Institución de la religión cristiana · Juan Calvino
El conocimiento de Dios en cuanto Creador y supremo Gobernador de todo el mundo
Es abominable atribuir a Dios una forma visible, y todos los que levantan imágenes o ídolos se apartan del Dios verdadero
Ahora bien, como la Escritura, adaptándose a la rudeza y torpeza de los hombres, suele hablar de manera sencilla, cuando quiere distinguir entre el Dios verdadero y los falsos lo contrapone sobre todo a los ídolos. No lo hace porque apruebe lo que los filósofos enseñaron con gran artificio y elegancia, sino para poner mejor al descubierto la locura del mundo, y más aún, su desvarío al buscar a Dios, mientras cada uno hace gran caso de sus propias especulaciones. Por eso, la definición con que comúnmente decimos que Dios es uno y único excluye y deshace todo lo que los hombres fabricaron sobre Dios según su propio juicio, porque solo Dios mismo es testigo suficiente de sí. Pero, como esta brutal necedad de desear imágenes visibles que representaran a Dios se ha extendido por todo el mundo, y por esta causa se formaron dioses de madera, piedra, oro, plata u otra materia corruptible y perecedera, es necesario que tengamos por máxima y cosa certísima que, cada vez que Dios es representado en alguna imagen, su gloria queda menoscabada con gran mentira y falsedad. Por eso Dios, en su ley, después de declarar que solo a él pertenece la honra de ser Dios, al querer enseñar qué culto y qué manera de servirle aprueba o rechaza, añade enseguida: «No te harás imagen, ni ninguna semejanza» (Éx 20:4). Con estas palabras pone freno a nuestro atrevimiento, para que no intentemos representarlo con ninguna imagen visible, y enumera brevemente todas las figuras con que la superstición había comenzado ya desde mucho tiempo atrás a falsificar su verdad. Porque sabemos bien que los persas adoraron al sol, y que los pobres y miserables gentiles tuvieron por dioses a todas las estrellas que veían en el cielo. Y casi no hubo animal que los egipcios no tuvieran por imagen de Dios, hasta las cebollas y los puerros. Los griegos se creyeron mucho más sabios que los demás pueblos, porque adoraban a Dios en figura humana (Máximo de Tiro, Disertación 38). Pero Dios no coteja ni compara las imágenes entre sí, como si una le conviniera más y otra menos; sino que condena sin excepción alguna todas las imágenes, estatuas, pinturas y cualesquiera otras figuras por las cuales los idólatras pensaban que tendrían a Dios más cerca de sí.
Esto se entiende fácilmente por las razones con que lo prueba. En primer lugar, dice por medio de Moisés: «Acuérdate de que el Señor habló contigo en Horeb: oíste su voz, pero no viste ninguna figura; guárdate, pues, de que, engañado, te hagas alguna semejanza», etc. (Dt 4:15). Vemos con qué claridad opone su voz a todas las figuras, para que sepamos que todos los que quieren honrarlo en formas visibles se apartan de Dios. En cuanto a los profetas, bastaría con Isaías, que prueba mucho más a propósito que todos los demás que la majestad de Dios queda menoscabada de manera vil y mezquina cuando él, que es incorpóreo, es hecho semejante a una cosa corpórea; él, invisible, a una cosa visible; él, que es espíritu, a una cosa muerta; él, infinito, a un pedazo de madera, de piedra o de oro (Is 40:18; 41:7, 29). Casi de la misma manera razona san Pablo cuando dice: «Siendo, pues, linaje de Dios, no debemos pensar que la Divinidad sea semejante a oro, o plata, o piedra, escultura de arte y de imaginación de hombres» (Hch 17:29). De donde queda claro que todas las estatuas que se tallan y todas las imágenes que se pintan para representar a Dios le desagradan sin excepción, como cosas con que se hace grandísima injuria y afrenta a su majestad. Y no hay por qué maravillarnos de que el Espíritu Santo pronuncie desde el cielo tales testimonios, pues obliga a los miserables y ciegos idólatras a confesar esto mismo mientras viven en la tierra. Es bien conocida la queja de Séneca que cita san Agustín (La ciudad de Dios, VI, 10): «Dedican —dice— los dioses sagrados, inmortales e inviolables en materia vilísima y de poco precio, y les dan forma de hombres o de animales; y aun a algunos de hermafroditas (es decir, machos y hembras a la vez), y también con cuerpos diversos; los cuales, si estuvieran vivos y se nos pusieran delante, pensaríamos que eran monstruos». De lo cual se ve otra vez con claridad que los defensores de las imágenes se escabullen con una vana excusa cuando alegan que las imágenes fueron prohibidas a los judíos por ser un pueblo muy dado a la superstición. ¡Como si perteneciera a una sola nación lo que Dios propone a partir de su eterna sabiduría y del orden perpetuo de la naturaleza! Y, lo que es más de notar, san Pablo no hablaba con los judíos, sino con los atenienses, cuando refutaba el error de representar a Dios en imágenes.
