Comentario a la Epístola a los Gálatas · Martín Lutero

Gálatas 5: comentario de Martín Lutero

Gálatas 5:1

Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres.

Es decir: manténganse firmes. Así dice Pedro (1 P 5:8-9): «Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar; al cual resistid firmes en la fe.» No sean descuidados, dice él, sino firmes y constantes. No se acuesten ni duerman, sino pónganse en pie. Como si dijera: les conviene ser vigilantes y constantes, para que guarden y retengan esa libertad en la que Cristo los ha hecho libres. Los que viven seguros y negligentes no pueden conservar esta libertad. Porque Satanás aborrece mortalmente la luz del evangelio, es decir, la doctrina de la gracia, la libertad, el consuelo y la vida. Por tanto, cuando ve que comienza a aparecer, enseguida pelea contra ella con toda su fuerza, levantando tormentas y tempestades para impedir su curso y derribarla por completo. Por eso Pablo advierte a los fieles que no duerman ni sean negligentes, sino que resistan a Satanás constante y valientemente, para que no los despoje de esa libertad que Cristo compró para ellos.

Cada palabra aquí tiene cierta vehemencia. «Estad», dice él. Como si dijera: aquí necesitan gran diligencia y vigilancia. «En la libertad». ¿En cuál libertad? No en aquella con que el Emperador nos ha hecho libres, sino en aquella con que Cristo nos ha hecho libres.

El Emperador dio, o más bien fue obligado a dar al obispo de Roma una ciudad libre y otras tierras; también inmunidades, privilegios y prerrogativas, etc. Esto también es una libertad, pero es una libertad civil, por la cual el Papa con todo su clero está exento de todas las cargas públicas. Además, hay una libertad carnal, o más bien diabólica, por la cual el diablo reina principalmente en todo el mundo. Porque los que disfrutan de esta libertad no obedecen ni a Dios ni a las leyes, sino que hacen lo que quieren. Esta libertad es la que el pueblo busca y abraza en este tiempo; y lo mismo hacen los sectarios, que quieren ser libres en sus opiniones y en todos sus actos, a fin de enseñar y hacer sin temor todo lo que sueñan que es bueno y sano. Estos están firmes en la libertad con que el diablo los ha hecho libres. Pero no hablamos aquí de esa libertad, aunque el mundo entero no busca otra. Tampoco hablamos de la libertad civil, sino de una libertad de muy distinta clase, la cual el diablo aborrece y resiste con todo su poder.

Esta es aquella libertad por la cual Cristo nos ha hecho libres, no de una esclavitud terrenal, ni del cautiverio babilónico, ni de la tiranía de los turcos, sino de la ira eterna de Dios. ¿Y dónde se hace esto? En la conciencia. Allí descansa nuestra libertad, y no va más allá. Porque Cristo no nos hizo libres de manera civil ni carnal, sino divina; es decir, somos hechos libres de tal modo que nuestra conciencia ahora está libre y tranquila, sin temer la ira de Dios venidera. Esta es la verdadera e inestimable libertad, frente a cuya excelencia y majestad, si comparamos las otras libertades, no son más que una gota de agua respecto de todo el mar. Porque ¿quién puede expresar qué cosa es que un hombre esté asegurado en su corazón de que Dios ni está ni estará airado contra él, sino que será para siempre un Padre misericordioso y amoroso hacia él por causa de Cristo? Esta es en verdad una libertad maravillosa e incomprensible: tener a la altísima y soberana Majestad tan favorable hacia nosotros, que no solo nos defiende, sostiene y socorre en esta vida, sino que también, en cuanto a nuestros cuerpos, nos librará de tal manera que nuestros cuerpos, que son sembrados en corrupción, en deshonra y en debilidad, resucitarán en incorrupción, en gloria y en poder (1 Co 15:42-44). Por tanto, es una libertad inestimable que hayamos sido librados para siempre de la ira de Dios; y es mayor que el cielo y la tierra, y que todas las demás criaturas.

De esta libertad se sigue otra, por la cual por medio de Cristo somos hechos libres de la ley, del pecado, de la muerte, del poder del diablo, del infierno, etc. Porque así como la ira de Dios no puede aterrarnos, ya que Cristo nos libró de ella, así tampoco la ley, el pecado y la muerte pueden acusarnos y condenarnos. Y aunque la ley nos acusa y el pecado nos aterra, no pueden llevarnos a la desesperación. Porque la fe, que vence al mundo, dice de inmediato: Estas cosas no me pertenecen; porque Cristo me hizo libre y me libró de todas ellas. Asimismo, la muerte, que es la cosa más poderosa y más espantosa de todo el mundo, queda totalmente vencida en la conciencia por esta libertad del Espíritu. Por eso la majestad de esta libertad cristiana debe ser altamente estimada y cuidadosamente considerada. Es fácil para un hombre decir estas palabras: libertad de la ira de Dios, del pecado y de la muerte; pero, en el tiempo de la tentación, en la experiencia y en la práctica, aplicarlas a sí mismo y sentir la excelencia de esta libertad y su fruto, es cosa más difícil de lo que puede expresarse.

Por tanto, nuestra conciencia debe ser instruida y preparada de antemano, para que cuando sintamos la acusación de la ley, los terrores del pecado, la hora de la muerte y la ira de Dios, podamos apartar de nuestra mente estas pesadas visiones y espantosas fantasías, y poner en su lugar la libertad comprada por Cristo, el perdón de los pecados, la justicia, la vida y la misericordia eterna de Dios. Y aunque el sentimiento de lo contrario sea muy fuerte, asegurémonos de que no durará mucho, conforme a lo que dice el Profeta: «Por un breve momento te abandoné, pero te recogeré con grandes misericordias. Con un poco de ira escondí mi rostro de ti por un momento; pero con misericordia eterna tendré compasión de ti» (Is 54:7-8). Pero esto es muy difícil de hacer. Por eso, esa libertad que Cristo compró para nosotros no se cree tan pronto como se nombra. Si pudiera ser comprendida con una fe segura y firme, entonces ninguna furia ni terror del mundo, ni de la ley, ni del pecado, ni de la muerte, ni del diablo, podría ser tan grande que no fuera enseguida tragado como una pequeña gota de agua por el inmenso mar. Y ciertamente esta libertad cristiana traga de una vez y quita por completo todo el montón de males: la ley, el pecado, la muerte, la ira de Dios y, en resumen, la serpiente misma, con su cabeza y todo su poder; y en lugar de ello pone justicia, paz y vida eterna, etc. (Lc 11:28). Pero bienaventurado el que entiende y cree. Aprendamos, pues, a engrandecer esta nuestra libertad, comprada por Jesucristo el Hijo de Dios, por quien fueron creadas todas las cosas que están en el cielo y en la tierra. Libertad que él compró, no con otro precio sino con su propia sangre, para librarnos, no de alguna servidumbre corporal o temporal, sino de una esclavitud espiritual y eterna bajo tiranos poderosos e invencibles, a saber, la ley, el pecado, la muerte y el diablo, y así reconciliarnos con Dios su Padre. Ahora bien, puesto que estos enemigos han sido vencidos, y nosotros reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, es cierto que somos justos delante de Dios y que todo lo que hacemos le agrada. Y aunque todavía queden en nosotros ciertos restos de pecado, no nos son imputados, sino perdonados por causa de Cristo. Pablo usa palabras de gran fuerza y vehemencia. «Estad», dice, «en la libertad con que Cristo os hizo libres». Esta libertad, entonces, no nos es dada por la ley ni por nuestra justicia, sino gratuitamente por causa de Cristo; cosa que Pablo atestigua aquí y declara claramente a lo largo de toda su Epístola. Cristo también, en Jn 8, dice: «Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres.» Solo él está puesto entre nosotros y los males que nos turban y afligen; él los ha vencido y quitado, de modo que ya no pueden oprimirnos ni condenarnos. En lugar del pecado y de la muerte, él nos da justicia y vida eterna; y así cambia la esclavitud y los terrores de la ley en la libertad de conciencia y el consuelo del evangelio, que dice: «Ten ánimo, hijo; tus pecados te son perdonados» (Mt 9:2). Todo aquel, pues, que cree en Cristo, el Hijo de Dios, tiene esta libertad. La razón no puede percibir la excelencia de este asunto; pero cuando el hombre lo considera en espíritu, verá que es inestimable. Porque ¿quién puede concebir en su mente cuán grande e inefable don es tener el perdón de los pecados, la justicia y la vida eterna, en lugar de la ley, el pecado, la muerte y la ira de Dios, y tener a Dios mismo favorable y misericordioso para siempre? Los papistas y los hipócritas, que buscan la justicia de la ley o su propia justicia, se glorían de que ellos también tienen remisión de pecados, justicia, vida y la gracia de Dios. Porque se jactan de que también tienen esta libertad, y la prometen a otros; pero en realidad son siervos de corrupción, y en el tiempo de la tentación toda su confianza se desvanece aun en un momento. Porque confían en las obras y satisfacciones de los hombres, y no en la palabra de Dios ni en Cristo. Por tanto, es imposible que los justiciarios, que buscan ganar el cielo, la vida y la salvación por obras y méritos, sepan qué es la libertad y la liberación del pecado.

Por el contrario, nuestra libertad tiene por fundamento a Cristo mismo, quien es nuestro sumo sacerdote eterno, sentado a la diestra de Dios e intercediendo por nosotros. Por tanto, el perdón de los pecados, la justicia, la vida y la libertad que tenemos por medio de él es firme, cierto y perpetuo, con tal que lo creamos. Por eso, si nos unimos a Cristo con una fe firme, y estamos firmes en la libertad con que él nos hizo libres, obtendremos esos dones inestimables; pero si somos descuidados y negligentes, los perderemos. No sin causa Pablo nos manda velar y estar firmes; porque él sabía que el diablo no busca otra cosa con más empeño que despojarnos de esta libertad que costó a Cristo tan gran precio, y enredarnos otra vez por medio de sus ministros en el yugo de servidumbre, como sigue:

Versículo 1. Y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud.

Pablo ha hablado con mucha eficacia y profundidad acerca de la gracia y de la libertad cristiana, y con palabras altas y poderosas ha exhortado a los gálatas a permanecer en ella; porque se pierde fácilmente. Por eso les manda estar firmes, no sea que, por negligencia o seguridad carnal, vuelvan a caer de la gracia y de la fe, a la ley y a las obras. Ahora bien, porque la razón juzga que no puede haber peligro en preferir la justicia de la ley a la justicia de la fe, él arremete contra la ley con cierta indignación, y con gran desprecio la llama yugo, sí, yugo de esclavitud. Así también la llama Pedro: «Ahora, pues, ¿por qué tentáis a Dios, poniendo sobre la cerviz de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros hemos podido llevar?» (Hch 15). Y así vuelve todas las cosas al revés. Porque los falsos apóstoles rebajaban la promesa y engrandecían la ley y sus obras de esta manera: Si quieren ser librados del pecado y de la muerte, y obtener justicia y vida, decían ellos, cumplan la ley, circuncídense, guarden días, meses, tiempos y años, ofrezcan sacrificios, y hagan otras cosas semejantes; entonces esta obediencia a la ley los justificará y salvará. Pero Pablo dice lo contrario. Los que enseñan la ley de esta manera, dice él, no ponen en libertad las conciencias de los hombres, sino que las atrapan y las enredan con un yugo, sí, con un yugo de esclavitud.

Por tanto, él habla de la ley de una manera muy baja y despreciativa, y la llama una dura servidumbre y un yugo servil. Y no lo hace sin gran causa. Porque esta opinión perniciosa acerca de la ley, que justifica y hace justos a los hombres delante de Dios, está profundamente arraigada en la razón del hombre, y todo el género humano está tan envuelto en ella, que difícilmente puede salir.

Y Pablo parece comparar aquí a los que buscan la justicia por la ley con bueyes atados al yugo, para quitarle a la ley la gloria de justificar y de dar justicia. Porque, así como los bueyes tiran del yugo con gran fatiga, y no reciben por ello más que forraje o pasto, y cuando ya no pueden tirar más del yugo son destinados al matadero; así también los que buscan la justicia por la ley son cautivos y están oprimidos bajo el yugo de servidumbre, es decir, bajo la ley. Y cuando se han cansado por largo tiempo en las obras de la ley, con gran y penoso trabajo, al final esta es su recompensa: que son siervos miserables y perpetuos. ¿Y de qué? Del pecado, de la muerte, de la ira de Dios y del diablo. Por tanto, no hay servidumbre mayor ni más dura que la servidumbre de la ley. No sin causa, entonces, Pablo la llama yugo de servidumbre. Porque, como hemos dicho muchas veces antes, la ley no hace sino revelar, aumentar y agravar el pecado, acusar, atemorizar, condenar y producir ira; y finalmente lleva a las pobres conciencias a la desesperación, que es la servidumbre más miserable y más penosa que puede haber. (Ro 3:4, 5.)

Usa, por tanto, palabras muy vehementes. Porque quisiera persuadirlos de que no permitan que los falsos apóstoles pongan sobre sus hombros esta carga intolerable, ni que se enreden otra vez en el yugo de servidumbre. Como si dijera: aquí no tratamos un asunto de poca importancia, sino de libertad eterna o de servidumbre eterna. Porque, así como la libertad de la ira de Dios y de todos los males no es temporal ni carnal, sino eterna; así también la servidumbre del pecado, de la muerte, del diablo y de la condenación, bajo la cual están oprimidos todos los que quieren ser justificados y salvos por la ley, no es corporal ni de duración temporal, sino eterna. Porque tales obradores de la ley, que se esfuerzan por cumplir y llevar a cabo todas las cosas precisa y exactamente, pues de tales habla Pablo, nunca pueden hallar reposo ni paz de conciencia en esta vida. Siempre dudan de la buena voluntad de Dios hacia ellos. Siempre están atemorizados por la muerte, la ira y el juicio de Dios; y después de esta vida serán castigados por su incredulidad con condenación eterna.

Por eso, los hacedores de la ley, y los que descansan por completo en la justicia y las obras de ella, con razón son llamados mártires del diablo. Se toman más trabajo y se castigan más para comprar el infierno, según el proverbio, que los mártires de Cristo para obtener el cielo. Porque son atormentados de dos maneras: primero, se afligen miserablemente mientras viven aquí, haciendo muchas obras difíciles y grandes, y todo en vano; y después, cuando mueren, cosechan por recompensa la condenación eterna. Así son mártires miserableísimos, tanto en esta vida como en la venidera, y su servidumbre es eterna. Al contrario, los piadosos tienen tribulaciones en este mundo, pero en Cristo tienen paz, porque creen que él ha vencido al mundo. (Jn 16:33.) Por tanto, debemos mantenernos firmes en aquella libertad que Cristo compró para nosotros por su muerte, y debemos cuidar mucho de no enredarnos otra vez en el yugo de servidumbre; como les sucede hoy a los espíritus fantásticos, quienes, al apartarse de la fe y de esta libertad, se han procurado aquí una servidumbre temporal, y en el mundo venidero serán oprimidos con una servidumbre eterna. En cuanto a los papistas, la mayor parte de ellos se han vuelto hoy francos epicúreos.

Por eso, mientras pueden, usan la libertad de la carne, cantando esta canción descuidada: “Ede, bibe, lude, post mortem nulla voluptas;” es decir: “Come, bebe y alégrate, porque después de esta vida no hay placer”. Pero son verdaderos esclavos del diablo, por quien son llevados cautivos a su voluntad y placer; por eso sentirán esta servidumbre eterna en el infierno. Hasta aquí la exhortación de Pablo ha sido vehemente y ardiente; pero lo que sigue la sobrepasa mucho.

Versículo 2. He aquí, yo Pablo os digo, que si os circuncidáis, de nada os aprovechará Cristo.

Pablo aquí, maravillosamente encendido con celo y fervor de espíritu, truena contra la ley y la circuncisión; y estos truenos, procedentes de un gran celo, el Espíritu Santo se los arranca cuando dice: “He aquí, yo Pablo”, etc. Yo, yo digo, que sé que no he recibido el evangelio de hombre, sino por revelación de Jesucristo, y tengo comisión y autoridad de lo alto para publicarlo y predicarlo entre ustedes, les digo que si se circuncidan, Cristo no les aprovechará absolutamente nada. Esta es una sentencia muy dura, por la cual Pablo declara que circuncidarse es tanto como hacer a Cristo totalmente inútil; no con respecto a él mismo, sino con respecto a los gálatas, quienes, engañados por la sutileza de los falsos apóstoles, creían que, además de la fe en Cristo, era necesario que los fieles se circuncidaran, sin lo cual no podían obtener la salvación.

Este lugar es como una piedra de toque, por la cual podemos juzgar con toda certeza y libertad todas las doctrinas, obras, religiones y ceremonias de todos los hombres. Todo el que enseñe que hay algo necesario para la salvación, además de la fe en Cristo, ya sean papistas, turcos, judíos o sectarios, o invente alguna obra o religión, o guarde alguna regla, tradición o ceremonia, sea cual sea, con esta opinión de que por tales cosas obtendrá perdón de pecados, justicia y vida eterna, oye en este lugar la sentencia del Espíritu Santo pronunciada contra él por el Apóstol: que Cristo no le aprovecha en nada. Y viendo que Pablo se atrevió a pronunciar esta sentencia contra la ley y la circuncisión, ordenadas por Dios mismo, ¿qué no se atreverá a hacer contra la paja y la escoria de las tradiciones humanas?

Por tanto, este lugar es un rayo terrible contra todo el reino del Papa. Porque todos los sacerdotes, monjes y ermitaños que viven en sus claustros, hablo de los mejores entre ellos, ponen toda su confianza en sus propias obras, justicia, votos y méritos, y no en Cristo, a quien muy impía y blasfemamente imaginan como un juez airado, un acusador y un condenador; por eso oyen aquí su sentencia: que Cristo no les aprovecha en nada. Porque si pueden quitar los pecados y merecer el perdón de los pecados y la vida eterna por su propia justicia y severidad de vida, ¿para qué propósito nació Cristo? ¿Qué provecho tienen de su muerte y derramamiento de sangre, de su resurrección, de su victoria sobre el pecado, la muerte y el diablo, si ellos pueden vencer estos monstruos por sus propias fuerzas? ¿Y qué lengua puede expresar, o qué corazón puede concebir, cuán horrible cosa es hacer a Cristo inútil? Por eso el Apóstol arroja estas palabras con gran desagrado e indignación: “Si os circuncidáis, de nada os aprovechará Cristo”; es decir, de todos sus beneficios no redundará en ustedes provecho alguno, sino que él se los ha concedido todos en vano.

Por esto aparece suficientemente claro que nada debajo del sol es más dañino que la doctrina de las tradiciones y obras de los hombres; porque de una vez abolen y destruyen por completo la verdad del evangelio, la fe, el verdadero culto de Dios y al mismo Cristo, en quien el Padre ha ordenado todas las cosas. «En quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento.» «Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad.» (Col 2.) Por tanto, todos los que son autores o defensores de la doctrina de las obras son opresores del evangelio, hacen inútiles la muerte y la victoria de Cristo, mancillan y desfiguran sus sacramentos, y quitan por completo el verdadero uso de ellos; y, en resumen, son blasfemos, enemigos y negadores de Dios, y de todas sus promesas y beneficios. Cualquiera que no sea conmovido por estas palabras de Pablo, que llama a la ley yugo de servidumbre, y dice que los que afirman que guardar la circuncisión es necesario para la salvación hacen a Cristo inútil, y no pueda ser apartado de la ley y de la circuncisión, ni de la confianza que tiene en su propia justicia y obras, ni ser movido a buscar aquella libertad que está en Cristo, tiene un corazón más duro que piedra y hierro.

Esta es, pues, una sentencia certísima y clara: que Cristo es inútil, es decir, que nació, fue crucificado y resucitó en vano para aquel que es circuncidado, esto es, que pone su confianza en la circuncisión. Porque, como ya he dicho antes, Pablo no habla aquí de la obra de la circuncisión, la cual no daña a quien no pone en ella su confianza ni una opinión de justicia, sino del uso de la obra, es decir, de la confianza y la justicia que van unidas a la obra. Porque debemos entender a Pablo según la materia de que trata, o según el argumento que tiene entre manos, que es que los hombres no son justificados por la ley, por obras, por circuncisión o cosas semejantes. No dice que las obras en sí mismas no sean nada; sino que la confianza y la justicia de la fe no son nada; porque eso es lo que hace a Cristo inútil. Por lo tanto, a cualquiera que reciba la circuncisión con esta opinión de que es necesaria para la justificación, Cristo no le aprovecha en nada.

Retengamos esto bien en la memoria en nuestras tentaciones privadas, cuando el diablo acusa y aterra nuestra conciencia para llevarla a la desesperación.

Porque él es padre de mentira y enemigo de la libertad cristiana; por eso nos atormenta a cada momento con falsos temores, para que, cuando nuestra conciencia haya perdido esta libertad cristiana, sienta el remordimiento del pecado y la condenación, y permanezca siempre en angustia y terror. Cuando ese gran dragón, digo, aquella serpiente antigua, el diablo, que engaña al mundo entero y acusa a nuestros hermanos delante de Dios día y noche, venga y ponga a tu cargo que no solo no has hecho ningún bien, sino que además has transgredido la ley de Dios, dile: Tú me inquietas con el recuerdo de mis pecados pasados. También me haces recordar que no he hecho ningún bien. Pero eso no es nada para mí; porque si yo confiara en mis buenas obras, o desconfiara por no haber hecho ninguna, en ambos casos Cristo no me aprovecharía en nada. Por tanto, ya sea que pongas mis pecados delante de mí o mis buenas obras, no me importa; sino que, apartando ambas cosas bien lejos de mi vista, descanso solamente en aquella libertad con que Cristo me hizo libre. Sé que él me es provechoso; por eso no quiero hacerlo inútil, cosa que haría si pretendiera comprarme el favor y la vida eterna por mis buenas obras, o si desesperara de mi salvación por causa de mis pecados.

Por tanto, aprendamos con toda diligencia a separar a Cristo muy lejos de todas las obras, tanto buenas como malas; de todas las leyes, tanto de Dios como de los hombres; y de todas las conciencias turbadas; porque con ninguna de estas cosas Cristo tiene nada que ver. Tiene que ver, lo concedo, con las conciencias afligidas; pero no para afligirlas más, sino para levantarlas y, en su aflicción, consolarlas. Por eso, si Cristo se aparece con la figura de un juez airado, o de un legislador que exige una estricta cuenta de nuestra vida pasada, entonces tengamos por cierto que no es Cristo, sino un demonio furioso. Porque la Escritura presenta a Cristo como nuestra reconciliación, nuestro abogado y nuestro consolador. Así es él, y así será siempre: no puede ser distinto de sí mismo.

Por tanto, siempre que el diablo, transformándose en semejanza de Cristo, dispute con nosotros de esta manera: Esto debiste haber hecho, advertido por mi palabra, y no lo hiciste; y esto no debiste haberlo hecho, y lo hiciste: sabe, pues, que yo tomaré sobre ti, etc.; que esto no nos mueva en absoluto. Antes bien, pensemos enseguida dentro de nosotros mismos: Cristo no habla así a las conciencias pobres, afligidas y desesperadas; no añade aflicción al afligido; no quiebra la caña cascada, ni apaga el pábilo que humea. (Is 42:3.) Es cierto que habla duramente a los de corazón endurecido; pero a los que están aterrorizados y afligidos, los atrae a sí con el mayor amor y consuelo, diciendo: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.» (Mt 11:28.) «No he venido a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento.» (Mt 9:13.) «Ten ánimo, hijo; tus pecados te son perdonados.» (Mt 9:2.) «Confiad, yo he vencido al mundo.» (Jn 16:33.) «Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.» (Lc 19:10.) Debemos, pues, tener mucho cuidado, no sea que, engañados por las admirables tretas e infinitas sutilezas de Satanás, recibamos a un acusador y condenador en lugar de un consolador y Salvador; y así, bajo la máscara de un falso Cristo, es decir, del diablo, perdamos al verdadero Cristo y lo hagamos inútil para nosotros. Esto es lo que hemos dicho acerca de las tentaciones privadas y particulares, y de cómo debemos comportarnos en ellas.

Versículo 3. Porque otra vez testifico a todo hombre que se circuncida, que está obligado a guardar toda la ley.

La primera consecuencia es ciertamente muy grande, cuando Pablo dice que Cristo de nada aprovecha a los que se circuncidan; y esto que sigue no es menor, cuando dice que los que se circuncidan están obligados a guardar toda la ley. Habla estas palabras con tal fervor y vehemencia de espíritu, que las confirma con juramento: “Testifico”, es decir, juro por el Dios vivo. Pero estas palabras pueden explicarse de dos maneras, negativamente y afirmativamente.

Negativamente, de esta manera: testifico a todo hombre que se circuncida, que está obligado a guardar toda la ley; es decir, que no cumple ni una parte de la ley; sí, que en la misma obra de la circuncisión no es circuncidado, y aun en el cumplimiento de la ley no la cumple, sino que la quebranta. Y este me parece ser el sentido sencillo y verdadero de Pablo en este lugar. Después, en el capítulo 6, él mismo se explica, diciendo: «Porque ni aun los mismos que se circuncidan guardan la ley.» Así también dice antes, en el capítulo 3: «Porque todos los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición.» Como si dijera: aunque os circuncidéis, no por eso sois justos ni libres de la ley; antes bien, por este hecho sois más bien deudores y esclavos de la ley; y cuanto más procuráis satisfacer la ley y ser librados de ella, tanto más os enredáis y os enjauláis en su yugo, de manera que tiene más poder para acusaros y condenaros. Esto es retroceder como el cangrejo, y lavar la suciedad con suciedad.

Y esto que digo con ocasión de las palabras de Pablo, lo he aprendido tanto en mí mismo como en otros. He visto a muchos que trabajaron penosamente y, por pura conciencia, hicieron cuanto les fue posible, en ayunos, en oraciones, en vestir cilicio, en castigar y atormentar sus cuerpos con diversos ejercicios, por medio de los cuales al fin necesariamente habrían acabado por consumirse del todo, aunque hubiesen sido de hierro; y todo con este fin, para obtener quietud y paz de conciencia. Sin embargo, cuanto más trabajaban, tanto más eran abatidos por el temor; y especialmente cuando se acercaba la hora de la muerte, estaban tan espantados, que he visto a muchos homicidas y otros malhechores condenados a muerte morir con más valentía que ellos, los cuales, sin embargo, habían vivido muy santamente.

Por tanto, es muy cierto que los que hacen la ley, no la hacen. Porque cuanto más procuran cumplir la ley, tanto más la transgreden. Del mismo modo hablamos y juzgamos acerca de las tradiciones humanas. Cuanto más se esfuerza un hombre por apaciguar su conciencia por medio de ellas, tanto más la turba y la atormenta. Cuando yo era monje, me esforzaba cuanto me era posible por vivir según la estricta regla de mi orden. Solía confesarme con gran devoción y enumerar todos mis pecados, estando antes siempre muy contrito; y volvía a confesarme muy a menudo, y cumplía cabalmente la penitencia que se me imponía. Y con todo esto, mi conciencia nunca podía quedar plenamente segura, sino que siempre estaba en duda, y decía: Esto o aquello no lo has hecho bien; no estuviste bastante contrito ni afligido; este pecado lo omitiste en tu confesión, etc. Por eso, cuanto más procuraba ayudar a mi conciencia débil, vacilante y afligida con las tradiciones humanas, tanto más débil y dudosa, y tanto más afligida estaba. Y así, cuanto más observaba las tradiciones humanas, más las transgredía; y buscando la justicia por medio de mi orden, nunca pude alcanzarla. Porque es imposible, como dice Pablo, que la conciencia sea apaciguada por las obras de la ley, y mucho menos por las tradiciones humanas, sin la promesa y las buenas nuevas acerca de Cristo.

