Comentarios y sermones · Martín Lutero

Efesios 4: comentario de Martín Lutero

Sermón para el decimoséptimo domingo después del Domingo de la Trinidad; Efesios 4:1-6

LA VOCACIÓN CRISTIANA Y LA UNIDAD

1 Este también es un hermoso sermón, pronunciado por Pablo ante los efesios, acerca de las buenas obras de los cristianos, que creen y obedecen la doctrina del evangelio. Pablo desea que los cristianos crezcan y aumenten en el conocimiento de las buenas obras, como aprendimos en la epístola del domingo pasado. El fundamento de toda doctrina, de toda vida recta, el tesoro supremo y eterno de quien es cristiano ante los ojos de Dios, es la fe en Cristo. Ella sola obtiene el perdón de los pecados y nos hace hijos de Dios. Ahora bien, donde esta fe existe, deben seguir los frutos como prueba de que los cristianos, con su vida, honran y obedecen a Dios. Son necesarios para la gloria de Dios y para el honor del propio cristiano y su recompensa eterna delante de él.

2 Pablo, recordando la prisión y las tribulaciones que sufrió por causa del evangelio y, como ya dijo antes, en provecho de los efesios, da aquí la exhortación. Quiere que ellos, en pago de sus sufrimientos, honren el evangelio con su vida. Primero enuncia una regla general de vida para los cristianos.

V.1. Que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados.

LA VOCACIÓN CRISTIANA

3 Lo principal que debe influir en el andar exterior del cristiano es el recuerdo de su vocación y de su nombramiento por parte de Dios. Debe tener presente por qué se le llama cristiano, y vivir en consecuencia. Debe resplandecer delante del mundo; es decir, que por su vida y por la obra de Dios, la Palabra y el nombre de Cristo el Señor deben ser exaltados. Cristo exhorta a sus discípulos: «Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.» Mt 5:16.

4 De manera semejante, Pablo diría: «Han recibido la gracia de Dios y su Palabra, y son un pueblo bienaventurado. En Cristo todas sus necesidades están bienaventuradamente suplidas. Tengan presente esto y recuerden que han sido llamados a una vida muy distinta y muchísimo más elevada que la que otros conocen. Muestren con su manera de vivir que buscan un bien más alto que el que busca el mundo; más aún, que han recibido bendiciones mucho mayores. Que sus vidas honren y glorifiquen al Señor que les ha dado tales bendiciones. No den ocasión para que se deshonre su preciosa fe, ni para que se desprecie su Palabra. Más bien, influyan en los hombres con su andar piadoso y sus buenas obras, para que crean en Cristo y le glorifiquen.»

5 Sepa el cristiano que su vida terrenal no es para sí mismo, ni por causa de sí mismo; su vida y su obra aquí pertenecen a Cristo, su Señor. Por eso su andar debe ser tal que contribuya al honor y a la gloria de su Maestro, a quien debe servir de tal modo que pueda decir con Pablo, no solamente en cuanto a la vida espiritual —la vida de la fe y de la justicia por gracia—, sino también en cuanto a sus frutos —la conducta exterior—: «Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí.» Gá 2:20. La manera de vivir del cristiano puede llamarse «andar en Cristo»; sí, como dice Pablo en otro lugar (Ro 13:14), «vestirse» del Señor Jesucristo, como de un vestido o de un adorno. El mundo ha de reconocer a Cristo porque resplandece en nosotros.

6 Pero la llamada vida cristiana que no honra a Cristo hace su pecado tanto más execrable por el nombre que lleva. Todo pecado que cometen los hijos de Dios es una provocación a Jehová; no solo en el acto mismo de desobediencia, sino también en la transgresión del segundo mandamiento. La enormidad del pecado se agranda por las circunstancias que lo convierten en una blasfemia contra el nombre de Dios y en ocasión de escándalo para otros. Pablo dice en Ro 2:24: «Porque el nombre de Dios es blasfemado entre los gentiles por causa de vosotros.» Así, un cristiano debe, en su vida, guardar por todos los medios el honor de Dios, de Cristo. Debe cuidarse de no ser culpable de blasfemar ese nombre y de hacer maldad. El diablo, ayudado por el mundo, interpreta cada acto, cuando le es posible, de modo que recaiga sobre el honor y la gloria de Dios. Su propósito es manifestar su odio amargo contra Cristo y contra la Palabra; también dañar a la Iglesia acusándola de escándalos, y así impedir que los incrédulos abracen el evangelio y hacer que los débiles se aparten.

7 Para precaverse de tal desastre, los cristianos deben tener especial cuidado de no dar en su conducta ocasión alguna de escándalo, y de estimar demasiado el nombre y el honor de su Dios para permitir que se les blasfeme. Deben preferir perder su propio honor, sus riquezas, su bienestar físico, aun su vida, antes que ver deshonradas estas, sus posesiones más preciosas y sus mayores bendiciones. Recuerden que de mantener sagrados el nombre y el honor de Dios depende su propia posición delante de Dios y de los hombres. Dios promete (1 S 2:30): «Honraré a los que me honran.» Pero siguiendo el camino contrario, los cristianos atraen sobre sí la ira más severa de Dios y provocan su propio rechazo y vergüenza. Pues dice además: «Los que me tienen en poco, serán tenidos en poco.» Y en el segundo mandamiento Dios amenaza con castigo cierto y terrible a los que abusan de su nombre; es decir, a los que no lo emplean para su honra y alabanza.

8 Bien puede todo cristiano examinar su propia vida para ver si se cuida de no escandalizar el evangelio y de regular sus palabras y su conducta por el primer mandamiento de Dios, haciendo que contribuyan a la honra y alabanza del nombre divino y del santo evangelio. Graves son en verdad, y bien dignos de queja, los pecados a que todo cristiano está expuesto en este respecto; bien hará en evitarlos, no sea que acumule sobre sí la ira de Dios. Especialmente debemos tener cuidado en estos últimos y malos tiempos, cuando el evangelio es suprimido por doquier mediante grandes escándalos. El hombre fue creado para ser la imagen de Dios, a fin de que por medio de esta imagen Dios mismo fuera expresado. La imagen de Dios, pues, debe reflejarse en la vida de los hombres como una semejanza en un espejo, y el cristiano no puede tener mayor preocupación que vivir sin deshonra para el nombre de Dios.