Es verdad que Dios se mostró algunas veces en ciertas señales, de tal manera que la Escritura dice que lo vieron cara a cara; pero todas las señales que quiso tomar para aparecerse a los hombres se ajustaban muy bien a la manera de enseñar y, al mismo tiempo, advertían claramente a los hombres de su esencia incomprensible. Porque la nube, el humo y la llama, aunque eran señales de la gloria celestial, no dejaban de ser como un freno para detener los entendimientos, a fin de que no intentaran subir más alto (Dt 4:11). Por eso, ni siquiera Moisés, con quien Dios se comunicó mucho más familiarmente que con ningún otro, pudo alcanzar, por más que se lo suplicó, ver su rostro; más bien le respondió que el hombre mortal no era capaz de tanta claridad (Éx 33:18-20). El Espíritu Santo apareció en figura de paloma (Mt 3:16); pero, viendo que enseguida desapareció, ¿quién no ve que con esta señal momentánea se advirtió a los fieles que debían creer que el Espíritu Santo es invisible, a fin de que, contentos con su poder y su gracia, no buscaran ninguna figura exterior? En cuanto a que Dios apareció algunas veces en figura de hombre, esto fue como un comienzo o una preparación de la revelación que había de hacerse en la persona de Jesucristo; por eso no fue lícito a los judíos, con este pretexto, hacerse estatuas semejantes a hombres. También el propiciatorio, desde el cual Dios mostraba claramente su poder en el tiempo de la ley, estaba hecho de tal manera que enseñaba que no hay mejor medio para ver a Dios que elevar el espíritu en admiración (Éx 25:18, 21). Porque los querubines lo cubrían con sus alas extendidas, el velo lo tapaba, y el lugar mismo donde estaba era tan escondido y secreto que no se podía ver nada. Por tanto, es evidente que quienes pretenden defender con este ejemplo de los querubines las imágenes de Dios o de los santos son locos y desvariados. Porque ¿qué hacían aquellas pequeñas imágenes en aquel lugar, sino dar a entender que no había ninguna imagen visible que fuera apropiada y suficiente para representar los misterios de Dios? Pues estaban hechas con este propósito: que, cubriendo con sus alas el propiciatorio, impidieran que no solo los ojos del cuerpo, sino ninguno de los sentidos del hombre viera a Dios; y esto para refrenar nuestra temeridad. Con esto concuerda también lo que cuentan los profetas: que los serafines que vieron en visión tenían el rostro cubierto (Is 6:2). Con ello quieren dar a entender que el resplandor de la gloria de Dios es tan grande que ni los mismos ángeles pueden verla perfectamente, y que nosotros no podemos ver con los ojos del cuerpo ni siquiera las pequeñas chispas que resplandecen en los ángeles. Además, como bien saben los que tienen algún juicio, los querubines de que ahora tratamos pertenecían a la pedagogía y antigua manera de enseñar de la ley. Por tanto, sería absurdo tomarlos como ejemplo para hacer lo mismo hoy. Porque ya pasó aquel tiempo en que tales rudimentos se enseñaban a los principiantes, como en esto nos distingue san Pablo de los judíos. Y ciertamente es una gran vergüenza que los escritores profanos e infieles hayan interpretado la ley mucho mejor que los papistas. Juvenal, burlándose de los judíos, les echa en cara que adoran las puras nubes y la divinidad del cielo; es verdad que en esto miente maliciosamente. Pero cuando dice que entre los judíos no había ninguna imagen, dice mucha más verdad que los papistas, que quieren hacer creer lo contrario. En cuanto a que este pueblo, sin reflexión alguna, se precipitó y se arrojó enseguida tras los ídolos con tanta rapidez e ímpetu como suelen hacerlo las aguas cuando brotan en gran abundancia de su manantial, aprendamos más bien de ello cuán grande es la inclinación a la idolatría que hay dentro de nosotros, no sea que, echando a los judíos la culpa de un vicio del que todos estamos tocados, sigamos por este camino en un sueño mortal, con vanos halagos y licencia para pecar.
