Institución de la religión cristiana · Juan Calvino
El conocimiento de Dios en cuanto Creador y supremo Gobernador de todo el mundo
La Escritura nos enseña desde la creación del mundo que hay una sola esencia divina que contiene en sí tres personas
Lo que la Escritura nos enseña sobre la esencia infinita y espiritual de Dios no solo debe servir para deshacer los desvaríos del vulgo, sino también para confundir todas las sutilezas de la filosofía profana. Uno de los antiguos pareció hablar con mucha propiedad cuando dijo que Dios es todo lo que vemos y todo lo que no vemos; pero, al hablar así, se imaginó que la divinidad estaba derramada por todo el mundo. Es verdad que Dios, para mantenernos en la sobriedad, no habla mucho de su esencia; con todo, con los dos atributos que hemos nombrado derriba los grandes desvaríos que los hombres se imaginan y reprime también todo el atrevimiento del entendimiento humano. Ciertamente, la infinitud de su esencia debe infundirnos temor, para que no pretendamos medirlo con nuestros sentidos; y su naturaleza espiritual nos impide especular sobre él nada terreno o carnal. Esta es la causa por la que muchas veces se asigna el cielo por morada. Porque, aunque en cuanto es incomprensible llena también la tierra, como ve que nuestro entendimiento, pesado como es, se queda siempre abajo, con muy justa razón nos eleva por encima del mundo para despertarnos de nuestra pereza y flojedad. Y con esto cae sin duda alguna el error de los maniqueos, que, al admitir dos principios, hicieron al diablo casi igual a Dios. Porque esto fue, ciertamente, deshacer la unidad de Dios y restringir su infinitud. Y en cuanto a que se hayan atrevido a confirmar su opinión con ciertos pasajes de la Escritura, con ello mostraron su gran ignorancia, así como su error fue un desatino intolerable. También los antropomorfitas, que se imaginaron por su cuenta un Dios corpóreo porque la Escritura muchas veces le atribuye boca, oídos, ojos, manos y pies, son refutados con facilidad. Porque ¿quién, con un poco de entendimiento, no comprende que Dios en cierto modo balbucea al hablar con nosotros, como las nodrizas con los niños que crían? Por tanto, tales maneras de hablar no declaran tanto cómo es Dios en sí mismo como se acomodan a nuestra rudeza para darnos algún conocimiento de él. Lo cual la Escritura no puede hacer sin rebajarse, y aun muy por debajo de lo que es la majestad de Dios.
Pero hallaremos además otra nota y marca particular con la que podamos conocerlo mejor y distinguirlo de los ídolos. Porque se nos presenta como un solo Dios de tal manera que se ofrece para ser contemplado distintamente en tres personas; y si no creemos en ellas, no tendremos en el entendimiento más que un nombre vacío de Dios, que no nos sirve de nada. Además, para que nadie se sueñe un Dios de tres cabezas, ni piense que la esencia divina, que es simple y única, se divide entre las tres personas, será necesario buscar aquí una definición breve y sencilla que nos desenrede de todo error. Pero, como algunos aborrecen la palabra persona como cosa inventada por los hombres, será necesario ver primero qué razón tienen para ello. El apóstol, al llamar al Hijo de Dios «la imagen misma de su sustancia», es decir, de la hipóstasis del Padre (He 1:3), sin duda atribuye al Padre alguna subsistencia en la que se distingue del Hijo. Porque tomar la palabra como si significara esencia —como la tomaron algunos intérpretes, como si Cristo representara en sí la sustancia del Padre, al modo de la cera cuando se imprime con el sello— no solo sería forzado, sino también absurdo. Porque, siendo la esencia divina simple e indivisible, que no admite división alguna, quien la tuviera toda en sí, no por partes ni por participación, sino total y enteramente, sería llamado impropia, y aun desatinadamente, sello e imagen del otro. Pero como el Padre, aunque distinto del Hijo por su propiedad, se ha representado por completo en el Hijo, con muy buena razón se dice que ha manifestado en él su hipóstasis; con lo cual concuerda muy bien lo que sigue enseguida: que él es «el resplandor de su gloria». Ciertamente, de las palabras del apóstol deducimos que hay una hipóstasis propia, que pertenece al Padre, la cual, sin embargo, resplandece en su Hijo; de donde también se deduce fácilmente la hipóstasis del Hijo, por la cual se distingue del Padre. Lo mismo se dirá del Espíritu Santo, del que probaremos enseguida que es Dios; pero, con todo, es necesario que lo tengamos por una hipóstasis distinta del Padre. Y esta distinción no es de la esencia, pues es una blasfemia dividirla o decir que es más de una. Por tanto, si damos crédito a las palabras del apóstol, se sigue que en un solo Dios hay tres hipóstasis. Y puesto que los doctores latinos han querido decir lo mismo con la palabra persona, sería propio de hombres quisquillosos, y aun obstinados, querer discutir sobre una cosa clara y evidente. Si quisiéramos traducir literalmente lo que significa la palabra, diríamos subsistencia. Y muchos, queriendo decir esto mismo, usaron la palabra sustancia. Y no solo los latinos usaron la palabra persona, sino que también los griegos, quizá para mostrar que en esto concordaban con los latinos, dijeron que en Dios hay tres personas. Pero, aunque griegos y latinos no coincidían en la palabra, en cuanto a la cosa todos entendían lo mismo.
Ahora bien, por más que los herejes ladren contra la palabra persona, y por más que murmuren algunos malhumorados diciendo que no admitirán un término inventado por los hombres, puesto que no pueden quitarnos que se nombra a tres, cada uno de los cuales es enteramente Dios, y que sin embargo no son muchos dioses, ¿qué maldad es esta de condenar unas palabras que no dicen otra cosa que lo mismo que la Escritura afirma y atestigua? Replican que sería mejor mantener dentro de los límites de la Escritura no solo nuestros pensamientos, sino también nuestras palabras, en lugar de usar palabras extrañas e insólitas que den lugar a disensiones y disputas. Porque así las contiendas giran en torno a palabras; así, en el altercado, se pierde la verdad; y así se menoscaba la caridad. Si llaman palabra extraña a la que no se puede hallar en la Escritura sílaba por sílaba y letra por letra, ciertamente nos imponen una ley muy dura, con la cual se condenan todos los sermones e interpretaciones que no están tomados de la Escritura palabra por palabra, sin quitar ni añadir. Pero si tienen por palabras extrañas las que se inventan por curiosidad y se defienden con superstición, que sirven más para la contienda que para la edificación, que se usan sin necesidad ni fruto alguno, que con su aspereza ofenden los oídos piadosos y que pueden apartarnos de la sencillez de la palabra de Dios, apruebo de todo corazón su sobriedad. Porque no creo que debamos hablar de Dios con menos reverencia que la que debemos tener al pensar en él; pues todo lo que pensamos de él por nosotros mismos no es más que locura, y todo lo que decimos es vanidad. Con todo, debemos guardar cierta medida: debemos tomar de la Escritura una regla segura para pensar y hablar, conforme a la cual se ajusten todos nuestros pensamientos y todas nuestras palabras. Pero ¿qué nos impedirá explicar con palabras más claras lo que en la Escritura se dice de manera oscura, con tal de que lo que digamos sirva para declarar fielmente la verdad de la Escritura, y de que se haga sin tomarse demasiada libertad y cuando la ocasión lo pide? De esto tenemos muchísimos ejemplos. ¿Y qué será si probamos que la iglesia se vio obligada por una gran necesidad a usar las palabras Trinidad y personas? Si entonces alguno las rechaza alegando que son palabras nuevas y que no se hallan en la Escritura, ¿no se podrá decir con razón de él que no puede soportar la luz de la verdad? Pues lo único que puede condenar es que se explique con palabras más claras lo mismo que la Escritura contiene.
Esta novedad de palabras —si así se la debe llamar— hay que usarla sobre todo cuando es preciso defender la verdad contra quienes la calumnian y, tergiversándola, la vuelven del revés. Esto lo experimentamos hoy más de lo que quisiéramos, pues nos cuesta bastante convencer a los enemigos de la verdad; porque con su prudencia carnal se nos escurren de las manos como culebras si no se los aprieta con fuerza y, una vez atrapados, no se los sujeta. Así, los padres antiguos, inquietados por diversos combates contra falsas doctrinas, se vieron obligados a explicar con gran sencillez y claridad lo que pensaban, para no dejar a los impíos nada por donde escabullirse, pues cualquier oscuridad de palabras les servía de escondite para encubrir sus errores. Arrio confesaba que Cristo era Dios e Hijo de Dios, porque no podía contradecir los clarísimos testimonios de la Escritura, y, como quien cumple con su deber, aparentaba estar de acuerdo con los demás. Pero entretanto no dejaba de decir que Cristo era una criatura y que había tenido principio, como todas las demás criaturas. Los padres, para sacar a la luz esta maliciosa astucia, fueron más allá y dijeron que Cristo es el Hijo eterno del Padre y consustancial al Padre. Entonces reventó el veneno de los arrianos, que comenzaron a aborrecer y detestar la palabra homoousios, que significa consustancial. Si al principio hubieran confesado sinceramente y de corazón que Cristo es Dios, no habrían negado que era consustancial al Padre. ¿Quién se atreverá a acusar a aquellos santos varones de pendencieros y alborotadores porque se encendieron tanto en la contienda por una palabrita y turbaron la paz y la tranquilidad de la iglesia? Pero aquella palabrita permitía reconocer quiénes eran los verdaderos cristianos y quiénes los herejes arrianos. Después se levantó Sabelio, que casi no hacía caso de los nombres Padre, Hijo y Espíritu Santo, y decía que no denotaban ninguna distinción, sino que eran diversos atributos de Dios, como hay otros muchos. Si discutían con él, confesaba que creía que el Padre es Dios, el Hijo es Dios y el Espíritu Santo es Dios. Pero enseguida hallaba una escapatoria diciendo que con ello no había dicho otra cosa que si hubiera confesado que Dios es fuerte, justo y sabio. Y así cantaba otra canción: que el Padre es el Hijo y el Espíritu Santo es el Padre, sin orden ni distinción alguna. Los que entonces eran buenos maestros y amaban de todo corazón la piedad, para domar la malicia de este hombre, le contradecían diciendo que en un solo Dios se debían confesar tres propiedades; y, para defenderse con la verdad sencilla y descubierta contra sus astutos engaños, afirmaron que en un solo Dios, o —lo que es lo mismo— en una sola esencia divina, hay verdaderamente una Trinidad de personas.
