Comentario conciso de toda la Biblia · Matthew Henry

Gálatas 5: comentario de Matthew Henry

Resumen del capítulo

Gálatas 5:1-6

Cristo no será el Salvador de nadie que no quiera reconocerlo y apoyarse en él como su único Salvador. Atendamos a las advertencias y exhortaciones del apóstol a permanecer firmes en la doctrina y en la libertad del evangelio. Todos los verdaderos cristianos, enseñados por el Espíritu Santo, esperan la vida eterna, galardón de la justicia y objeto de su esperanza, como don de Dios por la fe en Cristo, y no por causa de sus propias obras. El judío convertido podía observar las ceremonias o hacer valer su libertad; el gentil podía no hacerles caso o atenderlas, con tal de que no dependiera de ellas. Ningún privilegio externo ni ninguna profesión servirán para ser aceptos ante Dios sin una fe sincera en nuestro Señor Jesús. La fe verdadera es una gracia activa: obra por el amor a Dios y a nuestros hermanos. Que seamos del número de los que por el Espíritu aguardan por la fe la esperanza de la justicia. El peligro de entonces no estaba en cosas indiferentes en sí mismas, como lo son hoy muchas formas y prácticas. Pero sin la fe que obra por el amor, todo lo demás no vale nada, y comparadas con ella las otras cosas tienen poco valor.

Gálatas 5:7-12

La vida del cristiano es una carrera en la que debe correr y perseverar si quiere obtener el premio. No basta con profesar el cristianismo: hay que correr bien, viviendo a la altura de esa profesión. Muchos que empiezan bien en la religión son estorbados en su avance o se apartan del camino. A los que comienzan a desviarse o a cansarse les conviene preguntarse seriamente qué los estorba. La opinión o persuasión del v. 8 era, sin duda, la de mezclar las obras de la ley con la fe en Cristo para la justificación. El apóstol los deja juzgar de dónde podía venir, pero muestra con suficiente claridad que no podía deberse sino a Satanás. Es peligroso que las iglesias cristianas animen a los que siguen errores destructivos, y sobre todo a los que los propagan. Y al reprender el pecado y el error, siempre debemos distinguir entre los que guían y los que son guiados. Los judíos se ofendían porque se predicaba a Cristo como la única salvación para los pecadores. Si Pablo y los demás hubieran admitido que la observancia de la ley de Moisés debía unirse a la fe en Cristo como necesaria para la salvación, los creyentes se habrían evitado muchos de los sufrimientos que padecieron. Hay que oponerse a los primeros comienzos de semejante levadura. Y ciertamente los que persisten en perturbar la iglesia de Cristo llevarán su castigo.

Gálatas 5:13-15

El evangelio es «la doctrina que es conforme a la piedad» (1 Ti 6:3), y lejos de dar el menor apoyo al pecado, nos pone bajo la obligación más fuerte de evitarlo y dominarlo. El apóstol insiste en que toda la ley se cumple en esta sola palabra: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Si los cristianos, que deberían ayudarse y alegrarse unos a otros, se pelean, ¿qué puede esperarse sino que el Dios de amor les niegue su gracia, que el Espíritu de amor se aparte y que prevalezca el espíritu maligno, que busca su destrucción? ¡Qué dichoso sería que los cristianos, en lugar de morderse y comerse unos a otros por diferencias de opinión, se pusieran en contra del pecado en sí mismos y en los lugares donde viven!

Gálatas 5:16-26

Si procuramos actuar bajo la guía y el poder del bendito Espíritu, aunque no quedemos libres de los impulsos y la oposición de la naturaleza corrupta que permanece en nosotros, esta no se enseñoreará de nosotros. Los creyentes están empeñados en un combate en el que desean ardientemente que la gracia obtenga una victoria completa y rápida. Y los que desean así entregarse a ser guiados por el Espíritu Santo no están bajo la ley como pacto de obras, ni expuestos a su terrible maldición. Su aborrecimiento del pecado y sus deseos de santidad muestran que tienen parte en la salvación del evangelio.

Las obras de la carne son muchas y manifiestas, y estos pecados dejarán a los hombres fuera del cielo. ¡Y sin embargo, cuántos que se llaman cristianos viven en ellos y dicen que esperan el cielo! Se nombran los frutos del Espíritu, o de la naturaleza renovada, que hemos de dar. Y así como el apóstol había nombrado sobre todo obras de la carne que no solo dañan a los hombres mismos, sino que tienden a hacerlos dañinos unos para otros, así aquí señala principalmente los frutos del Espíritu que tienden a hacer a los cristianos agradables unos a otros, además de hacerlos felices. Los frutos del Espíritu muestran claramente que quienes los dan son guiados por el Espíritu.

Al describir las obras de la carne y los frutos del Espíritu, se nos dice qué debemos evitar y combatir, y qué debemos apreciar y cultivar; y este es el cuidado y el esfuerzo sincero de todos los verdaderos cristianos. El pecado ya no reina en sus cuerpos mortales de modo que lo obedezcan (Ro 6:12), porque procuran destruirlo. Cristo nunca reconocerá a los que se entregan a ser siervos del pecado. Y no basta con dejar de hacer el mal: debemos aprender a hacer el bien. Nuestra conducta siempre corresponderá al principio que nos guía y gobierna (Ro 8:5). Debemos dedicarnos en serio a hacer morir las obras de la carne y a andar en vida nueva; no deseosos de vanagloria ni ansiosos en exceso de la estima y el aplauso de los hombres, no irritándonos ni envidiándonos unos a otros, sino procurando dar con más abundancia esos buenos frutos que son, por medio de Jesucristo, para alabanza y gloria de Dios.

Traducción del inglés hecha con IA (Claude) para Berea.