EXHORTACIÓN A VIRTUDES CRISTIANAS ESPECIALES

9 Tal es la primera parte de la exhortación de Pablo acerca de la vida general de los cristianos. Pasa a mencionar especialmente varias buenas obras que los cristianos deben observar con diligencia: humildad, mansedumbre, paciencia, conservación de la unidad del Espíritu, y así sucesivamente. Estas han sido tratadas especialmente antes, en otras lecciones de epístolas, particularmente en las de Pedro. La humildad, por ejemplo —mencionada en la lección de hoy—, se trata el tercer domingo después de la Trinidad; la paciencia y la mansedumbre, el segundo domingo después de la Pascua y el quinto domingo después de la Trinidad.

10 El texto presenta aquí buenas obras suficientes para ocupar a todos los cristianos en cualquier estado de la vida; no necesitamos buscar otras ni mejores. Pablo no querría imponer a los cristianos obras peculiares, algo ajeno a los caminos ordinarios de la vida, como enseñaron y practicaron ciertos falsos santos. Estos maestros mandaban apartarse de la sociedad, aislarse en el desierto, establecer monasterios y realizar obras escogidas por ellos mismos. Exaltaban tales obras como superiores a las virtudes cristianas ordinarias. En efecto, su práctica equivalía a rechazar estas últimas, y de hecho las consideraban peligrosas. El papado ha llamado en el pasado, sin vergüenza, vida mundana a la observancia de las buenas obras cristianas, y se obligaba a los hombres a creer que les sería difícil llegar al cielo a menos que se hicieran eclesiásticos —pues tenían por dignos solo a los monjes y sacerdotes—, o al menos se hicieran partícipes de las obras de los eclesiásticos comprando sus méritos.

Pero Pablo —de hecho, toda la Escritura— no enseña otras buenas obras que las que Dios impone a todos los hombres en los Diez Mandamientos, y que pertenecen a las condiciones comunes de la vida. Es verdad que estas no hacen tan brillante figura a los ojos del mundo como las ceremonias escogidas por los hipócritas, que constituyen su culto; sin embargo, son obras verdaderas, dignas, buenas y provechosas ante Dios y ante los hombres. ¿Qué puede ser más agradable a Dios y más ventajoso para el hombre que una vida vivida, en su propia vocación, de la manera que contribuye a la honra de Dios, y que con su ejemplo influye en otros para que amen la Palabra de Dios y alaben su nombre? Además, ¿qué virtudes, de todas las que el hombre posee, le sirven mejor que la humildad, la mansedumbre, la paciencia y la concordia de ánimo?

11 Ahora bien, ¿dónde hay mejor oportunidad para el ejercicio de estas virtudes que en las condiciones en que Dios dispuso que viviéramos, en la sociedad, donde nos tratamos unos con otros? Con estas condiciones nada tienen que ver las vidas extraordinarias escogidas por uno mismo ni la santidad monástica. Pues ¿a qué otra persona aprovecha que entres en un claustro, te hagas singular, te niegues a vivir como tus semejantes? ¿A quién beneficia tu cogulla, tu semblante austero, tu duro lecho? ¿Quién llega a conocer a Dios o a tener una conciencia en paz por tales prácticas tuyas, o quién es por ellas movido a amar a su prójimo? En verdad, ¿cómo puedes servir a tu prójimo con tal vida? ¿Cómo manifestar tu amor, humildad, paciencia y mansedumbre si no quieres vivir entre los hombres? ¿Si te aferras tan tenazmente a tus órdenes escogidas por ti mismo que dejarías a tu prójimo pasar necesidad antes que deshonrar tus reglas?

12 Hecho asombroso, que el mundo esté sumido en tinieblas tan grandes que desprecia por completo la Palabra de Dios y las condiciones que él dispuso para nuestra vida diaria. Si predicamos al mundo la fe en la Palabra de Dios, el mundo la recibe como herejía. Si hablamos de obras instituidas por el mismo Dios y de condiciones establecidas por él, el mundo lo considera charla vana; él sabe más. Vivir una vida cristiana sencilla en la propia familia, cumplir fielmente los deberes de un criado o de una criada: «¡Oh, eso —dice— es solo seguir ocupaciones mundanas! Para hacer buenas obras hay que ponerse a ello de otra manera. Hay que meterse en un rincón, ponerse una caperuza, hacer peregrinaciones a algún santo; entonces podrás ayudarte a ti mismo y a otros a ganar el cielo.» Si se pregunta: «¿Por qué hacerlo así? ¿Dónde lo ha mandado Dios?», según su teoría en realidad no hay otra respuesta que esta: Nuestro Señor Dios no sabe nada del asunto; no entiende qué son las buenas obras. ¿Cómo podría enseñarnos? ¡Él mismo tiene que ser instruido por estos santos tan notablemente iluminados!

FRUTOS DEL PECADO ORIGINAL

13 Pero todo este error resulta de esa miserable plaga inherente, ese mal llamado «pecado original». Es una maldad ciega, que rehúsa reconocer la Palabra de Dios y su voluntad y su obra, e introduce en cambio cosas de su propia imaginación pagana. Corre un velo tan espeso sobre los ojos, los oídos y los corazones que vuelve a los hombres incapaces de percibir cómo la vida sencilla de un cristiano, de un marido o de una esposa, de los estados humildes o elevados de la vida, puede ser embellecida al honrar la Palabra de Dios. El pecado original no se deja persuadir a cumplir fielmente las obras de las que Dios testifica que le agradan cuando las hacen los creyentes en Cristo. En una palabra, la experiencia universal prueba que hacer obras verdaderamente buenas es una gracia especial y notable a la que pocos llegan; mientras que la gran masa de almas que aspiran a la santidad se ocupan en vano en obras sin valor, engañadas al pensar que son grandes, y así se hacen, como dice Pablo, «reprobados en cuanto a toda buena obra». Tit 1:16. Este esfuerzo infructuoso es un resultado malo del error de las ideas humanas de santidad y de la práctica de obras escogidas por uno mismo.

