Catecismo de Heidelberg · Zacarías Ursino y Gaspar Oleviano

Segunda parte: De la redención del hombre

Puesto que, por el justo juicio de Dios, hemos merecido castigo temporal y eterno, ¿cómo podríamos escapar de este castigo y volver a la gracia?

Dios quiere que se satisfaga su justicia; por eso tenemos que pagarle por completo, ya sea por nosotros mismos o por medio de otro.

Pero ¿podemos pagar por nosotros mismos?

De ninguna manera; al contrario, cada día aumentamos aún más nuestra deuda.

Pero ¿puede alguna mera criatura pagar por nosotros?

No, porque, en primer lugar, Dios no quiere castigar en ninguna otra criatura lo que el hombre ha cometido. En segundo lugar, ninguna mera criatura puede sobrellevar la carga de la ira eterna de Dios contra el pecado y librar de ella a otros.

¿Qué clase de mediador y redentor debemos buscar, entonces?

Uno que sea verdadero hombre y justo, y sin embargo más poderoso que todas las criaturas; es decir, que sea al mismo tiempo verdadero Dios.

¿Por qué tiene que ser verdadero hombre y justo?

Porque la justicia de Dios exige que la misma naturaleza humana que pecó pague por el pecado; pero uno que fuera él mismo pecador no podría pagar por otros.

¿Por qué tiene que ser al mismo tiempo verdadero Dios?

Para que, por el poder de su divinidad, pudiera llevar en su humanidad la carga de la ira de Dios, y ganar para nosotros y devolvernos la justicia y la vida.

Pero ¿quién es ese mediador, que es al mismo tiempo verdadero Dios y verdadero hombre justo?

Nuestro Señor Jesucristo, que nos ha sido dado para completa redención y justicia.

¿Cómo lo sabes?

Por el santo evangelio, que Dios mismo reveló primero en el paraíso, después hizo anunciar por medio de los santos patriarcas y profetas, y prefiguró por los sacrificios y otras ceremonias de la ley, y finalmente cumplió por medio de su Hijo muy amado.

¿Son salvos entonces por Cristo todos los hombres, así como por Adán se perdieron?

No, sino solo aquellos que por la fe verdadera son incorporados a él y reciben todos sus beneficios.

¿Qué es la fe verdadera?

No es solo un conocimiento cierto por el cual tengo por verdadero todo lo que Dios nos ha revelado en su Palabra, sino también una confianza sincera que el Espíritu Santo obra en mí por medio del evangelio: que no solo a otros, sino también a mí, Dios me ha dado el perdón de los pecados, la justicia eterna y la salvación, por pura gracia, solo por los méritos de Cristo.

¿Qué es, pues, necesario que crea un cristiano?

Todo lo que se nos promete en el evangelio, lo cual nos enseñan en resumen los artículos de nuestra fe cristiana, universal e indudable.

¿Cuáles son esos artículos?

Creo en Dios Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra. Y en Jesucristo, su Hijo unigénito, nuestro Señor; que fue concebido por el Espíritu Santo, nació de la virgen María; padeció bajo Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado; descendió a los infiernos; al tercer día resucitó de entre los muertos; subió al cielo; está sentado a la diestra de Dios Padre todopoderoso; desde allí vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos. Creo en el Espíritu Santo; una santa iglesia cristiana universal; la comunión de los santos; el perdón de los pecados; la resurrección de la carne y la vida eterna.

¿Cómo se dividen estos artículos?

En tres partes: la primera trata de Dios Padre y de nuestra creación; la segunda, de Dios Hijo y de nuestra redención; la tercera, de Dios Espíritu Santo y de nuestra santificación.

Puesto que no hay más que una sola esencia divina, ¿por qué nombras a tres: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo?

Porque Dios se ha revelado así en su Palabra: que estas tres personas distintas son el único, verdadero y eterno Dios.

¿Qué crees cuando dices: «Creo en Dios Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra»?

Que el Padre eterno de nuestro Señor Jesucristo, que de la nada creó el cielo y la tierra con todo lo que hay en ellos, y que también los sostiene y gobierna todavía por su eterno consejo y providencia, es, por causa de Cristo su Hijo, mi Dios y mi Padre. En él confío de tal manera que no dudo que me proveerá de todo lo necesario para el cuerpo y el alma, y que también todo el mal que me envíe en este valle de lágrimas lo convertirá en bien para mí, porque puede hacerlo como Dios todopoderoso, y también quiere hacerlo como Padre fiel.

