Comentarios y sermones · Martín Lutero
Filipenses 1: comentario de Martín Lutero
Sermón para el vigésimo segundo domingo después del Domingo de la Trinidad; Filipenses 1:3-11
GRACIAS Y ORACIONES DE PABLO POR LAS IGLESIAS.
1 Primero, el apóstol Pablo da gracias a Dios, como es su costumbre al comienzo de sus epístolas, por la gracia por la cual los filipenses entraron en la comunión del evangelio y llegaron a ser partícipes de él. Segundo, su deseo y su oración a Dios es que crezcan en el conocimiento del evangelio y den frutos más abundantes. Su propósito al exaltar el evangelio es exhortarlos a permanecer firmes en su fe, continuando como han comenzado y como ahora están. En apariencia este es un pasaje sencillo, en especial para los estudiosos instruidos y aptos de las Escrituras. Quizá no piensen que encierre alguna gran verdad por descubrir. Sin embargo, debemos explicar este y otros discursos parecidos en beneficio de algunos que no lo entienden del todo y que desean aprender.
2 Estas palabras nos dan un retrato exacto del corazón cristiano que cree con sinceridad en el santo evangelio. Tales corazones son raros en el mundo. Es especialmente difícil hallar uno tan hermoso como el que observamos aquí, a menos que sea entre los amados apóstoles o entre quienes se les acercaron en semejanza a Cristo. Porque en materia de fe nosotros, hoy, somos demasiado perezosos e indiferentes.
3 Pero el corazón cristiano es tal como el que inspiró las palabras de Pablo; aquí se muestran sus características. Él se regocija en el evangelio con lo más profundo de su alma. Da gracias a Dios de que otros hayan entrado en su comunión. Su confianza es firme respecto de ciertos principiantes en la fe, y se interesa tanto por su salvación que se regocija en ella tanto como en la suya propia, sin poder, al parecer, dar gracias suficientes a Dios por ello. Ora sin cesar para vivir y ver a muchos entrar con él en tal comunión y ser preservados en ella hasta el día del Señor Jesucristo, quien perfeccionará y completará todos los defectos de esta vida terrenal. Ora para que estos principiantes avancen sin tacha en la fe y en la esperanza hasta aquel día gozoso.
4 Así se expresa el piadoso apóstol, derramando lo profundo de su corazón, un corazón lleno de los frutos verdaderos del Espíritu y de la fe. Arde de amor y de gozo cuando ve que el evangelio es reconocido, aceptado y honrado, y que la Iglesia florece. Pablo no puede concebir para los convertidos un deseo más elevado, ni ofrecer por ellos una petición mayor, que suplicar a Dios que crezcan y perseveren en la fe del evangelio. Tan inestimable es el valor que da a poseer y retener firmemente la Palabra de Dios. Y Cristo, en Lc 11:28, declara bienaventurados a los que guardan la Palabra de Dios.
I. EL DEBER DE GRATITUD.
5 Ahora bien, lo primero en que Pablo nos sirve aquí de ejemplo es su gratitud. Al cristiano que reconoce la gracia y la bondad de Dios expresadas en el evangelio le corresponde, ante todo, manifestar por ello su agradecimiento: hacia Dios, que es su deber más alto, y hacia los hombres. Como cristianos que hemos abandonado los falsos servicios y sacrificios que en nuestra pasada ceguera pagana practicábamos con celo, recordemos nuestra obligación de ser, de aquí en adelante, tanto más fervientes en ofrecer a Dios verdadero servicio y sacrificios rectos. No podemos rendirle mejor servicio ni obra exterior —de hecho, ningún otro— que el sacrificio de acción de gracias, como lo llaman las Escrituras. Es decir, recibir y honrar la gracia de Dios, predicar y oír su Palabra, y promover su operación, no solo de palabra, sino con sinceridad en nuestros corazones y con todas nuestras fuerzas físicas y espirituales. Esta es la gratitud más verdadera.