Lo mismo quiere decir lo que afirma el salmista: «Los ídolos de ellos son plata y oro, obra de manos de hombres» (Sal 115:4). Porque el profeta muestra por la materia que no son dioses, puesto que están hechos de oro o de plata; y propone como artículo indiscutible que todo lo que imaginamos de Dios según nuestro propio sentido no es más que desvarío. Nombra el oro y la plata antes que el barro o la piedra, para que ni la belleza ni el precio nos lleven a tenerlos en alguna estima. Con todo, saca una conclusión general: que no hay nada con menos apariencia de verdad que hacer dioses de una materia corruptible. Y a la vez insiste muy a propósito en que los hombres mortales se ensoberbecen en exceso al dar a los ídolos la honra debida a Dios, siendo así que apenas pueden asegurarse de que vivirán un momento. El hombre se verá obligado a confesar que su vida es de un día, y con todo, ¿querrá que se tenga por Dios el metal al que él mismo dio el principio de su ser Dios? Porque ¿de dónde tienen su origen los ídolos, sino de la fantasía y el antojo de los hombres? Con mucha razón se burla de esto cierto poeta pagano, que hace hablar a un ídolo de esta manera: «Yo fui en otro tiempo un tronco de higuera, un pedazo de madera inútil, cuando el carpintero, dudando si hacer de mí un banco u otra cosa, prefirió al fin hacerme dios» (Horacio, Sátiras, I, 8). ¿No es cosa de asombro que un hombrecillo formado de la tierra, que casi a cada momento está expirando, pretenda quitar la honra y la gloria a Dios y atribuírsela a un tronco seco? Pero, como aquel poeta era un epicúreo al que no le importaba ninguna religión, sino que se burlaba de todas, dejemos a un lado sus donaires y los de sus semejantes, y que nos punce, o mejor dicho, nos atraviese de parte a parte la reprensión del profeta, que dice así: son sobremanera insensatos los que con un mismo leño se calientan, encienden el horno para cocer pan, asan o cuecen la carne, y hacen su dios, y se postran humildemente delante de él para adorarlo (Is 44:13). Por eso el mismo profeta, en otro lugar, no solo los condena por la ley, sino que también les reprocha que no hayan aprendido de los fundamentos de la tierra (Is 40:21); porque no puede haber nada más absurdo que reducir a una medida de cinco pies a Dios, que es infinito e incomprensible. Y, con todo, la experiencia nos enseña que una abominación tan horrenda, que claramente repugna al orden natural, es un vicio natural en los hombres. Debemos entender también que la Escritura, cuando quiere condenar la superstición, usa muchísimas veces esta manera de hablar: que son obras de las manos de los hombres, desprovistas de la autoridad de Dios (Is 2:8; 31:7; 37:19; Os 14:3; Mi 5:13), para que tengamos por regla infalible que todos los cultos que los hombres inventan por sí mismos son abominables. En el salmo se pondera aún más este pecado, al decir que los hombres, que precisamente fueron creados con entendimiento para que sepan que todas las cosas se mueven solo por el poder divino, van a pedir ayuda a cosas muertas y que no tienen sentido alguno. Pero, como la corrupción de nuestra maldita naturaleza arrastra a tanto desvarío a todos los hombres en general y a cada uno en particular, el Espíritu Santo pronuncia al final una horrenda maldición: «Semejantes a ellos son los que los hacen, y cualquiera que confía en ellos» (Sal 115:8). Hay que notar aquí que Dios no prohíbe menos las imágenes pintadas que las esculpidas. Por eso queda condenada la vana excepción de los griegos, que piensan que han cumplido el mandamiento de Dios si no hacen imágenes esculpidas, aunque pinten todas las que se les antojen; y de hecho se toman en pintarlas mucha más licencia que ninguna otra nación del mundo. Pero Dios no solo prohíbe que el escultor le haga una imagen, sino que prohíbe también que se la haga ningún otro artesano de cualquier oficio; porque todo esto se hace en vano y con gran afrenta de su majestad.
Sé muy bien que lo que voy a decir se tiene por un proverbio común: que las imágenes son los libros de los ignorantes. Esto lo dijo san Gregorio; pero el Espíritu Santo dijo algo muy distinto, y si san Gregorio hubiera sido bien enseñado en su escuela en lo que toca a esta materia, nunca habría dicho tales palabras. Porque cuando Jeremías dice que el leño es «enseñanza de vanidades» (Jer 10:8), y cuando Habacuc afirma que la imagen de fundición es «maestra de mentira» (Hab 2:18), debemos sacar de ello una doctrina general: que es vano y mentiroso todo lo que los hombres aprendan de Dios por medio de las imágenes. Si alguien replica que los profetas reprenden a quienes usaban mal de las imágenes para sus impías supersticiones, digo lo mismo; pero añado también lo que nadie ignora: que, con todo, los profetas condenan lo que los papistas tienen por máxima infalible, a saber, que las imágenes nos sirvan de libros. Porque oponen todos los ídolos al Dios verdadero como cosas contrarias, que jamás pueden conciliarse. Digo, pues, que con los testimonios que acabo de citar queda bien establecido este punto: que, puesto que no hay sino un solo Dios verdadero, al cual adoraban los judíos, todas las figuras inventadas para representar a Dios son falsas y perversas, y todos los que piensan conocer a Dios por este medio están muy engañados. En conclusión, si no fuera cierto que todo conocimiento de Dios adquirido por las imágenes es falso y mentiroso, los profetas no lo condenarían de manera tan general y sin excepción alguna. Por lo menos he dejado en claro esto: que cuando decimos que es vanidad y mentira querer representar a Dios en imágenes visibles, no hacemos más que repetir palabra por palabra lo que enseñaron los profetas.
