Comentarios y sermones · Martín Lutero

1 Pedro 5: comentario de Martín Lutero

Sermón para el tercer domingo después del Domingo de la Trinidad; 1 Pedro 5:5-11

HUMILDAD, CONFIANZA, VIGILANCIA, SUFRIMIENTO

1 Esta es la conclusión de la epístola de san Pedro. Es una exhortación a las buenas obras, como las que debe practicar un cristiano, es decir, un creyente. Es evidente que la doctrina del evangelio no es como algunos la acusan, que prohíbe las buenas obras o no las manda ni las urge con empeño. Con toda diligencia y una y otra vez enseña la doctrina de las obras, de aquellas obras que son, en verdad, buenas obras. Hay en esta epístola cuatro partes naturales que nos proporcionan cuatro buenos sermones.

I. LA HUMILDAD.

2 El apóstol, en los versículos que preceden inmediatamente a nuestro texto, ha exhortado a los ancianos, es decir, a los predicadores, a ser en su vida V.3. “ejemplos de la grey”, y no V.3. “teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado”, sino usando su oficio para el servicio de los demás. Y aquí, en nuestro texto, exhorta a los otros, especialmente a los jóvenes, a V.5. “estar sujetos a los ancianos”. Y, en general, amonesta a todos a ceñirse V.5. “de humildad, para servirse unos a otros”. Así también Pablo amonesta que nos honremos unos a otros. La humildad es la virtud más noble y más dulce que produce el amor, y es la más esencial para la paz y la disciplina. Pero de manera especial conviene a los jóvenes y los adorna, haciéndolos agradables y preciosos a Dios y a los hombres, y produciendo abundancia de buenos frutos.

3 Si se pudiera llevar a los hombres a creer esto de tal modo que la virtud de la humildad se practicara en general, todo estaría bien en todas partes. Este sería un mundo hermoso, lleno de disciplina y de buenas obras. Preferiría mucho más ver una ciudad en la que los jóvenes son criados en esta virtud que cien monasterios de frailes descalzos y cartujos, por muy estrictamente que vivieran. ¡Ay! La queja más grande y más frecuente que se oye en todas partes es la de la desobediencia, el libertinaje y el orgullo de la generación joven, que se encuentran en todas las clases. Por eso es necesario emplear toda diligencia para que esta exhortación se grabe en el corazón de los jóvenes y se les inculque, con la esperanza de que les aproveche.

4 Ante todo, Pedro presenta el mandamiento divino. No se nos deja a nuestro gusto en este asunto, para mostrar humildad o no, según nos plazca. Dios nos la pide con seriedad, y pide que la practiquemos con amor y de buena voluntad. De lo contrario, su ira será derramada sobre nosotros y no tendremos felicidad ni favor, ni siquiera entre los hombres. Porque todos son enemigos del orgullo y de la arrogancia. Estas ofensas son condenadas por el mundo entero, incluso por extraños a quienes no conciernen.

Uno puede ser culpable de orgullo y no ver su propia vergüenza, y sin embargo no puede soportarlo en otro; a ese lo odiará y lo condenará. Este vicio no daña a nadie sino a sí mismo. Se hace odioso y despreciable ante Dios y ante los hombres. Todos lo llaman un gran y orgulloso costal de inmundicia y le gritan vergüenza. Dios le da juicio y desprecio, testificando que no dejará este vicio sin castigo, sino que avergonzará al ofensor. Como dice aquí Pedro: V.5. “Dios resiste a los soberbios”.

5 Los hombres deberían conmoverse por los ejemplos que salen a luz cada día en cumplimiento de este pasaje. Si no hemos de tener consideración por nuestra propia honra y posición ante el mundo, ni por el desprecio y las maldiciones de todos los hombres; si el ilustre ejemplo del noble carácter y la eterna majestad del Hijo de Dios, nuestro Señor, no nos mueve (y debería movernos si tenemos una sola chispa de cristianismo en nosotros), cuando contemplamos su inefable e incomprensible humildad, que, bien considerada, debería derretir el corazón del cristiano; si todo esto no nos mueve, deberíamos ser humillados por los muchos ejemplos espantosos de la terrible ira de Dios que, desde el principio, ha lanzado contra el orgullo.

6 ¿Qué hay más terrible que la caída eterna e irreparable y el destierro de la naturaleza angélica, en otro tiempo elevada, que resultó cuando el diablo se despojó a sí mismo de la honra y la gloria que gozaban los nobles espíritus bienaventurados, y de la contemplación del Dios eterno, y atrajo sobre sí una condenación eterna e intolerable al procurar hacerse igual a Dios y, con un orgullo semejante, llevó al género humano a su horrenda caída? ¡Pero qué criatura ciega y condenada eres tú, que con tu orgullo y tu altivez inmundos y vergonzosos te haces semejante al espíritu del mal, volviendo así contra ti a todo el mundo y oponiéndote a la majestad divina, ante la cual hasta los ángeles deben temblar! Si no temes perder el favor y las oraciones de los hombres, teme al menos que Dios envíe sobre tu cabeza su rayo y su trueno, con los que destroza el hierro, las rocas y los montes, y te arroje para siempre al abismo, como arrojó al espíritu soberbio y a sus ángeles.

7 San Pedro exhorta tanto a los que están en el oficio del ministerio como a los demás cristianos, a quienes Dios ha dado algo, a que permanezcan en su vocación y oficio y lo ejerzan con humildad, obedeciendo y sirviendo a otros con gusto. Precisamente aquí este vicio del orgullo es el más dañino para la cristiandad. Porque todo su gobierno, su vida y su esencia están ordenados por Dios de tal manera que nadie debe exaltarse ni enseñorearse de los demás, como lo ha hecho el papa, el verdadero Anticristo. Solo la humildad y las obras de amor y servicio cristiano deben prevalecer en todas las clases y en todos los oficios y trabajos.

EL ORGULLO, CONTRARIO A LA PRIMERA TABLA.

8 El orgullo en este orden de la Iglesia se opone real y directamente a la primera tabla de la ley. Es un orgullo verdaderamente diabólico contra el nombre y la Palabra de Dios, de parte de aquellas personas que querrían ser sabias en asuntos de fe y enseñorearse de la Palabra de Dios. Se hinchan si, por supuesto, tienen un don más que otros, y tienen a Dios y a todos los hombres por nada. Este vicio es común entre los grandes, doctos y sabios obispos y predicadores. Prevalece entre los que aprenden de ellos y se aferran a ellos, especialmente entre los principiantes que, inexpertos e indisciplinados, son puestos en primer plano. Estos se hinchan y se jactan: «Yo también soy un doctor erudito. Amo el Espíritu y los demás dones tan bien como estos predicadores, y aun en mayor medida». Así piensan que merecen ser oídos y honrados por encima de los demás. Se creen tan sabios que todo el mundo, en comparación, son gansos y necios.

Y cuanto mayores son los dones de uno, mayor y más dañino es tal orgullo. Es común también en otras profesiones. El que tiene un poco de habilidad, o lleva el título de doctor, hace de ello un gran alboroto y desprecia a los demás. Actúa como si lo que tiene no le hubiera sido dado por Dios, sino como si fuera suyo por naturaleza y nacimiento, y por eso mereciera la alabanza y la adoración de todos los hombres. Tales personas no se dan cuenta de que actúan en oposición a Dios, y de que ellas mismas se hundirán en el abismo del infierno antes de poder derribar a Dios de su trono celestial.

9 Vean, por los ejemplos de nuestro propio tiempo, cómo Dios ha derribado a tales personas. Tomás Müntzer, con sus tumultuosos profetas, y más tarde la facción anabaptista, eran soberbios de corazón, no quisieron escuchar amonestación, ¡y he aquí que de repente se precipitaron a la ruina, no solo en total deshonra, sino en su propia pérdida miserable y eterna y en la de muchas personas que habían sido extraviadas por ellos! Así también hay en el día de hoy muchos espíritus soberbios. Algunos aún no se atreven a mostrarse públicamente. Los que han percibido que son eruditos, o que los hombres los tienen en estima, se vuelven entonces jactanciosos y, a pesar de toda su habilidad y erudición, permanecen sin el Espíritu y sin fruto, aunque no causen además más daño al llevarse a sí mismos a la condenación.

10 Así sucede en toda clase de dones y oficios donde los hombres no son temerosos de Dios ni humildes. Por ejemplo, los que tienen a su cargo el gobierno civil (príncipes, consejeros, juristas, cuando no son «teólogos», es decir, cristianos) son tan insolentes y soberbios que se imaginan que ellos solos son el pueblo, a quienes los demás deben reverenciar como a dioses. En su orgullo desprecian a Dios y a los hombres, y con su arrogancia llevan a la tierra y al pueblo a la destrucción. Estos tienen ya sobre sí el juicio de que, como enemigos de Dios, deben ser derribados. Porque se han separado del reino y de la gracia de Dios, y los beneficios del bautismo y de Cristo, con su sufrimiento y su sangre, se pierden para ellos.

11 Hemos mostrado ahora cómo el orgullo choca con las exigencias de la primera tabla de la ley. Los hombres no emplean los tesoros y dones espirituales para la honra de Dios ni para el bien de sus prójimos. Así los echan a perder y, en su mal camino, se van al diablo, cuya semejanza han adquirido.

EL ORGULLO, CONTRARIO A LA SEGUNDA TABLA.

12 Además, este vicio es igualmente general en la esfera de la segunda tabla de la ley: entre el pueblo común y en la vida temporal del mundo, jactándose cada uno de sí mismo y despreciando a los demás. Príncipe y noble piensan que todo el mundo no es nada en comparación con ellos. El plebeyo y el campesino, hinchados porque tienen mucha riqueza, se imaginan que deben desafiar a todos y no hacer bien a nadie. Estos merecen ser escupidos por todos los hombres. Tal orgullo no les cae mejor que los adornos de oro o de plata a una imagen de piedra o a un bloque de madera. Por último, no hay que olvidar a las mujeres, con su necio orgullo en el vestido. Una se precia de estar mejor o más hermosamente adornada que su vecina. Es, en verdad, una gansa finamente decorada. Se imagina que ninguna otra mujer se le iguala. Sí, apenas hay un criado o una criada de casa que no se jacte por encima de los demás.

