Argumentos y prefacios a los libros de la Biblia · Juan Calvino
Nuevo Testamento
Romanos
Argumento
En cuanto a la excelencia de esta Epístola, no sé si convendría que me detuviera mucho en el tema; pues temo que, quedando mis recomendaciones muy por debajo de lo que deberían ser, no haga sino oscurecer sus méritos; además, la Epístola misma, desde su comienzo, se explica a sí misma de manera mucho mejor que lo que pueden hacer las palabras que yo use. Será entonces mejor que pase al Argumento, o contenido de la Epístola; y de ahí aparecerá fuera de toda controversia que, además de otras excelencias, y notables, puede decirse con verdad de ella —y es algo que nunca podrá apreciarse lo bastante— que cuando alguien llega a conocer esta Epístola, se le abre la entrada a todos los tesoros más escondidos de la Escritura.
Toda la Epístola es tan metódica que incluso su mismo comienzo está compuesto según las reglas del arte. Así como se advierte el artificio en muchas partes, que serán notadas a medida que avancemos, así también, y especialmente, en la manera en que se deduce el argumento principal: pues habiendo comenzado con la prueba de su apostolado, llega luego al Evangelio con el fin de recomendarlo; y como esto trae consigo necesariamente el tema de la fe, se desliza hacia él, llevado por la cadena de las palabras como de la mano; y así entra en el tema principal de toda la Epístola, la justificación por la fe, en cuyo tratamiento se ocupa hasta el final del capítulo quinto.
El tema de estos capítulos puede enunciarse, pues, así: — la única justicia del hombre es por la misericordia de Dios en Cristo, la cual, ofrecida por el Evangelio, es aprehendida por la fe.
Pero como los hombres duermen en sus pecados y se halagan y engañan con una falsa noción acerca de la justicia, de modo que piensan que no necesitan la justicia de la fe a menos que sean abatidos de toda confianza en sí mismos —y, además, como están embriagados con la dulzura de las concupiscencias y hundidos en una profunda seguridad propia, de modo que no se despiertan fácilmente a buscar la justicia a menos que sean derribados por el terror del juicio divino—, el apóstol procede a hacer dos cosas: convencer a los hombres de iniquidad y sacudir el letargo de aquellos a quienes demuestra culpables.
Primero condena a todo el género humano desde el principio del mundo por ingratitud, porque no reconocieron al artífice en su extraordinaria obra; más aún, cuando se vieron obligados a reconocerlo, no honraron debidamente su majestad, sino que en su vanidad la profanaron y deshonraron. Así todos se hicieron culpables de impiedad, una maldad más detestable que cualquier otra. Y para mostrar con más claridad que todos se habían apartado del Señor, enumera los crímenes inmundos y horribles de que los hombres se hicieron culpables en todas partes; y esta es una prueba manifiesta de que habían degenerado de Dios, pues estos pecados son testimonios de la ira divina, que no aparecen sino en los impíos. Y como los judíos y algunos de los gentiles, mientras cubrían su depravación interior con el velo de una santidad exterior, parecían no ser en modo alguno culpables de tales crímenes, y por eso se creían exentos de la sentencia común de condenación, el apóstol dirige su discurso contra esta santidad fingida; y como esta máscara ante los hombres no puede quitarse a los santurrones (sanctulis: santitos), los cita ante el tribunal de Dios, a cuyos ojos no puede escapar ningún mal oculto. Habiendo dividido después su asunto, coloca por separado, ante el tribunal de Dios, tanto a los judíos como a los gentiles. A los gentiles les quita la excusa que alegaban por su ignorancia, porque la conciencia era para ellos una ley, y por ella quedaban abundantemente convictos como culpables. A los judíos les urge principalmente aquello de lo cual tomaban su defensa, es decir, la ley escrita; y como se probó que la habían transgredido, no podían librarse de la acusación de iniquidad, y ya había sido pronunciada contra ellos sentencia por la boca del mismo Dios. Al mismo tiempo previene cualquier objeción que pudieran haber hecho: que el pacto de Dios, que era el símbolo de la santidad, habría sido violado si no se los distinguía de los demás. Aquí muestra primero que no aventajaban a los demás por derecho del pacto, pues por su infidelidad se habían apartado de él; y luego, para no rebajar la perpetuidad de la promesa divina, les concede algún privilegio como derivado del pacto; pero procedía de la misericordia de Dios y no de sus méritos. De modo que, en cuanto a sus propias cualidades, estaban al mismo nivel que los gentiles. Prueba después, por la autoridad de la Escritura, que tanto judíos como gentiles eran todos pecadores; y alude también brevemente al uso de la ley.
