Catecismo de Heidelberg · Zacarías Ursino y Gaspar Oleviano
Tercera parte: De la gratitud
Puesto que hemos sido redimidos de nuestra miseria por gracia, por medio de Cristo, sin ningún mérito nuestro, ¿por qué hemos de hacer buenas obras?
Porque Cristo, después de habernos comprado con su sangre, nos renueva también por su Espíritu Santo a su imagen, para que con toda nuestra vida nos mostremos agradecidos a Dios por su beneficio y él sea alabado por medio de nosotros. Y además, para que cada uno de nosotros esté seguro de su fe por los frutos de ella, y con nuestra conducta piadosa ganemos también a nuestro prójimo para Cristo.
¿No pueden, pues, ser salvos los que no se convierten a Dios de su vida ingrata e impenitente?
De ninguna manera; porque, como dice la Escritura, ningún impúdico, idólatra, adúltero, ladrón, avaro, borracho, maldiciente, salteador ni nadie semejante heredará el reino de Dios.
¿En cuántas cosas consiste el verdadero arrepentimiento o conversión del hombre?
En dos cosas: en la muerte del viejo hombre y en la resurrección del nuevo.
¿Qué es la muerte del viejo hombre?
Dolerse de corazón por el pecado, y aborrecerlo y huir de él cada vez más.
¿Qué es la resurrección del nuevo hombre?
Un gozo de corazón en Dios por medio de Cristo, y tener deseo y amor de vivir conforme a la voluntad de Dios en todas las buenas obras.
Pero ¿cuáles son las buenas obras?
Solo las que se hacen por fe verdadera, conforme a la ley de Dios, para su gloria, y no las que se fundan en nuestro propio parecer o en mandamientos de hombres.
¿Qué dice la ley del Señor?
Dios pronuncia todas estas palabras:
El primer mandamiento. Yo soy el Señor, tu Dios, que te he sacado de la tierra de Egipto, de la casa de servidumbre. No tendrás ningún otro dios delante de mí.
El segundo mandamiento. No te harás imagen alguna ni semejanza de nada, ni de lo que está arriba en el cielo, ni de lo que está abajo en la tierra, ni de lo que está en el agua debajo de la tierra; no te postrarás ante ellas ni les servirás. Porque yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios fuerte y celoso, que castiga la maldad de los padres en los hijos hasta la tercera y la cuarta generación de los que me aborrecen, y hago misericordia a muchos millares de los que me aman y guardan mis mandamientos.
El tercer mandamiento. No harás mal uso del nombre del Señor, tu Dios, porque el Señor no dejará sin castigo al que haga mal uso de su nombre.
El cuarto mandamiento. Acuérdate del día de reposo para santificarlo. Seis días trabajarás y harás todas tus obras; pero el séptimo día es el reposo del Señor, tu Dios; en él no harás trabajo alguno, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu ganado, ni el extranjero que vive dentro de tus puertas. Porque en seis días hizo el Señor el cielo y la tierra, y el mar, y todo lo que hay en ellos, y el séptimo día descansó; por eso el Señor bendijo el día de reposo y lo santificó.
El quinto mandamiento. Honrarás a tu padre y a tu madre, para que vivas largo tiempo en la tierra que el Señor, tu Dios, te da.
El sexto mandamiento. No matarás.
El séptimo mandamiento. No cometerás adulterio.
El octavo mandamiento. No robarás.
El noveno mandamiento. No darás falso testimonio contra tu prójimo.
El décimo mandamiento. No codicies la casa de tu prójimo; no codicies la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni nada de lo que tu prójimo tiene.
¿Cómo se dividen estos mandamientos?
En dos tablas: la primera enseña en cuatro mandamientos cómo hemos de conducirnos con Dios; la segunda, en seis mandamientos, lo que debemos a nuestro prójimo.
¿Qué exige el Señor en el primer mandamiento?
Que yo, so pena de perder la salvación y la bienaventuranza de mi alma, evite y huya de toda idolatría, hechicería, bendiciones supersticiosas, invocación de los santos o de otras criaturas; y que conozca rectamente al único Dios verdadero, confíe solo en él, espere solo de él todo lo bueno con toda humildad y paciencia, y lo ame, lo tema y lo honre de todo corazón; de tal manera que antes renuncie a todas las criaturas que hacer la menor cosa contra su voluntad.
