Comentario conciso de toda la Biblia · Matthew Henry

Salmo 119: comentario de Matthew Henry

Salmos 119:1-8

El propósito general de este salmo es engrandecer la ley divina y hacerla honorable. Hay en él diez palabras con que se nombra la revelación divina, y cada una expresa lo que Dios espera de nosotros y lo que nosotros podemos esperar de él.

Este salmo puede considerarse como la expresión de la experiencia de un creyente. En la medida en que nuestras miras, deseos y afectos concuerdan con lo que aquí se expresa, proceden de la influencia del Espíritu Santo, y no más allá. La misericordia perdonadora de Dios en Cristo es la única fuente de la felicidad del pecador. Y los más dichosos son los que se guardan más libres de la contaminación del pecado, los que sencillamente creen los testimonios de Dios y descansan en sus promesas. Si el corazón está dividido entre él y el mundo, es malo. Los santos evitan con cuidado todo pecado; son conscientes de mucho mal que los estorba en los caminos de Dios, pero no de esa maldad que los saca de esos caminos.

El tentador quisiera hacer creer a los hombres que son libres de seguir o no la palabra de Dios, como les plazca. Pero el deseo y la oración del hombre bueno concuerdan con la voluntad y el mandamiento de Dios. Si alguien espera comprar con su obediencia en una cosa licencia para desobedecer en otras, su hipocresía quedará al descubierto; y si no queda avergonzado en este mundo, la vergüenza eterna será su porción. El salmista anhelaba aprender las leyes de Dios para darle a Dios la gloria. Y los creyentes saben que, si Dios los desampara, el tentador será demasiado fuerte para ellos.

Salmos 119:9-16

A la corrupción original todos hemos añadido el pecado actual. La ruina de los jóvenes está en vivir sin regla alguna o en escoger reglas falsas: que anden conforme a las reglas de la Escritura. Desconfiar de nuestra propia sabiduría y fuerza, y depender de Dios, demuestra que el propósito de santidad es sincero. La palabra de Dios es un tesoro digno de guardarse, y no hay lugar seguro donde guardarlo sino en nuestro corazón, para oponer los preceptos de Dios al dominio del pecado, sus promesas a sus atractivos y sus amenazas a su violencia. Sea este nuestro argumento ante él para que nos enseñe sus estatutos: que, siendo participantes de su santidad, lo seamos también de su bienaventuranza.

Y aquellos cuyo corazón se alimenta del pan de vida deberían alimentar a muchos con sus labios. En el camino de los mandamientos de Dios están las inescrutables riquezas de Cristo. Pero no meditamos con provecho en los preceptos de Dios si nuestros buenos pensamientos no producen buenas obras. No solo pensaré en tus estatutos, sino que los cumpliré con deleite. Y será bueno probar la sinceridad de nuestra obediencia examinando de dónde brota, y la realidad de nuestro amor por la alegría con que cumplimos los deberes que Dios ha señalado.

Salmos 119:17-24

Si Dios nos tratara con estricta justicia, todos pereceríamos. Debemos gastar nuestra vida en su servicio; en guardar su palabra hallaremos la verdadera vida. Los que quieran ver las maravillas de la ley y del evangelio de Dios deben rogarle que les dé entendimiento por la luz de su Espíritu. Los creyentes se sienten extranjeros en la tierra; temen perder el camino y perder el consuelo si se desvían de los mandamientos de Dios. Toda alma santificada tiene hambre de la palabra de Dios, como de un alimento sin el cual no se puede vivir. En el fondo de todo pecado deliberado hay algo de orgullo.

