Comentarios y sermones · Martín Lutero
Efesios 5: comentario de Martín Lutero
Sermón para el tercer domingo de Cuaresma; Efesios 5:1-9
EXHORTACIÓN A SER IMITADORES DE DIOS
1 Esta es una carta de exhortación que instruye a los cristianos, conforme al plan que subyace a las epístolas de Pablo, a no volverse perezosos y descuidados, sino a mostrar su fe con sus obras, y a honrar y proclamar la Palabra que él les ha enseñado; por amor de los gentiles y de los incrédulos, para que estos no se escandalicen de la doctrina de Cristo.
2 Para empezar, habiendo mostrado que fuimos hechos hijos de Dios por medio de Cristo, nos exhorta a ser seguidores, o imitadores, del Padre, como hijos amados. Emplea el más entrañable de los términos —V.1. hijos amados— para persuadirnos, por el amor del Padre, a amar como somos amados. Pero ¿qué clase de amor nos ha mostrado Dios? No fue simplemente aquel amor que se manifiesta en que nos da sustento temporal a nosotros, seres indignos, junto con todos los malvados de la tierra; en que hace salir su sol sobre justos e injustos y envía lluvia sobre agradecidos y desagradecidos, como menciona Cristo (Mt 5:45) en relación con su mandato de ser perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto. No solo así nos amó Dios, sino de una manera especial: ha dado a su Hijo por nosotros. Además de derramar sobre nosotros bendiciones temporales y eternas, se ha dado a sí mismo; se ha derramado por completo por nosotros, con todo lo que es, con todo lo que tiene, con todo lo que hace; y nosotros no éramos más que pecadores, criaturas indignas, enemigos y siervos del diablo. Más que esto estaría fuera del alcance aun de su gracia y de su poder.
El que desprecia tal ardor de amor, que llena todo el cielo y la tierra y está más allá de todo poder de comprenderlo; el que no permite que este amor encienda y despierte en él amor por su prójimo, sea enemigo o amigo, difícilmente llegará jamás a ser piadoso o amoroso por medios como leyes o mandamientos, instrucción, coacción o compulsión.
3 V.2. Andad en amor, aconseja el apóstol. Quiere que nuestra vida exterior sea toda amor. Pero no ha de ser nuestro modelo el amor del mundo, que busca solo su propia ventaja y ama únicamente mientras salga ganando con ello; debemos amar como Cristo amó, quien no buscó de nosotros placer ni ganancia, sino que se entregó por nosotros, sin mencionar las demás bendiciones que concede a diario; se entregó como sacrificio y ofrenda para reconciliar a Dios con nosotros, a fin de que él fuera nuestro Dios y nosotros sus hijos.
Así también debemos dar, así debemos prestar, o aun ceder nuestros bienes, sin importar que los reclamen amigos o enemigos. Ni hemos de detenernos ahí; debemos estar dispuestos a dar nuestra vida tanto por amigos como por enemigos, y no debemos ocuparnos de otro pensamiento que de cómo podemos servir a otros, y cómo nuestra vida y nuestros bienes pueden ponerse a su servicio en esta vida, y esto porque sabemos que Cristo es nuestro y nos ha dado todas las cosas.
V.2. «A Dios en olor fragante» [en olor de suave fragancia].
4 Esta expresión Pablo la toma del Antiguo Testamento. Allí los sacrificios temporales se describen como «olor grato» para Dios: es decir, que le eran aceptables y agradables; pero no, como imaginaban los judíos, por el valor de la obra o de los sacrificios en sí mismos. Por tales pensamientos fueron reprendidos bastantes veces por los profetas. Eran aceptables por causa del verdadero sacrificio que prefiguraban y rodeaban. El pensamiento de Pablo es este: Los sacrificios del Antiguo Testamento han pasado. Ahora todos los sacrificios carecen de poder, salvo el del mismo Cristo; él es el olor fragante. Este sacrificio agrada a Dios. Lo acepta gustosamente y quiere que estemos seguros de que es una ofrenda aceptable en nuestro lugar. Además, no hay otro sacrificio que la Iglesia cristiana pueda ofrecer por nosotros. Solo vale el Cristo ofrecido una vez. Aunque, siguiendo su ejemplo, presentamos nuestros cuerpos en sacrificio, como se enseña en Ro 12:1, no lo hacemos en favor de nosotros mismos ni de otros; esa es la función del único sacrificio, Cristo. Por lo tanto, todos los sacrificios ofrecidos con la idea equivocada de que valen por nosotros, o aun de que alcanzan perdón de pecados, son malvados y desagradables. Pero de esto más en otro lugar.
PECADOS QUE NI SIQUIERA DEBEN NOMBRARSE ENTRE CRISTIANOS
V.3. Pero fornicación y toda inmundicia, o avaricia, ni aun se nombre entre vosotros, como conviene a santos.
5 Al nombrar la inmundicia además de la fornicación, se refiere a todos los afectos sensuales, a diferencia del amor conyugal. Son demasiado desagradables para que él los mencione por su nombre, aunque en Ro 1:24 le parece conveniente hablar de ellos sin disfraz. Sin embargo, también el amor conyugal debe caracterizarse por la moderación entre los cristianos. Aunque hay un deber conyugal que se exige por necesidad, es precisamente para evitar la impureza y la inmundicia. La condición ideal y perfecta, es verdad, sería la cohabitación con la sola mira de la procreación; sin embargo, eso es demasiado alto para que todos lo alcancen.
6 Pablo declara que el pecado que señala no debe nombrarse entre los efesios. Sin duda, entre los cristianos siempre habrá algún enfermo en la fe que caiga; pero debemos trabajar con diligencia, corrigiendo, enmendando y refrenando. No debemos dejar el escándalo sin ser cuestionado, sino cortarlo y remediarlo, no sea que, como se observó en la lección anterior, tropiecen los paganos, diciendo: «Los cristianos toleran ellos mismos tales vicios; su conducta no es diferente de la nuestra.» Una caída ocasional entre los cristianos debe soportarse mientras prevalezca en general lo recto, y tales cosas ni se toleren ni se enseñen, sino que sean reprendidas y enmendadas. Pablo da el consejo (Gá 6:1) de que los hermanos restauren a los caídos con espíritu de mansedumbre; y censura a los corintios por no reprender a los que pecan. 1 Co 5:2. Un pecado, una vez castigado, es como si el pecado no existiera; ya no es motivo de reproche.
