Institución de la religión cristiana · Juan Calvino
El conocimiento de Dios en cuanto Creador y supremo Gobernador de todo el mundo
Hay pruebas suficientemente firmes, en cuanto el entendimiento humano puede comprenderlas, para probar que la Escritura es indudable y certísima
Si no tenemos esta certeza, mucho más alta y más firme que todo entendimiento humano, en vano se confirmará la autoridad de la Escritura con argumentos, en vano se establecerá por el acuerdo de la Iglesia o se afirmará por otros medios. Porque, si no se pone primero este fundamento, siempre quedará en suspenso; mientras que, por el contrario, una vez que, libre de toda duda, la hayamos recibido como conviene y según su dignidad, las razones que antes no valían mucho para plantar y fijar su certeza en nuestro corazón nos serán entonces muy buenas ayudas. Es, en verdad, admirable la confirmación que le da esta consideración cuando examinamos con diligencia cuán ordenada y armoniosa se muestra la disposición de la sabiduría divina; cuán celestial se muestra en todo su doctrina, sin oler en nada a cosas terrenas; qué hermosa concordancia y armonía tienen sus partes entre sí, y todo lo demás que puede servir para dar autoridad a cualquier otro escrito. Además, nuestro corazón se confirma todavía mucho más cuando consideramos que lo que nos arrebata y nos hace admirarla es más la majestad de la materia que la gracia y el adorno de las palabras. Y ciertamente no ha sido sin una gran providencia divina que los grandes misterios y secretos del reino de los cielos se nos hayan revelado en su mayor parte con palabras muy humildes y sin gran elocuencia, para que, si hubieran estado adornados de gran elocuencia, los impíos no pudieran calumniar diciendo que solo reinaba en ellos la elocuencia. Viendo, pues, que aquella sencillez ruda y rústica nos mueve a venerarla mucho más que toda la elocuencia y el hablar pulido de todos los retóricos, ¿qué podemos juzgar sino que la Escritura contiene en sí tal poder y tal verdad que no necesita ningún artificio de palabras? No sin causa, pues, el apóstol prueba que la fe de los corintios no estaba fundada en la sabiduría humana, sino en el poder de Dios, porque su predicación entre ellos no había sido con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder (1 Co 2:4). Porque la verdad está fuera de toda duda cuando, sin ayuda de ninguna otra cosa, se basta por sí misma para defenderse. Y se ve claramente cuán propio de la Escritura es este poder, porque de todos los escritos humanos no hay ninguno, por artificioso y elegante que sea, que tenga tanta fuerza para conmovernos. Leed a Demóstenes o a Cicerón, leed a Platón, a Aristóteles o a cualesquiera otros autores profanos: confieso que os atraerán, deleitarán, conmoverán y arrebatarán en gran manera; pero si, dejando su lectura, nos ponemos a leer la Santa Escritura, queramos o no, ella tocará y penetrará nuestro corazón de tal manera y se asentará tan dentro de nuestros tuétanos que toda la fuerza de los retóricos y filósofos, comparada con la eficacia del sentimiento de la Escritura, no será más que humo de paja. De donde es fácil concluir que la Sagrada Escritura tiene en sí cierto poder divino, pues supera y aventaja con tan gran distancia todas las gracias de la habilidad humana.