¿Qué es idolatría?
Imaginar o tener alguna otra cosa en la que el hombre ponga su confianza, en lugar del único Dios verdadero, que se ha revelado en su Palabra, o junto a él.
¿Qué quiere Dios en el segundo mandamiento?
Que de ninguna manera representemos a Dios en imágenes, ni lo honremos de ningún otro modo que el que él ha mandado en su Palabra.
¿No se debe, pues, hacer ninguna imagen en absoluto?
Dios no puede ni debe ser representado de ninguna manera; y en cuanto a las criaturas, aunque sí pueden ser representadas, Dios prohíbe hacer y tener imágenes de ellas para honrarlas o para servirle a él por medio de ellas.
Pero ¿no se pueden tolerar las imágenes en las iglesias como libros de los laicos?
No, porque no debemos ser más sabios que Dios, que no quiere que su cristiandad sea instruida por ídolos mudos, sino por la predicación viva de su Palabra.
¿Qué quiere el tercer mandamiento?
Que no blasfememos ni hagamos mal uso del nombre de Dios, no solo con maldiciones o con falso juramento, sino tampoco con juramentos innecesarios, ni nos hagamos partícipes de tan horribles pecados con nuestro silencio y consentimiento; y, en suma, que no usemos el santo nombre de Dios sino con temor y reverencia, para que sea rectamente confesado e invocado por nosotros y alabado en todas nuestras palabras y obras.
¿Es, pues, blasfemar el nombre de Dios con maldiciones y juramentos un pecado tan grave que Dios se enoja también con los que, en cuanto está de su parte, no ayudan a impedirlo y prohibirlo?
Sí, ciertamente, porque no hay pecado mayor ni que más gravemente provoque la ira de Dios que la blasfemia de su nombre; por eso mandó también castigarla con la muerte.
Pero ¿se puede también jurar piadosamente por el nombre de Dios?
Sí, cuando lo exige el magistrado a sus súbditos, o lo requiere de otro modo la necesidad, para mantener y promover con ello la fidelidad y la verdad, para la gloria de Dios y el bien del prójimo. Porque tal juramento está fundado en la Palabra de Dios, y por eso fue usado rectamente por los santos en el Antiguo y en el Nuevo Testamento.
¿Se puede también jurar por los santos o por otras criaturas?
No, porque un juramento legítimo es una invocación de Dios, para que él, como único conocedor de los corazones, dé testimonio de la verdad y me castigue si juro en falso; y esta honra no corresponde a ninguna criatura.
¿Qué quiere Dios en el cuarto mandamiento?
Dios quiere, en primer lugar, que se mantengan el ministerio de la predicación y las escuelas, y que yo, especialmente en el día de fiesta, acuda con diligencia a la congregación de Dios para aprender la Palabra de Dios, usar los santos sacramentos, invocar públicamente al Señor y dar la limosna cristiana. En segundo lugar, que todos los días de mi vida descanse de mis malas obras, deje que el Señor obre en mí por su Espíritu, y así comience en esta vida el reposo eterno.
¿Qué quiere Dios en el quinto mandamiento?
Que yo muestre toda honra, amor y fidelidad a mi padre y a mi madre y a todos los que están puestos sobre mí, me someta con la debida obediencia a toda buena enseñanza y corrección, y tenga también paciencia con sus faltas, puesto que Dios quiere gobernarnos por su mano.
¿Qué quiere Dios en el sexto mandamiento?
Que yo no injurie, odie, ofenda ni mate a mi prójimo, ni con pensamientos, ni con palabras o gestos, y mucho menos con hechos, ni por mí mismo ni por medio de otros, sino que deje todo deseo de venganza; y que tampoco me haga daño a mí mismo ni me exponga temerariamente al peligro. Por eso también el magistrado lleva la espada, para impedir el homicidio.
Pero este mandamiento, ¿no habla solo de matar?
Pero, al prohibir el homicidio, Dios quiere enseñarnos que aborrece la raíz del homicidio, como la envidia, el odio, la ira y el deseo de venganza, y que todo esto es delante de él un homicidio oculto.
¿Basta, pues, con no matar a nuestro prójimo de la manera dicha?