7 Lo mismo con la avaricia: hemos de entender que no debe nombrarse entre los cristianos. Es decir, si alguien es avaro, si alguien defrauda a otro o contiende con él por ventaja temporal, como evidentemente ocurría entre los corintios (1 Co 6:1), el escándalo no debe dejarse sin reprensión ni corrección. El evangelio debe ser cuidadosamente sostenido y conservado entre la multitud, «para que nuestro ministerio no sea vituperado». 2 Co 6:3.
Hago esta observación por causa de aquellos que, tan pronto como advierten que no todos los cristianos son perfectamente santos, sino que de vez en cuando tropiezan y caen, se imaginan que no existe tal cosa como un cristiano y que el evangelio es impotente e infructuoso. ¡Como si ser cristiano significara la montaña ya escalada y completa, la victoria triunfante sobre el pecado! El hecho es que es más bien una contienda, una batalla. Dondequiera que hay una contienda, o una batalla, algunos de los combatientes huirán, algunos serán heridos, algunos caerán y algunos incluso serán muertos. Porque la guerra no va sin desastres si es guerra de verdad.
8 El autor de la epístola pasa a dar la razón de por qué no suena bien oír tales cosas de los cristianos: porque son santos, y a los santos les conviene ser castos y moderados, y practicar y enseñar estas virtudes. Nota que llama «santos» a los cristianos, a pesar de que en esta vida están revestidos de carne y sangre pecaminosas. Sin duda el término no se aplica por causa de sus buenas obras, sino por la santa sangre de Cristo. Porque Pablo dice (1 Co 6:11): «Pero ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios.» Siendo santos, debemos manifestar nuestra santidad con nuestras obras. Aunque todavía somos débiles, debemos esforzarnos debidamente por llegar a ser castos y libres de avaricia, para gloria y honra de Dios y edificación de los incrédulos.
V.4. Ni palabras deshonestas, ni necedades, ni truhanerías, que no convienen.
9 «Deshonestidad» —el hablar escandaloso— es lenguaje impúdico que sugiere fornicación, inmundicia y pecados de la carne. Es común en las tabernas y por lo general se encuentra como acompañamiento de la glotonería, la embriaguez y el juego. Especialmente los griegos eran frívolos y expertos en esto, como lo atestiguan sus poetas y otros escritores. A lo que Pablo se refiere en particular es a la conversación lasciva proferida en público sin temor ni dominio propio. Esto excitará pensamientos malos y dará lugar a graves ofensas, especialmente con los jóvenes. Como afirma en otro lugar (1 Co 15:33): «Las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres.» Si hubiera cristianos tan olvidadizos que transgredan así, la falta debe ser reprendida; de otro modo se hará general y dará mala fama a la congregación, como si los cristianos enseñaran y toleraran eso lo mismo que los paganos.
NECEDADES Y TRUHANERÍAS
10 Por «necedades» se indican las fábulas, cuentos y otras leyendas en las que abundan particularmente los griegos, pueblo que posee una facultad especial para este tipo de ficción. Semejantes son los cuentos que suelen contar nuestras mujeres y doncellas mientras hilan en la rueca, y también los que gustan de contar los bribones. Aquí pertenecen también las canciones mundanas que o cuentan cosas lascivas o giran sobre temas resbaladizos y frívolos. Tales son «El cura de Kalenberg», «Dietrich de Berna» y otras innumerables.
11 Particularmente anticristiano es todo género de tales bufonadas en la iglesia cuando los hombres se reúnen para oír y aprender la Palabra de Dios. Pero la práctica es común donde se reúnen muchos. Aun cuando al principio se traten cosas serias, pronto se pasa a conversación frívola, licenciosa y necia, con la consiguiente pérdida de tiempo y descuido de cosas mejores. Por ejemplo, en la fiesta de Pascua se han introducido en el sermón historias necias y ridículas para despertar a los adormilados. Y en los oficios de Navidad ha estado en boga la absurda pantomima de mecer a un niño y las necias declamaciones en verso. De modo semejante se caracterizaron las fiestas que conmemoran a los tres santos reyes, la pasión de Cristo, Dorotea y otros santos.
12 En esta categoría deben clasificarse también las leyendas de los santos y la confusa masa de mentiras acerca de milagros, peregrinaciones, misas, culto a los santos, indulgencias y así sucesivamente, que en otro tiempo dominaron el púlpito. Sin embargo, estas falsedades son demasiado burdas para llamarlas meramente necias. No son solo mentiras frívolas que destruyen las buenas costumbres, como las que Pablo menciona aquí, sino que derriban por completo la fe y la Palabra de Dios, haciendo imposible la santidad. Tal clase de truhanería es demasiado seria. Sin embargo, los que han visto a fondo estas cosas las tratan como mentiras del mismo carácter frívolo y abominable que las fábulas o cuentos de viejas mencionados por Pablo en 1 Ti 4:7. Pero mientras que estos últimos son meros cuentos humanos que nadie cree, en los que nadie pondrá confianza, que sirven de simple ocasión de risa, sin convertirse en fuente de corrupción moral general, en obstáculo para el progreso y causa de un cristianismo frío e indolente, las falsedades del púlpito son cuentos diabólicos tenidos por verdad con toda seriedad, pero una comedia para el diablo y sus ángeles.
