Institución de la religión cristiana · Juan Calvino
El conocimiento de Dios en cuanto Creador y supremo Gobernador de todo el mundo
Qué es conocer a Dios y para qué nos sirve este conocimiento
Entiendo, pues, por conocimiento de Dios aquel por el cual no solo sabemos que existe algún Dios, sino que además comprendemos lo que nos conviene saber de él, lo que sirve para su gloria y, en suma, lo que es necesario. Porque, hablando con propiedad, no diremos que Dios es conocido donde no hay religión ni piedad. Y aquí todavía no me refiero al conocimiento particular por el cual los hombres, perdidos y malditos en sí mismos, son llevados a Dios para tenerlo por Redentor en el nombre de Jesucristo, nuestro Mediador; hablo solo de aquel primer y simple conocimiento al que nos guiaría el perfecto orden de la naturaleza, si Adán hubiera permanecido en su integridad. Porque, aunque en esta ruina y desolación del género humano nadie sentirá jamás que Dios le es Padre, o Salvador, o en algún modo favorable, hasta que Cristo, hecho Mediador para aplacarlo, se nos ofrezca, con todo, una cosa es sentir que Dios, nuestro Creador, nos sostiene con su poder, nos gobierna con su providencia, nos mantiene por su bondad y no deja de hacernos grandes beneficios, y otra muy distinta es abrazar la gracia de la reconciliación que se nos propone y presenta en Cristo. Así pues, como el Señor se da a conocer primero simplemente como Creador, tanto por la estructura del mundo como por la enseñanza general de la Escritura, y después se muestra como Redentor en la persona de Jesucristo, de aquí nacen dos maneras de conocerlo: la primera se tratará aquí, y la otra después, en su orden. Aunque nuestro entendimiento no puede concebir a Dios sin querer enseguida honrarlo con algún culto y servicio, no bastará entender de manera confusa que hay un Dios, el único que debe ser honrado y adorado; es necesario también que estemos resueltos y persuadidos de que el Dios que adoramos es la fuente de todos los bienes, para que no busquemos nada fuera de él. Lo que quiero decir es esto: no solo que, habiendo creado una vez el mundo, lo sostiene con su poder inmenso, lo gobierna con su sabiduría, lo conserva con su bondad y, sobre todo, cuida de regir al género humano con justicia y equidad, lo soporta con misericordia y lo defiende con su protección; sino que también es necesario que creamos que fuera de él no se hallará en ningún otro una sola gota de sabiduría, luz, justicia, poder, rectitud ni verdad perfecta. Así, puesto que todas estas cosas proceden de él y él es la única causa de todas ellas, aprenderemos a esperarlas y pedírselas a él, y a darle gracias por ellas. Porque este sentimiento de las misericordias de Dios es el verdadero maestro del que nace la religión. Llamo piedad a una reverencia unida al amor de Dios, que produce el conocimiento de Dios. Porque mientras los hombres no tengan grabado en el corazón que deben a Dios todo lo que son, que los sostiene el cuidado paternal que tiene de ellos, que él es el autor de todos los bienes, de modo que nada se debe buscar fuera de él, nunca se someterán a él de corazón ni con deseo de servirle. Más aún: si no ponen en él toda su felicidad, nunca se acercarán a él de veras y con todo su corazón.
Por eso, los que se empeñan en discutir qué es Dios se alimentan de vanas especulaciones, porque lo que más nos importa es saber cómo es él y qué conviene a su naturaleza. Porque ¿de qué sirve confesar, como Epicuro, que hay algún Dios que, desentendido del cuidado del mundo, vive en gran quietud y placer? ¿Y de qué sirve conocer a un Dios con quien no tuviéramos nada que ver? Al contrario, el conocimiento que tenemos de él debe, primero, instruirnos en su temor y reverencia, y después enseñarnos y llevarnos a buscar en él todos los bienes y a darle gracias por ellos. Porque ¿cómo podremos pensar en Dios sin pensar a la vez que, puesto que somos obra de sus manos, estamos sujetos y sometidos a su autoridad por derecho natural y de creación? ¿Que le debemos nuestra vida? ¿Que todo lo que emprendemos y hacemos debemos referirlo a él? Si esto es así, se sigue ciertamente que nuestra vida es miserablemente corrupta si no la ordenamos a su servicio, pues su voluntad debe ser para nosotros regla y ley de vida. Por otra parte, es imposible ver a Dios con claridad sin reconocerlo como fuente y manantial de todos los bienes. Esto nos movería a acercarnos a él y a poner en él toda nuestra confianza, si nuestra maldad natural no apartara nuestro entendimiento de buscar lo que es bueno. En primer lugar, un alma temerosa de Dios no se imagina un dios cualquiera, sino que pone los ojos solamente en aquel que es el único y verdadero Dios; además, no se lo figura como se le antoja, sino que se contenta con tenerlo tal como él se le ha manifestado, y con muchísimo cuidado se guarda siempre de salirse temerariamente de la voluntad de Dios, vagando de acá para allá. Habiendo conocido así a Dios, como entiende que él lo gobierna todo, confía en estar bajo su amparo y protección, y así se pone del todo bajo su cuidado. Como entiende que él es el autor de todo bien, si algo la aflige o le falta, enseguida se refugia en él, esperando su amparo. Como está persuadida de que él es bueno y misericordioso, descansa en él con una confianza segurísima y no duda de que en su clemencia siempre hay un remedio preparado para todas sus aflicciones y necesidades. Como lo reconoce por Señor y Padre, considera muy justo tenerlo por Señor absoluto de todas las cosas, rendir a su majestad la reverencia debida, procurar que su gloria avance y obedecer sus mandamientos. Como ve que él es juez justo y que está armado de severidad para castigar a los malhechores, tiene siempre delante de los ojos su tribunal, y el temor que le tiene la detiene y refrena para no provocar su ira. Con todo, no se espanta de su juicio de tal manera que quiera escabullirse de él, si tuviera por dónde; al contrario, lo acepta de tan buena gana como castigador de los malos que como bienhechor de los buenos, pues entiende que a la gloria de Dios no le corresponde menos dar a los impíos y perversos el castigo que merecen que dar a los justos el premio de la vida eterna. Además, no se abstiene de pecar por temor al castigo, sino porque ama y reverencia a Dios como Padre, lo estima y lo honra como Señor; y aunque no hubiera infierno alguno, le horrorizaría ofenderlo. Esta es la religión pura y verdadera: la fe unida a un verdadero temor de Dios, de modo que el temor encierre una reverencia voluntaria y traiga consigo un culto como el que le corresponde y como el mismo Dios ha mandado en su Ley. Y esto se debe notar con tanto mayor cuidado cuanto que todos, sin distinción, honran a Dios, pero muy pocos lo temen: a cada paso se hace una gran exhibición exterior, pero en muy pocos hay la sinceridad de corazón que se requiere.
Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.