Institución de la religión cristiana · Juan Calvino
El conocimiento de Dios en cuanto Creador y supremo Gobernador de todo el mundo
Algunos espíritus fanáticos pervierten todos los principios de la religión al despreciar la Escritura para seguir mejor sus sueños con el pretexto de revelaciones del Espíritu Santo
Además, los que, desechando la Escritura, se imaginan no sé qué camino para llegar a Dios deben ser tenidos no tanto por hombres que se engañan por error como por gente furiosa y desatinada. Porque de estos han salido hace poco ciertos exaltados que, jactándose con gran orgullo de la enseñanza del Espíritu, desprecian toda lectura de la Escritura y se burlan de la sencillez de quienes todavía siguen la letra muerta y que mata, como ellos la llaman. Pero yo querría saber de ellos quién es ese Espíritu por cuya inspiración son arrebatados tan alto que se atreven a despreciar la Escritura como cosa de niños y baja. Porque, si responden que es el Espíritu de Cristo, su seguridad es muy ridícula; pues, según pienso, concederán que los apóstoles de Jesucristo y los demás fieles de la Iglesia primitiva no fueron inspirados por otro Espíritu que el de Jesucristo. Y es un hecho que ninguno de ellos aprendió de él a despreciar la palabra de Dios, sino que cada uno la tuvo en gran veneración, como sus escritos lo atestiguan con toda claridad. Y ciertamente así lo había profetizado Isaías. Porque cuando dice: «El Espíritu mío que está sobre ti, y mis palabras que puse en tu boca, no faltarán de tu boca, ni de la boca de tus hijos, desde ahora y para siempre» (Is 59:21), no habla con el pueblo antiguo sujetándolo a la enseñanza exterior como a niños que aprenden el abecedario, sino que enseña que la gran y perfecta felicidad de la Iglesia renovada en el tiempo del reino de Cristo sería que no fuera gobernada menos por la palabra de Dios que por su Espíritu. De donde deducimos que estos embaucadores separan con un sacrilegio detestable dos cosas que el profeta ató con un nudo que no se puede deshacer. Júntese a esto el ejemplo del apóstol San Pablo, que, aun después de haber sido arrebatado hasta el tercer cielo, no deja de aprovechar en la doctrina de la Ley y de los Profetas, así como exhorta a Timoteo, aunque era un maestro excelente y admirable, a que se ocupe en la lectura de la Escritura (1 Ti 4:13). Y es digna de memoria perpetua la alabanza con que ensalza la Escritura, diciendo que es útil para enseñar, para redargüir, para corregir, a fin de que los siervos de Dios sean perfectos (2 Ti 3:16-17). ¿No es, pues, un furor diabólico decir que el uso de la Escritura es caduco y temporal, cuando, según atestigua el Espíritu Santo, ella guía a los hijos de Dios hasta lo último de su perfección? También quisiera que me respondieran a una pregunta: ¿han recibido otro Espíritu que el que el Señor prometía a sus discípulos? Por desatinados que sean, no creo que lleguen a tanto como para atreverse a jactarse de ello. Y cuando él se lo prometía, ¿cómo dijo que sería? Sin duda, tal que no hablaría por su propia cuenta, sino que infundiría e inspiraría en el ánimo de los apóstoles lo que él les había enseñado con su palabra (Jn 16:13). Por tanto, el oficio del Espíritu Santo que Cristo prometió no es inventar revelaciones nuevas y nunca oídas, ni forjar un nuevo tipo de doctrina que nos aparte de la doctrina del evangelio después de haberla recibido, sino sellar y confirmar en nuestro corazón la misma doctrina que el evangelio nos encomienda.