13 «Truhanería» se refiere a aquellos recursos de conversación que halagan la alegría en forma de escándalo; entre nosotros se llaman burla y chanza. Risa, jolgorio y alegría son su propósito, y los encontramos por lo general en la sociedad y en la alta vida. Entre los paganos la truhanería se contaba como virtud, y por eso recibió de Aristóteles el título de «eutrapelia». Pero Pablo la llama vicio entre los cristianos, quienes ciertamente pueden hallar recursos de conversación de otra clase, tales que inspiren un espíritu alegre y gozoso en Cristo. Es verdad que los cristianos no son todos tan puros que algunos no puedan errar en esto; pero la Iglesia cristiana no manda la truhanería, ni permite que ningún miembro se abandone a la práctica. La reprende y la prohíbe, particularmente en las asambleas religiosas, y en la enseñanza y la predicación. Pues Cristo dice (Mt 12:36) que en el último día los hombres deberán dar cuenta de toda palabra ociosa e inútil que hayan hablado. Los cristianos deben ser un pueblo muy firme, aunque cortés. La cortesía debe ir unida a la seriedad, y la seriedad a la cortesía, según el modelo de la vida de Cristo que ofrece el evangelio.
V.4. Que no convienen.
14 Pablo aparentemente incluiría en el catálogo todo lenguaje inútil, sea cual sea su nombre. Yo llamaría inútiles las palabras que no sirven para fomentar la fe ni para atender las necesidades del cuerpo y conservarlo. Tenemos bastante de qué hablar durante esta corta vida, si deseamos hablar, bastante que es provechoso y agradable, si hablamos solo de Cristo, del amor y de otras cosas esenciales. El apóstol menciona la acción de gracias. Debería ser nuestra ocupación diaria y constante alabar y dar gracias a Dios, en privado y en público, por los grandes e inexpresables tesoros que nos ha dado en Cristo. Pero parece que lo necesario se relega a la retaguardia, mientras las cosas indiferentes se llevan al frente.
Ahora bien, fíjense: si Pablo no tolera la burla y la conversación insinuante entre cristianos, ¿qué diría de la vergonzosa maledicencia que se oye siempre que la gente se reúne, aunque sean solo dos individuos? Sí, ¿cuál sería su juicio sobre los que en la predicación pública se agarran y arañan, se atacan y se calumnian unos a otros?
LOS CRISTIANOS SIN FRUTO SON PAGANOS
V.5. Porque sabéis esto, que ningún fornicario, o inmundo, o avaro, que es idólatra, tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios.
15 Con esto declara en palabras secas que el hombre que no muestra los frutos de la fe es un pagano bajo el nombre de cristiano. Aquí hay condenación absoluta en una palabra. El fornicario es un negador de la fe; el inmundo es un negador de la fe; el avaro es un negador de la fe: todos son rebeldes, perjuros y desleales para con Dios. Pablo dice a Timoteo (1 Ti 5:8): «Porque si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe, y es peor que un incrédulo.» ¿Cómo podría decir algo más severo, más aterrador?
Comienza: «Porque sabéis esto.» En otras palabras: No duden; no hallen vano consuelo en el pensamiento de que esto es una broma o una calumnia. Un nombre cristiano y el trato con cristianos no valdrán de nada. Les aprovechará tan poco como aprovecha a los judíos ser simiente de Abraham y discípulos de Moisés. Las palabras de Cristo (Mt 7:21) conciernen a todo hombre: «No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos.» Tiene que haber cumplimiento; la fe debe manifestarse por las obras.
16 Si el gran fuego del amor divino que él usa como primer argumento no nos atrae, entonces que la terrible amenaza del fuego del infierno resulte un incentivo suficiente. En otras palabras, si los hombres no siguen a Dios, andando en amor y mostrando su fe con sus obras, sepan que no son hijos de Dios, ni herederos en su reino, y por tanto son sin duda herederos del maligno en el infierno. El que no se conmueve con las amenazas del fuego del infierno debe ser de veras un palo o una piedra; en verdad, debe tener un corazón como un yunque, como dice Job.
17 El autor de la epístola pronuncia una sentencia extraordinariamente severa sobre el avaro, pues lo llama idólatra, o adorador de un dios falso. Claramente Pablo sentía especial enemistad contra los avaros, pues en Col 3:5 define este pecado de manera semejante. Su razonamiento, juzgo, es este: Todos los demás pecadores se ponen a usar lo que tienen y lo hacen servir a sus concupiscencias. Los fornicarios y los inmundos hacen que sus cuerpos sirvan a su placer. Los soberbios emplean bienes, arte, reputación y hombres para asegurarse honra. El desdichado idólatra es el único que es siervo de sus posesiones; su pecado es ahorrar, guardar y conservar la propiedad. No se atreve a hacer uso de ella ni para sí ni para otros, sino que la adora como a su dios. Antes que tocar su dinero, dejaría perecer tanto el reino de Dios como el del mundo. No dará un céntimo para el sostén de un predicador o de un maestro de escuela para el avance del reino de Dios. Porque pone su confianza, su seguridad, en su dinero más que en el Dios vivo, cuyas promesas acerca del sustento abundante son numerosas, su verdadero dios es su dinero, y llamarlo idólatra es del todo justo. ¡Y además tiene que renunciar al cielo! ¡Un vicio vergonzoso, ciertamente! ¡Oh despreciable incredulidad! ¡Qué vicio tan peligroso eres!
ENGAÑO CON PALABRAS VANAS
V.6. Nadie os engañe con palabras vanas.
18 Esto se aplica a los que disfrazan su impureza, como si fuera solo un pecado trivial. Y algunos han sido incluso maestros tan vulgares que no consideran mala ninguna impureza salvo el adulterio, y la aceptan como una función normal, como comer y beber. Los filósofos y poetas griegos eran de esta clase. Y Terencio dice: «No es pecado ni vergüenza que un joven cometa fornicación.» Obedecer tal doctrina sería no saber nada de Dios y vivir en la pasión de la concupiscencia, como los gentiles que no conocen a Dios, de los cuales oímos en la lección anterior. Todos los argumentos de este carácter son palabras vanas; pueden fascinar de algún modo a la razón; sin embargo son vanos y fútiles, incapaces de aprovechar a sus autores.
