Comentario conciso de toda la Biblia · Matthew Henry
Salmo 49: comentario de Matthew Henry
Resumen del capítulo
- Un llamado a prestar atención (1-5).
- La necedad de los mundanos (6-14).
- Contra el temor a la muerte (15-20).
Salmos 49:1-5
Rara vez encontramos una introducción más solemne: no hay verdad de mayor importancia. Oigamos todos esto aplicándolo a nosotros mismos. Los pobres corren peligro por un deseo desmedido de las riquezas del mundo, así como los ricos por un deleite desmedido en ellas. El salmista comienza aplicándoselo a sí mismo, y ese es el método correcto para tratar las cosas divinas. Antes de exponer la necedad de la seguridad carnal, expone, por su propia experiencia, el beneficio y el consuelo de una seguridad santa y llena de gracia, de la que disfrutan los que confían en Dios y no en sus riquezas mundanas. En el día del juicio, la iniquidad de nuestros talones, es decir, de nuestros pasos, nuestros pecados pasados, nos rodeará. En aquellos días, los mundanos y malvados tendrán miedo; pero ¿por qué ha de temer la muerte el hombre que tiene a Dios consigo?
Salmos 49:6-14
He aquí una descripción del espíritu y el proceder de la gente mundana. Un hombre puede tener riquezas y, a la vez, tener el corazón ensanchado en amor, gratitud y obediencia, y hacer el bien con ellas. Por tanto, no es el tener riquezas lo que demuestra que los hombres son mundanos, sino el poner en ellas el corazón como si fueran lo mejor. Los mundanos solo tienen algunos pensamientos pasajeros acerca de las cosas de Dios, mientras que sus pensamientos fijos, sus pensamientos íntimos, están en el mundo: eso es lo que tienen más cerca del corazón. Pero con todas sus riquezas no pueden salvar la vida del amigo más querido que tengan.
Esto mira más lejos, a la redención eterna que había de obrar el Mesías. La redención del alma costará muy cara; pero, una vez obrada, nunca necesitará repetirse. Y él, el Redentor, resucitará antes de ver corrupción, y entonces vivirá por los siglos de los siglos (Ap 1:18). Esto muestra también la necedad de los mundanos, que venden su alma por aquello que nunca podrá comprarla. Con todas sus riquezas no pueden librarse del golpe de la muerte. Sin embargo, una generación tras otra aplaude sus máximas; y el carácter del necio, tal como lo trazó la misma Sabiduría celestial (Lc 12:16-21), sigue siendo imitado aun entre los que profesan ser cristianos.
La muerte le preguntará al pecador soberbio: ¿Dónde está tu riqueza, dónde tu pompa? Y en la mañana de la resurrección, cuando despierten todos los que duermen en el polvo, los rectos serán elevados al más alto honor, mientras que los impíos serán cubiertos de vergüenza y confusión perpetua (Dn 12:2). Juzguemos ahora las cosas tal como aparecerán en aquel día. La hermosura de la santidad es lo único que el sepulcro no puede tocar ni dañar.
Salmos 49:15-20
Los creyentes no deben temer la muerte. La diferencia en las condiciones exteriores de los hombres, por grande que sea en la vida, no significa nada en la muerte; pero la diferencia en su estado espiritual, aunque en esta vida parezca de poca importancia, en la muerte y después de ella es muy grande. A menudo se dice «alma» por la vida. El Dios de la vida, que al principio fue su Creador, puede ser y será al final su Redentor. Esto incluye la salvación del alma de la ruina eterna. Los creyentes estarán fuertemente tentados a envidiar la prosperidad de los pecadores. Los hombres te alabarán y te ensalzarán por haberte ido bien al levantar una hacienda y una familia. Pero ¿de qué servirá ser aprobados por los hombres si Dios nos condena? Los que son ricos en las gracias y consolaciones del Espíritu tienen algo de lo que la muerte no puede despojarlos, e incluso algo que la muerte mejorará; pero, en cuanto a las posesiones mundanas, así como nada trajimos a este mundo, sin duda nada podremos sacar: tenemos que dejarlo todo a otros.
La suma de todo el asunto es esta: de nada le aprovecha al hombre ganar todo el mundo, llegar a poseer todas sus riquezas y todo su poder, si pierde su propia alma y es desechado por falta de aquella sabiduría santa y celestial que distingue al hombre de las bestias, en su vida y en su muerte. ¿Y hay hombres capaces de preferir la suerte del rico pecador a la del pobre Lázaro, en la vida, en la muerte y por la eternidad? Ciertamente los hay. ¡Cuánta necesidad tenemos, pues, de la enseñanza del Espíritu Santo, cuando, con todas nuestras jactanciosas facultades, somos propensos a semejante necedad en el más importante de todos los asuntos!
Traducción del inglés hecha con IA (Claude) para Berea.