Institución de la religión cristiana · Juan Calvino
El conocimiento de Dios en cuanto Creador y supremo Gobernador de todo el mundo
El conocimiento de Dios se muestra en la creación del mundo y en su continuo gobierno
Y como la felicidad y la bienaventuranza consisten en conocer a Dios, para que a nadie se le cerrara el camino hacia esta felicidad, Dios no solo plantó en el corazón de los hombres esta semilla de religión de la que hemos hablado, sino que además se ha manifestado, y se manifiesta y declara cada día, de tal manera en esta admirable estructura del mundo, que los hombres no pueden abrir los ojos sin verse obligados a verlo. Es verdad que su esencia es incomprensible, de modo que su divinidad sobrepasa todo sentido humano; pero él grabó en cada una de sus obras ciertas marcas y señales de su gloria, tan claras y tan excelentes que nadie, por sencillo y rudo que sea, puede alegar ignorancia. Por eso el profeta exclama con muchísima razón que Dios está vestido de luz como de una vestidura (Sal 104:2); como si dijera que, desde que mostró su poder en la creación del mundo, comenzó a mostrarse con un ornato visible que lo hacía poderosísimo y, dondequiera que se le viera, hermosísimo. Y en el mismo lugar el profeta compara admirablemente los cielos, así extendidos, con un pabellón real; dice que él establece sus aposentos entre las aguas, que hace de las nubes su carro, que anda sobre las alas del viento, y que hace de los vientos y los relámpagos sus mensajeros. Y como la gloria de su poder y sabiduría se muestra mucho más en lo alto, muchas veces se llama al cielo su palacio. En primer lugar, miremos hacia donde miremos, no hay cosa en el mundo, por pequeña que sea, en la que no se vean brillar al menos algunas chispas de su gloria. Y no podríamos contemplar de una sola mirada esta grandísima y hermosísima estructura del mundo sin quedar confundidos y atónitos por la gran fuerza de su resplandor. Por eso el autor de la carta a los Hebreos llama elegantemente al mundo una visión y un espectáculo de las cosas invisibles, porque su disposición, orden y armonía tan admirables nos sirven como de espejo en el que podemos ver a Dios, que por otra parte es invisible (He 11:3). Por esta razón el profeta presenta a las criaturas celestiales hablando un lenguaje que todas las naciones entienden, porque dan un testimonio tan evidente de que hay Dios que no hay nación, por ruda y bárbara que sea, que no pueda ser instruida por ellas (Sal 19:1). Esto lo declara el apóstol de manera más sencilla al decir que lo que de Dios se puede conocer ha sido manifestado a los hombres, porque todos, desde el primero hasta el último, contemplan las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, entendiéndolas por medio de la creación del mundo (Ro 1:19-20).
Infinitas son las pruebas, tanto en el cielo como en la tierra, que nos atestiguan su admirable sabiduría y poder. No me refiero solo a los secretos de la naturaleza que requieren un estudio especial, como la astronomía, la medicina y toda la ciencia de las cosas naturales, sino a aquellos tan evidentes y palpables que el más ignorante y rudo del mundo los ve y los entiende, de modo que es imposible abrir los ojos sin ser testigo de ellos. Es verdad que quienes han estudiado, o al menos han probado, las artes liberales pueden, con esta ayuda, entender mejor los secretos misterios de la sabiduría divina. Pero el que nunca ha estudiado no por eso está impedido de ver en las obras de Dios un artificio y una armonía tales que le hagan admirar a su Creador. Para investigar los movimientos de los planetas, señalar sus posiciones, medir sus distancias y notar sus propiedades se requiere un arte y una habilidad más refinados que los que tiene la gente común; y, entendidas estas cosas, tanto más alto debe elevarse nuestro entendimiento para considerar la gloria de Dios cuanto más abundantemente se despliega su providencia. Pero como aun los más sencillos y rudos, con la sola ayuda de los ojos, no pueden ignorar la excelencia de este maravilloso artificio de Dios, que se manifiesta por sí mismo en la variedad innumerable, y a la vez tan distinta y bien ordenada, de la estructura y el ornato del cielo, está claro que no hay nadie a quien el Señor no haya manifestado suficientemente su sabiduría. Asimismo, examinar en detalle, con la diligencia con que lo hizo Galeno, la conexión, proporción, belleza y utilidad de las partes del cuerpo humano es, ciertamente, propio de un ingenio agudo y vivo; pero, según confiesa todo el mundo, el cuerpo humano, aun considerado de pasada, muestra enseguida un artificio tan ingenioso y tan singular que con justísimo título merece su Artífice ser admirado.
