Institución de la religión cristiana · Juan Calvino
El conocimiento de Dios en cuanto Creador y supremo Gobernador de todo el mundo
El conocimiento de Dios está arraigado por naturaleza en el entendimiento humano
Afirmamos sin discusión alguna que los hombres tienen en sí un cierto sentimiento de la divinidad, y esto por un instinto natural. Porque, para que nadie se excusara con pretexto de ignorancia, Dios mismo imprimió en todos un cierto conocimiento de su divinidad, cuyo recuerdo renueva continuamente, destilando a cada paso nuevas gotas; de modo que, entendiendo todos, desde el más pequeño hasta el mayor, que hay un Dios y que él es su Creador, sean condenados por su propio testimonio por no haberlo honrado ni haber consagrado y dedicado su vida a obedecerle. Ciertamente, si se buscara en alguna parte ignorancia de Dios, lo más probable es que en ningún lugar se hallaría ejemplo más adecuado que entre los pueblos bárbaros, que casi no saben qué es la humanidad. Pero, como dice Cicerón, que era pagano, no hay nación tan bárbara ni pueblo tan brutal y salvaje que no tenga arraigada esta convicción: que hay un Dios. Y aun los que en todo lo demás parecen no diferenciarse casi de las bestias conservan siempre una cierta semilla de religión. En esto se ve cuán hondo ha penetrado esta idea en el corazón de los hombres y cuán de raíz se ha arraigado en sus entrañas. Así pues, ya que desde el principio del mundo no ha habido región, ni ciudad, ni familia que haya podido pasarse sin religión, se ve que todo el género humano confiesa tácitamente que hay un sentimiento de Dios grabado en el corazón de los hombres. Más aún, la misma idolatría da testimonio más que suficiente de ello. Porque bien sabemos cuánto le cuesta al hombre rebajarse para ensalzar y estimar a otras criaturas más que a sí mismo. Por eso, cuando prefiere adorar un pedazo de madera o de piedra antes que ser tenido por hombre sin un Dios a quien adorar, se ve claramente que esta impresión tiene una fuerza y un vigor admirables, pues de ningún modo puede borrarse del entendimiento humano; tanto, que es más fácil doblegar toda la inclinación de su naturaleza que pasarse sin religión. Y de hecho se doblega, cuando el hombre, altivo y soberbio por naturaleza, pierde sus bríos y se rebaja voluntariamente ante cosas vilísimas para rendir así culto a Dios.
Por eso es completamente vano lo que algunos dicen: que la religión fue inventada por la astucia y la sutileza de ciertos hombres ingeniosos para mantener a raya al pueblo sencillo y hacerle cumplir su deber, siendo así —dicen ellos— que los mismos que enseñaban a los demás a servir a Dios eran los que menos creían que hubiera Dios alguno. Confieso, es verdad, que muchísimos hombres astutos e ingeniosos han inventado muchas cosas en la religión para entretener al pueblo en la devoción y atemorizarlo, a fin de tenerlo más obediente; pero nunca lo habrían logrado si el entendimiento humano no estuviera ya firmemente persuadido de que había un Dios, y esa persuasión era la semilla que los inclinaba a la religión. Tampoco es creíble que quienes con astucia engañaban a los ignorantes y sencillos con pretexto de religión carecieran ellos mismos por completo de ella, sin tener siquiera algún atisbo de religión. Porque, aunque antiguamente se levantaron algunos, y aun hoy se levantan no pocos, que niegan que haya Dios, a pesar suyo, quieran o no, sienten lo que no querrían saber. De nadie se lee en las historias que se haya desbocado tanto ni haya hablado contra Dios con tanta desvergüenza como el emperador Cayo Calígula; y sin embargo leemos que nadie tuvo mayor temor y espanto que él cada vez que se mostraba alguna señal de la ira de Dios. Así, a despecho suyo, se veía forzado a temer a Dios, a quien con todo su empeño procuraba despreciar. Lo mismo vemos que les sucede a todos los que se le parecen. Porque cuanto más se atreve cualquiera de ellos a burlarse de Dios, tanto más temblará aun con el ruido de la hoja que cae del árbol. ¿De dónde viene esto, sino del castigo que la majestad de Dios toma de ellos, que les atormenta la conciencia tanto más cuanto más procuran huir de él? Es verdad que todos buscan escondrijos donde ocultarse de la presencia de Dios, y así procuran borrarla otra vez de su corazón; pero, mal que les pese, no pueden escabullirse. Aunque a veces parezca que por algún tiempo se ha desvanecido, enseguida vuelve y entra de golpe; de modo que, si se les da alguna tregua en que la conciencia no los atormenta, esa tregua no es muy diferente del sueño de los borrachos y los frenéticos, que ni siquiera durmiendo descansan en paz, porque continuamente los atormentan sueños horribles y espantosos. Así, los impíos mismos pueden servirnos de ejemplo de que en el alma de todos los hombres hay siempre un cierto conocimiento de Dios.
Todos los que tengan juicio para juzgar darán, pues, por cierto que en el alma de cada hombre está grabado un sentimiento de la divinidad que de ningún modo puede borrarse, y que por naturaleza está arraigada en todos esta convicción: que hay un Dios. Y que esta convicción está como clavada en los mismos tuétanos y médulas lo prueba con creces la obstinación y la rebeldía de los impíos, que, esforzándose y luchando con furia por librarse del temor de Dios, nunca logran salirse con la suya. Aunque Diágoras y otros como él se burlen de todas las religiones que ha habido en el mundo, y aunque Dionisio, tirano de Sicilia, se burle de los castigos de Dios robando los templos, esa risa es, como se dice, risa sardónica: fingida, que no pasa de los dientes para adentro; porque por dentro los roe el gusano de la conciencia, que les causa mucho más dolor que cualquier cauterio. No quiero decir lo que dice Cicerón, que los errores se consumen con el tiempo y que la religión crece y se perfecciona de día en día. Porque el mundo, como pronto veremos, procura con todas sus fuerzas echar de sí todo conocimiento de Dios y corromper por todos los medios posibles el culto divino. Solo digo esto: que aunque la ruda dureza que los impíos buscan con todo su empeño para no hacer caso de Dios se pudra en su corazón, entretanto aquel sentimiento que tienen de Dios, y que tanto quisieran ver muerto y deshecho, sigue siempre vivo y en pie. De donde concluyo que esta no es una doctrina que se empiece a aprender en la escuela, sino una de la que cada uno debe ser maestro para sí mismo desde el vientre de su madre, y que la misma naturaleza no permite que nadie olvide, aunque muchos ponen todas sus fuerzas en ello. Y si todos los hombres nacen y viven con esta condición, la de conocer a Dios, y el conocimiento de Dios es caduco y vano si no llega hasta este punto, está claro que todos los que no dirigen a este blanco todo lo que piensan y hacen degeneran y se apartan del fin para el que fueron creados. Esto no lo ignoraron ni los mismos filósofos. Porque no otra cosa quiso decir Platón cuando enseñó tantas veces que el sumo bien y la felicidad del alma consistían en ser semejante a Dios, cuando, después de haberlo conocido, quedaba toda transformada en él. Por eso Plutarco presenta a un tal Grilo que, muy a propósito, sostenía que los hombres, si no tuvieran religión, no solo no aventajarían a las bestias brutas, sino que serían mucho más desdichados que ellas, pues, sujetos a tantas clases de miserias, viven siempre una vida tan llena de inquietud y de estorbos. Concluye, pues, que solo la religión nos hace más excelentes que ellas, ya que únicamente por ella, y por ningún otro medio, se nos abre el camino a la inmortalidad.
Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.