Comentarios y sermones · Martín Lutero

1 Juan 3: comentario de Martín Lutero

Sermón para el segundo domingo después del Domingo de la Trinidad; 1 Juan 3:13-18

EXHORTACIÓN AL AMOR FRATERNAL.

1 Las epístolas y los evangelios señalados para los domingos del ciclo de Pentecostés tienen como tema general el amor. Tratan no solo del amor que debemos a Cristo y a Dios, que consiste únicamente en agradecer la inefable bendición del perdón de los pecados y de la salvación por la sangre y la muerte de Cristo, sino también del amor que debemos al prójimo: no un amor que corresponde a favores recibidos, sino uno que da sin cesar, perdona y hace todo bien aun cuando no sea correspondido.

2 Juan exhorta aquí al cristiano a ejercitar la virtud del amor. Dada la evidente escasez de amor entre los hombres, esta exhortación es necesaria. Advierte en particular a los cristianos que no se extrañen del odio del mundo ni de su deseo de darles muerte. Tal fue el odio de Caín contra su hermano, del cual el apóstol acaba de hablar. El odio del mundo, hay que reconocerlo, repele el amor y estorba poderosamente su ejercicio.

3 ¿No es sumamente extraño que uno pueda odiar a quienes lo aman y de quienes solo ha recibido bondad? Semejante maldad, decimos, es casi inconcebible. ¿Qué incentivo hay para servir al mundo cuando este, en su ingratitud, paga el amor con odio? Pero examinémonos nosotros, que hemos sido bautizados y hemos recibido el evangelio, y confesemos cómo correspondemos al supremo amor de Dios, que nos dio a su Hijo. ¡Qué hermoso ejemplo de alegre gratitud damos! Por la vergüenza deberíamos despreciarnos ante Dios y sus ángeles.

¿Y qué diremos de quienes no soportan la predicación del glorioso mensaje de la gracia y la bendición de Dios, sino que lo condenan como herejía? Para ellos, quienes procuran servir, beneficiar y salvar al mundo anunciándole las buenas nuevas deben ser, como dice Pablo, «como la escoria del mundo, el desecho de todos», 1 Co 4:13. En verdad, ningún criminal recibe trato y ejecución más miserables e ignominiosos, de lo cual el papa y sus seguidores son un ejemplo.

EL ODIO DEL MUNDO.

4 Aunque la experiencia ha comprobado este hecho, de otro modo increíble, Juan da la exhortación de todos modos: V.13. Hermanos míos, no os extrañéis si el mundo os aborrece. Si no hemos de extrañarnos de esto, ¿hay algo en el mundo que merezca asombro? Yo pensaría de verdad que oír un solo sermón sobre la gracia de Cristo bastaría para que el mundo recibiera el evangelio con intensísimo gozo y jamás olvidara la misericordia y la bendición divinas. No sería de extrañar que la tierra se abriera de pronto y se tragara a la humanidad por su ingratitud hacia Dios, que ha dado a su Hijo para que se hiciera hombre con el fin de redimirnos, mortales condenados, del pecado y de la muerte y devolvernos la vida y la salvación. ¿No es cosa horrible que algún hombre rehúya y se oponga a tal Salvador y a su doctrina más de lo que lo hace con el mismo diablo?

5 Pero ¿cuál es la actitud de Dios ante semejante conducta? Bien dice a los judíos por medio del profeta: «Pueblo mío, ¿qué te he hecho, o en qué te he molestado? Responde contra mí. Porque yo te hice subir de la tierra de Egipto, y de la casa de servidumbre te redimí; y envié delante de ti a Moisés, a Aarón y a María. Pueblo mío, acuérdate ahora qué aconsejó Balac rey de Moab, y qué le respondió Balaam hijo de Beor, desde Sitim hasta Gilgal, para que conozcas las justicias de Jehová.» Mi 6:3-5. Y bien dice Cristo a su pueblo ingrato: «¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de sus alas, y no quisiste!» Mt 23:37. Como si dijera: «Ciertamente no vine a causar vuestra muerte y condenación con mi mensaje. Estoy por sufrir la muerte y la ira de Dios por vuestros pecados. Os traigo la gracia y la bendición sin fin de Dios para el tiempo y la eternidad. Entonces, ¿por qué este odio amargo contra mí y contra mi mensaje?»