Por eso algunos filósofos antiguos, no sin razón, llamaron al hombre microcosmos, es decir, un pequeño mundo. Porque es una muestra rara y admirable en la que se contempla el gran poder, la bondad y la sabiduría de Dios, y contiene en sí milagros más que suficientes para ocupar nuestro entendimiento, con tal que no desdeñemos considerarlos. Por eso San Pablo, después de advertir que aun los ciegos, palpando, pueden hallar a Dios, añade enseguida que no hay que buscarlo muy lejos, porque cada uno siente sin duda dentro de sí la gracia celestial que le da vida y ser (Hch 17:27). Si, pues, para conocer a Dios no es necesario salir de nosotros mismos, ¿qué perdón merecerá la pereza de quien desdeña descender a sí mismo, donde Dios habita, para conocerlo? Por la misma razón el profeta David, después de celebrar brevemente el admirable nombre del Señor y su majestad, que se dan a conocer por todas partes, exclama enseguida: «¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria?». Y también: «De la boca de los niños y de los que maman, fundaste la fortaleza» (Sal 8:2, 4). Porque no solo presenta en el género humano un claro espejo de las obras de Dios, sino que dice además que los niños, mientras aún están colgados del pecho de sus madres, tienen lenguas bastante elocuentes para ensalzar la gloria de Dios, de modo que no hacen falta otros oradores. De ahí que no dude en sacar a relucir sus bocas como bien preparadas para deshacer el desatino de quienes, con soberbia diabólica, querían echar por tierra el nombre y la gloria de Dios. De ahí salió también lo que el apóstol cita de Arato, que era pagano: que somos linaje de Dios; porque, al adornarnos con tan gran dignidad, él se declaró nuestro Padre (Hch 17:28). De ahí vino también que los otros poetas, según les dictaba el sentido y la experiencia común, lo llamaran Padre de los hombres. Y de hecho, nadie se someterá a Dios voluntariamente y de buena gana si antes, habiendo gustado su amor paternal, no es atraído por él a amarlo y servirlo.
Aquí se descubre la gran ingratitud de los hombres, que, teniendo encerrada en sí una botica tan completa y surtida de innumerables obras de Dios, y una tienda tan rica y llena de admirables mercancías, en lugar de darle gracias se hinchan de mayor orgullo y presunción. Sienten cuán maravillosamente obra Dios en ellos, y la experiencia les muestra con cuánta variedad de dones y favores los ha adornado su generosidad. Se ven obligados, a pesar suyo, quieran o no, a reconocer estas marcas y señales de la divinidad, que sin embargo esconden dentro de sí. Ciertamente no necesitan salir fuera de sí mismos, con tal de que, atribuyéndose lo que el cielo les ha dado, no entierren lo que sirve de antorcha a su entendimiento para ver claramente a Dios. Y lo que es peor, hoy viven en el mundo muchos espíritus monstruosos que, sin ninguna vergüenza, emplean toda la semilla de divinidad esparcida en la naturaleza humana para oscurecer el nombre de Dios. ¿Qué desatino tan abominable es este, os ruego, que el hombre, hallando a Dios cien veces en su cuerpo y en su alma, tome ocasión de esa misma excelencia con que Dios lo adornó para decir que no hay Dios? Tales personas no dirán que se diferencian de las bestias brutas por casualidad; pero, con el velo de la naturaleza, a la que hacen artífice y autora de todas las cosas, envuelven y ocultan a Dios. Ven un artificio maravilloso en todos sus miembros, desde la coronilla hasta las uñas de los pies; y también en esto ponen a la naturaleza en el lugar de Dios. Y sobre todo, los movimientos tan ágiles que se ven en el alma, sus facultades tan excelentes, sus dotes tan singulares, dan a entender que hay una divinidad que no se deja encubrir ni esconder; pero los epicúreos, como se dice de los gigantes, hacen desde la barrera una guerra cruel contra Dios. ¿Cómo es eso? ¿Será necesario que, para gobernar un gusanillo de cinco pies, concurran y se reúnan todos los tesoros de la sabiduría celestial, y que todo el resto del mundo quede privado de tal privilegio? En primer lugar, decir que el alma está dotada de instrumentos que corresponden a cada una de sus partes contribuye tan poco a oscurecer la gloria de Dios que, más bien, hace que se muestre más. Que responda Epicuro: puesto que se imagina que todo se hace por la concurrencia de los átomos (que son partículas diminutas de las que está lleno todo el aire), ¿qué concurrencia de átomos hace la digestión de la comida y la bebida en el estómago, y la transforma en parte en sangre y en parte en excrementos, y da a cada uno de los miembros tal habilidad para cumplir su oficio y su función, como si tantas almas como miembros gobernaran el cuerpo de común acuerdo?
