Institución de la religión cristiana · Juan Calvino
El conocimiento de Dios en cuanto Creador y supremo Gobernador de todo el mundo
Este conocimiento se menoscaba o se pierde, en parte por la ignorancia de los hombres y en parte por su malicia
Así como la experiencia muestra que en todos hay una semilla de religión plantada por una secreta inspiración de Dios, también, por otra parte, apenas se hallará uno entre cien que la conserve en su corazón para hacerla fructificar, y no se hallará ni uno solo en quien madure y llegue a sazón y perfección. Porque, ya sea que unos se desvanezcan en sus supersticiones, ya que otros se aparten de Dios a sabiendas y con malicia, todos degeneran y se alejan del verdadero conocimiento de Dios. De aquí viene que no se halle en el mundo ninguna piedad verdadera. En cuanto a lo que he dicho de que algunos caen en la superstición por error, no quiero decir que su sencillez los excuse de pecado; porque la ceguera que tienen va casi siempre acompañada de una vana presunción y de orgullo. Su vanidad, unida a la soberbia, se muestra en que los miserables hombres no se elevan por encima de sí mismos, como sería razonable, para buscar a Dios, sino que todos quieren medirlo según la capacidad de su juicio carnal; y, sin preocuparse de buscarlo de veras y de hecho, no hacen más que andar dando vueltas con su curiosidad en vanas especulaciones. Por eso no lo conciben tal como él se nos ofrece, sino que se lo imaginan tal como su temeridad se lo ha fabricado. Abierto este abismo, se muevan hacia donde se muevan, por fuerza han de ir a dar en un despeñadero. Porque nada de lo que emprendan en adelante para honrarlo y servirle le será agradable, ya que no honran a Dios, sino lo que ellos mismos se han imaginado en su cabeza. San Pablo condena expresamente esta maldad al decir que los hombres, pretendiendo ser sabios, se hicieron necios. Poco antes había dicho que se habían envanecido en sus razonamientos; pero, para que nadie los excusara, añade enseguida que con razón fueron cegados, porque, no contentándose con la sobriedad y la modestia, sino atribuyéndose más de lo que les correspondía, se procuraron las tinieblas voluntariamente y a sabiendas; y así, por su perversidad y arrogancia, se volvieron insensatos (Ro 1:21-22). De donde se sigue que su necedad no tiene excusa, porque no procede solo de una vana curiosidad, sino también de un deseo desordenado de saber más de lo necesario, unido a una falsa presunción.
En cuanto a lo que dice David, que los impíos e insensatos dicen en su corazón que no hay Dios (Sal 14:1), en primer lugar hay que aplicarlo solo a aquellos que, habiendo apagado la luz natural, se embrutecen y entontecen a sabiendas, como veremos de nuevo un poco más adelante. De hecho, hay muchos que, después de endurecerse por el atrevimiento y la costumbre de pecar, rechazan con furia todo recuerdo de Dios, aunque un sentimiento natural, allá dentro, no les deja olvidarlo. Y para hacer su furor mucho más detestable, dice que niegan expresamente que haya Dios; no porque le nieguen su existencia, sino porque, despojándolo de su oficio de juez y proveedor de todas las cosas, lo encierran en el cielo como a quien no se ocupa de nada. Porque, como no hay nada que convenga menos a Dios que quitarle el gobierno del mundo, dejarlo todo al azar y hacer que no oiga ni vea, para que los hombres pequen a rienda suelta, cualquiera que, dejando todo temor del juicio de Dios, hace tranquilamente lo que se le antoja, niega que haya Dios. Y es un justo castigo de Dios que el corazón de los impíos se engrase de tal manera que, habiendo cerrado los ojos, viendo no vean. El mismo David, que es muy buen intérprete de sus propias palabras, dice en otro lugar que «no hay temor de Dios delante de sus ojos» (Sal 36:1). Asimismo, que se aplauden con gran orgullo cuando pecan, porque están persuadidos de que Dios no ve (Sal 10:11). Así pues, aunque se ven obligados a reconocer que hay algún Dios, lo despojan de su gloria quitándole su poder. Porque, así como Dios, según dice San Pablo, no puede negarse a sí mismo, ya que permanece siempre de la misma condición y naturaleza (2 Ti 2:13), estos malditos, al fingir que es un ídolo muerto y sin ningún poder, son acusados con razón de negar que haya Dios. Además, hay que notar que, aunque luchen contra su propio sentimiento y deseen no solo echar a Dios de allí, sino destruirlo en el mismo cielo, nunca llegará su necedad a tanto que Dios no los traiga a veces por la fuerza ante su tribunal. Pero como no hay temor que les impida lanzarse impetuosamente contra Dios, mientras se dejan arrebatar así por un furor ciego, es evidente que se han olvidado de Dios y que en ellos reina la bestialidad.