6 Dios llama «ofrenda limpia» a la que se le presenta «entre las naciones» (Mal 1:11), donde su nombre no es predicado ni alabado por avaricia, ni por orgullo y presunción en el sacerdocio y en la santidad de las obras humanas. Estos motivos movían a los judíos jactanciosos que, como Dios les reprocha en ese pasaje, pensaban con presunción recibir honra de él por cualquier servicio trivial, como cerrar una puerta o abrir una ventana. Pero la ofrenda de los gentiles se presenta con gozo, de un corazón sincero y dispuesto. Esta clase de acciones de gracias y sacrificios es aceptable a Dios, pues él dice en Sal 110:3: «Tu pueblo se te ofrecerá voluntariamente»; y en 2 Co 9:7: «Dios ama al dador alegre». El conocimiento del evangelio debe inspirarnos una gratitud de este orden. Que no se nos halle desagradecidos y olvidadizos de la infinita bondad de Dios.
LA INGRATITUD, DENUNCIADA POR LOS PAGANOS.
7 Los paganos, en todas partes, a pesar de su ignorancia de Dios y de su gracia, condenaron en extremo el mal de la ingratitud. La consideraban la madre de los males, más maligna y vergonzosa que ninguno. Entre muchos ejemplos al respecto hay uno que nos dejó un pueblo de Arabia llamado los nabateos, que tenían una excelente forma de gobierno. Eran tan estrictos con este mal que a cualquiera hallado culpable de ingratitud hacia sus semejantes se le miraba como a un asesino y se le castigaba con la muerte.
8 Ningún pecado es más abominable para la naturaleza humana, y con ninguno es ella menos tolerante. Es más fácil perdonar y olvidar el acto de un enemigo que comete una injuria corporal, o incluso mata a los padres de uno, que olvidar el pecado de quien paga con ingratitud e infidelidad la simple bondad y lealtad; de quien devuelve odio por amor y amistad. Según el sentir del proverbio latino, ser así recompensado es como criar una serpiente en el propio seno. Dios también mira este pecado con extrema enemistad y lo castiga. Dicen las Escrituras: «El que da mal por bien, no se apartará el mal de su casa». Pr 17:13.
9 Tenemos así la enseñanza de la naturaleza y de la razón acerca del pecado de la ingratitud de los hombres unos con otros. ¡Cuánto mayor es el mal, cuánto más vergonzoso y maldito, cuando se manifiesta hacia Dios, que en su infinita e inefable bondad nos confirió, siendo aún enemigos suyos y merecedores del fuego del infierno —nos confirió, digo, no diez monedas, ni siquiera cien mil, sino la redención de la ira divina y de la muerte eterna, y nos consoló abundantemente, concediéndonos seguridad, buena conciencia, paz y salvación! Estas son bendiciones inexpresables, incomprensibles en esta vida. Y seguirán ocupando nuestra mente en aquella vida eterna. ¡Cuánto más terrible el pecado de ingratitud por estas bendiciones, como se ve en el siervo mencionado en el pasaje del evangelio de hoy, a quien se le perdonó la deuda de diez mil talentos y que, sin embargo, no quiso perdonar la deuda de su consiervo que le debía cien denarios!
10 ¿No es increíble que se hallen en la tierra individuos tan malvados como para manifestar semejante ingratitud indecible por las bendiciones más altas y eternas? Pero, ¡ay!, tenemos la prueba ante nuestros propios ojos. Los conocemos en sus mismas moradas. Vemos cómo el mundo abunda en ellos. Los ingratos no se hallan solo entre los que rechazan deliberadamente la verdad reconocida del evangelio acerca de la gracia de Dios, la conciencia segura y la promesa de la vida eterna, por terrible que sea tal malicia del diablo, sino que están presentes también en medio de nosotros, aceptando el evangelio y jactándose de él. Tal vergonzosa ingratitud prevalece entre las multitudes que no sería extraño que Dios enviara sobre ellas los truenos y relámpagos de su ira, sí, a todos los turcos y a todos los demonios del infierno.