Dios puede hacer callar los labios mentirosos; el oprobio y el menosprecio pueden humillarnos y hacernos bien, y entonces serán quitados. ¿Sentimos que el peso de la cruz supera lo que podemos soportar? El que la llevó por nosotros nos capacitará para llevarla; sostenidos por él, no podemos hundirnos. Es triste que los que deberían proteger al inocente sean sus traidores. El salmista siguió adelante en su deber y halló consuelo en la palabra de Dios. Los consuelos de la palabra de Dios son más dulces para un alma llena de gracia cuando los demás consuelos se vuelven amargos; y los que quieran que los testimonios de Dios sean su deleite deben dejarse aconsejar por ellos. Que el Señor nos dirija en el ejercicio del arrepentimiento del pecado y de la fe en Cristo.

Salmos 119:25-32

Mientras las almas de los hijos de este mundo se apegan al polvo como a su porción, los hijos de luz sufren una gran carga por los restos de afectos carnales que hay en su corazón. Es un consuelo indecible para un alma llena de gracia pensar con cuánta ternura recibe un Dios lleno de gracia todas sus quejas. Podemos hablar de las maravillas del amor redentor cuando entendemos el camino de los preceptos de Dios y andamos en él. El penitente se deshace en dolor por el pecado; aun el espíritu paciente puede deshacerse bajo el peso de la aflicción, y entonces le conviene derramar su alma delante de Dios.

El camino de la mentira abarca todos los caminos falsos con que los hombres se engañan a sí mismos y a otros, o son engañados por Satanás y sus instrumentos. Los que conocen y aman la ley del Señor desean conocerla más y amarla mejor. El camino de la piedad seria es el camino de la verdad, el único camino verdadero a la felicidad: debemos tenerlo siempre presente en la práctica. Los que se apegan a la palabra de Dios pueden esperar con fe ser aceptados por Dios, y pedirlo. Señor, nunca me dejes hacer algo con lo que me avergüence a mí mismo, y no rechaces tú mi servicio. Los que van camino al cielo deben seguir avanzando. Dios, por su Espíritu, ensancha el corazón de su pueblo cuando le da sabiduría. El creyente pide ser libertado del pecado.

Salmos 119:33-40

«Enséñame tus estatutos»: no las meras palabras, sino la manera de aplicarlos a mí mismo. Dios da, por su Espíritu, el recto entendimiento. Pero el Espíritu de revelación en la palabra no basta si no tenemos en el corazón el Espíritu de sabiduría. Dios pone su Espíritu dentro de nosotros y hace que andemos en sus estatutos. El pecado contra el que aquí se ora es la avaricia. Los que quieran que el amor de Dios eche raíces en ellos deben arrancar de raíz el amor al mundo, porque «la amistad del mundo es enemistad contra Dios».

Vivifícame en tu camino, para aprovechar bien el tiempo y cumplir cada deber con un espíritu vivo. Mirar la vanidad nos amortece y afloja nuestro paso; el viajero no debe detenerse a contemplar cada objeto que se presenta a su vista. Las promesas de la palabra de Dios tienen mucho que ver con la preservación del verdadero creyente. Cuando Satanás ha arrastrado a un hijo de Dios a complacencias mundanas, le echa en cara las caídas a las que él mismo lo llevó. La victoria tiene que venir de la cruz de Cristo. Cuando gustamos la dulzura de los preceptos de Dios, anhelamos conocerlos más. Y donde Dios ha producido el querer, producirá también el hacer.

Salmos 119:41-48

Señor, por la fe tengo a la vista tus misericordias; haz que por la oración logre obtenerlas. Y cuando la salvación de los santos sea completa, se verá claramente que no fue en vano confiar en la palabra de Dios. Necesitamos orar para no tener nunca miedo ni vergüenza de confesar delante de los hombres las verdades y los caminos de Dios. Y el salmista resuelve guardar la ley de Dios en un curso constante de obediencia, sin volverse atrás.

El servicio del pecado es esclavitud; el servicio de Dios es libertad. No hay plena felicidad ni perfecta libertad sino en guardar la ley de Dios. Nunca debemos avergonzarnos ni temer confesar nuestra fe. Cuanto más nos deleitamos en el servicio de Dios, más nos acercamos a la perfección. No solo hay que asentir a su ley como buena, sino deleitarse en ella como buena para nosotros. Que ponga yo todas mis fuerzas en cumplirla. Algo de esta mente de Cristo hay en todo verdadero discípulo.