Pero no tengo nada que ver con estos cerdos: los dejaré, pues, en sus pocilgas. Hablo con quienes, siguiendo sus vanas curiosidades, aplican de manera torcida aquel vano dicho de Aristóteles para destruir la inmortalidad del alma y quitarle a Dios su autoridad. Porque, con el pretexto de que las facultades del alma son instrumentales, la atan al cuerpo, como si no pudiera existir sin él; y, engrandeciendo a la naturaleza, rebajan cuanto pueden la gloria de Dios. Pero mucho falta para que las facultades del alma que sirven al cuerpo queden encerradas en él. ¿Qué tiene que ver con el cuerpo saber medir el cielo, saber cuántas estrellas hay, cuán grande es cada una, qué distancia hay de una a otra, con qué rapidez o lentitud hacen su curso, o cuántos grados se desvían hacia un lado u otro? No niego que la astronomía sea útil y provechosa; solo quiero mostrar que en esta maravillosa investigación de las cosas celestes las facultades del alma no guardan tal proporción con el cuerpo que puedan llamarse instrumentales, sino que son distintas y separadas de él. He propuesto un ejemplo del que a los lectores les será fácil sacar los demás. Ciertamente, una agilidad tan grande y tan variada como la que vemos en el alma para recorrer el cielo y la tierra, para unir lo pasado con lo que está por venir, para recordar lo que oyó antes y aun para imaginar lo que quiera, y la destreza para inventar cosas increíbles, madre e inventora de todas las artes y ciencias admirables que existen, son testimonios segurísimos de la divinidad que hay en el hombre. Y lo que es más de notar: aun durmiendo, no solo se mueve y da vueltas de acá para allá, sino que concibe muchísimas cosas buenas y provechosas, discurre sobre muchas cosas y adivina lo que está por venir. ¿Qué se podrá decir aquí, sino que las marcas y señales de inmortalidad que Dios ha impreso en el hombre no pueden borrarse de ningún modo? ¿Qué justicia o qué ley consentirá, entonces, que el hombre sea divino y no reconozca a su Creador? ¿Seremos nosotros, que no somos sino polvo y ceniza, capaces de distinguir entre el bien y el mal con el juicio que se nos ha dado, y no habrá en el cielo un juez que juzgue? ¿Tendremos nosotros algún entendimiento aun durmiendo, y no habrá un Dios que vele y cuide de gobernar el mundo? ¿Seremos tenidos por inventores de tantas artes y de cosas tan útiles, y Dios, que es quien nos lo ha inspirado todo, será defraudado de la alabanza que se le debe? Porque vemos a ojos vistas que todo lo que tenemos nos viene de otra parte, y que uno recibe más y otro menos. En cuanto a lo que algunos parlotean de una inspiración secreta que conserva en su ser todo lo creado, no solo es vano, sino completamente profano. Les agrada el famoso dicho del poeta Virgilio, que presenta a Anquises hablando así con su hijo Eneas:
> Tú, hijo, has de saber primeramente, > que al cielo, y tierra, y campo cristalino, > a estrellas, y a la luna refulgente, > sustenta un interior espíritu divino: > una inmortal y sempiterna mente > mueve la mundial máquina de continuo: > toda en todos sus miembros infundida, > y al gran cuerpo mezclada le da vida.
> Esta infusión da vida al bando humano, > y a cuantas aves vemos y animales, > y a cuantos monstruos cría el mar insano > bajo de sus clarísimos cristales: > cuyas simientes tienen soberano > origen, y vigores celestiales, etc.
Todo esto va a parar, ciertamente, a este punto diabólico: que el mundo, creado para ser una muestra y un modelo de la gloria de Dios, es creador de sí mismo. Porque he aquí cómo se expresa el mismo autor en otro lugar, siguiendo la opinión común de los griegos y los latinos:
> Tienen las abejas, del Espíritu divino > una parte en sí; bebida celestial > beben (que llaman Dios), el cual universal > por todas partes va, extendido de continuo.
> Por la tierra y mar, y por el cielo estrellado > esparcido está; de aquí vienen a ver > hombres, bestias fieras, y las mansas, su ser, > todo partícipe del ser que es Dios llamado.
> Lo cual, tornándose en su primer estado, > viene a restituir la vida sin morir; > volando al cielo va, todo a más subir, > que con las estrellas se quede allí colocado.
He aquí lo que vale, para engendrar la piedad en el corazón de los hombres y hacerla perseverar, aquella fría y vana especulación del alma universal que da ser al mundo y lo sostiene. Esto se verá aún más claro por lo que dice el inmundo poeta Lucrecio, deduciéndolo de este maldito principio filosófico. Todo ello tiende a que, despreciando al Dios verdadero, que debe ser servido y adorado, nos imaginemos un espantajo en lugar de Dios. Confieso que se puede decir, y muy bien, que Dios es la naturaleza, con tal que quien lo diga tenga temor de Dios. Pero como esta manera de hablar es dura e impropia, ya que la naturaleza es más bien un orden y una armonía que Dios ha establecido, es cosa muy mala y muy perjudicial, en asuntos de tanta importancia, que deben tratarse con toda sobriedad, confundir a Dios con el curso inferior de las obras de sus manos.
