Comentario a la Epístola a los Gálatas · Martín Lutero

Gálatas 4: comentario de Martín Lutero

Gálatas 4:1

Digo, pues, que el heredero, entre tanto que es niño, en nada difiere del esclavo, aunque es señor de todo.

Gálatas 4:2

Pero está bajo tutores y curadores, hasta el tiempo señalado por el padre.

Ya ven con qué vehemente afecto Pablo procura hacer volver a los gálatas, y cuán fuertes argumentos usa al tratar este asunto, reuniendo semejanzas tomadas de la experiencia, del ejemplo de Abraham, de los testimonios de la Escritura y del tiempo; de modo que muchas veces parece volver a comenzar toda la cuestión. Porque antes, en cierto modo, ya había terminado la disputa acerca de la justificación, concluyendo que el hombre es justificado delante de Dios solo y únicamente por la fe. Pero como también trae a la memoria este ejemplo político del pequeño heredero, lo añade asimismo para confirmar su argumento. Así, probándolo todo por todos los medios, acecha a los gálatas con una santa sutileza para sorprenderlos. Porque al pueblo ignorante se le persuade más pronto con semejanzas y ejemplos que con disputas profundas y sutiles. Prefieren contemplar una imagen bien pintada que un libro bien escrito. Por eso Pablo ahora, después de haber presentado la semejanza del testamento de un hombre, de la prisión y del ayo, usa también esta semejanza de un heredero, que es familiar y bien conocida por todos, para moverlos y persuadirlos. Y ciertamente es muy provechoso estar provisto de semejanzas y ejemplos, los cuales usaron con frecuencia no solo Pablo, sino también los profetas y Cristo mismo.

Ya ven, dice él, que está ordenado por las leyes civiles que un heredero, aunque sea señor de todos los bienes de su padre, no difiere en nada de un siervo. Es verdad que tiene una esperanza segura de la herencia; pero antes de llegar a la mayoría de edad, sus tutores lo tienen sujeto, así como el ayo al discípulo. No le confían la administración de sus propios bienes, sino que lo obligan a servir; de manera que es sustentado y mantenido con sus propios bienes como un siervo. Por tanto, mientras dura esta servidumbre, es decir, mientras está bajo tutores y curadores, en nada difiere de un siervo. Y esta sujeción y servidumbre le es muy provechosa; porque de otra manera, por su necedad, pronto malgastaría todos sus bienes. Esta cautividad no dura para siempre, sino que tiene un tiempo cierto, limitado y señalado por el padre, en el cual debe terminar.

Gálatas 4:3

Así también nosotros, mientras éramos niños, estábamos en esclavitud bajo los rudimentos del mundo.

De la misma manera, cuando éramos niños pequeños, éramos herederos, teniendo la promesa de la herencia venidera, la cual nos sería dada por la descendencia de Abraham, es decir, por Cristo, en quien serían benditas todas las naciones. Pero como aún no había llegado el cumplimiento del tiempo, vino Moisés, nuestro tutor, gobernador y ayo, reteniéndonos en cautividad con las manos atadas, de modo que no podíamos gobernar ni poseer nuestra herencia. Sin embargo, mientras tanto, así como un heredero es alimentado y sostenido con la esperanza de la libertad futura, así también Moisés nos sustentaba con la esperanza de la promesa que había de manifestarse en el tiempo señalado; esto es, cuando viniera Cristo, quien con su venida pondría fin al tiempo de la ley y daría comienzo al tiempo de la gracia.

Ahora bien, el tiempo de la ley termina de dos maneras. Primero, como he dicho, por la venida de Cristo en la carne en el tiempo señalado por su Padre. «Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley», etc. (Gá 4:4-5). «Y no por sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención» (He 9:12). Además, ese mismo Cristo, que vino una vez en el tiempo señalado, también viene a nosotros cada día y cada hora en espíritu. Ciertamente, una sola vez, con su propia sangre, redimió y santificó a todos; pero como todavía no somos perfectamente puros, porque los restos del pecado todavía se pegan a nuestra carne, la cual lucha contra el espíritu (He 10:14; Gá 5:17), por eso viene a nosotros espiritualmente cada día, y cumple continua y cada vez más el tiempo señalado por su Padre, derogando y aboliendo la ley. Así vino también en espíritu a los padres del Antiguo Testamento antes de aparecer en la carne. Ellos tenían a Cristo en espíritu. Creyeron en Cristo que había de ser revelado, así como nosotros creemos en Cristo que ahora ha sido revelado; y fueron salvos por él como nosotros, conforme a aquel dicho: «Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos» (He 13:8). Ayer, antes del tiempo de su venida en la carne. Hoy, cuando fue revelado en el tiempo señalado de antemano. Ahora y para siempre es uno y el mismo Cristo. Porque solo por él, y únicamente por él, todos los fieles que fueron, son o serán, son librados de la ley, justificados y salvos.

«De igual manera, nosotros también —dice él—, cuando éramos niños, servíamos bajo los rudimentos del mundo»; es decir, la ley tenía dominio sobre nosotros, nos oprimía y nos tenía en dura esclavitud, como siervos y cautivos. Porque, en primer lugar, frenaba a las personas carnales y rebeldes para que no se precipitaran desenfrenadamente a toda clase de vicios. Pues la ley amenaza con castigo a los transgresores; y si ellos no lo temieran, no hay maldad que no cometieran. Y sobre aquellos a quienes así refrena la ley, ella gobierna y reina. Además, nos acusaba, nos aterrorizaba, nos mataba y nos condenaba espiritualmente y delante de Dios; y este era el principal dominio que la ley tenía sobre nosotros. Por tanto, así como un heredero está sujeto a sus tutores, es azotado y obligado a obedecer sus leyes y a ejecutar diligentemente sus mandatos, así también las conciencias de los hombres, antes de que venga Cristo, son oprimidas por la dura servidumbre de la ley; es decir, son acusadas, aterrorizadas y condenadas por la ley. Pero este dominio, o más bien esta tiranía de la ley, no es continuo, sino que solo ha de durar hasta el tiempo de la gracia. Por eso, el oficio de la ley es reprender y aumentar los pecados, no traer justicia; matar, no dar vida. Porque «la ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo» (Gá 3:24). Así pues, como los tutores tratan al heredero, siendo todavía un niño, estricta y duramente, lo gobiernan y le mandan como a un siervo, y él a su vez está obligado a sujetarse a ellos, así también la ley nos acusa, nos humilla y nos reduce a esclavitud, para que seamos siervos del pecado, de la muerte y de la ira de Dios, que en verdad es una esclavitud miserabilísima.

Pero así como la autoridad de los tutores, y la sujeción y servidumbre del pequeño heredero, no es continua, sino que dura solo hasta el tiempo señalado por el padre, y una vez acabado este ya no necesita ser gobernado por sus tutores ni permanece más bajo su sujeción, sino que disfruta con libertad la herencia; así también la ley tiene dominio sobre nosotros, y somos obligados a ser siervos y cautivos bajo su gobierno, pero no para siempre. Porque es necesario añadir esta cláusula que sigue: «Hasta el tiempo señalado por el Padre». Porque Cristo, que había sido prometido, vino y nos redimió a nosotros, que estábamos oprimidos por la tiranía de la ley. Al contrario, la venida de Cristo no aprovecha a los hipócritas descuidados, a los impíos menospreciadores de Dios, ni a los desesperados que piensan que no queda otra cosa sino los terrores de la ley que sienten. Su venida aprovecha solamente a aquellos que por un tiempo son atormentados y aterrorizados por la ley; es decir, a los que no desesperan en medio de esos grandes terrores internos que la ley levanta, sino que con firme confianza acuden a Cristo, al trono de la gracia, el cual los ha redimido de la maldición de la ley, hecho por ellos maldición, y así alcanzan misericordia y gracia (He 4:16; Gá 3:13). Hay, por tanto, cierta vehemencia en esta expresión: «servíamos». Como si quisiera decir: Nuestra conciencia estaba sujeta a la ley, la cual, reteniéndonos como esclavos y cautivos, como un tirano retiene a sus prisioneros, nos azotaba y ejercía con toda su fuerza su tiranía sobre nosotros; es decir, nos traía terror y pesadumbre de espíritu, nos hacía temblar y estar a punto de desesperar, amenazándonos con muerte y condenación eternas. Esta servidumbre y esclavitud espiritual de la ley es muy áspera y amarga; y sin embargo, como he dicho, no es continua, sino que dura mientras somos niños; es decir, mientras Cristo está ausente. Mientras él está ausente, somos siervos, encerrados bajo la ley, destituidos de gracia, de fe y de todos los dones del Espíritu Santo.

Bajo los elementos o rudimentos del mundo.

Algunos han pensado que Pablo habla aquí de aquellos elementos corporales: el fuego, el aire, el agua y la tierra. Pero Pablo tiene su manera peculiar de hablar; y aquí habla precisamente de la ley de Dios, a la cual llama elementos o rudimentos del mundo. Y sus palabras parecen muy heréticas. Así acostumbra también en otros lugares disminuir y rebajar mucho la autoridad de la ley, cuando la llama la letra que mata, el ministerio de muerte y condenación, y el poder del pecado. Y escoge a propósito estos nombres tan odiosos, que muestran claramente el poder y el uso de la ley, para advertirnos que en los terrores del pecado, de la ira y del juicio de Dios, no confiemos en nuestra propia justicia ni en la justicia de la ley; puesto que la ley, en su uso principal, no puede hacer otra cosa sino acusar nuestras conciencias, aumentar el pecado, amenazar con muerte y condenación eterna. Por eso, esta disminución y rebajamiento de la ley debe aplicarse al conflicto de la conciencia, y no a la vida civil, ni a las mentes seguras y descuidadas.

Por tanto, llama a la ley los elementos del mundo; es decir, leyes y tradiciones externas escritas en cierto libro. Porque aunque la ley civilmente frene al hombre del mal y lo obligue a hacer el bien, sin embargo, guardada de esta manera, no lo libra del pecado, no lo justifica, no le prepara camino al cielo, sino que lo deja en el mundo. Yo no obtengo la justicia ni la vida eterna porque no mate, no cometa adulterio, no robe, etc. Estas virtudes externas y conversaciones honestas no son el reino de Cristo ni la justicia celestial, sino la justicia de la carne y del mundo; la cual también tuvieron los gentiles, y no solo los mercaderes de méritos, como en tiempo de Cristo los fariseos, y en nuestro tiempo los monjes y frailes, etc. Algunos practican esta justicia para evitar el castigo de la ley; otros, para ser alabados por los hombres y ser tenidos por justos, constantes y pacientes; y por eso debe llamarse más bien hipocresía disfrazada que justicia.

Además, la ley, cuando está en su uso y oficio principal, no puede hacer otra cosa sino acusar, aterrorizar, condenar y matar. Pero donde hay tal terror, tal sentimiento del pecado, de la muerte, de la ira y del juicio de Dios, allí no hay justicia ni cosa divina o celestial, sino que todas estas son puras cosas del mundo; el cual, por ser el reino del diablo, no es otra cosa que cierto lodazal de pecado, de muerte, de infierno y de todos los males que sienten los temerosos, tristes y cargados de corazón; pero los menospreciadores seguros y descuidados no los sienten. Por consiguiente, la ley, aun en su mejor y más perfecto uso, no hace otra cosa sino revelar y aumentar el pecado, y herirnos con el terror de la muerte; y estas no son más que cosas mundanas. Vemos entonces que la ley no da nada vivo, nada saludable, nada divino ni celestial, sino solamente cosas mundanas. Por eso Pablo llama muy apropiadamente a la ley los elementos o rudimentos del mundo.

Y aunque Pablo llama a toda la ley los rudimentos del mundo, como puede verse por lo que he dicho antes, sin embargo, habla así principalmente en desprecio de las leyes ceremoniales; las cuales, por mucho que aprovechen, no obstante, dice él, consisten solo en cosas externas, como comida, bebida, vestido, lugares, tiempos, el templo, las fiestas, los lavamientos, los sacrificios, etc., que no son más que cosas mundanas, ordenadas por Dios solamente para el uso de esta vida presente, pero no para justificar ni salvar delante de Dios. Por tanto, por esta frase, «los rudimentos del mundo», desecha y condena la justicia de la ley, que consiste en estas ceremonias externas, aunque hayan sido ordenadas y mandadas por Dios para observarse por un tiempo; y con un nombre despreciable la llama los rudimentos del mundo. Así también las leyes del Emperador son rudimentos del mundo, porque tratan de asuntos mundanos; es decir, de cosas concernientes a esta vida presente, como bienes, posesiones, herencias, homicidios, adulterios, robos, etc., de las cuales habla también la segunda tabla de los mandamientos. En cuanto a las leyes canónicas y decretales del Papa, que prohíben el matrimonio y los alimentos, Pablo las llama en otro lugar doctrinas de demonios; las cuales también son rudimentos del mundo, salvo que ellas atan muy impíamente las conciencias de los hombres a la observancia de cosas externas, en contra de la palabra de Dios y de la fe.

Por tanto, la ley de Moisés no da sino cosas mundanas; es decir, no hace otra cosa que mostrar, civil y espiritualmente, los males que hay en el mundo. Sin embargo, si está en su verdadero uso, empuja a la conciencia, por medio de sus terrores, a buscar y tener sed de la promesa de Dios, y a mirar a Cristo. Pero para que puedas hacerlo, necesitas la ayuda y asistencia del Espíritu Santo, que pueda decir en tu corazón: No es la voluntad de Dios que, después que la ley haya hecho su oficio en ti, tú solo seas aterrorizado y muerto; sino que, cuando por la ley seas llevado al conocimiento de tu miseria y condenación, no desesperes, sino que creas en Cristo, «porque el fin de la ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree» (Ro 10:4). Aquí no se hace cosa mundana alguna; sino que aquí cesan ya todos los asuntos mundanos y todas las leyes, y empiezan a aparecer las cosas celestiales. Por eso, mientras estamos bajo los rudimentos del mundo, es decir, bajo la ley, que no solo no da justicia ni paz de conciencia, sino que revela y aumenta los pecados y produce ira, somos siervos, esclavos y sujetos a la ley, aunque tengamos la promesa de la bendición venidera. Ciertamente la ley dice: «Amarás al Señor tu Dios»; pero que yo pueda hacerlo, o asirme de Cristo, eso la ley no lo puede dar.

No digo esto para que la ley sea despreciada, ni eso quiere decir Pablo; al contrario, debe ser tenida en gran estima. Pero como Pablo trata aquí del asunto de la justificación, era necesario que hablara de la ley como de algo muy despreciable y odioso. Porque la justificación es un asunto completamente distinto de la ley. No podemos hablar de la ley con demasiada bajeza ni con demasiado desprecio cuando estamos tratando esta materia.

Por tanto, cuando la conciencia está en combate, entonces no debe pensar en nada, no debe saber absolutamente nada, sino solo y únicamente de Cristo. Entonces debe quitar totalmente la ley de su vista, y abrazar solo la promesa acerca de Cristo. Decir esto es fácil; pero en el tiempo de la tentación, cuando la conciencia lucha en la presencia de Dios, hacerlo de verdad es, entre todas las cosas, lo más difícil. Es decir, que cuando la ley te acusa, te aterra, te revela tu pecado, te amenaza con la ira de Dios y con la muerte eterna, entonces, digo, tú deberías tener tal fortaleza de fe en Cristo, como si nunca hubiera existido ley ni pecado, sino solo Cristo, pura gracia y redención; o que deberías poder decir: Oh ley, no te escucharé, porque tartamudeas y tu lengua es torpe; además, ahora ha llegado la plenitud del tiempo, y por eso soy libre, y no sufriré más tu tiranía.

Aquí uno puede ver cuán difícil es separar la ley de la gracia. Y también, cuán divina y celestial es esta cosa de esperar aquí contra esperanza, y cuán verdadera es esta proposición de Pablo: que somos justificados solo por la fe.

Aprende aquí, por tanto, a hablar de la ley con todo el desprecio que puedas en el asunto de la justificación, siguiendo el ejemplo del Apóstol, que llama a la ley «los rudimentos del mundo», tradiciones perniciosas, fuerza del pecado, ministerio de muerte, etc. Porque si permites que la ley gobierne tu conciencia cuando estás delante de Dios luchando contra el pecado y la muerte, entonces la ley realmente no es otra cosa que un sumidero de todos los males, herejías y blasfemias; porque no hace sino aumentar el pecado, acusar y aterrar la conciencia, amenazar con la muerte, y presentar a Dios como un juez airado, que rechaza y condena a los pecadores.

Escucha, pues, si eres sabio: destierra muy lejos de ti a este Moisés tartamudo con su ley, y de ninguna manera permitas que sus terrores y sus amenazas te conmuevan. Aquí considéralo enteramente sospechoso para ti, como un hereje, como una persona excomulgada y condenada, peor que el papa y que el mismo diablo; y por tanto, no debe ser oído ni obedecido en ningún caso.

Pero fuera del asunto de la justificación, debemos pensar reverentemente de la ley con Pablo, alabarla mucho, llamarla santa, justa, buena, espiritual y divina. (Ro 7:14.) Fuera del caso de conciencia, deberíamos hacer de ella un dios; pero en el caso de conciencia, es un verdadero diablo. Porque en la más pequeña tentación que pueda haber, no es capaz de levantar y consolar la conciencia; sino que hace precisamente lo contrario: la aterra, la oprime con pesadumbre, y la arranca de la seguridad de la justicia, de la vida y de todo bien. Por eso Pablo, un poco más adelante, la llama débiles y pobres rudimentos. (Gá 4:9.)

Por lo tanto, no permitamos en ningún caso que la ley gobierne nuestra conciencia, especialmente siendo que a Cristo le costó un precio tan grande librar la conciencia de la tiranía de la ley. «Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición». Aprendan, pues, los piadosos que la ley y Cristo son dos cosas contrarias, de las cuales la una no puede soportar a la otra. Porque cuando Cristo está presente, la ley no puede gobernar en ningún caso, sino que debe salir de la conciencia y dejar la cama —que es tan estrecha que no puede contener a dos, como dice Isaías en el cap. 28:20— y dar lugar solamente a Cristo. Que solo él reine en justicia, en paz, en gozo y en vida, para que la conciencia duerma y repose gozosamente en Cristo, sin sentir la ley, el pecado ni la muerte.

Pablo usa aquí deliberadamente esta expresión figurada: «elementos del mundo»; con lo cual, como he dicho, rebaja y disminuye mucho la gloria y la autoridad de la ley, para despertar las mentes. (2 Co 3.) Porque el que lee atentamente a Pablo, cuando oye que llama a la ley ministerio de muerte, la letra que mata, etc., en seguida piensa así para sí: ¿Por qué le da términos tan odiosos y, según le parece a la razón, tan blasfemos a la ley, que es una doctrina divina revelada desde el cielo? A esto responde Pablo, que la ley es santa, justa y buena, y que también es ministerio de pecado y de muerte, pero en distintos sentidos. Antes de Cristo, es santa; después de Cristo, es muerte. Por tanto, cuando Cristo ha venido, no debemos saber absolutamente nada de la ley, excepto en este sentido: que tiene poder y dominio sobre la carne, para refrenarla y mantenerla sujeta. Aquí hay un conflicto entre la ley y la carne —para la cual el yugo de la ley es duro y penoso— mientras vivimos.

Solo Pablo, entre todos los Apóstoles, llama a la ley «los rudimentos del mundo», débiles y pobres elementos, fuerza del pecado, la letra que mata, etc. (2 Co 3:6.) Los otros Apóstoles no hablaron así de la ley. Por tanto, el que quiera ser un verdadero discípulo en la escuela de Cristo, observe diligentemente esta manera de hablar usada por el Apóstol. Cristo lo llama vaso escogido, y por eso le dio una expresión exquisita y una manera singular de hablar por encima de todos los demás Apóstoles, para que él, como vaso escogido, pusiera fielmente los fundamentos del artículo de la justificación y lo expusiera con claridad. (Hch 9:15.)

Gálatas 4:4

Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley.

Es decir: después que el tiempo de la ley se cumplió, Cristo fue revelado, nos libró de la ley, y la promesa fue publicada entre todas las naciones, etc. Miren aquí con diligencia cómo Pablo define a Cristo. Cristo —dice él— es el Hijo de Dios y de una mujer, el cual, por nosotros pecadores, fue hecho bajo la ley, para redimirnos a nosotros, que estábamos bajo la ley. En estas palabras comprende tanto la persona de Cristo como el oficio de Cristo.

Su persona consiste en su naturaleza divina y humana. Esto lo muestra cuando dice: «Dios envió a su Hijo, nacido de mujer». Por tanto, Cristo es verdadero Dios y verdadero hombre. Su oficio lo expone en estas palabras: «nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley», etc.

Y parece que Pablo aquí, como por reproche, llama a la virgen María solamente mujer. Esto no fue bien recibido aun por algunos de los antiguos doctores, quienes querían que más bien la hubiera llamado virgen que mujer. Pero Pablo trata en esta epístola la materia más alta y principal de todas, a saber: del evangelio, de la fe, de la justicia cristiana; también de cuál es la persona de Cristo, cuál es su oficio, qué tomó sobre sí y qué hizo por nuestra causa, y qué beneficios nos ha traído a nosotros, pobres pecadores.

Por eso, la excelencia de una materia tan alta y tan maravillosa fue la causa de que no prestara atención a su virginidad. Le bastaba exponer y predicar la inestimable misericordia de Dios, que quiso que su Hijo naciera de ese sexo. Aquí no menciona la dignidad del sexo, sino solamente el sexo. Y al nombrar el sexo, da a entender que Cristo fue hecho verdadero y real hombre de la raza de la mujer. Como si dijera: nació no de hombre y mujer, sino solamente de la raza de la mujer. Por tanto, cuando nombra solamente la raza de la mujer, diciendo: «nacido de mujer», es como si hubiera dicho: nacido de una virgen. Juan el evangelista, cuando presenta así al Verbo, que estaba en el principio y fue hecho carne, no dice una palabra de su madre. «En el principio era el Verbo» y «aquel Verbo fue hecho carne» (Jn 1:1, 14).

Además, este lugar también testifica que Cristo, cuando se cumplió el tiempo de la ley, la abolió, y así trajo libertad a los que estaban oprimidos por ella; pero no hizo una nueva ley después o además de aquella antigua ley de Moisés. Por eso, los monjes y los escolásticos papistas no yerran menos ni blasfeman menos contra Cristo al imaginar que él dio una nueva ley además de la ley de Moisés, que los turcos, los cuales se jactan de su Mahoma como de un nuevo legislador después de Cristo, y mejor que Cristo.

Cristo, entonces, no vino a abolir toda la ley para hacer una nueva, sino, como Pablo dice aquí, fue enviado por su Padre al mundo para redimir a los que estaban retenidos en esclavitud bajo la ley. Estas palabras presentan a Cristo de manera viva y verdadera. No le atribuyen el oficio de hacer una nueva ley, sino de redimir a los que estaban bajo la ley. Y Cristo mismo dice: «Yo no juzgo a nadie». Y en otro lugar: «Porque no he venido para juzgar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por mí» (Jn 8:15; 12:47). Es decir: no vine para traer ley alguna, ni para juzgar a los hombres conforme a ella, como Moisés y otros legisladores; sino que tengo un oficio más alto y mejor. La ley los mató, y yo a mi vez juzgo, condeno y mato la ley, y así los libro de su tiranía.

Nosotros, que somos viejos, y que hemos sido criados en esta doctrina perniciosa de los papistas de tal manera que ha echado raíces profundas aun en nuestros huesos y médula, hemos concebido una opinión totalmente contraria a la que Pablo enseña aquí. Porque, aunque confesábamos con la boca que Cristo nos redimió de la tiranía de la ley, sin embargo, en realidad, en nuestro corazón pensábamos que él era un legislador, un tirano y un juez más terrible que el mismo Moisés.

Y esta opinión perversa todavía hoy, en medio de tanta luz de la verdad, no la podemos desechar del todo. Tan profundamente están arraigadas en nuestros corazones las cosas que aprendimos en nuestra juventud. Pero ustedes, que todavía son jóvenes y no están infectados con esta opinión perniciosa, pueden aprender a Cristo puramente con menos dificultad que nosotros, los viejos, podemos quitar de nuestra mente estas imaginaciones blasfemas que hemos concebido de él.

Sin embargo, ustedes no han escapado del todo a los engaños del diablo. Porque, aunque todavía no estén infectados con esta opinión maldita de que Cristo es un legislador, tienen en ustedes la raíz de donde brota; es decir, tienen la carne, la razón y la corrupción de la naturaleza, que no pueden juzgar de Cristo de otra manera sino que él es un legislador. Por tanto, deben esforzarse con todas sus fuerzas por aprender a conocer y a comprender a Cristo tal como Pablo lo presenta en este lugar.

Pero si, además de esta corrupción natural, vienen también maestros corruptos y malvados —de los cuales el mundo está lleno—, ellos aumentarán esta corrupción de la naturaleza, y así el mal será doble. Es decir, la mala instrucción aumentará y confirmará el error pernicioso de la razón ciega, la cual naturalmente juzga que Cristo es un legislador, e imprime ese error tan fuertemente en nuestras mentes, que sin gran trabajo y dificultad nunca puede ser abolido.

Por eso, nos es muy provechoso tener siempre delante de los ojos esta dulce y consoladora sentencia, y otras semejantes, que presentan a Cristo de manera verdadera y viva, para que durante toda nuestra vida, en todos los peligros, en la confesión de nuestra fe delante de los tiranos, y en la hora de la muerte, podamos decir con valentía y segura confianza: Oh ley, tú no tienes poder sobre mí, y por eso me acusas y me condenas en vano. Porque yo creo en Jesucristo, el Hijo de Dios, a quien el Padre envió al mundo para redimirnos a nosotros, miserables pecadores oprimidos por la tiranía de la ley. Él dio su vida y derramó su sangre por mí. Por tanto, sintiendo tus terrores y amenazas, oh ley, hundo mi conciencia en las heridas, la sangre, la muerte, la resurrección y la victoria de mi Salvador Cristo. Fuera de él no veré nada, no oiré nada.

Esta fe es nuestra victoria, por la cual vencemos los terrores de la ley, del pecado, de la muerte y de todos los males; y aun así, no sin grandes combates. Y aquí es donde los hijos de Dios, que diariamente son ejercitados con graves tentaciones, luchan y sudan de verdad. Porque muchas veces les viene a la mente que Cristo los acusará y alegará contra ellos; que les pedirá cuenta de su vida pasada, y que los condenará. No pueden asegurarse de que fue enviado por su Padre para redimirnos de la tiranía y opresión de la ley.

¿Y de dónde viene esto? Aún no se han despojado por completo de la carne, que se rebela contra el Espíritu. Por eso, los terrores de la ley, el miedo de la muerte y otras visiones tristes y pesadas semejantes, vuelven muchas veces, las cuales estorban nuestra fe, para que no pueda abrazar el beneficio de Cristo —que nos ha redimido de la esclavitud de la ley— con la seguridad que debería hacerlo.

Pero ¿cómo, o por qué medio, nos redimió Cristo? Este fue el modo de nuestra redención: «nacido bajo la ley». Cristo, cuando vino, nos halló a todos cautivos bajo ayos y tutores; es decir, encerrados y retenidos en prisión bajo la ley. ¿Qué hace entonces? Aunque él es Señor de la ley, y por tanto la ley no tiene autoridad ni poder sobre él, porque es el Hijo de Dios, sin embargo, de su propia voluntad se somete a la ley. Allí la ley ejecuta sobre él toda la jurisdicción que tenía sobre nosotros. Ella también nos acusa y nos aterroriza; nos hace sujetos al pecado, a la muerte y a la ira de Dios, y con su sentencia nos condena. Y esto lo hace con todo derecho, «porque todos nosotros vivimos en otro tiempo... y éramos por naturaleza hijos de ira» (Ef 2:3).

Por el contrario, Cristo «no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca» (1 P 2:22). Por tanto, él no estaba sujeto a la ley. Sin embargo, la ley no fue menos cruel contra este Cordero inocente, justo y bendito, que contra nosotros, pecadores malditos y condenados; antes, fue mucho más rigurosa. Porque lo acusa como blasfemo y como sedicioso; lo hace culpable delante de Dios de los pecados de todo el mundo; lo aterroriza y lo oprime tanto con tristeza y angustia de espíritu, que sudó sangre; y, en resumen, lo condenó a muerte, aun a muerte de cruz (Mt 26:65; Lc 23:5; 22:44).

Este fue verdaderamente un combate maravilloso, donde la ley, siendo una criatura, acomete de tal manera a su Creador, y contra todo derecho y equidad ejerce toda su tiranía sobre el Hijo de Dios, la misma que ejerce sobre nosotros, los hijos de ira. Ahora, por tanto, porque la ley pecó tan horriblemente y de manera tan maldita contra su Dios, ella misma queda maldita y acusada. Allí Cristo dice: Oh ley, tú poderosa reina y cruel gobernante de todo el género humano, ¿qué he hecho yo, para que me hayas acusado, aterrorizado y condenado a mí, que soy inocente?

Aquí la ley, que antes había condenado y dado muerte a todos los hombres, cuando ya no tiene nada con qué defenderse ni excusarse, es nuevamente condenada y vencida de tal manera que pierde todo su derecho, no solo sobre Cristo, a quien trató tan cruelmente y mató, sino también sobre todos los que creen en él. Porque a estos Cristo les dice: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados» bajo el yugo de la ley (Mt 11:28). Yo podría haber vencido la ley por mi poder absoluto, sin tu daño; porque soy Señor de la ley, y por eso ella no tiene derecho sobre mí. Pero me he sometido a la ley por causa de ustedes, que estaban bajo la ley, tomando sobre mí su carne. Es decir, por mi amor inestimable me humillé y me entregué a la misma prisión, tiranía y esclavitud de la ley, bajo la cual ustedes servían como cautivos y esclavos. Sufrí que la ley tuviera dominio sobre mí, siendo yo su Señor: que me aterrorizara, que me hiciera esclavo y cautivo del pecado, de la muerte y de la ira de Dios, cosa que no debía haber hecho. Por eso he vencido a la ley con doble derecho y autoridad: primero, como Hijo de Dios y Señor de la ley; segundo, en la persona de ustedes, lo cual es tanto como si ustedes mismos hubieran vencido la ley; porque mi victoria es de ustedes.

De esta manera habla Pablo por todas partes de este maravilloso combate entre Cristo y la ley. Y para hacer el asunto más agradable y más claro, suele presentar a la ley por una figura llamada prosopopœia, como una cierta persona poderosa que había condenado y dado muerte a Cristo; a quien Cristo, venciendo otra vez a la muerte y al cautiverio, conquistó, condenó y mató, «matando en ella las enemistades» (Ef 2). También: «Subiste a lo alto, cautivaste la cautividad», etc. (Sal 68). Usa la misma figura también en sus epístolas a los Romanos, Corintios y Colosenses. «Condenó al pecado en la carne», etc. (Ro 8:3). Así que Cristo, por esta victoria, desterró la ley de nuestra conciencia, de modo que ahora ya no puede confundirnos delante de Dios, llevarnos a la desesperación ni condenarnos. Ciertamente, no deja todavía de revelar nuestro pecado, de acusarnos y aterrorizarnos; pero la conciencia, aferrándose a esta palabra del Apóstol: «Cristo nos redimió de la maldición de la ley», se levanta por la fe y concibe gran consuelo.

