teme a Dios, no ama a Dios, no confía en Dios, sino que orgullosamente lo menosprecia. No se mueve ni por sus amenazas ni por sus promesas. No se deleita en sus palabras ni en sus obras, sino que murmura contra él, se enoja con él, lo juzga y lo odia; en una palabra, «porque los designios de la carne son enemistad contra Dios» (Ro 8:7). Muerta una vez esta bestia pestilente —la razón, digo yo—, todos los vicios externos y groseros no serían nada.

Por eso, antes que nada, debemos procurar, por la fe, matar la incredulidad, el menosprecio y el odio a Dios, la murmuración contra su juicio, contra su ira, y contra todas sus palabras y obras; porque entonces matamos la razón, la cual no puede ser muerta por ningún otro medio sino por la fe. La fe, al creer a Dios, le da la gloria, aunque él diga cosas que a la razón le parecen necias, absurdas e imposibles; y también aunque Dios se presente de otra manera de la que la razón puede juzgar o concebir. Es decir, de esta manera: “Yo te tendré y te declararé justo, no por guardar la ley, no por tus obras ni por tus méritos, sino por tu fe en Jesucristo, mi Hijo unigénito; el cual nació, padeció, fue crucificado y murió por tus pecados; y el pecado que permanece en ti, no te lo imputaré”.

Si la razón no es muerta, y si no son condenadas todas las clases de religión y culto a Dios bajo el cielo que los hombres han inventado para obtener justicia delante de Dios, la justicia de la fe no puede tener lugar.

Cuando la razón oye esto, en seguida se ofende; se enfurece y descarga toda su malicia contra Dios, diciendo: «¿Son nada, entonces, mis buenas obras? ¿He trabajado en vano y llevado la carga y el calor del día?» (Mt 20:11). De aquí nacen esos tumultos de naciones, reyes y príncipes contra el Señor y contra su Cristo (Sal 2:2). Porque el mundo ni quiere ni puede sufrir que su sabiduría, su justicia, sus religiones y sus cultos sean reprendidos y condenados. El Papa, con toda su chusma papista, no quiere parecer errar; mucho menos quiere sufrir ser condenado.

Por tanto, los que se dedican al estudio de la Santa Escritura aprendan de esta sentencia: “Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia”, a exponer verdadera y rectamente esta verdadera justicia cristiana de esta manera: que es una fe y confianza en el Hijo de Dios, o más bien, una confianza del corazón en Dios por medio de Jesucristo. Y añadan esta cláusula como diferencia: que esta fe y confianza es contada por justicia por causa de Cristo. Porque estas dos cosas, como ya he dicho, obran la justicia cristiana: a saber, la fe en el corazón, que es don de Dios y ciertamente cree en Cristo; y también que Dios acepta esta fe imperfecta por justicia perfecta, por causa de Cristo, en quien he comenzado a creer.

Por esta fe en Cristo, Dios no ve mi duda acerca de su buena voluntad para conmigo, mi desconfianza, mi tristeza de espíritu y otros pecados que todavía están en mí. Porque mientras viva en la carne, el pecado verdaderamente está en mí. Pero, como estoy cubierto bajo la sombra de las alas de Cristo, como el polluelo debajo del ala de la gallina, y habito sin temor bajo ese amplísimo y grande cielo del perdón de los pecados que está extendido sobre mí, Dios cubre y perdona el resto del pecado que hay en mí. Es decir, por aquella fe con que empecé a aferrarme a Cristo, él acepta mi justicia imperfecta como si fuera justicia perfecta, y cuenta mi pecado como no pecado, aunque en realidad sí es pecado.

Así nos refugiamos bajo el amparo de la carne de Cristo, quien es nuestra «columna de nube para guiarlos por el camino de día, y de noche en una columna de fuego para alumbrarles» (Éx 13:21), para que Dios no vea nuestro pecado. Y aunque nosotros sí lo vemos, y por eso sentimos los terrores de la conciencia, sin embargo, huyendo a Cristo, nuestro mediador y reconciliador —por quien somos hechos perfectos—, estamos seguros y a salvo. Porque así como todas las cosas están en él, así también por medio de él lo tenemos todo, y él mismo suple todo lo que nos falta. Cuando creemos esto, Dios hace como que no ve los pecados y los restos de pecado que todavía se pegan a nuestra carne, y así los cubre como si no fueran pecado. Porque, dice él, como crees en mi Hijo, aunque tengas muchos pecados, sin embargo te serán perdonados, hasta que por la muerte seas completamente librado de ellos.

Que los cristianos aprendan con toda diligencia a entender este artículo de la justicia cristiana. Y para este fin, lean a Pablo, y léanlo otra vez, a menudo y con gran diligencia; y comparen lo primero con lo último; sí, comparen a Pablo enteramente y por completo consigo mismo. Entonces hallarán que es verdad que la justicia cristiana consiste en estas dos cosas: a saber, en la fe, que da gloria a Dios, y en la imputación de Dios. Porque la fe es débil, como ya he dicho, y por eso necesariamente debe unirse a ella la imputación de Dios; es decir, que Dios no nos cargará el resto del pecado; que no lo castigará ni nos condenará por él, sino que lo cubrirá y lo perdonará gratuitamente, como si no fuera nada en absoluto; no por causa de nosotros, ni por nuestro mérito y obras, sino por causa de Jesucristo, en quien creemos.

Así, un cristiano es a la vez justo y pecador, santo y profano; enemigo de Dios, y sin embargo hijo de Dios. Estos contrarios ningún sofista los admitirá, porque no conocen la verdadera manera de la justificación. Y esta fue la causa por la cual obligaron a los hombres a hacer buenas obras por tanto tiempo, hasta que llegaran a no sentir en sí mismos ningún pecado. Con esto dieron ocasión a muchos —que, esforzándose con todo su empeño por ser perfectamente justos, no pudieron alcanzarlo— a volverse completamente locos. Sí, también un número infinito de aquellos que fueron autores de esta opinión diabólica, en la hora de la muerte fueron llevados a la desesperación. Y eso también me habría sucedido a mí, si Cristo no me hubiera mirado misericordiosamente y me hubiera librado de este error.

Nosotros, por el contrario, enseñamos y consolamos al pecador afligido de esta manera: Hermano, no te es posible llegar a ser tan justo en esta vida que no sientas ningún pecado, y que tu cuerpo sea claro como el sol, sin mancha ni arruga; todavía tienes arrugas y manchas, y sin embargo eres santo. Pero dirás: “¿Cómo puedo ser santo, cuando tengo y siento pecado en mí?” Respondo: El hecho de que sientas y reconozcas tu pecado es una buena señal; da gracias a Dios y no desesperes. Es un paso hacia la salud cuando el enfermo reconoce y confiesa su enfermedad. “Pero, ¿cómo seré librado del pecado?” Corre a Cristo, el médico, que sana a los quebrantados de corazón y salva a los pecadores. No sigas el juicio de la razón, que te dice que él está airado contra los pecadores; sino mata la razón y cree en Cristo. Si crees, eres justo, porque das gloria a Dios, que él es todopoderoso, misericordioso, verdadero, etc. Tú justificas y alabas a Dios. En una palabra, le atribuyes su divinidad y todo lo demás que le pertenece. Y el pecado que permanece en ti no te es imputado, sino perdonado por causa de Cristo, en quien crees, el cual es perfectamente justo; cuya justicia es tu justicia, y tu pecado es su pecado.

Aquí vemos que todo cristiano es un sumo sacerdote. Porque primero ofrece y mata su propia razón y la sabiduría de la carne; luego da gloria a Dios, reconociendo que él es justo, verdadero, paciente, benigno y misericordioso. Y este es aquel sacrificio diario del Nuevo Testamento que debe ofrecerse por la tarde y por la mañana. El sacrificio de la tarde es matar la razón; el sacrificio de la mañana es glorificar a Dios.

Así, un cristiano está diaria y continuamente ocupado en este doble sacrificio y en el ejercicio del mismo. Y nadie es capaz de expresar suficientemente la excelencia y dignidad de este sacrificio cristiano.

Esta es, por tanto, una definición extraña y maravillosa de la justicia cristiana: que es la imputación de Dios como justicia, o para justicia, a causa de nuestra fe en Cristo, o por causa de Cristo. Cuando los escolásticos papistas oyen esta definición, se ríen de ella. Porque imaginan que la justicia es infundida en el alma, y luego se extiende a todas las partes del hombre. No pueden desechar las vanas imaginaciones de la razón, la cual enseña que un juicio recto, y una buena voluntad, o una buena intención, es la verdadera justicia. Este don inefable, por tanto, sobrepasa toda razón: que Dios tenga y reconozca por justo, sin obras, al que abraza a su Hijo solamente por la fe, el cual fue enviado al mundo, nació, padeció y fue crucificado por nosotros.

Este asunto, en cuanto a las palabras, es fácil; a saber, que la justicia no está esencialmente en nosotros, como razonan los papistas a partir de Aristóteles, sino fuera de nosotros, solamente en la gracia de Dios y en su imputación; y que no hay en nosotros ninguna sustancia esencial de justicia, aparte de esa fe débil o primeros frutos de la fe, por la cual hemos comenzado a aprehender a Cristo, y mientras tanto el pecado permanece verdaderamente en nosotros. Pero en la realidad no es cosa pequeña ni ligera, sino muy grave y de gran importancia. Porque Cristo, que fue dado por nosotros y a quien aprehendemos por la fe, no ha hecho por nosotros cosa pequeña, sino que, como Pablo dijo antes, «me amó y se entregó a sí mismo por mí»; fue hecho maldición por nosotros, etc. (Gá 2:20; 3:13). Y no es una especulación vana que Cristo fue entregado por mis pecados, y fue hecho maldición por mí, para que yo fuese librado de la muerte eterna. Por tanto, aprehender por la fe a ese Hijo (Is 9:6), y creer con el corazón en él, dado a nosotros y por nosotros por Dios, hace que Dios cuente esa fe, aunque sea imperfecta, por justicia perfecta.

Y aquí estamos ya por completo en otro mundo, lejos de la razón, donde no discutimos qué debemos hacer, o con qué obras podemos merecer la gracia y el perdón de los pecados; sino que estamos en un asunto de altísima y celestial teología, donde oímos este evangelio o buenas nuevas: que Cristo murió por nosotros, y que nosotros, al creer esto, somos tenidos por justos, aunque todavía permanezcan pecados en nosotros, y pecados grandes. Así también nuestro Salvador Cristo define la justicia de la fe. «Pues el Padre mismo os ama», dice él. ¿Por qué, pues, los ama? No porque ustedes fueran fariseos, irreprensibles en la justicia de la ley, circuncidados, haciendo buenas obras, ayunando, etc.; sino porque yo los he escogido del mundo, y ustedes no han hecho otra cosa sino amarme y creer que yo salí del Padre. Este objeto, es decir, que yo fui enviado del Padre al mundo, les agradó. Y porque ustedes han asido y abrazado este objeto, por eso el Padre los ama, y por eso ustedes le agradan. Y sin embargo, en otro lugar los llama malos, y les manda pedir perdón por sus pecados. Estas dos cosas son completamente contrarias; a saber, que un cristiano es justo y amado de Dios, y sin embargo, es pecador. Porque Dios no puede negar su propia naturaleza; es decir, necesariamente ha de aborrecer el pecado y a los pecadores; y esto lo hace por necesidad, porque de otro modo sería injusto y amaría el pecado. ¿Cómo, entonces, pueden mantenerse juntas estas dos cosas contradictorias: yo soy pecador, y muy digno de la ira e indignación de Dios; y, sin embargo, el Padre me ama? Aquí no se interpone nada, sino solamente Cristo el mediador. «Pues el Padre mismo os ama», dice él, no porque ustedes sean dignos de ser amados, sino porque ustedes me han amado, y han creído que yo salí de Dios» (Jn 16:27; 18:8).

Así, el hombre cristiano permanece en verdadera humildad, sintiendo eficazmente el pecado en sí mismo, y confesando que por ello es digno de la ira, del juicio de Dios y de la muerte eterna, para que sea humillado en esta vida; y sin embargo, continúa aún en su santa soberbia, en la cual se vuelve a Cristo, y en él se levanta contra este sentimiento de la ira y del juicio de Dios; y cree que no solo los restos del pecado no le son imputados, sino también que es amado del Padre, no por causa de sí mismo, sino por causa de Cristo, a quien el Padre ama.

Por esto ahora podemos ver cómo la fe justifica sin obras; y sin embargo, cómo también es necesaria la imputación de justicia. Los pecados permanecen en nosotros, y Dios los aborrece por completo. Por tanto, es necesario que tengamos imputación de justicia, la cual obtenemos por medio de Cristo y por causa de Cristo, quien nos es dado a nosotros, y es recibido por nosotros por la fe. Mientras tanto, en tanto que vivimos aquí, somos llevados y alimentados en el seno de la misericordia y longanimidad de Dios, hasta que el cuerpo de pecado sea abolido, y nosotros seamos resucitados como nuevas criaturas en aquel gran día. Entonces habrá cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales morará la justicia. Entretanto, debajo de este cielo habitan el pecado y los hombres malvados, y también los piadosos tienen pecado que mora en ellos. Por esta causa, Pablo (Ro 7) se queja del pecado que permanece en los santos; y sin embargo, después dice en el capítulo ocho: «Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús» (Ro 8:1). Ahora bien, ¿cómo se reconciliarán estas cosas tan contrarias y repugnantes entre sí? ¿Que el pecado en nosotros no es pecado? ¿Que el que es condenable no será condenado? ¿Que el que es desechado no será desechado? ¿Que el que es digno de la ira de Dios y de condenación eterna no será castigado? El único reconciliador de todo esto es el Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, como dice Pablo: «Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús» (1 Ti 1:5; Ro 8:1).

Gálatas 3:7

Sabed, por tanto, que los que son de fe, éstos

son los hijos de Abraham.

Ésta era la confianza y la gloria de los judíos: “Somos descendencia e hijos de Abraham”. Él fue circuncidado y guardó la ley; por tanto, si queremos ser los verdaderos hijos de Abraham, debemos seguir a nuestro padre, etc. Sin duda era una gloria y dignidad excelentes ser descendencia de Abraham. Porque nadie podía negar que Dios habló a la descendencia de Abraham y acerca de ella. Pero este privilegio de nada aprovechó a los judíos incrédulos. Por eso Pablo, especialmente en este lugar, combate con gran fuerza este argumento, y arranca a los judíos esta fuerte confianza en sí mismos; y esto podía hacerlo él, como vaso escogido de Cristo (Hch 9:15), por encima de todos los demás. Porque si al principio hubiéramos disputado con los judíos sin Pablo, quizá habríamos prevalecido muy poco contra ellos.

Así, cuando Pablo razona contra los judíos, que se mantenían tan orgullosamente en esta opinión de que eran hijos de Abraham, diciendo: “Somos descendencia de Abraham”, bien, ¿y qué? Abraham fue circuncidado y guardó la ley; nosotros hacemos lo mismo. Todo esto lo concedo; pero, ¿esperan por eso ser justificados y salvos? No, no es así. Vayamos más bien al mismo patriarca Abraham, y veamos por qué medio fue él justificado y salvo. Sin duda, no por sus excelentes virtudes y santas obras; no porque dejó su tierra, su parentela y la casa de su padre; no porque fue circuncidado y observó la ley; no porque estaba dispuesto a ofrecer en sacrificio, por mandamiento de Dios, a su hijo Isaac, en quien tenía la promesa de la descendencia; sino porque creyó. (Gn 12:1; 17:24; 22:1, 3.) Por tanto, no fue justificado por ningún otro medio sino por la sola fe. Si entonces ustedes quieren ser justificados por la ley, con mucha más razón debía Abraham, su padre, ser justificado por la ley. Pero Abraham no pudo ser justificado de otra manera, ni recibir el perdón de pecados y el Espíritu Santo, sino solamente por la fe. Si esto es verdad por el testimonio de la Escritura, ¿por qué insisten tanto en la circuncisión y en la ley, sosteniendo que por ellas tienen justicia y salvación, cuando el mismo Abraham, su padre, su fuente y principio, de quien tanto se glorían, fue justificado y salvo sin ellas, por la sola fe? ¿Qué se puede decir contra este argumento?

Por eso Pablo concluye con esta sentencia: “Los que son de fe, éstos son hijos de Abraham”; es decir, que el nacimiento corporal o la descendencia carnal no hace hijos de Abraham delante de Dios. Como si dijera: delante de Dios nadie es contado como hijo de este Abraham —siervo de Dios, a quien Dios escogió e hizo justo por la fe— por generación carnal; sino que debe tener hijos delante de Dios conforme a como él mismo fue padre. Pero él fue padre de fe; fue justificado y agradó a Dios, no porque pudiera engendrar hijos según la carne, no porque tuviera la circuncisión y la ley, sino porque creyó en Dios. Por tanto, el que quiera ser hijo del Abraham creyente, debe también creer él mismo; de otro modo no es hijo del Abraham escogido, amado y justificado, sino solamente del Abraham engendrador, que no es otra cosa que un hombre concebido, nacido y envuelto en pecado, sin perdón de pecados, sin fe, sin el Espíritu Santo, como cualquier otro hombre, y por tanto condenado. Tales son también los hijos engendrados carnalmente de él, que no tienen en sí nada semejante a su padre, sino carne y sangre, pecado y muerte; por tanto, también éstos son condenados. Así que esta gloriosa jactancia, “Somos descendencia de Abraham” (Jn 8:33, 39), no sirve de nada.

Este argumento lo expone Pablo claramente en Romanos 9 por medio de dos ejemplos de la santa Escritura. El primero es el de Ismael e Isaac, que ambos eran descendencia e hijos naturales de Abraham; y, sin embargo, Ismael —que fue engendrado por Abraham lo mismo que Isaac, y aun debía haber sido el primogénito, si la generación carnal hubiera tenido alguna prerrogativa o pudiera hacer hijos para Abraham— es excluido; y sin embargo la Escritura dice: «En Isaac te será llamada descendencia» . El segundo es el de Esaú y Jacob, quienes, cuando aún estaban en el vientre de su madre y no habían hecho ni bien ni mal, se dijo: «El mayor servirá al menor»; y: «A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí». Por tanto, es claro que los que son de fe, éstos son hijos de Abraham.

Pero algunos objetarán aquí —como hacen los judíos, y ciertos espíritus pendencieros en nuestros días— diciendo que esta palabra fe en hebreo significa verdad, y por tanto nosotros no la aplicamos correctamente; y además, que este lugar, tomado de Gn 15:5, habla de una cosa corporal, a saber, de la promesa de la descendencia, y por tanto Pablo no lo aplica bien a la fe en Cristo, sino que debe entenderse simplemente de la fe de Abraham, por la cual creyó, conforme a la promesa de Dios, que tendría descendencia. Y con esto querrían probar que los argumentos y citas de Pablo nada concluyen. De la misma manera también podrían discutir que el lugar que Pablo cita un poco más adelante de Hab 2:4 habla de la fe en cuanto al cumplimiento completo de toda la visión, y no de la sola fe en Cristo, para lo cual Pablo lo cita. Asimismo podrían torcer todo Hebreos 11, que habla de la fe y de ejemplos de fe. Con estas cosas, tales espíritus vanagloriosos y arrogantes buscan alabanza, y procuran ser tenidos por sabios y eruditos donde menos lo merecen. Pero por causa de los sencillos e ignorantes, responderemos brevemente a sus objeciones.

A la primera respondo así: que la fe no es otra cosa sino la verdad del corazón; es decir, una opinión verdadera y recta del corazón acerca de Dios. Ahora bien, sólo la fe piensa y juzga rectamente de Dios, y no la razón. Y entonces piensa el hombre rectamente de Dios, cuando cree su palabra. Pero cuando quiere medir a Dios sin la palabra, y creer acerca de él según la sabiduría de la razón, no tiene una opinión recta de Dios en su corazón, y por tanto no puede pensar ni juzgar de él como debe. Por ejemplo, cuando un monje imagina que su capucha, su tonsura y sus votos agradan a Dios, y que por ello le son dadas la gracia y la vida eterna, no tiene una opinión verdadera de Dios, sino falsa y llena de impiedad. La verdad, por tanto, es la fe misma, que juzga rectamente de Dios; a saber, que Dios no mira nuestras obras y justicia, porque somos inmundos; sino que tendrá misericordia de nosotros, pondrá sus ojos en nosotros, nos aceptará, nos justificará y nos salvará, si creemos en su Hijo, a quien ha enviado para ser sacrificio por los pecados de todo el mundo (1 Jn 2:2). Ésta es una opinión verdadera de Dios, y en realidad no es otra cosa que la fe misma. Yo no puedo comprender, ni estar plenamente seguro por la razón, de que soy recibido en el favor de Dios por causa de Cristo; pero oigo que esto es proclamado por el evangelio, y me aferro a ello por la fe.

A la segunda objeción respondo que Pablo cita correctamente el lugar del capítulo quince de Génesis, aplicándolo a la fe en Cristo. Porque con la fe siempre debe ir unida una cierta seguridad de la misericordia de Dios. Ahora bien, esta seguridad comprende una confianza fiel en la remisión de los pecados por causa de Cristo. Porque es imposible que tu conciencia espere recibir algo de la mano de Dios, si primero no está segura de que Dios te es misericordioso por causa de Cristo. Por tanto, todas las promesas deben referirse a aquella primera promesa acerca de Cristo: «Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza» (Gn 3:15). Así lo entendieron y enseñaron todos los profetas. Por esto podemos ver que la fe de nuestros padres en el Antiguo Testamento y la nuestra ahora en el Nuevo es toda una misma, aunque difieren en cuanto a sus objetos externos. Esto lo atestigua Pedro en Hechos, cuando dice: «Ahora, pues, ¿por qué tentáis a Dios, poniendo sobre la cerviz de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros hemos podido llevar? Antes creemos que por la gracia del Señor Jesús seremos salvos, de igual modo que ellos» (Hch 15:10-11). Y Pablo dice: «Y todos bebieron la misma bebida espiritual; porque bebían de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo» (1 Co 10:4). Y el mismo Cristo dice: «Abraham vuestro padre se gozó de que había de ver mi día; y lo vio, y se gozó» (Jn 8:56).

Sin embargo, la fe de los padres estaba fundada en Cristo que había de venir, como la nuestra lo está en Cristo que ya ha venido. Abraham, en su tiempo, fue justificado por la fe en Cristo que había de venir; pero si viviera hoy, sería justificado por la fe en Cristo ahora revelado y presente; como ya he dicho antes de Cornelio, quien al principio creyó en Cristo que había de venir, pero siendo instruido por Pedro, creyó que Cristo ya había venido (Hch 10:1, 3). Por tanto, la diversidad de tiempos nunca cambia la fe, ni el Espíritu Santo, ni sus dones. Porque ha habido, hay, y siempre habrá una misma mente, un mismo juicio y entendimiento acerca de Cristo, tanto en los antiguos padres como en los fieles que viven hoy y los que vendrán después. Así también nosotros tenemos a Cristo por venir y creemos en él, así como los padres en el Antiguo Testamento lo tenían. Porque esperamos que él venga otra vez en el último día con gloria, para juzgar a vivos y muertos, él mismo a quien ahora creemos que ya ha venido para nuestra salvación. Por tanto, esta cita de Pablo no ofende a nadie sino a esos objetores ciegos e ignorantes.

Por tanto, como he dicho, Pablo cita correctamente aquel lugar de Génesis acerca de la fe en Cristo, cuando habla de la fe de Abraham. Porque todas las promesas pasadas estaban contenidas en Cristo que había de venir. Así pues, tanto Abraham y los demás padres como también nosotros somos hechos justos por la fe en Cristo: ellos por la fe en aquel que entonces había de venir; nosotros por la fe en aquel que ahora está presente. Porque ahora tratamos de la naturaleza y manera de la justificación, la cual es toda una misma tanto en ellos como en nosotros, ya sea en Cristo por ser revelado, o en Cristo ya revelado y presente. Basta, pues, con que Pablo muestre que la ley no justifica, sino sólo la fe; ya sea en Cristo por venir, o en Cristo ya venido.

Hoy también, para algunos Cristo está presente; para otros todavía ha de venir. Para todos los creyentes él está presente; para los incrédulos todavía no ha venido, ni les aprovecha absolutamente nada. Pero si oyen el evangelio y creen que él está presente para ellos, los justifica y los salva.

Sabed, por tanto, que los que son de fe, éstos son los hijos de Abraham.

Como si dijera: sepan por este ejemplo de Abraham, y por el claro testimonio de la Escritura, que son hijos de Abraham los que son de fe, sean judíos o gentiles, sin consideración alguna de la ley, de las obras, o de la generación carnal de los padres. Porque no por la ley, sino por la justicia de la fe, fue hecha a Abraham la promesa de que sería heredero del mundo; es decir, que en su descendencia serían benditas todas las naciones de la tierra, y que sería llamado padre de naciones. Y para que los judíos no interpretaran falsamente esta palabra naciones, aplicándola sólo a sí mismos, la Escritura lo previene, y no dice solamente “padre de naciones”, sino: «Te he puesto por padre de muchedumbre de gentes» (Gn 17:4; Ro 4:17). Por tanto, Abraham no es sólo padre de los judíos, sino también de los gentiles.

Por esto podemos ver claramente que los hijos de Abraham no son los hijos de la carne, sino los hijos de la fe, como Pablo declara en Romanos 4: «el cual es padre de todos nosotros (como está escrito: Te he puesto por padre de muchas gentes) delante de Dios, a quien creyó». De modo que Pablo hace dos Abrahams: un Abraham engendrador y un Abraham creyente. Abraham tiene hijos y es padre de muchas naciones. ¿Dónde? Delante de Dios, donde cree; no delante del mundo, donde engendra.

Porque en el mundo él es un hijo de Adán y un pecador; o más aún, es un hacedor de la justicia de la ley, que vive según la regla de la razón, es decir, según la manera de los hombres; pero esto no pertenece en nada al Abraham creyente.

Este ejemplo, por tanto, de Abraham, encierra en sí la misma Sagrada Escritura, la cual dice que somos contados justos por la fe. Por consiguiente, este es un argumento fuerte y poderoso de dos maneras: tanto por el ejemplo de Abraham, como también por la autoridad de la Escritura.

Gálatas 3:8

8. Porque la Escritura, previendo que Dios había de justificar por la fe a los gentiles, dio de antemano la buena nueva a Abraham

Estas cosas pertenecen al argumento anterior. Como si dijera: Ustedes, judíos, se glorían en la ley sin medida; ensalzan mucho a Moisés porque Dios le habló en la zarza, etc. Así se jactan orgullosamente los judíos contra nosotros, como yo mismo he oído muchas veces, diciendo: Ustedes, cristianos, tienen apóstoles, tienen un Papa y tienen obispos; pero nosotros, judíos, tenemos patriarcas, profetas; sí, tenemos a Dios mismo, que nos habló en la zarza, en Sinaí, donde nos dio la ley, y en el templo, etc. Presenten ustedes para sí mismos, si pueden, una gloria y un testimonio tan excelente como ese contra nosotros.

A esto responde Pablo, apóstol de los gentiles: Toda esta orgullosa jactancia y vanagloria de ustedes no sirve de nada; porque la Escritura se adelantó a ella, y previó mucho antes de la ley que los gentiles no serían justificados por la ley, sino por la bendición de la simiente de Abraham, que le fue prometida a él, como Pablo dice después, cuatrocientos treinta años antes de que la ley fuera dada. Ahora bien, la ley, habiendo sido dada tantos años después, no podía impedir ni abolir esta promesa de la bendición hecha a Abraham; sino que ha permanecido firme, y permanecerá para siempre. ¿Qué pueden responder los judíos a esto?

Este argumento, fundado en la certeza del tiempo, es muy fuerte. La promesa de la bendición fue dada a Abraham cuatrocientos treinta años antes de que el pueblo de Israel recibiera la ley. Porque se le dice a Abraham: «Porque has creído a Dios, y le has dado gloria; por tanto, serás padre de muchas naciones». (Gn 17:5.) Allí Abraham, por la promesa de Dios, es constituido padre de muchas naciones; y la herencia del mundo para su posteridad y descendencia después de él le es dada antes de que la ley fuera publicada. ¿Por qué se jactan entonces, oh gálatas, de que obtienen perdón de pecados, y llegan a ser hijos, y reciben la herencia por medio de la ley, la cual vino mucho tiempo después, es decir, cuatrocientos treinta años después de la promesa?

Así exaltaban los falsos apóstoles la ley y la gloria de ella. Pero despreciaban y menospreciaban la promesa hecha a Abraham cuatrocientos treinta años antes de que la ley fuera dada, y de ningún modo querían reconocer que Abraham, de quien sin embargo se gloriaban como del padre de toda su nación, estando todavía incircunciso, y viviendo tantos siglos antes de la ley, fue hecho justo por ningún otro medio sino solamente por la fe, como la Escritura testifica clarísimamente:

«Y creyó a Jehová, y le fue contado por justicia». (Gn 15:6.) Después, cuando ya había sido contado justo por causa de su fe, la Escritura hace mención de la circuncisión en el capítulo diecisiete de Génesis, donde dice: «Este es mi pacto, que guardaréis entre mí y vosotros». (Gn 17:10.) Con este argumento Pablo convence poderosamente a los falsos apóstoles, y muestra claramente que Abraham fue justificado solamente por la fe, tanto sin circuncisión como antes de la circuncisión, y también cuatrocientos treinta años antes de la ley. Este mismo argumento lo trata en el capítulo cuatro a los Romanos, a saber, que la justicia le fue imputada a Abraham antes de la circuncisión, y que él era justo estando aún incircunciso; mucho más, entonces, era justo antes de la ley.

Por tanto, dice Pablo, la Escritura proveyó bien contra esta gloriosa jactancia de ustedes acerca de la justicia de la ley y de las obras. ¿Cuándo? Antes de la circuncisión y antes de la ley. Porque la ley fue dada cuatrocientos treinta años después de la promesa, mientras que Abraham no solo fue justificado sin la ley y antes de la ley, sino que también ya estaba muerto y sepultado; y su justicia sin la ley no solo floreció hasta la ley, sino que florecerá aun hasta el fin del mundo. Si, pues, el padre de toda la nación judía fue hecho justo sin la ley y antes de la ley, mucho más los hijos son hechos justos por el mismo medio por el cual su padre lo fue. Por tanto, la justicia viene solo por la fe, y no por la ley.

v. 8. Predicó antes el evangelio a Abraham, diciendo: En ti serán benditas todas las naciones.

Los judíos no solo pasan por alto ligeramente estas excelentes y notables sentencias, sino que también se burlan de ellas y, con sus malvadas glosas, las corrompen: «Abraham creyó a Dios», etc.; «Te he puesto por padre», etc.; y otras semejantes, que elogian grandemente la fe y contienen promesas de cosas espirituales. Porque son ciegos y duros de corazón, y por eso no ven que estos pasajes tratan de la fe hacia Dios y de la justicia delante de Dios. Con la misma malicia también tratan este notable pasaje de la bendición espiritual: «En ti serán benditas todas las naciones de la tierra». (Gn 12:3; Hch 3:25.) Porque, dicen ellos, bendecir no significa otra cosa sino alabar, desear prosperidad y ser glorioso a los ojos del mundo. De esta manera, dicen ellos, el judío que nace de la simiente de Abraham es bendito; y también es bendito el prosélito o extranjero que adora al Dios de los judíos y se une a ellos. Por tanto, piensan que la bendición no es otra cosa que alabanza y gloria en este mundo, en cuanto uno puede gloriarse y jactarse de ser del linaje y familia de Abraham.

Pero esto es corromper y pervertir las sentencias de las Escrituras, y no exponerlas. Por estas palabras, Abraham creyó, Pablo define y pone delante de nuestros ojos a un Abraham espiritual, fiel, justo y poseedor de la promesa de Dios; un Abraham, digo, que no está en el error ni en la vieja carne; que no nace de Adán, sino del Espíritu Santo. Y de este Abraham renovado por la fe y regenerado por el Espíritu Santo habla la Escritura, y pronuncia acerca de él que había de ser padre de muchas naciones; también, que todos los gentiles le serían dados por herencia, cuando dice: «En ti serán benditas todas las naciones de la tierra». Esto urge Pablo vehementemente por la autoridad de la Escritura, que dice: «Abraham creyó a Dios», etc. (Gn 15.)

La Escritura, entonces, no atribuye justicia a Abraham sino en cuanto cree; y habla de tal Abraham como es considerado delante de Dios. Por tanto, tales sentencias de la Escritura nos presentan un nuevo Abraham, separado del matrimonio y lecho carnales, y de la generación carnal, y lo muestran tal como es delante de Dios; es decir, creyente y justificado por la fe. A este, ahora Dios le hace esta promesa a causa de su fe: «Serás padre de muchas naciones». Y otra vez: «En ti serán benditas todas las naciones de la tierra». Y este es el sentido de Pablo, cuando muestra cómo la Escritura se adelanta a la vana presunción y orgullosa jactancia de los judíos respecto de la ley. Porque la herencia de los gentiles fue dada a Abraham, no por la ley y la circuncisión, sino mucho antes de ambas, por la sola justicia de la fe.

Por tanto, cuando los judíos quieren ser tenidos y llamados benditos porque son hijos y descendencia de Abraham, eso no es otra cosa que una jactancia vana. Sin duda, es una gran prerrogativa y gloria delante del mundo nacer de la descendencia de Abraham, como Pablo muestra en Ro 9; pero no así delante de Dios. Por eso los judíos pervierten malvadamente este pasaje acerca de la bendición, aplicándolo solo a una bendición carnal, y hacen gran injuria a la Escritura, que habla clarísimamente de la bendición espiritual delante de Dios, y no puede ni debe entenderse de otro modo.

Este es, pues, el verdadero sentido de este pasaje: «En ti serán benditas». ¿En cuál ti? En ti, Abraham creyente; o en tu fe; o en Cristo, tu simiente venidera, en quien tú crees, «serán benditas todas las naciones de la tierra»; es decir, todas las naciones serán tus hijos benditos, así como tú eres bendito; como está escrito: «Así será tu descendencia». (Gn 15:5.)

De aquí se sigue que la bendición y la fe de Abraham son las mismas que las nuestras; que el Cristo de Abraham es nuestro Cristo; que Cristo murió tanto por los pecados de Abraham como por los nuestros. Abraham vio mi día, y se gozó. (Jn 8.) Por tanto, todos hallaron una misma y única cosa. No debemos permitir que esta palabra, bendición, sea corrompida. Los judíos solo miran la Escritura a través de un velo, y por eso no entienden qué es ni de qué clase es la promesa que fue hecha a los padres. Sin embargo, nosotros debemos considerar esto por encima de todas las cosas; así veremos que Dios habla a Abraham el patriarca, no de la ley ni de cosas que han de hacerse, sino de cosas que han de creerse; es decir, Dios le habla de promesas que son recibidas por la fe.

Ahora bien, ¿qué hace Abraham? Cree esas promesas. ¿Y qué hace Dios con ese Abraham creyente? Le imputa la fe por justicia; y añade además muchas otras promesas: «Yo soy tu escudo. En ti serán benditas todas las naciones. Serás padre de muchas naciones. Así será tu descendencia». (Gn 15:1; 12:3; 15:5.) Estos son argumentos invencibles, contra los cuales nada se puede decir, si los pasajes de la Sagrada Escritura son considerados a fondo.

Gálatas 3:9

Así que los de la fe son bendecidos con el creyente Abraham.

Todo el peso y la fuerza de esto están en estas palabras: “con el creyente Abraham”. Porque él establece una clara diferencia entre Abraham y Abraham; de una misma persona hace dos. Como si dijera: hay un Abraham que obra, y hay un Abraham que cree. Con el Abraham que obra no tenemos nada que ver; porque si es justificado por las obras, tiene de qué gloriarse, pero no para con Dios. Que los judíos se gloríen cuanto quieran de ese Abraham engendrador, que obra, que está circuncidado y que guarda la ley; pero nosotros nos gloriamos del Abraham creyente, de quien la Escritura dice que recibió la bendición de la justicia por medio de su fe, no solo para sí mismo, sino también para todos los que creen como él creyó; y así el mundo fue prometido a Abraham, porque creyó. Por tanto, todo el mundo es bendecido; es decir, recibe la imputación de justicia, si cree como Abraham creyó.

Por eso, la bendición no es otra cosa que la promesa del evangelio. Y que todas las naciones sean benditas, equivale a decir que todas las naciones oirán la bendición; es decir, que la promesa de Dios será predicada y proclamada por el evangelio entre todas las naciones. Y de este pasaje los profetas han sacado muchas profecías por interpretación espiritual, como: «Pídeme, y te daré por herencia las naciones, Y como posesión tuya los confines de la tierra» (Sal 2). Y también: «Por toda la tierra salió su voz, Y hasta el extremo del mundo sus palabras» (Sal 19). En resumen, todas las profecías del reino de Cristo y de la publicación del evangelio por todo el mundo han brotado de este pasaje: “En ti serán benditas todas las naciones de la tierra”. Por tanto, decir que las naciones son bendecidas no es otra cosa que decir que la justicia les es dada gratuitamente; o que son tenidas por justas delante de Dios, no por la ley, sino por el oír con fe; porque Abraham no fue justificado de ninguna otra manera que por oír la palabra de promesa, de bendición y de gracia. Por consiguiente, así como Abraham obtuvo la imputación de justicia por el oír con fe, así también todos los gentiles la obtuvieron, y todavía la obtienen. Porque la misma palabra que primero fue declarada a Abraham, después también fue publicada a todos los gentiles.

Por esto vemos que bendecir no significa otra cosa sino, como dije antes, predicar y enseñar la palabra del evangelio; confesar a Cristo y difundir su conocimiento entre todos los gentiles. Y este es el oficio sacerdotal y sacrificio continuo de la iglesia en el Nuevo Testamento, la cual distribuye esta bendición por la predicación y por la administración de los sacramentos, consolando a los quebrantados de corazón, repartiendo la palabra de gracia que Abraham tuvo, y que también era su bendición; la cual, cuando él creyó, recibió la bendición. Así también nosotros, creyendo lo mismo, somos bendecidos. Y esta bendición es una gran gloria, no delante del mundo, sino delante de Dios. Porque hemos oído que nuestros pecados nos son perdonados, y que somos aceptados por Dios; que Dios es nuestro Padre, y que nosotros somos sus hijos; con quienes no se airará, sino que nos librará del pecado, de la muerte y de todos los males, y nos dará justicia, vida y salvación eterna. De esta bendición, como he dicho, predican los profetas en todo lugar. Ellos no consideraron tan fríamente aquellas promesas hechas a los padres como lo hicieron los malvados judíos, y como lo hacen hoy los escolásticos papistas y los sectarios; sino que las leyeron y las pesaron con gran diligencia, y además sacaron de esas promesas todo lo que profetizaron acerca de Cristo o de su reino. Así, la profecía de Oseas: «De la mano del Seol los redimiré, los libraré de la muerte. Oh muerte, yo seré tu muerte; y seré tu destrucción, oh Seol» (Os 13:14), y otros pasajes semejantes de los demás profetas, brotaron todos de estas promesas, en las cuales Dios prometió a los padres el herir la cabeza de la serpiente y la bendición de todas las naciones (Gn 3:15). Además, si las naciones son benditas, es decir, si son tenidas por justas delante de Dios, se sigue que están libres del pecado y de la muerte, y son hechas partícipes de justicia, salvación y vida eterna, no por sus obras, sino por su fe en Cristo. Por tanto, ese pasaje de Gn 12:3, “En ti serán benditas todas las naciones”, no habla de bendiciones de palabra, sino de una bendición que pertenece a la imputación de justicia, la cual vale delante de Dios, y redime de la maldición del pecado y de todos aquellos males que acompañan al pecado. Ahora bien, la bendición se recibe solo por la fe. Porque el texto dice claramente: «Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia». Por tanto, es una bendición puramente espiritual; y en realidad no hay otra bendición sino esta, la cual, aunque es maldita en el mundo, como en efecto lo es, sin embargo vale delante de Dios. Este pasaje, pues, tiene mucha fuerza: que los que son de la fe han venido a ser partícipes de esta promesa de bendición hecha al creyente Abraham. Y por este medio Pablo previene la objeción de los judíos, que se jactan de un Abraham engendrador y obrador, y justo delante de los hombres, y no de un Abraham creyente.

