Institución de la religión cristiana · Juan Calvino
El conocimiento de Dios en cuanto Creador y supremo Gobernador de todo el mundo
Con qué testimonio debe probarse la Escritura para que tengamos por cierta su autoridad, a saber, el del Espíritu Santo; y que es una ficción impía decir que la autoridad de la Escritura depende del juicio de la Iglesia
Pero antes de seguir adelante, es necesario intercalar aquí algo sobre la autoridad de la Escritura, que no solo prepare los corazones para reverenciarla, sino que además quite toda duda y escrúpulo. Porque, cuando se tiene por cierto que lo que se propone es palabra de Dios, no hay nadie tan atrevido ni tan desesperado (a menos que haya perdido del todo el juicio y se haya olvidado de toda humanidad) que se atreva a rechazarla como si no mereciera ningún crédito. Pero como Dios no habla cada día desde el cielo, y solo existen las Escrituras, en las que quiso que su verdad fuera publicada y conocida hasta el fin, estas no pueden tener plena certeza entre los fieles por ningún otro título sino cuando ellos tienen por cierto y seguro que descendieron del cielo, como si oyeran en ellas a Dios mismo hablar por su propia boca. Es, sin duda, una cuestión muy digna de tratarse con más extensión y considerarse con mayor atención; pero me perdonarán los lectores si me preocupo más de seguir el hilo que me he propuesto que de tratar esta materia en particular con la dignidad que requeriría. En muchos ha crecido un error perjudicialísimo: piensan que la Escritura no tiene más autoridad que la que la Iglesia, de común acuerdo, le conceda; como si la verdad eterna e inviolable de Dios dependiera de la fantasía de los hombres. Porque esta es la cuestión que suelen plantear, y no sin hacer gran escarnio del Espíritu Santo: ¿Quién nos hará creer que esta doctrina procede de Dios? ¿Quién nos asegurará que se ha conservado sana y entera hasta nuestros días? ¿Quién nos persuadirá de que este libro debe recibirse con toda reverencia y aquel otro rechazarse, si la Iglesia no fijara sobre esto una regla cierta y determinada? Concluyen, pues, que de la determinación de la Iglesia depende la reverencia que se debe a la Escritura, y que la Iglesia tiene autoridad para discernir y distinguir entre los libros canónicos y los apócrifos. Así, estos hombres abominables, que solo buscan levantar una tiranía desenfrenada con el pretexto de la Iglesia, no se preocupan de los absurdos en que se enredan a sí mismos y a los demás, con tal de poder hacer creer a la gente sencilla que la Iglesia lo puede todo. Y si esto es así, ¿qué será de las pobres conciencias que buscan una firme certeza de la vida eterna, si todas las promesas que se nos han hecho tienen su fuerza y su vigor en el solo capricho de los hombres? Cuando oigan que basta con que la Iglesia lo haya determinado así, ¿podrán acaso quedar tranquilas con semejante respuesta? Por otra parte, ¡qué ocasión damos a los infieles para burlarse de nuestra fe, y cuántos la tendrían por sospechosa, si se creyera que tiene su autoridad como prestada por el favor de los hombres!
Pero a estos charlatanes basta para refutarlos esta sola palabra del apóstol: dice que la Iglesia está edificada sobre el fundamento de los profetas y de los apóstoles (Ef 2:20). Si el fundamento de la Iglesia es la doctrina que enseñaron los profetas y los apóstoles, es necesario que esta doctrina tenga toda su certeza antes de que la Iglesia empiece a existir. Y no hay por qué andar con sutilezas diciendo que, aunque la Iglesia tenga su principio y origen en la palabra de Dios, sigue en duda qué doctrina debe admitirse como profética y apostólica hasta que la Iglesia intervenga y lo determine. Porque si la Iglesia cristiana fue fundada desde el principio sobre lo que escribieron los profetas y predicaron los apóstoles, es necesario que la aprobación de esta doctrina preceda a la Iglesia, que está fundada sobre ella, como el fundamento es siempre anterior al edificio. Es, pues, un gran desatino decir que la Iglesia tiene autoridad para juzgar de la Escritura, de modo que haya de tenerse o no por palabra de Dios lo que los hombres hayan determinado. Por eso, cuando la Iglesia recibe y admite la santa Escritura y la aprueba con su testimonio, no la hace auténtica, como si antes fuera dudosa y sin crédito; sino que, porque la reconoce como la verdad misma de su Dios, la honra y reverencia sin ninguna contradicción, como exige la piedad. En cuanto a lo que preguntan —¿cómo nos persuadiremos de que la Escritura procede de Dios si no recurrimos a lo que la Iglesia ha determinado?—, es como si alguien preguntara: ¿cómo sabremos distinguir la luz de las tinieblas, lo blanco de lo negro, lo dulce de lo amargo? Porque la Escritura no da menos muestras de sí para ser reconocida que las cosas blancas y negras de su color, o las dulces y amargas de su sabor.
