Confesión de fe de Westminster · Asamblea de Westminster
De la Santa Escritura
Aunque la luz de la naturaleza y las obras de la creación y de la providencia manifiestan la bondad, la sabiduría y el poder de Dios de tal manera que dejan a los hombres sin excusa, no son suficientes para dar aquel conocimiento de Dios y de su voluntad que es necesario para la salvación. Por eso agradó al Señor, en diversos tiempos y de diversas maneras, revelarse a sí mismo y declarar esa voluntad suya a su Iglesia; y después, para preservar y propagar mejor la verdad, y para establecer y consolar con mayor seguridad a la Iglesia contra la corrupción de la carne y la malicia de Satanás y del mundo, poner esa misma revelación enteramente por escrito. Esto hace que la Santa Escritura sea sumamente necesaria, puesto que han cesado ya aquellas maneras anteriores en que Dios revelaba su voluntad a su pueblo.
Bajo el nombre de Santa Escritura, o Palabra de Dios escrita, están contenidos ahora todos los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento, que son estos:
Del Antiguo Testamento: Génesis, Éxodo, Levítico, Números, Deuteronomio, Josué, Jueces, Rut, 1 Samuel, 2 Samuel, 1 Reyes, 2 Reyes, 1 Crónicas, 2 Crónicas, Esdras, Nehemías, Ester, Job, Salmos, Proverbios, Eclesiastés, Cantar de los Cantares, Isaías, Jeremías, Lamentaciones, Ezequiel, Daniel, Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahúm, Habacuc, Sofonías, Hageo, Zacarías, Malaquías.
Del Nuevo Testamento: los Evangelios según Mateo, Marcos, Lucas y Juan; los Hechos de los Apóstoles; las Epístolas de Pablo a los Romanos, 1 Corintios, 2 Corintios, Gálatas, Efesios, Filipenses, Colosenses, 1 Tesalonicenses, 2 Tesalonicenses, 1 Timoteo, 2 Timoteo, Tito y Filemón; la Epístola a los Hebreos; la Epístola de Santiago; la primera y la segunda Epístola de Pedro; la primera, la segunda y la tercera Epístola de Juan; la Epístola de Judas; el Apocalipsis de Juan.
Todos ellos son dados por inspiración de Dios para ser la regla de fe y de vida.
Los libros llamados comúnmente apócrifos, por no ser de inspiración divina, no forman parte del canon de la Escritura; y por lo tanto no tienen ninguna autoridad en la Iglesia de Dios, ni han de ser aprobados o usados de otra manera que otros escritos humanos.
La autoridad de la Santa Escritura, por la cual debe ser creída y obedecida, no depende del testimonio de ningún hombre ni de ninguna iglesia, sino enteramente de Dios (que es la verdad misma), su Autor; y por lo tanto ha de ser recibida, porque es la Palabra de Dios.
El testimonio de la Iglesia puede movernos e inducirnos a una alta y reverente estima de la Santa Escritura; y lo celestial de su contenido, la eficacia de su doctrina, la majestad de su estilo, el acuerdo de todas sus partes, el propósito del conjunto (que es dar toda la gloria a Dios), la plena manifestación que hace del único camino de salvación del hombre, sus muchas otras excelencias incomparables y su entera perfección son argumentos por los cuales ella demuestra abundantemente que es la Palabra de Dios. Sin embargo, nuestra plena persuasión y seguridad de su verdad infalible y de su autoridad divina proviene de la obra interior del Espíritu Santo, que da testimonio por medio de la Palabra y con ella en nuestros corazones.
Todo el consejo de Dios acerca de todas las cosas necesarias para su propia gloria y para la salvación, la fe y la vida del hombre, o está expresamente consignado en la Escritura, o puede deducirse de la Escritura por consecuencia buena y necesaria. A ella nada ha de añadirse en ningún tiempo, ya sea por nuevas revelaciones del Espíritu o por tradiciones de hombres. No obstante, reconocemos que la iluminación interior del Espíritu de Dios es necesaria para la comprensión salvadora de las cosas que están reveladas en la Palabra; y que hay algunas circunstancias acerca del culto a Dios y del gobierno de la Iglesia, comunes a las acciones y sociedades humanas, que han de ordenarse por la luz de la naturaleza y la prudencia cristiana, según las reglas generales de la Palabra, que siempre han de observarse.
No todas las cosas de la Escritura son igualmente claras en sí mismas, ni igualmente claras para todos; pero las cosas que es necesario conocer, creer y observar para la salvación están tan claramente propuestas y expuestas en uno u otro lugar de la Escritura que no solo los doctos, sino también los indoctos, haciendo el debido uso de los medios ordinarios, pueden alcanzar una comprensión suficiente de ellas.
El Antiguo Testamento en hebreo (que era la lengua materna del antiguo pueblo de Dios) y el Nuevo Testamento en griego (que en el tiempo en que fue escrito era la lengua más generalmente conocida por las naciones), por haber sido inspirados inmediatamente por Dios y guardados puros en todos los siglos por su singular cuidado y providencia, son por lo tanto auténticos; de modo que en toda controversia de religión la Iglesia ha de apelar a ellos en última instancia. Pero, como estas lenguas originales no son conocidas por todo el pueblo de Dios, que tiene derecho a las Escrituras e interés en ellas, y a quien se manda leerlas y escudriñarlas en el temor de Dios, por eso han de ser traducidas a la lengua común de cada nación a la que lleguen, para que, morando abundantemente en todos la Palabra de Dios, lo adoren de una manera aceptable y, por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengan esperanza.
La regla infalible de interpretación de la Escritura es la Escritura misma; y por lo tanto, cuando hay una cuestión acerca del sentido verdadero y pleno de cualquier Escritura (que no es múltiple, sino uno solo), debe ser buscado y conocido por otros lugares que hablen con más claridad.
El Juez supremo por el cual han de decidirse todas las controversias de religión, y han de examinarse todos los decretos de concilios, opiniones de escritores antiguos, doctrinas de hombres y espíritus particulares, y en cuya sentencia hemos de descansar, no puede ser otro que el Espíritu Santo que habla en la Escritura.
Asamblea de Westminster, 1647 (dominio público). Traducción al español de Berea, hecha con IA a partir del texto inglés de la edición de Philip Schaff, The Creeds of Christendom (1877), texto de CCEL.