13 En resumen, hemos llegado al punto en que todos los hombres, con su insolencia y jactancia, procuran enseñorearse de los demás. Ninguno se humillará ante otro. Cada uno piensa que tiene pleno derecho de obrar como lo hace y que no tiene obligación de ceder ante los demás. Y el gobierno civil se ha vuelto tan débil que no hay esperanza de refrenar la altivez de todas las clases, desde la más alta hasta la más baja. Al fin, Dios tendrá que golpear con trueno y rayo para probarnos que resiste a tales personas y no tolerará el orgullo. Por eso los jóvenes, que todavía pueden ser guiados, deben ser exhortados y educados, en la medida de lo posible, para guardarse de este vicio.

14 Pedro usa para su propósito un término peculiar cuando dice: «Ceñíos de humildad». «Ceñir» tiene el sentido de estar atado o unido de la manera más firme; o, como una vestidura, tejida con el mayor cuidado de parte a parte para que no pueda rasgarse. Con este término ilustra cómo los cristianos, con toda diligencia, deben esforzarse tras esta virtud, y manifestarla y practicarla entre ellos, como si sobre ellos, como una faja, pesara una obligación especial. Así, dice, deben ustedes estar entrelazados y atados unos a otros, con las manos entrelazadas. Así deben estar unidos por la humildad, que no se puede disolver, desmembrar ni rasgar, aunque a alguno, aquí y allá, se le dé ocasión, incitado por el diablo o por la mala palabra de otro, de montar en cólera y volverse desafiante y jactancioso, como diciendo: ¿Tengo que soportar tales cosas de este hombre? Más bien díganse a ustedes mismos: Somos cristianos, y debemos soportarnos unos a otros y ceder en muchas cosas; porque todos somos un solo cuerpo, y estamos puestos juntos aquí en la tierra con la única razón de que, por el amor, nos sirvamos unos a otros.

15 Y cada uno debe reconocer su propia debilidad. Debe recordar que Dios ha dado algo también a otros y puede darles todavía más, y que por eso debe servir y ceder gustosamente a los demás, recordando que necesita su ayuda. Cada uno ha sido creado por causa de los otros, y todos hemos de servirnos unos a otros. Dios da la misma gracia y salvación a todos, para que ninguno se exalte sobre su prójimo; o, si se levanta, pierda la gracia recibida y caiga en una condenación más profunda. Por eso debemos aferrarnos a esta humildad, para que la unidad no sea destruida. Porque Satanás procura destruir también esto, y usa todos los medios posibles para llevar a las personas a despreciarse unas a otras y a ser soberbias e insolentes en su trato mutuo. Y son cosas a las que la carne y la sangre, aun sin incitación especial, se inclinan. Así la humildad se pierde fácil y rápidamente si los hombres no están alerta para luchar contra el diablo y contra su propia carne.

LA HERMOSURA DE LA HUMILDAD.

16 La humildad es una de las hermosas vestiduras y adornos con que los cristianos deben engalanarse ante Dios y ante el mundo. Pablo, en Colosenses 3:12, dice: «Vestíos de humildad». Considera esta virtud más preciosa que todas las coronas y el esplendor terrenales. Esta es la verdadera vida espiritual. No hay que buscarla en otra parte, corriendo a los claustros o a los desiertos, poniéndose hábito gris o cogulla. Pedro exhorta aquí a todas las clases a cultivar esta virtud. Este sermón sobre las buenas obras concierne a toda condición en toda casa, ciudad o aldea. Es para todas las iglesias y escuelas. Los niños, los criados y los jóvenes deben ser humildemente obedientes a los padres, a los superiores y a los ancianos. Por otra parte, es para los que están en posiciones más elevadas de la vida, que sirven a sus inferiores, aun a los más bajos. Si todos los hombres observaran así esta virtud, el mundo estaría lleno de buenas obras. Porque es imposible que la humildad haga el mal. Es provechosa y agradable a todos los hombres.

17 Por esta virtud se puede reconocer mejor a los verdaderos santos y cristianos que por el retiro y la santidad monásticos. No requiere gran esfuerzo llevar una cogulla gris. Ni siquiera es una prueba tan grande acostarse en el suelo por la noche y levantarse a medianoche; los bribones, ladrones y asesinos a menudo tienen que hacer lo mismo. Pero vestir y mantener esta vestidura angelical, la humildad, esto el mundo no está tan dispuesto a aceptarlo como el monacato y sus obras. Y así sucede que la carne y la sangre no se esfuerzan por esta vida santa. Cada hombre busca una vida fácil, en la que pueda vivir para sí mismo y no tenga que servir a nadie ni sufrir nada de parte de otros; tal como los monjes la han buscado y elegido.

18 Pedro añade a esta amonestación la razón: V.5. “Porque Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes”. Como he dicho antes, procura mostrar la seriedad del mandamiento de Dios. El mandamiento va acompañado de una amenaza. No dice simplemente: Dios castiga a los soberbios, o Dios les es hostil; sino que los “resiste”, se pone en contra de ellos. Ahora bien, ¿qué es el orgullo de todos los hombres ante Dios? Ni siquiera tanto como una pobre burbuja vacía. Su orgullo se infla y se hincha como si quisiera tomar el cielo por asalto y contender contra el rayo y el trueno, que pueden quebrantar el cielo y la tierra. ¿Qué puede lograr el poder combinado de todas las criaturas si Dios se opone a ello? ¿Y cómo se levanta contra la majestad del cielo, que en cualquier momento puede arrojarlo al abismo, un hombre miserable, cuyo corazón queda abrumado por una pequeña peste? ¿De qué se ensoberbece la tierra y la ceniza? dice Sirac 10:9.

19 ¿No basta y sobra que se nos carguen en cuenta otros pecados y desobediencias, con los que airamos a Dios y merecemos pesado castigo, sin que procuremos además provocarlo con nuestro orgullo y altivez, de modo que tenga que levantarse en su majestad y resistirnos? Con otros pecados puede tener paciencia, para exhortarnos e incitarnos al arrepentimiento. Pero si, en impenitencia endurecida, lo desafiamos y nos oponemos a él, no puede sino levantarse contra nosotros. ¿Quién lo soportará, o podrá mantenerse en pie, cuando Dios pone su rostro y su poder contra un pobre hombre ya sujeto, a cada momento, a la muerte y al poder del diablo?

LA CONSECUENCIA DEL ORGULLO.

20 Desde el principio, innumerables casos de la historia han probado la verdad de este dicho: «Dios resiste a los soberbios». Muestran cómo siempre ha derribado y destruido al mundo soberbio y ha abatido a los reyes y señores altivos y desdeñosos. El gran rey de Babilonia, Nabucodonosor, fue humillado cuando fue desterrado de su trono real a la compañía de las bestias del campo y obligado a comer hierba con ellas, Dn 4:30 y siguientes. Recuerden también cuán de repente fue derribado el gran rey Alejandro, cuando, después de la victoria y la buena fortuna que Dios le había dado, comenzó a ensoberbecerse y quiso ser reverenciado como un dios. Y el rey Herodes Agripa, Hch 12:23. El orgulloso y erudito emperador Juliano, virulento burlador y perseguidor de Cristo, a quien había negado: ¡cuán pronto se ahogó en su propia sangre! Y desde entonces, ¿qué ha sido de todos los tiranos soberbios y altivos que se proponían oprimir y aplastar a la cristiandad?

21 El papa también, en orgullo diabólico, siempre se ha exaltado a sí mismo y en el templo de Dios se ha presentado como Dios. Además, en pompa y orgullo mundanos se ha elevado por encima de todos los demás. Hasta ha aprendido de los emperadores paganos, como Diocleciano y otros tiranos, a hacer que los hombres le besen los pies. Sí, ha obligado a emperadores y reyes a someterse a este acto humillante. ¡Qué abierta e inhumana insolencia y orgullo practicó el papa Alejandro III cuando, amenazándolo con su vana excomunión, obligó al piadoso y poderoso emperador alemán Federico Barbarroja a postrarse a sus pies mientras lo pisaba y decía: Pisarás sobre el león y el áspid; y cuando el emperador protestó contra tan vergonzoso orgullo y dijo: Non tibi, sed Petro (No a ti, sino a Pedro), el papa, con creciente desprecio, respondió: «Et mihi, et Petro» (A mí y a Pedro). Este es el orgullo llevado casi a su punto más alto.

22 El turco también es ahora más soberbio que nunca y, espero, ha llegado a las alturas del orgullo, más allá de las cuales no puede ni debe pasar. ¡Mientras tanto, que no nos ataque ni nos humille! Pero sucederá al final que Dios derribará al papa y al turco por su poder divino y, como dice Daniel, sin ayuda de hombres. Esta palabra no fallará: «Dios resiste a los soberbios». Su verdad tiene que aparecer en los acontecimientos humanos, para que los hombres vean lo que significa la declaración «Dios resiste»; de otro modo nadie lo creería. Aunque el turco y todo el mundo fueran mil veces más soberbios y poderosos, esto no les valdría de nada cuando el que está por encima ve y se enoja, y levanta su mano. Pregunta tan poco por el poder de todos los emperadores turcos y del papa como por una mosca muerta.

23 «¡Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo!», He 10:31. Pero esto no es otra cosa que oponerse con desprecio y desafío a su voluntad, de modo que él, a su vez, tenga que ponerse contra el hombre y levantar su mano. Por eso, guárdese cada uno de jactarse y volverse desafiante en presencia de la majestad divina. No solo debe guardarse para no despertar la ira de Dios, sino para tener gracia y bendición en las cosas que debe hacer. Porque si comienzas algo con tu propio poder, y sabiduría, y altivez, no pienses que él te concederá éxito y bendición para llevar a cabo tu propósito. En cambio, si te humillas y comienzas algo conforme a su voluntad, en el temor de Dios y confiando en su gracia, se te da la promesa: «Da gracia a los humildes». Así, no solo tendrás favor con los hombres, sino que el éxito coronará tus esfuerzos. Resultarás un hombre útil, tanto para Dios como para el mundo, y completarás y mantendrás tu obra a pesar de la resistencia del diablo. Porque donde está la gracia de Dios, ha de seguir su bendición y protección, y su siervo no puede ser derribado ni vencido. Aunque sea oprimido por un tiempo, al fin saldrá de nuevo y será exaltado. Así concluye Pedro diciendo:

V.6. “Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte a su tiempo”.