Confieso, es verdad, que algunos de los profetas usaron una manera de hablar elegante y graciosa, y aun un estilo elevado y elocuente, de modo que su elocuencia no es de menos quilates que la de los escritores profanos; con tales ejemplos quiso el Espíritu Santo mostrar que no le faltaba elocuencia, aunque en otros lugares le agradó usar un estilo rudo y tosco. Pero leamos al profeta David, a Isaías u otros semejantes, cuyo estilo es suave y dulce, o leamos a Amós, que fue pastor, o a Jeremías o a Zacarías, cuyo estilo es algo áspero y rústico: en unos y otros se verá claramente aquella majestad del Espíritu de que he hablado. Y no ignoro que Satanás, como imitador de Dios que es, se disfraza para introducirse con el título de Escritura y engañar el corazón de los sencillos, y que ha seguido las mismas huellas en cuanto ha podido: es decir, ha divulgado astutamente los errores con que engañaba a los pobres hombres en un lenguaje duro, tosco y casi bárbaro, y aun ha usado maneras de hablar antiquísimas para encubrir sus engaños con esta máscara. Pero todos los que tengan siquiera un mediano entendimiento ven con toda claridad cuán vana y frívola es esta afectación. En cuanto a la Sagrada Escritura, aunque los hombres profanos y descarados se esfuercen por hallar en ella qué morder y roer, es evidente que está llena de dichos y sentencias que era imposible que el entendimiento humano imaginara. Examínese a cada uno de los profetas: no hay ninguno que no haya sobrepasado la medida humana, de modo que todos los que no hallan gusto en su doctrina son hombres que han perdido el gusto y están completamente embotados.
Otros han tratado esta materia mucho más ampliamente; por eso me bastará por ahora tocar de pasada algunas cosas que sirven mucho para entender lo esencial y lo principal de este tratado. Además de lo que ya he tocado, la misma antigüedad de la Escritura es de gran importancia para que le demos crédito. Porque, por mucho que los escritores griegos inventen acerca de la teología de los egipcios, no se hallará memoria de ninguna religión, sea cual sea, que no sea muy posterior al tiempo de Moisés. Y Moisés no se inventa un Dios nuevo, sino que solo propone al pueblo de Israel lo que ya desde mucho antes, de mano en mano, le habían enseñado sus antepasados acerca del Dios eterno. Porque ¿qué otra cosa pretende sino llevarlos a la alianza hecha con Abraham? Si hubiera contado algo nunca oído, no habría tenido ninguna acogida. Pero era necesario que su liberación de la esclavitud en que estaban fuera cosa muy conocida y común entre ellos, de modo que su sola mención levantara enseguida el ánimo de todos. Es también verosímil y de suponer que se les había advertido del plazo de los cuatrocientos años (Gn 15:13). Consideremos, pues, ahora: si Moisés, que precedió tanto tiempo a todos los demás escritores, toma sin embargo desde tan arriba el origen y la fuente de su doctrina, ¿cuánto aventajará la Sagrada Escritura en antigüedad a todos los demás escritos?
A menos que seamos tan necios que demos crédito a los egipcios, que extienden su antigüedad hasta seis mil años antes de la creación del mundo. Pero como los mismos paganos se han burlado de todas sus fanfarronadas y no les han hecho caso, no hay por qué me moleste en refutarlas. Josefo, escribiendo contra Apión, aduce testimonios admirables tomados de escritores antiquísimos, de los que se ve fácilmente que todas las naciones coincidieron en esto: que la doctrina de la Ley había sido célebre desde muchísimo tiempo atrás, aunque no se leyera ni se entendiera bien. Por lo demás, para que los escrupulosos y malintencionados no tengan nada de qué sospechar, y los perversos no tengan ocasión de andar con sutilezas, Dios proveyó a lo uno y a lo otro con muy buenos remedios. Moisés cuenta lo que Jacob, inspirado por el Espíritu Santo, profetizó a sus descendientes trescientos años antes. ¿Ennoblece acaso su linaje? Al contrario, en la persona de Leví lo marca con infamia perpetua: «Simeón y Leví, armas de iniquidad; en su consejo no entre mi alma, ni mi lengua se junte en su compañía» (Gn 49:5-6). Ciertamente Moisés podía muy bien haber callado esta afrenta, no solo por respeto a su antepasado, sino también por no afrentarse a sí mismo y a toda su familia con la misma afrenta. ¿Cómo podrá sernos sospechoso el que divulgó que el primer autor y raíz de la familia de la que descendía había sido declarado detestable por el Espíritu Santo? No tiene en cuenta su propio provecho, ni le importa el odio que podían tomarle los de su tribu, a quienes sin duda esto no agradaba nada. Asimismo, cuando cuenta la murmuración impía con que su propio hermano Aarón y su hermana María se rebelaron contra Dios (Nm 12:1), ¿diremos acaso que lo hizo por una pasión carnal, o que obedeció al mandato del Espíritu Santo? Además, teniendo él la autoridad suprema, ¿por qué no deja al menos a sus hijos la dignidad del sumo sacerdocio, sino que los pone en el lugar más bajo? He aducido estos pocos ejemplos, aunque hay muchísimos; y en la misma Ley se ofrecerán a cada paso muchísimos argumentos que nos convenzan y nos hagan saber sin ninguna duda que Moisés fue como un ángel bajado del cielo.