Hay una ingratitud generalmente extendida como la del siervo malvado, que olvidó pronto el aprieto que padeció cuando, llamado a cuentas por lo que no podía pagar, se pronunció contra él la sentencia airada de que él y todo lo que poseía fueran vendidos, y de que fuera encarcelado indefinidamente. Y no hemos olvidado con menos facilidad cómo fuimos atormentados bajo el papado; cómo fuimos abrumados, ahogados como en una inundación, con innumerables doctrinas extrañas, cuando nuestras conciencias angustiadas anhelaban la salvación. Ahora que, por la gracia de Dios, estamos libres de estas angustias, nuestra gratitud es de tal índole que amontona cada vez más sobre nosotros la ira de Dios. Así lo han hecho otros antes que nosotros, y por eso han soportado terrible castigo.
11 Calculen tan solo la enormidad de nuestra maldad: Dios nos ha bendecido infinitamente al perdonarnos todos nuestros pecados y hacernos señores del cielo y de la tierra, y nosotros lo respetamos tan poco que nos olvidamos de sus bendiciones; que no estamos dispuestos, por causa de ellas, a perdonar sinceramente a nuestro prójimo una sola palabra desdeñosa, y mucho menos a prestarle un servicio. Nos conducimos como si se pudiera esperar que Dios cerrara los ojos ante nuestra ingratitud y nos permitiera continuar en ella, concediéndonos al mismo tiempo, como a hijos piadosos y obedientes, éxito y felicidad. Más aún, pensamos que tenemos el privilegio y el poder de vivir y hacer lo que nos plazca. En verdad, cuanto más saber y poder tenemos y cuanto más elevado es nuestro rango, mayores bribones somos: perpetramos toda obra malvada, provocamos contiendas, discordias, guerras y muertes para ejecutar nuestros propios designios arbitrarios, cuando se trata de ceder una moneda en reconocimiento de los cientos de miles que recibimos cada día de Dios a pesar de nuestra ingratitud.
12 Dos poderosos señores chocan entre sí como poderosos arietes, ¿y por qué? Quizá por la posesión indiscutida de una ciudad o dos, asunto del que deberían avergonzarse si tan solo recordaran lo que han recibido de Dios. Se verían obligados a exclamar: «¿Qué hacemos, que nos dañamos unos a otros, nosotros que todos estamos bautizados en un solo nombre, el nombre de Cristo, y comprometidos con un solo Señor?». Pero no, no les conviene considerar este asunto; ni siquiera pensar en él. Tienen que apartar los ojos de él y alejarlo de sus corazones. Olvidando por completo los beneficios de Dios, tienen que hacerse la guerra unos a otros, implicando a las naciones y sometiendo a los pueblos al turco. Y todo por el insignificante centavo que ninguno quiso ceder al otro.
13 El mundo permite que el mismo diablo lo ensille y lo cabalgue como le plazca. Parece característico de todas las fases de la vida que uno no quiera ceder ante otro, que no se someta a ninguna exigencia. Cada uno está dispuesto a imponer su arrogante autoridad. Se presume que la honra suprema y el éxito final dependen de un carácter inflexible e implacable, y que tratar de conservar nuestras posesiones por medios pacíficos será nuestra ruina. Hasta las dos vacas que quedan en el establo tienen que ser puestas en requisa, y hay que hacer la guerra hasta el último palo, hasta que, cuando llega el amotinado y no tenemos ni vaca ni establo, ni casa ni palo, nos vemos obligados a cesar.
EL CASTIGO SIGUE A LA INGRATITUD.
¡Ah, si tuviéramos gracia suficiente para reflexionar en cómo nos iría si Dios nos exigiera, como tiene perfecto derecho a hacerlo, pagar toda nuestra deuda sin que se nos perdonara nada! ¡Gracia suficiente para pensar si no estaríamos en este mismo momento en el abismo del infierno! Pero así tendrá que ser al fin con los que desprecian la cuestión y amontonan continuamente sobre sí la ira de Dios, no queriendo, al mismo tiempo, que él trate con ellos de otro modo que como trató al siervo a quien perdonó. Pero contra ese siervo se dictó al fin la sentencia irrevocable que, sin misericordia, lo entregó al verdugo hasta que pagara la deuda, cosa que nunca podría hacer.
