Institución de la religión cristiana · Juan Calvino
El conocimiento de Dios en cuanto Creador y supremo Gobernador de todo el mundo
Dios se distingue de los ídolos para ser él solo servido y honrado por completo
Ya dijimos al principio que el conocimiento de Dios no consiste en una fría especulación, sino que trae consigo el culto de Dios; y también tocamos de paso de qué manera debe ser servido, lo cual se explicará más por extenso en otros lugares. Por ahora solo repito en resumen que, cada vez que la Escritura afirma que no hay más que un solo Dios, no lucha por el mero nombre o título, sino que nos manda también que nada de lo que pertenece solo a Dios se atribuya a otro fuera de él. De aquí se ve claramente qué diferencia hay entre la religión verdadera y pura y la superstición. La palabra griega eusebeia no significa otra cosa que servicio o culto bien ordenado; porque aun los mismos ciegos que andaban a tientas siempre sostuvieron que debía haber una regla determinada para que Dios fuera servido y honrado como convenía. En cuanto a la palabra religión, aunque Cicerón la deriva con acierto del verbo latino relego, que significa «vuelvo a leer» (Sobre la naturaleza de los dioses, II), la razón que da es forzada y traída de muy lejos: a saber, que los que sirven bien a Dios releen y meditan con diligencia lo que deben hacer para servirle. Yo pienso más bien que la palabra religión se opone a la licencia desmedida; porque la mayor parte del mundo hace temerariamente y sin ninguna reflexión todo lo que se le pone delante, y aun para hacerlo corre de aquí para allá; pero la piedad y la religión, para mantener el pie firme, relegit sese, es decir, se recogen dentro de ciertos límites. Asimismo me parece que la superstición se llama así porque, no contentándose con lo que Dios había ordenado, añade y amontona un gran cúmulo de cosas vanas. Pero, dejando a un lado las palabras, notemos que en todos los tiempos se ha sostenido de común acuerdo que la religión se corrompe y pervierte siempre que se mezclan con ella errores y falsedades. De donde concluimos que todo lo que emprendemos por un celo irreflexivo no vale nada, y que es vano el pretexto que alegan los supersticiosos. Y aunque todo el mundo diga que esto es así, por otra parte vemos una gran ignorancia: que los hombres no se contentan con un solo Dios, ni se preocupan mucho por saber cómo deben servirle, como ya hemos mostrado. Pero Dios, para mantener su derecho, declara que es celoso y que se vengará de veras si lo mezclan con dioses nuevos. Además, declara cuál es el verdadero culto, para tapar así la boca a los hombres y sujetarlos. Ambas cosas las comprende en su ley: primero ordena que los fieles le estén sujetos teniéndolo por único legislador, y luego les da reglas para que le sirvan conforme a su voluntad. Pero, como la ley tiene diversos fines y usos, trataré de ella a su tiempo; por ahora solo toco este punto: que Dios quiso que la ley fuera un freno para los hombres, a fin de que no se entregaran a falsas maneras de servirle. Mientras tanto, retengamos bien lo que he dicho: que Dios es despojado de su honra y su culto es profanado si todo lo que es propio y conviene solo a Dios no se le deja para que resida únicamente en él. Y aquí es necesario advertir con gran cuidado de qué mañas y astucias se vale la superstición. Porque no nos hace inclinarnos a los dioses extraños de tal manera que parezca que nos apartamos del Dios verdadero, o que lo pone en el mismo número y rango que los otros; sino que, dejándole el lugar supremo, lo rodea de una multitud de dioses menores, entre los cuales reparte los oficios que son propios de Dios. Por este camino, aunque de manera disimulada y astuta, la gloria de la divinidad queda despedazada, para que no resida toda ella en uno solo. De esta misma manera, los idólatras de tiempos pasados, fueran judíos o gentiles, se imaginaron un Dios supremo que fuera Padre y Señor de todos los demás dioses; a este le sometieron toda aquella infinidad de dioses y les atribuyeron el gobierno del mundo en común con él. Esto mismo se ha hecho desde hace mucho tiempo con los santos que habían pasado de este mundo: los ensalzaron tanto que los hicieron compañeros de Dios, honrándolos, invocándolos y celebrándoles fiestas como al mismo Dios. Y no pensamos que la majestad divina quede oscurecida con esta abominación, aunque en su mayor parte sea suprimida y ocultada, sino que conservamos la vana idea de que él tiene cierto poder supremo sobre todos los demás. Mientras tanto, engañados con estos rodeos, vamos tras una infinidad de dioses.