No, porque al condenar Dios la envidia, el odio y la ira, quiere que amemos a nuestro prójimo como a nosotros mismos, que mostremos hacia él paciencia, paz, mansedumbre, misericordia y amabilidad, que evitemos su daño en cuanto nos sea posible, y que hagamos bien aun a nuestros enemigos.
¿Qué quiere el séptimo mandamiento?
Que toda impureza es maldita por Dios, y que por eso debemos aborrecerla de corazón y vivir casta y honestamente, sea en el santo matrimonio o fuera de él.
¿No prohíbe Dios en este mandamiento nada más que el adulterio y otras vergüenzas semejantes?
Puesto que tanto nuestro cuerpo como nuestra alma son templo del Espíritu Santo, él quiere que guardemos ambos limpios y santos; por eso prohíbe todos los actos, gestos, palabras, pensamientos y deseos impuros, y todo lo que pueda incitar al hombre a ellos.
¿Qué prohíbe Dios en el octavo mandamiento?
No solo prohíbe el hurto y el robo que castiga el magistrado, sino que Dios llama también hurto a todas las malas artes y maquinaciones con que pretendemos apropiarnos de los bienes de nuestro prójimo, sea por la fuerza o con apariencia de derecho, como con pesas, varas, medidas, mercancías o monedas falsas, con usura, o por cualquier medio que Dios ha prohibido; y además toda avaricia y todo derroche inútil de sus dones.
Pero ¿qué te manda Dios en este mandamiento?
Que yo procure el bien de mi prójimo donde pueda y me sea posible, que lo trate como quisiera que me trataran a mí, y que trabaje fielmente para poder ayudar al necesitado en su necesidad.
¿Qué quiere el noveno mandamiento?
Que yo no dé falso testimonio contra nadie, no tuerza las palabras de nadie, no sea murmurador ni calumniador, no ayude a condenar a nadie sin oírlo y a la ligera; sino que evite toda clase de mentira y engaño, como obras propias del diablo, so pena de la grave ira de Dios; que en los juicios y en todos los demás asuntos ame la verdad, la diga y la confiese sinceramente; y que también defienda y promueva, según mis fuerzas, la honra y la buena fama de mi prójimo.
¿Qué quiere el décimo mandamiento?
Que nunca entre en nuestro corazón ni el menor deseo ni pensamiento contra alguno de los mandamientos de Dios, sino que en todo tiempo aborrezcamos de todo corazón todo pecado y nos deleitemos en toda justicia.
Pero ¿pueden los que se han convertido a Dios guardar perfectamente estos mandamientos?
No, sino que aun los más santos, mientras están en esta vida, tienen solo un pequeño principio de esta obediencia; pero de tal manera que, con un propósito serio, comienzan a vivir no solo conforme a algunos, sino conforme a todos los mandamientos de Dios.
¿Por qué, entonces, nos hace Dios predicar tan rigurosamente los diez mandamientos, si nadie puede guardarlos en esta vida?
Primero, para que durante toda nuestra vida conozcamos cada vez más nuestra naturaleza pecadora, y tanto más ansiosamente busquemos el perdón de los pecados y la justicia en Cristo. Después, para que nos esforcemos sin cesar y pidamos a Dios la gracia del Espíritu Santo, a fin de ser renovados cada vez más a la imagen de Dios, hasta que alcancemos la meta de la perfección después de esta vida.
¿Por qué es necesaria la oración a los cristianos?
Porque es la parte principal de la gratitud que Dios nos pide, y porque Dios quiere dar su gracia y su Espíritu Santo solo a los que se los piden con gemidos del corazón, sin cesar, y le dan gracias por ellos.
¿Qué se requiere para una oración que agrade a Dios y sea oída por él?
Primero, que invoquemos de corazón solo al único Dios verdadero, que se nos ha revelado en su Palabra, pidiéndole todo lo que él nos ha mandado pedir. Segundo, que conozcamos bien a fondo nuestra necesidad y miseria, para humillarnos ante la presencia de su majestad. Tercero, que tengamos este firme fundamento: que él, aunque no lo merecemos, ciertamente quiere oír nuestra oración por causa del Señor Jesucristo, como nos lo ha prometido en su Palabra.
¿Qué nos ha mandado Dios que le pidamos?