Por lo cual, los que buscan ser justificados y vivificados por la ley están mucho más lejos de la justicia y de la vida que los publicanos, los pecadores y las rameras. Porque no pueden confiar en sus propias obras, viendo que son tales que no pueden esperar obtener por ellas gracia y perdón de pecados. Porque si la justicia y las obras hechas conforme a la ley no justifican, ¿cómo justificarán los pecados cometidos contra la ley? Por tanto, en este punto, ellos están en mucho mejor condición que los justiciarios; porque no tienen confianza en sus propias obras, lo cual estorba grandemente la verdadera fe en Cristo, si no es que la quita del todo. Por el contrario, los justiciarios, que exteriormente se abstienen de pecados y viven santa e irreprensiblemente a los ojos del mundo, no pueden estar sin la opinión de su propia justicia, con la cual la verdadera fe en Cristo no puede subsistir; y por esta causa son más miserables que los publicanos y las rameras, quienes no ofrecen a Dios sus buenas obras en su desagrado, para que por ellas los recompense con la vida eterna, como hacen los justiciarios, pues no tienen ninguna que ofrecer; sino que desean que sus pecados les sean perdonados por causa de Cristo.

La otra explicación es afirmativa. El que es circuncidado, también está obligado a guardar toda la ley. Porque el que recibe a Moisés en un punto, necesariamente tiene que recibirlo en todo. Y no sirve de nada decir que la circuncisión es necesaria, y no el resto de las leyes de Moisés. Porque por la misma razón por la que estás obligado a guardar la circuncisión, también estás obligado a guardar toda la ley. Ahora bien, estar obligado a guardar toda la ley no es otra cosa que mostrar, en efecto, que Cristo aún no ha venido. Si esto es verdad, entonces estamos obligados a guardar todas las ceremonias y leyes judías acerca de comidas, lugares y tiempos; y aún se ha de esperar que Cristo venga, para que abola el reino y el sacerdocio judíos, y establezca un nuevo reino por todo el mundo. Pero toda la Escritura da testimonio, y su desarrollo declara claramente, que Cristo ya ha venido; que por su muerte ha redimido al género humano; que ha abolido la ley; y que ha cumplido todas las cosas que todos los profetas habían predicho de él. Por tanto, habiendo sido la ley completamente abolida y enteramente quitada, él nos ha dado gracia y verdad. No es, pues, la ley ni sus obras, sino la fe en Jesucristo, lo que hace justo al hombre.

Algunos querrían obligarnos, en este tiempo, a ciertas leyes de Moisés que les agradan más, como los falsos apóstoles querían hacerlo entonces. Pero esto no debe tolerarse de ninguna manera. Porque, si damos a Moisés permiso para gobernarnos en algo, estamos obligados a obedecerle en todo. Por tanto, no queremos ser cargados con ninguna ley de Moisés. Concedemos que debe ser leído entre nosotros, y oído como profeta y testigo de Cristo; y además, que de él podemos tomar buenos ejemplos de buenas leyes y de vida santa. Pero de ninguna manera permitiremos que tenga dominio sobre nuestra conciencia. En este caso, que esté muerto y sepultado, y que nadie sepa dónde está su sepulcro. (Dt 34:6.)

La primera explicación, es decir, la negativa, me parece más apropiada y más espiritual; sin embargo, ambas son buenas, y ambas condenan la justicia de la ley. La primera es esta: que estamos tan lejos de obtener justicia por la ley, que cuanto más procuramos cumplir la ley, tanto más la transgredimos. La segunda es esta: que el que quiere cumplir alguna parte de la ley, está obligado a guardar toda la ley. Y, en conclusión, que Cristo no aprovecha en nada a los que quieren ser justificados por la ley.

Por esto se ve que Pablo no quiere decir otra cosa, sino que la ley es una negación manifiesta de Cristo. Ahora bien, es cosa maravillosa que Pablo se atreva a afirmar que la ley de Moisés, que fue dada por Dios al pueblo de Israel, es una negación de Cristo. ¿Por qué, entonces, la dio Dios? Antes de la venida de Cristo, y antes de su manifestación en la carne, la ley era necesaria. Porque la ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo. Pero ahora que Cristo ha sido revelado, puesto que creemos en él, ya no estamos bajo ayo. De esto hemos hablado bastante extensamente antes, al final del capítulo 3. Quien, pues, enseña que la ley es necesaria para la justicia, enseña una negación manifiesta de Cristo y de todos sus beneficios; hace a Dios mentiroso; sí, y hace también a la ley mentirosa; porque la ley misma da testimonio de Cristo y de las promesas hechas acerca de Cristo, y ha anunciado de antemano que él sería un rey de gracia, y no de la ley.

Gálatas 5:4

Habéis sido separados de Cristo; los que por la ley os justificáis, de la gracia habéis caído.

Aquí Pablo se explica a sí mismo, y muestra que no habla simplemente de la ley ni de las obras de la circuncisión, sino de la confianza y opinión que los hombres tienen de ser puros por ellas. Como si dijera: Yo no condeno en absoluto la ley ni la circuncisión, porque me es lícito beber, comer y tener trato con los judíos, conforme a la ley; me es lícito circuncidar a Timoteo. Pero buscar ser justificado por la ley, como si Cristo aún no hubiera venido, o como si, estando ya presente, él solo no bastara para justificar, eso es lo que yo condeno; porque eso es separarse de Cristo.

Por tanto, dice él, habéis sido separados; es decir, estáis totalmente vacíos de Cristo. Cristo ya no está en ustedes, ya no obra en ustedes. No sois partícipes del conocimiento, del espíritu, de la comunión, del favor, de la libertad, de la vida ni de las obras de Cristo, sino que estáis completamente separados de él, de tal manera que ya no tiene nada que ver con ustedes, ni ustedes con él.

Estas palabras de Pablo deben notarse con diligencia: buscar justicia por la ley no es otra cosa que separarse de Cristo y hacerlo enteramente inútil. ¿Qué puede decirse con más fuerza contra la ley? ¿Qué puede oponerse a este rayo? Por lo tanto, es imposible que Cristo y la ley habiten juntos en un mismo corazón; porque o la ley o Cristo debe ceder el lugar. Pero si piensas que Cristo y la ley pueden habitar juntos, entonces ten por cierto que Cristo no habita en tu corazón, sino el diablo bajo la apariencia de Cristo, acusándote y aterrorizándote, y exigiéndote rigurosamente la ley y sus obras.

Porque el verdadero Cristo, como ya he dicho antes, ni te pide cuentas por tus pecados ni te manda confiar en tus propias buenas obras. Y el verdadero conocimiento de Cristo, o la fe, no discute si has hecho buenas obras para justicia, o malas obras para condenación, sino que simplemente concluye de esta manera: si has hecho buenas obras, no por eso eres justificado; o si has hecho malas obras, no por eso eres condenado. Yo no quito a las buenas obras su alabanza, ni apruebo las malas obras. Pero en el asunto de la justificación, digo que debemos mirar cómo aferrarnos a Cristo, no sea que, si buscamos ser justificados por la ley, lo hagamos inútil para nosotros. Porque es Cristo solo el que me justifica, tanto contra mis malas obras, como sin mis buenas obras. Si tengo esta persuasión de Cristo, me aferro al verdadero Cristo. Pero si pienso que él me exige la ley y las obras para salvación, entonces se vuelve inútil para mí, y quedo totalmente separado de él.

Estas son sentencias y amenazas espantosas contra la justicia de la ley y la justicia propia del hombre. Además, son principios certísimos que confirman el artículo de la justificación. Esta es, pues, la conclusión final: o debes renunciar a Cristo, o a la justicia de la ley. Si retienes a Cristo, eres justo delante de Dios; pero si te aferras a la ley, de nada te aprovecha Cristo; estás obligado a guardar toda la ley, y ya está pronunciada contra ti la sentencia: «Maldito el que no confirmare las palabras de esta ley para hacerlas» (Dt 27:26). Lo que hemos dicho de la ley, lo decimos también de las tradiciones humanas. O el Papa, con toda su tropa religiosa, debe rechazar todas aquellas cosas en las cuales hasta ahora ha puesto su confianza, o Cristo les será inútil.

Y por esto podemos ver claramente cuán perniciosa y pestilente ha sido la doctrina papista. Porque ha apartado a los hombres completamente de Cristo, y lo ha hecho enteramente inútil. Dios se queja en Jer 23 de que los profetas profetizaban mentiras y los sueños de su propio corazón, para que su pueblo olvidara su nombre. Por tanto, así como los falsos profetas, dejando la recta interpretación de la ley y la verdadera doctrina acerca de la simiente de Abraham, en quien habían de ser benditas todas las naciones de la tierra, predicaban sus propios sueños para que el pueblo olvidara a su Dios; así también los papistas, habiendo oscurecido y borrado la doctrina de Cristo hasta dejarla sin efecto, no enseñaron ni presentaron otra cosa que la doctrina de las obras, por la cual apartaron de Cristo al mundo entero. Quien considere seriamente este asunto no puede sino temer y temblar.

Habéis caído de la gracia.

Es decir, ya no estáis en el reino de la gracia. Porque, así como el que está en una nave, por cualquier lado que caiga al mar, se ahoga; así también el que ha caído de la gracia, necesariamente perecerá. Por tanto, el que quiere ser justificado por la ley, ha caído al mar y se ha arrojado al peligro de muerte eterna. Ahora bien, si caen de la gracia los que quieren ser justificados por la ley moral, ¿a dónde caerán, os ruego, los que quieren ser justificados por sus propias tradiciones y votos? Hasta el fondo mismo del infierno.

No, ciertamente; porque ellos vuelan al cielo. Porque así nos lo han enseñado ellos mismos. “Todo el que viva”, dicen, “conforme a la regla de san Francisco, Domingo, Benito, o cualquier otro semejante, tiene sobre sí la paz y la misericordia de Dios”. Otra vez: “Todos los que guardan y observan la castidad, la obediencia, etc., tendrán vida eterna”. Pero vayan estas bagatelas al diablo, de donde vinieron, y oye lo que Pablo te enseña aquí, y lo que Cristo enseña, diciendo: «El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él» (Jn 3:36). Otra vez: «El que no cree, ya ha sido condenado» (Jn 3:18).

Ahora bien, así como toda la doctrina de los papistas, por decir esto de paso, acerca de las tradiciones humanas, obras, votos y méritos, era muy común en el mundo, así también se la tenía por la mejor y más segura de todas; y por medio de ella el diablo ha levantado y afirmado su reino con grandísimo poder. Por eso, cuando hoy nosotros combatimos y vencemos esta doctrina por el poder de la obra de Dios, y es llevada como paja por el viento, no es extraño que Satanás se enfurezca tan cruelmente contra nosotros, levante por todas partes calumnias y tropiezos, y ponga al mundo entero contra nosotros.

Entonces alguno dirá: hubiera sido mejor callar, porque así no se habrían levantado todos estos males. Pero nosotros debemos estimar más el favor de Dios, cuya gloria proclamamos, que preocuparnos por la tiranía del mundo que nos persigue. Porque, ¿qué es el Papa y qué es el mundo entero en comparación con Dios? Ciertamente somos débiles, y llevamos un tesoro celestial en vasos quebradizos y terrenales; pero aunque los vasos sean muy frágiles, el tesoro es inestimable (2 Co 4:7).

Estas palabras, “habéis caído de la gracia”, no deben considerarse fría ni ligeramente, porque son graves y de gran importancia. El que cae de la gracia pierde completamente la expiación, el perdón de los pecados, la justicia, la libertad y la vida que Jesucristo nos ha merecido por su muerte y resurrección; y en lugar de eso adquiere para sí la ira y el juicio de Dios, el pecado, la muerte, la esclavitud del diablo y la condenación eterna.

Y este pasaje confirma y fortalece poderosamente nuestra doctrina acerca de la fe, o el artículo de la justificación, y nos consuela maravillosamente contra la cruel furia de los papistas, que nos persiguen y nos condenan como herejes porque enseñamos este artículo. Ciertamente este pasaje debería atemorizar a los enemigos de la fe y de la gracia, es decir, a todos los que buscan justicia por las obras, para que no persigan ni blasfemen la palabra de gracia, vida y salvación eterna. Pero son tan duros de corazón y obstinados, que viendo no ven, y oyendo no oyen; y cuando leen esta espantosa sentencia del Apóstol pronunciada contra ellos, no la entienden. Dejémoslos, pues, a sí mismos; porque son ciegos, y guías de ciegos (Mt 15:14).

Gálatas 5:5

Porque nosotros por el Espíritu aguardamos por fe la esperanza de la justicia.

Pablo aquí resume el asunto con una notable conclusión, diciendo: ustedes quieren ser justificados por la ley, por la circuncisión y por las obras; pero nosotros no buscamos ser justificados por este medio, para que Cristo no nos venga a ser del todo inútil, y para no hacernos deudores de cumplir toda la ley, y así finalmente caer de la gracia. Antes bien, por el Espíritu aguardamos por fe la esperanza de la justicia. Cada palabra aquí debe notarse con diligencia, porque son sustanciosas y llenas de poder. No solo dice, como acostumbra: Somos justificados por la fe, o por el Espíritu, por la fe; sino que además añade: “aguardamos la esperanza de la justicia”, incluyendo también la esperanza, para abarcar toda la materia de la fe.

La esperanza, según la manera de hablar de la Escritura, se toma de dos maneras: o por la cosa esperada, o por la disposición del que espera. Por la cosa esperada se toma en el primer capítulo de Colosenses: «a causa de la esperanza que os está guardada en los cielos»; es decir, la cosa que ustedes esperan. Por la disposición del que espera se toma en Romanos 8: «porque en esperanza fuimos salvos». Así también la esperanza en este lugar puede tomarse de dos maneras, y así da un doble sentido. El primero es: aguardamos por el Espíritu, por la fe, la esperanza de la justicia; es decir, la justicia esperada, la cual ciertamente será revelada en el tiempo que agrade al Señor darla. El segundo: aguardamos por el Espíritu, por la fe, la justicia con esperanza y deseo; es decir, somos justos, aunque nuestra justicia todavía no ha sido revelada, sino que aún pende de la esperanza. Porque mientras vivimos aquí, el pecado permanece en nuestra carne. También hay una ley en nuestra carne y en nuestros miembros, que se rebela contra la ley de nuestra mente y nos lleva cautivos al servicio del pecado. (Ro 7:23.) Ahora bien, cuando estas inclinaciones de la carne rugen y reinan, y nosotros por otra parte luchamos por el Espíritu contra ellas, entonces hay lugar para la esperanza. En verdad, ya hemos comenzado a ser justificados por la fe; por ella también hemos recibido las primicias del Espíritu, y la mortificación de la carne también ha comenzado en nosotros; pero aún no somos perfectamente justos. Resta, pues, que seamos perfectamente justificados, y esto es lo que esperamos. Así que nuestra justicia no está todavía en posesión actual, sino que descansa bajo la esperanza.

Esta es una dulce y sana consolación, por la cual las conciencias afligidas y turbadas, que sienten su pecado y son aterradas por todo dardo encendido del diablo, pueden ser maravillosamente consoladas. Porque el sentimiento del pecado, la ira de Dios, la muerte, el infierno y todos los demás terrores, es maravillosamente fuerte en el combate de la conciencia; como yo mismo lo sé, enseñado por la experiencia. Entonces debe darse consejo al pobre afligido de esta manera: Hermano, deseas tener una percepción sensible de tu justificación; esto es, quisieras tener tal sensación del favor de Dios como la que tienes de tu propio pecado. Pero eso no será. Antes bien, tu justicia debe sobrepasar todo sentimiento de pecado; es decir, tu justicia o justificación, de la cual te aferras, no se funda en tu propio sentir, sino en la esperanza de que será revelada cuando agrade al Señor. Por tanto, no debes juzgar conforme al sentimiento del pecado que te turba y aterroriza, sino conforme a la promesa y doctrina de la fe, por la cual Cristo te es prometido, quien es tu justicia perfecta y eterna. Así, la esperanza del afligido, que consiste en la disposición interior, es despertada por la fe para esperar, en medio de todos los terrores y del sentimiento del pecado, que es justo. Además, si aquí la esperanza se toma por la cosa esperada, entonces debe entenderse así: aquello que el hombre ahora no ve, espera que a su tiempo sea perfeccionado y claramente revelado.

Cualquiera de los dos sentidos puede sostenerse; pero el primero, que toca el deseo interior y la disposición de esperar, trae una consolación más abundante. Porque mi justicia aún no es perfecta, todavía no puede sentirse; sin embargo, no desespero, porque la fe me muestra a Cristo en quien confío; y cuando lo he asido por la fe, lucho contra los dardos encendidos del diablo, y cobro ánimo por la esperanza contra el sentimiento del pecado, asegurándome de que tengo una justicia perfecta preparada para mí en el cielo. Así, ambas afirmaciones son verdaderas: que ya soy hecho justo por aquella justicia que ha comenzado en mí; y también que soy levantado por esa misma esperanza contra el pecado, y espero la plena consumación de la justicia perfecta en el cielo. Estas cosas no se entienden correctamente sino cuando se ponen en práctica.

Qué diferencia hay entre la fe y la esperanza

Aquí surge una cuestión: ¿qué diferencia hay entre la fe y la esperanza? Los sofistas y los escolásticos se han esforzado mucho en este asunto, pero nunca pudieron mostrar nada cierto. Sí, aun para nosotros, que trabajamos en las Santas Escrituras con mucha diligencia, y también con mayor plenitud y poder de espíritu, dicho sea sin jactancia, es difícil encontrar alguna diferencia. Porque hay tanta afinidad entre la fe y la esperanza, que una no puede separarse de la otra. Sin embargo, hay una diferencia entre ellas, la cual se recoge de sus respectivos oficios, de la diversidad de sus operaciones y de sus fines.

Primero, difieren respecto de su sujeto, es decir, del fundamento en que reposan. La fe reposa en el entendimiento, y la esperanza reposa en la voluntad; pero en verdad no pueden separarse, teniendo la una respecto de la otra, como los dos querubines del propiciatorio, que no podían dividirse. (Éx 25:20.)

Segundo, difieren respecto de su oficio, es decir, de su operación. La fe dice qué debe hacerse; enseña, prescribe y dirige; y es conocimiento. La esperanza es una exhortación que anima la mente para que sea fuerte, valiente y esforzada; para que sufra y soporte la adversidad, y en medio de ella espere cosas mejores.

Tercero, difieren en cuanto a su objeto, es decir, la materia especial a la cual miran. La fe tiene por objeto la verdad, enseñándonos a adherirnos firmemente a ella, y mira la palabra y promesa de la cosa prometida. La esperanza tiene por objeto la bondad de Dios, y mira la cosa que es prometida en la palabra; es decir, aquellas cosas que la fe nos enseña a esperar.

Cuarto, difieren en el orden. La fe es el principio de la vida antes de toda tribulación. (He 11.) Pero la esperanza viene después, procediendo de la tribulación. (Ro 5.)

Quinto, difieren por la diversidad de su operación. La fe es maestra y juez, que pelea contra errores y herejías, y juzga espíritus y doctrinas. Pero la esperanza es, por así decirlo, el general o capitán del campo, que pelea contra la tribulación, la cruz, la impaciencia, la tristeza de espíritu, la debilidad, la desesperación y la blasfemia, y espera bienes aun en medio de todos los males. Por tanto, cuando soy instruido por la fe en la palabra de Dios, y me aferro a Cristo creyendo en él con todo mi corazón, entonces soy justo por este conocimiento. Cuando soy así justificado por la fe o por este conocimiento, en seguida viene el diablo, padre de mentira, y se esfuerza por extinguir mi fe con astucias y sutilezas; es decir, con mentiras, errores y herejías. Además, como es homicida, procura también oprimirla por la fuerza. Aquí la esperanza, luchando, se aferra a la cosa revelada por la fe, y vence al diablo que hace guerra contra la fe; y después de esta victoria sigue la paz y el gozo en el Espíritu Santo. De modo que, en verdad, la fe y la esperanza apenas pueden distinguirse la una de la otra; y sin embargo hay entre ellas cierta diferencia. Y para que se perciba mejor, expondré el asunto por medio de una comparación:

En el gobierno civil, la prudencia y la fortaleza difieren, y sin embargo estas dos virtudes están tan unidas, que no pueden separarse fácilmente. Ahora bien, la fortaleza es una constancia de ánimo que no se desalienta en la adversidad, sino que soporta valerosamente y espera cosas mejores. Pero si la fortaleza no es guiada por la prudencia, no es más que temeridad y atrevimiento. Por otra parte, si la fortaleza no va unida con la prudencia, esa prudencia no es más que vana e inútil. Por tanto, así como en la política la prudencia es vana sin la fortaleza, así también en la teología la fe sin la esperanza no es nada; porque la esperanza soporta la adversidad y es constante en ella, y al fin vence todos los males. Y por otra parte, así como la fortaleza sin prudencia es temeridad, así la esperanza sin fe es presunción de espíritu y tentar a Dios; porque no tiene conocimiento de Cristo ni de la verdad que la fe enseña, y por eso no es más que osadía ciega y arrogancia. Por tanto, el hombre piadoso, ante todo, debe tener un recto entendimiento instruido por la fe, conforme al cual la mente pueda ser guiada en las aflicciones, para que espere aquellos bienes que la fe ha revelado y enseñado.

Para decirlo brevemente, la fe es concebida por la enseñanza; porque por ella la mente es instruida en cuál es la verdad. La esperanza es concebida por la exhortación; porque por la exhortación la esperanza es despertada en las aflicciones, lo cual confirma al que ya ha sido justificado por la fe, para que no sea vencido por las adversidades, sino que pueda resistirlas con mayor firmeza. Sin embargo, si la chispa de la fe no diera luz a la voluntad, esta no podría ser persuadida a echar mano de la esperanza. Tenemos, pues, la fe, por la cual somos enseñados, entendemos y conocemos la sabiduría celestial, nos apropiamos de Cristo y perseveramos en su gracia. Pero tan pronto como nos aferramos a Cristo por la fe y lo confesamos, inmediatamente nuestros enemigos, el mundo, la carne y el diablo, se levantan contra nosotros, aborreciéndonos y persiguiéndonos con la mayor crueldad tanto en cuerpo como en espíritu. Por tanto, nosotros, creyendo así y siendo justificados por la fe en el espíritu, aguardamos la esperanza de nuestra justicia; y aguardamos con paciencia, porque vemos y sentimos lo totalmente contrario. Porque el mundo con su príncipe, el diablo, nos asalta poderosamente por dentro y por fuera. Además, el pecado aún permanece en nosotros, lo cual nos lleva a la tristeza. Sin embargo, no desistimos por todo esto, sino que levantamos fuertemente nuestro ánimo por la fe, la cual lo ilumina, lo enseña y lo guía. Y así permanecemos firmes y constantes, y vencemos todas las adversidades por medio de Aquel que nos amó, hasta que sea revelada nuestra justicia, la cual creemos y esperamos. Por tanto, por la fe comenzamos; por la esperanza continuamos; y por la revelación obtendremos el todo. Mientras tanto, mientras vivimos aquí, porque creemos, enseñamos la palabra y publicamos a otros el conocimiento de Cristo. Haciendo así, sufrimos persecución con paciencia, conforme a este texto: «Creí, por tanto hablé, Estando afligido en gran manera» (Sal 116:10), siendo fortalecidos y animados por la esperanza; a lo cual la Escritura nos exhorta con promesas muy dulces y consoladoras enseñadas y reveladas a nosotros por la fe. Y así brota y crece la esperanza en nosotros (Ro 15), «para que por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza».

Por tanto, Pablo no sin causa une la paciencia en las tribulaciones y la esperanza, juntamente, en el cap. 5 y 8 de Romanos, y también en otros lugares; porque por ellas la esperanza es despertada. Pero la fe (como también mostré antes) va antes que la esperanza; porque es el comienzo de la vida, y empieza antes de toda tribulación; porque conoce a Cristo y se aferra a él, sin la cruz. Sin embargo, el conocimiento de Cristo no puede estar mucho tiempo sin la cruz, sin problemas y conflictos. En este caso, la mente debe ser animada a una fortaleza de espíritu (porque la esperanza no es otra cosa que una fortaleza espiritual, así como la fe no es otra cosa que una prudencia espiritual), la cual consiste en sufrir, conforme a este dicho, «que por la paciencia», etc. Estas tres cosas, pues, habitan juntas en los fieles: la fe, que enseña la verdad y defiende de los errores; la esperanza, que soporta y vence todas las adversidades, tanto corporales como espirituales; y la caridad, que obra todo lo bueno, como sigue en el texto. Y así el hombre es entero y perfecto en esta vida, tanto por dentro como por fuera, hasta que sea revelada la justicia que espera; y esta será una justicia perfecta y eterna.

Además, este pasaje contiene tanto una doctrina singular como consolación. En cuanto a la doctrina, muestra que somos hechos justos, no por las obras, sacrificios o ceremonias de la ley de Moisés, y mucho menos por las obras y tradiciones de hombres, sino solo por Cristo. Todo, pues, lo que el mundo tiene por bueno y santo sin Cristo, no es otra cosa que pecado, error y carne. Por tanto, la circuncisión y la observancia de la ley, y también las obras, religiones y votos de los monjes, y de todos los que confían en su propia justicia, son enteramente carnales. Pero nosotros, dice Pablo, estamos muy por encima de todas estas cosas en el espíritu y en el hombre interior; porque poseemos a Cristo por la fe, y en medio de nuestras aflicciones, por la esperanza, esperamos aquella justicia que ya poseemos por la fe.

La consolación es esta: que en los conflictos y terrores graves, en los cuales el sentimiento del pecado, la pesadumbre del espíritu, la desesperación y cosas semejantes son muy fuertes, porque entran profundamente en el corazón y lo asaltan poderosamente, tú no debes seguir tu propio sentimiento; porque si lo haces, dirás: Yo siento los horribles terrores de la ley y la tiranía del pecado, no solo rebelándose contra mí, sino también subyugándome y llevándome cautivo; y no siento ningún consuelo ni justicia en absoluto. Por tanto, soy pecador y no justo. Si soy pecador, entonces soy culpable de muerte eterna. Pero contra este sentimiento debes luchar, y decir: Aunque siento que estoy del todo abrumado y tragado por el pecado, y mi corazón me dice que Dios está ofendido y airado contra mí, sin embargo, en realidad no es verdad, sino que mi propio sentido y sentimiento juzga así. La palabra de Dios, que en estos terrores debo seguir, y no mi propio sentir, enseña algo muy distinto; a saber, que «Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón; Y salva a los contritos de espíritu». (Sal 34:18.) También, «Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios». (Sal 51:17.) Además, Pablo muestra aquí que los que son justificados en espíritu por la fe, todavía no sienten la esperanza de la justicia, sino que aún la esperan.

Por tanto, cuando la ley te acusa y el pecado te aterra, y no sientes otra cosa que la ira y el juicio de Dios, no desesperes por eso, sino toma para ti la armadura de Dios, el escudo de la fe, el yelmo de la esperanza, y la espada del Espíritu, y prueba cuán buen y valeroso guerrero eres. Aférrate a Cristo por la fe, quien es el Señor de la ley y del pecado, y de todas las demás cosas que los acompañan. Creyendo en él, eres justificado; cosa que la razón y el sentimiento de tu propio corazón, cuando eres tentado, no te dicen, sino la palabra de Dios. Además, en medio de estos conflictos y terrores que a menudo vuelven y te ejercitan, espera pacientemente por la esperanza la justicia que ahora tienes por la fe, aunque todavía esté apenas comenzada e imperfecta, hasta que sea revelada y hecha perfecta en el reino de los cielos.