La avaricia igualmente tiene mucha falsa apariencia y brillo. Cuando uno defrauda a otro o busca su propia ventaja en perjuicio de otros, su acto no se llama en absoluto pecado, sino habilidad, economía y sagacidad, aunque entretanto los pobres deban padecer necesidad e incluso morir de hambre. Tales argumentos son meras declaraciones especiosas y ciegas de paganos, contrarias al amor cristiano.
19 Pero tenemos luz adicional sobre este asunto, que muestra que a causa de tales prácticas la ira de Dios viene sobre los incrédulos. En 1 Co 10:8 se citan numerosos ejemplos de castigo por el pecado de fornicación. Véase también Nm 25. Además, por causa de la lascivia, la avaricia y la impureza, todo el mundo fue destruido por el diluvio. Esta es una afirmación severa, pero verdadera e indudable.
V.6. Por estas cosas viene la ira de Dios sobre los hijos de desobediencia.
«Hijos de desobediencia»: en otras palabras, los que han caído de la fe. Así vemos que quien no muestra su fe con sus obras es tenido prácticamente por infiel. De hecho, es peor que un infiel; es un cristiano apóstata, o un apóstata de la fe. Por eso viene la ira de Dios sobre tales, aun aquí en la tierra. Por esto nosotros los alemanes tenemos que sufrir que vengan sobre nosotros tanta hambre, peste, guerra y derramamiento de sangre.
20 Entre estos charlatanes ociosos y maestros engañosos deben cuidarse de ser clasificados los perezosos y zánganos que, con mejor luz que los paganos, saben muy bien que la avaricia y la impureza son pecado. Aunque no enseñan nada que lo contradiga, confían no obstante para su salvación en una fe estéril de obras, con el argumento de que las obras no pueden efectuar la salvación. Saben muy bien que una fe estéril de obras no es nada, es una fe falsa; que el fruto y las buenas obras deben seguir necesariamente a una fe genuina. Sin embargo, siguen en seguridad carnal, sin temor de la ira y del juicio de Dios, que quiere que el viejo Adán sea crucificado y hallar buen fruto en los buenos árboles.
Es posible que san Pablo no se refiera en este pasaje a los que, como los paganos, enseñan y sostienen con argumentos especiosos que la impureza no es pecado; no obstante, hay razón para temer que la recompensa de los paganos se les aplicará igualmente a ellos; pues viven como los paganos, siendo extraños tanto a la castidad como a la bondad. Y nuestro temor está tanto más justificado cuanto que ellos conocen mejor el mal que cometen. Este es el punto de vista de Pablo cuando pregunta (Ro 2:3): «¿Y piensas esto, oh hombre, tú que juzgas a los que hacen tales cosas, y haces lo mismo, que tú escaparás del juicio de Dios?» «Por tu dureza y por tu corazón no arrepentido», añade, «atesoras para ti mismo ira».
V.7, 8. No seáis, pues, partícipes con ellos. Porque en otro tiempo erais tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor.
21 Pedro aconseja de manera semejante (1 P 4:3) que nos baste el tiempo pasado de nuestra vida para haber hecho la voluntad de los gentiles, y que ya no seamos partícipes con ellos, sino que vivamos el resto de nuestro tiempo conforme a la voluntad de Dios. Mientras éramos gentiles no sabíamos que todas esas cosas eran pecado, a causa de las tinieblas de la incredulidad, que nos impedían conocer a Dios. Pero ahora nos hemos hecho luz en el Señor. Es decir, hemos sido tan ampliamente iluminados por medio de Cristo que no solo conocemos a Dios y lo que él desea, y entendemos qué son el pecado y el mal, sino que también podemos alumbrar a otros, enseñarles lo que sabemos. Pablo elogia a los filipenses por ser luz en el mundo, en medio de una generación mala y perversa. Fil 2:15. Y de igual modo, cuando éramos gentiles no solo estábamos entenebrecidos, no solo éramos ignorantes y andábamos extraviados, sino que éramos la tiniebla misma, llevando a otros a la misma condición con nuestras palabras y obras. Tenemos razón, pues, para dar gracias a aquel que nos ha llamado de las tinieblas a su luz admirable (1 P 2:9), y para «andar como hijos de luz».
V.9. Porque el fruto de la luz [del Espíritu] es en toda bondad, justicia y verdad.
22 Puesto que Pablo habla de luz, habría sido más apropiado que dijera «fruto de la luz», de acuerdo con la versión latina, que «fruto del Espíritu», como en la versión griega. ¿Y quién sabe si en el griego no habrá sido alterado para armonizar con Gá 5:22, donde Pablo habla del «fruto del Espíritu»? Poco importa, sin embargo; evidentemente «Espíritu» y «luz» son sinónimos en este lugar.
La «bondad» es el fruto de la luz, o del Espíritu, en oposición a la avaricia. El cristiano ha de ser bueno; es decir, útil, procurando gustosamente el bien de su prójimo. La «justicia», como fruto del Espíritu entre los hombres —pues el Espíritu también «es justo delante de Dios»—, se opone a la avaricia. El cristiano no debe tomar los bienes de otro por fuerza, engaño o fraude, sino dar a cada uno lo que le corresponde, lo suyo, aun a las autoridades paganas. Véase Ro 13:1. La «verdad» es el fruto del Espíritu en oposición a la hipocresía y a las mentiras. El cristiano no solo ha de ser veraz en palabra, sino honrado en su vida. No debe llevar el nombre sin las obras; no puede ser cristiano y vivir a la vez una vida pagana, una vida de impureza, avaricia y otros vicios.
Sermón para el vigésimo domingo después del Domingo de la Trinidad; Efesios 5:15-21
EL ANDAR CUIDADOSO DEL CRISTIANO.
1 La exhortación de Pablo va dirigida aquí a quienes, habiendo oído el evangelio y hecho un buen comienzo en la fe, se imaginan de inmediato seguros y piensan haberlo logrado todo. Olvidan que todavía son carne y sangre, que están en el mundo y en contacto con el reino del diablo, y viven despreocupados, como librados de todo peligro, con el diablo huido lejos. Por su misma seguridad son vencidos por el diablo y por su propia carne, y caen del evangelio sin darse cuenta. Tienen apenas la relación suficiente con él para poder parlotear de él, jactándose de ser cristianos pero sin dar en su conducta ninguna señal de serlo.