14 Y no hay agravio ni injusticia en esta sentencia. Porque, como dice san Bernardo, la ingratitud es un mal condenable y pernicioso, capaz de secar todos los manantiales de gracia y bendición conocidos de Dios y de los hombres; es como un viento cargado de veneno, ardiente y destructor. La naturaleza humana no lo tolera. Ni puede Dios permitir que tú, a quien ha concedido toda gracia y bondad, toda bendición espiritual y temporal, continúes sin cesar en la maldad, abusando con desafío de su benevolencia y deshonrándolo; así atraes temerariamente sobre ti su ira. Porque Dios no puede bendecirte si eres ingrato, si rechazas su bondad y no le das lugar en tu corazón.
En tal caso la fuente de gracia y misericordia que mana continuamente para todos los que la desean con sinceridad tiene que secarse para ti. No puedes gozarla. Te daría un caudal de agua abundante e ininterrumpido si tú mismo no la secaras con el viento mortal de tu ingratitud; olvidando con vergüenza la inefable bondad que Dios te concede; y no honrando la sangre de Cristo el Señor, con la cual nos compró y nos reconcilió con Dios; no honrándola lo bastante para perdonar a tu prójimo, por amor a Cristo, una sola palabra mala.
15 ¿Qué carga pesada hay para el individuo que, en sumisión y gratitud a su Dios y en honra a Cristo, quisiera conducirse un poco como cristiano? No le costará gran esfuerzo ni molestia. No le romperá ningún hueso ni le dañará en su hacienda u honra. Aunque le afectara en alguna medida insignificante, y le acarreara alguna leve injusticia, debería recordar lo que Dios le ha dado, y aún le dará, de su gracia y bondad.
Sí, ¿por qué quejarte aunque en alguna medida pusieras en peligro cuerpo y vida? ¿Qué no soportó por ti el Hijo de Dios? No fue placer para él tomar sobre sí la ira de Dios, llevar la maldición por ti. Le costó sudor de sangre y angustia indecible del corazón, además del sacrificio de su cuerpo y el derramamiento de su sangre, cuando llevó por ti la ira y la maldición de Dios, que habrían reposado sobre ti para siempre. Y sin embargo lo hizo con alegría y con ferviente amor. ¿No debieras, pues, avergonzarte en tu corazón y humillarte ante todas las criaturas por ser tan lento y torpe, tan endurecido como tronco y piedra, para soportar y perdonar una palabra desagradable de vez en cuando, algo que se ha de sufrir en señal de honra y gratitud hacia él? ¿Qué más noble que, por amor a Cristo, correr peligro, sufrir injuria, ayudar al pobre y necesitado? En particular, promover la Palabra de Dios y sostener el ministerio, el púlpito y las escuelas.
16 No sería maravilla que Alemania hubiera caído en ruina hace tiempo, o que hubiera sido arrasada hasta sus cimientos por turcos y tártaros, por su olvido diabólico, por su condenable rechazo de la inefable gracia de Dios. En verdad, es una maravilla que la tierra siga sosteniéndonos y que el sol siga dándonos luz. A causa de nuestra ingratitud bien podrían oscurecerse los cielos y pervertirse la tierra —como enseñan las Escrituras (Sal 106)— y sufrir la suerte de Sodoma y Gomorra, sin dar ya ni una hoja ni una brizna de hierba, sino completamente desviada de su curso; bien podría ser así si Dios, por causa de los pocos cristianos piadosos conocidos y reconocidos por él, no se contuviera y siguiera demorándolo.
EJEMPLOS DE INGRATITUD POR EL EVANGELIO.