Pero tú dirás: No siento en mí ninguna justicia, o al menos siento muy poca. Tú no debes sentir, sino creer que tienes justicia. Y a menos que creas que eres justo, haces gran injuria a Cristo, que te limpió en el lavamiento del agua por la palabra (Ef 5:26), y que también murió en la cruz, condenó el pecado y mató la muerte, para que por medio de él pudieras obtener justicia y vida eterna. (1 Co 15:3.) Estas cosas no las puedes negar, a menos que quieras mostrarte abiertamente impío y blasfemo contra Dios, y menospreciar por completo a Dios y todas sus promesas, a Jesucristo con todos sus beneficios; y así, por consiguiente, no puedes negar sino que eres justo.

Aprendamos, por tanto, en terrores grandes y horribles, cuando nuestra conciencia no siente otra cosa que pecado, y juzga que Dios está airado contra nosotros, y que Cristo ha apartado su rostro de nosotros, a no seguir el sentido y sentimiento de nuestro propio corazón, sino a adherirnos a la palabra de Dios, que dice que Dios no está airado, sino que mira al afligido, y al que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla a su palabra (Is 66:2); y que Cristo no se aparta de los que trabajan y están cargados, sino que los hace descansar y los consuela. (Mt 11:28.) Este lugar, por tanto, enseña claramente que la ley y las obras no nos traen ninguna justicia ni consuelo; sino que esto lo hace solamente el Espíritu Santo en la fe de Cristo, quien levanta esperanza en los terrores y tribulaciones, la cual soporta y vence todas las adversidades.

Muy pocos hay que sepan cuán débil y flaca son la fe y la esperanza bajo la cruz y en el conflicto. Porque parece que no son sino un pábilo que humea, que está listo para apagarse enseguida con un viento impetuoso. (Is 42:3.) Pero los fieles, que creen en medio de estos asaltos y terrores, esperando contra esperanza, es decir, peleando por la fe en la promesa acerca de Cristo contra el sentimiento del pecado y de la ira de Dios, después hallan por experiencia que la chispa de la fe, siendo muy pequeña (según parece a la razón natural, porque la razón apenas puede sentirla), es como un gran fuego, y traga todos nuestros pecados y todos nuestros errores.

No hay nada más querido o precioso en todo el mundo, para los verdaderos hijos de Dios, que esta doctrina. Porque los que entienden esta doctrina saben aquello de lo cual todo el mundo es ignorante; a saber, que el pecado, la muerte, y todas las demás miserias, aflicciones y calamidades, tanto corporales como espirituales, se convierten en beneficio y provecho de los escogidos. Además, saben que Dios les es entonces más querido, cuando parece estar más lejos, y que entonces es un Salvador misericordiosísimo y lleno de amor, cuando parece más airado para afligir y destruir. (2 Co 6:10.) También saben que tienen una justicia eterna, la cual esperan por la esperanza, como una posesión cierta y segura reservada para ellos en el cielo, aun cuando sienten los horribles terrores del pecado y de la muerte. Además, que entonces son señores de todas las cosas, cuando más destituidos están de todo, conforme a aquel dicho: «como no teniendo nada, mas poseyéndolo todo». Esto, dice la Escritura, es concebir consuelo por medio de la esperanza. Pero esta destreza no se aprende sin grandes y frecuentes tentaciones.

Gálatas 5:6

Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale algo, ni la incircuncisión, sino la fe que obra por el amor.

Es decir, la fe que no es fingida ni hipócrita, sino verdadera y viva. Esta es la fe que practica y requiere buenas obras por medio del amor. Es como si dijera: El que de verdad quiere ser un verdadero cristiano, o uno del reino de Cristo, debe ser un verdadero creyente. Ahora bien, no cree de verdad si las obras de caridad no siguen a su fe. Así, por ambos lados, tanto por la derecha como por la izquierda, excluye a los hipócritas del reino de Cristo. Por la izquierda excluye a los judíos, y a todos los que quieren obrar su propia salvación, diciendo: «En Cristo» no vale «ni la circuncisión»; es decir, ninguna obra, ningún servicio, ninguna adoración, ninguna clase de vida en el mundo, sino la fe, sin confianza alguna en obras o méritos, vale delante de Dios. Por la derecha excluye a todos los perezosos y ociosos que dicen: Si la fe justifica sin obras, entonces no hagamos nada, sino solamente creamos y hagamos lo que queramos. No es así, enemigos de la gracia.

Pablo dice otra cosa. Y aunque es verdad que solo la fe justifica, sin embargo aquí habla de la fe en otro sentido; es decir, que después de haber justificado, no está ociosa, sino ocupada y ejercitada en obrar por medio del amor. Pablo, pues, en este lugar expone toda la vida de un cristiano, a saber: que interiormente consiste en fe hacia Dios, y exteriormente en caridad y buenas obras hacia nuestro prójimo. De modo que un hombre es un perfecto cristiano interiormente, por la fe, delante de Dios, quien no tiene necesidad de nuestras obras; y exteriormente delante de los hombres, a quienes nuestra fe no aprovecha en nada, sino nuestra caridad o nuestras obras. Por tanto, cuando hemos oído o entendido esta forma de vida cristiana, a saber, que es fe y caridad, como he dicho, todavía no se ha declarado qué fe o qué caridad es; porque esta es otra cuestión. Porque en cuanto a la fe, o la naturaleza interior, fuerza y uso de la fe, ya ha hablado antes, donde mostró que ella es nuestra justicia, o más bien nuestra justificación delante de Dios. Aquí la une con la caridad y las obras; es decir, habla de su oficio externo, que es impulsarnos a hacer buenas obras, y producir en nosotros los frutos de la caridad para provecho de nuestro prójimo.

Gálatas 5:7

Corríais bien: ¿quién os estorbó para no obedecer a la verdad?

Estas son palabras claras. Pablo afirma que les enseña la verdad y exactamente lo mismo que les enseñó antes, y que corrían bien mientras obedecían a la verdad; es decir, mientras creían y vivían rectamente. Pero ahora ya no era así, puesto que habían sido descarriados por los falsos apóstoles. Además, usa aquí una nueva manera de hablar, llamando a la vida cristiana un curso o una carrera. Porque entre los hebreos, correr o andar significa tanto como vivir o conducirse.

Los maestros corren cuando enseñan puramente; y los oyentes o discípulos corren cuando reciben la palabra con gozo, y cuando siguen los frutos del Espíritu. Esto sucedía mientras Pablo estaba presente, como antes lo atestiguó en los capítulos 3 y 4. Y aquí dice: “Corríais bien”; es decir, entre ustedes todo iba bien y prósperamente; vivían muy bien; iban por el camino correcto hacia la vida eterna, la cual la palabra de Dios les prometía, etc.

Estas palabras, “Corríais bien”, contienen en sí un consuelo singular. Esta tentación ejercita muchas veces a los piadosos: que su vida les parece más bien un cierto avanzar lento y arrastrado que una carrera. Pero si permanecen en la sana doctrina y andan en el espíritu, que esto no los perturbe en nada, aunque sus obras parezcan avanzar muy despacio, o más bien arrastrarse. Dios juzga muy de otra manera. Porque lo que a nosotros nos parece muy lento y apenas como un arrastrarse, corre rápidamente delante de Dios. Además, lo que para nosotros no es otra cosa que tristeza, llanto y muerte, delante de Dios es gozo, risa y verdadera felicidad. Por eso Cristo dice: «Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación» (Mt 5:4); «porque reiréis» (Lc 6:21), etc. Todas las cosas obrarán para bien a los que creen en el Hijo de Dios, ya sea tristeza, o aun la misma muerte. Por tanto, ellos son en verdad los que corren; y todo lo que hacen corre bien y avanza prósperamente por el impulso del Espíritu de Dios, el cual no sabe nada de avances lentos.

¿Quién os estorbó para no obedecer a la verdad?

Son estorbados en esta carrera los que caen de la fe y de la gracia a la ley y a las obras; como les sucedió a los gálatas, siendo descarriados y seducidos por los falsos apóstoles, a quienes reprende encubiertamente con estas palabras: “¿Quién os estorbó para no obedecer a la verdad?” Del mismo modo dijo antes en el capítulo 3: “¿Quién os fascinó para no obedecer a la verdad?” Y aquí Pablo muestra de paso que los hombres son hechizados tan fuertemente por la falsa doctrina, que abrazan mentiras y herejías en lugar de la verdad y de la doctrina espiritual. Y por el otro lado, dicen y juran que la sana doctrina que antes amaban es errónea; y que su error es sana doctrina, sosteniéndolo y defendiéndolo con todas sus fuerzas.

Así exactamente llevaron los falsos apóstoles a los gálatas, que al principio corrían bien, a esta opinión: creer que erraban y que avanzaban muy lentamente cuando Pablo era su maestro. Pero después, siendo seducidos por los falsos apóstoles y apartándose por completo de la verdad, fueron tan fuertemente hechizados por su falsa persuasión, que pensaban estar en un estado feliz y que corrían muy bien. Lo mismo sucede hoy con los que son seducidos por los sectarios y espíritus fanáticos.

Por eso suelo decir que caer en doctrina no viene del hombre, sino del diablo, y es algo sumamente peligroso; a saber, una caída desde el cielo más alto hasta el infierno más profundo. Porque los que perseveran en el error están tan lejos de reconocer su pecado, que lo sostienen como la más alta justicia. Por tanto, les es imposible alcanzar perdón.

Gálatas 5:8

Esta persuasión no procede de aquel que os llama.

Este es un gran consuelo y una doctrina singular, con la que Pablo muestra cómo se puede arrancar del corazón la falsa persuasión de los que han sido engañados por maestros perversos. Los falsos apóstoles eran hombres vistosos y, en apariencia, superaban con mucho a Pablo tanto en saber como en piedad. Los gálatas, engañados por esa bella apariencia, creían que al oírlos oían a Cristo mismo, y por eso juzgaban que aquella persuasión venía de Cristo. Pablo, al contrario, muestra que esa persuasión y esa doctrina no venían de Cristo, que los había llamado en gracia, sino del diablo; y de este modo apartó a muchos de ellos de aquella falsa persuasión. Así también nosotros hoy hacemos volver del error a muchos que habían sido seducidos, cuando les mostramos que sus opiniones son fantasiosas, impías y llenas de blasfemias.

Además, este consuelo pertenece a todos los afligidos que, por la tentación, conciben una falsa opinión de Cristo. Porque el diablo es un persuasor asombroso, y sabe agrandar el menor pecado, sí, una simple nimiedad, de tal manera que el tentado piense que es un crimen gravísimo y horrible, digno de condenación eterna. Aquí hay que consolar y levantar la conciencia turbada como Pablo levantó a los gálatas; a saber, que ese pensamiento o persuasión no viene de Cristo, pues lucha contra la palabra del evangelio, que pinta a Cristo no como un acusador ni un cobrador cruel, sino como un Salvador manso, humilde de corazón y misericordioso, y como un Consolador.

Pero si Satanás (que es un artífice astuto y no deja camino sin probar) derriba esto, y alega contra ti la palabra y el ejemplo de Cristo de esta manera: «Es verdad que Cristo es manso, benigno y misericordioso, pero con los santos y justos; en cambio, a los pecadores los amenaza con ira y destrucción (Lc 13). También declaró que los incrédulos ya están condenados (Jn 3). Además, Cristo hizo muchas buenas obras; también sufrió muchos males, y nos manda seguir su ejemplo; pero tu vida no es conforme ni a la palabra de Cristo ni a su ejemplo, porque eres un pecador y no hay fe en ti; más aún, no has hecho ningún bien en absoluto; por tanto, a ti te corresponden las sentencias que presentan a Cristo como un juez severo, y no las consoladoras que lo muestran como un Salvador amoroso y misericordioso», entonces el tentado debe consolarse de esta manera:

La Escritura nos presenta a Cristo de dos maneras. Primero, como un don. Si me aferro a él de este modo, nada me puede faltar. Porque en Cristo «están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento» (Col 2:3). Él, con todo lo que hay en él, «nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención» (1 Co 1:30). Por tanto, aunque yo haya cometido muchos y graves pecados, si creo en él, todos serán tragados por su justicia. Segundo, la Escritura lo presenta como un ejemplo que hay que seguir. Sin embargo, no dejaré que se me ponga delante a este Cristo (me refiero a él en cuanto ejemplo) sino solo en tiempo de gozo y alegría, cuando estoy fuera de la tentación (y aun entonces apenas puedo seguir la milésima parte de su ejemplo), para tenerlo como un espejo en el que mirar y ver cuánto me falta todavía, y así no volverme confiado y descuidado. Pero en tiempo de tribulación no escucharé ni admitiré a Cristo sino como un don, que, muriendo por mis pecados, me ha dado su justicia, y ha hecho y cumplido por mí lo que faltaba en mi vida: «porque el fin de la ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree» (Ro 10:4).

Es bueno saber estas cosas, no solo para que cada uno de nosotros tenga un remedio seguro y cierto en tiempo de tentación, con el que evitar el veneno de la desesperación con que Satanás piensa envenenarnos, sino también para que podamos resistir a los furiosos sectarios y cismáticos de nuestro tiempo. Porque los anabaptistas no tienen nada por más glorioso en toda su doctrina que insistir con tanta severidad en el ejemplo de Cristo y en la cruz; sobre todo porque son claras las sentencias en que Cristo recomienda la cruz a sus discípulos. Debemos aprender, pues, cómo resistir a este Satanás que se transforma en figura de ángel. Lo haremos si distinguimos entre Cristo presentado unas veces como don y otras como ejemplo. Predicarlo de ambas maneras tiene su tiempo oportuno, y si no se respeta, la predicación de la salvación puede convertirse en veneno. Por tanto, a los que ya están abatidos y quebrantados bajo la pesada carga de sus pecados hay que presentarles a Cristo como Salvador y como don, y no como el ejemplo de un legislador. Pero a los confiados y obstinados hay que presentárselo como ejemplo. También hay que ponerles delante las sentencias duras de la Escritura y los ejemplos horribles de la ira de Dios, como el diluvio que ahogó al mundo entero, la destrucción de Sodoma y Gomorra y otros semejantes, para que se arrepientan. Por tanto, que todo cristiano, cuando esté aterrado y afligido, aprenda a desechar la falsa persuasión que ha concebido de Cristo, y diga: «¡Oh maldito Satanás! ¿Por qué discutes ahora conmigo de hacer y obrar, si ya estoy aterrado y afligido por mis pecados? Al contrario, puesto que ahora estoy trabajado y cargado (Mt 11:28), no te escucharé a ti, que eres acusador y destructor, sino a Cristo, el Salvador del género humano, que dice que vino al mundo a salvar a los pecadores, a consolar a los que están en terror, angustia y desesperación, y a pregonar libertad a los cautivos. Este es el verdadero Cristo, y no hay otro fuera de él. Puedo buscar ejemplos de vida santa en Abraham, Isaías, Juan el Bautista, Pablo y otros santos; pero ellos no pueden perdonar mis pecados, no pueden librarme del poder del diablo y de la muerte, no pueden salvarme ni darme la vida eterna. Porque estas cosas pertenecen solo a Cristo, a quien Dios el Padre ha sellado (Jn 6:27); por tanto, no te escucharé ni te reconoceré como mi maestro, oh Satanás, sino a Cristo, de quien el Padre ha dicho: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd”». Aprendamos así a consolarnos por la fe en la tentación y ante la persuasión de la falsa doctrina; de lo contrario, el diablo nos seducirá por medio de sus ministros o nos matará con sus dardos de fuego.

Un poco de levadura leuda toda la masa (v. 9).

Toda esta epístola atestigua suficientemente cuánto se dolió Pablo por la caída de los gálatas, y cuántas veces les inculcó, unas veces reprendiéndolos y otras rogándoles, los enormes y horribles males que seguirían a esa caída si no se arrepentían. Este cuidado y esta amonestación paternal y apostólica de Pablo no conmovió en absoluto a algunos de ellos, porque muchos ya no reconocían a Pablo como su maestro, sino que preferían con mucho a los falsos apóstoles, de quienes pensaban haber recibido la verdadera doctrina, y no de Pablo. Además, los falsos apóstoles sin duda calumniaban a Pablo entre los gálatas, diciendo que era un hombre obstinado y pendenciero, que por un asunto ligero rompía la unidad de las iglesias, y no por otra causa sino porque quería ser tenido él solo por sabio y ser engrandecido por ellos. Con esta falsa acusación hicieron a Pablo muy odioso para muchos.

Otros, que todavía no habían abandonado del todo su doctrina, pensaban que no había peligro en apartarse un poco de él en la doctrina de la justificación y de la fe. Por eso, cuando oyeron que Pablo hacía un asunto tan grave de algo que a ellos les parecía ligero y de poca importancia, se maravillaron, y pensaban para sí: «Sea que nos hayamos desviado algo de la doctrina de Pablo, y que haya habido alguna falta en nosotros; pero siendo cosa pequeña, debería hacer la vista gorda, o al menos no exagerarla con tanta vehemencia, no sea que por ello se rompa la concordia de las iglesias». A esto responde con esta sentencia: «Un poco de levadura leuda [o agria] toda la masa». Y esta es una advertencia o amonestación en la que Pablo insiste mucho, y que también nosotros debemos estimar grandemente hoy. Porque nuestros adversarios nos objetan del mismo modo que somos pendencieros, obstinados e intratables al defender nuestra doctrina, aun en asuntos de poca importancia. Pero estas son las astutas artimañas del diablo, con las que intenta derribar por completo nuestra doctrina. Por eso respondemos con Pablo que «un poco de levadura leuda toda la masa».

En filosofía, una pequeña falta al principio es una falta grande y fea al final. Así en teología, un pequeño error derriba toda la doctrina. Por eso debemos separar bien la vida de la doctrina. La doctrina no es nuestra, sino de Dios, de quien solo somos llamados ministros; por tanto, no podemos cambiar ni disminuir ni una tilde de ella. La vida es nuestra; por eso, en lo que a ella toca, estamos dispuestos a hacer, sufrir y perdonar todo lo que nuestros adversarios nos pidan, con tal de que la fe y la doctrina permanezcan sanas e incorruptas; de las cuales decimos siempre con Pablo: «Un poco de levadura leuda…».

Una pequeña mota en el ojo daña el ojo. Y nuestro Salvador Cristo dice: «La lámpara del cuerpo es el ojo; cuando tu ojo es bueno, también todo tu cuerpo está lleno de luz; pero cuando tu ojo es maligno, también tu cuerpo está en tinieblas». Y también: «Así que, si todo tu cuerpo está lleno de luz, no teniendo parte alguna de tinieblas, será todo luminoso» (Lc 11:34, 36). Con esta alegoría Cristo quiere decir que el ojo, es decir, la doctrina, debe ser sumamente sencillo, claro y sincero, sin ninguna oscuridad ni nube. Y el apóstol Santiago dice: «Cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos» (Stg 2:10). Este pasaje, por tanto, nos favorece mucho frente a estos criticones que dicen que rompemos la caridad, con gran daño y perjuicio de las iglesias. Pero nosotros declaramos que no deseamos nada más que estar en unidad con todos los hombres, con tal de que nos dejen la doctrina de la fe entera e incorrupta; ante la cual todas las cosas deben ceder, sea la caridad, un apóstol o un ángel del cielo.

Dejemos, pues, que ensalcen la caridad y la concordia cuanto quieran; pero nosotros, por nuestra parte, engrandezcamos la majestad de la palabra y de la fe. La caridad puede descuidarse según el tiempo y el lugar sin ningún peligro; pero la palabra y la fe no. La caridad lo soporta todo, cede ante todos. La fe, al contrario, no soporta nada, no cede ante nadie. La caridad, al ceder, al creer, al dar y al perdonar, muchas veces es engañada; y sin embargo, aun engañada así, no sufre ninguna pérdida que pueda llamarse verdaderamente pérdida, es decir, no pierde a Cristo; por eso no se ofende, sino que sigue constante en hacer el bien, aun con los ingratos e indignos. En cambio, en el asunto de la fe y de la salvación, cuando los hombres enseñan mentiras y errores con apariencia de verdad y seducen a muchos, aquí la caridad no tiene lugar; porque aquí no perdemos un beneficio hecho a un ingrato, sino que perdemos la palabra, la fe, a Cristo y la vida eterna. Que no nos mueva, pues, que insistan tanto en guardar la caridad y la concordia; porque quien no ama a Dios y a su palabra, no importa qué ni cuánto ame.

Por eso Pablo, con esta sentencia, amonesta tanto a los maestros como a los oyentes a que se guarden de estimar la doctrina de la fe como cosa ligera con la que puedan jugar a su antojo. Es un rayo de sol brillante que desciende del cielo, que nos alumbra, dirige y guía. Y así como el mundo, con toda su sabiduría y poder, no puede detener ni desviar los rayos del sol que bajan del cielo a la tierra, tampoco se puede añadir nada a la doctrina de la fe ni quitarle nada, porque eso es desfigurarla y derribarla por completo.

Gálatas 5:10

Tengo confianza en ustedes por medio del Señor. Como si dijera: ya les he enseñado, amonestado y reprendido bastante, de modo que deberían escucharme; sin embargo, tengo buena esperanza de ustedes en el Señor.

Aquí surge una cuestión: si Pablo hace bien al decir que tiene buena esperanza o confianza en los gálatas, siendo que la Sagrada Escritura prohíbe poner confianza en los hombres. Tanto la fe como el amor tienen su confianza y su creer, pero de distinta manera, por razón de la diversidad de sus objetos. La fe confía en Dios, y por eso no puede ser engañada; el amor cree al hombre, y por eso muchas veces es engañado.

Ahora bien, esta fe que brota del amor es tan necesaria para la vida presente, que sin ella la vida no podría continuar en el mundo. Porque, si un hombre no creyera ni confiara en otro, ¿qué vida viviríamos sobre la tierra? Los verdaderos cristianos creen y dan crédito más pronto por amor que los hijos de este mundo. Porque la fe hacia los hombres es fruto del Espíritu, o de la fe cristiana en los piadosos. Por esto Pablo tenía confianza en los gálatas, aunque se habían apartado de su doctrina; pero aun así, en el Señor. Como si dijera: tengo confianza en ustedes en la medida en que el Señor está en ustedes, y ustedes en él; es decir, en la medida en que permanecen en la verdad. Si se apartan de ella, seducidos por los ministros de Satanás, ya no confiaré más en ustedes. Así, es lícito a los piadosos confiar y creer a los hombres.

Que no pensaréis de otro modo.

Esto es, en cuanto a la doctrina y la fe, sino como yo les he enseñado y ustedes han aprendido de mí; es decir, tengo buena esperanza de ustedes, de que no recibirán ninguna otra doctrina que sea contraria a la mía.

Mas el que os perturba llevará la sentencia, quienquiera que sea.

Con esta sentencia Pablo, como juez sentado en el tribunal, condena a los falsos apóstoles, llamándolos con un nombre muy odioso: perturbadores de los gálatas; a ellos, a quienes los gálatas tenían por hombres muy piadosos y mucho mejores maestros que Pablo. Y al mismo tiempo procura atemorizar a los gálatas con esta horrible sentencia, con la cual condena tan resueltamente a los falsos apóstoles, para que huyan de su falsa doctrina como de una peste peligrosísima. Como si dijera: ¿qué quieren decir con prestar oído a esos hombres pestilentes, que no les enseñan, sino que solamente los perturban? La doctrina que les comunican no es otra cosa que turbación para sus conciencias. Por tanto, por grandes que sean, llevarán su condenación.

Ahora bien, por estas palabras, “quienquiera que sea”, se puede entender que los falsos apóstoles eran, en apariencia externa, hombres muy buenos y santos. Y quizá entre ellos había algún discípulo notable de los apóstoles, de gran nombre y autoridad. Porque no sin causa usa palabras tan vehementes y tan enérgicas. También habla de la misma manera en el primer capítulo, diciendo: «Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema.» Y no hay duda de que muchos se ofendían por esta vehemencia del apóstol, pensando así dentro de sí: ¿Por qué Pablo quebranta la caridad? ¿Por qué es tan obstinado en una cosa tan pequeña? ¿Por qué pronuncia tan temerariamente sentencia de condenación eterna contra aquellos que son ministros igual que él? Nada de esto le importa; sino que sigue adelante y maldice y condena con valentía a todos los que pervierten la doctrina de la fe, por muy altamente estimados que sean, por muy santos y doctos que parezcan.

Por tanto, como a menudo advierto, debemos distinguir cuidadosamente entre doctrina y vida. La doctrina es cielo; la vida es tierra. En la vida hay pecado, error, inmundicia y miseria, mezclados con vinagre, como dice el proverbio. Allí deje el amor pasar por alto, tolerar, ser engañado, creer, esperar y sufrir todas las cosas; allí prevalezca cuanto sea posible el perdón de los pecados, con tal de que el pecado y el error no sean defendidos ni sostenidos. Pero en la doctrina, así como no hay error, tampoco hay necesidad de perdón. Por eso no hay comparación entre doctrina y vida. Un pequeño punto de doctrina vale más que el cielo y la tierra; y por eso no podemos tolerar que la más mínima partícula de ella sea corrompida. Pero muy bien podemos pasar por alto las ofensas y errores de la vida. Porque nosotros también erramos cada día en la vida y en la conducta; sí, todos los santos yerran. Y esto lo confiesan sinceramente en la oración del Señor y en los artículos de nuestra fe. Pero nuestra doctrina, bendito sea Dios, es pura; tenemos todos los artículos de nuestra fe fundados en la Sagrada Escritura. Ésos el diablo con gusto querría corromper y destruir. Por eso nos ataca tan astutamente con este hermoso argumento: que no debemos quebrantar la caridad ni la unidad de las iglesias.

Gálatas 5:11

Y yo, hermanos, si todavía predico la circuncisión, ¿por qué padezco todavía persecución? En tal caso se ha quitado el tropiezo de la cruz.

Pablo, esforzándose por todos los medios posibles en hacer volver otra vez a los gálatas, razona ahora por su propio ejemplo. Yo me he atraído, dice él, el odio y la persecución de los sacerdotes y de los ancianos «y de las mujeres piadosas y distinguidas, y de los principales de la ciudad» (Hch 13:50), y de toda mi nación, porque quito a la circuncisión la justicia. Si yo se la atribuyera, los judíos no solo dejarían de perseguirme, sino que también me amarían y me alabarían mucho. Pero ahora, porque predico el evangelio de Cristo y la justicia de la fe, aboliendo la ley y la circuncisión, por eso padezco persecución.

Por el contrario, los falsos apóstoles, para evitar la cruz y este odio mortal de la nación judía, predican la circuncisión. Y por este medio consiguen y conservan el favor de los judíos, como él dice en el capítulo sexto que sigue: «Todos los que quieren agradar en la carne, éstos os obligan a que os circuncidéis», etc. Además, con gusto procurarían que no hubiera disensión, sino paz y concordia, entre los gentiles y los judíos. Pero eso es imposible sin pérdida de la doctrina de la fe, que es la doctrina de la cruz y está llena de tropiezos.

Por tanto, cuando dice: «Si todavía predico la circuncisión, ¿por qué padezco todavía persecución? En tal caso se ha quitado el tropiezo de la cruz», quiere decir que sería una gran absurdidad e inconveniente si cesara el tropiezo de la cruz. Del mismo modo habla cuando dice: «Pues no me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el evangelio; no con sabiduría de palabras, para que no se haga vana la cruz de Cristo» (1 Co 1). Como si dijera: yo no quisiera que el tropiezo y la cruz de Cristo fueran abolidos.

Aquí alguno podría decir: entonces los cristianos son locos, al arrojarse por su propia voluntad al peligro; porque, ¿qué hacen sino atraerse el odio y la enemistad de todo el mundo y levantar tropiezos, al predicar y confesar la verdad? Esto, dice Pablo, no me ofende ni me perturba en nada. Antes bien, me hace más valiente y me mueve a esperar bien del feliz éxito y crecimiento de la iglesia, que florece y crece bajo la cruz. Porque es necesario que Cristo, cabeza y esposo de la iglesia, reine en medio de todos sus enemigos (Sal 110).