24 Pedro muestra en estas palabras lo que es la verdadera humildad y de dónde viene. El corazón, por el conocimiento de su pecado, se aterra en presencia de la ira de Dios y busca ansiosamente la gracia. Así nace una humildad no meramente externa y ante los hombres, sino del corazón y de Dios, por el temor de Dios y el conocimiento de la propia indignidad y debilidad. El que teme a Dios y «tiembla a su palabra» (Is 66:5), ciertamente no desafiará, ni intimidará, ni se jactará contra nadie. Sí, mostrará incluso un espíritu manso hacia sus enemigos. Por eso halla favor tanto ante Dios como ante los hombres.

25 La causa de esto, dice Pedro, ha de ser «la poderosa mano de Dios». Como si dijera: No deben hacer ni dejar de hacer esto por causa de los hombres, sino que deben humillarse bajo la mano de Dios. La mano de Dios es poderosa y fuerte en un doble aspecto: derriba y destruye a los soberbios y confiados, por duras que sean como el hierro sus cabezas y sus corazones. Tienen que languidecer en el polvo y la ceniza; sí, tienen que yacer abatidos y desesperados en la angustia y los tormentos del infierno, si él los toca solo un poco con los terrores de su ira. Estas son experiencias por las que pasan también los santos, y cuya severidad lamentan. «Porque tus saetas cayeron sobre mí, y sobre mí ha descendido tu mano. Nada hay sano en mi carne, a causa de tu ira», Sal 38:2-3. «Por lo cual yo como ceniza a manera de pan, y mi bebida mezclo con lágrimas, a causa de tu enojo y de tu ira; pues me alzaste, y me has arrojado», Sal 102:9-10. «Estoy consumido bajo los golpes de tu mano. Con castigos corriges al hombre por el pecado, y deshaces como polilla lo más estimado de él», Sal 39:10-11.

LA RECOMPENSA DE LA HUMILDAD.

26 En segundo lugar, la mano de Dios es poderosa para levantar, para consolar y fortalecer a los humillados y temerosos y, como dice aquí Pedro, para exaltarlos. Los que han sido abatidos con terror no deben, por eso, desesperar ni huir delante de Dios, sino levantarse de nuevo y ser consolados en Dios. Dios quiere que se predique y se publique que nunca pone su mano sobre nosotros para que perezcamos y seamos condenados. Pero tiene que seguir este camino para llevarnos al arrepentimiento; de otro modo nunca preguntaríamos por su Palabra y su voluntad. Y si buscamos gracia, está dispuesto a ayudarnos a levantarnos de nuevo, a concedernos el perdón de los pecados, el Espíritu Santo y la vida eterna. Los Salmos y los Profetas hablan de esto aquí y allá. «Me castigó gravemente JAH, mas no me entregó a la muerte», Sal 118:18. «Jehová levanta a los caídos», Sal 146:8.

27 «Él os exalte a su tiempo», dice Pedro. Aunque la ayuda de Dios se demore, y los humillados y los que sufren parezcan yacer oprimidos demasiado tiempo bajo la mano de Dios y por eso languidecer, sin embargo, aférrense a la promesa que Pablo ha dado: Dios «no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir», 1 Co 10:13, sino que oirá su clamor y, a su debido tiempo, ayudará; y con esto sean consolados. Pero, de nuevo, tema el soberbio, aunque Dios lo deje sin castigo y continuar por un tiempo en su camino jactancioso. Él vigila sus vidas y, cuando llegue el tiempo oportuno, descenderá sobre ellos con excesivo peso, de modo que no lo puedan soportar. Ya ha extendido su poderosa mano, tanto para derribar a los impíos como para exaltar a los humildes.

II. “ECHANDO SOBRE ÉL TODA VUESTRA ANSIEDAD, PORQUE ÉL TIENE CUIDADO DE VOSOTROS.”

V.7. Echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros.

28 ¿Qué será del que vive una vida temerosa de Dios y humilde, sufriendo la insolencia, el orgullo y el libertinaje del mundo? ¿O dónde hallará protección y defensa para mantenerse en sus caminos piadosos? Vemos cada día cómo los piadosos son hostigados y perseguidos, y pisoteados por el mundo. El Apóstol dice: «Ustedes, cristianos, deben soportar la tentación y la adversidad, la escasez y la necesidad, tanto corporales como espirituales, en el mundo, y su corazón está oprimido de ansiedad y de cuidados, y piensan dentro de sí: ¡Oh, qué será de mí! ¿Cómo seré sustentado? ¿Y si llegara a morir?» (El mundo solo se preocupa de cómo enriquecerse y saciarse, y las conciencias ansiosas e incrédulas querrían, por sí mismas y por sus propias buenas obras, tener un Dios propicio y morir en paz). «En vista de todo esto», dice, «solo escuchen, yo los aconsejaré e instruiré rectamente sobre qué disposición deben tomar respecto de sus aflicciones».

Hay un breve pasaje en Sal 55:22 que dice: «Echa sobre Jehová tu carga, y él te sustentará; no dejará para siempre caído al justo». Sigan este consejo. No dejen que su carga descanse sobre ustedes mismos; porque no pueden llevarla y al final perecerán bajo su peso. Sino que, confiados y llenos de gozo, échenla lejos de ustedes y arrójenla sobre Dios, y digan: Padre celestial, tú eres mi Señor y mi Dios, que me creaste cuando yo no era nada; y además me has redimido por medio de tu Hijo. Ahora me has encomendado y puesto sobre mí este oficio u obra, y las cosas no van tan bien como yo quisiera. Hay tanto que oprime y preocupa que no puedo encontrar ni consejo ni ayuda. Por eso te lo encomiendo todo. Provee tú el consejo y la ayuda, y sé tú mismo todo en estas cosas.

29 Tal oración agrada a Dios, y él nos dice que hagamos solo lo que se nos manda y echemos sobre él toda ansiedad en cuanto al resultado y a lo que lograremos. Como declaran también otros pasajes de la Escritura: «Encomienda a Jehová tu camino, y confía en él; y él hará», Sal 37:5. Ningún pagano, filósofo o jurista, si no tiene la Palabra de Dios, puede echar sobre Dios su cuidado y su queja. Piensa que todo el mundo, especialmente los grandes, los sabios, que gobiernan, deben lograrlo todo con su propio planeamiento y circunspección. Y donde surge un problema (pues es muy común que aun las personas más grandes y más sabias se equivoquen) se vuelve un loco o un necio, y comienza a murmurar y a argüir contra Dios y su gobierno, como si el gobierno de Dios mereciera crítica. Pero tales hombres reciben lo que merecen cuando Dios permite que sus cálculos y esperanzas fallen, y deja que suceda lo contrario. Porque no admiten que tienen necesidad de él. Piensan que tienen suficiente sabiduría y poder, y que Dios debe respetar sus planes. Así pasan su vida en muchos cuidados y proyectos vanos e inútiles, y en el curso de su experiencia tienen que aprender y confesar, muchas veces, que lo contrario de su juicio es la verdad.

30 Los cristianos tienen la rara facultad, por encima de todos los demás habitantes de la tierra, de saber dónde poner su cuidado, mientras que los otros se vejan y se atormentan y al fin tienen que desesperar. Tal ha de ser la consecuencia de la incredulidad, que no tiene Dios y quiere proveer por sí misma. Pero la fe entiende esta palabra que Pedro cita de las Escrituras: «Porque él tiene cuidado de vosotros». Medita gozosa en ella y hace y sufre fielmente. Porque la fe sabe que este es su deber. Su aflicción, sin embargo, la encomienda a Dios, y procede con vigor contra todo lo que se opone. Puede invocar a Dios como a un padre, y dice: Haré lo que Dios me ha mandado y dejaré el resultado en sus manos.

31 El cristiano debe seguir este camino si quiere proceder con seguridad y alegría en los asuntos de la mayor importancia. En tiempo de peligro y en la hora de la muerte, cuando, con todo su afanarse, no puede descubrir dónde está ni cómo va de camino, debe, con los ojos, los sentidos y los pensamientos cerrados al mundo, entregarse con fe y confianza y arrojarse a la mano, al cuidado y a la protección de Dios, y decir: Dios me ha permitido vivir hasta esta hora sin mi solicitud. Además, me ha dado a su amado Hijo como tesoro y prenda segura de la vida eterna. Por lo tanto, alma mía querida, sigue tu camino con gozo. Tienes un Padre y Salvador fiel, que te ha tomado en su propia mano y te guardará.

32 La Iglesia cristiana, colectivamente, debe proceder así en el desempeño de su alto oficio espiritual, del cual habla aquí Pedro, de modo que ningún hombre ni criatura, con su propia sabiduría y poder, pueda sostener ni llevar a cabo obra alguna. No se ha de buscar en el mundo poder, fuerza ni protección que pueda consolar o en que uno pueda apoyarse. Solo en Dios, y en Dios solo, se ha de buscar la ayuda. Por su poder divino, Dios debe sostener a la Iglesia. Desde el principio la ha preservado siempre y de manera maravillosa en el mundo, en medio de gran debilidad, en la desunión causada por cismáticos y herejes, en la persecución de los tiranos. Y el gobierno es enteramente suyo, aunque encomiende el oficio y el servicio a hombres, a quienes convoca y usa para administrar su Palabra y sacramento. Por eso, cada cristiano, especialmente si desempeña tal oficio y participa de esta comunión, debe estar atento, en aquello a lo que Dios lo ha llamado y designado, a servir fielmente a Dios y a hacer lo que se le manda. La ansiedad por la permanencia de la Iglesia y por su preservación contra el diablo y el mundo puede dejarse al Señor. Él ha tomado esto sobre sí y así ha quitado la carga de nuestros hombros, para que estemos seguros de la permanencia de la Iglesia. Si su preservación se encomendara al consejo, al poder y a la voluntad de los hombres, el diablo, con su poder, pronto la derribaría y la destruiría.

33 Del mismo modo, en todo oficio y condición, cada uno debe seguir este consejo de san Pedro. Un príncipe debe procurar proteger su tierra y su pueblo, promover la Palabra de Dios, mantener la disciplina y la paz, hacer justicia a todos, castigar a los desobedientes, etc. Los consejos, los funcionarios y los que están en autoridad deben aconsejar y dirigir fielmente con este fin. Los pastores y predicadores deben declarar recta y valientemente la Palabra y la verdad de Dios. Todo ciudadano y súbdito debe estar atento a su trabajo y deber, y todo lo que en relación con ello sea extraordinario debe simplemente encomendarlo a Dios. Pero el mundo no sigue este camino. Cada uno dice: ¿Por qué debo yo exponerme a tanto peligro, oposición y hostilidad? Y además, ¿por qué debo afanarme y trabajar en vano? De todos modos no lograré terminar mi obra. En este espíritu de temor y de preocupación, su oficio y trabajo propios se retrasan, o él siempre es descuidado.