Salmos 119:49-56

Los que hacen de las promesas de Dios su porción pueden, con humilde confianza, presentarlas como su argumento ante él. El que por su Espíritu obra la fe en nosotros obrará a nuestro favor. La palabra de Dios habla consuelo en la aflicción. Si, por la gracia, nos hace santos, hay en ella lo suficiente para darnos sosiego en toda condición. Asegurémonos de tener la ley divina como fundamento de lo que creemos, y entonces no dejemos que los burladores nos convenzan de apartarnos de ella. Los juicios de Dios en el pasado nos consuelan y animan, porque él sigue siendo el mismo.

El pecado es horrible a los ojos de todos los santificados. Dentro de poco el creyente estará ausente del cuerpo y presente con el Señor. Mientras tanto, los estatutos del Señor le dan motivo de alabanza agradecida. En la aflicción y en las horas silenciosas de la noche se acuerda del nombre del Señor y se siente movido a guardar la ley. Todos los que han puesto la fe en primer lugar reconocerán que han ganado con ello más de lo que se puede decir.

Salmos 119:57-64

Los verdaderos creyentes toman al Señor como la porción de su herencia, y nada menos los satisface. El salmista oró de todo corazón, porque sabía valorar la bendición que pedía: deseaba la misericordia prometida y confiaba en la promesa para obtenerla. Se apartó de los caminos torcidos y se volvió a los testimonios de Dios. No se demoró. A los pecadores les conviene apresurarse a escapar; y el creyente se apresurará igualmente a glorificar a Dios.

Ningún afán ni pesar debe borrar de nuestra mente la palabra de Dios ni impedirnos el consuelo que ella da. No hay situación en la tierra en que el creyente no tenga motivo para estar agradecido. Avergoncémonos de que otros estén más dispuestos a quitarse el sueño para pasar el tiempo en placeres pecaminosos que nosotros para alabar a Dios. Y debemos ser más fervientes en la oración, para que nuestro corazón se llene de su misericordia, gracia y paz.

Salmos 119:65-72

Sea como sea que Dios nos haya tratado, nos ha tratado mejor de lo que merecemos, y todo por amor y para nuestro bien. Muchos tienen conocimiento, pero poco juicio; los que tienen ambos están fortificados contra los lazos de Satanás y preparados para el servicio de Dios. Somos más propensos a extraviarnos de Dios cuando estamos cómodos en el mundo. Debemos dejar nuestros asuntos en manos de Dios, ya que no sabemos lo que nos conviene. Señor, tú eres nuestro generoso Benefactor; inclina nuestro corazón a la fe y a la obediencia.

El salmista seguirá en su deber con constancia y resolución. Los soberbios están llenos del mundo, de sus riquezas y placeres; esto los vuelve insensibles, confiados y embotados. Dios visita a su pueblo con aflicción para que aprenda sus estatutos. No solo las promesas de Dios, sino aun su ley y sus preceptos, aunque duros para los impíos, son deseables y provechosos, porque nos conducen con seguridad y deleite a la vida eterna.

Salmos 119:73-80

Dios nos hizo para servirle y gozar de él; pero por el pecado nos hemos incapacitado para servirle y gozar de él. Por eso debemos rogarle continuamente que, por su Espíritu Santo, nos dé entendimiento. Los consuelos que algunos tienen en Dios deberían ser motivo de gozo para otros. Pero es fácil reconocer que los juicios de Dios son justos, hasta que nos toca a nosotros.

Todo sostén en la aflicción tiene que venir de la misericordia y la compasión. Las misericordias de Dios son tiernas misericordias: la misericordia de un padre, la compasión de una madre por su hijo. Vienen a nosotros cuando no somos capaces de ir a ellas. El oprobio sin causa no hace daño, y no debe conmovernos. El salmista podía seguir en el camino de su deber y hallar consuelo en él. Valoraba la buena voluntad de los santos y deseaba mantener su comunión con ellos. La integridad del corazón significa sinceridad en la dependencia de Dios y en la entrega a él.