6 «Puesto que el mundo odia aun a Dios por su bondad», argumenta Juan, «no os extrañéis, amados míos, de que sufráis la misma suerte. ¿Qué significa que yo muestre mi amor arriesgando vida y cuerpo para sostener esta doctrina del evangelio y ayudar a mi prójimo? El mío es un amor pobre, mezquino, tosco y ofensivo en comparación con el amor que llevó a Cristo a morir por mí y a redimirme de la muerte eterna. Si el supremo e insondable amor de Dios no despierta la gratitud del mundo, ¿qué tiene de raro que el mundo os odie por toda vuestra bondad? ¿Por qué queréis descargar el puño y patear de ira ante tal ingratitud? Vosotros mismos sois de esa raza por la cual el Hijo de Dios tuvo que morir. Y aunque murierais por el evangelio, vuestro sacrificio no sería nada en comparación con el hecho de que Dios, por amor del mundo, no perdonó a su propio Hijo, sino que permitió que el mundo lo matara.»

7 Pero ¿de dónde nace el odio del mundo? Juan nos lo dice en el versículo doce, cuando menciona el caso de Caín, quien, dice, «era del maligno, y mató a su hermano. ¿Y por qué causa lo mató? Porque sus obras eran malas, y las de su hermano justas.» ¡Excelente razón, en verdad, para odiar: el que odia y mata es malo, y el benefactor es bueno! En los asuntos civiles y domésticos son los malhechores y desobedientes quienes incurren en el desagrado y reciben castigo, y tal recompensa es justa. Pero siempre que Dios trata con el mundo, este muestra qué fruto podrido es, pues odia, persigue y da muerte, como a malhechores e impostores, a sus mismos benefactores. Este rasgo, nos dice Juan, lo hereda de su antepasado Caín, el gran santo fratricida. Él es un fiel retrato del mundo de todos los tiempos, y su espíritu y su modo siempre se moldean según él.

8 Cuando la madre Eva, la querida y piadosa mujer, dio a luz a su primer hijo, declaró en su gozo y en su esperanza de la promesa de Dios acerca de la simiente futura que heriría la cabeza de la serpiente: «Por voluntad de Jehová he adquirido varón» (Gn 4:1); y lo llamó Caín, que significa «adquirido», como si dijera: «He obtenido el verdadero tesoro.» Pues nunca antes había visto nacer a un ser humano; este era el primer fruto precioso del hombre. Se regocijó por Caín y se declaró bienaventurada. Este hijo fue criado con la esperanza de que sería el salvador de la raza futura, un consuelo para sus hermanos y hermanas con toda su descendencia. Ni él mismo ignoraba estas altivas esperanzas. Con orgullo se enseñoreaba de su hermano, quien en cambio tuvo que llevar el ignominioso nombre de Abel, que significa «nada» o «vanidad», como expresando el pensamiento del corazón de los padres: «¡Ay! Este no tiene futuro. Caín es el legítimo heredero de la bendición que Dios ha prometido al hombre; es señor y amo de sus hermanos.»

9 Es probable que el piadoso padre y la madre, durante muchos años, sacaran su consuelo de la esperanza puesta en su primogénito, mientras aguardaban con anhelo intensísimo la redención de su lamentable caída. Sin duda instruyeron con sumo cuidado a ambos hijos, hablándoles de su propio pecado y caída y de la promesa que Dios les había dado, hasta que crecieron del todo y entraron en el oficio sacerdotal. Caín, el primogénito, era particularmente celoso en esto, y deseaba ser el primero, por cuanto ofrecía las primicias de la tierra, dadas por Dios y obtenidas con su propio trabajo, como sin duda había visto ofrecer a su padre. Abel, en cambio, el inferior, el pobre pastor, ofrecía los primogénitos de sus ovejas, dados por Dios y obtenidos sin esfuerzo ni fatiga de su parte. Entonces Dios manifestó de manera admirable su preferencia respecto de las ofrendas sobre el altar. Descendió fuego del cielo y consumió la ofrenda de Abel, pero la de Caín quedó. El fuego era la señal del favor de Dios. El texto dice: «Y miró Jehová con agrado a Abel y a su ofrenda; pero no miró con agrado a Caín y a la ofrenda suya.» Gn 4:4-5.