Pero sepan tales personas que no son cristianas, ni promueven el reino de Dios, ni aprovechan a los oficios que se les han confiado. Si no se proponen enmendarse, deberían renunciar al oficio que Dios les ha dado. No basta con sentarse cómodamente en el oficio y recibir los aplausos de los hombres. A todos nos gusta rendir estima y honra al oficio y a la posición. Pero sepan esto: no están en el oficio para pasearse con hermosas vestiduras, para sentarse en la primera fila y ser llamados «Gracioso Señor» y «Escudero». Deben ejercer fielmente el oficio del que Dios los ha revestido y honrado, sin importar la honra o el provecho humanos, la vergüenza o el perjuicio.

34 Pero los hombres no suelen estar inclinados a creer y confiar en Dios. No están inclinados a recordar que él tiene cuidado de nosotros; que ha asumido y debe llevar la más grande de las cargas, que ningún hombre en la tierra puede llevar; que cuidó de nosotros antes de que naciéramos, y todavía podría, por sí mismo, ejecutar todas las cosas prescindiendo de toda ayuda humana, pero prefiere cumplir su propósito por medios humanos y emplearnos como instrumentos en estas obras divinas: gobernar, castigar, enseñar, consolar.

35 El mundo es particularmente culpable en este asunto del orgullo. Cuando se le encarga divinamente una gran obra, siempre procura determinar de antemano, con su propia sabiduría, todos los peligros y accidentes futuros, y trata de anticiparse a ellos. El mundo busca la ayuda del hombre, y procura amistad y asistencia dondequiera que puede. Hace alianzas y recurre a otros planes. Pone su confianza en ellos y luego se considera bastante fuerte para enfrentar la oposición, y está seguro de su causa por razón de sus propios esfuerzos. Esto no es mostrar fe en Dios. No es encomendarle nuestra causa y todo cuidado de nosotros mismos. Es sostener la causa mediante la propia ansiedad y previsión. Es ignorar y no creer el hecho de que nada puede lograrse con el propio esfuerzo angustiado. Ninguna sabiduría humana tiene poder para prever el futuro. Si miráramos atrás a los ejemplos que nos ofrece la historia, aprenderíamos cuán lamentablemente se engaña la sabiduría humana cuando confía en sí misma. Los resultados no son los que se esperaban, sino todo lo contrario.

36 Las Escrituras dan muchos ejemplos pertinentes de los reyes de Judá y de Israel, a quienes los profetas reprendieron a menudo y con severidad porque buscaron refugio y ayuda entre naciones y reyes extranjeros. Los profetas les advirtieron que no debían confiar en ayuda humana, sino hacer conforme a la Palabra y al mandato de Dios. Les dijeron que él los protegería y sostendría. Pero los reyes no quisieron oír. Siguieron formando amistades y alianzas con los reyes de Egipto, de Siria, de Babilonia y de Asiria, y así los invitaron como huéspedes a la tierra, con lo cual los reyes paganos vinieron con fuerza y llevaron cautivos a los habitantes y lo dejaron todo desolado. Esa fue su recompensa por no atender a la Palabra de Dios; por no creer que él cuidaba de ellos y deseaba protegerlos y defenderlos si tan solo confiaban en él y le obedecían.

Los más sabios y eminentes, aun entre los paganos, han lamentado, a la luz de su propia experiencia, haber sido vergonzosamente engañados por sus consejos, aunque estuvieran fundados en las más cuidadosas deliberaciones. Y no se puede decir que el mundo se haya vuelto más sabio a consecuencia de sus propios sufrimientos o de los ajenos.

37 Esta exhortación no se predica a nadie sino a los pocos que son cristianos. Ellos tienen en cuenta la Palabra de Dios y, ahora humillados, han aprendido que no deben confiar en su propia sabiduría y razón, ni en la ayuda y el consuelo humanos. Han llegado a creer que Dios cuida de ellos. Así hacen lo que saben que es correcto y están obligados a hacer por deber, y no se dejan estorbar por los temores que poseen al mundo respecto de peligros, daños y adversidades. Encomiendan todo eso a Dios y, a su palabra, siguen adelante con valor.

38 Permítanme ilustrarlo con mi propia experiencia. ¿Qué habría debido hacer yo cuando comencé a denunciar las mentiras del sistema de indulgencias, y más tarde los errores del papado, si hubiera escuchado y hecho caso de las cosas terribles que todo el mundo escribía y decía que me sucederían? ¡Cuántas veces oí decir que si escribía contra tales y tales personas eminentes provocaría su desagrado, que resultaría demasiado severo para mí y para toda la nación alemana! Pero, como yo no había comenzado esta obra por mí mismo, sino impulsado y conducido a ella en razón de mi oficio (de otro modo habría preferido guardar silencio), tenía que continuar. Encomendé la causa a Dios y dejé que él llevara la carga del cuidado, tanto en cuanto al resultado de la obra como en cuanto a mi propia suerte. Así avancé la causa más lejos, a pesar de la tumultuosa oposición, de lo que jamás me había atrevido a pensar o esperar.

39 ¡Oh, cuánto bien haría Dios por medio de nosotros si se pudiera persuadir a las personas, especialmente a los señores y reyes eminentes, de que lo que Pedro dice aquí es verdad: «¡Él tiene cuidado de vosotros!». ¡Cuánto podría hacer si creyeran esa verdad en lugar de procurar, con su propia sabiduría y razón, equiparse, fortalecerse y tranquilizarse con ayuda del poder y la asistencia humanos, de amistades y alianzas, para el cumplimiento y mantenimiento de su causa! Es evidente que los planes mortales fracasan y siempre han fracasado, y que no logran nada. Dios estorba y resiste la obra del hombre cuando este no quiere confiar en él. Por eso Dios no puede conceder éxito ni favor a lo que se funda en la sabiduría humana o en la confianza en poderes humanos. Es una verdad que los hombres tendrán que percibir al fin por experiencia, y tendrán que lamentar no haberla querido creer.

40 Aprenda esto el que quiera ser cristiano. Practique y muestre la fe en todos sus asuntos, corporales y espirituales, en su hacer y su padecer, en su vivir y su morir. Destierre los cuidados y los pensamientos ansiosos. Valeroso y alegre, échelos lejos; no en un rincón, como algunos piensan vanamente hacer, porque cuando se permite que las cargas se escondan en el corazón, en realidad no se han quitado. Sino que eche el cristiano su corazón y sus ansiedades sobre Dios. Dios es fuerte para llevar y puede cargar fácilmente el peso. Además, ha mandado que todo esto se ponga sobre él. Cuanto más pongas sobre él, más le agrada. Y te da la promesa de que llevará tus cuidados por ti, y todas las demás cosas que te conciernen.

41 Esta es una gran promesa, y un hermoso dicho de oro, si tan solo los hombres lo creyeran. Si un gobernante poderoso aquí en la tierra diera tal promesa y exigiera que le dejáramos toda la preocupación por el oro y la plata y las necesidades de esta vida, ¡con cuánta alegría y contentamiento se aferraría cada uno a tal promesa! Pero ahora un Señor mayor dice todo esto, uno que es todopoderoso y veraz, que tiene poder sobre el cuerpo y la vida, y que puede y quiere darnos todo lo que necesitamos, tanto temporal como eterno. Tendríamos en todo esto, si tan solo lo creyéramos, la mitad del cielo, sí, un paraíso perfecto en la tierra. Porque ¿qué hay mejor y más noble que un corazón tranquilo y en paz? Por esto se afanan y trabajan todos los hombres. Así lo hemos venido haciendo hasta ahora, corriendo de acá para allá tras ello. Sin embargo, no se encuentra en ninguna parte sino en la palabra de Dios, que nos manda echar nuestros cuidados y cargas sobre Dios y buscar así paz y descanso. Nos aconseja arrojar sobre él todo lo que amenaza oprimirnos y preocuparnos. Dios no quiere que la ansiedad habite en nuestro corazón, porque no le corresponde estar allí; la pone allí el diablo.

42 Por eso un cristiano, aunque esté obligado a sufrir toda clase de adversidad, tentación y desgracia, puede seguir adelante alegremente y decir: Querido Señor Dios, tú me has mandado creer, enseñar, gobernar y actuar; esto lo intentaré en tu nombre, y te encomiendo lo que me suceda en el curso del deber. Ahí tienen a un hombre que está a la altura de cualquier tarea y puede hacer mucho bien. Porque está libre de la mayor desgracia y ha puesto el peso más pesado sobre Dios, mientras que otro hombre no hace más que llenar su corazón de ansiedad y de tristeza. Este otro no puede aplicarse a ninguna buena obra. Se vuelve inepto tanto para hacer como para sufrir. Teme cualquier nadería y, a causa de su fastidio o impaciencia, no puede hacer nada digno de mención.

¿Qué hace el mundo ahora? Príncipes, señores, consejeros, ciudadanos y campesinos: todos quieren solo poder, honra y riqueza. Ninguno desea prestar servicio. Cada uno teme que le suceda esto o aquello. Aunque el mundo nunca necesitó un gobierno más cuidadoso que en el tiempo presente, los señores y príncipes, simplemente por serlo, se sientan ociosos adornados con hermosas coronas, aunque han recibido de Dios su encargo para desempeñar su oficio de príncipes. Porque el mundo debe ser gobernado, la juventud debe ser educada, los malos deben ser castigados. Pero si deseas solo la honra y no estás dispuesto a meterte en el lodo, a sufrir el desagrado de la gente y a aprender, a través de todo ello, a confiar en Dios y a hacerlo todo por su causa, no eres digno de la gracia dada para el cumplimiento de una obra buena y digna de alabanza. En castigo, permaneciendo bajo la ira de Dios, tendrás que seguir siendo inepto para toda buena obra.

