Institución de la religión cristiana · Juan Calvino
El conocimiento de Dios en cuanto Creador y supremo Gobernador de todo el mundo
Para conocer a Dios como Creador es necesario que la Escritura nos guíe y encamine
Así pues, aunque la claridad que se presenta ante los ojos de los hombres, tanto en lo alto como en lo bajo, tanto en el cielo como en la tierra, basta de sobra para quitarles toda excusa y defensa de su ingratitud —y de hecho Dios ha querido manifestar su majestad y divinidad en las criaturas a todos sin excepción, para condenar al género humano dejándolo sin excusa—, con todo, es necesario que haya otro medio, más adecuado, que nos lleve directamente a conocer a aquel que es Creador del universo. Por eso, no sin causa, añadió Dios la luz de su palabra, para que lo conociéramos para nuestra salvación. Es verdad que concedió este privilegio a aquellos a quienes quiso atraer a sí con mayor cercanía y familiaridad. Porque, como veía que el entendimiento de todos los hombres andaba vacilando y dando tumbos de acá para allá, después de escoger a los judíos como pueblo particular y propio suyo, los encerró como dentro de un redil, para que no desvariaran como las demás naciones. Y no sin causa nos mantiene hoy, por el mismo medio, en el verdadero conocimiento de su majestad; porque, si no usara de este remedio, aun los que parecen mucho más firmes y constantes que los demás se deslizarían enseguida. Porque así como los ancianos, los legañosos o los que tienen cualquier otra enfermedad de la vista, si se les pone delante un hermoso libro de bella letra, aunque ven que hay algo escrito, apenas pueden leer dos palabras, pero con unos anteojos comienzan a leer con claridad, así también la Escritura, reuniendo en nuestro entendimiento un cierto conocimiento de Dios que de otro modo sería confuso, y disipando la oscuridad, nos muestra con toda claridad al Dios verdadero. Por eso es un don singular de Dios que, para enseñar a su Iglesia, no solo se sirva de maestros mudos, como son sus obras, de las que hemos hablado, sino que además tenga a bien abrir su sacratísima boca; y no solo hace saber y proclama que se debe adorar a algún Dios, sino que proclama que él es el Dios que debe ser adorado; y no solo enseña a sus escogidos a fijar los ojos en Dios, sino que él mismo se presenta ante sus ojos para que lo vean. Este es el orden que ha seguido desde el principio con su Iglesia: además de aquellas maneras generales de enseñar, ha añadido también su palabra, que es una marca y una señal mucho más cierta y verdadera para conocerlo. Y no hay duda de que Adán, Noé, Abraham y todos los demás padres, habiendo recibido este favor de la palabra, llegaron a un conocimiento mucho más cierto y familiar, que en cierto modo los distinguió de los incrédulos. Todavía no hablo de la verdadera doctrina de la fe con que fueron iluminados para esperar la vida eterna. Porque para pasar de muerte a vida fue necesario conocer a Dios no solo como Creador, sino también como Redentor; y ambas cosas las alcanzaron por la palabra. Porque primero vino este tipo de conocimiento por el que entendieron quién era el Dios que creó el mundo y ahora lo gobierna; y después siguió el otro, que es interior, el único que vivifica las almas muertas, por el cual Dios es conocido no solo como Creador del mundo y único autor y guía de todo lo que hay en él, sino también como Redentor en la persona de nuestro Mediador, Jesucristo. Pero como todavía no hemos llegado a tratar de la caída del hombre ni de la corrupción de su naturaleza, dejaré por ahora de tratar de su remedio. Recuerden, pues, los lectores que, cuando aquí trato de cómo Dios es conocido por su palabra, no trato todavía de aquella alianza y pacto por el que Dios adoptó para sí a los hijos de Abraham, ni de aquella parte de la doctrina por la que los fieles se han distinguido propiamente de los pueblos profanos e idólatras, porque esta parte de la doctrina está fundada en Jesucristo. Mi propósito es solo declarar cómo Dios, Creador del mundo, debe distinguirse por ciertas señales de toda la multitud de dioses que los hombres se han inventado; después, el mismo orden y modo de proceder nos llevará muy oportunamente a tratar del Redentor. Y aunque citaré muchísimos lugares del Nuevo Testamento, de la Ley y de los Profetas en los que se hace mención expresa y manifiesta de Cristo, todos ellos no pretenderán probar otra cosa sino que Dios, Creador del mundo, se nos manifiesta en la Escritura, y qué es lo que debemos saber de él, para que no andemos perdidos por rodeos y vueltas buscando otro dios desconocido.