Además, triunfa sobre la ley con una santa osadía, diciendo: No me importan tus terrores ni tus amenazas. Porque tú has crucificado al Hijo de Dios, y esto lo has hecho muy injustamente; por tanto, el pecado que has cometido contra él no puede ser perdonado. Has perdido tu derecho y tu dominio, y ahora para siempre no solo has sido vencida, condenada y muerta respecto de Cristo, sino también respecto de mí, que creo en él, a quien él ha dado gratuitamente esta victoria. Así la ley está muerta para nosotros para siempre, de modo que permanecemos en Cristo. Gracias, pues, sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo (1 Co 15:57).

Estas cosas también confirman esta doctrina: que somos justificados solo por la fe. Porque cuando este combate fue peleado entre Cristo y la ley, ninguna de nuestras obras ni méritos se interpuso, sino que solamente se halló a Cristo, quien, tomando sobre sí nuestra persona, se hizo sujeto a la ley y, en perfecta inocencia, sufrió toda su tiranía. Por tanto, la ley, como ladrona y asesina maldita del Hijo de Dios, pierde todo su derecho, y merece ser condenada de tal manera que, dondequiera que Cristo esté o sea una vez nombrado, allí se ve obligada a apartarse y huir; no de otra manera que el diablo, como imaginan los papistas, huye de la cruz. Por eso, si creemos, somos librados de la ley por medio de Cristo, quien triunfó sobre ella por sí mismo (Col 2:15). Por tanto, este glorioso triunfo que Cristo nos alcanzó no se obtiene por obras, sino solamente por la fe; por eso solo la fe justifica.

Estas palabras, pues: “Cristo fue hecho bajo la ley”, etc., así como son sustanciosas y expresan una cierta vehemencia, así deben ser pesadas y consideradas diligentemente. Porque declaran que el Hijo de Dios, hecho bajo la ley, no solo cumplió una o dos obras de la ley; es decir, no solamente fue circuncidado, o presentado en el templo, o subió a Jerusalén con los demás en los tiempos señalados, o solo vivió civilmente bajo la ley, sino que sufrió toda la tiranía de la ley. Porque la ley, estando en su principal uso y llena de poder, se lanzó sobre Cristo y lo asaltó tan horriblemente, que él sintió tal angustia y terror como ningún hombre sobre la tierra había sentido jamás. De esto da suficiente testimonio su sudor de sangre, el consuelo que le fue ministrado por el ángel, aquella poderosa oración que hizo en el huerto y, en suma, aquella lamentable queja en la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» Estas cosas sufrió para redimir a los que estaban bajo la ley; es decir, a los que estaban en pesadumbre de espíritu, en angustia y terror, y a punto de desesperar, oprimidos por la pesada carga de sus pecados, como en verdad todos nosotros lo estamos. Porque, en cuanto a la carne, pecamos diariamente contra todos los mandamientos de Dios. Pero Pablo nos da buen consuelo cuando dice: «Dios envió a su Hijo», etc.

Así que Cristo, persona divina y humana, engendrado de Dios sin principio y nacido de la Virgen en el tiempo señalado, no vino para hacer una ley, sino para sentir y sufrir los terrores de la ley en toda su extremidad, y para vencerla, a fin de abolirla por completo. No fue hecho maestro de la ley, sino discípulo obediente de la ley, para que, por esta obediencia suya, redimiera a los que estaban bajo la ley. Esto va contra la doctrina de los papistas, que han hecho a Cristo legislador, sí, mucho más severo y riguroso que Moisés. Pablo enseña aquí todo lo contrario, a saber, que Dios humilló a su Hijo bajo la ley; es decir, lo obligó a llevar el juicio y la maldición de la ley, el pecado, la muerte, etc. Porque Moisés, ministro de la ley, del pecado, de la ira y de la muerte, prendió, ató, condenó y mató a Cristo; y todo esto él lo sufrió. Por tanto, Cristo está como mero paciente, y no como agente, con respecto a la ley. Así que él no es legislador ni juez según la ley; sino que, al hacerse sujeto a la ley, llevando la condenación de la ley, nos libró de su maldición.

Ahora bien, cuando Cristo en el evangelio da mandamientos y enseña la ley, o más bien la expone, esto no pertenece a la doctrina de la justificación, sino a la de las buenas obras. Además, no es el oficio propio de Cristo —para lo cual vino principalmente al mundo— enseñar la ley, sino algo accidental o secundario en su oficio; así como lo era sanar a los débiles, resucitar a los muertos, etc. Estas son en verdad obras excelentes y divinas; pero, con todo, no son las obras propias y principales de Cristo. Porque los profetas también enseñaron la ley e hicieron milagros. Pero Cristo es Dios y hombre, quien luchando contra la ley, sufrió su extrema crueldad y tiranía. Y al sufrir la tiranía de la ley, la venció en sí mismo; y después, resucitado de entre los muertos, condenó y abolió por completo la ley, que era nuestro enemigo mortal, de modo que ya no puede condenar ni matar a los fieles. Por eso, el verdadero y propio oficio de Cristo es luchar con la ley, con el pecado y con la muerte del mundo entero; y luchar de tal manera, que debe sufrir y soportar todas estas cosas; y, sufriéndolas en sí mismo, vencerlas y abolirlas, y por este medio librar a los fieles de la ley y de todos los males. Por tanto, enseñar la ley y hacer milagros son beneficios particulares de Cristo, para los cuales no vino principalmente al mundo. Porque los profetas, y especialmente los apóstoles, hicieron milagros mayores que los que Cristo hizo (Jn 14).

Puesto, pues, que Cristo ha vencido a la ley en su propia persona, se sigue necesariamente que él es Dios por naturaleza. Porque no hay nadie, sea hombre o ángel, que esté por encima de la ley, sino solo Dios. Pero Cristo está por encima de la ley, pues la ha vencido; luego él es el Hijo de Dios, y Dios por naturaleza. Si tú te aferras a Cristo tal como Pablo aquí lo presenta, no puedes errar ni ser confundido. Además, juzgarás fácilmente de toda clase de vida, de las religiones y ceremonias de todo el mundo. Pero si este verdadero retrato de Cristo es desfigurado o de algún modo oscurecido, entonces sigue una confusión de todas las cosas. Porque el hombre natural no puede juzgar la ley de Dios. Aquí falla la pericia de los filósofos, de los canonistas y de todos los hombres. Porque la ley tiene poder y dominio sobre el hombre. Por tanto, la ley juzga al hombre, y no el hombre a la ley. Solo el cristiano tiene un juicio verdadero y cierto acerca de la ley. ¿Y cómo? En que ella no justifica. ¿Para qué, entonces, fue hecha la ley, si no justifica? La justicia delante de Dios, que se recibe solo por la fe, no es la causa final por la cual los justos obedecen la ley, sino la paz del mundo, la gratitud hacia Dios y el buen ejemplo de vida, por el cual otros son movidos a creer el evangelio. El Papa ha confundido y mezclado tanto la ley ceremonial, la ley moral y la fe, que al fin ha preferido la ley ceremonial a la ley moral, y la ley moral a la fe,

Gálatas 4:5

para que recibiésemos la adopción de hijos,

Pablo expone y amplía muy extensamente este pasaje de Gn 21: «En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra». Un poco antes llamó a esta bendición de la simiente de Abraham justicia, vida, la promesa del Espíritu, liberación de la ley, el testamento, etc. Aquí la llama la adopción y herencia de la vida eterna. Todo esto comprende esta palabra bendición. Porque cuando la maldición, que es pecado, muerte, etc., es abolida, entonces, en lugar de ella, sigue la bendición; es decir, justicia, vida y toda clase de bienes.

Pero, ¿por qué mérito hemos recibido esta bendición, es decir, esta adopción y herencia de la vida eterna? Por ninguno en absoluto. Porque, ¿qué pueden merecer los hombres que están encerrados bajo pecado, sujetos a la maldición de la ley y dignos de muerte eterna? Así que hemos recibido esta bendición gratuitamente, siendo totalmente indignos de ella; pero no sin mérito. ¿Qué mérito es ese? No el nuestro, sino el mérito de Jesucristo, el Hijo de Dios, quien, siendo hecho bajo la ley, no para sí mismo, sino para nosotros (como Pablo dijo antes, que «fue hecho por nosotros maldición»), nos redimió a nosotros que estábamos bajo la ley. Por tanto, hemos recibido esta adopción por la sola redención de Jesucristo, el Hijo de Dios, la cual es nuestro rico y eterno mérito, ya sea de congruencia o de dignidad, precedente a la gracia o posterior a ella. Y con esta adopción gratuita también hemos recibido el Espíritu Santo, el cual Dios ha enviado a nuestros corazones, clamando: Abba, Padre, como sigue;

Gálatas 4:6

Y por cuanto ustedes son hijos, Dios envió a sus corazones el Espíritu de su Hijo.

El Espíritu Santo es enviado de dos maneras. En la iglesia primitiva fue enviado de una manera manifiesta y visible. Así descendió sobre Cristo en el Jordán en forma de paloma (Mt 3:16); y en forma de fuego sobre los apóstoles y otros creyentes (Hch 1:3). Y este fue el primer envío del Espíritu Santo, el cual fue necesario en la iglesia primitiva; porque convenía que ella fuese establecida por muchos milagros, a causa de los incrédulos, como Pablo testifica: «las lenguas son por señal, no a los creyentes, sino a los incrédulos» (1 Co 14:22). Pero después que la iglesia fue reunida y confirmada con aquellos milagros, ya no fue necesario que este envío visible del Espíritu Santo continuara por más tiempo.

En segundo lugar, el Espíritu Santo es enviado por medio de la palabra a los corazones de los creyentes, como aquí se dice: «Dios envió el Espíritu de su Hijo», etc. Este envío es sin apariencia visible; es decir, cuando por oír la palabra externa recibimos un fervor y una luz internos, por los cuales somos cambiados y llegamos a ser nuevas criaturas; por los cuales también recibimos un nuevo juicio, un nuevo sentir y un nuevo impulso. Este cambio y este nuevo juicio no son obra de la razón ni del poder del hombre, sino don y operación del Espíritu Santo, que viene con la palabra predicada, purifica nuestros corazones por la fe y produce en nosotros movimientos espirituales. Por tanto, hay una gran diferencia entre nosotros y aquellos que con fuerza y sutileza persiguen la doctrina del evangelio. Porque nosotros, por la gracia de Dios, podemos juzgar con certeza por la palabra cuál es la voluntad de Dios para con nosotros; y también acerca de todas las leyes y doctrinas, de nuestra propia vida y de la vida de otros. Por el contrario, los papistas y sectarios no pueden juzgar con certeza de ninguna cosa. Porque corrompen, persiguen y blasfeman la palabra. Ahora bien, sin la palabra un hombre no puede dar juicio cierto de nada. Y aunque no parezca delante del mundo que somos renovados en espíritu y que tenemos el Espíritu Santo, sin embargo, nuestro juicio, nuestra manera de hablar y nuestra confesión declaran suficientemente que el Espíritu Santo con sus dones está en nosotros. Porque antes no podíamos juzgar rectamente de nada. No hablábamos como ahora hablamos. No confesábamos, como ahora lo hacemos en el verdadero conocimiento y luz del evangelio, que todas nuestras obras eran pecado y dignas de condenación; y que Cristo era nuestro único mérito, tanto antes de la gracia como después. Por tanto, no debe turbarnos en absoluto que el mundo, cuyas obras testificamos que son malas, nos juzgue como hombres sumamente perniciosos, herejes y sediciosos, destructores de la religión y perturbadores de la paz común, poseídos del diablo, que habla en nosotros y gobierna todos nuestros actos. Contra este juicio perverso e impío del mundo, baste este testimonio de nuestra conciencia, por el cual sabemos con certeza que es don de Dios que no solo creamos en Jesucristo, sino que también lo prediquemos y lo confesemos delante del mundo. Como creemos con el corazón, así hablamos con la boca, conforme a aquella palabra del salmista: «Creí; por tanto hablé» (Sal 116:10).

Además, nos ejercitamos en el temor de Dios, y evitamos el pecado cuanto podemos. Si pecamos, no pecamos deliberadamente, sino por ignorancia, y nos pesa por ello. Podemos caer, porque el diablo nos acecha de día y de noche. También los restos del pecado permanecen todavía fuertemente adheridos a nuestra carne; por tanto, en cuanto a la carne, somos pecadores, aun después de haber recibido el Espíritu Santo. Y hay una diferencia no pequeña entre un cristiano y un hombre civilmente honrado. Porque las obras de un cristiano, en apariencia exterior, no son sino bajas y sencillas. Cumple con su deber según su vocación, gobierna su casa, labra la tierra, da consejo, ayuda y socorre a su prójimo. Estas obras el hombre carnal no las estima mucho, sino que piensa que son comunes a todos los hombres, y que también los gentiles pueden hacerlas. Porque el mundo no entiende las cosas que son del Espíritu de Dios, y por eso juzga perversamente de las obras de los piadosos. Pero tiene en gran admiración la monstruosa superstición de los hipócritas y sus obras voluntarias. Las consideran obras santas, y no escatiman gastos para sostenerlas. Por el contrario, las obras de los fieles —que aunque en apariencia exterior parezcan viles y sin valor alguno, en realidad son buenas obras y aceptas a Dios, porque se hacen en fe, con corazón alegre, y con obediencia y gratitud hacia Dios—, esas obras, digo, no solo no reconocen como buenas obras, sino que también las desprecian y las condenan como muy impías y abominables. El mundo, por tanto, nada cree menos que esto: que nosotros tenemos el Espíritu Santo. Sin embargo, en el tiempo de la tribulación o de la cruz, y de la confesión de nuestra fe —que es la obra propia y principal de los que creen—, cuando tenemos que dejar esposa, hijos, bienes y vida, o negar a Cristo, entonces se manifiesta que hacemos confesión de nuestra fe, que confesamos a Cristo y su palabra por el poder del Espíritu Santo.

No debemos, pues, dudar si el Espíritu Santo mora en nosotros o no; sino estar plenamente persuadidos de que «somos templo del Espíritu Santo», como dice Pablo, 1 Co 2:16. Porque si alguno siente en sí amor hacia la palabra de Dios, y de buena gana oye, habla, escribe y piensa en Cristo, sepa ese tal que esto no es obra de la voluntad o de la razón humana, sino don del Espíritu Santo; porque es imposible que estas cosas se hagan sin el Espíritu Santo. Por el contrario, donde hay odio y desprecio de la palabra, allí reina el diablo, el dios de este mundo, «cegando el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo» (1 Co 4). Esto lo vemos hoy en la mayor parte del vulgo, que no tiene amor por la palabra, sino que la desprecia como si no les perteneciera en absoluto. Pero todos los que sientan algún amor o deseo por la palabra, reconozcan con gratitud que ese afecto ha sido derramado en ellos por el Espíritu Santo.

Porque no traemos con nosotros este afecto y deseo; ni puede enseñársenos por ley alguna cómo obtenerlo. Este cambio es, clara y sencillamente, obra de la diestra del Altísimo. Por tanto, cuando oímos con gusto y alegría la palabra predicada acerca de Cristo, el Hijo de Dios, quien por nosotros fue hecho hombre y hecho sujeto a la ley, para librarnos de la maldición de la ley, del infierno, de la muerte y de la condenación, entonces asegurémonos de que Dios, por medio de esta predicación y juntamente con ella, envía el Espíritu Santo a nuestros corazones. Por eso conviene mucho a los piadosos saber que tienen el Espíritu Santo.

Digo esto para refutar aquella doctrina perniciosa de los papistas, que enseñaba que ningún hombre sabe con certeza, por muy recta e irreprensible que sea su vida, si está en el favor de Dios o no. Y esta opinión, comúnmente recibida, era un principio y artículo principal de fe en todo el papado, por el cual borraron por completo la doctrina de la fe, atormentaron las conciencias de los hombres, desterraron enteramente a Cristo de la iglesia, oscurecieron y negaron todos los beneficios del Espíritu Santo, abolieron toda la adoración de Dios, y establecieron la idolatría, el desprecio de Dios y la blasfemia contra Dios en los corazones de los hombres.

Agustín dice muy bien y piadosamente que cada hombre ve con toda certeza su propia fe, si es que tiene fe. Esto ellos lo niegan. ¡Dios me libre!, dicen, de asegurarme de que estoy bajo la gracia, de que soy santo y de que tengo el Espíritu Santo, aun cuando viva piadosamente y haga todas las buenas obras. Ustedes que son jóvenes, y no están infectados con esta perniciosa opinión sobre la cual está fundado todo el reino del papa, guárdense y huyan de ella como de una plaga espantosa. Nosotros, que somos viejos, fuimos criados en este error desde nuestra juventud, y hemos sido tan nutridos en él, que ha echado profundas raíces en nuestro corazón. Por tanto, para nosotros no es menor trabajo desaprenderlo y olvidarlo, que aprender y abrazar la verdadera fe. Pero debemos estar seguros y fuera de toda duda de que estamos bajo la gracia, de que agradamos a Dios por causa de Cristo, y de que tenemos el Espíritu Santo: «Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él» (Ro 8:9).

Por tanto, seas ministro de la palabra de Dios o magistrado en la república, debes pensar con toda certeza que tu oficio agrada a Dios; pero esto nunca podrás hacerlo a menos que tengas el Espíritu Santo. Pero dirás: no dudo que mi oficio agrada a Dios, porque es ordenanza de Dios; pero dudo de mi propia persona, si agrada a Dios o no. Aquí debes recurrir a la palabra de Dios, la cual nos enseña y asegura que no solo el oficio de la persona, sino también la persona misma, agrada a Dios. Porque el hombre es bautizado, cree en Cristo, es purificado en su sangre de todos sus pecados, vive en la comunión y compañía de su iglesia. Además, no solo ama la doctrina pura de la palabra, sino que también se alegra y regocija grandemente cuando la ve prosperar y aumentarse el número de los fieles. Por el contrario, detesta al papa y a todos los sectarios con su doctrina impía, conforme a aquel dicho del salmo: «Aborrezco a los hombres hipócritas; Mas amo tu ley» (Sal 119:113).

Debemos, por tanto, estar firmemente persuadidos de que no solo nuestro oficio, sino también nuestra persona, agrada a Dios; y aun todo lo que dice, hace o piensa en particular, eso mismo agrada a Dios, no por causa de nosotros mismos, sino por causa de Cristo, que fue hecho bajo la ley por nosotros. Ahora bien, estamos seguros de que Cristo agrada a Dios, de que es santo, etc. Pues siendo así que Cristo agrada a Dios, y nosotros estamos en él, nosotros también agradamos a Dios y somos santos. Y aunque el pecado todavía permanezca en nuestra carne, y también caigamos y ofendamos cada día, sin embargo la gracia es más abundante y más fuerte que el pecado. La misericordia y la verdad del Señor reinan sobre nosotros para siempre. Por tanto, el pecado no puede aterrorizarnos ni hacernos dudar de la gracia de Dios que está en nosotros. Porque Cristo, ese poderosísimo gigante, ha abolido enteramente la ley, condenado el pecado, vencido la muerte y todos los males. Mientras él está a la diestra de Dios, intercediendo por nosotros, no podemos dudar de la gracia y del favor de Dios para con nosotros.

Además, Dios también ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, como aquí dice Pablo. Pero Cristo está certísimo, en su espíritu, de que agrada a Dios, etc.; por tanto, nosotros también, teniendo el mismo Espíritu de Cristo, debemos estar seguros de que estamos bajo la gracia por causa de él, lo cual es certísimo. Esto he dicho acerca del testimonio interior, por el cual el corazón del cristiano debe quedar plenamente persuadido de que está bajo la gracia y tiene al Espíritu Santo.

Ahora, las señales exteriores, como ya he dicho antes, son: oír con gusto acerca de Cristo; predicar y enseñar a Cristo; darle gracias; alabarlo; confesarlo, aun con pérdida de bienes y de la vida; además, cumplir nuestro deber conforme a nuestra vocación, según nos sea posible; hacerlo, digo, con fe, gozo, etc. No deleitarse en la vocación ajena, ni entrometerse en ella, sino atender a la propia, ayudar al hermano necesitado, consolar al de corazón abatido, etc. Por estas señales, como por ciertos efectos y consecuencias, quedamos plenamente seguros y confirmados de que estamos en el favor de Dios. Los impíos también imaginan que tienen las mismas señales, pero nada tienen menos que eso. Por aquí podemos ver claramente que el Papa, con su doctrina, no hace otra cosa que turbar y atormentar las conciencias de los hombres, y al fin llevarlas a la desesperación. Porque no solo enseña a dudar, sino que también lo manda. Por eso, como dice el Salmo, «No hay sinceridad en la boca de ellos» (Sal 5:9). Y en otro lugar: «Debajo de su lengua hay vejación y maldad» (Sal 10:7).

Aquí podemos ver cuán grande debilidad hay todavía en la fe de los piadosos. Porque si pudiéramos estar plenamente persuadidos de que estamos bajo la gracia, de que nuestros pecados son perdonados, de que tenemos el Espíritu de Cristo, de que somos hijos de Dios, entonces sin duda estaríamos gozosos y agradecidos a Dios por este don inestimable. Pero como sentimos movimientos contrarios, es decir, temor, dudas, angustia y pesadumbre de corazón, y cosas semejantes, no podemos asegurarnos de esto. Más aún, nuestra conciencia juzga que es una gran presunción y soberbia atribuirse esta gloria. Por tanto, si queremos entender esto rectamente y como debemos, es necesario ponerlo en práctica; porque sin experiencia y ejercicio nunca puede aprenderse.

Por tanto, practique cada uno esto consigo mismo, de tal manera que su conciencia quede plenamente segura de que está bajo la gracia, y de que tanto su persona como sus obras agradan a Dios. Y si siente en sí alguna vacilación o duda, ejercite su fe y luche contra esa duda; y esfuércese por alcanzar más fuerza y seguridad de fe, de modo que pueda decir: Yo sé que soy aceptado y que tengo el Espíritu Santo; no por mi propia dignidad, mi obra o mi mérito, sino por causa de Cristo, quien por su inestimable amor hacia nosotros se hizo siervo y sujeto a la ley, y quitó los pecados del mundo; en él creo. Aunque yo sea pecador y yerre, él es justo y no puede errar. Además, con gusto oigo, leo, canto y escribo de él, y nada deseo más que su evangelio sea conocido en todo el mundo, y que muchos sean convertidos a él. Estas cosas atestiguan claramente que el Espíritu Santo está presente con nosotros y en nosotros. Porque tales cosas no son obradas en el corazón por la fuerza del hombre, ni se alcanzan por industria o esfuerzo humano, sino que se obtienen solo por Cristo, quien primero nos hace justos por el conocimiento de sí mismo en su santo evangelio, y después crea en nosotros un corazón nuevo, produce buenos afectos, y nos da aquella seguridad por la cual somos persuadidos de que agradamos al Padre por causa de él. También nos da un juicio verdadero, por el cual probamos y examinamos las cosas que antes no conocíamos, o que despreciábamos por completo. Nos conviene, por tanto, luchar contra esta duda, para vencerla cada día más y más, y alcanzar una plena persuasión y certeza del favor de Dios hacia nosotros, arrancando de nuestros corazones esta opinión maldita de que el hombre debe dudar de la gracia y favor de Dios; opinión que ha infectado a todo el mundo.

Clamando: ¡Abba, Padre!

Pablo podría haber dicho: Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, llamando: Abba, Padre. No dice así, sino: «clamando: ¡Abba, Padre!», para mostrar y presentar la tentación del cristiano, cuya fe todavía es débil y cree débilmente. En Romanos 8, él llama a este clamor un gemido indecible. Asimismo dice: «Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles», etc.

Y este es un consuelo singular cuando dice «que el Espíritu de su Hijo» es enviado a nuestros corazones, «clamando: ¡Abba, Padre!»; y otra vez, «que nos ayuda en nuestras debilidades», intercediendo por nosotros con gemidos indecibles. El que pudiera creer esto con certeza, nunca sería vencido por ninguna aflicción, por grande que fuese. Pero hay muchas cosas que estorban esta fe en nosotros. Primero, nuestro corazón nace en pecado. Además, este mal está naturalmente injertado en nosotros: que dudamos de la buena voluntad de Dios hacia nosotros, y no podemos asegurarnos de que agradamos a Dios, etc. Aparte de todo esto, el diablo, nuestro adversario, anda alrededor con terribles rugidos y dice: Tú eres pecador; por tanto, Dios está airado contigo y te destruirá para siempre. Contra estos rugidos horribles e intolerables no tenemos nada en que sostenernos y afirmarnos, sino solo la palabra, que nos presenta a Cristo como vencedor sobre el pecado y la muerte, y sobre todos los males. Pero aferrarse firmemente a la palabra en esta tentación y en estos terrores de conciencia, ahí está toda la dificultad. Porque entonces Cristo no aparece a ningún sentido. No lo vemos; el corazón no siente su presencia ni su socorro en la tentación; sino que más bien parece

que está airado con nosotros y que nos abandona. Además, cuando un hombre es tentado y afligido, siente los dardos de fuego del diablo, los terrores de la muerte, la ira y el juicio de Dios. Todas estas cosas claman horriblemente contra nosotros, de modo que no vemos otra cosa sino desesperación y muerte eterna. Pero aun en medio de estos terrores de la ley, de estos truenos del pecado, de estos asaltos de la muerte y de estos rugidos del diablo, el Espíritu Santo, dice Pablo, clama en nuestros corazones: «¡Abba, Padre!» Y este clamor sobrepuja los horribles clamores de la ley, del pecado, de la muerte, del diablo, etc.; atraviesa las nubes y los cielos, y sube hasta los oídos de Dios.

Pablo da a entender, pues, por estas palabras, que aún hay debilidad en los piadosos; como también lo hace en Romanos 8, cuando dice: «Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad». Por cuanto el sentido y el sentimiento de lo contrario son fuertes en nosotros, es decir, por cuanto sentimos más el desagrado de Dios que su buena voluntad y favor hacia nosotros, por eso es enviado a nuestros corazones el Espíritu Santo, el cual no solo suspira y pide por nosotros, sino que clama poderosamente: «¡Abba, Padre!», y ruega por nosotros conforme a la voluntad de Dios con lágrimas y gemidos indecibles. ¿Y cómo se hace esto? Cuando estamos en terrores y en el conflicto de la conciencia, nos aferramos a Cristo y creemos que él es nuestro Salvador; pero entonces la ley y el pecado nos espantan y atormentan más que nunca. Además, el diablo nos asalta con todas sus máquinas y dardos de fuego, y se esfuerza con todo su poder por quitarnos a Cristo y todo consuelo. Aquí nos sentimos casi perdidos y al borde de la desesperación; porque entonces somos aquella caña cascada y aquel pábilo que humea, de que habla Isaías en cap. 42:3. Sin embargo, entretanto, el Espíritu Santo ayuda a nuestras debilidades, e intercede por nosotros con gemidos indecibles (Ro 8:26), y da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios.

Así se levanta el ánimo en medio de los terrores; mira a su Salvador y sumo sacerdote Jesucristo; vence la debilidad de la carne; vuelve a concebir consuelo y dice: «¡Abba, Padre!» Este gemido, que entonces apenas sentimos, Pablo lo llama un clamor y gemido indecible, que llena cielo y tierra. Además, lo llama clamor y gemido del Espíritu, porque el Espíritu Santo levanta lo mismo en nuestros corazones cuando estamos débiles y oprimidos por la tentación y el terror.

Así pues, aunque la ley, el pecado y el diablo clamen contra nosotros cuanto quieran con grandes y terribles rugidos, que parecen llenar cielo y tierra y exceder con mucho este gemido de nuestro corazón, con todo no pueden dañarnos. Porque cuanto más ferozmente nos asaltan, nos acusan y atormentan con sus clamores, tanto más gemimos; y en nuestro gemir nos asimos de Cristo, lo invocamos con el corazón y con la boca, nos aferramos a él, y creemos que fue hecho bajo la ley para librarnos de la maldición de la ley y destruir tanto el pecado como la muerte. Y así, cuando por la fe nos hemos asido de Cristo, clamamos por medio de él: «¡Abba, Padre!» (Gá 4:6). Y este nuestro clamor sobrepuja con mucho el rugido de la ley, del pecado, del diablo, etc.

Pero estamos tan lejos de pensar que este gemido que hacemos en estos terrores y en esta debilidad nuestra sea un clamor, que apenas percibimos que es un gemido. Porque nuestra fe, que en la tentación gime así a Cristo, es muy débil, si consideramos nuestro propio sentir y experiencia; y por eso no oímos este clamor. Solo tenemos la palabra. Cuando en este conflicto nos aferramos a ella, respiramos un poco, y entonces gemimos. De este gemido tenemos alguna pequeña sensación, pero el clamor no lo oímos. «Mas el que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu», dice Pablo, etc. (Ro 8:27). Para este Escudriñador de los corazones, este pequeño y débil gemido, tal como nos parece a nosotros, es un clamor fuerte y poderoso, y un gemido indecible; en comparación del cual los grandes y horribles rugidos de la ley, del pecado, de la muerte, del diablo y del infierno no son nada, ni siquiera pueden ser oídos. Por eso Pablo, no sin causa, llama a este gemido de un corazón piadoso y afligido un clamor y un gemido del Espíritu que no puede expresarse. Porque llena el cielo, de modo que los ángeles piensan que no oyen otra cosa sino este clamor.

Pero en nosotros hay un sentir totalmente contrario. Porque nos parece que este pequeño gemido nuestro no atraviesa tanto las nubes, como para que en el cielo de Dios o de sus ángeles no se oiga otra cosa. Antes bien, pensamos, y especialmente durante el tiempo de la tentación, que el diablo ruge horriblemente contra nosotros, que los cielos truenan y la tierra tiembla, que todo va a caer sobre nosotros, que todas las criaturas amenazan nuestra destrucción, que el infierno está abierto y listo para tragarnos. Este sentir está en nuestro corazón; estas voces horribles y esta apariencia espantosa las oímos y las vemos. Y esto es lo que Pablo dice en 2 Co 12: que «mi poder se perfecciona en la debilidad». Porque entonces Cristo es verdaderamente todopoderoso; entonces reina y triunfa de veras en nosotros, cuando somos tan débiles que apenas podemos gemir. Pero Pablo dice que este gemido es, a los oídos de Dios, un clamor poderosísimo, que llena cielo y tierra.

Cristo también, en el capítulo dieciocho de Lucas, en la parábola del juez injusto, llama a este gemido de un corazón fiel un clamor; sí, un clamor que no cesa de clamar a Dios día y noche, donde dice: «Oíd lo que dijo el juez injusto. ¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará en responderles? Os digo que pronto les hará justicia.» Nosotros hoy, en medio de tan grande persecución y contradicción del Papa, de los tiranos y de los sectarios, que pelean contra nosotros tanto a derecha como a izquierda, no podemos hacer otra cosa sino lanzar tales gemidos. Y estas han sido nuestras armas y nuestra artillería, con las cuales por tantos años hemos dispersado los consejos y planes de nuestros adversarios, y con las cuales también hemos comenzado a derribar el reino del Anticristo. Ellos también moverán a Cristo a apresurar el día de su venida gloriosa, en el cual abolirá todo dominio, toda autoridad y todo poder, y pondrá a todos sus enemigos debajo de sus pies. Amén.

En el capítulo catorce de Éxodo, el Señor habla a Moisés junto al Mar Rojo, diciendo: «¿Por qué clamas a mí?» Y sin embargo Moisés no clamaba, sino que temblaba y casi desesperaba, porque estaba en gran angustia. Parecía que reinaba en él la incredulidad, y no la fe. Porque veía al pueblo de Israel tan cercado y encerrado por el ejército egipcio y por el mar, que no había manera alguna de escapar. Aquí Moisés no se atrevía a abrir la boca. ¿Cómo, entonces, clamaba? No debemos juzgar según el sentir de nuestro propio corazón, sino según la palabra de Dios, que nos enseña que

el Espíritu Santo es dado a los afligidos, aterrados y casi desesperados, para levantarlos y consolarlos, a fin de que no sean vencidos en sus tentaciones y aflicciones, sino que las venzan, aunque no sin grandes terrores y angustias.