Habiendo privado por completo a todo el género humano de su confianza en su propia virtud y de su jactancia de justicia, y habiéndolo postrado por la severidad del juicio de Dios, vuelve a lo que antes había propuesto como su tema: que somos justificados por la fe; y explica qué es la fe y cómo alcanzamos por ella la justicia de Cristo. A esto añade, al final del capítulo tercero, una notable conclusión, con el fin de abatir la fiereza del orgullo humano, para que no se atreva a levantarse contra la gracia de Dios; y para que los judíos no limiten un favor tan grande de Dios a su propia nación, lo reclama también, de paso, en favor de los gentiles.
En el capítulo cuarto razona a partir de un ejemplo, que presenta como evidente y por eso no sujeto a objeciones capciosas: el de Abraham, quien, siendo el padre de los fieles, debe ser tenido por modelo y como un ejemplo universal. Habiendo probado, pues, que fue justificado por la fe, el apóstol nos enseña que no debemos sostener ningún otro camino de justificación. Y aquí muestra que, por la regla de los contrarios, se sigue que la justicia de las obras deja de existir, puesto que se introduce la justicia de la fe. Y lo confirma con la declaración de David, quien, al hacer depender la bienaventuranza del hombre de la misericordia de Dios, se la quita a las obras, por ser incapaces de hacer bienaventurado al hombre. Trata luego más ampliamente lo que antes había mencionado brevemente: que los judíos no tenían motivo para ensalzarse sobre los gentiles, pues esta felicidad es igualmente común a ambos, ya que la Escritura declara que Abraham obtuvo esta justicia siendo incircunciso; y aquí aprovecha la ocasión para añadir algunas observaciones sobre el uso de la circuncisión. Agrega después que la promesa de salvación depende solo de la bondad de Dios: pues si dependiera de la ley, no podría traer paz a las conciencias, que es lo que debe confirmar, ni podría alcanzar su propio cumplimiento. Por tanto, para que sea firme y cierta, al abrazarla debemos mirar solo a la verdad de Dios, y no a nosotros mismos, y seguir el ejemplo de Abraham, quien, apartándose de sí mismo, miró solo al poder de Dios. Al final del capítulo, para hacer una aplicación más general del ejemplo aducido, introduce varias comparaciones.
En el capítulo quinto, después de haber tocado el fruto y los efectos de la justicia de la fe, se ocupa casi por completo de ilustraciones, para aclarar más el punto. Pues, deduciendo un argumento de lo mayor, muestra cuánto debemos esperar de su amor nosotros, que hemos sido redimidos y reconciliados con Dios; amor que fue derramado tan abundantemente hacia nosotros, cuando éramos pecadores y estábamos perdidos, que dio por nosotros a su Hijo unigénito y amado. Hace después comparaciones entre el pecado y la justicia gratuita, entre Cristo y Adán, entre la muerte y la vida, entre la ley y la gracia: de ahí aparece que nuestros males, por vastos que sean, son tragados por la misericordia infinita de Dios.
Pasa en el capítulo sexto a mencionar la santificación que obtenemos en Cristo. Es ciertamente natural en nuestra carne, en cuanto ha tenido algún ligero conocimiento de la gracia, entregarse tranquilamente a sus propios vicios y concupiscencias, como si se hubiera librado de todo peligro; pero Pablo sostiene aquí, al contrario, que no podemos participar de la justicia de Cristo si no echamos mano también de la santificación. Razona a partir del bautismo, por el cual somos iniciados en la participación de Cristo (per quem in Christi participationem initiamur); y en él somos sepultados juntamente con Cristo, para que, muertos en nosotros mismos, seamos levantados por su vida a una vida nueva. Se sigue entonces que, sin regeneración, nadie puede revestirse de su justicia. De ahí deduce exhortaciones a la pureza y santidad de vida, que necesariamente deben aparecer en quienes han sido trasladados del reino del pecado al reino de la justicia, quedando desechada la licencia pecaminosa de la carne, que busca en Cristo una mayor libertad para pecar. Hace también una breve mención de la ley como abrogada; y en la abrogación de esta resplandece de manera eminente el Nuevo Testamento; pues junto con la remisión de los pecados contiene la promesa del Espíritu Santo.