Ahora bien, así como los judíos se glorían solo de un Abraham que obra, del mismo modo el Papa presenta solamente a un Cristo que obra, o más bien a un ejemplo de Cristo. “El que quiera vivir piadosamente”, dice él, “debe andar como Cristo anduvo”, conforme a lo que él mismo dice en Jn 13:15: «Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis». No negamos que los fieles deben seguir el ejemplo de Cristo y obrar bien; pero decimos que por eso no son justificados delante de Dios. Y Pablo no está razonando aquí acerca de lo que debemos hacer, sino por qué medio somos hechos justos. En este asunto no debemos poner delante de nuestros ojos nada sino a Jesucristo muriendo por nuestros pecados y resucitando para nuestra justicia; y a él debemos abrazar por la fe, como un don, no como un ejemplo. Esto la razón no lo entiende; y por eso, así como los judíos siguen a un Abraham que obra y no a un Abraham que cree, así también los papistas y todos los que buscan la justicia por obras contemplan y abrazan, no a un Cristo que justifica, sino a un Cristo que obra; y por este medio se desvían de Cristo, de la justicia y de la salvación. Y así como los judíos que fueron salvos debían seguir al Abraham creyente, así también nosotros, si queremos ser librados de nuestros pecados y ser salvos, debemos aferrarnos al Cristo que justifica y salva, al cual el mismo Abraham también abrazó por la fe, y por medio de él fue bendecido.

En verdad fue una gran gloria que Abraham recibiera la circuncisión por mandamiento de Dios; que estuviera adornado con excelentes virtudes; que obedeciera a Dios en todas las cosas. Así también es una gran alabanza y felicidad seguir el ejemplo de Cristo en su obrar, amar a tu prójimo, hacer bien a los que te hacen mal, orar por tus enemigos, soportar pacientemente la ingratitud de los que pagan mal por bien; pero nada de esto aprovecha para la justicia delante de Dios. Las excelentes obras y virtudes de Abraham no fueron la causa de que fuera tenido por justo delante de Dios; así tampoco la imitación y el seguimiento del ejemplo de Cristo nos hace justos delante de Dios. Porque, para hacernos justos delante de Dios, se requiere un precio mucho más excelente, que no es ni la justicia del hombre ni tampoco la de la ley. Aquí debemos tener a Cristo para que nos bendiga y nos salve, así como Abraham lo tuvo por su bendecidor y Salvador. ¿Cómo? No por obras, sino por la fe. Por tanto, así como hay gran diferencia entre el Abraham creyente y el Abraham que obra, así también hay gran diferencia entre Cristo bendiciendo y redimiendo, y Cristo obrando y dando ejemplo. Ahora bien, Pablo habla aquí de Cristo redimiendo, y de Abraham creyendo; y no de Cristo dando ejemplo, ni de Abraham obrando. Por eso añade deliberadamente, y con gran vehemencia: “Los que son de la fe son bendecidos con el creyente Abraham”.

Por tanto, debemos separar al Abraham creyente del Abraham que obra, tan lejos el uno del otro como dista el cielo de la tierra. El hombre que cree en Cristo es enteramente una persona divina, hijo de Dios, heredero del mundo, vencedor del pecado, de la muerte, del mundo y del diablo; por tanto, no puede ser alabado y engrandecido lo suficiente. No permitamos que este Abraham creyente permanezca escondido en su tumba, como está escondido para los judíos; sino exaltémoslo y engrandezcámoslo en gran manera, y llenemos el cielo y la tierra con su nombre; de modo que, en comparación con este Abraham creyente, no veamos nada en absoluto en el Abraham que obra. Porque cuando hablamos de este Abraham creyente, estamos en el cielo. Pero después, al hacer aquellas cosas que hizo el Abraham que obra, las cuales eran carnales y terrenales, y no divinas y celestiales, aunque le fueron dadas por Dios, estamos entre los hombres en la tierra. El Abraham creyente, por tanto, llena el cielo y la tierra. Así también todo cristiano, por medio de su fe, llena el cielo y la tierra; de modo que fuera de ella no debe mirar nada.

Ahora bien, de estas palabras, “serán benditas”, Pablo saca un argumento por el contrario; porque la Escritura está llena de oposiciones, cuando se comparan dos contrarios. Y es una parte de la habilidad notar bien estas oposiciones en las Escrituras, y por medio de ellas exponer sus sentencias. Como aquí, esta palabra “bendición” también incluye lo contrario; es decir, “maldición”. Porque cuando la Escritura dice que todas las naciones que son de la fe son bendecidas con el creyente Abraham, se sigue necesariamente que todos, tanto judíos como gentiles, están bajo maldición sin fe, o sin el creyente Abraham. Porque la promesa de bendición fue dada a Abraham, para que en él todas las naciones fueran benditas. No hay, pues, bendición que deba buscarse, sino solamente en la promesa hecha a Abraham, ahora publicada por el evangelio por todo el mundo. Por lo tanto, todo lo que está fuera de esa bendición está bajo maldición. Y esto Pablo lo muestra claramente cuando dice:

Gálatas 3:10

Porque todos los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición.

Aquí ven que la maldición es como un diluvio que traga todo lo que está fuera de Abraham; es decir, fuera de la fe y de la promesa de la bendición de Abraham. Ahora bien, si la ley misma, dada por Moisés por mandamiento de Dios, hace sujetos a maldición a los que están bajo ella, mucho más lo harán las leyes y tradiciones inventadas por hombres. Por tanto, el que quiera evitar la maldición debe aferrarse a la promesa de la bendición, o a la fe de Abraham; de otro modo, permanecerá bajo la maldición. De este pasaje, pues, «serán benditas en ti», se sigue que todas las naciones, ya fueran antes de Abraham, en su tiempo, o después de él, están bajo maldición, y permanecerán bajo la maldición para siempre, a menos que sean benditas en la fe de Abraham, a quien fue dada la promesa de la bendición para ser publicada por su descendencia en todo el mundo.

Es muy necesario conocer estas cosas, porque ayudan mucho a consolar las conciencias turbadas y afligidas; y además nos enseñan a separar la justicia de la fe de la justicia de la carne, o justicia civil. Porque debemos notar que Pablo trata aquí, no de un asunto político, sino de un asunto divino y espiritual; no sea que algún loco critique y diga que él maldice y condena las leyes políticas y a los magistrados. Aquí también los sofistas y los escolásticos papistas enmudecen y no pueden decir nada. Por lo tanto, es necesario advertir a los lectores que en este lugar no se trata nada acerca de leyes civiles, costumbres o asuntos políticos, los cuales son ordenanzas de Dios y cosas buenas, y que la Escritura en otras partes aprueba y recomienda; sino de una justicia espiritual, por la cual somos justificados delante de Dios y somos llamados hijos de Dios en el reino de los cielos. En resumen, aquí no se trata nada de la vida corporal, sino de la vida eterna, donde no se debe esperar bendición ni buscar justicia por medio de la ley, ni de tradiciones, ni de cualquier cosa que pueda nombrarse en esta vida, aparte de la promesa de la bendición de Abraham. Dejen que las leyes y ordenanzas civiles permanezcan en su lugar y orden. Aunque el magistrado haga leyes muy buenas y excelentes, con todo eso no libra a nadie de la maldición de la ley de Dios. El reino de Babilonia, ordenado por Dios y por él entregado a reyes, tuvo leyes excelentes, y a todas las naciones se les mandó obedecerlas; sin embargo, la obediencia a esas leyes no lo salvó de la maldición de la ley de Dios. De la misma manera, obedecemos las leyes de príncipes y magistrados; pero por eso no somos justos delante de Dios, porque aquí estamos tratando de otro asunto.

No sin causa enseño y repito con tanta diligencia esta distinción, porque su conocimiento es muy necesario. Aunque son pocos los que la observan o de verdad la entienden. Además, es muy fácil confundir y mezclar la justicia celestial y la civil. En la justicia civil debemos atender a leyes y obras; pero en la justicia espiritual, divina y celestial, debemos rechazar por completo todas las leyes y obras, y poner solamente ante nuestros ojos la promesa y la bendición, la cual nos presenta a Cristo como el dador de esta bendición y gracia, y como nuestro único Salvador. De modo que esta justicia espiritual, excluyendo la ley y todas las obras, mira solamente a la gracia y bendición que es dada por Cristo, como fue prometida a Abraham y creída por él.

Por esto podemos ver claramente que este argumento es invencible. Porque si debemos esperar recibir esta bendición solo por Cristo, entonces necesariamente se sigue, por el contrario, que no se recibe por la ley. Porque esta bendición fue dada al fiel Abraham antes de la ley y sin la ley. Ahora bien, así como Abraham creyó en Cristo que había de venir, el dador de la bendición, así también nosotros, por esa misma fe, creemos en Cristo que ha venido y está presente; y así somos ahora justificados por la fe, como Abraham fue entonces justificado por la fe. Por tanto, los que están bajo la ley no son benditos, sino que permanecen bajo maldición.

Esto no lo creen el Papa ni sus orgullosos prelados, ni pueden creerlo, ni pueden soportar esta doctrina. Sin embargo, no debemos callar, sino confesar la verdad y decir que el papado está bajo maldición; sí, y también todas las leyes y ordenanzas civiles del emperador están bajo maldición; porque, según Pablo, todo lo que está fuera de la promesa y de la fe de Abraham está bajo maldición. Cuando nuestros adversarios oyen esto, enseguida pervierten y calumnian nuestras palabras, como si enseñáramos que no se debe honrar a los magistrados, o que levantamos sediciones contra el emperador, que condenamos todas las leyes, que derribamos y destruimos los estados, etc. Pero nos hacen gran injusticia. Porque nosotros hacemos diferencia entre la bendición corporal y la espiritual, y decimos que el emperador es bendecido con una bendición corporal. Porque tener un reino, leyes y ordenanzas civiles, tener esposa, hijos, casa y tierras, es una bendición. Porque todas estas cosas son buenas criaturas y dones de Dios. Pero no somos librados de la maldición eterna por esta bendición corporal, la cual es solo temporal y ha de tener fin. Por tanto, no condenamos las leyes ni promovemos sedición contra el emperador; sino que enseñamos que debe ser obedecido, que debe ser temido, reverenciado y honrado, pero civilmente. Pero cuando hablamos de la bendición al modo de los teólogos, entonces decimos con valentía, con Pablo, que todas las cosas que están sin la fe y la promesa de Abraham están bajo maldición y permanecen bajo aquella maldición eterna de Dios. Porque allí debemos esperar otra vida después de esta, y otra bendición después de esta bendición corporal.

Para concluir: decimos que todas las cosas corporales son buenas criaturas de Dios. Por tanto, como he dicho, tener esposa, hijos, bienes, tener leyes y ordenanzas políticas, son buenas bendiciones de Dios en su lugar; es decir, son bendiciones temporales que pertenecen a esta vida. Pero estas bendiciones los justiciarios y obreros de la ley de todos los tiempos, como los judíos, papistas, sectarios y semejantes, las confunden y mezclan. Porque no hacen diferencia entre bendiciones corporales y espirituales. Por eso dicen: Tenemos una ley, y esta ley es buena, santa y justa; por tanto, somos justificados por ella. ¿Quién niega que la ley es buena, santa y justa? Pero también es ley de maldición, de pecado, de ira y de muerte. Por consiguiente, aquí hacemos una distinción entre la bendición corporal y la espiritual, y decimos que Dios tiene una doble bendición: una corporal para esta vida, y otra espiritual para la vida eterna. Por lo tanto, tener riquezas, hijos y cosas semejantes, decimos que es una bendición, pero en su grado; es decir, en esta vida presente. Pero en cuanto a la vida eterna, no basta tener bendiciones corporales; porque precisamente los impíos abundan más que nadie en ellas. No basta que tengamos justicia civil o la justicia de la ley; porque también en eso sobresalen especialmente los impíos. Estas cosas Dios las distribuye libremente en el mundo, y las da tanto a los buenos como a los malos, así como hace salir su sol sobre buenos y malos, y envía lluvia sobre justos e injustos; porque él es generoso para con todos, y para él es poca cosa poner todas las criaturas debajo de los pies de los impíos. «Porque la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad» (Ro 8:20). Por tanto, los que solo tienen estas bendiciones corporales no son hijos de Dios, ni benditos espiritualmente delante de Dios, como lo fue Abraham; sino que están bajo maldición, como Pablo dice aquí: «todos los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición».

Pablo podría haber dicho en una proposición general: todo lo que es sin fe está bajo maldición. No lo dice así, sino que toma aquello que, aparte de la fe, es lo mejor, lo mayor y más excelente entre todas las bendiciones corporales del mundo; a saber, la ley de Dios. La ley, dice él, ciertamente es santa y dada por Dios; sin embargo, no hace otra cosa sino sujetar a todos los hombres a maldición y mantenerlos bajo ella. Ahora bien, si la ley de Dios pone a los hombres bajo maldición, mucho más puede decirse lo mismo de leyes y bendiciones inferiores. Y para que se entienda claramente qué quiere decir Pablo con estar bajo maldición, lo declara por este testimonio de la Escritura, diciendo:

Porque escrito está: «Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas» (Dt 27:26).

Pablo procura probar, por este testimonio tomado de Deuteronomio, que todos los hombres que están bajo la ley, o bajo las obras de la ley, están malditos, o bajo maldición; es decir, bajo pecado, la ira de Dios y la muerte eterna. Porque no habla, como ya he dicho antes, de una maldición corporal, sino de una maldición espiritual, la cual necesariamente ha de ser la maldición de la muerte eterna y del infierno. Y esta es una manera maravillosa de probarlo. Porque Pablo prueba esta afirmación, que toma de Moisés, «todos los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición», por esta negativa: «Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas», etc. Ahora, estas dos sentencias de Pablo y de Moisés parecen completamente contrarias. Pablo dice: todo aquel que haga las obras de la ley es maldito. Moisés dice: todo aquel que no haga las obras de la ley es maldito. ¿Cómo se reconciliarán estas dos declaraciones? O aún más, ¿cómo será probada la una por la otra? Ciertamente, nadie puede entender bien este lugar, si no conoce y entiende también el artículo de la justificación. Sin duda, Pablo, cuando estaba entre los gálatas, ya había tratado este asunto más ampliamente; de otro modo ellos no habrían podido entenderlo, puesto que aquí solo lo toca de paso. Pero como antes lo habían oído explicarlo, ahora, al ser de nuevo recordados de ello, lo traen a la memoria. Y estas dos sentencias no son contrarias, sino que concuerdan muy bien. Nosotros también enseñamos de la misma manera que los oidores de la ley no son justos delante de Dios, pero los hacedores de la ley serán justificados. (Ro 2.) Y, por el contrario, los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición. Porque el artículo de la justificación enseña que todo lo que está fuera de la fe de Abraham está bajo maldición. Y no obstante, la justicia de la ley debe cumplirse en nosotros. (Ro 8.) A un hombre que ignora la doctrina de la fe, estas dos sentencias le parecen completamente contrarias. Por eso, ante todo, debemos observar bien de qué trata Pablo en este lugar, a qué apunta y cómo mira a Moisés. Él está aquí, como muchas veces he dicho antes, en un asunto espiritual, separado de la política y de todas las leyes; y mira a Moisés con otros ojos que los hipócritas y los falsos apóstoles, y expone la ley espiritualmente. Por lo tanto, toda la fuerza del asunto consiste en esta palabra: hacer. Ahora bien, hacer la ley no es solo cumplirla exteriormente, sino cumplirla verdadera y perfectamente. Hay, pues, dos clases de hacedores de la ley: la primera son los que dependen de la ley, contra quienes Pablo habla en toda esta Epístola. La otra clase son los que dependen de la fe, de los cuales hablaremos después. Ahora bien, depender de la ley, o de las obras de la ley, y depender de la fe, son cosas completamente contrarias, sí, tan contrarias como Dios y el diablo, el pecado y la justicia, la muerte y la vida. Porque dependen de la ley los que quieren ser justificados por la ley. Dependen de la fe los que confían firmemente en que son justificados solo por misericordia, por causa de Cristo. El que dice que la justicia es por la fe, maldice y condena la justicia de las obras. Por el contrario, el que dice que la justicia es por la ley, maldice y condena la justicia de la fe. Por tanto, son completamente contrarias la una a la otra.

El que considere esto entenderá fácilmente que observar la ley no es hacer solo exteriormente lo que la ley manda, como imaginan los hipócritas, sino en espíritu; es decir, verdadera y perfectamente. Pero, ¿dónde hallaremos a uno que cumpla así la ley? Muéstrennoslo, y lo alabaremos. Aquí nuestros adversarios tienen su respuesta preparada, diciendo: «los hacedores de la ley serán justificados» (Ro 2). Muy bien. Pero primero definamos quiénes son esos hacedores de la ley. Ellos llaman hacedor de la ley al que hace las obras de la ley, y así, por esas obras que van delante, es hecho justo. Esto no es hacer la ley según Pablo; porque, como he dicho, ser de las obras de la ley y ser de la fe son cosas contrarias. Por tanto, buscar ser justificado por las obras de la ley es negar la justicia de la fe. Así que estos justiciarios y obradores de la ley, cuando hacen la ley, en ese mismo hacer niegan la justicia de la fe, y pecan contra el primero, el segundo y el tercer mandamiento; sí, aun contra toda la ley. Porque Dios manda que lo adoremos en fe y en el temor de su nombre. Pero ellos, por el contrario, hacen una justicia de obras, sin fe y contra la fe. Por tanto, cuando hacen la ley, hacen enteramente lo contrario de la ley, y pecan mortalmente. Porque niegan la justicia de Dios, su misericordia y sus promesas; niegan a Cristo con todos sus beneficios, y en su corazón establecen, no la justicia de la ley, la cual no entienden, y mucho menos practican, sino una mera fantasía y un ídolo de la ley. Por tanto, necesariamente debemos decir que no solo no hacen la ley cuando la hacen, sino que también pecan y niegan la divina Majestad en todas sus promesas. Y para este fin no fue dada la ley.

Por eso, al no entender la ley, abusan de la ley, y como dice Pablo: «Porque ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer la suya propia, no se han sujetado a la justicia de Dios» (Ro 10:3). Porque son ciegos, y no saben juzgar acerca de la fe y de las promesas. Por eso se lanzan a la Escritura sin entendimiento alguno, aferrándose solo a una parte de ella, a saber, la ley; y se imaginan que pueden cumplirla por obras. Pero esto no es más que un sueño, un encantamiento e ilusión del corazón; y esa justicia de la ley que creen cumplir no es en realidad otra cosa que idolatría y blasfemia contra Dios. Por tanto, no puede ser sino que permanezcan bajo la maldición.

Es imposible, pues, que cumplamos la ley del modo en que ellos imaginan, y mucho menos que seamos justificados por ella. Esto, en primer lugar, lo testifica la misma ley, que produce un efecto totalmente contrario; porque aumenta el pecado, produce ira, acusa, aterra y condena. ¿Cómo, entonces, habría de justificar? Además, la promesa también muestra exactamente lo mismo. Porque fue dicho a Abraham: «en ti serán benditas todas las naciones de la tierra» (Gn 12). No hay bendición, pues, sino en la promesa dada a Abraham; y si tú estás fuera de esa promesa, estás bajo la maldición. Si estás bajo la maldición, no cumples la ley, porque estás bajo el pecado, el diablo y la muerte eterna; todas estas cosas siguen ciertamente a la maldición. En conclusión: si la justicia viniera por la ley, entonces la promesa de Dios sería en vano, y en vano derramaría él su bendición con tanta abundancia. Por tanto, cuando Dios vio que no podíamos cumplir la ley, proveyó para esto mucho antes de la ley, y prometió la bendición a Abraham, diciendo: «En ti serán benditas todas las naciones de la tierra». Y así dio testimonio de que todas las naciones serían benditas, no por la ley, sino por la promesa hecha a Abraham. Por tanto, los que se aferran a la ley y buscan ser justificados por ella, despreciando la promesa, son malditos.

Por eso, hacer es, ante todo, creer; y así, por medio de la fe, cumplir la ley. Primero debemos recibir el Espíritu Santo, por el cual, siendo iluminados y hechos nuevas criaturas, comenzamos a hacer la ley; es decir, a amar a Dios y a nuestro prójimo. Pero el Espíritu Santo no se recibe por la ley, porque los que están bajo la ley, como dice Pablo, están bajo maldición, sino por el oír con fe; es decir, por medio de la promesa. Debemos ser bendecidos solamente con Abraham, en la promesa hecha a él y en su fe. Por tanto, antes que nada debemos oír y recibir la promesa, que presenta a Cristo y lo ofrece a todos los creyentes; y cuando lo han abrazado por la fe, entonces les es dado el Espíritu Santo por causa de él. Entonces aman a Dios y al prójimo; entonces hacen buenas obras; entonces llevan la cruz con paciencia. Esto sí es hacer la ley verdaderamente; de otra manera, la ley siempre queda sin hacerse. Por tanto, si quieres definir verdadera y claramente qué es hacer la ley, no es otra cosa que creer en Jesucristo y, habiendo recibido el Espíritu Santo por la fe en Cristo, obrar aquellas cosas que son mandadas en la ley; y de otro modo no somos capaces de cumplir la ley. Porque la Escritura dice que no hay bendición sin la promesa, ni siquiera en la ley. Es imposible, pues, cumplir la ley sin la promesa.

No se encuentra, por tanto, en todo el mundo ni uno solo a quien pertenezca este nombre y título de hacedor de la ley, sin la promesa del evangelio. Por eso, esta expresión, hacedor de la ley, es un término fingido, que nadie entiende, a menos que esté fuera y por encima de la ley, en la bendición y fe de Abraham. De manera que el verdadero hacedor de la ley es aquel que, recibiendo el Espíritu Santo por la fe en Cristo, comienza a amar a Dios y a hacer bien a su prójimo. Así, esta expresión, hacer la ley, debe comprender también la fe, que hace el árbol; y cuando el árbol está hecho, entonces siguen los frutos. Primero debe estar el árbol, y luego el fruto. Porque las manzanas no hacen el árbol, sino que el árbol hace las manzanas. Así también, la fe primero hace a la persona, la cual después produce obras. Por tanto, hacer la ley sin fe es hacer manzanas de madera y de tierra sin el árbol; eso no es hacer manzanas, sino meras fantasías. Al contrario, si el árbol está hecho, es decir, la persona o hacedor, que es hecho por la fe en Cristo, entonces seguirán las obras. Porque el hacedor debe necesariamente ser antes que las cosas hechas, y no las cosas hechas antes que el hacedor.

El hacedor, entonces, no recibe ese nombre por las cosas ya hechas, sino por las cosas que han de hacerse. Porque los cristianos no son hechos justos haciendo cosas justas, sino que, siendo ya hechos justos por la fe en Cristo, hacen cosas justas. En asuntos civiles sucede así, que el hacedor u obrero llega a serlo por las cosas que hace, como un hombre, al ejercer la carpintería, se hace carpintero; pero en las cosas divinas, los obreros no son hechos por las obras que van delante, sino que las personas, ya hechas y formadas por la fe que es en Cristo, ahora vienen a ser hacedores y obreros. De estos habla Pablo cuando dice: «los hacedores de la ley serán justificados» (Ro 2:13); es decir, serán tenidos por justos.

Sí, aun los mismos sofistas y escolásticos se ven obligados a confesarlo, y así también lo enseñan: que una obra moral realizada exteriormente, si no se hace con corazón puro, buena voluntad y recta intención, no es más que hipocresía. Y de aquí viene el proverbio entre los alemanes: Tal capucha cubre a muchos bribones. Porque el más vil y malvado bribón del mundo puede imitar las mismas obras que un hombre piadoso hace por la fe. Judas hizo las mismas obras que los otros apóstoles. ¿Qué falta había en las obras de Judas, siendo que hacía las mismas obras que los otros apóstoles? Aquí fíjate en lo que responde el sofista papista desde su filosofía moral. Aunque hizo las mismas obras, dice él, que los otros apóstoles, sin embargo, como la persona era réproba y el juicio de la razón estaba pervertido, por eso sus obras eran hipócritas y no verdaderas, como sí lo eran las obras de los otros apóstoles, por muy semejantes que parecieran en la apariencia exterior. Por tanto, ellos mismos se ven obligados a admitir en las cosas civiles y externas que las obras no justifican, a menos que se les una un corazón recto, una voluntad recta y un juicio recto. ¡Cuánto más están obligados a confesar lo mismo en las cosas espirituales, donde, ante todo, debe haber conocimiento de Dios y fe que purifique el corazón! Ellos andan en obras y en la justicia de la ley, como Judas en las obras de los apóstoles, sin entender ni lo que dicen ni lo que afirman. Y aunque Pablo dice claramente en todas partes que la ley no justifica, sino que produce ira, manifiesta el pecado, revela la indignación y el juicio de Dios, y amenaza con muerte eterna, con todo, aunque leen estas cosas, no las ven, y mucho menos las entienden. Por tanto, no merecen ser llamados hipócritas, sino máscaras y sombras de hipócritas disfrazados, miserablemente hechizados, al soñar que son justificados por las obras de la ley. Por eso, como he dicho, esta expresión, «hacedor de la ley»,

tal como ellos la definen, es un término imaginario, un verdadero monstruo, y no se encuentra en ninguna parte.

Por tanto, cuando Pablo prueba este pasaje, «todos los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición» (Gá 3), por esta sentencia de Moisés, «Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en este libro», no prueba una cosa contraria por otra, como pudiera parecer a primera vista, sino que lo prueba rectamente y en buen orden. Porque Moisés quiere decir y enseñar exactamente lo mismo que Pablo, cuando dice: «Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas», etc. Pero nadie las cumple. Por tanto, todos los que dependen de las obras de la ley no guardan la ley. Y si no la guardan, están bajo maldición. Pero como hay dos clases de hombres que son hacedores de la ley, como antes he dicho, es decir, verdaderos hacedores e hipócritas, es necesario separar a los verdaderos hacedores de los hipócritas. Los verdaderos hacedores de la ley son aquellos que, por la fe, son el buen árbol antes que el fruto, hacedores y obreros antes que las obras. De estos habla también Moisés; y si no son tales, están bajo maldición. Pero los hipócritas no son de esta clase; porque piensan obtener justicia por las obras, y por ellas hacer a la persona justa y aceptable. Porque así sueñan: Nosotros, que somos pecadores e injustos, seremos hechos justos. ¿Cómo será eso? Por buenas obras. Por tanto, hacen exactamente como un necio constructor, que pretende hacer el fundamento comenzando por el techo, y hacer el árbol comenzando por el fruto. Porque cuando buscan ser justificados por obras, quieren hacer del obrero a partir de las obras, lo cual es directamente contrario a Moisés, quien hace a tal obrero sujeto a la maldición, igual que Pablo. Por tanto, mientras intentan hacer la ley, no solo no la hacen, sino que también niegan, como he dicho, el primer mandamiento, las promesas de Dios, la bendición prometida a Abraham; renuncian a la fe, y procuran hacerse benditos por sus propias obras; es decir, justificarse a sí mismos, librarse a sí mismos del pecado y de la muerte, vencer al diablo y apoderarse violentamente del reino de los cielos. Y esto es claramente renunciar a Dios y ponerse a sí mismos en el lugar de Dios. Porque todas estas son obras únicamente de la divina Majestad, y no de criatura alguna, ni en el cielo ni en la tierra.

Por eso Pablo pudo predecir fácilmente, a partir del primer mandamiento, las abominaciones que habían de venir, las cuales el Anticristo introduciría en la iglesia. Porque todos los que enseñan que para la salvación es necesario algún otro culto aparte del que Dios nos exige en el primer mandamiento, a saber, el temor de Dios, la fe y el amor de Dios, son claramente anticristos y se ponen en el lugar de Dios. Que tales habrían de venir, Cristo mismo lo predijo cuando dice: «Porque vendrán muchos en mi nombre, diciendo: Yo soy el Cristo» (Mt 24:5). Así también nosotros hoy podemos declarar con valentía y facilidad que cualquiera que busca la justicia por obras sin fe, niega a Dios y se hace a sí mismo dios. Porque así piensa: Si hago esta obra, seré justo, venceré al pecado, a la muerte, al diablo, a la ira de Dios y al infierno, y obtendré la vida eterna. ¿Y qué es esto, les pregunto, sino atribuirse a sí mismo aquella obra que pertenece solo a Dios, y mostrar de hecho que él mismo es dios?

Por tanto, nos es cosa fácil profetizar y juzgar con toda certeza acerca de todos los que están sin fe: que no solo son idólatras, sino verdaderos incrédulos, que niegan a Dios y se ponen en el lugar de Dios. Sobre este mismo fundamento también Pedro profetiza cuando dice: «Pero hubo también falsos profetas entre el pueblo, como habrá entre vosotros falsos maestros, que introducirán encubiertamente herejías destructoras, y aun negarán al Señor... y por avaricia harán mercadería de vosotros» (2 P 2:1, 3).

Y en el Antiguo Testamento, todas las profecías contra la idolatría brotaron del primer mandamiento. Porque todos los reyes malvados y los profetas, junto con todo el pueblo infiel, no hicieron otra cosa sino lo mismo que siempre hacen el Papa y todos los hipócritas. Ellos, menospreciando el primer mandamiento y el culto establecido por Dios, y despreciando la promesa de la simiente de Abraham, esto es, aquella simiente en quien todas las naciones habían de ser benditas y santificadas, ordenaron un culto impío completamente contrario a la palabra de Dios, y dijeron: Con este culto serviremos a Dios y proclamaremos su alabanza, el cual nos sacó de la tierra de Egipto. Así Jeroboam hizo dos becerros de oro, y dijo: «He aquí tus dioses, oh Israel, los cuales te hicieron subir de la tierra de Egipto» (1 R 12:28). Esto lo dijo del verdadero Dios que había redimido a Israel, y sin embargo tanto él como todo su pueblo eran idólatras, porque adoraban a Dios en contra del primer mandamiento. Solo miraban la obra; una vez hecha, se tenían por justos delante de Dios. ¿Y qué era esto sino negar al mismo Dios, a quien confesaban con la boca y de quien decían que los había sacado de la tierra de Egipto? Pablo habla de tales idólatras cuando dice: «Profesan conocer a Dios, pero con los hechos lo niegan» (Tit 1:16).

Por eso todos los hipócritas e idólatras procuran hacer aquellas obras que propiamente pertenecen a la majestad divina y que corresponden solamente a Cristo. Es verdad que no dicen con palabras claras: Yo soy Dios, yo soy Cristo; y, sin embargo, en realidad se atribuyen orgullosamente a sí mismos la divinidad y el oficio de Cristo. Por eso viene a ser lo mismo, en efecto, que si dijeran: Yo soy Cristo, yo soy un salvador, no solo de mí mismo, sino también de otros. Esto no solo lo han enseñado los monjes, sino que han hecho creer al mundo entero que ellos pueden no solo hacerse justos a sí mismos por medio de su santidad hipócrita, sino también hacer justos a otros a quienes la comunican; siendo así que, sin embargo, el oficio propio y único de Cristo es justificar al pecador. De la misma manera, el Papa, publicando y difundiendo su divinidad por todo el mundo, ha negado y enterrado por completo el oficio y la divinidad de Cristo.

Conviene que estas cosas se enseñen bien y se consideren bien. Porque por ellas podemos aprender a juzgar toda la doctrina cristiana y la vida del hombre; también a confirmar las conciencias; a entender todas las profecías y toda la Sagrada Escritura, y a juzgar rectamente todas las demás cosas. El que conoce bien todas estas cosas, puede juzgar con certeza que el Papa es el Anticristo, porque enseña una forma de culto muy distinta de la que presenta la primera tabla. Puede conocer y entender perfectamente qué es negar a Dios, negar a Cristo, y qué quiere decir Cristo cuando afirma: «Porque vendrán muchos en mi nombre, diciendo: Yo soy el Cristo» (Mt 24:5); qué es estar contra Dios y levantarse por encima de todo lo que se llama Dios o es objeto de culto; qué significa que el Anticristo se sienta en el templo de Dios, haciéndose pasar por Dios; qué es ver la abominación desoladora en el lugar santo, etc. (2 Ts 2:4; Mt 24:15; Mr 13:14; Dn 9:27).

Ahora bien, de aquí nacen todos estos males: que esta hipocresía maldita no quiere ser hecha justa por la bendición divina, ni ser creada de nuevo por Dios el Creador. De ningún modo quiere ser paciente, ni sufrir que se obre algo en ella; sino que quiere ser del todo agente, y hacer aquellas cosas que debería dejar que Dios obrara en ella y recibir de él. Por eso se hace a sí misma creadora y justificadora por sus propias obras, despreciando la bendición prometida y dada a Abraham y a sus hijos creyentes; de modo que todo hipócrita es a la vez la materia y el obrero, aunque esto sea contra la filosofía, pues una misma cosa no puede obrar sobre sí misma. Es la materia, porque es pecador; es el obrero, porque se pone una cogulla o escoge alguna otra obra por la cual espera merecer la gracia y salvarse a sí mismo y a otros. Así pues, es a la vez criatura y creador. Nadie, por tanto, puede expresar con palabras cuán execrable y horrible es buscar la justicia en la ley por obras, sin la bendición. Porque esta es la abominación desoladora en el lugar santo, que niega a Dios y pone a la criatura en el lugar del Creador.

Por tanto, los hacedores de la ley no son los hipócritas, que guardan la ley exteriormente, sino los verdaderos creyentes, quienes, recibiendo el Espíritu Santo, cumplen la ley; es decir, aman a Dios y a su prójimo, etc. De modo que el verdadero hacedor de la ley ha de entenderse no con respecto a las obras que hace, sino con respecto a la persona ahora regenerada por la fe. Porque según el evangelio, los que son hechos justos hacen cosas justas; pero según la filosofía no es así, sino al contrario: los que hacen cosas justas son hechos justos y rectos. Por tanto, nosotros, siendo justificados por la fe, hacemos buenas obras, por medio de las cuales, como se dice en 2 P 1, nuestro llamamiento y elección se confirman y cada día se hacen más firmes. Pero, como solo tenemos las primicias del Espíritu, y aún no los diezmos, y todavía permanecen en nosotros restos de pecado, por eso no cumplimos la ley perfectamente. Pero esta imperfección no nos es imputada a nosotros, que creemos en Cristo, quien fue prometido a Abraham y nos ha bendecido. Porque entretanto somos alimentados y tiernamente cuidados, por causa de Cristo, en el regazo de la longanimidad de Dios. Nosotros somos aquel hombre herido que cayó en manos de ladrones, cuyas heridas vendó el samaritano, echándoles aceite y vino; y luego, poniéndolo sobre su cabalgadura, lo llevó al mesón y cuidó de él; y al partir, lo encomendó al mesonero, diciendo: «Cuídamele» (Lc 10:30, 34-35). Y así nosotros, mientras tanto, somos cuidados como en una posada, hasta que el Señor vuelva a poner su mano por segunda vez, como dice Isaías, para librarnos (Is 11:11).

Por consiguiente, la sentencia de Moisés: «Maldito el que no confirmare las palabras de esta ley para hacerlas» (Dt 27:26), no contradice a Pablo, que declara malditos a todos los que son de las obras de la ley. Porque Moisés exige un hacedor tal, que pueda cumplir la ley perfectamente. ¿Pero dónde lo hallaremos? En ninguna parte. Porque David dice: «Y no entres en juicio con tu siervo; Porque no se justificará delante de ti ningún ser humano» (Sal 143:2). Y Pablo dice: «Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago» (Ro 7:15). Por tanto, Moisés juntamente con Pablo nos impulsa necesariamente a Cristo, por medio de quien somos hechos hacedores de la ley y no somos tenidos por culpables de ninguna transgresión. ¿Cómo? Primero, por el perdón de los pecados y la imputación de justicia, a causa de nuestra fe en Cristo. Segundo, por el don de Dios y del Espíritu Santo, que produce en nosotros una vida nueva y nuevos impulsos, para que también podamos cumplir la ley de verdad. Ahora, lo que no se hace es perdonado por causa de Cristo; y además, cualquier pecado que quede en nosotros no es imputado. Así Moisés concuerda con Pablo, y quiere decir exactamente lo mismo que él cuando afirma: «Maldito el que no confirmare...», etc. Porque dice que ellos no cumplen la ley, ya que quieren justificarse por obras, y concluye con Pablo que están bajo maldición. Por tanto, Moisés exige verdaderos hacedores de la ley, que son de la fe, así como Pablo condena a los que no son verdaderos hacedores de la ley; es decir, a los que no son de la fe. No hay aquí contradicción alguna, aunque Moisés habló negativamente y Pablo afirmativamente, con tal que definas bien lo que significa esta palabra “hacer”. Así, ambas sentencias son verdaderas: que todos son malditos si no permanecen en todo lo que está escrito en este libro; y que todos los que son de las obras de la ley son malditos.

Respuesta a aquellos argumentos que los adversarios alegan contra la doctrina y la justicia de la fe.

Además, este pasaje nos da ocasión para decir algo acerca de los argumentos que nuestros adversarios oponen contra la doctrina de la fe, a saber, que somos justificados solo por la fe. Hay muchos pasajes, tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo, acerca de las obras y de las recompensas de las obras, que nuestros adversarios alegan, y piensan que con ellos pueden derribar por completo la doctrina de la fe que enseñamos y sostenemos. Por tanto, debemos estar bien provistos y armados, para poder no solo instruir a nuestros hermanos, sino también responder a las objeciones de nuestros adversarios.

Los escolásticos, y todos los que no entienden el artículo de la justificación, no conocen otra justicia que la justicia civil y la justicia de la ley, la cual, hasta cierto punto, también conocen los gentiles. Por eso toman prestadas ciertas palabras de la ley y de la filosofía moral, como “hacer”, “obrar”, y otras semejantes, y las aplican a asuntos espirituales; en esto proceden de la manera más perversa e impía.

Debemos hacer diferencia entre filosofía y divinidad. Los mismos escolásticos conceden y enseñan que, en el orden de la naturaleza, el ser va antes que el obrar; porque naturalmente el árbol es antes que el fruto. Además, en filosofía conceden que una obra moralmente hecha no es buena, a menos que primero haya un juicio recto de la razón, y una buena voluntad o una buena intención. Así pues, quieren que el recto juicio de la razón y la buena intención vayan antes de la obra; es decir, hacen a la persona moralmente justa antes de la obra. Por el contrario, en divinidad y en asuntos espirituales, donde más que en ninguna otra parte deberían hacer esto, son tan necios asnos, que lo pervierten todo y lo ponen completamente al revés, poniendo la obra antes del recto juicio de la razón y de la buena intención.

Por tanto, obrar es una cosa en la naturaleza, otra en la filosofía moral, y otra en la divinidad. En la naturaleza, primero debe estar el árbol, y luego el fruto. En la filosofía moral, para obrar bien se requiere que antes vayan una buena intención y un sano juicio de la razón. Y aquí todos los filósofos se detienen y no pueden ir más lejos. Por eso los teólogos dicen que la filosofía moral no toma a Dios como objeto ni como fin último. Porque Aristóteles, o un saduceo, o un hombre de cualquier honestidad civil, llama recta razón y buena intención a esto: procurar el bien público de la república y su tranquilidad y honestidad. Un filósofo o hacedor de ley no sube más alto. No piensa, por medio de un recto juicio de la razón y de una buena intención, obtener remisión de pecados y vida eterna, como hace el sofista o el monje. Por tanto, el filósofo pagano es mucho mejor que tal hipócrita. Porque se mantiene dentro de sus límites, considerando solamente la honestidad y la tranquilidad de la república, sin mezclar las cosas celestiales con las terrenales. Por el contrario, el sofista ciego imagina que Dios tiene en cuenta su buena intención y sus obras. Por eso mezcla las cosas terrenales con las celestiales, y profana el nombre de Dios. Y esta imaginación la aprende de la filosofía moral, aunque la abuse mucho peor que el pagano.