Los papistas soñaban que los santos tenían el Espíritu Santo de tal manera que nunca tenían ni sentían tentación. Hablaban del Espíritu Santo solo por especulación y conocimiento desnudo. Pero Pablo dice que «mi poder se perfecciona en la debilidad». También, que «el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad» y «intercede por nosotros con gemidos indecibles». Por tanto, entonces tenemos mayor necesidad de la ayuda y el consuelo del Espíritu Santo; y precisamente entonces él está más dispuesto a ayudarnos, cuando estamos más débiles y más cerca de la desesperación. Si alguno sufre aflicción con corazón constante y gozoso, entonces el Espíritu Santo ha hecho su obra en él. Y en verdad él ejerce su obra de manera especial y propia en aquellos que han sufrido grandes terrores y aflicciones, y «llegaron hasta las puertas de la muerte», como dice el Salmo. Como dije de Moisés, que veía la muerte presente en las aguas y por todos lados adonde volvía su rostro. Estaba, por tanto, en extrema angustia y desesperación; y sin duda sentía en su corazón un poderoso clamor del diablo contra él, diciendo: Todo este pueblo perecerá hoy,

porque no tiene escapatoria alguna; y de toda esta gran calamidad tú solo serás hallado autor, porque los has sacado de Egipto. Además de todo esto, el pueblo clamaba contra él, diciendo: «¿No había sepulcros en Egipto, que nos has sacado para que muramos en el desierto? ¿Por qué has hecho así con nosotros, que nos has sacado de Egipto? ¿No es esto lo que te hablamos en Egipto, diciendo: Déjanos servir a los egipcios? Porque mejor nos fuera servir a los egipcios, que morir nosotros en el desierto» (Éx 14:11). El Espíritu Santo no estaba aquí en Moisés por mera especulación y conocimiento solamente, sino verdadera y eficazmente; él intercedía por él con gemidos indecibles, de modo que suspiraba al Señor y decía: «Oh Señor, por tu mandato he sacado a este pueblo; ayúdanos, pues». A este gemido y suspiro dirigido a Dios, la Escritura lo llama clamor.

He tratado este asunto más extensamente para mostrar claramente cuál es el oficio del Espíritu Santo y cuándo lo ejerce especialmente. Por tanto, en la tentación no debemos juzgar esto de ninguna manera según nuestro propio sentir y experiencia, ni por el clamor de la ley, del pecado y del diablo, etc. Si aquí seguimos nuestro propio sentir y creemos esos clamores, pensaremos que estamos destituidos de toda ayuda y socorro del Espíritu Santo, y enteramente desechados de la presencia de Dios. No; más bien recordemos lo que dice Pablo: «Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad», etc. También clama: «¡Abba, Padre!»; es decir, profiere un cierto suspiro y gemido débil del corazón, tal como a nosotros nos parece, el cual, no obstante, delante de Dios es un gran clamor y un gemido indecible. Por tanto, en medio de tu tentación y debilidad, aférrate solamente a Cristo y gime a él; él da el Espíritu Santo, que clama: «Abba, Padre». Y este débil gemido es un gran clamor a los oídos de Dios, y llena de tal manera cielo y tierra, que Dios no oye otra cosa; y además, hace callar los clamores de cualquier otra cosa.

Debes notar también que Pablo dice que el Espíritu intercede por nosotros en nuestra tentación, no con muchas palabras ni con larga oración, sino solamente con un gemido, que sin embargo no puede expresarse. Y no clama en alta voz con lágrimas, diciendo: «Ten piedad de mí, oh Dios» (Sal 51:1), etc.; sino que solo profiere un pequeño sonido y un débil gemido, como: «¡Ah, Padre!». Esta es una pequeña palabra, y sin embargo comprende todas las cosas. La boca no habla, pero el afecto del corazón habla de esta manera: Aunque esté oprimido por angustia y terror por todas partes, y parezca estar desamparado y totalmente desechado de tu presencia, sin embargo soy tu hijo, y tú eres mi Padre por causa de Cristo. Soy amado por causa del Amado. Por tanto, esta pequeña palabra Padre, concebida eficazmente en el corazón, sobrepasa toda la elocuencia de Demóstenes, Cicerón y de los más elocuentes oradores que jamás hubo en el mundo. Esta cosa no se expresa con palabras, sino con gemidos; gemidos que no pueden declararse con palabras ni con elocuencia alguna, porque ninguna lengua puede expresarlos.

He usado muchas palabras para declarar que un cristiano debe estar seguro de que está en el favor de Dios, y de que tiene en su corazón el clamor del Espíritu Santo. Esto he hecho para que aprendamos a rechazar y abandonar por completo aquella opinión diabólica de todo el reino del Papa, que enseñaba que uno debía estar incierto y dudar de la gracia y del favor de Dios hacia él. Si esta opinión se recibe, entonces Cristo no aprovecha nada. Porque el que duda del favor de Dios hacia él, necesariamente duda también de las promesas de Dios, y por consiguiente de la voluntad de Dios, y de los beneficios de Cristo; a saber, que nació, padeció, murió y resucitó por nosotros, etc. Pero no puede haber blasfemia mayor contra Dios que negar sus promesas, negar a Dios mismo, negar a Cristo, etc. Por lo tanto, no solo fue una extrema locura, sino una horrible impiedad, que los monjes atrajeran con tanto empeño a la juventud, hombres y mujeres, a sus monasterios y a sus santas órdenes, como las llamaban, como a un estado segurísimo de salvación; y sin embargo, después de haber hecho esto, les mandaban dudar de la gracia y del favor de Dios hacia ellos.

Además, el Papa llamaba a todo el mundo a la obediencia de la santa iglesia de Roma, como a un estado santo, en el cual podían sin duda alcanzar la salvación; y sin embargo, después de haberlos sujetado a la obediencia de las leyes, les mandaba dudar de su salvación. Así el reino del Anticristo se jacta y se gloría al principio de la santidad de sus órdenes, de sus reglas y de sus leyes, y promete con toda seguridad la vida eterna a quienes las observan y guardan. Pero después, cuando estos miserables han afligido por largo tiempo sus cuerpos con vigilias y ejercicios semejantes, conforme a tradiciones y ordenanzas de hombres, todo lo que ganan con ello es esto: que quedan inciertos de si esta obediencia agrada a Dios o no. Así Satanás jugó de la manera más horrible con la muerte y destrucción de las almas por medio del Papa; y por eso el papado es un matadero de conciencias, y el verdadero reino del diablo.

Ahora bien, para establecer y confirmar este error pernicioso y maldito, alegaban el dicho de Salomón: «Todo esto he visto, y he puesto mi corazón en todo ello: que los justos y los sabios, y sus obras, están en la mano de Dios; que sea amor o que sea odio, no lo saben los hombres» (Ec 9:1). Algunos entienden esto de lo por venir, y otros de lo presente; pero ninguno entiende a Salomón, quien en ese lugar quiere decir algo muy distinto de lo que ellos sueñan. Además, toda la Escritura nos enseña, especial y principalmente, que no debemos dudar, sino asegurarnos y creer sin vacilar que Dios es misericordioso, amoroso y paciente; que no es fingidor ni engañador, sino fiel y verdadero, y que guarda su promesa; sí, y que la ha cumplido al entregar a su Hijo unigénito a la muerte por nuestros pecados, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna. Aquí no podemos dudar de que Dios está complacido con nosotros, de que verdaderamente nos ama, de que el odio y la ira de Dios han sido quitados, puesto que permitió que su Hijo muriera por nosotros, pobres pecadores. Aunque este asunto se expone y se repite a menudo en todo el evangelio, con todo no aprovecha nada. Esta sola declaración de Salomón, perversamente entendida, prevaleció más, especialmente entre los religiosos y los hipócritas de la observancia más estricta, que todas las promesas y consolaciones de toda la Escritura; sí, más que Cristo mismo. Así, pues, torcieron la Escritura para su propia destrucción, y fueron castigados con toda justicia por despreciar las Escrituras y rechazar el evangelio.

Nos conviene conocer estas cosas; primero, porque los papistas se jactan de su santidad, como si nunca hubieran cometido mal alguno. Por tanto, deben ser convencidos por sus propias abominaciones, con las cuales han llenado al mundo entero, como lo atestiguan sus propios libros, de los cuales todavía hay un número infinito. Segundo, para que tengamos plena certeza de que poseemos la doctrina pura del evangelio. De esto ciertamente el papa no puede gloriarse; en su reino, aunque todo lo demás estuviera sano e incorrupto, esta monstruosa doctrina acerca de la gracia y el favor de Dios sobrepasa a todos los demás monstruos. Y aunque es evidente que los enemigos del evangelio de Cristo enseñan cosas inciertas, porque mandan que las conciencias de los hombres permanezcan en duda, sin embargo nos condenan y nos matan como herejes, porque disentimos de ellos y enseñamos cosas ciertas. Y hacen esto con tanta furia y crueldad diabólica, como si estuvieran segurísimos de su doctrina.

Demos, pues, gracias a Dios porque hemos sido librados de esta monstruosa doctrina de la duda, y ahora podemos estar seguros de que el Espíritu Santo clama y produce en nuestros corazones gemidos indecibles. Y esta es nuestra ancla y nuestro fundamento. El evangelio nos manda mirar, no nuestras propias buenas obras ni nuestra propia perfección, sino a Dios que promete y a Cristo el mediador. Por el contrario, el papa nos manda mirar, no a Dios que promete, ni a Cristo nuestro sumo obispo, sino a nuestras obras y méritos. Aquí, por un lado, necesariamente siguen la duda y la desesperación; pero, por el otro, la seguridad del favor de Dios y el gozo del espíritu. Porque nosotros nos aferramos a Dios, que no puede mentir. Porque él dice: He aquí, entrego a mi Hijo a la muerte, para que por su sangre él te redima de tus pecados y de la muerte eterna. En este caso no puedo dudar, a menos que quiera negar por completo a Dios. Y esta es la razón por la cual nuestra doctrina es segurísima y certísima: porque nos saca de nosotros mismos, para que no descansemos en nuestra propia fuerza, nuestra propia conciencia, nuestro propio sentir, nuestra propia persona y nuestras propias obras, sino en aquello que está fuera de nosotros, es decir, la promesa y la verdad de Dios, que no puede engañarnos. Esto el papa no lo conoce, y por eso imagina impíamente que nadie sabe, por justo y sabio que sea, si es digno de amor o de odio. Pero si es justo y sabio, ciertamente sabe que es amado por Dios; de otra manera, no es ni justo ni sabio.

Además, esta sentencia de Salomón no habla en absoluto del odio o del favor de Dios hacia los hombres, sino que es una sentencia moral que reprende la ingratitud de los hombres. Porque tal es la perversidad e ingratitud del mundo, que cuanto mejor merece un hombre, menos agradecimiento recibe; y muchas veces aquel que debería ser su mayor amigo resulta ser su mayor enemigo. Por el contrario, los que menos merecen son los más estimados. Así David, hombre santo y buen rey, fue expulsado de su reino. Los profetas, Cristo y sus apóstoles fueron muertos. En resumen, las historias de todas las naciones testifican que muchos hombres que habían servido bien a su patria fueron desterrados por sus propios conciudadanos, y allí vivieron en gran miseria; y algunos también perecieron vergonzosamente en la cárcel. Por lo cual Salomón no habla aquí de la conciencia en su trato con Dios, ni del favor o juicio, del amor u odio de Dios, sino de los juicios y afectos de los hombres entre sí. Como si dijera: Hay muchos hombres justos y sabios por medio de los cuales Dios obra mucho bien y da paz y tranquilidad a los hombres. Pero están tan lejos de reconocerlo, que muchas veces les pagan de la manera más ingrata y grosera por sus buenas obras y sus méritos. Por tanto, aunque un hombre haga todo bien, y aun excelentemente bien, no sabe si por esta diligencia y fidelidad suyas merece el odio o el favor de los hombres.

Así también nosotros hoy, cuando pensábamos que hallaríamos favor entre nuestros propios compatriotas, pues les predicamos el evangelio de paz, vida y salvación eterna, en lugar de favor hemos hallado odio amargo y cruel. En verdad, al principio muchos se deleitaban grandemente con nuestra doctrina y la recibían con gusto. Pensábamos que serían nuestros amigos y hermanos, y que de común acuerdo con nosotros plantarían y predicarían esta doctrina a otros. Pero ahora hallamos que son falsos hermanos y enemigos mortales nuestros, que siembran y esparcen falsa doctrina; y lo que nosotros enseñamos bien y piadosamente, ellos impíamente lo pervierten y lo destruyen, provocando ofensas en las iglesias. Por tanto, cualquiera que cumpla su deber piadosa y fielmente, en cualquier clase de vida en que se halle, y por hacer bien no reciba otra cosa sino ingratitud y odio de los hombres, no se aflija ni se atormente por ello, sino diga con Cristo: «Sin causa me aborrecieron.» Y otra vez: «En pago de mi amor me han sido adversarios; mas yo oraba.» (Sal 109:4).

El papa, pues, con esta doctrina diabólica por la cual mandaba a los hombres dudar del favor de Dios hacia ellos, quitó de la iglesia a Dios y todas sus promesas, sepultó todos los beneficios de Cristo y abolió todo el evangelio. Estos inconvenientes necesariamente se siguen; porque los hombres no descansan en las promesas de Dios, sino en sus propias obras y méritos. Por tanto, no pueden estar seguros de la buena voluntad de Dios hacia ellos, sino que necesariamente tienen que dudar de ella, y así al fin desesperar. Nadie puede entender cuál es la voluntad de Dios ni qué es lo que le agrada, sino en su buena palabra. Esta palabra nos asegura que Dios ha quitado toda la ira y desagrado que había concebido contra nosotros, cuando entregó a su Hijo unigénito por nuestros pecados, etc. Por tanto, abandonemos por completo esta duda diabólica con la cual todo el papado fue envenenado, y estemos plenamente seguros de que Dios es misericordioso con nosotros, de que le agradamos, de que cuida de nosotros, de que tenemos al Espíritu Santo, el cual intercede por nosotros con clamores y gemidos que no pueden expresarse.

Ahora bien, este es el verdadero clamor y gemido, cuando un hombre en la tentación invoca a Dios, no como a un tirano, no como a un juez airado, no como a un atormentador, sino como a un padre, aunque este gemido sea tan suave y tan secreto que apenas pueda percibirse. Porque en las tentaciones serias y en el tiempo de prueba, cuando la conciencia lucha con el juicio de Dios, suele llamar a Dios no Padre, sino tirano y juez injusto, airado y cruel. Y este clamor, que Satanás levanta en el corazón, sobrepasa con mucho el clamor del Espíritu, y se siente poderosamente. Porque entonces parece que Dios nos ha abandonado y que quiere arrojarnos al infierno. Así, los fieles se quejan muchas veces en los Salmos: «Decía yo en mi premura: Cortado soy de delante de tus ojos.» (Sal 31:22). También: «He venido a ser como vaso quebrado», etc. Este no es el gemido que clama, Abba, Padre, sino el rugido de la ira de Dios, que clama con fuerza: ¡Oh juez cruel! ¡Oh atormentador cruel!, etc. Aquí es tiempo de que apartes tus ojos de la ley, de las obras y del sentimiento de tu propia conciencia, y te aferres por la fe a la promesa; es decir, a la palabra de gracia y de vida, la cual levanta de nuevo la conciencia, de modo que entonces comienza a gemir y a decir: Aunque la ley me acuse, y el pecado y la muerte me aterren por mucho que sea, con todo, oh Dios mío, tú prometes gracia, justicia y vida eterna por medio de Jesucristo. Y así la promesa produce un suspiro y un gemido, que clama: Abba, Padre.

Versículo 7. Así que ya no eres esclavo, sino hijo...

Esta es la conclusión y el cierre de lo que dijo antes. Como si dijera: Si esto es verdad, que hemos recibido el Espíritu por el evangelio, por el cual clamamos: Abba, Padre; entonces este decreto es pronunciado en el cielo: que ya no hay más esclavitud, sino pura libertad y adopción. ¿Y quién pronuncia esta libertad? En verdad, este gemido. ¿Por qué medio? El Padre me ofrece, por su promesa, su gracia y su favor paternal. Queda entonces que yo reciba esta gracia. Y esto se hace cuando yo, a mi vez, con este gemido clamo, y con corazón filial doy mi asentimiento a este nombre de Padre. Aquí, pues, el Padre y el Hijo se encuentran, y el matrimonio queda consumado, sin toda pompa ni solemnidad; es decir, no se interpone absolutamente nada, no se requiere aquí ley ni obra alguna. Porque ¿qué puede hacer un hombre en estos terrores y horribles tinieblas de las tentaciones? Aquí no hay otra cosa sino el Padre prometiendo y llamándome hijo, por Cristo, que fue hecho bajo la ley, etc.; y yo recibiendo y respondiendo con este gemido, diciendo: ¡Padre! Aquí, pues, no hay exigencia alguna; no se requiere nada, sino solamente ese gemido filial que aprehende una esperanza y confianza seguras en la tribulación, y dice: Tú prometes y me llamas tu hijo por amor de Cristo; y yo, a mi vez, recibo tu promesa y te llamo Padre. Esto es realmente ser hecho hijo, simple y llanamente, sin obras. Pero estas cosas no pueden entenderse sin experiencia y práctica.

Aquí Pablo toma esta palabra esclavo de manera distinta de como lo hizo antes en el capítulo 3, donde dice: «Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre», etc. Aquí llama esclavo de la ley al que está sujeto a la ley, como dijo un poco antes: «estábamos en esclavitud bajo los rudimentos del mundo». Por tanto, ser esclavo según Pablo en este lugar es ser culpable y cautivo bajo la ley, bajo la ira de Dios y la muerte; mirar a Dios, no como a un Padre misericordioso, sino como a un atormentador, un enemigo y un tirano. Esto sí es estar en servidumbre y cautividad babilónica, y ser cruelmente atormentado en ella. Porque la ley no libra del pecado y de la muerte, sino que revela y aumenta el pecado, y produce ira. Esta esclavitud, dice Pablo, Ro 3:20; Ro 8:15, ya no continúa; no nos oprime ni nos agobia más, etc. Pablo dice: “Tú no serás más esclavo”. Pero la sentencia es más general si decimos: No habrá más esclavitud en Cristo, sino pura libertad y adopción. Porque cuando viene la fe, cesa aquella esclavitud, como dijo antes en el capítulo 3.

Ahora bien, si por el Espíritu de Cristo que clama en nuestro corazón: «¡Abba, Padre!», ya no somos siervos, sino hijos, entonces se sigue que no solo somos librados del Papa y de todas las abominaciones de las tradiciones de los hombres, sino también de toda la jurisdicción y poder de la ley de Dios. Por tanto, de ninguna manera debemos permitir que la ley reine en nuestra conciencia, y mucho menos el Papa con sus vanas amenazas y terrores. Ciertamente, ruge poderosamente como un león (Ap 10), y amenaza a todos los que no obedecen sus leyes con la ira e indignación de Dios Todopoderoso y de sus benditos apóstoles, etc. Pero aquí Pablo nos arma y nos consuela contra estos rugidos, cuando dice: Ya no eres siervo, sino hijo. Aférrate a este consuelo por la fe, y di: Oh ley, tu tiranía no puede tener lugar en el trono donde Cristo mi Señor está sentado; allí no puedo oírte. Mucho menos te oigo a ti, oh Anticristo; porque soy libre y soy hijo, y no debo estar sujeto a ninguna esclavitud ni a ninguna ley servil. No permita, pues, Moisés con sus leyes, y mucho menos el Papa, subir al aposento nupcial para acostarse allí; es decir, para reinar en la conciencia, la cual Cristo ha librado de la ley, para que no esté sujeta a ninguna esclavitud. Quédense los siervos con el asna en el valle; que nadie sino Isaac suba al monte con su padre Abraham. (Gn 12:5.) Es decir, que la ley tenga dominio sobre el cuerpo y sobre el viejo hombre; que él esté bajo la ley, y sufra que la carga sea puesta sobre él; que se deje ejercitar y afligir por la ley; que la ley le limite y le prescriba qué debe hacer, qué debe sufrir, y cómo debe vivir y gobernarse entre los hombres. Pero que no contamine el lecho en el cual Cristo debe reposar y dormir solo; es decir, que no turbe la conciencia. Porque ella sola debe vivir con Cristo su esposo en el reino de la libertad y de la adopción.

Si entonces, dice él, por el Espíritu de Cristo claman: «¡Abba, Padre!», entonces verdaderamente ya no son siervos, sino hombres libres e hijos. Por tanto, están sin ley, sin pecado, sin muerte; es decir, son salvos, y ahora han sido completamente librados de todos los males. Por eso, la adopción trae consigo el reino eterno y toda la herencia celestial. Ahora bien, cuán inestimable es la gloria de este don, el corazón del hombre no es capaz de concebirlo, y mucho menos de expresarlo.

Mientras tanto, vemos esto solo oscuramente, y como desde lejos. Tenemos este pequeño gemido y esta fe débil, que solo descansa en el oír y en el sonido de la voz de Cristo al dar la promesa. Por tanto, no debemos medir esto por la razón ni por nuestro propio sentir, sino por la promesa de Dios. Ahora bien, como él es infinito, también su promesa es infinita, aunque parezca estar encerrada en estrecheces tan angostas, quiero decir, en estas angustias. Por eso, ya no hay nada que pueda acusar, aterrorizar o atar la conciencia. Porque ya no hay servidumbre, sino adopción; la cual no solo nos trae libertad de la ley, del pecado y de la muerte, sino también la herencia de la vida eterna, como sigue:—

Gálatas 4:7

Ahora bien, si eres hijo, también eres heredero de Dios por medio de Cristo.

Porque el que es hijo, también debe ser heredero; pues por su nacimiento es digno de ser heredero. No hay obra ni mérito que le traiga la herencia, sino solo su nacimiento. Y así, al obtener la herencia, es mero paciente y no agente; es decir, no engendra, no trabaja, no se afana; sino que el ser nacido es lo que lo hace heredero. Así obtenemos nosotros los dones eternos, a saber, el perdón de los pecados, la justicia, la gloria de la resurrección y la vida eterna, no como agentes, sino como pacientes; es decir, no haciendo, sino recibiendo. Aquí nada se interpone; solo la fe se aferra a la promesa ofrecida. Así como, pues, un hijo en el gobierno civil y doméstico es hecho heredero solamente por su nacimiento, así también aquí solo la fe nos hace hijos de Dios, nacidos de la palabra, que es el vientre de Dios, en el cual somos concebidos, llevados, nacidos y alimentados, etc. Por este nacimiento, entonces, somos hechos nuevas criaturas, formados por la fe en la palabra. Somos hechos cristianos, hijos y herederos de Dios por medio de Jesucristo. Ahora bien, siendo herederos, somos librados de la muerte, del pecado y del diablo, y tenemos justicia y vida eterna.

Pero esto sobrepasa con mucho toda la capacidad del hombre: que él nos llame herederos; no de algún príncipe rico y poderoso, no del emperador, no del mundo, sino de Dios, el Creador todopoderoso de todas las cosas. Esta herencia nuestra, entonces, como Pablo dice en otro lugar, es inestimable. Y si un hombre pudiera comprender la gran excelencia de este asunto, que es hijo y heredero de Dios, y con fe constante creerlo, ese hombre estimaría todo el poder y las riquezas de todos los reinos del mundo como estiércol inmundo, en comparación con su herencia eterna. Aborrecería todo lo que es alto y glorioso en el mundo. Sí, cuanto mayor fuese la pompa y la gloria del mundo, tanto más la odiaría. En conclusión: aquello que el mundo más estima y engrandece, eso sería ante sus ojos lo más vil y abominable. Porque, ¿qué es todo el mundo, con todo su poder, riquezas y gloria, en comparación con Dios, cuyo hijo y heredero él es? Además, desearía de corazón con Pablo (Fil 1:23) partir y estar con Cristo; y nada le sería más bienvenido que una pronta muerte, la cual abrazaría como una paz muy gozosa, sabiendo que sería el fin de todas sus miserias, y que por medio de ella llegaría a su herencia, etc. Sí, el hombre que pudiera creer esto perfectamente no permanecería mucho tiempo vivo, sino que sería absorbido inmediatamente por un gozo excesivo.

Pero la ley de los miembros, que lucha contra la ley de la mente, estorba la fe en nosotros y no permite que sea perfecta. Por tanto, tenemos necesidad de la ayuda y el consuelo del Espíritu Santo, para que en nuestras tribulaciones y aflicciones interceda por nosotros con gemidos indecibles, como antes he dicho. El pecado aún permanece en la carne, la cual muchas veces oprime la conciencia, y así estorba la fe, de modo que no podemos contemplar y desear con gozo perfecto aquellas riquezas eternas que Dios nos ha dado por medio de Cristo. Pablo mismo, sintiendo esta batalla de la carne contra el espíritu, clama: «¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?» (Ro 7:24). Acusa a su cuerpo, al cual, sin embargo, le corresponde amar, llamándolo con un nombre odioso, su muerte. Como si dijera: Mi cuerpo me aflige más y me atormenta con más gravedad que la muerte misma; porque también en él impide el gozo del espíritu. Él no tenía siempre dulces y gozosos pensamientos de la herencia celestial venidera, sino que muchas veces sentía también gran pesadumbre de espíritu, gran angustia y terrores.

Por esto podemos ver claramente cuán difícil cosa es la fe, la cual no se capta fácil y rápidamente, como sueñan ciertos espíritus satisfechos y hastiados, que tragan de una vez todo lo contenido en las Santas Escrituras. La gran debilidad que hay en los santos, y la lucha de la carne contra el espíritu, testimonian suficientemente cuán débil es la fe en ellos. Porque una fe perfecta trae de inmediato un perfecto desprecio y hastío de esta vida presente. Si pudiéramos asegurarnos plenamente y creer constantemente que Dios es nuestro Padre, y nosotros sus hijos y herederos, entonces despreciaríamos por completo este mundo, con toda su gloria, justicia, sabiduría y poder, con todos sus cetros y coronas reales, y con todas sus riquezas y placeres. No estaríamos tan afanados por esta vida. No estaríamos tan entregados al mundo y a las cosas mundanas, confiando en ellas cuando las tenemos, lamentándonos y desesperando cuando las perdemos; sino que haríamos todas las cosas con gran amor, humildad y paciencia. Pero hacemos lo contrario; porque la carne aún es fuerte, pero la fe es débil, y el espíritu es débil. Por eso Pablo dice muy bien que aquí en esta vida tenemos solamente las primicias del Espíritu, y que en el mundo venidero tendremos también los diezmos.

Por medio de Cristo.

Pablo tiene siempre a Cristo en su boca: no puede olvidarlo. Porque veía muy bien de antemano que nada sería menos conocido en el mundo, sí, aun entre aquellos que profesarían ser cristianos, que Cristo y su evangelio. Por tanto, habla de él y lo pone continuamente delante de nuestros ojos. Y tan a menudo como habla de gracia, justicia, la promesa, la adopción y la herencia, acostumbra siempre añadir, “en Cristo” o “por medio de Cristo”, impugnando de manera encubierta la ley. Como si dijera: Estas cosas no nos vienen ni por la ley ni por las obras de ella; mucho menos por nuestras propias fuerzas o por las obras de las tradiciones de los hombres; sino solo por Cristo.

Gálatas 4:8-9

Pero entonces, cuando no conocían a Dios, servían a los que por naturaleza no son dioses. Mas ahora, conociendo a Dios, o más bien, siendo conocidos por Dios, ¿cómo es que os volvéis de nuevo a los débiles y pobres rudimentos, a los cuales os queréis volver a esclavizar?

Esta es la conclusión de la discusión de Pablo. Desde aquí hasta el final de la Epístola ya no discute mucho, sino que solo da preceptos en cuanto a las costumbres. Sin embargo, primero reprende a los gálatas, muy disgustado de que esta doctrina divina y celestial hubiera sido quitada tan pronto y tan fácilmente de sus corazones. Como si dijera: Tienen maestros que quieren volverlos otra vez a la esclavitud de la ley. Yo no hice esto. Al contrario, por mi doctrina los llamé de las tinieblas y de la ignorancia de Dios a una luz maravillosa y al conocimiento de él. Los saqué de la servidumbre y los puse en la libertad de los hijos de Dios, no predicándoles las obras de la ley ni los méritos de los hombres, sino la gracia y la justicia de Dios, y el don de bendiciones celestiales y eternas por medio de Cristo. Ahora bien, siendo esto así, ¿por qué abandonan tan pronto la luz y vuelven a las tinieblas? ¿Por qué se dejan llevar tan fácilmente de la gracia a la ley, de la libertad a la esclavitud?

Aquí otra vez vemos, como ya he dicho antes, que caer de la fe es cosa fácil, como lo muestra el ejemplo de los gálatas. También lo muestran hoy el ejemplo de los anabaptistas, libertinos y otros herejes semejantes. Nosotros, por nuestra parte, exponemos la doctrina de la fe con trabajo continuo, predicando, leyendo y escribiendo; distinguimos pura y claramente el evangelio de la ley, y aun así adelantamos poco. Esto viene del diablo, que procura por todos los medios sutiles seducir a los hombres y mantenerlos en error. Nada puede soportar menos que el verdadero conocimiento de la gracia y de la fe en Cristo. Por eso, para quitarles a Cristo completamente de la vista, les pone delante otras apariencias, con las cuales los engaña de tal manera que, poco a poco, los aparta de la fe y del conocimiento de la gracia, llevándolos a discutir acerca de la ley. Cuando ha logrado esto, entonces Cristo es quitado.

No sin causa, por tanto, Pablo habla tanto y tan a menudo de Cristo, y procura exponer tan puramente la doctrina de la fe, a la cual atribuye la justicia única y exclusivamente, quitándosela a la ley, y declarando que la ley produce un efecto totalmente contrario; es decir, engendra ira, aumenta el pecado, etc. Porque él querría persuadirnos de que no permitamos que Cristo sea arrancado de nuestro corazón; que la esposa no deje partir a su esposo de sus brazos, sino que siempre lo abrace y se aferre a él. Estando él presente, no hay peligro; antes bien, hay gemido fiel, buena voluntad paternal, adopción y herencia.

Pero, ¿por qué dice Pablo que los gálatas volvían otra vez a débiles y pobres rudimentos o ceremonias, es decir, a la ley, siendo que ellos nunca tuvieron la ley, porque eran gentiles? Aunque escribió estas cosas también a los judíos, como después declarará. ¿O por qué no habla más bien así: Antes, cuando no conocían a Dios, servían a los que por naturaleza no eran dioses; pero ahora que conocen a Dios, ¿por qué vuelven atrás, abandonando al Dios verdadero, para adorar ídolos? ¿Acaso Pablo considera que es lo mismo caer de la promesa a la ley, de la fe a las obras, que servir a dioses que por naturaleza no son dioses? Respondo: Todo aquel que ha caído del artículo de la justificación, ignora a Dios y es idólatra. Por tanto, da lo mismo que después se vuelva a la ley o al culto de los ídolos; da lo mismo que se le llame monje, turco, judío o anabaptista. Porque cuando este artículo es quitado, no queda otra cosa sino error, hipocresía, impiedad e idolatría, por más que exteriormente parezca ser la misma verdad, el verdadero servicio de Dios y la verdadera santidad, etc.