17 Adondequiera que volvemos los ojos vemos, en todas las condiciones de la vida, un diluvio de terribles ejemplos de ingratitud por el precioso evangelio. Vemos cómo reyes, príncipes y señores se arañan y se muerden; cómo se envidian y se odian unos a otros, oprimiendo a sus propios pueblos y destruyendo sus propios países; cómo no se reprochan ni siquiera un solo pensamiento cristiano sobre aliviar la miseria de Alemania y asegurar a la Iglesia oprimida en alguna parte un refugio de defensa contra los ataques asesinos del diablo, el papa y los turcos. Los nobles arrebatan y desgarran, robando a quien pueden, sea príncipe o no, y en especial a la pobre Iglesia; como verdaderos demonios, pisotean a pastores y predicadores. También los ciudadanos y los campesinos son en extremo avaros, extorsionadores y traidores; perpetran sin temor toda clase de insolencia y maldad, y sin vergüenza ni castigo. La tierra clama al cielo, incapaz de tolerar más su opresión.
18 Pero ¿para qué multiplicar palabras? Es en vano por lo que toca al mundo; ninguna exhortación valdrá. El mundo sigue siendo propiedad del diablo. Debemos recordar que no hallaremos de ninguna manera en el mundo ese corazón cristiano que pinta el apóstol; al contrario, hallaremos lo que podría representarse con un cuadro del tipo opuesto: la ingratitud más desvergonzada. Pero que los cristianos temerosos de Dios que aún quedan cuiden de imitar en su gratitud el espíritu del hermoso cuadro del apóstol. Que den prueba de su disposición a oír la Palabra de Dios, de su placer y deleite en ella y de su dolor donde es rechazada. Que muestren con su vida que tienen conciencia de la gran bendición que confieren aquellos de quienes recibieron el evangelio. Como receptores de tal bondad, que sus corazones y sus labios estén siempre listos con la feliz declaración: «¡Alabado sea Dios!». Porque para eso somos llamados. Como se dijo antes, la alabanza debe ser el servicio constante y el sacrificio diario de los cristianos; y según la enseñanza de Pablo aquí, las obras del cristiano, sus frutos de justicia, deben brillar delante de los hombres. Tal manifestación de gratitud ciertamente ha de resultar cuando comprendemos lo que Dios nos ha dado.
19 A pesar de que el mundo se niega a dejarse influir por el reconocimiento de la bondad de Dios, y a pesar de que debemos ver, oír y sufrir cada día la creciente ingratitud del mundo cuanto más dura, no debemos permitir que se nos lleve al error; pues no podremos cambiarlo. Debemos predicar contra el mal de la ingratitud dondequiera que sea posible, censurándolo con severidad, y amonestar fielmente a todos los hombres a guardarse de él. Al mismo tiempo debemos recordar que el mundo no se someterá. Aunque estemos obligados a vivir entre los ingratos, no por eso hemos de caer en el error ni cesar de hacer el bien. Que nuestras fuentes se derramen por fuera, como dice Salomón en Pr 5:16. Hagamos el bien continuamente, sin desfallecer cuando otros reciben nuestro bien como mal. Así como Dios hace salir su sol sobre los agradecidos y los ingratos. Mt 5:45.
20 Pero si tus buenas obras se hacen con el objeto de ganar el agradecimiento y el aplauso del mundo, tendrás una acogida bien contraria. Tu recompensa será, con justicia, la del que rompe con los dientes la nuez vacía solo para ensuciarse la boca. Ahora bien, si al topar con la ingratitud quieres, con ira, derribar montañas y resuelves dejar de hacer el bien, ya no eres cristiano. Te dañas a ti mismo y no logras nada. ¿No puedes tener presente tu entorno: que aún estás en el mundo, donde imperan el vicio y la ingratitud? ¿Que estás, como se dice, con «los que devuelven mal por bien»? Quien quisiera escapar de este hecho tiene que huir de los límites del mundo. No se requiere gran sabiduría para vivir solo entre los piadosos y hacer el bien, pero se necesita el juicio más agudo para vivir con los malvados y no hacer el mal.