Por eso, en divinidad debemos elevarnos más alto con esta palabra “hacer” que en las cosas naturales y en la filosofía; de modo que ahora debe tener una nueva significación, y hacerse completamente nueva, unida a un recto juicio de la razón y a una buena voluntad, no moralmente, sino divinamente; esto es, que yo sepa y crea por la palabra del evangelio que Dios ha enviado a su Hijo al mundo para redimirnos del pecado y de la muerte. Aquí “hacer” es una cosa nueva, desconocida para la razón, para los filósofos, para los obradores de la ley y para todos los hombres; porque es una sabiduría escondida en misterio. Por tanto, en divinidad la obra necesariamente requiere que la fe vaya antes.

Por tanto, cuando nuestros adversarios alegan contra nosotros los dichos de la Escritura acerca de la ley y de las obras, donde se hace mención de obrar y hacer, entonces debes responderles que esos son términos que pertenecen a la divinidad, y no a las cosas naturales o morales. Si se aplican a cosas naturales o morales, deben tomarse en su propio significado. Pero si se aplican a materias de divinidad, deben incluir tal recto juicio, razón o buena voluntad, como es incomprensible para la razón del hombre. Por eso, hacer en divinidad siempre debe entenderse de un hacer fiel. De modo que este hacer fiel es enteramente, por así decirlo, un nuevo reino, separado del hacer natural o moral. Por tanto, cuando nosotros, que somos teólogos, hablamos de hacer, necesariamente debemos hablar de ese hacer fiel; porque en divinidad no tenemos otro recto juicio de la razón, ni buena voluntad o intención, fuera de la fe.

Esta regla se observa bien en el capítulo once a los Hebreos. Allí se recitan muchas y diversas obras de los santos, tomadas de la Santa Escritura; como las de David, que mató un león y un oso, y mató a Goliat. Allí el sofista o escolástico, ese necio asno, no mira otra cosa que la apariencia exterior de la obra. Pero esta obra de David debe considerarse así: primero debemos considerar qué clase de persona era David antes de hacer esta obra; entonces veremos que era una persona cuyo corazón confiaba en el Señor Dios de Israel, como el texto claramente lo testifica: «Jehová, que me ha librado de las garras del león y de las garras del oso, él también me librará de la mano de este filisteo»; además: «Tú vienes a mí con espada y lanza y jabalina; mas yo vengo a ti en el nombre de Jehová de los ejércitos, el Dios de los escuadrones de Israel, a quien tú has provocado. Jehová te entregará hoy en mi mano, y yo te venceré, y te cortaré la cabeza... Porque de Jehová es la batalla, y él os entregará en nuestras manos» (1 S 17:37, 45, 46, 47). Ves, entonces, que él era un hombre justo, amado por Dios, fuerte y constante en la fe, antes de hacer esta obra. Este hacer de David, por tanto, no es un hacer natural o moral, sino un hacer fiel.

Así también se dice de Abel en la misma Epístola, «que por fe ofreció a Dios más excelente sacrificio que Caín». Si los escolásticos tropiezan con este pasaje tal como se lee en Gn 4:5, donde simplemente se expone cómo Caín y Abel ofrecieron sus ofrendas, y que el Señor miró con agrado a Abel y a su ofrenda, inmediatamente se aferran a estas palabras: ofrecieron sus ofrendas al Señor; el Señor miró con agrado la ofrenda de Abel; y gritan diciendo: Aquí ven ustedes que Dios miró con agrado las ofrendas; por tanto, las obras justifican. De manera que estos puercos inmundos piensan que la justicia es una cosa moral, mirando solo la máscara o apariencia exterior de la obra, y no el corazón del que hace la obra; siendo que aun en filosofía se ven obligados a mirar, no la obra desnuda, sino la buena voluntad del que obra. Pero aquí se aferran por completo a estas palabras: ofrecieron ofrendas; el Señor miró con agrado a Abel y a sus ofrendas; y no ven que el texto dice claramente en Génesis que el Señor miró primero a la persona de Abel, la cual agradó al Señor por causa de su fe, y después a sus ofrendas.

Por tanto, en divinidad hablamos de obras fieles, sacrificios fieles, ofrendas fieles y dones fieles; es decir, ofrecidos y hechos en fe, como lo declara la Epístola a los Hebreos, diciendo: «Por la fe Abel ofreció a Dios más excelente sacrificio»; «Por la fe Enoc fue traspuesto»; «Por la fe Abraham, siendo llamado, obedeció», etc. Tenemos aquí, pues, una regla expuesta en Hebreos 11, acerca de cómo debemos responder sencillamente a los argumentos que los adversarios objetan acerca de la ley y de las obras, a saber: este o aquel hombre hizo esta o aquella obra en fe; y así das solución a todos sus argumentos, y les tapas la boca, de modo que no tengan nada que responder.

Por esto aparece claramente que en divinidad y en los asuntos divinos, la obra nada vale sin la fe, sino que necesariamente debes tener fe antes de comenzar a obrar. «Porque sin fe es imposible agradar a Dios» (He 11:6). Pero el que se acerca a Dios debe creer. Por eso en la Epístola a los Hebreos se dice que el sacrificio de Abel fue mejor que el sacrificio de Caín, porque creyó; por tanto, la obra o el sacrificio de Abel fue fiel. Por el contrario, en Caín, porque era impío e hipócrita, no había fe ni confianza en la gracia o favor de Dios, sino mera presunción de su propia justicia; y por tanto su obra, con la que pretendía agradar a Dios, era hipócrita e infiel. Por eso los mismos adversarios se ven obligados a conceder que en todas las obras de los santos se presupone la fe o va antes, por la cual sus obras agradan a Dios y son aceptadas por él. Por tanto, en divinidad hay un nuevo hacer, completamente contrario al hacer moral.

Además, también solemos distinguir la fe de esta manera: que la fe a veces se toma sin la obra, y a veces con la obra. Porque así como un artesano habla de distinta manera de la materia sobre la cual trabaja, y asimismo un jardinero del árbol estéril o fructífero, así también el Espíritu Santo habla diversamente de la fe en la Escritura: a veces de una fe absoluta; a veces de una fe compuesta, o, por decirlo así, encarnada. Ahora bien, la fe absoluta es esta: cuando la Escritura habla absolutamente de la justificación, o del ser justificado, como puede verse en las Epístolas a los Romanos y a los Gálatas. Pero cuando la Escritura habla de recompensas y obras, entonces habla de la fe compuesta o encarnada.

Citaremos algunos ejemplos de la fe así: «La fe obra por el amor». «El justo por la fe vivirá». «Apártate del mal, y haz el bien» (Gá 5:6; Lc 1:18; Mt 19:17; Ro 10:5; Sal 37:27). En estos y otros lugares semejantes, de los cuales hay muchos en la Santa Escritura, donde se hace mención de hacer, la Escritura siempre habla de un hacer fiel. Así, cuando dice: «Haz esto, y vivirás», quiere decir esto: mira primero que seas fiel, que tengas un recto juicio de la razón y una buena voluntad; es decir, fe en Cristo. Cuando tengas esta fe, obra entonces con la bendición de Dios.

¿Qué maravilla hay, entonces, en que se prometan recompensas a esta fe encarnada; es decir, a la fe que obra, como fue la fe de Abel, o a las obras fieles? ¿Y por qué no habría la Sagrada Escritura de hablar así diversamente de la fe, cuando habla de diversas maneras de Cristo, como Dios y hombre; es decir, a veces de toda su persona, y a veces de sus dos naturalezas por separado, ya sea de su naturaleza divina o de su naturaleza humana? Si habla de las naturalezas por separado, habla de Cristo absolutamente; pero si habla de la naturaleza divina unida en una sola persona a la naturaleza humana, entonces habla de Cristo compuesto y encarnado. Entre los escolásticos hay una regla común acerca de la comunicación de propiedades, cuando las propiedades que pertenecen a la divinidad de Cristo son atribuidas a la humanidad; lo cual vemos por todas partes en las Escrituras. Como en Lc 2:10, el ángel llama al niño nacido de la virgen María el Salvador de los hombres, y el Señor universal tanto de los ángeles como de los hombres. Y en el primer capítulo lo llama Hijo de Dios. (Lc 1:32.) Por esto yo puedo decir con verdad que aquel niño que yacía en el pesebre y en el regazo de la Virgen creó el cielo y la tierra, y es Señor de los ángeles. Aquí hablo, ciertamente, de un hombre; pero hombre, en esta proposición, es una palabra nueva y, como los mismos escolásticos conceden, tiene relación con la divinidad; es decir, este Dios, que fue hecho hombre, ha creado todas las cosas. La creación se atribuye solamente a la divinidad de Cristo; porque la humanidad no crea. Y sin embargo, se dice verdaderamente: el hombre creó; porque la divinidad, que es la única que crea, está encarnada con la humanidad, y por eso la humanidad, junto con la divinidad, participa de las mismas propiedades. Por tanto, se dice bien y piadosamente: este hombre Jesucristo sacó a Israel de Egipto, hirió a Faraón y obró todas las maravillas desde el principio del mundo. Así también, cuando la Escritura dice: «Mas si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos»; «haz esto, y vivirás», etc., primero debemos ver de qué clase de guardar y de hacer habla. Porque en estos y otros lugares semejantes, como ya he dicho, habla de una fe compuesta, y no de una fe desnuda y simple. Y el sentido de este pasaje, «haz esto, y vivirás», es este: vivirás por este hacer fiel; o, este hacer te dará vida, pero por causa solamente de tu fe. De esta manera la justificación se atribuye a la sola fe, así como la creación a la divinidad. Y, sin embargo, así como se dice verdaderamente que Jesús, hijo de María, creó todas las cosas, así también la justificación se atribuye a la fe encarnada, o al hacer fiel. Por tanto, de ninguna manera debemos pensar, con los sofistas e hipócritas, que las obras justifican absolutamente, o que las recompensas se prometen a las obras morales, sino solamente a las obras fieles.

Suframos, pues, que el Espíritu Santo hable, como habla en las Escrituras, ya sea de la fe desnuda, simple y absoluta, o de la fe compuesta y encarnada. Todas las cosas que se atribuyen a las obras pertenecen propiamente a la fe. Porque las obras no deben mirarse moralmente, sino fielmente y con ojo espiritual. La fe es la divinidad de las obras, y está tan difundida por todas las obras de los fieles como la divinidad por toda la humanidad de Cristo. La fe, por tanto, lo hace todo por sí sola en las obras de los fieles. Abraham es llamado fiel, porque la fe está difundida por toda la persona de Abraham; de modo que, al verlo obrar, no veo nada del Abraham carnal o del Abraham que obra, sino del Abraham creyente.

Por tanto, cuando leas en las Escrituras acerca de los padres, profetas y reyes, cómo obraron justicia, resucitaron muertos, vencieron reinos, debes recordar que estas y semejantes expresiones han de exponerse como las expone la Epístola a los Hebreos: «por fe hicieron justicia, por fe resucitaron muertos, por fe conquistaron reinos», etc. (He 11:33-35.) De modo que la fe incorpora la obra y le da su perfección. Y esto los adversarios, si están en su sano juicio, no pueden negarlo, ni tienen nada que decir u objetar contra ello. En verdad, pueden clamar que la Escritura habla muchas veces del hacer y del obrar. Y nosotros siempre les respondemos que también habla del hacer fiel. Porque, en primer lugar, la razón debe ser alumbrada por la fe antes de poder obrar. Ahora bien, cuando tiene una opinión y conocimiento verdaderos de Dios, entonces la obra queda encarnada e incorporada en ello; de modo que todo lo que se atribuye a la fe, después se atribuye también a las obras, pero solamente por causa de la fe, y de la fe sola.

Por tanto, al leer las Escrituras debemos aprender a distinguir entre el hacer verdadero y el hipócrita, entre el hacer moral y el espiritual de la ley. Así podremos declarar el verdadero sentido de todos esos lugares que parecen sostener la justicia de las obras. Ahora bien, el verdadero hacer de la ley es un hacer fiel y espiritual, el cual no tiene aquel que busca justicia por las obras. Por eso, todo hacedor de la ley y todo santo obrero moral está bajo maldición. Porque anda en la presunción de su propia justicia contra Dios, mientras quiere ser justificado por el libre albedrío y la razón del hombre; y así, al hacer la ley, no la hace. Y esto, según Pablo, es estar bajo las obras de la ley; es decir, que los hipócritas hacen la ley, y sin embargo, al hacerla, no la hacen; porque entienden esta palabra, “hacer”, según el sentido literal de la ley, lo cual en la verdadera divinidad cristiana no vale nada. Sin duda hacen muchas cosas, pero en la presunción de su propia justicia, y sin el conocimiento de Dios y la fe, como hizo el fariseo (Lc 18), y como hizo Pablo antes de su conversión; por eso están ciegos y yerran miserablemente, y así permanecen bajo la maldición. Por tanto, vuelvo a advertirte que tales sentencias como las que los adversarios alegan de las Escrituras acerca de obras y recompensas, deben exponerse espiritualmente. Si alegan, por ejemplo, esta sentencia de Dn 4: «Redime tus pecados con limosnas», aquí no debes exponer estas palabras moralmente, sino espiritualmente. Así verás que esta palabra “redime” no significa un hacer moral, sino un hacer fiel; es decir, incluye la fe. Porque en las Escrituras, la obra, como he dicho, requiere también una buena voluntad y un juicio recto de la razón que la precedan; no morales, como ellos quieren, sino divinos y espirituales, lo cual es la fe. Por este medio podrás tapar la boca a los sofistas perversos. Porque ellos mismos se ven obligados a conceder, y así también lo enseñan por Aristóteles, que toda buena obra procede de la elección o libre albedrío del hombre. Si esto es verdad en filosofía, mucho más debe esta buena voluntad y recto juicio de la razón, guiados por la fe, preceder a la obra en la divinidad y en las cosas divinas. Y esto significan en las Escrituras todas las palabras del modo imperativo, es decir, todas las palabras que mandan, y también todas las que enseñan la ley, como claramente lo declara la Epístola a los Hebreos: «Por la fe Abel ofreció», etc.

Ahora, supongamos que esta solución no bastara, aunque ciertamente es segurísima y muy cierta. Aun así, que este sea el argumento de todos los argumentos, y el principal espejo de los cristianos para contemplar contra todas las tentaciones y objeciones, no solo de los adversarios, sino también del mismo diablo: aferrarse y retener la cabeza, que es Cristo. Además, supongamos que los sofistas, siendo más astutos y sutiles que yo, me enredaran y me enmarañaran con sus argumentos, que presentan para sostener las obras contra la fe, de tal modo que yo no supiera cómo salir de ellos, aunque les es imposible hacerlo. Aun así, yo preferiría dar reverencia y crédito solo a Cristo, antes que dejarme persuadir por todos los pasajes que ellos puedan alegar para establecer la justicia de las obras contra la doctrina de la fe.

Por tanto, se les debe responder sencillamente y con claridad de esta manera: Aquí está Cristo; allí están los testimonios de las Escrituras acerca de la ley y las obras. Ahora bien, Cristo es el Señor de la Escritura, de la ley y de todas las obras. Él también es Señor del cielo, de la tierra, del día de reposo, del templo, de la justicia, de la vida, de la ira, del pecado, de la muerte, y en general de todas las cosas. Y Pablo, su apóstol, muestra «que por nosotros lo hizo pecado», y que se hizo maldición por mí. (Gá 3:13.) Oigo, entonces, que yo no podía ser librado de otro modo de mi pecado, de mi muerte y de mi maldición, sino por su muerte y derramamiento de sangre. Por tanto, concluyo que es necesario que Cristo mismo venza mi pecado, mi muerte y mi maldición en su propio cuerpo, y no las obras de la ley ni mis propias obras. Y aquí la razón se ve obligada a rendirse y decir que Cristo no es obra de la ley, ni obra mía; que su sangre y su muerte no son la circuncisión, ni la observancia de las ceremonias de la ley, y mucho menos una cogulla de monje, una corona rapada, abstinencia, votos y cosas semejantes. Por tanto, si él es el precio de mi redención, si fue hecho pecado y maldición para justificarme y bendecirme, no me importa si traes mil pasajes de la Escritura acerca de la justicia de las obras contra la justicia de la fe, y si gritas cuanto quieras que la Escritura está contra mí. Yo tengo conmigo al Autor y Señor de la Escritura, de cuyo lado prefiero estar antes que creer a toda la chusma de hacedores de ley y hacedores de méritos. Aunque es imposible que la Escritura esté contra esta doctrina, a no ser entre hipócritas insensatos y obstinados; pero a los piadosos y a los entendidos les da testimonio de Jesucristo su Señor. Mira, pues, cómo puedes reconciliar la Escritura, que dices que está contra mi doctrina. En cuanto a mí, yo me mantendré firme en el Autor y Señor de la Escritura.

Por tanto, si alguno piensa que no es capaz de reconciliar bien tales pasajes de la Escritura, o de responder suficientemente a ellos, y sin embargo se ve obligado a oír las objeciones y sutilezas de los adversarios, responda sencilla y claramente de esta manera: Tú me pones en contra al siervo, es decir, la Escritura, y eso no toda ella, ni siquiera su parte principal, sino solo ciertos lugares acerca de la ley y las obras. Pero yo vengo con el Señor mismo, que está por encima de la Escritura, y que me ha sido hecho mérito y precio de justicia y de vida eterna. A él me aferro, a él me adhiero, y te dejo las obras a ti; las cuales, sin embargo, nunca hiciste. Esta solución ni el diablo ni ningún justiciario te la podrán arrancar o destruir jamás. Además, estás seguro delante de Dios; porque tu corazón permanece fijo en el objeto, que se llama Cristo, quien fue clavado en la cruz y hecho maldición, no por sí mismo, sino por nosotros, como dice el texto: «hecho por nosotros maldición». Aférrate a esto, y opónlo contra todas las sentencias de la ley y de las obras que existan, y di: ¿Oyes esto, Satanás? Aquí él tiene que ceder, porque sabe que Cristo es su Señor y Maestro.

Gálatas 3:11

Y que por la ley ninguno se justifica para con Dios, es evidente, porque: «Mas el justo por la fe vivirá.» (Hab 2:4; Ro 1:17.)

Este es otro argumento, fundado en el testimonio del profeta Habacuc. Y es una sentencia de gran peso y autoridad, que Pablo opone a todas las sentencias acerca de la ley y de las obras. Como si dijera: ¿Qué necesidad hay de una larga discusión? Aquí presento un testimonio clarísimo del Profeta, contra el cual nadie puede objetar: «Mas el justo por la fe vivirá.» Si vive por la fe, entonces no vive por la ley; porque la ley no es de fe. Y aquí Pablo excluye las obras y la ley, como cosas contrarias a la fe.

Los sofistas, como siempre están dispuestos a corromper las Escrituras, tuercen y pervierten este lugar de esta manera: “El justo vive por la fe”; es decir, por una fe que obra, o formada y perfeccionada por la caridad; pero si no está formada por la caridad, entonces no justifica. Este comentario lo han inventado ellos mismos, y con él hacen violencia a las palabras del Profeta. Si llamaran fe formada o adornada a la fe verdadera que enseña la Escritura, ese comentario suyo no me ofendería; porque entonces la fe no sería separada de la caridad, sino de la vana opinión de fe; como también nosotros distinguimos entre una fe falsa y una fe verdadera.

La fe falsa es la que oye hablar de Dios, de Cristo, y de todos los misterios de su encarnación y de nuestra redención; la cual también capta y retiene esas cosas que oye, y hasta puede hablar muy bien de ellas. Y sin embargo, en el corazón no queda otra cosa que una opinión desnuda y un mero sonido del evangelio. Porque ni renueva ni cambia el corazón; no hace un hombre nuevo, sino que lo deja en la vanidad de su antigua opinión y conducta. Y esta es una fe muy perniciosa. El filósofo moral es mucho mejor que el hipócrita que tiene tal fe.

Por tanto, si ellos quisieran hacer una distinción entre la fe formada, tomándola como la toma la Escritura, y la fe falsa o fingida, su distinción no me ofendería en nada. Pero ellos hablan de una fe formada y perfeccionada por la caridad, y hacen una fe doble, es decir, formada e informe. Este comentario pestilente y diabólico lo detesto por completo. Aunque, dicen ellos, tenemos una fe infundida, llamada fides infusa, que es don del Espíritu Santo, y también una fe adquirida por nuestra propia industria, llamada fides acquisita, sin embargo a ambas les falta su forma y perfección, que es la caridad, y son formadas por la caridad. Esto es preferir la caridad a la fe, y atribuir la justicia no a la fe, sino a la caridad. Por tanto, cuando no atribuyen la justicia a la fe, sino solo en consideración de la caridad, no atribuyen absolutamente nada a la fe.

Además, estos pervertidores del evangelio de Cristo enseñan que aun esa fe que llaman fe infundida, y no recibida por el oír, ni adquirida por obra alguna, sino creada en el hombre por el Espíritu Santo, puede coexistir con pecado mortal, y que los peores hombres pueden tener esta fe. Por eso dicen que, si está sola, es completamente ociosa e infructuosa. Así le quitan a la fe su oficio, y se lo dan a la caridad; de modo que la fe no es nada, a menos que se le añada la caridad, que ellos llaman su forma y perfección. Esta es una clase de doctrina diabólica y blasfema, que borra y destruye por completo la doctrina de la fe, y aparta del todo al hombre de Cristo el Mediador y de la fe, que es la mano y el único medio por el cual lo recibimos. Porque si la caridad es la forma y perfección de la fe, como ellos sueñan, entonces de inmediato me veo obligado a decir que la caridad es la parte principal de la religión cristiana; y así pierdo a Cristo, su sangre y todos sus beneficios, y ahora descanso enteramente en una conducta moral, exactamente como hace el Papa, el filósofo pagano y el turco.

Pero el Espíritu Santo, que da a todos boca y lengua, sabe cómo hablar. Él pudo haber dicho, como imaginan impíamente los sofistas: el justo vivirá por una fe formada y embellecida, o perfeccionada por la caridad. Pero esto lo omite a propósito, y dice claramente: «Mas el justo por la fe vivirá.» Váyanse, pues, esos necios sofistas con ese comentario suyo malvado y pestilente. Nosotros seguiremos sosteniendo y exaltando esta fe, que Dios mismo ha llamado fe; es decir, una fe verdadera y cierta, que no duda de Dios, ni de sus promesas, ni del perdón de los pecados por medio de Cristo, para que podamos habitar tranquilos y seguros en este nuestro objeto, Cristo, y mantener siempre ante nuestros ojos la pasión y la sangre del Mediador y todos sus beneficios. Ahora bien, solo la fe, que se aferra a Cristo, es el único medio para que no se pierdan de vista esos beneficios. Por tanto, rechazando este comentario pestilente, debemos entender este lugar de la fe sola y únicamente. Y esto mismo lo declara Pablo, cuando razona contra la fe formada por la caridad de esta manera:

_Verso 12. Y la ley no es de fe._

Los escolásticos dicen: El justo vive, si su fe está formada y adornada por la caridad. Pero, por el contrario, Pablo dice: «La ley no es de fe.» Pero ¿qué es la ley? ¿No es también un mandamiento acerca de la caridad? Sí, la ley no manda otra cosa sino la caridad, como podemos verlo por el mismo texto: «Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma», etc. (Dt 6:5; Mt 22:37.) Otra vez: «Y hago misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos.» (Éx 20:6.) También: «De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas.» (Mt 22:40.) Si, entonces, la ley que manda la caridad es contraria a la fe, necesariamente se sigue que la caridad no es de fe. Así Pablo refuta claramente el comentario que los sofistas han inventado acerca de su fe formada, y habla solamente de la fe, en cuanto separada de la ley. Ahora bien, una vez separada y apartada la ley, también queda apartada la caridad, con todo lo que pertenece a la ley; y solo queda la fe, la cual justifica y vivifica para vida eterna.

Pablo, por tanto, razona aquí a partir de un testimonio claro del Profeta, que no hay nadie que obtenga justificación y vida delante de Dios, sino el hombre creyente, quien obtiene justicia y vida eterna sin la ley y sin la caridad, solamente por la fe. La razón es esta: porque la ley no es de fe; es decir, la ley no es fe, ni cosa alguna que pertenezca a la fe, porque no cree; ni tampoco las obras de la ley son fe, ni proceden de la fe. Por tanto, la fe es algo muy distinto de la ley, así como la promesa es algo muy distinto de la ley. Porque la promesa no se recibe obrando, sino creyendo. Sí, hay tanta diferencia entre la promesa y la ley, y por consiguiente entre la fe y las obras, como la distancia que hay entre el cielo y la tierra.

Es imposible, por tanto, que la fe proceda de la ley. Porque la fe solo descansa en la promesa; solo ella recibe y conoce a Dios, y consiste únicamente en recibir bienes de Dios. Por el contrario, la ley y las obras consisten en exigir, en hacer y en dar a Dios. Así Abel, al ofrecer su sacrificio, da a Dios; pero al creer, recibe de Dios. Pablo, por tanto, concluye poderosamente a partir de este lugar de Habacuc, que el justo vive solamente por la fe. Porque la ley en ninguna manera pertenece a la fe, ya que la ley no es la promesa. Pero la fe descansa solamente en la promesa. Por tanto, así como hay diferencia entre la ley y la promesa, así también la hay entre las obras y la fe. De modo que ese comentario de los escolásticos es falso y malvado, pues une la ley y la fe; o más bien, apaga la fe y pone la ley en lugar de la fe.

Y observa aquí que Pablo siempre habla de aquellos que quieren cumplir la ley moralmente, y no según la Escritura. Pero todo lo que se diga de aquellas buenas obras que la Escritura exige, eso mismo se atribuye solamente a la fe.

Gálatas 3:12

Mas el hombre que haga estas cosas, vivirá por ellas.

Pablo procura aquí mostrar cuál es la verdadera justicia de la ley y del evangelio. La justicia de la ley es cumplir la ley, conforme a aquel dicho: «El que hiciere estas cosas vivirá por ellas». La justicia de la fe es creer, conforme a aquel dicho: «Mas el justo por la fe vivirá». La ley, por tanto, exige que ofrezcamos algo a Dios. Pero la fe no exige obras de nosotros, ni que demos algo a Dios, sino que, creyendo la promesa de Dios, recibamos de él. Por eso, el oficio de la ley es obrar, así como el oficio de la fe es asentir a las promesas. Porque la fe es la fe de la promesa, y la obra es la obra de la ley. Pablo, por tanto, insiste en esta palabra: hacer. Y para mostrar claramente cuál es la confianza de la ley y cuál es la confianza de las obras, compara una con otra: la promesa con la ley, y la fe con las obras. Dice que de la ley no viene otra cosa sino solo hacer; pero la fe es algo completamente contrario, a saber, aquello que asiente a la promesa y se aferra a ella. Estas cuatro cosas, por tanto, deben distinguirse perfectamente. Porque así como la ley tiene su propio oficio, así también lo tiene la promesa. A la ley le corresponde hacer, y a la promesa, creer. Por eso, tan separadas como están entre sí la ley y la promesa, tan separados están también el hacer y el creer. Por esta distinción, Pablo procura aquí separar la caridad de la fe, y enseñar que la caridad no justifica, porque la ley no obra ni ayuda en nada para la justificación. La fe sola, por tanto, justifica y vivifica; y, sin embargo, no está sola, es decir, no está ociosa, aunque en su propio grado y oficio está sola. Ya ven, entonces, la razón por la cual Pablo cita aquí este pasaje: para separar muy lejos la fe y la caridad. ¡Vergüenza sobre los sofistas, pues, con su maldita glosa y su ciega distinción de fe formada y no formada! Porque estos términos recién forjados, fe formada, fe no formada, fe adquirida por el esfuerzo del hombre, y otros semejantes, son verdaderos monstruos inventados por el diablo, con ningún otro fin que desfigurar y destruir la verdadera doctrina y fe cristiana, blasfemar y hollár a Cristo, y establecer la justicia de las obras. Ciertamente las obras deben seguir a la fe; pero la fe no debe ser obras, ni las obras fe. Los límites y los reinos de la ley o de las obras, y de la fe, deben distinguirse correctamente entre sí.

Cuando creemos, pues, vivimos solo por la fe en Cristo, quien es sin pecado, y quien también es nuestro propiciatorio y remisión de pecados. Por el contrario, cuando guardamos la ley, en verdad obramos, pero no tenemos justicia ni vida. Porque el oficio de la ley no es justificar y dar vida, sino manifestar el pecado y destruir. Ciertamente la ley dice: El que hiciere estas cosas vivirá por ellas. Pero ¿dónde está aquel que hace la ley? Es decir, ¿quién ama a Dios con todo su corazón, y a su prójimo como a sí mismo? Por tanto, nadie hace la ley; y aunque se esfuerce cuanto quiera por hacerla, al hacerla no la hace. Por eso permanece bajo maldición. Pero la fe no obra, sino que cree en Cristo, el que justifica. Por tanto, el hombre no vive por su hacer, sino por su creer. Pero el hombre fiel cumple la ley; y lo que no hace le es perdonado por la remisión de pecados por causa de Cristo; y lo que aún queda no le es imputado.

Pablo, por tanto, en este lugar y en el capítulo 10 de Romanos, compara la justicia de la ley y la de la fe, donde dice: «El que hiciere estas cosas vivirá por ellas». Como si dijera: Sería ciertamente algo excelente si pudiéramos cumplir la ley; pero puesto que nadie la cumple, debemos huir a Cristo, «porque el fin de la ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree». «Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley». (Ro 10:4; Gá 4:4.) Creyendo en él, recibimos el Espíritu Santo, y comenzamos a hacer la ley; y lo que no hacemos no nos es imputado por causa de nuestra fe en Cristo. Pero en la vida venidera ya no tendremos más necesidad de fe. (1 Co 13:12.) Porque entonces no veremos oscuramente por espejo, como ahora, sino que veremos cara a cara; es decir, habrá un resplandor gloriosísimo de la majestad eterna, en el cual veremos a Dios tal como él es. Allí habrá un conocimiento y amor verdadero y perfecto de Dios, una luz perfecta de la razón y una buena voluntad; no una voluntad moral y filosófica como sueñan los escolásticos papistas, sino una voluntad celestial, divina y eterna. Aquí, mientras tanto, en espíritu por la fe, aguardamos la esperanza de la justicia. Por el contrario, los que buscan el perdón de los pecados por la ley y no por Cristo, nunca cumplen la ley, sino que permanecen bajo maldición.

Pablo, por tanto, llama justos solamente a los que son justificados por medio de la promesa, o por medio de la fe en la promesa sin la ley. Por eso, los que son de las obras de la ley, y quieren parecer que cumplen la ley, no la cumplen. Porque el Apóstol concluye en general que todos los que son de las obras de la ley están bajo maldición; bajo la cual no estarían si cumplieran la ley. En verdad es cierto que el hombre que hace las obras de la ley vivirá por ellas, es decir, será bendito; pero tal hombre no puede hallarse. Ahora bien, puesto que hay un doble uso de la ley, uno político y otro espiritual, el que quiera entender esta sentencia civilmente, puede hacerlo de esta manera: «El que hiciere estas cosas vivirá por ellas»; es decir, si un hombre obedece exteriormente al magistrado y al gobierno civil, evitará el castigo y la muerte; porque entonces el magistrado civil no tiene poder sobre él. Este es el uso político de la ley, que sirve para refrenar a los rudos e indóciles. Pero Pablo no habla aquí de este uso, sino que trata este pasaje como teólogo; por tanto, aquí se incluye necesariamente una condición. Como si dijera: Si los hombres pudieran guardar la ley, serían bienaventurados. Pero ¿dónde están? Por tanto, no son hacedores de la ley, a menos que primero sean justificados antes y sin la ley, por la fe.

Por eso, cuando Pablo maldice y condena a los que son de las obras de la ley, no habla de aquellos que son justificados por la fe, sino de aquellos que procuran ser justificados por las obras, sin fe en Cristo. Digo esto para que nadie siga la vana imaginación de Jerónimo, quien, engañado por Orígenes, no entendió absolutamente nada de Pablo, sino que lo tomó como un mero jurista civil. De ahí razona de esta manera: Los santos patriarcas, profetas y reyes fueron circuncidados y ofrecieron sacrificios; por tanto, observaron la ley. Pero sería impío decir que están bajo maldición; por tanto, no todos los que son de las obras de la ley están bajo maldición. Así se pone contra Pablo sin ningún juicio, no haciendo diferencia entre los verdaderos hacedores de la ley justificados por la fe, y aquellos obradores que buscan ser justificados por la ley, sin fe.

Pero Pablo no habla aquí nada contra los que son justificados por la fe y son verdaderos hacedores de la ley en verdad, porque ellos no son de las obras de la ley; sino contra aquellos que no solo no guardan la ley, sino que también pecan contra ella. Porque el Señor manda que temamos, amemos y adoremos a Dios con una fe verdadera. Esto no lo hacen, sino que escogen nuevas clases de cultos y obras que nunca fueron mandadas por Dios, con las cuales Dios no es aplacado, sino más bien provocado a ira, conforme a aquel dicho: «Pues en vano me honran, enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres». (Mt 15:9.) Por tanto, están llenos de impiedad, son rebeldes contra Dios e idólatras, y pecan gravemente contra el primer mandamiento más que contra todos los demás. Además, están llenos de mala concupiscencia, ira y otras grandes pasiones. En resumen, no hay nada bueno en ellos, sino que exteriormente quieren parecer justos y cumplidores de la ley.

Así también nosotros, que somos justificados por la fe, como lo fueron los patriarcas, los profetas y todos los santos, no somos de las obras de la ley, en cuanto a la justificación. Pero en cuanto estamos en la carne, y todavía tenemos en nosotros restos de pecado, estamos bajo la ley, y sin embargo no bajo maldición, porque los restos del pecado no nos son imputados por causa de Cristo, en quien creemos. Porque la carne es enemiga de Dios, y esa concupiscencia que todavía permanece en nosotros no solo no cumple la ley, sino que también peca contra ella, rebelándose contra nosotros y llevándonos cautivos a servidumbre. (Ro 7.) Ahora bien, si la ley no se cumple en los santos, sino que muchas cosas se hacen en ellos contrarias a la ley; si la mala concupiscencia y los restos del pecado todavía permanecen en ellos, y los estorban tanto que no pueden temer y amar a Dios, no pueden invocar a Dios con plena confianza, no pueden alabar a Dios ni reverenciar su palabra como deberían; ¡cuánto más cierto es esto en el hombre que aún no es justificado por la fe, sino que es enemigo de Dios, y con todo su corazón desprecia y aborrece la palabra y la obra de Dios! Ven, pues, que Pablo habla aquí de aquellos que quieren cumplir la ley y ser justificados por ella, aunque todavía no han recibido la fe, y no de los padres y santos, como imagina Jerónimo, los cuales ya son justificados por la fe.

Gálatas 3:13

Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: «Maldito todo el que es colgado en un madero»). (Dt 21:23.)

Aquí de nuevo Jerónimo y los sofistas papistas que lo siguen se turban mucho, y tuercen miserablemente este pasaje tan consolador, procurando, según aparentan, con celo piadoso, apartar de Cristo esta afrenta: que sea llamado maldición o execración. Ellos eluden esta sentencia de esta manera: que Pablo no habló aquí en serio; y por eso afirman muy impíamente que la Escritura en Pablo no concuerda consigo misma. Y lo prueban así: la sentencia de Moisés, dicen ellos, que Pablo alega aquí, no habla de Cristo. Además, esta cláusula general [todo] que Pablo alega, no está añadida en Moisés. También Pablo omite esta palabra [de Dios], que está en Moisés. En suma, es bastante evidente que Moisés habla de un ladrón o malhechor, que por sus malas obras ha merecido la horca, como la Escritura testifica claramente en el capítulo 21 de Deuteronomio. Por eso preguntan cómo puede aplicarse esta sentencia a Cristo: que es maldito de Dios y colgado en un madero, siendo que no es malhechor ni ladrón, sino justo y santo. Esto quizá pueda mover a los simples e ignorantes, pensando que los sofistas hablan no solo con agudeza, sino también muy piadosamente, y que así defienden el honor y la gloria de Cristo, y advierten a todos los cristianos que se cuiden de no pensar tan impíamente de Cristo como para que haya sido hecho maldición, etc. Veamos, pues, cuál es el sentido y propósito de Pablo.

Pero aquí otra vez debemos hacer una distinción, como las palabras de Pablo lo muestran claramente. Porque él no dice que Cristo fue hecho maldición por sí mismo, sino por nosotros. Por tanto, todo el peso del asunto está en esta palabra: “por nosotros”. Porque Cristo es inocente en cuanto a su propia persona, y por eso no debía ser colgado en un madero. Pero porque, según la ley de Moisés, todo ladrón y malhechor debía ser colgado, por eso también Cristo, según la ley, debía ser colgado, pues sostuvo la persona de un pecador y de un ladrón; no de uno, sino de todos los pecadores y ladrones. Porque nosotros somos pecadores y ladrones, y por eso culpables de muerte y condenación eterna. Pero Cristo tomó sobre sí todos nuestros pecados, y por ellos murió en la cruz; por tanto, era necesario que llegara a ser transgresor y, como dice el profeta Isaías, cap. 53, «y fue contado con los pecadores».

Y esto, sin duda, todos los profetas lo previeron en espíritu: que Cristo llegaría a ser el mayor transgresor, asesino, adúltero, ladrón, rebelde y blasfemo que jamás hubo ni pudo haber en el mundo. Porque, siendo hecho sacrificio por los pecados del mundo entero, ya no es ahora una persona inocente y sin pecados, ni ahora el Hijo de Dios nacido de la virgen María; sino un pecador, que tiene y carga el pecado de Pablo, que fue blasfemo, perseguidor e injuriador; de Pedro, que negó a Cristo; de David, que fue adúltero y homicida, e hizo blasfemar a los gentiles el nombre del Señor; y, en breve, que tiene y lleva en su cuerpo todos los pecados de todos los hombres; no porque él mismo los haya cometido, sino porque recibió los que nosotros cometimos, y los puso sobre su propio cuerpo, para satisfacer por ellos con su propia sangre. (Is 53:5; Mt 8:17.) Por tanto, esta sentencia general de Moisés lo comprende también a él, aunque en su propia persona era inocente, porque lo halló entre pecadores y transgresores; así como el magistrado toma por ladrón y castiga al que halla entre otros ladrones y transgresores, aunque nunca haya cometido nada digno de muerte. Ahora bien, Cristo no solo fue hallado entre pecadores, sino que también voluntariamente, y por la voluntad de su Padre, quiso ser compañero de pecadores, tomando sobre sí la carne y la sangre de aquellos que eran pecadores, ladrones, y estaban hundidos en toda clase de pecado. Por tanto, cuando la ley lo halló entre ladrones, lo condenó y lo mató como ladrón.

Los sofistas papistas nos despojan de este conocimiento de Cristo y de este consuelo celestial, a saber, que Cristo fue hecho maldición para librarnos de la maldición de la ley, cuando lo separan de los pecados y de los pecadores, y solo nos lo presentan como ejemplo para imitar. Así hacen de Cristo no solo alguien inútil para nosotros, sino también un juez y un tirano, enojado con nuestros pecados y que condena a los pecadores. Pero nosotros debemos envolver a Cristo, y conocerlo como envuelto en nuestros pecados, en nuestra maldición, en nuestra muerte y en todos nuestros males, así como está envuelto en nuestra carne y en nuestra sangre.