14 Otro error es el estorbo —más aún, la supresión y destrucción— de las hermosas virtudes de la humildad, la mansedumbre, la paciencia y la concordia espiritual aquí recomendadas por Pablo. Al mismo tiempo se da ocasión al diablo para fomentar la blasfemia diabólica. En todos los casos en que la Palabra de Dios se deja a un lado por obras establecidas por los hombres, tienen que surgir opiniones y teorías diferentes. Uno introduce esto y otro aquello, cada cual luchando por el primer reconocimiento; luego un tercero procura mejorar la doctrina de ellos. En consecuencia siguen divisiones y facciones tan numerosas como los maestros y sus credos; como lo demuestran las innumerables sectas que hasta hoy prevalecen en el papado, y los espíritus sectarios de todos los tiempos. En tales circunstancias, ninguna de las virtudes como la humildad, la mansedumbre, la paciencia, el amor, puede tener lugar. Tienen que prevalecer condiciones opuestas, puesto que falta la concordia de corazones y de ánimos. Un maestro rechaza altivamente a otro, y si sus propias opiniones no reciben reconocimiento y aprobación, muestra ira, envidia y odio. No querrá asociarse con quien no concuerda en sus prácticas con las suyas, ni lo tolerará.

15 En cambio, la vida cristiana, la vida de fe con sus frutos, gobernada como está por la Palabra de Dios, es en todo sentido favorable a la conservación del amor y de la concordia, y al fomento de todas las virtudes. No interfiere con las relaciones de la vida ordenadas por Dios ni con las obligaciones que ellas imponen a los hombres —las exigencias del orden social, los deberes del padre y de la madre, del hijo y de la hija, del amo y de la señora, del criado y de la criada—. Todas las relaciones de la vida son confirmadas por ella como válidas, y sus deberes como vitales. La fe cristiana manda a cada persona en su vida, y a todos en común, ser diligentes en las obras de amor, humildad y paciencia. Enseña que nadie sea intolerante con otro, sino que le dé lo que le corresponde, recordando que aquel cuya condición en la vida es la más insignificante puede ser tan recto y bienaventurado ante Dios como quien ocupa la posición más importante. Enseña también que el hombre debe tener paciencia con la debilidad de su prójimo, teniendo presente cómo otros deben soportar sus propias imperfecciones. En resumen, dice que uno debe mostrar a otro el amor y la bondad que quisiera que ese otro le mostrara a él.

16 A este logro cristiano contribuye muy en gran medida el solo hecho de que el cristiano es consciente de tener, por medio de Cristo, la gracia de Dios, el perdón de los pecados y la vida eterna. Y esto no por sus propios méritos ni por una vida y obras peculiares, sino porque es, por insignificante que sea su condición ante el mundo, un hijo de Dios y bienaventurado; partícipe, con tal que crea, de todas las bendiciones de Cristo, compartiéndolas por igual con el santo más eminente. Así pues, no necesita mirar alrededor buscando obras que no se le han impuesto. No necesita codiciar las que se realizan en lugares destacados y con la ayuda de grandes dones de Dios, de logros extraordinarios. Que se limite a su propia esfera; que sirva a Dios en su vocación, recordando que Dios lo hace también a él su instrumento en su propio lugar.

Por otra parte, el que ocupa una esfera más alta, el que posee dones y talentos mayores, y que igualmente sirve en su vocación recibida de Dios, debe aprender y mostrar concordia de ánimo. Así se mantendrá humilde y será tolerante con los demás. Debe recordar que no es más digno ante los ojos de Dios por sus mayores dones, sino que más bien está bajo una obligación más profunda de servir a sus semejantes, y que Dios puede usar a quien tiene dones menores para logros aún mayores que los que él mismo puede jactarse de haber alcanzado. Habiendo aprendido así, podrá manifestar paciencia, mansedumbre y amor hacia sus prójimos débiles e imperfectos, considerándolos miembros de Cristo junto con él, y partícipes de la misma gracia y salvación.

LA UNIDAD DEL ESPÍRITU

17 Ahora tienes la razón por la cual los apóstoles Pablo y Pedro insisten en todas partes con tanta fidelidad en esta virtud, la unidad del Espíritu. Es la gracia más necesaria y hermosa que poseen los cristianos. Mantiene unida a la comunidad cristiana, previniendo facciones y cismas, como se explicó antes. Así Pablo exhorta aquí a los hombres a cuidar la concordia, haciendo todo esfuerzo por conservarla. El término «unidad del Espíritu» se emplea para aclarar el sentido del apóstol. Quiere así destacar la unidad de doctrina, la única fe verdadera. Puesto que el Espíritu Santo solo está presente donde hay conocimiento del evangelio de Cristo y fe en él, «unidad del Espíritu» implica una unidad de fe. Sobre todas las cosas, pues, el esfuerzo debe dirigirse a conservar en la Iglesia la doctrina de las Escrituras, pura y en su unidad.

18 Una de las ofensas más malvadas que se pueden cometer contra la Iglesia es suscitar discordia y división doctrinal, cosa que el diablo fomenta al máximo. Este pecado suele tener su origen en ciertos líderes altivos, engreídos y egoístas que desean una distinción particular para sí y procuran honra y gloria personal. No concuerdan con nadie y se considerarían deshonrados si no se les honrara como individuos superiores y más sabios que sus semejantes, distinción que no merecen. No darán honra a nadie, aun cuando tengan que reconocer que sus dones superan a los suyos. En su envidia, ira, odio y afán de venganza, buscan ocasión para crear facciones y atraer a la gente hacia sí. Por eso Pablo exhorta primero a la virtud necesaria del amor, y teniéndola los hombres podrán ejercer humildad, paciencia y tolerancia unos con otros.

19 El carácter de los males que resultan para la Iglesia de las divisiones y discordias en la doctrina es evidente por los hechos. Muchos son engañados; las masas responden de inmediato a la nueva doctrina presentada brillantemente en palabras especiosas por individuos presuntuosos sedientos de fama. Más aún, muchos débiles pero bien intencionados caen en la duda, inciertos de dónde ponerse o con quién mantenerse. En consecuencia los hombres rechazan y blasfeman la doctrina cristiana y buscan ocasión para disputarla. Muchos se vuelven amantes temerarios de los placeres, sin hacer caso de toda religión e ignorando la Palabra de Dios. Además, aun los que se llaman cristianos llegan a tener malos sentimientos unos contra otros y, figuradamente, se muerden y se devoran en su odio y envidia. En consecuencia su amor se enfría y la fe se extingue.

