Institución de la religión cristiana · Juan Calvino
El conocimiento de Dios en cuanto Creador y supremo Gobernador de todo el mundo
Para corregir toda superstición, la Escritura opone exclusivamente el Dios verdadero a todos los dioses de los paganos
Pero, puesto que ya hemos mostrado que el conocimiento de Dios se ha manifestado no oscuramente en la estructura del mundo y en todas las criaturas, y mucho más familiar y claramente en la palabra de Dios, conviene ahora que consideremos por qué el Señor se nos manifiesta en la Escritura tal como ya hemos visto que se pinta y se declara en sus obras. Largo tratado sería este si alguien quisiera dedicarse a tratarlo con detenimiento. Pero me contentaré con proponer solamente un resumen por el cual las conciencias de los fieles, exhortadas, sepan qué es lo que principalmente deben procurar saber de Dios en las Escrituras y sean encaminadas hacia un blanco seguro para poder llegar a él. Todavía no hablo del pacto particular con que Dios distinguió a los descendientes de Abraham de todas las demás naciones, porque ya entonces se mostró Redentor al recibir como hijos, por una adopción gratuita, a los que eran enemigos. Nosotros no vamos ahora tan adelante, sino que tratamos todavía del conocimiento que se tiene de Dios por las criaturas, sin elevar a los hombres a Jesucristo para conocerlo como Mediador. Y aunque en el curso de este tratado será necesario citar algunos lugares del Nuevo Testamento (pues de hecho con él se prueban el poder de Dios como Creador y su providencia en conservar las cosas en el orden y la armonía en que las creó), quiero advertir a los lectores cuál es por ahora mi intención y propósito, para que no traspasen los límites que se les pondrán. Por ahora, pues, les bastará saber cómo Dios, Creador del cielo y de la tierra, gobierna toda esta máquina que creó. A cada paso se proclama en la Escritura su bondad de Padre y su voluntad inclinada a hacer el bien; y también hay en ella ejemplos de su severidad, que muestran que es un juez justo que castiga las maldades, sobre todo cuando su paciencia no consigue nada con los obstinados.
Es verdad que en ciertos lugares se nos pinta su rostro con más claridad y se nos muestra más al vivo, para que lo contemplemos cara a cara. Porque, cuando Moisés lo describió, parece sin duda que quiso abarcar en pocas palabras todo lo que los hombres pueden entender de Dios. Dice así: «¡Jehová! ¡Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad; que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado, y que de ningún modo tendrá por inocente al malvado; que visita la iniquidad de los padres sobre los hijos y sobre los hijos de los hijos» (Éx 34:6-7). En este lugar debemos considerar que su eternidad y su esencia en sí mismo se manifiestan por aquel nombre glorioso que al principio se repite dos veces en hebreo, «Jehová, Jehová», como si dijera: «Oh tú, el único que eres; oh tú, el único que eres». Y que luego se enumeran sus virtudes y poderes, por los que se nos muestra, no como es en sí mismo, sino como es para con nosotros, a fin de que este conocimiento consista más en una experiencia viva que en vanas especulaciones. Además, vemos que aquí se enumeran las mismas virtudes que hemos notado que resplandecen en el cielo y en la tierra: su clemencia, bondad, misericordia, justicia, juicio y verdad. Porque su virtud y poder se contienen en el nombre hebreo Elohim. Los mismos títulos le dan los profetas cuando quieren ensalzar de veras su santo nombre. Y, para no vernos obligados a amontonar muchos lugares, bastará por ahora un solo salmo, en el que se trata tan por entero la suma de sus virtudes que parece que no se ha omitido nada (Sal 145). Y, sin embargo, no se dice en él nada que no pueda contemplarse en las criaturas: tanto así sentimos y experimentamos a Dios tal como se manifiesta en su palabra. En Jeremías, donde declara cómo quiere ser conocido por nosotros, no se describe con tanta claridad, pero viene a ser casi lo mismo: «Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra» (Jer 9:24). Estas tres cosas es sin duda necesario que las consideremos muy bien: su misericordia, en la cual solamente consiste la salvación de todos nosotros; su juicio, que se ejecuta cada día contra los malhechores y que les está reservado, todavía más riguroso, para su castigo eterno; y su justicia, por la cual sus fieles son conservados y sostenidos con toda benignidad. Habiendo comprendido estas cosas, el profeta atestigua que tenemos bien de qué gloriarnos en Dios. Y, con todo, no quedan fuera ni su verdad, ni su poder, ni su santidad, ni su bondad. Porque ¿cómo podría sostenerse el conocimiento que aquí se requiere de su justicia, misericordia y juicio, si no estuviera fundado en su verdad inmutable? ¿Y cómo se creería que gobierna la tierra con juicio y justicia, si no se conociera su poder? ¿De dónde procede su misericordia, sino de su bondad? En fin, si todos sus caminos son misericordia, juicio y justicia, en ellos se manifiesta también su santidad. Así pues, el conocimiento de Dios que se nos propone en la Escritura no tiende a otro fin que el que se nos manifiesta por las criaturas: primero, a movernos al temor de Dios; y después, a invitarnos a poner en él nuestra confianza, para que aprendamos a servirle y honrarle con una perfecta inocencia de vida y una obediencia no fingida, y a descansar entonces por completo en su bondad.
Pero aquí mi propósito es reunir un resumen de la doctrina general. En primer lugar, noten los lectores que la Escritura, para encaminarnos al Dios verdadero, desecha y excluye expresamente todos los dioses de los paganos, porque casi en todo tiempo y en todo lugar la religión ha sido profanada. Es verdad que en todas partes se nombraba y se celebraba el nombre de un Dios. Porque aun los que adoraban una multitud de dioses, cada vez que hablaban según el verdadero sentir de la naturaleza, usaban simplemente el nombre de Dios en singular, como si no confesaran más que un solo Dios. Esto lo notó con acierto Justino Mártir, que compuso expresamente con este fin un libro sobre la monarquía de Dios, en el que muestra con muchos testimonios que todos los hombres tienen grabado en su corazón que hay un solo Dios. Lo mismo prueba Tertuliano por la manera común de hablar. Pero como todos los paganos, sin excepción, se dejaron arrastrar por su vanidad o dieron en grandes desvaríos, y así se desvanecieron sus sentidos, todo lo que conocieron por naturaleza acerca del único Dios no les sirvió sino para dejarlos sin excusa. Porque aun los más sabios de todos muestran claramente cuán grande era la duda y la perplejidad de su entendimiento cuando decían: «¡Oh, si algún dios me ayudara!», y así invocaban dioses a montones, sin saber a quién acogerse. Además, al imaginar diversas naturalezas en Dios, aunque no pensaran tan groseramente como el vulgo acerca de Júpiter, Mercurio, Venus, Minerva y otros semejantes, no se libraron de los engaños de Satanás. Y ya hemos dicho que todas las escapatorias que los filósofos inventaron con gran sutileza no bastan para justificarlos del crimen de haber apostatado y corrompido la verdad de Dios. Por esta causa Habacuc, después de condenar todos los ídolos del mundo, manda buscar a Dios en su templo, para que los fieles no admitieran a otro que aquel que se había manifestado por su palabra (Hab 2:20).
Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.