De donde entendemos fácilmente que debemos ejercitarnos con diligencia tanto en leer como en oír la Escritura, si queremos recibir algún fruto y provecho del Espíritu de Dios. Así también San Pedro alaba la diligencia de los que están atentos a la palabra profética, que sin embargo podía parecer haber perdido su autoridad una vez llegada la luz del evangelio (2 P 1:19). Por el contrario, si algún espíritu, despreciando la sabiduría contenida en la palabra de Dios, nos enseña otra doctrina, con muchísima razón debe sernos sospechoso de vano y mentiroso. ¿Por qué? Puesto que Satanás se disfraza como ángel de luz (2 Co 11:14), ¿qué autoridad tendrá entre nosotros el Espíritu Santo si no se distingue por una marca certísima? Y ciertamente la palabra del Señor nos lo da a conocer con bastante claridad; pero estos miserables quieren errar voluntariamente para su perdición, buscando su propio espíritu y no el de Dios. Dirán, sin embargo, que sería muy inconveniente que el Espíritu de Dios, al que todas las cosas deben estar sujetas, estuviera sujeto a la Escritura. ¡Como si fuera una afrenta para el Espíritu Santo ser siempre semejante y conforme a sí mismo, permanecer siempre constante y no variar en nada! Ciertamente, si se lo sometiera a cualquier regla, humana, angélica o de otra clase, podría decirse que se lo rebajaba o, mejor dicho, que se lo reducía a servidumbre. Pero cuando se lo compara consigo mismo y se lo considera en sí mismo, ¿quién dirá que con ello se le hace injuria? Pero así, dicen, se lo somete a examen. Lo confieso; pero a un examen tal que él mismo ha querido que por él se estableciera su majestad entre nosotros. Debería bastarnos que se nos revele. Pero, para que Satanás no se infiltre poco a poco con el título de Espíritu de Dios, quiere que lo reconozcamos en su imagen, que él imprimió en la Santa Escritura. Él es su autor: no puede ser distinto ni otro. Tal como se manifestó una vez en ella, así debe permanecer para siempre. Esto no es una afrenta para él, a menos que pensemos que le honraría degenerar de sí mismo y ser distinto de lo que era antes.
En cuanto a la acusación de que nos aferramos demasiado a la letra que mata (2 Co 3:6), en esto muestran bien el castigo con que Dios los castiga por haber despreciado la Escritura. Porque se ve con toda claridad que San Pablo se dirige en este lugar contra los falsos profetas y maestros que, exaltando la Ley sin hacer caso de Cristo, apartaban al pueblo del beneficio del nuevo pacto, en el que el Señor promete que grabará su Ley en lo íntimo de los fieles y la escribirá en su corazón. Por tanto, la Ley del Señor es letra muerta y mata a todos los que la leen cuando está separada de la gracia de Cristo y solo suena en los oídos sin tocar el corazón. Pero si el Espíritu la graba de veras en el corazón, si nos comunica a Cristo, es palabra de vida, que convierte el alma y hace sabio al sencillo, etc. (Sal 19:7). Y más adelante, en el mismo lugar, el apóstol llama a su predicación ministerio del Espíritu (2 Co 3:8), dando a entender con ello que el Espíritu de Dios está tan trabado y unido a su verdad, que ha manifestado en las Escrituras, que solo muestra y despliega su poder cuando a la palabra se le da la reverencia y la dignidad que se le deben. Y no contradice esto lo que dijimos poco antes: que la misma palabra no nos es del todo cierta si no está aprobada por el testimonio del Espíritu. Porque el Señor juntó y unió entre sí, como con un nudo, la certeza del Espíritu y la de la palabra, de modo que la religión pura y la reverencia a su palabra quedan plantadas en nuestro corazón cuando se muestra con su claridad el Espíritu, que nos hace contemplar en ella la presencia divina; y, por otra parte, abrazamos al Espíritu sin duda ni temor alguno de errar cuando lo reconocemos en su imagen, es decir, en su palabra. Y así es, de hecho. Porque Dios, cuando nos comunicó su palabra, no quiso que nos sirviera de espantajo por un poco de tiempo, para anularla después con la venida de su Espíritu; al contrario, envió enseguida al mismo Espíritu por cuyo poder la había dispensado antes, para perfeccionar su obra con la eficaz confirmación de su palabra. Así Cristo abrió el entendimiento a los dos discípulos, no para que, despreciando las Escrituras, fueran sabios por sí mismos, sino para que entendieran las Escrituras (Lc 24:27, 45). Asimismo, San Pablo, cuando exhorta a los tesalonicenses a que no apaguen el Espíritu, no los transporta por los aires a vanas especulaciones ajenas a la palabra de Dios, sino que añade enseguida que no deben menospreciar las profecías (1 Ts 5:19-20). Con lo cual quiere decir sin duda que la luz del Espíritu se apaga en cuanto se desprecian las profecías. ¿Qué dirán a esto estos orgullosos y fanáticos, que piensan que la iluminación más excelente de todas consiste en desechar y despreciar la palabra de Dios y poner por obra, con toda seguridad y gran atrevimiento, todo lo que han soñado bien dormidos y les ha venido a la fantasía? Muy distinta debe ser la sobriedad de los hijos de Dios, que, así como se ven privados de toda luz de verdad cuando carecen del Espíritu de Dios, tampoco ignoran que la palabra es el instrumento con que el Señor dispensa a sus fieles la iluminación de su Espíritu. Porque no conocen otro Espíritu que el que habitó en los apóstoles y habló por su boca, por cuya inspiración son atraídos continuamente a oír la palabra.
Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.