2 Pablo quiere decirles cómo, en vista de estas cosas, la vigilancia es esencial para la vida cristiana. Ordenar la vida teniendo siempre delante de los ojos la voluntad de Dios, conformando siempre a ella la conducta: esto es lo que él llama andar con diligencia y ser sabio. Si por un momento pierdes de vista la voluntad de Dios, el diablo te posee de inmediato y produce resultados perniciosos: transforma a un cristiano en un hipócrita perezoso y seguro de sí mismo; a un hipócrita, en un hereje y sectario; y a un hereje, en un enemigo declarado. Así enseña aquí el apóstol que, si queremos ponernos a salvo de la astucia y el poder del diablo, debemos velar con toda seriedad; debemos cuidar cómo andamos. En Satanás tenemos un enemigo empeñado en estorbarnos, en socavar nuestro mismo fundamento.
3 En consecuencia, los que no vigilan con empeño su vida cristiana —es decir, los que no se preocupan por la sanidad de la fe ni oyen con gusto y obedecen la Palabra de Dios— son imprudentes, más aún, necios, y no conocen la voluntad de Dios. Han quitado la luz de delante de sus ojos para contemplar, en cambio, algo de su propia imaginación. Ven como a través de un vidrio pintado, presumiendo que hacen bien al seguir tales fantasmas de su razón, hasta que el diablo los extravía y los derrota.
LA PALABRA, GUÍA DEL CRISTIANO.
4 Por eso, no sin razón advierte Pablo a los cristianos que sean siempre sabios y diligentes, que tengan delante la Palabra de Dios. De hacerlo depende su sabiduría y su entendimiento. Que cada uno lo tome como asunto de su propia incumbencia, y que lo sea especialmente del interés general de la congregación. Donde no se cuida de conservar la Palabra en la Iglesia, sino que se admite en el púlpito a pendencieros que proponen sus propias doctrinas fraudulentas, la Iglesia sufre daño; la congregación pronto será como el predicador. Asimismo, si el individuo no regula su vida diaria —los asuntos de su oficio— según la Palabra de Dios; si olvida la Palabra y se absorbe en acumular riquezas; si se enreda en intereses seculares, pronto se vuelve un cristiano frío y perezoso, luego un alma extraviada, y por último desprecia por completo la voluntad de Dios y su Palabra.
Por estas razones Dios nos manda con tanta frecuencia en las Escrituras que expliquemos y apliquemos continuamente su Palabra, que la oigamos de buena gana y la practiquemos con fidelidad, y que meditemos en ella día y noche. Él quiere que nuestras vidas broten de la Palabra, en honra de Dios y en gratitud hacia él; de la Palabra en la cual nos miramos cada día como en un espejo. Pero para lograrlo hacen falta cuidado y diligencia, y debemos ayudarnos fielmente unos a otros con instrucción, consejo y de otras maneras.
5 En mis exhortaciones he insistido bastante a quienes tienen influencia en que pongan toda diligencia en llevar a los jóvenes a la escuela, donde puedan recibir la instrucción debida para llegar a ser pastores y predicadores; y he aconsejado con seriedad que, en caso de necesidad, se provea generosamente a los estudiantes. Pero, ¡ay!, pocas comunidades, pocos Estados se interesan en el asunto. Miren en toda Alemania a los obispos, príncipes, nobles, a los habitantes de la ciudad y del campo: con qué confianza siguen durmiendo y roncando en su indiferencia hacia la cuestión. Presumen pensar que no hay necesidad de actuar; que el asunto se arreglará solo; que siempre habrá pastores y predicadores. Pero ciertamente se engañan si creen que cuidan así sus mejores intereses en este asunto; porque, como dice el texto, se volverán necios y no reconocerán la voluntad de Dios. Por eso algún día tendrán que experimentar lo que ahora no creen: pocos años después de nuestros días buscarán predicadores y no los hallarán; tendrán que oír a rudos e ignorantes zoquetes que, sin entendimiento de la Palabra de Dios, predicarán, como todos los estúpidos papistas, las cosas viles y ofensivas del papa: el agua y la sal consagradas, las túnicas grises, los nuevos monasterios y cosas semejantes.
6 Por más que clamemos, prediquemos y exhortemos, nadie oirá; previéndolo, Pablo profetiza que los que no observan la voluntad de Dios se vuelven imprudentes, necios, y por consiguiente malgastan el día de gracia y descuidan su salvación. Ahora bien, la voluntad de Dios es que santifiquemos su nombre, amemos y promovamos su Palabra, y ayudemos así a edificar su reino. Cuando cumplimos su voluntad en estas cosas, él atenderá nuestros deseos, dándonos el pan de cada día y concediéndonos paz y felicidad.
7 Ahora bien, nuestro principal empeño debe ser conservar para nosotros la Palabra y la voluntad de Dios. Eso sería verdaderamente sabiduría, y redimir el tiempo. Pero si fallamos en esto, nos ocurrirá como a los imprudentes y necios; tendremos que oír la declaración: «Puesto que no quieren santificar mi nombre, promover mi reino y hacer mi voluntad, tampoco yo les daré el pan de cada día, ni perdonaré sus pecados, ni los guardaré de la tentación ni los libraré del mal». Dios permitirá entonces que lamentemos las grandes calamidades del mundo, su confusión y su maldad, cuya causa el mundo atribuye al evangelio. Pero el castigo que acabo de mencionar caerá sobre los que no quieren reconocer la voluntad de Dios ni someterse a ella. Estos, sin embargo, desean justificarse y no están dispuestos a recibir reprensión por haberse conducido con imprudencia, incluso con necedad.