Pero alguno dirá: Es muy absurdo y blasfemo llamar al Hijo de Dios un pecador maldito. Respondo: Si quieres negar que es pecador y maldito, niega también que fue crucificado y murió. Porque no es menos absurdo decir que el Hijo de Dios, como nuestra fe confiesa y cree, fue crucificado y sufrió las penas del pecado y de la muerte, que decir que es pecador y maldito. Pero si no es absurdo confesar y creer que Cristo fue crucificado entre dos ladrones, entonces tampoco es absurdo decir que fue maldito y el mayor de todos los pecadores. Estas palabras de Pablo no fueron dichas en vano: «Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición»; «Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él». (2 Co 5.)

De la misma manera Juan el Bautista lo llama: «el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo». (Jn 1:29.) Él verdaderamente es inocente, porque es el Cordero de Dios, sin mancha y sin contaminación. Pero porque lleva los pecados del mundo, su inocencia está cargada con los pecados y la culpa del mundo entero. Cualesquiera pecados que tú, yo, y todos nosotros hayamos hecho, o hayamos de hacer después, son los propios pecados de Cristo, tan verdaderamente como si él mismo los hubiera cometido. En breve, nuestros pecados necesariamente tienen que llegar a ser los propios pecados de Cristo, o de otro modo pereceremos para siempre. Este verdadero conocimiento de Cristo, que Pablo y los profetas nos han entregado tan claramente, los sofistas impíos lo han oscurecido y desfigurado. Isaías habla así de Cristo: «Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros». (Is 53.) No debemos rebajar estas palabras, sino dejarlas en su propio y verdadero sentido. Porque Dios no juega con las palabras del profeta, sino que habla seriamente y con gran amor; es decir, que Cristo, este Cordero de Dios, debía llevar los pecados de todos nosotros. Pero ¿qué es llevar? Los sofistas responden: ser castigado. Muy bien; pero ¿por qué es castigado Cristo? ¿No es porque tiene pecado y lleva pecado? Ahora bien, que Cristo tiene pecado, el Espíritu Santo lo atestigua en el Salmo 40: «Se han aumentado más que los cabellos de mi cabeza, y mi corazón me falla». En este salmo y en algunos otros, el Espíritu Santo habla en la persona de Cristo, y con palabras claras testifica que él tenía pecados. Porque este testimonio no es la voz de un inocente, sino de un Cristo sufriente, que tomó sobre sí llevar la persona de todos los pecadores, y por eso fue hecho culpable de los pecados del mundo entero.

Por tanto, Cristo no solo fue crucificado y murió, sino que también el pecado, por amor de la divina Majestad, fue puesto sobre él. Cuando el pecado fue puesto sobre él, entonces viene la ley y dice: «Todo pecador debe morir». Por tanto, oh Cristo, si quieres responder, hacerte culpable y sufrir el castigo por los pecadores, también debes llevar el pecado y la maldición. Por eso Pablo alega muy bien esta sentencia general de Moisés acerca de Cristo: «Maldito por Dios es el colgado»; pero Cristo ha sido colgado en el madero; por tanto, Cristo es maldito por Dios.

Y este es un consuelo singular para todos los cristianos: vestir así a Cristo con nuestros pecados, y envolverlo en mis pecados, tus pecados y los pecados de todo el mundo, y contemplarlo así llevando todas nuestras iniquidades. Porque contemplarlo de esta manera vencerá fácilmente todas las fantasías de los papistas acerca de la justificación por las obras. Pues ellos imaginan, como ya he dicho, una cierta fe formada y adornada con amor. Por medio de esta, dicen, los pecados son quitados y los hombres son justificados delante de Dios. ¿Y qué es esto, les ruego, sino desenvolver a Cristo y despojarlo completamente de nuestros pecados, hacerlo inocente, y cargarnos y abrumarnos a nosotros mismos con nuestros propios pecados, y mirarlos, no en Cristo, sino en nosotros mismos? Sí, ¿qué es esto sino quitar del todo a Cristo y hacerlo completamente inútil para nosotros? Porque si es así que apartamos el pecado por las obras de la ley y por el amor, entonces Cristo no lo quita. Porque si él es el Cordero de Dios ordenado desde la eternidad para quitar los pecados del mundo; y además, si está envuelto en nuestros pecados de tal manera que se hace maldición por nosotros, necesariamente se sigue que no podemos ser justificados por obras. Porque Dios ha puesto nuestros pecados, no sobre nosotros, sino sobre su Hijo Cristo, para que él, llevando el castigo de ellos, fuera nuestra paz; y para que por sus heridas fuéramos nosotros curados. (Is 53:5.) Por tanto, nosotros no podemos quitarlos. A esto da testimonio toda la Escritura; y nosotros también confesamos lo mismo en los artículos de la fe cristiana, cuando decimos: «Creo en Jesucristo, el Hijo de Dios, que padeció, fue crucificado y murió por nosotros.»

Por esto se hace evidente que la doctrina del evangelio, que entre todas las demás es la más dulce y llena de singular consuelo, no habla nada de nuestras obras ni de las obras de la ley, sino de la inestimable misericordia y amor de Dios hacia pecadores miserables y desdichados; esto es, que nuestro misericordiosísimo Padre, viéndonos oprimidos y abrumados bajo la maldición de la ley, y tan sujetos a ella que nunca podríamos ser librados por nuestro propio poder, envió a su Hijo unigénito al mundo, y puso sobre él todos los pecados de todos los hombres, diciendo: Sé tú Pedro, el que negó; Pablo, el perseguidor, blasfemo y cruel opresor; David, el adúltero; aquel pecador que comió la manzana en el paraíso; aquel ladrón que colgó en la cruz; y, en resumen, sé tú la persona que ha cometido los pecados de todos los hombres; mira, pues, que tú pagues y satisfagas por ellos. Aquí ahora viene la ley y dice: Yo lo hallo pecador, y uno tal que ha tomado sobre sí los pecados de todos los hombres, y no veo otros pecados sino en él; por tanto, muera en la cruz. Y así cae sobre él y lo mata. Por este medio todo el mundo es purgado y limpiado de todos los pecados, y así es librado de la muerte y de todos los males. Ahora, habiendo sido el pecado vencido y la muerte abolida por este solo hombre, Dios no vería nada más en todo el mundo, si creyera, sino una pura limpieza y justicia. Y si quedaran algunos restos de pecado, aun así, por la gran gloria que hay en Cristo, Dios los disimularía y no los vería. Así debemos engrandecer el artículo de la justicia cristiana contra la justicia de la ley y de las obras, aunque ninguna elocuencia es capaz de exponer suficientemente su grandeza inestimable. Por tanto, el argumento que aquí trata es, entre todos, el más poderoso contra toda la justicia de la ley. Porque contiene esta oposición invencible: si los pecados de todo el mundo están en aquel solo hombre Jesucristo, entonces no están en el mundo. Pero si no están en él, entonces todavía están en el mundo. Asimismo, si Cristo es hecho culpable de todos los pecados que todos nosotros hemos cometido, entonces somos librados de todos los pecados, pero no por nosotros mismos ni por nuestras propias obras o méritos, sino por él. Pero si él es inocente y no lleva nuestros pecados, entonces nosotros los llevamos, y en ellos moriremos y seremos condenados. «Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo. Amén.» (1 Co 15:57.)

Pero ahora veamos por qué medio estas dos cosas, tan contrarias y tan opuestas, pueden reconciliarse en esta única persona, Cristo. No solo mis pecados y los tuyos, sino también los pecados de todo el mundo, ya sean pasados, presentes o venideros, se aferran a él, procuran condenarlo y de hecho lo condenan. Pero como en esa misma persona, que es el más alto, el más grande y el único pecador, hay también una justicia eterna e invencible, estas dos cosas se enfrentan entre sí: el pecado más alto, más grande y único; y la justicia más alta, más grande y única. Aquí necesariamente una de las dos tiene que ser vencida y ceder el lugar a la otra, puesto que combaten con tan gran fuerza y poder. El pecado, por tanto, de todo el mundo viene sobre la justicia con toda su fuerza. En este combate, ¿qué sucede? La justicia es eterna, inmortal e invencible. El pecado también es un tirano muy poderoso y cruel, que gobierna y reina sobre todo el mundo, sojuzgando y trayendo a todos los hombres a servidumbre. En una palabra: el pecado es un dios fuerte y poderoso, que devora a toda la humanidad, doctos e ignorantes, santos, poderosos y sabios. Este tirano, digo, se lanza sobre Cristo y quiere tragárselo, como hace con todos los demás. Pero no ve que él es una persona de justicia invencible y eterna. Por tanto, en este combate el pecado necesariamente ha de ser vencido y muerto, y la justicia ha de triunfar, vivir y reinar. Así, en Cristo todo pecado es vencido, muerto y sepultado, y la justicia permanece vencedora y reina para siempre.

De la misma manera, la muerte, que es una reina y emperatriz omnipotente de todo el mundo, que mata a reyes, príncipes y, en general, a todos los hombres, se enfrenta poderosamente con la vida, pensando vencerla por completo y tragársela; y lo que intenta, en verdad lo lleva a cabo. Pero como la vida era inmortal, cuando fue vencida, aun así venció y obtuvo la victoria, derrotando y matando a la muerte. La muerte, por tanto, por medio de Cristo es vencida y abolida en todo el mundo; de manera que ahora no es más que una muerte pintada, que, habiendo perdido su aguijón, ya no puede dañar a los que creen en Cristo, quien ha llegado a ser la muerte de la muerte, como dice el profeta Oseas: «Oh muerte, yo seré tu muerte.» (Os 13:14.)

Así también la maldición, que es la ira de Dios sobre todo el mundo, tiene el mismo conflicto con la bendición; es decir, con la gracia y la misericordia eterna de Dios en Cristo. La maldición, por tanto, pelea contra la bendición, y querría condenarla y reducirla a nada; pero no puede hacerlo. Porque la bendición es divina y eterna, y por eso la maldición necesariamente tiene que ceder. Porque si la bendición en Cristo pudiera ser vencida, entonces Dios mismo también sería vencido. Pero esto es imposible; por tanto, Cristo, poder de Dios, justicia, bendición, gracia y vida, vence y destruye a esos monstruos —pecado, muerte y maldición— sin guerra ni armas, en su propio cuerpo; y, en sí mismo, como a Pablo le gusta decir, «despojando», dijo él, «a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en sí mismo» (Col 2:15); de modo que ya no pueden dañar a los que creen.

Y esta circunstancia, «en sí mismo», hace ese combate mucho más maravilloso y glorioso. Porque muestra que era necesario que estas cosas inestimables fueran cumplidas en esa sola persona; a saber, que la maldición, el pecado y la muerte fueran destruidos, y que la bendición, la justicia y la vida ocuparan su lugar; y que así toda la creación, por medio de esta única persona, fuese renovada. Por tanto, si miras a esta persona, Cristo, verás en él al pecado, la muerte, la ira de Dios, el infierno, el diablo y todos los males vencidos y muertos. Así pues, por cuanto Cristo reina por su gracia en los corazones de los fieles, no hay pecado, ni muerte, ni maldición; pero donde Cristo no es conocido, allí todas estas cosas todavía permanecen. Por tanto, todos los que no creen carecen de este beneficio inestimable y de esta gloriosa victoria. Porque esta, como dice San Juan, «es nuestra victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe.» (1 Jn 5:4.) Este es el principal artículo de toda la doctrina cristiana, el cual los escolásticos papistas han oscurecido por completo. Y aquí ven ustedes cuán necesaria es cosa creer y confesar el artículo de la divinidad de Cristo; el cual, cuando Arrio lo negó, necesariamente tuvo que negar también el artículo de nuestra redención. Porque vencer en sí mismo el pecado del mundo, la muerte, la maldición y la ira de Dios, no es obra de ninguna criatura, sino del poder divino. Por tanto, aquel que en sí mismo había de vencer estas cosas, necesariamente tenía que ser verdadero y natural Dios. Porque contra este poderoso dominio del pecado, de la muerte y de la maldición, que por sí mismo reina en todo el mundo y en toda la creación, era necesario oponer un poder más alto y más fuerte. Pero fuera del soberano y divino poder, no puede hallarse tal poder. Por lo cual, abolir el pecado, destruir la muerte, quitar la maldición en sí mismo; y además dar justicia, sacar a luz la vida y dar la bendición, son obras única y exclusivamente del poder divino. Ahora bien, puesto que la Escritura atribuye todo esto a Cristo, por tanto él mismo es vida, justicia y bendición, y es, natural y sustancialmente, Dios. Por eso, los que niegan la divinidad de Cristo pierden todo el cristianismo y llegan a ser completamente gentiles y turcos. Debemos, pues, aprender diligentemente el artículo de la justificación, como muchas veces les advierto. Porque todos los demás artículos de nuestra fe están comprendidos en él; y si este permanece sano, todos los demás también están sanos. Por tanto, mientras enseñamos que los hombres son justificados por Cristo, que Cristo es el vencedor del pecado y de la muerte, y de la maldición eterna, damos testimonio al mismo tiempo de que él es natural y sustancialmente Dios.

Por esto podemos ver claramente cuán horrible era la ceguera de los papistas, que enseñaban que estos crueles y poderosos tiranos, el pecado, la muerte y la maldición, que se tragan a toda la humanidad, debían ser vencidos no por la justicia de la ley de Dios, la cual, aunque es justa, buena y santa, no puede hacer otra cosa que llevar a los hombres a la ira y a la maldición, sino por la justicia de las propias obras del hombre; como ayunos, peregrinaciones, misas, votos y otras bagatelas semejantes. Pero, les pregunto, ¿alguna vez se halló a alguien que, provisto de esta armadura, venciera al pecado, a la muerte y al diablo? Pablo, en el capítulo 6 de Efesios, vv. 13, 14, etc., describe una armadura muy distinta, la cual debemos usar contra estas bestias cruelísimas y furiosas. Por tanto, en que estos ciegos búhos y guías de ciegos nos han puesto desnudos y sin armas delante de estos invencibles y poderosísimos tiranos, no solo nos han entregado para ser devorados por ellos, sino que también nos han hecho diez veces mayores y más malvados pecadores que los ladrones, las rameras o los homicidas. Porque destruir el pecado y abolir la muerte, crear justicia y dar vida, pertenece solamente al poder divino. Ellos han atribuido este poder divino a nuestras propias obras, diciendo: Si haces esta obra o aquella, vencerás al pecado, a la muerte y a la ira de Dios. Y por este medio nos ponen en el lugar de Dios, haciéndonos de hecho, naturalmente, por así decirlo, Dios mismo. Y en esto los papistas, bajo el nombre de Cristo, se han mostrado siete veces más impíos idólatras que jamás lo fueron los gentiles. (1 P 2:22.) Porque les sucede como a la puerca, que después de lavada vuelve a revolcarse en el cieno. Y como dice Cristo: «Después que han caído de la fe, el espíritu malo vuelve a entrar en la casa de donde salió, y toma consigo otros siete espíritus peores que él, y habitan allí; y el postrer estado de aquel hombre viene a ser peor que el primero.» (Lc 11:26.)

Recibamos, pues, esta doctrina dulcísima y llena de consuelo, con acción de gracias y con una fe segura. Ella enseña que Cristo, siendo hecho maldición por nosotros, es decir, un pecador sujeto a la ira de Dios, tomó sobre sí nuestra persona y cargó nuestros pecados sobre sus propios hombros, diciendo: Yo he cometido los pecados que todos los hombres han cometido. Por tanto, fue verdaderamente hecho maldición conforme a la ley, no por sí mismo, sino, como dice Pablo, por nosotros. Porque si él no hubiera tomado sobre sí mis pecados, los tuyos y los de todo el mundo, la ley no habría tenido ningún derecho sobre él, pues no condena sino solamente a los pecadores y los retiene bajo maldición. Por eso, él no podría haber sido hecho maldición ni morir, ya que la única causa de la maldición y de la muerte es el pecado, del cual él estaba libre. Pero como tomó sobre sí nuestros pecados, no por fuerza, sino por su propia y buena voluntad, fue necesario que llevara el castigo y la ira de Dios, no por su propia persona, que era justa e invencible y de ningún modo podía ser hallada culpable, sino por nuestra persona.

Así, haciendo con nosotros un bendito intercambio, tomó sobre sí nuestra persona pecadora y nos dio su persona inocente y victoriosa. Revestidos ahora de ella, somos librados de la maldición de la ley. Porque Cristo fue hecho voluntariamente maldición por nosotros, diciendo: En cuanto a mi propia persona, yo soy bendito y no necesito nada. Pero me humillaré y tomaré sobre mí vuestra persona «sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo» (Fil 2:7); es decir, vuestra naturaleza humana. Y andaré entre ustedes en ella, y sufriré la muerte para librarlos de la muerte. Así pues, llevando de este modo el pecado del mundo entero en nuestra persona, fue prendido, padeció, fue crucificado y muerto, y llegó a ser maldición por nosotros. Pero como era una persona divina y eterna, era imposible que la muerte lo retuviera. Por eso, resucitó al tercer día de entre los muertos y ahora vive para siempre; y ya no se halla en él ni pecado ni muerte, sino solamente justicia, vida y bendición eterna.

Esta es la imagen y este es el espejo que debemos tener continuamente ante nosotros, y mirarlo con el ojo firme de la fe. El que hace esto, tiene esta inocencia y victoria de Cristo, aunque sea el mayor de los pecadores. Por tanto, solamente por la fe somos hechos justos; porque la fe se aferra a esta inocencia y a esta victoria de Cristo. Mira, pues, cuanto más creas esto, tanto más lo disfrutas. Si crees que el pecado, la muerte y la maldición han sido abolidos, están abolidos. Porque Cristo los venció y los quitó en sí mismo, y quiere que creamos que, así como ahora no hay pecado ni muerte en su propia persona, así tampoco los hay en la nuestra, puesto que él ha hecho y cumplido todas las cosas por nosotros.

Por tanto, si el pecado te aflige y la muerte te aterra, piensa que eso es, como en verdad lo es, solo una imaginación y una falsa ilusión del diablo. Porque, en realidad, ya no hay pecado, ni maldición, ni muerte, ni diablo que pueda hacernos daño; pues Cristo ha vencido y abolido todas estas cosas. Por eso, la victoria de Cristo es certísima, y no hay falta alguna en la cosa misma, pues es completamente verdadera. La falta está en nuestra incredulidad, porque para la razón es asunto difícil creer estos bienes inestimables y estas riquezas inefables. Además, Satanás, con sus dardos de fuego, y sus ministros con su doctrina malvada y falsa, procuran arrebatarnos y borrar por completo esta doctrina. Y especialmente por este artículo, que enseñamos con tanto empeño, sufrimos el odio y la cruel persecución de Satanás y del mundo. Porque Satanás siente el poder y el fruto de este artículo.

Y que ya no hay más pecado, muerte o maldición, puesto que Cristo reina ahora, también lo confesamos cada día en el Credo de los Apóstoles, cuando decimos: “Creo que hay una santa iglesia”. Lo cual en verdad no es otra cosa que decir: Creo que no hay pecado, ni maldición, ni muerte en la iglesia de Dios. Porque los que creen en Cristo no son pecadores, no están sujetos a la muerte, sino que son santos y justos, señores sobre el pecado y la muerte, y viven para siempre. Pero solo la fe ve esto; porque decimos: Creo que hay una santa iglesia. Pero si crees a la razón y a tus propios ojos, juzgarás todo lo contrario. Porque ves muchas cosas en los piadosos que te ofenden. Los ves a veces caer en pecado y ser débiles en la fe; sujetos a la ira, a la envidia y a otras malas inclinaciones semejantes; por tanto, la iglesia no es santa. Rechaza esa conclusión. Si miro mi propia persona o la persona de mi hermano, jamás será santa. Pero si contemplo a Cristo, que ha santificado y limpiado a su iglesia, entonces es enteramente santa; porque él quitó los pecados de todo el mundo.

Por tanto, donde se ven y se sienten pecados, allí en realidad no hay pecados. Porque, según la teología de Pablo, ya no hay pecado, ni muerte, ni maldición en el mundo, sino en Cristo, que es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo; que fue hecho maldición para librarnos de la maldición. Por el contrario, según la filosofía y la razón, el pecado, la muerte y la maldición no están en otra parte sino en el mundo, en la carne o en los pecadores. Porque un teólogo sofista no puede hablar del pecado de otra manera que un filósofo pagano. Así como el color, dice él, se adhiere a la pared, así también el pecado se adhiere al mundo, a la carne o a la conciencia; por tanto, debe ser purgado por operaciones contrarias, es decir, por el amor. Pero la verdadera teología enseña que ya no hay pecado en el mundo, porque Cristo, sobre quien el Padre echó los pecados de todo el mundo, lo venció y lo mató en su propio cuerpo: «Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros» (Is 53:6). Habiendo muerto una vez por el pecado y resucitado, ya no muere más. Por eso, dondequiera que hay verdadera fe en Cristo, allí el pecado está abolido, muerto y sepultado. Pero donde no hay fe en Cristo, allí el pecado permanece todavía. Y aunque los restos del pecado permanezcan aún en los santos, porque no creen perfectamente, sin embargo están muertos, en cuanto no les son imputados a causa de su fe en Cristo.

Este es, pues, un argumento fuerte y poderoso que Pablo desarrolla aquí contra la justicia de las obras. No es la ley ni las obras lo que nos libra de la maldición eterna, sino solo Cristo. Mira, pues, buen lector cristiano, te ruego, que distingas a Cristo de la ley, y observa diligentemente cómo habla Pablo y qué dice: «Todos», dice él, «los que no cumplen la ley están necesariamente bajo maldición. Pero nadie cumple la ley; por tanto, todos los hombres están bajo maldición». Añade además otra proposición: «Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición»; por tanto, se sigue que la ley y las obras no nos redimen de la maldición, sino que más bien nos ponen bajo maldición. Así que la caridad, que, como dicen los escolásticos, da forma y perfección a la fe, no solo no nos ha redimido de la maldición, sino que más bien nos envuelve cada vez más en la maldición.

Este texto, entonces, es claro: todos los hombres, sí, incluso los apóstoles, profetas y patriarcas, habrían permanecido bajo maldición, si Cristo no se hubiera opuesto al pecado, a la muerte, a la maldición de la ley, a la ira y al juicio de Dios, y no los hubiera vencido en su propio cuerpo; pues ningún poder de carne y sangre podía vencer a estos monstruos enormes y horribles. Pero Cristo no es la ley ni la obra de la ley, sino una persona divina y humana, que tomó sobre sí el pecado, la condenación de la ley y la muerte, no por sí mismo, sino por nosotros; por tanto, todo el peso y la fuerza de esto consiste en esta palabra: “por nosotros”.

No debemos, pues, imaginar a Cristo como inocente y como una persona privada, como hacen los escolásticos y casi todos los padres, que es santo y justo solo para sí mismo. Es verdad, ciertamente, que Cristo es una persona purísima y sin mancha; pero tú no debes detenerte ahí, porque todavía no tienes a Cristo, aunque sepas que es Dios y hombre. Pero entonces sí lo tienes de verdad, cuando crees que esta persona purísima e inocentísima te ha sido dada gratuitamente por el Padre para ser tu sumo sacerdote y Salvador; más aún, tu siervo, para que, despojándose de su inocencia y santidad, y tomando sobre sí tu persona pecadora, lleve tu pecado, tu muerte y tu maldición, y sea hecho sacrificio y maldición por ti, a fin de librarte por este medio de la maldición de la ley.

Ven, pues, con qué espíritu apostólico trata Pablo este argumento de la bendición y de la maldición, pues no solo hace a Cristo sujeto a la maldición, sino que también dice que fue hecho maldición. Así, en 2 Co 5, lo llama pecado, cuando dice: «Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él». Y aunque estas expresiones pueden explicarse bien de esta manera: Cristo fue hecho maldición, es decir, sacrificio por la maldición; y pecado, es decir, sacrificio por el pecado; sin embargo, a mi juicio, es mejor conservar el significado propio de las palabras, porque en ello hay mayor fuerza y vehemencia. Porque cuando un pecador llega al verdadero conocimiento de sí mismo, siente no solo que es miserable, sino la misma miseria; no solo que es pecador y maldito, sino el mismo pecado y la misma maldición. Porque es cosa terrible llevar el pecado, la ira de Dios, la maldición y la muerte. Por eso, el hombre que tiene un verdadero sentimiento de estas cosas, como Cristo las sintió de verdad y eficazmente por toda la humanidad, viene a ser pecado, muerte, maldición, etc.

Pablo, por tanto, trata este lugar con verdadero espíritu apostólico. No hay sofista, ni doctor de la ley, ni judío, ni anabaptista, ni nadie más que hable como él. Porque ¿quién se habría atrevido a alegar este pasaje de Moisés, «Maldito por Dios es el colgado» (Dt 21:23), y aplicarlo a Cristo? Así como Pablo aplicó entonces esta sentencia a Cristo, así también nosotros podemos aplicarle a Cristo no solo todo aquel capítulo 27 de Deuteronomio, sino también reunir todas las maldiciones de la ley de Moisés y exponerlas de Cristo. Porque así como Cristo es inocente en esta ley general, en cuanto a su propia persona, así también lo es en todas las demás. Y así como es culpable en esta ley general, en cuanto fue hecho maldición por nosotros y fue colgado en la cruz como un malhechor, un blasfemo, un homicida y un traidor, así también es culpable en todas las demás. Porque todas las maldiciones de la ley fueron amontonadas y puestas sobre él, y por eso él las llevó y sufrió en su propio cuerpo por nosotros. Por tanto, no solo fue maldito, sino que fue hecho maldición por nosotros.

Esto es interpretar verdaderamente las Escrituras y como un apóstol. Porque nadie puede hablar de esta manera sin el Espíritu Santo; es decir, comprender toda la ley en esta sola afirmación: “Cristo fue hecho maldición por nosotros”, y ponerla enteramente sobre Cristo; y por el contrario, comprender todas las promesas de las Escrituras y decir que todas se cumplieron a la vez en Cristo. Por eso, este es verdaderamente un argumento apostólico e invencible, tomado no de un solo lugar de la ley, sino de toda la ley, y que Pablo también usa como fundamento seguro.

Aquí podemos ver con cuánta diligencia Pablo leía las Santas Escrituras, y cuán exactamente pesó cada palabra de este pasaje: «En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra». Primero, de esta palabra bendición sacó este argumento: si la bendición ha de ser dada a todas las naciones, entonces todas las naciones están bajo maldición, sí, también los judíos, que tienen la ley. Y alega un testimonio de la Escritura, con el cual prueba que todos los judíos que están bajo la ley, están bajo maldición: «Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas».

Además, él pesa diligentemente esta cláusula: «todas las naciones». De ahí concluye así: que la bendición no pertenece solo a los judíos, sino también a todas las naciones de todo el mundo. Pues si pertenece a todas las naciones, es imposible que se obtenga por medio de la ley de Moisés, ya que no hubo nación que tuviera la ley, sino solo los judíos. Y aunque ellos tenían la ley, estaban tan lejos de alcanzar la bendición por medio de ella, que cuanto más se esforzaban por cumplirla, tanto más quedaban sujetos a la maldición de la ley. Por tanto, necesariamente debe haber otra justicia, mucho más excelente que la justicia de la ley, por medio de la cual no solo los judíos, sino también todas las naciones de todo el mundo, han de obtener la bendición.

Finalmente, estas palabras, «en tu simiente», las expone de esta manera: que de la simiente de Abraham había de salir un hombre en particular, es decir, Cristo, por medio de quien después vendría la bendición sobre todas las naciones. Por consiguiente, puesto que era Cristo quien había de bendecir a todas las naciones, también era él quien había de quitarles la maldición. Pero no podía quitarla por la ley, porque por la ley más y más se aumenta. ¿Qué hizo entonces? Se unió a la compañía de los malditos, tomando sobre sí su carne y su sangre, y se puso como mediador entre Dios y los hombres, diciendo: Aunque soy carne y sangre, y ahora habito entre los malditos, sin embargo yo soy aquel bendito, por medio de quien todos los hombres deben ser bendecidos. Así, en una sola persona une a Dios y al hombre; y habiéndose unido a nosotros, que éramos malditos, fue hecho maldición por nosotros, y escondió su bendición en nuestro pecado, en nuestra muerte y en nuestra maldición, las cuales lo condenaron y le dieron muerte. Pero como era el Hijo de Dios, no pudo ser retenido por ellas, sino que las venció, las llevó cautivas y triunfó sobre ellas; y todo cuanto colgaba sobre la carne, la cual tomó sobre sí por causa de nosotros, se lo llevó consigo. Por lo tanto, todos los que se aferran a esta carne son benditos y librados de la maldición, es decir, del pecado y de la muerte eterna.

Los que no entienden este beneficio de Cristo, del cual trata especialmente el evangelio, y no conocen otra justicia aparte de la justicia de la ley, cuando oyen que las obras de la ley no son necesarias para la salvación, sino que los hombres la obtienen solo por oír y creer que Cristo, el Hijo de Dios, tomó sobre sí nuestra carne y se unió a los malditos, a fin de que todas las naciones fueran bendecidas, ellos, digo, se ofenden; porque de todo esto no entienden nada, o lo entienden carnalmente. Porque sus mentes están ocupadas con otros pensamientos e imaginaciones fantásticas, por eso estas cosas les parecen asuntos extraños. Sí, aun a nosotros, que hemos recibido las primicias del Espíritu, nos es imposible entender estas cosas perfectamente; porque luchan poderosamente contra la razón.

Para concluir: todos los males debían habernos abrumado, como abrumarán a los impíos para siempre. Pero Cristo, hecho por nosotros transgresor de todas las leyes, culpable de toda nuestra maldición, de nuestros pecados y de todos nuestros males, se interpone como mediador, abrazándonos a nosotros, pecadores malos y condenables. Él tomó sobre sí y llevó todos nuestros males, que debían habernos oprimido y atormentado para siempre; y estos lo derribaron por un poco de tiempo, y pasaron sobre su cabeza como aguas, como se queja el Profeta en la persona de Cristo cuando dice: «Sobre mí ha reposado tu ira, Y me has afligido con todas tus ondas». Y otra vez: «Sobre mí han pasado tus iras, Y me oprimen tus terrores». De este modo, siendo librados por Cristo de estos terrores y angustias eternos, disfrutaremos de una paz y una felicidad eternas e inestimables, con tal que lo creamos.

Estos son los reverentes misterios de la Escritura, que Moisés también prefiguró algo oscuramente en algunos lugares; y que asimismo conocieron los Profetas y los Apóstoles, y transmitieron a su posteridad. Porque por este conocimiento y beneficio de Cristo que había de venir, los santos del Antiguo Testamento se regocijaron más de lo que nosotros lo hacemos ahora, cuando él nos es revelado y ofrecido tan consoladoramente. En verdad reconocemos que este conocimiento de Cristo y de la justicia de la fe es un tesoro inestimable; pero no concebimos por ello un gozo del espíritu tan pleno como el que tuvieron los Profetas y los Apóstoles. De aquí viene que ellos, y especialmente Pablo, expusieran tan abundantemente y enseñaran tan diligentemente el artículo de la justificación. Porque este es el oficio propio de un Apóstol: exponer la gloria y el beneficio de Cristo, y así levantar y consolar las conciencias turbadas y afligidas.

Gálatas 3:14

Para que la bendición de Abraham alcanzase a los gentiles en Cristo Jesús.

Pablo tiene siempre este pasaje delante de los ojos: «En tu simiente», etc. Porque la bendición prometida a Abraham no podía venir sobre los gentiles sino solamente por Cristo, la simiente de Abraham; y de tal manera, que fue necesario que él fuese hecho maldición, para que así se cumpliera esta promesa hecha a Abraham: «En tu simiente serán benditas todas las naciones». Por tanto, esto que aquí se promete no podía hacerse de ninguna otra manera, sino que Jesucristo tenía necesariamente que hacerse maldición y unirse a los que estaban bajo maldición, para quitarles la maldición y, por medio de su bendición, traerles justicia y vida. Y aquí observa, como ya les he advertido, que esta palabra, bendición, no es vana, como sueñan los judíos, que la interpretan como si no fuera más que un saludo de palabra o por escrito. Pero Pablo trata aquí del pecado y de la justicia, de la muerte y de la vida delante de Dios. Habla, pues, de cosas inestimables e incomprensibles cuando dice: «para que la bendición de Abraham alcanzase a los gentiles en Cristo Jesús».

Ven además qué méritos aportamos nosotros, y por qué medio obtenemos esta bendición. Este es el mérito de congruencia y de dignidad; estas son las obras preparatorias por las cuales obtenemos esta justicia: que Cristo Jesús fue hecho maldición por nosotros. Porque nosotros somos ignorantes de Dios, enemigos de Dios, muertos en pecado y malditos. ¿Y cuál es entonces nuestro merecimiento? ¿Qué puede merecer el que es maldito, ignorante de Dios, muerto en pecados y sujeto a la ira y al juicio de Dios? Cuando el Papa excomulga a un hombre, todo lo que hace es tenido por maldito. ¿Cuánto más, entonces, podemos decir que es maldito delante de Dios —como todos nosotros lo somos antes de conocer a Cristo— aquel que no hace otra cosa sino obras malditas? Por tanto, no hay otro camino para evitar la maldición, sino creer y decir con segura confianza: Tú, Cristo, eres mi pecado y mi maldición; o más bien, yo soy tu pecado, tu maldición, tu muerte, tu ira de Dios, tu infierno. Y al contrario, tú eres mi justicia, mi bendición, mi vida, mi gracia de Dios y mi cielo. Porque el texto dice claramente: «Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición». Por tanto, nosotros somos la causa de que él fuese hecho maldición; más aún, nosotros somos su maldición.

Este es un pasaje excelente y lleno de consolación espiritual. Y aunque no satisface a los judíos ciegos y de duro corazón, sí nos satisface a nosotros, que estamos bautizados y hemos recibido esta doctrina. Y concluye con grandísimo poder que somos bendecidos por medio de la maldición, el pecado y la muerte de Cristo; es decir, somos justificados y vivificados para vida. Mientras el pecado, la muerte y la maldición permanezcan en nosotros, el pecado nos aterra, la muerte nos mata y la maldición nos condena. Pero cuando estas cosas son transferidas y puestas sobre la espalda de Cristo, entonces todos estos males vienen a ser suyos, y sus beneficios vienen a ser nuestros. Aprendamos, pues, en todas las tentaciones, a transferir de nosotros a Cristo el pecado, la muerte, la maldición y todos los males que nos oprimen; y, de nuevo, de él a nosotros, la justicia, la misericordia, la vida y la bendición. Porque él lleva todos nuestros males y todas nuestras miserias. «Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros», como dice el profeta Isaías; y él los tomó sobre sí voluntariamente, aunque no era culpable. Pero esto lo hizo para cumplir la voluntad de su Padre, por la cual somos santificados para siempre.

Esta es aquella misericordia infinita e inmensurable de Dios que Pablo querría engrandecer con toda elocuencia y abundancia de palabras; pero la pequeña capacidad del corazón humano no puede comprender, y mucho menos expresar, aquella profundidad inescrutable y aquel ardiente celo del amor de Dios hacia nosotros. Y en verdad, la grandeza inestimable de la misericordia de Dios no solo engendra en nosotros dificultad para creer, sino también incredulidad. Porque yo no solo oigo que este Dios todopoderoso, Creador y Hacedor de todas las cosas, es bueno y misericordioso, sino también que la misma alta y soberana Majestad tuvo tanto cuidado de mí, pecador condenable, hijo de ira y de muerte eterna, que no perdonó a su propio Hijo amado, sino que lo entregó a una muerte vergonzosísima, para que colgando entre dos ladrones fuese hecho maldición y pecado por mí, pecador maldito, a fin de que yo fuese hecho bendito, es decir, hijo y heredero de Dios. ¿Quién puede alabar y engrandecer suficientemente esta inmensa bondad de Dios? Ni todos los ángeles del cielo. Por tanto, la doctrina del evangelio trata de asuntos muy distintos de los de cualquier libro de política o filosofía, sí, aun del mismo libro de Moisés; a saber, de los dones inefables y sumamente divinos de Dios, que sobrepasan con mucho la capacidad y el entendimiento tanto de hombres como de ángeles.

Para que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu.

Esta es una manera de hablar hebrea: «la promesa del Espíritu»; es decir, el Espíritu prometido. Ahora bien, el Espíritu es libertad de la ley, del pecado, de la muerte, de la maldición, del infierno y de la ira y del juicio de Dios. Aquí no hay mérito ni dignidad nuestros, sino una promesa y don gratuitos dados por medio de la simiente de Abraham, para que seamos librados de todos los males y obtengamos todos los bienes. Y esta libertad y don del Espíritu no los recibimos por otros méritos que por la sola fe. Porque solo ella se aferra a las promesas de Dios, como Pablo dice claramente en este lugar: «para que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu»; no por obras, sino por fe.

Esta es en verdad una doctrina dulce y verdaderamente apostólica, la cual muestra que aquellas cosas que muchos profetas y reyes desearon ver y oír, han sido cumplidas para nosotros y ahora nos han sido dadas. Y pasajes semejantes a este fueron recogidos de diversas declaraciones de los profetas, los cuales previeron mucho antes en espíritu que todas las cosas habían de ser cambiadas, restauradas y gobernadas por este hombre Cristo. Por tanto, los judíos, aunque tenían la ley de Dios, sin embargo, además de esa ley, esperaban a Cristo. Ninguno de los profetas o gobernantes del pueblo de Dios hizo alguna ley nueva; sino que Elías, Samuel, David y todos los demás profetas permanecieron bajo la ley de Moisés. No establecieron nuevas tablas, ni un nuevo reino ni sacerdocio; porque aquella nueva transformación del sacerdocio real, de la ley y del culto, estaba reservada y guardada solamente para Aquel de quien Moisés había profetizado mucho antes: «Profeta de en medio de ti, de tus hermanos, como yo, te levantará Jehová tu Dios; a él oiréis». Como si dijera: A él solo oirás, y a ninguno más fuera de él.

Esto lo entendieron bien los padres, porque nadie podía enseñar puntos más grandes y más altos que el mismo Moisés, quien dio leyes excelentes sobre asuntos altos y grandes, como los diez mandamientos, especialmente el primer mandamiento: «Yo soy Jehová tu Dios... No tendrás dioses ajenos delante de mí...». «Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón», etc. (Éx 20:2). Esta ley acerca del amor de Dios comprendía aun a los mismos ángeles. Por tanto, es la fuente principal de toda sabiduría divina. Y, sin embargo, era necesario que viniera otro maestro, es decir, Cristo, que trajera y enseñara otra cosa que sobrepasa con mucho aquellas excelentes leyes; a saber, la gracia y la remisión de los pecados. Por tanto, este texto está lleno de poder; porque en esta breve sentencia, «para que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu», Pablo derrama de una vez todo cuanto podía decir. Por eso, cuando no puede ir más adelante —porque no podía expresar cosa mayor ni más excelente— se detiene y aquí termina.

Gálatas 3:15

Hermanos, hablo en términos humanos: aunque sea sólo un pacto de hombre, una vez ratificado, nadie lo abroga ni le añade nada.

Después de este argumento principal e invencible, Pablo añade otro, fundado en la semejanza de un testamento humano. Parece ser muy débil, y como si el apóstol no debiera usarlo para confirmar un asunto de tanta importancia. Porque en materias altas y de gran peso, debemos confirmar las cosas terrenales por las divinas, y no las divinas y celestiales por las terrenales y mundanas. Y ciertamente es verdad que estos argumentos son, entre todos, los más débiles, cuando intentamos probar y confirmar asuntos celestiales con cosas terrenales y corruptibles, como Scotus suele hacer. Un hombre, dice él, puede amar a Dios sobre todas las cosas, porque se ama a sí mismo sobre todas las cosas; por tanto, mucho más puede amar a Dios sobre todas las cosas. Porque cuanto mayor es una cosa buena, tanto más debe ser amada. Y de aquí concluye que el hombre es capaz, ex puris naturalibus, es decir, aun por la sola fuerza pura de su naturaleza, de cumplir fácilmente aquel gran mandamiento: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón», etc. Porque, dice él, el hombre puede amar la menor cosa buena sobre todas las cosas; y aun menosprecia su vida, la más querida de todas, por un poco de vil dinero; por tanto, mucho más puede hacerlo por causa de Dios.