Léase, además, lo que escribieron sobre esta materia Lactancio y Eusebio, que no dudan en afirmar como cosa certísima que todos los que fueron retratados y representados en imágenes fueron mortales. San Agustín es de la misma opinión, y afirma muy a propósito que es abominable no solo adorar las imágenes, sino incluso hacerlas para representar a Dios. Y con todo, no dice nada nuevo, sino lo mismo que se había determinado muchos años antes en el Concilio de Elvira, cuyo canon 36 dice así: «Se determinó que en los templos no haya pinturas, a fin de que lo que se reverencia o adora no se pinte en las paredes». Pero es digna de perpetua memoria una sentencia de un pagano llamado Varrón, que san Agustín cita en otro lugar y él mismo aprueba: que los primeros que introdujeron las imágenes quitaron del mundo el temor de Dios y aumentaron el error (La ciudad de Dios, IV, 9 y 31). Si solo Varrón hubiera dicho esto, quizá no se le daría mucho crédito; con todo, es una gran vergüenza para nosotros que un pagano, que sin la luz de la fe andaba como a tientas, haya acertado tanto con la luz como para decir que las imágenes visibles con que los hombres han querido representar a Dios no convienen a su majestad, porque disminuyen entre los hombres el temor de ella y aumentan el error. Ciertamente, los hechos mismos atestiguan que esto es tan verdadero como prudentemente fue dicho; pero san Agustín, tomando esta sentencia de Varrón, la pronuncia como propia. En primer lugar muestra que los primeros errores de los hombres no comenzaron por las imágenes, sino que se aumentaron por ellas. Después declara que el temor de Dios queda menoscabado, y aun eliminado, por los ídolos, porque su divinidad puede fácilmente ser despreciada en una cosa tan vil y baja como son las imágenes. ¡Y ojalá no hubiéramos experimentado tanto la verdad de esto segundo! Por tanto, quien desee ser bien enseñado, aprenda de otra fuente que no sean las imágenes lo que se debe saber de Dios.
Si los papistas tienen, pues, alguna vergüenza, no usen más en adelante este subterfugio: que las imágenes son los libros de los ignorantes, lo cual hemos refutado claramente con muchísimos testimonios de la Escritura. Pero aunque les concediera esto, ni aun así habrían ganado mucho para establecer sus ídolos. Porque todo el mundo sabe qué monstruos nos venden en lugar de Dios. En cuanto a las pinturas o estatuas que dedican a los santos, ¿qué otra cosa son sino modelos de una pompa y una deshonestidad disolutas, a los cuales, si alguien quisiera conformarse, merecería ser castigado? Porque las prostitutas se arreglan en sus burdeles con mucha más honestidad y modestia que las imágenes de las vírgenes en los templos de los papistas, y el atavío de los mártires no es mucho más decente. Que arreglen, pues, sus imágenes o ídolos con la mínima honestidad posible, para que puedan mentir con algo menos de descaro diciendo que son libros de cierta santidad. Aun entonces responderemos que no es esta la manera de enseñar a los cristianos en los templos, pues el Señor quiere que en ellos se les enseñe con una doctrina muy distinta de estas niñerías. Él mandó que en los templos se propusiera a todos una doctrina común: la predicación de su palabra y la administración de los sacramentos. Los que pasean los ojos de acá para allá contemplando sus imágenes muestran bien que no son muy aficionados a esta doctrina. Pero veamos a quiénes llaman los papistas ignorantes, tan rudos que no pueden ser enseñados por ningún otro medio que por las imágenes. Sin duda, a aquellos a quienes el Señor reconoce por sus discípulos, a quienes hace tanta honra que les revela sus secretos celestiales y manda que se les comuniquen. Confieso que, tal como están hoy las cosas, hay muchísimos que no podrían prescindir de tales libros, es decir, de los ídolos. Pero pregunto: ¿de dónde viene esta necedad, sino de que están privados de aquella doctrina, que es la única que basta para enseñarlos? Porque los prelados que tenían a su cargo las almas no cedieron su oficio de enseñar a los ídolos por otra causa, sino porque ellos mismos eran mudos. San Pablo afirma que, por la verdadera predicación del evangelio, Jesucristo nos es presentado al vivo y en cierto modo crucificado delante de nuestros ojos (Gá 3:1). ¿De qué servía, pues, levantar en los templos, a cada paso, tantas cruces de madera, piedra, plata y oro, si se nos repitiera bien y fielmente, una y otra vez, que Cristo murió para tomar sobre sí en la cruz nuestra maldición, limpiar nuestros pecados con el sacrificio de su cuerpo, lavarlos con su sangre y, finalmente, reconciliarnos con Dios su Padre? Solo de esto podrían los ignorantes aprender mucho más que de mil cruces de madera o de piedra. Porque, en cuanto a las de oro o de plata, confieso que los avaros fijarían en ellas su mente y sus ojos con mucho más empeño que en cualquier palabra de Dios.