21 El cristianismo debe comenzarse en la juventud, para ejercitarse en la resistencia que capacita para hacer bien a todos los hombres esperando mal a cambio. No que el cristiano haya de elogiar y aprobar la mala conducta; ha de censurar y reprimir la maldad hasta el límite de la autoridad que le da su posición en la vida. Es el mejor testimonio del verdadero mérito de una obra que sus beneficiarios no solo sean ingratos, sino que devuelvan mal. Pues sus resultados tienden a refrenar al que la hace de tener demasiado alta opinión de sí mismo, y el carácter de la obra es demasiado precioso a los ojos de Dios para que el mundo sea digno de recompensarla.
II. EL DEBER DE LA ORACIÓN.
22 El otro deber cristiano que Pablo nombra en este pasaje es el de la oración. Las dos obligaciones —la gratitud por los beneficios recibidos y la oración por la preservación y el crecimiento de la obra de Dios comenzada en nosotros— guardan entre sí la debida relación. La oración es de suprema importancia, porque el diablo y el mundo nos asaltan y se deleitan en desviarnos; tenemos que resistir continuamente la maldad. Así, el conflicto es duro para nuestra débil carne y sangre, y no podemos mantenernos sin ser vencidos a menos que haya invocación constante y fervorosa del auxilio divino. La gratitud y la oración son esenciales y deben acompañarse una a otra, según las exigencias del sacrificio diario del Antiguo Testamento: la ofrenda de alabanza, o sacrificio de acción de gracias, gracias a Dios por las bendiciones recibidas; y el sacrificio de oración, o Padrenuestro: la petición contra la maldad y el mal de los cuales quisiéramos ser librados.
23 Nuestra vida no ha alcanzado aún las alturas que está destinada a alcanzar. Aquí conocemos solo sus primicias incipientes. El deseo no está satisfecho; solo tenemos un anticipo. Por ahora solo percibimos por la fe lo que se nos concede; la plena y tangible posesión está por venir. Por eso necesitamos orar, a causa de las limitaciones que atan nuestra vida terrenal, hasta que vayamos allá donde la oración es innecesaria y todo es felicidad, pureza de vida y un canto eterno de gracias y alabanza a Dios.
Pero la alabanza y el gozo celestiales han de tener su comienzo y cierta medida de crecimiento aquí en la tierra con el aliento de la oración: oración por nosotros mismos y por la Iglesia entera; es decir, por los que han aceptado y creen el evangelio y así se ayudan mutuamente. Porque el evangelio recibirá mayor exaltación e inspirará más gozo en el individuo por ser aceptado por muchos. Así dice Pablo que da gracias a Dios por la comunión de los filipenses en el evangelio, y ofrece oración en su favor.
ORACIÓN POR LOS DEMÁS.
24 Sí, debe ser gozo del corazón cristiano ver a multitudes aceptar el ofrecimiento de misericordia y alabar y dar gracias a Dios con él. Este deseo de que otros participen del evangelio fomenta el espíritu de oración. El cristiano no puede ser un misántropo, del todo indiferente a si sus semejantes creen o no. Debe interesarse por todos los hombres y anhelar y orar sin cesar por su salvación; por la santificación del nombre de Dios, la venida de su reino, el cumplimiento de su voluntad; y por que se desenmascaren en todas partes los engaños del diablo, se suprima su poder asesino sobre las pobres almas y se refrene su autoridad.
25 Esta oración debe ser el desahogo sincero y ferviente del corazón del verdadero cristiano. Nótese que las palabras de Pablo aquí indican que su alabanza y su oración estaban inspiradas por un espíritu fervoroso. Es imposible que las palabras V.3, 4. Doy gracias a mi Dios siempre que me acuerdo de vosotros, siempre en todas mis oraciones sean la expresión de otro corazón que no esté lleno de tales sentimientos.