Ustedes me han oído muchas veces decir que las ordenanzas civiles son de Dios; porque Dios las ha ordenado y las aprueba, así como hace con el sol, la luna y las demás criaturas. Por tanto, un argumento tomado del orden de las criaturas de Dios es bueno, con tal que lo usemos correctamente. Así los profetas han usado muy a menudo semejanzas y comparaciones tomadas de las criaturas, llamando a Cristo el sol; a la iglesia, la luna; a los predicadores y maestros de la palabra, las estrellas. También hay muchas semejanzas en los profetas: árboles, espinos, flores y frutos de la tierra. El Nuevo Testamento igualmente está lleno de tales semejanzas. Por tanto, donde la ordenanza de Dios está en la criatura, de allí puede tomarse y aplicarse bien un argumento a las cosas divinas y celestiales.

Así nuestro Salvador Cristo, en Mt 7, argumenta de las cosas terrenales a las celestiales cuando dice: «Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?» De la misma manera Pablo: Debemos obedecer a los hombres; por tanto, mucho más debemos obedecer a Dios. (Hch 5:29.) Jeremías también, en el cap. 35: Los recabitas obedecieron a su padre; ¿cuánto más debieron ustedes obedecerme a mí? Ahora bien, estas cosas han sido establecidas por Dios y son sus ordenanzas: que los padres den a sus hijos, y que los hijos obedezcan a sus padres; por tanto, esta clase de argumentos es buena cuando se funda en la ordenanza de Dios. Pero si se toma de las afecciones corruptas del hombre, no vale nada. Tal es el argumento de Scotus: Yo amo la cosa buena menor; por tanto, amo más la mayor. Niego la consecuencia. Porque mi amor no es ordenanza de Dios, sino una corrupción diabólica. Ciertamente debería ser así: que yo, amándome a mí mismo o a otra criatura, amara mucho más a Dios el Creador; pero no es así. Porque el amor con que me amo a mí mismo está corrompido y es contrario a Dios.

Digo esto para que nadie objete que un argumento tomado de cosas corruptibles y aplicado a asuntos divinos y espirituales no vale nada. Porque este argumento, como he dicho, es bastante fuerte, con tal que lo fundemos en la ordenanza de Dios, como vemos en este argumento que tenemos entre manos. Porque la ley civil, que es una ordenanza de Dios, dice que no es lícito quebrantar ni cambiar el testamento de un hombre. Más aún, manda que la última voluntad y testamento de un hombre se guarde estrictamente; porque es una de las costumbres más honestas y más dignas de alabanza entre los hombres. Ahora bien, sobre esta costumbre del testamento humano, Pablo argumenta de esta manera: ¿Cómo sucede que se obedece al hombre y no a Dios? Las ordenanzas políticas y civiles, en lo relativo a testamentos y otras cosas, se guardan diligentemente. Allí nada se cambia, nada se añade ni se quita. Pero el testamento de Dios es cambiado; es decir, su promesa acerca de la bendición espiritual, esto es, acerca de las cosas celestiales y eternas, la cual todo el mundo no sólo debería recibir con gran celo y afecto, sino también reverenciar y honrar con la mayor devoción. Esto persuade con mucha fuerza cuando argumentamos así a partir de los ejemplos y leyes de los hombres. Por eso dice: hablo en términos humanos; es decir, les traigo una semejanza tomada de la costumbre y manera de los hombres. Como si dijera: Los testamentos de los hombres y otras cosas corruptibles semejantes se ejecutan estrictamente, y lo que el Señor manda se observa y guarda diligentemente. Porque cuando un hombre hace su última voluntad, legando sus tierras y bienes a sus herederos, y luego muere, esa última voluntad queda confirmada y ratificada por la muerte del testador, de modo que ahora nada puede añadirse ni quitarse de ella, conforme a toda ley y equidad. Ahora bien, si la voluntad de un hombre se guarda con tanta fidelidad que nada se le añade ni se le quita después de su muerte, ¿cuánto más debe guardarse fielmente la última voluntad de Dios, la cual prometió y dio a Abraham y a su descendencia después de él? Porque cuando Cristo murió, entonces fue confirmada en él; y después de su muerte se abrió el escrito de su último testamento; es decir, la bendición prometida a Abraham fue predicada entre todas las naciones esparcidas por todo el mundo. Esta fue la última voluntad y testamento de Dios, el gran testador, confirmada por la muerte de Cristo; por tanto, nadie debe cambiarla ni añadirle nada, como hacen los que enseñan la ley y las tradiciones de los hombres. Porque ellos dicen: Si no te circuncidas, guardas la ley, haces muchas obras y padeces muchas cosas, no puedes ser salvo. Esto no es la última voluntad y testamento de Dios. Porque no dijo a Abraham: Si haces esto o aquello, obtendrás la bendición; o: Los que sean circuncidados y guarden la ley la obtendrán. Sino que dice: «En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra.» Como si dijera: Yo, por pura misericordia, te prometo que Cristo vendrá de tu descendencia, quien traerá la bendición sobre todas las naciones oprimidas por el pecado y la muerte; es decir, que librará a las naciones de la maldición eterna, esto es, del pecado y de la muerte, al recibir esta promesa por la fe: «En tu simiente», etc. Por lo tanto, así como los falsos apóstoles en otro tiempo, así también hoy todos los papistas y justiciarios son pervertidores y destructores, no del testamento de un hombre, porque esto se les prohíbe por la ley, sino del testamento de Dios, a quien no temen en absoluto, aunque él es fuego consumidor. Porque tal es la naturaleza de todos los hipócritas: observan exactamente la ley del hombre; pero desprecian las leyes de Dios y las quebrantan de la manera más perversa. Pero vendrá el tiempo en que soportarán un juicio horrible, y sentirán lo que significa despreciar y pervertir el testamento de Dios. Este argumento, pues, fundado en la ordenanza de Dios, es suficientemente fuerte.

Gálatas 3:16

Ahora bien, a Abraham fueron hechas las promesas, y a su simiente. No dice: Y a las simientes, como si hablase de muchos, sino como de uno: Y a tu simiente, la cual es Cristo.

Aquí, con un nombre nuevo, llama testamento a las promesas de Dios hechas a Abraham acerca de Cristo, que había de traer la bendición sobre todas las naciones. Y en verdad, la promesa no es otra cosa que un testamento, no revelado todavía, sino sellado.

Ahora bien, un testamento no es una ley, sino una donación o dádiva gratuita. Porque los herederos no esperan leyes, exigencias ni cargas que les sean impuestas por el testamento, sino que esperan la herencia confirmada por él.

Ante todo, por tanto, expone las palabras. Después aplica la semejanza, y se detiene en esta palabra: “simiente”. No le fueron dadas leyes a Abraham, dice él, sino que le fue hecho y entregado un testamento; es decir, le fueron pronunciadas las promesas respecto de la bendición espiritual; por tanto, algo le fue prometido y dado.

Si, pues, se guarda el testamento de un hombre, ¿por qué no habría de guardarse mucho más el testamento de Dios, del cual el testamento del hombre no es sino una señal? Además, si queremos guardar las señales, ¿por qué no guardar más bien las cosas que ellas significan?

Ahora bien, las promesas le fueron hechas, no en todos los judíos ni en muchas simientes, sino en una simiente; la cual es Cristo. Los judíos no quieren recibir esta interpretación de Pablo, porque dicen que aquí el número singular se pone por el plural, uno por muchos. Pero nosotros recibimos gustosamente este sentido e interpretación de Pablo, quien muchas veces repite esta palabra “simiente”, y expone que esta simiente es Cristo; y esto lo hace con espíritu apostólico.

Nieguen los judíos esto cuanto quieran; nosotros, sin embargo, tenemos argumentos bastante sólidos, los cuales Pablo ya ha expuesto antes, y que también confirman esto, y ellos no pueden negarlos.

Hasta aquí, en cuanto a la semejanza tomada de la ordenanza de Dios, es decir, del testamento de un hombre. Ahora la expone y la amplía.

Gálatas 3:17

Y esto digo: que la ley, que vino cuatrocientos treinta años después, no abroga el pacto previamente confirmado por Dios para con Cristo, de modo que deje sin efecto la promesa.

Aquí los judíos podían objetar que Dios no solo se contentó con dar promesas a Abraham, sino que también, después de 430 años, dio la ley. Por tanto, Dios, desconfiando de sus propias promesas como insuficientes para justificar, les añadió algo mejor; es decir, la ley. Lo hizo para que, cuando esta viniera como una sucesora mejor, no los ociosos, sino los hacedores de la ley, fueran hechos justos por ella. Así pues, la ley, que vino después de la promesa, abolió la promesa. Tales evasivas y escondites buscan los judíos.

A esta objeción Pablo responde muy bien, de manera oportuna, y la refuta con fuerza. La ley, dice él, fue dada 430 años después de haber sido hecha esta promesa: «En tu simiente», etc.; y no pudo invalidar la promesa ni hacerla inútil. Porque la promesa es el testamento de Dios, confirmado por Dios mismo en Cristo tantos años antes de la ley. Ahora bien, lo que Dios una vez ha prometido y confirmado, no lo revoca después, sino que permanece ratificado y seguro para siempre.

¿Por qué, entonces, fue añadida la ley? Ciertamente, fue dada tantos siglos después a la descendencia de Abraham, no para que él obtuviera por ella la bendición —porque el oficio de la ley es poner a los hombres bajo maldición, y no bendecir—, sino para que hubiera en el mundo un pueblo determinado que tuviera la palabra y el testimonio de Cristo, y del cual también, según la carne, naciera Cristo; y para que los hombres, siendo guardados y encerrados bajo la ley, suspiraran y gimieran por su liberación por medio de la simiente de Abraham, que es Cristo, el único que debía y podía bendecir; es decir, librar a todas las naciones del pecado y de la muerte eterna. Además, las ceremonias mandadas en la ley prefiguraban a Cristo. Por lo tanto, la promesa no fue abolida ni por la ley ni por las ceremonias de la ley; antes bien, por estas, como por ciertos sellos, fue confirmada por un tiempo, hasta que las cartas mismas, o la escritura del testamento, esto es, la promesa, fueran abiertas y, por la predicación del evangelio, difundidas entre todas las naciones.

Pero dejemos que la ley y la promesa entren juntas en combate, y entonces veremos cuál de las dos es más fuerte; es decir, si la promesa puede abolir la ley, o la ley la promesa. Si la ley aboliera la promesa, entonces se sigue que nosotros, por nuestras obras, hacemos a Dios mentiroso y anulamos su promesa. Porque si la ley nos justifica y nos libra del pecado y de la muerte, y por consiguiente nuestras obras y nuestras propias fuerzas, cumpliendo la ley, lo hacen, entonces la promesa hecha a Abraham queda totalmente vacía e inútil, y así Dios resulta mentiroso y engañador. Pues cuando el que promete no cumple su promesa, sino que la deja sin efecto, ¿qué hace sino mostrarse mentiroso y engañador? Pero es imposible que la ley haga a Dios mentiroso, o que nuestras obras anulen la promesa. Antes bien, ella debe permanecer firme y estable para siempre —porque Dios no promete en vano—, aunque nosotros fuéramos capaces de guardar y cumplir la ley.

Y admitamos que todos los hombres fueran tan santos como los ángeles, de modo que no necesitaran la promesa, lo cual, sin embargo, es imposible; aun así, debemos pensar que esa misma promesa permanece segurísima y certísima, o de otro modo Dios sería hallado mentiroso, ya sea porque prometió en vano, o porque no quiere o no puede cumplir sus promesas. Por tanto, así como la promesa fue antes de la ley, así también es mucho más excelente que la ley.

Y Dios obró excelentemente bien al dar la promesa mucho antes que la ley. Lo hizo a propósito y con este fin: para que no se dijera que la justicia fue dada por la ley y no por la promesa. Porque si hubiera querido que fuéramos justificados por la ley, entonces habría dado la ley 430 años antes de la promesa, o al menos junto con la promesa. Pero ahora, al principio, no dice una palabra acerca de la ley, y solo al cabo de 430 años da la ley. Mientras tanto, durante todo ese tiempo, habla únicamente de sus promesas. Por tanto, la bendición y el don gratuito de la justicia vinieron antes que la ley, por medio de la promesa. Luego, la promesa es mucho más excelente que la ley. Y así, la ley no abole la promesa; más bien, la fe en la promesa —por la cual los creyentes, aun antes del tiempo de Cristo, fueron salvos, y que ahora es publicada por el evangelio en todo el mundo— destruye la ley, de modo que ya no puede aumentar más el pecado, aterrorizar a los pecadores ni llevarlos a la desesperación, cuando echan mano de la promesa por la fe.

Y en esto también hay cierta fuerza digna de notarse especialmente: que él menciona expresamente el número de 430 años. Como si dijera: Consideren ustedes cuánto tiempo pasó entre la promesa dada y la ley. Es evidente que Abraham recibió la promesa mucho antes que la ley. Porque la ley fue dada al pueblo de Israel 430 años después. Y este es un argumento invencible, tomado y fundado en un tiempo determinado.

Y no habla aquí de la ley en general, sino solo de la ley escrita. Como si dijera: Dios no podía entonces tener en cuenta las ceremonias y las obras de la ley, y dar justicia a quienes las observaban. Porque la ley aún no había sido dada, esa ley que manda ceremonias, exige obras y promete vida a quienes las observan, diciendo: «El hombre que hiciere estas cosas vivirá por ellas». Y aunque promete tales cosas, no se sigue por eso que nosotros participemos de esas promesas, porque dice claramente: «El hombre que hiciere estas cosas», etc. Ahora bien, es cierto que ningún hombre puede hacerlas.

Además, Pablo dice que la ley no puede abolir la promesa; por lo tanto, aquella promesa hecha a Abraham 430 años antes de la ley permanece firme y constante. Y para que el asunto se entienda mejor, lo explicaré con una comparación: si un hombre rico, no obligado, sino por su propia buena voluntad, adoptara a alguien por hijo, a quien no conoce y a quien nada debe, y lo nombrara heredero de todas sus tierras y bienes, y algunos años después de haberle hecho este beneficio le impusiera una ley para hacer esto o aquello, él no podría decir ahora que mereció este beneficio por sus propias obras, viendo que muchos años antes no había pedido nada, sino que lo había recibido gratuitamente y por puro favor. Así también Dios no pudo tener en cuenta nuestras obras y méritos como anteriores a la justicia; porque la promesa y el don del Espíritu Santo fueron 430 años antes de la ley.

Por esto se ve claramente que Abraham no obtuvo justicia delante de Dios por medio de la ley. Porque todavía no había ley. Y si todavía no había ley, entonces tampoco había obra ni mérito. ¿Qué había, pues? Nada más que la pura promesa. Esta promesa la creyó Abraham, y le fue contada por justicia. Por el mismo medio, entonces, por el que el padre obtuvo esta promesa, también los hijos la obtienen y la retienen.

Así decimos nosotros también hoy: nuestros pecados fueron purgados por la muerte de Cristo hace más de mil quinientos años, cuando todavía no había órdenes religiosas, ni canon ni regla de penitencia, ni méritos de congruencia y de dignidad. Por tanto, nosotros no podemos ahora empezar a abolir eso por nuestras propias obras y méritos.

Así Pablo reúne argumentos por semejanzas, por un tiempo determinado y por personas, tan seguros y fuertes por todos lados, que nadie puede negarlos. Armemos, pues, y fortalezcamos nuestras conciencias con argumentos semejantes; porque nos ayuda muchísimo tenerlos siempre preparados en las tentaciones. Porque nos llevan de la ley y las obras a la promesa y a la fe; de la ira a la gracia; del pecado a la justicia; y de la muerte a la vida.

Por eso, estas dos cosas, como repito muchas veces, a saber, la ley y la promesa, deben distinguirse cuidadosamente. Porque en tiempo, en lugar y en persona, y en general en todas las demás circunstancias, están separadas entre sí tan lejos como el cielo y la tierra, el principio del mundo y el fin postrero. Ciertamente, son vecinas cercanas, porque están juntas en un mismo hombre o en una misma alma; pero en el afecto exterior y en cuanto a su oficio, deben estar separadas muy lejos la una de la otra. De este modo, la ley puede tener dominio sobre la carne, y la promesa puede reinar suave y consoladoramente en la conciencia. Cuando así has asignado a cada una su propio lugar, entonces caminas con seguridad entre ambas: en el cielo de la promesa y en la tierra de la ley.

En el espíritu tú andas en el paraíso de la gracia y de la paz; en la carne andas en la tierra de las obras y de la cruz. Y ahora, las aflicciones que la carne está obligada a soportar no te serán pesadas, por la dulzura de la promesa, la cual consuela y regocija en gran manera el corazón. Pero si confundes y mezclas estas dos cosas, y pones la ley en la conciencia y la promesa de libertad en la carne, entonces haces una confusión (como sucedía en el papado), de tal modo que no sabrás qué es la ley, qué es la promesa, qué es el pecado, ni qué es la justicia.

Por tanto, si quieres dividir rectamente la palabra de verdad, debes hacer una gran diferencia entre la promesa y la ley, en cuanto a los afectos interiores y a toda la práctica de la vida. No en vano Pablo trata este argumento con tanta diligencia. Porque previó en espíritu que este mal se introduciría en la iglesia: que la palabra de Dios sería confundida; es decir, que la promesa se mezclaría con la ley, y así la promesa se perdería por completo. Porque cuando la promesa se mezcla con la ley, ya no viene a ser otra cosa sino la misma ley.

Por tanto, acostúmbrate a separar la promesa y la ley, aun con respecto al tiempo, para que cuando la ley venga y acuse tu conciencia, puedas decir: Señora ley, tú no vienes a tiempo, porque vienes demasiado pronto; espera hasta que se cumplan 420 años, y cuando hayan pasado, entonces ven y no perdones. Pero si vienes entonces, aun así vendrás demasiado tarde. Porque la promesa se te adelantó 430 años; a ella doy mi asentimiento, y dulcemente descanso en ella. Por tanto, no tengo nada que ver contigo; no te escucho. Porque ahora vivo con Abraham creyente; o más bien, puesto que Cristo ahora me ha sido revelado y dado, vivo en él, quien es mi justicia, y quien también te ha abolido a ti, oh ley.

Y así, ten siempre a Cristo delante de tus ojos, como un compendio seguro de todos los argumentos para la defensa de la fe, contra la justicia de la carne, contra la ley, y contra todas las obras y méritos cualesquiera.

Hasta aquí he referido casi todos, pero especialmente los principales argumentos que el apóstol Pablo maneja en esta epístola para la confirmación de esta doctrina de la justificación. Entre ellos, el argumento acerca de la promesa hecha a Abraham y a los otros padres es el de más peso y de gran eficacia; el cual Pablo sigue principalmente tanto aquí como en la Epístola a los Romanos, cuyas palabras pesa con diligencia, y además trata tanto de los tiempos como de las personas. También insiste en esta palabra, simiente, aplicándola a Cristo. Finalmente, declara por el contrario lo que obra la ley; a saber, que mantiene a los hombres bajo la maldición. Y así fortalece el artículo de la justicia cristiana con argumentos fuertes y poderosos.

Por otra parte, derriba los argumentos de los falsos apóstoles, que ellos usaban en defensa de la justicia de la ley, y los vuelve sobre sus propias cabezas; es decir, mientras ellos sostenían que la justicia y la vida se obtienen por la ley, Pablo muestra que no obra sino maldición y muerte en nosotros. Ustedes sostienen, dice él, que la ley es necesaria para la salvación. ¿No han leído que dice: «El hombre que los hiciere, vivirá por ellos»? (Lv 18:5). Ahora bien, ¿quién es aquel que los cumple y los lleva a cabo? Ningún hombre viviente. Por tanto, «todos los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición» (Gá 3:10). Y otra vez, en otro lugar: «el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley» (1 Co 15:56).

Ahora sigue la conclusión de todos estos argumentos.

Gálatas 3:18

Porque si la herencia es por la ley, ya no es por la promesa, etc.

Así dice en Romanos 4: «Porque si los que son de la ley son los herederos, vana resulta la fe, y anulada la promesa». Y no puede ser de otra manera. Porque esta distinción es clara: la ley es algo muy diferente de la promesa. Aun la razón natural, por ciega que esté, se ve obligada a confesar que una cosa es prometer y otra requerir; una cosa es dar y otra tomar. La ley nos exige y demanda nuestras obras; la promesa de la simiente nos ofrece los beneficios espirituales y eternos de Dios, y eso gratuitamente por causa de Cristo. Por tanto, obtenemos la herencia o bendición por medio de la promesa y no por medio de la ley. Porque la promesa dice: «En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra». Por tanto, el que tiene la ley no tiene bastante, porque todavía no tiene la bendición, sin la cual se ve obligado a permanecer bajo la maldición. Así que la ley no puede justificar, porque la bendición no va unida a ella. Además, si la herencia fuera por la ley, entonces Dios resultaría mentiroso, y la promesa sería en vano. Otra vez: si la ley pudiera alcanzar la bendición, ¿por qué hizo Dios entonces esta promesa: «En tu simiente, etc.»? ¿Por qué no dijo más bien: Haz esto, y recibirás la bendición? O bien: guardando la ley, puedes merecer la vida eterna. Este argumento se funda en contrarios: la herencia es dada por la promesa; por tanto, no por la ley.

Pero Dios la dio a Abraham mediante la promesa.

No se puede negar que Dios, antes que existiera la ley, dio a Abraham la herencia o bendición por la promesa; es decir, remisión de pecados, justicia, salvación y vida eterna, para que fuéramos hijos y herederos de Dios, y coherederos con Cristo. Porque en Génesis se dice claramente: «En tu simiente serán benditas todas las naciones». Allí la bendición es dada gratuitamente, sin consideración de ley ni de obras. Porque Dios dio la herencia antes que Moisés naciera, o antes que hombre alguno hubiera siquiera pensado en la ley. ¿Por qué se jactan entonces de que la justicia viene por la ley, viendo que la justicia, la vida y la salvación fueron dadas a su padre Abraham sin la ley, sí, antes de que hubiera ley alguna? El que no se conmueve con estas cosas es ciego y obstinado. Pero este argumento de la promesa ya lo he tratado antes más ampliamente, y por eso aquí solo lo tocaré de paso.

Hasta aquí hemos oído la parte principal de esta epístola. Ahora el apóstol se dispone a mostrar el uso y oficio de la ley, añadiendo ciertas semejanzas del ayo y del heredero menor de edad; también la alegoría de los dos hijos de Abraham, Isaac e Ismael, etc. Finalmente, expone ciertos preceptos acerca de las costumbres.

Gálatas 3:19

¿Para qué sirve, pues, la ley?

Cuando enseñamos que el hombre es justificado sin la ley y sin las obras, entonces necesariamente sigue esta pregunta: Si la ley no justifica, ¿por qué, pues, fue dada? También: ¿Por qué Dios nos carga y nos abruma con la ley, si no justifica? ¿Cuál es la razón de que seamos ejercitados tan duramente y atormentados con ella, si los que trabajan solo una hora son hechos iguales a nosotros, que hemos soportado el calor y la carga del día? Cuando una vez se nos anuncia aquella gracia que el evangelio presenta, en seguida surge este gran murmullo, sin el cual el evangelio no puede ser predicado. Los judíos tenían esta opinión: que por ella serían justificados. Por tanto, cuando oyeron que se predicaba el evangelio acerca de Cristo, que vino al mundo para salvar, no a los justos, sino a los pecadores, y que estos entrarían antes que ellos en el reino de Dios, se ofendieron grandemente. Se quejaban de que habían llevado el pesado yugo de la ley por tantos años, con gran trabajo y fatiga, y de que habían sido miserablemente afligidos y oprimidos por la tiranía de la ley, sin ningún provecho, y aun más bien para gran daño suyo; mientras que los gentiles, que eran idólatras, obtenían la gracia sin trabajo ni fatiga. Así murmuran también hoy nuestros papistas, diciendo: ¿De qué nos ha aprovechado haber vivido en un claustro veinte, treinta o cuarenta años; haber hecho voto de castidad, pobreza y obediencia; haber rezado tantos salterios, tantas horas canónicas y tantas misas; haber castigado tanto nuestros cuerpos con ayunos, oraciones, disciplinas, etc., si un marido, una mujer, un príncipe, un gobernante, un amo, un estudiante, si un jornalero o un mozo que carga sacos, si una muchacha que barre la casa, no solo ha de ser hecho igual a nosotros, sino también recibido delante de Dios como mejor y más digno que nosotros?

Esta es, pues, una pregunta difícil, a la cual la razón no puede responder, sino que se ofende grandemente con ella. La razón, en cierto modo, entiende la justicia de la ley, y también la enseña e insiste en ella, e imagina que los que la cumplen son justos; pero no entiende el oficio ni el fin de la ley. Por eso, cuando oye esta sentencia de Pablo, extraña y desconocida para el mundo, «que la ley fue añadida a causa de las transgresiones», juzga así:

Pablo abole la ley, porque dice que no somos justificados por medio de ella; más aún, es un blasfemo contra Dios que dio la ley, cuando dice «que la ley fue añadida a causa de las transgresiones». Vivamos, pues, como gentiles que no tienen ley. Sí, «Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde». También, «¿Y por qué no decir: Hagamos males para que vengan bienes?». Esto le ocurrió al apóstol Pablo. Y exactamente lo mismo nos sucede hoy a nosotros. Porque cuando la gente común oye por el evangelio que la justicia viene por la sola gracia de Dios, solo por la fe, sin la ley y sin las obras, en seguida concluyen de ello, como hicieron los judíos en tiempos pasados: Si la ley no justifica, entonces no hagamos nada; y esto es justamente lo que hacen.

¿Qué debemos hacer, entonces? Esta impiedad ciertamente nos aflige mucho, pero no podemos remediarla. Porque cuando Cristo predicó, necesariamente tuvo que oír que era un blasfemo y un sedicioso; es decir, que con su doctrina engañaba a los hombres y los hacía rebeldes contra César. Lo mismo les sucedió a Pablo y a todos los demás apóstoles. ¿Y qué maravilla es si el mundo de la misma manera nos acusa hoy? Que nos acuse, que nos calumnie, que nos persiga y no nos perdone; con todo, no por eso debemos callar, sino hablar libremente, para que las conciencias afligidas sean libradas de los lazos del diablo. Y no debemos hacer caso de la gente necia e impía, porque abusan de nuestra doctrina; pues, tengan ley o no tengan ley, no pueden ser reformados. Pero debemos considerar cómo consolar a las conciencias afligidas, para que no perezcan con la multitud. Si disimuláramos y guardáramos silencio, las conciencias miserables y afligidas no tendrían ningún consuelo, pues están tan enredadas y atrapadas por las leyes y tradiciones de los hombres, que no pueden salir de ellas de ningún modo.

Así pues, Pablo, cuando vio que algunos resistían su doctrina y otros buscaban la libertad de la carne, y por eso se hacían peores, se consolaba de esta manera: que era apóstol de Jesucristo, enviado para predicar la fe de los escogidos de Dios; y que debía sufrir todas las cosas por causa de los escogidos, para que ellos también alcanzaran la salvación. Así también nosotros, hoy, hacemos todas las cosas por causa de los escogidos, a quienes sabemos que son edificados y consolados por nuestra doctrina. Pero en cuanto a los perros y a los cerdos, de los cuales una clase persigue nuestra doctrina y la otra pisotea la libertad que tenemos en Cristo Jesús, me ofenden tanto, que en toda mi vida, por causa de ellos, no diría ni una sola palabra; antes bien, desearía que estos cerdos, juntamente con nuestros adversarios, los perros, siguieran todavía sujetos a la tiranía del Papa, antes que el santo nombre de Dios sea tan blasfemado y tan mal hablado por causa de ellos.

Por tanto, aunque no solo la gente necia e ignorante, sino también los que, en su propia opinión, parecen ser muy sabios, razonan de esta manera: Si la ley no justifica, entonces es inútil y de ningún efecto; sin embargo, no por eso es verdad. Porque, así como esta consecuencia no vale nada: el dinero no justifica ni hace justo al hombre, luego es inútil; los ojos no justifican, luego deben ser arrancados; las manos no hacen justo al hombre, luego deben ser cortadas; así también esta no vale nada: La ley no justifica, luego es inútil. Porque debemos atribuir a cada cosa su propio efecto y uso. No destruimos ni condenamos la ley porque decimos que no justifica; sino que respondemos de otra manera a esta pregunta: ¿Para qué sirve entonces la ley?, distinta de como responden nuestros adversarios, quienes impía y perversamente inventan para la ley un oficio y un uso que no le pertenecen. Contra este abuso y oficio fingido de la ley disputamos, y respondemos con Pablo que «la ley no justifica». Pero al decir esto, no afirmamos que la ley sea inútil, como ellos concluyen enseguida. Si la ley no justifica, dicen, entonces fue dada en vano. No, no es así. Porque tiene su propio oficio y uso; pero no el que los adversarios imaginan, a saber, hacer justos a los hombres; sino que los acusa, los aterroriza y los condena. Decimos con Pablo que la ley es buena, si uno la usa legítimamente; es decir, si usa la ley como ley. Si doy a la ley su propia definición, y la mantengo dentro de los límites de su oficio y uso, es algo excelente. Pero si la traslado a otro uso, y le atribuyo lo que no debe tener, entonces no solo pervierto la ley, sino también toda la Escritura.

Por eso Pablo combate aquí contra aquellos hipócritas pestilentes, que no podían soportar esta sentencia: «La ley fue añadida a causa de las transgresiones». Porque ellos piensan que el oficio de la ley es justificar. Y esta es la opinión general de la razón humana entre los sofistas y en todo el mundo: que la justicia se obtiene por las obras de la ley. Y la razón de ningún modo quiere dejarse arrancar esta opinión perniciosa, porque no entiende la justicia de la fe. De aquí viene que los papistas dicen necia e impíamente: la iglesia tiene la ley de Dios, las tradiciones de los padres, los decretos de los concilios; si vive conforme a ellos, es santa. Nadie persuadirá a estos hombres de que, cuando guardan estas cosas, no agradan a Dios, sino que provocan su ira. En resumen: los que confían en su propia justicia piensan apaciguar la ira de Dios por su culto voluntario y su religión escogida por ellos mismos. Por tanto, esta opinión acerca de la justicia de la ley es el sumidero de todos los males y el pecado de los pecados de todo el mundo. Porque los pecados y vicios groseros pueden ser conocidos, y así corregidos, o al menos reprimidos por el castigo del magistrado. Pero este pecado, a saber, la opinión del hombre acerca de su propia justicia, no solo no será tenido por pecado, sino que además será estimado como una alta religión y justicia. Este pecado pestilente, por tanto, es el gran poder del diablo sobre todo el mundo, la verdadera cabeza de la serpiente, y el lazo con que el diablo enreda y mantiene cautivos a todos los hombres. Porque todos los hombres, por naturaleza, tienen esta opinión: que son hechos justos por guardar la ley. Pablo, pues, para mostrar el verdadero oficio y uso de la ley, y para arrancar de los corazones de los hombres esa falsa opinión acerca de su justicia, responde a esta objeción: ¿Para qué sirve entonces la ley, si no justifica? De esta manera: No fue dada para hacer justos a los hombres, dice él, sino,

Fue añadida a causa de las transgresiones.

Así como las cosas son diversas y distintas, así también sus usos son diversos y distintos; por tanto, no deben confundirse. Porque, si se confunden, necesariamente habrá también confusión de las cosas mismas. La mujer no debe llevar ropa de hombre, ni el hombre vestido de mujer. Que el hombre haga las obras que pertenecen al hombre, y la mujer las obras que pertenecen a la mujer. Que cada uno haga aquello que su vocación y oficio requieren. Que los pastores y predicadores enseñen puramente la palabra de Dios. Que los magistrados gobiernen a sus súbditos, y que los súbditos obedezcan a sus magistrados. Que cada cosa sirva en su debido lugar y orden. Que el sol alumbre de día; la luna y las estrellas, de noche. Que el mar dé peces; la tierra, grano; los bosques, fieras y árboles, etc. Del mismo modo, que la ley no usurpe el oficio y uso de otro, es decir, el de la justificación; sino que deje esto únicamente a la gracia, a la promesa y a la fe. ¿Cuál es entonces el oficio de la ley? Las transgresiones; o bien, como él dice en otro lugar: «Pero la ley se introdujo para que el pecado abundase». ¡Hermoso oficio, por cierto! «La ley», dice él, «fue añadida a causa de las transgresiones»; es decir, fue añadida además y después de la promesa, hasta que viniera Cristo, la simiente a quien fue hecha la promesa.

Del doble uso de la ley.

Aquí debes entender que hay un doble uso de la ley. Uno es civil; porque Dios ha ordenado leyes civiles, y aun todas las leyes, para castigar las transgresiones. Toda ley, entonces, es dada para refrenar el pecado. Si refrena el pecado, ¿entonces hace justos a los hombres? No, en absoluto. Porque si no mato, no cometo adulterio, no hurto, o si me abstengo de otros pecados, no lo hago voluntariamente ni por amor a la virtud, sino que temo la cárcel, la espada y al verdugo. Estas cosas me frenan y me refrenan para no pecar, así como los grillos y las cadenas refrenan a un león o a un oso, para que no despedace y devore todo lo que encuentre. Por tanto, el refrenar el pecado no es justicia, sino más bien una señal de injusticia. Porque, así como a un loco o a una bestia salvaje se le ata para que no destruya todo lo que encuentra, así también la ley refrena a un hombre loco y furioso, para que no peque conforme a su propia concupiscencia. Este freno muestra con bastante claridad que los que tienen necesidad de la ley —como la tienen todos los que están sin Cristo— no son justos, sino más bien hombres malvados y locos, a quienes es necesario refrenar de tal modo por las ataduras y la prisión de la ley, para que no pequen. Por tanto, la ley no justifica.

El primer uso, entonces, de la ley es refrenar a los impíos. Porque el diablo reina por toda la iglesia y empuja a los hombres a toda clase de horribles maldades. Por eso Dios ha establecido magistrados, padres, ministros, leyes, cadenas y todas las ordenanzas civiles, para que, si no pueden hacer más, al menos aten las manos del diablo, y no se desate en sus esclavos conforme a su propia voluntad. Así como los endemoniados, en quienes el diablo reina poderosamente, son sujetados con ataduras y cadenas para que no hagan daño a otros, así también en el mundo, que está poseído por el diablo y es arrastrado de cabeza a toda clase de maldad, está presente el magistrado con sus ataduras y cadenas; es decir, con sus leyes, atándole manos y pies para que no corra desenfrenadamente a toda perversidad. Y si no se deja frenar de esta manera, entonces pierde la cabeza. Esta restricción civil es muy necesaria y ha sido ordenada por Dios, tanto para la paz pública como para la preservación de todas las cosas; pero especialmente para que el curso del evangelio no sea estorbado por los tumultos y sediciones de hombres impíos, violentos y soberbios. Pero Pablo no trata aquí de este uso y oficio civil de la ley. Es, ciertamente, muy necesario, pero no justifica. Porque así como un endemoniado o un loco no queda libre de las trampas del diablo ni sano de juicio porque tenga atadas las manos y los pies y no pueda hacer daño, así también el mundo, aunque sea refrenado por la ley de la maldad exterior y de los crímenes, no por eso es justo, sino que sigue siendo malvado. Más aún, esta restricción muestra claramente que el mundo es impío y desenfrenado, excitado y empujado a toda maldad por este príncipe, el diablo; porque, de otro modo, no necesitaría ser frenado por leyes para no pecar.

Otro uso de la ley es divino y espiritual, el cual es, como dice Pablo, «para que el pecado abundase»; es decir, para revelar al hombre su pecado, su ceguera, su miseria, su impiedad, su ignorancia, su odio y desprecio de Dios, la muerte, el infierno, el juicio y la merecida ira de Dios. De este uso trata el Apóstol excelentemente en Romanos 7. Esto es completamente desconocido para los hipócritas, para los sofistas papistas y doctores escolásticos, y para todos los que andan en la opinión de la justicia de la ley o de su propia justicia. Pero para que Dios pudiera frenar y abatir este monstruo y esta bestia furiosa, quiero decir, la presunción de la justicia y religión del hombre, la cual naturalmente enorgullece a los hombres y los infla de tal manera que piensan agradar grandemente a Dios con ello, le fue necesario enviar algún Hércules que acometiera contra este monstruo con toda fuerza y valentía, para derribarlo y destruirlo por completo. Es decir, fue necesario dar una ley en el monte Sinaí, con tan gran majestad y con tan terrible manifestación, que toda la multitud quedó espantada. (Éx 19; 20.)

Y así como este es el uso propio y principal de la ley, así también es muy provechoso y del todo necesario. Porque si alguno no es homicida, adúltero ni ladrón, y exteriormente se abstiene del pecado, como hacía el fariseo del que se habla en el evangelio, jurará, por estar poseído por el diablo, que es justo; y así concibe una opinión de justicia y presume de sus buenas obras y méritos. A un hombre así Dios no puede ablandarlo ni humillarlo de otro modo, para que reconozca su miseria y condenación, sino por la ley. Porque esa es el martillo de la muerte, el trueno del infierno y el relámpago de la ira de Dios, que reduce a polvo a los hipócritas obstinados e insensibles. Por tanto, este es el verdadero y propio uso de la ley: con relámpagos, con tempestad y con sonido de trompeta, como en el monte Sinaí, aterrar; y con truenos abatir y hacer pedazos a esa bestia llamada la opinión de justicia. Por eso dice Dios por medio del profeta Jeremías: «¿No es mi palabra como fuego, dice Jehová, y como martillo que quebranta la piedra?» (Jer 23:29). Porque mientras la opinión de justicia permanezca en el hombre, también permanecen en él una soberbia incomprensible, presunción, seguridad, odio a Dios, desprecio de su gracia y misericordia, e ignorancia de las promesas y de Cristo. La predicación del perdón gratuito de los pecados por medio de Cristo no puede entrar en el corazón de tal hombre, ni él puede sentir sabor ni gusto alguno de ello. Porque esa gran roca y muro de diamante, a saber, la opinión de justicia, con que el corazón está rodeado, se le opone.

Así como la opinión de justicia es un monstruo grande y horrible, una bestia rebelde, obstinada y de dura cerviz, así también, para destruirla y derribarla, Dios necesita un poderoso martillo; es decir, la ley. Esta está en su propio uso y oficio cuando acusa y revela el pecado de esta manera: Mira, has quebrantado todos los mandamientos de Dios, etc.; y así infunde terror en la conciencia, de modo que esta siente de verdad que Dios está ofendido y airado, y que ella misma es culpable de muerte eterna. Aquí el pobre pecador afligido siente la carga intolerable de la ley y es abatido hasta la desesperación; de manera que ahora, oprimido por gran angustia y terror, desea la muerte o busca destruirse a sí mismo. Por tanto, la ley es ese martillo, ese fuego, ese viento fortísimo y ese terrible terremoto que rompe los montes y quiebra las peñas (1 R 19:11-12); es decir, a los hipócritas soberbios y obstinados. Elías, no pudiendo soportar estos terrores de la ley, significados por estas cosas, cubrió su rostro con su manto. Sin embargo, cuando cesó la tempestad que él contemplaba, vino un silbo apacible y delicado, en el cual estaba el Señor. Pero era necesario que pasaran primero la tempestad de fuego, de viento y el terremoto, antes de que el Señor se revelara en aquel viento suave.