Por el contrario, cuando la cruz es abolida, y por una parte cesa la furia de tiranos y herejes, y por otra los tropiezos, y todas las cosas están en paz, el diablo guarda la entrada de la casa. Esta es una señal cierta de que la doctrina pura de la palabra de Dios ha sido quitada.

Bernardo, considerando esto, dice que la iglesia está entonces en su mejor estado, cuando Satanás la asalta por todos lados, tanto con sutilezas como con violencia. Y al contrario, que está en su peor condición cuando vive con mayor tranquilidad. Y alega muy bien y muy a propósito aquella sentencia de Ezequías en su cántico: «He aquí, amargura grande me sobrevino en la paz» (Is 38:17), aplicándola a la iglesia que vive en comodidad y quietud.

Por eso Pablo toma como señal certísima que no es el evangelio, si se predica en paz. Por el contrario, el mundo lo toma como señal certísima de que el evangelio es doctrina herética y sediciosa, porque ve que a su predicación siguen grandes alborotos, tumultos, tropiezos, sectas y cosas semejantes. Así Dios a veces se muestra bajo la figura del diablo, y el diablo asimismo se muestra bajo la apariencia de Dios. Y Dios quiere ser conocido bajo las figuras del diablo, y quiere que el diablo sea conocido bajo la apariencia de Dios.

La cruz sigue inmediatamente a la doctrina de la palabra, conforme a aquel dicho: «Creí; por tanto hablé, estando afligido en gran manera» (Sal 116). Ahora bien, la cruz de los cristianos es persecución, con oprobio e ignominia, y sin compasión alguna; y por eso es muy ofensiva.

Primero, padecen como la gente más vil del mundo. Así también el profeta Isaías lo había anunciado aun de Cristo mismo: «Y fue contado con los pecadores» (Is 53:12). Además, a los homicidas y ladrones se les mitigan los castigos, y los hombres se compadecen de ellos. Aquí no va unido al castigo ningún tropiezo ni infamia. Pero, por el contrario, así como el mundo juzga que los cristianos son los hombres más pestilentes y perniciosos de todos, así también piensa que no hay tormentos suficientes para castigarlos por sus enormes delitos. Tampoco se mueve a compasión alguna hacia ellos, sino que los entrega a las muertes más afrentosas y vergonzosas que puede haber. Y piensa que con ello obtiene una doble ventaja.

Porque, primero, imagina que hace gran servicio a Dios al matarlos. «Y harán esto porque no conocen al Padre ni a mí» (Jn 16:3). En segundo lugar, que la paz y tranquilidad comunes quedan restauradas y establecidas al quitar plagas tan dañinas. Por eso, la muerte y la cruz de los fieles están llenas de tropiezos.

Pero, dice Pablo, que este trato afrentoso, y la continuación de la cruz de Cristo y de su tropiezo, no los mueva a ustedes, sino que más bien los confirme. Porque mientras la cruz permanezca, le irá bien al evangelio.

De la misma manera también Cristo consuela a sus discípulos en Mateo 5: «Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros».

La iglesia no puede permitir que se le arrebate este gozo. Por eso, yo no querría estar en concordia con el papa, los obispos, los príncipes y los sectarios, a menos que consintieran en nuestra doctrina. Porque tal concordia sería una señal cierta de que habríamos perdido la doctrina verdadera.

En resumen, mientras la iglesia enseñe el evangelio, tiene que sufrir persecución. Porque el evangelio presenta la misericordia y la gloria de Dios. Descubre la malicia y las astucias del diablo. Lo pinta con sus verdaderos colores y le arranca la máscara falsa de la majestad de Dios, con la cual engaña a todo el mundo. Es decir, muestra que todos los cultos, órdenes religiosas inventadas por los hombres, y tradiciones acerca del celibato, de alimentos y otras cosas semejantes, por las cuales los hombres piensan merecer el perdón de los pecados y la vida eterna, son cosas impías y doctrina diabólica.

No hay nada, entonces, que irrite más al diablo que la predicación del evangelio. Porque eso le arranca la máscara fingida de Dios y lo pone al descubierto tal como realmente es, es decir, diablo y no Dios. Por eso, no puede ser de otro modo: mientras florezca el evangelio, necesariamente han de seguirle la cruz y su tropiezo; de otra manera, el diablo no está siendo herido de verdad, sino apenas cosquilleado. Pero si realmente es herido como debe, no se queda quieto, sino que comienza a rabiar horriblemente y a levantar disturbios por todas partes.

Si entonces los cristianos quieren retener la palabra de vida, no teman ni se escandalicen cuando vean que el diablo anda suelto y rabia por todas partes; que todo el mundo está alborotado; que los tiranos ejercen su crueldad y que brotan herejías. Antes bien, tengan por cierto que estas son señales, no de terror, sino de gozo, como Cristo mismo las interpreta cuando dice: «Gozaos y alegraos», etc.

Lejos esté, pues, que se quite el tropiezo de la cruz. Lo cual sucedería si predicáramos lo que el príncipe de este mundo y sus miembros oirían con gusto, es decir, la justicia de las obras. Entonces tendríamos un diablo manso, un mundo favorable, un papa benévolo y príncipes misericordiosos. Pero porque presentamos los beneficios y la gloria de Cristo, nos persiguen y nos despojan tanto de nuestros bienes como de la vida.

Gálatas 5:12

¡Ojalá se mutilasen los que os perturban!

¿Es esta la parte de un apóstol, no solo denunciar a los falsos apóstoles como perturbadores de la iglesia, condenarlos y entregarlos a Satanás, sino también desear que sean totalmente arrancados y perezcan? ¿Y qué es esto, sino una abierta maldición? Pablo, según pienso, alude aquí a la circuncisión. Como si dijera: Ellos los obligan a cortar el prepucio de su carne; pero yo quisiera que ellos mismos fueran del todo cortados de raíz.

Aquí surge una cuestión: ¿es lícito a los cristianos maldecir? ¿Por qué no? Sin embargo, no siempre, ni por cualquier causa; sino cuando el asunto ha llegado a tal punto que la palabra de Dios ha de ser blasfemada, y su doctrina despreciada, y por consiguiente Dios mismo. Entonces debemos volver esta sentencia y decir: Bendito sea Dios y su palabra; y todo lo que está fuera de Dios y de su palabra, sea maldito; sí, aunque sea un apóstol o un ángel del cielo. Así dijo antes en el cap. 1: «Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema.» (Gá 1:8, 9.)

Por esto puede verse cuán grande asunto hacía Pablo de un poco de levadura, ya que por ello se atrevió a maldecir a los falsos apóstoles, que en apariencia externa eran hombres de gran autoridad y santidad. No tengamos nosotros, por tanto, en poco la levadura de la doctrina; porque, aunque sea muy pequeña, si se descuida, llegará a ser causa de que, poco a poco, se pierdan la verdad y nuestra salvación, y Dios mismo sea negado. Porque cuando la palabra es corrompida, y Dios es negado y blasfemado —lo cual necesariamente sigue si la palabra es corrompida—, no queda esperanza de salvación. Pero en cuanto a nosotros, si somos maldecidos, oprimidos y muertos, todavía hay uno que puede resucitarnos otra vez, y librarnos de la maldición, de la muerte y del infierno.

Por tanto, aprendamos a ensalzar y exaltar la majestad y la autoridad de la palabra de Dios. Porque no es una pequeñez, como imaginan hoy cabezas trastornadas; sino que cada tilde de ella es mayor que el cielo y la tierra. Por eso, en este respecto, no atendemos a la caridad cristiana ni a la concordia, sino que nos sentamos, por decirlo así, en el tribunal; esto es, maldecimos y condenamos a todos los hombres que, en el menor punto, desfiguran o corrompen la majestad de la palabra de Dios; «porque un poco de levadura leuda toda la masa.» Pero, si nos dejan la palabra de Dios entera y sana, no solo estamos dispuestos a guardar caridad y paz con ellos, sino también nos ofrecemos a ser sus siervos, y a hacer por ellos todo lo que podamos; si no, perezcan y sean arrojados al infierno; y no solo ellos, sino aun el mundo entero también, con tal que Dios y su palabra pura permanezcan. Porque mientras él permanezca, también permanecerán la vida, la salvación y los fieles.

Pablo, por tanto, hace bien en maldecir a esos perturbadores de los gálatas, y en pronunciar sentencia contra ellos; a saber, que son malditos con todo lo que enseñan y hacen, y en desear que sean cortados, especialmente que sean desarraigados de la iglesia de Dios; es decir, que Dios no gobierne ni prospere su doctrina ni sus obras. Y esta maldición procede del Espíritu Santo. Así también Pedro, en Hch 8, maldice a Simón el mago: «Tu dinero perezca contigo.» Y la Santa Escritura usa muchas veces maldiciones contra tales perturbadores de las conciencias de los hombres, y principalmente en los Salmos, como: «Venga sobre ellos quebranto; Desciendan vivos al Seol.» (Sal 55:15.) También: «Sean trasladados los pecadores al Seol, todas las gentes que se olvidan de Dios.»

Hasta aquí Pablo ha fortalecido la doctrina de la justificación con argumentos fuertes y poderosos. Además, para no omitir nada, aquí y allá ha mezclado reprensiones, alabanzas, exhortaciones, amenazas y cosas semejantes. Al final añade también su propio ejemplo, a saber, que él sufre persecución por esta doctrina, advirtiendo así a todos los fieles que no se ofendan ni se desanimen cuando vean levantarse tales alborotos, sectas y tropiezos en el tiempo del evangelio, sino que más bien se regocijen y se alegren. Porque cuanto más se enfurece el mundo contra el evangelio, tanto más prospera el evangelio y avanza felizmente.

Este consuelo debe animarnos hoy; porque es cierto que el mundo nos odia y persigue por ninguna otra causa sino porque profesamos la verdad del evangelio. No nos acusa de robo, asesinato, fornicación y cosas semejantes; sino que nos detesta y aborrece porque enseñamos a Cristo fiel y puramente, y no cesamos de defender la verdad. Por tanto, podemos estar enteramente seguros de que esta doctrina nuestra es santa y de Dios, porque el mundo la odia tan amargamente; pues de otra manera no hay doctrina tan impía, tan necia y perniciosa, que el mundo no admita, abrace y defienda gustosamente; y además recibe reverentemente, favorece y halaga a sus profesores, y hace por ellos todo lo que puede hacerse. Solo la verdadera doctrina del evangelio, de la vida y de la salvación, y a sus ministros, los aborrece del todo, y despliega contra ellos toda la malicia que pueda imaginarse. Es, por tanto, una señal evidente de que el mundo está tan cruelmente en contra nuestra por ninguna otra cosa sino porque aborrece la palabra. Por eso, cuando nuestros adversarios nos echan en cara que de esta doctrina no surgen sino guerras, sediciones, escándalos, sectas y otras infinitas enormidades semejantes, respondamos: Bendito sea el día en que podemos ver estas cosas. Pero todo el mundo está alborotado. Y muy bien; porque si el mundo no estuviera tan turbado, si el diablo no se enfureciera ni levantara tales disturbios, no tendríamos la doctrina pura del evangelio, la cual no puede ser predicada sin que necesariamente sigan estos alborotos y tumultos. Por tanto, lo que ustedes consideran un gran mal, nosotros lo tenemos por una felicidad singular;

La doctrina de las buenas obras

Ahora siguen exhortaciones y preceptos acerca de la vida y de las buenas obras. Porque es costumbre de los apóstoles, después de haber enseñado la fe e instruido las conciencias de los hombres, añadir preceptos de buenas obras, mediante los cuales exhortan a los fieles a ejercer los deberes de la caridad unos con otros. Y aun la razón misma, en cierta manera, enseña y entiende esta parte de la doctrina; pero en cuanto a la doctrina de la fe, nada sabe en absoluto. Por tanto, para que se vea que la doctrina cristiana no destruye las buenas obras ni lucha contra las ordenanzas civiles, el apóstol también nos exhorta a ejercitarnos en buenas obras y en una conducta externa honesta, y a conservar la caridad y la concordia unos con otros. El mundo, pues, no puede acusar justamente a los cristianos de destruir las buenas obras, ni de ser perturbadores de la paz pública, de la honestidad civil, etc. Porque ellos enseñan las buenas obras y todas las demás virtudes mejor que todos los filósofos y magistrados del mundo, porque unen la fe a sus obras.

Gálatas 5:13

Porque vosotros, hermanos, a libertad fuisteis llamados; solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros.

Como si dijera: Ahora han obtenido libertad por medio de Cristo; es decir, están muy por encima de todas las leyes en lo que toca a la conciencia y delante de Dios. Son benditos y salvos. Cristo es su vida. Por tanto, aunque la ley, el pecado y la muerte los turben y los aterren, no pueden dañarlos ni llevarlos a la desesperación. Y esta es su excelente e inestimable libertad. Ahora les corresponde tener mucho cuidado de no usar esa libertad como ocasión para la carne.

Este mal es común, y el más pernicioso de todos los que Satanás levanta contra la doctrina de la fe. Convierte en muchísimos esta libertad, con la cual Cristo nos ha hecho libres, en libertad de la carne. De esto también se queja el apóstol Judas en su epístola: «Porque algunos hombres han entrado encubiertamente», dice él, «los que convierten en libertinaje la gracia de nuestro Dios» (Jud 4). Porque la carne ignora por completo la doctrina de la gracia; es decir, no sabe que somos hechos justos, no por obras, sino solamente por la fe, y que la ley no tiene autoridad sobre nosotros. Por eso, cuando oye la doctrina de la fe, abusa de ella y la convierte en desenfreno, y enseguida concluye así: Si estamos sin ley, entonces vivamos como queramos; no hagamos ningún bien; no demos nada al necesitado; no suframos ningún mal, porque no hay ley que nos obligue ni nos ate a hacerlo.

Por eso hay peligro por ambos lados, aunque el uno es más tolerable que el otro. Si no se predica la gracia o la fe, nadie puede ser salvo; porque solo la fe justifica y salva. Por otra parte, si se predica la fe, como necesariamente debe hacerse, la mayor parte de los hombres entiende carnalmente la doctrina de la fe, y convierte la libertad del Espíritu en libertad de la carne. Esto puede verse en toda clase de estado de vida, tanto entre los altos como entre los bajos. Todos se jactan de ser profesantes del evangelio, y todos alardean de libertad cristiana; y, sin embargo, sirviendo a sus propias concupiscencias, se entregan a la avaricia, a los placeres, al orgullo, a la envidia y a otros vicios semejantes. Nadie cumple fielmente su deber; nadie sirve con amor a la necesidad de su hermano. El dolor que esto me causa me hace a veces tan impaciente, que muchas veces deseo que esos cerdos, que pisotean perlas preciosas, aún permanecieran bajo la tiranía del Papa; porque es imposible que este pueblo de Gomorra sea gobernado por el evangelio de paz.

Además, aun nosotros, que enseñamos la palabra, no conocemos nuestro deber con tanto celo y diligencia a la luz del evangelio como antes en las tinieblas de la ignorancia. Porque cuanto más seguros estamos de la libertad adquirida para nosotros por Cristo, tanto más fríos y negligentes somos en el manejo de la palabra, en la oración, en hacer el bien y en soportar las adversidades. Y si Satanás no nos afligiera interiormente con tentación espiritual, y exteriormente con las persecuciones de nuestros adversarios, y además con el desprecio y la ingratitud de nuestros propios compañeros, llegaríamos a ser del todo descuidados, negligentes y reacios a toda buena obra. Y así, con el tiempo, perderíamos el conocimiento y la fe de Cristo, abandonaríamos el ministerio de la palabra y buscaríamos un género de vida más fácil para la carne. Esto es lo que muchos de los nuestros comienzan a hacer, porque, trabajando en el ministerio de la palabra, no solo no pueden vivir de su labor, sino que además son tratados miserablemente aun por aquellos a quienes libraron de la servil esclavitud del Papa por la predicación del evangelio. Estos hombres, abandonando a Cristo pobre y ofensivo, se enredan en los negocios de esta vida, sirviendo a sus propios vientres y no a Cristo; pero con qué fruto, eso lo descubrirán por experiencia en el tiempo venidero.

Puesto que sabemos, entonces, que el diablo acecha sobre todo a nosotros que odiamos al mundo, porque a los demás los tiene cautivos y esclavos a su gusto, y trabaja con todas sus fuerzas para quitarnos la libertad del Espíritu, o al menos para convertirla en libertad de la carne, enseñamos y exhortamos a nuestros hermanos con singular cuidado y diligencia, según el ejemplo de Pablo, a que no piensen que esta libertad del Espíritu, comprada por la muerte de Cristo, les fue dada para que la hicieran ocasión de libertad carnal, o para que, como dice Pedro, la usaran «como los que tienen la libertad como pretexto para hacer lo malo» (1 P 2:16), sino para que se sirvan unos a otros por amor.

Por tanto, para que no se abuse de esta libertad de Cristo, como he dicho, el apóstol pone un yugo y esclavitud sobre su carne por la ley del amor mutuo. Por eso, recuerden los piadosos que, en conciencia delante de Dios, son libres de la maldición de la ley, del pecado y de la muerte, por causa de Cristo; pero en cuanto al cuerpo, son siervos, y deben servirse unos a otros por la caridad, conforme a este mandamiento de Pablo. Así pues, esfuércese cada uno por cumplir diligentemente su deber en su vocación y por ayudar a su prójimo hasta donde alcance su poder. Esto es lo que Pablo aquí requiere de nosotros: «Servíos por amor los unos a los otros». Estas obras no ponen a los cristianos en libertad, sino que los sujetan a esclavitud en cuanto a la carne.

Además, esta doctrina acerca del amor mutuo, que debemos mantener y practicar unos con otros, no puede ser metida a golpes en la cabeza de los hombres carnales, ni penetrar en sus corazones. Los cristianos reciben y obedecen de buena gana esta doctrina. Los otros, tan pronto como se predica la libertad, enseguida sacan esta conclusión: Si soy libre, entonces puedo hacer lo que quiera; esto es mío, ¿por qué no habría de venderlo por cuanto pueda sacar? Además, si no obtenemos la salvación por nuestras buenas obras, ¿por qué habríamos de dar algo a los pobres? Así se quitan muy descuidadamente el yugo y la esclavitud de la carne, y convierten la libertad del Espíritu en desenfreno y libertad carnal. Pero a tales despreciadores descuidados les diremos, aunque no nos crean y se burlen de nosotros, que si usan sus cuerpos y sus bienes conforme a su propia concupiscencia —como en verdad lo hacen, pues ni ayudan a los pobres ni prestan a los necesitados, sino que engañan a sus hermanos en los tratos, arrebatando y reuniendo para sí por las buenas o por las malas todo lo que pueden conseguir—, les decimos, digo, que no son libres, por mucho que se gloríen de su libertad, sino que han perdido a Cristo y la libertad cristiana, se han hecho esclavos del diablo, y son siete veces peores bajo el nombre de libertad cristiana de lo que eran antes bajo la tiranía del Papa. Porque el diablo que había sido echado de ellos ha tomado consigo otros siete espíritus peores que él, y ha vuelto a entrar en ellos; por tanto, el fin de estos hombres es peor que el principio.

En cuanto a nosotros, tenemos mandamiento de Dios de predicar el evangelio, el cual ofrece a todos los hombres libertad de la ley, del pecado, de la muerte y de la ira de Dios, gratuitamente por causa de Cristo, si creen. No está en nuestro poder ocultar ni revocar esta libertad ahora publicada por el evangelio; porque Cristo nos la ha dado gratuitamente y la compró por su muerte. Tampoco podemos obligar a esos cerdos que se lanzan de cabeza a toda licencia y disolución de la carne a ayudar a otros hombres con sus cuerpos o sus bienes. Por eso hacemos lo que podemos, es decir, los amonestamos diligentemente de que deben hacerlo así. Si no logramos nada con estas amonestaciones, encomendamos el asunto a Dios, y él recompensará a estos burladores con justo castigo a su debido tiempo. Mientras tanto, este es nuestro consuelo: que, en cuanto a los piadosos, nuestro trabajo no es en vano, de los cuales muchos, sin duda, por nuestro ministerio son librados de la esclavitud del diablo y trasladados a la libertad del Espíritu. Estos, aunque son pocos, que reconocen la gloria de esta libertad del Espíritu, y por otra parte están prontos por amor a servir a otros hombres, y saben que en cuanto a la carne son deudores a sus hermanos, nos alegran más de lo que la innumerable multitud de los que abusan de esta libertad puede desanimarnos.

Pablo usa aquí palabras muy aptas y claras, cuando dice: «Hermanos, a libertad fuisteis llamados». Y para que nadie sueñe que habla de la libertad de la carne, él mismo explica qué clase de libertad quiere decir, al añadir: «solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros». Por tanto, sepa todo cristiano que, en cuanto a la conciencia, Cristo lo ha hecho señor sobre la ley, el pecado y la muerte, de modo que estos no tienen poder sobre él. Por el contrario, sepa que esta servidumbre exterior le es impuesta, para que sirva a su prójimo por amor. Los que entienden de otra manera la libertad cristiana disfrutan de los beneficios del evangelio para su propia destrucción, y son peores idólatras bajo el nombre de Cristo de lo que eran antes bajo el Papa. Ahora Pablo pasa a declarar, a partir de los diez mandamientos, qué es servirse unos a otros por amor.

Gálatas 5:14

Porque toda la ley en esta sola palabra se cumple: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».

Pablo, después de haber puesto una vez el fundamento de la doctrina cristiana, suele edificar sobre él oro, plata y piedras preciosas. Ahora bien, no hay otro fundamento, como él mismo dice a los corintios, que Jesucristo, o la justicia de Cristo. (1 Co 3:11.) Sobre este fundamento edifica ahora buenas obras, sí, verdaderamente buenas obras. Todas ellas las comprende en un solo mandamiento: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Como si dijera: Cuando digo que deben servirse unos a otros por amor, quiero decir lo mismo que la ley dice en otro lugar: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». (Lv 19:18.) Y esto es interpretar verdaderamente la Escritura y los mandamientos de Dios.

Ahora bien, al dar preceptos acerca del amor, toca también de paso y encubiertamente a los falsos maestros. Contra ellos se enfrenta con gran fuerza, para defender y establecer su doctrina de las buenas obras contra ellos. Como si dijera: Oh gálatas, hasta aquí les he enseñado la vida verdadera y espiritual, y ahora también les enseñaré cuáles son en verdad las buenas obras. Y esto lo haré para que sepan que las obras vanas y necias de las ceremonias, que los falsos apóstoles son los únicos que insisten en imponer, son muy inferiores a las obras de caridad. Porque tal es la necedad y locura de todos los maestros impíos y espíritus fantásticos, que no solo abandonan el verdadero fundamento y la doctrina pura, sino que además, permaneciendo siempre en sus supersticiones, nunca llegan a las buenas obras. Por eso, como dice Pablo (1 Co 3:12-13), no edifican sino madera, heno y hojarasca sobre el fundamento. Así, los falsos apóstoles, que eran los más celosos defensores de las obras, no enseñaban ni exigían las obras de caridad; por ejemplo, que los cristianos se amaran unos a otros; que estuvieran dispuestos a ayudar a sus prójimos en toda necesidad, no solo con sus bienes, sino también con su cuerpo; es decir, con la lengua, la mano, el corazón y con todas sus fuerzas. Solo exigían que se guardara la circuncisión, que se observaran días, meses, tiempos y años (Gá 4:10); y no podían enseñar ninguna otra buena obra. Porque después de haber destruido el fundamento, que es Cristo, y oscurecido la doctrina de la fe, era imposible que quedara algún verdadero uso, ejercicio u opinión de las buenas obras. Quita el árbol, y necesariamente perecerá el fruto.

Por tanto, el Apóstol exhorta diligentemente a los cristianos a ejercitarse en buenas obras, después de que han oído y recibido la pura doctrina de la fe. Porque aun en los que han sido justificados permanecen todavía restos del pecado, los cuales, así como son contrarios a la fe y la estorban, así también nos impiden hacer buenas obras. Además, la razón del hombre y la carne, que aun en los santos resiste al Espíritu, y en los impíos reina poderosamente, se deleita por naturaleza en la superstición farisaica; es decir, se complace más en medir a Dios según su propia imaginación que según su palabra, y hace con mucho mayor celo las obras que ella misma ha escogido que aquellas que Dios ha mandado. Por eso es necesario que los predicadores piadosos enseñen e insistan con tanta diligencia en la doctrina de las buenas obras como en la doctrina de la fe, porque Satanás es enemigo mortal de ambas. Sin embargo, primero debe ser plantada la fe; porque sin fe es imposible entender qué es una buena obra o qué agrada a Dios.

Por tanto, nadie piense que conoce perfectamente este mandamiento: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». En verdad, en cuanto a las palabras es muy breve y fácil; pero muéstrenme a los maestros y a los oyentes que al enseñar, aprender y vivir, lo practiquen y lo cumplan correctamente. Por eso estas palabras: «Servíos por amor los unos a los otros», y también estas: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo», están llenas de espíritu, y ninguno de los fieles las considera, urge y practica suficientemente. Y, lo que es admirable, los fieles tienen esta tentación: si omiten la cosa más pequeña que debían hacer, inmediatamente su conciencia queda herida; pero no se inquietan tanto si descuidan los deberes de la caridad, como hacen diariamente, o si no guardan un amor y afecto sincero y fraternal hacia sus prójimos; porque no estiman tanto el mandamiento de la caridad como sus propias supersticiones, de las cuales no están del todo libres durante esta vida.

Pablo, pues, reprende a los gálatas con estas palabras: «Porque toda la ley en esta sola palabra se cumple». Como si dijera: Ustedes están ahogados en sus supersticiones y ceremonias acerca de lugares y tiempos, que no aprovechan ni a ustedes ni a otros; y entretanto descuidan la caridad, que era lo único que debían guardar. ¡Qué locura es esta! Así dice Jerónimo: gastamos y consumimos nuestros cuerpos con vigilias, ayunos y trabajos; pero descuidamos la caridad, que es la única señora y dueña de las obras. Y esto puede verse bien en los monjes, que observan estrictamente las tradiciones acerca de sus ceremonias, ayunos, vigilias, vestidos y cosas semejantes. En este punto, si omiten algo, por pequeño que sea, pecan mortalmente. Pero cuando no solo descuidan la caridad, sino que además se odian unos a otros hasta la muerte, no pecan ni ofenden a Dios en absoluto. Por tanto, mediante este mandamiento Pablo no solo enseña las buenas obras, sino que también condena las obras fantásticas y supersticiosas. No solo edifica oro, plata y piedras preciosas sobre el fundamento, sino que también derriba la madera y quema el heno y la hojarasca. Dios da testimonio por medio de ejemplos en el Antiguo Testamento de cuánto estimó siempre la caridad, a la cual quiso que cedieran aun la misma ley y sus ceremonias. Cuando David y los que estaban con él tuvieron hambre y no tenían qué comer, comieron los panes sagrados de la proposición, que según la ley la gente común no podía comer, sino solamente los sacerdotes. (1 S 21:6.) Los discípulos de Cristo quebrantaron el día de reposo al arrancar espigas; y aun Cristo mismo quebrantó el día de reposo, según decían los judíos, al sanar a los enfermos en ese día. (Mt 12:3, 10.) Todas estas cosas muestran que la caridad o el amor debe preferirse por encima de todas las leyes y ceremonias, y que Dios no requiere nada tanto de nuestras manos como amor hacia nuestro prójimo. Lo mismo testifica también Cristo, cuando dice: «Y el segundo es semejante». (Mt 22:39.)

Porque toda la ley en esta sola palabra se cumple.