Sé muy bien que se suele citar el dicho de San Agustín según el cual él no creería en el evangelio si no lo moviera la autoridad de la Iglesia. Pero por el contexto se entenderá muy fácilmente cuán fuera de propósito y cuán calumniosamente alegan este lugar con este fin. San Agustín disputaba contra los maniqueos, que querían que se diera crédito sin ninguna réplica a todo lo que decían, porque afirmaban decir la verdad, aunque nunca la mostraban. Y como, queriendo encumbrar a su maestro Maniqueo, se jactaban del nombre de evangelio, él les pregunta qué harían si se encontraran con un hombre que no diera ningún crédito al evangelio; les pregunta qué clase de persuasión usarían para atraerlo a su opinión. Y luego dice: «En cuanto a mí, no creería en el evangelio si no me moviera la autoridad de la Iglesia». Con lo cual da a entender que, todo el tiempo que fue pagano y sin fe, no pudo ser llevado por otro camino a creer que el evangelio es la verdad de Dios sino convencido por la autoridad de la Iglesia. ¿Y qué tiene de extraño que un hombre, antes de conocer a Cristo, tenga en cuenta y estime mucho lo que los hombres determinan? No afirma, pues, San Agustín en este lugar que la fe de los fieles esté fundada en la autoridad de la Iglesia, ni entiende que la certeza del evangelio dependa de ella; solo quiere decir que los infieles no tienen ninguna certeza del evangelio por la que puedan ser ganados para Jesucristo si el consentimiento de la Iglesia no los mueve e impulsa. Y esto lo confirma un poco antes, hablando así: «Cuando yo haya alabado lo que creo y me haya burlado de lo que tú crees, oh Maniqueo, ¿qué piensas que debemos juzgar o hacer, sino dejar a los que nos invitan a conocer cosas ciertas y después nos mandan creer lo incierto, y seguir a los que nos exhortan a creer ante todo lo que no podemos comprender ni entender, para que, fortalecidos por la fe, lleguemos al fin a entender lo que creemos; y esto no por medio de los hombres, sino porque Dios mismo confirma e ilumina interiormente nuestras almas?». Estas son, sin duda, las palabras de San Agustín, de las cuales cualquiera podrá concluir muy fácilmente que este santo doctor nunca pensó que el crédito y la fe que damos a la Escritura dependieran del arbitrio y la voluntad de la Iglesia, sino que solo quiso mostrar que los que todavía no han sido iluminados por el Espíritu de Dios son llevados, por la reverencia y el respeto a la Iglesia, a cierta docilidad, para dejarse enseñar la fe en Jesucristo por el evangelio; y que, de este modo, la autoridad de la Iglesia es como una puerta de entrada para encaminar a los ignorantes y prepararlos para la fe del evangelio. Todo esto lo reconocemos como verdadero. Y ciertamente vemos muy bien que San Agustín quiere que la fe de los fieles se funde en un fundamento muy distinto de la determinación de la Iglesia. Tampoco niego que muchas veces oponga a los maniqueos la autoridad y el consentimiento común de la Iglesia, cuando quiere probar la Escritura que ellos rechazaban. De ahí vino el reproche que hizo a Fausto, uno de esa secta: que no se sometía a la verdad del evangelio, tan bien fundada y establecida, tan estimada, y admitida en sucesión continua desde el tiempo de los apóstoles. Pero de ningún modo pretende enseñar que la reverencia y la autoridad que damos a la Escritura dependan de la determinación y el parecer de los hombres. Solamente alega el parecer universal de la Iglesia, cosa que venía muy bien a su propósito y en la que llevaba gran ventaja a sus adversarios. Si alguno quiere una confirmación más amplia de esto, lea el tratado que el mismo San Agustín escribió y tituló De utilitate credendi, «De la utilidad de creer»: allí hallará que no nos recomienda ser crédulos o fáciles para creer lo que nos enseñan los hombres sino para darnos cierta entrada que nos sirva, como él dice, de principio conveniente; en lo demás, no quiere que nos atengamos a la opinión común, sino que nos apoyemos en un conocimiento firme y sólido de la verdad.