Aquella terrible manifestación y majestad con que Dios dio su ley en el monte Sinaí representaba el uso de la ley. Había en el pueblo de Israel que salió de Egipto una santidad singular. Se gloriaban y decían: «Todo lo que Jehová ha dicho, haremos» (Éx 19:8). Además, Moisés santificó al pueblo y les mandó lavar sus vestidos, abstenerse de sus mujeres y prepararse para el tercer día. No había uno de ellos que no estuviera lleno de santidad. Al tercer día, Moisés sacó al pueblo de sus tiendas hacia el monte, a la vista del Señor, para que oyeran su voz. ¿Qué siguió entonces? Cuando los hijos de Israel vieron el espectáculo horrible del monte humeando y ardiendo, las negras nubes y los relámpagos que cruzaban de un lado a otro en medio de aquella espantosa oscuridad, y oyeron el sonido de la trompeta, que se prolongaba y se hacía cada vez más fuerte; y además, cuando oyeron los truenos y vieron los relámpagos, tuvieron miedo, y quedándose lejos, dijeron a Moisés: «Habla tú con nosotros, y nosotros oiremos; pero no hable Dios con nosotros, para que no muramos» (Éx 20:19; Dt 5:24-27). Les ruego me digan: ¿de qué les sirvieron su purificación, sus vestidos blancos y su abstinencia de sus mujeres? De nada en absoluto. No hubo ni uno de ellos que pudiera soportar aquella presencia del Señor en su majestad y gloria; sino que todos, espantados y sacudidos de terror, retrocedieron huyendo como si el diablo los hubiera arrojado. «Porque Jehová tu Dios es fuego consumidor» (Dt 4:24), y delante de él ninguna carne puede permanecer.

La ley de Dios tiene, por tanto, propia y particularmente aquel oficio que tuvo entonces en el monte Sinaí, cuando fue dada por primera vez y oída por primera vez por aquellos que estaban lavados, justos, purificados y castos; y sin embargo llevó a aquel pueblo santo a tal conocimiento de su propia miseria, que fueron abatidos hasta la muerte y la desesperación. Ninguna pureza ni santidad pudo ayudarlos entonces; sino que hubo en ellos tal sentimiento de su propia inmundicia, indignidad y pecado, y del juicio y la ira de Dios, que huyeron de la presencia del Señor y no pudieron soportar oír su voz. «Porque ¿qué es el hombre, para que oiga la voz del Dios viviente que habla de en medio del fuego, como nosotros la oímos, y aún viva?» «Hoy hemos visto que Jehová habla al hombre, y este aún vive» (Dt 5:26, 24). Ahora hablan muy de otra manera de como hablaban un poco antes, cuando decían: Somos el pueblo santo de Dios, a quien el Señor ha escogido para sí como pueblo especial, por encima de todas las naciones de la tierra. Haremos todo lo que el Señor ha dicho. Así les sucede finalmente a todos los justiciarios, quienes, embriagados por la opinión de su propia justicia, piensan, cuando están fuera de tentación, que son amados por Dios, y que Dios estima sus votos, sus ayunos, sus oraciones y sus obras voluntarias, y que por ello debe darles una corona singular en el cielo. Pero cuando aquel trueno, relámpago, fuego, y aquel martillo que hace pedazos las rocas, es decir, la ley de Dios, cae de repente sobre ellos, revelándoles su pecado, la ira y el juicio de Dios, entonces les sucede exactamente lo mismo que sucedió a los judíos que estaban al pie del monte Sinaí.

Aquí advierto a todos los que temen a Dios, y especialmente a los que en adelante serán maestros de otros, que aprendan diligentemente de Pablo a entender el verdadero y propio uso de la ley; el cual temo que, después de nuestro tiempo, será hollado y completamente abolido por los enemigos de la verdad. Porque aun ahora, mientras todavía vivimos y empleamos toda diligencia en exponer el oficio y uso tanto de la ley como del evangelio, hay muy pocos, sí, aun entre los que quieren ser tenidos por cristianos y profesan con nosotros el evangelio, que entiendan rectamente estas cosas como deben. ¿Qué piensan, entonces, que sucederá cuando nosotros hayamos muerto y desaparecido? No digo nada de los anabaptistas, de los nuevos arrianos y de otros espíritus vanos semejantes, quienes no son menos ignorantes en estas materias que los papistas, aunque hablen muchísimo en contra. Porque se han apartado de la doctrina pura del evangelio hacia leyes y tradiciones, y por eso no enseñan a Cristo. Se jactan y juran que no buscan otra cosa que la gloria de Cristo y la salvación de sus hermanos, y que enseñan puramente la palabra de Dios; pero en realidad la corrompen y la tuercen hacia otro sentido, haciéndola sonar conforme a su propia imaginación. Por tanto, bajo el nombre de Cristo no enseñan otra cosa que sus propios sueños, y bajo el nombre del evangelio, ceremonias y leyes. Así pues, son iguales a sí mismos, y así continúan todavía; es decir, monjes, obreros de la ley y maestros de ceremonias, salvo que inventan nuevos nombres y nuevas obras.

No es cosa pequeña, entonces, entender rectamente qué es la ley y cuál es su verdadero uso y oficio. Y puesto que enseñamos estas cosas con diligencia y fidelidad, con ello damos testimonio claro de que no rechazamos la ley ni las obras, como falsamente nos acusan nuestros adversarios; antes bien, confirmamos por completo la ley y requerimos sus obras. Decimos también que la ley es buena y provechosa, pero en su propio y debido uso; el cual es, primero, frenar las transgresiones civiles, y luego revelar y aumentar las transgresiones espirituales. Por eso la ley también es una luz, que muestra y revela, no la gracia de Dios, ni la justicia y la vida, sino el pecado, la muerte, la ira y el juicio de Dios. Porque, así como en el monte Sinaí los truenos y relámpagos, la nube espesa y oscura, el monte humeando y ardiendo, y todo aquel espectáculo terrible, no alegraron ni dieron vida a los hijos de Israel, sino que los llenaron de temor y espanto, y mostraron cuán incapaces eran, con toda su pureza y santidad, de soportar la majestad de Dios que les hablaba desde la nube; así también la ley, cuando está en su verdadero uso, no hace otra cosa sino revelar el pecado, producir ira, acusar y aterrorizar a los hombres, de modo que los lleva hasta el mismo borde de la desesperación. Este es el uso propio de la ley, y allí tiene su fin, y no debe ir más adelante.

Por el contrario, el evangelio es una luz que alumbra, vivifica, consuela y levanta las conciencias atemorizadas. Porque muestra que Dios, por causa de Cristo, es misericordioso para con los pecadores, aun para con los más indignos, si creen que por su muerte son librados de la maldición, es decir, del pecado y de la muerte eterna, y que por medio de su victoria la bendición les es dada gratuitamente; esto es, la gracia, el perdón de los pecados, la justicia y la vida eterna. Así, haciendo diferencia entre la ley y el evangelio, damos a cada uno su propio uso y oficio. De esta diferencia entre la ley y el evangelio no se halla nada en los libros de los monjes, de los canonistas, de los escolásticos; no, ni aun en los libros de los antiguos padres. Agustín entendió algo esta diferencia y la mostró. Jerónimo y otros no la conocieron. En resumen, hubo un maravilloso silencio durante muchos años acerca de esta diferencia en todas las escuelas y en todas las iglesias, y esto puso las conciencias de los hombres en gran peligro.

Porque, si el evangelio no es distinguido claramente de la ley, la verdadera doctrina cristiana no puede conservarse sana e incorrupta. Por el contrario, si esta diferencia es bien conocida, entonces también se conoce el verdadero modo de la justificación, y entonces es cosa fácil discernir la fe de las obras, a Cristo de Moisés, y todas las obras políticas. Porque todas las cosas sin Cristo son ministros de muerte para el castigo de los impíos. Por eso Pablo responde a esta pregunta de esta manera:

La ley fue añadida a causa de las transgresiones.

Es decir, para que las transgresiones aumentaran y fueran más conocidas y vistas. Y así sucede en verdad. Porque cuando el pecado, la muerte, la ira y el juicio de Dios, y el infierno, son revelados a un hombre por medio de la ley, es imposible que no se impaciente, murmure contra Dios y desprecie su voluntad. Porque no puede soportar el juicio de Dios, ni su propia muerte y condenación; y sin embargo no puede escapar de ellas. Aquí necesariamente tiene que caer en el odio a Dios y blasfemar contra Dios. Antes, cuando estaba fuera de la tentación, era un hombre muy santo; adoraba y alababa a Dios; doblaba su rodilla delante de Dios, y le daba gracias como el fariseo. (Lc 18.) Pero ahora, cuando le son revelados el pecado y la muerte, desea que no hubiera Dios. La ley, por tanto, de por sí produce un singular odio contra Dios. Y así, el pecado no solo es revelado y conocido por la ley, sino que también es aumentado y despertado por la ley. Por eso Pablo dice: «Mas el pecado, para mostrarse pecado, produjo en mí la muerte por medio de lo que es bueno, a fin de que por el mandamiento el pecado llegase a ser sobremanera pecaminoso.» (Ro 7.) Allí trata muy extensamente de este efecto de la ley.

Pablo responde, pues, a esta pregunta: si la ley no justifica, ¿para qué sirve entonces? Aunque, dice él, no justifica, sin embargo es muy provechosa y necesaria. Porque, en primer lugar, refrena civilmente a los carnales, rebeldes y obstinados. Además, es un espejo que le muestra al hombre a sí mismo, que es pecador, culpable de muerte y merecedor de la ira e indignación eternas de Dios. ¿Para qué sirve este humillar, este quebrantar y abatir con este martillo, quiero decir, la ley? Para esto: para que tengamos entrada a la gracia. Así que la ley es un ministro que prepara el camino para la gracia. Porque Dios es el Dios de los humildes, de los miserables, de los afligidos, de los oprimidos y de los desesperados, y de aquellos que son llevados hasta la nada; y es propio de su naturaleza exaltar a los humildes, alimentar a los hambrientos, dar vista a los ciegos, consolar a los miserables, a los afligidos, a los quebrantados y contritos de corazón, justificar a los pecadores, vivificar a los muertos y salvar a los mismos desesperados y condenados. Porque él es un Creador todopoderoso, que hace todas las cosas de la nada. Ahora bien, aquella perniciosa y pestilente opinión de la justicia propia del hombre, que no quiere ser pecadora, inmunda, miserable y digna de condenación, sino justa y santa, no le permite a Dios venir a su propia obra natural y propia. Por eso Dios tiene que tomar en su mano este mazo, quiero decir, la ley, para derribar, hacer pedazos y reducir a nada a esta bestia, con su vana confianza, sabiduría, justicia y poder, para que así aprenda por fin, por su propia miseria y ruina, que está totalmente abandonada, perdida y condenada. Aquí, cuando la conciencia es así aterrorizada por la ley, entonces viene la doctrina del evangelio y de la gracia, que la levanta y la consuela otra vez, diciendo que Cristo vino al mundo no para quebrar la caña cascada, ni apagar el pábilo que humea, sino para predicar buenas nuevas a los pobres, sanar a los quebrantados y contritos de corazón, predicar perdón de pecados a los cautivos, etc. (Is 42; Mt 12:20.)

Pero aquí está toda la dificultad de este asunto: que cuando un hombre está aterrorizado y abatido, pueda levantarse otra vez y decir: Ya he sido bastante quebrantado y afligido. El tiempo de la ley me ha atormentado y afligido bastante. Ahora es el tiempo de la gracia; ahora es el tiempo de oír a Cristo, de cuya boca salen palabras de gracia y de vida. Ahora es tiempo de ver, no el monte Sinaí humeante y ardiente, sino el monte Moriah; donde está el trono, el templo, el propiciatorio de Dios; es decir, Cristo, que es el rey de justicia y de paz. Allí oiré lo que el Señor me dirá, el cual no habla sino paz a su pueblo.

No; tan grande es la necedad del corazón del hombre, que en este conflicto de conciencia, cuando la ley ha hecho su oficio y ejercido su verdadero ministerio, él no solo no echa mano de la doctrina de la gracia, que promete con toda certeza el perdón de los pecados por causa de Cristo, sino que busca y se procura para sí más leyes para satisfacer y aquietar su conciencia. Si vivo, dice, enmendaré mi vida; haré esto, haré aquello. Aquí, a menos que hagas precisamente lo contrario, es decir, a menos que envíes a Moisés con su ley a los que están seguros, orgullosos y obstinados, y en estos terrores y en esta angustia eches mano de Cristo, que fue crucificado y murió por tus pecados, no esperes salvación.

Así la ley, por medio de su oficio, ayuda por ocasión a la justificación, en cuanto impulsa al hombre a la promesa de la gracia y hace que esta le sea dulce y consoladora. Por eso no abolimos la ley, sino que mostramos el verdadero oficio y uso de la ley; a saber, que es un ministro verdadero y provechoso, que lleva al hombre a Cristo. Por tanto, después que la ley te ha humillado, te ha aterrorizado y te ha abatido por completo, de modo que ya estás al borde mismo de la desesperación, procura aprender a usar rectamente la ley. Porque su oficio y uso no es solo revelar el pecado y la ira de Dios, sino también llevar a los hombres a Cristo. Este uso de la ley solo lo presenta el Espíritu Santo en el evangelio, donde da testimonio de que Dios está presente para los afligidos y quebrantados de corazón. Por eso, si has sido herido con este martillo, no uses perversamente este quebrantamiento, cargándote con más leyes, sino oye a Cristo que dice: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.» (Mt 11:28.) Cuando la ley te oprime de tal manera que todas las cosas parecen completamente desesperadas, y por ello te impulsa a Cristo para buscar ayuda y socorro de sus manos, entonces la ley está en su verdadero uso; y, por medio del evangelio, ayuda a la justificación. Y este es el mejor y más perfecto uso de la ley.

Por eso Pablo comienza aquí de nuevo a tratar de la ley y define qué es, tomando ocasión de lo que dijo antes; a saber, que la ley no justifica. Porque la razón, al oír esto, inmediatamente infiere así: entonces Dios dio la ley en vano. Era necesario, por tanto, buscar cómo definir verdaderamente la ley y mostrar qué es la ley y cómo debe ser entendida, para que no sea tomada ni más ampliamente ni más estrechamente de lo debido. No hay ley, dice él, que de por sí sea necesaria para la justificación. Por tanto, cuando razonamos acerca de la justicia, la vida y la salvación eterna, la ley debe ser completamente quitada de nuestra vista, como si nunca hubiera existido ni debiera existir, y como si no fuera absolutamente nada. Porque, en materia de justificación, nadie puede apartar la ley lo bastante de su vista, ni mirar la promesa de Dios sola de manera suficiente y como debería hacerlo. Por eso dije antes que la ley y la promesa deben estar muy separadas en lo que respecta a los afectos internos y al hombre interior, aunque en realidad están muy cercanas entre sí.

Hasta que viniese la simiente a quien fue hecha la promesa.

Pablo no hace perpetua la ley, sino que dice que fue dada y añadida a las promesas a causa de las transgresiones; es decir, para refrenarlas civilmente, pero especialmente para revelarlas y aumentarlas espiritualmente; y eso no continuamente, sino por un tiempo. Aquí es necesario saber cuánto tiempo debe durar el poder y la tiranía de la ley, que descubre el pecado, nos muestra lo que somos y revela la ira de Dios. Aquellos cuyos corazones son tocados por un sentimiento interior de estas cosas, perecerían en seguida si no recibieran consuelo. Por tanto, si los días de la ley no fueran acortados, nadie sería salvo. Es necesario, pues, fijar un tiempo y poner límites a la ley, más allá de los cuales no pueda reinar. ¿Cuánto tiempo, entonces, debe durar el dominio de la ley? Hasta que venga la simiente; esto es, aquella simiente de la cual está escrito: «En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra.» La tiranía de la ley, entonces, debe continuar hasta la plenitud del tiempo y hasta que venga aquella simiente de bendición; no para que la ley produzca esta simiente o dé justicia, sino para que refrene civilmente a los rebeldes y obstinados y los encierre, por así decirlo, en prisión; y espiritualmente los redarguya de pecado, los humille y los aterrorice; y, cuando así estén humillados y abatidos, los obligue a mirar a aquella simiente bendita.

Podemos entender la duración de la ley tanto según la letra como también espiritualmente. Según la letra, así: que la ley continúa hasta el tiempo de la gracia. «La ley y los profetas eran hasta Juan; desde entonces el reino de Dios es anunciado, y todos se esfuerzan por entrar en él.» (Lc 16:16.) En este tiempo Cristo fue bautizado y comenzó a predicar; y entonces también, según la letra, cesaron la ley y todas las ceremonias de Moisés.

Espiritualmente, la ley puede entenderse así: no debe reinar en la conciencia más tiempo que hasta el tiempo señalado de esta simiente bendita. Cuando la ley me muestra mi pecado, me aterra y me revela la ira y el juicio de Dios, de modo que empiezo a temblar y a desesperar, allí la ley tiene sus límites, su tiempo y su fin determinados; de manera que entonces deja de ejercer más su tiranía. Porque cuando ya ha cumplido suficientemente su oficio, ha revelado la ira de Dios y ha aterrorizado bastante. Aquí debemos decir: Ahora detente, ley; ya has hecho bastante; ya me has aterrorizado y atormentado bastante. «Sobre mí han pasado tus iras, Y me oprimen tus terrores... No escondas de tu siervo tu rostro; Estoy angustiado, respóndeme pronto» (Sal 88:7; 69:2; 27:9), etc. Cuando vienen estos terrores y angustias, entonces ha llegado el tiempo y la hora de la simiente bendita. Ceda entonces la ley, la cual ciertamente fue añadida para revelar y aumentar las transgresiones, y no por más tiempo, sino hasta que viniera aquella simiente bendita. Cuando esta ha venido, entonces la ley debe dejar de revelar el pecado y de aterrorizar más; y debe entregar su reino a otro, es decir, a la simiente bendita, que es Cristo; el cual tiene labios llenos de gracia, con los que no acusa ni aterroriza, sino que habla de cosas mucho mejores que la ley, a saber: de gracia, paz, perdón de pecados, victoria sobre el pecado, la muerte, el diablo y la condenación, obtenida por su muerte y pasión para todos los creyentes.

Pablo, por tanto, muestra con estas palabras, «Hasta que viniese la simiente a quien fue hecha la promesa», cuánto tiempo debía durar la ley literal y espiritualmente. Según la letra, cesó después que la simiente bendita vino al mundo, tomando nuestra carne, dando el Espíritu Santo y escribiendo una nueva ley en nuestros corazones. Pero el tiempo espiritual de la ley no termina de una vez, sino que permanece firmemente arraigado en la conciencia. Por eso, es cosa difícil para un hombre ejercitado en el uso espiritual de la ley ver el fin de la ley. Porque en estos terrores y en este sentimiento del pecado, la mente no puede concebir esta esperanza: que Dios es misericordioso y que perdonará los pecados por causa de Cristo; sino que juzga solamente que Dios está airado contra los pecadores, y que los acusa y condena. Si la fe no viene aquí para levantar de nuevo la conciencia turbada y afligida, o si no hay, conforme a aquel dicho de Cristo, «Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre» (Mt 18:20), algún hermano fiel presente que pueda consolar con la palabra de Dios al que está tan oprimido y abatido por la ley, necesariamente seguirá la desesperación y la muerte. Por tanto, es cosa peligrosa que un hombre esté solo. «¡Ay del solo! que cuando cayere, no habrá segundo que lo levante», dice el Predicador (Ec 4:10). Por eso, los que ordenaron aquella vida monástica y solitaria maldita dieron ocasión para que muchos miles desesperaran. Si un hombre se apartara de la compañía de otros por uno o dos días, para ocuparse en la oración —como leemos de Cristo, que algunas veces se apartaba solo al monte, y pasaba la noche en oración—, no habría peligro en ello (Mt 26:39; Lc 6:12). Pero cuando obligaban a los hombres a vivir continuamente una vida solitaria, eso era un invento del mismo diablo. Porque cuando un hombre es tentado y está solo, no puede levantarse a sí mismo, ni aun en la menor tentación que pueda haber.

Y fue ordenada por medio de ángeles en mano de un mediador.

Esta es una pequeña digresión de su propósito, la cual ni explica ni termina, sino que solamente la toca de paso, y así continúa. Porque enseguida vuelve a su propósito cuando dice: «Luego, ¿la ley es contraria a las promesas de Dios?» Ahora bien, esta fue la ocasión de su digresión. Vino a esta diferencia entre la ley y el evangelio: que la ley, añadida a las promesas, difería del evangelio no solo respecto del tiempo, sino también respecto del autor y de la causa eficiente. Porque la ley fue dada por los ángeles (He 1), pero el evangelio por el Señor mismo. Por eso, el evangelio es mucho más excelente que la ley. Porque la ley es la voz de los siervos, pero el evangelio es la voz del Señor mismo. Por tanto, para rebajar y disminuir la autoridad de la ley, y exaltar y magnificar el evangelio, dice que la ley fue una doctrina dada para durar solo un poco de tiempo, pues permaneció solamente hasta el cumplimiento de la promesa; es decir, hasta que vino la simiente bendita que cumplió la promesa. Pero el evangelio es para siempre. Porque todos los fieles siempre han tenido un mismo y único evangelio desde el principio del mundo, y por él fueron salvos. Por tanto, la ley es muy inferior al evangelio, porque fue ordenada por ángeles, que no son más que siervos, y duró solo por corto tiempo; mientras que el evangelio fue ordenado por el Señor mismo, para permanecer para siempre (He 1). Porque fue prometido antes de los tiempos de los siglos (Tit 1).

Además, la palabra de la ley no solo fue ordenada por ángeles, que no son más que siervos, sino también por otro siervo muy inferior a los ángeles, a saber, por un hombre; esto es, como aquí dice, por mano de un mediador, es decir, Moisés. Ahora bien, Cristo no es siervo, sino el Señor mismo. No es mediador entre Dios y el hombre según la ley, como lo fue Moisés; sino que es mediador de un mejor pacto. Así que la ley fue ordenada por ángeles como siervos. Porque Moisés y el pueblo oyeron a Dios hablar en el monte Sinaí; es decir, oyeron a los ángeles hablar en la persona de Dios. Por eso Esteban, en el capítulo 7 de Hechos, dice: «vosotros que recibisteis la ley por disposición de ángeles, y no la guardasteis». También el texto de Éxodo 3 muestra claramente que el ángel se apareció a Moisés en una llama de fuego, y le habló de en medio de la zarza.

Pablo, por tanto, da a entender que Cristo es mediador de un pacto mucho mejor que Moisés. Y aquí alude a aquella historia de Moisés acerca de la entrega de la ley, que dice «que Moisés sacó del campamento al pueblo para recibir a Dios; y los puso al pie del monte Sinaí». Hubo un espectáculo grave y terrible. Todo el monte estaba ardiendo en fuego. Cuando el pueblo vio esto, comenzó a temblar; porque pensaron que serían destruidos de repente en aquella espantosa tempestad. Como no podían soportar la ley sonando tan horriblemente desde el monte Sinaí —pues aquella voz aterradora de la ley habría matado al pueblo—, dijeron a Moisés su mediador: «Acércate tú, y oye todas las cosas que dijere Jehová nuestro Dios; y tú nos dirás todo lo que Jehová nuestro Dios te dijere»; y él respondió: «Yo estaba entonces entre Jehová y vosotros», etc. Por estos pasajes queda bastante claro que Moisés fue puesto como mediador entre el pueblo y la ley que hablaba.

Por tanto, Pablo, mediante esta historia, procura declarar que es imposible que la justicia venga por la ley. Es como si dijera: ¿Cómo puede justificar la ley, viendo que todo el pueblo de Israel, estando purificado y santificado, y aun el mismo Moisés, mediador entre Dios y el pueblo, tuvieron miedo y temblaron ante la voz de la ley, como se dice en la Epístola a los Hebreos? Aquí no hubo nada más que temor y temblor. Pero ¿qué justicia y santidad es esta: no poder soportar, ni aun poder o querer oír la ley, sino huir de ella, y odiarla de tal modo que es imposible odiar y aborrecer más cosa alguna en todo el mundo? Así lo testifica clarísimamente la historia: que el pueblo, cuando oyó la ley, no odiaba nada más que la ley, y antes deseaba la muerte que oír la ley.

Así, cuando el pecado es descubierto, como por ciertos rayos brillantes que la ley lanza en el corazón, no hay nada más odioso ni más intolerable para el hombre que la ley. Aquí preferiría la muerte antes que ser obligado a soportar estos terrores de la ley aun por muy poco tiempo; lo cual es una señal certísima de que la ley no justifica. Porque si la ley justificara, entonces, sin duda, los hombres la amarían, se deleitarían y hallarían placer en ella, y la abrazarían con sincera buena voluntad. Pero ¿dónde está esa buena voluntad? En ninguna parte; ni en Moisés ni en todo el pueblo, porque todos quedaron espantados y retrocedieron huyendo. ¿Y cómo ama un hombre aquello de lo que huye? ¿O cómo se deleita en aquello que mortalmente odia?

Por eso, esta huida muestra un odio mortal del corazón del hombre contra la ley, y por consiguiente contra Dios mismo, autor de la ley. Y si no hubiera otro argumento para probar que la justicia no viene por la ley, esta sola historia bastaría, la cual Pablo expone en estas palabras: «en mano de un mediador». Como si dijera: ¿No recuerdan que sus padres eran tan incapaces de oír la ley, que necesitaron a Moisés para que fuera su mediador? Y cuando fue puesto en ese oficio, estaban tan lejos de amar la ley, que por una huida llena de espanto, junto con su mediador, mostraron que la odiaban, como da testimonio la Epístola a los Hebreos; y si hubieran podido, habrían vuelto aun a través de un monte de hierro a Egipto. Pero estaban cercados por todas partes, de manera que no tenían camino para escapar. Por eso clamaron a Moisés: «Habla tú con nosotros, y nosotros oiremos; pero no hable Dios con nosotros, para que no muramos» (Éx 20:19; Dt 5:24). Ahora bien, si no podían oír la ley, ¿cómo podrían cumplirla?

Por tanto, si el pueblo que estaba bajo la ley fue obligado por necesidad a tener un mediador, se sigue por consecuencia infalible que la ley no los justifica. ¿Qué hacía entonces? Exactamente lo mismo que Pablo dice: «la ley se introdujo para que el pecado abundase» (Ro 5:20). La ley, pues, fue una luz y un sol que lanzó sus rayos en los corazones de los hijos de Israel; por lo cual los aterrorizó y les infundió tal temor de Dios, que odiaron tanto la ley como a su Autor; lo cual es una impiedad horrible. ¿Dirían ahora ustedes que estos hombres eran justos? Justos son los que oyen la ley, y con buena voluntad la abrazan y se deleitan en ella. Pero la historia de la entrega de la ley da testimonio de que todos los hombres en el mundo entero, por muy santos que sean, especialmente viendo que aquellos que estaban purificados y santificados no podían oír la ley, odian y aborrecen la ley, y quisieran que la ley no existiera. Por tanto, es imposible que los hombres sean justificados por la ley; antes bien, produce un efecto completamente contrario.

Aunque Pablo, como he dicho, solo toca este pasaje de paso, y no lo examina a fondo ni lo desarrolla plenamente, sin embargo, el que lo lea diligente y atentamente puede entender fácilmente que habla muy bien de ambos mediadores, es decir, de Moisés y de Cristo, y compara el uno con el otro, como después declararemos. Si hubiera querido tratar este asunto más extensamente, este solo pasaje le habría dado argumento y ocasión suficiente para escribir una nueva Epístola; y también aquella historia de Éxodo 19 y 20, acerca de la entrega de la ley, proporcionaría materia suficiente para escribir un nuevo volumen, aunque se leyera solo superficialmente y sin afecto, aunque pueda parecer muy estéril a los que no conocen el verdadero oficio y uso de la ley, si se la compara con otras historias sagradas.

Por esto podemos ver que, si todo el mundo hubiera estado en el monte como el pueblo de Israel, habría odiado la ley y habría huido de ella, como ellos hicieron. Por tanto, todo el mundo es enemigo de la ley, y la odia mortalmente. Pero la ley es santa, justa y buena, y es la regla perfecta de la voluntad de Dios. ¿Cómo, entonces, puede ser justo aquel que no solo aborrece y detesta la ley y huye de ella, sino que además es enemigo de Dios, quien es el autor de la ley? Y es verdad que la carne no puede hacer otra cosa, como Pablo da testimonio en Ro 8: «Porque los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden». Por tanto, es una locura extrema odiar de tal manera a Dios y a la ley, que no puedes soportar oírla, y sin embargo afirmar que por ella somos hechos justos.

Por eso los sofistas y los teólogos escolásticos están completamente ciegos, y no entienden nada de esta doctrina. Solo miran la apariencia exterior de la ley, pensando que se cumple por obras civiles, y que son justos delante de Dios quienes hacen esto externamente. No consideran su verdadero y espiritual efecto, el cual no es justificar, ni tranquilizar y apaciguar las conciencias afligidas, sino aumentar el pecado, aterrar la conciencia y engendrar ira. Como ignoran esto, se jactan de que el hombre tiene buena voluntad y recto juicio de la razón para cumplir la ley de Dios. Pero, si esto es verdad o no, pregúntenselo al pueblo de la ley con su mediador, quienes oyeron la voz de la ley en el monte Sinaí. Pregúntenselo al mismo David, quien, cada vez que se queja en los Salmos de haber sido arrojado de la presencia de Dios, de estar aun en el infierno, y de haber sido aterrorizado y oprimido por la grandeza de su pecado, por la ira y el juicio de Dios, no opuso ni los sacrificios ni tampoco la ley misma contra estos poderosos tiranos, sino que fue levantado y consolado únicamente por la libre misericordia de Dios. Por tanto, la ley no justifica.

Si la ley sirviera a mis afectos, es decir, si aprobara mi hipocresía, mi opinión y mi confianza en mi propia justicia; si dijera que, sin la misericordia de Dios y la fe en Cristo, mediante su sola ayuda, como naturalmente juzga todo el mundo acerca de la ley, yo pudiera ser justificado delante de Dios; y además, si dijera que Dios es apaciguado y vencido por las obras, y que está obligado a recompensar a quienes las hacen, de modo que, sin necesidad de Dios, yo pudiera ser un dios para mí mismo, y merecer la gracia por mis obras, y, dejando aparte a mi Salvador Cristo, pudiera salvarme a mí mismo por mis propios méritos; si, digo, la ley sirviera así a mis afectos, entonces sí sería dulce, deleitable y agradable. Tan bien sabe la razón adularse a sí misma. Sin embargo, esto no duraría más que hasta que la ley viniera a su propio uso y oficio. Entonces aparecería que la razón no puede soportar aquellos brillantes rayos de la ley. Allí necesariamente tendría que venir algún Moisés como mediador, y aun así sin fruto alguno, como declararé después.

Para este propósito sirve aquel pasaje del capítulo 3 de la Segunda Epístola a los Corintios, acerca del rostro cubierto de Moisés, donde Pablo, a partir de la historia del capítulo 24 de Éxodo, muestra que los hijos de Israel no solo no conocían, sino que tampoco podían soportar el verdadero y espiritual uso de la ley. Primero, porque no podían mirar al fin de la ley, dice Pablo, a causa del velo que Moisés puso sobre su rostro. Además, no podían mirar el rostro de Moisés, desnudo y descubierto, por la gloria de su semblante. Porque cuando Moisés iba a hablar con ellos, cubría su rostro con un velo, sin el cual no podían soportar su conversación; es decir, no podían oír al mismo Moisés, su mediador, a menos que hubiera puesto otro mediador en medio, esto es, el velo. ¿Cómo, entonces, habrían de oír la voz de Dios, o de un ángel, cuando no podían oír la voz de Moisés, siendo solo un hombre, y además su mediador, a menos que su rostro estuviera cubierto? Por tanto, a menos que venga la simiente bendita para levantar y consolar al que ha oído la ley, perece por la desesperación, detestando la ley, odiando y blasfemando a Dios, y ofendiendo a Dios cada día más y más. Porque este temor y confusión de conciencia que trae la ley, cuanto más profundamente penetra y cuanto más tiempo dura, tanto más aumenta el odio y la blasfemia contra Dios.

La historia, por tanto, enseña cuál es el poder del libre albedrío. El pueblo es herido de temor, tiembla y retrocede. ¿Dónde está ahora el libre albedrío? ¿Dónde está ahora esa buena voluntad, ese buen propósito, ese recto juicio de la razón, de los cuales tanto se jactan los papistas? ¿De qué sirve aquí el libre albedrío en estos hombres santificados y santos? No puede decir nada. Ciega su razón; pervierte su voluntad. No recibe, no saluda, no abraza con gozo al Señor que viene con truenos, relámpagos y fuego al monte Sinaí. No puede oír la voz del Señor; sino que, por el contrario, dice: «No hable Dios con nosotros, para que no muramos». Vemos entonces cuál es la fuerza y el poder del libre albedrío en los hijos de Israel, quienes, aunque estaban limpios y santificados, no podían soportar oír una sola sílaba o letra de la ley. Por tanto, estas altas alabanzas que los papistas dan a su libre albedrío no son otra cosa que meros juguetes y sueños de delirantes.

Gálatas 3:20

Ahora bien, un mediador no es mediador de uno solo.

Aquí compara estos dos mediadores, y lo hace con una brevedad admirable; y sin embargo satisface al lector atento, quien, porque esta palabra mediador es general, entiende enseguida que Pablo habla del mediador en general, y no solo de Moisés. “Un mediador”, dice él, “no es mediador de uno solo”. Pero esta palabra necesariamente comprende a dos; es decir, al ofendido y al ofensor. Uno de ellos tiene necesidad de intercesión, y el otro no la necesita. Por tanto, un mediador no es de uno, sino de dos, y de dos que están en desacuerdo entre sí. Así, por una definición general, Moisés es mediador, porque cumple el oficio de mediador entre la ley y el pueblo, el cual no puede soportar el uso verdadero y espiritual de la ley. Por eso la ley debe tomar un nuevo aspecto, y su voz debe ser cambiada; es decir, la voz de la ley debe hacerse espiritual, o la ley debe ser vivificada en el afecto interior, y debe ponerse una máscara o un velo, para que ahora llegue a ser más tolerable, y así el pueblo pueda oírla por la voz de Moisés.

Ahora bien, estando así cubierta la ley, ya no habla en su majestad, sino por boca de Moisés. De esta manera ya no hace su oficio; es decir, no aterroriza la conciencia. Y esta es la causa de que ni la entiendan ni la tengan en cuenta, por lo cual llegan a ser hipócritas seguros, negligentes y presuntuosos. Y sin embargo, una de estas dos cosas necesariamente ha de suceder: o la ley debe quedar sin su uso y cubierta con un velo —pero entonces, como he dicho, hace hipócritas—, o bien debe estar en su uso, sin el velo, y entonces mata. Porque el corazón del hombre no puede soportar la ley en su verdadero uso sin el velo. Te conviene, por tanto, si miras al fin de la ley sin velo, o aferrarte por la fe a aquella simiente bendita; es decir, debes mirar más allá del fin de la ley hacia Cristo, que es el cumplimiento de la ley, el cual puede decirte: La ley ya te ha aterrorizado bastante; ten ánimo, hijo mío, tus pecados te son perdonados —de lo cual hablaré más adelante—; o, si no, ciertamente tendrás a Moisés por mediador, con su velo.

Por esta causa Pablo dice: “Un mediador no es mediador de uno”. Porque no podía ser que Moisés fuese mediador de Dios solamente, pues Dios no necesita mediador. Y tampoco es mediador solo del pueblo, sino que cumple el oficio de mediador entre Dios y el pueblo, que estaban en discordia con Dios. Porque es oficio del mediador aplacar a la parte ofendida y reconciliar con ella a la parte ofensora. Sin embargo, Moisés es un mediador tal como he dicho, que no hace otra cosa sino cambiar la voz de la ley y hacerla tolerable, para que el pueblo pueda soportar oírla; pero no da poder para cumplirla. En resumen: es un mediador del velo, y por eso no da poder para cumplir la ley, sino solo en el velo. Por tanto, sus discípulos, en cuanto él es mediador del velo, siempre han de ser hipócritas.

Pero ¿qué piensan ustedes que habría sucedido si la ley hubiera sido dada sin Moisés, ya fuera antes o después de Moisés, y no hubiera habido mediador; y además, si al pueblo no se le hubiera permitido ni huir ni tener mediador? Aquí, el pueblo, abatido por un temor intolerable, o bien habría perecido al instante, o bien, si hubiera escapado, necesariamente tendría que haber venido algún otro mediador, que se pusiera entre la ley y el pueblo, a fin de que tanto el pueblo fuera preservado como la ley permaneciera en vigor, y también se hiciera una expiación entre la ley y el pueblo. Es verdad que Moisés aparece entretanto y es hecho mediador; se pone un velo y cubre su rostro; pero no puede librar las conciencias de los hombres de la angustia y del terror que trae la ley.

Por tanto, cuando el pobre pecador, a la hora de la muerte o en el conflicto de conciencia, siente la ira y el juicio de Dios por el pecado, que la ley revela y aumenta, aquí, para guardarlo de la desesperación, dejando a un lado a Moisés con su ley, debe tener un mediador que pueda decirle: Aunque seas pecador, sin embargo vivirás; es decir, no morirás, aunque la ley, con su ira y maldición, permanezca todavía.

Este mediador es Jesucristo, quien no cambia la voz de la ley, ni la esconde con un velo como hizo Moisés, ni me saca fuera de la vista de la ley; sino que se pone él mismo contra la ira de la ley y la quita, y satisface a la ley en su propio cuerpo por sí mismo. Y por el evangelio me dice: «Ciertamente la ley te amenaza con la ira de Dios y con la muerte eterna; pero no temas; no huyas, sino permanece firme: yo suplo y cumplo todas las cosas por ti; yo satisfago la ley por ti». Hay un mediador que excede por mucho a Moisés, el cual se pone entre Dios ofendido y el ofensor. La intercesión de Moisés aquí no aprovecha nada; él ya hizo su oficio, y él con su velo ahora ha desaparecido. Aquí el pecador miserable, totalmente desesperado, o un hombre que ya se acerca a la muerte, y Dios ofendido, se enfrentan entre sí. Por tanto, debe venir un mediador muy distinto de Moisés, que pueda satisfacer la ley, quitar su ira, y reconciliar con Dios airado a ese pobre pecador, miserable y culpable de muerte eterna.

De este mediador habla Pablo brevemente cuando dice: “Un mediador no es mediador de uno”. Porque esta palabra mediador significa propiamente uno que cumple el oficio de mediador entre la parte ofendida y el ofensor. Nosotros somos los ofensores. Dios, con su ley, es el ofendido. Y la ofensa es tal, que Dios no puede perdonarla, ni nosotros podemos satisfacer por ella. Por tanto, entre Dios —que por sí mismo es uno— y nosotros hay una discordia maravillosa. Además, Dios no puede revocar su ley, sino que quiere que sea observada y guardada. Y nosotros, que hemos transgredido la ley, no podemos huir de la presencia de Dios. Cristo, por tanto, se ha puesto como mediador entre dos que son completamente contrarios y están separados el uno del otro por una separación infinita y eterna, y los ha reconciliado. ¿Y cómo lo ha hecho? «Anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz, y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz» como dice Pablo en otro lugar. Por tanto, él no es mediador de uno, sino de dos, totalmente en desacuerdo entre sí.

Este también es un pasaje lleno de poder y eficacia para confundir la justicia de la ley, y para enseñarnos que, en materia de justificación, debe ser completamente quitada de nuestra vista. También esta palabra mediador da materia suficiente para probar que la ley no justifica; porque de otro modo, ¿qué necesidad tendríamos de un mediador? Viendo, pues, que la naturaleza del hombre no puede soportar ni siquiera oír la ley, mucho menos es capaz de cumplirla o de concordar con ella.