Salmos 119:81-88

El salmista buscaba ser librado de sus pecados, de sus enemigos y de sus temores. La esperanza que se demora le hacía desfallecer; sus ojos desfallecían de tanto aguardar la salvación esperada. Pero aunque los ojos desfallezcan, la fe no debe desfallecer. Su aflicción era grande. Había llegado a ser como un odre de cuero que, colgado al humo, se reseca y se arruga. Siempre debemos tener presentes los estatutos de Dios. Los días de luto del creyente terminarán; son solo un momento comparados con la felicidad eterna.

Sus enemigos usaban tanto la astucia como la fuerza para arruinarlo, despreciando la ley de Dios. Los mandamientos de Dios son guías verdaderas y fieles en la senda de la paz y la seguridad. Mejor podemos esperar la ayuda de Dios cuando, como nuestro Maestro, hacemos el bien y sufrimos por ello. Los impíos pueden casi acabar con el creyente sobre la tierra, pero él preferiría dejarlo todo antes que dejar la palabra del Señor. Debemos depender de la gracia de Dios para tener fuerzas para toda buena obra. La señal más segura de la buena voluntad de Dios hacia nosotros es su buena obra en nosotros.

Salmos 119:89-96

El hecho de que la palabra de Dios permanezca firme en los cielos se contrapone a los cambios y vaivenes de la tierra. Y los compromisos del pacto de Dios están más firmemente establecidos que la tierra misma. Todas las criaturas cumplen los fines para los que fueron creadas: ¿será el hombre, el único dotado de razón, la única carga inútil de la tierra? Podemos hacer de la Biblia una grata compañía en cualquier momento. Pero la palabra, sin la gracia de Dios, no nos vivificaría. Mira cuál es la mejor ayuda para la mala memoria: los buenos afectos; y aunque se pierdan las palabras exactas, si queda el sentido, está bien.

Soy tuyo, no mío ni del mundo; sálvame del pecado, sálvame de la ruina. El Señor guardará en paz a aquel cuyo pensamiento persevera en él. Pobre perfección es aquella a la que uno le ve el fin. Así son todas las cosas de este mundo que pasan por perfecciones. La gloria del hombre es como la flor de la hierba. El salmista había visto la plenitud de la palabra de Dios y su suficiencia. La palabra del Señor alcanza a todos los casos y a todos los tiempos. Nos quitará toda confianza en el hombre, o en nuestra propia sabiduría, fuerza y justicia. Así buscaremos consuelo y felicidad solo en Cristo.

Salmos 119:97-104

Lo que amamos, nos gusta pensarlo. Toda sabiduría verdadera viene de Dios. El hombre bueno lleva consigo su Biblia, si no en las manos, sí en la cabeza y en el corazón. Meditando en los testimonios de Dios entendemos más que nuestros maestros, cuando entendemos nuestro propio corazón. La palabra escrita es una guía al cielo más segura que todos los padres, los maestros y los antiguos de la iglesia. No podemos acercarnos a Dios en los deberes santos con consuelo ni con confianza mientras estamos bajo culpa o andamos por un camino torcido. Fue la gracia divina en su corazón la que capacitó al salmista para recibir estas enseñanzas.

El alma tiene su gusto, igual que el cuerpo. Nuestro gusto por la palabra de Dios será mayor cuando sea menor el que tengamos por el mundo y la carne. El camino del pecado es un camino errado; y cuanto más entendimiento adquirimos por los preceptos de Dios, más arraigado será nuestro aborrecimiento del pecado; y cuanto más versados estemos en las Escrituras, mejor provistos estaremos de respuestas contra la tentación.