Por tanto, si estos nombres no se inventaron a la ligera, debemos guardarnos de que se nos acuse de altiva arrogancia por rechazarlos. ¡Ojalá estuvieran enterrados, con tal de que todos confesáramos que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son un solo Dios, y que, sin embargo, ni el Hijo es el Padre, ni el Espíritu Santo es el Hijo, sino que se distinguen por cierta propiedad! Tampoco soy tan riguroso ni tan severo que quiera pelear por meras palabras. Porque observo que los padres antiguos, aunque procuraban hablar de estas cosas con gran reverencia, no estaban de acuerdo entre sí, y aun algunos de ellos no siempre hablaron de la misma manera. Porque ¡qué expresiones usadas por los concilios excusa san Hilario! ¡Qué libertad de expresión se toma san Agustín! ¡Qué diferencia hay entre los griegos y los latinos! Pero baste un solo ejemplo para mostrar esta diversidad. Los latinos, queriendo traducir la palabra griega homoousios, dijeron consustancial, con lo cual daban a entender que el Padre y el Hijo son de una misma sustancia; y así, por sustancia no entendían otra cosa que esencia. Por esta causa, san Jerónimo, escribiendo a Dámaso, obispo de Roma, dice que es un sacrilegio afirmar que en Dios hay tres sustancias. Pero en san Hilario se hallará más de cien veces esta frase: «En Dios hay tres sustancias». ¡Y qué dificultad encuentra san Jerónimo en la palabra hipóstasis! Porque piensa que hay algún veneno escondido cuando se dice que en Dios hay tres hipóstasis, y dice que, aunque alguien use esta palabra en buen sentido, es con todo una manera impropia de hablar. Si dice esto de buena fe y sin malicia, como se dice, y no por querer agravar a sabiendas con esta injusta calumnia a los obispos orientales, a quienes odiaba, ciertamente no dice mucha verdad al afirmar que en todas las escuelas profanas ousía no significa otra cosa que hipóstasis, lo cual se puede refutar por el uso común de la lengua. Más modesto y más humano fue san Agustín, quien, aunque dice que la palabra hipóstasis es nueva entre los latinos en este sentido, no solo permite a los griegos su manera de hablar, sino que tolera con toda calma a los latinos que la usaron (La Trinidad, V, 8-9). Y también viene a este propósito lo que escribe Sócrates, historiador de la iglesia, en el libro sexto de la historia llamada Tripartita: que los primeros que usaron esta palabra en este sentido fueron gente ignorante. Y aun san Hilario reprocha a los herejes como un gran crimen que, por su insistencia, él se ve obligado a exponer al riesgo del lenguaje humano cosas que se deberían sentir en el corazón con gran reverencia (La Trinidad, II); y no disimula que es ilícito hablar de cosas inefables y presumir lo que no nos ha sido concedido. Poco después se disculpa con muchas palabras por atreverse a usar términos nuevos. Porque, después de haber puesto los nombres naturales, Padre, Hijo y Espíritu Santo, añade enseguida que todo lo que se busque más allá de esto sobrepasa todo lo que se puede decir, está fuera de lo que nuestros sentidos pueden percibir y de lo que nuestro entendimiento puede comprender. Y en otro lugar alaba a los obispos de Francia porque no habían inventado, ni recibido, ni conocido otra confesión que aquella antiquísima y sencillísima que desde el tiempo de los apóstoles había sido admitida en todas las iglesias (Sobre los sínodos). No es muy distinta la excusa de san Agustín: que esta palabra se inventó por necesidad, por la pobreza e insuficiencia del lenguaje humano en una cosa de tanta importancia, no para declarar todo lo que hay en Dios, sino para no callar que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son tres. Esta modestia de aquellos santos varones debe advertirnos que no seamos tan rigurosos como para condenar al instante a todos los que no quieren someterse a hablar como nosotros, con tal de que no lo hagan por orgullo, obstinación o astucia maliciosa. Pero consideren también ellos, por su parte, cuán grande es la necesidad que nos obliga a hablar de esta manera, para que poco a poco se acostumbren al fin a hablar como conviene. Aprendan también a cuidarse de que, cuando hay que hacer frente por un lado a los arrianos y por otro a los sabelianos, si se enojan porque se quita a estos toda ocasión de tergiversar, no den motivo para sospechar que son discípulos de Arrio o de Sabelio. Arrio dice que Cristo es Dios, pero entre dientes dice que es criatura y que tuvo principio. Dice que es uno con el Padre, pero en secreto susurra al oído de sus discípulos que está unido a él como los demás fieles, aunque con cierta prerrogativa particular. Decid que Cristo es consustancial al Padre, y enseguida le quitaréis la máscara a este impostor que se disimula; y con todo, nada se añade a la Escritura. Sabelio dice que los nombres Padre, Hijo y Espíritu no indican ninguna distinción en Dios. Decid que son tres, y enseguida gritará que nombráis tres dioses. Decid que en una sola esencia de Dios hay una Trinidad de personas, y diréis en una palabra lo mismo que dice la Escritura, y taparéis la boca a este calumniador. Pero si hay algunos tan escrupulosos que no pueden admitir estos nombres, ninguno de ellos, aunque reviente, podrá negar que, cuando la Escritura nos dice que Dios es uno, debemos entender la unidad de la sustancia; y que, cuando oímos decir que en una sola esencia divina hay tres, a saber, Padre, Hijo y Espíritu Santo, debemos entender que en esta Trinidad se señalan las personas. Cuando esto se confiese de corazón y sin doblez, no haremos caso de las palabras. Pero hace ya tiempo que he comprobado, y muchísimas veces, que todos los que se obstinan en disputar por palabras llevan dentro cierto veneno; de modo que es mucho mejor provocarlos abiertamente que hablar con oscuridad por conservar su favor y su amistad.
Pero, dejando a un lado la disputa sobre las palabras, comenzaré a tratar la sustancia misma de la cosa. Por persona entiendo una subsistencia en la esencia de Dios que, comparada con las otras, se distingue por una propiedad incomunicable. Por subsistencia entiendo algo distinto de la esencia. Porque, si el Verbo fuera simplemente Dios y no tuviera nada propio, san Juan habría dicho mal que estaba siempre con Dios (Jn 1:1). Cuando enseguida dice que el Verbo mismo también era Dios, lo entiende de la esencia única. Pero, como no podía estar en Dios sin residir en el Padre, de aquí procede la subsistencia de que hablamos, la cual, aunque esté ligada a la esencia con un nudo indisoluble y de ningún modo pueda separarse de ella, tiene sin embargo una marca particular por la que se distingue de ella. Digo también que cada una de estas tres subsistencias, comparada con las otras, se distingue por cierta propiedad. Aquí se señala claramente la relación o comparación. Porque cuando se menciona a Dios simplemente y sin precisar nada, este nombre no pertenece menos al Hijo y al Espíritu Santo que al Padre; pero, en cuanto se compara al Padre con el Hijo, uno se distingue del otro por su propiedad. En tercer lugar, lo que es propio de cada uno no se puede comunicar a los demás; porque nada de lo que se atribuye al Padre como nota distintiva puede convenir al Hijo ni serle atribuido. Y no me desagrada la definición de Tertuliano, con tal que se entienda bien: que es cierta disposición u orden en Dios que no cambia nada en la unidad de la esencia (Contra Práxeas).
Pero, antes de seguir adelante, probemos la divinidad del Hijo y del Espíritu Santo; después veremos cómo se distinguen entre sí. Cuando la Escritura menciona la Palabra de Dios, sería absurdísimo imaginar una voz que solo se pronunciara y no permaneciera, y que, lanzada al aire, saliera fuera de Dios mismo, como fueron todas las profecías y revelaciones que tuvieron los padres antiguos. Más bien, la palabra Verbo significa la sabiduría que reside perpetuamente en Dios, de la cual procedieron todas las revelaciones y profecías. Porque los profetas del Antiguo Testamento, como lo atestigua san Pedro, no hablaron menos por el Espíritu Santo que los apóstoles y que todos los que después de ellos enseñaron la doctrina celestial (1 P 1:11). Pero, como Cristo aún no se había manifestado, es necesario entender que este Verbo fue engendrado del Padre antes de todos los siglos. Y si aquel Espíritu, cuyos instrumentos fueron los profetas, es el Espíritu del Verbo, de aquí concluimos infaliblemente que el Verbo es Dios verdadero. Y esto lo atestigua con bastante claridad Moisés en la creación del mundo, al poner de por medio la Palabra. Porque ¿con qué fin cuenta expresamente que Dios, al crear cada cosa, decía: «Sea esto» o «aquello», sino para que la gloria de Dios, que es un abismo sin fondo, resplandeciera en su imagen? A los burladores y charlatanes les sería fácil escaparse diciendo que palabra aquí no significa otra cosa que mandato y precepto. Pero los apóstoles exponen mucho mejor este pasaje, pues dicen que el mundo fue creado por el Hijo y que él sustenta todas las cosas con la palabra de su poder (He 1:2-3). Aquí vemos que la palabra significa la voluntad y el mandato del Hijo, que es la Palabra eterna y esencial del Padre. Asimismo, lo que dice Salomón no es oscuro para los hombres sin prejuicios y modestos: presenta a la sabiduría engendrada de Dios antes de los siglos, que presidía la creación de todas las cosas y todo lo que Dios hacía (Pr 8:22; Eclo 24:14). Porque imaginar un mandato de Dios dado para un tiempo determinado sería frívolo e insensato, pues Dios quiso manifestar entonces su consejo eterno y firme, y aun algo más oculto. Con esto concuerda también lo que dice Jesucristo: «Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo». Porque, al afirmar que desde el principio del mundo ha obrado junto con su Padre, declara más por extenso lo que Moisés había tocado en pocas palabras. Vemos, pues, que Dios habló de tal manera en la creación de las cosas que la Palabra no estuvo ociosa, sino que también obró, y que así ambos obraron a una. Pero san Juan habló con mucha más claridad que todos, cuando atestigua que aquel Verbo, que desde el principio era Dios con Dios, era junto con el Padre la causa de todas las cosas (Jn 1:3). Porque atribuye al Verbo una esencia sólida y permanente, y aun le asigna cierta particularidad, y muestra con toda claridad cómo Dios, hablando, fue el Creador del mundo. Así pues, como todas las revelaciones que proceden de Dios se llaman con justa razón palabra suya, de la misma manera es necesario poner en el lugar supremo aquella su Palabra sustancial, que es la fuente de todas las revelaciones, que jamás está sujeta a ningún cambio, sino que permanece perpetuamente en Dios en un mismo ser, y que es ella misma Dios.
Aquí gruñen algunos perros que, como no se atreven a quitarle abiertamente su divinidad, le roban en secreto su eternidad. Porque dicen que el Verbo comenzó a existir cuando Dios abrió su sacratísima boca en la creación del mundo. Pero hablan muy a la ligera cuando dicen que hubo cierto cambio en la sustancia de Dios. Es verdad que los nombres y títulos que corresponden a las obras exteriores de Dios se le comenzaron a atribuir a medida que la obra comenzó a existir, como cuando se le llama Creador del cielo y de la tierra; pero la religión no reconoce ningún nombre ni admite ninguna palabra que signifique que algo se haya renovado en Dios mismo. Porque si le hubiera sobrevenido algo nuevo, no podría ser verdad lo que dice Santiago: «Todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación» (Stg 1:17). Por tanto, nada hay menos tolerable que imaginar un principio para el Verbo, que fue siempre Dios y después creó el mundo. Pero creen argumentar con sutileza diciendo que Moisés, al contar que Dios habló, da a entender que antes de aquel momento no había en Dios ninguna Palabra. Pero no hay nada más necio. Porque no se sigue ni se debe deducir: «Esto comenzó a manifestarse en tal momento; luego antes no existía». Yo concluyo exactamente al revés: puesto que en el mismo instante en que Dios dijo: «Sea la luz» (Gn 1:3), el poder de la Palabra salió y se mostró, la Palabra existía mucho antes. Y si alguien pregunta cuánto tiempo antes, no se hallará ningún principio; porque ni siquiera el mismo Jesucristo fija tiempo alguno cuando dice: «Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese» (Jn 17:5). Y san Juan no se olvidó de mostrarlo, porque, antes de hablar de la creación del mundo, dice que el Verbo era en el principio con Dios. Vuelvo, pues, a concluir que la Palabra, que existía antes de todo principio del tiempo, concebida de Dios, residió perpetuamente en él; de donde se prueban muy bien la eternidad del Verbo, su verdadera esencia y su divinidad.