En cuanto al origen y principio de los ídolos, casi todos están de acuerdo con lo que está escrito en el libro de la Sabiduría: que los primeros inventores de imágenes fueron los que quisieron honrar a los muertos que habían amado, para conservar su memoria con cierta superstición (Sab 14:15). Y ciertamente confieso que esta maldita costumbre es antiquísima, y no niego que haya sido una antorcha para encender aún más el furor de los hombres por entregarse a la idolatría; pero no concedo que haya sido el primer origen de la idolatría. Porque en Moisés se ve claramente que hubo ídolos mucho antes de que reinara en el mundo esta insensata ambición de dedicar imágenes a los muertos, de la cual se hace frecuente mención en los escritores profanos. Cuando cuenta que Raquel había robado los ídolos de su padre, habla de ello como de un vicio común (Gn 31:19). De donde se puede ver que el ingenio del hombre no es otra cosa que un taller perpetuo de fabricar ídolos. Después del diluvio, el mundo quedó renovado como si comenzara a existir de nuevo; pero no pasaron muchos años sin que los hombres se formaran dioses a su antojo. Y es incluso verosímil que, viviendo aún el santo patriarca, sus nietos se entregaran a la idolatría, de modo que tuviera que ver con grandísimo dolor con sus propios ojos cómo se contaminaba la tierra, cuyas inmundicias Dios había limpiado poco antes con un castigo tan horrible. Porque Taré y Nacor, aun antes de que Abraham naciera, adoraban dioses falsos, como lo atestigua Josué (Jos 24:2). Si la descendencia de Sem degeneró tan pronto, ¿qué podremos pensar de la raza de Cam, que antes había sido maldita en su padre? El entendimiento humano, lleno como está de soberbia y temeridad, se atreve a imaginar a Dios conforme a su propia capacidad; y, siendo tosco, y aun ciego por una ignorancia grandísima, concibe en lugar de Dios vanidad y un vano fantasma. A estos males se añade otra maldad nueva: que el hombre procura manifestar exteriormente los desvaríos que se imaginó acerca de Dios; así, el entendimiento del hombre engendra el ídolo, y la mano lo da a luz. Que esta sea la fuente de la idolatría, a saber, que los hombres de ningún modo creen que Dios está cerca de ellos si no muestra su presencia de manera carnal, se ve claramente en el ejemplo del pueblo de Israel: «Haznos dioses que vayan delante de nosotros —decían—; porque a este Moisés […] no sabemos qué le haya acontecido» (Éx 32:1). Bien sabían que era Dios aquel cuyo poder habían experimentado en tantos milagros; pero no creían que estuviera cerca de ellos si no veían con sus ojos alguna figura corporal suya que les atestiguara que Dios los guiaba. Así, por la imagen que iba delante de ellos querían saber que Dios era su guía y conductor. Esto nos lo enseña la experiencia común de cada día: la carne está siempre inquieta hasta que encuentra algún espantajo semejante con el cual consolarse vanamente, como si fuera imagen de Dios. Casi no ha habido época, desde la creación del mundo, en que los hombres, por obedecer a este insensato apetito, no hayan levantado señales y figuras en las que creían ver a Dios delante de sus ojos.
A tal imaginación le sigue enseguida una loca devoción de adorar las imágenes; porque, como los hombres piensan que ven a Dios en las imágenes, también lo adoran en ellas. Y al fin, habiendo fijado en ellas sus ojos y sus sentidos, se embrutecen cada día más y se admiran y maravillan como si alguna divinidad estuviera encerrada en ellas. Queda claro, pues, que los hombres no se lanzan a honrar las imágenes sin haber concebido primero cierta opinión carnal: no que piensen que las imágenes son dioses, sino que se imaginan que en ellas reside cierto poder divino. Por tanto, tú, quienquiera que representes en la imagen, sea a Dios o a alguna criatura, en el momento en que te arrodillas para honrarla ya tienes en la cabeza alguna superstición. Por esta causa Dios no solo prohibió hacer estatuas que lo representaran, sino también consagrar inscripciones o piedras que dieran ocasión de ser adoradas. Por esta misma causa, en el segundo mandamiento de la ley se manda que las imágenes no sean adoradas. Porque en el momento en que se da a Dios alguna forma visible, enseguida se le atribuye su poder. Tan necios son los hombres que quieren encerrar a Dios dondequiera que lo pintan; y por eso es imposible que no lo adoren. Y no importa si adoran simplemente al ídolo o a Dios en el ídolo; porque siempre es idolatría dar al ídolo la honra que se debe a Dios, sea cual sea el pretexto con que se disfrace. Y como Dios no quiere ser honrado supersticiosamente, toda la honra que se da a los ídolos se le quita y se le roba a Dios. Consideren bien esto todos los que andan buscando vanas sutilezas y pretextos con que sostener una idolatría tan horrenda, con la cual la verdadera religión ha estado abatida y arrinconada desde hace mucho tiempo. Dicen que las imágenes no son tenidas por dioses. Les respondo que los judíos no estaban tan fuera de sí como para no recordar que era Dios quien los había sacado de Egipto antes de fabricar el becerro. Y aun cuando Aarón les decía que aquellos eran los dioses que los habían sacado de la tierra de Egipto, ellos, sin dudarlo, estuvieron de acuerdo con él (Éx 32:4); con lo cual mostraban que de muy buena gana querían retener al Dios que los había liberado, con tal de verlo ir delante de ellos en figura de becerro. Tampoco debemos pensar que los gentiles eran tan necios que creyeran que no había otro Dios que los leños y las piedras; porque cambiaban sus ídolos a su antojo, pero siempre conservaban en su corazón los mismos dioses. Además, cada dios tenía muchas imágenes, y sin embargo no decían que alguno de aquellos dioses estuviera dividido; también les consagraban cada día nuevas imágenes, y sin embargo no decían que hacían nuevos dioses. Léanse las excusas que, según refiere san Agustín, daban los idólatras de su tiempo (Sobre el Salmo 113): cuando se les acusaba de esto, la gente común e ignorante respondía que no adoraban aquella forma visible, sino la divinidad que habitaba invisiblemente en ella. Pero los que tenían una religión más pura, como él dice, respondían que no adoraban ni al ídolo ni al espíritu representado en él, sino que bajo aquella figura corporal solo tenían una señal de lo que debían adorar. Con todo, todos los idólatras, fueran judíos o gentiles, pecaron del mismo mal que hemos dicho: no contentándose con conocer a Dios espiritualmente, quisieron tener por medio de imágenes visibles un conocimiento mucho más familiar y más seguro, según pensaban. Una vez que se complacieron en imitar a Dios, nunca pararon, hasta que, engañados cada día más con nuevas ilusiones, llegaron a pensar que Dios mostraba su poder habitando en las imágenes. Mientras tanto, los judíos estaban persuadidos de que en tales imágenes adoraban al Dios eterno, único y verdadero Señor del cielo y de la tierra; y los gentiles también pensaban que adoraban a sus dioses —aunque falsos— que habitaban en el cielo.