Además, los milagros tan numerosos y tan admirables que cuenta son otras tantas confirmaciones de la Ley que dio y de la doctrina que enseñó. Porque el ser él arrebatado en una nube estando en el monte; el esperar allí cuarenta días sin trato con los hombres; el resplandecerle el rostro como si fueran rayos de sol cuando publicó la Ley; los relámpagos que brillaban por todas partes; los truenos y estruendos que se oían por todo el aire; la trompeta que sonaba sin que nadie la tocara; el estar la entrada del tabernáculo cubierta por la nube para que el pueblo no la viera; el ser defendida la autoridad de Moisés de un modo tan extraordinario, con el castigo tan horrible que cayó sobre Coré, Datán y Abiram y sobre todos sus cómplices y allegados; el brotar de la roca un río en cuanto fue golpeada con la vara; el hacer Dios llover maná del cielo a petición de Moisés (Éx 24:18; 34:29; 19:16; 40:34; Nm 16:24-33; 20:10-11; 11:9): ¿no nos lo ensalzaba Dios con todo esto como a un profeta certísimo enviado del cielo? Si alguien objeta que doy por ciertas cosas de las que se podría dudar, la respuesta a esta objeción es fácil. Porque, puesto que Moisés ratificó todas estas cosas en asamblea pública, os pregunto: ¿qué lugar habría tenido para inventar todo esto delante de los mismos que habían sido testigos oculares de cuanto había sucedido? ¡Como si se hubiera puesto en medio del pueblo, acusándolo de infiel, contumaz, ingrato y de otras maldades, y al mismo tiempo se hubiera jactado ante él de que su doctrina estaba confirmada por milagros que ellos nunca habían visto!
Y ciertamente hay que notar bien esto: cada vez que trata de milagros, tan lejos está de buscar el favor del pueblo que, más bien, amontona no sin tristeza sus pecados, lo cual habría podido provocarlos a decirle que no decía la verdad, si se les hubiera dado la más mínima ocasión. De donde se ve que nunca habrían sido inducidos a aquietarse si no hubieran quedado bien convencidos por su propia experiencia. Por lo demás, como la cosa era tan notoria que los mismos escritores paganos antiguos no pudieron negar que Moisés hubiera hecho milagros, el diablo, padre de la mentira, les inspiró la calumnia de decir que los hacía por arte de magia (Éx 7:11). Pero ¿qué indicio tenían para acusarlo de hechicero, cuando él aborreció tanto esta superstición que mandó apedrear a cualquiera que solo consultara a hechiceros y adivinos (Lv 20:6, 27)? Y ciertamente no hay embaucador ni hechicero que haga sus ilusiones sin procurar, para ganar honra, dejar atónito al pueblo. ¿Pero qué hizo Moisés? Proclamando a voces que él y su hermano Aarón no eran nada, sino que solo ponían por obra lo que Dios les había mandado, se libra por completo de toda sospecha y mala opinión (Éx 16:7). Y si se consideran las cosas tal como son, ¿qué encantamiento podía hacer que el maná que caía cada día del cielo bastara para alimentar al pueblo, y que, si alguno guardaba más de la medida, aprendiera por la misma podredumbre del maná que Dios castigaba su incredulidad? Y hay más: Dios permitió que su siervo fuera examinado con pruebas tan grandes y tan duras que hoy los maldicientes consiguen muy poco hablando mal de él. Porque, cuantas veces se levantó contra él con soberbia y descaro, unas veces todo el pueblo, otras algunos conspirando entre sí, y procuraron destruirlo, ¿cómo habría podido escapar de su furor con sus ilusiones? El resultado mismo nos muestra claramente que por estos medios su doctrina quedó confirmada para siempre.