Debemos, pues, retener lo que dije hace poco: que nunca tendremos de veras por verdadera la doctrina hasta que nos conste de hecho que su autor es Dios mismo. Por eso la prueba perfecta de la Escritura se toma comúnmente de la persona de Dios que habla en ella. Ni los profetas ni los apóstoles se jactaban de la agudeza de su entendimiento ni de ninguna de las cosas que suelen dar crédito a los que hablan, ni se apoyan en razones naturales; sino que, para someter a todos los hombres y hacerlos dóciles, ponen por delante el sacrosanto nombre de Dios. Queda, pues, por ver cómo se podrá saber, no por una opinión aparente, sino de veras y en realidad de verdad, que el nombre de Dios no ha sido usurpado temerariamente ni con astucia y engaño. Si queremos, pues, velar bien por las conciencias, para que no anden siempre de acá para allá cargadas de dudas, no vacilen ni se estanquen y detengan en cualquier escrúpulo, es necesario que esta persuasión se tome de mucho más alto que de razones, juicios o conjeturas humanas: del testimonio secreto del Espíritu Santo. Es verdad que, si quisiera tratar esta materia con argumentos y pruebas, podría aducir muchas cosas que probaran con facilidad que, si hay algún Dios en el cielo, ese Dios es el autor de la Ley, de las profecías y del evangelio. Más aún: aunque los hombres más doctos y sabios del mundo se levantaran en contra y emplearan todo su ingenio y entendimiento en esta controversia, se les haría confesar por fuerza (a menos que hayan perdido del todo la vergüenza y se hayan obstinado) que por señales manifiestas y evidentes se ve que es Dios quien habla en la Escritura y, por consiguiente, que la doctrina que contiene es del cielo. Pronto veremos que todos los libros de la Sagrada Escritura son incomparablemente más excelentes y merecen mucha más estima que todos los libros escritos. Más aún: si tenemos los ojos limpios y los sentidos sanos, enseguida se nos pondrá delante la majestad de Dios, que, ahuyentando de nosotros toda osadía de contradecir, nos obligará a obedecerle. Con todo, van muy descaminados y trastornan el orden los que pretenden y se esfuerzan por sostener la autoridad y el crédito de la Escritura con argumentos y disputas. En cuanto a mí, aunque no estoy dotado de gran elocuencia ni soy gran retórico, si tuviera que discutir esta materia con los más astutos despreciadores de Dios que pudieran hallarse en todo el mundo, que quieren pasar por muy hábiles y muy ingeniosos en debilitar la Escritura y quitarle su fuerza, confío en que no me sería muy difícil hacer callar toda su palabrería; y, si fuera útil el trabajo de refutar todas sus astucias y sutilezas, sin gran esfuerzo mostraría que todas las fanfarronadas que andan diciendo por los rincones no son más que humo y vanidad. Pero aunque hayamos defendido la sacrosanta palabra de Dios de las detracciones y murmuraciones de los impíos, no por eso imprimiremos enseguida en el corazón de los hombres la certeza de fe que exige la piedad. Porque la gente profana piensa que la religión consiste solo en opiniones, y, para no creer nada temeraria o ligeramente, quiere y exige que se le pruebe con razones que Moisés y los profetas hablaron inspirados por el Espíritu Santo. A esto respondo que el testimonio que da el Espíritu Santo es mucho más excelente que cualquier razón. Porque, aunque solo Dios es testigo suficiente de sí mismo en su palabra, esta palabra nunca hallará crédito en el corazón de los hombres hasta que sea sellada con el testimonio interior del Espíritu. Es necesario, pues, que el mismo Espíritu que habló por boca de los profetas penetre en nuestro corazón y lo toque de veras, para persuadirlo de que los profetas dijeron fielmente lo que el Espíritu Santo les mandaba. El profeta Isaías expresa muy bien esta unión cuando dice: «El Espíritu mío que está sobre ti, y mis palabras que puse en tu boca, no faltarán de tu boca, ni de la boca de tus hijos» (Is 59:21). Hay gente de bien que, viendo que los incrédulos y enemigos de Dios murmuran contra su palabra sin recibir castigo, se apena de no tener a mano una prueba clara y manifiesta para taparles la boca. Pero se engañan, porque no consideran que el Espíritu Santo se llama expresamente sello y arras para confirmar la fe de los piadosos; porque, hasta que él ilumina nuestro espíritu, este no hace más que titubear y vacilar.