Todo lo que necesitamos para el alma y para el cuerpo, que el Señor Cristo ha resumido en la oración que él mismo nos enseñó.
¿Qué dice la oración del Señor?
Nuestro Padre, que estás en los cielos: santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día. Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos lleves a la tentación, sino líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria por la eternidad. Amén.
¿Por qué nos ha mandado Cristo dirigirnos así a Dios: «Nuestro Padre»?
Para despertar en nosotros, desde el mismo comienzo de nuestra oración, el temor filial y la confianza en Dios que deben ser el fundamento de nuestra oración: a saber, que Dios ha llegado a ser nuestro Padre por medio de Cristo, y que mucho menos nos negará lo que le pidamos con fe que lo que nuestros padres nos niegan las cosas terrenales.
¿Por qué se añade: «que estás en los cielos»?
Para que no pensemos nada terrenal de la majestad celestial de Dios, y esperemos de su omnipotencia todo lo que necesitamos para el cuerpo y para el alma.
¿Cuál es la primera petición?
«Santificado sea tu nombre»; es decir: concédenos, primero, que te conozcamos rectamente y que te santifiquemos, te glorifiquemos y te alabemos en todas tus obras, en las que resplandecen tu omnipotencia, sabiduría, bondad, justicia, misericordia y verdad. Y además, que ordenemos toda nuestra vida, pensamientos, palabras y obras, de tal manera que tu nombre no sea blasfemado por causa de nosotros, sino honrado y alabado.
¿Cuál es la segunda petición?
«Venga tu reino»; es decir: gobiérnanos de tal manera por tu Palabra y tu Espíritu que nos sometamos a ti cada vez más; conserva y aumenta tu iglesia; y destruye las obras del diablo, y todo poder que se levanta contra ti, y todos los malos designios que se traman contra tu santa Palabra, hasta que llegue la plenitud de tu reino, en el que tú serás todo en todos.
¿Cuál es la tercera petición?
«Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo»; es decir: concede que nosotros y todos los hombres renunciemos a nuestra propia voluntad y obedezcamos sin réplica alguna a tu voluntad, la única buena; para que así cada uno cumpla su oficio y vocación tan dispuesta y fielmente como los ángeles en el cielo.
¿Cuál es la cuarta petición?
«Danos hoy nuestro pan de cada día»; es decir: dígnate proveernos de todo lo que necesitamos para el cuerpo, para que por ello reconozcamos que tú eres la única fuente de todo bien, y que sin tu bendición ni nuestros afanes y trabajo ni tus dones nos aprovechan; y que, por tanto, apartemos nuestra confianza de todas las criaturas y la pongamos solo en ti.
¿Cuál es la quinta petición?
«Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores»; es decir: dígnate, por causa de la sangre de Cristo, no imputarnos a nosotros, pobres pecadores, ninguna de nuestras transgresiones, ni tampoco el mal que todavía se nos adhiere siempre; así como también nosotros hallamos en nosotros este testimonio de tu gracia: que todo nuestro propósito es perdonar de corazón a nuestro prójimo.
¿Cuál es la sexta petición?
«Y no nos lleves a la tentación, sino líbranos del mal»; es decir: puesto que por nosotros mismos somos tan débiles que no podemos mantenernos en pie ni un momento, y además nuestros enemigos declarados, el diablo, el mundo y nuestra propia carne, no cesan de atacarnos, dígnate sostenernos y fortalecernos por el poder de tu Espíritu Santo, para que podamos resistirles con firmeza y no sucumbamos en esta lucha espiritual, hasta que al fin alcancemos la victoria completa.
¿Cómo concluyes esta oración?
«Porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria por la eternidad»; es decir: todo esto te lo pedimos porque tú, como nuestro Rey y poderoso sobre todas las cosas, quieres y puedes darnos todo bien; y para que por ello no nosotros, sino tu santo nombre, sea alabado eternamente.
¿Qué significa la palabrita «Amén»?
Amén quiere decir: esto ha de ser verdadero y cierto. Porque mi oración es oída por Dios con mucha más certeza que la que siento en mi corazón de que deseo estas cosas de él.
Catecismo de Heidelberg, 1563 (dominio público). Traducción al español de Berea, hecha con IA a partir del texto alemán de la edición de Philip Schaff, The Creeds of Christendom (1877), texto de CCEL.