10 Entonces Adán y Eva vieron que la esperanza y el consuelo puestos en su primogénito eran una ilusión. Empezaron a conocer los admirables juicios de Dios, que dio la preferencia a Abel, el equivalente masculino de la Cenicienta, que era todo lo que él era a sus propios ojos cuando se comparaba con su hermano. Caín, en plena confianza en su posición, mimado por la ilusión de sus padres de que, como primogénito, era el preferido de Dios, se sintió agraviado. Su hipocresía, hasta entonces enmascarada, sale a la superficie. Arde en secreto odio contra Dios, en odio e ira contra su hermano, que no se toma trabajo alguno de disimular. Los padres lo reprenden, pero nada consiguen. La llama de su resentimiento se eleva más, y al encontrarlo a solas en el campo, lo derriba por tierra. Lejos de pensar en enmendar su vida o buscar la gracia de Dios, no tiene misericordia del único hermano que tiene en la tierra, que ningún daño le ha hecho. No puede perdonarlo ni dejarlo en la posesión, sin envidia, de la gracia de Dios.

11 ¡Tal fue el consuelo y el gozo que los pobres Adán y Eva vivieron para experimentar en sus primeros hijos! Desde entonces su vida terrenal estuvo llena de tristeza y dolor, en particular porque no podían sino ver la fuente de estos en su propia caída, y se habrían consumido hasta la muerte si Dios no los hubiera consolado con otro hijo. Pues cuando se hizo evidente que la esperanza puesta en Caín era una ilusión, y que estaban privados del hijo que, sin duda alguna, poseía la gracia de Dios, sin otro hijo no habrían sabido dónde buscar el consuelo de la simiente prometida.

CAÍN, EL MUNDO; ABEL, LA IGLESIA.

12 Nota que en este hombre, Caín, está retratado el mundo con sus verdaderos y característicos colores; en él se refleja su verdadero espíritu. Ciertamente jamás ha habido su igual. En él está indudablemente prefigurada la flor misma, la quintaesencia misma de la santidad en la tierra: los más piadosos siervos de Dios. Por otra parte, aquel pobre, miserable y abyecto equivalente masculino de la Cenicienta, Abel, representa bien a la oscura hermandad pequeña, la Iglesia de Cristo. Ella debe ceder a Caín, el señor, la distinción de serlo todo ante Dios, de ser el destinatario de todo don de Dios, de tener derecho a toda honra y a todo privilegio. Él se siente importante en su imaginada dignidad, permite que este espíritu penetre sus sacrificios y sus cultos, y piensa que Dios no puede sino favorecer y aceptar su ofrenda antes que la de su hermano.

Entre tanto, el piadoso Abel sigue su camino, sufriendo con mansedumbre el desprecio de su hermano. De buen grado cede a Caín la honra, se estima muy inferior y no ve para sí consuelo alguno fuera de la pura misericordia y bondad de Dios. Cree en Dios y espera la simiente futura prometida. En tal fe realiza su sacrificio como una confesión, una señal, de su gratitud.

13 Esta ilustración la destina Dios como consuelo para su pequeño rebaño; pues el hecho no está escrito por causa de Abel, sino por causa de los humildes hijos de Dios, cuya condición es como la de Abel. Dios no los ha olvidado, aunque el soberbio Caín los ignora con altivez y los considera nada en su presencia. Dios los mira con gracia y rechaza al soberbio Caín con su primogenitura y su ofrenda.

14 El inocente Abel se convierte en objeto de ira y de odio cuando la Palabra de Dios alcanza a Caín y le revela el desagrado de Dios allí donde él se había creído digno, y la negativa de Dios a considerar su ofrenda y su devoción superiores a las de su hermano y más meritorias. Caín empieza a odiar y perseguir amargamente a su hermano. No halla reposo hasta que Abel es derribado y cortado de la tierra. Ahí tienes la causa del odio y la ira del mundo contra los cristianos; simplemente esta, como dice Juan de Caín: «Porque sus obras eran malas, y las de su hermano justas.»