Como si dijera: ¿Por qué se cargan con la ley? ¿Por qué se afanan y se atormentan tanto acerca de las ceremonias de la ley, de comidas, días, lugares y otras cosas semejantes; de cómo deben comer, beber, guardar sus fiestas, sacrificar, etc.? Dejen estas locuras, y escuchen lo que digo: Toda la ley se resume plenamente en este solo dicho: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Dios no se deleita en la observancia de las ceremonias de la ley, ni tiene necesidad de ellas. La única cosa que les demanda es esta: que crean en Cristo, a quien él ha enviado; en quien ustedes son hechos perfectos, y tienen todas las cosas. Pero si a la fe, que es el servicio más aceptable a Dios, también quieren añadir leyes, entonces tengan por cierto que todas las leyes están comprendidas en este breve mandamiento: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Esfuércense por guardar este mandamiento, el cual, siendo guardado, hace que hayan cumplido todas las leyes.

Pablo es un muy buen expositor de los mandamientos de Dios; porque reduce a Moisés entero a una breve suma, mostrando que en todas sus leyes, que son casi infinitas, no se contiene otra cosa sino esta corta sentencia: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». La razón natural se ofende de esta bajeza y brevedad de palabras; porque pronto se dice: «Cree en Cristo»; y también: «Ama a tu prójimo como a ti mismo». Por eso desprecia tanto la doctrina de la fe como las verdaderas buenas obras. Sin embargo, esta humilde y vil palabra de fe, según la tiene la razón, «Cree en Cristo», es poder de Dios para los fieles, por la cual vencen el pecado, la muerte, el diablo, etc.; por la cual también alcanzan la salvación y la vida eterna. Así, servirse unos a otros por amor, es decir, instruir al que anda extraviado, consolar al afligido, levantar al débil, ayudar al prójimo por todos los medios posibles, soportar sus debilidades, sufrir problemas, trabajos, ingratitud y desprecio en la iglesia; y en la vida civil y trato cotidiano obedecer al magistrado, dar la debida honra a tus padres, ser paciente en casa con una esposa difícil y una familia desordenada, etc.: estas, digo, son obras que la razón juzga sin valor. Pero en verdad son tales obras, que todo el mundo no es capaz de comprender su excelencia y dignidad, porque no mide las obras ni ninguna otra cosa por la palabra de Dios, sino por el juicio de la razón impía, ciega y necia. Más aún, no conoce el valor de una sola de las más pequeñas buenas obras que puedan existir, las cuales son verdaderamente buenas obras.

Por tanto, cuando los hombres sueñan que conocen bastante bien el mandamiento de la caridad, están completamente engañados. Es verdad que lo tienen escrito en su corazón; porque naturalmente juzgan que un hombre debe hacer a otro como quisiera que otro hiciera con él. Pero no se sigue por eso que lo entiendan; porque si lo entendieran, también lo practicarían de verdad, y preferirían el amor y la caridad por encima de todas sus obras. No estimarían tanto sus propios juguetes supersticiosos, como andar con semblante triste, agachando la cabeza, vivir sin casarse, vivir con pan y agua, habitar en el desierto, vestir pobremente, etc. Estas obras monstruosas y supersticiosas, que ellos mismos han inventado y escogido para sí, sin que Dios las mande ni las apruebe, las consideran tan santas y tan excelentes, que sobrepasan y oscurecen a la caridad, la cual es, por así decirlo, el sol de todas las buenas obras. Tan grande e incomprensible es la ceguera de la razón del hombre, que es incapaz no solo de juzgar rectamente la doctrina de la fe, sino también la conducta exterior y las obras. Por eso debemos combatir con fuerza, tanto contra las opiniones de nuestro propio corazón, al cual estamos naturalmente más inclinados en el asunto de la salvación que a la palabra de Dios, como también contra el falso disfraz y santa apariencia de nuestras propias obras voluntarias; para que así aprendamos a engrandecer las obras que cada uno hace en su vocación, aunque exteriormente parezcan muy bajas y despreciables, si tienen la garantía de la palabra de Dios; y, por el contrario, a despreciar aquellas obras que la razón escoge sin el mandamiento de Dios, aunque parezcan muy excelentes y santas.

De este mandamiento ya he tratado ampliamente en otro lugar, y por eso ahora solo lo recorreré brevemente. Ciertamente, esto está dicho en pocas palabras: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo»; pero está dicho de manera muy apropiada y al punto. Ningún hombre puede dar un ejemplo más seguro, mejor y más cercano que el de sí mismo. Por tanto, si quisieras saber cómo debe ser amado tu prójimo, y quisieras tener de ello un ejemplo claro, considera bien cómo te amas a ti mismo. Si estuvieras en necesidad o en peligro, te alegrarías de tener el amor y la amistad de todos los hombres, y de ser ayudado con el consejo, los bienes y las fuerzas de todos los hombres y de todas las criaturas. Por lo tanto, no necesitas ningún libro que te instruya y te amoneste acerca de cómo debes amar a tu prójimo; porque tienes en tu corazón un excelente libro de todas las leyes. No necesitas maestro en este asunto: pide consejo solamente a tu propio corazón, y este te enseñará suficientemente que debes amar a tu prójimo como a ti mismo. Además, el amor o la caridad es una virtud excelente, que no solo hace al hombre dispuesto y pronto para servir a su prójimo con la lengua, con la mano, con dinero y con bienes terrenales, sino también con su cuerpo, y aun con su propia vida. Y para obrar así, no lo mueve el buen merecimiento ni ninguna otra cosa; ni tampoco es impedido por el mal merecimiento o la ingratitud. La madre, por eso mismo, alimenta y cuida a su hijo, porque lo ama.

Ahora bien, mi prójimo es todo hombre, especialmente el que tiene necesidad de mi ayuda, como Cristo lo explica en el capítulo 10 de Lucas. Y aunque me haya hecho alguna injusticia, o me haya dañado de cualquier manera, sin embargo no por eso se ha despojado de la naturaleza humana, ni ha dejado de ser carne y sangre, y criatura de Dios muy semejante a mí; en una palabra, no deja de ser mi prójimo. Así pues, mientras la naturaleza humana permanezca en él, también permanece el mandamiento del amor, el cual demanda de mí que no desprecie mi propia carne, ni pague mal por mal; sino que venza el mal con el bien; de otro modo, el amor nunca será como Pablo lo describe. (1 Co 12.)

Pablo, por tanto, recomienda la caridad a los gálatas y a todos los fieles, como el verdadero y único amor, y los exhorta a que por medio de la caridad se sirvan unos a otros. Como si dijera: No necesitan cargarse con la circuncisión y con las ceremonias de la ley de Moisés; sino que, ante todo, permanezcan en la doctrina de la fe que han recibido de mí. Después, si quieren hacer buenas obras, yo les mostraré en una sola palabra las obras principales y más grandes, y cómo cumplirán todas las leyes: “Servíos por amor los unos a los otros”. No les faltarán personas a quienes puedan hacer bien, porque el mundo está lleno de quienes necesitan la ayuda de otros. Esta es una doctrina perfecta y sana de la fe y del amor; y también la teología más breve y más extensa: la más breve en cuanto a las palabras y sentencias; pero en cuanto al uso y la práctica, es más amplia, más larga, más profunda y más alta que el mundo.

Gálatas 5:15

Pero si ustedes se muerden y se comen unos a otros, miren que también no se consuman unos a otros.

Por estas palabras Pablo da testimonio de que, si el fundamento, es decir, si la fe en Cristo es derribada por maestros impíos, no puede permanecer en la iglesia ni paz ni concordia, ni en la doctrina ni en la vida. Al contrario, necesariamente surgen de tiempo en tiempo diversas opiniones y disensiones, tanto en la doctrina como en la vida. De ahí resulta que uno muerde y devora a otro; es decir, uno juzga y condena a otro, hasta que al fin quedan consumidos. De esto dan testimonio no solo la Escritura, sino también los ejemplos de todos los tiempos. Después que África fue pervertida por los maniqueos, en seguida vinieron los donatistas, quienes también, discrepando entre sí, se dividieron en tres sectas distintas. ¿Y cuántas sectas vemos hoy brotar una tras otra? Una secta produce otra, y una condena a otra. Así, cuando la unidad del Espíritu es quebrantada, es imposible que haya concordia ni en doctrina ni en vida, sino que cada día necesariamente han de brotar nuevos errores, sin medida y sin fin.

Por tanto, Pablo enseña que deben evitarse tales ocasiones de discordia, y muestra cómo pueden evitarse. Este, dice él, es el camino a la unidad y a la concordia: que cada uno cumpla con su deber en aquella clase de vida a la que Dios lo ha llamado; que no se ensalce sobre los demás, ni critique las obras de otros para alabar las suyas propias, sino que cada uno sirva al otro por amor. Esta es una doctrina verdadera y sencilla acerca de las buenas obras. Esto no lo enseñan aquellos que han naufragado en la fe y han concebido opiniones fantásticas acerca de la fe y de las buenas obras. Antes bien, discrepando entre sí acerca de la doctrina de la fe y de las obras, se muerden y se devoran; es decir, se acusan y se condenan unos a otros, como Pablo dice aquí de los gálatas: «Pero si os mordéis y os coméis unos a otros, mirad que también no os consumáis unos a otros.» Como si dijera: No se acusen ni se condenen unos a otros por la circuncisión, por la observancia de días santos u otras ceremonias; más bien dedíquense a servirse y ayudarse unos a otros por caridad. De otro modo, si siguen mordiéndose y devorándose unos a otros, miren que no sean consumidos; es decir, que no perezcan por completo, aun corporalmente, como suele suceder, especialmente a los autores de sectas, como ocurrió con Arrio y otros, y también con algunos en nuestro tiempo. Porque el que puso su fundamento sobre la arena, y edifica heno, hojarasca y cosas semejantes, necesariamente caerá y será consumido; porque todas esas cosas están destinadas para el fuego. No hablaré de que, después de tales mordidas y devoramientos, suele seguir la ruina y destrucción, no de ciudades solamente, sino de países enteros y reinos. Ahora el Apóstol muestra qué es servirse unos a otros por amor.

Es cosa difícil y peligrosa enseñar que somos hechos justos por la fe sin obras, y sin embargo exigir también obras. Aquí, si los ministros de Cristo no son fieles y sabios administradores de los misterios de Dios, que dividen rectamente la palabra de verdad, la fe y las obras se confunden en seguida. Ambas doctrinas, tanto la de la fe como la de las obras, deben enseñarse e insistirse diligentemente; y, sin embargo, de tal manera que ambas permanezcan dentro de sus límites. De otra manera, si solo enseñan obras, como hacen en el reino del Papa, entonces la fe se pierde. Y si solo se enseña la fe, entonces los hombres carnales inmediatamente sueñan que las obras no son necesarias.

El Apóstol comenzó un poco antes a exhortar a los hombres a hacer buenas obras, y a enseñar que toda la ley se cumplía en una palabra, a saber: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo.» Aquí alguno dirá: Pablo, a lo largo de toda esta epístola, quita la justicia de la ley; porque dice: «sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley» (Gá 2:16). También: «Porque todos los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición» (Gá 3:10). Pero ahora, cuando dice que toda la ley se cumple en una palabra, parece haber olvidado la materia de la que ha tratado en toda esta epístola, y ser de opinión totalmente contraria; a saber, que los que hacen obras de caridad cumplen la ley y son justos. A esta objeción responde de esta manera:

v. 16. Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne.

Como si hubiera dicho: No he olvidado mi anterior discurso acerca de la fe, ni ahora lo revoco al exhortarlos al amor mutuo, diciendo «que toda la ley se cumple por el amor»; sino que sigo siendo del mismo parecer y opinión que antes. Para que, pues, me entiendan correctamente, añado esto además: «Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne.»

Refutación del argumento de los escolásticos: El amor es el cumplimiento de la ley; por tanto, la ley justifica.

Aunque Pablo habla aquí de manera expresa y bastante clara, ha aprovechado poco; porque los escolásticos, no entendiendo este pasaje de Pablo, «El amor es el cumplimiento de la ley», han sacado de él esta conclusión: si el amor es el cumplimiento de la ley, entonces el amor es justicia; por tanto, si amamos, somos justos. Estos profundos doctores argumentan de la palabra a la obra, de la doctrina o de los preceptos a la vida, de esta manera: La ley ha mandado el amor; por tanto, la obra de amor sigue inmediatamente. Pero esta es una consecuencia insensata: sacar un argumento de los preceptos y fundar la conclusión sobre las obras.

Es verdad que debemos cumplir la ley y ser justificados por su cumplimiento; pero el pecado nos lo impide. En efecto, la ley prescribe y manda que amemos a Dios con todo nuestro corazón, etc., y que amemos a nuestro prójimo como a nosotros mismos; pero no se sigue de ahí. No vale decir: Esto está escrito; por tanto, está hecho. La ley manda amor; por tanto, amamos. No se encuentra un solo hombre sobre toda la tierra que ame a Dios y a su prójimo como la ley lo requiere. Pero en la vida venidera, cuando seamos completamente limpiados de todos los vicios y pecados, y seamos hechos tan puros y resplandecientes como el sol, entonces amaremos perfectamente, y seremos justos por un amor perfecto. Pero en esta vida esa pureza es estorbada por la carne; porque mientras vivimos, el pecado permanece en la carne. Por causa de esto, el amor corrupto de nosotros mismos es tan fuerte, que supera con mucho al amor de Dios y del prójimo.

Sin embargo, entretanto, para que también en esta vida seamos justos, tenemos a Cristo como propiciatorio y trono de gracia; y porque creemos en él, el pecado no nos es imputado. La fe, por tanto, es nuestra justicia en esta vida. Pero en la vida venidera, cuando seamos completamente limpios y librados de todos los pecados y de la concupiscencia, ya no tendremos más necesidad de fe y esperanza, sino que entonces amaremos perfectamente.

Es, pues, un gran error atribuir la justificación o justicia al amor, que no es nada; o, si es algo, no es tan grande como para apaciguar a Dios. Porque el amor, aun en los fieles, como he dicho, es imperfecto e impuro. Pero ninguna cosa inmunda entrará en el reino de Dios (Ap 21:27). No obstante, entre tanto, esta confianza nos sostiene: que Cristo, el único que no cometió pecado, y en cuya boca nunca fue hallado engaño, nos cubre con su justicia (Is 53:9; 1 P 2:22). Estando nosotros cubiertos con esta nube, y resguardados bajo esta sombra, este cielo de remisión de pecados y trono de gracia, comenzamos a amar y a cumplir la ley. Sin embargo, por este cumplimiento no somos justificados ni aceptados por Dios mientras vivimos aquí. Pero cuando Cristo haya entregado el reino a Dios el Padre, y haya abolido todo principado, y Dios sea todo en todos, entonces cesarán la fe y la esperanza, y el amor será perfecto y eterno (1 Co 13). Esto no lo entienden los escolásticos papistas, y por eso, cuando oyen que el amor es la suma de toda la ley, al instante concluyen: luego la ley justifica. O al contrario, cuando leen en Pablo que la fe hace justo al hombre, dicen: sí, la fe formada y adornada con caridad. Pero ese no es el sentido de Pablo, como ya he declarado largamente antes.

Si estuviéramos limpios de todo pecado, e inflamados de amor perfecto tanto hacia Dios como hacia nuestro prójimo, entonces ciertamente seríamos justos y santos por el amor, y Dios no podría exigirnos más. Pero esto no se hace en esta vida presente; se difiere hasta la vida venidera. Es cierto que aquí recibimos el don y las primicias del Espíritu, de modo que comenzamos a amar (Ro 8:23), aunque muy débilmente. Pero si amáramos verdadera y perfectamente a Dios como la ley de Dios lo requiere, que dice: «Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas» (Dt 6:5; Mt 22:37), entonces estaríamos tan contentos con la pobreza como con la riqueza, con el dolor como con el placer, y con la muerte como con la vida. Sí, el que pudiera amar a Dios verdadera y perfectamente, no permanecería mucho tiempo en esta vida, sino que sería inmediatamente absorbido por este amor.

Pero ahora la naturaleza del hombre está tan corrompida y hundida en pecado, que no puede tener ningún verdadero sentido ni pensamiento acerca de Dios. No ama a Dios, sino que lo aborrece mortalmente. Por eso, como dice Juan: «No en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados» (1 Jn 4:10). Y como dice Pablo antes en el capítulo 2: «me amó y se entregó a sí mismo por mí.» Y en el capítulo 4: «Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley.»

Nosotros, redimidos y justificados por el Hijo, comenzamos a amar, conforme a lo que dice Pablo en Romanos 8: «Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne; para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros»; es decir, comenzara a cumplirse. Son, pues, meros sueños los que los sofistas y escolásticos han enseñado acerca del cumplimiento de la ley.

Por tanto, Pablo muestra con estas palabras, «Andad en el Espíritu», cómo quiere que se entienda aquella sentencia donde dijo: «Servíos por amor los unos a los otros.» Y otra vez: «El amor es el cumplimiento de la ley», etc. Como si dijera: Cuando les mando que se amen unos a otros, esto es lo que les exijo: que anden en el Espíritu. Porque sé que ustedes no cumplirán la ley, ya que el pecado mora en ustedes mientras vivan; por tanto, es imposible que cumplan la ley. Sin embargo, entre tanto, esfuércense diligentemente en andar en el Espíritu; es decir, luchen en el espíritu contra la carne, y sigan los movimientos espirituales, etc.

Así, pues, se ve que él no había olvidado el asunto de la justificación. Porque cuando les manda andar en el Espíritu, claramente niega que las obras justifiquen. Como si dijera: Cuando hablo del cumplimiento de la ley, no quiero decir que ustedes sean justificados por la ley; sino que quiero decir esto: que hay en ustedes dos capitanes contrarios, el Espíritu y la carne. Dios ha levantado en sus cuerpos una contienda y una batalla; porque el Espíritu lucha contra la carne, y la carne contra el Espíritu. «Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne» (Gá 5:17). Aquí no les exijo otra cosa, sino que sigan al Espíritu como su capitán y guía, y que resistan a ese capitán que es la carne; porque eso es todo lo que ustedes pueden hacer. Obedezcan al Espíritu, y peleen contra la carne. Por tanto, cuando yo les enseño a guardar la ley, y los exhorto a amarse unos a otros, no piensen que intento revocar lo que he enseñado acerca de la doctrina de la fe, y que ahora atribuyo la justificación a la ley o al amor; sino que mi intención es que anden en el Espíritu, y que no satisfagan los deseos de la carne.

Pablo usa palabras muy apropiadas y muy a propósito. Como si dijera: Todavía no hemos llegado al cumplimiento de la ley; por tanto, debemos andar en el Espíritu y ejercitarnos en ello, para pensar, decir y hacer aquellas cosas que son del Espíritu, y resistir aquellas cosas que son de la carne. Por eso añade:—

Gálatas 5:16

Y no satisfagáis los deseos de la carne.

Como si dijera: Los deseos o concupiscencias de la carne todavía no están muertos en nosotros, sino que vuelven a brotar y pelean contra el Espíritu. La carne de ningún hombre fiel es tan buena que, cuando se siente ofendida, no muerda y devore, o por lo menos no deje de cumplir algo de ese mandamiento del amor. Aun al primer impulso no puede contenerse, sino que se enoja con su prójimo, desea vengarse y lo aborrece como enemigo, o al menos no lo ama tanto como debería, y como este mandamiento lo exige. Y esto les sucede aun a los fieles.

Por eso el apóstol ha dado esta regla para los fieles: que se sirvan unos a otros por amor, que lleven las cargas y debilidades los unos de los otros, y que se perdonen unos a otros. Y sin este sobrellevar y soportar por amor, es imposible que el amor y la concordia permanezcan entre los cristianos. Porque no puede ser sino que a menudo tú ofendas y seas ofendido; tú ves muchas cosas en mí que te ofenden, y yo a su vez veo muchas cosas en ti que me desagradan. Aquí, si uno no soporta al otro por amor, no habrá fin de disensiones, discordias, envidias, odios y malicia.

Por tanto, Pablo quiere que andemos en el Espíritu, para que no satisfagamos el deseo de la carne. Como si dijera: Aunque se levanten en ustedes ira y desagrado contra su hermano, porque los ofende o hace algo grave contra ustedes, sin embargo resistan y repriman esos movimientos violentos por medio del Espíritu; soporten su debilidad y ámenlo conforme a aquel mandamiento: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Porque tu hermano no deja por eso de ser tu prójimo, porque tropiece o te ofenda; antes bien, entonces es cuando más necesita que ejerzas y muestres tu amor hacia él. Y este mandamiento, «Amarás a tu prójimo como a ti mismo», exige exactamente esto: que no obedezcas a la carne, la cual, cuando es ofendida, aborrece, muerde y devora. Antes bien, lucha contra ella en espíritu, y persevera por el mismo en el amor a tu prójimo, aunque no halles en él nada digno de amor.

Los escolásticos toman la concupiscencia de la carne por la lujuria carnal. Es verdad que aun los piadosos, especialmente los más jóvenes, son tentados con deseos carnales. Y también los casados, tan corrupta y pestilente es la carne, no están sin tal lujuria carnal. Aquí cada uno, y hablo ahora de los piadosos casados, tanto del hombre como de la mujer, examínese diligentemente a sí mismo; y sin duda muchos hallarán esto en sí mismos: que la hermosura y las cualidades de la esposa ajena le agradan más que las de la propia; y al contrario, aborrece o le desagrada su legítima esposa, y ama a la que no le es lícita. Y esto suele suceder comúnmente no solo en el matrimonio, sino también en todos los demás asuntos. Los hombres menosprecian lo que tienen y se enamoran de lo que no tienen; como dice el poeta:

Nitimur in vetitum semper, cupimusque negata.

Esto es: Siempre nos lanzamos a lo prohibido, y deseamos lo que nos es negado.

No niego, por tanto, que la concupiscencia de la carne comprenda la lujuria carnal, pero no solo eso. Porque la concupiscencia comprende también todas las demás afecciones corruptas, de las cuales aun los fieles mismos están infectados, unos más y otros menos: como el orgullo, el odio, la avaricia, la impaciencia, y cosas semejantes. Sí, Pablo enumera después entre las obras de la carne no solo estos vicios groseros, sino también la idolatría, las herejías, y otros semejantes. Es claro, pues, que habla de toda la concupiscencia de la carne y de todo el dominio del pecado, que se levanta aun en los piadosos que han recibido las primicias del Espíritu, contra el dominio del Espíritu. Habla, por tanto, no solo de la lujuria carnal, del orgullo, de la avaricia, etc., sino también de la incredulidad, la desconfianza, la desesperación, el odio y el desprecio de Dios, la idolatría, las herejías y otras cosas semejantes, cuando dice: «Y no satisfagáis los deseos de la carne». Como si dijera: Les escribo para que se amen unos a otros. Esto no lo hacen, ni pueden hacerlo, a causa de la carne, la cual está infectada y corrompida con concupiscencia, y no solo despierta pecado en ustedes, sino que ella misma es pecado. Porque si ustedes tuvieran amor perfecto, ninguna tristeza ni adversidad podría ser tan grande que pudiera dañar e impedir ese amor; porque estaría extendido por todo el cuerpo. No habría esposa, por muy poco agraciada que fuera, a la cual su marido no amara enteramente, aborreciendo a todas las demás mujeres, por hermosas y bellas que fueran. Pero esto no sucede; por tanto, es imposible que seamos justificados por medio del amor.

Por tanto, no piensen que retiro o desdigo lo que he enseñado acerca de la fe. Porque la fe y la esperanza deben permanecer: por la una para que seamos justificados, y por la otra para que seamos levantados en las adversidades y perseveremos hasta el fin. Además, nos servimos unos a otros por medio del amor, porque la fe no está ociosa; pero el amor es débil y pequeño. Por eso, cuando les mando andar en el Espíritu, declaro suficientemente que ustedes no son justificados por medio del amor.

Y cuando exhorto a andar en el Espíritu, para que no satisfagan la concupiscencia de la carne, no les exijo que se despojen por completo de la carne o la maten, sino que la frenen y la dominen. Porque Dios quiere que el género humano permanezca hasta el último día. Y esto no puede hacerse sin padres, que engendren y críen hijos. Permaneciendo estos medios, es necesario que también permanezca la carne, y por consiguiente el pecado; porque la carne no está sin pecado. Por tanto, en cuanto a la carne somos pecadores; pero en cuanto al Espíritu, somos justos. Y así somos en parte pecadores y en parte justos. Sin embargo, nuestra justicia es muchísimo más abundante que nuestro pecado, porque la santidad y la justicia de Cristo nuestro Mediador exceden con mucho el pecado de todo el mundo; y el perdón de pecados que tenemos por medio de él es tan grande, tan amplio e infinito, que fácilmente traga todos los pecados, con tal que andemos conforme al Espíritu, etc.

Los papistas soñaron que este mandamiento pertenece solo a sus clérigos, y que el apóstol los exhorta a vivir castamente, sujetando la carne con vigilias, ayunos, trabajo, etc., y entonces no satisfarían la concupiscencia de la carne; es decir, la lujuria carnal. Como si toda la concupiscencia de la carne estuviera vencida cuando se refrena esta lujuria carnal; la cual, sin embargo, nunca pudieron reprimir ni sujetar con ningún yugo que pudieron imponer a la carne. Esto Jerónimo, por no hablar de otros, quien fue un admirable amante y defensor de la castidad, lo confiesa claramente. “¡Oh!”, dice, “¡cuántas veces me he imaginado estar en medio de los vanos deleites y placeres de Roma, aun cuando estaba en el desierto salvaje, que, abrasado por el calor del sol, ofrece a los monjes una morada espantosa!”, etc. Y otra vez: “Yo, que por temor del infierno me había condenado a una prisión semejante, muchas veces me imaginaba estar bailando entre jovencitas, cuando no tenía otra compañía que escorpiones y fieras. Mi rostro estaba pálido por los ayunos; pero mi mente ardía en deseos dentro de mi cuerpo helado; y aunque mi carne estaba ya medio muerta, sin embargo las llamas de la lujuria carnal hervían dentro de mí”, etc. Si Jerónimo sentía en sí tales llamas de lujuria carnal, viviendo en el árido desierto con pan y agua, ¿qué sienten, piensan ustedes, nuestros santos dioses del vientre, los clérigos, que se atiborran y se extienden con toda clase de manjares delicados, de modo que maravilla que no les revienten los vientres? Por tanto, estas cosas no se escriben para ermitaños y monjes, como sueñan los papistas, ni solo para los pecadores del mundo, sino para la iglesia universal de Cristo y para todos los fieles; a quienes Pablo exhorta a andar en el Espíritu, para que no satisfagan los deseos de la carne; es decir, no solo para frenar los movimientos groseros de la carne, como la lujuria carnal, la ira, la impaciencia y cosas semejantes, sino también los movimientos espirituales, como la duda, la blasfemia, la idolatría, el desprecio y el odio de Dios, etc.

Pablo, como he dicho, no exige de los piadosos que se despojen completamente de la carne o la destruyan, sino que la refrenen de tal manera que esté sujeta al Espíritu. En el capítulo 10 a los Romanos nos manda alimentar la carne. Porque así como no debemos ser crueles con los cuerpos de otros hombres, ni afligirlos con trabajo irrazonable, así tampoco debemos ser crueles con nuestros propios cuerpos. «Porque nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida» (Ef 5:29). Por tanto, según el precepto de Pablo, debemos sustentar nuestra carne, para que sea capaz de soportar los trabajos tanto de la mente como del cuerpo; pero solo por necesidad, y no para alimentar sus deseos. Por tanto, si la carne comienza a desenfrenarse, reprímela y frénala por el Espíritu. Si no quiere sujetarse, cásate; porque mejor es casarse que estarse quemando. Haciendo así, andas en el Espíritu; es decir, sigues la palabra de Dios y haces su voluntad.

Gálatas 5:17

Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne.