Asimismo, el hecho de que en la persona del patriarca Jacob asigne a la tribu de Judá la primacía sobre todas las demás (Gn 49:10), ¿quién negará que fue por espíritu de profecía, sobre todo si consideramos bien cómo sucedió después? Supongamos que Moisés fuera el primer autor de esta profecía; aun así, desde que la escribió pasaron cuatrocientos años sin que se mencionara en todo ese tiempo cetro real alguno en la tribu de Judá. Cuando Saúl fue coronado rey, parecía que la majestad real residía en la tribu de Benjamín (1 S 11:15); cuando Samuel ungió a David, ¿qué medio se veía para pasar el reino de la tribu de Benjamín a la de Judá (1 S 16:13)? ¿Quién habría pensado que un rey había de salir de la casa de un pastor? Y habiendo en aquella casa siete hermanos, ¿quién habría creído que el menor de todos había de ser rey, como de hecho lo fue? ¿Por qué camino llegó después a poseer el reino? ¿Quién dirá que su unción fue guiada por arte, habilidad o prudencia humana, y no más bien que fue el cumplimiento de lo que Dios había revelado desde el cielo? Además, lo que el mismo Moisés profetiza, aunque de modo oscuro, acerca de la conversión de los gentiles, que sucedió dos mil años después, ¿no atestigua acaso que habló inspirado por Dios? Dejo a un lado otras profecías que muestran con tanta claridad haber sido reveladas por Dios que todo hombre de juicio entiende que es Dios quien las ha pronunciado. En conclusión, su solo cántico es un espejo clarísimo en el que Dios se deja ver claramente (Dt 32).
Todo esto se ve todavía mucho más claro en los otros profetas. Escogeré unos pocos ejemplos, porque sería muy laborioso reunirlos todos. Cuando, en tiempos del profeta Isaías, el reino de Judá estaba en paz, y no solo en paz, sino que además había hecho alianza con los caldeos, pensando hallar en ellos socorro, Isaías predicaba que la ciudad sería destruida y el pueblo llevado cautivo. Aunque se dijera que haber profetizado tanto tiempo antes cosas que entonces parecían fábulas no era prueba suficiente para juzgar que había hablado por inspiración divina, con el tiempo se vio que todo era verdad. ¿Y de dónde podemos decir que procedieron, sino de Dios, las profecías que pronunció acerca de la liberación de aquel pueblo? Nombra a Ciro, por quien los caldeos habían de ser sometidos y el pueblo había de recobrar su libertad (Is 45:1). Pasaron bastante más de cien años entre el momento en que Isaías profetizó esto y el nacimiento de Ciro, porque este nació unos cien años, poco más o menos, después de la muerte de Isaías. Nadie podía adivinar entonces que había de nacer un hombre llamado Ciro que haría la guerra a los babilonios y, habiendo derribado una monarquía tan poderosa, libertaría al pueblo de Israel y pondría fin a su cautiverio. Esta manera de contar, tan clara, tan sin velos y sin ningún adorno de palabras, ¿no muestra evidentemente que estas profecías de Isaías son oráculos de Dios y no conjeturas humanas? Además, cuando Jeremías, poco antes de que el pueblo fuera llevado cautivo, señala un plazo fijo de setenta años para que terminara el cautiverio y volvieran libres (Jer 25:11-12), ¿no fue necesario que el mismo Espíritu Santo moviera su lengua para que dijera esto? ¿No sería una gran desvergüenza negar que la autoridad de los profetas quedó establecida con tales testimonios, y que se cumplió de hecho, para que se diera crédito a sus palabras, lo que ellos afirman: «He aquí se cumplieron las cosas primeras, y yo anuncio cosas nuevas; antes que salgan a luz, yo os las haré notorias» (Is 42:9)? No digo nada aquí de Jeremías y Ezequiel, que, aun estando muy lejos el uno del otro y profetizando al mismo tiempo, coincidían tanto en todo lo que decían como si uno dictara al otro lo que había de escribir, o como si ambos se hubieran puesto de acuerdo. ¿Y qué diré de Daniel? ¿No trata de cosas que sucedieron seiscientos años después de su muerte como si contara una historia de hechos ya pasados y conocidos por todo el mundo? Si los fieles tuvieran esto bien pensado, estarían suficientemente preparados para hacer callar a los impíos, que no hacen más que ladrar contra la verdad. Porque estas pruebas son tan evidentes que no hay nada que se pueda objetar contra ellas.