Salmos 119:105-112

La palabra de Dios nos dirige en nuestra tarea y en nuestro camino; sin ella, el mundo sería en verdad un lugar oscuro. El mandamiento es una lámpara que se mantiene encendida con el aceite del Espíritu, como luz que nos guía en la elección de nuestro camino y en los pasos que damos en él. El guardar los mandamientos de Dios de que aquí se habla es el de un pecador bajo una dispensación de misericordia, el de un creyente que tiene parte en el pacto de gracia. El salmista está a menudo afligido; pero, con ardiente deseo de ser más santo, eleva cada día oraciones pidiendo la gracia que vivifica. No podemos ofrecer a Dios nada que él acepte, sino lo que le place enseñarnos a hacer.

Tener el alma o la vida continuamente en la mano implica un peligro constante de muerte; aun así, no olvidó las promesas ni los preceptos de Dios. Innumerables son los lazos que tienden los impíos; y dichoso el siervo de Dios a quien no han hecho desviarse de los preceptos de su Señor. Los tesoros celestiales son una heredad para siempre; todos los santos los aceptan como tal, y por eso pueden contentarse con poco de este mundo. Debemos buscar consuelo solo en el camino del deber, y ese deber hay que cumplirlo. El hombre bueno, por la gracia de Dios, pone su corazón en su trabajo, y entonces lo hace bien.

Salmos 119:113-120

Aquí vemos temor ante los impulsos del pecado y sus primeros comienzos. Cuanto más amemos la ley de Dios, más vigilantes estaremos para que los pensamientos vanos no nos aparten de lo que amamos. Si queremos avanzar en guardar los mandamientos de Dios, debemos apartarnos de los malhechores. El creyente no podría vivir sin la gracia de Dios; pero, sostenido por su mano, su vida espiritual se mantendrá. Nuestra santa seguridad se funda en el sostén divino. Todo apartarse de los estatutos de Dios es error, y resultará fatal. La astucia de los impíos es mentira. Viene un día que arrojará a los impíos al fuego eterno, el lugar adecuado para la escoria. Mira lo que resulta del pecado. Ciertamente, nosotros, que tanto flaqueamos en los afectos devotos, deberíamos temer que, «permaneciendo aún la promesa de entrar en su reposo», alguno de nosotros parezca no haberlo alcanzado (He 4:1).

Salmos 119:121-128

Dichoso el hombre que, obrando según los principios del evangelio, hace justicia a todos los que le rodean. Cristo, nuestro Fiador, habiendo pagado nuestra deuda y nuestro rescate, asegura todas las bendiciones de la salvación a todo verdadero creyente. El salmista espera la palabra de la justicia de Dios, y ninguna otra salvación que la que asegura esa palabra, la cual no puede caer en tierra. No merecemos ningún favor de Dios; donde más tranquilos estamos es cuando nos echamos en brazos de su misericordia y nos remitimos a ella.

Si alguno resuelve hacer la voluntad de Dios como siervo suyo, se le hará conocer sus testimonios. Debemos hacer lo que podamos para sostener la religión y, después de todo, rogar a Dios que tome la obra en sus propias manos. Es hipocresía decir que amamos los mandamientos de Dios más que nuestros intereses mundanos. El camino del pecado es un camino de mentira, pues es directamente contrario a los preceptos de Dios, que son rectos: los que aman y estiman la ley de Dios aborrecen el pecado y no se reconciliarán con él.

Salmos 119:129-136

Las maravillas del amor redentor fijarán el corazón en adoración ante ellas. Las Escrituras nos muestran lo que éramos, lo que somos y lo que seremos. Nos muestran la misericordia y la justicia del Señor, los gozos del cielo y los tormentos del infierno. Así dan a los sencillos, en pocos días, entendimiento de cosas que los filósofos buscaron en vano durante siglos. El creyente, cansado de los afanes de la vida y de sus luchas contra el pecado, anhela los consuelos que le llegan por medio de la palabra sagrada. Y cada uno puede orar: «Mírame, y ten misericordia de mí, como acostumbras con los que aman tu nombre». Debemos rogar que el Espíritu Santo ordene nuestros pasos. Todos debemos temer el dominio del pecado y orar contra él.