Los que niegan que esto sucedió en tiempos pasados y que lo mismo sucede hoy mienten descaradamente. Porque ¿con qué fin se arrodillan delante de ellas? ¿Por qué, cuando quieren orar a Dios, vuelven el rostro hacia ellas, como si así se acercaran más a los oídos de Dios? Porque es muy cierto lo que dice san Agustín: nadie que ora o adora mirando así a una imagen deja de pensar que la imagen le concedió lo que le pidió, o de esperar que le concederá lo que le suplica (Sobre el Salmo 113). ¿Por qué hay tan gran diferencia entre las imágenes de un mismo Dios, que, sin hacer ningún caso, o muy poco, de una imagen, la otra se tiene en gran veneración? Ejemplo de ello son los crucifijos y sus Nuestras Señoras. De sus imágenes, unas están en un rincón, cubiertas de telarañas y comidas por la carcoma; y otras están en el altar mayor o en el sagrario, muy limpias y acicaladas, cargadas de oro y plata y rodeadas de lámparas que arden perpetuamente a su alrededor. ¿Con qué fin se toman tanto trabajo con sus peregrinaciones, trotando de aquí para allá para visitar imágenes semejantes a las que tienen en casa? ¿Por qué hoy combaten tan furiosamente por ellas, como si, según dicen, lucharan por su ley, su rey y su grey, hasta meterlo todo a fuego y sangre, de modo que permitirán más fácilmente que se les quite el único y verdadero Dios que sus ídolos? Y aun así no cuento los burdos errores del vulgo, que son casi infinitos y reinan incluso en los que se tienen por muy sabios; solo digo lo que ellos mismos confiesan cuando se proponen de veras excusarse de su idolatría. «No llamamos —dicen— dioses nuestros a las imágenes». Lo mismo respondían antiguamente los judíos y los gentiles; y, sin embargo, los profetas no cesaban de reprocharles que fornicaban con el leño y con la piedra, solo por las mismas supersticiones que hoy se cometen entre los que se llaman cristianos, a saber, que honraban a Dios carnalmente arrodillándose delante de un leño y de una piedra.
No ignoro, ni quiero disimular, que tienen otra distinción mucho más sutil con la que creen escapar, de la cual trataremos más a fondo un poco más adelante. Se defienden diciendo que la honra que dan a las imágenes es dulía y no latría. Quieren decir que es servicio y no honra, y afirman que este servicio, la dulía, se puede dar a las estatuas y pinturas sin ofender a Dios en absoluto. Así, se tienen por inocentes con tal de que solo sirvan a los ídolos y no los honren. ¡Como si servir no fuera algo de más peso que honrar! Y cuando buscan defenderse con el sentido propio de las palabras griegas dulía y latría, sin darse cuenta se contradicen como niños. Porque, como en griego latreuein no significa otra cosa que honrar, lo que dicen equivale a decir que honran a sus imágenes, pero sin honra. Y no hay por qué repliquen que quiero atraparlos astutamente con la fuerza de la palabra griega; porque son ellos los que procuran cegar los ojos de los sencillos e ignorantes, y entretanto muestran su propia ignorancia. Por muy elocuentes que sean, nunca lograrán con su elocuencia probarnos que una misma cosa es dos. Dejemos, pues, a un lado las palabras; muéstrennos en los hechos en qué y cómo se diferencian de los antiguos idólatras, y así no serán tenidos por tales como ellos. Porque así como un adúltero o un homicida no escapará por poner otro nombre al pecado que ha cometido, de la misma manera estos no deben ser justificados por la sutil invención de una palabra, si en los hechos no se diferencian en nada de los idólatras, a los cuales aun ellos mismos se ven obligados a condenar. Y tan lejos está su causa de ser distinta de la de los otros idólatras, que más bien la fuente de todo el mal es un loco deseo que tienen de imitarlos, imaginando en su mente formas y figuras con que representar a Dios, y dándoles luego forma con sus propias manos.