Y aunque todavía no hablo de la persona del Mediador, sino que dejo este tema para el lugar donde se tratará de la redención, sin embargo, como todos deben tener por cierto, sin discusión alguna, que Jesucristo es aquella misma Palabra hecha carne, los testimonios que confirman la divinidad de Jesucristo sirven mucho a nuestro propósito presente. Cuando en el Salmo 45 se dice: «Tu trono, oh Dios, es eterno y para siempre», los judíos lo tergiversan diciendo que el nombre Elohim, que usa aquí el profeta, se aplica también a los ángeles y a los hombres que tienen autoridad. Pero les respondo que en toda la Escritura no hay un pasaje semejante en que el Espíritu Santo levante a alguna criatura un trono eterno. Además, aquel de quien se habla no solo se llama Dios, sino también Soberano eterno. Por otra parte, a nadie sino a Dios se da este título de Elohim sin algún añadido; así se dice que Moisés sería dios para el faraón (Éx 7:1). Otros interpretan: «Tu trono es de Dios». Esta interpretación no vale nada: confieso que lo que es excelente se llama muchas veces divino, pero por el contexto se ve claramente que esta explicación sería muy dura y forzada, y que de ningún modo encajaría. Pero, aunque no se pueda domar la obstinación de estos, es bien claro lo que Isaías atestigua de Jesucristo: que es Dios y que tiene el poder supremo, lo cual no conviene sino al único Dios. «Y se llamará su nombre —dice— Dios fuerte, Padre eterno», etc. (Is 9:6). También aquí replican los judíos, y leen así esta frase: «Este es el nombre con que lo llamará el Dios fuerte, el Padre eterno», etc.; de modo que quitan a Jesucristo todo lo que en esta frase se dice de él y no le atribuyen otro título que el de Príncipe de paz. Pero ¿con qué fin se amontonarían aquí tantos títulos y atributos del Padre, cuando la intención del profeta es adornar a Jesucristo con títulos ilustres que edifiquen nuestra fe en él? No hay, pues, duda de que aquí se le llama Dios fuerte por la misma razón por la que poco antes se le llamó Emanuel. Pero no se podrá hallar un pasaje más claro que el de Jeremías, donde dice que este será el nombre con que será llamado el renuevo de David: «Jehová, justicia nuestra» (Jer 23:6). Porque los mismos judíos afirman, sin que nadie los obligue, que todos los demás nombres de Dios no son sino atributos, pero que solo este nombre, Jehová, que ellos llaman inefable, es un sustantivo que significa la esencia divina. De aquí concluyo que el Hijo es el único Dios eterno, el que en otro lugar declara que no dará su gloria a otro (Is 42:8). También aquí los judíos procuran escabullirse diciendo que Moisés puso este mismo nombre al altar que edificó, y que Ezequiel llamó así a la nueva Jerusalén. Pero ¿quién no ve que el altar se hizo como memorial de que Dios había ensalzado a Moisés, y que Jerusalén no recibe el nombre de Dios por otra causa sino porque él reside en ella? Porque el profeta dice así: «Y el nombre de la ciudad desde aquel día será Jehová-sama», es decir, Jehová allí (Ez 48:35). Y Moisés dice de esta manera: «Edificó un altar, y llamó su nombre Jehová-nisi», es decir, Jehová es mi estandarte (Éx 17:15). Pero todavía tenemos que discutir con los judíos por otro pasaje de Jeremías, en el que se da este mismo título a Jerusalén: «Y se le llamará: Jehová, justicia nuestra» (Jer 33:16). Pero este testimonio, lejos de oscurecer la verdad que defendemos, ayuda más bien a confirmarla. Porque, habiendo atestiguado antes Jeremías que Cristo es el verdadero Jehová, del cual procede la justicia, ahora dice que la iglesia sentirá esto con tanta verdad que podrá gloriarse con este mismo nombre. Así, en el primer pasaje se pone la fuente y causa de la justicia, y en el segundo se añade el efecto.
Y si esto no satisface a los judíos, no veo cómo podrán explicar lo que se lee con tanta frecuencia en la Escritura, donde vemos que el nombre Jehová se atribuye a un ángel. Se dice que un ángel se apareció a los padres del Antiguo Testamento, y ese mismo ángel se atribuye el nombre del Dios eterno (Jue 6:11-22). Si alguien responde que esto se dice en consideración de la persona a quien el ángel representa, eso no resuelve la dificultad. Porque un siervo jamás permitiría que se le ofreciera sacrificio, quitando a Dios la honra que se le debe; pero el ángel, después de negarse a comer el pan, manda que se ofrezca sacrificio a Jehová, y luego prueba suficientemente que es el mismo Jehová (Jue 13:16). Así, Manoa y su mujer entienden por esta señal que no solo vieron al ángel, sino a Dios. De ahí procedió aquella exclamación: «Ciertamente moriremos, porque a Dios hemos visto». Y cuando la mujer responde: «Si Jehová nos quisiera matar, no aceptaría de nuestras manos el holocausto» (Jue 13:22-23), ciertamente confiesa que es Dios aquel a quien antes se había llamado ángel. Y, lo que es más de considerar, la misma respuesta del ángel quita toda duda: «¿Por qué preguntas por mi nombre, que es admirable?». Por tanto, es más detestable la impiedad de Servet cuando se atreve a decir que Dios nunca se manifestó a Abraham ni a los demás patriarcas, sino que en su lugar adoraron a un ángel. Pero los doctores antiguos interpretaron muy bien y con prudencia que este ángel principal era la Palabra eterna de Dios, que ya desde entonces comenzaba a ejercer el oficio de Mediador. Porque, aunque el Hijo de Dios todavía no se había revestido de carne humana, descendió sin embargo como intermediario para acercarse más familiarmente a los fieles. Así, este acercarse familiarmente le valió el nombre de ángel, y entretanto conservó lo que era suyo, a saber, ser Dios de gloria inefable. Lo mismo quiere decir Oseas, que, después de contar la lucha de Jacob con el ángel, dice: «Mas Jehová es Dios de los ejércitos; Jehová es su nombre» (Os 12:5). Servet gruñe otra vez diciendo que esto fue porque Dios había tomado la persona de un ángel. ¡Como si el profeta no confirmara lo que Moisés había dicho antes: «¿Por qué me preguntas por mi nombre?»! Y la confesión del santo patriarca declara bastante que no había sido un ángel creado, sino aquel en quien residía plenamente la divinidad, cuando dice: «Vi a Dios cara a cara» (Gn 32:29-30). Con esto concuerda lo que dice san Pablo: que Cristo fue el guía del pueblo en el desierto (1 Co 10:4). Porque, aunque todavía no había llegado el tiempo de su humillación, aquella Palabra eterna dio ya entonces alguna muestra del oficio que le estaba asignado. Además, si se considera sin prejuicio el capítulo 2 de Zacarías, el ángel que envía al otro ángel es llamado enseguida Dios de los ejércitos, y se le atribuye el poder supremo. Dejo de citar infinitos testimonios en los que nuestra fe descansa con seguridad, aunque no conmuevan mucho a los judíos. Cuando se dice en Isaías: «He aquí, este es nuestro Dios, le hemos esperado, y nos salvará; este es Jehová» (Is 25:9), los que tienen ojos ven que aquí se habla claramente de Dios, que se levantaba de nuevo para librar a su pueblo. Y la repetición, dos veces y con palabras de tanto peso, no permite aplicar esto a otro que a Cristo. Aún más claro y más firme es el pasaje de Malaquías, en el que promete que el Señor que entonces se esperaba vendría a su templo (Mal 3:1). Es notorio que el templo de Jerusalén nunca fue dedicado a otro que al único y supremo Dios; y, con todo, el profeta da su posesión a Cristo. De donde se sigue que él es el mismo Dios a quien los judíos adoraron siempre.
El Nuevo Testamento está lleno de innumerables testimonios. Por eso procuraré más bien escoger brevemente algunos que amontonarlos todos. Y aunque los apóstoles hablaron de él después de que se manifestó en carne como Mediador, todo lo que cite servirá muy bien para probar su divinidad eterna. En primer lugar, hay que notar muy especialmente que los apóstoles enseñan que todo lo que antes se había dicho del Dios eterno se ha cumplido ya en Cristo o se cumplirá después. Porque, cuando Isaías profetiza que el Señor de los ejércitos sería para los judíos y para los israelitas piedra de tropiezo y roca en que tropezar (Is 8:14), san Pablo afirma que esto se cumplió en Cristo (Ro 9:33); con lo cual declara que Cristo es aquel Señor de los ejércitos. Lo mismo en otro lugar: «Todos compareceremos ante el tribunal de Cristo. Porque escrito está: Vivo yo, dice el Señor, que ante mí se doblará toda rodilla, y toda lengua confesará a Dios» (Ro 14:10-11). Y puesto que Dios dice esto de sí mismo por medio de Isaías (Is 45:23), y Cristo muestra con los hechos que le corresponde a él, se sigue con toda razón que él es aquel mismo Dios cuya gloria no se puede comunicar a otro. También lo que el apóstol cita del salmo en la carta a los Efesios conviene solo a Dios: «Subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad» (Ef 4:8; Sal 68:18). Porque quiere dar a entender que esta ascensión solo había sido figurada cuando Dios mostró su poder dando a David una notable victoria contra los infieles, pero que se manifestó mucho más plena y perfectamente en Cristo. Conforme a esto, san Juan atestigua que la gloria que Isaías había visto en visión era la gloria del Hijo (Jn 12:41), aunque el profeta dice que se le reveló la majestad de Dios (Is 6:1). Además, es evidente que los testimonios que el apóstol atribuye al Hijo en la carta a los Hebreos no pueden convenir a otro que a Dios mismo: «Tú, oh Señor, en el principio fundaste la tierra, y los cielos», etc.; y también: «Adórenle todos los ángeles de Dios» (He 1:10, 6). Y cuando aplica estos testimonios a Cristo, no los aplica sino en su sentido propio, porque todo lo que allí se profetizó se cumplió solo en Jesucristo. Él fue quien, levantándose, tuvo misericordia de Sion; él fue quien tomó posesión de todos los pueblos y naciones, extendiendo su reino por todas partes. ¿Y por qué dudaría san Juan en atribuir a Cristo la majestad de Dios, si él mismo había dicho antes que el Verbo había sido siempre Dios (Jn 1:1)? ¿Por qué temería san Pablo sentar a Cristo en el tribunal de Dios (2 Co 5:10), después de haber dado un testimonio tan clarísimo de su divinidad al decir que es «Dios bendito por los siglos» (Ro 9:5)? Y para que veamos cuán de acuerdo está el apóstol consigo mismo, en otro lugar dice que «Dios fue manifestado en carne» (1 Ti 3:16). Si él es el Dios que debe ser alabado para siempre, se sigue que es aquel a quien solo se debe toda gloria y honra, como el mismo apóstol lo atestigua en otro lugar (1 Ti 1:17). Y no lo disimula, sino que lo dice claramente: Jesucristo, «siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo» por su propia voluntad (Fil 2:6-7). Y para que los impíos no murmuraran diciendo que era una especie de dios fabricado, san Juan va más allá: «Este es —dice— el verdadero Dios, y la vida eterna» (1 Jn 5:20). Aunque debería bastarnos ver que se le llama Dios, y sobre todo por boca de quien afirma claramente que no hay muchos dioses, sino uno solo. Este es san Pablo, que habla así: «Aunque haya algunos que se llamen dioses, sea en el cielo, o en la tierra, para nosotros, sin embargo, solo hay un Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas» (1 Co 8:5-6). Cuando oímos por boca de este mismo apóstol que Dios fue manifestado en carne (1 Ti 3:16), y que Dios adquirió la iglesia con su propia sangre (Hch 20:28), ¿para qué imaginarnos un segundo Dios que él no conoce? Y ciertamente no hay duda de que todos los fieles lo entendieron así. Santo Tomás, al confesar que era su Dios y su Señor, declara que él es aquel único y solo Dios a quien siempre había adorado (Jn 20:28).