La razón es que Dios no quiere ni puede ser conocido sino por Cristo, conforme a aquel dicho de Juan 1: «A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer». Él es la simiente prometida a Abraham, en quien Dios ha establecido todas sus promesas. Por lo tanto, Cristo es el único medio y, por así decirlo, el espejo por el cual vemos a Dios; es decir, conocemos su voluntad. Porque en Cristo vemos que Dios no es un exactor cruel ni un juez, sino un Padre muy favorable, amoroso y misericordioso, quien, para bendecirnos, es decir, para librarnos de la ley, del pecado, de la muerte y de todos los males, y para darnos gracia, justicia y vida eterna, «El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros», etc. (Ro 8:32). Este es un verdadero conocimiento de Dios y una persuasión divina, que no nos engaña, sino que nos presenta a Dios de manera viva.

El que ha caído de este conocimiento, necesariamente concibe esta fantasía en su corazón: Yo estableceré tal servicio de Dios; entraré en tal orden; escogeré esta o aquella obra; y así serviré a Dios, y no dudo que Dios aceptará esto y me recompensará con vida eterna por ello. Porque él es misericordioso y liberal, y da toda clase de bienes aun a los indignos e ingratos; mucho más me dará a mí gracia y vida eterna por mis muchas y grandes buenas obras y méritos. Esta es la más alta sabiduría, justicia y religión que la razón puede juzgar; y es común a todas las naciones, a los papistas, judíos, turcos, herejes, etc. No pueden elevarse más que aquel fariseo de quien se hace mención en el evangelio (Lc 18:11-12). No tienen conocimiento de la justicia cristiana ni de la justicia de la fe. Porque «el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios» (1 Co 2:14). También: «No hay quien entienda, No hay quien busque a Dios» (Ro 3:11), etc. Por lo tanto, no hay absolutamente ninguna diferencia entre un papista, un judío, un turco y un hereje. En verdad hay diferencia de personas, lugares, ritos, religiones, obras y cultos; sin embargo, en todos hay una misma razón, un mismo corazón, una misma opinión y un mismo pensamiento. Porque el turco piensa exactamente lo mismo que el monje cartujo; a saber: Si hago esta o aquella obra, Dios tendrá misericordia de mí; si no la hago, se enojará. No hay término medio entre las obras del hombre y el conocimiento de Cristo. Si este conocimiento se oscurece o se borra, da lo mismo que tú seas monje, turco o judío, etc.

Por lo tanto, es una extrema locura que papistas y turcos contiendan tanto entre sí acerca de la religión y del servicio de Dios, afirmando ambos que tienen la verdadera religión y el verdadero culto de Dios. Y aun los mismos monjes no están de acuerdo entre sí, porque uno quiere ser tenido por más santo que otro por ciertas ceremonias externas necias. Y, sin embargo, en sus corazones la opinión de todos es tan semejante, que un huevo no es más parecido a otro. Porque esta es la imaginación de todos ellos: Si hago esta obra, Dios tendrá misericordia de mí; si no la hago, se enojará. Y por eso, todo hombre que se aparta del conocimiento de Cristo necesariamente cae en idolatría, y se forma tal imaginación de Dios que no concuerda con su naturaleza. Así, el monje cartujo, por guardar esta regla, y el turco, por guardar su Alcorán, tienen esta seguridad: que agradan a Dios y que recibirán de él recompensa por su trabajo.

Un Dios que perdona pecados y justifica pecadores de esa manera no puede hallarse en ninguna parte; por tanto, esto no es sino una imaginación vana, un sueño y un ídolo del corazón. Porque Dios no ha prometido que salvará y justificará a los hombres por sus religiones, observancias, ceremonias y ordenanzas inventadas por hombres. Antes bien, nada aborrece más Dios, como lo testifica toda la Escritura, que esas obras voluntarias, esos cultos, ritos y ceremonias; por causa de los cuales también derriba reinos e imperios enteros. Por tanto, todos los que confían en su propia fuerza y justicia sirven a un dios, pero a un dios que ellos mismos han inventado, y no al verdadero Dios. Porque el verdadero Dios habla así: Ninguna justicia, sabiduría o religión me agrada, sino solamente aquella por la cual el Padre es glorificado por medio del Hijo. A cualquiera que por la fe se aferra a este Hijo, y a mí y a mi promesa en él, yo soy Dios para él, soy Padre para él; a ese acepto, justifico y salvo. Todos los demás permanecen bajo ira, porque adoran aquello que por naturaleza no es dios.

Todo aquel que abandona esta doctrina necesariamente cae en ignorancia de Dios; no entiende cuál es la verdadera justicia cristiana, sabiduría y servicio de Dios; es idólatra, permanece bajo la ley, el pecado, la muerte y el poder del diablo; y todo lo que hace es maldito y condenado. Por tanto, el anabaptista, imaginando consigo mismo que agrada a Dios si es bautizado otra vez, si abandona su casa, su mujer y sus hijos, si mortifica su carne y sufre mucha adversidad, y al fin la misma muerte, no tiene ni una gota del conocimiento de Cristo. Excluyendo a Cristo, sueña enteramente con sus propias obras, con el abandono de sus bienes, con su aflicción y mortificación, y ahora en espíritu y en corazón no difiere en nada del turco, del judío o del papista, sino solo en la apariencia externa, en las obras y en las ceremonias que él mismo ha escogido. La misma confianza en las obras tienen todos los monjes y demás órdenes religiosas, aunque en su vestimenta y en otras cosas exteriores haya diferencia.

Hoy hay muchísimos semejantes a estos, que, sin embargo, quieren ser tenidos por verdaderos profesantes y maestros del evangelio. Y en cuanto a las palabras, enseñan que los hombres son librados de sus pecados por la muerte de Cristo. Pero, como enseñan la fe de tal manera que atribuyen más a la caridad que a la fe, deshonran grandemente a Cristo y pervierten impíamente su palabra. Porque sueñan que Dios nos mira y nos acepta por causa de nuestra caridad, por la cual, reconciliados con Dios, amamos a Dios y al prójimo. Si esto fuera verdad, entonces no tendríamos ninguna necesidad de Cristo. Tales hombres no sirven al verdadero Dios, sino a un ídolo de su propio corazón, que ellos mismos han inventado. Porque el verdadero Dios no nos mira ni nos acepta por causa de nuestra caridad, virtudes o novedad de vida, sino por causa de Cristo, etc.

Pero ellos objetan esto: Sin embargo, la Escritura manda que amemos a Dios con todo nuestro corazón, etc. Es verdad. Pero no se sigue que, porque Dios lo manda, nosotros lo hagamos. Si amáramos a Dios con todo nuestro corazón, etc., entonces sin duda seríamos justificados y viviríamos por esta obediencia, como está escrito: «El hombre que hiciere estas cosas vivirá por ellas» (Lv 18:5; Ro 10:5). Pero el evangelio dice: Tú no haces estas cosas, por tanto no vivirás por ellas. Porque esta sentencia, «Amarás al Señor tu Dios», etc., exige una obediencia perfecta, un temor perfecto, confianza perfecta y amor perfecto hacia Dios. Estas cosas los hombres ni las hacen ni las pueden cumplir en esta naturaleza corrompida. Por tanto, esta ley, «Amarás al Señor tu Dios», etc., no justifica, sino que acusa y condena a todos los hombres, conforme a aquello de que «la ley produce ira», etc. Por el contrario, «porque el fin de la ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree» (Ro 4:15; Ro 10:4). De esto ya hemos hablado ampliamente antes.

Pero, ¿cómo pueden reconciliarse estas dos afirmaciones contrarias que aquí presenta el apóstol? «No conocíais a Dios», y «adorabais a Dios». Respondo: todos los hombres tienen naturalmente este conocimiento general: que hay un Dios, conforme a lo que dice Ro 1:19: «porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto». Porque Dios se lo manifestó, de modo que sus cosas invisibles se hacen claramente visibles por medio de la creación del mundo. Además, las ceremonias y religiones que hubo, y siempre permanecieron entre todas las naciones, testifican suficientemente que todos los hombres han tenido cierto conocimiento general de Dios. Pero si lo tuvieron por naturaleza o por tradición de sus antepasados, no lo discutiré aquí.

Pero aquí alguno volverá a objetar: si todos los hombres conocían a Dios, ¿por qué entonces dice Pablo que los gálatas no conocían a Dios antes de la predicación del evangelio? Respondo: hay un doble conocimiento de Dios, general y particular. Todos los hombres tienen el conocimiento general, a saber, que hay un Dios, que creó el cielo y la tierra, que es justo, que castiga a los impíos. Pero qué piensa Dios de nosotros, cuál es su voluntad para con nosotros, qué quiere darnos o qué hará para que seamos librados del pecado y de la muerte y seamos salvos, lo cual es el verdadero conocimiento de Dios, eso no lo saben. Así como puede ocurrir que yo conozca de vista a un hombre, y sin embargo no lo conozca bien, porque no entiendo qué afecto me tiene. Así los hombres saben por naturaleza que hay un Dios; pero cuál es su voluntad, o qué no es su voluntad, no lo saben. Porque está escrito: «No hay quien entienda» a Dios. Y en otro lugar: «A Dios nadie le vio jamás» (Jn 1:18). Es decir, ningún hombre ha conocido cuál es la voluntad de Dios. Ahora bien, ¿de qué te sirve saber que hay un Dios, si ignoras cuál es su voluntad para contigo? Aquí unos piensan una cosa, y otros otra. Los judíos imaginan que esta es la voluntad de Dios: que lo adoren conforme a la regla de la ley de Moisés; el turco, si observa su Alcorán; el monje, si guarda su orden y cumple sus votos. Pero todos estos están engañados y se envanecen en sus razonamientos, como dice Pablo en Ro 1, no sabiendo qué agrada o desagrada a Dios. Por eso, en lugar del Dios verdadero y natural, adoran los sueños e imaginaciones de su propio corazón.

Esto es lo que Pablo quiere decir cuando afirma: «cuando no conocíais a Dios»; es decir, cuando no conocíais la voluntad de Dios, servíais a los que por naturaleza no son dioses; esto es, servíais a los sueños e imaginaciones de vuestro corazón, por los cuales imaginabais, sin la palabra, que Dios debía ser adorado con esta o aquella obra, con este o aquel rito o ceremonia. Porque sobre esta proposición, que todos los hombres sostienen naturalmente, a saber, que hay un Dios, ha surgido toda idolatría, la cual nunca habría llegado al mundo sin el conocimiento de la Divinidad. Pero como los hombres tenían este conocimiento natural de Dios, concibieron vanas y malas imaginaciones acerca de Dios, fuera y contra la palabra, las cuales estimaron y sostuvieron como si fueran la verdad misma; y así soñaron que Dios es tal como por naturaleza no es. Así el monje se lo imagina como un Dios que perdona pecados, da gracia y vida eterna, por guardar su regla. Este Dios no se halla en ninguna parte. Por tanto, él no sirve al Dios verdadero, sino a lo que por naturaleza no es dios; esto es, a la imaginación e ídolo de su propio corazón; es decir, a su propia falsa y vana opinión acerca de Dios, la cual sueña que es una verdad indudable. Ahora bien, la razón misma nos obligará a confesar que la opinión del hombre no es Dios. Por tanto, cualquiera que quiera adorar a Dios sin su palabra, no sirve al Dios verdadero, como dice Pablo, sino a lo que por naturaleza no es dios.

Por tanto, ya sea que llames aquí rudimentos a la ley de Moisés, o a las tradiciones de los gentiles, aunque él habla aquí propia y principalmente de los rudimentos de Moisés, no hay gran diferencia. Porque el que cae de la gracia a la ley, cae con no menor peligro que el que cae de la gracia a la idolatría. Porque sin Cristo no hay otra cosa que pura idolatría, un ídolo y una falsa imaginación de Dios, ya se llame ley de Moisés, u ordenanzas del Papa, o el Alcorán del turco, etc. Por eso dice con cierta admiración,

Pero ahora, puesto que conocéis a Dios.

Como si dijera: esto es algo maravilloso, que ustedes, conociendo a Dios por la predicación de la fe, se aparten tan pronto del verdadero conocimiento de su voluntad, en el cual yo pensaba que estaban tan firmemente establecidos que nada temía menos que fueran tan fácilmente derribados; y que ahora, por instigación de los falsos apóstoles, vuelvan otra vez a las débiles y pobres ceremonias, para servirlas de nuevo. Antes oyeron por mi predicación que esta es la voluntad de Dios: bendecir a todas las naciones, no por la circuncisión ni por la observancia de la ley, sino por Cristo prometido a Abraham (Gá 3:9). Los que creen en él serán benditos con el creyente Abraham. Ellos son hijos y herederos de Dios (Gá 4:7). Así, digo, es como han conocido a Dios.

O más bien, siendo conocidos por Dios, etc.

Corrige la frase anterior: «mas ahora, conociendo a Dios»; o más bien la cambia a su manera: «o más bien, siendo conocidos por Dios». Porque temía que hubieran perdido totalmente a Dios. Como si dijera: ¡Ay!, ¿han llegado ustedes a tal punto que ahora no conocen a Dios, sino que vuelven otra vez de la gracia a la ley? Y sin embargo, Dios los conoce. Y en verdad, nuestro conocimiento es más bien pasivo que activo; es decir, consiste más en que somos conocidos por Dios, que en que nosotros lo conozcamos. Todo nuestro hacer, es decir, todo nuestro esfuerzo por conocer y comprender a Dios, consiste en dejar que Dios obre en nosotros. Él da la palabra, la cual, cuando la hemos recibido por la fe dada de lo alto, somos engendrados de nuevo y hechos hijos de Dios. Este es, entonces, el sentido: «sois conocidos por Dios»; es decir, sois visitados con la palabra, sois dotados de fe y del Espíritu Santo, por lo cual sois renovados, etc. Por tanto, aun con estas palabras, «sois conocidos por Dios», él quita toda justicia a la ley, y niega que alcancemos el conocimiento de Dios por el mérito de nuestras propias obras. Porque «nadie conoce quién es el Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar» (Lc 10:22). Y también: «Con su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos» (Is 53:11). Por tanto, nuestro conocimiento acerca de Dios consiste en padecer, y no en hacer.

Se maravilla mucho, pues, de que, conociendo ellos verdaderamente a Dios por el evangelio, volvieran tan pronto a los débiles y pobres rudimentos por la persuasión de los falsos apóstoles. Como yo mismo también me maravillaría mucho si nuestra iglesia, que por la gracia de Dios está piadosamente reformada en doctrina pura y en fe, fuese seducida y pervertida por alguna cabeza necia y frenética, mediante la predicación de uno o dos sermones, de tal modo que ya no me reconocieran como su pastor. Sin embargo, esto llegará un día a suceder, si no mientras vivimos, al menos cuando hayamos muerto y partido. Porque entonces se levantarán muchos que querrán ser maestros y doctores, quienes, bajo apariencia de verdadera religión, enseñarán doctrina falsa y perversa, y pronto derribarán todo lo que nosotros, en tanto tiempo y con tan gran trabajo, hemos edificado. No somos mejores que los apóstoles, quienes, mientras aún vivían, vieron, no sin gran dolor y tristeza, la ruina de aquellas iglesias que ellos mismos habían plantado por su ministerio. Por eso no es gran maravilla si somos obligados a contemplar hoy el mismo mal en aquellas iglesias donde reinan sectarios, los cuales después, cuando nosotros hayamos muerto, poseerán aquellas iglesias que hemos ganado y plantado por nuestro ministerio, y con su veneno las infectarán y destruirán. Y, sin embargo, Cristo permanecerá y reinará hasta el fin del mundo, y de manera maravillosa, como lo hizo bajo el papado.

Pablo parece hablar muy duramente de la ley cuando la llama rudimentos, como ya hizo antes al comienzo de este capítulo; y no solo rudimentos, sino débiles y pobres rudimentos y ceremonias. ¿Es blasfemia dar nombres tan odiosos a la ley de Dios? La ley, en su verdadero uso, debe servir a las promesas, y estar de acuerdo con las promesas y la gracia. Pero si pelea contra ellas, ya no es la santa ley de Dios, sino una doctrina falsa y diabólica, y no hace otra cosa que llevar a los hombres a la desesperación; y por tanto debe ser rechazada.

Por eso, cuando él llama a la ley débiles y pobres rudimentos, habla de la ley con respecto a los hipócritas orgullosos y presuntuosos, que quieren ser justificados por ella, y no de la ley entendida espiritualmente, la cual produce ira (Ro 4:15). Porque la ley, como he dicho muchas veces, en su propio uso acusa y condena al hombre; y en este sentido no solo es un rudimento fuerte y rico, sino poderosísimo y riquísimo; más aún, un poder y unas riquezas invencibles. Y si aquí la conciencia se compara con la ley, entonces ella es sumamente débil y pobre. Porque es una cosa tan delicada, que por un pequeño pecado se turba y aterra tanto que desespera completamente, a menos que sea levantada otra vez. Por tanto, la ley, en su propio uso, tiene más fuerza y riquezas de las que el cielo y la tierra pueden contener; de tal manera que una sola letra o una sola tilde de la ley es capaz de matar a todo el género humano, como lo testifica la historia de la ley dada por Moisés (Éx 19:20). Este es el verdadero y divino uso de la ley, del cual Pablo no habla en este lugar.

Pablo, por tanto, trata aquí de los hipócritas que han caído de la gracia, o que aún no han alcanzado la gracia. Estos, abusando de la ley, buscan ser justificados por ella. Se ejercitan y se fatigan día y noche en sus obras, como Pablo testifica de los judíos: «Porque yo les doy testimonio de que tienen celo de Dios, pero no conforme a ciencia. Porque ignorando la justicia de Dios», etc. (Ro 10). Tales esperan fortalecerse y enriquecerse tanto por la ley, que puedan oponer su poder y riquezas, obtenidas por la justicia de ella, contra la ira y el juicio de Dios, y así aplacar a Dios y ser salvos por ello. En este sentido, pues, bien podemos decir que la ley es un débil y pobre rudimento; es decir, que no puede dar ni ayuda ni consejo.

Y cualquiera que quiera ampliar este asunto, puede decir además que la ley es un elemento débil y pobre, porque hace a los hombres más débiles y más pobres. También, porque en sí misma no tiene poder ni riquezas con que pueda dar o traer justicia. Y más aún, que no solo es débil y pobre, sino la debilidad y la pobreza mismas. ¿Cómo, entonces, enriquecerá o fortalecerá a los que antes ya eran débiles y pobres? Por tanto, buscar ser justificado por la ley es lo mismo que si un hombre, siendo ya débil y enfermizo, buscara algún otro mal mayor por el cual pudiera vencer su debilidad y su pobreza, y sin embargo eso lo llevaría a una completa destrucción. Como si el que tiene epilepsia buscara añadirle la peste como remedio; o como si un leproso acudiera a otro leproso, o un mendigo a otro mendigo, para que el uno ayudara y enriqueciera al otro. Pablo, por tanto, muestra que los que buscan ser justificados por la ley sacan de ella este provecho: que cada día llegan a ser más y más débiles y más pobres.

Porque ellos son débiles y pobres por sí mismos; es decir, por naturaleza son hijos de ira, sujetos a muerte y condenación eterna; y aun así se aferran a lo que no es otra cosa que mera debilidad y pobreza, buscando por ello ser fortalecidos y enriquecidos. Por tanto, todo el que cae de la promesa a la ley, de la fe a las obras, no hace otra cosa sino echar sobre sí, siendo ya débil y flaco, una carga que no puede llevar (Hch 15), y al llevarla se hace diez veces más débil, hasta que finalmente es llevado a la desesperación, a menos que Cristo venga y lo libre.

El evangelio mismo también da testimonio de esto, al hablar de la mujer que padeció doce años de flujo de sangre, y había sufrido mucho de muchos médicos, en quienes había gastado todo lo que tenía, y no había podido ser curada; antes, cuanto más estaba en sus manos, tanto peor le iba. (Lc 8:43.) Así, todos los que hacen las obras de la ley para ser justificados por ellas, no solo no son hechos justos, sino dos veces más injustos de lo que eran antes; es decir, como he dicho, más débiles y más pobres, y más incapaces de hacer alguna buena obra.

He probado que esto es verdad tanto en mí mismo como en muchos otros. He conocido a muchos monjes en el papado que, con gran celo, hicieron muchas grandes obras para alcanzar justicia y salvación, y sin embargo eran más impacientes, más débiles, más miserables, más incrédulos, más temerosos y más dispuestos a desesperar que cualesquiera otros. Los magistrados civiles, siempre ocupados en asuntos grandes y graves, no eran tan impacientes, tan temerosos, tan desanimados, tan supersticiosos ni tan incrédulos como estos justiciarios y traficantes de méritos.

Entonces, cualquiera que busque justicia por la ley, ¿qué otra cosa puede imaginar sino que Dios, estando airado, debe necesariamente ser aplacado con obras? Ahora bien, cuando una vez ha concebido esta fantasía, comienza a obrar. Pero nunca puede hallar tantas buenas obras como para aquietar su conciencia, sino que siempre desea más. Sí, incluso descubre pecados en las obras que ya ha hecho. Por tanto, su conciencia nunca puede estar segura, sino que necesariamente siempre ha de estar en duda, y pensar así dentro de sí: Tú no has sacrificado como debías; no has orado rectamente; esto has dejado sin hacer; este o aquel pecado has cometido. Aquí el corazón tiembla y se siente oprimido con innumerables pecados, los cuales siguen aumentando sin fin, de modo que se aparta cada vez más de la justicia, hasta que al fin cae en la desesperación.

De aquí viene que muchos, estando al punto de la muerte, hayan pronunciado estas palabras desesperadas: ¡Ay de mí, miserable! No he guardado mi orden. ¿A dónde huiré de la ira de Cristo, aquel juez airado? ¡Ojalá Dios me hubiera hecho porquero, o el más vil miserable de todo el mundo!

Así el monje, al fin de su vida, es más débil, más pobre, más incrédulo y más temeroso que al principio, cuando entró por primera vez en su orden. La razón es porque quiso fortalecerse por medio de la debilidad, y enriquecerse por medio de la pobreza. La ley, o las tradiciones de los hombres, o la regla de su orden, debían haberlo sanado cuando estaba enfermo y enriquecerlo cuando era pobre; pero ha llegado a ser más flaco y más pobre que los publicanos y las rameras.

Los publicanos y las rameras no tienen un montón de buenas obras en las cuales confiar, como lo tienen los monjes; pero aunque sientan muchísimo sus pecados, pueden decir con el publicano: «Dios, sé propicio a mí, pecador». (Lc 18:13.) Pero al contrario, el monje, que ha gastado todo su tiempo en elementos débiles y pobres, es afirmado en esta opinión: si guardas tu regla, serás salvo, etc. Con esta falsa persuasión queda tan engañado y hechizado, que no puede asirse de la gracia, ni siquiera acordarse una vez de la gracia.

Así, no obstante todas las obras que hace o ha hecho, por muchas y grandes que sean, piensa que nunca ha hecho lo suficiente, sino que siempre tiene la vista puesta en más obras. Y así, amontonando obras, procura apaciguar la ira de Dios y justificarse a sí mismo, hasta ser llevado a una completa desesperación. Por lo cual, quienquiera que cae de la fe y sigue la ley es semejante al perro de Esopo, que deja la carne y arrebata la sombra. Por tanto, es imposible que los que buscan justicia y salvación por la ley, a lo cual los hombres se inclinan naturalmente, hallen jamás quietud y paz de conciencia. Antes bien, no hacen otra cosa sino amontonar leyes sobre leyes, con las cuales se atormentan a sí mismos y a otros, y afligen tan miserablemente las conciencias de los hombres, que muchos, por extrema angustia del corazón, mueren antes de tiempo. Porque una ley siempre produce otras diez, y así se multiplican sin número y sin fin.

Ahora bien, ¿quién hubiera pensado que los gálatas, que habían aprendido una doctrina tan sana y tan pura de un apóstol y maestro tan excelente, pudieran ser tan pronto apartados de ella y del todo pervertidos por los falsos apóstoles? No sin causa repito esto tan a menudo: que apartarse de la verdad del evangelio es cosa fácil. La razón es porque los hombres no consideran suficientemente, ni aun los mismos fieles, cuán excelente y precioso tesoro es el verdadero conocimiento de Cristo. Por eso no trabajan con tanta diligencia y tanto cuidado como deberían para alcanzarlo y retenerlo.

Además, la mayor parte de los que oyen la palabra no son ejercitados con ninguna cruz o aflicción; no luchan contra el pecado, la muerte y el diablo, sino que viven seguros, sin combate alguno. Tales hombres, porque no son probados ni examinados por tentaciones, y por tanto no están armados con la palabra de Dios contra las sutilezas del diablo, nunca sienten el uso ni el poder de la palabra. Es cierto que, mientras están entre ministros y predicadores fieles, pueden seguir sus palabras y decir como ellos dicen, persuadiéndose a sí mismos de que entienden perfectamente el asunto de la justificación. Pero cuando aquellos se han ido, y lobos vestidos de ovejas han entrado en su lugar, les sucede lo que sucedió a los gálatas; es decir, son súbitamente seducidos y fácilmente vueltos atrás a los débiles y pobres rudimentos.

Pablo tiene aquí su manera peculiar de hablar, la cual los otros apóstoles no usaron. Porque ninguno de ellos, fuera de Pablo, dio tales nombres a la ley; a saber, que es un rudimento débil y pobre; es decir, completamente inútil para la justicia.

Y ciertamente yo no me habría atrevido a dar tales términos a la ley, sino que habría pensado que era gran blasfemia contra Dios, si Pablo no lo hubiera hecho antes. Pero de esto ya he tratado más largamente antes, donde mostré cuándo la ley es débil y pobre, y cuándo es muy fuerte y rica, etc. Ahora, si la ley de Dios es débil e inútil para la justificación, mucho más las leyes y decretos del papa son débiles e inútiles para la justificación. Por tanto, pronunciamos sentencia contra las ordenanzas, leyes y decretos del papa, con tal valentía y seguridad como Pablo contra la ley de Dios: que no solo son rudimentos débiles y pobres, y enteramente inútiles para la justicia, sino también execrables, malditos, diabólicos y condenables; porque blasfeman la gracia, destruyen el evangelio, abolien la fe, quitan a Cristo, etc.

Puesto que el papa exige que guardemos sus leyes como necesarias para la salvación, él es verdaderamente el Anticristo y el vicario de Satanás; y todos los que se adhieren a él, y confirman sus abominaciones y blasfemias, o las guardan con el fin de merecer por ellas el perdón de sus pecados, son siervos del Anticristo y del diablo. Tal ha sido por largo tiempo la doctrina de la iglesia papista: que estas leyes deben guardarse como necesarias para la salvación.

Así el papa se sienta en el templo de Dios, jactándose como si fuese Dios; se opone a Dios y se levanta contra todo lo que se llama Dios o es objeto de culto, etc.; y las conciencias de los hombres temían y reverenciaban más las leyes y ordenanzas del papa que la palabra de Dios y sus ordenanzas. Por este medio fue hecho señor del cielo, de la tierra y del infierno, y llevaba una triple corona sobre su cabeza. También los cardenales y obispos, criaturas suyas, fueron hechos reyes y príncipes del mundo. Y por eso, si no cargara las conciencias de los hombres con sus leyes, no podría sostener por mucho tiempo su terrible poder, su dignidad y sus riquezas; sino que todo su reino caería pronto.

Este pasaje que Pablo trata aquí es grave y de gran importancia, y por tanto debe ser observado con mayor diligencia; a saber, que los que caen de la gracia a la ley pierden por completo el conocimiento de la verdad. No ven sus propios pecados; no conocen ni a Dios, ni al diablo, ni a sí mismos; y además no entienden la fuerza ni el uso de la ley, aunque se jacten cuanto quieran de guardarla y observarla. Porque sin el conocimiento de la gracia, es decir, sin el evangelio de Cristo, es imposible que un hombre defina la ley diciendo que es un rudimento débil y pobre, e inútil para la justicia.

Antes bien, juzga de la ley de manera totalmente contraria; a saber, que no solo es necesaria para la salvación, sino también que fortalece a los débiles y enriquece a los pobres y mendigos; es decir, que los que la obedecen y guardan podrán merecer justicia y salvación eterna. Si esta opinión permanece, la promesa de Dios es negada, Cristo es quitado, y se establecen la mentira, la impiedad y la idolatría.

Ahora bien, el papa, con todos sus obispos, sus escuelas y toda su sinagoga, enseñó que sus leyes son necesarias para la salvación; por tanto, fue maestro de elementos débiles y pobres, con los cuales hizo a la iglesia de Cristo, por todo el mundo, muy débil y muy pobre; es decir, cargó y atormentó miserablemente a la iglesia con sus impías leyes, borrando a Cristo y sepultando su evangelio.

A los cuales os queréis volver a esclavizar.

Esto lo añade para declarar que habla de hipócritas soberbios y presuntuosos, que buscan ser justificados por la ley, como ya he mostrado antes. Porque, de otro modo, él llama a la ley santa y buena. Como: «sabemos que la ley es buena, si uno la usa legítimamente» (1 Ti 1); es decir, civilmente para refrenar a los malhechores, y espiritualmente para aumentar las transgresiones (Gá 2:19). Pero cualquiera que observe la ley para obtener justicia delante de Dios, hace que la ley, que es buena, se vuelva para sí mismo condenable y dañina. Por eso reprende a los gálatas, porque querían volver otra vez a la servidumbre de la ley, la cual no quita el pecado, sino que aumenta el pecado. Porque mientras un pecador, siendo él mismo débil y pobre, busca ser justificado por la ley, no halla en ella sino debilidad y pobreza. Y aquí se encuentran dos mendigos enfermos y débiles, de los cuales el uno no puede ayudar ni sanar al otro, sino más bien lo molesta y lo aflige.

Nosotros, como fuertes en Cristo, serviremos de buena gana a la ley; no a la ley débil y pobre, sino a la ley poderosa y rica; es decir, en tanto que tiene poder y dominio sobre el cuerpo. Porque entonces servimos a la ley, pero solo en nuestro cuerpo y miembros exteriores, y no en nuestra conciencia. Pero el Papa exige que obedezcamos sus leyes con esta opinión: que si hacemos esto o aquello, somos justos; y si no lo hacemos, somos condenados. Aquí la ley no es más que un elemento débil y pobre. Porque mientras esta servidumbre de la conciencia continúe bajo la ley, no puede haber otra cosa sino mera debilidad y pobreza. Por tanto, todo el peso del asunto está en esta palabra: “servir”. El sentido de Pablo, pues, es este: que él no quiere que la conciencia sirva bajo la ley como cautiva, sino que sea libre y tenga dominio sobre la ley. Porque la conciencia está muerta a la ley por medio de Cristo, y la ley a su vez está muerta para la conciencia.

De esto ya hemos tratado más ampliamente antes, en el capítulo 2.

Gálatas 4:10

Guardáis los días, los meses, los tiempos y los años.

Con estas palabras él declara claramente lo que enseñaban los falsos apóstoles, a saber, la observancia de días, meses, tiempos y años. A los judíos se les mandó santificar el día de reposo, las lunas nuevas, el primer y el séptimo mes, las tres fiestas señaladas, a saber, la pascua, la fiesta de las semanas y la de los tabernáculos, y el año del jubileo. A los gálatas los falsos apóstoles los obligaban a guardar estas ceremonias como necesarias para la justicia. Por eso dice que ellos, perdiendo la gracia y la libertad que tenían en Cristo, volvían otra vez a servir a elementos débiles y pobres. Porque los falsos apóstoles los habían persuadido de que estas leyes necesariamente debían guardarse, y que por guardarlas obtendrían justicia; pero si no las guardaban, serían condenados.