20 De tanta perturbación en la Iglesia, y de los daños resultantes para las almas, son culpables esos líderes engreídos y sectarios que no se adhieren a la verdadera doctrina, conservando la unidad del Espíritu, sino que buscan instituir algo nuevo para adelantar sus propias ideas y su propia honra, o para satisfacer su venganza. Así atraen sobre sí una condenación infinitamente más intolerable que la que sufren otros. Los cristianos, pues, deben cuidar de no dar ocasión alguna de división o discordia, sino ser diligentes, como Pablo aquí exhorta, en conservar la unidad. Y esto no es cosa fácil, pues entre los cristianos surgen con frecuencia ocasiones que provocan terquedad, ira y odio. El diablo está siempre a mano para atizar y soplar la llama de la discordia. Cuiden los cristianos de no dar lugar a los impulsos del diablo y de la carne. Deben luchar contra ellos, sometiéndose a todo sufrimiento y cumpliendo todas las exigencias, ya se trate de honra, bienes, bienestar físico o la vida misma, en el esfuerzo por impedir, en cuanto de ellos dependa, cualquier perturbación de la unidad de la doctrina, de la fe y del Espíritu.

V.4-6. Un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también llamados a una misma esperanza de vuestra vocación; un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos.

21 Los cristianos deben sentirse obligados a mantener la unidad del Espíritu, puesto que todos son miembros de un cuerpo y partícipes de las mismas bendiciones espirituales. Tienen los mismos tesoros inestimables: un Dios y Padre en el cielo, un Señor y Salvador, una Palabra, un bautismo y una fe; en suma, una y la misma salvación, una bendición común a todos, de la cual uno tiene tanto como otro y no puede obtener más. ¿Qué ocasión hay, pues, para divisiones o para seguir buscando?

22 Aquí Pablo enseña qué es la verdadera Iglesia cristiana y cómo puede identificarse. No hay más que una Iglesia, o pueblo de Dios, en la tierra. Esta única Iglesia tiene una fe, un bautismo, una confesión de Dios el Padre y de Jesucristo. Sus miembros sostienen fielmente estas verdades comunes y permanecen en ellas. Todo el que desea ser salvo y llegar a Dios debe ser incorporado a esta Iglesia, fuera de la cual nadie será salvo.

23 La unidad de la Iglesia no consiste en la semejanza de la forma exterior de gobierno, en la uniformidad de la ley, de la tradición y de las costumbres eclesiásticas, como afirman el papa y sus seguidores. Ellos excluirían de la Iglesia a todos los que no les obedecen en estas cosas exteriores, aunque sean miembros de la única fe, del único bautismo, y así sucesivamente. La Iglesia se llama «una santa Iglesia católica o cristiana» porque representa una doctrina del evangelio sencilla y pura, y una confesión exterior de ella, siempre y en todas partes, sin importar la diversidad de la vida física ni de las ordenanzas, costumbres y ceremonias exteriores.

24 Pero no son miembros de la verdadera Iglesia de Cristo quienes, en lugar de conservar la unidad de doctrina y la unidad de la fe cristiana, causan divisiones y escándalos —como dice Pablo (Ro 16:17)— con las doctrinas humanas y las obras escogidas por ellos mismos por las que contienden, imponiéndolas a todos los cristianos como necesarias. Son pervertidores y destructores de la Iglesia, como hemos demostrado con frecuencia en otros lugares. El consuelo de la verdadera doctrina es nuestro, y la sostenemos frente al papado, que nos acusa de habernos separado de ellos, y así nos condena como apóstatas de la Iglesia. Ellos, sin embargo, son los verdaderos apóstatas, que persiguen la verdad y destruyen la unidad del Espíritu bajo el nombre y título de la Iglesia y de Cristo. Por tanto, conforme al mandato de Dios, todos los hombres están obligados a evitarlos y apartarse de ellos.

Sermón para el decimonoveno domingo después del Domingo de la Trinidad; Efesios 4:22-28

DEBER RESPECTO AL HOMBRE NUEVO Y AL VIEJO

1 Aquí tenemos de nuevo una exhortación a los cristianos para que sigan su fe con buenas obras y una vida nueva, pues aunque tienen el perdón de los pecados por el bautismo, el viejo Adán sigue adherido a su carne y se hace sentir en inclinaciones y deseos de vicios físicos y mentales. El resultado es que, si los cristianos no oponen resistencia, perderán su fe y la remisión de los pecados y al final serán peores de lo que eran al principio; pues empezarán a despreciar y perseguir la Palabra de Dios cuando ella los corrija. Sí, aun los que gustosamente oyen la Palabra de Dios, que la estiman en mucho y procuran seguirla, tienen necesidad diaria de exhortación y aliento, tan fuerte y dura es esa vieja piel de nuestra carne pecaminosa. Y tan poderoso y astuto es nuestro viejo y malvado enemigo que, dondequiera que logra una abertura suficiente para meter una de sus garras, se mete él entero y no cesa hasta que ha hundido otra vez al hombre en su antigua incredulidad condenable y en su vieja costumbre de despreciar a Dios y desobedecerle.

2 Por eso el ministerio del evangelio es necesario en la Iglesia, no solo para instruir a los ignorantes —como la gente sencilla y sin letras y los niños—, sino también para despertar a los que saben muy bien qué deben creer y cómo deben vivir, y exhortarlos a estar en guardia cada día y a no volverse indolentes, desanimados ni cansados en la guerra que deben librar en esta tierra contra el diablo, contra su propia carne y contra toda clase de mal.

3 Por esta razón Pablo es tan insistente en sus exhortaciones que en realidad parece excederse. Procede como si los cristianos fueran o demasiado torpes para comprender o tan desatentos y olvidadizos que hubiera que recordárselo y empujarlos. El apóstol sabe bien que, aunque han hecho un comienzo en la fe y están en el estado que debería mostrar los frutos de la fe, tal resultado no viene tan fácilmente. No sirve pensar y decir: «Bueno, basta con tener la doctrina, y si tenemos el Espíritu y la fe, los frutos y las buenas obras seguirán por sí solos.» Pues aunque el Espíritu de veras está presente y, como dice Cristo, está dispuesto y es eficaz en los que creen, por otra parte la carne es débil y perezosa. Además, el diablo no está ocioso, sino que procura seducir nuestra débil naturaleza con tentaciones y halagos.