Cuando Pablo dice que la carne desea contra el Espíritu, y el Espíritu contra la carne, nos advierte que debemos sentir la concupiscencia de la carne; es decir, no solo la lujuria carnal, sino también el orgullo, la ira, la tristeza, la impaciencia, la incredulidad, y cosas semejantes. Sin embargo, quiere que las sintamos, pero que no consintamos en ellas ni las llevemos a cabo; es decir, que no pensemos, ni hablemos, ni hagamos aquellas cosas a las que la carne nos provoca. Por ejemplo, si nos mueve a ira, aun así debemos airarnos de tal manera que no pequemos, como se nos enseña en el Salmo cuarto. Como si Pablo dijera así: Yo sé que la carne los provocará a ira, envidia, duda, incredulidad, y cosas semejantes; pero resístanla por el Espíritu, para que no pequen. Pero si dejan la dirección del Espíritu y siguen a la carne, cumplirán los deseos de la carne, y morirán, como dice Pablo en Romanos 8. Así pues, estas palabras del Apóstol deben entenderse no solo de los deseos carnales, sino de todo el reino del pecado.

Y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis.

Estos dos capitanes o guías, dice él, la carne y el Espíritu, están uno contra otro en su cuerpo, de manera que ustedes no pueden hacer lo que quisieran. Y este pasaje testifica claramente que Pablo escribe estas cosas a los fieles; es decir, a la iglesia que cree en Cristo, bautizada, justificada, renovada, y que tiene pleno perdón de pecados. Y sin embargo dice que ella tiene carne rebelándose contra el Espíritu. De la misma manera habla de sí mismo en Romanos 7. «Yo soy carnal, vendido al pecado.» Y otra vez: «Mas veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros.» También: «¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?» etc.

Aquí, no solo los escolásticos, sino también algunos de los antiguos padres, se preocupan mucho, buscando cómo excusar a Pablo. Porque les parece absurdo e impropio decir que aquel vaso escogido de Cristo tuviera pecado. Pero nosotros creemos las propias palabras de Pablo, en las cuales confiesa claramente que es vendido al pecado, que es llevado cautivo por el pecado, que tiene una ley en sus miembros que se rebela contra él, y que en la carne sirve a la ley del pecado. Aquí responden otra vez que el Apóstol habla en la persona de los impíos. Pero los impíos no se quejan de la rebelión de su carne, ni de alguna batalla o conflicto, ni del cautiverio y servidumbre del pecado; porque el pecado reina poderosamente en ellos. Esta es, por tanto, la misma queja de Pablo y de todos los fieles. Por lo cual han obrado muy perversamente los que han excusado a Pablo y a todos los fieles como si no tuvieran pecado. Porque con esta persuasión, que procede de la ignorancia de la doctrina de la fe, han robado a la iglesia un consuelo singular; han abolido el perdón de los pecados, y han hecho a Cristo inútil.

Por tanto, cuando Pablo dice: «Mas veo otra ley en mis miembros», etc., no niega que tiene carne y los vicios de la carne en sí. Es probable, pues, que a veces sintiera movimientos de lujuria carnal. Pero, sin duda, estos movimientos eran bien reprimidos en él por las grandes y graves aflicciones y tentaciones tanto del alma como del cuerpo, con las cuales era ejercitado y atormentado casi continuamente, como lo declaran sus Epístolas. O si en algún momento, estando alegre y fuerte, sentía la lujuria de la carne, la ira, la impaciencia, y cosas semejantes, las resistía por el Espíritu, y no permitía que esos movimientos dominaran en él. Por tanto, no permitamos de ninguna manera que tales pasajes tan consoladores, por los cuales Pablo describe la batalla de la carne contra el Espíritu en su propio cuerpo, sean corrompidos con tan necias glosas. Los escolásticos, los monjes, y otros semejantes, nunca sintieron tentaciones espirituales, y por eso solo lucharon por reprimir y vencer la lujuria y la lascivia carnales; y, envanecidos por esa victoria que todavía nunca habían obtenido, se creían mucho mejores y más santos que los hombres casados. No diré que, bajo este santo pretexto, alimentaban y sostenían toda clase de horribles pecados, como disensiones, orgullo, odio, desprecio y menosprecio del prójimo, confianza en su propia justicia, presunción, desprecio de toda piedad y de la palabra de Dios, incredulidad, blasfemia, y cosas semejantes. Contra estos pecados nunca pelearon; antes bien, los tenían por no ser pecados en absoluto. Ponían la justicia en guardar sus necios e impíos votos, y la injusticia en descuidarlos y despreciarlos.

Pero este debe ser nuestro fundamento y ancla: que Cristo es nuestra única y perfecta justicia. Si no tenemos nada en qué confiar, aun así permanecen estas tres cosas, como dice Pablo: la fe, la esperanza y el amor. Por tanto, debemos creer siempre, y siempre esperar; debemos aferrarnos siempre a Cristo, como la cabeza y fundamento de nuestra justicia. El que cree en él no será avergonzado. (Ro 9:33.) Además, debemos procurar ser también exteriormente justos; es decir, no consentir a la carne, que siempre nos incita a algún mal, sino resistirla por el Espíritu. No debemos ser vencidos por la impaciencia a causa de la ingratitud y el desprecio de la gente, que abusa de la libertad cristiana; sino que, por el Espíritu, debemos vencer esta y todas las demás tentaciones. Miren, pues, cuanto más luchamos contra la carne por el Espíritu, tanto más somos exteriormente justos. Aunque esta justicia no nos recomienda delante de Dios.

Nadie, pues, desespere si siente que la carne a menudo levanta nueva batalla contra el Espíritu, o si no puede de inmediato someter la carne y hacerla obediente al Espíritu. Yo también quisiera tener un corazón más valiente y constante, que pudiera no solo despreciar denodadamente las amenazas de los tiranos, las herejías, los tropiezos y los tumultos que Satanás y sus soldados, los enemigos del evangelio, levantan; sino también sacudirse pronto las aflicciones y angustias del espíritu, y, en suma, no temer la aspereza de la muerte, sino recibirla y abrazarla como a una huésped muy amiga. Pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, etc. Otros luchan con tentaciones menores, como pobreza, afrenta, impaciencia, y cosas semejantes.

Nadie, por tanto, se maraville ni se desaliente cuando sienta en su cuerpo esta batalla de la carne contra el Espíritu; antes bien, cobre ánimo y consuélese con estas palabras de Pablo: «Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu.» También: «Y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis.» Porque con estas sentencias él consuela a los que son tentados. Como si dijera: Les es imposible seguir en todo la dirección del Espíritu sin ningún sentimiento u obstáculo de la carne; al contrario, la carne resistirá, y resistirá y estorbará de tal manera, que no podrán hacer aquellas cosas que de buena gana quisieran. Aquí bastará con que resistan a la carne y no satisfagan sus deseos; es decir, si siguen al Espíritu y no a la carne, la cual fácilmente es derribada por la impaciencia, desea vengarse, muerde, guarda rencor, aborrece a Dios, se enoja contra él, desespera, etc. Por tanto, cuando una persona siente esta batalla de la carne, no debe desanimarse por ello; antes bien, resista en espíritu, y diga: Soy pecador, y siento el pecado en mí; porque todavía no me he despojado de la carne, en la cual mora el pecado mientras ella vive. Pero obedeceré al Espíritu, y no a la carne; es decir, por la fe y la esperanza me aferraré a Cristo, y por su palabra me levantaré a mí mismo; y así levantado, no cumpliré los deseos de la carne.

Es muy provechoso para los piadosos saber esto y tenerlo bien presente, porque los consuela maravillosamente cuando son tentados. Cuando yo era monje, pensaba inmediatamente que estaba del todo perdido si en algún momento sentía la lujuria de la carne; es decir, si sentía algún mal movimiento, deseo carnal, ira, odio o envidia contra algún hermano. Intenté de muchas maneras ayudar a aquietar mi conciencia, pero no podía; porque la concupiscencia y el deseo de mi carne siempre volvían, de modo que no podía descansar, sino que era continuamente atormentado con estos pensamientos: Este o aquel pecado has cometido; estás infectado de envidia, de impaciencia, y de otros pecados semejantes; por tanto, has entrado en esta santa orden en vano, y todas tus buenas obras son inútiles. Si entonces yo hubiera entendido correctamente estas palabras de Pablo: «Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis», no me habría atormentado tan miserablemente, sino que habría pensado y dicho para mí mismo, como ahora suelo hacerlo: Martín, no estarás del todo sin pecado, porque tienes carne; por tanto sentirás su batalla, conforme a lo que dice Pablo: «Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu.» No desesperes, pues, sino resístela con fuerza, y no cumplas sus deseos. Haciendo esto, no estás bajo la ley.

Recuerdo que Staupitius solía decir: “He prometido a Dios más de mil veces que sería un hombre mejor; pero nunca cumplí lo que prometí. En adelante no haré tal promesa, porque ahora he aprendido por experiencia que no soy capaz de cumplirla. Por tanto, a menos que Dios me sea favorable y misericordioso por causa de Cristo, y me conceda una hora bienaventurada y feliz cuando salga de esta miserable vida, no podré, con todos mis votos y todas mis buenas obras, estar en pie delante de él.” Esta no era solo una desesperación verdadera, sino también piadosa y santa; y esto deben confesarlo con boca y corazón todos los que quieran ser salvos. Porque los piadosos no confían en su propia justicia, sino que dicen con David: «Y no entres en juicio con tu siervo; Porque no se justificará delante de ti ningún ser humano.» (Sal 143:2.) Otra vez: «JAH, si mirares a los pecados, ¿Quién, oh Señor, podrá mantenerse?» (Sal 130:3.) Ellos miran a Cristo, su reconciliador, quien dio su vida por sus pecados. Además, saben que el remanente de pecado que está en su carne no les es tomado en cuenta, sino libremente perdonado. Sin embargo, mientras tanto pelean en espíritu contra la carne, para no satisfacer sus deseos. Y aunque sienten que la carne se enfurece y se rebela contra el Espíritu, y ellos mismos también caen a veces en pecado por debilidad, no por eso se desalientan, ni piensan que su estado y género de vida, y las obras que hacen conforme a su llamamiento, desagradan a Dios; sino que se levantan por la fe.

Por tanto, los fieles reciben gran consuelo por esta doctrina de Pablo, al saber que tienen en sí parte de carne y parte de Espíritu; y, sin embargo, de tal manera que el Espíritu gobierna, y la carne es sometida y mantenida bajo freno; que la justicia reina y el pecado sirve. El que no conoce esta doctrina, y piensa que los fieles deben estar sin falta alguna, y sin embargo ve en sí mismo lo contrario, necesariamente al fin será tragado por el espíritu de tristeza y caerá en desesperación. Pero el que conoce bien esta doctrina y la usa rectamente, para él las cosas malas se convierten en bien. (Ro 8:28.) Porque cuando la carne lo provoca a pecar, por esa ocasión es movido y forzado a buscar el perdón de los pecados por Cristo, y a abrazar la justicia de la fe, la cual de otro modo no estimaría tanto, ni la buscaría con tan gran deseo. Por eso nos aprovecha mucho sentir a veces la maldad de nuestra naturaleza y la corrupción de nuestra carne, para que por este medio seamos despertados y movidos a la fe y a invocar a Cristo. Y por esta ocasión un cristiano viene a ser un gran obrero y un creador maravilloso, que de la tristeza puede hacer gozo, del terror consuelo, del pecado justicia, y de la muerte vida, cuando por este medio, reprimiendo y refrenando la carne, la sujeta al Espíritu.

Por tanto, no se desesperen de su salvación los que sienten la concupiscencia de la carne. Siéntanla, y toda su fuerza también, con tal que no consientan en ella. Que las pasiones de la lujuria, de la ira y de otros vicios semejantes los sacudan, con tal que no los derriben. Que el pecado los asalte, con tal que no lo lleven a cabo. Sí, cuanto más piadoso es un hombre, tanto más siente esta batalla. Y de aquí vienen aquellas notables quejas de los fieles en los Salmos y en la santa Escritura. De esta batalla no saben absolutamente nada los ermitaños, los monjes, los escolásticos, y todos los que buscan justicia y salvación por obras.

Pero aquí alguno podrá decir que es cosa peligrosa enseñar que un hombre no es condenado si no vence de inmediato los movimientos y pasiones de la carne que siente. Porque cuando esta doctrina se enseña entre el pueblo común, los hace descuidados, negligentes y perezosos. Esto es lo que dije un poco antes: que si enseñamos la fe, entonces los hombres carnales descuidan y rechazan las obras; y si se requieren las obras, entonces se pierde la fe y el consuelo de la conciencia. Aquí nadie puede ser obligado, ni se puede prescribir regla cierta alguna. Pero que cada uno se examine diligentemente para ver a qué pasión de la carne está más sujeto; y cuando lo descubra, no sea descuidado, ni se adule a sí mismo; sino que vele y luche en espíritu contra ella, para que, si no puede refrenarla del todo, por lo menos no satisfaga su concupiscencia.

Esta batalla de la carne contra el Espíritu la han tenido y sentido todos los hijos de Dios; y esa misma sentimos y experimentamos también nosotros. El que escudriña su propia conciencia, si no es un hipócrita, percibirá claramente que es verdad en sí mismo lo que Pablo aquí dice: que la carne desea contra el Espíritu. Todos los fieles, pues, sienten y confiesan que su carne resiste al Espíritu, y que estos dos son tan contrarios el uno al otro dentro de ellos, que, hagan lo que hagan, no pueden cumplir aquello que quisieran hacer. Por eso la carne nos estorba, de modo que no podemos guardar los mandamientos de Dios, ni amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos; mucho menos podemos amar a Dios con todo nuestro corazón. Por tanto, nos es imposible llegar a ser justos por las obras de la ley. Ciertamente hay en nosotros buena voluntad, y es necesario que la haya, porque es el mismo Espíritu el que resiste a la carne, y quisiera de buena gana hacer el bien, cumplir la ley, amar a Dios y al prójimo, y cosas semejantes; pero la carne no obedece a esta buena voluntad, sino que la resiste. Y, sin embargo, Dios no nos imputa este pecado; porque él es misericordioso con los que creen por causa de Cristo. Pero de aquí no se sigue que tú debas tomar el pecado a la ligera, porque Dios no lo imputa. Es verdad que no lo imputa; pero, ¿a quiénes, y por qué causa? A los que se arrepienten y por la fe se aferran a Cristo, el propiciatorio; por cuya causa, así como todos sus pecados les son perdonados, así tampoco les son imputados los restos de pecado que hay en ellos. Ellos no hacen su pecado menor de lo que es, sino que lo agrandan y lo presentan tal como realmente es; porque saben que no puede ser quitado por satisfacciones, obras o justicia, sino solamente por la muerte de Cristo. Y, sin embargo, la grandeza y enormidad de su pecado no los lleva a desesperar, sino que están seguros de que no les será imputado ni cargado en su cuenta.

Digo esto para que nadie piense que, una vez recibida la fe, se debe hacer poco caso del pecado. El pecado es verdaderamente pecado, ya sea que el hombre lo cometa antes de haber recibido el conocimiento de Cristo, o después. Y Dios siempre aborrece el pecado; sí, todo pecado es condenable en cuanto al hecho mismo. Pero el que no sea condenable para el que cree procede de Cristo, quien por su muerte ha quitado el pecado. Pero para el que no cree en Cristo, no solo todos sus pecados son condenables, sino también sus buenas obras son pecado; conforme a aquel dicho: «Y todo lo que no proviene de fe, es pecado» (Ro 14:23). Por tanto, el error de los escolásticos es sumamente pernicioso, pues distinguen los pecados según el hecho y no según la persona. El creyente tiene pecado tan grande como el incrédulo. Pero al que cree, le es perdonado y no le es imputado; al incrédulo no le es perdonado, sino imputado. Para el creyente es venial; para el incrédulo es mortal y condenable; no por alguna diferencia entre los pecados, ni porque el pecado del creyente sea menor y el del incrédulo mayor, sino por la diferencia de las personas. Porque el fiel se asegura, por la fe, de que su pecado le es perdonado, puesto que Cristo se entregó a sí mismo por él. Por eso, aunque tenga pecado en sí y peque cada día, sigue siendo piadoso; pero, por el contrario, el incrédulo sigue siendo impío. Y esta es la verdadera sabiduría y el consuelo de los piadosos: que aunque tienen y cometen pecados, saben que por causa de Cristo no les son imputados. Digo esto para consuelo de los piadosos. Porque solo ellos sienten de verdad que tienen y cometen pecados; es decir, sienten que no aman a Dios tan fervientemente como deberían; que no le creen tan de corazón como quisieran, sino que más bien muchas veces dudan de si Dios cuida de ellos o no; son impacientes, y se enojan con Dios en la adversidad. De aquí, como he dicho, proceden las tristes quejas de los fieles en las Escrituras, y especialmente en los Salmos. Y el mismo Pablo se queja de que está vendido al pecado. (Ro 7:14.) Y aquí dice que la carne resiste y se rebela contra el Espíritu. Pero como mortifican por el Espíritu las obras de la carne, como él dice en otro lugar, y también al final de este capítulo: «Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos» (Gá 5:24), por eso estos pecados no los dañan ni los condenan. Pero si obedecen a la carne satisfaciendo sus deseos, entonces pierden la fe y el Espíritu Santo. Y si no aborrecen su pecado y no vuelven a Cristo, quien ha dado poder a su iglesia para recibir y levantar a los caídos, a fin de que recobren la fe y el Espíritu Santo, mueren en sus pecados. Por tanto, no hablamos de aquellos que sueñan que tienen fe, y sin embargo continúan todavía en sus pecados. Estos hombres ya tienen su sentencia: «Porque si vivís conforme a la carne, moriréis»; también: «Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios». Por esto podemos ver quiénes son verdaderamente santos. No son troncos ni piedras, como sueñan los monjes y los escolásticos, como si nunca fueran movidos por nada, ni sintieran jamás ninguna concupiscencia o deseo de la carne; sino que, como dice Pablo, su carne desea contra el Espíritu, y por eso tienen pecado, y pueden pecar y pecan. Y el Salmo treinta y dos da testimonio de que los fieles confiesan su injusticia, y ruegan que la maldad de su pecado les sea perdonada, donde dice: «Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; Y tú perdonaste la maldad de mi pecado. Por esto orará a ti todo santo», etc. Además, toda la iglesia, que ciertamente es santa, pide que sus pecados le sean perdonados, y cree el perdón de los pecados. Y en el Salmo 143, David ora: «Y no entres en juicio con tu siervo; Porque no se justificará delante de ti ningún ser humano». Y en el Salmo 130: «JAH, si mirares a los pecados, ¿Quién, oh Señor, podrá mantenerse? Pero en ti hay perdón», etc. Así hablan y oran los más grandes santos e hijos de Dios, como David, Pablo, etc. Todos los fieles, por tanto, dicen y oran lo mismo, y con el mismo espíritu. Los sofistas papistas no leen las Escrituras; o, si las leen, tienen un velo delante de los ojos. Y por eso, así como no pueden juzgar rectamente de ninguna cosa, tampoco pueden juzgar rectamente ni del pecado ni de la santidad.

Gálatas 5:18

«Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley.»

Pablo no puede olvidar la doctrina de la fe, sino que todavía la repite y la inculca; sí, aun cuando trata de las buenas obras. Aquí alguno puede objetar: ¿Cómo puede ser que no estemos bajo la ley? Y sin embargo tú, oh Pablo, nos enseñas que tenemos carne que codicia contra el Espíritu, lucha contra nosotros, nos atormenta y nos lleva a servidumbre. Y en verdad sentimos el pecado, y no podemos ser librados de sentirlo, por mucho que lo deseemos. ¿Y qué es esto, sino estar bajo la ley? Pero, dice él, no dejen que esto los turbe en nada; solamente esfuércense por ser guiados por el Espíritu, es decir, muéstrense dispuestos a seguir y obedecer aquella voluntad que resiste a la carne y no cumple sus deseos; porque esto es ser guiados y ser llevados por el Espíritu; entonces no están bajo la ley. Así habla Pablo de sí mismo (Ro 7): «Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado»; es decir, en espíritu no estoy sujeto a ningún pecado; pero en mi carne sirvo a la ley del pecado. Los fieles, pues, no están bajo la ley, es decir, en espíritu; porque la ley no puede acusarlos, ni pronunciar sentencia de muerte contra ellos, aunque sienten el pecado y se confiesan pecadores; porque el poder y la fuerza de la ley le han sido quitados por Cristo, «nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley» (Gá 4:4-5).

Por tanto, la ley no puede acusar en los fieles aquello que ciertamente es pecado y se comete contra la ley. Tan grande es el poder y el dominio del Espíritu, que la ley no puede acusar a los piadosos, aunque hagan lo que verdaderamente es pecado. Porque Cristo es nuestra justicia, a quien recibimos por la fe; él está totalmente sin pecado, y por eso la ley no puede acusarlo. Mientras permanezcamos firmemente unidos a él, somos guiados por el Espíritu y somos libres de la ley. Y así el Apóstol, aun cuando enseña las buenas obras, no olvida su doctrina acerca de la justificación; sino que siempre muestra que nos es imposible ser justificados por las obras. Porque los restos del pecado permanecen adheridos a nuestra carne; y por tanto, mientras viva nuestra carne, no deja de codiciar contra el Espíritu. Sin embargo, no nos viene ningún peligro por eso, porque somos libres de la ley, con tal de que andemos en el Espíritu.

Y con estas palabras, «Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley», puedes consolarte mucho a ti mismo y a otros que son gravemente tentados. Porque muchas veces sucede que un hombre es tan vehementemente asaltado por ira, odio, impaciencia, deseo carnal, terror y angustia de espíritu, o por alguna otra concupiscencia de la carne, que no puede quitárselos de encima, aunque con mucho gusto querría hacerlo. ¿Qué debe hacer en este caso? ¿Debe desesperar? No, de ninguna manera; sino que diga así dentro de sí: Tu carne pelea y se enfurece contra el Espíritu. Déjala enfurecerse cuanto quiera; solamente mira que de ningún modo consientas en ello para cumplir sus deseos; antes bien, anda sabiamente y sigue la dirección del Espíritu. Haciendo esto eres libre de la ley. Te acusa y te aterroriza, lo concedo, pero completamente en vano. En este conflicto, pues, de la carne contra el Espíritu, no hay nada mejor que tener la palabra de Dios delante de tus ojos, y buscar en ella el consuelo del Espíritu.

Y no se desaliente el que padece esta tentación, por el hecho de que el diablo puede agravar tanto el pecado, que durante el conflicto piense que está completamente derribado, y no sienta otra cosa sino la ira de Dios y desesperación. Aquí de ninguna manera siga su propio sentimiento ni el juicio de la razón, sino aférrese firmemente a este dicho de Pablo: «Pero si sois guiados por el Espíritu», es decir, si se levantan y se consuelan por la fe en Cristo, no están bajo la ley. Así tendrá un escudo fuerte con el cual podrá rechazar todos los dardos de fuego con que el maligno lo asalta. Por mucho que la carne hierva y se enfurezca, sin embargo sus movimientos y furores no pueden dañarlo ni condenarlo, puesto que él, siguiendo la dirección del Espíritu, no consiente a la carne ni cumple sus deseos. Por tanto, cuando los movimientos de la carne se enfurecen, el único remedio es tomar la espada del Espíritu, es decir, la palabra de salvación —que Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva—, y pelear contra ellos. Si hacemos esto, no dudemos que alcanzaremos la victoria, aunque, mientras dure la batalla, sintamos claramente lo contrario. Pero si quitamos de la vista la palabra, no queda consejo ni ayuda.

De esto que digo, yo mismo tengo buena experiencia. He padecido muchas grandes pasiones, y esas mismas muy vehementes y fuertes. Pero tan pronto como me he aferrado a algún pasaje de la Escritura, y me he sostenido en él como en mi principal ancla, al instante mis tentaciones han desaparecido; las cuales, sin la palabra, me habría sido imposible soportar por un poco de tiempo, y mucho menos vencer.

La suma o efecto, por tanto, de todo lo que Pablo ha enseñado en esta disputa o discurso acerca del conflicto o batalla entre la carne y el Espíritu, es esto: que los santos y los escogidos de Dios no pueden hacer aquello que el Espíritu desea. Porque el Espíritu querría gustosamente ser del todo puro, pero la carne, estando unida al Espíritu, no lo permite. Sin embargo, son salvos por la remisión de los pecados, que es en Cristo Jesús. Además, porque andan en el Espíritu y son guiados por el Espíritu, no están bajo la ley; es decir, la ley no puede acusarlos ni aterrorizarlos; sí, aunque haga todo lo posible por hacerlo, jamás podrá llevarlos a la desesperación.

Gálatas 5:19

Además, las obras de la carne son manifiestas, las cuales

son, etc.

Este pasaje no es distinto de esta sentencia de Cristo: «Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos», etc. (Mt 7:16). Pablo enseña exactamente lo mismo que enseñó Cristo; esto es, que las obras y los frutos testifican suficientemente si los árboles son buenos o malos, y si los hombres siguen la dirección de la carne o la del Espíritu. Como si dijera: Para que ninguno de ustedes diga que no me entiende cuando trato de la batalla entre la carne y el Espíritu, pondré primero delante de sus ojos las obras de la carne, de las cuales muchas son conocidas aun por los impíos; y después también las obras del Espíritu.

Y Pablo hace esto porque había muchos hipócritas entre los gálatas, como también hoy los hay entre nosotros, los cuales exteriormente pretendían ser hombres piadosos y se jactaban mucho del Espíritu; y en cuanto a las palabras, entendían la verdadera doctrina del evangelio; pero no andaban conforme al Espíritu, sino conforme a la carne, y hacían sus obras. Por esto Pablo demuestra claramente que en realidad no eran hombres tan santos como se gloriaban de ser. Y para que no despreciaran esta amonestación suya, pronuncia contra ellos esta terrible sentencia: que no serían herederos del reino de los cielos, para que, siendo así amonestados, se corrigieran. Toda edad, aun en los fieles, tiene sus tentaciones particulares: así como los deseos carnales asaltan al hombre sobre todo en su juventud, en la edad madura lo hacen la ambición y la vanagloria, y en la vejez la avaricia. Nunca ha habido todavía ningún fiel a quien la carne no haya provocado muchas veces en su vida a la impaciencia, la ira, la vanagloria, etc. Por eso Pablo, hablando aquí de los fieles, dice que la carne desea contra el Espíritu, etc.; por tanto, nunca estarán sin deseos ni sin luchas de la carne. Sin embargo, estas no los dañan. Pero sobre este asunto debemos juzgar así: una cosa es ser provocado por la carne y no ceder voluntariamente a sus concupiscencias y deseos, sino andar bajo la dirección del Espíritu y resistir a la carne; y otra cosa es consentir a la carne y, sin temor alguno ni remordimiento, hacer y cumplir sus obras, y perseverar en ellas, y aun así fingir santidad y jactarse del Espíritu. A los primeros los consuela, cuando dice que son guiados por el Espíritu y no están bajo la ley. A los otros los amenaza con destrucción eterna.

Sin embargo, a veces sucede que también los santos caen y cumplen los deseos de la carne; como David, que cayó horriblemente en adulterio. También fue causa de la muerte de muchos hombres, cuando hizo que Urías fuera puesto en lo más recio de la batalla para que muriera; y con ello además dio ocasión a los enemigos para gloriarse y triunfar sobre el pueblo de Dios, adorar sus ídolos y blasfemar al Dios de Israel. Pedro también cayó gravísimamente y de manera horrible cuando negó a Cristo. Pero aunque estos pecados fueron grandes y graves, no fueron cometidos por desprecio de Dios ni con ánimo voluntario y obstinado, sino por flaqueza y debilidad. Además, cuando fueron amonestados, no persistieron obstinadamente en sus pecados, sino que se arrepintieron. A estos manda después, en el capítulo 6, que sean recibidos, instruidos y restaurados, diciendo: «Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado». Por tanto, a los que pecan y caen por debilidad no se les niega el perdón, con tal que se levanten otra vez y no continúen en su pecado; porque, de todas las cosas, lo peor es la permanencia en el pecado. Pero si no se arrepienten, sino que todavía continúan obstinadamente en su maldad y cumplen los deseos de la carne, es señal cierta de que hay engaño en su espíritu.