15 ¿Qué ofensa había cometido el piadoso Abel contra su hermano para ser tan odiado? Incluso había considerado a ese hermano como el primogénito, muy superior a sí mismo, y le había rendido toda honra y lo había amado como corresponde a un hermano. Se contentaba fácilmente, deseando simplemente la gracia de Dios. Oraba por la simiente futura, es decir, por la salvación y la felicidad de sus padres, de su hermano y de toda la raza humana. ¿Cómo pudo Caín ser tan despiadado e inhumano en su frenesí como para asesinar a su propia carne y sangre?

La respuesta se halla en que el diablo había llenado el corazón de Caín de orgullo y vanidad por su primogenitura. Se tenía por hombre distinguido, con todo derecho al favor de Dios y sin pecado, mientras que su hermano no era nada. El corazón de Caín está desprovisto de verdadero amor fraternal; solo tiene desprecio por Abel. No puede soportar el manifiesto favor de Dios hacia su hermano, y no se dejará mover por el mandato de humillarse y buscar la gracia de Dios. La ira y la envidia se apoderan de él hasta el punto de no poder tolerar vivo a su hermano. En violación del mandamiento de Dios y de su propia conciencia, se hace homicida, y luego sigue su camino como si hubiera obrado bien.

16 Esto es lo que Juan quiere decir cuando afirma que Caín no tuvo otra causa para su crimen sino que sus propias obras eran malas y las de su hermano justas. De igual modo, esa obediente hija de san Caín, el mundo, odia a los cristianos; y por ninguna otra razón que el amor y la bondad de corazón de estos. Sirvan de ejemplo los santos patriarcas, los profetas y, sobre todo, el mismo Cristo.

17 ¿Qué pecado cometieron contra el mundo los amados apóstoles? No deseaban el daño de nadie, sino que andaban en extrema pobreza y trabajo, enseñando a los hombres cómo, por la fe en Cristo, ser salvos del reino del diablo y de la muerte eterna. Esto el mundo no quiere oír ni tolerar; de ahí el clamor: «¡Maten, maten a esta gente! ¡Fuera con ellos de la faz de la tierra! ¡No tengan piedad de ellos!» ¿Por qué esta hostilidad? Porque los apóstoles procuraban librar al mundo de su idolatría y de sus obras condenables. Tales buenas obras el mundo no podía tolerarlas. Lo que desea es solo alabanza y elogio para sus propias malas acciones, esperando de Dios la imposible aprobación: «Buenas son vuestras obras y me agradan. Hijos piadosos míos sois. Sigan alegremente matando a todos los que creen y predican mi Palabra.»

18 Del mismo modo se conduce hoy el mundo respecto de nuestro evangelio. No por otra razón somos odiados y perseguidos sino porque, por la gracia de Dios, hemos proclamado su Palabra, que nos rescató de la ceguera y la idolatría en que estábamos hundidos tan hondamente como el mundo, y porque deseamos rescatar a otros. Ese es el pecado imperdonable con el que hemos incurrido en la ira irreconciliable del mundo y en su odio inextinguible. No puede permitirnos vivir.

No predicamos otra doctrina que la fe en Cristo, que nuestros hijos rezan y que ellos mismos confiesan con palabras. Solo diferimos en que afirmamos que, habiendo sido Cristo crucificado por nosotros y habiendo derramado su sangre para redimirnos del pecado y de la muerte, nuestra salvación no se logra por nuestras propias obras, ni por santidad ni por devoción. El hecho de que no consideremos su culto sin fe igual al mismo Cristo, sino que enseñemos a los hombres a confiar en la gracia de Dios y no en su propia dignidad, y a rendirle gratitud por su gracia, este hecho es intolerable para el mundo. Bien les iría a nuestros adversarios si recibieran tal enseñanza, pues los haría más que nunca lo que profesan ser: superiores a nosotros en sabiduría, conocimiento y reputación, cosa que estamos dispuestos a concederles. Pero las obras de Caín son malas y las de Abel justas. El mundo simplemente no puede tolerar el evangelio, y no ha de esperarse jamás unidad ni armonía. El mundo no abandonará su idolatría ni recibirá la fe. Nos obligaría a renunciar a la Palabra de Dios y a elogiar su culto propio de Caín, o a recibir la muerte de sus manos.