En el capítulo séptimo entra en una discusión completa sobre el uso de la ley, que había señalado antes como con el dedo, mientras tenía entre manos otro asunto: da la razón por la cual somos librados de la ley, y es que sirve solo para condenación. Para no exponer, sin embargo, la ley al oprobio, la libra en los términos más fuertes de toda imputación de este tipo; pues muestra que por culpa nuestra la ley, que fue dada para vida, resulta ocasión de muerte. Explica también cómo el pecado es aumentado por ella. Procede luego a describir el combate entre el Espíritu y la carne que los hijos de Dios hallan en sí mismos mientras están rodeados por la prisión de un cuerpo mortal; pues llevan consigo los restos de la concupiscencia, por los cuales se ven continuamente impedidos de rendir una plena obediencia a la ley.
El capítulo octavo contiene abundancia de consuelos, para que las conciencias de los fieles, habiendo oído hablar de la desobediencia que antes había probado, o más bien de la obediencia imperfecta, no se aterren ni se abatan. Pero para que los impíos no se halaguen de ahí, testifica primero que este privilegio no pertenece sino a los regenerados, en quienes el Espíritu de Dios vive y prevalece. Despliega entonces dos cosas: que todos los que han sido plantados por el Espíritu en el Señor Jesucristo están fuera del peligro o de la posibilidad de condenación, por mucho que todavía estén cargados de pecados; y también que todos los que permanecen en la carne, sin la santificación del Espíritu, no participan de ningún modo de este gran beneficio. Explica después cuán grande es la certeza de nuestra confianza, puesto que el Espíritu de Dios, con su propio testimonio, ahuyenta todas las dudas y temores. Muestra además, para adelantarse a las objeciones, que la certeza de la vida eterna no puede ser interceptada ni perturbada por los males presentes a que estamos sujetos en esta vida; sino que, al contrario, nuestra salvación es promovida por tales pruebas, y que el valor de ella, comparado con nuestras miserias presentes, las reduce a nada. Lo confirma con el ejemplo de Cristo, quien, siendo el primogénito y teniendo el más alto lugar en la familia de Dios, es el modelo al cual todos debemos ser conformados. Y, por último, como si todo estuviera asegurado, concluye en un tono de lo más exultante y triunfa con audacia sobre todo el poder y las artimañas de Satanás.
Pero como muchos se turbaban al ver que los judíos, los primeros guardianes y herederos del pacto, rechazaban a Cristo, pues de ahí concluían que, o bien el pacto había sido transferido de la posteridad de Abraham, que despreciaba el cumplimiento del pacto, o bien que aquel que no había provisto mejor para el pueblo de Israel no era el Redentor prometido, él responde a esta objeción al comienzo del capítulo noveno. Habiendo hablado, pues, de su amor hacia su propia nación, para no parecer que hablaba por odio, y habiendo mencionado también debidamente aquellos privilegios en que aventajaban a los demás, se desliza suavemente al punto que tenía a la vista, es decir, quitar el escándalo que surgía de su propia ceguera. Y divide a los hijos de Abraham en dos clases, para mostrar que no todos los que descienden de él según la carne han de contarse por simiente y llegar a ser partícipes de la gracia del pacto; sino que, al contrario, los extraños llegan a ser sus hijos cuando poseen su fe. Presenta a Jacob y Esaú como ejemplos. Nos remite luego aquí a la elección de Dios, de la cual depende necesariamente todo el asunto. Además, como la elección descansa solo en la misericordia de Dios, es en vano buscar su causa en la dignidad del hombre. Existe, por otra parte, el rechazo (rejectio), cuya justicia es indudable y que, sin embargo, no tiene causa más alta que la voluntad de Dios. Cerca del final del capítulo expone el llamamiento de los gentiles y el rechazo de los judíos, probados por las predicciones de los profetas.
Habiendo comenzado de nuevo, en el capítulo décimo, por testificar su amor hacia los judíos, declara que una vana confianza en sus propias obras fue la causa de su ruina; y para que no pretextaran la ley, previene su objeción y dice que somos llevados, incluso por la ley misma, como de la mano, a la justicia de la fe. Añade que esta justicia es ofrecida, por la generosa bondad de Dios, indistintamente a todas las naciones, pero que solo la aprehenden aquellos a quienes el Señor ilumina por favor especial. Y afirma que más de los gentiles que de los judíos obtendrían este beneficio, como lo predijeron tanto Moisés como Isaías: el uno profetizando claramente el llamamiento de los gentiles, y el otro el endurecimiento de los judíos.