Con este mismo fin inventaron la distinción que llaman de latría y dulía, para poder dar sin reproche alguno a los ángeles y a los muertos la honra que se debe solo a Dios. Porque es claro que el culto que los papistas rinden a sus santos no difiere en nada del culto con que sirven a Dios: adoran de la misma manera a Dios y a los santos; solo que, cuando se les aprieta, recurren a este subterfugio y dicen que, al dar a Dios la honra de latría, le dan todo lo que se le debe. Pero, puesto que la controversia no es sobre la palabra, sino sobre la cosa, ¿quién les consentirá burlarse con tanta desenvoltura en un asunto de tanta importancia? Pero aunque no tengamos en cuenta esto, ¿qué podrán ganar con su distinción, sino que honran solo a Dios y sirven a los santos? Porque latría en griego es lo mismo que honra en español, y dulía significa propiamente servicio. Y, con todo, esta diferencia no se observa siempre en la Escritura. Pero aunque concediéramos que siempre se observa, queda por saber qué significa propiamente cada una de las dos palabras. Dulía, como ya hemos dicho, significa servicio; latría, honra o veneración. Y nadie duda de que servir es más que honrar; porque muchas veces nos sería muy molesto y penoso servir a aquellos a quienes no nos negamos a honrar. Así, sería un reparto muy malo asignar a los santos lo que es más y dejar a Dios lo que es menos. Pero replicarán que la mayoría de los doctores antiguos usaron esta distinción. Y bien, ¿qué se sigue de ahí, si todo el mundo ve que no solo es impropia, sino del todo frívola?
Pero, dejando las sutilezas, consideremos la cosa tal como es. San Pablo, al recordar a los gálatas lo que habían sido antes de ser iluminados en el conocimiento de Dios, dice que «servíais a los que por naturaleza no son dioses» (Gá 4:8). Aunque el apóstol no dice latría, sino dulía, ¿era por eso excusable su superstición? Con todo, condena esta perversa superstición llamándola dulía tanto como si la llamara latría. Y cuando Cristo rechaza la tentación de Satanás con este escudo: «Escrito está: Al Señor tu Dios adorarás» (Mt 4:10), la cuestión no era expresamente la latría; porque Satanás no le pedía sino una reverencia, que en griego se llama proskýnesis. Asimismo, cuando el ángel reprende a san Juan porque se arrodillaba delante de él (Ap 19:10), no debemos entender que san Juan fuera tan insensato como para querer dar al ángel la honra que se debe solo a Dios. Pero, como es imposible que la honra que se rinde por motivo religioso no incluya cierta atribución de divinidad, san Juan no podía adorar al ángel o arrodillarse ante él sin defraudar en alguna manera a Dios de su gloria. Es verdad que leemos muchas veces que se adoró a hombres; pero esa fue una honra civil, que conviene a los hombres; otra cosa es la honra rendida por religión. Porque en el momento en que se honra religiosamente a las criaturas, la honra de Dios queda profanada en la misma medida. Lo mismo vemos en el centurión Cornelio. Porque no había avanzado tan poco en la piedad como para no atribuir solo a Dios la forma suprema de honra. Así, cuando se arrodilla delante de san Pedro, ciertamente no lo hace con intención de adorarlo en lugar de Dios; y, sin embargo, san Pedro le prohíbe con rigor que lo haga (Hch 10:25-26). ¿Por qué, sino porque los hombres jamás sabrán distinguir tan bien en su lenguaje entre la honra que se debe a Dios y la que se debe a las criaturas como para no dar confusamente a las criaturas la honra que se debe solo a Dios? Por tanto, si queremos tener un solo Dios, recordemos que no se le debe quitar ni una pizca de su gloria, sino que se le ha de dar todo lo que le corresponde. Por esta causa Zacarías, hablando de la restauración de la iglesia, declara claramente que entonces no solo habrá un Dios, sino que también su nombre será uno (Zac 14:9), para que en nada se parezca a los ídolos. Cuál es el culto que Dios exige se verá en otra parte, cuando sea tiempo de tratarlo. Porque Dios quiso prescribir a los hombres con su ley lo que es justo y recto, y por este medio los sujetó a una regla determinada, para que nadie se tomara la libertad de servir a Dios como se le antojara. Pero, como no conviene abrumar a los lectores mezclando muchas materias a la vez, por ahora no trato de esto. Bástenos saber por el momento que, cuando los hombres atribuyen a las criaturas algún culto religioso, cometen sacrilegio. La superstición tuvo primero por dioses al sol, a las estrellas o a otros ídolos; tras esto vino la ambición, que, adornando a los hombres mortales con los despojos de Dios, se atrevió a profanar todas las cosas sagradas. Y aunque se mantenía en pie el principio de honrar a un Dios supremo, sin embargo se hizo costumbre ofrecer sacrificios, sin hacer en esto diferencia alguna, a los espíritus, a los dioses menores y a los hombres heroicos y notables ya difuntos. Tan inclinados somos a este vicio de repartir entre una gran multitud lo que Dios manda con tanto rigor que se le dé solo a él.
Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.