4 Así que no debemos permitir que la gente siga por su camino, descuidando urgirla y exhortarla, mediante la Palabra de Dios, a llevar una vida piadosa. En verdad, no debes ser negligente ni remiso en este deber; pues tal como estamos, nuestra carne es demasiado perezosa para atender al Espíritu y demasiado capaz de resistirle. Pablo dice (Gá 5:17): «Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne… para que no hagáis lo que quisiereis.» Por eso Dios se ve obligado a hacer como un buen y diligente padre de familia o gobernante que, teniendo un criado o una criada perezosos, o funcionarios descuidados, que por lo demás no son malos ni desleales, no considerará suficiente dar la orden una o dos veces, sino que estará constantemente vigilando y ordenando.

5 Ni hemos llegado aún al punto en que nuestra carne y sangre abunden alegre y gustosamente en buenas obras y en obediencia a Dios como el espíritu se inclina y la fe dirige. Aun con los mayores esfuerzos, apenas puede el Espíritu forzar a nuestro viejo hombre. ¿Cuál sería el resultado si ya no se nos urgiera ni exhortara, sino que pudiéramos seguir nuestro camino pensando, como muchas personas satisfechas de sí mismas: «Conozco bien mis deberes, los aprendí hace muchos años y he oído con frecuencia explicaciones de ellos; sí, yo he enseñado a otros»? Podría ser que un año de interrupción de la predicación y de la exhortación nos pusiera por debajo del nivel de los paganos.

6 Ahora bien, esta exhortación en sí es sencilla y fácil de comprender. El apóstol no hace sino repetir sus exhortaciones de otros lugares —sobre los frutos de la fe, o el andar piadoso— solo que en otros términos. Aquí habla de despojarse del viejo hombre y de vestirse del nuevo hombre, de ser V.23. «renovados en el espíritu de vuestra mente».

«EL VIEJO HOMBRE»

7 Lo que él llama «el viejo hombre» nos es bien conocido; a saber, toda la naturaleza del hombre como descendiente de Adán después de su caída en el paraíso, cegado por el diablo, depravado en el alma, que no tiene a Dios delante de sus ojos ni confía en él, sí, que se desentiende por completo de Dios y del día del juicio. Aunque con su boca honre la Palabra de Dios y el evangelio, en realidad no ha cambiado; si tiene un poco más de conocimiento, tiene tan poco temor, amor y confianza en Dios como antes.

8 Tal vida y tal conducta no deben hallarse entre ustedes, dice el apóstol; no han de continuar con «el viejo hombre». Debe ser despojado y puesto a un lado. Su manera de vivir anterior, heredada de Adán, consistía en desobedecer a Dios, en no temerle, ni confiar en él, ni invocarle. Además, en su cuerpo no obedecían los mandamientos de Dios, entregados a la lujuria, la soberbia, la codicia insaciable, la envidia, el odio, etc. Una vida y un andar de esta naturaleza no conviene a un cristiano, a quien se considera, y en verdad es, un ser de orden distinto de lo que fue antes, como oiremos. Necesariamente debe andar de otra manera.

9 En este respecto el cristiano debe cuidarse de no engañarse a sí mismo; el verdadero cristiano se distingue del hipócrita. Los verdaderos cristianos viven de tal modo que por su vida es evidente que tienen a Dios delante de sus ojos y creen de veras el evangelio, mientras que los hipócritas muestran igualmente con su andar que sus pretensiones de fe y de perdón de pecados son vacías. En su vida y obras no se ve prueba alguna de que hayan enmendado en algo sus caminos anteriores; solo se adornan con una apariencia, con el nombre del evangelio, de la fe, de Cristo.

10 Ahora bien, el apóstol tiene dos cosas que decir del viejo hombre: que se corrompe en el error en cuanto al alma y en las concupiscencias en cuanto al cuerpo. Pablo retrata al viejo hombre —es decir, a todo hombre sin fe verdadera aunque lleve el nombre de cristiano— como dado, en primer lugar, al error: falto de la verdad, sin saber nada del verdadero conocimiento de Cristo y de la fe en él, indiferente por igual a la ira de Dios y a la gracia de Dios, engañándose con su propia vanidad de que las tinieblas son luz. El viejo hombre cree que Dios no se moverá a venganza aunque él haga lo que le plazca, hasta adornar los vicios con nombres de virtudes. Altivez, codicia, opresión y tormento de los pobres, ira, envidia: todo esto lo llamaría mantener su dignidad, ejercer una disciplina estricta, llevar honrada y económicamente los asuntos de su casa, cuidar de su mujer y de sus hijos, mostrar celo cristiano y amor a la justicia, etc. En suma, procede en la ilusión completamente vacía y en la vanidad de creerse cristiano.

11 De este error procede la otra corrupción, las concupiscencias del cuerpo, que son frutos de la incredulidad. La incredulidad hace que los hombres anden en una seguridad pecaminosa y cedan a todos los apetitos de su carne. Estos no tienen inclinación alguna hacia lo bueno, ni procuran fomentar el orden, la honra o la virtud. Arriesgan desesperadamente su vida, queriendo vivir conforme a las concupiscencias de su carne y, sin embargo, no ser reprendidos.

12 Este, dice el apóstol, es el curso y la naturaleza del viejo hombre. No hará sino arruinarse a sí mismo. Cuanto más se prolonga, mayor es su degradación. Atrae sobre sí su propia condenación y castigo para el cuerpo y para el alma; pues a medida que se vuelve incrédulo y duro de corazón, se vuelve altivo, odioso y desleal, y con el tiempo un perfecto canalla y malvado. Esta era su manera de vivir anterior, cuando todavía eran paganos y no cristianos. Por tanto, deben por todos los medios despojarse del viejo hombre y arrojarlo lejos de ustedes; de otro modo no pueden seguir siendo cristianos. Porque gloriarse en la gracia de Dios y en el perdón del pecado es incompatible con seguir el pecado, permaneciendo en la antigua vida no cristiana y andando en el error y en las concupiscencias engañosas.

EL CRECIMIENTO DEL «HOMBRE NUEVO»

V.23, 24. Y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, que conforme a Dios ha sido creado en justicia y santidad de la verdad.