¿Qué entiendes por la providencia de Dios?

El poder todopoderoso y presente de Dios, por el cual todavía sostiene, como con su mano, el cielo y la tierra con todas las criaturas, y los gobierna de tal manera que las hojas y la hierba, la lluvia y la sequía, los años fructíferos y los estériles, la comida y la bebida, la salud y la enfermedad, la riqueza y la pobreza, y todas las cosas, no nos vienen por casualidad, sino de su mano paternal.

¿Qué provecho obtenemos de conocer la creación y la providencia de Dios?

Que seamos pacientes en toda adversidad, agradecidos en la prosperidad, y que para lo por venir tengamos buena confianza en nuestro fiel Dios y Padre, de que ninguna criatura nos separará de su amor, puesto que todas las criaturas están de tal manera en su mano que sin su voluntad ni siquiera pueden agitarse ni moverse.

¿Por qué el Hijo de Dios es llamado Jesús, es decir, Salvador?

Porque nos salva de nuestros pecados, y porque en ningún otro se ha de buscar ni se puede hallar salvación alguna.

¿Creen, pues, en el único Salvador Jesús los que buscan su salvación y su bien en los santos, en sí mismos o en cualquier otra parte?

No, sino que con los hechos niegan al único Salvador y Redentor Jesús, aunque se jacten de él. Porque, o bien Jesús no es un Salvador perfecto, o bien los que reciben a este Salvador con fe verdadera han de tener en él todo lo que es necesario para su salvación.

¿Por qué se le llama Cristo, es decir, Ungido?

Porque ha sido ordenado por Dios Padre y ungido con el Espíritu Santo para ser nuestro supremo Profeta y Maestro, que nos ha revelado perfectamente el consejo secreto y la voluntad de Dios acerca de nuestra redención; nuestro único Sumo Sacerdote, que nos ha redimido con el único sacrificio de su cuerpo y siempre intercede por nosotros ante el Padre; y nuestro Rey eterno, que nos gobierna con su Palabra y su Espíritu, y nos defiende y conserva en la redención que nos ha adquirido.

Pero ¿por qué tú eres llamado cristiano?

Porque por la fe soy miembro de Cristo y así participo de su unción, para que también yo confiese su nombre, me presente a él como sacrificio vivo de gratitud, y con libre conciencia luche en esta vida contra el pecado y el diablo, y después reine con él eternamente sobre todas las criaturas.

¿Por qué se le llama Hijo unigénito de Dios, si también nosotros somos hijos de Dios?

Porque solo Cristo es el Hijo eterno y natural de Dios; pero nosotros, por causa de él, hemos sido adoptados por gracia como hijos de Dios.

¿Por qué lo llamas nuestro Señor?

Porque nos ha redimido y comprado, en cuerpo y alma, del pecado y de todo el poder del diablo, no con oro ni plata, sino con su preciosa sangre, para ser suyos.

¿Qué significa que fue concebido por el Espíritu Santo y nació de la virgen María?

Que el eterno Hijo de Dios, que es y sigue siendo verdadero y eterno Dios, tomó sobre sí la verdadera naturaleza humana de la carne y la sangre de la virgen María, por obra del Espíritu Santo, para ser también la verdadera descendencia de David, semejante a sus hermanos en todo, excepto en el pecado.

¿Qué provecho obtienes de la santa concepción y nacimiento de Cristo?

Que él es nuestro Mediador, y con su inocencia y perfecta santidad cubre delante de Dios mi pecado, en el cual fui concebido.

¿Qué entiendes por la palabra «padeció»?

Que durante todo el tiempo de su vida en la tierra, pero especialmente al final de ella, llevó en cuerpo y alma la ira de Dios contra el pecado de todo el género humano, para que con su padecimiento, como único sacrificio expiatorio, redimiera nuestro cuerpo y nuestra alma de la condenación eterna y nos ganara la gracia de Dios, la justicia y la vida eterna.

¿Por qué padeció bajo el juez Poncio Pilato?

Para que, siendo inocente, fuera condenado por el juez terrenal, y así nos librara del severo juicio de Dios que había de caer sobre nosotros.

¿Hay algo más en que haya sido crucificado que si hubiera muerto de otra manera?

Sí, porque por ello estoy seguro de que tomó sobre sí la maldición que pesaba sobre mí, ya que la muerte de cruz era maldita por Dios.