Sé muy bien lo que ciertos desvergonzados andan murmurando por los rincones para lucir la agudeza de su entendimiento combatiendo la verdad. Preguntan quién nos ha asegurado que Moisés y los profetas escribieron lo que leemos como suyo. Y aun no se avergüenzan de preguntar si alguna vez existió tal Moisés. Pero si alguien pusiera en duda que hubieran existido Platón, Aristóteles o Cicerón, ¿quién no diría, os ruego, que ese tal merecía que lo abofetearan y azotaran? La Ley de Moisés se ha conservado más milagrosamente por la divina providencia que por la diligencia de los hombres. Y aunque por negligencia de los sacerdotes estuvo sepultada por algún tiempo, desde que el buen rey Josías la halló ha estado en uso y ha andado en manos de los hombres hasta hoy sin interrupción. Y el rey Josías no la sacó a la luz como algo nuevo y nunca oído, sino como algo muy conocido, cuyo recuerdo todavía era muy célebre y reciente. El original mismo se guardaba en el templo, y una copia auténtica estaba en los archivos del rey. Solo había sucedido que los sacerdotes habían dejado de publicarla solemnemente, y al pueblo tampoco le importaba que no se leyera como antes. Y lo que es más de considerar: nunca pasó época ni siglo en que su autoridad no fuera confirmada y renovada. Los que leían a David, ¿no sabían acaso quién había sido Moisés? Y, para hablar en general de todos los profetas, es certísimo que sus escritos no pudieron transmitirse sino de mano en mano, como se dice, de padres a hijos, en una sucesión continua, por hombres que los habían oído hablar o habían sabido por los que los oyeron que habían hablado así.
Lo que esta honrada gente objeta de la historia de los Macabeos está tan lejos de menoscabar la certeza de la Sagrada Escritura, que es lo que pretenden, que no se puede pensar nada más apropiado para confirmarla. Pero, en primer lugar, quitémosles el pretexto y el barniz con que lo colorean y doran, y luego devolvámosles sus argumentos hiriéndolos con sus propias armas. Puesto que aquel rey tirano Antíoco, dicen, mandó quemar todos los libros de la Ley (1 Mac 1:56-57), ¿de dónde salieron los ejemplares que hoy tenemos? Yo, en cambio, les pregunto en qué taller se habrían escrito tan pronto si no hubieran quedado algunos. Porque es cosa sabida que, en cuanto cesó la persecución, dichos libros se hallaron enteros y completos, y que todos los hombres piadosos que los habían leído y los conocían familiarmente los admitieron sin ninguna objeción. Además, aunque todos los impíos de aquel tiempo conspiraron a una contra los judíos para destruir su religión, y cada uno se esforzaba por calumniarlos, nadie se atrevió jamás a echarles en cara que hubieran introducido libros falsos. Porque, tengan estos blasfemos la opinión que queráis de la religión de los judíos, hacen a Moisés autor de aquella religión. Así que estos charlatanes mentirosos muestran bien una rabia furiosa cuando acusan de falsificados y apócrifos unos libros cuya sacrosanta antigüedad está aprobada por el consentimiento común de todas las historias. Pero, para no molestarme en vano refutando calumnias tan vanas, consideremos más bien en esto el gran cuidado que Dios ha tenido de conservar su palabra, cuando, contra toda opinión y esperanza, la libró de la crueldad de aquel tirano cruelísimo como de un fuego encendido; dio tal constancia a los sacerdotes y a otros fieles que no dudaron en jugarse la vida por guardar este tesoro de la Escritura para sus sucesores; y cerró los ojos de tantos jueces, alguaciles y esbirros que, por mucha inquisición y pesquisa que hicieran, nunca pudieron desarraigar del todo esta verdad. ¿Quién no reconocerá esta obra insigne y maravillosa de Dios: que, cuando los impíos pensaban haber quemado todos los ejemplares que había, de repente reaparecieron, y aun con mucha mayor majestad que antes? Porque poco después fueron traducidos al griego, y esta traducción se difundió por todo el mundo. Y el milagro no se mostró