Con todo, no soy tan escrupuloso como para opinar que no deba permitirse ninguna imagen. Pero, como el arte de esculpir y el de pintar son dones de Dios, pido el uso puro y legítimo de ambas artes, para que lo que Dios ha concedido a los hombres para su gloria y nuestro provecho no solo no sea pervertido y manchado por el abuso, sino que tampoco se convierta en daño nuestro. Creemos que es una gran abominación representar a Dios en forma visible, porque Dios lo prohibió y porque no se puede hacer sin menoscabar su gloria. Y para que no piensen que solo nosotros tenemos esta opinión, quienes lean los libros de los doctores antiguos hallarán que estamos de acuerdo con ellos, porque condenaron todas las figuras que representaban a Dios. Si, pues, no es lícito representar a Dios en forma visible, mucho menos lo será adorar tal imagen como si fuera Dios, o adorar a Dios en ella. Queda, pues, que solo se pinten y esculpan imágenes de las cosas que se pueden ver con los ojos, para que la majestad de Dios, que el entendimiento humano no puede comprender, no sea corrompida con sus desvariados mamarrachos. Entre las cosas que se pueden pintar o esculpir hay dos clases: unas son las historias y los sucesos; otras, las figuras o retratos de personas, animales, ciudades, regiones, etc., sin representar ningún suceso. Las de la primera clase sirven en cierta manera para enseñar y exhortar; las de la segunda no alcanzo a entender para qué sirven, sino solo para el entretenimiento. Y, con todo, es notorio que casi todas las imágenes que había en los templos de los papistas eran de esta clase. De donde se puede ver fácilmente que fueron puestas allí no con juicio ni razón, sino por un apetito irreflexivo e insensato. Dejo por ahora de tratar cuán mal y cuán deshonestamente las han pintado y formado en su mayor parte, y cuánta licencia se han tomado en esto los pintores y los escultores, como comencé a decir un poco antes. Solo digo ahora esto: aunque no hubiera en ellas ningún vicio, aun así no sirven de nada para enseñar.
Pero, dejando a un lado esta distinción, consideremos de paso si conviene tener imágenes en los templos de los cristianos, ya sean de la primera clase, que representan sucesos, o de la segunda, que solo representan a algún hombre, mujer o cualquier otra cosa. En primer lugar, recordemos, si hacemos algún caso de la iglesia antigua, que durante unos quinientos años, poco más o menos, tiempo en el que la religión cristiana florecía mucho más que ahora y la doctrina era mucho más pura, los templos de los cristianos estaban por lo general limpios de tal inmundicia de imágenes. Así, se comenzó a ponerlas como adorno en los templos cuando los ministros empezaron a degenerar y dejaron de enseñar al pueblo como debían. No discutiré cuáles fueron las causas que movieron a los primeros autores de esta invención; pero, si comparamos una época con otra, veremos bien que estos inventores no llegaban ni a la suela del zapato a la integridad de los que no tuvieron imágenes. ¿Cómo pensamos que aquellos benditos padres antiguos habrían permitido que la iglesia careciera tanto tiempo de algo que ellos hubieran creído útil y provechoso? Al contrario, como veían que no había en ello ningún provecho, o muy poco, y en cambio mucho daño y peligro, lo rechazaron más por prudencia y buen juicio que por descuido o negligencia. San Agustín lo atestigua con palabras bien claras (Carta 49): «Cuando las imágenes se colocan en sus asientos, en un lugar alto y destacado, para que las vean los que oran y ofrecen sacrificios, atraen los corazones de los débiles con su semejanza de miembros y sentidos animados —aunque ni viven ni tienen sentido— a pensar que viven y que tienen alma». Y en otro lugar (Sobre los Salmos 113 y 115): «Esto es ciertamente lo que hace aquella figura de miembros, y en cierto modo obliga al entendimiento a imaginar que un cuerpo, cuanto más semejante sea al suyo, más sentirá», etc. Y un poco más adelante: «Las imágenes sirven mucho más para doblegar al alma miserable, porque tienen boca, ojos, oídos y pies, que para corregirla, porque no hablan, ni ven, ni oyen, ni andan». Sin duda, esta parece ser la causa por la que san Juan no solo nos exhortó a huir de la idolatría, sino también de las imágenes mismas (1 Jn 5:21). Y nosotros hemos experimentado de sobra, por el espantoso frenesí que antes se extendió por todo el mundo con grandísimo daño de la religión cristiana, que poner imágenes en los templos es como levantar un estandarte para atraer a los hombres a la idolatría; porque la locura de nuestro entendimiento no sabe contenerse, sino que enseguida y sin resistencia se deja arrastrar a las idolatrías y a los cultos supersticiosos. Y aunque no hubiera tanto peligro, cuando me detengo a considerar para qué fin se edifican los templos, me parece que no conviene a su santidad admitir en ellos otras imágenes que las que Dios ha consagrado por su palabra, que están retratadas al vivo: estas son el bautismo y la cena del Señor, con otras ceremonias, en las que nuestros ojos deben estar tan atentos y nuestros sentidos tan fijos que no hagan falta otras imágenes inventadas por la fantasía de los hombres. He aquí el inestimable bien de las imágenes, que de ningún modo podría sustituirse ni compensarse, si es verdad lo que dicen los papistas.