19 Por eso dice Juan, V.13. «Hermanos míos, no os extrañéis si el mundo os aborrece», porque está obligado a obrar según la naturaleza heredada de su padre Caín. Querría tener todos los méritos y no conceder ninguno a Abel. El mundo abarca a los encumbrados, los sabios, los doctos, los poderosos. Las Escrituras los presentan como bajo la necesidad de odiar y perseguir al pobre rebaño de la Iglesia de Cristo por razón de las buenas obras que este hace. No pueden tolerar bajo ningún concepto la idea de que esta despreciada y humilde grey les enseñe la doctrina de la salvación por la sola gracia y misericordia de Dios, no por los méritos del hombre. No pueden soportar la enseñanza de que su ofrenda, la misa, que los papistas tienen por una obra de superlativo mérito y santidad, nada vale ante Dios.

20 En el texto se retrata la naturaleza del mundo para que la reconozcamos. Entender así al mundo, de modo que se sepa qué cabe esperar de él, es un conocimiento esencial y valioso para el cristiano. Armado así, no se desalentará ni perderá la paciencia en el sufrimiento, ni permitirá que la malicia y la ingratitud del mundo lo lleven a odiar y a desear venganza. Guardará su fe y su amor, dejando que el mundo siga su camino si rehúsa oír su mensaje. El cristiano no debe esperar del mundo nada mejor que una amarga persecución a cambio de sus buenas obras y su amor. Recuerde que la Iglesia de Cristo en la tierra nunca ha de tener una suerte más fácil. No debe juzgar por la apariencia y el aspecto, pensando: «Ellos son la gran multitud, la gente más sabia y lista de la tierra; ¿cómo es posible que todos estén en el error y bajo condenación?»

21 Es necesariamente cierto que sin las personas más excelentes, elevadas, eruditas y hábiles, regias, principescas, nobles en logros y honores, son imposibles la disciplina y la paz. Caín nunca es llano y humilde. Siempre es eminentemente listo, sabio, santo y en todo sentido muy superior a Abel. En efecto, debe representar en sí mismo todas las cosas deseables, como lo indica su nombre. Y la misma característica se manifiesta en sus hijos, ingeniosos en la invención de toda variedad de artes. Lamentable es que un hombre con las cualidades de Caín, nacido de padres piadosos y señaladamente honrado por Dios, mostrara tanto odio e inhumanidad hacia el pobre Abel solo por la Palabra de Dios y la fe de Abel.

22 Tal conocimiento es consuelo para la piadosa compañía pequeña de los cristianos, que están seguros de tener el favor de Dios y saben que este es la ocasión de su persecución; no tienen protección ni socorro, sino que están expuestos a la misma suerte que Abel. Si les va mejor, pueden agradecérselo a Dios. Pero han de permanecer siempre en el amor hacia Dios, cuyo amor han recibido y sentido, y asimismo hacia los hombres, sin exceptuar a sus enemigos. Tal fue el camino de Abel; si hubiera podido vivir de nuevo, habría guardado su amor fraternal hacia su asesino, perdonándolo e incluso implorando el perdón de Dios para él.

V.14. Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos.

EL AMOR MUEVE A LOS CRISTIANOS.

23 Permanecer en el amor debe ser el motivo de nosotros los cristianos. Juan lo contrapone al motivo del mundo para odiarnos: su maldad. El odio del mundo contra ustedes, como dan a entender las palabras de Juan, no es extraño. El contraste entre ustedes y el mundo es enorme. Por sus propias malas obras, su incredulidad, su soberbia, su desprecio de la Palabra y de la gracia de Dios y la persecución de los piadosos, el mundo se ha convertido ya en víctima de Satanás y de la muerte eterna. Rechaza todo consejo y toda ayuda encaminados a su rescate. Terco y endurecido, condenado a la vista por su propia conciencia, ha escogido persistir en su perdición. Pero nosotros, los que creemos en Cristo, ¡sea Dios alabado!, somos gente distinta. Hemos salido de la muerte; hemos pasado por la muerte y entrado en la vida por el conocimiento y la fe del Hijo de Dios, que nos amó y se entregó por nosotros.

24 Tal gracia y bondad de Dios, dice el apóstol, debe moverlos a no ofenderse ni ser vencidos por la ingratitud, el odio y la malicia del mundo, y así cesar en el santo empeño y volverse igualmente malos, camino que resultará en la pérdida de su tesoro. Es de ustedes, no por su propio esfuerzo, sino solo por gracia; pues en un tiempo ustedes, igual que ellos, languidecían en el reino y poder de la muerte, en obras malas, lejos de la fe y del amor.