Por el contrario, Pablo de ninguna manera puede tolerar que las conciencias de los hombres sean atadas a la ley de Moisés, sino que siempre las libra de la ley. «He aquí, yo Pablo os digo, que si os circuncidáis, de nada os aprovechará Cristo», dice él un poco después en el capítulo 5. Y también: «Por tanto, nadie os juzgue en comida o en bebida, o en cuanto a días de fiesta, luna nueva o días de reposo», etc. (Col 2). Así dice también nuestro Salvador Cristo: «El reino de Dios no vendrá con advertencia» (Lc 17:20). ¡Cuánto menos, entonces, deben las conciencias de los hombres ser cargadas y enredadas con tradiciones humanas!

Gálatas 4:11

Temo por ustedes, que quizá he trabajado en vano con ustedes.

Aquí Pablo muestra que está muy turbado por la caída de los gálatas. Querría reprenderlos más amargamente, pero teme que, si los tratara con más severidad, no solo no los mejoraría, sino que los ofendería más y así apartaría por completo sus corazones de él. Por eso, al escribir, cambia y suaviza sus palabras; y, como si todo el daño recayera sobre él mismo, dice: «Temo por ustedes, que quizá he trabajado en vano con ustedes»; es decir: Me duele haber predicado el evangelio entre ustedes con tanta diligencia y fidelidad, y no ver fruto alguno de ello.

Sin embargo, aunque muestra hacia ellos un afecto muy amoroso y paternal, también los reprende con cierta aspereza, aunque de manera encubierta. Porque cuando dice que había trabajado en vano, es decir, que había predicado el evangelio entre ellos sin fruto alguno, da a entender secretamente que o bien eran incrédulos obstinados, o bien habían caído de la doctrina de la fe. Ahora bien, tanto unos como otros, los incrédulos y los que retroceden de la doctrina de la fe, son pecadores, malvados, injustos y condenados. Así pues, los tales obedecen la ley en vano; guardan días, meses y años en vano. Y en estas palabras, «Temo por ustedes, que quizá he trabajado en vano con ustedes», está contenida una cierta excomunión secreta. Porque el apóstol quiere dar a entender con esto que los gálatas estaban excluidos y separados de Cristo, a menos que volvieran pronto a la doctrina sana y sincera; sin embargo, no pronunció una sentencia abierta contra ellos. Porque veía que no podía hacer ningún bien con un trato demasiado severo; por eso cambia su estilo y les habla con dulzura, diciendo:

v. 12. Sean como yo, porque yo también soy como ustedes.

Hasta aquí Pablo se había ocupado enteramente en enseñar; y, movido por esta enorme y malvada apostasía de los gálatas, estaba violentamente airado contra ellos, y los reprendía duramente, llamándolos insensatos, hechizados, desobedientes a la verdad, crucificadores de Cristo, etc. Ahora, estando ya terminada la mayor parte de su epístola, comienza a darse cuenta de que los ha tratado con demasiada severidad. Por tanto, cuidando de no hacer más daño que bien con su dureza, muestra que su reprensión severa procedía de un afecto paternal y de un verdadero corazón apostólico; y así amplía el asunto con palabras dulces y suaves, para que, si había ofendido a algunos —como sin duda muchos se habían ofendido—, pudiera volver a ganarlos por medio de estas palabras tiernas y amorosas.

Y aquí, por su propio ejemplo, amonesta a todos los pastores y ministros a que tengan un afecto paternal y maternal, no hacia lobos rapaces, sino hacia las pobres ovejas, miserablemente seducidas y descarriadas, soportando con paciencia sus faltas y debilidades, instruyéndolas y restaurándolas con espíritu de mansedumbre; porque no pueden ser llevadas al camino recto por ningún otro medio, y con reprensiones y censuras demasiado severas se las provoca a ira o a desesperación, pero no al arrepentimiento.

Y aquí conviene notar de paso que tal es la naturaleza y el fruto de la doctrina verdadera y sana, que, cuando se enseña bien y se entiende bien, une los corazones de los hombres con singular concordia; pero cuando los hombres rechazan la doctrina piadosa y sincera y abrazan errores, esta unidad y concordia pronto se rompe. Por tanto, tan pronto como veas a tus hermanos seducidos por espíritus vanos y fantásticos, apartarse del artículo de la justificación, advertirás que enseguida perseguirán con odio amargo a los fieles, a quienes antes amaban con tanta ternura.

Esto vemos que es verdad hoy en día en nuestros falsos hermanos y en otros sectarios, quienes al principio de la restauración del evangelio se alegraban de oírnos y leían nuestros libros con gran celo y afecto. Reconocían en nosotros la gracia del Espíritu Santo, y por ella nos reverenciaban como ministros de Dios. Algunos de ellos también convivieron familiarmente con nosotros por algún tiempo, y se comportaron con mucha modestia y sobriedad. Pero cuando se apartaron de nosotros y fueron pervertidos por la malvada doctrina de los sectarios, se mostraron enemigos más amargos de nuestra doctrina y de nuestro nombre que cualquier otro.

Muchas veces me maravillo grandemente de cómo pudieron concebir un odio tan mortal contra nosotros, a quienes antes amaban tan entrañable y tiernamente; porque no los ofendimos en nada ni les dimos ocasión alguna para odiarnos. Antes bien, se ven obligados a confesar que nada deseamos más que se exalte la gloria de Dios, que el beneficio de Cristo sea verdaderamente conocido y que la verdad del evangelio sea enseñada puramente, la cual Dios ha revelado de nuevo en estos postreros días por medio de nosotros a este mundo desagradecido. Esto debería moverlos más a amarnos que a odiarnos. Por tanto, no sin causa me maravillo de dónde viene este cambio.

Ciertamente, no hay otra causa, sino que se han buscado nuevos maestros y han escuchado nuevos doctores, cuyo veneno los ha infectado tanto, que ahora, de amigos íntimos, se han vuelto nuestros enemigos mortales. Y veo que tal es la condición de los apóstoles y de todos los demás ministros fieles: que cuando sus discípulos y oyentes son una vez infectados con los errores de los falsos apóstoles y de los herejes, se levantan contra ellos y se convierten en sus enemigos. Muy pocos entre los gálatas perseveraron en la sana doctrina del apóstol. Todos los demás, seducidos por los falsos apóstoles, ya no reconocían a Pablo como su pastor y maestro; más aún, no había nada más odioso para ellos que el nombre y la doctrina de Pablo. Y temo que esta epístola hizo volver a muy pocos de ellos de su error.

Si algo semejante nos sucediera a nosotros, es decir, si en nuestra ausencia nuestra iglesia fuera seducida por cabezas fantásticas, y escribiéramos acá no una ni dos, sino muchas epístolas, lograríamos poco o nada. Los nuestros —excepto unos pocos de los más firmes— no se portarían con nosotros de otro modo que como lo hacen hoy los que han sido seducidos por los sectarios; antes adorarían al papa que obedecer nuestras amonestaciones o aprobar nuestra doctrina. Nadie los persuadirá de que rechazan a Cristo y vuelven otra vez a los débiles y pobres rudimentos, y a aquellos que por naturaleza no son dioses. Nada pueden soportar menos que oír que sus maestros, por quienes han sido seducidos, son destructores del evangelio de Cristo y perturbadores de las conciencias de los hombres.

Los luteranos, dicen ellos, no son los únicos sabios; no son ellos solos los que predican a Cristo; no son ellos solos los que tienen el Espíritu Santo, el don de profecía y el verdadero entendimiento de las Escrituras. Nuestros maestros en nada son inferiores a ellos; antes bien, en muchas cosas los superan, porque siguen al Espíritu y enseñan cosas espirituales. Por el contrario, ellos nunca han gustado lo que significa la verdadera teología, sino que se quedan en la letra, y por eso no enseñan nada más que el catecismo, la fe y la caridad, etc.

Por eso, como suelo decir, así como caer de la fe es algo fácil, así también es sumamente peligroso; es decir, caer del alto cielo al profundo pozo del infierno. No es un pecado que siga propiamente la naturaleza del hombre, como el homicidio, el adulterio y cosas semejantes, sino que es diabólico y obra propia del diablo. Porque aquellos que caen así no pueden ser fácilmente restaurados, sino que por lo común permanecen perversos y obstinados en su error. Por tanto, el fin postrero de esos hombres es peor que el principio, como atestigua nuestro Salvador Cristo cuando dice: «Cuando el espíritu inmundo sale del hombre, anda por lugares secos, buscando reposo, y no lo halla. Entonces dice: Volveré a mi casa de donde salí; y cuando llega, la halla desocupada, barrida y adornada. Entonces va, y toma consigo otros siete espíritus peores que él, y entrados, moran allí» etc. (Mt 12:43).

Pablo, pues, al percibir por revelación del Espíritu Santo que había motivo para temer que los corazones de los gálatas, a quienes con celo piadoso había llamado insensatos y hechizados, etc., fueran más bien irritados contra él que corregidos por esa reprensión severa (especialmente porque ahora sabía que los falsos apóstoles estaban entre ellos, los cuales interpretarían de la peor manera esa severa reprensión que procedía de un afecto paternal, clamando: Ahora Pablo, a quien algunos de ustedes alaban tanto, muestra lo que es y con qué espíritu es guiado; cuando estaba con ustedes quería parecerles un padre, pero sus cartas muestran en su ausencia que es un tirano, etc.); por tanto, está tan turbado por un cuidado piadoso y un afecto paternal, que casi no sabe cómo ni qué escribirles.

Porque es cosa peligrosa que un hombre defienda su causa contra aquellos que están ausentes y que ya han comenzado a odiarlo, y a quienes otros han persuadido de que su causa no es buena. Por eso, estando en gran perplejidad, dice un poco después: «Estoy perplejo en cuanto a ustedes»; es decir: No sé qué hacer, ni cómo tratar con ustedes.

Gálatas 4:12

Sed como yo, porque yo soy como vosotros.

Estas palabras deben entenderse, no de la doctrina, sino de los afectos. Por tanto, el sentido no es: “Sed como yo”; es decir, piensen de la doctrina como yo pienso; sino: tengan hacia mí el mismo afecto que yo tengo hacia ustedes. Como si dijera: Quizá los he reprendido con demasiada dureza; pero perdonen esta severidad mía, y no juzguen mi corazón por mis palabras, sino mis palabras por el afecto de mi corazón. Mis palabras parecen ásperas, y mi corrección severa; pero mi corazón es amoroso y paternal. Por tanto, ¡oh gálatas míos!, reciban esta reprensión mía con la misma disposición con que yo me porto hacia ustedes; porque el asunto requería que yo me mostrara así de agudo y severo con ustedes.

Así también podemos decir nosotros de nosotros mismos. Nuestra corrección es severa, y nuestra manera de escribir aguda y vehemente; pero ciertamente no hay amargura en nuestro corazón, ni envidia, ni deseo de venganza contra nuestros adversarios; sino que hay en nosotros un piadoso cuidado y tristeza de espíritu. No odiamos tanto al Papa y a otros espíritus errados como para desearles algún mal, o buscar su destrucción; antes bien, deseamos que vuelvan otra vez al camino recto, y sean salvos juntamente con nosotros. El maestro castiga al alumno, no para dañarlo, sino para corregirlo. La vara es dura, pero la corrección es necesaria para el niño; y el corazón del que corrige es amoroso y amistoso. Así también el padre castiga a su hijo, no para destruirlo, sino para corregirlo y enmendarlo. Los azotes son duros y penosos para el niño, pero el corazón del padre es amoroso y bondadoso; y si no amara a su hijo, no lo castigaría, sino que lo desecharía, desesperaría de su bien, y lo dejaría perecer. Esta corrección, por tanto, que da a su hijo, es señal de afecto paternal, y es provechosa para el niño. Así también, ¡oh gálatas míos!, piensen del mismo modo acerca de mi proceder con ustedes; entonces no juzgarán mi reprensión como dura y amarga, sino como provechosa para ustedes. «Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados.» (He 12:11.) Sea, pues, en ustedes para conmigo el mismo afecto que yo tengo para con ustedes. Yo les tengo un corazón amoroso; eso mismo deseo yo también de ustedes.

Así les habla con suavidad, y con este lenguaje amable continúa todavía, para apaciguar sus mentes, que habían sido agitadas contra él por su severa reprensión. Sin embargo, no retira sus palabras duras. En verdad, reconoce que fueron agudas y amargas; pero, dice él, la necesidad me obligó a reprenderlos con cierta dureza y severidad; pero lo que hice procedió de un corazón sincero y amoroso hacia ustedes. El médico da una poción amarga a su paciente, no para dañarlo, sino para curarlo. Si, pues, la amargura de la medicina que se da al cuerpo enfermo no debe imputarse al médico, sino a la medicina y a la enfermedad, así también juzguen ustedes de mi reprensión severa y aguda.

Hermanos, os ruego: en nada me habéis agraviado.

¿Es esto rogar a los gálatas, cuando los llama hechizados, desobedientes a la verdad, y crucificadores de Cristo? Más bien parece ser una gran reprensión. Pero, por el contrario, Pablo dice que no es una reprensión, sino una súplica ferviente; y en verdad así es. Y es tanto como si dijera: Confieso que los he reprendido con alguna amargura, pero tómenlo a bien, y entonces hallarán que esta reprensión mía no es reprensión, sino ruego y súplica. Si asimismo un padre corrige duramente a su hijo, es como si dijera: Hijo mío, te ruego que seas un buen hijo, etc. En verdad parece ser una corrección; pero si miran el corazón del padre, es un ruego suave y ferviente.

En nada me habéis agraviado.

Como si dijera: ¿Por qué habría yo de enojarme con ustedes, o hablar mal de ustedes con mala intención, viendo que en nada me han ofendido? ¿Por qué, entonces, dices que nos hemos pervertido, que hemos abandonado tu doctrina, que somos necios, hechizados, etc.? Estas cosas testifican que te hemos ofendido. Él responde: No me han ofendido a mí, sino a ustedes mismos; y por eso estoy así de afligido, no por mi propia causa, sino por el amor que les tengo. No piensen, por tanto, que mi reprensión procedió de malicia, o de algún mal afecto. Porque pongo a Dios por testigo: ningún agravio me han hecho; antes bien, me han mostrado grandes beneficios.

Hablándoles así con suavidad, prepara sus mentes para soportar su corrección paternal con una disposición de hijos. Y esto es templar el ajenjo o una poción amarga con miel y azúcar, para volverla dulce. Así los padres hablan amablemente a sus hijos cuando ya los han castigado bien, dándoles manzanas, peras y otras cosas semejantes, por las cuales los hijos saben que sus padres los aman y procuran hacerles bien, por severa que parezca su corrección.

Gálatas 4:13

Y ustedes saben que a causa de una enfermedad del cuerpo les anuncié el evangelio al principio; y no me despreciaron ni desecharon por la prueba que tenía en mi cuerpo; antes bien me recibieron como a un ángel de Dios, como a Cristo Jesús.

Ahora declara qué agrado había recibido de los gálatas. El primer beneficio, dice él, y el que tengo por el mayor de todos, fue este: cuando comencé a predicar por primera vez el evangelio entre ustedes, y eso en medio de la debilidad de la carne y de grandes tentaciones, mi cruz no los ofendió en nada. Antes bien, se mostraron tan amorosos, tan bondadosos y tan amistosos conmigo, que no solo no se ofendieron por esta debilidad de mi carne, por mis tentaciones y aflicciones con las que casi estaba abrumado, sino que además me amaron entrañablemente y me recibieron como a un ángel de Dios, y aun como a Cristo Jesús mismo.

Esta es, en verdad, una gran alabanza de los gálatas: que recibieron el evangelio de un hombre tan despreciable y tan afligido por todas partes como lo era Pablo. Porque cuando él predicaba el evangelio entre ellos, tanto judíos como gentiles murmuraban y se enfurecían contra él. Pues todos los hombres poderosos, sabios, religiosos y eruditos odiaban, perseguían y blasfemaban contra Pablo. Y, sin embargo, los gálatas no se ofendieron en lo más mínimo. Apartando sus ojos de esta debilidad, de estas tentaciones y peligros, no solo escucharon a ese Pablo pobre, despreciado, miserable y afligido, y se reconocieron como sus discípulos, sino que también lo recibieron y lo oyeron como a un ángel de Dios, sí, como a Jesucristo mismo. Esto es digno de alabanza, y una virtud singular de los gálatas; y ciertamente una alabanza tal como no da a ninguno de aquellos a quienes escribió, aparte de estos gálatas.

Jerónimo y algunos otros de los antiguos padres exponen esta debilidad de la carne en Pablo como si fuera alguna enfermedad del cuerpo o alguna tentación de lujuria. Estos hombres vivieron cuando la iglesia estaba exteriormente en un estado pacífico y próspero, sin cruz ni persecución. Porque entonces los obispos comenzaron a crecer en riquezas, estima y gloria en el mundo. Y muchos también ejercían tiranía sobre el pueblo que les había sido encomendado, como lo atestigua la historia eclesiástica. Pocos cumplían con su deber, y los que querían aparentar que lo hacían, abandonando la doctrina del evangelio, proponían al pueblo sus propios decretos. Ahora bien, cuando los pastores y obispos no son ejercitados en la palabra de Dios, sino que descuidan su predicación pura y sincera, necesariamente caen en seguridad carnal. Porque no son ejercitados con tentaciones, con la cruz y con persecuciones, las cuales suelen seguir siempre, sin duda alguna, a la predicación pura de la palabra. Por eso les era imposible entender a Pablo.

Pero nosotros, por la gracia de Dios, tenemos una doctrina sana y sincera, la cual también predicamos y enseñamos libremente, y por eso somos obligados a sufrir el amargo odio, las aflicciones y las persecuciones del diablo y del mundo. Y si no fuéramos ejercitados exteriormente por tiranos y sectarios con fuerza y sutileza, e interiormente con terrores y dardos de fuego del diablo, Pablo nos sería tan oscuro y desconocido como lo fue en tiempos pasados para todo el mundo, y todavía lo es para los papistas, los anabaptistas y otros adversarios nuestros. Por tanto, el don de conocimiento e interpretación de las Escrituras, y nuestro estudio, juntamente con nuestras tentaciones internas y externas, nos abren el sentido de Pablo y el de las Santas Escrituras.

Pablo, pues, llama debilidad de la carne no a enfermedad del cuerpo ni a tentación de lujuria, sino a su sufrimiento y aflicción que soportaba en su cuerpo; la cual opone a la virtud y al poder del Espíritu. Pero para que no parezca que torcemos y pervertimos las palabras de Pablo, oigámoslo hablar por sí mismo en 2 Co 12: «Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo... Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte». Y en el capítulo once: «En trabajos más abundante; en azotes sin número; en cárceles más; en peligros de muerte muchas veces. De los judíos cinco veces he recibido cuarenta azotes menos uno. Tres veces he sido azotado con varas; una vez apedreado; tres veces he padecido naufragio», etc. A estas aflicciones que padeció en su cuerpo las llama debilidad de la carne, y no alguna enfermedad corporal.

Es como si dijera: cuando prediqué el evangelio entre ustedes, estaba oprimido por diversas tentaciones y aflicciones. Siempre estaba en peligro, tanto de parte de judíos como de gentiles, y también de falsos hermanos. Sufrí hambre y carecí de todas las cosas. Fui la escoria misma y el desecho del mundo. Hace mención de esta debilidad suya en muchos lugares, como en 1 Co 4; 2 Co 4; 2 Co 6; 2 Co 11; 2 Co 12; y en muchos otros.

Vemos, pues, que Pablo llama debilidades de la carne a las aflicciones que sufrió en la carne, así como los otros apóstoles, los profetas y todos los hombres piadosos; y, no obstante, él era poderoso en espíritu. Porque el poder de Cristo estaba en él, y siempre reinaba y triunfaba por medio de él. Esto mismo lo testifica en 2 Co 12 con estas palabras: «Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte». También: «De buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo». Y en el capítulo segundo: «Mas a Dios gracias, el cual nos lleva siempre en triunfo en Cristo Jesús». Como si dijera: ciertamente el diablo, los judíos y los gentiles se enfurecen cruelmente contra nosotros; sin embargo, permanecemos firmes e invencibles contra todos sus ataques, y quieran o no, nuestra doctrina prevalece y triunfa. Esta era la fuerza y el poder del espíritu en Pablo, frente a los cuales aquí pone la debilidad y servidumbre de la carne.

Ahora bien, esta debilidad de la carne en los piadosos ofende maravillosamente a la razón. Por eso Pablo alaba tan altamente a los gálatas, porque no se ofendieron con esta gran debilidad ni con esta vil y despreciable forma de la cruz que vieron en él, sino que lo recibieron como a un ángel, sí, como a Cristo Jesús. Y Cristo mismo también arma a los fieles contra esta baja y despreciable forma de la cruz en la que él apareció, cuando dice: «Y bienaventurado es el que no halle tropiezo en mí» (Mt 11:6). Y ciertamente es gran cosa que los que creen en él reconozcan que él es Señor de todos y Salvador del mundo, aunque oyen que fue el más miserable de todos, el menor de los hombres, sí, el oprobio de los hombres y el despreciado del pueblo, como dice el Salmo 22; en resumen, despreciado y aborrecido por todos los hombres, condenado a muerte de cruz, y aun por su propio pueblo, y especialmente por aquellos que eran tenidos por los mejores, los más sabios y los más santos de todos.

Es, digo, una gran cosa no ser movido por tan grandes tropiezos, y ser capaz no solo de despreciarlos, sino también de estimar a este pobre Cristo, tan injuriosamente burlado, escupido, azotado y crucificado, por encima de las riquezas de todos los más ricos, de la fuerza de todos los más fuertes, de la sabiduría de todos los más sabios, de la santidad de todos los hombres más santos, con todas las coronas y cetros de todos los reyes y príncipes de todo el mundo. Por tanto, con razón Cristo llama bienaventurados a los que no se ofenden en él.

Ahora bien, Pablo no tenía solo tentaciones externas, de las cuales ya he hablado, sino también tentaciones internas y espirituales, como Cristo las tuvo en el huerto. Tal fue aquella de la que se queja en 2 Co 12: que sentía el aguijón o espina en la carne, y el ángel de Satanás que lo abofeteaba. Digo esto de paso, porque los papistas lo interpretan como si fuera un movimiento de lujuria carnal; pero era una tentación espiritual. Y no hay contradicción en que añada esta palabra carne, diciendo: «me fue dado un aguijón en mi carne». Más aún, a propósito lo llama aguijón o espina en la carne. Porque los gálatas y otros que trataban con Pablo lo habían visto muchas veces en gran tristeza, angustia y terror. Por lo cual, los apóstoles no tenían solo tentaciones corporales, sino también espirituales; esto mismo lo confiesa en 2 Co 7 con estas palabras: «de fuera, conflictos; de dentro, temores».

Y Lucas dice al final de Hechos que Pablo, después de haber luchado largo tiempo en las tempestades del mar, hasta quedar abatido de espíritu, volvió a ser animado y se esforzó al ver a los hermanos que habían venido desde Roma a recibirlo al Foro de Apio y a Tres Tabernas. También en Fil 2 confiesa que Dios tuvo misericordia de él al restaurar a Epafrodito, tan débil y tan cercano a la muerte, devolviéndolo otra vez a la salud, para que no tuviera tristeza sobre tristeza. Por tanto, además de las tentaciones externas, los apóstoles también padecieron grandes angustias, pesadumbres y terrores.

Pero ¿por qué dice Pablo que no fue despreciado por los gálatas? Parece que sí lo despreciaron, cuando se apartaron de su evangelio. Pablo se explica a sí mismo. Cuando por primera vez les prediqué el evangelio, dice él, ustedes no hicieron como otros, que, escandalizados en gran manera por esta mi debilidad y tentación de la carne, me han despreciado y rechazado. Porque la razón del hombre se ofende pronto con esta vil y despreciable forma de la cruz, y juzga completamente locos a aquellos que, estando tan afligidos, se ocupan en consolar, ayudar y socorrer a otros. Asimismo, juzga locos a los que se glorían de sus grandes riquezas, esto es, de justicia, fortaleza, victoria sobre el pecado, la muerte y todos los males, de gozo, salvación y vida eterna; y sin embargo son pobres, débiles, tristes y despreciados, maltratados y muertos, como si fueran pestes gravísimas tanto para las repúblicas como para la religión; y los que los matan piensan que rinden servicio a Dios. «Y aun viene la hora cuando cualquiera que os mate, pensará que rinde servicio a Dios» (Jn 16:2).

Por tanto, cuando prometen a otros tesoros eternos, y ellos mismos perecen tan miserablemente delante del mundo, son puestos en ridículo y obligados a oír: «Médico, cúrate a ti mismo» (Lc 4:23). De aquí proceden aquellas quejas que están por todas partes en los Salmos: «Mas yo soy gusano, y no hombre», etc. Otra vez: «No te alejes de mí, porque la angustia está cerca; Porque no hay quien ayude» (Sal 22:6, 11).

Esta es, pues, una gran alabanza de los gálatas: que no se ofendieron con esta debilidad y tentación de Pablo, sino que lo recibieron como a un ángel de Dios, sí, como a Jesucristo. Ciertamente es una gran virtud, y digna de mucha alabanza, oír a los apóstoles; pero es mayor, y una verdadera virtud cristiana, prestar oído a uno tan miserable, débil y despreciable como Pablo lo era entre los gálatas, según aquí da testimonio de sí mismo, y recibirlo como a un ángel del cielo, y darle tal honra como si hubiera sido Cristo Jesús mismo, y no ofenderse por sus aflicciones, siendo tan grandes y tantas.

Por eso, con estas palabras, alaba altamente la virtud de los gálatas, la cual dice que conservará en perpetuo recuerdo; y la estima tanto, que desea que sea conocida por todos los hombres. Sin embargo, al exaltar así tan altamente sus beneficios y alabanzas, muestra encubiertamente cuán enteramente lo amaban antes de la llegada de los falsos apóstoles; y al mismo tiempo los mueve a continuar como comenzaron, y a abrazarlo con no menos amor y reverencia que antes. Y por esto también puede verse que los falsos apóstoles tenían mayor autoridad entre los gálatas que el mismo Pablo. Porque los gálatas, movidos por la autoridad de ellos, los prefirieron muy por encima de Pablo, a quien antes habían amado tan entrañablemente y recibido como a un ángel de Dios, etc.

Gálatas 4:15

¿Cuál, pues, era vuestro gozo?

Como si dijera: ¡Cuán felices eran ustedes tenidos! ¡Cuánto se les alababa y recomendaba entonces! Una manera semejante de hablar tenemos en el cántico de la virgen María: «Porque he aquí, desde ahora me dirán bienaventurada todas las generaciones» (Lc 1:48). Y estas palabras, “¿Cuál, pues, era vuestro gozo?”, contienen en sí cierta vehemencia. Como si dijera: ustedes no solo eran bienaventurados, sino en todo sumamente bienaventurados y muy alabados.

Así procura suavizar y mitigar su amarga poción, es decir, su reprensión severa, temiendo que los gálatas se ofendieran por ello; especialmente sabiendo que los falsos apóstoles lo calumniarían e interpretarían sus palabras con la mayor malicia. Porque esta es la cualidad y naturaleza de estas víboras: calumnian y pervierten maliciosamente las palabras que proceden de un corazón simple y sincero, y las tuercen por completo en contra de su verdadero sentido y significado. Son obreros maravillosamente diestros en esto, y superan con mucho todo el ingenio y la elocuencia de todos los retóricos del mundo. Porque son guiados por un espíritu malo, que de tal manera los hechiza, que, encendidos contra los fieles con furia diabólica, no pueden hacer otra cosa sino interpretar maliciosamente y pervertir impíamente sus palabras y escritos. Por eso se parecen a la araña, que saca veneno de flores dulces y agradables; no porque el veneno proceda de las flores, sino de su propia naturaleza venenosa, que convierte en ponzoña lo que en sí mismo es bueno y saludable.

Pablo, por tanto, con estas palabras suaves y dulces, procura adelantarse a los falsos apóstoles, para que no tengan ocasión de calumniar y pervertir sus palabras de esta manera: Pablo los trata con demasiada aspereza; los llama insensatos, hechizados y desobedientes a la verdad; lo cual es señal segura de que no busca la salvación de ustedes, sino que los tiene por condenados y rechazados por Cristo.

Porque os doy testimonio de que, si hubieseis podido, os hubierais sacado vuestros propios ojos para dármelos.

Él alaba a los gálatas sin medida. Ustedes no solo me trataron —dice él— con suma cortesía y con toda reverencia, recibiéndome como a un ángel de Dios, etc.; sino que también, si la necesidad lo hubiera requerido, se habrían sacado sus propios ojos y me los habrían dado. Sí, habrían entregado sus vidas por mí. Y en verdad los gálatas expusieron sus vidas por él; porque al recibir y sostener a Pablo, a quien el mundo tenía por sumamente execrable y maldito, atrajeron sobre sus propias cabezas, como quienes lo recibían y sostenían, el cruel odio y la indignación de todos los judíos y gentiles.

Así también hoy el nombre de Lutero es sumamente odioso al mundo. El que me alaba peca peor que cualquier idólatra, blasfemo, perjuro, fornicario, adúltero, homicida o ladrón. Es necesario, por tanto, que los gálatas estuvieran bien establecidos en la doctrina y en la fe de Cristo, puesto que, con tan gran peligro de sus vidas, recibieron y sostuvieron a Pablo, que era aborrecido en todo el mundo; porque de otro modo nunca habrían soportado aquel cruel odio del mundo entero.

v. 16. ¿Me he hecho, pues, vuestro enemigo, por deciros la verdad?

Aquí muestra la razón por la cual habla tan amablemente a los gálatas. Porque sospecha que lo tienen por enemigo, ya que los había reprendido tan severamente. Les ruego —dice él— que aparten estas reprensiones y las separen de la doctrina, y hallarán que mi propósito no fue reprenderlos, sino enseñarles la verdad. Confieso, ciertamente, que mi epístola es dura y severa; pero con esta severidad procuro hacerlos volver otra vez a la verdad del evangelio, de la cual han caído, y conservarlos en ella. Por tanto, apliquen esta aspereza y esta amarga poción, no a sus personas, sino a su enfermedad; y no me juzguen enemigo de ustedes por reprenderlos tan severamente, sino piensen más bien que soy su padre. Porque, si no los amara entrañablemente como a hijos, y si no supiera también que soy amado por ustedes, no los habría reprendido con tanta dureza.

Es propio de un amigo amonestar libremente a su amigo si hace mal; y cuando uno es así amonestado, si es sabio, no se enoja contra el otro que tan amistosamente lo ha amonestado y le ha dicho la verdad, sino que le da gracias. Comúnmente se ve en el mundo que la verdad trae odio, y que se tiene por enemigo al que dice la verdad. Pero entre amigos no es así; mucho menos entre cristianos. Por tanto, puesto que los he reprendido por puro amor, a fin de que permanezcan en la verdad, ustedes no deben ofenderse conmigo, ni perder la verdad, ni pensar que soy enemigo suyo por causa de mi reprensión amistosa y paternal. Todas estas cosas las dice Pablo para confirmar lo que fue dicho antes: «Sed como yo, porque yo soy como vosotros; vosotros no me habéis agraviado en nada», etc.

Gálatas 4:17

Tienen celo por ustedes, pero no para bien.