Por eso, cada vez que uno de nosotros considera su naturaleza, debemos recordar que hay un Dios que gobierna todas las naturalezas de tal manera que quiere que pongamos en él los ojos, que creamos en él, que lo invoquemos y lo adoremos. Porque no hay nada más absurdo ni más desatinado que disfrutar de dones tan excelentes, que dan a entender que hay en nosotros cierta divinidad, y entretanto no hacer caso de su autor, que por su generosidad nos los quiere conceder. Y en cuanto al poder de Dios, ¡qué evidentes son los testimonios que deberían obligarnos a considerarlo! Porque no podemos ignorar cuánto poder hace falta para regir con su palabra toda esta inmensa máquina del cielo y de la tierra; para hacer temblar los cielos con el estruendo de los truenos con solo quererlo, abrasar con sus rayos todo lo que se le pone delante, encender el aire con sus relámpagos, revolverlo todo con diversas clases de tempestades y, en un momento, cuando su majestad así lo quiere, calmarlo todo; contener el mar y tenerlo como suspendido en el aire, cuando parece que con su altura amenaza con anegar la tierra; y unas veces agitarlo con la furia enorme de los vientos, y otras ponerlo en calma haciendo aquietarse sus olas. A esto se refieren todas las alabanzas del poder de Dios que la misma naturaleza nos enseña, que se hallarán sobre todo en los libros de Job e Isaías; pero a propósito no las citaré ahora, porque las dejaré para un lugar más adecuado, cuando trate de la creación del mundo según lo que de ella nos cuenta la Escritura. Aquí solo he querido señalar que este es el camino por el que todos, fieles e infieles, deben buscar a Dios: seguir los rasgos y retratos que, tanto en lo alto como en lo bajo, nos pintan al vivo su imagen. Además, el mismo poder de Dios nos sirve de guía para llevarnos a considerar su eternidad. Porque es necesario que sea eterno, que no tenga principio y que exista por sí mismo aquel que es origen y principio de todas las cosas. Y si se pregunta qué lo movió al principio a crear todas las cosas y qué lo mueve ahora a conservarlas en su ser, no se podrá dar otra causa que su sola bondad. Y esta, aunque sea la única, debe bastarnos por sí sola para mover nuestro corazón a amarla, pues no hay criatura alguna, como nota el profeta, sobre la que no se haya derramado su misericordia (Sal 145:9).
También en la segunda clase de obras de Dios, las que suelen suceder fuera del curso común de la naturaleza, se muestran testimonios de su poder tan claros y evidentes como los que hemos citado. Porque en la administración y el gobierno del género humano él modera su providencia de tal manera que, mostrándose de infinitos modos magnífico y generoso con todos, no deja por eso de mostrar con testimonios claros y cotidianos su clemencia hacia los piadosos y su severidad hacia los impíos y los malos. Porque los castigos que ejecuta contra los malhechores no son ocultos, sino bien manifiestos, así como se muestra con bastante claridad protector y defensor de la inocencia, haciendo prosperar a los buenos con su bendición, socorriéndolos en sus necesidades, mitigando sus dolores, aliviándolos en sus desgracias y proveyéndoles de todo lo que necesitan. Y no debe oscurecer la constancia que él guarda en su justicia el hecho de que a veces permita que los malhechores y delincuentes vivan a sus anchas y sin castigo por algún tiempo, y que los buenos, que no han hecho ningún mal, sean afligidos con muchas adversidades y aun abatidos y oprimidos por el atrevimiento y la crueldad de los impíos. Al contrario, debemos pensar que, cuando castiga una maldad con alguna muestra manifiesta de su ira, eso debe ser para nosotros señal de que aborrece toda clase de maldades; y que, cuando deja pasar muchas sin castigo, es señal de que habrá otro día de juicio, para el cual están reservadas. Asimismo, ¡qué materia nos da para considerar su misericordia cuando, muchísimas veces, sigue mostrando su bondad y generosidad durante tanto tiempo a unos pobres y miserables pecadores, hasta que, vencida su malicia con una dulzura y una ternura más que paternales, los atrae y los lleva hacia sí!
Por esta misma razón el profeta cuenta cómo Dios socorre de repente, de un modo nunca oído ni visto y fuera de toda esperanza, a los que ya se tenían por desdichados y casi desahuciados: ya sea que, cuando andan perdidos por montes y desiertos, los defienda de las fieras y los devuelva al camino; ya sea que dé de comer a los necesitados y hambrientos; o que libre a los cautivos que estaban encadenados y encerrados en calabozos profundos y oscuros; o que lleve a puerto sanos y salvos a los que han sufrido grandes tormentas en el mar; o que sane de sus enfermedades a los que ya estaban medio muertos; ya sea que abrase las tierras con gran calor y sequía, o que las haga fértiles con la secreta virtud de su riego; o que levante en dignidad a los más humildes del pueblo, o que abata a los más altos y estimados. Después de considerar todos estos ejemplos, el profeta concluye que los sucesos y casos que comúnmente llamamos fortuitos son otros tantos testimonios de la providencia de Dios, y sobre todo de una clemencia paternal; y que de aquí se da a los piadosos motivo de alegría, y a los impíos y réprobos se les tapa la boca. Pero como la mayor parte de los hombres está enfangada en sus errores y no ve nada en un teatro tan ilustre, el profeta exclama que es una prudencia muy rara y singular considerar como conviene estas obras de Dios. Porque vemos que aun los que pasan por hombres de entendimiento muy agudo no sacan nada en limpio cuando las consideran. Y ciertamente, por mucho que se muestre la gloria de Dios, apenas se hallará uno entre cien que de veras la mire y la considere. Lo mismo podemos decir de su poder y de su sabiduría, que no están más escondidos en las tinieblas y en la oscuridad. Porque su poder se muestra admirablemente cada vez que la ferocidad de los impíos, que según el juicio común es invencible, queda deshecha en un momento: su arrogancia abatida, sus fortísimas fortalezas derribadas, sus armas y su artillería hechas pedazos, sus fuerzas quebrantadas, todo lo que maquinan vuelto del revés y derrumbado por su propio peso, y su atrevimiento, que subía hasta los mismos cielos, confundido en lo más hondo de la tierra; y, al contrario, cuando los abatidos son levantados del polvo, y los necesitados del estiércol; cuando los oprimidos y afligidos son librados de sus angustias extremas; cuando los desahuciados, que ya se tenían por perdidos, son rescatados; cuando los desarmados y los que no saben qué es la guerra, los pocos frente a los muchos, los débiles frente a los fuertes y valientes, alcanzan la victoria y los vencen (Sal 113:7). En cuanto a su sabiduría, se ve con toda claridad cuán grande es, pues vemos que dispensa todas las cosas a su debido tiempo, confunde toda la sutileza del mundo, prende a los sabios en la astucia de ellos y, en fin, ordena todas las cosas del mejor modo posible (1 Co 3:19).