Acuérdense, pues, de consolarse con el pensamiento de esta gran bendición, ventaja que ustedes disfrutan sobre los demás. ¿Qué importa que el mundo, que permanece en la muerte, los odie y persiga a ustedes, que permanecen en la vida? ¿A quién puede dañar su odio? No puede quitarles la vida de la que carece mientras ustedes la poseen, ni entregarlos a la muerte, de la cual han pasado por Cristo. Cuando haga lo peor, tal vez los calumnie falsamente, o los despoje de sus bienes, o destruya su cuerpo corrupto, morada final de gusanos y en todo caso condenado a la corrupción, y así, por la muerte del cuerpo, los ayude a alcanzar la verdadera vida. Así la venganza será de ustedes más que suya. Suya será la alegría de ser trasplantados de la muerte a la vida, mientras que el mundo ha de permanecer en la muerte. Mientras los del mundo piensan negarles a ustedes el reino de los cielos y el reino de la tierra, ellos mismos pierden cuerpo y alma. ¿Qué retribución más terrible podrían recibir su odio y su envidia? Para negar satisfacción al diablo y al mundo, y mucho más por su propio bien, no deben permitir que sus persecuciones les roben la paz y la salvación, ni los lleven a perder la fe por impaciencia y deseo de venganza. Más bien, compadézcanse de su miseria y perdición. Nada pierden con su opresión; suya es la ganancia, de ellos la pérdida. Por el leve pesar que se les causa en cuanto al cuerpo y al tiempo, el mundo pagará caro, aquí y en el más allá.

25 ¿Cómo sabemos que hemos pasado de muerte a vida? Juan dice: porque amamos a los hermanos. ¿Qué quiere decir exactamente? ¿No es nuestra doctrina que Cristo nos amó primero, como dice Juan en otro lugar? ¿Que antes de que nosotros lo amáramos él murió y resucitó por nosotros? Cuando creemos plenamente en el amor de nuestro Salvador, nuestro propio corazón responde con perfecto amor a Dios y al prójimo. ¿Por qué, entonces, dice Juan: «Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos»?

26 La explicación se halla en las palabras «Nosotros sabemos». Juan dice claramente: «Por el hecho de que amamos a los hermanos, sabemos que hemos pasado de muerte a vida.» El amor a los hermanos es la prueba con que podemos comprobar quiénes son los verdaderos creyentes. El apóstol dirigió esta epístola especialmente contra los falsos cristianos; muchos hay que ensalzan a Cristo, como lo hizo el incrédulo Caín, y sin embargo no llevan el fruto de la fe. Juan no se refiere al medio por el cual pasamos del pecado y la muerte a la vida, sino a la prueba con que podemos conocer el hecho; no a la causa, sino al efecto.

27 No basta jactarse de haber pasado de muerte a vida; tiene que haber evidencia del hecho. La fe no es cosa inactiva y sin vida. Cuando hay fe en el corazón, su poder se manifestará. Donde no se ve poder, toda jactancia es falsa y vana. Cuando el corazón humano, en su confianza en la misericordia y el amor divinos, se estremece de consuelo espiritual y además se caldea en bondad, amabilidad, humildad y paciencia hacia el prójimo, sin envidiar ni despreciar a nadie, sino sirviendo alegremente a todos y atendiendo la necesidad hasta el punto de arriesgar cuerpo y vida, cuando esto sucede, entonces los frutos de la fe son manifiestos.

Tales frutos son prueba de que el creyente ha pasado verdaderamente de muerte a vida. Si no tuviera verdadera fe, sino que dudara de la gracia y el amor de Dios, su corazón no lo movería, por su amor y gratitud a Dios, a mostrar amor a su prójimo. Donde el hombre tiene fe, y donde comprende la infinita misericordia y bondad de Dios al levantarlo de la muerte a la vida, el amor se enciende en su corazón, y se ve movido a hacer toda clase de bien, aun a sus enemigos, como Dios ha hecho con él.