Aquí reprende la adulación de los falsos apóstoles. Porque Satanás suele, por medio de sus ministros, con maravillosa sutileza y astutas artimañas, engañar a los sencillos; como dice Pablo: «Porque con suaves palabras y lisonjas engañan los corazones de los ingenuos» (Ro 16). Porque, ante todo, hacen grandes protestas de que no buscan otra cosa sino el avance de la gloria de Dios; y además, que son movidos por el Espíritu (ya sea porque el pueblo miserable es descuidado, o porque otros no enseñan la verdad puramente) a enseñar la verdad infalible, para que de este modo los escogidos sean librados del error y vengan a la verdadera luz y al conocimiento de la verdad. Además, prometen salvación indudable a los que reciben su doctrina. Si los pastores vigilantes y fieles no resisten a estos lobos rapaces, harán gran daño a la iglesia bajo este pretexto de piedad y bajo esta ropa de oveja. Porque los gálatas podrían decir: ¿Por qué hablas tan ásperamente contra nuestros maestros, solo porque tienen celo por nosotros? Pues lo que hacen, lo hacen por celo y por puro amor; esto no debería ofenderte, etc. Sí, dice él, tienen celo por ustedes, pero su celo no es bueno.

Aquí observa que celo, o celos, propiamente significa un amor airado, o, como dirían ustedes, una santa envidia. Elías dice: «He sentido un vivo celo por Jehová Dios de los ejércitos» (2 R 19:10). De esta manera el marido tiene celos de su mujer, el padre de su hijo, el hermano de su hermano; es decir, los aman enteramente, pero de tal modo que aborrecen sus vicios y procuran corregirlos. Tal celo fingían tener los falsos apóstoles hacia los gálatas. Pablo ciertamente confiesa que ellos tenían mucho celo por los gálatas, pero su celo, dice él, no era bueno. Ahora bien, por este pretexto aparente y sutil los sencillos son engañados, cuando estos seductores les hacen creer que les tienen gran celo y afecto, y que cuidan mucho de ellos. Por eso Pablo nos advierte aquí que hagamos diferencia entre un buen celo y un mal celo. Sin duda, el buen celo debe ser alabado; pero no el mal celo. Yo tengo celo por ustedes, dice Pablo, como ellos también lo tienen. Juzguen, pues, cuál de nuestros celos es mejor, el mío o el de ellos; cuál es bueno y piadoso, y cuál es malo y carnal. Por tanto, no se dejen seducir tan fácilmente por el celo de ellos. Porque,

quieren apartarlos de nosotros, para que ustedes los amen solo a ellos.

Como si dijera: Es verdad que tienen mucho celo por ustedes, pero con esto buscan que ustedes también tengan celo por ellos y me rechacen a mí. Si su celo fuera sincero y piadoso, entonces ciertamente se contentarían con que yo fuera amado por ustedes tanto como ellos. Pero odian nuestra doctrina, y por eso desean que sea abolida por completo, y que la suya sea predicada entre ustedes. Ahora, para lograr esto, procuran por medio de ese celo arrancar de mí sus corazones y hacerme odioso ante ustedes, para que, cuando hayan concebido odio contra mí y contra mi doctrina, y hayan vuelto su afecto y su celo hacia ellos, los amen solamente a ellos y no reciban otra doctrina sino la de ellos. Así pone a los falsos apóstoles bajo sospecha ante los gálatas, mostrando que con este hermoso pretexto procuran engañarlos. Así también nuestro Salvador Cristo nos advierte, diciendo: «Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas» (Mt 7:15).

Pablo sufrió la misma tentación que sufrimos nosotros hoy. Estaba maravillosamente afligido por este gran mal: que después de la predicación de su doctrina, que era divina y santa, veía surgir tantas sectas, conmociones, ruinas de estados, cambios de reinos y otras cosas semejantes, que eran causa de infinitos males y ofensas. Los judíos lo acusaban de ser un hombre pestilente, promotor de sediciones en toda su nación y cabecilla de la secta de los nazarenos (Hch 24:5). Como si dijeran: Este es un hombre sedicioso y blasfemo; pues predica tales cosas que no solo trastorna la república judía, excelentemente ordenada y establecida por las leyes de Dios, sino que también abole aun los diez mandamientos, la religión y el servicio de Dios, y nuestro sacerdocio, y publica por todo el mundo el evangelio, como él lo llama, del cual han brotado infinitos males, sediciones, ofensas y sectas. También fue obligado a oír a los gentiles, que clamaban contra él en Filipos, que era perturbador de la ciudad y que enseñaba ordenanzas que no les era lícito recibir (Hch 16).

Tales trastornos de los estados y otras calamidades, como hambre, guerras, disensiones y sectas, los judíos y los gentiles las imputaban a la doctrina de Pablo y de los demás apóstoles; y por eso los perseguían como plagas públicas y enemigos de la paz pública y de la religión. Sin embargo, los apóstoles no dejaron de cumplir su oficio, sino que predicaron y confesaron a Cristo con la mayor constancia. Porque sabían que era necesario obedecer a Dios antes que a los hombres (Hch 5:29); y que era mejor que todo el mundo fuese turbado y puesto en conmoción, a que Cristo no fuese predicado, o que una sola alma fuese descuidada y pereciera.

Mientras tanto, sin duda era una cruz pesada para los apóstoles ver estos tropiezos, porque no eran de hierro. Era para ellos un dolor maravilloso que aquel pueblo por el cual Pablo deseaba ser separado de Cristo, pereciera con todos sus adornos (Ro 9). Veían que grandes tumultos y cambios de reinos seguirían a su doctrina; y, lo que era para ellos más amargo que la misma muerte, especialmente para Pablo, veían que aun entre ellos surgían muchas sectas. Fue una noticia dolorosa para Pablo cuando oyó que los corintios negaban la resurrección de los muertos; cuando oyó que las iglesias plantadas por su ministerio eran perturbadas; que el evangelio era derribado por los falsos apóstoles, y que toda Asia se había apartado de su doctrina, junto con ciertos personajes importantes.

Pero él sabía que su doctrina no era la causa de estos tropiezos y sectas, y por eso no se desanimó ni abandonó su vocación, sino que siguió adelante, sabiendo que el evangelio que predicaba era poder de Dios para salvación a todo aquel que cree, aunque a los judíos y a los gentiles les pareciera una doctrina insensata y ofensiva (Ro 1:16). Sabía que son bienaventurados los que no tropiezan en esta palabra de la cruz, ya sean maestros u oyentes, como Cristo mismo dice: «Y bienaventurado es el que no halle tropiezo en mí». Por el contrario, sabía que eran condenados los que juzgaban esta doctrina como necedad y herejía. Por eso dice, como Cristo dijo de los judíos y de los gentiles que se ofendían con esta doctrina: «Dejadlos; son ciegos guías de ciegos» (Mt 15:14).

También nosotros hoy somos obligados a oír que se diga de nosotros lo mismo que se decía de Pablo y de los demás apóstoles; a saber, que la doctrina del evangelio que profesamos es la causa de muchos y grandes males, como sediciones, guerras, sectas e innumerables ofensas. Sí, nos imputan todos los problemas que hay hoy. Ciertamente no enseñamos herejías ni doctrina perversa, sino que predicamos las buenas nuevas acerca de Cristo: que él es nuestro Sumo Sacerdote y nuestro Redentor. Además, nuestros adversarios se ven obligados, si quieren confesar la verdad, a concedernos esto: que por nuestra doctrina no hemos dado ocasión para sediciones, guerras ni tumultos, sino que siempre hemos enseñado que se debe dar honra y reverencia al magistrado, porque así lo ha mandado Dios. Tampoco somos autores de tropiezos; sino que, si los impíos tropiezan, la culpa está en ellos y no en nosotros. Dios nos ha mandado predicar la doctrina del evangelio sin tomar en cuenta ningún tropiezo. Pero como esta doctrina condena la mala doctrina y la idolatría de nuestros adversarios, ellos, irritados por ello, levantan ofensas por sí mismos; las cuales los escolásticos llamaron ofensas tomadas, y dijeron que no deben evitarse ni pueden evitarse.

Cristo enseñó el evangelio sin hacer caso del tropiezo de los judíos. «Dejadlos», dice él; «son ciegos, guías de ciegos» (Mt 15:14). Cuanto más prohibían los sacerdotes a los apóstoles predicar en el nombre de Cristo, tanto más daban testimonio los apóstoles de que ese mismo Jesús, a quien ellos habían crucificado, es Señor y Cristo; y que todo aquel que invocare su nombre sería salvo, y que no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos, etc. (Hch 2:21, 36; 4:12).

Así también nosotros predicamos hoy a Cristo, sin hacer caso de los clamores de los malvados papistas y de todos nuestros adversarios, que gritan que nuestra doctrina es sediciosa y llena de blasfemia; que perturba los estados, derriba la religión y enseña herejías; y, en resumen, que es la causa de todos los males. Cuando Cristo y sus apóstoles predicaban, también se decía lo mismo de ellos. No mucho después vinieron los romanos y, conforme a su propia profecía, destruyeron tanto el lugar como la nación. Por tanto, que los enemigos del evangelio de hoy miren bien que no sean ellos mismos abrumados por estos males que se profetizan a sí mismos.

Ellos tienen por graves y enormes ofensas que los monjes y sacerdotes tomen esposas, que nosotros comamos carne los viernes, y cosas semejantes. Pero esto no les es ninguna ofensa: que por su doctrina perversa engañen y destruyan cada día innumerables almas; que por su mal ejemplo hagan tropezar a los débiles; que blasfemen y condenen el glorioso evangelio del Dios poderoso; y que persigan y maten a los que aman la pureza de la doctrina y la palabra de vida. Esto, digo, para ellos no es ofensa alguna, sino obediencia, servicio y sacrificio agradable a Dios. Por tanto, dejémoslos; «porque son ciegos, y guías de ciegos» (Mt 15:14). «El que es injusto, sea injusto todavía; y el que es inmundo, sea inmundo todavía» (Ap 22). Pero nosotros, porque creemos, hablaremos y proclamaremos las maravillas del Señor mientras tengamos aliento, y soportaremos las persecuciones de nuestros adversarios hasta el tiempo en que Cristo, nuestro sumo obispo y rey, venga del cielo, quien esperamos que vendrá pronto como justo juez para tomar venganza de todos los que no obedecen al evangelio. Amén.

Con estos tropiezos que alegan los impíos, los piadosos no se conmueven en nada. Porque saben que el diablo no odia nada más que la pura doctrina del evangelio, y por eso procura desacreditarla con innumerables tropiezos, para arrancarla para siempre del corazón de los hombres. Antes, cuando en la iglesia no se enseñaba otra cosa sino tradiciones de hombres, el diablo no se enfurecía tanto. Porque mientras el hombre fuerte guardaba la casa, todo lo que poseía estaba en paz; pero ahora, cuando viene otro más fuerte, que vence y ata a aquel hombre fuerte y saquea su casa, entonces sí comienza de veras a enfurecerse (Lc 11:21-22). Y esta es una señal infalible de que la doctrina que profesamos es de Dios. Porque de otra manera, como se dice en Job 40, Behemoth «estaría echado debajo de las sombras, en lo oculto de las cañas y de los lugares húmedos». Pero ahora, al andar alrededor como león rugiente y levantar tales alborotos, es una señal manifiesta de que siente el poder de nuestra predicación (1 P 5:8).

Cuando Pablo dice: «Tienen celo por vosotros, pero no para bien», muestra de paso quiénes son los autores de las sectas; a saber, esos espíritus celosos que en todos los tiempos derriban la verdadera doctrina y perturban la paz pública. Porque estos, movidos por un celo perverso, se imaginan que tienen cierta santidad singular, modestia, paciencia y doctrina por encima de los demás; y por eso piensan que pueden proveer para la salvación de todos los hombres; que pueden enseñar cosas más profundas y provechosas; ordenar un mejor culto y mejores ceremonias que todos los demás maestros, a quienes desprecian como nada en comparación de sí mismos; rebajan su autoridad y corrompen las cosas que ellos han enseñado puramente.

Los falsos apóstoles tenían tal celo impío y perverso, levantando sectas no solo en Galacia, sino también en todos los lugares donde Pablo y los otros apóstoles habían predicado. Y tras esas sectas siguieron innumerables tropiezos y asombrosos disturbios. Porque el diablo, como dice Cristo, «mentiroso es, y padre de mentira», y homicida (Jn 8:44); y por eso suele no solo turbar las conciencias de los hombres con falsa doctrina, sino también levantar sediciones, guerras y toda clase de males.

I. Hay hoy muchísimos poseídos de esta clase de celo, que aparentan gran religión, modestia, doctrina y paciencia, y sin embargo en realidad son lobos rapaces; los cuales, con su hipocresía, no buscan otra cosa sino desacreditarnos a nosotros, para que el pueblo solo los estime, ame y reverencie a ellos, y no reciba otra doctrina que la suya. Ahora bien, como estos hombres tienen un alto concepto de sí mismos y desprecian a los demás, no puede ser sino que necesariamente sigan horribles disensiones, sectas, divisiones y sediciones. Pero ¿qué hemos de hacer? No podemos remediar este asunto, como tampoco pudo Pablo en su tiempo. Sin embargo, ganó a algunos que obedecieron sus amonestaciones. Así también espero yo que hemos hecho volver a algunos de los errores de los sectarios.

Gálatas 4:18

Pero bueno es mostrar celo en lo bueno siempre, y no solamente cuando estoy presente con ustedes.

Como si dijera: Los alabo por esto, porque me amaron tan sinceramente cuando les prediqué el evangelio entre ustedes en la debilidad de la carne. Deben conservar ahora la misma afecto hacia mí cuando estoy ausente, como si nunca me hubiera apartado de ustedes. Porque, aunque estoy ausente en cuerpo, ustedes tienen mi doctrina, la cual deben retener y mantener, puesto que por medio de ella recibieron al Espíritu Santo; pensando entre ustedes mismos que Pablo está siempre presente con ustedes mientras tengan su doctrina. Por tanto, no reprendo su celo, sino que lo alabo; y lo alabo en la medida en que es celo de Dios o del Espíritu, y no de la carne. Ahora bien, el celo del Espíritu siempre es bueno; porque es un afecto y movimiento ferviente del corazón hacia una cosa buena; y no así el celo de la carne. Por eso él encomia el celo de los gálatas, para apaciguar con ello sus mentes y para que sufran pacientemente su corrección. Como si quisiera decir: Reciban bien mi corrección; porque no procede de desagrado, sino de un corazón afligido y solícito por su salvación. Este es un ejemplo vivo para enseñar a todos los ministros a cuidar de sus ovejas, y a procurar por todos los medios que, ya sea reprendiendo, hablando amablemente o rogando, puedan conservarlas en la sana doctrina y apartarlas de los seductores astutos y de los falsos maestros.

Gálatas 4:19

Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en ustedes,

Todas sus palabras son de peso y están muy bien ordenadas para el propósito, a fin de mover el corazón de los gálatas y recobrar de nuevo su favor. Y estas son palabras dulces y amorosas cuando los llama sus hijos. Cuando dice: «por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto», es una alegoría. Porque los apóstoles están en lugar de padres; como también los maestros lo están en su lugar y vocación. Porque así como los padres engendran la forma del cuerpo, así ellos engendran la forma de la mente.

Ahora bien, la forma de una mente cristiana es la fe, o la confianza del corazón que se aferra a Cristo y se une solo a él, y a ninguna otra cosa. El corazón, provisto de esta confianza o seguridad, a saber, que por causa de Cristo somos justos, tiene la verdadera forma de Cristo. Ahora, esta forma es dada por el ministerio de la palabra, como se dice en 1 Co 4: «Porque en Cristo Jesús yo os engendré por medio del evangelio»; es decir, en el espíritu, para que conozcan a Cristo y crean en él. También en 2 Co 3: «siendo manifiesto que sois carta de Cristo expedida por nosotros, escrita no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo». Porque la palabra sale de la boca del apóstol o del ministro, y entra en el corazón del que la oye. Allí está presente el Espíritu Santo, e imprime la palabra en el corazón, de modo que este consiente a ella. Así, todo maestro piadoso es un padre que engendra y forma la verdadera figura de un corazón cristiano, y eso por el ministerio de la palabra.

Además, con estas palabras, «por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto», toca a los falsos apóstoles. Como si dijera: Yo los engendré rectamente por medio del evangelio; pero estos corruptores han formado una nueva figura en su corazón, no la de Cristo, sino la de Moisés; de modo que ahora su confianza ya no está fundada en Cristo, sino en las obras de la ley. Esta no es la verdadera forma de Cristo, sino otra forma, y enteramente diabólica. Y no dice: Por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto hasta que mi forma sea formada en ustedes, sino, hasta que Cristo sea formado en ustedes; es decir, sufro dolores para que vuelvan a recibir la forma y semejanza de Cristo, y no la de Pablo. En estas palabras vuelve a reprender a los falsos apóstoles; porque habían abolido la forma de Cristo en los corazones de los creyentes, y habían inventado otra forma, es decir, la suya propia; como dice en cap. 6: «Quieren circuncidaros, para gloriarse en vuestra carne».

De esta forma de Cristo habla también en Colosenses 3: «Vestíos del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno». Pablo, por tanto, procura restaurar la forma de Cristo en los gálatas, que había sido desfigurada y corrompida por los falsos apóstoles. Esto es: que piensen y quieran como Dios piensa y quiere, cuya mente y voluntad es que obtengamos remisión de los pecados y vida eterna por Jesucristo, su único Hijo, a quien envió al mundo para que fuese la propiciación por nuestros pecados; y que sepamos que, por medio de este su Hijo, él está aplacado y hecho nuestro Padre amoroso. Los que creen esto son semejantes a Dios; es decir, todos sus pensamientos son de Dios, así como lo es el afecto de su corazón. Tienen en su mente la misma forma que está en Dios o en Cristo. Esto es ser renovados en el espíritu de nuestra mente, y vestirnos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad, como dice Pablo en Ef 4.

Dice, pues, que vuelve a sufrir dolores de parto por los gálatas, y aun así, de tal manera que la forma de los hijos no sea la forma del apóstol, para que los hijos no se parezcan a la forma de Pablo, o de Cefas, etc., sino a la de otro padre, es decir, a la de Cristo. Yo lo formaré, dice, en ustedes, para que haya también en ustedes el mismo sentir que hubo en Cristo Jesús. (Fil 2:5.) En breve: «vuelvo a sufrir dolores de parto por ustedes»; es decir, trabajo cuidadosamente para hacerlos volver a su fe anterior, la cual han perdido, engañados por el artificio y la sutileza de los falsos apóstoles, y se han vuelto a la ley y a las obras. Por tanto, ahora debo otra vez esforzarme cuidadosamente para traerlos de la ley a la fe de Cristo. A esto llama sufrir dolores de parto, etc.

Gálatas 4:20

Y quisiera estar con ustedes ahora mismo, para cambiar el tono de mi voz, etc.

Estos son los verdaderos cuidados de un apóstol. Es un dicho común que una carta es un mensajero muerto, porque no puede dar más de lo que tiene. Y no se escribe epístola ni carta tan exactamente que no le falte algo. Porque las circunstancias son diversas; hay diversidad de tiempos, lugares, personas, maneras y afectos. Todo esto ninguna carta lo puede expresar. Por eso mueve al lector de distintas maneras, haciéndolo ahora triste, ahora alegre, según como él mismo esté dispuesto. Pero si algo se habla con dureza o fuera de tiempo, la voz viva de un hombre puede explicarlo, mitigarlo o corregirlo. Por eso el apóstol desea estar con ellos, para moderar y cambiar su voz, si viera que era necesario según la condición de sus afectos. Si viera a alguno de ellos muy turbado, podría moderar sus palabras de tal manera que no quedaran oprimidos con mayor pesadumbre. Al contrario, si viera a otros altivos, podría reprenderlos severamente, para que no se volvieran demasiado confiados y descuidados, y así al fin llegaran a ser despreciadores de Dios.

Por tanto, él no sabía cómo, estando ausente, tratar con ellos por cartas. Como si dijera: Si mi epístola es demasiado severa, temo ofender a algunos de ustedes más que corregirlos. Y otra vez, si es demasiado suave, no aprovechará a los que son perversos y obstinados; porque las letras y palabras muertas no dan más de lo que tienen. Al contrario, la voz viva de un hombre, comparada con una epístola, es una reina; porque puede añadir y quitar, puede cambiarse según toda clase de afectos, tiempos, lugares y personas. En resumen, yo con gusto los convertiría por cartas, es decir, los llamaría de vuelta de la ley a la fe de Jesucristo; pero temo no poder hacerlo por mis letras muertas. Pero si estuviera con ustedes, podría cambiar mi voz; podría reprender amargamente a los obstinados y consolar a los débiles con palabras dulces y amorosas, según lo requiriera la ocasión.

Porque estoy perplejo en cuanto a ustedes. Es decir, estoy tan turbado en mi espíritu, que no sé cómo comportarme con ustedes por cartas. Aquí hay una viva descripción del verdadero afecto de un apóstol. No omite nada; reprende a los gálatas, les ruega, les habla con bondad, alaba altamente su fe, esforzándose por todos los medios en hacerlos volver otra vez a la verdad del evangelio y librarlos de los lazos de los falsos apóstoles. Estas son palabras vehementes, que proceden de un corazón conmovido e inflamado con un celo ardiente y ferviente, y por eso deben considerarse diligentemente.

Gálatas 4:21

«Decidme, los que queréis estar bajo la ley, ¿no habéis oído la ley?»

Aquí Pablo habría terminado su Epístola; porque no deseaba escribir más, sino más bien estar presente con los gálatas y hablarles él mismo. Pero, estando en gran perplejidad y muy preocupado por este asunto, toma de paso esta alegoría, que entonces vino a su mente. Porque el pueblo se deleita mucho con alegorías y semejanzas, y por eso Cristo mismo las usa muchas veces. Porque son, por decirlo así, ciertas imágenes que presentan las cosas como si estuvieran pintadas delante de los ojos de los sencillos, y por tanto mueven y persuaden mucho, especialmente a los sencillos y a los ignorantes. Primero, pues, despierta a los gálatas con palabras y escritos. En segundo lugar, pinta el asunto mismo delante de sus ojos con esta hermosa alegoría.

Pablo era un artesano admirable en el uso de alegorías; porque suele aplicarlas a la doctrina de la fe, a la gracia y a Cristo, y no a la ley y a las obras de ella, como hacen Orígenes y Jerónimo, quienes son reprendidos con razón por haber convertido en alegorías impropias y necias los sencillos pasajes de la Escritura, donde las alegorías no tienen lugar. Por tanto, usar alegorías es muchas veces algo muy peligroso. Porque, a menos que un hombre tenga un conocimiento perfecto de la doctrina cristiana, no puede usar las alegorías correcta ni debidamente.

Pero, ¿por qué llama Pablo ley al libro del Génesis, de donde toma la historia de Ismael y de Isaac, siendo que ese libro no contiene nada en absoluto acerca de la ley; y especialmente porque ese pasaje que él cita no habla de ninguna ley, sino que solamente contiene una simple historia de los dos hijos de Abraham? Pablo suele llamar ley al primer libro de Moisés, según la manera de los judíos; el cual, aunque no contiene ley aparte de la ley de la circuncisión, sino que principalmente enseña la fe y da testimonio de que los patriarcas agradaron a Dios por causa de su fe, sin embargo los judíos, a causa de la ley de la circuncisión contenida en él, llamaban ley al libro del Génesis, junto con los demás libros de Moisés. Así hacía también Pablo mismo cuando aún era judío. Y Cristo, bajo el nombre de la ley, comprende no solamente los libros de Moisés, sino también los Salmos: «Pero esto es para que se cumpla la palabra que está escrita en su ley: Sin causa me aborrecieron» (Jn 15; Sal 35:19).

Gálatas 4:22-23

Porque está escrito que Abraham tuvo dos hijos; uno de la sierva, y otro de la libre. Pero el de la sierva nació según la carne; mas el de la libre, por la promesa.

Como si dijera: Ustedes abandonan la gracia, la fe y a Cristo, y se vuelven otra vez a la ley; quieren estar bajo la ley y hacerse sabios por ella. Por tanto, les hablaré de la ley. Les ruego que consideren la ley diligentemente. Hallarán que Abraham tuvo dos hijos, Ismael de Agar, e Isaac de Sara. Ambos eran verdaderos hijos de Abraham. Ismael era tan verdadero hijo de Abraham como Isaac, porque ambos procedían de un mismo padre, de una misma carne y de una misma simiente. ¿Cuál era entonces la diferencia? Esto no hace la diferencia, dice Pablo, que la madre de uno fuera libre y la de otro esclava, aunque esto pertenece a la alegoría; sino que Ismael, que nació de la esclava, nació según la carne; es decir, sin la promesa y sin la palabra de Dios. Pero Isaac no solo nació de la libre, sino también conforme a la promesa. ¿Qué, pues? Sin embargo, Isaac nació también de la simiente de Abraham, así como Ismael. Concedo que ambos eran hijos de un mismo padre, y, no obstante, hay diferencia. Porque aunque Isaac nació de la carne, la promesa fue primero. Nadie observó esta diferencia sino solo Pablo, quien la sacó del texto de Génesis de esta manera:

Mientras Agar concibió y dio a luz a Ismael, no hubo palabra de Dios que anunciara de antemano que esto había de suceder; sino que, con el permiso de Sara, Abraham se unió a su sierva Agar, a quien Sara, siendo estéril, había dado por mujer a Abraham, como se dice en el libro de Génesis. Porque Sara había oído que Abraham, por la promesa de Dios, tendría descendencia de su cuerpo, y esperaba que ella sería la madre de esa descendencia. Pero cuando ya había esperado la promesa muchos años, con gran angustia de espíritu, y vio que el asunto se retrasaba tanto, perdió la esperanza. Esta santa mujer, por tanto, cede por el honor de su marido y entrega su derecho a otra, es decir, a su criada. Sin embargo, no permite que su marido tome otra mujer fuera de su casa, sino que le da en matrimonio a su sierva, para que ella pudiera ser edificada por medio de ella. Porque así dice la historia: «Sarai mujer de Abram no le daba hijos; y ella tenía una sierva egipcia, que se llamaba Agar. Dijo entonces Sarai a Abram: Ya ves que Jehová me ha hecho estéril; te ruego, pues, que te llegues a mi sierva; quizá tendré hijos de ella» (Gn 16). Esta fue una gran humildad de Sara, que se humilló así y tomó en buena parte esta tentación y prueba de su fe. Porque ella pensaba así: Dios no es mentiroso; lo que ha prometido a mi marido, ciertamente lo cumplirá. Pero quizá Dios no quiere que yo sea la madre de esa descendencia. No me afligirá que Agar tenga este honor. Entre, pues, mi señor a ella; quizá yo sea edificada por medio de ella.

Ismael, por tanto, nació sin la palabra, solamente por la petición de Sara. Porque no hay palabra de Dios que mandara a Abraham hacer así, ni que le prometiera un hijo; sino que todo esto se hizo al azar. Lo cual también declaran las palabras de Sara: «Quizá», dice ella, «tendré hijos de ella». Viendo, pues, que no hubo palabra de Dios hablada a Abraham antes de esto, como sí la hubo cuando Sara había de dar a luz a Isaac, sino solamente la palabra de Sara, es suficientemente claro que Ismael fue hijo de Abraham solo según la carne, sin la palabra de Dios; por tanto, nació al azar y sin ser anunciado de antemano, como cualquier otro niño.

Esto lo advirtió Pablo y lo consideró diligentemente. En Romanos 9 sigue el mismo argumento que aquí repite y presenta en alegoría, y concluye con fuerza que no todos los hijos de Abraham son hijos de Dios. Abraham, dice él, tiene dos clases de hijos. Algunos nacen de su carne y sangre, pero la palabra y promesa de Dios van delante, como en Isaac. Otros nacen sin la promesa, como Ismael. Por tanto, los hijos de la carne, dice él, no son hijos de Dios, sino los hijos de la promesa, etc. Y con este argumento cierra poderosamente la boca de los judíos orgullosos, que se gloriaban de ser simiente e hijos de Abraham; como también lo hace Cristo en Mt 3 y en Jn 8. Como si dijera: No se sigue: yo soy la simiente carnal de Abraham, por tanto soy hijo de Dios; Esaú es el hijo natural, por tanto el heredero. Digan más bien, dice él, que los que quieren ser hijos de Abraham, además de su nacimiento carnal, deben ser también hijos de la promesa, y deben creer. Y los verdaderos hijos de Abraham, y por consiguiente de Dios, son los que tienen la promesa y creen.

Pero Ismael, porque no fue prometido por Dios a Abraham, es hijo solo según la carne, y no según la promesa; y por eso nació al azar, como nacen otros hijos. Porque ninguna madre sabe si tendrá hijo o no; o si percibe que está encinta, aun así no puede decir si será hijo o hija. Pero Isaac fue nombrado expresamente (Gn 17): «Sara tu mujer te dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Isaac». Aquí se nombran expresamente el hijo y la madre. Así, por esta humildad de Sara, porque renunció a su derecho y sufrió el desprecio de Agar (Gn 16), Dios le pagó con este honor: que ella sería la madre del hijo prometido, etc.

Gálatas 4:24

Las cuales cosas son dichas en alegoría.

Las alegorías no persuaden con fuerza en teología, pero, como ciertas pinturas, embellecen y adornan el asunto. Porque si Pablo no hubiera probado la justicia de la fe contra la justicia de las obras con argumentos fuertes y sustanciosos, poco habría logrado con esta alegoría. Pero como antes había fortalecido su causa con argumentos invencibles, tomados de la experiencia, del ejemplo de Abraham, de los testimonios de la Escritura y de semejanzas, ahora al final de su disputa añade una alegoría, para dar hermosura a todo lo demás. Porque a veces es apropiado añadir una alegoría cuando el fundamento está bien puesto y el asunto plenamente probado. Pues así como la pintura es un adorno para realzar y embellecer una casa ya edificada, así la alegoría es la luz de un asunto que ya ha sido probado y confirmado de otra manera.

Porque estas mujeres son los dos pactos; el uno proviene del monte Sinaí, el cual da hijos para esclavitud. (Porque Agar, o Sinaí, es un monte de Arabia.)

Abraham es figura de Dios, que tiene dos hijos, es decir, dos clases de pueblo, representados por Ismael e Isaac. Estos dos le nacen por Agar y Sara, las cuales significan los dos pactos, el Antiguo y el Nuevo. El Antiguo es del monte Sinaí, que engendra para esclavitud, el cual es Agar. Porque los árabes, en su lengua, llaman Agar al mismo monte que los judíos llaman Sinaí, nombre que parece venir de zarzas y espinos; y esto también lo atestiguan Ptolomeo y los comentarios griegos. De la misma manera, a muchos montes se les dan diversos nombres, según la diversidad de las naciones. Así, el monte que Moisés llama Hermón, los sidonios lo llaman Sirión, y los amorreos, Senir.

Ahora bien, esto sirve muy bien al propósito: que el monte Sinaí, en lengua arábiga, significa tanto como esclava; y pienso que la semejanza de este nombre le dio a Pablo luz y ocasión para buscar esta alegoría. Así como Agar, la sierva, dio a luz a Abraham un hijo, y sin embargo no un heredero, sino un siervo; así también Sinaí, la Agar alegórica, dio a luz para Dios un hijo, es decir, un pueblo carnal. Además, así como Ismael era verdadero hijo de Abraham, así el pueblo de Israel tenía al verdadero Dios por padre, el cual les dio su ley, sus oráculos, su religión, su verdadero culto y el templo; como se dice en Sal 147:19: «Ha manifestado sus palabras a Jacob, sus estatutos y sus juicios a Israel.»

Sin embargo, esta era la única diferencia: Ismael nació de una esclava según la carne, es decir, sin la promesa, y por tanto no podía ser heredero. Así también la Agar mística, es decir, el monte Sinaí, donde fue dada la ley y establecido el Antiguo Pacto, dio a luz para Dios, el gran Abraham, un pueblo, pero sin la promesa; es decir, un pueblo carnal y servil, y no heredero de Dios. Porque las promesas en cuanto a Cristo, el dador de toda bendición, y en cuanto a la liberación de la maldición de la ley, del pecado y de la muerte, y también en cuanto a la libre remisión de los pecados, a la justicia y a la vida eterna, no están añadidas a la ley; sino que la ley dice: «El hombre que haga estas cosas, vivirá por ellas.» (Lv 18:5; Ro 10:5.)