solo en que Dios librara el documento de su alianza de los crueles edictos y proclamas de Antíoco, sino también en que, en medio de tantas calamidades con que el pueblo judío fue tantas veces afligido, oprimido y casi del todo destruido, la Ley y los Profetas permanecieron íntegros y perfectos, sanos y salvos. La lengua hebrea no solo no era estimada, sino que estaba arrinconada y desechada como bárbara, y casi nadie la sabía. Y de hecho, si Dios no hubiera querido cuidar y conservar su religión, ya habría perecido del todo. Cuánto se habían apartado los judíos, después de volver del cautiverio de Babilonia, de la perfección y la pureza de su lengua, se ve muy bien por los escritos de los profetas de aquel tiempo, cosa que conviene notar bien, porque por esta comparación se verá con mayor claridad y evidencia la antigüedad de la Ley y de los Profetas. ¿Y por medio de quién nos conservó Dios su doctrina de vida, contenida en la Ley y los Profetas, para manifestarnos por ella a Jesucristo a su debido tiempo? Por los mayores enemigos de Cristo, que son los judíos, a quienes San Agustín llama con muchísima razón libreros de la Iglesia cristiana, porque nos han provisto y abastecido de libros de los que ellos mismos no se sirven ni hacen ningún uso.
Además, si pasamos al Nuevo Testamento, ¡sobre qué fundamentos tan firmes se asienta su verdad! Tres evangelistas cuentan la historia en un estilo humilde y llano; los hombres altivos y orgullosos se hastían de esta sencillez, y la causa es, sin duda, que no consideran los puntos principales de la doctrina, de los que fácilmente se deduciría que los evangelistas trataron los misterios celestiales más alto de lo que el entendimiento humano puede alcanzar. Ciertamente, cualquiera que tenga siquiera un poco de vergüenza quedará confundido al leer el primer capítulo de San Lucas. Asimismo, los sermones de Jesucristo, que los tres evangelistas cuentan brevemente, no permiten que se desprecie su doctrina. Pero sobre todos, el evangelista San Juan, como quien truena desde el cielo, derriba con más fuerza que un rayo la obstinación de los que no se someten a la obediencia de la fe. Salgan a la palestra todos estos censores que todo lo quieren husmear y sobre todo quieren dar su veredicto, y que se complacen muchísimo en quitar autoridad a la Escritura, arrancándola de su corazón y del de los demás: lean el Evangelio de San Juan, quieran o no; allí hallarán mil sentencias que, por lo menos, los despertarán del sueño y del embotamiento en que están. Más aún, cada una de ellas será para ellos un cauterio de fuego que les abrase la conciencia, para que refrenen su risa. Lo mismo se ha de decir de San Pablo y de San Pedro: aunque la mayor parte del mundo anda a tientas en sus escritos y no acaba de entenderlos, contienen tal majestad celestial que los doma a todos y los mantiene a raya. Aunque no hubiera otra cosa, esta sola basta para elevar su doctrina por encima de todo lo que hay en el mundo: que San Mateo, antes entregado por completo a estar sentado en su mesa para cobrar sus ganancias y derechos; San Pedro y San Juan, acostumbrados a pescar con sus barcas; y todos los demás apóstoles, hombres rudos e ignorantes, no habían aprendido en la escuela de los hombres nada que pudieran enseñar a otros. En cuanto a San Pablo, después de haber sido no solo enemigo declarado, sino además cruel y sanguinario, convertido en un hombre nuevo mostró a ojos vistas, con su cambio repentino y tan inesperado, que era impulsado por la voluntad y el poder divinos a sostener la doctrina que había perseguido. Ladren estos perros cuanto quieran diciendo que el Espíritu Santo no descendió sobre los apóstoles; tengan por fábula una historia tan manifiesta: el resultado mismo atestigua claramente que los apóstoles fueron enseñados por el Espíritu Santo, pues los que antes eran despreciados entre el pueblo comenzaron de repente a tratar de manera tan admirable los profundos misterios de Dios.