28 Tal es la interpretación y comprensión correcta de la expresión de Juan: «Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos.» Deja intacto el fundamento: la justificación, o liberación de la muerte, por la sola fe. Este es el primer elemento de la doctrina cristiana. Concedido que la fe justifica, la siguiente pregunta es si la fe es real o fingida, siendo tan solo una apariencia engañosa y una afirmación sin respaldo. La clara información que dan los apóstoles es que el amor, ciertamente, no libra de la muerte, sino que la liberación de la muerte y la presencia de la vida se hacen cosa de vista y de conocimiento en que se ha producido el amor. Con la fe verdadera debemos haber llegado al punto en que ya no despreciemos a nuestro prójimo, como Caín, en nuestro orgullo y presunción; donde no estemos llenos de envidia, odio y amargura; donde deseemos, y en la medida de nuestras fuerzas promovamos, los intereses de nuestro prójimo y le procuremos todo bien.

29 Juan concluye mostrando el reverso del cuadro, al dirigir palabras serias, que resuenan como estampidos de trueno, a quienes se jactan carnalmente de ser cristianos estando desprovistos de amor. Cita varios hechos como evidencia de que donde falta el amor, necesariamente faltan también la fe y la liberación de la muerte. Así no se da lugar al autoengaño ni a una excusa frívola basada en la jactancia palabrera de la propia fe. La realidad de la vida interior se conoce por la presencia del amor, que a su vez atestigua la presencia de la fe en el corazón.

V.14. EL QUE NO AMA A SU HERMANO, PERMANECE EN MUERTE.

30 Aquí, en palabras claras y decisivas, se expresa la conclusión de que ningún hombre puede jactarse de vida a menos que tenga amor. Si es cierto que la fe debe ser activa, es igualmente cierto, a la inversa, que la ausencia de fruto demuestra la continuación en el viejo modo de existir propio de Caín, entumecido y muerto, privado de consuelo y de la experiencia de la gracia y de la vida de Dios. Nadie presuma pensar que ha pasado a la vida mientras carezca de amor y de los frutos de la fe. Póngase serio y, alarmado, disponga su corazón para llegar a ser un verdadero creyente, no sea que permanezca en la muerte eterna y bajo mayor condenación que quienes nunca han oído el evangelio.

V.15. TODO EL QUE ABORRECE A SU HERMANO ES HOMICIDA; Y SABÉIS QUE NINGÚN HOMICIDA TIENE VIDA ETERNA PERMANENTE EN SÍ.

31 Todavía más claro y fuerte se hace el argumento de que la falta de amor significa continuar en la muerte. Aquí se expresa el juicio severo y espantoso de que la persona sin amor no es mejor que Caín el fratricida. Su corazón está bajo el influjo de un odio mortal y de una malicia homicida contra el hermano que se niega a someterse a sus deseos. La ira encendida demostrará su existencia con obras apropiadas, a menos que la contenga el temor a la deshonra y al castigo. No desea a su hermano nada bueno, sino que se alegra de su desgracia.

Todo esto, sin embargo, es imposible para quien cree haber sido librado de la muerte. Quien conoce por experiencia la miseria y la desdicha de la muerte, pero ha entrado en la vida con su consuelo y su gozo, bendiciones que procura conservar, tal persona deseará a otros la misma bendición; no puede alegrarse de la muerte de otro. Por tanto, es cierto a la inversa: «Sabéis que ningún homicida tiene vida eterna permanente en sí.»

EL ODIO, NATURAL A LA RAZÓN HUMANA.

32 Así vemos la naturaleza del corazón humano sin fe y sin conocimiento de Cristo; en el fondo no es sino el corazón de un Caín, homicida hacia su prójimo. Ni cabe esperar nada mejor de quien no es cristiano. Las Escrituras denuncian repetidamente a tales hipócritas sin fe como sanguinarios y engañadores. «Jehová abomina al hombre sanguinario y engañador.» Sal 5:6. «Porque sus pies corren hacia el mal, y van presurosos a derramar sangre.» Pr 1:16. Véase también el v. 11. Todos los hombres son por naturaleza hijos del homicida Caín. Por supuesto, no son mejores que su padre. Aunque Caín fue un hombre magnífico, inteligente y sabio, siendo el primer fruto nacido de aquellos santos padres Adán y Eva, e infinitamente superior a todos los que vinieron después en sus dotes superiores de virtudes naturales, fue sin embargo un incrédulo ante Dios. Por eso llegó a ser el asesino de su hermano.

V.16, 17. En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos. Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él?