Así queda deshecha la frívola defensa con que muchos suelen disfrazar su superstición. Piensan que para servir a Dios basta cualquier deseo de religión, aunque sea desordenado; pero no advierten que la verdadera religión debe conformarse a la voluntad de Dios como a una regla que nunca se tuerce, y que Dios permanece siempre el mismo, sin cambio alguno, y no es un fantasma que se transforme según el apetito y el antojo de cada uno. Y es cosa digna de considerar con cuántas mentiras y engaños se burla de Dios la superstición cuando pretende rendirle algún servicio. Porque casi siempre se aferra a las cosas que Dios ha declarado que no le importan, y las que él manda y dice que le agradan, o las desprecia, o las rechaza abiertamente. Así, todos los que quieren servir a Dios con sus nuevas invenciones honran y adoran sus propios desatinos; porque nunca se atreverían a burlarse así de Dios si antes no se imaginaran un Dios semejante a sus insensatos desvaríos. Por eso el apóstol declara que esa opinión vaga e incierta acerca de los dioses es pura ignorancia de Dios: «Ciertamente, en otro tiempo, no conociendo a Dios, servíais a los que por naturaleza no son dioses» (Gá 4:8). Y en otro lugar dice que los efesios habían estado sin Dios todo el tiempo en que estuvieron alejados de su verdadero conocimiento (Ef 2:12). En esto poco importa admitir un solo Dios o muchos, pues de todos modos se apartan y se alejan del Dios verdadero, y, dejado él, no queda más que un ídolo abominable. Solo nos queda concluir con Lactancio que no hay verdadera religión si no va acompañada de la verdad.
Hay además otro mal: los hombres no se preocupan mucho de Dios si no se ven forzados a ello, ni se acercan a él si no los arrastran por el cuello; y ni siquiera entonces lo temen con un temor voluntario, nacido de la reverencia a su divina majestad, sino solo con un temor servil y forzado que el juicio de Dios les causa, aunque les pese. Lo temen porque de ningún modo pueden escapar de él; y no solo lo temen, sino que también lo aborrecen y detestan. Por eso, lo que dice el poeta pagano Estacio, que el temor fue el primero que hizo dioses en el mundo, se aplica muy bien a la impiedad, y solo a ella. Los que aborrecen la justicia de Dios querrían sobre todo que fuera destruido el tribunal de Dios, que saben que está en pie para castigar sus maldades. Llevados por este sentimiento, luchan contra Dios, que no puede estar sin su trono de juez; pero, como entienden que su poder, que no pueden evitar, está a punto de caer sobre ellos, y que no pueden rechazarlo ni escapar de él, tienen miedo. Por eso, para que no parezca que desprecian por completo a aquel cuya majestad los tiene cercados, quieren cumplir con él con cierta apariencia de religión; pero, entretanto, no dejan de mancharse con toda clase de vicios y de añadir y amontonar abominaciones sobre abominaciones, hasta haber quebrantado del todo la santa Ley del Señor y echado por tierra toda su justicia. O bien, el temor fingido que tienen de Dios no los detiene tanto como para impedir que se queden tranquilos en sus pecados, que se halaguen y se adulen a sí mismos, y que prefieran soltar las riendas a su intemperancia carnal antes que refrenarla con el freno del Espíritu Santo. Pero como esto no es más que una sombra vana y engañosa de religión, que apenas merece llamarse sombra, es muy fácil ver cuánto se diferencia de este conocimiento confuso de Dios la verdadera piedad, que Dios inspira solamente en el corazón de los fieles y de la cual nace la religión. Y, sin embargo, los hipócritas quieren llegar por grandes rodeos a este punto: creer que están cerca de Dios, de quien en realidad huyen siempre. Porque, cuando toda su vida debería ser una obediencia constante, en casi todo lo que emprenden se le oponen sin ningún escrúpulo y solo procuran contentarlo con no sé qué sacrificios; y en lugar de servirle con santidad de vida e integridad de corazón, inventan no sé qué juguetes, niñerías y ceremonias sin ningún valor para recobrar su gracia y su favor. Y, lo que es peor, se revuelcan con mayor libertad en sus inmundicias, porque confían en que podrán satisfacer a Dios con sus vanas satisfacciones. Además, en lugar de poner en él su confianza, la ponen en sí mismos o en las criaturas, sin hacer caso de él. Finalmente, se enredan en una multitud tan grande de errores que la oscuridad de su malicia ahoga y acaba por apagar del todo aquellas chispas que brillaban para hacerles ver la gloria de Dios. Sin embargo, queda esta semilla, que de ningún modo puede arrancarse de raíz: que hay un Dios. Pero está tan corrompida que no puede producir sino frutos malísimos. Y aun de aquí se aclara y se confirma lo que ahora pretendo probar: que por naturaleza está impreso en el corazón de los hombres un cierto sentimiento de la divinidad, pues la necesidad obliga aun a los más abominables a confesarla. Mientras todo les va bien, se burlan de Dios con gracia, y aun para rebajar su poder son grandes habladores y charlatanes; pero si alguna desgracia cae sobre ellos, esta los impulsa a buscar a Dios y les dicta y les hace decir unas oraciones sin fuerza ni valor. Por esto se ve claramente que no ignoran del todo a Dios, sino que lo que debía salir antes a la luz ha quedado encubierto por su malicia y rebeldía.
Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.