8 Hasta aquí una observación general sobre la expresión V.15. andar con diligencia; hasta aquí sobre la conducta imprudente en asuntos de importancia vital para la Iglesia, que tienen que ver con el ministerio y con la Palabra de Dios. Donde se conservan el ministerio y la Palabra de Dios, siempre habrá algunos entre las multitudes que asistan a la predicación de la Palabra y conformen a ella su vida. Pero cuando la Biblia deja el púlpito, poco bien se logrará, aunque aquí y allá alguno sea capaz de leer las Escrituras por sí mismo y se imagine que no necesita la Palabra predicada. ¿Dónde quedarán las multitudes sin instrucción? Vean lo que ha ocurrido en nuestro tiempo con la pobre gente que fue extraviada por Münzer y Münster, y por sus profetas y sectarios.
SE ORDENA LA PREDICACIÓN PÚBLICA DE LA PALABRA.
Que cada uno, entonces, ponga empeño en promover en todas partes la predicación pública de la Palabra y la asistencia pública a esa predicación, y así fundar y edificar rectamente la Iglesia. Que él mismo se ponga también el vestido de bodas (mencionado en el evangelio de hoy); que cuide de ser hallado como un defensor serio de la Palabra de Dios, sin dejarse influir por los pensamientos comunes del espíritu seguro de sí: «Oh, hay pastores y predicadores de sobra para mí. Puedo oír o leer la Palabra cuando quiera; la tengo al alcance cualquier día. Debo atender primero el sustento y cosas parecidas. Que los demás se las arreglen». Cuidado, mi buen señor; puede fallar fácilmente por descuido en esto y ser hallado sin el vestido de bodas, y quizá morir sin él, sin darse cuenta de cómo lo engañan. ¿De quién será la culpa sino de usted mismo, ya que no quiso oír la exhortación de Pablo a andar con sabiduría y diligencia?
9 Debemos hacer provisión mientras la oportunidad está a nuestras puertas, pues, a juzgar por el curso actual del mundo, no conservará por mucho tiempo lo que tiene. En todas partes los hombres ayudan con diligencia a cazar a los ministros, o al menos a acosarlos con hambre y pobreza, a oponérseles con fraude secreto, hasta echarlos de la tierra. Y para lograrlo se requerirá poco trabajo y esfuerzo. Muy pronto nos veremos libres de nuestros ministros y sus lugares estarán ampliamente ocupados por engañadores. Preferiría mucho más sufrir en el infierno con Judas el traidor que cargar con la culpa de haber causado la muerte de un solo ministro o de haber sido instrumento para dar lugar a un solo engañador. Porque no sería tan intolerable sufrir la angustia del traidor de Cristo como soportar la de quien, por su pecado en este punto, es responsable de la pérdida de incontables almas.
NECESIDAD DE APROVECHAR EL TIEMPO.
10 Pablo prosigue desarrollando su exhortación al explicar qué es andar con diligencia y sabiduría: hasta el V.16. redimiendo el tiempo, porque los días son malos. En otras palabras: No piensen que les esperan días felices y que pueden aplazar el deber hasta tiempos mejores; tiempos mejores nunca habrá. El diablo está siempre en el mundo para estorbar todo esfuerzo tuyo por hacer el bien, y su oposición crece con el tiempo. Cuanto más te demores, menos poder tendrás para hacer el bien; el tiempo perdido no hace sino empeorar las cosas. Redime, pues, el tiempo; aprovecha tus oportunidades como mejor puedas. Que ningún interés te sea tan caro como la promoción del reino de Dios y el servicio al público de todas las maneras buenas y útiles posibles, suceda lo que suceda contigo.
11 Cristo dice de igual modo a los judíos: «Entre tanto que tenéis la luz, creed en la luz, para que seáis hijos de luz». Jn 12:36. Y Pablo, después de citar a Isaías 49:8, añade: «He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación». 2 Co 6:2. Así que su consejo en nuestro texto significa: Cuida de no recibir en vano la gracia de Dios. O bien: No descuides el asunto de tu salvación; aprovecha mientras puedas la oportunidad de promover el reino de Dios, por causa de tu salvación y la de los demás. No lo dejes para otro momento, no sea que la oportunidad se te escape.
En otro lugar (Gá 6:10) dice el apóstol: «según tengamos oportunidad, hagamos bien». En otras palabras: Actúa ahora, mientras puedes. Tu tiempo pasa con asombrosa rapidez. No te engañes, pues, con el pensamiento: «Oh, puedo ocuparme del asunto de aquí a un año, a dos, a tres». Eso es simplemente necio. Es una conclusión imprudente de los irreflexivos. Antes de darse cuenta han perdido la salvación que se les ofreció. Aplazan el considerar la voluntad de Dios, posponiéndolo por una temporada, hasta haber cumplido sus propios fines; entonces lo han aplazado demasiado.
12 El Señor llega a tu puerta. No tienes que buscarlo. Si eres agradecido, se detiene a hablar contigo. Pero si lo dejas pasar, tendrás que quejarte como la esposa en Cnt 5:6: «Abrí yo a mi amado; pero mi amado se había ido, había ya pasado… Lo busqué, y no lo hallé; lo llamé, y no me respondió». No pienses que hallarás al Señor cuando una vez se haya ido, aunque recorras el mundo. Pero mientras está cerca puedes buscarlo y hallarlo; como dice Isaías (Is 55:6): «Buscad a Jehová mientras puede ser hallado». Si por tu descuido pasa de largo, todo buscar será entonces en vano.
Durante más de veinte años en mi convento experimenté lo que significa tal desengaño. Busqué a Dios con gran fatiga y con dura mortificación del cuerpo, ayunando, velando, cantando y orando. De este modo malgasté vergonzosamente mi tiempo y no hallé al Señor. Cuanto más buscaba y cuanto más cerca pensaba estar de él, más me alejaba. No, Dios no permite que lo hallemos así. Él tiene que venir primero y buscarnos donde estamos. No podemos perseguirlo y darle alcance. Esa no es su voluntad.