¿Por qué tuvo Cristo que sufrir la muerte?

Porque, a causa de la justicia y la verdad de Dios, no se podía pagar por nuestros pecados de otra manera que por la muerte del Hijo de Dios.

¿Por qué fue sepultado?

Para dar testimonio de que verdaderamente había muerto.

Puesto que Cristo murió por nosotros, ¿cómo es que también nosotros tenemos que morir?

Nuestra muerte no es un pago por nuestro pecado, sino solo un morir al pecado y una entrada a la vida eterna.

¿Qué otro provecho obtenemos del sacrificio y la muerte de Cristo en la cruz?

Que por su poder nuestro viejo hombre es crucificado, muerto y sepultado con él, para que los malos deseos de la carne ya no reinen en nosotros, sino que nos ofrezcamos a nosotros mismos a él en acción de gracias.

¿Por qué sigue: «descendió a los infiernos»?

Para que en mis mayores tentaciones esté seguro de que mi Señor Cristo, por la angustia, los dolores y los terrores indecibles que padeció también en su alma en la cruz y antes de ella, me ha librado de la angustia y el tormento del infierno.

¿Qué provecho nos da la resurrección de Cristo?

Primero, por su resurrección venció a la muerte, para hacernos partícipes de la justicia que nos ganó con su muerte. Segundo, también nosotros somos ahora resucitados por su poder a una vida nueva. Tercero, la resurrección de Cristo es para nosotros una prenda segura de nuestra bienaventurada resurrección.

¿Cómo entiendes que subió al cielo?

Que Cristo, a la vista de sus discípulos, fue alzado de la tierra al cielo, y allí está para nuestro bien hasta que vuelva a juzgar a los vivos y a los muertos.

¿No está, pues, Cristo con nosotros hasta el fin del mundo, como nos lo prometió?

Cristo es verdadero hombre y verdadero Dios. Según su naturaleza humana, ahora no está en la tierra; pero según su divinidad, majestad, gracia y Espíritu, nunca se aparta de nosotros.

Pero de este modo, si la humanidad no está en todas partes donde está la divinidad, ¿no quedan separadas entre sí las dos naturalezas en Cristo?

De ninguna manera, porque, siendo la divinidad incomprensible y presente en todas partes, se sigue necesariamente que ciertamente está fuera de la humanidad que asumió, y sin embargo no por eso deja de estar también en ella y permanece personalmente unida a ella.

¿Qué provecho nos da la ascensión de Cristo al cielo?

Primero, que él es nuestro abogado en el cielo delante de la faz de su Padre. Segundo, que tenemos nuestra carne en el cielo como prenda segura de que él, como la cabeza, nos llevará también a nosotros, sus miembros, hacia sí. Tercero, que nos envía su Espíritu como prenda recíproca, por cuyo poder buscamos las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios, y no las de la tierra.

¿Por qué se añade que está sentado a la diestra de Dios?

Porque Cristo subió al cielo para mostrarse allí como la cabeza de su iglesia cristiana, por medio de la cual el Padre gobierna todas las cosas.

¿Qué provecho nos da esta gloria de nuestra cabeza, Cristo?

Primero, que por su Espíritu Santo derrama los dones celestiales en nosotros, sus miembros; después, que con su poder nos defiende y conserva contra todos los enemigos.

¿Qué consuelo te da la segunda venida de Cristo para juzgar a los vivos y a los muertos?

Que en toda aflicción y persecución, con la cabeza erguida, espero del cielo como juez a aquel mismo que antes se presentó por mí ante el juicio de Dios y quitó de mí toda maldición, para que arroje a todos sus enemigos y los míos a la condenación eterna, y a mí, junto con todos los escogidos, me lleve consigo al gozo y la gloria celestiales.

¿Qué crees del Espíritu Santo?

Primero, que es Dios eterno, igual al Padre y al Hijo. Segundo, que también me ha sido dado a mí, me hace partícipe de Cristo y de todos sus beneficios por una fe verdadera, me consuela y permanecerá conmigo para siempre.

¿Qué crees de la santa iglesia cristiana universal?

Que el Hijo de Dios, desde el principio hasta el fin del mundo, de todo el género humano, por su Espíritu y su Palabra, en la unidad de la fe verdadera, se congrega, defiende y conserva una comunidad escogida para la vida eterna; y que yo soy miembro vivo de ella y lo seré eternamente.