Ya sea que Dios se haya manifestado a los patriarcas y profetas por visiones y revelaciones, ya sea que se haya servido del ministerio de los hombres para enseñarles lo que después ellos, de mano en mano, como se dice, debían enseñar a sus descendientes, es certísimo que Dios imprimió en su corazón una certeza de fe tal que se persuadieron y entendieron de que lo que se les había revelado, y habían aprendido, lo había manifestado Dios mismo. Porque Dios siempre ha ratificado su palabra y ha mostrado que es certísima, para que se le diera muchísimo más crédito que a todas las opiniones humanas. Finalmente, para que la verdad de su doctrina perdurara en el mundo para siempre, en una sucesión continua, quiso que las mismas revelaciones con que se manifestó a los padres quedaran consignadas como en un registro público. Por esta razón promulgó su Ley y después añadió a los profetas como intérpretes de ella. Porque, aunque la doctrina de la Ley sirve para muchas cosas, como bien veremos después, Moisés y todos los profetas se propusieron e insistieron sobre todo en enseñar el modo en que los hombres son reconciliados con Dios (de aquí que San Pablo llame a Jesucristo el fin de la Ley, Ro 10:4); con todo, vuelvo a repetir que, además de la doctrina de la fe y del arrepentimiento, que propone a Jesucristo como Mediador, la Escritura pone mucho cuidado en engrandecer con ciertas marcas y señales notables al único y verdadero Dios, que creó el mundo y lo gobierna, para que no se le confunda con la vana multitud de los otros dioses. Así pues, aunque el hombre debe de veras levantar los ojos para contemplar las obras de Dios, ya que Dios lo puso en este hermosísimo teatro que es el mundo para que las viera, para sacar mejor provecho es necesario que tenga los oídos atentos a la palabra. Por eso no es de extrañar que los hombres, nacidos en tinieblas, se endurezcan cada vez más en su necedad; porque son muy pocos los que se someten dócilmente a la palabra para mantenerse dentro de los límites que se les han puesto, y los demás más bien se jactan con toda libertad de su vanidad. Hay que tener, pues, por cierto que, para ser iluminados con la verdadera religión, debemos comenzar por la doctrina celestial, y debemos entender también que nadie puede tener ni el más mínimo gusto de la buena y sana doctrina si no es discípulo de la Escritura. Porque de aquí procede el principio de la verdadera inteligencia: cuando abrazamos con reverencia todo lo que Dios ha querido atestiguar de sí mismo. Porque de la obediencia no solo nace la fe perfecta y completa, sino todo lo que debemos conocer de Dios. Y ciertamente, en lo que toca a esto, Dios ha usado en todo tiempo de una admirable providencia con los hombres.
Porque, si consideramos cuán frágil es el entendimiento humano, cuán inclinado a olvidarse de Dios, cuán propenso a caer en toda clase de errores y cuán grande es su apetito y su deseo de inventarse a cada paso religiones nuevas y nunca oídas, se podrá ver muy bien cuán necesario ha sido que Dios tuviera sus registros auténticos en que se conservara su verdad, para que no se perdiera por olvido, ni se desvaneciera por error y descuido, ni se corrompiera por la temeridad de los hombres. Es, pues, evidente que Dios, siempre que ha querido enseñar a los hombres con algún fruto, se ha servido del medio de su palabra, porque veía que su imagen, impresa en esta hermosura de la estructura del mundo, no era lo bastante eficaz. Si deseamos contemplar a Dios perfectamente, debemos ir por este mismo camino. Es necesario, digo, que vengamos a su palabra, en la cual Dios se nos muestra de veras y se nos pinta al vivo en sus obras, cuando las consideramos como conviene, no según la perversidad de nuestro juicio, sino según la regla inmutable de la verdad. Si nos apartamos de ella, como dije hace poco, por mucha prisa que nos demos, como nuestra carrera va fuera del camino, nunca llegaremos a la meta que buscamos. Porque debemos pensar que el resplandor y la claridad de la majestad divina, que San Pablo llama inaccesible (1 Ti 6:16), es para nosotros como un laberinto del que no podemos salir si no nos guía por él el hilo de su palabra; de modo que más nos valdría ir cojeando por este camino que correr a toda prisa fuera de él. Por eso David, al enseñar muchísimas veces que las supersticiones deben ser arrancadas del mundo para que florezca la verdadera religión, presenta a Dios reinando (Sal 93; 96; 97; 99, y en otros lugares). Con este nombre de reinar, David no entiende solamente el señorío que Dios tiene y ejerce al gobernar todo lo creado, sino la doctrina con que establece su legítimo señorío. Porque los errores nunca pueden arrancarse del corazón del hombre hasta que en él se planta el verdadero conocimiento de Dios.
De aquí que el mismo profeta, después de mencionar que los cielos cuentan la gloria de Dios, que el firmamento anuncia la obra de sus manos y que la sucesión continua y ordenada de los días y las noches proclama su majestad, desciende enseguida a la palabra, diciendo: «La ley de Jehová es perfecta, que convierte el alma; el testimonio de Jehová es fiel, que hace sabio al sencillo. Los mandamientos de Jehová son rectos, que alegran el corazón; el precepto de Jehová es puro, que alumbra los ojos» (Sal 19:1, 7-8). Porque, aunque abarca también otros usos de la Ley, quiere decir en general que, como Dios no consigue mucho al invitar a todos los pueblos y naciones a sí mismo con la vista del cielo y de la tierra, ha establecido esta escuela especialmente para sus hijos. Lo mismo da a entender en el Salmo 29, donde el profeta, después de hablar de la terrible voz de Dios, que hace temblar la tierra con truenos, vientos, aguaceros, torbellinos y tempestades, que sacude los montes y quiebra los cedros, pone al fin como conclusión que en su templo se cantan sus alabanzas. Porque con esto da a entender que los incrédulos son sordos y no oyen ninguna de las voces que Dios hace resonar por el aire. Así también en otro salmo, después de describir las terribles olas del mar, concluye de este modo: «Tus testimonios son muy firmes; la santidad conviene a tu casa, oh Jehová, por los siglos y para siempre» (Sal 93:5). De aquí vino también lo que nuestro Redentor dijo a la mujer samaritana: que su nación y todos los demás pueblos adoraban lo que no sabían, y que solo los judíos servían al Dios verdadero (Jn 4:22). Porque, como el entendimiento humano, débil y flaco como es, de ningún modo puede llegar a Dios si no es ayudado y levantado por la sacrosanta palabra de Dios, era inevitable que todos los hombres, excepto los judíos, por buscar a Dios sin su palabra, anduvieran perdidos y fueran engañados con gran error y vanidad.
Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.