Vemos, pues, que no hace falta discutir mucho ni aportar muchos argumentos para mostrar qué testimonios y muestras ha dado Dios en todo lo creado para dar a conocer e ilustrar su divina majestad. Porque, por esta breve relación que hemos hecho, dondequiera que esté el hombre se le presentarán ante los ojos, de modo que es muy fácil verlos y señalarlos con el dedo. Aquí también hay que notar que se nos invita a un conocimiento de Dios no como muchos se lo imaginan, que solo da vueltas en el entendimiento con vanas especulaciones, sino a uno sólido, que produzca fruto una vez bien arraigado y asentado en nuestro corazón. Porque Dios se nos manifiesta por sus obras poderosas, y cuando sentimos dentro de nosotros su fuerza y su efecto, y gozamos de sus beneficios, es muy razonable que este conocimiento nos toque mucho más vivamente que si nos imagináramos un Dios al que ni viéramos ni entendiéramos. De donde deducimos que el mejor camino y el medio más adecuado que podemos tener para conocer a Dios no es penetrar con atrevida curiosidad para querer entender en detalle la esencia de la divina majestad, que debe adorarse más que investigarse con curiosidad, sino contemplar a Dios en sus obras, por las cuales se nos hace cercano y familiar y, en cierto modo, se nos comunica. A esto se refería el apóstol cuando dijo que no hay que buscarlo lejos, pues por su poder, presente en todo lugar, habita en cada uno de nosotros (Hch 17:27). Por eso David, después de confesar que la grandeza y la majestad de Dios son inexplicables y que no se puede hablar de ellas, cuando pasa a hablar de las obras de Dios dice que hablará de ella (Sal 145). Por lo cual conviene que pongamos tal diligencia en investigar y buscar a Dios que esta búsqueda tenga nuestro entendimiento suspenso de admiración, lo toque en lo vivo allá dentro y lo mueva de veras a amarlo. Y como enseña San Agustín en cierto lugar: puesto que no podemos comprenderlo, porque desfallecemos bajo su grandeza, es necesario que pongamos los ojos en sus obras, para ser reconfortados por su bondad.
Además, este conocimiento no solo debe movernos a servir a Dios, sino también despertarnos y levantarnos a la esperanza de la vida futura. Porque, al considerar que los testimonios y muestras que el Señor ha dado, tanto de su clemencia como de su severidad, no son más que unos comienzos, no del todo perfectos ni acabados, debemos pensar que él no hace más que ir preparando la masa, como se dice, ensayando para hacer después su obra de veras, cuya plena manifestación y cumplimiento se aplaza hasta la otra vida. Por otra parte, al ver que los piadosos son ultrajados y oprimidos por los impíos, injuriados, calumniados, perseguidos y afrentados, y que en cambio los malos florecen, prosperan y gozan con todo reposo y tranquilidad de sus riquezas y dignidades sin que nadie les ponga freno, debemos concluir enseguida que habrá otra vida en la que la maldad recibirá su castigo y la justicia su recompensa. Además, cuando vemos que los fieles son castigados muchísimas veces con los azotes de Dios, debemos tener por segurísimo que los impíos mucho menos escaparán en el futuro de los castigos y las manos de Dios. Muy a propósito viene una notable sentencia de San Agustín: «Si ahora se castigaran manifiestamente todos los pecados, se pensaría que no queda nada reservado para el juicio final; por otra parte, si Dios no castigara públicamente ningún pecado, se creería que no hay providencia divina». Debemos confesar, pues, que en cada una de las obras de Dios, y sobre todo en esta gran esfera del mundo, están pintadas como en un cuadro las virtudes y los poderes de Dios, por los cuales todo el género humano es invitado y atraído a conocer a este gran Artífice, y de aquí a la verdadera y perfecta felicidad. Y aunque las virtudes de Dios están retratadas al vivo y se muestran en todo el mundo, solo entendemos qué pretenden, cuánto valen y para qué nos sirven cuando descendemos a nosotros mismos y consideramos los caminos y modos por los que el Señor despliega para nosotros su vida, sabiduría y poder, y ejerce con nosotros su justicia, bondad y clemencia. Porque aunque David se queja con razón de que los incrédulos son necios porque no consideran los profundos designios de Dios en el gobierno del género humano (Sal 92:6), es muy cierto lo que él mismo dice en otro lugar: que la admirable sabiduría de Dios en este punto supera en número los cabellos de nuestra cabeza (Sal 40:5, 12). Pero como este tema se tratará por orden más adelante, lo dejaré por ahora.