¿Qué entiendes por la comunión de los santos?

Primero, que todos los creyentes, y cada uno de ellos, como miembros, tienen comunión con el Señor Cristo y con todos sus tesoros y dones. Segundo, que cada uno debe saberse obligado a emplear sus dones de buena gana y con alegría para provecho y bien de los demás miembros.

¿Qué crees del perdón de los pecados?

Que Dios, por causa de la satisfacción de Cristo, nunca más quiere acordarse de ninguno de mis pecados, ni tampoco de la naturaleza pecaminosa con la que tengo que luchar toda mi vida, sino que por gracia me da la justicia de Cristo, para que nunca más venga a juicio.

¿Qué consuelo te da la resurrección de la carne?

Que no solo mi alma, después de esta vida, será llevada en seguida a Cristo, su cabeza, sino que también esta carne mía, resucitada por el poder de Cristo, será unida de nuevo con mi alma y hecha semejante al cuerpo glorioso de Cristo.

¿Qué consuelo te da el artículo de la vida eterna?

Que, así como ahora siento en mi corazón el principio del gozo eterno, después de esta vida poseeré una bienaventuranza perfecta, «que ojo no vio, ni oído oyó, ni ha subido en corazón de hombre», para alabar en ella a Dios eternamente.

Pero ¿de qué te sirve ahora creer todo esto?

De que en Cristo soy justo delante de Dios y heredero de la vida eterna.

¿Cómo eres justo delante de Dios?

Solo por la fe verdadera en Jesucristo. De modo que, aunque mi conciencia me acuse de haber pecado gravemente contra todos los mandamientos de Dios y de no haber guardado nunca ninguno de ellos, y de estar todavía siempre inclinado a todo mal, sin embargo Dios, sin ningún mérito mío, por pura gracia, me da e imputa la perfecta satisfacción, justicia y santidad de Cristo, como si nunca hubiera cometido ni tenido pecado alguno, y como si yo mismo hubiera cumplido toda la obediencia que Cristo cumplió por mí, con tal que yo acepte este beneficio con corazón creyente.

¿Por qué dices que eres justo solo por la fe?

No porque yo agrade a Dios por la dignidad de mi fe, sino porque solo la satisfacción, la justicia y la santidad de Cristo son mi justicia delante de Dios, y yo no puedo recibirla ni hacerla mía de otro modo que solo por la fe.

Pero ¿por qué nuestras buenas obras no pueden ser la justicia delante de Dios, ni siquiera una parte de ella?

Porque la justicia que ha de sostenerse ante el tribunal de Dios tiene que ser enteramente perfecta y del todo conforme a la ley; pero aun nuestras mejores obras en esta vida son todas imperfectas y están manchadas de pecado.

¿No merecen nada nuestras buenas obras, siendo así que Dios quiere recompensarlas en esta vida y en la venidera?

Esta recompensa no se da por mérito, sino por gracia.

Pero ¿no hace esta doctrina a la gente descuidada e impía?

No, porque es imposible que los que han sido injertados en Cristo por la fe verdadera no den fruto de gratitud.

Puesto que solo la fe nos hace partícipes de Cristo y de todos sus beneficios, ¿de dónde viene esa fe?

El Espíritu Santo la obra en nuestros corazones por la predicación del santo evangelio, y la confirma por el uso de los santos sacramentos.

¿Qué son los sacramentos?

Son señales y sellos santos y visibles, instituidos por Dios para que, por su uso, nos haga entender mejor la promesa del evangelio y nos la selle: a saber, que por causa del único sacrificio de Cristo, consumado en la cruz, nos da por gracia el perdón de los pecados y la vida eterna.

¿Están, pues, ambas cosas, la Palabra y los sacramentos, destinadas a dirigir nuestra fe al sacrificio de Jesucristo en la cruz como al único fundamento de nuestra salvación?

Sí, ciertamente, porque el Espíritu Santo enseña en el evangelio, y confirma por los santos sacramentos, que toda nuestra salvación está en el único sacrificio de Cristo, ofrecido por nosotros en la cruz.

¿Cuántos sacramentos instituyó Cristo en el Nuevo Testamento?

Dos: el santo bautismo y la santa cena.

¿Cómo se te recuerda y asegura en el santo bautismo que el único sacrificio de Cristo en la cruz es para tu bien?