Tengamos, pues, por cierto que nadie sino aquel a quien el Espíritu Santo ha enseñado interiormente descansa de veras en la Escritura; y que, aunque ella trae consigo el crédito que se le debe para ser admitida sin ninguna contradicción y no está sujeta a pruebas ni argumentos, alcanza la certeza que merece por el testimonio del Espíritu Santo. Porque, aunque por sí misma trae consigo una majestad que hace que se la reverencie y respete, solo empieza a tocarnos de veras cuando el Espíritu Santo la sella en nuestro corazón. Iluminados, pues, por el poder del Espíritu Santo, ya no creemos por nuestro juicio ni por el de otros que la Escritura procede de Dios; sino que, por encima de todo entendimiento humano, concluimos con absoluta certeza, como si en ella viéramos con nuestros propios ojos la esencia misma de Dios, que nos ha sido dada por la misma boca de Dios mediante el ministerio de los hombres. No buscamos argumentos ni verosimilitudes en que apoye nuestro juicio, sino que le sometemos nuestro juicio y entendimiento como a una cosa certísima, de la que no se debe tener ninguna duda. Y esto no como algunos acostumbran, que admiten a la ligera lo que no conocen y, en cuanto saben lo que es, les desagrada; sino porque sabemos muy bien y estamos muy seguros de que poseemos la verdad invencible. Y no como los ignorantes acostumbran someter su entendimiento a las supersticiones, sino porque sentimos que en ella reside y muestra su fuerza un poder manifiesto de Dios, por el cual somos atraídos y movidos a obedecerle a sabiendas y voluntariamente, pero con una eficacia mucho mayor que la de la voluntad o la ciencia humana. Por eso, con muy justa razón, Dios dice claramente por el profeta Isaías que los profetas y todo el pueblo le son testigos suficientes, porque sabían que la doctrina que se les había propuesto venía de Dios y que en esto no había nada que dudar ni que replicar (Is 43:10). Tal es, pues, esta persuasión: no pide razones; y, sin embargo, el conocimiento que da se apoya en una razón firmísima, a saber, que nuestro entendimiento halla en ella un reposo y un descanso más ciertos y seguros que en razón alguna. En fin, es un sentimiento tal que no puede engendrarse sino por revelación celestial. No digo otra cosa sino lo que cada uno de los fieles experimenta en sí mismo, solo que las palabras quedan muy por debajo de lo que requiere este tema y no bastan para explicarlo bien. Por ahora no me extenderé más, porque en otro lugar se ofrecerá de nuevo ocasión de tratar esta materia. Contentémonos por el momento con saber que no hay fe verdadera sino la que el Espíritu Santo imprime y sella en nuestro corazón. Y todo hombre dócil y modesto se contentará con esto: Isaías promete a todos los hijos de la Iglesia, una vez renovada, que serán enseñados por Dios (Is 54:13). Es un privilegio singular que el Señor concede a los suyos para distinguirlos de todo el género humano. Porque ¿cuál es el principio de la verdadera doctrina, sino una prontitud y una alegría para oír la palabra de Dios? Y ciertamente pide por boca de Moisés ser oído, como está escrito: «No digas en tu corazón: ¿Quién subirá al cielo, o quién descenderá al abismo? He aquí, la palabra está en tu boca» (Dt 30:12-14). Si Dios quiso que este tesoro de inteligencia estuviera reservado para sus hijos, no es de extrañar que veamos tanta ignorancia y necedad en la gente común. Llamo gente común aun a los más excelentes, mientras no estén incorporados a la Iglesia. Y lo que es más de considerar: Isaías, después de decir que la doctrina de los profetas sería increíble no solo para los gentiles, sino también para los judíos, que querían ser tenidos por familiares de Dios, da enseguida la causa: que el brazo de Dios no se manifestará a todos (Is 53:1). Así pues, cada vez que nos entristezca ver cuán pocos son los que creen, recordemos por otra parte que nadie comprende los misterios de Dios sino aquel a quien le es concedido.
Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.