Pero aunque Dios nos representa con toda la claridad posible, en el espejo de sus obras, tanto a sí mismo como a su reino eterno, somos tan torpes que nos quedamos embobados y no sacamos provecho de testimonios tan claros. Porque, en cuanto a la estructura del mundo, tan hermosa, tan excelente y tan bien proporcionada, ¿quién de nosotros, al levantar los ojos al cielo o al recorrer con ellos las diversas regiones de la tierra, se acuerda del Creador, y no se queda más bien en la contemplación de las obras sin hacer caso de su Creador? Y en cuanto a las cosas que suelen suceder fuera del orden y del curso natural, ¿quién no piensa más bien que la rueda de la fortuna, ciega y sin juicio, hace subir y bajar a los hombres al azar, que no que son regidos por la providencia de Dios? Y si alguna vez, guiados y encaminados por estas cosas, nos vemos obligados a pensar en Dios (cosa que necesariamente todos han de hacer), en cuanto concebimos algún sentimiento de Dios, enseguida nos deslizamos y volvemos a los desatinos y desvaríos de nuestra carne, y corrompemos con nuestra propia vanidad la verdad pura y verdadera de Dios. En esto no coincidimos: cada uno se entrega por su lado a su propio error y vicio particular; pero en esto sí nos parecemos mucho: todos, desde el mayor hasta el menor, apartándonos de Dios, nos entregamos a desatinos monstruosos. Y de esta enfermedad no solo están tocados los ingenios rudos y la gente común, sino también los más excelentes y admirables. ¡Qué grande ha sido el desatino y el desvarío que todos los filósofos han mostrado en este punto! Aun sin mencionar a la mayor parte de los filósofos, que desvariaron en extremo, ¿qué diremos de Platón, el más religioso, modesto y sobrio de todos ellos, que también desvarió con su globo redondo, haciendo de él su idea primera? ¿Y qué les podía suceder a los demás, cuando los principales, que debían ser luz para los otros, andaban a tientas dándose de bruces? Asimismo, cuando el gobierno de las cosas humanas atestigua con tanta claridad la providencia de Dios que no se puede negar, los hombres no sacan de ello más provecho que si se dijera que la fortuna lo dispone todo por casualidad y al azar, sin orden ni concierto alguno: tan grande es nuestra inclinación natural al error y a la vanidad. Hablo siempre de los más excelentes y afamados en ciencia y en virtud, no de aquellos desvergonzados que se desbocaron hasta tal punto para profanar la verdad de Dios.
De aquí salió aquella infinidad de errores que llenó y cubrió todo el mundo. Porque el ingenio de cada uno es para él como un laberinto, de modo que no hay por qué maravillarse de que cada nación haya caído en su propio desatino. Y no solo eso, sino que casi cada hombre se ha inventado su propio dios. Porque, como la temeridad y el atrevimiento se juntaron con la ignorancia y las tinieblas, apenas se ha hallado uno que no se haya fabricado un ídolo o un fantasma para adorarlo en lugar de Dios. Ciertamente, así como el agua suele brotar y manar de un manantial grande y abundante, así ha salido del entendimiento de los hombres una infinidad de dioses, según que cada uno, tomándose demasiada libertad, se imagina vanamente de Dios esto o aquello. No es necesario hacer aquí un catálogo de las supersticiones en que el mundo está hoy envuelto y enredado, porque sería nunca acabar. Y aunque yo no dijera una palabra, por tantos abusos y corrupciones se ve con bastante claridad cuán horrible y espantosa es la ceguera del entendimiento humano. Dejo a un lado a la gente común, que no tiene doctrina ni enseñanza; pero consideremos cuán grande fue la diversidad entre los mismos filósofos, que con su juicio y saber quisieron penetrar los cielos. Cuanto más agudo era el juicio de cada uno de ellos y cuanto más adornado estaba de ciencia y sabiduría, tanto más procuró dar buen color a lo que decía; pero si quisiéramos mirar de cerca sus colores, hallaríamos que no eran más que una vana apariencia. Los estoicos pensaron que habían dicho algo grande al afirmar que de todas las partes de la naturaleza se podían sacar diversos nombres de Dios sin que por eso la esencia divina quedara dividida o menoscabada. ¡Como si no fuéramos ya bastante inclinados y propensos a la vanidad, sin que se nos pusiera delante de los ojos una infinidad de dioses que nos hiciera apartarnos y alejarnos hacia el error mucho más lejos y con mayor ímpetu! La teología mística de los egipcios muestra también que todos ellos procuraron con diligencia que no pareciera que desatinaban sin razón alguna. Y en verdad pudo ser que, en lo que pretendían, los sencillos y poco avisados se engañaran a primera vista. Porque nunca hombre nacido ha inventado nada que no corrompiera miserablemente la religión. Y esta misma diversidad tan confusa aumentó el atrevimiento de los epicúreos y de los demás ateos y despreciadores de la religión para arrojar de sí todo sentimiento de Dios. Porque, viendo que los más sabios y prudentes tenían entre sí grandes diferencias y opiniones contrarias, no dudaron, con el pretexto de las discordias de los demás o de la opinión vana y absurda de cada uno, en concluir que los hombres se buscaban vana y locamente motivos para atormentarse y afligirse al investigar si había Dios, puesto que no había ninguno. Pensaron que podían hacerlo libremente, porque era mejor negar de plano y en pocas palabras que haya