III. «Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar; al cual resistid firmes en la fe»

V.8, 9. Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar; al cual resistid firmes en la fe

43 El apóstol ha expuesto dos cosas que se han de practicar a lo largo de toda la vida cristiana: a saber, la humildad cristiana, que es temor de Dios, y la fe y la confianza en Dios. Ahora exhorta a sus lectores a la batalla y a la guerra, para que estas bendiciones se conserven. Nos muestra a nuestro enemigo y adversario, que procura robarnos nuestro tesoro y privarnos de nuestra salvación y bienaventuranza eterna. Por eso diría: No se preocupen por vivir una vida de gloria terrenal, y no dejen que cuidados ansiosos llenen su alma. Más bien, dedíquense a humillarse ante Dios. Confíen en él. Sea este su cuidado, que permanezcan en la gracia de la humildad. Que nunca les sea arrebatada. Porque el diablo procura infundir estos cuidados prohibidos y producir desobediencia contra Dios, para arrancar de su corazón la fe y la Palabra de Dios.

SE ORDENA LA VIGILANCIA.

Por eso no deben ignorar estos hechos y entretanto esforzarse tras otra cosa. No han de ir por la vida con falsa seguridad, ni dormir y roncar como si no hubiera peligro. Más bien deben saber que no han sido puestos aquí en un jardín de rosas, sino en medio de pesados conflictos, donde deben estar en guardia, siempre alerta y preparados para la resistencia. Porque tienen un adversario que no es insignificante ni despreciable, sino fuerte, poderoso y además malvado y feroz. No pelea con piedra y madera, destruyendo rocas y árboles, sino que tiene puesto el ojo en ustedes, los cristianos. Nunca se cansa ni se fatiga, sino que sin descanso y sin cesar los persigue, no solo para espiarlos y hostigarlos, en lo cual se le puede resistir, sino que desea devorarlos por completo.

44 Su único propósito y plan es asesinar y destruir a los hombres, espiritual y corporalmente; así como al principio, cuando el hombre fue creado, lo condujo y lo arrojó a la muerte. Practica sus trazas con efecto horrendo y mortal en el mundo contra los que no creen en Cristo, y no cesará hasta el día del juicio. Se percibe su actividad incesante. Se afana y abiertamente delira y ruge contra toda la cristiandad. Usa para su propósito a los turcos y a otros tiranos y gente impía, sin hablar de la aflicción y el asesinato que produce al poseer de tal modo a las personas que en su frenesí se hacen daño a sí mismas, o sin causa matan a otros. Por otra parte, mediante lazos malvados y vergonzosos lleva a los hombres a la desgracia y al dolor.

En resumen, el mundo no es otra cosa que la cueva homicida del diablo, tanto espiritual como corporalmente. Dios, para estorbar y refrenar en algo el asesinato físico, ha ordenado el gobierno temporal, la autoridad paterna y otras autoridades. Estas, en su oficio, han de ser sobrias, vigilantes y diligentes. Debemos dar gracias a Dios por preservar tal autoridad, pues de otro modo no habría paz: en toda la tierra no habría sino asesinato. Sin embargo, el horrendo asesinato que el diablo comete contra los que están sin la Palabra de Dios y sin la fe no queda por ello frenado.

45 Es preciso, entonces, buscar otra defensa y protección, otra clase de vigilancia, para que los hombres permanezcan sin ser destruidos ni dañados en presencia de este asesino sediento de sangre. De esto habla aquí Pedro al pequeño grupo de los cristianos, y dice: Ustedes, rescatados por la sangre y la muerte de Cristo de las mentiras y de la intención homicida del diablo, han sido vivificados y trasplantados a la vida celestial, como sus amados padres, Adán, Abel y otros. Estos ya no están bajo la servidumbre de Satanás, sino que viven en Cristo, aunque el cuerpo yazga por un tiempo en la tierra y se deba proveer verdad y vida a su cuerpo y a su alma. Pero como ustedes todavía habitan en el mundo, están expuestos a todo peligro. Físicamente están aún en la casa del asesino; por eso deben tener buen cuidado de que no los mate otra vez y asesine sus almas que habitan en estos cuerpos mortales. No les hará daño alguno que el alma haya sido arruinada y el cuerpo esté aún sujeto a la muerte. «Porque yo vivo», dice Cristo (Jn 14:19), «vosotros también viviréis». Sin embargo, deben luchar si han de permanecer en la verdad y en la vida. Para esto están destinados mientras vivan aquí en la tierra; de otro modo ya estarían en el Paraíso. Pero el diablo todavía no ha sido entregado del todo al castigo de su condenación, que será en el último día, cuando finalmente será derribado de su altura aérea y de la tierra al abismo del infierno. Entonces ya no podrá atacarnos, y ya no habrá nube ni velo entre nosotros y Dios y los ángeles.

LA SOBRIEDAD ES ESENCIAL.

46 Ahora bien, continúa, para que sean salvados de sus designios homicidas y conserven la vida que han comenzado, deben ser sobrios y vigilantes; no solo atentos al cuerpo, sino mucho más a la mente y al alma. Es verdad que un cristiano que ha de resistir al diablo debe ser físicamente sobrio, porque un cerdo harto y un borracho no pueden estar vigilantes ni trazar una defensa contra el diablo. Pero el cristiano debe guardarse mucho más de que el alma se vuelva soñolienta o ebria. Así como el alma es agobiada por el cuerpo cuando este es vencido por la embriaguez, así, cuando el alma está vigilante y sobria, el cuerpo también es templado y está preparado para oír la Palabra de Dios. Pero donde el cuerpo está oprimido por la embriaguez, allí el alma tiene que haber sido antes una borracha, sin hacer caso de la Palabra de Dios ni prestar atención a la oración. Donde el alma está ebria y ahogada en tal seguridad, de nada servirá que el cuerpo sufra daño por ayunos estrictos y mortificaciones, al modo de los cartujos y ermitaños.

47 San Pedro, pues, prohíbe no solo la embriaguez corporal, sino también la embriaguez del alma. El alma de uno está ebria cuando vive en seguridad carnal, sin pensamiento ni preocupación de si tiene y conserva la Palabra de Dios o no; cuando no hace preguntas ni sobre la ira de Dios ni sobre su gracia; y cuando, además, se deja llenar del dulce veneno de la falsa doctrina por medio de la turba de espíritus malos que Satanás emplea con este fin, hasta que se entorpece, pierde la fe y el juicio claro y por fin, repleto de embriaguez, la vomita sobre otros.

48 Lo mismo resulta cuando los hombres comienzan a ser sabios en las cosas divinas siguiendo la razón humana. San Pedro describe acertadamente esta falsa doctrina con la expresión «fábulas artificiosas», 2 P 1:16. Dice: «Porque no os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo siguiendo fábulas artificiosas». Tales son las hermosas palabras y los sermones que hacen gran ostentación de sabiduría y santidad, y naturalmente agradan a los hombres. Por ejemplo, es una fábula artificiosa cuando uno, con ayuda de la filosofía, que la razón puede entender, expone en palabras grandilocuentes qué cosa tan bella es que un hombre viva honorablemente, castamente, y practique buenas obras y virtudes. El fin es, con tal pretensión, hacernos creer que por estas obras (y no solo por la fe) somos justificados ante Dios; es decir, redimidos del pecado y de la muerte.

49 Además, otros espíritus sediciosos andan de un lado a otro con dichos dignos que han oído de nosotros (las cosas externas no ayudan a las almas; el Espíritu debe hacer la obra) y luego proceden a arrojar desprecio sobre el bautismo y la Cena del Señor. Así Tomás Müntzer, con sus campesinos sediciosos, y la chusma anabaptista, andaban con gran aparato predicando sobre la vida vergonzosa y perversa del mundo, especialmente de las autoridades, declarando que estas eran gente impía y tiranos, y que merecían la ira y el castigo de Dios; que por eso los hombres debían deponerlas y ejecutarlas, y establecer un nuevo gobierno solo de personas piadosas y santas.

Estas cosas y otras semejantes Pedro las llama «fábulas artificiosas». Se pretende con exageración que son producto de gran sabiduría y arte, y se las hace dulces y gratas a la razón. Así ha prevalecido, desde el principio, toda idolatría, herejía y falsa doctrina, siendo forjadas y hermosamente adornadas por gente docta y sabia y estimada por el mundo.

50 ¡Cuán admirable parecía la posición de Arrio y sus seguidores en comparación con la verdadera fe acerca de la divinidad de Cristo, cuando declaraban que aunque Cristo fuera exaltado por encima de todos los ángeles y criaturas, y que toda honra, dominio y poder en el cielo y en la tierra le pertenecieran, sí, que fuera enteramente igual a Dios, todo esto, sin embargo, no es «homo-ousios»; es decir, no está en una sola esencia divina, eterna e indivisa, que es de tal unidad que no podría comunicarse a ningún otro! Sería demasiado decir que un hombre es Dios, etc. Con tal pretensión fue seducida una gran multitud de cristianos. Hasta pocos obispos permanecieron en la doctrina y la fe puras. Y después este veneno prevaleció entre la gente sabia de Asia y de Grecia, hasta que Mahoma, con sus sarracenos y turcos, corrompió miserablemente la mayor parte del mundo.

51 Del mismo modo el papa ha adornado y coloreado con una forma gloriosa sus abominaciones e idolatría, afirmando de su orden de servicio que es cosa meritoria y hermosa. Además, llama la atención sobre la utilidad del hermoso y ordenado gobierno y poder de la Iglesia, con sus graduaciones de oficio y posición bien reguladas: obispos superiores a los sacerdotes comunes, y sobre los obispos la silla de san Pedro en Roma. En esa silla reside la autoridad para convocar concilios generales siempre que sean necesarios. Estos concilios han de juzgar y decidir en todos los asuntos de fe, y todos deben seguir y obedecer sus decisiones. Además, se jacta del gran servicio y consuelo que es para todo el mundo la obra de los sacerdotes en la misa, cuando renuevan cada día y ofrecen a Dios el sacrificio hecho por Cristo en la cruz. Este es el dulce vino en la «copa de oro» de la ramera escarlata de Babilonia, con el cual ha embriagado a todos los reyes y naciones, Ap 17:2-4.

52 Donde el diablo halla a quienes prestan oído a tales fábulas, los toma cautivos y los llena de tal modo de estas falsedades que no ven ni oyen nada más. Piensan que su creencia es la única, y no se dejan instruir por la Palabra de Dios. Y así, en su locura, sin recta inteligencia de la fe y de todos los principios de la doctrina pura, continúan en su mente entenebrecida, con su charla fantástica y mentirosa, sin arrepentimiento ni enmienda, sin gracia para aprender ni hacer nada bueno. Esto se prueba ampliamente con el ejemplo de todos los espíritus sediciosos.