Además, si juzgamos su divinidad por las obras que la Escritura le atribuye, se manifestará con mucha más claridad. Porque, cuando dijo que desde el principio hasta ahora obraba junto con el Padre, los judíos, aunque por otra parte fueran bastante torpes para entender sus palabras, percibieron sin embargo que con ellas se atribuía a sí mismo un poder divino (Jn 5:17). Y por esta causa, como cuenta san Juan, procuraban con mucho más empeño que antes matarlo, porque no solo quebrantaba el día de reposo, sino que también decía que Dios era su propio Padre, haciéndose igual a Dios. ¿Cuál será, pues, nuestra torpeza y necedad si no entendemos que en este pasaje se confirma manifiestamente su divinidad? Y, ciertamente, regir el mundo con su providencia y su poder y gobernarlo todo conforme a su voluntad —lo cual, según dice el apóstol, le corresponde— no lo puede hacer nadie sino solo el Creador (He 1:3). Y no solo le corresponde, como al Padre, el oficio de gobernar el mundo, sino también todos los demás oficios que no pueden comunicarse a las criaturas. El Señor proclama por medio del profeta: «Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo» (Is 43:25). Y como los judíos, conforme a esta sentencia, pensaban que Jesucristo menoscababa la honra de Dios al oírle decir que perdonaba los pecados, él no solo afirmó de palabra que tenía esta autoridad de perdonar pecados, sino que además la confirmó con un milagro (Mt 9:6). Así vemos que Jesucristo no solo tiene el ministerio de perdonar los pecados, sino también la autoridad, la cual, según dice Dios, nadie puede tener sino Dios mismo. ¿Y qué diremos? ¿No es algo que corresponde solo a Dios conocer y penetrar los pensamientos secretos del corazón de los hombres? Y esto también lo tuvo Jesucristo (Mt 9:4); de donde se deduce su divinidad.
Y si hablamos de milagros, ha mostrado clara y manifiestamente su divinidad por medio de ellos. Y aunque no dejo de reconocer que los profetas y los apóstoles hicieron otros semejantes, hay sin embargo una gran diferencia: que ellos solo fueron ministros de los dones de Dios, mientras que Jesucristo los hizo con su propio poder. Es verdad que algunas veces oró para dar la gloria al Padre (Jn 11:41); pero vemos que la mayoría de las veces mostró que tenía la autoridad por sí mismo. ¿Y cómo no sería verdadero autor de los milagros quien, por su propia autoridad, da a otros el poder de hacerlos? Porque el evangelista cuenta que dio a los apóstoles poder para resucitar muertos, sanar leprosos, echar fuera demonios, etc. (Mt 10:8; Mr 6:7). Y los apóstoles, por su parte, se comportaron en esto de tal manera que mostraron con toda claridad que no tenían la autoridad de hacer milagros sino de Jesucristo. «En el nombre de Jesucristo —dice san Pedro—, levántate y anda» (Hch 3:6). No hay, pues, por qué maravillarnos de que Jesucristo, para convencer a los judíos de su incredulidad, les echara en cara los milagros que había hecho entre ellos (Jn 5:36; 10:37; 14:11); porque, habiéndolos hecho por su propio poder, daban un testimonio más que suficiente de su divinidad. Además, si fuera de Dios no hay salvación, ni justicia, ni vida, y Cristo contiene en sí todas estas cosas, se ve que es Dios. Y no hay por qué alguien me replique que Dios le concedió estas cosas; porque no se dice que recibió el don de la salvación, sino que él mismo es la salvación. Y si nadie es bueno sino solo Dios (Mt 19:17), ¿cómo podría un mero hombre ser, no digo justo y bueno, sino la bondad y la justicia mismas? ¿Y qué diremos de lo que dice el evangelista: que desde el principio del mundo la vida estaba en él, y que, siendo la vida, era también la luz de los hombres? Por tanto, teniendo tales pruebas de su divina majestad, nos atrevemos a poner en él nuestra fe y nuestra esperanza, aun sabiendo que es una horrible blasfemia poner la confianza en cualquier criatura. «Creéis en Dios —dice—, creed también en mí» (Jn 14:1). Y así explica san Pablo los pasajes de Isaías: «Todo aquel que en él creyere, no será avergonzado»; y también: «Estará la raíz de Isaí, y el que se levantará a regir los gentiles; los gentiles esperarán en él» (Is 28:16; 11:10; Ro 10:11; 15:12). ¿Y para qué hace falta citar más testimonios, si tantas veces aparece en la Escritura esta sentencia: «El que cree en mí, tiene vida eterna»? Además, la invocación, que procede de la fe, también corresponde a Cristo, aunque conviene solo a la majestad divina, si hay algo que convenga solo a ella. Porque dice el profeta: «Todo aquel que invocare el nombre de Jehová será salvo» (Jl 2:32). Y Salomón dice: «Torre fuerte es el nombre de Jehová; a él correrá el justo, y será levantado» (Pr 18:10). Ahora bien, el nombre de Cristo es invocado para salvación; luego se sigue que él es Jehová. Tenemos un ejemplo de que Cristo debe ser invocado en san Esteban, que dice: «Señor Jesús, recibe mi espíritu» (Hch 7:59); y asimismo en toda la iglesia, según lo atestigua Ananías en el mismo libro: «Señor —dice—, he oído de muchos acerca de este hombre, cuántos males ha hecho a tus santos», a los que invocan tu nombre (Hch 9:13-14). Y para que se entienda más claramente que toda la plenitud de la divinidad habita corporalmente en Cristo, el apóstol afirma que entre los corintios no quiso saber otra doctrina que el conocimiento de Cristo, y que no predicó otra cosa que a Cristo solo (1 Co 2:2). ¿Qué cosa es esta, y cuán grande, no predicar a los fieles otra cosa que a Jesucristo, a ellos, a quienes prohíbe gloriarse en otro nombre que el de Dios (Jer 9:24)? ¿Quién se atreverá ahora a decir que Cristo es una mera criatura, si su conocimiento es nuestra única gloria? Tampoco es de poca importancia que el apóstol san Pablo, en los saludos que acostumbra poner al comienzo de sus cartas, pida a Jesucristo los mismos beneficios que pide al Padre. Con ello nos enseña que no solo alcanzamos de Dios su Padre los beneficios por su intercesión y mediación, sino que el mismo Hijo es su autor, por tener el mismo poder que su Padre. Este conocimiento, que se funda en la práctica y en la experiencia, es mucho más cierto y firme que todas las especulaciones ociosas que existen. Porque entonces el hombre fiel conoce sin lugar a dudas y, por decirlo así, toca con la mano la presencia divina, cuando se siente vivificado, iluminado, salvado, justificado y santificado.
Por tanto, es necesario usar la misma clase de prueba para confirmar la divinidad del Espíritu Santo. El testimonio de Moisés en la historia de la creación no es oscuro: «El Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas», es decir, sobre el abismo o la materia informe (Gn 1:2). Porque significa que no solo la belleza del mundo, tal como ahora la vemos, subsiste por el poder del Espíritu, sino que, antes de que tuviera este orden, ya entonces el Espíritu había obrado para sostener aquella masa confusa e informe. Asimismo, no se puede tergiversar lo que dice Isaías: «Y ahora me envió Jehová el Señor, y su Espíritu» (Is 48:16). Porque con estas palabras atribuye al Espíritu Santo la misma autoridad suprema de enviar a los profetas, que solo a Dios corresponde; de donde se ve claramente que el Espíritu Santo es Dios. Pero la mejor prueba, como he dicho, se tomará de la experiencia común. Porque lo que la Escritura le atribuye, y lo que nosotros mismos experimentamos de él en nosotros, de ningún modo puede convenir a una criatura. Porque es él quien, extendiéndose por todas partes, lo sostiene todo, le da fuerza y lo vivifica, tanto en el cielo como en la tierra. Por esto mismo queda excluido del número de las criaturas, pues su poder no tiene señalados términos ni límites; y transfundir su vigor y su fuerza a todas las cosas, darles el ser, la vida y el movimiento, es notoriamente algo divino. Además, si la regeneración espiritual, que nos hace partícipes de una vida eterna, es mucho mejor y más excelente que esta vida presente, ¿qué se deberá pensar de aquel por cuyo poder somos regenerados? Y que él es el autor de esta regeneración, no por un poder prestado, sino propio, lo atestigua la Escritura en muchísimos lugares; y no solo de esta regeneración, sino también de la inmortalidad que tendremos. Finalmente, todos los oficios propios de la divinidad se atribuyen al Espíritu Santo lo mismo que al Hijo. Porque él también escudriña los secretos de Dios, que no tiene consejero entre todas las criaturas (1 Co 2:10, 16); da sabiduría y el don de la palabra (1 Co 12:8), siendo así que el Señor dice a Moisés que hacer esto no corresponde a nadie sino a él (Éx 4:11). De tal manera llegamos a participar de Dios por el Espíritu Santo, que sentimos su poder, que nos vivifica. Nuestra justificación es obra suya; de él proceden el poder, la santificación, la verdad, la gracia y todo bien que se pueda imaginar. Porque uno solo es el Espíritu del cual deriva sobre nosotros toda la diversidad de dones. Porque es dignísima de ser notada aquella sentencia de san Pablo: aunque los dones son diversos y se distribuyen de diversas maneras, sin embargo, el Espíritu es el mismo (1 Co 12:4 y ss.). Porque el apóstol no solo lo establece como principio y origen, sino también como autor, lo cual declara más claramente un poco más adelante, hablando así: «Todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como él quiere». Porque si no fuera una subsistencia que reside en Dios, san Pablo de ningún modo lo pondría por juez que dispone de todas las cosas a su voluntad. Así, el apóstol adorna clarísimamente al Espíritu Santo con el poder divino y muestra que es una hipóstasis de la esencia divina.