Así: Cristo instituyó este lavamiento exterior con agua, y junto con él prometió que con tanta certeza soy lavado con su sangre y su Espíritu de la impureza de mi alma, es decir, de todos mis pecados, como con certeza soy lavado exteriormente con el agua, que suele quitar la suciedad del cuerpo.

¿Qué significa ser lavado con la sangre y el Espíritu de Cristo?

Significa tener de Dios, por gracia, el perdón de los pecados, por causa de la sangre de Cristo, que él derramó por nosotros en su sacrificio en la cruz; y además ser renovado por el Espíritu Santo y santificado como miembro de Cristo, para que cada vez más muramos al pecado y andemos en una vida piadosa e irreprensible.

¿Dónde prometió Cristo que somos lavados con su sangre y su Espíritu con tanta certeza como con el agua del bautismo?

En la institución del bautismo, que dice así: «Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo». «El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado». Esta promesa se repite también donde la Escritura llama al bautismo el lavamiento de la regeneración y el lavamiento de los pecados.

¿Es, pues, el lavamiento exterior con agua el mismo lavamiento de los pecados?

No, porque solo la sangre de Jesucristo y el Espíritu Santo nos limpian de todo pecado.

¿Por qué, entonces, llama el Espíritu Santo al bautismo el lavamiento de la regeneración y el lavamiento de los pecados?

Dios no habla así sin gran causa: no solo quiere enseñarnos con ello que, así como la suciedad del cuerpo se quita con agua, así nuestros pecados son quitados por la sangre y el Espíritu de Cristo; sino, mucho más, quiere asegurarnos por esta prenda y señal divina que somos lavados espiritualmente de nuestros pecados tan verdaderamente como somos lavados con el agua corporal.

¿Se ha de bautizar también a los niños pequeños?

Sí, porque ellos, lo mismo que los adultos, pertenecen al pacto de Dios y a su iglesia, y a ellos, no menos que a los adultos, se les promete en la sangre de Cristo la redención del pecado y el Espíritu Santo, que obra la fe. Por eso también deben ser incorporados a la iglesia cristiana por el bautismo, como señal del pacto, y distinguidos de los hijos de los incrédulos, como se hacía en el Antiguo Testamento por la circuncisión, en cuyo lugar se ha instituido el bautismo en el Nuevo Testamento.

¿Cómo se te recuerda y asegura en la santa cena que tienes comunión con el único sacrificio de Cristo en la cruz y con todos sus bienes?

Así: Cristo me ha mandado a mí y a todos los creyentes comer de este pan partido y beber de esta copa en memoria de él, y junto con ello ha prometido: primero, que su cuerpo fue ofrecido y partido en la cruz por mí, y su sangre derramada por mí, con tanta certeza como veo con mis ojos que el pan del Señor es partido para mí y la copa me es dada; y segundo, que él mismo alimenta y da de beber a mi alma para la vida eterna con su cuerpo crucificado y su sangre derramada, con tanta certeza como recibo de mano del ministro y tomo corporalmente el pan y la copa del Señor, que me son dados como señales ciertas del cuerpo y la sangre de Cristo.

¿Qué significa comer el cuerpo crucificado de Cristo y beber su sangre derramada?

No significa solo aceptar con corazón creyente todo el padecimiento y la muerte de Cristo, y así obtener el perdón de los pecados y la vida eterna, sino también, además, ser unidos cada vez más a su bendito cuerpo por el Espíritu Santo, que habita a la vez en Cristo y en nosotros, de tal manera que, aunque él está en el cielo y nosotros en la tierra, somos sin embargo carne de su carne y hueso de sus huesos, y vivimos y somos gobernados eternamente por un solo Espíritu, como los miembros de nuestro cuerpo por una sola alma.

¿Dónde prometió Cristo que alimenta y da de beber a los creyentes con su cuerpo y su sangre con tanta certeza como comen de este pan partido y beben de esta copa?

En la institución de la santa cena, que dice así: «El Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan; y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí. Asimismo tomó también la copa, después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; haced esto todas las veces que la bebiereis, en memoria de mí. Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga».

Y esta promesa la repite también san Pablo, cuando dice: «La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo? Siendo uno solo el pan, nosotros, con ser muchos, somos un cuerpo; pues todos participamos de aquel mismo pan».

¿Se convierten, pues, el pan y el vino en el cuerpo y la sangre mismos de Cristo?