53 Por eso Pedro nos amonesta a ser «sobrios y velar», especialmente en espíritu, y a guardarnos de este dulce veneno y de estas hermosas y adornadas mentiras y fábulas del diablo. Nos enseña cómo equiparnos y defendernos contra sus malvadas maquinaciones.

V.9. “Al cual resistid firmes en la fe.”

54 La verdadera defensa y resistencia, en la cual hemos de ser sobrios y vigilantes, es estar bien fundados en la Palabra de Dios y aferrarnos firmemente a ella cuando el diablo procura, con sus fábulas artificiosas, nacidas del entendimiento y la razón humanos, derribar nuestra fe. La razón es la novia del diablo, y siempre se jacta de ser sabia y hábil en las cosas divinas, y piensa que lo que ella sostiene por correcto y bueno debe ser tenido por tal ante Dios. Pero la fe se aferra solo a la Palabra de Dios. Sabe que ante Dios la sabiduría, la habilidad y el poder humanos, y cualesquiera dones y virtudes que el hombre pueda tener, no cuentan para nada. Solo su gracia y el perdón de los pecados en Cristo tienen valor. Por eso la fe puede rechazar y derrotar todas estas hermosas pretensiones y fábulas artificiosas.

55 El dominio y la autoridad mundanos se jactan ante Dios de esta manera: Mi corona es una corona a los ojos de Dios, porque mi poder y soberanía me han sido dados por Dios. Por lo tanto, todo lo que yo diga él debe respetarlo y considerarlo válido, y todos deben respaldar mis palabras y acciones.

El sabio filósofo o jurista expresaría así sus jactancias y pretensiones: Nosotros somos los doctos, los sabios gobernantes del mundo, y tenemos admirables leyes y estatutos. Tenemos doctrinas superiores y hermosas sobre las buenas obras y las virtudes. Los hombres deben escucharnos y permitir que nuestro juicio tenga precedencia. El que puede hacer, o hace, tales cosas como las que nosotros hemos hecho es, a los ojos de Dios, superior a los demás.

LA FE, Y NO LA SABIDURÍA MUNDANA, ES ESENCIAL.

56 No, querido hombre, dice la fe a esto: te concedo que las cosas de que te jactas han sido ordenadas y confirmadas por Dios; pero no tienen valor sino para esta vida temporal. El mundo considera una corona ser conocido como sabio. Pero en presencia de Dios debes deponer tu corona, dejar tu fuerza y tu poder, tu ley y tu sabiduría, y decir: ¡Dios, sé propicio a mí, pecador! La razón tiene esta ventaja, que está equipada y adornada con la promesa de Dios de confirmar su dominio aquí en la tierra y de complacerse en ello; pero con la condición de que la razón no se inmiscuya en el gobierno de Dios ni se jacte frente a él. Sépase que lo que en la tierra se llama sabiduría y prudencia es necedad delante de Dios. Lo que a los ojos del mundo es alabado y honrado como hermoso, valioso, como honra y virtud, es delante de Dios pecado, y está sujeto a su ira. Lo que en la tierra se llama vida no es delante de Dios sino muerte.

57 Si, pues, la autoridad paterna, la gubernamental y las demás, que él mismo ha instituido y por su palabra ha establecido, y que incluso son administradas por cristianos, no subsiste delante de él en aquella otra vida, ¡cuánto menos permitirá que subsista lo que el hombre ha ideado o urdido sutilmente de su propia cabeza y corazón! ¿Quieres ser sabio y prudente? Cultiva entonces estas virtudes en la esfera que se te ha señalado, en tu casa, en el Estado y en cualquier oficio que tengas. En estas cosas temporales, gobierna lo mejor que puedas. Encontrarás bien poco que te ayude en todos tus libros, tu razón y tu sabiduría. Pero cuando comienzas a idear con tu propia razón las cosas de Dios, aunque todas parezcan sabiduría digna de confianza, no son, como dice Pedro, otra cosa que fábulas y mentiras.

58 Por ejemplo, las palabras de un monje: Quien se pone una cogulla puede llevar una vida santa, porque está separado del mundo, puede desterrar todo cuidado y tristeza, y puede, sin ser perturbado, en paz y quietud, servir a Dios; estas palabras parecen sabiamente dichas, pero en el fondo no son sino charla poco fiable e inútil. Esto se prueba con la Palabra de Dios, que enseña que Dios nos ha prohibido inventar nuestro propio culto; y también que Dios quiere que le sirvamos en nuestra vida y condición ordinarias y no huyendo de ellas. Por eso tal monacato no puede ser una vida santa y piadosa. En Sal 119:85 leemos: «Los soberbios me han cavado hoyos, que no está de acuerdo con tu ley». Es decir, me predican cosas dignas de alabanza y presentan su causa como la más digna, para vencerme. Pero cuando miro rectamente sus palabras, no las hallo de acuerdo con tu Palabra y mandamientos, los cuales (dice él) «son verdad». La mentira siempre es hermosa. Atrae y pretende ser verdad. Tiene además la ventaja de que puede adornarse con el guardarropa de la Palabra de Dios y, pervirtiendo la Palabra, puede usarla en un sentido incierto. En cambio, la verdad no brilla así, porque no se hace clara a la razón. Por ejemplo, un cristiano común, un tipo de los hermanos, oye el evangelio, cree, usa los sacramentos, lleva una vida cristiana en su casa con esposa e hijos; eso no resplandece como la fascinante mentira de un santo cartujo o ermitaño que, separado de sus semejantes, sería un siervo de Dios más santo que las demás personas. Sin embargo, este último no es útil a nadie. Deja que otros prediquen y gobiernen y trabajen con el sudor de su frente.

LA PALABRA DE DIOS, GUÍA DEL CRISTIANO.

59 Lo único importante, pues, es procurar que tengamos la Palabra de Dios y que regulemos conforme a ella todas las enseñanzas y pretensiones de los hombres. Así distinguiremos entre lo verdadero y lo falso. Debemos recordar también que la razón humana ocupa una posición muy inferior a la fe y no ha de ser reconocida como digna de confianza, sino en cuanto está autorizada por Dios para la autoridad temporal. El que tiene fe puede percibir fácilmente cuándo la razón choca con la Palabra de Dios o procura, en su sabiduría, elevarse por encima de ella; así como, en las cosas del mundo, cada uno en su posición, oficio o vocación sabe muy bien, cuando otro intenta el mismo trabajo, si lo hace bien o no. Así todo padre de familia entiende bien que en su casa no se han de tolerar el libertinaje y la mala conducta de los criados. Sin embargo, en las cosas divinas, la razón puede vestirse y adornarse de tal modo que no sea reconocida sino por quien, guiado por la fe, tiene un recto conocimiento de la Palabra de Dios.

La razón no dejará de meterse, con su sabiduría y prudencia, en los asuntos de Dios, donde no tiene órdenes. Así el diablo crea miseria sin fin, como lo hizo al principio en el caso de nuestros primeros padres. Y sin embargo la razón no permitirá, en su propio dominio, la más leve intromisión de alguien que no domina su código.

60 Si un zapatero se levantara en la Iglesia y censurara al pueblo porque no lleva zapatos de su hechura, y tratara de convencer a la gente de que tal proceder es necesario para la salvación, lo perseguirían fuera de la Iglesia con zapatos y zapatillas, y le gritarían: ¡Quédate en tu taller con tus zapatos y tus hormas! ¿Qué tiene que ver eso con el estado espiritual?

Pero cuando se levanta un espíritu sedicioso y en su supuesta sabiduría gruñe: Soy un hombre santo y piadoso. Tengo una iluminación especial del espíritu. Por eso no crean lo que dicen los otros, que no es sino la letra muerta: que una persona pueda ser Dios y hombre; que una virgen pueda ser madre; que un hombre pueda ser limpiado del pecado con agua y con la Palabra hablada, etc.; cuando hace esto, no hay nadie que ofrezca resistencia. La razón gana entonces la victoria con solo pretender la gloria de la guía del Espíritu, de una vida santa, etc., aunque la Palabra de Dios y la fe no estén presentes en su pureza. ¡Miren qué daño ha causado el turco, con su Mahoma, y sigue causando, únicamente por reclamar el honor de adorar al Dios único y afirmar que solo él tiene al verdadero Dios! Declara que solo él y sus seguidores son el pueblo de Dios en la tierra, para honra del cual Dios guerrean y combaten contra los cristianos. Impulsa su causa con tanto mayor vigor cuanto que tiene tan grande fortuna y victoria; así que aun muchos cristianos que llegan entre ellos adoptan su fe y se hacen turcos. Pero ninguno de los turcos se hace cristiano.

61 Por eso no se puede ofrecer otro consejo para resistir al diablo y escapar de ser destruido por él que este: que permanezcamos firmes en la fe, dice san Pedro. Uno debe tener un corazón que se aferre a la Palabra de Dios y la entienda plenamente y la tenga por verdadera. Porque la fe no puede existir ni subsistir sin la Palabra, ni puede oír ni entender otra cosa. Uno debe separar la Palabra lejos de toda razón y sabiduría, colocándola por encima de ellas. Debe tener la razón por nada, sí, por muerta, en asuntos que pertenecen al gobierno de Dios y a cómo el hombre ha de escapar del pecado y de la muerte eterna. La razón debe callar y dar solo a la Palabra de Dios el honor que corresponde a la verdad, «llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo», como dice san Pablo, 2 Co 10:5. Si la razón ha de ser mi maestra en estas cosas, ¿qué necesidad hay de la fe? ¿Y por qué no habría de tirar todas las Escrituras? Nosotros, los cristianos, dice Pablo (1 Co 1:20-21), predicamos algo distinto y más alto de lo que la razón comprende, porque la sabiduría del mundo es pura necedad. Si la razón me enseñara que la madre de Cristo es virgen, el ángel Gabriel podría haberse quedado en el cielo y callado sobre el asunto. Vuestra fe, dice Pablo de nuevo (1 Co 2:4-5), no debe estar en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios. Ahora han visto las tretas y artimañas del diablo con las que procura devorarlos, que basa en la razón opuesta a la Palabra de Dios.