Tampoco deja la Escritura de llamarlo Dios cuando habla de él. Porque san Pablo concluye que somos templo de Dios por esta razón: porque su Espíritu habita en nosotros (1 Co 3:16-17; 6:19; 2 Co 6:16); lo cual no se debe pasar a la ligera. Porque, aunque Dios nos promete tantas veces que nos escogerá por templo suyo, esta promesa no se cumple de otra manera que habitando en nosotros su Espíritu. Ciertamente, como dice san Agustín de manera excelente, si se nos mandara hacer al Espíritu Santo un templo de piedras y madera, puesto que este culto se debe solo a Dios, sería una prueba clarísima de su divinidad. ¿Cuánto más claro es ahora, pues no solo debemos edificarle un templo, sino que nosotros mismos debemos ser su templo? (Agustín, Carta 66, a Maximino). Y el mismo apóstol, en un mismo sentido, unas veces nos llama templo de Dios y otras templo de su Espíritu. Y san Pedro, reprendiendo a Ananías por haber mentido al Espíritu Santo, dice que no había mentido a los hombres, sino a Dios (Hch 5:3-4). Además, cuando Isaías presenta hablando al Señor de los ejércitos (Is 6:9), san Pablo dice que es el Espíritu Santo quien habla (Hch 28:25). Y más: mientras los profetas dicen a cada paso que las palabras que pronuncian son del Dios de los ejércitos, Cristo y los apóstoles las atribuyen al Espíritu Santo. De donde se sigue que él es el verdadero Jehová, autor principal de las profecías. Asimismo, cuando Dios se queja de que la obstinación del pueblo lo provoca a ira, Isaías dice en su lugar que contristaron su Santo Espíritu (Is 63:10). Finalmente, si la blasfemia contra el Espíritu no será perdonada ni en este siglo ni en el venidero, mientras que alcanza perdón el que blasfemó contra el Hijo (Mt 12:31-32; Mr 3:29; Lc 12:10), de aquí se confirma claramente su divina majestad, cuya ofensa o menoscabo es un crimen imperdonable. Dejo a sabiendas de citar muchos testimonios que usaron los antiguos. Les parecía muy apropiada esta sentencia de David: «Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos, y todo el ejército de ellos por el aliento de su boca» (Sal 33:6), para probar que el mundo no fue menos obra del Espíritu Santo que del Hijo. Pero, como es muy frecuente en los salmos repetir dos veces una misma cosa, y como en Isaías el espíritu de la boca significa lo mismo que la palabra (Is 11:4), este argumento era débil. Por eso solo he querido tocar con sobriedad los testimonios en que las conciencias piadosas puedan apoyarse con seguridad.
Pero, así como Dios se manifestó con mucha más claridad con la venida de Cristo, así también se dio a conocer mucho más familiarmente en las tres personas. De muchos testimonios, bástenos este solo: san Pablo enlaza y une de tal manera estas tres cosas, Dios, fe y bautismo, que razona de una a otra, concluyendo que, puesto que no hay más que una fe, no hay más que un Dios; y puesto que no hay más que un bautismo, no hay más que una fe (Ef 4:5). Así pues, si por el bautismo somos introducidos en la fe y en la religión de Dios, es necesario que tengamos por verdadero Dios a aquel en cuyo nombre somos bautizados. Y no hay duda de que nuestro Señor Jesucristo, al mandar bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (Mt 28:19), quiso declarar que esta claridad en el conocimiento de las tres personas debía resplandecer con mucha mayor perfección que antes. Porque esto equivale a decir que bautizaran en el nombre de un solo Dios, que se ha manifestado con toda evidencia en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. De donde se sigue claramente que en la esencia divina hay tres personas, en las cuales se conoce a un solo Dios. Y, ciertamente, puesto que la fe no debe mirar de un lado a otro ni andar en diversos razonamientos, sino poner los ojos en un solo Dios, acercarse a él y asirse de él, de aquí se concluye fácilmente que, si hubiera muchas clases de fe, tendría que haber muchos dioses. Y como el bautismo es sacramento de la fe, nos confirma que Dios es uno, puesto que el bautismo es uno. De aquí se concluye también que no es lícito bautizar sino en el nombre de un solo Dios, porque creemos en aquel en cuyo nombre somos bautizados. ¿Qué quiso, pues, Cristo al mandar bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, sino que debíamos creer con una misma fe en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo? ¿Y qué otra cosa es esto sino afirmar abiertamente que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son un solo Dios? Así pues, teniendo por cierto que Dios es uno y que no hay muchos dioses, concluimos que el Verbo, o Palabra, y el Espíritu no son otra cosa que la misma esencia divina. Por tanto, los arrianos eran sumamente insensatos, pues, confesando la divinidad del Hijo, le quitaban la sustancia de Dios. Semejante era también el desatino de los macedonianos, que por Espíritu Santo no querían entender otra cosa que los dones de gracia que Dios reparte a los hombres. Porque, así como la sabiduría, la inteligencia, la prudencia, la fortaleza y el temor del Señor proceden de él, así también él solo es el Espíritu de sabiduría, prudencia, fortaleza y piedad, etc. Y no se divide según la diversa distribución de las gracias, sino que, por más que ellas se dividan, él permanece, como dice el apóstol, uno y el mismo (1 Co 12:11).
Por otra parte, la Escritura nos muestra cierta distinción entre el Padre y el Verbo, y entre el Verbo y el Espíritu Santo. Pero debemos considerarla con gran reverencia y sobriedad, como lo requiere la majestad de un misterio tan alto. Por eso me agrada sobremanera esta sentencia de Gregorio Nacianceno (Discurso sobre el santo bautismo): «No puedo —dice— concebir en mi mente al uno sin verme enseguida rodeado del resplandor de los tres; ni puedo distinguir a los tres sin verme enseguida reducido al uno». Guardémonos, pues, de imaginar en Dios una Trinidad de personas que detenga nuestro entendimiento sin reducirlo enseguida a esta unidad. Los nombres Padre, Hijo y Espíritu Santo denotan sin duda una verdadera distinción, para que nadie piense que son diversos títulos que se atribuyen a Dios según se muestra de diversas maneras en sus obras; pero debemos advertir que se trata de una distinción, y no de una división. Los testimonios que ya hemos citado muestran bastante que el Hijo tiene una propiedad distinta de la del Padre. Porque el Verbo no habría estado con Dios si no fuera una persona distinta del Padre, ni habría tenido su gloria junto al Padre si no fuera distinto de él. Asimismo, el Hijo se distingue del Padre cuando dice que hay otro que da testimonio de él (Jn 5:32; 8:16, y en otros lugares). Y con esto concuerda lo que se dice en otro lugar: que el Padre creó todas las cosas por medio del Verbo, lo cual no podría ser si no fuera en cierto modo distinto del Hijo. Además, no fue el Padre quien descendió a la tierra, sino el que salió del Padre; no murió ni resucitó el Padre, sino aquel a quien él envió. Y esta distinción no comenzó cuando el Verbo tomó carne humana, sino que es notorio que ya antes el Hijo unigénito estaba en el seno del Padre (Jn 1:18). Porque ¿quién se atreverá a decir que entró en el seno del Padre cuando descendió del cielo para tomar carne humana? Así pues, ya antes estaba en el seno del Padre y gozaba de su gloria junto al Padre. Cristo señala la distinción entre el Espíritu Santo y el Padre cuando dice que procede del Padre (Jn 15:26); y entre el Espíritu y él mismo cada vez que lo llama «otro», como cuando dice que enviará otro Consolador (Jn 14:16), y en otros muchísimos lugares.
No sé si conviene usar comparaciones tomadas de las cosas humanas para declarar la fuerza de esta distinción. Es verdad que los antiguos suelen hacerlo algunas veces; pero al mismo tiempo confiesan que todas sus comparaciones quedan muy lejos de lo que es la realidad. Por eso temo parecer atrevido, no sea que, si digo algo que no sea muy apropiado, dé ocasión a los malvados para calumniar y maldecir, y a los ignorantes para errar. Con todo, no conviene callar la distinción que señala la Escritura, que es esta: al Padre se le atribuye ser el principio de toda obra y la fuente y el manantial de todas las cosas; al Hijo, la sabiduría, el consejo y el orden con que todo se dispone; al Espíritu Santo, el poder y la eficacia de la acción. Y aunque la eternidad del Padre es también la eternidad del Hijo y del Espíritu Santo, puesto que Dios nunca pudo estar sin su sabiduría y su poder, y en la eternidad no debemos buscar un antes ni un después, no es sin embargo vano ni superfluo guardar este orden: decir que el Padre es el primero; luego el Hijo, como el que procede de él; y en tercer lugar el Espíritu Santo, que procede de ambos. Porque aun el entendimiento de cada uno se inclina a esto por naturaleza: considera primero a Dios, luego la sabiduría que sale de él y, finalmente, el poder con que lleva a cabo lo que ha determinado en su consejo. Por esta causa se dice que el Hijo procede solo del Padre, y el Espíritu Santo del uno y del otro. Y esto en muchísimos lugares, pero nunca con más claridad que en el capítulo 8 de la carta a los Romanos, donde el Espíritu Santo es llamado indistintamente unas veces Espíritu de Cristo y otras Espíritu del que resucitó a Cristo de los muertos; y no sin causa. Porque san Pedro también atestigua que fue el Espíritu de Cristo aquel por quien hablaron los profetas (1 P 1:11), siendo así que la Escritura enseña en muchos lugares que fue el Espíritu de Dios Padre.
Pero esta distinción, lejos de impedir la unidad de Dios, permite más bien probar que el Hijo es un mismo Dios con el Padre, puesto que ambos tienen un mismo Espíritu; y que el Espíritu no es una sustancia distinta del Padre ni del Hijo, puesto que es el Espíritu del Padre y del Hijo. Porque en cada una de las personas se debe entender toda la naturaleza divina, junto con la propiedad que corresponde a esa persona. El Padre está enteramente en el Hijo, y el Hijo está enteramente en el Padre, como él mismo lo afirma: «Yo soy en el Padre, y el Padre en mí» (Jn 14:10); y por esta causa los doctores de la iglesia no admiten entre las personas ninguna diferencia en cuanto a la esencia. «Con estas palabras que denotan distinción —dice san Agustín— se significa la relación que las personas tienen entre sí, y no la sustancia, que es una en las tres personas» (Agustín, Sermones de tempore, 18, sobre la Trinidad; Carta 174, a Pascencio). En este sentido se deben conciliar las diversas maneras de hablar de los antiguos, que en cierto modo parecen contradecirse. Porque unas veces dicen que el Padre es el principio del Hijo, y otras afirman que el Hijo tiene por sí mismo su esencia y divinidad, y que es un mismo principio con el Padre (Cirilo, La Trinidad, VII; también Diálogos, III). San Agustín explica en otro lugar, muy bien y con claridad, la causa de esta diversidad, diciendo así: «Cristo, respecto de sí mismo, se llama Dios; respecto del Padre, se llama Hijo. Asimismo, el Padre, respecto de sí mismo, se llama Dios; respecto del Hijo, se llama Padre. En cuanto se le llama Padre respecto del Hijo, no es Hijo; asimismo, el Hijo respecto del Padre no es Padre. Pero en cuanto el Padre respecto de sí mismo se llama Dios, y el Hijo respecto de sí mismo se llama Dios, es un mismo Dios» (Agustín, Sobre el Salmo 109; Tratados sobre Juan, 39; Sobre el Salmo 68). Así pues, cuando hablamos del Hijo simplemente, sin referencia al Padre, afirmamos bien y con propiedad que tiene el ser por sí mismo, y por esta causa lo llamamos principio único; pero cuando señalamos la relación que tiene con el Padre, con toda razón decimos que el Padre es el principio del Hijo. Todo el libro quinto de la obra de san Agustín titulada La Trinidad no trata de otra cosa que de declarar esto. Lo más seguro y acertado es contentarse con la doctrina de la relación que él expone allí, en lugar de divagar en muchas especulaciones vanas por querer penetrar con sutileza un misterio tan profundo.
