Comentario conciso de toda la Biblia · Matthew Henry

Deuteronomio 28: comentario de Matthew Henry

Resumen del capítulo

Deuteronomio 28:1-14

Este capítulo es una exposición muy amplia de dos palabras: la bendición y la maldición. Son cosas reales y tienen efectos reales. Aquí las bendiciones van antes que las maldiciones. Dios es lento para la ira, pero pronto para mostrar misericordia; se deleita en bendecir. Es mejor que seamos atraídos al bien por una esperanza filial en el favor de Dios que empujados a él por un temor servil de su ira. La bendición se promete a condición de que escuchen con diligencia la voz de Dios. Que mantengan la religión, su forma y su poder, en sus familias y en la nación, y entonces la providencia de Dios prosperará todos sus asuntos exteriores.

Deuteronomio 28:15-44

Si no guardamos los mandamientos de Dios, no solo nos quedamos sin la bendición prometida, sino que nos ponemos bajo la maldición, que incluye toda miseria, como la bendición incluye toda felicidad. Observa la justicia de esta maldición: no es una maldición sin causa, ni por una causa ligera. Observa el alcance y el poder de esta maldición. Adondequiera que va el pecador, lo sigue la maldición de Dios; dondequiera que está, reposa sobre él. Todo lo que tiene está bajo maldición. Todos sus goces se le vuelven amargos; no puede hallar en ellos ningún consuelo verdadero, porque la ira de Dios se mezcla con ellos.

Aquí se enumeran muchos juicios que serían fruto de la maldición y con los que Dios castigaría al pueblo judío por su apostasía y desobediencia. Podemos observar el cumplimiento de estas amenazas en su estado actual. Para colmo de su miseria, se les amenaza con que, por estas aflicciones, quedarían privados de todo consuelo y esperanza, y abandonados a la desesperación total. Los que andan por vista, y no por fe, corren peligro de perder la razón misma cuando todo a su alrededor parece espantoso.

Deuteronomio 28:45-68

Cuando Dios ejecuta venganza, ¡qué miserias puede traer su maldición sobre los hombres, aun en este mundo presente! Y, sin embargo, esto no es más que el «principio de dolores» para los que están bajo la maldición de Dios. ¿Cuál será, entonces, la miseria de aquel mundo «donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga»? Observa lo que aquí se dice de la ira de Dios, que vendría y permanecería sobre los israelitas por sus pecados. Asombra pensar que un pueblo que fue durante tanto tiempo el favorito del cielo haya sido desechado así; y, al mismo tiempo, que un pueblo tan disperso entre todas las naciones se haya mantenido aparte, sin mezclarse con los demás. Si no querían servir a Dios con alegría, se verían obligados a servir a sus enemigos. Con razón podemos esperar de Dios que, si no tememos su nombre temible, sentiremos sus plagas temibles; porque, de una manera o de otra, Dios será temido.

Se describe la destrucción con que se les amenaza. En efecto, han sido arrancados de su tierra (v. 63), no solo en el cautiverio de Babilonia y cuando los romanos destruyeron Jerusalén, sino también después, cuando se les prohibió poner el pie en Jerusalén. No tendrían descanso: ni descanso del cuerpo (v. 65), sino que andarían siempre de un lugar a otro, ya con la esperanza de ganancia, ya por temor a la persecución; ni descanso de la mente, lo cual es mucho peor. Han sido desterrados de ciudad en ciudad, de país en país; llamados de nuevo y otra vez desterrados. Estos hechos, comparados con el favor que Israel recibió en tiempos antiguos y con las profecías acerca de ellos, no solo deben causarnos asombro, sino servirnos de testimonio que nos asegure la verdad de la Escritura. Y cuando se cumplan las otras profecías acerca de su conversión a Cristo, todo ello será señal y prodigio para todas las naciones de la tierra, y precursor de una extensión general del verdadero cristianismo.

El cumplimiento de estas profecías en la nación judía, pronunciadas hace más de tres mil años, muestra que Moisés habló por el Espíritu de Dios, quien no solo prevé la ruina de los pecadores, sino que les advierte de ella, para que la eviten mediante un arrepentimiento verdadero y a tiempo, o bien queden sin excusa. Y demos gracias porque «Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición», y cargó en su propia persona todo el castigo que merecen nuestros pecados y que, de otro modo, habríamos tenido que sufrir para siempre. Que los pecadores huyan a este refugio y a esta salvación; que los creyentes se gocen en él y sirvan con alegría de corazón a su Dios reconciliado, por la abundancia de sus bendiciones espirituales.

Traducción del inglés hecha con IA (Claude) para Berea.