13 Cuida, pues, de aprovechar la oportunidad presente. Abrázala mientras él está cerca, y considera con fidelidad lo que él exige de ti. Para averiguarlo, acude al Credo y a los Diez Mandamientos. Ellos te lo dirán. Regula tu vida por ellos. Ayúdate con el Padrenuestro. Comienza por ti mismo; luego ora por la Iglesia. Que sea tu deseo que el nombre de Dios sea santificado en todas partes y que tu vida se conforme a su voluntad. Si eres fiel en estas cosas, ciertamente andarás con sabiduría; evitarás el pecado y harás el bien. Porque el estudio y la práctica de estos preceptos no te dejarán oportunidad de hacer el mal. La Palabra de Dios pronto te enseñará a santificar su nombre, a extender su reino, a no hacer daño a tu prójimo en su mente, su cuerpo ni sus bienes.
14 Observa que esto es «redimir el tiempo». Es emplearlo bien, mientras duran los días dorados en que tenemos remisión de pena y de pecado. No una remisión como la que el papa concede en sus jubileos, con los que engaña al mundo. Aquí mismo cuidemos de no engañarnos con la falsa idea de que la salvación no puede escapársenos. Que no nos ocurra lo que les sucedió a los hijos de Israel, de quienes se dice en Sal 95:11 y He 4:3 que a causa de su incredulidad no entraron en el reposo de Dios. No quisieron aprovechar su oportunidad durante los cuarenta años en que él les dio su Palabra y les mostró sus maravillas, amonestándolos cada día y llamándolos al arrepentimiento y a la fe. Solo lo tentaron y provocaron más. Por eso se dio otra exhortación al pueblo de Dios y se señaló un cierto día: «Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones». He 4:7. Cada día para nosotros es «hoy», y se nos permite oír todavía la voz de Dios que nos ruega no malgastar el tiempo.
15 Ciertamente debemos dar gracias a Dios sobre todas las cosas, como ordena la última parte de nuestro texto, por la gran bendición de su cercanía a nosotros. Tenemos su presencia en nuestros hogares. Está con nosotros a nuestra mesa, junto a nuestro lecho, dondequiera que lo deseemos. Nos ofrece toda ayuda y concede todo lo que pidamos. Un huésped tan bondadoso merece en verdad nuestra alta estima. Debemos honrarlo mientras está con nosotros.
16 Bien podemos orar, como he dicho. Hay demasiado adormecimiento por toda Alemania. No alcanzamos a ver cómo será posible conservar el evangelio y llenar los púlpitos diez años más. La maldad se ensaña en el mundo hasta tal punto que la ceguera y el error tendrán que barrerlo como antes. Y nadie tendrá la culpa sino los obispos y príncipes estúpidos, y los que de nosotros no estimamos la Palabra de Dios.
LA INGRATITUD SERÁ CASTIGADA.
¡Ay, que me veo obligado, contra mi voluntad, a ser profeta de desgracias para Alemania! Sin embargo, no soy yo, sino la oración de mi Señor y de su Señor; porque según sus enseñanzas él dirá: «Descuidaron mi Palabra. No queriendo tolerarla, persiguieron y dejaron sin sustento a sus mensajeros. Por eso les retendré el pan de cada día y les daré en su lugar hambre, guerra y muerte, hasta la desolación total; porque así lo quieren. Entonces, cuando clamen por el perdón de los pecados y por la liberación de los males que les sobrevengan, los oiré como ustedes oyeron mi Palabra y mis ruegos. Los dejaré en sus desgracias como ustedes me dejaron a mí y a mi Palabra».
17 En realidad, nadie piensa ni por un momento en cómo Dios nos ha bendecido de manera señalada, rica y bondadosa; en cómo estamos en posesión del verdadero paraíso —sí, del reino de los cielos entero— si tan solo reconociéramos el hecho; y sin embargo rechazamos el reino con vergüenza, con ingratitud y sin razón; como si no nos bastara transgredir los Diez Mandamientos en nuestra desobediencia, sino que hasta pisoteamos la misericordia que Dios ofrece en el evangelio. Entonces, ¿por qué habríamos de sorprendernos si envía su ira sobre nosotros? ¿Qué otra cosa puede hacer sino cumplir nuestro pasaje del evangelio de hoy, que amenaza a todo el que rechaza y persigue al Hijo de Dios y a sus siervos, por medio de los cuales somos invitados a las bodas? ¿Qué otra cosa puede hacer Dios sino enviar un ejército divino de siervos para detener la carrera de tales asesinos y poner fin a su existencia? Se nos da una ilustración especial, un ejemplo para el mundo, en el caso del destino de Jerusalén y, de hecho, de toda la nación judía. Pecaron sin cesar contra todos los mandamientos de Dios, y cuando él proclamó gracia y ofreció perdón de pecados, pisotearon su misericordia. ¿No habría de vengarse Cristo cuando ellos avergonzaron y escarnecieron su preciosa sangre?
18 A todos los pecados abominables mencionados debemos añadir blasfemias; pues cuando la ira y el castigo caen sobre nosotros, protestamos a gritos, quejándonos de que el evangelio, o la nueva doctrina, como ahora se la llama, es el responsable. Los judíos nos culpan solo a nosotros los cristianos de que estén dispersos por el mundo. Sus oraciones, de día y de noche, se dirigen contra nosotros, en blasfemias y reproches inexpresables. Sin embargo, no fueron los cristianos quienes los hostigaron y dispersaron, sino el emperador romano pagano.
Pero ¿a quién, sino a sí mismos, tienen los judíos que culpar de su condición? Porque no quisieron tolerar a Cristo cuando les traía solo ayuda y gracia sin medida. Al negarse a aceptar a aquel a quien Dios dio y en quien prometió todas las bendiciones, perdieron necesariamente de parte de Dios su pan de cada día, salvo lo que arrancan con rebeldía mediante la usura y la maldad. Tuvieron también que sufrir la pérdida de su vida nacional, de su sacerdocio y culto público, del perdón de los pecados y de la redención, y así permanecer eternamente cautivos bajo la ira y la condenación de Dios. Tal es el castigo justo e inevitable de los imprudentes, de los necios, que no quisieron reconocer su oportunidad cuando Cristo estaba con ellos.