La opresión de los hombres a menudo es más de lo que la carne y la sangre pueden soportar; y el que conoce nuestra condición no se negará a quitarla en respuesta a las oraciones de su pueblo. Por oscura que parezca la fe de los creyentes del Antiguo Testamento, su confianza ante el trono de la gracia solo se explica porque, por medio de los sacrificios y ritos de su ley, habían obtenido una visión de los privilegios del evangelio más clara de lo que generalmente se piensa. Acude tú al mismo lugar, alega el nombre y los méritos de Jesús, y no rogarás en vano; no puedes rogar en vano. Por lo común, donde hay un corazón lleno de gracia hay ojos que lloran. Acepta, oh Señor, las lágrimas que nuestro bendito Redentor derramó en los días de su carne, por nosotros, que deberíamos llorar por nuestros hermanos o por nosotros mismos.

Salmos 119:137-144

Dios nunca hizo, ni puede hacer, injusticia a nadie. Las promesas las cumple fielmente el que las hizo. El celo contra el pecado debe movernos a hacer lo que podamos contra él; por lo menos, a ser nosotros mismos más fieles en la religión. Nuestro amor a la palabra de Dios es prueba de nuestro amor a Dios, porque ella tiene por fin hacernos participantes de su santidad. La verdadera excelencia de un hombre siempre lo hace pequeño a sus propios ojos. Cuando somos pequeños y despreciados, más necesidad tenemos de recordar los preceptos de Dios, para que nos sostengan.

La ley de Dios es la verdad, la norma de la santidad, la regla de la felicidad; pero solo la obediencia de Cristo justifica al creyente. A menudo las aflicciones son la suerte de los santos en este valle de lágrimas; están afligidos en diversas pruebas. Hay en la palabra de Dios deleites que los santos a menudo gozan con más dulzura cuando están en angustia y aflicción. «Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado» (Jn 17:3). Que vivamos aquí la vida de la fe y de la gracia, y seamos llevados después a la vida de gloria.

Salmos 119:145-152

Solo presentan súplicas de todo corazón los que desean la salvación de Dios y aman sus mandamientos. ¿Adónde irá el hijo sino a su padre? Sálvame de mis pecados, de mis corrupciones, de mis tentaciones, de todos los estorbos de mi camino, para que guarde tus testimonios. Los cristianos que gozan de salud no deberían dejar que las primeras horas de la mañana se les escapen sin aprovecharlas. La esperanza en la palabra de Dios nos anima a perseverar en la oración. Mejor es quitarle tiempo al sueño que no hallar tiempo para orar. Tenemos acceso a Dios a toda hora; y si nuestros primeros pensamientos por la mañana son para Dios, nos ayudarán a mantenernos en su temor todo el día.

Hazme vivo y alegre. Dios sabe lo que necesitamos y lo que nos conviene, y nos vivificará. Si estamos ocupados en el servicio de Dios, no tenemos por qué temer a los que procuran ponerse lo más lejos posible del alcance de las convicciones y los mandamientos de su ley. Cuando la angustia está cerca, Dios está cerca. Nunca hay que ir lejos a buscarlo. Todos sus mandamientos son verdad, y las promesas de Dios se cumplirán. Todos los que alguna vez confiaron en Dios lo han hallado fiel.

Salmos 119:153-160

Cuanto más nos aferramos a la palabra de Dios, como nuestra regla y como nuestro apoyo, más seguridad tenemos de ser librados. Cristo es el Abogado de su pueblo, su Redentor. Los que fueron vivificados por su Espíritu y su gracia cuando estaban muertos en delitos y pecados necesitan a menudo que la obra de la gracia sea reavivada en ellos, conforme a la palabra de la promesa. Los impíos no solo no cumplen los estatutos de Dios, sino que ni siquiera los buscan. Se lisonjean pensando que van camino al cielo; pero cuanto más persisten en el pecado, más lejos queda de ellos.