Por tanto, los que aman la sobriedad y se contentan con la medida de la fe, escuchen en pocas palabras lo que les es necesario saber: que, cuando confesamos que creemos en un solo Dios, bajo el nombre de Dios se entiende una esencia simple y única en la cual comprendemos tres personas o hipóstasis; y por esta causa, siempre que el nombre de Dios se pone sin determinación, no designa menos al Hijo y al Espíritu Santo que al Padre. Pero cuando se nombra al Hijo junto con el Padre, entonces entra en juego la relación que hay entre uno y otro, y así distinguimos entre las personas. Y como las propiedades de las personas indican cierto orden, de modo que en el Padre está el principio y el origen, siempre que se menciona juntamente al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, el nombre de Dios se da particularmente al Padre. De esta manera se conserva la unidad de la esencia y se tiene en cuenta el orden, el cual, sin embargo, no menoscaba en nada la deidad del Hijo ni del Espíritu Santo. Y, ciertamente, puesto que ya hemos visto que los apóstoles afirman que el Hijo de Dios es aquel a quien Moisés y los profetas atestiguaron ser Jehová, siempre hay que volver a la unidad de la esencia. Por tanto, es para nosotros un sacrilegio horrible llamar al Hijo otro Dios distinto del Padre, porque el simple nombre de Dios no admite ninguna relación, ni se puede decir que Dios, respecto de sí mismo, sea esto o aquello. Y que el nombre de Jehová, tomado en sentido absoluto, corresponde a Cristo se ve claramente por las palabras de san Pablo: «Respecto a lo cual tres veces he rogado al Señor»; porque, después de referir la respuesta de Cristo, «Bástate mi gracia», dice poco después: «para que repose sobre mí el poder de Cristo» (2 Co 12:8-9). Porque es certísimo que el nombre Señor se pone allí en lugar de Jehová, y así sería frívolo y pueril restringirlo a la persona del Mediador, puesto que la frase es absoluta y completa, y no compara al Padre con el Hijo. Y sabemos que los apóstoles, siguiendo la traducción griega, usaron siempre el nombre Kyrios, que significa Señor, en lugar del nombre hebreo Jehová. Y para no tener que buscar muy lejos un ejemplo de esto, san Pablo oró al Señor con el mismo sentido con que san Pedro cita el pasaje de Joel: «Todo aquel que invocare el nombre del Señor será salvo» (Hch 2:16-21; Jl 2:28-32). Cuando este nombre se atribuye particularmente al Hijo, veremos en su lugar que la razón es distinta; por ahora basta entender que san Pablo, habiendo orado a Dios en sentido absoluto, pone enseguida el nombre de Cristo. Y así, el mismo Cristo llama a Dios, en cuanto es Dios, Espíritu. Por tanto, nada impide que toda la esencia, en la que están comprendidos el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, se llame espiritual. Lo cual se ve claramente en la Escritura. Porque, así como en ella Dios es llamado Espíritu, así también el Espíritu Santo, en cuanto es una hipóstasis de toda la esencia, es llamado Espíritu de Dios y se dice que procede de Dios.
Pero, como Satanás, para arrancar de raíz nuestra fe, siempre ha promovido grandes contiendas y revueltas tanto acerca de la esencia divina del Hijo y del Espíritu Santo como acerca de la distinción de las personas, y como casi en todos los tiempos levantó e instigó espíritus impíos que molestaran a los doctores católicos, de la misma manera procura también hoy encender un nuevo fuego con aquellos viejos rescoldos; es necesario, pues, responder ahora a los impíos desvaríos de algunos. Hasta aquí mi propósito principal ha sido guiar como de la mano a los dóciles, y no altercar con los pendencieros y obstinados. Pero ahora es necesario defender contra todas las calumnias de los impíos la verdad que hemos enseñado pacíficamente. Aunque pondré mi principal empeño en afianzar a los fieles que se muestren dóciles y dispuestos a recibir la palabra de Dios, para que tengan dónde apoyar el pie. Entendamos que, si en los misterios ocultos de la Escritura nos conviene ser sobrios y modestos, este de que ahora tratamos no requiere menos modestia y sobriedad, sino que debemos tener muchísimo cuidado de que ni nuestro entendimiento ni nuestra lengua vayan más allá de los límites que nos ha puesto la palabra de Dios. Porque ¿cómo comprenderá el entendimiento humano, conforme a su escasa capacidad, la esencia inmensa de Dios, si ni siquiera ha podido determinar con certeza cómo es el cuerpo del sol, aunque lo ve cada día con sus ojos? Asimismo, ¿cómo penetrará por sí mismo hasta escudriñar la esencia divina, si no conoce la suya propia? Dejemos, pues, a Dios el conocerse a sí mismo. Porque solo él, como dice san Hilario, es testigo suficiente de sí mismo, y no se conoce sino por sí mismo (La Trinidad, I). Y le dejaremos lo que le corresponde si lo concebimos tal como se nos ha manifestado y no buscamos saber cómo es sino por su palabra. San Crisóstomo pronunció cinco sermones contra los anomeos en los que trata este tema; y, sin embargo, no han bastado para reprimir el atrevimiento de los sofistas, que han dicho a rienda suelta todo lo que se les ha antojado. Porque en esta materia no se comportaron con más modestia que en otras. Y puesto que Dios ha maldecido su temeridad, su ejemplo debe advertirnos que, para entender bien esta materia, procuremos aprender a ser dóciles más que sutiles; y que no se nos ocurra querer saber qué es Dios sino en su sacrosanta palabra, ni pensar nada de él sino guiados por su palabra, ni decir de él nada que no se halle en su palabra. Y si la distinción de Padre, Hijo y Espíritu Santo que hay en Dios, por ser difícil de entender, atormenta y aflige a algunos más de lo conveniente, recuerden que, si nuestro entendimiento se permite la curiosidad, entra en un laberinto; y así, aunque no comprendan este alto misterio, déjense sin embargo gobernar por la Sagrada Escritura.
Hacer un catálogo de los errores con que en tiempos pasados se ha atacado la pureza de nuestra fe en este artículo sería muy largo, muy penoso y sin provecho alguno. La mayoría de los herejes se lanzaron con sus enormes desvaríos a menoscabar y pisotear la gloria de Dios de tal manera que les parecía bastante con hacer vacilar y turbar a los ignorantes. Y enseguida, de un pequeño número de engañadores, se multiplicaron muchas sectas, que en parte despedazaban la esencia divina y en parte confundían la distinción que hay entre las personas. Pero si tenemos por verdad lo que ya hemos probado suficientemente por la Escritura, a saber, que la esencia divina es simple e indivisible, aunque pertenece al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, y por otra parte, que el Padre se distingue del Hijo por alguna propiedad, y el Hijo del Espíritu Santo, no solo se cerrará la puerta a Arrio y a Sabelio, sino también a todos los inventores de errores que los precedieron. Pero como en nuestros tiempos se han levantado ciertos frenéticos, como Servet y otros semejantes, que lo han trastornado todo con nuevas ilusiones, será necesario descubrir en pocas palabras sus engaños. Servet aborreció tanto el nombre de Trinidad y lo tuvo por tan detestable, que llamó ateos —hombres sin Dios— a todos los que él llamaba trinitarios. No quiero repetir las palabras desatinadas que inventó para injuriarlos. Esta fue, en suma, su especulación: que Dios quedaba hecho de tres piezas cuando se decía que había tres personas subsistentes en la esencia divina, y que esta Trinidad era imaginaria, porque es contraria a la unidad de Dios. Entretanto, quiso que las personas fueran ciertas ideas exteriores que no subsisten realmente en la esencia divina, sino que nos representan a Dios bajo una u otra figura; y que al principio no hubo en Dios nada distinto, porque entonces el Verbo era lo mismo que el Espíritu, pero que, desde que Cristo se manifestó como Dios de Dios, procedió también de él otro Dios, a saber, el Espíritu. Y aunque algunas veces disfraza sus desvaríos con alegorías, como cuando dice que la Palabra eterna de Dios fue el Espíritu de Cristo en Dios y el resplandor de su idea, o que el Espíritu fue sombra de la deidad, después reduce a nada la deidad del Hijo y del Espíritu, afirmando que en el uno y en el otro hay cierta porción de Dios, según la medida en que Dios la dispensa; así como el mismo Espíritu, estando sustancialmente en nosotros, es también una parte de Dios, y esto aun en los palos y en las piedras. Lo que fanfarronea acerca de la persona del Mediador lo veremos en su lugar. Pero esta monstruosa invención de decir que la persona no es otra cosa que una forma visible de Dios no necesita una larga refutación. Porque, puesto que san Juan afirma que antes de que el mundo fuese creado el Verbo era Dios (Jn 1:1), lo distingue claramente de todas las ideas o visiones; y si también entonces, y desde toda la eternidad, aquel Verbo que era Dios estaba en el Padre y tenía su propia gloria y claridad junto al Padre (Jn 17:5), ciertamente no podía ser un resplandor exterior o figurado, sino que necesariamente se sigue que era una hipóstasis que subsistía dentro de Dios mismo. Y aunque no se menciona al Espíritu antes de la historia de la creación del mundo, no se lo presenta allí como una sombra, sino como el poder esencial de Dios, cuando Moisés cuenta que aquella masa confusa de la que se creó todo el mundo era sostenida por él en su ser (Gn 1:2). Así pues, entonces se manifestó que el Espíritu había estado en Dios desde la eternidad, cuando, dándole vida, conservó esta materia confusa del cielo y de la tierra hasta que recibieron la belleza y el orden que tienen. Ciertamente, no podía haber entonces una figura o representación de Dios, como sueña Servet. Pero en otro lugar se ve obligado a descubrir más claramente su impiedad, a saber, que Dios, determinando con su razón eterna tener un Hijo visible, se mostró visible por este medio. Porque, si esto fuera verdad, Cristo no tendría otra divinidad que la de haber sido destinado a ser Hijo por el eterno decreto de Dios. Y hay más: transforma de tal manera aquellos fantasmas que pone en lugar de las personas, que no duda en imaginar nuevos accidentes en Dios. Pero lo más abominable de todo es que mezcla confusamente tanto al Hijo como al Espíritu Santo con todas las criaturas. Porque confiesa abiertamente que en la esencia divina hay partes y divisiones, cada una de las cuales es Dios; y sobre todo dice que los espíritus de los fieles son coeternos y consustanciales con Dios; aunque en otro lugar atribuye deidad sustancial no solo a las almas de los hombres, sino a todas las cosas creadas.