Dios, que fingirse dioses inciertos y desconocidos y levantar por ello contiendas que nunca tendrían fin. Es verdad que estos razonan sin ningún entendimiento ni juicio; o, mejor dicho, abusan de la ignorancia de los hombres como de un manto para cubrir su impiedad, pues de ningún modo nos es lícito menoscabar la gloria de Dios por muy necia y torpemente que hablemos. Pero, puesto que todos confiesan que no hay cosa en que tanto discrepen doctos e indoctos, de aquí se deduce que el juicio y el entendimiento humanos, en cuanto a los secretos de Dios, son muy torpes y muy ciegos, pues cada uno yerra tan desatinadamente al investigar y buscar a Dios. Suelen algunos alabar la respuesta de un poeta pagano llamado Simónides, que, preguntado por Hierón, tirano de Sicilia, qué era Dios, pidió un día de plazo para pensar la respuesta; al día siguiente, cuando Hierón le preguntó lo mismo, pidió dos días, y cada vez que se cumplía el plazo volvía a pedir el doble de tiempo; al fin respondió: «Cuanto más considero qué es Dios, tanto mayor profundidad y dificultad descubro». Supongamos, pues, que Simónides obró muy prudentemente al suspender su parecer en algo que no entendía; pero de aquí se ve que, si los hombres fueran enseñados solo por la naturaleza, no tendrían nada cierto, firme ni claro, sino que solo se aferrarían a este principio confuso: adorar al Dios que no conocían.
Debemos también tener por cierto que todos los que adulteran la verdadera religión (lo cual les sucede necesariamente a todos los que siguen sus propias fantasías) se apartan y alejan del Dios verdadero. Es verdad que protestarán que no tienen tal voluntad ni intención; pero poco importa lo que pretendan o de lo que se persuadan, pues el Espíritu Santo declara apóstatas a todos los que, en la ceguera de su entendimiento, ponen a los mismos demonios en el lugar de Dios. Por esta razón San Pablo dice que los efesios habían estado sin Dios hasta que por el evangelio aprendieron qué era adorar al Dios verdadero (Ef 2:12). Y esto no se debe entender solo de un pueblo o nación, ya que en otro lugar el mismo apóstol afirma que todos los hombres del mundo se envanecieron en sus razonamientos después de que la majestad del Creador se les manifestara por la creación y estructura del mundo (Ro 1:21). Por eso la Escritura, para dar su lugar al solo y verdadero Dios, insiste muy deliberadamente en condenar como vanidad y mentira todo lo que en tiempos pasados los paganos e idólatras encumbraron y pusieron sobre las nubes como divinidad, y no aprueba por Dios sino a aquel único Dios que era adorado en el monte Sion, donde solamente había una enseñanza especial de Dios para mantener a los hombres en la verdadera religión (Hab 2:18-20). Ciertamente, en el tiempo en que el Señor vivió en el mundo no había nación, fuera de los judíos, que se acercara más a la verdadera religión que los samaritanos; y, sin embargo, sabemos por boca del mismo Cristo que no sabían lo que adoraban (Jn 4:22). De donde se sigue que estaban muy engañados. Finalmente, aunque no todos se hayan entregado sin freno a vicios tan groseros y enormes, ni hayan caído en idolatrías tan claras y manifiestas, nunca ha habido una religión pura y perfecta que se fundara solo en el juicio y el sentir común de los hombres. Porque, aunque algunos, que fueron bien pocos, no desatinaron tanto como el vulgo y la gente común, es verdadera la sentencia del apóstol que dice que ninguno de los príncipes de este siglo conoció la sabiduría de Dios (1 Co 2:8). Pues si los más excelentes y de juicio más sutil y agudo se han perdido de tal manera en las tinieblas, ¿qué podremos decir de la gente común, que en comparación con ellos es la escoria de la tierra? Por eso no es de extrañar que el Espíritu Santo repudie y deseche como bastarda e ilegítima cualquier manera de servir a Dios inventada por el juicio humano; porque toda opinión que los hombres se han fabricado en su entendimiento acerca de los misterios de Dios, aunque no siempre traiga consigo una infinidad de errores, no deja por eso de ser la madre de los errores. Porque, aun suponiendo que no suceda nada peor, ya es un vicio notable adorar al azar a un Dios desconocido, pecado por el cual Cristo condena a todos los que no han sido enseñados por la Ley qué Dios deben adorar (Jn 4:22). Y de hecho, los gobernantes más sabios del mundo que han establecido leyes nunca pasaron de tener una religión admitida por el consentimiento público del pueblo. Jenofonte cuenta también cómo Sócrates, filósofo afamadísimo, alaba la respuesta de Apolo, en la que manda que cada uno sirva a sus dioses según el uso y la manera de sus antepasados y la costumbre de la tierra en que nació. ¿Y de dónde, os ruego, tendrán los miserables hombres esta autoridad para definir y determinar según su albedrío y parecer una cosa que sobrepasa y excede todo el mundo? O bien, ¿quién podrá descansar en lo que los antiguos ordenaron y establecieron, hasta admitir sin duda y sin ningún escrúpulo de conciencia el Dios que le han dado los hombres? Antes se aferrará cada uno a su propio parecer que someterse a la voluntad de otro. Así pues, como seguir la costumbre de la tierra o lo que comúnmente hicieron nuestros antepasados es un lazo muy flojo y sin ningún valor para mantenernos en la religión y en el servicio de Dios, solo queda que Dios mismo dé testimonio de sí desde el cielo.