33 Estas palabras describen el verdadero amor cristiano y presentan el sublime ejemplo, o modelo, del amor de Dios manifestado en Cristo. La sangre y la muerte de Cristo son la sangre y la muerte del mismo Dios. Pablo, en Hch 20:28, habla de que Dios adquirió la Iglesia «por su propia sangre». El corazón del hombre recibe y capta por la fe este sacrificio. Bajo su influjo transformador se dispone a hacer bien a su prójimo, así como él mismo ha recibido bien. Llega incluso a arriesgar su vida con ese fin, consciente de su redención de la muerte eterna y sabiendo que la muerte física no puede afectar su vida eterna. Pero el corazón que no se apropia el sacrificio de Cristo carece de fe y es insensible al amor de Dios y a la vida eterna.

34 Juan usa una ilustración lo bastante clara para que cualquiera la entienda, y de la cual podemos juzgar que el alma que falla en los deberes pequeños fallará en los grandes. Según el apóstol, si uno posee bienes de este mundo y ve a su prójimo en necesidad, pudiendo prestarle ayuda sin perjuicio propio, y aun así cierra su corazón contra ese prójimo, sin ayudarlo ni con la más leve obra de amor, ¿cómo puede morar en él el amor de Dios, si lo aprecia tan poco que no quiere dar una moneda a su hermano necesitado? ¿Cómo esperar entonces que preste un servicio mayor, que incluso ponga su vida por su hermano? ¿Qué derecho tiene tal alma a jactarse, cómo puede saber que Cristo puso su vida por ella y la libró de la muerte?

35 ¡Con cuánta frecuencia se encuentra a tales personas! Teniendo bienes de este mundo y pudiendo ayudar al necesitado, cierran su corazón contra los desdichados, como el rico epulón hacia el pobre Lázaro. ¿Dónde hallaremos, en las cortes imperiales, entre reyes, príncipes y señores, a alguno que extienda una mano de ayuda a la Iglesia necesitada, o le dé siquiera una corteza de pan para el sostén de los pobres, del ministerio y de las escuelas, o para otras de sus necesidades? ¿Cómo estarían a la altura del deber mayor de poner sus vidas por los hermanos, y en especial por la Iglesia cristiana? Considera el terrible juicio de que quienes carecen de amor fraternal son a los ojos de Dios homicidas y no pueden tener vida eterna.

36 Pero los meramente egoístas pueden escapar bien a nuestra censura en comparación con quienes no solo cierran su bolsa al pobre, sino que despojan y roban sin vergüenza y por la fuerza a su prójimo necesitado de lo suyo, con abusos, fraude, opresión y extorsión; que toman de la Iglesia los bienes que le pertenecen por derecho y que le están especialmente reservados, arrebatándole, por decirlo así, el pan de la boca. No solo la chusma papista es hoy culpable de tal pecado, sino que muchos que querrían ser tenidos por evangélicos practican el mismo fraude con respecto a los bienes parroquiales y al patrimonio general de la Iglesia y, además, hostigan y atormentan tiránicamente a los pobres ministros. ¡Pero ah, cuán pesado y terrible es el juicio que se cierne sobre quienes han negado a Cristo el Señor, en su sed, hasta el vaso de agua fría!

V.18. HIJITOS MÍOS, NO AMEMOS DE PALABRA NI DE LENGUA, SINO DE HECHO Y EN VERDAD.

37 El mundo y los falsos cristianos fingen de palabra gran amor; pero en la práctica, cuando el amor debería manifestarse en hechos, se halla que es insincero. Por eso Juan advierte que donde nuestro amor no es lo bastante ardiente para llevarnos a poner nuestras vidas por nuestros hermanos, por mucho que profesemos a Cristo, ese amor es sin duda solo una vana apariencia, un falso pretexto con que nos engañamos y permanecemos en la incredulidad y la muerte, y en peor condición que quienes ignoran por completo el evangelio. Por tanto, quien quiera proceder con seguridad y probar que es cristiano, acuérdese de probarlo con sus hechos y obras. Entonces los hombres sabrán que no sigue al diablo, como otros, siendo homicida y mentiroso. Sabrán, por el contrario, que de veras y de corazón se aferra a la Palabra de Dios, habiendo pasado de muerte a vida.

Traducción del inglés hecha con IA (Claude) para Berea.