Por tanto, las promesas de la ley son condicionales. Prometen vida, no gratuitamente, sino a los que cumplen la ley, y por eso dejan las conciencias de los hombres en duda; porque nadie cumple la ley. Pero las promesas del Nuevo Pacto no tienen tal condición unida a ellas, ni requieren nada de nosotros, ni dependen de ninguna condición de nuestro mérito, sino que nos traen y nos dan gratuitamente perdón de pecados, gracia, justicia y vida eterna, por causa de Cristo, como ya he dicho más ampliamente en otro lugar. Por eso la ley, o el Antiguo Pacto, contiene solamente promesas condicionales; porque siempre tiene unidas condiciones como estas: «Si oyereis mi voz; si guardareis mis estatutos; si anduviereis en mis caminos, seréis mi pueblo», etc. Los judíos, sin considerar esto, se aferraron a esas promesas condicionales como si hubieran sido absolutas y sin ninguna condición; y pensaban que Dios nunca podría revocarlas, sino que necesariamente debía cumplirlas. De aquí vino que, cuando oían a los profetas predecir la destrucción de la ciudad de Jerusalén, del templo, del reino y del sacerdocio, ellos, que podían discernir bien entre las promesas corporales de la ley y las promesas espirituales acerca de Cristo y de su reino, los persiguieron y los mataron como herejes y blasfemos contra Dios; porque no veían esta condición añadida: «Si guardareis mis mandamientos, os irá bien», etc.

Por eso Agar, la sierva, no da a luz sino un siervo. Ismael, entonces, no es el heredero, aunque sea hijo natural de Abraham, sino que permanece esclavo. ¿Qué es lo que aquí falta? La promesa y la bendición de la palabra. Así la ley dada en el monte Sinaí, al cual los árabes llaman Agar, no engendra sino siervos. Porque la promesa hecha acerca de Cristo no fue unida a la ley. Por tanto, ¡oh gálatas!, si ustedes, abandonando la promesa y la fe, vuelven a la ley y a las obras, permanecerán siempre como siervos; es decir, nunca serán librados del pecado y de la muerte, sino que siempre permanecerán bajo la maldición de la ley. Porque Agar no engendra la descendencia de la promesa y los herederos; esto es, la ley no justifica, no trae la adopción ni la herencia, sino que más bien estorba la herencia y produce ira.

Gálatas 4:25

Y corresponde a la Jerusalén actual, pues esta, junto con sus hijos, está en esclavitud.

Esta es una alegoría maravillosa. Así como Pablo un poco antes hizo de Agar el Sinaí, así ahora quisiera de buena gana hacer de Jerusalén a Sara; pero no se atrevió, ni tampoco puede hacerlo. Más bien, se ve obligado a unir Jerusalén con el monte Sinaí; porque dice: «Porque Agar es el monte Sinaí en Arabia, y corresponde a la Jerusalén actual». Y es cierto que hay una cadena continua de montes que se extiende desde Arabia Pétrea hasta Cades-barnea de Judea. Dice, pues, que esta Jerusalén actual, es decir, esta Jerusalén terrenal y temporal, no es Sara, sino que pertenece a Agar, porque allí reina Agar. Porque en ella está la ley, que engendra para esclavitud; en ella están el culto y las ceremonias, el templo, el reino, el sacerdocio; y todo lo que fue ordenado en el Sinaí por la madre, que es la ley, eso mismo se hace en Jerusalén. Por tanto, yo la uno con el Sinaí, y comprendo a ambas en una sola palabra, a saber, Sinaí o Agar.

Yo no me habría atrevido a manejar esta alegoría de esta manera, sino que más bien habría llamado a Jerusalén Sara o el Nuevo Testamento, especialmente viendo que la predicación del evangelio comenzó en ella, que allí fue dado el Espíritu Santo, y que allí nació el pueblo del Nuevo Testamento; y habría pensado que había hallado una alegoría muy apropiada. Por eso, no es cosa de cualquier hombre usar alegorías a su antojo; porque una hermosa apariencia exterior puede engañar pronto a una persona y hacerla errar. ¿Quién no pensaría que sería muy apropiado llamar al Sinaí Agar, y a Jerusalén Sara? Ciertamente Pablo hace de Jerusalén Sara, pero no de esta Jerusalén corporal, la cual él sencillamente une con Agar; sino de aquella Jerusalén espiritual y celestial, en la cual no reina la ley ni el pueblo carnal, como en aquella Jerusalén que está en esclavitud con sus hijos, sino donde reina la promesa, y donde también hay un pueblo espiritual y libre.

Y para que la ley fuese completamente abolida, todo aquel reino que estaba establecido en Agar, la Jerusalén terrenal, fue horriblemente destruido con todos sus adornos, el templo, las ceremonias, etc. Ahora bien, aunque el Nuevo Testamento comenzó en ella y así se extendió por todo el mundo, sin embargo pertenece a Agar; es decir, es la ciudad de la ley, de las ceremonias y del sacerdocio instituido por Moisés. En suma, fue engendrada por Agar la esclava, y por eso está en esclavitud con sus hijos; es decir, anda en las obras de la ley, y nunca alcanza la libertad del espíritu, sino que permanece continuamente bajo la ley, el pecado, una mala conciencia, la ira y el juicio de Dios, y bajo la culpa de la muerte y del infierno. Ciertamente tiene la libertad de la carne, tiene un reino corporal, tiene magistrados, riquezas y posesiones, y cosas semejantes; pero nosotros hablamos de la libertad del espíritu, por la cual estamos muertos a la ley, al pecado y a la muerte, y vivimos y reinamos en la gracia, el perdón de los pecados, la justicia y la vida eterna. Esto no lo puede hacer la Jerusalén terrenal, y por eso permanece con Agar.

Versículo 26. Mas la Jerusalén de arriba, la cual es madre de todos nosotros, es libre.

Aquella Jerusalén terrenal, dice él, que está abajo, teniendo la política y las ordenanzas de la ley, es Agar, y está en esclavitud con sus hijos; es decir, no está librada de la ley, del pecado y de la muerte. Pero la Jerusalén que está arriba, es decir, la Jerusalén espiritual, es Sara (aunque Pablo no añade el nombre propio de Sara, sino que le da otro nombre, llamándola la mujer libre); es decir, aquella verdadera señora y mujer libre, que es madre de todos nosotros, engendrándonos para libertad, y no para esclavitud como hace Agar. Ahora bien, esta Jerusalén celestial que está arriba es la iglesia, es decir, los fieles esparcidos por todo el mundo, que tienen un mismo evangelio, una misma fe en Cristo, el mismo Espíritu Santo, y los mismos sacramentos.

Por tanto, no entiendas esta palabra “arriba” de la iglesia triunfante (como la llaman los escolásticos) en el cielo, sino de la iglesia militante en la tierra. Porque se dice que los piadosos tienen su ciudadanía en el cielo: «Mas nuestra ciudadanía está en los cielos» (Fil 3), no localmente, sino en que el cristiano cree; en que echa mano de aquellos inestimables dones celestiales y eternos, está en el cielo: «que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo» (Ef 1). Debemos, pues, distinguir la bendición celestial y espiritual de la terrenal. Porque la bendición terrenal es tener un buen gobierno civil tanto en las repúblicas como en las familias; tener hijos, paz, riquezas, frutos de la tierra y otros bienes corporales. Pero la bendición celestial es ser librados de la ley, del pecado y de la muerte; ser justificados y vivificados para vida; tener paz con Dios; tener un corazón fiel, una conciencia gozosa y un consuelo espiritual; tener el conocimiento de Jesucristo; tener el don de profecía y la revelación de las Escrituras; tener el don del Espíritu Santo, y regocijarse en Dios. Estas son las bendiciones celestiales que Cristo da a la iglesia.

Por eso, la Jerusalén que está arriba, es decir, la Jerusalén celestial, es la iglesia que ahora está en el mundo, y no la ciudad de la vida venidera, o la iglesia triunfante, como soñaron los monjes ociosos e ignorantes y los doctores escolásticos, que enseñaron que la Escritura tiene cuatro sentidos: el sentido literal, el sentido figurado, el sentido alegórico y el sentido moral; y conforme a estos sentidos interpretaron neciamente casi todas las palabras de las Escrituras. Así, esta palabra Jerusalén significaba literalmente aquella ciudad que llevaba ese nombre; figuradamente, una conciencia pura; alegóricamente, la iglesia militante; moralmente, la ciudad celestial, o la iglesia triunfante. Con estas frivolidades y fábulas necias despedazaron las Escrituras en tantos y tan diversos sentidos, que las pobres conciencias sencillas no podían recibir doctrina cierta de nada. Pero Pablo dice aquí que la antigua y terrenal Jerusalén pertenece a Agar, que está en esclavitud con sus hijos, y que ha sido completamente abolida. Pero la nueva y celestial Jerusalén, que es reina y mujer libre, ha sido puesta por Dios en la tierra y no en el cielo, para ser madre de todos nosotros, de la cual hemos sido engendrados y todavía cada día somos engendrados. Por tanto, es necesario que esta nuestra madre esté en la tierra entre los hombres, como también lo está su generación. Sin embargo, ella engendra por el Espíritu Santo, por el ministerio de la palabra y de los sacramentos, y no en la carne.

Digo esto para que en este asunto no seamos arrastrados por nuestros pensamientos al cielo, sino que sepamos que Pablo opone la Jerusalén de arriba a la Jerusalén terrenal, no localmente sino espiritualmente. Porque hay una distinción entre las cosas espirituales y las cosas corporales o terrenales. Las cosas espirituales están arriba; las terrenales, abajo. Así, la Jerusalén que está arriba se distingue de la Jerusalén carnal y temporal que está abajo, no localmente, como he dicho, sino espiritualmente. Porque esta Jerusalén espiritual, que tuvo su comienzo en la Jerusalén corporal, no tiene un lugar determinado como la otra en Judea; sino que está esparcida por todo el mundo, y puede estar en Babilonia, en Turquía, en Tartaria, en Escitia, en Judea, en Italia, en Alemania, en las islas del mar, en los montes y en los valles, y en todos los lugares del mundo donde habitan hombres que tienen el evangelio y creen en Jesucristo.

Por tanto, Sara o Jerusalén, nuestra madre libre, es la iglesia misma, la esposa de Cristo, de la cual todos nosotros hemos sido engendrados. Esta madre engendra hijos libres sin cesar hasta el fin del mundo, mientras ejerce el ministerio de la palabra; es decir, mientras predica y publica el evangelio, porque eso es verdaderamente engendrar. Ahora bien, ella enseña el evangelio de esta manera: que somos librados de la maldición de la ley, del pecado, de la muerte y de todos los demás males, por Jesucristo, y no por la ley ni por las obras. Por tanto, la Jerusalén que está arriba, es decir, la iglesia, no está sujeta a la ley y a las obras, sino que es libre; y es una madre sin la ley, sin pecado y sin muerte. Ahora bien, tales hijos como es la madre, tales engendra.

Esta alegoría enseña muy apropiadamente que la iglesia no debe hacer otra cosa sino predicar y enseñar el evangelio verdadera y sinceramente, y por este medio debe engendrar hijos. Así, todos somos padres e hijos unos de otros; porque somos engendrados unos por otros. Yo, habiendo sido engendrado por otros por medio del evangelio, ahora engendro a otros, los cuales también engendrarán a otros después, y así este engendrar durará hasta el fin del mundo. Ahora hablo de la generación, no de Agar la esclava, que engendra sus siervos por medio de la ley; sino de Sara la mujer libre, que engendra herederos sin la ley y sin las obras o esfuerzos del hombre. Porque en que Isaac sea heredero, y no Ismael (aunque ambos eran hijos naturales de Abraham), Isaac tuvo la herencia por la palabra de la promesa, a saber: «Sara tu mujer te dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Isaac» (Gn 17:19). Esto lo entendió muy bien Sara, y por eso dice: «Echa a esta sierva y a su hijo»; y Pablo también cita estas palabras después. Por tanto, así como Isaac tiene la herencia de su padre solamente por la promesa y por su nacimiento, sin la ley y sin obras, así también nosotros, nacidos por medio del evangelio de aquella mujer libre, Sara, es decir, la iglesia, somos verdaderos herederos de la promesa. Ella nos instruye, nos alimenta y nos lleva en su vientre, en su regazo y en sus brazos; nos forma y nos moldea a la imagen de Cristo, hasta que crezcamos a un hombre perfecto, etc. Así, todas las cosas se hacen por el ministerio de la palabra. Por tanto, el oficio de la mujer libre es engendrar hijos para Dios su marido sin cesar y sin fin; es decir, hijos que sepan que son justificados por la fe y no por la ley.

Gálatas 4:27

Porque está escrito (Is 54:1): «Regocíjate, oh estéril, tú que no das a luz; prorrumpe en júbilo y clama, tú que no tienes dolores de parto; porque más son los hijos de la desolada, que de la que tiene marido.»

Pablo alega este pasaje del profeta Isaías, el cual es totalmente alegórico. Está escrito, dice él, que la madre de muchos hijos, y la que tiene marido, ha de enfermar y morir; y, por el contrario, la estéril y la que no tiene hijos ha de tener abundancia de hijos. De la misma manera Ana da a entender en su cántico, del cual el profeta Isaías tomó su profecía (1 S 2): «Los arcos de los fuertes fueron quebrados, y los débiles se ciñeron de poder. Los saciados se alquilaron por pan, y los hambrientos dejaron de tener hambre; hasta la estéril ha dado a luz siete, y la que tenía muchos hijos languidece.» Cosa maravillosa, dice él: la que era fecunda será hecha estéril, y la que era estéril, fecunda. Además, los que antes eran fuertes, saciados, ricos, gloriosos, justos y bienaventurados, vendrán a ser débiles, hambrientos, pobres, ignominiosos, pecadores, sujetos a muerte y condenación; y por el contrario, los débiles y hambrientos, etc., serán fuertes y saciados, etc.

El Apóstol muestra por esta alegoría del profeta Isaías la diferencia que hay entre Agar y Sara; es decir, entre la sinagoga y la iglesia, o entre la ley y el evangelio. La ley es el marido de la mujer fecunda, es decir, de la sinagoga, la cual engendra muchísimos hijos. Porque los hombres de todas las edades, no solo los ignorantes, sino también los más sabios y los mejores, es decir, toda la humanidad excepto los hijos de la mujer libre, no ven ni conocen otra justicia que la justicia de la ley; mucho menos conocen alguna que sea más excelente. Por eso se creen justos si siguen la ley y cumplen exteriormente sus obras.

Estos, aunque son fecundos, tienen muchos discípulos y resplandecen en la justicia y en las gloriosas obras de la ley, sin embargo no son libres, sino siervos; porque son hijos de Agar, la cual engendra para esclavitud. Ahora bien, si son siervos, no pueden ser participantes de la herencia, sino que serán echados de la casa; porque el siervo no queda en la casa para siempre (Jn 8:35). Sí, ya están echados del reino de la gracia y de la libertad; «el que no cree, ya ha sido condenado» (Jn 3:18). Permanecen, por tanto, bajo la maldición de la ley, bajo el pecado y la muerte, bajo el poder del diablo, y bajo la ira y el juicio de Dios.

Ahora bien, si la misma ley moral, o los diez mandamientos de Dios, no puede hacer otra cosa sino engendrar siervos, es decir, no puede justificar, sino solo aterrorizar, acusar, condenar y llevar las conciencias de los hombres a la desesperación, entonces, les pregunto, ¿cómo justificarán las leyes de los hombres, o las leyes del Papa, que son doctrinas de demonios? Por tanto, los que enseñan y presentan ya sea las tradiciones de los hombres o la ley de Dios, como necesarias para obtener justicia delante de Dios, no hacen otra cosa que engendrar siervos. Sin embargo, tales maestros son tenidos por los mejores hombres; obtienen el favor del mundo y son madres muy fecundas, porque tienen un número infinito de discípulos. Porque la razón humana no entiende qué es la fe y la verdadera piedad, y por eso la descuida y la desprecia, y es naturalmente inclinada a la superstición y a la hipocresía, es decir, a la justicia de obras. Y como esta justicia resplandece y florece por todas partes, viene a ser una poderosa emperatriz de todo el mundo. Por tanto, los que enseñan la justicia de obras por la ley, engendran muchos hijos que exteriormente parecen libres, y tienen una gloriosa apariencia de excelentes virtudes; pero en conciencia son siervos y esclavos del pecado. Por tanto, han de ser echados de la casa y condenados.

Por el contrario, Sara la mujer libre, es decir, la verdadera iglesia, parece estéril. Porque el evangelio, que es la palabra de la cruz y de la aflicción, que la iglesia predica, no resplandece tan brillantemente como la doctrina de la ley y de las obras; y por eso no tiene tantos discípulos que se le adhieran. Además, lleva este título: que prohíbe las buenas obras, hace a los hombres seguros, ociosos y negligentes, levanta herejías y sediciones, y es causa de todo mal; por tanto, parece no traer éxito ni prosperidad, sino que todas las cosas parecen llenas de esterilidad, desolación y desesperación. Por eso los impíos están completamente persuadidos de que la iglesia con su doctrina no puede durar mucho tiempo. Los judíos estaban seguros de que la iglesia plantada por los apóstoles sería derribada, a la cual llamaban con un nombre odioso, secta. Porque así hablan a Pablo en Hch 28: «Porque de esta secta nos es notorio que en todas partes se habla contra ella.» De la misma manera, les pregunto, ¿cuántas veces se han engañado nuestros adversarios, que unas veces fijaban un tiempo y otras veces otro, en que ciertamente seríamos destruidos? Cristo y sus apóstoles fueron oprimidos; pero después de su muerte, la doctrina del evangelio se difundió más ampliamente que durante su vida. De igual manera, nuestros adversarios pueden oprimirnos hoy; pero la palabra de Dios permanecerá para siempre. Así que, por más que la iglesia parezca estéril y abandonada, débil y despreciada, y exteriormente sufra persecución, y además se vea obligada a oír este reproche, que su doctrina es herética y sediciosa, no obstante, ella sola es fecunda delante de Dios. Engendra por el ministerio de la palabra un número infinito de hijos, herederos de justicia y de vida eterna; y aunque exteriormente padecen persecución, en espíritu son completamente libres; ellos no solo juzgan todas las doctrinas y obras, sino que además son victoriosos conquistadores contra las puertas del infierno.

El profeta, por tanto, confiesa que la iglesia está en aflicción; pues de otro modo no la exhortaría a regocijarse. Concede que es estéril ante el mundo; pues de otro modo no la llamaría estéril y abandonada, sin hijos. Pero delante de Dios es fecunda, y por eso le manda regocijarse. Como si dijera: Tú en verdad estás abandonada y eres estéril, y no tienes la ley por marido, y por eso no tienes hijos. Pero regocíjate; porque aunque no tienes la ley por marido, sino que estás abandonada como una virgen lista para casarse (pues no la quiere llamar viuda), que tendría marido si él no la hubiera abandonado, o si no hubiera sido muerto; tú, digo, que estás sola y abandonada de tu marido la ley, y no sujeta al matrimonio de la ley, serás madre de innumerables hijos. Por eso el pueblo o la iglesia del Nuevo Testamento está completamente sin la ley en lo que toca a la conciencia, y por eso parece abandonada a los ojos del mundo. Pero aunque parezca muy estéril sin la ley y sin las obras, no obstante es muy fecunda delante de Dios, y da a luz un número infinito de hijos, no en esclavitud sino en libertad. ¿Por qué medios? No por la ley, sino por la palabra y el Espíritu de Cristo, que es dado por el evangelio, por medio del cual ella concibe, da a luz y alimenta a sus hijos.

Pablo, por tanto, muestra claramente por esta alegoría la diferencia entre la ley y el evangelio: primero, cuando llama a Agar el Antiguo Testamento, y a Sara el Nuevo; luego, cuando llama a la una esclava y a la otra libre; además, cuando dice que la casada y fecunda vino a ser estéril y fue echada de la casa con sus hijos; y por el contrario, cuando la estéril y abandonada vino a ser fecunda, y da a luz un número infinito de hijos, y además herederos. Por estas diferencias se representan las dos clases de pueblo, quiero decir, el de la fe y el de la ley. El pueblo de la fe no tiene la ley por marido, no sirve en esclavitud, no nace de aquella madre Jerusalén actual; sino que tiene la promesa, es libre y nace de Sara libre.

Separa, por tanto, al pueblo espiritual del Nuevo Testamento del otro pueblo de la ley, cuando dice que el pueblo espiritual no son hijos de Agar la esclava, sino de Sara la libre, que no sabe nada de la ley. Y de este modo coloca al pueblo de la fe muy por encima de la ley y fuera de ella. Ahora bien, si están por encima de la ley y fuera de ella, entonces son justificados solo por el nacimiento espiritual, que no es otra cosa sino la fe; y no por la ley ni por sus obras. Ahora, así como el pueblo de la gracia ni tiene ni puede tener la ley, así el pueblo de la ley ni tiene ni puede tener la gracia; porque es imposible que la ley y la gracia permanezcan juntas. Por tanto, debemos ser justificados por la fe, y perder la justicia de la ley; o de otro modo, ser justificados por la ley, y perder la justicia de la fe. Pero esta es una pérdida horrible y lamentable: perder la gracia y volver a la ley. Por el contrario, es una pérdida feliz y bienaventurada perder la ley y aferrarse a la gracia.

Nosotros, pues, siguiendo el ejemplo y la diligencia de Pablo, procuramos en cuanto es posible exponer claramente la diferencia entre la ley y el evangelio, la cual es muy fácil en cuanto a las palabras. Porque, ¿quién no ve que Agar no es Sara, y que Sara no es Agar? También, que Ismael no es Isaac, y que él no tiene lo que Isaac tiene. Un hombre puede discernir fácilmente estas cosas. Pero en grandes terrores y en la agonía de la muerte, cuando la conciencia lucha con el juicio de Dios, es la cosa más difícil de todas poder decir con esperanza segura y firme: Yo no soy hijo de Agar, sino de Sara; es decir, la ley no me pertenece en nada; porque Sara es mi madre, la cual da a luz hijos libres y herederos, y no siervos.

Pablo, entonces, por este testimonio de Isaías ha probado que Sara, es decir, la iglesia, es la verdadera madre que da a luz hijos libres y herederos; y por el contrario, que Agar, es decir, la sinagoga, ciertamente engendra muchos hijos, pero son siervos, y han de ser echados fuera. Además, porque este pasaje también habla de la abolición de la ley y de la libertad cristiana, debe ser considerado diligentemente. Porque así como es el artículo principal y especialísimo de la doctrina cristiana saber que somos justificados y salvos por Cristo, así también es muy necesario conocer y entender bien la doctrina acerca de la abolición de la ley. Porque ayuda muchísimo a confirmar nuestra doctrina en cuanto a la fe, y a alcanzar un consuelo de conciencia sano y seguro, cuando estamos persuadidos de que la ley está abolida, y especialmente en grandes terrores y conflictos serios.

Ya lo he dicho muchas veces antes, y ahora lo repito otra vez, porque nunca se puede repetir demasiado: el cristiano que se aferra por la fe al beneficio de Cristo no tiene ley; para él toda la ley está abolida, con todos sus terrores y tormentos. Este pasaje de Isaías enseña lo mismo; por eso es muy notable y lleno de consuelo. Mueve a regocijarse a la estéril y abandonada, la cual, según la ley, era considerada digna de burla o de compasión. Porque las estériles eran malditas según la ley. Pero el Espíritu Santo cambia esta sentencia, y declara digna de alabanza y bendición a la estéril; y por el contrario, malditas a las fecundas y a las que dan a luz hijos, cuando dice: «Regocíjate, oh estéril, la que no daba a luz; levanta canción y da voces de júbilo, la que nunca estuvo de parto; porque más son los hijos de la desamparada, que los de la casada» (Is 54:1).

Así que, aunque Sara, es decir, la iglesia, parezca ante el mundo abandonada y estéril, sin la justicia ni las obras de la ley, con todo es una madre fecundísima, y tiene delante de Dios una infinita multitud de hijos, como lo atestigua el profeta. Por el contrario, aunque Agar parezca muy fecunda y dé a luz muchísimos hijos, sin embargo no le queda descendencia; porque los hijos de la esclava son echados fuera de la casa junto con su madre, y no reciben la herencia con los hijos de la libre, como Pablo dice después. Por tanto, porque nosotros somos hijos de la mujer libre, la ley, nuestro antiguo marido, ha sido abolida (Ro 7). Mientras ella tuvo dominio sobre nosotros, nos fue imposible dar a luz hijos libres en espíritu, o que conocieran la gracia; sino que permanecimos en esclavitud con la otra.

Es verdad que, mientras reina la ley, los hombres no están ociosos; al contrario, trabajan duramente, llevan la carga y el calor del día. (Mt 20:12.) Engendran y producen muchos hijos; pero tanto los padres como los hijos son bastardos, y no pertenecen a la madre libre. Por eso, al fin son echados fuera de la casa y de la herencia con Ismael; mueren y son condenados. Es imposible, por tanto, que los hombres alcancen la herencia, es decir, que sean justificados y salvados por la ley, aunque trabajen muchísimo y sean muy fecundos en ella. Maldita, pues, sea esa doctrina, vida y religión que se esfuerza por obtener justicia delante de Dios por la ley o por sus obras. Pero sigamos adelante con nuestro propósito acerca de la abolición de la ley.

Los doctores escolásticos, al hablar de la abolición de la ley, dicen que las leyes judiciales y ceremoniales son perniciosas y mortales desde la venida de Cristo, y que por eso han sido abolidas; pero no la ley moral. Estos doctores ciegos no sabían lo que decían. Pero si quieres hablar de la abolición de la ley, habla de ella según su propio uso y oficio, y según se entiende espiritualmente, e incluye en ello toda la ley, sin hacer ninguna distinción entre la ley judicial, ceremonial y moral. Porque cuando Pablo dice que por Cristo somos librados de la maldición de la ley, habla de toda la ley, y principalmente de la ley moral, la cual sola acusa, maldice y condena la conciencia; cosa que las otras dos no hacen. Por eso decimos que la ley moral, o la ley de los diez mandamientos, no tiene poder para acusar y aterrorizar la conciencia en la cual reina Jesucristo por su gracia; porque él ha abolido ese poder.

No es que la conciencia no sienta en absoluto los terrores de la ley, porque ciertamente los siente; pero no pueden condenarla ni llevarla a la desesperación. «Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús» (Ro 8:1). También: «Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres» (Jn 8:36). Así pues, aunque un cristiano sea aterrorizado por la ley, que le muestra su pecado, sin embargo no desespera. Porque cree en Jesucristo, y habiendo sido bautizado en él y limpiado por su sangre, tiene remisión de todos sus pecados. Ahora bien, cuando nuestro pecado es perdonado por Cristo, que es Señor de la ley, y es perdonado de tal manera que él mismo se entregó por él, la ley, siendo sierva, ya no tiene más poder para acusarnos ni condenarnos por el pecado, puesto que nos ha sido perdonado y ahora hemos sido hechos libres, ya que el Hijo nos ha librado de la esclavitud. Por eso, la ley está enteramente abolida para los que creen en Cristo.

Pero tú dirás: Yo no hago nada. Es verdad que tú no puedes hacer nada por lo cual seas librado de la tiranía de la ley. Pero escucha estas alegres nuevas que el Espíritu Santo te trae de las palabras del profeta: «Regocíjate, oh estéril», etc. Como si dijera: ¿Por qué estás tan abatida? ¿Por qué te lamentas, si no hay causa para hacerlo? Pero yo soy estéril y abandonada. Bien; aunque seas muy estéril y abandonada, y no tengas la justicia de la ley, sin embargo Cristo es tu justicia: él fue hecho maldición por ti, para librarte de la maldición de la ley. Si crees en él, la ley está muerta para ti. Y mira: cuanto mayor es Cristo que la ley, tanto más excelente justicia tienes tú que la justicia de la ley. Además, eres fecunda y no estéril, porque tienes muchos más hijos que la que tiene marido.

También hay otra abolición de la ley, que es exterior; a saber, que las leyes políticas de Moisés no nos pertenecen en nada. Por eso no debemos volver a traerlas, ni atarnos supersticiosamente a ellas, como algunos procuraron hacer en tiempos pasados, por ignorancia de esta libertad. Ahora bien, aunque el evangelio no nos somete a las leyes judiciales de Moisés, sin embargo no nos exime de la obediencia a todas las leyes civiles; antes bien, nos hace sujetos, en esta vida corporal, a las leyes del gobierno bajo el cual vivimos. Es decir, manda a cada uno obedecer a su magistrado y a las leyes, «no solamente por razón del castigo, sino también por causa de la conciencia» (1 P 2; Ro 13). Y el emperador, o cualquier otro príncipe, no faltaría si usara algunas de las leyes judiciales de Moisés; sí, podría usarlas libremente y sin ofensa. Por tanto, se engañan los escolásticos papistas, que sueñan que las leyes judiciales de Moisés son perniciosas y mortales desde la venida de Cristo.

Asimismo, no estamos obligados a las ceremonias de Moisés; mucho menos a las ceremonias del Papa. Pero como esta vida corporal no puede estar del todo sin ceremonias, porque necesariamente tiene que haber algún orden externo, el evangelio permite que se establezcan ordenanzas en la iglesia en cuanto a días, tiempos, lugares, etc., para que el pueblo sepa en qué día, a qué hora y en qué lugar debe reunirse para oír la palabra de Dios. Permite también que se asignen lecciones y lecturas, como en las escuelas, especialmente para instrucción de los niños y de los ignorantes. Estas cosas las permite para que todo se haga decentemente y con orden en la iglesia (1 Co 14). No porque los que guardan tales ordenanzas merezcan así la remisión de los pecados. Además, pueden cambiarse u omitirse sin pecado, con tal que se haga sin ofender a los débiles.

Ahora bien, Pablo habla aquí especialmente de la abolición de la ley moral; y esto debe considerarse diligentemente. Porque habla contra la justicia de la ley, para establecer la justicia de la fe, concluyendo así: si solamente la gracia o la fe en Cristo justifica, entonces toda la ley queda abolida sin excepción alguna. Y esto lo confirma con el testimonio de Isaías, por el cual exhorta a la estéril y abandonada a regocijarse; porque parece que no tiene hijo, ni esperanza alguna de tenerlo jamás; es decir, no tiene discípulos, ni favor ni respaldo del mundo, porque predica la palabra de la cruz de Cristo crucificado, contra toda la sabiduría de la carne. Pero tú, que eres estéril, dice el profeta, no te inquietes por esto en lo más mínimo; antes bien alza tu voz y regocíjate, porque la desamparada tiene más hijos que la que tiene marido; es decir, la que está casada y tiene gran número de hijos será debilitada, y la que está abandonada tendrá muchos hijos.

Llama estéril a la iglesia porque sus hijos no son engendrados por la ley, ni por obras, ni por industria o esfuerzo alguno del hombre, sino por la palabra de fe en el Espíritu de Dios. Aquí no hay otra cosa que nacimiento; no hay ningún obrar. Por el contrario, los fecundos trabajan y se ejercitan con gran fatiga en concebir y dar a luz. Aquí todo es obrar, y no hay nacimiento. Pero como procuran obtener el derecho de hijos y herederos por la justicia de la ley o por su propia justicia, son siervos y nunca reciben la herencia, aunque se fatiguen hasta la muerte con trabajo continuo. Porque intentan obtener por sus propias obras, contra la voluntad de Dios, aquello que Dios, por pura gracia, quiere dar a todos los creyentes por causa de Cristo. Los fieles también obran bien; pero por eso no son hechos hijos y herederos, porque esto se lo trae su nacimiento. Más bien, hacen esto para que, siendo ya hechos hijos y herederos, glorifiquen a Dios por sus buenas obras y ayuden a sus prójimos.