He aquí, pues, cómo tantas lámparas encendidas en la estructura del mundo nos alumbran en vano para hacernos ver la gloria del Creador: nos alumbran por todas partes, pero de ningún modo pueden por sí solas llevarnos al camino recto. Es verdad que despiden ciertas chispas, pero estas se apagan antes de dar una luz plena. Por eso el apóstol, en el mismo lugar en que llamó a los mundos imágenes de las cosas invisibles, dice enseguida que por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios (He 11:3); con lo cual indica que es verdad que la majestad divina, invisible por naturaleza, se nos manifiesta en tales espejos, pero que no tenemos ojos para verla si antes no nos son iluminados interiormente por la fe. Tampoco San Pablo, cuando dice que lo que de Dios se puede conocer se manifiesta por la creación del mundo, se refiere a una manifestación que pueda comprenderse con la agudeza del entendimiento humano; más bien muestra que no pasa de hacerlos inexcusables (Ro 1:19-20). Y aunque el mismo apóstol dice en cierto lugar que no hay que buscar a Dios muy lejos, pues habita entre nosotros (Hch 17:27), en otro lugar enseña para qué nos sirve esta cercanía: «En las edades pasadas él ha dejado a todas las gentes andar en sus propios caminos; si bien no se dejó a sí mismo sin testimonio, haciendo bien, dándonos lluvias del cielo y tiempos fructíferos, llenando de sustento y de alegría nuestros corazones» (Hch 14:16-17). Así pues, aunque Dios no ha dejado de dar testimonio de sí, invitando y atrayendo dulcemente a los hombres con su gran generosidad a que lo conocieran, ellos no dejaron por eso de seguir sus propios caminos, es decir, sus errores monstruosos.
Y aunque carecemos de capacidad natural para tener un conocimiento perfecto y claro de Dios, como la falta de nuestra torpeza está dentro de nosotros, no tenemos evasiva ni excusa alguna, porque no podemos alegar ignorancia de tal modo que nuestra propia conciencia no nos acuse de negligentes e ingratos. ¡Como si fuera una excusa digna de admitirse que el hombre alegue que no tuvo oídos para oír la verdad, cuando las mismas criaturas mudas la proclaman con voces bastante claras y manifiestas! Si se excusa diciendo que no tiene ojos para verla, las criaturas que no tienen ojos se la muestran. Si se excusa diciendo que no tiene agudeza de entendimiento, todas las criaturas irracionales, que no tienen ningún uso de razón, se la enseñan. Por tanto, no tenemos ninguna excusa por andar perdidos y errantes, puesto que todo lo que Dios creó nos muestra el camino recto. Pero, aunque se debe imputar a los hombres que corrompan enseguida la semilla que Dios sembró en su corazón para que pudieran conocerlo por el admirable artificio de la naturaleza, de tal manera que esta semilla nunca fructifica ni llega a su perfección, con todo, es una grandísima verdad que este testimonio simple y solo que todas las criaturas dan de su Creador de ningún modo basta para instruirnos y enseñarnos suficientemente. Porque, en cuanto hemos tomado un poquito de gusto de Dios al contemplar el mundo, dejamos al Dios verdadero y ponemos en su lugar las invenciones y fantasías de nuestro cerebro, y robamos al Creador, que es la fuente de la justicia, la sabiduría, la bondad y el poder, la alabanza que se le debe, atribuyéndola a esto o a aquello. Y en cuanto a sus obras ordinarias, o las oscurecemos, o las ponemos del revés y las trastocamos de arriba abajo, sin hacer mucho caso de ellas, de modo que no les damos el peso y el valor que merecen, y privamos a su autor de su alabanza y su gloria.
Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.