62 Pedro amonesta a todos los cristianos, especialmente a los predicadores, cómo defenderse de las intrigas y artificios del diablo, con los cuales procura capturarlos. Para que los cristianos estén debidamente equipados, san Pedro llama la atención sobre dos cosas: primero, debemos conocer al enemigo y darnos cuenta de su propósito; segundo, debemos estar armados para enfrentarlo y defendernos, para que podamos mantenernos en pie ante él y vencer. Es un enemigo terrible y poderoso, dice Pedro, y es el dios de este mundo. Tiene más sabiduría y más lazos engañosos que todos los hombres, y puede cegar y desconcertar de tal modo a la razón que esta crea y lo siga alegremente.

Es, además, un enemigo malvado y amargo para ustedes, que en Cristo tienen vida. No soporta verlos de Cristo. No piensa ni maquina otra cosa que su derrota. Y no piensen que está lejos de ustedes, o que los perseguirá desde lejos. Ha acampado cerca de ustedes y alrededor de ustedes; sí, en su propio territorio, es decir, en su carne y sangre. Allí busca cómo alcanzarlos y sorprenderlos desprevenidos, intentando ahora esto, ahora aquello. La fe extraviada, la duda, la ira, la impaciencia, la codicia, las malas pasiones, etc., son puntos de ataque: cualquier lugar donde encuentre una abertura o descubra que son débiles. Por eso no piensen que está simplemente bromeando. Está más furioso y hambriento que un león famélico y enfurecido. No se propone meramente herirlos o pincharlos, sino consumirlos por completo, de modo que no quede nada de cuerpo ni de alma.

63 Quien quiera resistir a tal enemigo debe estar equipado con otra armadura y otras armas que las que suministran el ingenio y el entendimiento humanos, las fuerzas o la habilidad humanas. Su defensa no es otra, dice Pedro, que la fe, que sostiene y aferra la Palabra de Dios. Y como el creyente se aferra a esto, el diablo no puede ganar nada. Es la verdad y el poder de Dios, ante los cuales, con su mentira y su homicidio, no puede sostenerse; tiene que ceder y huir. Por eso Ef 6:16 dice: «Sobre todo, tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno». Estos dardos de fuego son principalmente los que lanza al corazón por medio de los hermosos pensamientos de la razón humana. Así se transforma en ángel de luz, para desplazar los pensamientos rectos y la fe, e introducir caprichos humanos y falsa fe. Su fin es también llevar a la duda, la desconfianza, el odio y la ira contra Dios.

Así sucede también en las otras tentaciones y pruebas de la vida, cuando Satanás empuja a los hombres al pecado y a la desobediencia contra el mandamiento de Dios, a pecados como la avaricia, la usura, la ira, el deseo de venganza, la impureza y otros vicios. Aquí usa las mismas artes insidiosas, primero arrancando la Palabra de Dios del corazón, luego cegando la razón con pensamientos dulces y hermosos. Dice: Lo que se propone no es tan malo. Dios no se enojará tanto contigo. Puede darse el lujo de tener paciencia contigo, tú todavía amas el evangelio. Con sugerencias como estas te arrastra y te sumerge bajo la terrible ira y condenación de Dios.

64 Si quieren resistir estas artimañas, no puede haber otro plan o consejo que este: Combatan con la Palabra de Dios, en fe firme, contra estas sugerencias y seducciones. Además, tengan presentes tanto su miseria anterior como sus actuales tesoros de gracia. Recuerden cómo estuvieron una vez bajo la ira de Dios cuando, sin temor de Dios y sin fe, eran del diablo, sujetos a toda su voluntad, y habrían perecido si Dios, en su bondad infinita, no les hubiera perdonado su pecado y otorgado su gracia. Y ahora cuiden de no perder este tesoro, para lo cual se les ha prometido el Espíritu Santo. No tienen por qué sucumbir si permanecen en la fe. Además, si experimentan debilidad y padecen necesidad, se les manda invocarlo, seguros de que los oirá. La promesa es: «Todo cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará», Jn 16:23. Y también: «Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho», Jn 15:7.

65 Pedro, con sus amonestaciones, quiere hacer a los cristianos valientes y confiados para resistir las tentaciones del diablo y defenderse. No quiere que nos sintamos aterrados ni desesperemos ante Satanás, aun cuando ese malvado nos apriete duramente por medio del mundo y de nuestra propia carne, así como por sus ataques directos. No hemos de temer aunque parezca demasiado fuerte para nosotros, y aunque la rendición a su fuerza parezca inevitable. Hemos de tener un corazón varonil y luchar valientemente por la fe. Debemos estar seguros de que, si permanecemos firmes en la fe, tendremos fuerza y victoria final. El diablo no nos derrotará; resultaremos superiores a él.

Hemos sido llamados por Dios y hechos cristianos para renunciar al diablo y combatir contra él, y así mantener contra él el nombre, la Palabra y el reino de Dios. Cristo, nuestra cabeza, ya ha herido y destruido en sí mismo por nosotros al diablo y su poder. Además, nos da la fe y el Espíritu Santo, con los cuales podemos derrotar por completo la ulterior maldad de Satanás y sus intentos de derribarnos.

66 Un cristiano debe tener todo esto presente, digo, y aprender a experimentar la fuerza y el poder de la fe. Así no cederá a la tentación ni a la seducción. Ni arrojará de sí, por amor al diablo o al mundo, para su propio daño eterno y por causa de una pequeña ventaja, placer u honra temporales, la gracia de Dios y el Espíritu Santo, ni se pondrá de nuevo bajo la ira y condenación eternas de Dios.

IV. “SABIENDO QUE LOS MISMOS PADECIMIENTOS SE CUMPLEN EN VUESTROS HERMANOS QUE ESTÁN EN EL MUNDO.”

V.9. sabiendo que los mismos padecimientos se van cumpliendo en vuestros hermanos en todo el mundo.

67 Este es un pasaje muy precioso y consolador, cuya verdad Pedro aprendió no solo por inspiración del Espíritu Santo, sino por su propia experiencia. Un caso de su experiencia fue cuando, en la casa del sumo sacerdote, negó tres veces a su Señor, y poco después cayó en tal angustia y desesperación que habría seguido al traidor Judas si Cristo no se hubiera vuelto y lo hubiera mirado. Por esta razón Cristo, tan pronto después de su resurrección, mandó ante todo que las buenas nuevas se anunciaran a Pedro. Cristo le dijo también,

antes de que todo esto sucediera: «Simón, yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos», Lc 22:31-32.

CONDUCTA EN EL SUFRIMIENTO.

Pedro hace uso fiel del presente pasaje para el consuelo de sus lectores: Deben esperar, en el mundo, dice, sufrir muchas y severas cosas, tanto en tentaciones del alma como del cuerpo, contra la primera y la segunda tabla de la ley, acechándolos Satanás con sus artes engañosas y homicidas.

68 Los cristianos débiles sufren sin medida porque son plagados y asediados tan constantemente por el diablo. Sus aflicciones los oprimen tan duramente que concluyen que nadie sufre tan severamente como ellos. Esto parece ser así especialmente en las grandes tentaciones espirituales que vienen a los dotados de dones peculiares y que son llamados a posiciones destacadas en la Iglesia. Así Pablo lamenta a menudo sus grandes tentaciones, que el pueblo común no entiende y no puede soportar. Dios, además, cuida de poner sobre cada uno precisamente la cruz que puede llevar. Aun así, estos sufrimientos son tales que hasta los grandes y fuertes tendrían que languidecer y marchitarse bajo ellos si no fuera por el consuelo que Dios da. Estas aflicciones aferran el corazón y consumen la médula misma, como lamentan a menudo los Salmos.

69 Algunos de los que viven en los claustros, y otras conciencias piadosas y delicadas, han aprendido por experiencia cuán difíciles son de soportar tales cargas, especialmente en las tinieblas del papado, donde reciben muy poco consuelo genuino. Hay también algunos espíritus inexpertos y atrevidos que han visto estas cosas pero no las han entendido, y que sin embargo desean ser tenidos por personas de gran experiencia. Cuando llega la prueba, sin embargo, se los halla faltos. Se cuenta de uno de esta clase que, al oír a otros lamentar sus tentaciones, rogó a Dios que dejara venir la tentación también sobre él; con lo cual Dios permitió que fuera tentado con la lujuria carnal. Pero cuando vio que no podía soportarla, rogó de nuevo a Dios, pidiendo que se le diera la carga de su hermano, a quien consideraba inferior a sí mismo. Pero cuando se le concedió esta petición, rogó todavía con más fervor que Dios le devolviera su carga anterior.

70 En medio de tales tentaciones Pedro consuela a los cristianos que sufren diciéndoles que no son los primeros ni los únicos en ser así asaltados. No han de sentir como si fuera una cruz maravillosa, rara, inaudita la que llevan, o que la llevan solos. Han de saber que sus hermanos, los cristianos de todos los tiempos, y esparcidos por todo el mundo, deben, porque están en el mundo, sufrir las mismas cosas de mano de Satanás y sus secuaces. Alivia y consuela sin medida al que sufre saber que no sufre solo, sino con una gran multitud.

71 Es verdad que en las tentaciones externas este consuelo se capta fácilmente, por el conocimiento de las experiencias de otros. Pero cuando Satanás te asalta a ti solo con sus dardos venenosos (por ejemplo, cuando te tienta a dudar de la gracia de Dios, como si solo tú hubieras sido desechado; o cuando te sugiere horribles blasfemias, odio a Dios, condenación de su gobierno, y así atormenta y llena de angustia tu corazón hasta llevarte a pensar que ningún hombre en la tierra es más terriblemente asaltado que tú), entonces hay necesidad de hacer uso de este consuelo que Pedro te ofrece a ti y a todos los cristianos. En otras palabras, Pedro diría: «Amigo mío, no dejes que el diablo y tus sufrimientos te aterren ni te lleven a la desesperación. Debes saber con certeza esto: que no sufres solo. Por vergonzosamente que te ataque, ha hecho y está haciendo lo mismo a otros».

El diablo busca no solo nuestra propia destrucción, sino también la de toda la cristiandad. Siempre es su propósito arrancar del corazón de los hombres, en medio de sus sufrimientos, la Palabra de Dios y la fe. Quisiera robarles su consuelo en Cristo, y pintar a Dios bajo la luz más horrible y hostil, para que el corazón no tenga un solo pensamiento amable acerca de él. Y puede hacerlo; no solo con pensamientos elevados, refinados y sutiles, sino también con sugerencias groseras desde fuera, ante las cuales el hombre debe temer y estremecerse. Yo mismo vi y oí a una muchacha que se quejaba de una tentación de esta naturaleza; a saber, que estando ella en la iglesia y viendo elevar el sacramento, le vino el pensamiento: Mira qué gran bribón es el sacerdote que está elevando. Y se asustó tanto de repente por el terrible pensamiento que cayó al suelo.