Gálatas 4:28

Así que, hermanos, nosotros, como Isaac, somos hijos de la promesa,

Es decir, no somos hijos de la carne, como Ismael, ni como todo Israel según la carne, que se gloriaba de ser la descendencia de Abraham y el pueblo de Dios. Pero Cristo les respondió (Jn 8): «Si fueseis hijos de Abraham, las obras de Abraham haríais.» También: «Si vuestro padre fuese Dios, ciertamente me amaríais; porque yo de Dios he salido, y he venido.» Como si dijera: Los hermanos nacidos y criados juntos en una casa conocen la voz unos de otros; «vosotros sois de vuestro padre el diablo», etc. Nosotros no somos tales hijos, dice él, como ellos, que permanecen siervos y al final serán echados de la casa. Sino que somos hijos de la promesa, como lo fue Isaac; es decir, de la gracia y de la fe, nacidos solamente de la promesa. Acerca de esto ya he hablado suficientemente antes, en el cap. 3, al tratar aquel pasaje: «En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra.» Por tanto, somos declarados justos, no por la ley, ni por obras, ni por nuestra propia justicia, sino solamente por la pura misericordia y gracia de Dios. Pablo repite muy a menudo, y expone con diligencia, la promesa que se recibe solo por la fe; porque sabía que era muy necesario hacerlo así.

Hasta aquí en cuanto a la alegoría tomada de Génesis, a la cual Pablo añade el pasaje de Isaías como interpretación. Ahora hace de la historia de Ismael e Isaac nuestro ejemplo y consolación.

Gálatas 4:29

Pero como entonces el que había nacido según la carne perseguía al que había nacido según el Espíritu, así también ahora.

Este pasaje contiene una consolación singular. Todos los que han nacido y viven en Cristo, y se regocijan en este nacimiento y herencia de Dios, tienen a Ismael por enemigo y perseguidor. Esto lo aprendemos hoy por experiencia; porque vemos que todo el mundo está lleno de tumultos, persecuciones, sectas y tropiezos. Por tanto, si no nos armáramos con esta consolación de Pablo y otras semejantes, y si no entendiéramos bien este artículo de la justificación, jamás podríamos resistir la violencia y las astutas maquinaciones de Satanás. Porque, ¿quién no se turbaría con estas crueles persecuciones de nuestros adversarios, y con estas sectas e infinitos tropiezos que cierta clase de espíritus inquietos y fantasiosos levantan hoy? Ciertamente, no es pequeño dolor para nosotros oír que todas las cosas estaban en paz y tranquilidad antes de que el evangelio saliera a la luz; pero desde su predicación y publicación, todo está inquieto, y el mundo entero está en alboroto, de modo que cada uno se arma contra el otro. Cuando un hombre que no está dotado del Espíritu de Dios oye esto, enseguida se escandaliza y juzga que la desobediencia de los súbditos contra sus magistrados, las sediciones, guerras, pestes y hambres, la ruina de repúblicas, reinos y países, las sectas, los tropiezos y otros infinitos males semejantes, proceden enteramente de la doctrina del evangelio.

Contra este gran tropiezo debemos consolarnos y armarnos con esta dulce consolación: que los fieles deben llevar este nombre y este título en el mundo, que son sediciosos y cismáticos, y autores de innumerables males. Y de aquí viene que nuestros adversarios piensan que tienen una causa justa contra nosotros; sí, que hacen a Dios un gran servicio cuando nos aborrecen, persiguen y matan. «Y aun viene la hora cuando cualquiera que os mate, pensará que rinde servicio a Dios» (Jn 16:2). No puede ser, entonces, sino que Ismael persiga a Isaac; pero Isaac, a su vez, no persigue a Ismael. Quien no quiera sufrir la persecución de Ismael, no se declare cristiano.

Pero que nuestros adversarios, que hoy exageran tanto estos males, nos digan qué bienes siguieron a la predicación del evangelio de Cristo y de sus apóstoles. ¿No siguió la destrucción del reino de los judíos? ¿No fue derribado el imperio romano? ¿No estuvo el mundo entero en alboroto? Y, sin embargo, el evangelio no fue la causa de ello, pues Cristo y sus apóstoles lo predicaron para provecho y salvación de los hombres, y no para su destrucción. Pero estas cosas siguieron por la iniquidad de los pueblos, naciones, reyes y príncipes, quienes, poseídos por el diablo, no quisieron escuchar la palabra de gracia, de vida y de salvación eterna; antes bien, la detestaron y condenaron como una doctrina sumamente perniciosa y dañina para la religión y para las repúblicas. Y que esto había de suceder así, el Espíritu Santo lo predijo por David cuando dice en el Salmo 2: «¿Por qué se amotinan las gentes, Y los pueblos piensan cosas vanas?»

Tales tumultos y alborotos oímos y vemos hoy. Los adversarios echan la culpa a nuestra doctrina. Pero la doctrina de gracia y paz no levanta estos disturbios; sino los pueblos, naciones, reyes y príncipes de la tierra, como dice el salmista, se enfurecen y murmuran, conspiran y consultan, no contra nosotros, como ellos piensan, ni contra nuestra doctrina, a la cual blasfeman como falsa y sediciosa, sino contra el Señor y contra su Ungido. Por tanto, todos sus consejos y empresas son y serán frustrados y reducidos a nada. «El que mora en los cielos se reirá; El Señor se burlará de ellos» (Sal 2:4). Así que griten cuanto quieran que nosotros levantamos estos tumultos y sediciones; con todo, este salmo nos consuela y dice que ellos mismos son los autores de estos males. No pueden creer esto, y mucho menos pueden creer que son ellos quienes murmuran, se levantan y toman consejo contra el Señor y contra su Ungido. Antes bien, piensan que sostienen la causa del Señor, que defienden su gloria y que le hacen un servicio agradable persiguiéndonos. Pero el Salmo no miente, y el fin lo declarará. Aquí nosotros no hacemos nada; solo sufrimos, como nuestra conciencia nos da testimonio en el Espíritu Santo. Además, la doctrina por la cual levantan tantos tumultos y tropiezos no es nuestra, sino que es la doctrina de Cristo. Esta doctrina no podemos negarla, ni abandonar su defensa, puesto que Cristo dice: «Porque el que se avergonzare de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, el Hijo del Hombre se avergonzará también de él, cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles» (Lc 9:26).

Por tanto, el que quiera predicar verdaderamente el evangelio y confesarlo a él como nuestra justicia, debe contentarse con oír que es un hombre pernicioso y que lo perturba todo. «Estos que trastornan el mundo entero también han venido acá», dijeron los judíos de Pablo y Silas, «y todos éstos contravienen los decretos de César» (Hch 17). Y en Hch 24: «Porque hemos hallado que este hombre es una plaga, y promotor de sediciones entre todos los judíos por todo el mundo, y cabecilla de la secta de los nazarenos», etc. De la misma manera también los gentiles se quejan en Hch 16: «Estos hombres alborotan nuestra ciudad». Así también hoy acusan a Lutero de ser perturbador del papado y del imperio romano. Si yo quisiera callar, entonces todo estaría en paz, como cuando el hombre fuerte guarda su palacio (Lc 11:21-22), y el Papa no me perseguiría más. Pero así el evangelio de Jesucristo sería manchado y desfigurado. Si hablo, el Papa se turba y se enfurece cruelmente. O debemos perder al Papa, hombre terrenal y mortal, o bien al Dios inmortal, a Cristo Jesús, a la vida y a la salvación eterna. Perezca, pues, el Papa, y sea Dios exaltado; reine Cristo y triunfe para siempre.

Cristo mismo, cuando previó en espíritu los grandes disturbios que seguirían a su predicación, se consoló de esta manera: «Fuego vine a echar en la tierra; ¿y qué quiero, si ya se ha encendido?» (Lc 12:49). Del mismo modo vemos hoy que grandes perturbaciones siguen a la predicación del evangelio, por la persecución y blasfemia de nuestros adversarios, y por la ingratitud del mundo. Esto nos aflige tanto que muchas veces, según la carne y según el juicio de la razón, pensamos que hubiera sido mejor que la doctrina del evangelio no se hubiera publicado, antes que, después de su predicación, la paz pública fuese tan turbada. Pero, conforme al espíritu, decimos con valentía junto con Cristo: «Fuego vine a echar en la tierra; ¿y qué quiero, si ya se ha encendido?» Ahora, una vez encendido este fuego, siguen de inmediato grandes conmociones. Porque no es un rey ni un emperador el que así es provocado, sino el dios de este siglo, que es un espíritu poderosísimo y señor de todo el mundo. Esta débil palabra, “predicar a Cristo crucificado”, acomete contra este poderoso y terrible adversario. Behemoth, al sentir el poder divino de esta palabra, levanta todos sus miembros, sacude su cola, y hace hervir el profundo mar como una olla. De aquí vienen todos estos tumultos, todos estos furiosos y crueles arrebatos del mundo.

Por tanto, no debe turbarnos que nuestros adversarios se escandalicen y griten que de la predicación del evangelio no viene ningún bien. Son incrédulos, son ciegos y obstinados, y por eso les es imposible ver fruto alguno del evangelio. Pero nosotros, por el contrario, que creemos, sí vemos sus provechos y frutos inestimables. Y eso, aunque exteriormente, por un tiempo, seamos oprimidos con infinitos males, despreciados, despojados, acusados, condenados como desecho y basura inmunda de todo el mundo, y entregados a muerte; e interiormente, afligidos por el sentimiento de nuestro pecado y atormentados por los demonios. Porque vivimos en Cristo, en quien y por quien somos hechos reyes y señores sobre el pecado, la muerte, la carne, el mundo, el infierno y todos los males. En quien y por quien también hollamos bajo nuestros pies a ese dragón y basilisco, que es el rey del pecado y de la muerte. ¿Cómo se hace esto? Por la fe. Porque la bienaventuranza que esperamos todavía no se ha manifestado; la aguardamos mientras tanto con paciencia, y sin embargo ya la poseemos ciertamente por la fe.

Debemos, por tanto, aprender diligentemente el artículo de la justificación; porque solo este puede sostenernos contra estas infinitas calumnias y tropiezos, y consolarnos en todas nuestras tentaciones y persecuciones. Porque vemos que no puede ser de otro modo, sino que el mundo se escandalizará de la pura doctrina del evangelio, y continuamente gritará que de ella no viene ningún bien. Porque «el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura» (1 Co 2:14). Él solo mira los males externos, disturbios, rebeliones, asesinatos, sectas y cosas semejantes. Con estas cosas se escandaliza y se ciega, y finalmente cae en el desprecio y blasfemia de Dios y de su palabra.

Por el contrario, nosotros debemos detenernos y consolarnos en esto: que nuestros adversarios no nos acusan ni condenan por alguna maldad manifiesta que hayamos cometido, como adulterio, homicidio, hurto y cosas semejantes, sino por nuestra doctrina. ¿Y qué enseñamos? Que Cristo, el Hijo de Dios, por la muerte de la cruz, nos ha redimido de nuestros pecados y de la muerte eterna. Por tanto, ellos no atacan nuestra vida, sino nuestra doctrina; sí, la doctrina de Cristo, y no la nuestra. Por tanto, si hay algún tropiezo, es el tropiezo de Cristo y no el nuestro; y así la culpa por la cual nos persiguen, la ha cometido Cristo y no nosotros. Ahora bien, si quieren condenar a Cristo y arrancarlo del cielo como hereje y persona sediciosa por esta culpa, a saber, que él es nuestro único justificador y Salvador, ellos verán. En cuanto a nosotros, encomendándole a él su propia causa, permanecemos como espectadores tranquilos de cuál de los dos vencerá, Cristo o ellos. Ciertamente, según la carne, nos duele que estos ismaelitas nos aborrezcan y persigan con tanta furia; sin embargo, según el espíritu, nos gloriamos en estas aflicciones, tanto porque sabemos que no las sufrimos por nuestros pecados, sino por la causa de Cristo, cuyo beneficio y cuya gloria proclamamos, como también porque Pablo nos advierte de antemano que Ismael debe burlarse de Isaac y perseguirlo.

Los judíos exponen este pasaje, que Pablo cita de Gn 21, acerca de Ismael burlándose y persiguiendo a Isaac, de esta manera: que Ismael obligó a Isaac a cometer idolatría. Si lo hizo, aun así yo no creo que haya sido una idolatría tan grosera como la que imaginan los judíos; es decir, que Ismael hizo imágenes de barro, al estilo de los gentiles, y obligó a Isaac a adorarlas. Porque Abraham de ninguna manera lo habría permitido. Más bien pienso que Ismael era, en apariencia externa, un hombre santo, como lo fue Caín, quien también persiguió a su hermano y al fin lo mató, no por causa de algo corporal, sino porque veía que Dios lo estimaba más que al otro. De la misma manera, Ismael era exteriormente amante de la religión: sacrificaba y se ejercitaba en buenas obras. Por eso se burlaba de su hermano Isaac, y quería ser tenido por mejor hombre que él por dos causas: primero, por su religión y servicio a Dios; segundo, por su gobierno civil y su herencia. Y estas dos cosas parecía reclamarlas justamente para sí. Porque pensaba que el reino y el sacerdocio le pertenecían por derecho de la ley de Dios como primogénito, y por eso persiguió a Isaac espiritualmente por causa de la religión, y corporalmente por causa de la herencia.

Esta persecución permanece siempre en la iglesia, especialmente cuando florece la doctrina del evangelio; es decir, que los hijos de la carne se burlan de los hijos de la promesa y los persiguen.

Los papistas nos persiguen hoy, y por ninguna otra causa sino porque enseñamos que la justicia viene por la promesa. A los papistas les irrita que no adoremos sus ídolos; es decir, que no presentemos su justicia, sus obras y sus cultos, ideados y ordenados por hombres, como eficaces para obtener gracia y perdón de pecados. Y por esta causa procuran echarnos fuera de la casa; es decir, se jactan de que ellos son la iglesia, los hijos y el pueblo de Dios, y que la herencia les pertenece, etc. Por el contrario, nos excomulgan y nos destierran como herejes y personas sediciosas; y, si pueden, también nos matan. Y al hacerlo piensan que rinden servicio a Dios. Así, en cuanto está de su parte, nos echan fuera de esta vida y de la venidera.

Los anabaptistas y otros semejantes nos odian mortalmente, porque combatimos y detestamos sus errores y herejías, que difunden y renuevan cada día en la iglesia; y por esta causa nos juzgan mucho peores que los papistas, y por eso han concebido contra nosotros un odio más cruel que el que tienen contra los papistas.

Por tanto, tan pronto como la palabra de Dios sale a la luz, el diablo se enfurece y usa toda su fuerza y sus sutiles artimañas para perseguirla y abolirla por completo. Por eso no puede hacer otra cosa sino levantar infinitas sectas, horribles tropiezos, crueles persecuciones y asesinatos abominables; porque él es padre de mentira y de homicidio. Esparce sus mentiras por todo el mundo por medio de falsos maestros, y mata a los hombres por medio de tiranos. Así se apodera tanto del reino espiritual como del corporal: del reino espiritual, por la mentira de los falsos maestros, incitando también sin cesar a cada hombre en particular con sus dardos encendidos a herejías y opiniones impías; del reino corporal, por la espada de los tiranos. Así este padre de mentira y de homicidio suscita por todas partes persecución, tanto espiritual como corporal, contra los hijos de la mujer libre.

La persecución espiritual, que hoy nos vemos obligados a sufrir de parte de los herejes, es para nosotros la más grave e intolerable, por los infinitos tropiezos y calumnias con que el diablo procura desacreditar nuestra doctrina. Porque nos vemos obligados a oír que las herejías y errores de los anabaptistas y de otros herejes, y todas las demás enormidades, proceden de nuestra doctrina. La persecución corporal, por la cual los tiranos acechan nuestros bienes y nuestras vidas, es más tolerable; porque no nos persiguen por nuestros pecados, sino por el testimonio de la palabra de Dios.

Aprendamos, pues, aun por el título que Cristo da al diablo, a saber, que es padre de mentira y de homicidio (Jn 8), que cuando el evangelio florece y Cristo reina, necesariamente tienen que surgir sectas de perdición, y homicidas que persiguen el evangelio deben enfurecerse por todas partes. Y Pablo dice «que es preciso que entre vosotros haya disensiones» (1 Co 11:19). El que ignora esto pronto se escandaliza, y apartándose del Dios verdadero y de la fe verdadera, vuelve a su antiguo dios y a su antigua fe falsa.

Pablo, por tanto, en este lugar arma de antemano a los piadosos, para que no se escandalicen de esas persecuciones, sectas y tropiezos, diciendo: “Pero como entonces el que había nacido según la carne”, etc. Como si quisiera decir: Si somos hijos de la promesa, y nacidos según el Espíritu, ciertamente debemos esperar ser perseguidos por nuestro hermano, que ha nacido según la carne; es decir, no solo nos perseguirán nuestros enemigos, que son manifiestamente impíos, sino también aquellos que al principio eran nuestros queridos amigos, con quienes tratábamos familiarmente en una misma casa, que recibieron de nosotros la verdadera doctrina del evangelio, se volverán nuestros enemigos mortales y nos perseguirán cruelmente. Porque son hermanos según la carne, y deben perseguir a los hermanos que han nacido según el Espíritu.

Así Cristo, en Sal 41, se queja de Judas: «El hombre de mi paz, en quien yo confiaba, el que de mi pan comía, Alzó contra mí el calcañar.» Pero este es nuestro consuelo: que no hemos dado ninguna ocasión a nuestros ismaelitas para perseguirnos. Los papistas nos persiguen porque enseñamos la doctrina pura y sincera del evangelio; la cual, si quisiéramos abandonar, ya no nos perseguirían. Además, si aprobáramos las perniciosas herejías de los sectarios, ellos nos alabarían. Pero, porque detestamos y aborrecemos la impiedad tanto de los unos como de los otros, por eso nos odian con tanta saña y nos persiguen tan cruelmente.

Pero no solo Pablo, como he dicho, nos arma contra tales persecuciones y tropiezos, sino que también Cristo mismo nos consuela muy dulcemente en el capítulo quince de Juan, diciendo: «Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece.» Como si dijera: Yo soy la causa de todas estas persecuciones que ustedes padecen; y si los matan, es por mi causa por lo que los matan. Porque, si no predicaran mi palabra ni me confesaran, el mundo no los perseguiría. Pero les va bien; porque «El siervo no es mayor que su señor. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán» por causa de mi nombre (Jn 15:20).

Con estas palabras Cristo echa sobre sí toda la culpa y nos libra de todo temor. Como si dijera: Ustedes no son la causa de que el mundo los odie y los persiga, sino que mi nombre, que ustedes predican y confiesan, es la causa de ello. «Pero confiad, yo he vencido al mundo.» Este consuelo nos sostiene, de modo que no dudamos en nada de que Cristo es suficientemente poderoso, no solo para soportar, sino también para vencer toda la crueldad de los tiranos y las sutiles artimañas de los herejes.

Y esto lo ha mostrado manifestando su poder contra los judíos y los romanos, cuya tiranía y persecuciones soportó por un tiempo. También soportó las astutas y mañosas intrigas de los herejes, pero a su debido tiempo y lugar los derribó a todos, y permaneció rey y vencedor. Bramen, pues, los papistas cuanto quieran; calumnien y corrompan los sectarios el evangelio de Cristo cuanto puedan; con todo, Cristo reinará eternamente, y su palabra permanecerá para siempre, cuando todos sus enemigos sean reducidos a nada.

Además, este es un consuelo singular: que la persecución de Ismael contra Isaac no continuará siempre, sino que durará por un poco de tiempo; y cuando eso termine, se pronunciará la sentencia siguiente:

Gálatas 4:30

Pero ¿qué dice la Escritura? «Echa fuera a la sierva y a su hijo, porque no heredará el hijo de la sierva con el hijo de la libre». (Gn 21:10.)

Esta palabra de Sara fue muy dolorosa para Abraham. Y sin duda, cuando oyó esta sentencia, sus entrañas de padre se movieron a compasión por su hijo Ismael, porque había nacido de su carne. Y esto lo testifica claramente la Escritura cuando dice: «Y este dicho pareció grave en gran manera a Abraham a causa de su hijo». Pero Dios confirma la sentencia que Sara pronunció, diciendo a Abraham: «No te parezca grave a causa del muchacho y de tu sierva; en todo lo que te dijere Sara, oye su voz, porque en Isaac te será llamada descendencia».

Los ismaelitas oyen en este lugar la sentencia pronunciada contra ellos, la cual derriba a los judíos, griegos, romanos, y a todos los demás que persiguen a la iglesia de Cristo. Esta misma sentencia derribará también a los papistas y a todos los que confían en sus propias obras, los cuales hoy se jactan de ser el pueblo de Dios y la iglesia; los cuales también confían en que ciertamente recibirán la herencia, y nos juzgan a nosotros, que descansamos en la promesa de Dios, no solo como estériles y desamparados, sino también como herejes expulsados de la iglesia; y piensan que es imposible que seamos hijos y herederos. Pero Dios destruye su juicio y pronuncia esta sentencia contra ellos: que, por ser hijos de la sierva y perseguir a los hijos de la libre, por eso serán echados de la casa y no tendrán herencia con los hijos de la promesa, a quienes solamente pertenece la herencia, porque son hijos de la libre. Esta sentencia está ratificada y nunca puede ser revocada. Por tanto, ciertamente acontecerá que nuestros ismaelitas no solo perderán el gobierno eclesiástico y político que ahora tienen, sino también la vida eterna. Porque la Escritura ha predicho que los hijos de la sierva serán echados de la casa, esto es, del reino de la gracia; pues no pueden ser herederos juntamente con los hijos de la libre.

Ahora bien, aquí se debe notar que el Espíritu Santo llama al pueblo de la ley y de las obras, como con desprecio, hijo de la sierva. Como si dijera: ¿Por qué se jactan de la justicia de la ley y de las obras? ¿Y por qué se glorían de que por eso son pueblo e hijos de Dios? Si no saben de quién han nacido, yo se los diré: ustedes son siervos de una sierva. ¿Y qué siervos? Siervos de la ley, y por consiguiente, del pecado, de la muerte y de la condenación eterna. Ahora bien, un siervo no es heredero, sino que es echado de la casa. Por tanto, el Papa con todo su reino, y todos los demás justiciarios, cualquiera que sea la apariencia externa de santidad que tengan, los que esperan obtener gracia y salvación por la ley, son siervos de aquella sierva y no tienen herencia con los hijos de la libre. Hablo ahora no de los papas, cardenales, obispos y monjes manifiestamente impíos, que han hecho de su vientre su dios y han cometido pecados tan horribles que no quiero nombrarlos voluntariamente; sino de los mejores de entre ellos. Me refiero a aquellos que vivieron santamente y procuraron, con gran trabajo y esfuerzo, por la observancia de su orden monástica, aplacar la ira de Dios y merecer el perdón de sus pecados y la vida eterna. Estos oyen aquí su sentencia pronunciada: que los hijos de la sierva deben ser echados de la casa junto con su madre, la sierva.

Tales sentencias, consideradas diligentemente, nos dan certeza acerca de nuestra doctrina y nos confirman en la justicia de la fe, contra la doctrina y justicia de las obras, que el mundo abraza y engrandece, condenando y despreciando la otra. Y esto turba y ofende a las conciencias débiles. Porque aunque vean claramente la impiedad, la maldad execrable y las horribles abominaciones de los papistas, sin embargo no se persuaden fácilmente de que yerre toda la multitud que lleva el nombre y el título de iglesia, y de que son pocos los que tienen una opinión sana y recta acerca de la doctrina de la fe. Y si el papado tuviera la misma santidad y austeridad de vida que tuvo en tiempo de los antiguos padres, Jerónimo, Ambrosio, Agustín y otros; cuando el clero aún no tenía tan mala fama por su simonía, exceso, abundancia de riquezas, vida disoluta, voluptuosidad, prostitución, sodomía y otras infinitas abominaciones semejantes, sino que vivía conforme a las reglas y decretos de los padres, religiosa y santamente en apariencia exterior, y sin casarse, ¿qué podríamos hacer ahora contra el papado?

La vida célibe que el clero guardaba muy estrictamente en tiempo de los padres era cosa hermosa, y hacía que los hombres parecieran verdaderos ángeles a los ojos del mundo; y por eso Pablo, en el capítulo 2 de Colosenses, la llama religión de ángeles. Y los papistas cantan así acerca de sus vírgenes: llevaban una vida angelical, mientras vivían en la carne, y sin embargo vivían contra la carne. Además, la vida que llaman contemplativa, a la cual entonces los clérigos eran muy dados, descuidando por completo todo gobierno civil y doméstico, tenía una hermosa apariencia de santidad. Por tanto, si esa apariencia y espectáculo exterior del antiguo papado permaneciera hoy, quizá haríamos muy poco contra él con nuestra doctrina de la fe, puesto que ahora adelantamos tan poco, cuando, habiendo sido del todo abolida aquella antigua apariencia de santidad exterior y de severa disciplina, no hay nada que ver sino un verdadero lodazal y cloaca de vicios y abominaciones.

Pero, concedamos el caso de que la antigua disciplina y religión del papado aún permanecieran; con todo, debemos, por el ejemplo de Pablo —quien persiguió vehementemente a los falsos apóstoles, que exteriormente parecían hombres muy piadosos y santos— pelear contra los traficantes de méritos del reino papal, y decir: Aunque ustedes vivan en celibato, fatigando y consumiendo sus cuerpos con continuo trabajo, y andando en la humildad y religión de ángeles, sin embargo son siervos de la ley, del pecado y del diablo, y deben ser echados de la casa; porque buscan justicia y salvación por sus obras, y no por Cristo.

Por tanto, no debemos considerar tanto la vida perversa de los papistas como su doctrina abominable y su hipocresía, contra las cuales peleamos especialmente. Supongamos, entonces, que la religión y la disciplina del antiguo papado todavía florecen, y que ahora se observan con tanta severidad y rigor como jamás se observaron; aun así debemos decir: si no tienen más que esta santidad y castidad de vida para oponer a la ira y al juicio de Dios, en verdad son hijos de la sierva, que han de ser echados del reino de los cielos y condenados.

Y ahora ellos mismos no defienden su vida perversa; antes bien, los mejores y más sanos de entre ellos la detestan. Pero pelean por el mantenimiento y defensa de la doctrina de demonios, por la hipocresía y por la justicia de las obras. Aquí alegan la autoridad de los concilios y los ejemplos de los santos padres, a quienes afirman haber sido los autores de sus santas órdenes y estatutos. Por tanto, no peleamos contra la maldad manifiesta y las abominaciones del papado, sino contra su mayor santidad y sus más santos santos, que piensan que llevan una vida angelical, mientras sueñan que guardan no solo el mandamiento de Dios, sino también los consejos de Cristo, y hacen obras de supererogación, y tales que no están obligados a hacer. Esto, vemos, es trabajar en vano, a menos que se aferren a aquello único y solo que Cristo dice que es necesario, y escojan la buena parte con María, la cual no les será quitada.

Esto hizo Bernardo, hombre tan piadoso, tan santo y tan casto, que debe ser alabado y preferido por encima de todos ellos. Estando una vez gravemente enfermo y sin esperanza de vida, no puso su confianza en su celibato, en el cual había vivido castísimamente, ni en sus buenas obras y obras de caridad, de las cuales había hecho muchas; sino que las apartó muy lejos de su vista, y recibiendo por la fe el beneficio de Cristo, dijo: He vivido impíamente. Pero tú, Señor Jesucristo, por doble derecho posees el reino de los cielos: primero, porque eres el Hijo de Dios; segundo, porque lo has comprado por tu muerte y pasión. El primero lo guardas para ti por derecho de nacimiento. El segundo me lo das a mí, no por el derecho de mis obras, sino por el derecho de la gracia. Él no opuso a la ira de Dios su vida monástica ni su vida angelical; sino que se aferró a esa sola cosa que era necesaria, y así fue salvo. Pienso que Jerónimo, Gregorio y muchos otros de los Padres fueron salvos de la misma manera. Y no se debe dudar que también en el Antiguo Testamento muchos reyes de Israel y otros idólatras fueron salvos del mismo modo, los cuales a la hora de la muerte, desechando su vana confianza que habían puesto en los ídolos, se aferraron a la promesa de Dios, hecha a la descendencia de Abraham, es decir, a Cristo, en quien habían de ser benditas todas las naciones. Y si hay algunos de los papistas que hayan de ser salvos, deben apoyarse sencillamente, no en sus buenas obras y méritos, sino en la misericordia de Dios ofrecida a nosotros en Cristo, y decir con Pablo: «No teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo». (Fil 3:9.)

Gálatas 4:31

Entonces, hermanos, no somos hijos de la esclava, sino de la libre.

Pablo aquí concluye su alegoría de la iglesia estéril y del pueblo fecundo de la ley. No somos, dice él, hijos de la esclava; es decir, no estamos bajo la ley que engendra para esclavitud, esto es, la que aterroriza, acusa y lleva a la desesperación; sino que hemos sido librados de ella por Cristo. Por tanto, no puede aterrorizarnos ni condenarnos. De esto ya hemos hablado bastante antes. Además, aunque los hijos de la esclava nos persigan por un tiempo cuanto quieran, este es nuestro consuelo: que serán obligados a dejarnos la herencia, la cual nos pertenece a nosotros que somos hijos de la libre, y al fin serán echados a las tinieblas de afuera. (Mt 25:30.)

Pablo, por tanto, por estas palabras, esclava y libre, tomó ocasión, como hemos oído, para rechazar la justicia de la ley y confirmar la doctrina de la justificación. Y a propósito se aferra a esta palabra, libre, insistiendo en ella con vehemencia y ampliándola, especialmente al comienzo del capítulo siguiente. De ahí toma ocasión para tratar de la libertad cristiana, cuyo conocimiento es muy necesario; porque el Papa casi la ha derribado por completo, y ha sujetado la iglesia a tradiciones y ceremonias humanas, y a una esclavitud miserabilísima y vergonzosa. Esa libertad que Cristo compró es para nosotros hoy una fortaleza muy firme, por la cual nos defendemos contra la tiranía del Papa. Por tanto, debemos considerar diligentemente esta doctrina de la libertad cristiana, tanto para confirmar la doctrina de la justificación, como también para levantar y consolar las conciencias débiles contra tantos problemas y ofensas que nuestros adversarios imputan al evangelio. Ahora bien, la libertad cristiana es una cosa muy espiritual, que el hombre carnal no entiende. (Ro 9:23.) Sí, aun aquellos que tienen las primicias del Espíritu y pueden hablar bien de ella, con mucha dificultad la retienen en su corazón. A la razón le parece que es asunto de poca importancia. Por eso, si el Espíritu Santo no la engrandece para que sea estimada como corresponde, es condenada. Pablo, acercándose ya al final de su Epístola, disputa con mucha vehemencia en defensa de la doctrina de la fe y de la libertad cristiana, contra los falsos apóstoles, enemigos y destructores de ambas; contra ellos lanza palabras muy atronadoras, para abatirlos y vencerlos por completo. Y al mismo tiempo exhorta a los gálatas a huir de su doctrina como de un veneno peligroso. En su exhortación entremezcla amenazas y promesas, procurando por todos los medios mantenerlos en aquella libertad que Cristo compró para ellos, diciendo:

Traducción del inglés hecha con IA para Berea la primera vez que se lee cada capítulo.