Quedaba aún la pregunta: «¿No hay diferencia entre la simiente de Abraham y las demás naciones según el pacto de Dios?». Al proceder a responderla, nos recuerda primero que la obra de Dios no ha de limitarse a lo que ven nuestros ojos, puesto que los elegidos a menudo escapan a nuestra observación; pues Elías se equivocó en otro tiempo cuando pensó que la religión se había extinguido por completo entre los israelitas, cuando aún quedaban siete mil; y, además, que no debemos perturbarnos por el número de los incrédulos que, como vemos, aborrecen el evangelio. Alega finalmente que el pacto de Dios continúa incluso hasta la posteridad de Abraham según la carne, pero solo para aquellos a quienes el Señor ha predestinado por una elección libre. Se vuelve luego a los gentiles y les habla, para que no se vuelvan insolentes a causa de su adopción ni se alcen sobre los judíos como rechazados, puesto que en nada los superan sino en el favor gratuito del Señor, que debería hacerlos más humildes; y que este favor no se ha apartado del todo de la simiente de Abraham, pues los judíos habían de ser al fin provocados a emulación por la fe de los gentiles, de modo que Dios reuniría a todo Israel para sí.
Los tres capítulos siguientes son exhortatorios, pero varían en su contenido. El capítulo duodécimo contiene preceptos generales sobre la vida cristiana. El decimotercero trata, en su mayor parte, de la autoridad de los magistrados. De ahí podemos inferir sin duda que entonces había algunas personas indisciplinadas que pensaban que la libertad cristiana no podía existir sin trastornar el poder civil. Pero para que Pablo no pareciera imponer a la Iglesia otros deberes que los del amor, declara que esta obediencia está incluida en lo que el amor exige. Añade después aquellos preceptos, que había mencionado antes, para guía de nuestra conducta. En el capítulo siguiente da una exhortación especialmente necesaria en aquella época: pues así como había quienes por obstinada superstición insistían en la observancia de los ritos mosaicos y no podían soportar su descuido sin escandalizarse gravísimamente, había otros que, convencidos de su abrogación y ansiosos de derribar la superstición, mostraban a propósito su desprecio por tales cosas. Ambos partidos ofendían por ser demasiado destemplados; pues los supersticiosos condenaban a los otros como despreciadores de la ley de Dios; y estos, a su vez, ridiculizaban sin razón la sencillez de aquellos. Por eso el apóstol recomienda a ambos una moderación conveniente, apartando a los unos de la altivez y el insulto, y a los otros de un excesivo mal humor; y prescribe también la mejor manera de ejercer la libertad cristiana, manteniéndola dentro de los límites del amor y de la edificación; y provee fielmente para los débiles, a la vez que les prohíbe hacer cosa alguna contra la conciencia.
El capítulo decimoquinto comienza con una repetición del argumento general, como conclusión de todo el asunto: que los fuertes deben usar su fortaleza en esfuerzos por confirmar a los débiles. Y como había una discordia perpetua, en cuanto a las ceremonias mosaicas, entre los judíos y los gentiles, apacigua toda emulación entre ellos quitando la causa de la contienda; pues muestra que la salvación de ambos descansaba solo en la misericordia de Dios; apoyándose en ella, debían dejar de lado todo pensamiento altivo de sí mismos y, unidos así en la esperanza de la misma herencia, debían abrazarse mutuamente. Y, ansioso por último de desviarse con el fin de recomendar su propio apostolado, que aseguraba no poca autoridad a su doctrina, aprovecha la ocasión para defenderse y para excusar la presunción de haber asumido con tanta confianza entre ellos el oficio de maestro. Les da además alguna esperanza de su llegada a ellos, que había mencionado al comienzo pero que hasta entonces había esperado y procurado en vano; y expone la razón que entonces se lo impedía, y era que las iglesias de Macedonia y de Acaya le habían encomendado el cuidado de llevar a Jerusalén las ofrendas que habían dado para aliviar las necesidades de los fieles de aquella ciudad.
El último capítulo está ocupado casi por completo con saludos, aunque salpicado de algunos preceptos dignos de toda atención; y concluye con una notable oración.
Juan Calvino, Comentarios (1540–1564; trad. inglesa de la Calvin Translation Society, 1843–1855; dominio público, texto de CCEL). Traducción al español de Berea, hecha con IA.