Ningún hombre, pues, estará sin concupiscencias y deseos mientras viva en la carne; y por tanto, ningún hombre estará libre de tentaciones. Sin embargo, unos son tentados de una manera y otros de otra, según la diferencia de las personas. Uno es asaltado con movimientos más vehementes y graves, como amargura y angustia de espíritu, blasfemia, desconfianza y desesperación; otro, con tentaciones más groseras, como deseos carnales, ira, envidia, avaricia y cosas semejantes. Pero en este caso Pablo exige que andemos en el Espíritu y resistamos a la carne. Pero cualquiera que obedece a la carne y continúa, sin temor de Dios ni remordimiento de conciencia, cumpliendo sus deseos y concupiscencias, sepa que no pertenece a Cristo; y aunque se gloríe muchísimo del nombre de cristiano, no hace sino engañarse a sí mismo. Porque los que son de Cristo crucifican su carne con sus afectos y deseos, y son justamente llamados santos, y realmente lo son.

Este pasaje, como ya también les he advertido de paso, contiene una consolación singular; porque nos enseña que los santos y los hombres más santos de este mundo no viven sin concupiscencia ni tentaciones de la carne, ni tampoco sin pecados. Nos advierte, por tanto, que tengamos cuidado de no hacer como algunos, de quienes escribe Gerson, que se esforzaban por alcanzar tal perfección, que pudieran estar sin sentimiento alguno de tentaciones o pecados; es decir, ser verdaderos troncos y piedras.

Los monjes y los escolásticos tuvieron una imaginación semejante acerca de sus santos, como si hubieran sido leños insensibles y sin afectos. La virgen María sintió gran dolor y tristeza de espíritu cuando perdió a su Hijo (Lc 2). David, en los Salmos, se queja de que casi es tragado por el excesivo dolor a causa de la grandeza de sus tentaciones y pecados. Pablo también se queja de que tiene luchas por fuera y temores por dentro (2 Co 7:5); y de que en su carne sirve a la ley del pecado. Dice que se preocupa por todas las iglesias (2 Co 11:28); y que Dios tuvo gran misericordia de él al devolver a la vida a Epafrodito, cuando estaba a punto de morir, para que no tuviera tristeza sobre tristeza. Por tanto, los santos de los papistas se parecen a los estoicos, que imaginaron unos sabios tales que jamás se han hallado en el mundo. Y por esta necia y diabólica persuasión, que procedía de la ignorancia de esta doctrina de Pablo, los escolásticos se llevaron a sí mismos y a otros sin número a una horrible desesperación.

Cuando yo era monje, muchísimas veces deseé de todo corazón que alguna vez pudiera ser tan dichoso como para ver la conducta y la vida de algún santo o hombre santo. Pero, entretanto, me imaginaba un santo que vivía en el desierto, absteniéndose de comida y bebida, y sustentándose solo con raíces de hierbas y agua fría; y esta opinión acerca de aquellos santos monstruosos la había aprendido no solo de los libros de los sofistas y escolásticos, sino también de los libros de los padres. Porque así escribe Jerónimo en cierto lugar: “En cuanto a comidas y bebidas, nada digo, puesto que es un exceso que aun los débiles y enfermizos usen agua fría o coman algo cocido”, etc. Pero ahora, a la luz del evangelio, vemos claramente quiénes son aquellos a quienes Cristo y sus apóstoles llaman santos: no los que viven una vida solitaria y célibe, o guardan estrictamente días, comidas, vestidos y otras cosas semejantes, o en apariencia exterior hacen otras obras grandes y monstruosas, como leemos de muchos en las vidas de los padres; sino aquellos que, llamados por el sonido del evangelio y bautizados, creen que son justificados y limpiados por la muerte de Cristo. Así Pablo, en todas partes, escribiendo a los cristianos, los llama santos, hijos y herederos de Dios, etc. Así que, todos los que creen en Cristo, sean hombres o mujeres, esclavos o libres, son santos; no por sus propias obras, sino por las obras de Dios, las cuales reciben por la fe; como su palabra, sus sacramentos, la pasión de Cristo, su muerte, resurrección, victoria y el envío del Espíritu Santo. En suma, son santos por una santidad que reciben gratuitamente, no por una santidad que ellos mismos hayan adquirido por su propio esfuerzo, buenas obras y méritos.

Así, los ministros de la palabra, los magistrados de las repúblicas, los padres, los hijos, los amos, los siervos, etc., son verdaderos santos, si primero y antes que todas las cosas están seguros de que Cristo es su sabiduría, justicia, santificación y redención; y segundo, si cada uno hace su deber en su vocación conforme a la regla de la palabra de Dios, y no obedece a la carne, sino que reprime su deseo y concupiscencia por el Espíritu. Ahora bien, aunque no todos tienen la misma fuerza para resistir las tentaciones, sino que en la mayoría de los hombres se ven muchas flaquezas y tropiezos, esto no impide su santidad, con tal que sus pecados no procedan de una voluntad obstinada, sino solo de fragilidad y debilidad. Porque, como he dicho antes, los piadosos sienten los deseos y las concupiscencias de la carne, pero los resisten, para no cumplirlos. Y si alguna vez caen inadvertidamente en pecado, sin embargo alcanzan perdón de él, si por la fe en Cristo son levantados otra vez; el cual no quiso que ahuyentáramos, sino que buscáramos y trajéramos de vuelta a la oveja descarriada y perdida, etc. Por tanto, Dios me libre de juzgar inmediatamente que aquellos que son débiles en la fe y en las costumbres son profanos o no santos, si veo que aman y reverencian la palabra de Dios, que vienen a la cena del Señor, etc. Porque a estos Dios los ha recibido, y los cuenta justos por la remisión de los pecados; para él están en pie o caen, etc.

Por tanto, con gran gozo doy gracias a Dios, porque me ha concedido abundantemente y más allá de toda medida aquello que yo le había pedido con tanto anhelo cuando todavía estaba entre tinieblas. Porque me ha dado la gracia de ver no a uno, sino a muchos santos; sí, a un número infinito de santos verdaderos. No como los han imaginado los sofistas, sino como Cristo mismo y sus apóstoles los describen. Y yo me aseguro de ser uno de ellos. Porque estoy bautizado, y creo que Cristo es mi Señor, que por su muerte me ha redimido y librado de todos mis pecados, y me ha dado justicia y santidad eternas. Y sea tenido por maldito cualquiera que no dé este honor a Cristo: creer que por su muerte, su palabra, etc., es justificado y santificado.

Por tanto, rechazando esta opinión necia y malvada acerca del nombre de santos —la cual, en el tiempo del papado y de la ignorancia, pensábamos que pertenecía solo a los santos que están en el cielo, y en la tierra a los ermitaños y monjes que hacían ciertas obras grandes y extrañas—, aprendamos ahora por las Santas Escrituras que todos los que creen fielmente en Cristo son santos.

El mundo admira mucho la santidad de Benito, Gregorio, Bernardo, Francisco y otros semejantes, porque oye que hicieron, en apariencia externa y según el juicio del mundo, ciertas obras grandes y excelentes. Sin duda, Hilario, Cirilo, Atanasio, Ambrosio, Agustín y otros también fueron santos, aunque no llevaron una vida tan estricta y severa como aquellos, sino que convivieron entre los hombres, comieron alimentos comunes, bebieron vino y usaron vestido limpio y decoroso. De modo que, en cierta manera, no había diferencia entre ellos y otros hombres honrados, en cuanto a la costumbre común y al uso de las cosas necesarias para esta vida. Y, sin embargo, debían ser preferidos muy por encima de los otros.

Estos hombres enseñaron la doctrina y la fe de Cristo sincera y puramente, sin superstición. Resistieron a los herejes. Limpiaron la iglesia de innumerables errores. Su compañía y trato fue de consuelo para muchos, y especialmente para los afligidos y de corazón abatido, a quienes levantaban y consolaban con la palabra de Dios. Porque no se apartaban de la compañía de los hombres, sino que ejercían sus oficios allí donde había mayor concurrencia de gente.

Por el contrario, los otros no solo enseñaron muchas cosas contrarias a la fe, sino que además fueron ellos mismos autores y primeros inventores de muchas supersticiones, errores, ceremonias abominables y adoraciones perversas. Por tanto, a menos que en la hora de la muerte se hayan aferrado a Cristo y hayan puesto toda su confianza en su muerte y victoria, su vida estricta y penosa no les aprovechó absolutamente en nada.

Estas cosas declaran suficientemente quiénes son en verdad los verdaderos santos, y qué debe llamarse una vida santa. No la vida de aquellos que se encierran en cuevas y cavernas, que enflaquecen sus cuerpos con ayunos, que visten cilicio y hacen otras cosas semejantes con esta persuasión y confianza: que tendrán en el cielo una recompensa singular por encima de todos los demás cristianos. Sino la de aquellos que son bautizados y creen en Cristo, que se despojan del viejo hombre con sus obras, aunque no de una vez; porque la concupiscencia y la lujuria permanecen en ellos mientras viven. Pero su sentir no les perjudica en nada, si no permiten que reine en ellos, sino que la sujetan al espíritu.

Esta doctrina trae gran consolación a las mentes piadosas, para que, cuando sienten estos impulsos de la carne, con los cuales Satanás asalta al Espíritu, no desesperen. Y esto les sucede a muchos en el papado, quienes pensaban que no debían sentir ninguna concupiscencia de la carne; siendo así que Jerónimo, Gregorio, Benito, Bernardo y otros, a quienes los monjes les ponen delante como ejemplo perfecto de castidad y de todas las virtudes cristianas, jamás llegaron tan lejos como para no sentir concupiscencia ni lujuria de la carne. Sí, la sintieron, y muy fuertemente. Lo cual ellos mismos reconocen y confiesan claramente en varios lugares de sus libros.

Por eso confesamos rectamente en los artículos de nuestra fe que creemos que hay una santa iglesia. Porque es invisible, habita en el Espíritu en un lugar al que nadie puede alcanzar; y por eso su santidad no puede verse. Pues Dios la esconde y la cubre tanto con debilidades, con pecados, con errores, con diversas formas de cruz y tropiezos, que según el juicio de la razón no se la puede ver en ninguna parte. Los que ignoran esto, cuando ven las debilidades y pecados de aquellos que están bautizados, que tienen la palabra y la creen, en seguida se escandalizan y juzgan que no pertenecen a la iglesia. Y entretanto sueñan que los ermitaños y monjes, y otros tonsurados semejantes, son la iglesia; los cuales honran a Dios con los labios y en vano lo adoran, porque no siguen la palabra de Dios, sino las doctrinas y mandamientos de hombres, y enseñan a otros a hacer lo mismo. Y porque hacen ciertas supersticiones y obras monstruosas, que la razón carnal engrandece y estima mucho, por eso juzgan que solo ellos son santos y que son la iglesia. Y al hacerlo, cambian y trastornan por completo este artículo de fe: “Creo que hay una santa iglesia”, etc. Y en lugar de esta palabra, creo, ponen veo. Estas clases de justicia y santidad inventadas por el hombre no son otra cosa que hechicerías espirituales, con las cuales los ojos y las mentes de los hombres son cegados y apartados del conocimiento de la verdadera santidad.

Pero nosotros enseñamos así: que la iglesia no tiene mancha ni arruga, sino que es santa, y eso solo por la fe en Cristo Jesús. Y además, que es santa en vida y conducta, absteniéndose de los deseos de la carne y ejercitándose en obras espirituales. Pero no de tal modo que esté libre de todos los malos deseos, o purgada de todas las opiniones y errores malos. Porque la iglesia siempre confiesa sus pecados, y ora para que sus faltas le sean perdonadas; también cree el perdón de los pecados. Los santos, por tanto, sí pecan, caen y también yerran; pero por ignorancia. Porque no querrían de buena gana negar a Cristo, abandonar el evangelio, etc. Por eso tienen remisión de pecados. Y si por ignorancia también yerran en doctrina, esto igualmente es perdonado; porque al fin reconocen su error, y descansan solo en la verdad y en la gracia de Dios ofrecida en Cristo, como hicieron Jerónimo, Gregorio, Bernardo y otros. Esfuércense, pues, los cristianos por evitar las obras de la carne; pero los deseos o concupiscencias de la carne no los pueden evitar.

Por tanto, les es muy provechoso sentir las concupiscencias inmundas de la carne, para que no se envanezcan con alguna opinión vana y malvada acerca de la justicia de sus propias obras, como si por ellas fueran aceptados delante de Dios. Los monjes, hinchados con esta opinión de su propia justicia, se pensaban tan santos, que vendían su justicia y santidad a otros, aunque eran convencidos por el testimonio de sus propios corazones de que eran inmundos. Tan pernicioso y pestilente veneno es para el hombre confiar en su propia justicia y pensar que está limpio. Pero los piadosos, porque sienten la inmundicia de sus propios corazones, no pueden confiar en su propia justicia. Este sentir los inclina tanto y los humilla de tal manera, que no pueden confiar en sus propias buenas obras, sino que son obligados a huir a Cristo, su propiciatorio y único socorro, quien no tiene una carne corrupta y pecaminosa, sino una carne purísima y santísima, la cual ha dado por la vida del mundo. «Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo» (Jn 6:51). En él hallan una justicia sana y perfecta.

Así permanecen en humildad; no fingida y monástica, sino verdadera y sincera, a causa de la inmundicia que todavía permanece en su carne. Por ella, si Dios quisiera juzgarlos estrictamente, serían hallados culpables de muerte eterna. Pero como no se levantan con orgullo contra Dios, sino que, con corazón quebrantado y contrito, reconocen humildemente sus pecados y descansan enteramente en el beneficio de Cristo Mediador, se presentan ante Dios y oran para que por causa de él sus pecados les sean perdonados. Dios extiende sobre ellos un cielo infinito de gracia, y no les imputa sus pecados por amor de Cristo.

Digo esto para que nos guardemos de los errores perniciosos de los papistas acerca de la santidad de la vida, en los cuales nuestras mentes estuvieron tan enredadas, que no podíamos salir de ellos sin gran dificultad. Por tanto, esfuércense diligentemente para discernir y juzgar rectamente entre la verdadera justicia y santidad, y la que es hipócrita. Entonces verán el reino de Cristo con otros ojos distintos de los de la razón carnal, es decir, con ojos espirituales; y juzgarán con certeza que aquellos que son bautizados y creen en Cristo son verdaderamente santos, y que después, en la misma fe por la cual son justificados y les son perdonados sus pecados pasados y presentes, se abstienen de los deseos de la carne. Pero de estos deseos no son del todo limpiados; porque la carne codicia contra el Espíritu. Sin embargo, estas concupiscencias inmundas y rebeldes permanecen todavía en ellos para este fin: que sean humillados y, siendo humillados, sientan la dulzura de la gracia y del beneficio de Cristo. Así que estos restos de concupiscencias inmundas y de pecados no solo no estorban en nada a los piadosos, sino que los ayudan mucho. Porque cuanto más sienten sus debilidades y pecados, tanto más huyen a Cristo, al trono de la gracia, y con mayor fervor piden su ayuda y socorro; a saber, que los cubra con su justicia, que aumente su fe, que los dote de su Espíritu Santo, por cuya dirección y guía misericordiosa puedan vencer las concupiscencias de la carne, para que estas no los gobiernen ni reinen sobre ellos, sino que estén sujetas a ellos. Así, los verdaderos cristianos luchan continuamente con el pecado; y, sin embargo, en esa lucha no son vencidos, sino que obtienen la victoria.

He dicho esto para que entiendan, no por los sueños de los hombres, sino por la palabra de Dios, quiénes son verdaderamente santos. Vemos, pues, cuánto ayuda la doctrina cristiana a levantar y consolar las conciencias débiles. Porque no trata de capuchas, tonsuras, rapaduras, fraternidades y semejantes juguetes, sino de asuntos altos y graves: cómo podemos vencer la carne, el pecado, la muerte y el diablo. Esta doctrina, así como es desconocida para los justiciarios y para los que confían en sus propias obras, así también les es imposible instruir o encaminar correctamente a una pobre conciencia errante y extraviada, o apaciguarla y consolarla cuando está en tristeza, terror o desesperación.

«Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías», etc.

Pablo no enumera todas las obras de la carne, sino que usa cierto número por un número incierto. Primero, cuenta las clases de concupiscencias, como adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, etc. Ahora bien, no solo la lujuria carnal es obra de la carne, como soñaron los papistas, que también llamaban al matrimonio obra de la carne, ¡tan castos y santos son estos hombres!, siendo el mismo Dios autor de él, y aun ellos mismos lo contaban entre sus sacramentos. Sino que también cuenta entre las obras de la carne, como ya he dicho antes, la idolatría, la hechicería, el odio y otras semejantes, que después siguen. Por tanto, este solo pasaje muestra suficientemente qué entiende Pablo por la carne. Estas palabras son tan conocidas, que no necesitan interpretación.

Idolatría.

Pero las religiones más elevadas, la santidad y las devociones más fervientes de quienes rechazan a Cristo el Mediador y adoran a Dios sin su palabra ni mandamiento, no son otra cosa que pura idolatría. Así, en el papismo se tenía por acto santísimo y espiritual cuando los monjes, encerrados en sus celdas, meditaban y reflexionaban sobre Dios o sobre sus obras; y cuando, encendidos en devociones muy fervientes, se arrodillaban, oraban, y eran tan arrebatados en la contemplación de las cosas celestiales que lloraban de gozo. No pensaban en mujeres ni en ninguna otra criatura, sino solo en Dios el Creador y en sus obras maravillosas; y, sin embargo, esta obra tan espiritual, como la razón la estima, es, según Pablo, una obra de la carne y una clara idolatría. Por tanto, toda religión por la cual se adora a Dios sin su palabra y mandamiento es idolatría. Y cuanto más santa y espiritual parece en lo exterior, tanto más peligrosa y perniciosa es. Porque aparta a los hombres de la fe en Cristo, y hace que confíen en sus propias fuerzas, obras y justicia. Y tal es hoy la religión de los anabaptistas; aunque cada día se descubren más y más como poseídos por el diablo, y como hombres sediciosos y sanguinarios.

Por tanto, el ayuno, el vestir cilicio, las obras santas, la disciplina estricta y toda la vida de los cartujos y monjes de la Cartuja, cuya orden, sin embargo, es la más rigurosa y severa de todas, son verdaderamente obras de la carne, sí, pura idolatría. Porque imaginan que son santos y que serán salvos, no por Cristo —a quien temen como juez severo y cruel—, sino por la observancia de sus reglas y órdenes. En verdad piensan en Dios, en Cristo y en las cosas celestiales, pero según su propia razón y no según la palabra de Dios; es decir, creen que su vestido, su manera de vivir y toda su conducta es santa y agrada a Cristo; a quien no solo esperan aplacar por esta severidad de vida, sino también ser recompensados por él por sus buenas obras y justicia. Por tanto, sus pensamientos más espirituales, como ellos los sueñan, no solo son sumamente carnales, sino también sumamente impíos; porque quieren borrar sus pecados y obtener gracia y vida eterna por la confianza y seguridad que tienen en su propia justicia, rechazando y despreciando la palabra, la fe y a Cristo. Todos los cultos y servicios a Dios, por tanto, y todas las religiones sin Cristo, son idolatría y servicio a los ídolos. Solo en Cristo el Padre tiene contentamiento; quien lo oye y hace lo que él ha mandado, ese es amado por causa del Amado. Él nos manda creer su palabra y ser bautizados, etc., y no inventar una nueva adoración o servicio a Dios.

He dicho antes que las obras de la carne son manifiestas; como el adulterio, la fornicación y otras semejantes, son claramente conocidas por todos los hombres. Pero la idolatría tiene tan bella apariencia y es tan espiritual, que solo muy pocos —es decir, los fieles— la reconocen como obra de la carne. Porque el monje, cuando vive castamente, ayuna, ora o dice misa, está tan lejos de pensar que es idólatra o que cumple alguna obra de la carne, que está plenamente persuadido de que es guiado y gobernado por el Espíritu, de que anda conforme al Espíritu, de que no piensa, habla ni hace otra cosa que puras cosas espirituales, y de que rinde a Dios el servicio que más le agrada. Hoy nadie puede persuadir a los papistas de que su misa es una gran blasfemia contra Dios, e idolatría, sí, y tan horrible como nunca la hubo en la iglesia desde el tiempo de los apóstoles. Porque son ciegos y obstinados, y por eso juzgan tan perversamente acerca de Dios y de las cosas de Dios, pensando que la idolatría es el verdadero servicio de Dios y, al contrario, que la fe es idolatría. Pero nosotros, que creemos en Cristo y conocemos su mente, somos capaces de juzgar y discernir todas las cosas, y no podemos ser verdaderamente y delante de Dios juzgados por ningún hombre.

Por esto es claro que Pablo llama carne a todo cuanto hay en el hombre, comprendiendo las tres facultades del alma: la voluntad que codicia, la voluntad inclinada a la ira, y el entendimiento. Las obras de la voluntad que codicia son adulterio, fornicación, inmundicia y cosas semejantes. Las obras de la voluntad inclinada a la ira son pleitos, contiendas, homicidios y otras por el estilo. Las obras del entendimiento o de la razón son errores, falsas religiones, supersticiones, idolatría, herejías, es decir, sectas, y cosas semejantes. Es muy necesario que sepamos estas cosas; porque esta palabra, carne, ha sido tan oscurecida en todo el reino del Papa, que han tomado la obra de la carne por nada más que el cumplimiento de la lujuria carnal o el acto de la lascivia; por eso les fue imposible entender a Pablo. Pero aquí podemos ver claramente que Pablo cuenta la idolatría y la herejía entre las obras de la carne; las cuales dos cosas, como ya hemos dicho antes, la razón estima como altísimas y excelentes virtudes, sabiduría, religión, santidad y justicia. Pablo la llama, en Col. 2, culto de los ángeles. Pero aunque parezca santísima y espiritual, no es otra cosa que una obra de la carne, una abominación e idolatría contra el evangelio, contra la fe y contra el verdadero servicio de Dios. Esto lo ven los fieles, porque tienen ojos espirituales; pero los justiciarios juzgan lo contrario. Porque a un monje no se le puede persuadir que sus votos son obras de la carne. Así, el turco no cree en absoluto que su Alcorán, sus lavamientos y otras ceremonias que observa, sean obras de la carne.

Hechicería

De la hechicería he hablado antes en el capítulo 3. Este vicio era muy común en nuestros días antes que la luz y la verdad del evangelio fueran reveladas. Cuando yo era niño, había muchas brujas y hechicerías que embrujaban tanto al ganado como a los hombres, pero especialmente a los niños, y además causaban mucho daño de otras maneras. Pero ahora, bajo la luz del evangelio, estas cosas no se oyen tan comúnmente; porque el evangelio arroja al diablo de su asiento con todas sus ilusiones. Pero ahora embruja a los hombres de una manera mucho más horrible, a saber, con hechicería y brujería espiritual.

Pablo cuenta la hechicería entre las obras de la carne, la cual, sin embargo, como todos saben, no es una obra de lujuria carnal ni de lascivia, sino una especie de idolatría. Porque la hechicería hace pacto con el diablo; la superstición o idolatría hace pacto con Dios; aunque no con el Dios verdadero, sino con un dios falso. Por tanto, la idolatría es, en verdad, una hechicería espiritual. Porque así como las brujas encantan al ganado y a los hombres, así los idólatras, es decir, todos los justiciarios o justificadores de sí mismos, procuran encantar a Dios y hacer de él uno tal como ellos lo imaginan. Ahora bien, lo imaginan como uno que los justificará, no por su pura gracia y misericordia y por la fe en Cristo, sino en atención a sus cultos voluntarios y a las obras de su propia elección, y que en recompensa de ello les dará justicia y vida eterna. Pero mientras procuran encantar a Dios, se encantan a sí mismos. Porque si perseveran en esta opinión malvada que conciben de Dios, morirán en su idolatría y serán condenados. La mayor parte de las obras de la carne son bien conocidas; por tanto, no necesitan más explicación.

Por el nombre de sectas, Pablo entiende aquí, no aquellas divisiones o contiendas que a veces surgen en el gobierno de las casas o de las repúblicas por asuntos mundanos y terrenales, sino las que surgen en la iglesia acerca de doctrina, fe y obras. Las herejías, es decir, las sectas, siempre han estado en la iglesia, como ya hemos dicho antes en varios lugares. Sin embargo, el Papa es un archihereje y la cabeza de todos los herejes; porque ha llenado el mundo, por decirlo así, con un gran diluvio de infinitas sectas y errores. ¿Qué concordia y unidad había en tan gran diversidad de monjes y otras órdenes religiosas? Ninguna clase o secta de ellos podía concordar con otra; porque medían su santidad por la severidad de sus órdenes. De ahí viene que el cartujo quiera ser tenido por más santo que el franciscano, y así también los demás. Por tanto, no hay unidad de espíritu ni concordia de mentes, sino gran discordia, en la iglesia papista. No hay conformidad en su doctrina, fe, religión o servicio a Dios, sino que todas las cosas son completamente contrarias.

Por el contrario, entre los cristianos, la palabra, la fe, la religión, los sacramentos, el servicio, Cristo, Dios, el corazón, el alma, la mente y el entendimiento, son todos uno y comunes a todos; y en cuanto a la conducta exterior, la diversidad de estados, grados y condiciones de vida no impide en nada esta concordia y unidad espiritual, como he dicho antes.

Y los que tienen esta unidad del Espíritu pueden ciertamente juzgar de todas las sectas, cosa que de otro modo nadie entiende; así como, en realidad, ningún teólogo en el papado entendió que Pablo en este lugar condena todos los cultos, religiones, continencia, conducta honesta y vida santa en apariencia externa de todos los papistas, sectarios y cismáticos; sino que todos pensaban que hablaba de la grosera idolatría y de las herejías de los gentiles y turcos, que blasfeman manifiestamente el nombre de Cristo.

Embriaguez, glotonería

Pablo no dice que comer y beber sean obras de la carne, sino embriagarse y darse a los excesos, que son de todos los vicios los más comunes hoy día. Quienes se entregan a esta bestial disolución y exceso, sepan que no son espirituales, por mucho que se gloríen de serlo, sino que siguen a la carne y practican sus obras inmundas. Por eso se pronuncia contra ellos esta horrible sentencia: que no heredarán el reino de Dios. Pablo quiere, por tanto, que los cristianos huyan de la embriaguez y de los excesos en la comida, viviendo sobria y moderadamente sin ningún exceso, no sea que, regalando la carne, sean provocados a la sensualidad; pues en verdad, después del exceso y del buen comer, la carne suele desenfrenarse y encenderse con deseos desordenados. Pero no basta solamente reprimir esta desenfrenada sensualidad y lujuria de la carne que sigue a la embriaguez y a la glotonería, o a cualquier género de exceso; sino que también la carne, cuando está más sobria y en su mayor templanza, debe ser sometida y refrenada, para que no cumpla sus deseos y concupiscencias. Porque muchas veces acontece que aun los más sobrios son los más tentados; como Jerónimo escribe de sí mismo: «Mi rostro», dice, «estaba pálido por el ayuno, y mi mente se inflamaba con deseos carnales en mi cuerpo frío; y aunque mi carne estaba ya medio muerta, sin embargo hervían en mí las llamas de la lujuria inmunda».

De esto yo mismo también tuve experiencia cuando era monje. Por tanto, el ardor de las lujurias inmundas no se apaga solo con ayunos, sino que debemos ser ayudados también por el Espíritu, es decir, por la meditación de la palabra de Dios, la fe y la oración. Ciertamente el ayuno reprime los ataques groseros de la lujuria carnal; pero los deseos de la carne no se vencen con la abstinencia de comidas y bebidas, sino solamente con la meditación de la palabra de Dios y la invocación de Cristo.

Versículo 21. Y cosas semejantes a estas. Porque es imposible enumerar todas las obras de la carne.

Gálatas 5:21

De esto les advierto, como ya se lo he dicho antes:

que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios.