No, sino que, así como el agua del bautismo no se convierte en la sangre de Cristo ni es el lavamiento mismo de los pecados, de lo cual es solo una señal y seguridad divina, así tampoco el pan santo de la cena se convierte en el cuerpo mismo de Cristo, aunque, según la naturaleza y el uso de los sacramentos, se le llama el cuerpo de Cristo.

¿Por qué, entonces, llama Cristo al pan su cuerpo, y a la copa su sangre o el nuevo pacto en su sangre, y san Pablo, la comunión del cuerpo y la sangre de Jesucristo?

Cristo no habla así sin gran causa: no solo quiere enseñarnos con ello que, así como el pan y el vino sustentan la vida temporal, así también su cuerpo crucificado y su sangre derramada son la verdadera comida y bebida de nuestras almas para la vida eterna; sino, mucho más, quiere asegurarnos por esta señal y prenda visibles que, por obra del Espíritu Santo, participamos de su verdadero cuerpo y su verdadera sangre tan verdaderamente como recibimos con la boca del cuerpo estas santas señales en memoria de él, y que todo su padecimiento y su obediencia son tan ciertamente nuestros como si nosotros mismos, en nuestra propia persona, lo hubiéramos padecido y satisfecho todo.

¿Qué diferencia hay entre la cena del Señor y la misa papal?

La cena nos atestigua que tenemos pleno perdón de todos nuestros pecados por el único sacrificio de Jesucristo, que él mismo consumó una vez en la cruz; [y que por el Espíritu Santo somos incorporados a Cristo, que ahora está con su verdadero cuerpo en el cielo, a la diestra del Padre, y quiere ser adorado allí]. Pero la misa enseña que los vivos y los muertos no tienen el perdón de los pecados por el padecimiento de Cristo, a menos que Cristo sea ofrecido todavía cada día por ellos por los sacerdotes de la misa; [y que Cristo está corporalmente bajo la forma del pan y del vino, y por eso ha de ser adorado en ellos]. Y así la misa, en el fondo, no es otra cosa que una negación del único sacrificio y padecimiento de Jesucristo [y una idolatría maldita].

¿Quiénes deben acercarse a la mesa del Señor?

Los que se desagradan a sí mismos por sus pecados, y sin embargo confían en que estos les han sido perdonados y que la debilidad que aún les queda está cubierta por el padecimiento y la muerte de Cristo, y desean también fortalecer cada vez más su fe y enmendar su vida. Pero los impenitentes y los hipócritas comen y beben juicio para sí mismos.

¿Deben ser admitidos también a esta cena los que por su confesión y su vida se muestran incrédulos e impíos?

No, porque así se profana el pacto de Dios y se provoca su ira sobre toda la congregación. Por eso la iglesia cristiana está obligada, según el orden de Cristo y de sus apóstoles, a excluir a los tales por el oficio de las llaves hasta que enmienden su vida.

¿Qué es el oficio de las llaves?

La predicación del santo evangelio y la disciplina cristiana, por medio de las cuales el reino de los cielos se abre a los creyentes y se cierra a los incrédulos.

¿Cómo se abre y se cierra el reino de los cielos por la predicación del santo evangelio?

Así: según el mandato de Cristo, se anuncia y se testifica públicamente a todos los creyentes, y a cada uno de ellos, que, cada vez que aceptan con fe verdadera la promesa del evangelio, Dios les perdona verdaderamente todos sus pecados por causa del mérito de Cristo; y, por el contrario, a todos los incrédulos e hipócritas, que la ira de Dios y la condenación eterna pesan sobre ellos mientras no se conviertan. Conforme a este testimonio del evangelio, Dios juzgará tanto en esta vida como en la venidera.

¿Cómo se abre y se cierra el reino de los cielos por la disciplina cristiana?

Así: según el mandato de Cristo, los que bajo el nombre de cristianos llevan una doctrina o una vida no cristianas, después de haber sido amonestados fraternalmente varias veces, si no se apartan de sus errores o vicios, son denunciados a la iglesia o a los que la iglesia ha designado para ello; y si tampoco hacen caso de su amonestación, estos los excluyen de la congregación cristiana prohibiéndoles los santos sacramentos, y Dios mismo los excluye del reino de Cristo; y de nuevo son recibidos como miembros de Cristo y de la iglesia cuando prometen y muestran una verdadera enmienda.

Catecismo de Heidelberg, 1563 (dominio público). Traducción al español de Berea, hecha con IA a partir del texto alemán de la edición de Philip Schaff, The Creeds of Christendom (1877), texto de CCEL.