De esta hedionda laguna salió otro monstruo semejante. Porque ciertos hombres miserables, para huir del odio y la deshonra de la impiedad de Servet, confesaron tres personas, pero añadiendo esta explicación: que el Padre, que es verdadera y propiamente el único Dios, al formar al Hijo y al Espíritu, les transfundió su deidad. Y aun usan una manera de hablar bastante extraña y monstruosa: que el Padre se distingue del Hijo y del Espíritu en que solo él es el «esenciador». En primer lugar, alegan como pretexto que a Cristo se le llama comúnmente Hijo de Dios, de donde deducen que no hay otro que se llame propiamente Dios sino el Padre. Pero no advierten que, aunque el nombre de Dios conviene también al Hijo, a veces se atribuye por excelencia al Padre, porque es la fuente y el origen de la divinidad, y esto para señalar la simple unidad de la esencia. Replican que, si es verdaderamente Hijo de Dios, sería absurdo tenerlo por hijo de una persona. Respondo que ambas cosas son verdad: que es Hijo de Dios, porque es el Verbo engendrado del Padre antes de los siglos —pues todavía no hablo de la persona del Mediador—, pero que, con todo, hay que tener en cuenta la persona, para que el nombre de Dios no se tome en sentido simple, sino por el Padre. Porque si pensamos que no hay otro Dios que el Padre, el Hijo queda bien claramente rebajado. Así pues, siempre que se menciona la divinidad, no se debe admitir en modo alguno una oposición entre el Hijo y el Padre, como si el nombre de Dios verdadero conviniera solo al Padre. Porque, sin duda, el Dios que se apareció a Isaías era el verdadero y único Dios (Is 6:1); y, sin embargo, san Juan afirma que era Cristo (Jn 12:41). También aquel que por boca de Isaías declara que será para los judíos piedra de tropiezo era el único Dios (Is 8:14); y san Pablo dice que era Cristo (Ro 9:33). El que por Isaías proclama: «Vivo yo, que ante mí se doblará toda rodilla», es el único Dios (Is 45:23); y el mismo san Pablo declara que es Cristo (Ro 14:11). Esto lo confirman los testimonios que cita el apóstol: «Tú, oh Señor, en el principio fundaste la tierra, y los cielos»; y también: «Adórenle todos los ángeles de Dios» (He 1:10, 6; Sal 102:25; 97:7). Estos testimonios no corresponden a otro que al único Dios, y sin embargo el apóstol prueba que corresponden a Cristo. Y no vale nada lo que responden: que se atribuye a Cristo lo que conviene solo a Dios porque es el resplandor de su gloria. Porque, puesto que en todas partes se pone el nombre de Jehová, se sigue que, en cuanto a la divinidad, tiene el ser por sí mismo. Porque, si es Jehová, de ningún modo se puede negar que es aquel Dios que dice en otro lugar por medio de Isaías: «Yo soy el primero, y yo soy el postrero, y fuera de mí no hay Dios» (Is 44:6). También nos conviene considerar lo que dice Jeremías: «Los dioses que no hicieron los cielos ni la tierra, desaparezcan de la tierra y de debajo de los cielos» (Jer 10:11); pues, por el contrario, es necesario confesar que el Hijo de Dios es aquel cuya divinidad prueba Isaías muchas veces por la creación del mundo. ¿Y cómo el Creador, que da el ser a todas las cosas, no tendrá el ser por sí mismo, sino que lo tomará prestado de otro? Porque quien dice que el Hijo recibe su esencia del Padre niega que tenga el ser por sí mismo. Pero el Espíritu Santo contradice esto llamándolo Jehová, que equivale a decir el que tiene el ser por sí mismo. Y aunque concediéramos que toda la esencia está solo en el Padre, o será divisible o le será quitada por completo al Hijo; y así, despojado de su esencia, será Dios solo de nombre. Si creemos a estos burladores, la esencia de Dios conviene solo al Padre, en cuanto solo él tiene el ser y es el que da la esencia al Hijo. De este modo, la divinidad del Hijo no será más que algo extraído de la esencia de Dios, o una parte sacada del todo. Partiendo de este principio, se ven obligados a conceder que el Espíritu es solo del Padre; porque, si la derivación viene de la esencia primera, que no conviene a otro que al Padre, con toda razón se dirá que el Espíritu no es del Hijo; lo cual, sin embargo, se refuta con el testimonio de san Pablo, que lo hace común al Padre y al Hijo. Además, si se quita de la Trinidad la persona del Padre, ¿en qué se diferenciaría del Hijo y del Espíritu, sino en que solo él es Dios? Confiesan que Cristo es Dios, pero que, sin embargo, se distingue del Padre. Aquí es necesario que haya alguna nota por la que se distingan, para que el Padre no sea el Hijo. Los que la ponen en la esencia reducen claramente a nada la verdadera divinidad de Cristo, que no puede existir sin la esencia, y sin la esencia entera. El Padre no se distinguirá del Hijo si no tiene alguna propiedad que no convenga al Hijo. ¿Qué hallarán, pues, para distinguirlos? Si la diferencia está en la esencia, respóndanme si no la ha comunicado a su Hijo. Y esto no pudo hacerse en parte, porque sería una gran impiedad hacer un medio dios. Además, habría otro inconveniente: así despedazarían miserablemente la esencia de Dios. Queda, pues, que se comunique total y enteramente al Padre y al Hijo. Y si esto es verdad, ya no podrán hacer diferencia entre el Padre y el Hijo en cuanto a la esencia. Si replican que el Padre, al dar la esencia a su Hijo, permanece sin embargo como el único Dios en quien está la esencia, entonces Cristo sería un Dios figurado, Dios solo en apariencia y de título; porque nada hay más propio de Dios que el ser, conforme a aquello de Moisés: «YO SOY me envió a vosotros» (Éx 3:14).
Sería facilísimo probar con muchos testimonios que es falso lo que toman como principio y fundamento: que, siempre que la Escritura menciona a Dios en sentido absoluto, no se entiende otro que el Padre. Y aun en los testimonios que citan para defender su causa muestran vergonzosamente su ignorancia, porque allí aparece también el nombre del Hijo, de donde se ve que hay una comparación entre uno y otro, y que por esta causa el nombre de Dios se da particularmente a la persona del Padre. Su objeción se refuta con una palabra. Dicen: si no fuera solo el Padre Dios, sería padre de sí mismo. Respondo que no hay ningún inconveniente, a causa del grado y el orden que hemos dicho, en que al Padre se le llame particularmente Dios, pues no solo engendró de sí su sabiduría, sino que además es el Dios de Jesucristo en cuanto Mediador, como trataré más por extenso en su lugar. Porque, después que Cristo se manifestó en la carne, se le llama Hijo de Dios no solo en cuanto fue engendrado antes de todos los siglos como Palabra eterna del Padre, sino también porque tomó la persona y el oficio de Mediador para unirnos con Dios. Y puesto que excluyen con tanto atrevimiento al Hijo de la dignidad de ser Dios, quisiera que me dijeran si, cuando Cristo dice que nadie es bueno sino solo Dios (Mt 19:17), se priva a sí mismo de la bondad. No hablo de su naturaleza humana, para que no repliquen que todo el bien que hubo en ella le vino por un favor gratuito; lo que pregunto es si la Palabra eterna de Dios es buena o no. Si lo niegan, su impiedad queda bien probada; si lo confiesan, ellos mismos se cortan la cabeza. En cuanto a que, a primera vista, parece que Cristo rechaza para sí el nombre de bueno, esto confirma todavía más nuestra causa: porque, siendo este un título exclusivo de Dios, cuando lo saludaron como «bueno» según la costumbre común, él, rechazando esa falsa honra, advierte que la bondad que tiene es divina. Pregunto también si, cuando san Pablo afirma que solo Dios es inmortal, sabio y verdadero (1 Ti 1:17), Cristo queda puesto por estas palabras entre los mortales, necios y mentirosos. ¿No será, pues, inmortal el que desde el principio fue la vida para dar inmortalidad a los ángeles? ¿No será sabio el que es la eterna sabiduría de Dios? ¿No será verdadero el que es la verdad misma? Además, pregunto si piensan que Cristo debe ser adorado. Porque, si con justo título se le atribuye que ante él se doble toda rodilla (Fil 2:10), se sigue que es Dios, el cual prohibió en la ley que se adorara a ningún otro fuera de él. Si quieren entender solo del Padre lo que dice Isaías: «Yo soy, y no hay otro fuera de mí» (Is 44:6), digo que esto sirve precisamente para confundir su error, pues vemos que se atribuye a Cristo todo lo que conviene a Dios. Ni tiene cabida su respuesta de que Cristo fue ensalzado en la carne en que había sido humillado, y que en cuanto a la carne se le dio todo el poder en el cielo y en la tierra; porque, aunque la majestad de Rey y Juez se extiende a toda la persona del Mediador, si Dios no se hubiera manifestado en carne, no habría podido ser elevado a tanta altura sin que Dios fuera contrario a sí mismo. Pero san Pablo zanja muy bien toda esta controversia al decir que era igual a Dios antes de humillarse en forma de siervo (Fil 2:6-7). Pero ¿cómo podría existir esta igualdad si no fuera Dios aquel cuyo nombre es Jah y Jehová, que cabalga sobre querubines y es Rey de toda la tierra, Rey eterno? Por más que gruñan, de ningún modo se puede quitar a Cristo lo que dice Isaías en otro lugar: «He aquí, este es nuestro Dios, le hemos esperado» (Is 25:9); pues con estas palabras anuncia la venida de Dios Redentor, que no solo sacaría al pueblo de la cautividad de Babilonia, sino que restauraría plenamente su iglesia en su perfección. También sutilizan en vano diciendo que Cristo fue Dios en su Padre. Porque, aunque por razón del orden y del grado confesamos que el principio de la divinidad está en el Padre, decimos, sin embargo, que es una invención horrenda que la esencia sea propia solo del Padre, como si él fuera el que deifica al Hijo; porque así, o la esencia quedaría dividida en partes, o llaman a Cristo Dios de manera falsa e imaginaria. Si conceden que el Hijo es Dios, pero segundo después del Padre, entonces su esencia sería engendrada y formada, mientras que en el Padre es sin generación ni forma. Sé bien que muchos burladores se ríen de que saquemos la distinción de las personas del pasaje de Moisés en que presenta a Dios hablando así: «Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza» (Gn 1:26); pero los lectores piadosos ven cuán fría y necia sería esta conversación que presenta Moisés si en un solo Dios no hubiera varias personas. Y es cierto que aquellos con quienes habla el Padre no eran criaturas; y no hay nada, excepto Dios solo, que no sea criatura. Ahora bien, si no conceden que el poder de crear y la autoridad de mandar eran comunes al Hijo y al Espíritu Santo lo mismo que al Padre, se seguirá que Dios no dijo estas palabras para sí mismo, sino que tuvo esta conversación con otros artífices de fuera. Finalmente, un solo pasaje resuelve fácilmente dos de sus objeciones. Porque lo que Cristo mismo declara, que Dios es Espíritu (Jn 4:24), no hay razón para restringirlo solo al Padre, como si el Verbo no fuera de naturaleza espiritual. Y si el nombre de Espíritu corresponde tanto al Hijo como al Padre, concluyo de aquí que el Hijo está comprendido bajo el nombre de Dios puesto en sentido absoluto. Y añade enseguida que el Padre no aprueba otro culto que el de los que lo adoran en espíritu y en verdad. De donde se sigue lo otro: que Cristo, por cuanto ejerce el oficio de maestro bajo aquel que es la cabeza, atribuye al Padre el nombre de Dios, no para anular su propia divinidad, sino para elevarnos a ella como por grados.