En verdad, Pablo habla de un modo digno de un apóstol, al decir que rinde alabanza y oración con el más vivo placer. Se regocija en su corazón de tener en alguna parte un pequeño grupo de cristianos que aman el evangelio y con quienes puede alegrarse; de poder dar gracias a Dios por ellos y orar en su favor. ¿No había mucha más razón para que todos los que habían oído el evangelio se regocijaran y dieran gracias a Pablo de corazón y de palabra por él, orando a Dios en su favor? ¿Para que se regocijaran de haber llegado a ser dignos del favor del apóstol, de haber sido librados de su ceguera y de haber recibido ahora de él la luz que los trasladaba del pecado y de la muerte a la gracia de Dios y a la vida eterna?
26 Pero Pablo no espera que ellos tomen la iniciativa, como debieron haberlo hecho, para declararle su gozo y su gratitud. En su primera palabra derrama el gozo de su corazón, dando gracias fervientemente a Dios por ellos, etc. Bien pudieron haberse sonrojado y reprochado a sí mismos cuando recibieron la epístola que comienza con estas palabras. Bien pudieron haber dicho: «No debimos haberle permitido hablar de este modo; nos tocaba a nosotros mostrarle primero gratitud y gozo».
POCOS CREYENTES NO SON MOTIVO DE DESALIENTO.
27 No podremos pronto jactarnos de haber alcanzado ese hermoso y perfecto espíritu cristiano que retratan las palabras del apóstol. Viendo cómo se regocija el apóstol al hallar unos pocos creyentes en el evangelio, ¿por qué habríamos de quejarnos del menor número de los que nos dan audiencia y aceptan con seriedad la Palabra de Dios? No tenemos gran razón para quejarnos ni para desalentarnos, puesto que Cristo, los profetas y los apóstoles, al encontrar la misma resistencia por parte del pueblo, se alegraban aun así por los pocos que de vez en cuando aceptaban la fe. Notamos cómo se regocijaba Cristo cuando de tanto en tanto hallaba a uno que tenía fe verdadera, y por otra parte se entristecía cuando los suyos se negaban a oírlo, y los censuraba de mala gana. Y Pablo no halló más aliento. En todo el Imperio romano —y por la mayor parte de él había viajado con el evangelio— solo de vez en cuando encontraba un lugar donde hubiera siquiera un pequeño grupo de cristianos sinceros; pero por ellos se regocija de manera particular, hallando en ellos mayor consuelo que en todos los tesoros de la tierra.
28 Pero es una profecía de bien para el mundo, un presagio de éxito final, que Cristo y sus apóstoles y ministros tengan que regocijarse por una acogida ocasional de la amada Palabra. Tal aceptación dará fruto con el tiempo. Se pensaría que todos los hombres habrían corrido con ansia hasta los confines de la tierra para tener ocasión de oír a un apóstol. Pero Pablo tuvo que recorrer él mismo el mundo en su ministerio, soportando gran fatiga y encontrando privaciones y graves peligros, rechazado y pisoteado por todos. Sin embargo, sin hacer caso de nada, se regocijaba de poder ver de vez en cuando a alguna alma aceptar el evangelio. En tiempos pasados no era necesario que el papa y sus funcionarios corrieran tras nadie. Se sentaban con autoridad señorial en su reino, y todos los hombres tenían que obedecer su llamado, dondequiera que se los requiriera, y eso sin agradecimiento.
29 ¡Cuánto correr de parte de nuestros padres, y aun de muchos de nosotros, como si fuéramos necios: correr desde todos los países, cientos de millas, a Jerusalén, al santo sepulcro, a Compostela, a Santiago, a Roma, a las cabezas de san Pedro y san Pablo; unos descalzos y otros con armadura completa; todo esto, sin hablar de innumerables otras peregrinaciones! Así gastábamos grandes sumas de dinero, y dábamos gracias a Dios y nos regocijábamos de poder comprar con ello las malvadas indulgencias del papa y ser dignos de mirar o besar los huesos de los muertos exhibidos como santas reliquias, pero preferiblemente de besar los pies de Su Santísima Santidad, el papa. Esta situación la desea el mundo de nuevo, y no tendrá nada mejor.
Traducción del inglés hecha con IA (Claude) para Berea.