13 Habiendo despojado al viejo hombre, el apóstol nos exhorta además a vestirnos del nuevo hombre, para que día a día crezcamos como nuevas criaturas. Esto se logra siendo liberados primero del error —de los pensamientos e ideas erróneos propios de nuestra naturaleza corrupta, con sus falsas concepciones de Dios, en las cuales no le tememos ni le creemos— y recibiendo luego de la Palabra de Dios el recto entendimiento de él. Cuando entendemos rectamente, temeremos su ira contra el pecado y confiaremos en su gracia con verdadera fe, creyendo que nos perdonará los pecados por amor de Cristo y oirá nuestra oración pidiendo fuerza y ayuda para resistir y vencer, y para crecer continuamente en la fe.

14 Este cambio lo llama Pablo ser «renovados en el espíritu de vuestra mente»; es decir, crecer constantemente y afirmarse en esa verdadera concepción y claro conocimiento de Cristo comenzados en nosotros, en oposición al error y a los vanos desvaríos. El que es así recibido, dice el apóstol, es un hombre «que conforme a Dios ha sido creado en justicia y santidad de la verdad». En el viejo hombre no hay más que error, por medio del cual el diablo conduce a la destrucción. Pero el nuevo hombre tiene el Espíritu y la verdad, por los cuales el corazón es iluminado para justicia y santidad, en las cuales el hombre sigue la guía de la Palabra de Dios y siente deseo de un andar piadoso y de una buena vida; así como, por el contrario, el deseo y el amor al pecado y a la maldad son producto del error. Este nuevo hombre es creado conforme a Dios, como imagen de Dios, y necesariamente ha de diferir de los que viven en el error y en las concupiscencias, sin el conocimiento de Dios y desobedientes a él. Pues si la imagen de Dios está en el hombre, el hombre debe tener, por consiguiente, el recto conocimiento de Dios y rectas concepciones e ideas, y llevar una vida piadosa acorde con la santidad y la justicia que se hallan en Dios mismo.

15 Tal imagen de Dios fue Adán cuando fue creado. Era, en cuanto al alma, veraz, libre de error y poseedor de la verdadera fe y del conocimiento de Dios; y en cuanto al cuerpo, santo y puro, es decir, sin los deseos impuros e inmundos de avaricia, lascivia, envidia, odio, etc. Y todos sus hijos —todos los hombres— habrían permanecido así desde su nacimiento si él no se hubiera dejado extraviar por el diablo y arruinarse así. Pero puesto que los cristianos, por la gracia y el Espíritu de Dios, han sido ahora renovados conforme a esta imagen de Dios, han de vivir de tal manera que el alma y el espíritu sean justos y agradables a Dios por la fe en Cristo; y que también el cuerpo —es decir, toda la vida exterior— sea puro y santo, lo cual es la santidad genuina.

16 Hay algunos que pretenden gran santidad y pureza, pero es mera apariencia, que engaña a la gente en general. Tales son los espíritus sectarios y los santos monásticos, que basan su santidad y rectitud solamente en una vida exterior peculiar y en obras escogidas por ellos mismos. La suya puede ser en apariencia una manera loable, santa y pura de orar y ayunar, de negarse a sí mismos, etc., y la gente puede llamarla así; pero por dentro son y permanecen altivos, venenosos, odiosos, llenos de la inmundicia de la lujuria humana y de malos pensamientos, como dice Cristo de tales. Mt 15:19; Lc 16:15. Asimismo su justicia, de la que se enorgullecen delante de Dios, tiene cierto brillo, en virtud del cual presumen merecer la gracia de Dios para sí y para otros; pero por dentro no tienen verdadera concepción de Dios, estando en plena incredulidad, es decir, en suposiciones falsas y vanas, o en dudas. Tal justicia, o santidad, no es verdadera ni sincera. Está hecha por entero de hipocresía y engaño. No está edificada de Dios ni conforme a Dios, sino conforme a ese espíritu mentiroso, el diablo.

17 El verdadero cristiano, afirma Pablo, ha sido moldeado por la fe en Cristo en un hombre nuevo, semejante a Dios, verdaderamente justificado y santo ante su vista; así como Adán estaba originalmente en perfecta armonía de corazón con Dios, mostrando una confianza, un amor y una disposición verdaderos y rectos. Y su cuerpo era santo y puro, sin conocer deseo alguno malo, impuro o indebido. Así toda la vida del hombre era un hermoso retrato de Dios, un espejo en el que el mismo Dios se reflejaba; así como las vidas y naturalezas de los santos espíritus, los ángeles, están envueltas en Dios y representan el verdadero conocimiento de él, la seguridad y el gozo en él, y pensamientos y obras completamente puros y santos conforme a la voluntad de Dios.

18 Pero puesto que el hombre ha caído ahora tan gravemente de esta alegre confianza, de esta certeza y gozo, en dudas o en presunción hacia Dios, y de la obediencia sin mancha y noble en las concupiscencias de la iniquidad y de la impiedad, se sigue que del género humano no puede venir ayuda ni alivio. Ni puede nadie esperar remedio, salvo los cristianos, que por la fe en Cristo empiezan de nuevo a tener un corazón gozoso y confiado hacia Dios. Así vuelven a entrar en su antigua relación y en el verdadero paraíso de la perfecta armonía con Dios y de la justificación; son consolados por su gracia. En consecuencia están dispuestos a llevar una vida piadosa en armonía con los mandamientos de Dios y a resistir las concupiscencias y caminos impíos. Estos empiezan a gustar la bondad y la misericordia de Dios, como dice Pablo, y comprenden lo que perdieron en el paraíso. El que quiera ser cristiano, pues, debe esforzarse por ser hallado en este hombre nuevo creado conforme a Dios; no en ciego error y vana presunción, sino en la esencia misma de la justicia y de la santidad delante de Dios.

DOS CLASES DE PECADOS

V.25. Por lo cual, desechando la mentira, hablad verdad cada cual con su prójimo; porque somos miembros los unos de los otros.