Las misericordias de Dios son tiernas; son una fuente que nunca se agota. El salmista ruega por la gracia de Dios que reaviva y vivifica. El hombre firme en el camino de su deber, aunque tenga muchos enemigos, no necesita temer a ninguno. Los que de veras aborrecen el pecado lo aborrecen como pecado, como transgresión de la ley de Dios y quebrantamiento de su palabra. Nuestra obediencia solo agrada a Dios, y solo nos resulta grata a nosotros, cuando brota de un principio de amor. Todos los que, en cualquier época, reciben la palabra de Dios con fe y amor hallan fiel cada una de sus palabras.

Salmos 119:161-168

Aquellos cuyo corazón tiene temor de la palabra de Dios preferirán soportar la ira del hombre antes que quebrantar la ley de Dios. Por la palabra de Dios ganamos más de lo que se puede decir. Todo hombre aborrece que le digan una mentira; pero más deberíamos aborrecer decirla, porque así hacemos una afrenta a Dios. Cuanto más veamos la belleza de la verdad, más veremos la odiosa deformidad de la mentira. Debemos alabar a Dios aun por las aflicciones; por la gracia sacamos bien de ellas. Los que aman el mundo tienen gran desazón, porque no responde a lo que esperan; los que aman la palabra de Dios tienen mucha paz, porque supera lo que esperan.

Aquellos en quienes reina este santo amor no se atormentarán con escrúpulos innecesarios ni tropezarán por causa de sus hermanos. Una buena esperanza de salvación comprometerá el corazón en el cumplimiento de los mandamientos. Y nuestro amor a la palabra de Dios debe someter nuestras pasiones y arrancar de raíz los afectos carnales: debemos hacerlo con el corazón, o no haremos nada. Debemos guardar los mandamientos de Dios obedeciéndolos, y sus promesas confiando en ellas. El ojo de Dios está sobre nosotros en todo tiempo; esto debe hacernos muy cuidadosos en guardar sus mandamientos.

Salmos 119:169-176

El salmista deseaba gracia y fuerza para elevar sus oraciones, y que el Señor las recibiera y atendiera. Deseaba conocer más a Dios en Cristo; conocer más las doctrinas de la palabra y los deberes de la religión. Tenía un hondo sentido de su indignidad y un santo temor de que su oración no llegara delante de Dios. Señor, lo que te pido es lo que tú has prometido. No hemos aprendido nada provechoso si no hemos aprendido a alabar a Dios. Siempre debemos hacer de la palabra de Dios la regla de nuestra conversación, de modo que nunca la transgredamos, ni hablando pecaminosamente ni callando pecaminosamente.

Sus propias manos no le bastan, ni criatura alguna puede prestarle ayuda; por eso levanta los ojos a Dios, para que la mano que lo hizo lo ayude. Había escogido la religión deliberadamente. Hay una salvación eterna que todos los santos anhelan, y por eso piden que Dios los ayude en su camino hacia ella. Que tus juicios me ayuden; que todas las ordenanzas y todas las providencias (ambas son juicios de Dios) me sirvan para glorificar a Dios; que me ayuden en esa obra.

A menudo mira atrás, con vergüenza y gratitud, a su estado de perdición. Sigue pidiendo el tierno cuidado de aquel que compró su rebaño con su propia sangre, para recibir de él el don de la vida eterna. «Busca a tu siervo», es decir, hállame; porque Dios nunca busca en vano. «Conviérteme, y seré convertido». Sea este salmo una piedra de toque con que probar nuestro corazón y nuestra vida. Nuestro corazón, limpio en la sangre de Cristo, ¿hace suyas estas oraciones, resoluciones y confesiones? ¿Es la palabra de Dios la norma de nuestra fe y la ley de nuestra conducta? ¿La usamos como argumento ante Cristo para pedir lo que necesitamos? Dichosos los que viven en tan deleitosos ejercicios.

Traducción del inglés hecha con IA (Claude) para Berea.