Creo que bastaría con lo que hemos dicho sobre esta materia si no nos saliera al paso el Concilio de Nicea; no aquel celebérrimo que convocó el gran Constantino, sino el otro Concilio de Nicea que convocó la emperatriz Irene hace ya unos ochocientos años, en tiempos del emperador de Occidente Carlomagno. En este concilio se determinó que no solo se debían tener imágenes en los templos, sino que además debían ser adoradas. Parece que nada de lo que yo diga tendrá mucho peso, puesto que el concilio determinó otra cosa. Y, a decir verdad, no me importa tanto esto como que todos entiendan en qué paró la furia de los que desearon tener imágenes más de lo que era permitido a los cristianos. Pero consideremos primero esto. Los que hoy defienden las imágenes como buenas se amparan en que así lo determinó el Concilio de Nicea. Hay un libro de refutación compuesto en nombre de Carlomagno, que por su estilo se ve fácilmente que fue escrito en aquel tiempo; en él se cuentan con detalle las opiniones de los obispos que estuvieron presentes en dicho concilio y las razones en que se fundaban. Juan, que era delegado de las iglesias orientales, alega el pasaje de Moisés: «Creó Dios al hombre a su imagen»; y de aquí concluyó: «Es necesario, pues, tener imágenes». Además, él mismo pensó que para confirmar las imágenes venía muy al caso lo que está escrito: «Muéstrame tu rostro, porque es hermoso». Otro, para probar que se debían poner sobre los altares, alegó este testimonio: «Nadie enciende una luz y la pone debajo del almud». Otro, para mostrar que es útil ver imágenes, alegó el verso del salmo: «Señalada está, Señor, sobre nosotros la luz de tu rostro». Otro hizo esta comparación: así como los patriarcas usaron de los sacrificios de los gentiles, de la misma manera los cristianos deben tener las imágenes de los santos en lugar de los ídolos de los gentiles. Con este fin torcieron aquella sentencia: «Señor, he amado la hermosura de tu casa». Pero, sobre todo, es graciosa la interpretación que dan del pasaje «Como lo oímos, así lo hemos visto»: Dios, pues, no solo es conocido por el oír de la palabra, sino también por la vista de las imágenes. Semejante es la sutileza del obispo Teodoro: «Admirable —dice— es Dios en sus santos»; y en otro lugar está escrito: «A los santos que están en la tierra»; luego esto se debe entender de las imágenes. En fin, sus razones son tan vanas que me da vergüenza citarlas.
Cuando llegan a discutir sobre la adoración, alegan que Jacob adoró al faraón y que José adoró la vara, y que Jacob levantó un monumento para adorarlo. Aunque en esto último no solo corrompen el sentido de la Escritura, sino que, como falsarios, citan un pasaje que no se halla en la Escritura. También les parecen razones firmes, suficientes y muy a propósito las siguientes: «Postraos ante el estrado de sus pies»; también: «Postraos ante su santo monte»; y también: «Implorarán tu favor los ricos del pueblo». Si alguien, para reír y burlarse, quisiera escribir una farsa y sacar a escena a los defensores de las imágenes, ¿podría hacerlos hablar de manera más insensata y más necia que como hablan estos? Y para que todo quedara determinado y no hubiera nada de qué dudar, Teodosio, obispo de Mira, confirma que las imágenes deben ser adoradas por los sueños de su arcediano, con tanta seriedad como si Dios mismo se lo hubiera revelado. Hagan, pues, ahora los defensores de las imágenes gran caso de tal concilio y aleguen contra nosotros que así se determinó en él; ¡como si aquellos reverendos padres no perdieran toda su autoridad al tratar las Escrituras con tanta ligereza, o al despedazarlas de una manera tan extraña y horrenda!
Vengamos ahora a las blasfemias, que es asombroso que se hayan atrevido a proferir, y más espantoso aún que no haya habido quien los contradijera y les pusiera su impiedad delante de los ojos. Y conviene que tan monstruoso frenesí sea puesto de manifiesto y tenido por lo que es, para que al menos quede deshecho el pretexto de antigüedad que alegan los papistas para mantener sus ídolos. Teodosio, obispo de Amorio, anatematiza a todos los que no quieren que las imágenes sean adoradas. Otro atribuye todas las calamidades de Grecia y de Oriente a esta gran maldad —como él la llama— de no haber adorado las imágenes. ¿Qué castigo merecían, entonces, los profetas, los apóstoles y los mártires, en cuyo tiempo no hubo imágenes? Otro dice: si se queman incienso y perfumes delante de la imagen del emperador, con mucha más razón se debe hacer esto delante de las imágenes de los santos. Constancio, obispo de Constancia en Chipre, declara que abraza las imágenes con toda reverencia, y dice que les da la misma veneración y culto que se debe dar a la Santísima Trinidad; anatematiza a todo el que se niegue a hacer lo mismo y lo pone en compañía de los maniqueos y de los marcionitas. Y para que no penséis que fue la opinión de uno solo, todos los demás responden: «Amén». Y aun Juan, delegado de los orientales, encendido en mayor cólera, declara que sería mucho mejor que todos los burdeles del mundo estuvieran en una ciudad que rechazar el culto de las imágenes. En conclusión, por acuerdo de todos se determina que los samaritanos son los peores herejes que existen, pero que los enemigos de las imágenes son aún peores que los samaritanos. Al final, para que su concilio tuviera su aplauso, lo concluyen con un canto: «Gócense y alégrense todos los que, teniendo la imagen de Cristo, le ofrecen sacrificio». ¿Dónde está ahora la distinción entre latría y dulía, con la que pretenden cegar los ojos de Dios y de los hombres? Porque el concilio concede sin excepción alguna la misma honra a las imágenes que al mismo Dios eterno.
Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.