19 Para que no hubiera quien dejara de entender el significado del viejo y del nuevo hombre, o de la justicia y santidad verdaderas y falsas, el apóstol procede ahora a dar uno o dos ejemplos que nos facilitan captar la idea. Todo pecado cae en una de dos clases: Primera, la que es obra propia del diablo, como el homicidio y el engaño; pues con mentiras establece toda idolatría, error, falsa fe y falsa santidad, y entre los hombres crea deslealtad, engaño, malicia, etc. Segunda, los pecados que instiga al hombre a cometer contra el hombre: actos de ira, odio, venganza y homicidio. Pablo combina estas dos clases.

20 Ahora bien, cuando un hombre no trata con justicia a su prójimo, sino que practica la improbidad y el engaño, sea en asuntos espirituales o temporales (y el mundo es siempre engañoso en todas las transacciones), entonces ciertamente domina el viejo hombre, y no la justicia ni la santidad, por mucho que el hombre logre una buena apariencia y evada los tribunales. Pues tal conducta no refleja la imagen de Dios, sino la del diablo. Porque el corazón no confía en Dios ni en su verdad; de otro modo combatiría el fraude y el engaño; sino que su objeto es vestirse de un ropaje engañoso, tomando incluso el nombre de Dios, y así engañar, desmentir, traicionar y abandonar a su prójimo al mandato de cualquier capricho diabólico, y todo para satisfacer su avaricia, egoísmo y soberbia.

21 En contraste con esto puedes reconocer al hombre nuevo. Habla la verdad y aborrece las mentiras, no solo esas mentiras de gran monta contra la primera tabla de los Diez Mandamientos, sino también las que van contra la segunda tabla; pues trata fiel y fraternalmente a los demás, haciendo como quisiera que se hiciera con él. Así deben vivir los cristianos unos con otros, como miembros de un cuerpo, según el apóstol, y como teniendo en Cristo todas las cosas en común e iguales.

V.26. Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo.

22 La mitad de los pecados que el mundo ha aprendido de su señor y maestro, el diablo, consiste en mentir y engañar, y eso en el nombre y con la apariencia de la verdad. Nadie quiere que le llamen mentiroso, y hasta el diablo cubre sus mentiras con el nombre de la verdad. La otra mitad, que es más fácil de reconocer, consiste en la ira y sus frutos. Y esta clase suele ser resultado de la otra. El mundo, para su propia ventaja, miente y engaña; y cuando ve a los hombres actuar en oposición a sus deseos, o contempla sus mentiras al descubierto y sus planes frustrados, comienza a enfurecerse en ira contra Dios, procurando vengarse e infligir daño, pero disfrazando fraudulentamente su malvado motivo bajo el pretexto de tener buenas y abundantes razones para su proceder.

23 Por eso Pablo exhorta a los cristianos, como nuevas criaturas, a guardarse de este vicio de la ira, aduciendo el versículo cuarto del Salmo cuarto: «Temblad, y no pequéis.» La repetición de este pasaje suena, en la versión de Pablo, como si se diera permiso para airarse; dice: «Airaos, pero no pequéis.» Pero Pablo toma en consideración la manera de ser del mundo. Los hombres son tentados y movidos a la ira. No hay expedientes limpios. Ante una provocación repentina el corazón se hincha de cólera, mientras el diablo atiza afanosamente la llama; pues siempre está alerta para estampar en nosotros su sello e imagen y hacernos semejantes a él, ya sea por el error y la falsa doctrina, ya sea por la ira y el homicidio en pugna con el amor y la paciencia. Estas dos formas de mal las encontrarás, especialmente si te esfuerzas por ser un cristiano piadoso, por defender la verdad y por vivir rectamente a la vista de todos. Te encontrarás con toda clase de malicia premeditada y de engaño, y con deslealtad y malignidad de parte de aquellos a quienes has beneficiado; también con violencia e injusticia descaradas de parte de quienes deberían protegerte y velar por tus intereses. Esto te herirá y te moverá a ira. Sí, en tu propia casa y entre tus queridos hermanos cristianos encontrarás a menudo lo que te molesta; y a su vez una palabra tuya puede herir sus sentimientos. Y no será de otra manera. Esta vida nuestra está constituida de tal modo que tales condiciones tienen que darse. La carne y la sangre no pueden dejar de ser agitadas a veces por la ira y la impaciencia, especialmente cuando recibe mal por bien; y el diablo está siempre a mano encendiendo tu enojo y procurando atizar hasta hacer llama la ira y el mal humor entre tú y tu prójimo.

24 Pero precisamente aquí, dice el apóstol, debes cuidarte y no pecar; no dar rienda suelta ni ceder al impulso y a las incitaciones de la ira. Que puedes ser movido, diría el apóstol, lo sé bien, y puedes imaginar que tienes las mejores razones para mostrar enojo y venganza; pero cuídate de hacer lo que tu ira quiere que hagas: y si vencido por la ira eres llevado a la precipitación, no continúes en ella, no la albergues, sino domínala y refrénala, cuanto antes mejor; no permitas que eche raíz ni que permanezca contigo de un día para otro.

25 Si se la sigue, la ira no te dejará hacer una sola cosa recta, como afirma Santiago (Stg 1:20). Hace caer al hombre y pecar contra Dios y contra su prójimo. Aun los paganos han visto que la ira se sobrepone a la razón y nunca es fuente de buen consejo. De acuerdo con esto, leemos que san Ambrosio reprendió al emperador Teodosio por haber hecho ejecutar, en un arrebato de furia, a muchas personas en Tesalónica; y que logró que el emperador expidiera un rescripto en el sentido de que nadie fuera ejecutado, ni siquiera por orden y mandato imperial, hasta que hubiera pasado un mes completo, dando así oportunidad de revocar la orden si había sido dada con precipitación e ira.

26 Por eso dice el Salmo: Cuando la ira te ataca y te mueve, no le des de inmediato licencia para hacer su voluntad. En ello ciertamente cometerías pecado. Ve más bien a tu aposento, conversa y aconséjate contigo mismo, reza el Padrenuestro, repite algunos buenos pasajes de la Palabra de Dios, refrénate y confía en Dios; él sostendrá tus derechos.