Además de estas, hay todavía muy buenas razones que prueban que el acuerdo de la Iglesia no es cosa de poca importancia. Porque no se debe tener en poco que, a lo largo de tantos siglos como han pasado desde la publicación de la Escritura, haya habido un acuerdo común y constante en obedecerla. Y aunque Satanás, con todo el mundo, se ha esforzado por diversos medios y maneras en oprimirla, destruirla y aun borrarla por completo de la memoria de los hombres, ella, como la palmera, siempre ha permanecido inexpugnable y victoriosa. Porque en los tiempos pasados casi no hubo filósofo ni retórico afamado que no empleara su ingenio contra ella; pero ninguno logró nada. Todo el poder de la tierra se armó para destruirla, y todos sus intentos se convirtieron en humo y en nada. ¿Cómo habría resistido, acometida tan duramente por todas partes, si no hubiera tenido más socorro que el de los hombres? Por eso hay que concluir más bien que la Santa Escritura que tenemos es de Dios, pues, a pesar de toda la sabiduría y el poder del mundo, ha permanecido y se ha mantenido en pie por su propio poder hasta hoy. Nótese además que no fue una sola ciudad ni una sola nación la que se puso de acuerdo para admitirla, sino que, a lo largo y a lo ancho de toda la tierra, ha alcanzado su autoridad por una santa conspiración de pueblos y naciones tan diversos, que en ninguna otra cosa coincidían. Así pues, un acuerdo semejante de naciones de voluntades tan distintas, que en todas las demás cosas no concuerdan entre sí, debe movernos, pues es claro que tampoco coincidirían en esto si Dios no las reconciliara y uniera. Pero esta consideración tendrá todavía más peso cuando contemplemos la piedad de los que concuerdan en admitir la Escritura: no me refiero a todos, sino solo a aquellos a quienes el Señor ha puesto como antorchas en su Iglesia para iluminarla.
Además, ¡con qué seguridad debemos recibir esta doctrina, que vemos sellada y confirmada con la sangre de hombres tan santos! Ellos, una vez que la recibieron, no dudaron en morir por ella con gran ánimo, sin ningún temor y aun con grandísima alegría; y nosotros, habiéndonos sido dada con tales arras y prendas, ¿cómo no la recibiremos con una persuasión cierta y firme? No es, pues, poca prueba de la Escritura el haber sido sellada y confirmada con la sangre de tantos testigos, sobre todo cuando consideramos que no sufrieron la muerte por el testimonio de su fe llevados por la furia o el frenesí, como a veces suelen hacerlo los espíritus fanáticos, sino por un celo de Dios no desatinado, sino sobrio, firme y constante. Hay también muchísimas otras razones, y no de pocos quilates, por las que no solo se confirma la dignidad y majestad de la Escritura en el corazón de los piadosos, sino que además pueden defenderla con valor contra las astucias de los calumniadores; pero por sí solas no bastan para hacer que se le dé el crédito debido, hasta que el Padre celestial, manifestando su divinidad, la libra de toda duda y cuestión y hace que se le dé crédito. Por eso, la Escritura nos satisfará al fin y nos servirá para un conocimiento por el que alcancemos la salvación cuando su certeza esté fundada en la persuasión del Espíritu Santo; y los testimonios humanos que sirven para confirmarla no serán vanos cuando sigan a este testimonio supremo y admirable, como auxiliares y causas segundas que ayudan a nuestra debilidad. Pero obran sin reflexión los que quieren probar a los infieles con argumentos que la Escritura es palabra de Dios, porque esto no puede entenderse sino por la fe. Por eso San Agustín dice con muy justa razón que el temor de Dios y la paz de la conciencia deben ir delante para que el hombre entienda algo de misterios tan altos.
Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.