72 Tal terror y ansiedad proceden de que uno se imagina que nadie más ha experimentado jamás tan espantosos asaltos. Piensa que tiene una aflicción especial, extraña e inusitada. Aunque es verdad que las tentaciones de los hombres difieren y vienen de diferentes fuentes, y que uno puede imaginar la suya de una clase peculiar, sin embargo los sufrimientos y tentaciones de todos los cristianos son iguales en esto: que el diablo procura empujarlos a todos del temor y la confianza en Dios a la incredulidad, el desprecio, el odio y la blasfemia contra Dios. Por eso los apóstoles suelen llamar a los sufrimientos de los cristianos una comunión en el dolor y en las tribulaciones. Señalan a todos los que sufren las agonías de Cristo nuestro Señor, como la cabeza y el ejemplo. Pedro dice en 1 P 1:11: «El Espíritu de Cristo… al anunciar de antemano los sufrimientos de Cristo, y las glorias que vendrían tras ellos». Y Pablo dice: «Cumplo en mi carne lo que falta de las aflicciones de Cristo», Col 1:24.

73 Si se quisiera hablar de sufrimientos especialmente severos, ciertamente ningún corazón humano puede comprender, y mucho menos decir, cuán grandes y pesadas fueron la ansiedad y la tristeza de nuestros primeros padres a causa de su miserable caída. ¡Y cuánta tristeza debió de presenciar Adán durante los novecientos años de su vida en las experiencias de su primer hijo Caín y de los hijos de este! Ningún hombre ha llevado jamás una carga como la que pesó sobre ambos padres durante casi cien años después de la muerte de Abel, hasta que nació su tercer hijo. En verdad, estos novecientos años fueron un período de tristeza y miseria.

Quizá, en el último día, conversemos con este nuestro padre sobre el sufrimiento solitario de aquel tiempo, del cual nada sabemos. Y confesaremos de buena gana que en la escuela del dolor él está muy por encima de nosotros y nosotros hemos sido solo alumnos insignificantes. Debió de ser severísimo y peligroso para él, puesto que no tenía delante ningún ejemplo de un sufrimiento semejante con el cual consolarse.

74 Del mismo modo, si pudieras entender rectamente lo que han soportado los otros santos patriarcas, los profetas y apóstoles, especialmente Pablo y Pedro, y más tarde todos los amados mártires y santos, te verías forzado a decir que toda tu tentación y sufrimiento no son nada en comparación. Pero por encima de todos estos debemos contar las experiencias del Señor Cristo, cuyo corazón fue tan traspasado por los dardos de fuego y las amargas estocadas de Satanás que las gotas de sudor sangriento fueron exprimidas de su cuerpo. Él ha ido delante y nos ha superado en el camino del dolor. Nosotros, con todo nuestro sufrimiento, solo podemos seguir sus pisadas.

DE LA TENTACIÓN.

75 Por eso, aprende bien este dicho de Pedro, y no pienses que solo tú soportas esta severa y temible tentación y estos asaltos del diablo. Recuerda que tus hermanos, no solo los que han muerto, que también te han dado buen ejemplo, sino también los que viven contigo en el mundo, han sufrido y sufren tal terror y angustia. Porque tienen el mismo enemigo que Cristo y toda la cristiandad tienen. Puedes alegrarte y exclamar: ¡Sea Dios alabado! No soy el único que sufre, sino que conmigo hay una gran multitud, todos los cristianos de la tierra, mis amados hermanos y hermanas, hasta el último que caminará sobre esta tierra. Y en este pasaje Pedro me consuela y me fortalece, como Cristo se lo mandó, él que también ha probado estas tristezas, y en verdad en medida mucho mayor que yo y otros.

76 A veces he pensado, en mis pruebas, que quisiera discutir con Pedro y con Pablo si ellos fueron probados más severamente que yo. Porque, cuando no puede hacer otra cosa, el diablo recurre al plan de llevar al hombre a fijar su atención únicamente en su propia aflicción, y lo oprime con el pensamiento: Ningún hombre ha sido tan abandonado por Dios, ni se ha hundido tan hondo en la ansiedad y la angustia. El diablo me ha cansado a menudo con tales argumentos, hasta que al fin no pude ofrecerle más oposición, sino que simplemente lo remití a Cristo, que puede silenciarlo pronto con argumentos. Si no tenemos a Cristo con nosotros, Satanás resulta demasiado fuerte para nosotros. No podemos silenciarlo. Pronto deja inútil toda nuestra habilidad y nos mata con nuestra propia espada.

77 ¡Ah, estos líderes sediciosos y otros espíritus confiados en sí mismos son gente pobre y miserable, que no saben nada de este conflicto! Se ahogan en sus propias imaginaciones y piensan que son perfectos. Y algunos de ellos son tan desvergonzados y sin temor que blasfeman, diciendo que ni el mismo Dios podría quitarles su virtud. El diablo simplemente los fortalece en estos pensamientos y los endurece más. Esto mismo es señal de que aún no conocen al diablo; ya están cegados y cautivos de él, de modo que puede arruinarlos cuando quiera.

78 Los cristianos genuinos no son así de confiados en sí mismos ni jactanciosos cuando son atacados. En conflictos y angustias severos se esfuerzan para que el diablo no los prive de la espada. Yo sé que soy erudito y he visto algo de lo que el diablo puede hacer; pero debo dar testimonio de él, por mi experiencia diaria, de que puede vencerme a menos que esté bien establecido en la fe y tenga a Cristo en el corazón. Tomás Müntzer era tan firme e inflexible, según pensaba, que se atrevió a decir que no vería a Cristo si este no quería hablar con él. Pero al fin, cuando el diablo comenzó a atacarlo, los hombres vieron qué eran su orgullo y sus jactancias. No, no son ellos los que van a lograr algo, los que andan tan jactanciosos, como si se hubieran comido al diablo. No ven que ellos mismos hace mucho fueron devorados siete veces por él y están sujetos en sus fauces.

79 El hereje Arrio también estaba seguro y era bastante orgulloso frente a los piadosos obispos y cristianos. Sí, cuando fue castigado por su error por su obispo y amonestado a desistir, se hizo más obstinado. Se quejaba de la amarga persecución a que era sometido. Pero su sufrimiento era que no le aprobaran su horrible blasfemia. Así en todas las épocas los herejes y blasfemos, sí, aun los abiertos asesinos y tiranos, se hacen pasar por mártires cuando no se les permite correr contra la Palabra de Dios y contra las personas piadosas. Tan confiados procuran estar que no tienen temor de Dios. Cuentan al diablo por una abeja muerta hasta que, al fin, de repente los agarra y los destruye en un momento.

80 Pero los pobres cristianos tentados tienen necesidad del consuelo y de la fuerza que suministra la Palabra de Dios. Deben luchar con angustia para no perder, en sus horas de severa tentación, a Dios, a Cristo, la fe y el Padre Nuestro. Por eso la misión confiada a Pedro, de fortalecer a sus hermanos, es muy necesaria. Así el mismo consuelo era necesario en sus propias tentaciones, y se le dio incluso de antemano por Cristo, quien declaró que había rogado por él para que su fe no se apagara ni faltara, fe que, sin embargo, desde el momento de su negación hasta el tercer día casi murió, y apenas quedó la más pequeña chispa.

Por eso ahora, como verdadero apóstol, consuela a los que están en los mismos temores y angustias de una fe que se hunde y expira. Dice a todos los que sufren y no tienen consuelo: Mi querido hermano, no pienses que solo tú sufres angustia y tentación. Muchos de tus hermanos han sufrido tan pesadamente, quizá más pesadamente. Yo mismo he sido tan débil como tú puedas llegar a ser jamás. Si no lo crees, mira lo que ocurrió en la casa de Caifás, el sumo sacerdote, cuando yo, que protestaba estar dispuesto a ir con Cristo a la cárcel y a la muerte, a una palabra que me dijo una criada caí, y negué y abjuré muy vergonzosamente de mi amado Señor. Durante tres días enteros yací en la miseria. No tenía a nadie que me consolara y a nadie que sufriera igual que yo. No tenía más consuelo que el que mi querido Maestro me dio, con sus ojos, con una mirada amistosa.

81 Por eso nadie debe considerar su angustia y necesidad demasiado pesadas y temibles, como si fueran algo enteramente nuevo, algo que nunca han experimentado otros. Para ti puede ser algo nuevo y no probado. Pero mira a tu alrededor, a la gran multitud de la Iglesia, desde el principio hasta esta hora. La Iglesia ha sido puesta en el mundo para sufrir los ataques del diablo, y sin cesar debe ser zarandeada como trigo, como sugieren las palabras de Cristo, Lc 22:31.

Amigo mío, aún no has visto ni experimentado lo que nuestros primeros padres soportaron toda su vida, y tras ellos todos los santos padres hasta Cristo. Pedro también ha ido más lejos en esta escuela que yo y tú, y diría que difícilmente se hallaría una tentación igual a la suya. Pablo dice de él y de los amados apóstoles (1 Co 4:9): «Porque según pienso, Dios nos ha exhibido a nosotros los apóstoles como postreros, como sentenciados a muerte; pues hemos llegado a ser espectáculo al mundo, a los ángeles y a los hombres», para que Satanás nos atormente según su voluntad y así cumpla su placer sobre nosotros. ¿Y qué son los sufrimientos de todos los hombres juntos comparados con la agonía y el conflicto de Cristo, en que sudó sangre por ti?

82 Cuando el diablo te plague y asalte con sus múltiples tentaciones, remítelo a Cristo, con quien puede disputar sobre las severas tentaciones, la lucha de la muerte, la angustia del infierno, etc. Consuélate de que eres uno de una gran compañía de los que sufren, pasados, presentes y futuros. ¡Oh, hermosa y gloriosa compañía! Todos bajo un solo señor y cabeza, que quitó al diablo su poder y el fuego del infierno. En resumen, tu aflicción no puede resultar tan grande que no la halles paralela en la vida de los apóstoles, profetas, patriarcas y todos los santos, especialmente de Cristo mismo; con quien, si sufrimos, no dudemos, dice Pablo, que también «seremos glorificados con él», Ro 8:17.

Traducción del inglés hecha con IA (Claude) para Berea.