27 Esto es lo que el apóstol tiene en mente cuando dice: «No se ponga el sol sobre vuestro enojo.» El cristiano no debe albergar ira; debe apagarla y ahogarla al instante. Es propio del hombre nuevo dominar la ira, para que el diablo no lo aparte de su recién hallada fe y le haga perder lo que ha recibido. Si cede a estas instigaciones de su carne, vuelve con ello al error y a la condenación en el viejo hombre y pierde el dominio de sí mismo, siguiendo sus propios deseos. Entonces adorna una mentira con la apariencia de la verdad, alegando el derecho de airarse y tomar venganza; tal como hace el mundo cuando afirma: «¡Este individuo me ha hecho una violencia e injusticia infinitas; ¿voy a soportarlo? ¡Tengo una causa justa y no reclinaré mi cabeza en descanso hasta que él haya pagado!» Con tal hablar pierde su causa ante Dios y ante los hombres; como dice el refrán: El que devuelve el golpe tiene la causa más injusta.

28 Tanto la justicia divina como la humana prohíben que un hombre sea juez en su propia causa. Por esta misma razón Dios ha establecido la autoridad gubernamental y judicial, en su lugar, para castigar las transgresiones, lo cual —cuando se administra debidamente— no es juicio del hombre sino de Dios. Por lo tanto, el que invade tal juicio invade la autoridad del mismo Dios; comete un doble agravio y merece doble condenación. Si deseas buscar y obtener reparación en los tribunales, eres libre de hacerlo, con tal que procedas de la manera debida, en el lugar debido y ante aquellos a quienes Dios ha confiado la autoridad. A estas autoridades puedes apelar para obtener reparación. Si la obtienes conforme a la ley, bien y bueno; si no, debes sufrir el agravio y encomendar tu causa a Dios, como hemos explicado más ampliamente en otro lugar.

29 En suma, hallamos en este singular pasaje una declaración en el sentido de que quien no refrena su ira sino que la retiene más de un día, o de un día para otro, no puede ser cristiano. ¿Dónde están, pues, los que albergan ira y odio indefinidamente, por uno, dos, tres, siete, diez años? Esa ya no es ira humana sino ira diabólica del infierno; no se satisface ni se apaga, sino que cuando se apodera de un hombre, este, si pudiera, destruiría todo en un momento con su fuego infernal. Así también el archienemigo no se satisface con haber arrojado a todo el género humano al pecado y a la muerte, sino que no descansará contento a menos que pueda arrastrar a todos los seres humanos a la condenación eterna.

30 El cristiano tiene, pues, amplia causa para guardarse cuidadosamente de este vicio. Dios puede tener paciencia contigo cuando la ira brota en tu corazón —aunque eso también es pecaminoso—, pero cuida de que la ira no te venza y te haga caer. Más bien aconséjate seriamente contigo mismo y apaga y expulsa tu enojo aplicando pasajes de la Sagrada Escritura e invocando tu fe. Cuando estés solo o a punto de acostarte, reza el Padrenuestro, pide perdón y confiesa que Dios te perdona cada día mucho más a menudo de lo que tu prójimo peca contra ti.

V.27, 28. Ni deis lugar al diablo. El que hurtaba, no hurte más, sino trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, para que tenga qué compartir con el que padece necesidad.

31 Este pensamiento se expone también en la siguiente epístola, a saber, que el cristiano debe guardarse de dar escándalo a nadie con su vida, no sea que el nombre de Dios sea blasfemado. Es una cosa grande ser cristiano, que, como se ha dicho, es un hombre nuevo creado conforme a Dios y una verdadera imagen de Dios, en la cual el mismo Dios desea reflejarse. Por eso, todo lo bueno que un cristiano hace, o todo lo malo que hace, bajo el nombre de cristiano, o honra o deshonra el nombre de Dios. Ahora bien, dice Pablo, siempre que sigan sus concupiscencias, en obediencia a su viejo Adán, no hacen sino dar ocasión a los calumniadores —el diablo y su tropa— para blasfemar el nombre de Dios. Porque el diablo, aun sin tu ayuda, busca en todo tiempo ocasión —ni puede cesar— de ensuciar nuestro querido evangelio y el nombre de Dios con sus cuentos calumniosos, compuestos, si es necesario, enteramente de mentiras. Pero donde halla la apariencia de una ocasión, sabe aprovecharla. Entonces abrirá bien la boca y gritará: «¡Miren, esta es la gente de su evangelio! ¡Aquí tienen los frutos de esta nueva doctrina! ¿Es su Cristo alguien a quien honren con sus vidas?»

32 Así pues, el cristiano debe ser sumamente cuidadoso y cauteloso por esta razón, si no fuera por otra: para proteger el nombre y la honra de su querido Dios y Salvador y no hacer al diablo el favor de dejarle afilar su lengua calumniosa en el nombre de Cristo. ¿Cómo nos presentaremos y responderemos ante su vista cuando no podemos negar el hecho de que nuestra vida da justa causa de queja y de escándalo? Con tal vida traemos intencionadamente deshonra y vergüenza sobre el nombre y la Palabra de Dios, cosas que deberían ser nuestros mayores tesoros y nuestras posesiones más valiosas.

33 Cuando el apóstol dice: «El que hurtaba, no hurte más, sino trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, para que tenga qué compartir con el que padece necesidad», indica el verdadero fruto del arrepentimiento, que consiste en abandonar el mal y abstenerse por completo de él, y en hacer el bien. Al mismo tiempo ataca y reprende el pecado del hurto, tan común en todos los estados de la vida. Y a los que malgastan su tiempo en ocio y descuidan su deber de servir y ayudar a sus semejantes, los llama —y con razón— ladrones a los ojos de Dios.

34 Pues la recta interpretación del mandamiento «No hurtarás» es esta: Vivirás de tu propio trabajo, para que tengas qué dar al necesitado. Este es tu deber ineludible, y si no lo cumples, Dios te declarará no cristiano sino ladrón y salteador. En primer lugar, porque eres un ocioso y no te mantienes a ti mismo, sino que vives del sudor y del trabajo de otros; en segundo lugar, porque retienes a tu prójimo lo que claramente le debes. ¿Dónde hallaremos ahora a quienes guardan este mandamiento? En verdad, ¿dónde nos atreveríamos a buscarlos sino donde no vive gente? Pero tal clase de gente deben ser los cristianos. Por tanto, cuide cada uno de no engañarse a sí mismo; porque Dios no puede ser burlado ni engañado. Gá 6:7.

Traducción del inglés hecha con IA (Claude) para Berea.