Esta doctrina —que repito tan a menudo, y que no sin cierta pesadez sigo inculcándoles— es la verdadera doctrina de la ley, la cual todo cristiano debe aprender con toda diligencia, para que pueda definir verdaderamente qué es la ley, cuál es su uso y oficio verdadero, cuáles son sus límites, cuál es su poder, su tiempo y su fin. Porque produce un efecto totalmente contrario al juicio de todos los hombres, los cuales tienen naturalmente arraigada en sí esta opinión pestilente y perniciosa: que la ley justifica. Por eso temo que esta doctrina vuelva a ser borrada y oscurecida cuando nosotros hayamos muerto. Porque antes de que venga el último día, el mundo tiene que llenarse de horribles tinieblas y errores.

Por tanto, el que pueda entender esto, entiéndalo: que la ley, en la verdadera teología cristiana, y en su verdadera y propia definición, no justifica, sino que tiene un efecto completamente contrario. Porque nos muestra y nos revela a nosotros mismos; pone delante de nosotros a Dios en su ira; revela la ira de Dios; nos aterroriza; y no solo revela el pecado, sino que también aumenta poderosamente el pecado, de modo que donde antes el pecado era poco, ahora por la ley, que lo saca a la luz, se vuelve sobremanera pecaminoso; de manera que el hombre comienza ahora a odiar la ley y a huir de ella, y a aborrecer con odio perfecto a Dios, el autor de la ley. Esto no es ser justificado por la ley —y la misma razón se ve obligada a admitirlo—, sino cometer un doble pecado contra la ley: primero, no solo tener una voluntad tan contraria a la ley que no puedes oírla, sino también hacer lo contrario de lo que manda; y segundo, odiarla de tal manera, que desearías que fuera abolida, juntamente con Dios mismo, que es su autor y absolutamente bueno.

Ahora bien, ¿qué blasfemia mayor, qué pecado más horrible, puede imaginarse que odiar a Dios, aborrecer su ley y no soportar oírla, siendo no obstante buena y santa? Porque la historia da claro testimonio de que el pueblo de Israel rehusó oír aquella excelente ley, aquellas santísimas y muy bondadosas palabras, a saber: «Yo soy Jehová tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre. No tendrás dioses ajenos delante de mí», etc.; «y hago misericordia a millares», etc.; «Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra», etc. (Éx 20:2; Dt 5:5); y de que tuvieron necesidad de un mediador. No podían soportar esta excelentísima, perfecta y divina sabiduría, esta doctrina tan bondadosa, dulce y consoladora. «No hable Dios con nosotros, para que no muramos», dicen ellos; «habla tú con nosotros», etc. Sin duda es cosa maravillosa que el hombre no pueda oír aquello que es toda su felicidad, a saber, que tiene un Dios, y además un Dios misericordioso, que tendrá misericordia de él por muchos miles de generaciones, etc. Y además, que no pueda soportar aquello que es su principal seguridad y defensa, a saber: «No matarás. No cometerás adulterio. No hurtarás». Porque con estas palabras el Señor ha defendido y fortalecido, como con un muro, la vida del hombre, su esposa, sus hijos y sus bienes, contra la fuerza y la violencia de los malvados.

La ley, pues, no puede hacer otra cosa, sino que con su luz alumbra la conciencia, para que conozca el pecado, la muerte, el juicio y la ira de Dios. Antes que venga la ley, yo estoy seguro. No siento pecado. Pero cuando viene la ley, el pecado, la muerte y el infierno me son revelados. Esto no es ser hecho justo, sino ser hecho culpable y enemigo de Dios, ser condenado a la muerte y al fuego del infierno. El punto principal de la ley, por tanto, en la verdadera teología cristiana, es hacer a los hombres no mejores, sino peores; es decir, les muestra su pecado, para que por el conocimiento de este sean humillados, aterrorizados, quebrantados y deshechos, y así sean impulsados a buscar consuelo, y de este modo vengan a aquella simiente bendita.

Pero Dios es uno.

Dios no ofende a nadie, y por eso no necesita mediador. Pero nosotros ofendemos a Dios, y por eso tenemos necesidad de un mediador, no Moisés, sino Cristo, que habla por nosotros cosas mucho mejores, etc. Hasta aquí ha continuado en su digresión. Ahora vuelve a su propósito.

Gálatas 3:21

¿Es, pues, la ley contraria a las promesas de Dios?

Pablo dijo antes que la ley no justifica. ¿Quitaremos entonces la ley? No, de ninguna manera. Porque trae consigo cierta utilidad. ¿Cuál es? Lleva a los hombres al conocimiento de sí mismos. Descubre y aumenta el pecado, etc. Aquí surge ahora otra objeción: si la ley no hace otra cosa sino empeorar a los hombres, al mostrarles su pecado, entonces es contraria a las promesas de Dios. Porque parece que Dios solamente es provocado a ira y ofendido por medio de la ley, y por eso no toma en cuenta ni cumple sus promesas. Nosotros, los judíos, hemos pensado lo contrario; a saber, que somos restringidos y refrenados por esta disciplina externa, a fin de que Dios, movido por ella, apresure el cumplimiento de su promesa, y que por esa disciplina nosotros merezcamos la promesa. Pablo responde: no es así en absoluto. Al contrario, si miran a la ley, la promesa más bien es estorbada. Porque la razón natural ofende a Dios, quien promete con tanta fidelidad, mientras no quiere oír su ley buena y santa. Porque dice: «No hable Dios con nosotros», etc. ¿Cómo puede ser entonces que Dios cumpla su promesa a aquellos que no solo no reciben su ley y su disciplina, sino que además con odio mortal la evitan y huyen de ella? Aquí, pues, como dije, surge esta objeción: “¿Es la ley contra la promesa de Dios?” Esta objeción Pablo la toca de paso, y la responde brevemente, diciendo:

En ninguna manera. ¿Por qué? Primero, porque Dios no nos hace promesa por causa de nuestra dignidad, nuestros méritos o nuestras buenas obras, sino por causa de su propia bondad y misericordia en Cristo. No le dice a Abraham: «Todas las naciones serán benditas en ti porque has guardado la ley». Sino que, cuando estaba incircunciso, no tenía ley y todavía era idólatra, le dijo: «Vete de tu tierra», etc. «Yo soy tu escudo», etc. También: «En tu simiente serán benditas todas las naciones» (Gn 12:1; 15:1, 12, 18). Estas son promesas absolutas y puras, que Dios da libremente a Abraham, sin condición ni consideración de obras, ya sean anteriores o posteriores.

Esto va especialmente contra los judíos, que piensan que las promesas de Dios son impedidas por causa de sus pecados. “Dios”, dice Pablo, “no retrasa sus promesas por nuestros pecados, ni las apresura por nuestra justicia y méritos. No toma en cuenta ni lo uno ni lo otro”. Por tanto, aunque nos volvamos más pecadores, y por medio de la ley lleguemos a mayor desprecio y odio de Dios, con todo eso Dios no es movido por ello a diferir su promesa. Porque su promesa no descansa sobre nuestra dignidad, sino solamente sobre su bondad y misericordia. Por eso, cuando los judíos dicen que el Mesías aún no ha venido porque nuestros pecados impiden su venida, eso es un sueño detestable. Como si Dios llegara a ser injusto por causa de nuestros pecados, o fuera hecho mentiroso porque nosotros somos mentirosos. Él permanece siempre justo y verdadero; por tanto, su verdad es la única causa por la cual cumple y lleva a cabo su promesa.

Además, aunque la ley revela y aumenta el pecado, no por eso es contraria a las promesas de Dios; antes bien, las confirma. Porque, en cuanto a su propia obra y fin, humilla y prepara al hombre, si él la usa correctamente, para suspirar y buscar misericordia. Porque cuando el pecado es revelado al hombre y así aumentado por la ley, entonces comienza a percibir la maldad y el odio del corazón humano contra la ley y contra Dios mismo, autor de la ley. Entonces siente de verdad que no solo no ama a Dios, sino que también aborrece y blasfema a Dios, que es lleno de bondad y misericordia, y a su ley, que es justa y santa. Entonces se ve obligado a confesar que no hay nada bueno en él. Y así, cuando es derribado y humillado por la ley, reconoce que es sumamente miserable y digno de condenación. Cuando, pues, la ley obliga al hombre a reconocer así su propia corrupción y a confesar su pecado desde el fondo del corazón, entonces ha cumplido verdaderamente su oficio, y su tiempo se ha completado y terminado; y ahora es el tiempo de la gracia, para que la simiente bendita venga a levantar y consolar al que está así abatido y humillado por la ley.

De esta manera, la ley no es contraria a las promesas de Dios. Porque, primero, la promesa no depende de la ley, sino solo y únicamente de la verdad y la misericordia de Dios. Segundo, cuando la ley está en su principal fin y oficio, humilla al hombre, y al humillarlo, lo hace suspirar y gemir, y buscar la mano y ayuda del mediador, y hace que su gracia y su misericordia sean sumamente dulces y consoladoras, como está dicho: «Y tu misericordia es buena» (Sal 109), y hace este don precioso e inestimable. Y así nos prepara y nos hace aptos para aferrarnos a Cristo y recibirlo. Porque, como dice el poeta, Dulcia non meruit, qui non gustavit amara:

Esto es:

Quien no ha probado las cosas amargas, no es digno de probar las cosas más dulces.

Hay un proverbio común: el hambre es la mejor cocinera.

Así como la tierra seca desea la lluvia, así también la ley hace que las almas turbadas y afligidas tengan sed de Cristo. Para tales personas, Cristo sabe dulcemente; para ellas él no es otra cosa sino gozo, consolación y vida. Y allí comienza a conocerse rectamente a Cristo y su beneficio.

Este es, pues, el principal uso de la ley: que el hombre pueda usarla de tal modo que lo humille y le haga tener sed de Cristo. Y de hecho, Cristo requiere almas sedientas, a las cuales él atrae y llama hacia sí muy amorosa y graciosamente cuando dice: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar» (Is 61:1; Lc 4:18). Por tanto, él se deleita en regar estas tierras secas. No derrama sus aguas sobre tierra gorda y fértil, ni sobre quienes no están secos ni desean agua. Sus beneficios son inestimables, y por eso no los da sino a quienes tienen necesidad de ellos y los desean ardientemente. Él anuncia buenas nuevas a los pobres; da de beber a los sedientos. «Si alguno tiene sed», dice San Juan, «venga a mí y beba» etc. «Él sana a los quebrantados de corazón» etc. (Jn 7:37; Sal 147:3). Es decir, consuela a los que están quebrantados y afligidos por la ley. Por tanto, la ley no es contraria a las promesas de Dios.

Porque si la ley dada pudiera vivificar, la justicia fuera verdaderamente por la ley.

Siempre tienen lista esta glosa pestilente, con la cual pervierten los pasajes de Pablo acerca de la ley, que revela el pecado y engendra ira —es decir, los diez mandamientos—, diciendo que Pablo habla solamente de la ley ceremonial y no de la ley moral. Pero Pablo habla claramente cuando dice: «Porque si la ley dada pudiera vivificar», etc. Y no exceptúa ninguna ley. Por tanto, esta glosa de los papistas no vale nada. Porque las leyes ceremoniales fueron mandadas por Dios no menos que las leyes morales, y se guardaban con la misma estricta obligación. Los judíos también guardaban la circuncisión tan exactamente como el día de reposo. Es bastante evidente, por tanto, que Pablo habla de toda la ley.

Estas palabras del Apóstol se cantan y se recitan en el papado y en todas sus iglesias; y sin embargo, enseñan y viven completamente al contrario. Pablo dice simplemente que no fue dada ninguna ley para vivificar y traer vida; pero los papistas enseñan lo contrario, y afirman que muchas e infinitas leyes son dadas para vivificar y traer vida. Aunque no lo digan con palabras expresas, sin embargo, en realidad tal es su opinión, como lo testifica claramente su religión monástica, aparte de muchas otras leyes y tradiciones de hombres, sus obras y méritos antes de la gracia y después, y ceremonias innumerables, impías, y falsos cultos que han inventado de su propia cabeza. Y solo esas cosas han predicado, pisoteando el evangelio, y prometiendo con toda seguridad gracia, remisión de pecados y vida eterna a todos los que guardaran y cumplieran las mismas. Esto, digo, no puede negarse, porque sus libros, que aún existen, dan testimonio cierto de ello.

Pero nosotros, al contrario, afirmamos con Pablo que no hay ley alguna, sea ley de hombre o ley de Dios, que dé vida. Por eso, ponemos tanta diferencia entre la ley y la justicia como la hay entre la vida y la muerte, entre el cielo y el infierno. Y la causa que nos mueve a afirmar esto es aquel pasaje claro y evidente de Pablo, donde dice que la ley no fue dada para justificar, dar vida y salvar, sino solo para matar y destruir, contra la opinión de todos los hombres; porque naturalmente no pueden juzgar de otro modo acerca de la ley, sino que fue dada para obrar justicia y dar vida y salvación.

Esta diferencia entre los oficios de la ley y del evangelio conserva toda la doctrina cristiana en su verdadero y propio uso. También hace que el hombre fiel sea juez de toda clase de vida, de las leyes y decretos de todos los hombres, y de toda doctrina cualquiera que sea, y le da poder para probar toda clase de espíritus. Por el contrario, los papistas, porque confunden y mezclan la ley y el evangelio, no pueden enseñar nada con certeza acerca de la fe, las obras, los estados y condiciones de vida, ni acerca de la diferencia de espíritus.

Ahora, pues, después de que Pablo ha desarrollado sus refutaciones y argumentos suficiente y ordenadamente, enseña que la ley, si consideran su verdadero y perfecto uso, no es otra cosa sino un ayo que nos lleva a la justicia. Porque humilla a los hombres, los prepara y los hace aptos para recibir la justicia de Cristo, cuando hace su propia y verdadera obra y oficio; es decir, cuando los hace culpables, los aterra y los lleva al conocimiento del pecado, de la ira, de la muerte y del infierno. Porque cuando ha hecho esto, desaparece la opinión de la justicia y santidad propia del hombre, y Cristo con sus beneficios empieza a volverse dulce para él. Por eso, la ley no es contraria a las promesas de Dios, sino que más bien las confirma. Es verdad que no cumple la promesa ni trae justicia; sin embargo, nos humilla por su ejercicio y oficio, y así nos hace más sedientos y más aptos para recibir el beneficio de Cristo. Por eso dice: si hubiera sido dada alguna ley que pudiera haber traído justicia, y por la justicia, vida —porque nadie puede alcanzar la vida si primero no es justo—, entonces en verdad la justicia vendría por la ley. Además, si hubiera algún estado de vida, alguna obra, alguna religión por la cual el hombre pudiera obtener remisión de pecados, justicia y vida, entonces esas cosas ciertamente justificarían y darían vida. Pero esto es imposible; porque

Gálatas 3:22

La Escritura encerró a todos bajo pecado.

¿Dónde? Primero, en las mismas promesas acerca de Cristo; como en Génesis 3:15: «Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar.» Y en Gn 22: «En tu simiente», etc. Dondequiera, pues, que en las Escrituras se hace alguna promesa a los padres acerca de Cristo, allí se promete la bendición; es decir, la justicia, la salvación y la vida eterna. Por lo tanto, por el contrario, es evidente que aquellos que han de recibir la bendición están sujetos a la maldición; esto es, al pecado y a la muerte eterna. Pues, de otro modo, ¿para qué fin fue prometida la bendición?

En segundo lugar, la Escritura encierra a los hombres bajo pecado y bajo maldición, especialmente por medio de la ley, porque ese es su oficio propio: revelar el pecado y producir ira, como hemos declarado a lo largo de toda esta epístola; pero principalmente por esta sentencia de Pablo: «Porque todos los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición» (Gá 3:10); y también por aquel pasaje que el apóstol alega del capítulo 27 de Deuteronomio: «Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas», etc. Porque estas sentencias, con palabras claras, encierran bajo pecado y bajo maldición no solo a los que pecan manifiestamente contra la ley, o no la cumplen exteriormente, sino también a los que están bajo la ley y con todo empeño procuran cumplirla; y tales eran los judíos, como antes he dicho. Mucho más, entonces, este mismo pasaje de Pablo encierra bajo pecado y bajo maldición a todos los monjes, frailes, ermitaños, cartujos y semejantes, y también sus profesiones, reglas y religiones, a las cuales atribuían tal santidad, que cuando un hombre había hecho el voto de su profesión, si moría enseguida, soñaban que iba derecho al cielo. Pero aquí oyen claramente que la Escritura encierra a todos bajo pecado. Por tanto, ni el voto ni la religión del cartujo, por muy angélica que sea, es justicia delante de Dios; porque la Escritura encerró a todos bajo pecado; todos están malditos y condenados. ¿Quién pronuncia esta sentencia? La Escritura. ¿Y dónde? Primero, por esta promesa: «La simiente de la mujer herirá la cabeza de la serpiente»; «En ti serán benditas», etc., y otros pasajes semejantes. Además, por toda la ley, cuyo oficio principal es hacer a los hombres culpables de pecado. Por tanto, ningún monje, ningún cartujo, ningún celestino, hiere la cabeza de la serpiente; más bien permanecen heridos y quebrantados bajo la cabeza de la serpiente, es decir, bajo el poder del diablo. ¿Quién creerá esto?

En resumen, todo lo que está fuera de Cristo y de su promesa, ya sea la ley de Dios o la ley del hombre, ya sea la ley ceremonial o la moral, sin excepción alguna, está encerrado bajo pecado; porque la Escritura encierra a todos bajo pecado. Ahora bien, el que dice “todos” nada exceptúa. Por eso concluimos con Pablo que las formas de gobierno y las leyes de todas las naciones, por muy buenas y necesarias que sean, junto con todas las ceremonias y religiones, sin la fe en Cristo, están y permanecen bajo pecado, muerte y condenación eterna, a menos que la fe en Jesucristo las acompañe, o más bien vaya antes, como sigue en lo que viene después. De este asunto ya hemos hablado largamente antes.

Por tanto, esta es una proposición verdadera: solo la fe justifica sin obras; aunque nuestros adversarios de ninguna manera pueden soportarlo. Porque Pablo concluye aquí con fuerza que la ley no vivifica ni da vida, porque no fue dada para ese fin. Si, pues, la ley no justifica ni da vida, mucho menos justifican las obras. Porque cuando Pablo dice que la ley no da vida, su intención es que tampoco las obras dan vida. Pues es más decir que la ley vivifica y da vida, que decir que las obras vivifican y dan vida. Si, entonces, la ley misma, aun cumplida, aunque es imposible que sea cumplida, no justifica, mucho menos justifican las obras. Concluyo, por tanto, que solo la fe justifica y trae vida, sin obras. Pablo no puede sufrir este añadido: la fe, unida con obras, justifica; sino que procede sencillamente por la negativa (Ro 3), como también hace antes en el capítulo 2: «ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado». Y otra vez en este lugar: la ley no fue dada para traer vida.

Para que la promesa que es por la fe en Jesucristo fuese dada a los creyentes.

Antes dijo que la Escritura encerró a todos bajo pecado. ¿Qué? ¿Para siempre? No; sino hasta que la promesa fuese dada. Ahora bien, la promesa es la herencia misma, o la bendición prometida a Abraham; a saber, la liberación de la ley, del pecado, de la muerte y del diablo, y el don gratuito de la gracia, la justicia, la salvación y la vida eterna. Esta promesa, dice él, no se obtiene por mérito alguno, por ninguna ley ni por ninguna obra, sino que es dada. ¿A quiénes? A los que creen. ¿En quién? En Jesucristo, quien es la simiente bendita, que redimió a todos los creyentes de la maldición, para que recibiesen la bendición. Estas palabras no son oscuras, sino bastante claras. Sin embargo, debemos notarlas diligentemente y sopesar bien su fuerza y peso. Porque si todos están encerrados bajo pecado, se sigue que todas las naciones están malditas y privadas de la gracia de Dios; también, que están bajo la ira de Dios y el poder del diablo; y que nadie puede ser librado de ello por ningún otro medio que no sea la fe en Jesucristo. Con estas palabras, por tanto, Pablo arremete poderosamente contra las opiniones fantásticas de los papistas y de todos los justiciarios acerca de la ley y de las obras, cuando dice «para que la promesa que es por la fe en Jesucristo fuese dada a todos los creyentes».

Ahora bien, cómo debemos responder a esos pasajes que hablan de obras y recompensas, ya lo he declarado suficientemente antes. Y el asunto no requiere ahora que digamos nada acerca de las obras. Porque no hemos emprendido aquí tratar de las obras, sino de la justificación; es decir, que no se obtiene por la ley ni por las obras, puesto que todas las cosas están encerradas bajo pecado y bajo maldición, sino por la fe en Cristo. Cuando salimos del tema de la justificación, no podemos alabar ni engrandecer suficientemente las obras que Dios manda. Porque, ¿quién puede elogiar y exponer suficientemente el provecho y el fruto de una sola obra que un cristiano hace por la fe y en fe? En verdad, es más preciosa que el cielo y la tierra. Por tanto, el mundo entero no es capaz de dar una recompensa digna a una obra tan buena. Más aún, el mundo no tiene la gracia para engrandecer las obras santas de los fieles como merecen, y mucho menos para recompensarlas; porque no las ve, o, si las ve, no las estima como buenas obras, sino como crímenes sumamente impíos y detestables, y libra al mundo de quienes las hacen, como si fueran plagas muy pestilentes para la humanidad.

Así, Cristo, el Salvador del mundo, en recompensa por sus beneficios incomprensibles e inestimables, fue entregado a la muerte más vergonzosa de la cruz. También los apóstoles, al traer al mundo la palabra de gracia y de vida eterna, fueron tenidos por la escoria y el desecho de todo el mundo. Esta es la hermosa recompensa que el mundo da por beneficios tan grandes e indecibles. Pero las obras hechas sin fe, aunque tengan una apariencia de santidad muy hermosa, están bajo maldición. Por eso, tan lejos están sus hacedores de merecer gracia, justicia y vida eterna, que más bien amontonan pecado sobre pecado. De esta manera obra el Papa, ese hijo de perdición, y todos los que lo siguen. Así obran todos los mercaderes de méritos y los herejes que han caído de la fe.

Gálatas 3:23

Pero antes que viniese la fe.

Prosigue declarando el provecho y la necesidad de la ley. Ya había dicho antes que la ley fue añadida por causa de las transgresiones; no porque el propósito principal de Dios fuera hacer una ley que trajera muerte y condenación, como él dice en Ro 7: «¿Luego lo que es bueno, vino a ser muerte para mí? En ninguna manera». Porque la ley es una palabra que muestra la vida y conduce a los hombres a ella. Por tanto, no fue dada solamente como ministro de muerte, sino que su uso y fin principal es revelar la muerte, para que se vea y se conozca cuán horrible es el pecado. Sin embargo, no revela la muerte como si no tendiera a otro fin que matar y destruir, sino que la revela con este propósito: que, cuando los hombres sean aterrados, abatidos y humillados, teman a Dios. Y esto lo declara el capítulo veinte de Éxodo: «No temáis; porque para probaros vino Dios, y para que su temor esté delante de vosotros, para que no pequéis» (Éx 20:20). Por tanto, el oficio de la ley es matar, y aun así de tal manera que Dios pueda vivificar y dar vida otra vez. La ley, pues, no fue dada solamente para matar; sino que, porque el hombre es orgulloso y sueña que es sabio, justo y santo, es necesario que sea humillado por la ley, para que sea muerta esta bestia, es decir, la opinión de justicia propia; porque de otro modo nadie puede alcanzar la vida.

Así que, aunque la ley mata, Dios usa este efecto de la ley, esta muerte, como un medio para un buen fin; es decir, para traer vida. Porque Dios, viendo que esta plaga universal de todo el mundo, a saber, la opinión que el hombre tiene de su propia justicia, su hipocresía y su confianza en su propia santidad, no podía ser derribada por ningún otro medio, quiso que fuera muerta por la ley; no para siempre, sino para que, una vez muerta, el hombre fuese levantado otra vez por encima y más allá de la ley, y allí pudiera oír esta voz: No temas; no te he dado la ley ni te he matado por la ley para que permanezcas en esta muerte, sino para que me temas y vivas. Porque la presunción de las buenas obras y de la justicia no puede coexistir con el temor de Dios; y donde no hay temor de Dios, no puede haber sed de gracia ni de vida. Por eso Dios debe tener un martillo fuerte, o una gran maza, para quebrar las rocas, y un fuego ardiente en medio del cielo para derribar los montes; es decir, para destruir esta bestia furiosa y obstinada, esta presunción. Así, cuando el hombre, por haber sido quebrantado y desmenuzado, sea reducido a nada, desesperará de su propia fuerza, justicia y santidad; y, estando así completamente aterrado, tendrá sed de misericordia y de remisión de pecados.

Pero antes que viniese la fe, estábamos confinados bajo la ley, encerrados para aquella fe que iba a ser revelada.

Es decir, antes que viniera el tiempo del evangelio y de la gracia, el oficio de la ley era que fuésemos encerrados y guardados bajo ella, como en una cárcel. Esta es una comparación hermosa y muy adecuada, que muestra el efecto de la ley y cómo hace justos a los hombres; por tanto, debe considerarse cuidadosamente. Ningún ladrón, homicida, adúltero o cualquier otro malhechor ama las cadenas y grillos, la cárcel oscura y repugnante donde yace fuertemente atado; antes bien, si pudiera, despedazaría y haría polvo la prisión con sus hierros y sus cadenas. Es cierto que, mientras está en la cárcel, se abstiene de hacer el mal; pero no de buena voluntad ni por amor a la justicia, sino porque la cárcel lo refrena y no le permite hacerlo. Y aunque así está preso, no odia su robo ni su homicidio; al contrario, le pesa de todo corazón no poder robar y hurtar, herir y matar. Lo que aborrece es la cárcel; y, si escapara, robaría y mataría como antes.

La ley encierra a los hombres bajo pecado de dos maneras: civil y espiritualmente.

Tal es la fuerza de la ley y de la justicia que procede de la ley, que nos obliga a ser exteriormente buenos cuando amenaza de muerte o de cualquier otro castigo a los transgresores. Aquí, en verdad, obedecemos la ley, pero por temor al castigo; es decir, de mala gana y con gran indignación. Pero, ¿qué clase de justicia es esta, cuando nos abstenemos del mal por miedo al castigo? Por tanto, esta justicia de obras no es en realidad otra cosa que amar el pecado y odiar la justicia, detestar a Dios con su ley, y amar y reverenciar lo que es más horrible y abominable. Porque así como el ladrón ama cordialmente la cárcel y aborrece su robo, con esa misma alegría obedecemos nosotros la ley, cumpliendo lo que manda y evitando lo que prohíbe.

Sin embargo, este fruto y este provecho trae la ley, aunque los corazones de los hombres sigan siendo muy perversos: que primero, exterior y civilmente, refrena en cierta manera a los ladrones, homicidas y otros malhechores. Porque, si no vieran ni entendieran que el pecado es castigado en esta vida con prisión, con la horca, con la espada y cosas semejantes, y después de esta vida con condenación eterna y fuego del infierno, ningún magistrado podría frenar la furia y la violencia de los hombres con leyes, lazos o cadenas. Pero las amenazas de la ley infunden terror en los corazones de los impíos, por medio del cual son de algún modo frenados, para que no se precipiten, como de otra manera lo harían, a toda clase de maldad. Sin embargo, preferirían que no hubiera ley, ni castigo, ni infierno, y finalmente, que no hubiera Dios. Si Dios no tuviera infierno, o no castigara a los impíos, sería amado y alabado por todos los hombres. Pero como castiga a los impíos, y todos son impíos, por estar encerrados bajo la ley no pueden hacer otra cosa sino odiar mortalmente a Dios y blasfemarlo.

Además, la ley encierra a los hombres bajo pecado no solo civilmente, sino también espiritualmente; es decir, la ley es también una prisión espiritual y un verdadero infierno. Porque cuando revela el pecado, amenaza con la muerte y con la ira eterna de Dios, el hombre no puede evitarlo ni hallar consuelo alguno. Pues no está en el poder del hombre sacudirse estos horribles terrores que la ley levanta en la conciencia, ni ninguna otra angustia o amargura de espíritu. De aquí vienen aquellas lamentables quejas de los santos, que se encuentran por todas partes en los Salmos: «Porque en la muerte no hay memoria de ti; En el Seol, ¿quién te alabará?» etc. (Sal 6:5). Porque entonces el hombre está encerrado en una prisión, de la cual no puede escapar, ni ve cómo puede ser librado de estas cadenas, es decir, de estos horribles terrores.

Así, la ley es una prisión tanto civil como espiritualmente. Porque primero refrena y encierra a los impíos, para que no se precipiten conforme a sus propias concupiscencias a toda clase de maldad. Además, espiritualmente nos muestra nuestro pecado, nos aterra y nos humilla, para que, al ser así aterrados y humillados, aprendamos a conocer nuestra propia miseria y condenación. Y este es el verdadero y propio uso de la ley, con tal que no sea perpetuo. Porque este encierro y sujeción bajo la ley no debe durar más que hasta que venga la fe; y cuando viene la fe, entonces esta prisión espiritual debe tener su fin.

Aquí vemos otra vez que, aunque la ley y el evangelio están separados por gran distancia, sin embargo, en cuanto a los afectos interiores, están muy estrechamente unidos el uno con el otro. Esto lo muestra Pablo cuando dice: «Estábamos confinados bajo la ley, encerrados para aquella fe que iba a ser revelada». Por tanto, no basta con que estemos encerrados bajo la ley; porque, si nada más siguiera, seríamos llevados a la desesperación y moriríamos en nuestros pecados. Pero Pablo añade además que somos encerrados y guardados bajo un ayo, que es la ley, no para siempre, sino para llevarnos a Cristo, que es el fin de la ley. Por eso, este aterrar, este humillar y este encerrar no deben continuar siempre, sino solo hasta que la fe sea revelada; es decir, continuarán solo el tiempo que sea para nuestro provecho y nuestra salvación. Así, cuando somos abatidos y humillados por la ley, entonces la gracia, la remisión de pecados y la liberación de la ley, del pecado y de la muerte se vuelven dulces para nosotros; las cuales no se obtienen por obras, sino que se reciben solo por la fe.

El que, en tiempo de tentación, puede juntar estas dos cosas tan opuestas y contrarias, es decir, el que cuando está completamente aterrado y abatido por la ley sabe que ahora ha llegado el fin de la ley y el principio de la gracia, o de la fe que ha de ser revelada, usa rectamente la ley. Todos los impíos son completamente ignorantes de este conocimiento y de esta habilidad. Caín no la conoció cuando fue encerrado en la prisión de la ley; es decir, no sintió terror, aunque ya había matado a su hermano; sino que disimuló el asunto astutamente, y pensó que Dios nada sabía de ello. «¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?», dijo. Pero cuando oyó esta palabra: «¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra» (Gn 4:10), entonces comenzó a sentir de verdad esta prisión. ¿Qué hizo entonces? Permaneció todavía encerrado en la prisión. No juntó el evangelio con la ley, sino que dijo: «Grande es mi castigo para ser soportado» (v. 13). Solo miró la prisión, sin considerar que su pecado le era revelado con este fin: para que corriera a Dios en busca de misericordia y perdón. Por eso desesperó y negó a Dios. No creyó que estaba encerrado para este fin, para que la gracia y la fe le fueran reveladas, sino solamente para permanecer siempre en la prisión de la ley.

Estas palabras, “estar guardados” y “estar encerrados”, no son vanas ni inútiles, sino muy verdaderas y de gran importancia. Este estar guardados y esta prisión significan los verdaderos terrores espirituales, por los cuales la conciencia queda tan encerrada, que en todo el ancho mundo no puede hallar lugar alguno donde estar segura. Sí, mientras duran estos terrores, la conciencia siente tal angustia y dolor, que piensa que el cielo y la tierra, aunque fueran diez veces más anchos y grandes de lo que son, serían más estrechos y angostos que el agujero de un ratón. Aquí el hombre está enteramente destituido de toda sabiduría, fuerza, justicia, consejo y ayuda. Porque la conciencia es algo maravillosamente delicado; por eso, cuando queda así encerrada bajo la prisión de la ley, no ve salida alguna para escapar. Y esta estrechez parece crecer cada día más, como si nunca hubiera de tener fin. Porque entonces siente la ira de Dios, la cual es infinita e inestimable, de cuya mano no puede escapar, como testifica el Salmo 139: «¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia?» etc.

Así como esta prisión o encierro mundano es una aflicción corporal, y el que está así encerrado no puede hacer uso de su cuerpo, de la misma manera la turbación y la angustia de la mente son una prisión espiritual; y el que está encerrado en esta prisión no puede disfrutar de la quietud del corazón ni de la paz de la conciencia. Y, sin embargo, no es así para siempre, como juzga la razón cuando siente esta prisión, sino hasta que la fe sea revelada. Por tanto, la pobre conciencia debe ser levantada y consolada de esta manera: Hermano, ciertamente estás encerrado; pero persuádete de que esto no se hace para que permanezcas en esta prisión para siempre. Porque está escrito que somos encerrados para aquella fe que iba a ser revelada. Así que eres afligido en esta prisión, no para tu destrucción, sino para que seas reanimado por la simiente bendita. Eres muerto por la ley, para que por medio de Cristo seas vivificado otra vez y restaurado a la vida. No desesperes, pues, como lo hicieron Caín, Saúl y Judas, quienes, estando así encerrados, no miraron más allá de su oscura prisión, y allí permanecieron; por eso desesperaron. Pero tú debes tomar otro camino en estos terrores de conciencia del que ellos tomaron; es decir, debes saber que está bien hecho, y que es bueno para ti estar así encerrado, confundido y reducido a nada. Usa, pues, este encierro correctamente, y como debes hacerlo; esto es, para que cuando la ley haya hecho su oficio, la fe sea revelada. Porque Dios no te aflige para que permanezcas siempre en esta aflicción. No te matará para que sigas en la muerte. «No quiero la muerte del impío», etc., dice él por el profeta Ezequiel (cap. 33:11). Sino que te afligirá para que seas humillado, y conozcas que tienes necesidad de misericordia y del beneficio de Cristo.

Este encierro, entonces, bajo la ley, no debe durar siempre, sino solamente hasta la venida o revelación de la fe; y esto nos lo enseña este dulce versículo del Salmo: «Se complace Jehová en los que le temen» (Sal 147:11); es decir, en los que están presos bajo la ley. Pero enseguida añade: «Y en los que esperan en su misericordia». Por tanto, debemos unir estas dos cosas, que en verdad son tan contrarias entre sí como puede ser. Porque, ¿qué puede ser más contrario que odiar y aborrecer la ira de Dios, y a la vez confiar en su bondad y misericordia? Lo uno es el infierno; lo otro es el cielo. Y, sin embargo, deben estar muy estrechamente unidos en el corazón. Por especulación y conocimiento desnudo un hombre puede unirlas fácilmente; pero hacerlo así por experiencia y práctica interior es, entre todas las cosas, lo más difícil, como yo mismo muchas veces lo he probado por mi propia experiencia. De este asunto los papistas y los sectarios no saben absolutamente nada. Por eso, estas palabras de Pablo son para ellos oscuras y completamente desconocidas; y cuando la ley les revela su pecado, los acusa y los aterra, no pueden hallar consejo, ni descanso, ni ayuda, ni socorro, sino que caen en desesperación, como Caín y Saúl.

Puesto que la ley, por tanto, como se ha dicho, es nuestro verdugo y nuestra prisión, es cierto que no podemos amarla, sino odiarla. Así que el que dice que ama la ley es un mentiroso, y no sabe lo que dice. Un ladrón y un salteador se mostrarían completamente locos si amaran la prisión, los grillos y las cadenas. Viendo, entonces, que la ley nos encierra y nos retiene en prisión, no puede ser sino que necesariamente seamos grandísimos enemigos de la ley. En conclusión: tan bien amamos la ley y su justicia como un asesino ama la oscura prisión, las estrechas ligaduras y los hierros. ¿Cómo, pues, podría la ley justificarnos?

Y encerrados bajo la fe que iba a ser revelada.

Pablo habla esto con respecto a la plenitud del tiempo en que vino Cristo. Pero debemos aplicarlo no solo a aquel tiempo, sino también al hombre interior. Porque lo que fue hecho históricamente, y según el tiempo en que vino Cristo, aboliendo la ley y sacando a luz la libertad y la vida eterna, se hace siempre espiritualmente en cada cristiano; en el cual se hallan continuamente, unas veces el tiempo de la ley, y otras veces el tiempo de la gracia. Porque el cristiano tiene un cuerpo, en cuyos miembros, como dice Pablo en otro lugar, mora el pecado y combate. Ahora bien, yo entiendo por pecado no solo el acto o la obra, sino también la raíz y el árbol, junto con los frutos, como suele hablar la Escritura del pecado. Este pecado no solamente está arraigado en la carne bautizada de cada cristiano, sino que además sostiene dentro de ella una guerra mortal, y la lleva cautiva; si no para que consienta en él o consume la obra, al menos la impulsa poderosamente hacia ello. Porque aunque un cristiano no caiga en pecados externos y groseros, como homicidio, adulterio, robo y semejantes, sin embargo no está libre de impaciencia, murmuración, odio y blasfemia contra Dios; pecados que para la razón y el hombre carnal son completamente desconocidos. Estas cosas lo fuerzan, sí, muy en contra de su voluntad, a detestar la ley; lo obligan a huir de la presencia de Dios; lo obligan a odiar y blasfemar a Dios. Porque así como la concupiscencia carnal es fuerte en un joven, y en un hombre de edad madura el deseo y amor de gloria, y en un viejo la codicia, así también en un hombre santo y fiel prevalecen grandemente la impaciencia, la murmuración, el odio y la blasfemia contra Dios. Ejemplos de esto hay muchos en los Salmos, en Job, en Jeremías, y por toda la Escritura. Pablo, por tanto, describiendo y exponiendo esta guerra espiritual, usa palabras muy enérgicas y apropiadas para el propósito, como combatir, rebelarse, retener y llevar cautivo, etc.

Estos dos tiempos, entonces, me refiero al de la ley y al del evangelio, están en un cristiano en cuanto a los afectos y al hombre interior. El tiempo de la ley es cuando la ley me ejercita, me atormenta con pesadumbre de corazón, me oprime, me lleva al conocimiento del pecado, y lo incrementa. Aquí la ley está en su verdadero uso y en su obra perfecta; cosa que un cristiano siente muchas veces mientras vive. Así fue dado a Pablo un aguijón en la carne, es decir, «un mensajero de Satanás que me abofetee» (2 Co 12:7). Él con gusto habría sentido a cada momento el gozo de la conciencia, la risa del corazón y el dulce sabor de la vida eterna. Asimismo, con gusto habría sido librado de toda turbación y angustia de espíritu, y por eso deseó que esta tentación le fuese quitada. Sin embargo, esto no se hizo, sino que el Señor le dijo: «Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad» (2 Co 12:9). Esta batalla la siente todo cristiano. Hablando de mí mismo, hay muchas horas en las que reprendo y disputo con Dios, y le resisto con impaciencia. La ira y el juicio de Dios me desagradan; y, por otra parte, mi impaciencia, mi murmuración y pecados semejantes le desagradan a él. Y este es el tiempo de la ley, bajo el cual vive continuamente un cristiano en cuanto a la carne. Porque «el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne» (Gá 5:17); pero en unos más y en otros menos.

