Institución de la religión cristiana · Juan Calvino
El conocimiento de Dios en cuanto Creador y supremo Gobernador de todo el mundo
El conocimiento de Dios y el de nosotros mismos están unidos, y cómo se relacionan entre sí
Casi toda la suma de nuestra sabiduría —la que de verdad merece llamarse sabiduría verdadera y sólida— consiste en dos cosas: el conocimiento que el ser humano debe tener de Dios y el que debe tener de sí mismo. Pero como estos dos conocimientos están tan trabados y encadenados entre sí, no es fácil distinguir cuál precede al otro ni cuál produce al otro. En primer lugar, nadie puede mirarse a sí mismo sin que enseguida dirija su mente a considerar a Dios, en quien vive y se mueve; porque nadie duda de que los dones en que consiste toda nuestra dignidad no son nuestros en absoluto. Más aún: el mismo ser que tenemos, lo que somos, no es otra cosa que subsistir en el único Dios. Además, estos bienes que gota a gota caen sobre nosotros desde el cielo nos llevan, como los arroyos, hasta la fuente. Asimismo, nuestra pobreza pone mucho más de relieve la inmensidad de bienes que hay en Dios. Y sobre todo, esta miserable caída, en la que caímos por la transgresión del primer hombre, nos obliga a levantar los ojos, no solo para pedir desde nuestra necesidad y nuestra hambre lo que nos falta, sino también para que, despertados por el temor, aprendamos humildad. Porque, como en el ser humano hay un mundo entero de miserias desde que fuimos despojados de los adornos del cielo, nuestra desnudez deja ver, para gran vergüenza nuestra, una infinidad de afrentas; y así es imposible que cada uno no sienta en su conciencia su propia desdicha, y alcance por lo menos algún conocimiento de Dios. De este modo, al sentir nuestra ignorancia, vanidad, pobreza, debilidad, y en fin nuestra propia perversidad y corrupción, reconocemos que solo en Dios hay verdadera luz de sabiduría, firme virtud, perfecta abundancia de todos los bienes y pureza de justicia. Así, nuestras miserias nos mueven a considerar los tesoros que hay en Dios. Y no podemos anhelarlo de veras hasta que empezamos a estar descontentos de nosotros mismos. Porque ¿quién no descansa satisfecho en sí mismo? ¿Y quién no descansa así mientras no se conoce, es decir, mientras está contento con los dones que ve en sí, ignorando u olvidando su miseria? Por eso el conocimiento de nosotros mismos no solo nos aguijonea para que busquemos a Dios, sino que nos lleva como de la mano para encontrarlo.
Por otra parte, es evidente que nadie llega jamás al verdadero conocimiento de sí mismo si primero no contempla el rostro de Dios y, después de haberlo contemplado, desciende a considerarse a sí mismo. Porque, como el orgullo y la soberbia están arraigados en nosotros, siempre nos tenemos por justos, íntegros, sabios y santos, mientras pruebas evidentes no nos convenzan de nuestra injusticia, fealdad, necedad e impureza. Y no nos convencemos si solo nos miramos a nosotros y no a Dios, que es la única regla con la que se debe ordenar y medir este juicio. Como todos somos por naturaleza inclinados a la hipocresía, cualquier vana apariencia de justicia nos deja tan satisfechos como si fuera la justicia misma. Y como a nuestro alrededor no hay nada que no esté manchado de gran suciedad, lo que no está tan sucio nos parece limpísimo mientras encerramos el entendimiento dentro de los límites de la impureza del mundo; igual que el ojo que no tiene delante otro color que el negro tiene por blanquísimo lo que apenas es blanquecino, o incluso moreno. Los sentidos del cuerpo nos permiten ver todavía más de cerca cuánto nos engañamos al juzgar las capacidades del alma. Si a mediodía miramos al suelo o a las cosas que nos rodean, nos parece que tenemos la mejor vista del mundo; pero cuando alzamos los ojos al sol y lo miramos fijamente, aquella agudeza con que veíamos tan claramente las cosas de abajo queda tan ofuscada y confundida por el gran resplandor, que nos vemos obligados a confesar que aquella agudeza con que mirábamos las cosas terrenas no es más que pura torpeza cuando se trata de mirar al sol. Lo mismo sucede al considerar las cosas espirituales. Mientras no miramos más que lo terreno, satisfechos con nuestra propia justicia, sabiduría y poder, estamos muy ufanos y nos tenemos en tanto que casi nos creemos semidioses. Pero en cuanto empezamos a poner el pensamiento en Dios, a considerar cómo es Él y cuán perfecta es su justicia, sabiduría y poder —la regla a la que debemos conformarnos—, lo que antes, bajo una falsa apariencia de justicia, tanto nos agradaba, lo aborreceremos como una gran maldad; lo que con título de sabiduría nos engañaba, nos parecerá una necedad extrema; y lo que parecía poder resultará ser una miserable debilidad. Así, lo que en nosotros parece más perfecto no se acerca en absoluto a la perfección divina ni tiene nada que ver con ella.
De aquí procede aquel horror y espanto que, como la Escritura menciona muchas veces, sentían los santos cada vez que percibían la presencia de Dios. Vemos que, mientras Dios parecía lejos, se sentían fuertes y valientes; pero en cuanto Dios mostraba su gloria, temblaban y temían, como si ya estuvieran muertos y acabados. De aquí se debe concluir que el ser humano nunca siente de verdad su bajeza hasta que se compara con la majestad de Dios. Tenemos muchísimos ejemplos de este desfallecimiento y espanto tanto en los Jueces como en los Profetas, de modo que en el pueblo de Dios era muy frecuente decir: «Ciertamente moriremos, porque a Dios hemos visto» (Jue 13:22; Is 6:5; Ez 2:1, y en otros lugares). Por eso, la historia de Job, para humillar a los hombres con la conciencia de su propia necedad, impotencia e impureza, toma siempre su argumento principal de la descripción de la sabiduría, el poder y la pureza de Dios. Y no sin razón. Vemos que Abraham, cuanto más se acercaba a contemplar la gloria de Dios, mejor se reconocía como polvo y ceniza (Gn 18:27); y que Elías se cubre el rostro porque no puede soportar su vista (1 R 19:13): tan grande era el espanto que su visión causaba a los santos. ¿Qué hará, entonces, el ser humano, que no es sino podredumbre y hedor, si los mismos querubines se ven obligados a cubrirse el rostro de espanto? Esto es lo que dice el profeta Isaías: que el sol se avergonzará y la luna se confundirá cuando reine el Señor de los ejércitos (Is 24:23); es decir, cuando muestre su claridad y la haga resplandecer más de cerca, lo más brillante del mundo quedará a su lado oscurecido por tinieblas (Is 2:10, 19). Sin embargo, aunque entre el conocimiento de Dios y el de nosotros mismos hay una gran unión y trabazón, el buen orden de la enseñanza pide que tratemos primero del conocimiento que debemos tener de Dios, y después del que debemos tener de nosotros mismos.
Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.