Esta es una palabra muy dura y terrible, pero muy necesaria contra los falsos cristianos y los hipócritas descuidados, que se jactan del evangelio, de la fe y del Espíritu, y sin embargo, con toda seguridad, practican las obras de la carne. Pero sobre todo los herejes, envanecidos con opiniones de cosas espirituales, como ellos sueñan, están poseídos por el diablo y son totalmente carnales; por eso practican y cumplen los deseos de la carne, aun con todas las facultades del alma. Por tanto, era muy necesario que el Apóstol pronunciara una sentencia tan horrible y terrible contra tales despreciadores descuidados e hipócritas obstinados; a saber, que todos los que hacen tales obras de la carne como Pablo ha enumerado, no heredarán el reino de Dios. Así, algunos de ellos, aterrados por esta severa sentencia, podrán empezar a luchar por el Espíritu contra las obras de la carne, para no llevarlas a cabo.

Versículo 22. Pero el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe,

mansedumbre, templanza.

El Apóstol no dice, las obras del Espíritu, como dijo las obras de la carne; sino que adorna estas virtudes cristianas con un nombre más honorable, llamándolas frutos del Espíritu. Porque traen consigo frutos y beneficios excelentísimos; pues los que los tienen dan gloria a Dios, y con ellos atraen y mueven a otros a abrazar la doctrina y la fe de Cristo.

Amor.

Habría bastado decir amor, y nada más; porque el amor se extiende a todos los frutos del Espíritu. Y en 1 Co 13, Pablo atribuye al amor todos los frutos que se hacen en el Espíritu, cuando dice: «El amor es sufrido, es benigno», etc. Sin embargo, quiso ponerlo aquí por separado entre los demás frutos del Espíritu, y en primer lugar, para advertir a los cristianos que antes de todas las cosas deben amarse unos a otros, honrándose los unos a los otros, como dice Ro 12:10, estimando cada uno a los demás como superiores a sí mismo, y sirviéndose unos a otros, porque tienen a Cristo y al Espíritu Santo morando en ellos, y por causa de la palabra, el bautismo y los demás dones de Dios que tienen los cristianos.

Gozo.

Esta es la voz del esposo y de la esposa; es decir, dulces meditaciones acerca de Cristo, exhortaciones saludables, cánticos o salmos agradables, alabanzas y acciones de gracias, con las cuales los piadosos se instruyen, se animan y se reconfortan. Por tanto, Dios no ama la pesadez ni la duda de espíritu; aborrece la doctrina desconsoladora, los pensamientos tristes y sombríos, y ama los corazones alegres. Porque para esto envió a su Hijo: no para oprimirnos con pesadumbre y tristeza, sino para alegrar nuestras almas en él. Por eso los profetas, los apóstoles y Cristo mismo nos exhortan, sí, nos mandan que nos regocijemos y nos alegremos. «Alégrate mucho, hija de Sion; da voces de júbilo, hija de Jerusalén; he aquí tu rey vendrá a ti» (Zac 9:9). Y en los Salmos se dice muchas veces: «Alegraos en Jehová». Pablo dice: «Regocijaos en el Señor siempre», etc. Y Cristo dice: «regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos». Donde está este gozo del Espíritu, allí el corazón se regocija interiormente por la fe en Cristo, con plena certeza de que él es nuestro Salvador y nuestro obispo; y exteriormente expresa este gozo con palabras y gestos. También los fieles se alegran cuando ven que el evangelio se extiende, que muchos son ganados para la fe y que el reino de Cristo es engrandecido.

Paz.

Tanto para con Dios como para con los hombres, para que los cristianos sean pacíficos y tranquilos; no contenciosos ni llenos de odio unos contra otros, sino llevando los unos las cargas de los otros por medio de la paciencia o perseverancia; sin la cual la paz no puede durar. Por eso Pablo la pone inmediatamente después de la paz.

Paciencia o perseverancia.

Por ella el hombre no solo soporta adversidades, injurias, reproches y cosas semejantes, sino que también espera con paciencia la corrección de quienes le han hecho algún mal. Cuando el diablo no puede vencer por la fuerza a los que son tentados, entonces procura vencerlos por larga duración. Porque sabe que somos vasos de barro, que no pueden soportar mucho tiempo ni resistir muchos golpes y azotes violentos; por eso, mediante la prolongación de las tentaciones, vence a muchos. Para derrotar estos continuos asaltos suyos, debemos usar la paciencia, que espera con paciencia no solo la enmienda de quienes nos hacen mal, sino también el fin de estas tentaciones que el diablo levanta contra nosotros.

Benignidad.

Esto es cuando un hombre es amable y dócil en su trato y en toda su vida. Porque los que quieren ser verdaderos seguidores del evangelio no deben ser ásperos ni amargos, sino benignos, apacibles, corteses y de hablar amable. Esto debe animar a otros a agradarse de su compañía. Deben saber pasar por alto las faltas ajenas, o por lo menos interpretarlas del mejor modo; deben estar dispuestos a ceder y dar lugar a otros, contentos de soportar a los que son difíciles e intratables, como dijeron aun los mismos paganos: “Debes conocer las costumbres de tu amigo, pero no debes odiarlas”. Tal era nuestro Salvador Cristo, como puede verse por todas partes en el evangelio. Se escribe de Pedro que lloraba cada vez que recordaba la dulce mansedumbre de Cristo, la cual usaba en su trato diario. Es una virtud excelente, y muy necesaria en toda clase de vida.

Bondad.

Es cuando un hombre ayuda de buena gana a otros en su necesidad, dando, prestando y por otros medios semejantes.

Fe.

Cuando Pablo cuenta aquí la fe entre los frutos del Espíritu, es evidente que no habla de la fe que es en Cristo, sino de la fidelidad y humanidad de un hombre para con otro. Por eso dice en el capítulo 13 de la primera epístola a los Corintios que la caridad todo lo cree. Por tanto, el que tiene esta fe no es desconfiado, sino benigno, y toma todo en el mejor sentido. Y aunque sea engañado y se encuentre burlado, tal es su paciencia y dulzura, que lo deja pasar. En resumen, está dispuesto a creer a todos, aunque no confía en todos. Por el contrario, donde falta esta virtud, allí los hombres son suspicaces, difíciles, caprichosos, huraños, y así no quieren creer nada ni ceder a nadie. No pueden soportar nada. Todo lo que un hombre diga o haga, por bien que esté hecho, ellos lo censuran y lo calumnian; de modo que quien no se acomoda a su humor nunca puede agradarles. Por eso les es imposible conservar la caridad, la amistad, la concordia y la paz con los hombres. Pero si estas virtudes se quitan, ¿qué es esta vida sino morderse y devorarse unos a otros? La fe, pues, en este lugar es cuando un hombre da crédito a otro en las cosas que pertenecen a esta vida presente. Porque, ¿qué clase de vida llevaríamos en este mundo, si un hombre no creyera a otro?

Mansedumbre.

Es cuando un hombre no se mueve ni se provoca fácilmente a ira. Hay infinitas ocasiones en esta vida que provocan a los hombres al enojo, pero los piadosos las vencen por la mansedumbre.

Templanza, castidad o continencia.

Esta es una sobriedad o modestia en toda la vida del hombre, virtud que Pablo pone en oposición a las obras de la carne. Quiere, pues, que los cristianos vivan sobriamente y castamente; que no sean adúlteros, ni fornicarios, ni disolutos; y si no pueden vivir castamente, quiere que se casen. También quiere que no sean contenciosos ni pendencieros, que no se entreguen a la embriaguez ni a la glotonería, sino que se abstengan de todas estas cosas. La castidad o continencia abarca todo esto. Jerónimo la interpreta solo de la virginidad, como si los casados no pudieran ser castos, o como si el Apóstol escribiera estas cosas solamente a las vírgenes. En el primero y segundo capítulo a Tito, advierte a todos los obispos, a las jóvenes y a las personas casadas, tanto al marido como a la mujer, que sean castos y puros.

Gálatas 5:23

Contra tales cosas no hay ley.

En verdad sí hay una ley, pero no contra tales; como también dice en otro lugar: «la ley no fue dada para el justo». Porque el justo vive de tal manera, que no tiene necesidad de ninguna ley que lo amoneste o lo obligue; sino que, sin la coacción de la ley, hace voluntariamente aquellas cosas que la ley requiere. Por tanto, la ley no puede acusar ni condenar a los que creen en Cristo. Es cierto que la ley turba y aterroriza nuestras conciencias; pero Cristo, recibido por la fe, la vence con todos sus terrores y amenazas. Así que, para ellos, la ley está completamente abolida y no tiene poder para acusarlos; porque hacen de su propia voluntad lo que la ley exige. Han recibido al Espíritu Santo por la fe, el cual no permitirá que estén ociosos. Aunque la carne resista, sin embargo andan conforme al Espíritu. Así, el cristiano cumple la ley interiormente por la fe, porque Cristo es la perfección de la ley para justicia a todo aquel que cree; exteriormente, por las obras y la remisión de los pecados. Pero a los que practican las obras o los deseos de la carne, la ley los acusa y los condena, tanto civil como espiritualmente.

Gálatas 5:24

«Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos.»

Todo este pasaje acerca de las obras muestra que los verdaderos creyentes no son hipócritas. Por tanto, que nadie se engañe a sí mismo. Porque todo el que, dice él, pertenece a Cristo, ha crucificado la carne con todos sus vicios y deseos.

Porque los santos, puesto que todavía no se han despojado por completo de la carne corrupta y pecaminosa, se inclinan al pecado, y no temen ni aman a Dios tan perfectamente como deberían. También son provocados a ira, a envidia, a impaciencia, a deseos impuros y a movimientos semejantes. Sin embargo, no los llevan a cabo; porque, como Pablo dice aquí, crucifican la carne con todos sus afectos y deseos. Y esto lo hacen no solo cuando reprimen la lascivia de la carne con ayunos y otros ejercicios, sino también, como Pablo dijo antes, cuando andan conforme al Espíritu; es decir, cuando, siendo amonestados por las amenazas de Dios, por las cuales él muestra que castigará severamente el pecado, temen cometer pecado; también cuando, armados con la palabra de Dios, con la fe y con la oración, no obedecen los deseos de la carne.

Cuando resisten a la carne de esta manera, la clavan en la cruz, con sus deseos y concupiscencias; de modo que, aunque la carne todavía está viva, no puede hacer lo que querría, por cuanto está atada de pies y manos, y firmemente clavada a la cruz. Así pues, los fieles, mientras viven aquí, crucifican la carne; es decir, sienten sus deseos, pero no los obedecen. Porque, estando provistos con toda la armadura de Dios, es decir, con la fe, la esperanza y la espada del Espíritu, resisten a la carne, y con estos clavos espirituales la sujetan a la cruz, de modo que es forzada a someterse al Espíritu. Después, cuando mueren, se despojan de ella por completo; y cuando resuciten de muerte a vida, tendrán una carne pura e incorrupta, sin afectos ni deseos.

Gálatas 5:25

Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu.

El Apóstol contó antes entre las obras de la carne las herejías y la envidia, y pronunció sentencia contra los que son envidiosos y autores de sectas: que no heredarán el reino de Dios. Y ahora, como si hubiera olvidado lo que dijo un poco antes, vuelve a reprender a los que se provocan y envidian unos a otros. ¿Por qué lo hace? ¿No bastaba con haberlo hecho una vez? En verdad, lo hace a propósito. Porque aquí toma ocasión para arremeter contra ese vicio execrable de la vanagloria, que era la causa de los problemas en todas las iglesias de Galacia, y que siempre ha sido sumamente pernicioso y dañino para toda la iglesia de Cristo. Por eso, en su Epístola a Tito, no quiere que un hombre soberbio sea ordenado obispo. Porque la soberbia, como Agustín dice con verdad, es la madre de todas las herejías, o más bien la fuente principal de todo pecado y confusión; cosa de la que dan testimonio todas las historias, tanto sagradas como profanas.

Ahora bien, la vanagloria o arrogancia siempre ha sido un veneno común en el mundo, que hasta los mismos poetas e historiadores paganos han reprendido con vehemencia. No hay aldea donde no se halle alguno que quiera ser tenido por más sabio y más estimado que todos los demás. Pero los que más están infectados de esta enfermedad son los que se apoyan en su reputación de saber y sabiduría. En este caso, nadie quiere ceder a otro, conforme a aquel dicho: difícilmente hallarán a un hombre que ceda a otros la alabanza del ingenio y del saber. Porque es cosa agradable ver que los hombres señalen a uno y digan: Este es. Pero esto no es tan dañino en personas particulares, ni tampoco en ninguna clase de magistrado, como lo es en los que tienen algún cargo en la iglesia. Aunque en el gobierno civil, especialmente si se trata de grandes personajes, no solo es causa de problemas y ruina de repúblicas, sino también de trastornos y cambios de reinos e imperios; cosa de la cual dan testimonio tanto las historias de la Escritura como las de escritores profanos.

Pero cuando este veneno se mete en la iglesia o reino espiritual, no puede expresarse cuán dañino es. Porque entonces la contienda no es acerca de saber, ingenio, belleza, riquezas, reinos, imperios y cosas semejantes, sino acerca de salvación o condenación, vida eterna o muerte eterna. Por eso Pablo exhorta con insistencia a los ministros de la palabra a huir de este vicio, diciendo: «Si vivimos por el Espíritu», etc. Como si dijera: Si es verdad que vivimos por el Espíritu, procedamos también y andemos por el Espíritu. Porque donde está el Espíritu, renueva a los hombres y obra en ellos nuevos movimientos; es decir, donde antes eran vanagloriosos, iracundos y envidiosos, ahora los hace humildes, mansos y pacientes. Tales hombres no buscan su propia gloria, sino la gloria de Dios. No se provocan ni se envidian unos a otros, sino que se dan lugar unos a otros, y se adelantan unos a otros en honra. Por el contrario, los que desean gloria y se envidian unos a otros pueden jactarse de que tienen el Espíritu y viven conforme al Espíritu; pero se engañan a sí mismos, siguen la carne y hacen sus obras, y ya tienen su sentencia: que no heredarán el reino de Dios.

Ahora bien, así como nada es más peligroso para la iglesia que este vicio execrable, así tampoco hay nada más común. Porque cuando Dios envía obreros a su mies, Satanás levanta enseguida a sus ministros también, los cuales de ninguna manera quieren ser tenidos por inferiores a los que son legítimamente llamados. Aquí surge inmediatamente la disensión. Los impíos no cederán ni un cabello a los piadosos, porque sueñan que los sobrepasan grandemente en ingenio, en saber, en piedad, en espíritu y en otras virtudes. Y mucho menos deben los piadosos ceder a los impíos, no sea que la doctrina de la fe quede en peligro. Además, tal es la naturaleza de los ministros de Satanás, que pueden aparentar muy bien ser muy caritativos, humildes, amantes de la concordia y adornados con otros frutos del Espíritu. También protestan que no buscan otra cosa que la gloria de Dios y la salvación de las almas; y, sin embargo, están llenos de vanagloria, y hacen todo con el solo fin de ganar alabanza y estima entre los hombres. En resumen, piensan que la piedad es fuente de ganancia, «que toman la piedad como fuente de ganancia» (1 Ti 6:5), y que el ministerio de la palabra les ha sido dado para adquirir fama y estimación por medio de él. Por eso no pueden dejar de ser autores de disensiones y sectas.

Siendo, pues, la vanagloria de los falsos apóstoles la causa de que las iglesias de Galacia fueran turbadas y abandonaran a Pablo, su propósito principal en este capítulo fue reprimir ese vicio execrable. Sí, este mal dio al Apóstol ocasión para escribir toda esta Epístola. Y si no lo hubiera hecho así, todo su trabajo empleado en predicar el evangelio entre los gálatas habría sido en vano. Porque en su ausencia los falsos apóstoles, que eran hombres de gran autoridad en la apariencia externa, reinaban en Galacia. Además de querer parecer que buscaban la gloria de Cristo y la salvación de los gálatas, fingían también que habían convivido con los Apóstoles y que seguían sus pasos, diciendo que Pablo no había visto a Cristo en la carne ni había convivido con los demás Apóstoles, y por eso no hacían caso de él, sino que rechazaban su doctrina y se jactaban de que la suya era la verdadera y sincera. Así turbaron a los gálatas y levantaron sectas entre ellos, de modo que se provocaban y envidiaban unos a otros; lo cual era una señal segura de que ni los maestros ni los oyentes vivían y andaban conforme al Espíritu, sino que seguían la carne y cumplían sus obras; y así, en consecuencia, habían perdido la verdadera doctrina, la fe, a Cristo y todos los dones del Espíritu Santo, y ahora habían llegado a ser peores que los mismos paganos.

No obstante, él no solo arremete contra los falsos apóstoles que en su tiempo perturbaban las iglesias de Galacia; sino que también previó en espíritu que habría un número infinito de tales hombres hasta el fin del mundo, los cuales, infectados con este vicio pernicioso, se introducirían en la iglesia, jactándose del Espíritu y de una doctrina celestial, y bajo este pretexto trastornarían por completo la verdadera doctrina y la fe. Muchos tales hemos visto también en estos nuestros días, los cuales se han metido en el reino del Espíritu, es decir, en el ministerio de la palabra; y por esta hipocresía se han granjeado fama y estima, como si fueran grandes doctores y columnas del evangelio, y como si vivieran en el Espíritu y anduvieran conforme a él. Pero como su gloria consistía en la boca de los hombres y no en Dios, no podía ser firme ni estable; sino que, conforme a la profecía de Pablo, se volvió para su propia confusión, y su fin fue destrucción. Porque «No se levantarán los malos en el juicio, Ni los pecadores en la congregación de los justos» (Sal 1:5). El mismo juicio permanece para todos los que, al predicar el evangelio, buscan su propio provecho y no la gloria de Jesucristo. Porque el evangelio no nos ha sido dado para que por él busquemos nuestra propia alabanza y gloria, o para que el pueblo nos honre y ensalce a nosotros, que somos sus ministros; sino para que el beneficio y la gloria de Cristo sean predicados y publicados, y para que el Padre sea glorificado en su misericordia ofrecida a nosotros en Cristo su Hijo, a quien entregó por todos nosotros, y juntamente con él nos dio todas las cosas. Por tanto, el evangelio es una doctrina en la que debemos buscar cualquier cosa menos nuestra propia gloria. Nos presenta cosas celestiales y eternas, que no son nuestras, que ni hemos hecho ni merecido; sino que nos las ofrece a nosotros, digo, que somos indignos, y eso solo por la mera bondad y gracia de Dios. ¿Por qué, entonces, habríamos de buscar por ello alabanza y gloria? Por lo tanto, el que busca su propia gloria en el evangelio, habla por su propia cuenta; y el que habla por su propia cuenta, mentiroso es, y no hay injusticia en él. Por el contrario, el que busca la gloria del que le envió, este es verdadero, y no hay en él injusticia (Jn 7). Pablo, por tanto, encarga seriamente a todos los ministros de la palabra, diciendo: «Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu»;

es decir, permanezcamos en la doctrina de la verdad que nos ha sido enseñada, en amor fraternal y concordia espiritual; prediquemos a Cristo y la gloria de Dios con sencillez de corazón; confesemos que de él hemos recibido todas las cosas; no pensemos de nosotros más que de otros; no levantemos sectas. Porque esto no es andar rectamente, sino más bien extraviarse del camino y establecer una manera nueva y perversa de andar.

Por esto podemos entender que Dios, por su gracia especial, hace que los maestros del evangelio estén sujetos a la cruz y a toda clase de aflicciones, para salvación de ellos mismos y del pueblo; porque de otro modo no podrían reprimir ni abatir esta bestia que se llama vanagloria. Porque si ninguna persecución, ninguna cruz ni ningún reproche siguiera a la doctrina del evangelio, sino solamente alabanza, reputación y gloria entre los hombres, entonces todos los que la profesan serían infectados y perecerían por el veneno de la vanagloria. Jerónimo dice que había visto a muchos que podían soportar grandes incomodidades en su cuerpo y en sus bienes, pero a ninguno que pudiera despreciar sus propias alabanzas. Porque es casi imposible que un hombre no se envanezca cuando oye algo dicho en alabanza de sus propias virtudes. Pablo, no obstante, aunque tenía el Espíritu de Cristo, dice que le fue dado un mensajero de Satanás que lo abofetease, para que no se exaltase sobremanera por la grandeza de sus revelaciones. Por eso Agustín dice muy bien: “Si un ministro de la palabra es alabado, está en peligro; si un hermano lo desprecia o lo vitupera, también está en peligro. El que oye a un predicador de la palabra debe reverenciarlo por causa de la palabra; pero si él se envanece por ello, está en peligro. Por el contrario, si es despreciado, él está fuera de peligro; pero no así el que lo desprecia”.

Por tanto, debemos honrar nuestro gran beneficio, es decir, la predicación de la palabra y la recepción de los sacramentos (Ro 14:16). También debemos reverenciarnos unos a otros, conforme a aquello: «prefiriéndoos los unos a los otros» (Ro 12:10). Pero dondequiera que esto se hace, enseguida la carne siente cosquillas de vanagloria y se llena de orgullo. Porque no hay nadie, ni aun entre los piadosos, que no prefiera ser alabado antes que vituperado, a menos quizá que alguno esté tan bien afirmado en esto, que no se mueva ni por las alabanzas ni por los reproches, como aquella mujer dijo de David: «Mi señor es sabio, conforme a la sabiduría de un ángel de Dios, para conocer lo bueno y lo malo» (2 S 14:17). Del mismo modo Pablo dice: «por honra y por deshonra, por mala fama y por buena fama» (2 Co 6:8). Los tales, que ni se envanecen con la alabanza ni se dejan abatir por el desprecio, sino que procuran sencillamente exaltar el beneficio y la gloria de Cristo y buscar la salvación de las almas, andan ordenadamente. Por el contrario, los que se ensoberbecen al oír sus propias alabanzas, y no buscan la gloria de Cristo sino la suya, y también los que, movidos por reproches y calumnias, abandonan el ministerio de la palabra, no andan ordenadamente.

Por tanto, que cada uno mire que ande ordenadamente, y especialmente los que se glorían del Espíritu. Si tú eres alabado, sabe que no eres tú el alabado, sino Cristo, a quien se debe toda alabanza. Porque en cuanto enseñas puramente la palabra y vives piadosamente, estos no son dones tuyos, sino dones de Dios; por tanto, no eres tú el alabado, sino Dios en ti. Cuando reconoces esto, andarás ordenadamente y no te llenarás de vanagloria. («Porque ¿quién te distingue? ¿o qué tienes que no hayas recibido?» 1 Co 4:7); sino que confesarás que lo has recibido de Dios, y no te dejarás mover por injurias, reproches o persecución para abandonar tu llamamiento.

Por eso Dios, por su gracia especial en este día, cubre nuestra gloria con infamia, reproche, odio mortal, cruel persecución, insultos y maldiciones de todo el mundo; y también con el desprecio y la ingratitud aun de aquellos entre quienes vivimos, tanto del vulgo como también de ciudadanos, caballeros y nobles. Su enemistad, odio y persecución contra el evangelio, así como es secreta e interior, así es más peligrosa que el proceder cruel y violento de nuestros enemigos manifiestos, para que no nos envanezcamos por los dones de Dios en nosotros. Esta piedra de molino debe ser colgada a nuestro cuello, para que no seamos infectados con ese veneno pestilente de la vanagloria. Algunos de nuestro lado nos aman y nos honran por el ministerio de la palabra; pero donde hay uno que nos honra, hay por otro lado cien que nos odian y nos persiguen. Por tanto, estos tratos maliciosos y estas persecuciones de nuestros enemigos, este gran desprecio e ingratitud, este odio cruel y secreto de aquellos entre quienes vivimos, son espectáculos tan agradables y nos alegran tanto, que fácilmente olvidamos la vanagloria.

Por tanto, regocijándonos en el Señor, que es nuestra gloria, permanecemos en orden. Esos dones que tenemos, reconocemos que son dones de Dios, y no nuestros, dados para la edificación del cuerpo de Cristo (Ef 4:12); por tanto, no nos enorgullecemos de ellos. Porque sabemos que de aquellos a quienes mucho se les ha encomendado, se requiere más que de los que han recibido poco. Además, sabemos que para con Dios no hay acepción de personas (Hch 10:34). Por tanto, un pobre artesano, usando fielmente el don que Dios le ha dado, agrada a Dios no menos que un predicador de la palabra; porque sirve a Dios en la misma fe y con el mismo espíritu. Por eso no debemos estimar menos a los cristianos más humildes de lo que ellos nos estiman a nosotros. Y de esta manera permaneceremos libres del veneno de la vanagloria, y andaremos en el Espíritu.

Por el contrario, los espíritus fantasiosos que buscan su propia gloria, el favor de los hombres, la paz del mundo, la comodidad de la carne, y no la gloria de Cristo, ni tampoco la salud de las almas de los hombres, aunque protestan que no buscan otra cosa, no pueden menos que descubrirse alabando su propia doctrina y labor, y despreciando la de otros hombres, y todo para ganarse nombre y alabanza. Estos espíritus vanagloriosos no se regocijan ni se glorían en el Señor; sino que entonces se glorían, entonces están animosos y resueltos, cuando son ensalzados por el pueblo, cuyo corazón ganan con maravillosas artes y sutilezas.

Gálatas 5:26

No nos hagamos vanagloriosos.

Es decir, gloriarnos, no en Dios (como ya he dicho), sino en cosas vanas, en la opinión, el favor y la estima de la gente. Aquí no hay fundamento verdadero de gloria, sino un fundamento falso; por eso es imposible que permanezca mucho tiempo. El que alaba al hombre por ser hombre, es mentiroso; porque en él no hay nada digno de alabanza, sino que todo es digno de condenación. Por tanto, en lo que toca a nuestra persona, esta es nuestra gloria: que todos los hombres han pecado y son culpables de muerte eterna delante de Dios. Pero el caso es distinto cuando se alaba nuestro ministerio. Por eso no solo debemos desear, sino también procurar con todas nuestras fuerzas, que los hombres lo engrandezcan y lo tengan en la debida reverencia; porque esto redundará en su salvación. Pablo advierte a los romanos que no ofendan a nadie, para que, dice él, «no sea vituperado vuestro bien» (Ro 14:16). Y en otro lugar, que nuestro ministerio no sea censurado (2 Co 6:3). Por tanto, cuando se alaba nuestro ministerio, no somos alabados por causa de nuestra propia persona, sino que, como dice el Salmo, somos alabados en Dios y en su santo nombre.

Provocándonos unos a otros, envidiándonos unos a otros.

Aquí describe el efecto y fruto de la vanagloria. El que enseña algún error, o es autor de alguna doctrina nueva, no puede sino provocar a otros; y cuando ellos no aprueban ni reciben su doctrina, en seguida comienza a odiarlos con toda amargura. Vemos hoy con qué odio mortal arden contra nosotros los sectarios, porque no queremos ceder ante ellos ni aprobar sus errores. Nosotros no fuimos los primeros en provocarlos, ni esparcimos por el mundo ninguna turbación; sino que, reprendiéndo fielmente ciertos abusos en la iglesia y enseñando el artículo de la justificación, hemos andado en buen orden. Pero ellos, abandonando este artículo, han enseñado muchas cosas contrarias a la palabra de Dios. Y aquí, como no quisimos perder la verdad del evangelio, nos hemos puesto contra ellos y hemos condenado sus errores. Como esto no lo pudieron soportar, no solo nos provocaron primero sin causa, sino que todavía ahora nos odian con gran malicia, y no por otra razón que por pura vanagloria; porque con gusto querrían borrarnos del todo, para que ellos solos pudieran gobernar y reinar. Pues imaginan que es una gran gloria profesar el evangelio, cuando en realidad no hay mayor ignominia a los ojos del mundo.

Traducción del inglés hecha con IA para Berea la primera vez que se lee cada capítulo.