El tiempo de la gracia es cuando el corazón vuelve a levantarse por la promesa de la libre misericordia de Dios, y dice: «¿Por qué te abates, oh alma mía, Y te turbas dentro de mí?» (Sal 42:5, 11). ¿No ves nada más que la ley, el pecado, el terror, la pesadumbre, la desesperación, la muerte, el infierno y el diablo? ¿No están también la gracia, la remisión de pecados, la justicia, la consolación, el gozo, la paz, la vida, el cielo, Cristo y Dios? No me turbes más, alma mía. ¿Qué es la ley? ¿Qué es el pecado? ¿Qué son todos los males, en comparación con estas cosas? Confía en Dios, que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte de cruz por tus pecados. Esto es, pues, estar encerrado bajo la ley según la carne, no para siempre, sino hasta que Cristo sea revelado. Por tanto, cuando la ley te derribe, te atormente y te aflija, entonces di: Señora Ley, tú no estás sola, ni eres todas las cosas; sino que además de ti hay otras cosas mucho mayores y mejores que tú, a saber, la gracia, la fe y la bendición. Esta gracia, esta fe y esta bendición no me acusan, no me aterrorizan, no me condenan; sino que me consuelan, me mandan confiar en el Señor, y me prometen victoria y salvación en Cristo. No hay causa, por tanto, para que yo desespere. El que es diestro en este arte y habilidad, verdaderamente puede ser llamado teólogo con razón. Los espíritus fantásticos y sus discípulos en este tiempo, que continuamente se jactan del espíritu, se persuaden a sí mismos de que son muy expertos y hábiles en esto. Pero yo, y otros como yo, apenas hemos aprendido sus primeros principios. En verdad se aprende; pero mientras la carne y el pecado permanezcan, nunca puede aprenderse perfectamente y como debería. Así que un cristiano está dividido en dos tiempos. En cuanto es carne, está bajo la ley; en cuanto es espíritu, está bajo la gracia. La concupiscencia, la avaricia, la ambición y el orgullo siempre se adhieren a la carne; también la ignorancia, el desprecio de Dios, la impaciencia, la murmuración y la queja contra Dios, porque él estorba e interrumpe nuestros consejos, nuestras invenciones y empresas, y porque no castiga pronto a los impíos, rebeldes y menospreciadores, etc. Tales pecados están arraigados en la carne de los fieles. Por eso, si no miras más que la carne, siempre permanecerás bajo el tiempo de la ley. Pero estos días deben ser acortados, de otra manera ninguna carne sería salva. La ley debe tener su tiempo señalado, en el cual debe tener su fin. El tiempo de la ley, por tanto, no es perpetuo, sino que tiene su fin, y este fin es Jesucristo. Pero el tiempo de la gracia es eterno. Porque «Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere» (Ro 6:9). Él es eterno; por tanto, el tiempo de la gracia también es eterno.

No debemos pasar por alto a la ligera tales notables sentencias de Pablo, como acostumbran hacer los papistas y los sectarios. Porque contienen palabras de vida, que consuelan y confirman maravillosamente a las conciencias afligidas; y los que las conocen y entienden bien, pueden juzgar de la fe; pueden discernir un temor verdadero de un temor falso; pueden juzgar de todos los afectos internos del corazón, y discernir todos los espíritus. El temor de Dios es cosa santa y preciosa, pero no debe durar siempre. Ciertamente debe estar siempre en un cristiano, porque el pecado siempre está en él; pero no debe estar solo, porque entonces es el temor de Caín, de Saúl y de Judas; es decir, un temor servil y desesperado. Por tanto, el cristiano debe vencer el temor por la fe en la palabra de gracia. Debe apartar sus ojos del tiempo de la ley, y mirar a Cristo y a la fe que ha de ser revelada. Aquí el temor comienza a volverse dulce para nosotros, y nos hace deleitarnos en Dios. Porque si un hombre mira solamente la ley y el pecado, dejando a un lado la fe, nunca podrá quitarse el temor, sino que al fin caerá en desesperación.

Así distingue Pablo muy bien el tiempo de la ley y el de la gracia. Aprendamos también nosotros a distinguir correctamente el tiempo de ambos, no en palabras, sino en el afecto interior; lo cual es cosa muy difícil. Porque aunque estas dos cosas están muy separadas, sin embargo están unidas estrechísimamente en un mismo corazón. Nada está unido más de cerca que el temor y la confianza, que la ley y el evangelio, que el pecado y la gracia. Porque están tan unidos, que lo uno es tragado por lo otro. Por eso, no hay unión semejante a esta.

En este pasaje, «¿Para qué sirve la ley?» Pablo comenzó a tratar acerca de la ley, y también de su uso y de su abuso, tomando ocasión de lo que antes había afirmado: que los fieles obtienen la justicia solo por gracia y por la promesa, y no por la ley. De esa discusión surgió esta pregunta: ¿Para qué sirve, entonces, la ley? Porque la razón, al oír que la justicia o la bendición se obtiene por gracia y por la promesa, enseguida concluye: entonces la ley no aprovecha para nada. Por eso, la doctrina de la ley debe considerarse diligentemente, para que sepamos qué juicio debemos hacer de ella y cómo debemos hacerlo; no sea que o la rechacemos por completo, como hacen los espíritus fantásticos, que en el año mil quinientos veinticinco, al levantar al pueblo rústico para la sedición, decían que la libertad del evangelio da libertad a todos los hombres de toda clase de leyes; o, por el contrario, atribuyamos a la ley la fuerza de justificar. Porque ambos grupos pecan contra la ley: unos, por la derecha, que quieren ser justificados por la ley; y otros, por la izquierda, que quieren ser totalmente librados de la ley. Debemos, pues, mantener el camino recto, de manera que ni rechacemos la ley ni le atribuyamos más de lo que debemos.

Lo que tantas veces he repetido antes acerca de los dos usos de la ley, a saber, el uso civil y el espiritual, declara suficientemente que la ley no fue dada para el justo, sino, como Pablo dice en otro lugar, para los injustos y rebeldes. Ahora bien, de los injustos hay dos clases: los que han de ser justificados, y los que no han de ser justificados. Los que no han de ser justificados deben ser refrenados por el uso civil de la ley; porque deben ser atados con los vínculos de la ley, como las bestias salvajes e indómitas son atadas con cuerdas y cadenas. Este uso de la ley no tiene fin; y de esto Pablo no habla aquí. Pero los que han de ser justificados son ejercitados por un tiempo con el uso espiritual de la ley; porque este no continúa siempre, como sí lo hace el uso civil de la ley, sino que mira a la fe que había de ser revelada, y cuando Cristo viene, llega a su fin. Por esto podemos ver claramente que todas las sentencias en las que Pablo trata del uso espiritual de la ley deben entenderse de aquellos que han de ser justificados, y no de aquellos que ya son justificados. Porque los que ya son justificados, en cuanto permanecen en Cristo, están muy por encima de toda ley. Así pues, la ley debe imponerse sobre aquellos que han de ser justificados, para que queden encerrados en su prisión hasta que venga la justicia de la fe; no para que alcancen esta justicia por medio de la ley, porque eso no sería usar rectamente la ley, sino abusar de ella; sino para que, cuando sean abatidos y humillados por la ley, huyan a Cristo, «porque el fin de la ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree». (Ro 10:4.)

Ahora bien, los que abusan de la ley son, ante todo, los justiciarios e hipócritas, que sueñan que los hombres son justificados por la ley. Porque ese uso de la ley no ejercita ni impulsa al hombre hacia la fe que había de ser revelada, sino que produce hipócritas descuidados y arrogantes, hinchados y confiados en la justicia de la ley, y estorba la justicia de la fe. En segundo lugar, abusan de la ley los que quieren eximir por completo al cristiano de la ley, como intentaron hacer los anabaptistas trastornados; lo cual fue la causa de que levantaran aquella sedición del pueblo rústico. De esta clase hay muchísimos también hoy, que profesan el evangelio con nosotros; los cuales, habiendo sido librados de la tiranía del Papa por la doctrina del evangelio, sueñan que la libertad cristiana es una libertad disoluta y carnal para hacer todo lo que se les antoje. Estos, como dice Pedro, 1 P 2:16, tienen la libertad del espíritu como pretexto de maldad, por lo cual el nombre de Dios y el evangelio de Cristo son blasfemados en todas partes; y por eso un día sufrirán el castigo merecido por esta impiedad suya. En tercer lugar, también abusan de la ley aquellos que, al sentir sus terrores, no entienden que tales terrores no deben durar más allá de Cristo. Este abuso en ellos es la causa de que caigan en desesperación; así como en el hipócrita es causa de arrogancia y presunción.

Por el contrario, el verdadero uso de la ley nunca puede ser estimado ni exaltado como merece; a saber, cuando la conciencia encerrada bajo la ley no desespera, sino que, instruida por la sabiduría del Espíritu Santo, concluye consigo misma de esta manera: En verdad estoy encerrado como prisionero bajo la ley, pero no para siempre; antes bien, este encierro se convertirá para mí en gran provecho. ¿Cómo es eso? Porque, al estar así encerrado, seré impulsado a suspirar y a buscar la mano de un ayudador, etc. De esta manera la ley es una fuerza que, por compulsión, lleva a los hambrientos a Cristo, para que él los sacie con sus bienes. Por tanto, el verdadero oficio de la ley es mostrarnos nuestros pecados, hacernos culpables, humillarnos, matarnos y llevarnos al infierno, y finalmente quitarnos toda ayuda, todo socorro y todo consuelo; pero todo ello con este fin: que seamos justificados, exaltados, vivificados, llevados al cielo y obtengamos todos los bienes. Por eso no solo mata, sino que mata para que vivamos.

Gálatas 3:24

Por lo tanto, la ley ha sido nuestro ayo para llevarnos a Cristo.

Aquí otra vez une la ley y el evangelio, que están tan separados entre sí en lo que toca a los afectos y al hombre interior, cuando dice que la ley es un ayo para Cristo. Esta comparación del ayo también merece ser observada. Aunque un ayo sea muy útil y necesario para instruir y criar a los niños, muéstrenme un solo niño o alumno que ame a su maestro. Qué amor y obediencia mostraron los judíos a su Moisés, se ve claramente en que a cada momento, como da testimonio la historia, de todo corazón habrían querido apedrearlo hasta matarlo. (Éx 17:4.) No es posible, por tanto, que el alumno ame a su maestro. Porque, ¿cómo puede amar al que lo tiene encerrado, es decir, al que no le permite hacer lo que gustosamente querría? Y si hace algo contra su mandato, al instante es reprendido y castigado; sí, y además se le obliga a besar la vara con que es golpeado. ¿No es esta, les pregunto, una hermosa justicia y obediencia del alumno: que obedezca a su maestro, que tan severamente lo amenaza y tan duramente lo corrige, y que bese la vara? Pero, ¿lo hace de buena gana? Tan pronto como su maestro vuelve la espalda, rompe la vara o la echa al fuego. Y si tuviera algún poder sobre su maestro, no se dejaría golpear por él; antes bien, lo golpearía él a él. Y sin embargo, el ayo es muy necesario para el niño, para instruirlo y corregirlo; de otro modo, el niño, sin su disciplina, instrucción y buena crianza, se perdería por completo.

El ayo, por tanto, es puesto para el niño, para enseñarle, criarlo y mantenerlo como en prisión. Pero, ¿para qué fin, o hasta cuándo? ¿Es para que este trato estricto y severo del ayo continúe siempre, o para que el niño permanezca en perpetua servidumbre? No es así; sino solo por un tiempo, para que esta obediencia, esta prisión y corrección se conviertan en provecho del niño, a fin de que cuando llegue el tiempo pueda ser heredero de su padre. Porque no es la voluntad del padre que su hijo esté siempre sujeto al ayo y siempre azotado con varas; sino que por su instrucción y disciplina sea hecho capaz y apto para llegar a ser sucesor de su padre.

Así también la ley, dice Pablo, no es otra cosa que un ayo; no para siempre, sino hasta que nos haya llevado a Cristo; como también dijo antes con otras palabras: «La ley fue añadida a causa de las transgresiones, hasta que viniese la simiente». También: «Mas la Escritura lo encerró todo bajo pecado», etc. Y otra vez: «Estábamos confinados bajo la ley, encerrados para aquella fe que iba a ser revelada». Por tanto, la ley no es solamente un ayo, sino un ayo para llevarnos a Cristo. Porque, ¿qué ayo sería aquel que siempre atormentara y golpeara al niño, y no le enseñara nada en absoluto? Y sin embargo, tales ayos hubo en tiempos pasados, cuando las escuelas no eran otra cosa que una prisión y un verdadero infierno, y los maestros, crueles tiranos y verdaderos carniceros. Los niños eran siempre golpeados; aprendían con continuo dolor y trabajo, y aun así pocos de ellos llegaban a dar fruto. La ley no es un ayo así. Porque no solo aterroriza y atormenta, como el necio maestro que golpea a sus alumnos y no les enseña nada; sino que con sus varas nos impulsa hacia Cristo. Así como un buen ayo instruye y ejercita a sus alumnos en leer y escribir, para que lleguen al conocimiento de las buenas letras y de otras cosas útiles, y después encuentren deleite en hacer aquello mismo que antes, cuando eran obligados a ello, hacían contra su voluntad.

Con esta excelente comparación, Pablo muestra cuál es el verdadero uso de la ley: a saber, que no justifica a los hipócritas, porque permanecen sin Cristo en su presunción y seguridad; y, por el contrario, que no deja en muerte y condenación a los de corazón contrito, con tal que la usen como Pablo enseña, sino que los impulsa a Cristo. Pero los que en medio de estos terrores persisten todavía en su maldad y no se aferran a Cristo por la fe, finalmente caen en desesperación. Pablo, por tanto, en esta alegoría del ayo, expresa de la manera más viva el verdadero uso de la ley. Porque así como el ayo reprende a sus alumnos, los aflige y los entristece, y sin embargo no con el fin de que esta servidumbre dure siempre, sino para que cese cuando los niños hayan sido bien criados e instruidos, y para que después, sin ninguna coacción del ayo, disfruten alegremente de su libertad y de los bienes de sus padres; así también los que son vejados y oprimidos con la ley, saben que estos terrores y aflicciones no continuarán para siempre, sino que por medio de ellos son preparados para venir a Cristo, que ha de ser revelado, y así recibir la libertad del Espíritu, etc.

Para que fuésemos justificados por la fe.

La ley no es un ayo para llevarnos a otro legislador que exija buenas obras, sino a Cristo nuestro justificador y Salvador, para que por la fe en él seamos justificados, y no por las obras. Pero cuando un hombre siente la fuerza y el poder de la ley, no entiende ni cree esto. Por eso dice: He vivido impíamente; porque he transgredido todos los mandamientos de Dios, y por tanto soy culpable de muerte eterna. Si Dios prolongara mi vida algunos años, o por lo menos algunos meses, enmendaría mi vida y viviría santamente de aquí en adelante. Aquí hace un abuso del verdadero uso de la ley. La razón, sorprendida en estos terrores y aprietos, se atreve a prometer a Dios el cumplimiento de todas las obras de toda la ley. Y de aquí surgieron tantas sectas y enjambres de monjes e hipócritas religiosos, tantas ceremonias y tantas obras ideadas para merecer la gracia y el perdón de los pecados. Y los que inventaron estas cosas pensaban que la ley era un ayo para llevarlos a Cristo, pero a una nueva ley, o a Cristo como legislador, y no como aquel que ha abolido la ley.

Pero el verdadero uso de la ley es enseñarme que soy llevado al conocimiento de mi pecado y humillado, para que así venga a Cristo y sea justificado por la fe. Pero la fe no es ley ni obra, sino una confianza segura que se aferra a Cristo, «porque el fin de la ley es Cristo». (Ro 10.) ¿Y cómo? No porque haya abolido la ley antigua y dado una nueva; ni porque sea un juez que deba ser apaciguado por obras, como han enseñado los papistas; sino que él es el fin de la ley para todos los que creen; es decir, todo aquel que cree en él es justo, y la ley jamás lo acusará. La ley, entonces, es buena, santa y justa, con tal que el hombre la use como debe usarla. Ahora bien, los que abusan de la ley son, primero, los hipócritas, que atribuyen a la ley poder para justificar; y, segundo, los que desesperan, no sabiendo que la ley es un ayo para conducir a los hombres a Cristo; es decir, que la ley los humilla no para su destrucción, sino para su salvación. Porque Dios hiere para volver a sanar; mata para volver a dar vida.

Ahora bien, Pablo, como ya he dicho antes, habla de los que han de ser justificados, y no de los que ya han sido justificados. Por tanto, cuando te dispongas a razonar acerca de la ley, debes tomar el asunto de la ley, o aquello sobre lo cual obra la ley, a saber, el pecador y la persona impía; a quienes la ley no justifica, sino que les pone el pecado delante de los ojos, los derriba y los lleva al conocimiento de sí mismos; les muestra el infierno, la ira y el juicio de Dios. Este es en verdad el oficio propio de la ley.

Luego sigue el uso de este oficio; a saber, que el pecador sepa que la ley no le revela su pecado ni así lo humilla para que desespere, sino para que, por medio de esta acusación y quebrantamiento, lo impulse a Cristo, el Salvador y consolador. Cuando esto sucede, ya no está más bajo el ayo. Y este uso es muy necesario. Porque, puesto que todo el mundo está anegado en pecado, necesita este ministerio de la ley para que el pecado sea revelado; de otra manera, nadie llegaría jamás a la justicia, como ya hemos declarado ampliamente antes. Pero, ¿qué obra la ley en los que ya han sido justificados por Cristo? Pablo responde con estas palabras, que son, por así decirlo, una añadidura a lo que precede:—

Gálatas 3:25

Pero venida la fe, ya no estamos bajo ayo.

Y ya no nos atormenta más. Pablo habla aquí de la fe tal como fue predicada y dada a conocer al mundo por Cristo en el tiempo antes señalado. Porque Cristo, tomando sobre sí nuestra carne, vino una vez al mundo. Abolió la ley con todos sus efectos y libró de la muerte eterna a todos los que reciben su beneficio por la fe. Por tanto, si ustedes miran a Cristo y a lo que él ha hecho, ahora ya no hay ley. Porque él, viniendo en el tiempo señalado, quitó la ley. Sin embargo, todavía no nos hemos despojado de esta carne, a la cual el pecado se adhiere continuamente mientras vivimos. Por eso, en lo que se refiere a nosotros mismos, en parte somos libres de la ley y en parte estamos bajo la ley. Según el espíritu, servimos con Pablo a «la ley de Dios»; pero según la carne, a la ley del pecado (Ro 7).

De aquí se sigue que, en lo que toca a la conciencia, estamos completamente librados de la ley, y por eso ese ayo no debe gobernar en ella; es decir, no debe afligirla con sus terrores, amenazas y cautiverio. Y aunque haga cuanto pueda por hacerlo, la conciencia no se deja mover por ello. Porque tiene delante de sus ojos a Cristo crucificado, quien ha quitado de la conciencia todos los oficios de la ley, borrando «el acta de los decretos que había contra nosotros» etc. (Col 2). Por tanto, así como una virgen no conoce varón, así la conciencia no solo debe ignorar la ley, sino también debe estar enteramente muerta a la ley, y la ley asimismo a la conciencia. Esto no se hace por obras ni por la justicia de la ley, sino por la fe, que aprehende y se aferra a Cristo. No obstante, el pecado sigue adherido a la carne en cuanto a sus efectos, los cuales muchas veces acusan y turban la conciencia. Así pues, mientras la carne permanezca, también permanecerá este ayo, la ley, la cual muchas veces aterroriza la conciencia y la entristece al revelar el pecado y amenazar con la muerte. Sin embargo, ella vuelve a ser levantada por la venida diaria de Cristo; quien, así como vino una vez al mundo en el tiempo antes señalado para redimirnos de la dura y severa servidumbre de nuestro ayo, así también viene diariamente a nosotros de manera espiritual, a fin de que crezcamos en la fe y en el conocimiento de él, para que la conciencia lo aprehenda cada día más plena y perfectamente, y para que la ley de la carne y del pecado, con el terror de la muerte y todos los males que la ley trae consigo, sean disminuidos diariamente en nosotros más y más. Entonces, mientras vivimos en la carne, la cual no está sin pecado, la ley muchas veces vuelve y hace su oficio, en uno más y en otro menos, según sea su fe fuerte o débil, y sin embargo no para su destrucción, sino para su salvación. Porque este es el ejercicio de la ley en los santos: la mortificación continua de la carne, de la razón y de nuestras propias fuerzas, y la renovación diaria de nuestro hombre interior, como se dice en 2 Co 4.

Recibimos, pues, las primicias del Espíritu. La levadura está escondida en la masa; pero toda la masa aún no está leudada; ahora solo ha comenzado a leudarse. Si miro la levadura, no veo otra cosa que levadura pura. Pero si miro toda la masa, veo que no es toda levadura pura. Es decir, si miro a Cristo, soy completamente puro y santo, sin saber nada en absoluto de la ley; porque Cristo es mi levadura. Pero si miro mi propia carne, siento en mí codicia, deseo, ira, orgullo y arrogancia; también temor de la muerte, tristeza, odio, murmuración e impaciencia contra Dios. Cuanto más están estos pecados en mí, tanto más ausente está Cristo de mí; o, si está presente, se le siente muy poco. Aquí necesitamos un ayo que ejercite y atormente a este fuerte asno, la carne, para que por este ejercicio los pecados sean disminuidos y se prepare camino para Cristo. Porque así como Cristo vino una vez corporalmente en el tiempo señalado, abolió toda la ley, venció el pecado y destruyó la muerte y el infierno, así también viene espiritualmente sin cesar, y cada día apaga y mata esos pecados en nosotros.

Digo esto para que puedas responder, si alguno objeta así: Cristo vino al mundo, y de una vez quitó todos nuestros pecados y nos limpió con su sangre; ¿qué necesidad tenemos entonces de oír el evangelio o de recibir los sacramentos? Es verdad que, en cuanto miras a Cristo, la ley y el pecado quedan totalmente abolidos. Pero Cristo aún no ha venido a ti; y aun si ha venido, sin embargo todavía hay restos de pecado en ti: aún no estás enteramente leudado. Porque donde hay concupiscencia, tristeza de espíritu y temor de la muerte, allí también hay todavía ley y pecado: Cristo aún no ha venido plenamente. Pero cuando de verdad viene, ahuyenta el temor y la tristeza, y trae paz y tranquilidad de conciencia. Así que, en la medida en que aprehendo a Cristo por la fe, en esa medida la ley queda abolida para mí. Pero mi carne, el mundo y el diablo estorban la fe en mí, de modo que no puede ser perfecta. Con mucho gusto querría yo que esa pequeña luz de fe que está en mi corazón se extendiera por todo mi cuerpo y por todos sus miembros; pero eso no puede hacerse: no se extiende de inmediato, sino que solamente comienza a extenderse. Mientras tanto, este es nuestro consuelo: que nosotros, que tenemos las primicias del Espíritu, ahora comenzamos a ser leudados. Pero seremos enteramente leudados cuando este cuerpo de pecado sea deshecho; y resucitaremos criaturas nuevas por completo, juntamente con Cristo.

Aunque Cristo es el mismo ayer, hoy y por los siglos (He 13:8); y aunque todos los fieles que vivieron antes de Cristo tuvieron el evangelio y la fe; sin embargo, Cristo vino una vez en el tiempo determinado de antemano. La fe también vino una vez cuando los apóstoles predicaron y publicaron el evangelio por todo el mundo. Además, Cristo viene también espiritualmente cada día. Asimismo, la fe viene diariamente por la palabra del evangelio. Ahora bien, cuando la fe ha venido, el ayo se ve obligado a ceder su lugar junto con su oficio pesado y penoso. Cristo viene también espiritualmente cuando conocemos y entendemos cada vez más aquellas cosas que por él nos son dadas, y crecemos en gracia y en el conocimiento de él (2 P 3).

Gálatas 3:26

Porque todos ustedes son hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús.

Pablo, como verdadero y excelente maestro de la fe, tiene siempre estas palabras en su boca: “por la fe, en la fe, de la fe”, la cual es en Cristo Jesús. No dice: ustedes son hijos de Dios porque están circuncidados, porque han oído la ley y han hecho sus obras (como imaginan los judíos y enseñan los falsos apóstoles), sino por la fe en Jesucristo. La ley, entonces, no nos hace hijos de Dios, y mucho menos las tradiciones de los hombres. No puede engendrarnos a una nueva naturaleza o a un nuevo nacimiento; sino que pone delante de nosotros el nacimiento viejo, por el cual nacimos para el reino del diablo. Y así nos prepara para un nuevo nacimiento, que es por la fe en Jesucristo, y no por la ley, como Pablo lo testifica claramente: «pues todos sois hijos de Dios por la fe», etc. Como si dijera: aunque la ley los atormente, los humille y los mate, sin embargo la ley no los ha hecho justos ni los ha hecho hijos de Dios; esta es obra solamente de la fe. ¿Qué fe? La fe en Cristo. Por tanto, la fe en Cristo nos hace hijos de Dios, y no la ley.

Lo mismo testifica también san Juan: «Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios» (Jn 1:12; Ro 8:16-17). ¿Qué lengua, ya sea de hombres o de ángeles, puede exaltar y magnificar suficientemente la gran misericordia de Dios hacia nosotros, para que nosotros, que somos miserables pecadores y por naturaleza hijos de ira, seamos llamados a su gracia y gloria, y hechos hijos y herederos de Dios, coherederos con el Hijo de Dios, y señores del cielo y de la tierra, y eso por el único medio de nuestra fe, la cual es en Cristo Jesús?

Gálatas 3:27

Porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos.

Esto de revestirse de Cristo se toma de dos maneras: según la ley y según el evangelio. Según la ley, como se dice en Romanos cap. 13: «vestíos del Señor Jesucristo»; es decir, sigan el ejemplo y las virtudes de Cristo. Hagan lo que él hizo y sufran lo que él sufrió. Y en 1 P 2: «Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas.» Ahora bien, vemos en Cristo una paciencia singular, una mansedumbre de amor inestimable y una admirable modestia en todo. De este hermoso vestido debemos revestirnos; es decir, debemos seguir estas virtudes.

Pero revestirse de Cristo según el evangelio no consiste en imitación, sino en un nuevo nacimiento y una nueva creación; es decir, en revestirse de la inocencia de Cristo, de su justicia, de su sabiduría, de su poder, de su salud salvadora, de su vida y de su espíritu. Estamos vestidos con una túnica de cuero de Adán, que es un vestido mortal y un vestido de pecado; es decir, todos estamos sujetos al pecado, todos vendidos al pecado. Hay en nosotros una horrible ceguera, ignorancia, desprecio y odio de Dios; además, mala concupiscencia, inmundicia, codicia, etc. Este vestido, es decir, esta naturaleza corrupta y pecaminosa, la recibimos de Adán; y Pablo suele llamarla el Viejo Hombre. Este viejo hombre debe ser despojado con todas sus obras (Ef 4; Col 3), para que de hijos de Adán seamos hechos hijos de Dios. Esto no se hace por mudanza de vestido, ni por leyes ni por obras, sino por un nuevo nacimiento y por la renovación del hombre interior; lo cual se hace en el bautismo, como dice Pablo: «todos los que habéis sido bautizados..., de Cristo estáis revestidos.» También: «nos salvó... por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo» (Tit 3). Porque, además de que los bautizados son regenerados y renovados por el Espíritu Santo para una justicia celestial y para vida eterna, también surge en ellos una nueva luz y una nueva llama; surgen en ellos afectos nuevos y santos, como el temor de Dios, la fe verdadera y la esperanza cierta, etc. También comienza en ellos una nueva voluntad. Y esto es revestirse de Cristo verdadera y evangélicamente.

Por tanto, la justicia de la ley, o de nuestras propias obras, no nos es dada en el bautismo; sino que Cristo mismo es nuestro vestido. Ahora bien, Cristo no es ley, ni legislador, ni obra, sino un don divino e inestimable, a quien Dios nos ha dado para que sea nuestro Justificador, nuestro Salvador y nuestro Redentor. Por eso, estar revestidos de Cristo según el evangelio no es estar revestidos de la ley o de obras, sino de un don incomparable; es decir, de remisión de pecados, justicia, paz, consuelo, gozo del espíritu, salvación, vida y Cristo mismo.

Esto debe notarse con diligencia, a causa de los espíritus necios y fantásticos que andan procurando borrar la majestad del bautismo y hablan impíamente de él. Pablo, por el contrario, lo alaba y lo exalta con títulos honorables, llamándolo «el lavamiento de la regeneración, y por la renovación en el Espíritu Santo» (Tit 3). Y aquí también dice que todos los que son bautizados se han revestido de Cristo. Como si dijera: Ustedes son sacados de la ley a un nuevo nacimiento, el cual se obra en el bautismo. Por tanto, ya no están más bajo la ley, sino que están vestidos con un nuevo vestido; esto es, con la justicia de Cristo. Por eso el bautismo es una cosa de gran fuerza y eficacia. Ahora bien, cuando estamos revestidos de Cristo, como del manto de nuestra justicia y salvación, entonces también debemos revestirnos de Cristo como del vestido de imitación y ejemplo. Estas cosas las he tratado más extensamente en otro lugar; por eso aquí las paso brevemente.

Gálatas 3:28

No hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos ustedes son uno en Cristo Jesús.

Aquí podrían añadirse además muchos más nombres de personas y oficios ordenados por Dios, como estos: no hay magistrado ni súbdito, ni maestro ni oyente, ni preceptor ni discípulo, ni amo ni siervo, ni señora ni criada, etc. Porque en Cristo Jesús todos los estados, aun los ordenados por Dios, no son nada. En verdad, el varón, la mujer, el esclavo, el libre, el judío, el gentil, el príncipe, el súbdito, son buenas criaturas de Dios; pero en Cristo, es decir, en lo que toca a la salvación, no son nada, con toda su sabiduría, justicia, religión y poder.

Por eso, con estas palabras: “No hay judío, etc.”, Pablo abroga poderosamente la ley. Porque aquí, es decir, cuando un hombre es renovado por el bautismo y se ha revestido de Cristo, no hay judío ni griego, etc. El Apóstol no habla aquí del judío según su naturaleza y sustancia, sino que llama judío al que es discípulo de Moisés, está sujeto a la ley, es circuncidado y, con todo su empeño, guarda las ceremonias mandadas en la ley. Donde Cristo ha sido vestido, dice él, ya no hay judío, ni circuncisión, ni ceremonia de la ley; porque Cristo ha abolido todas las leyes de Moisés que jamás existieron. Por tanto, la conciencia que cree en Cristo debe estar tan ciertamente persuadida de que la ley ha sido abolida, con todos sus terrores y amenazas, que debería ignorar por completo si alguna vez hubo Moisés, ley o judío. Porque Cristo y Moisés de ningún modo pueden concordar. Moisés vino con la ley, con muchas obras y con muchas ceremonias; pero Cristo vino sin ley alguna, sin exigir obra alguna, dando gracia y justicia, etc. Porque «la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.» (Jn 1:17).

Además, cuando dice: “ni griegos”, también rechaza y condena la sabiduría y la justicia de los gentiles. Porque entre los gentiles hubo muchos hombres notables, como Xenophon, Themistocles, Marcus Fabius, Attilius Regulus, Cicero, Pomponius Atticus, y muchos otros, que, dotados de singulares virtudes, gobernaron excelentemente repúblicas e hicieron muchas obras dignas para su preservación; y, sin embargo, todos ellos no eran nada delante de Dios, con su sabiduría, su poder, sus hechos notables, sus excelentes virtudes, leyes, religiones y ceremonias. Porque no debemos pensar que los gentiles despreciaban toda honestidad y religión. Antes bien, todas las naciones de todos los siglos esparcidas por el mundo tuvieron sus leyes, religiones y ceremonias, sin las cuales no es posible gobernar a la humanidad. Por tanto, toda justicia, ya sea en el gobierno de las familias, o de las repúblicas, o en asuntos divinos —como era la justicia de la ley—, con toda su obediencia, su ejecución y su santidad, por perfecta que sea, nada vale delante de Dios. ¿Qué vale entonces? El vestido de Cristo, del cual nos revestimos en el bautismo.

Así, si el siervo cumple con su deber, obedece a su amo y sirve en su vocación con toda diligencia y fidelidad; si el que es libre está en autoridad y gobierna la república, y guía su propia familia con honestidad y alabanza; si el hombre hace lo que corresponde al hombre al tomar esposa, al gobernar su familia, al obedecer al magistrado, al conducirse decorosamente con todos; si la mujer vive castamente, obedece a su marido, cuida bien su casa y cría piadosamente a sus hijos —cosas que en verdad son dones excelentes y obras santas—; sin embargo, todo esto no es nada en comparación con aquella justicia que vale delante de Dios. En resumen, todas las leyes, ceremonias, religiones, justicias y obras de todo el mundo; sí, aun las de los mismos judíos, que fueron los primeros en tener el reino y el sacerdocio ordenados y establecidos por Dios, con sus santas leyes, religiones, ceremonias y cultos; todo esto, digo, no quita el pecado, no libra de la muerte ni compra la vida. Por tanto, sus falsos apóstoles los engañan sutilmente, oh gálatas, cuando les enseñan que la ley es necesaria para la justificación; y por este medio los despojan de aquella excelente gloria de su nuevo nacimiento y de su adopción, y los hacen volver a su antiguo nacimiento y a la miserable servidumbre de la ley, haciéndolos, de hijos libres de Dios, hijos esclavos de la ley, mientras quieren establecer diferencia de personas conforme a la ley. Ciertamente hay diferencia de personas en la ley y en el mundo; y allí debe haberla, pero no delante de Dios. «por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios» (Ro 3:23). Callen, pues, los judíos, los gentiles y el mundo entero delante de la presencia de Dios. Dios tiene, en verdad, muchas ordenanzas, leyes, grados y géneros de vida; pero nada de esto ayuda a merecer la gracia ni a obtener la vida eterna. Así que todos los que son justificados, son justificados no por la observancia de la ley del hombre o de la ley de Dios, sino por Cristo solo, quien ha abolido todas las leyes. A él solo nos presenta el evangelio como aplacador de la ira de Dios por el derramamiento de su propia sangre, y como Salvador. Y sin fe en él, ni el judío será salvo por la ley, ni el monje por su orden, ni el griego por su sabiduría, ni el magistrado o amo por su recto gobierno, ni el siervo por su obediencia.

Porque todos ustedes son uno en Cristo Jesús.

Estas son palabras excelentes. En el mundo, y según la carne, hay gran diferencia y desigualdad de personas; y esto debe observarse diligentemente. Porque si la mujer quisiera ser el hombre, si el hijo quisiera ser el padre, el siervo quisiera ser el amo, el súbdito quisiera ser el magistrado, no habría otra cosa que confusión de todos los estados y de todas las cosas. Por el contrario, en Cristo no hay ley, ni diferencia de personas; no hay judío ni griego, sino que todos son uno. Porque hay un solo cuerpo, un solo espíritu, una sola esperanza de vocación; hay un solo evangelio, «un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos» (Ef 4:4-6). Tenemos al mismo Cristo, yo, tú, todos los fieles, que tuvieron Pedro, Pablo y todos los santos. Aquí, por tanto, la conciencia nada sabe de la ley, sino que tiene solo a Cristo delante de sus ojos. Por eso Pablo acostumbra siempre añadir esta cláusula: “En Cristo Jesús”. Si él es quitado de nuestra vista, entonces vienen la angustia y el terror.

Los teólogos escolásticos papistas sueñan que la fe es una cualidad adherida al corazón sin Cristo. Este es un error diabólico. Pero Cristo debe ser presentado de tal manera, que tú no veas nada fuera de él, y pienses que nada puede serte más cercano, o más presente dentro de tu corazón, que él. Porque él no está sentado ocioso en el cielo, sino que está presente con nosotros, obrando y viviendo en nosotros. Como dice antes en el cap. 2: «y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí.» Y aquí también: “Ustedes se han revestido de Cristo”. La fe, por tanto, es una mirada firme que no contempla otra cosa sino a Cristo, vencedor del pecado y de la muerte, y dador de justicia, salvación y vida eterna. Esta es la razón por la que Pablo nombra y presenta tan a menudo a Jesucristo en sus epístolas, sí, casi en cada versículo. Pero lo presenta por la palabra; porque de otro modo no puede ser comprendido sino por la palabra.

Esto fue representado notable y vivamente por la serpiente de bronce, que es figura de Cristo. Moisés mandó a los judíos que habían sido mordidos por serpientes en el desierto que no hicieran otra cosa sino mirar fijamente a la serpiente de bronce, y no apartar sus ojos. Los que así lo hicieron fueron sanados solamente por aquella mirada firme y constante a la serpiente. (Nm 21:6-8). Pero, por el contrario, murieron los que no obedecieron el mandamiento de Moisés, sino que miraron sus heridas y no la serpiente. Así también, si yo quiero hallar consuelo cuando mi conciencia está afligida, o cuando estoy a punto de morir, no debo hacer otra cosa que asirme de Cristo por la fe, y decir: Yo creo en Jesucristo, el Hijo de Dios, que padeció, fue crucificado y murió por mí, etc.; en cuyas heridas y en cuya muerte veo mi pecado; y en su resurrección, la victoria sobre el pecado, la muerte y el diablo, y también la justicia y la vida eterna. Fuera de él nada veo, nada oigo. Esta es la verdadera fe respecto de Cristo y en Cristo; por la cual «somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos.» En él, por tanto, vivimos, nos movemos y somos (Ef 5:30; Hch 17:28). Cristo y nuestra fe deben estar enteramente unidos. Nosotros debemos estar en el cielo, y Cristo debe vivir y obrar en nosotros. Ahora bien, él vive y obra en nosotros, no por especulación y conocimiento desnudo, sino en verdad por una presencia real y sustancial.

Gálatas 3:29

Y si ustedes son de Cristo, ciertamente linaje de Abraham son, y

herederos según la promesa.

_ Es decir: si ustedes creen y son bautizados en Cristo; si creen, digo, que él es aquella simiente prometida a Abraham, la cual trajo la bendición a todos los gentiles, entonces ustedes son hijos de Abraham, no por naturaleza, sino por adopción. Porque la Escritura le atribuye, no solo los hijos de la carne, sino también los de la adopción y de la promesa; y muestra de antemano que estos recibirán la herencia, y los otros serán echados fuera de la casa. Así Pablo, en pocas palabras, traslada toda la gloria del Líbano, es decir, de la nación de los judíos, al desierto, esto es, a los gentiles. Y este pasaje encierra una consolación singular, a saber, que los gentiles son hijos de Abraham, y por consiguiente, pueblo de Dios. Pero son hijos de Abraham, no por generación carnal, sino por la promesa. El reino de los cielos, pues, pertenece a los gentiles. Y esto, y la herencia eterna, la Escritura lo indicó mucho antes cuando dice: «porque te he puesto por padre de muchedumbre de gentes» (Gn 17:5). Y otra vez: «En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra» (Gn 22:18). Ahora bien, porque nosotros, que somos gentiles, creemos, y por la fe recibimos la bendición prometida a Abraham y manifestada por Cristo, por eso la Escritura nos llama hijos y herederos de Abraham, no según la carne, sino según la promesa. De modo que aquella promesa: «En tu simiente», etc., pertenece también a todos los gentiles, y conforme a esta promesa Cristo ha venido a ser nuestro.

En verdad, la promesa fue hecha solamente a los judíos, y no a nosotros que somos gentiles. Sal 147:19-20: «Ha manifestado sus palabras a Jacob, Sus estatutos y sus juicios a Israel. No ha hecho así con ninguna de las demás naciones». Sin embargo, lo que fue prometido viene a nosotros por la fe, por la cual solamente nos aferramos a la promesa de Dios. Así que, aunque la promesa no nos fue hecha a nosotros, con todo fue hecha respecto de nosotros y para nosotros; porque somos nombrados en la promesa: «En tu simiente serán benditas todas las naciones». Porque la promesa muestra claramente que Abraham sería padre, no solo de la nación judía, sino de muchas naciones; y que sería heredero, no de un reino, sino de todo el mundo (Ro 4). Así, la gloria de todo el reino de Cristo es trasladada a nosotros. Por tanto, todas las leyes son totalmente abolidas en el corazón y en la conciencia del cristiano; sin embargo, permanecen todavía afuera en la carne. Y de esto ya hemos hablado ampliamente antes.

CAP. IV.

Traducción del inglés hecha con IA para Berea la primera vez que se lee cada capítulo.