19 Con este terrible ejemplo delante de los ojos, seguimos sin arrepentirnos, siguiendo el mismo rumbo que siguieron los judíos, no solo desobedeciendo la voluntad de Dios, sino rechazando su gracia. Esa gracia debemos anhelarla y pedirla con seriedad, esforzándonos por asegurar a nuestros hijos después de nosotros el bautismo, el ministerio y el sacramento en su pureza. En pago de nuestra perversidad, a la postre nos sucederá como a los judíos y a otros perseguidores y desechadores ingratos.
20 Por tanto, el que quiera recibir consejo y ayuda, preste fiel atención al consejo de Pablo y redima el tiempo, sin dormir la bendita y dorada hora de la gracia; como Cristo amonesta con seriedad en la parábola de las cinco vírgenes insensatas. Mt 25:13. Las vírgenes insensatas habrían podido hacer sus compras a tiempo, antes de la llegada del esposo; pero al no atender el asunto hasta la hora de salir al encuentro del esposo, perdieron tanto el mercado como la boda.
21 Los antiguos poetas y sabios emplean una ilustración parecida a costa del grillo o de la cigarra. Según cuenta la fábula, cuando llegó el invierno las cigarras, sin nada que comer, fueron a las hormigas y les pidieron que repartieran con ellas sus provisiones reunidas. «¿Qué hicieron en el verano, que no juntaron nada?», preguntaron las hormigas. «Cantamos», respondieron las cigarras. «Si cantaron en el verano, tendrán que bailar por ello en el invierno», fue la respuesta. De modo semejante debe responderse a los necios que no quieren aprender la voluntad de Dios. Terrible y alarmante es la ira de Dios cuando con desdén y burla aparta a un alma. En Pr 1:24 y 26 amenaza: «Por cuanto llamé, y no quisisteis oír, extendí mi mano, y no hubo quien atendiese… también yo me reiré en vuestra calamidad, y me burlaré cuando os viniere lo que teméis».
22 Alguien podría preguntar qué quiere decir Pablo al añadir a la frase «redimiendo el tiempo» el complemento «porque los días son malos»; si hemos de considerar dorada la oportunidad presente, ¿por qué son malos los días?
LAS DOCTRINAS MALAS SE OPONEN SIEMPRE AL CRISTIANO.
23 Respondo: El tiempo es sin duda bueno mientras el evangelio resuena, es decir, mientras se predica y se recibe con fidelidad. Al mismo tiempo, aun hoy el mundo está lleno de males, sectas, teorías falsas y malos ejemplos de toda clase; buena parte de esta maldad es inherente a nosotros mismos. Con estas cosas el cristiano tiene que luchar siempre; el diablo persigue, y nuestra propia carne nos desanima y nos aparta de reconocer y observar la voluntad divina. Si no luchamos contra ello, pronto perderemos de vista la voluntad de Dios, en perjuicio propio, incluso mientras escuchamos el evangelio. Porque la mayor furia del diablo se emplea en manchar el mundo con el fanatismo y en arrastrar a ese mal, apartándolos de la doctrina pura de la fe, aun a los que poseen el evangelio. Además, siendo todavía carne y sangre, estamos siempre seguros de nosotros mismos, sin querer ser guiados por el Espíritu, y perezosos e insensibles ante la Palabra de Dios y la oración. Y también, en los caminos exteriores de la vida, en las condiciones temporales, solo nos salen al paso obstáculos y males por todas partes, que estorban nuestro progreso espiritual y nos impulsan a suprimir el evangelio y a desgarrar la Iglesia.
24 Que nadie espere, pues, gozar aquí en la tierra de una era de paz y placer. Aunque el tiempo presente es en sí bueno, y Dios nos concede el año dorado de su Palabra y de su gracia, con todo el diablo está aquí con sus sectas y seguidores, y nuestra propia carne lo apoya. Corrompe los benditos días de gracia en toda ocasión posible, y oprime de tal modo a los cristianos que estos tienen que luchar contra él con todas sus fuerzas y vigilancia si no quieren que, por influjo de los males y los obstáculos, se los arranque del evangelio que han recibido, y si quieren perseverar en él hasta el fin.
Por eso tenemos las mejores razones para adaptarnos al tiempo presente de la mejor manera posible; para andar con sabiduría y diligencia, mostrando toda fidelidad a la voluntad de Dios; obedeciéndola mientras tenemos oportunidad, mientras todavía poseemos la Palabra de Dios, su gracia y su Espíritu. Siendo combatidos y estorbados por el diablo y por nuestra propia carne, debemos, como Pablo da a entender, ser sabios y cuidadosos; debemos guardarnos de seguirlos. Si fallamos en esto, de nada nos servirá alegar que no conocíamos nuestro deber, o que no tuvimos tiempo de cumplirlo y por eso no pudimos hacerles frente. Así pues, por «días malos» debemos entender los halagos que nos apartan de la Palabra de Dios y de su voluntad.
V.18. «No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución».
25 El apóstol toca varios males que tienden fuertemente a la pérdida de tiempo y al descuido de la oportunidad dorada. Especialmente lo es la embriaguez, pues la bebida vuelve a los hombres particularmente seguros de sí, temerarios y desordenados. El mal era antes común en Grecia, y hoy en Alemania hay hombres que se deleitan en estar ebrios y desenfrenados noche y día. Tales individuos carecen por completo de la fidelidad y el interés esenciales para seguir la voluntad de Dios. Son incapaces, incluso en los asuntos temporales, de dedicarse con constancia, y mucho menos de ser oportunos. En verdad, se vuelven tan bestiales y porcinos que pierden todo sentido de vergüenza y de honor; no tienen pudor ni sentimiento humano alguno. ¡Ay!, los ejemplos están ante nuestros ojos más claros y numerosos de lo que podemos describir.
26 Las palabras de exhortación de Pablo, V.19. hablando entre vosotros con salmos, con himnos y cánticos espirituales, se tratan en el pasaje de la epístola del quinto domingo después de Epifanía, donde el texto es parecido.
Traducción del inglés hecha con IA (Claude) para Berea.