Pero se engañan en esto: se imaginan tres, cada uno de los cuales tendría su parte de la esencia divina. Nosotros, en cambio, enseñamos conforme a la Escritura que esencialmente no hay más que un solo Dios, y que, por tanto, la esencia tanto del Hijo como del Espíritu Santo no es engendrada; pero, como el Padre es el primero en orden y engendró de sí su sabiduría, con muy justa causa se le tiene, como dijimos poco antes, por principio y fuente de toda la divinidad. Así, Dios en sentido absoluto no es engendrado, y el Padre, en cuanto a su persona, es también ingénito. Se engañan también al pensar que de lo que decimos se puede concluir que hay una cuaternidad; porque nos imputan falsa y calumniosamente lo que ellos se han forjado en su imaginación, como si fingiéramos que tres personas derivan de una esencia divina, siendo así que en nuestros libros se ve claramente que no separamos las personas de la esencia, sino que, aunque subsisten en ella, decimos que hay distinción entre ellas. Si las personas estuvieran separadas de la esencia, su razonamiento tendría alguna apariencia de verdad; pero entonces la Trinidad sería de dioses, y no de personas, que el único Dios contiene en sí. Y así queda resuelta la vana cuestión que plantean cuando preguntan si la esencia concurre a formar la Trinidad, como si imagináramos que de ella proceden tres dioses. Lo que replican, que de este modo la Trinidad quedaría sin Dios, procede de la misma necedad y torpeza que tienen; porque, aunque la esencia no concurre como parte o miembro para distinguir las personas, sin embargo las personas no existen sin ella ni fuera de ella; porque, si el Padre no fuera Dios, no podría ser Padre, ni el Hijo podría ser Hijo de otra manera que siendo Dios. Por tanto, decimos que la divinidad, en sentido absoluto, existe por sí misma. De aquí que confesemos que el Hijo, en cuanto es Dios, existe por sí mismo, sin considerar la relación de persona; pero, en cuanto es Hijo, decimos que procede del Padre. Así, su esencia no tiene principio, y el principio de la persona es Dios mismo. Y, ciertamente, todos los antiguos doctores de la iglesia que escribieron sobre la Trinidad refirieron este nombre solo a las personas, porque sería un error muy grande, y aun una impiedad más que brutal, incluir la esencia en la distinción. Porque es evidente que quienes quieren que concurran tres, a saber, la esencia, el Hijo y el Espíritu, rebajan la esencia del Hijo y del Espíritu; pues de otro modo se confundirían partes que deben ser distintas entre sí, lo cual va contra la regla de la distinción. Finalmente, si los dos nombres Padre y Dios significaran lo mismo, y el segundo no conviniera al Hijo, se seguiría que el Padre sería el deificador, y al Hijo no le quedaría nada, sino que sería como un fantasma o un espantajo; y la Trinidad no sería otra cosa que la unión de un solo Dios con dos cosas creadas.
En cuanto a su objeción de que Cristo, si fuera propiamente Dios, no se llamaría con razón Hijo de Dios, ya les hemos respondido: cuando se compara una persona con otra, el nombre de Dios no se toma en sentido absoluto, sino que se aplica específicamente al Padre, en cuanto es principio de la divinidad; no porque dé la esencia al Hijo o al Espíritu, como mienten estos fantasiosos, sino por razón del orden, como ya hemos declarado. En este sentido se debe entender lo que Cristo dijo a su Padre: «Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado» (Jn 17:3). Porque, como habla en calidad de Mediador, ocupa un lugar intermedio entre Dios y los hombres, sin que por ello quede menoscabada su majestad. Porque, aunque se humilló a sí mismo, no perdió ante el Padre su gloria, que estuvo escondida a los ojos del mundo. Así, el apóstol, en la carta a los Hebreos (cap. 2), después de reconocer que Jesucristo fue hecho por un poco de tiempo menor que los ángeles, no duda en afirmar al mismo tiempo que es el Dios eterno que fundó la tierra (He 2:7; 1:10). Debemos, pues, tener por cierto que, siempre que Cristo, en calidad de Mediador, habla con el Padre, bajo el nombre de Dios comprende también su propia divinidad. Así, cuando dijo a sus apóstoles: «Voy al Padre; porque el Padre mayor es que yo» (Jn 14:28), no se atribuye ser menor que el Padre en cuanto a la divinidad y a su esencia eterna, sino que, como goza de la gloria celestial y reúne a los fieles para que participen de ella, pone al Padre en primer lugar, porque la perfección de su majestad que se manifestó en el cielo difiere de la medida de gloria que se vio en él cuando se revistió de nuestra carne. Por esta misma razón dice san Pablo en otro lugar que Cristo entregará el reino al Dios y Padre, para que Dios sea todo en todos (1 Co 15:24, 28). Nada hay más fuera de razón que quitar a Cristo su divinidad perpetua. Pero si nunca ha de dejar de ser Hijo de Dios, sino que siempre permanecerá tal como fue desde el principio, se sigue que bajo el nombre de Padre se comprende la única esencia de Dios, que es común tanto al Hijo como al Padre. Y sin duda por esta causa Cristo descendió a nosotros: para que, al elevarnos a su Padre, nos elevara también a sí mismo, en cuanto es una misma cosa con el Padre. Por tanto, no es lícito ni justo restringir al Padre el nombre de Dios de manera exclusiva, negándoselo al Hijo. Porque por esta causa san Juan afirma que es el verdadero Dios (1 Jn 5:20), para que nadie pensara que estaba subordinado al Padre en cuanto a la divinidad. Me asombra qué quieren decir estos fabricantes de nuevos dioses cuando, después de confesar que Jesucristo es Dios verdadero, lo excluyen enseguida de la divinidad del Padre; como si pudiera ser Dios verdadero sin ser el uno y único Dios, o como si una divinidad transfundida no fuera una invención nueva.
En cuanto a que amontonan muchos pasajes de Ireneo en los que afirma que el Padre de Jesucristo es el único y eterno Dios de Israel, esto es o una terrible necedad o una gran maldad. Porque deberían considerar que este santo varón tenía que habérselas y contender con unos hombres frenéticos que negaban que el Padre de Cristo fuera aquel Dios que antiguamente había hablado por Moisés y por los profetas, y decían que era cierto fantasma producido por la corrupción del mundo. Por esta causa insiste en mostrar que la Escritura no nos enseña otro Dios que aquel que es Padre de Jesucristo, y que era un desvarío imaginar otro; por eso no hay de qué maravillarse si concluye tantas veces que nunca hubo otro Dios de Israel que el que predicaron Jesucristo y sus apóstoles. Así como ahora, para resistir al error contrario de que tratamos, podremos decir con toda verdad que el Dios que antiguamente se apareció a los padres no fue otro que Cristo. Pero si alguien replica que no fue sino el Padre, la respuesta está a mano: que, cuando defendemos la divinidad del Hijo, no excluimos de ella al Padre. Si se atiende a esta intención de Ireneo, cesará toda contienda. Y aun el mismo Ireneo, en el libro 3, capítulo 6, resolvió toda esta controversia; allí este santo varón insiste en que aquel a quien la Escritura llama Dios de manera absoluta e indeterminada es verdaderamente el uno y único Dios; y enseguida dice que Jesucristo es llamado Dios de manera absoluta. Debemos recordar, pues, que toda la cuestión que tuvo este santo varón, como se ve en todo el desarrollo de su obra, y sobre todo en el libro 2, capítulo 46, consiste en esto: que la Escritura no habla por enigmas ni por parábolas de un Padre que no sea verdaderamente Dios. Y en otro lugar prueba que los profetas y los apóstoles llamaron Dios tanto al Hijo como al Padre (lib. III, cap. 9). Después declara cómo Cristo, que es Señor, Rey, Dios y Juez de todos, recibió la autoridad de aquel que es Dios, es decir, en razón de la sujeción, por cuanto se humilló hasta la muerte de cruz (cap. 22 del mismo libro). Y, sin embargo, afirma un poco más adelante que el Hijo es el Creador del cielo y de la tierra, que dio la ley por mano de Moisés y se apareció a los padres (cap. 6 del mismo libro). Y si alguien sigue parloteando que Ireneo solo confiesa al Padre como Dios de Israel, le responderé con lo que el mismo autor dice claramente: que Jesucristo es ese mismo Dios, pues también le aplica el pasaje de Habacuc: «Dios vendrá de Temán», es decir, del sur (caps. 18 y 23 del mismo libro). Con esto concuerda lo que dice en el libro 4, capítulo 9: que Cristo, junto con el Padre, es el Dios de los vivos. Y en el mismo libro, capítulo 12, explica que Abraham creyó a Dios, por cuanto Cristo es el Creador del cielo y de la tierra, y el único Dios.
Con no menos falsedad alegan a Tertuliano como defensor suyo. Porque, aunque a veces es áspero y escabroso en su manera de hablar, enseña sin ninguna dificultad la misma doctrina que yo defiendo: a saber, que, aunque no hay sino un solo Dios, por cierta dispensación él es su Palabra; y que no hay más que un solo Dios en unidad de sustancia, pero que, sin embargo, esta unidad, por una dispensación secreta, se distingue en Trinidad; que son tres, no en esencia, sino en grado; no en sustancia, sino en forma; no en poder, sino en orden. Es verdad que dice que el Hijo es segundo después del Padre; pero no entiende que sea otro sino por ser una persona distinta. En cierto lugar dice que el Hijo es visible; pero, después de discutir por una y otra parte, concluye que es invisible en cuanto es Palabra del Padre. Finalmente, al afirmar que el Padre se distingue y señala por su persona, muestra que está muy lejos y muy en contra de este desvarío contra el que hablo. Y aunque no reconoce a otro Dios que al Padre, declara enseguida en el contexto que no lo entiende con exclusión del Hijo, porque dice que el Hijo no es otro Dios que el Padre, y que por esta causa la monarquía no se viola con la distinción de la persona. Y ciertamente, por el tema que trata y por lo que pretende, es muy fácil deducir el sentido de sus palabras. Porque discute contra Práxeas que, aunque Dios se distingue en tres personas, no por eso hay muchos dioses ni se despedaza la unidad; y como, según el error de Práxeas, Cristo no podía ser Dios sin ser él mismo el Padre, por eso Tertuliano da tanta importancia a la distinción. En cuanto a que llama al Verbo y al Espíritu una parte del todo, aunque esta manera de hablar es dura, es excusable, pues no se refiere a la sustancia, sino que solo denota una disposición que corresponde únicamente a las personas, como el mismo Tertuliano lo atestigua. Con esto concuerda también lo que añade: «¿Cuántas personas, oh perversísimo Práxeas, piensas que hay, sino tantas cuantos nombres hay?». Y de la misma manera, un poco después: «Para que crean en el Padre y en el Hijo, en cada uno con sus nombres y personas». Creo que con estas razones se puede refutar suficientemente la desvergüenza de los que se escudan en la autoridad de Tertuliano para engañar a los ignorantes.
Y, ciertamente, quien se aplique con diligencia a comparar entre sí los escritos de los antiguos no hallará en Ireneo otra cosa que lo mismo que enseñaron los que vivieron después de él. Justino Mártir, uno de los más antiguos, está de acuerdo con nosotros en todo. Nos objetan que Justino y los demás llaman al Padre de Jesucristo el solo y único Dios. Lo mismo dice san Hilario, y aun habla con más dureza: que la eternidad está en el Padre. Pero ¿dice esto acaso para quitar al Hijo la esencia divina? Al contrario, los libros que escribió muestran que toda su intención es defender lo que nosotros confesamos. Y, con todo, no se avergüenzan de entresacar no sé qué frases y palabras sueltas con las cuales persuadir de que Hilario es de la misma opinión y error que ellos. También alegan a su favor a san Ignacio. Si quieren que valga lo que citan de él, prueben primero que los apóstoles inventaron la Cuaresma y ordenaron cómo se había de guardar, y otras burlas semejantes. No hay nada más vano que las niñerías que se venden bajo el nombre de Ignacio; y tanto menos se ha de soportar la desvergüenza de quienes se arman con tales mamarrachos para engañar a los ignorantes. Pero de aquí se puede ver claramente el acuerdo de todos los antiguos: que Arrio, en el Concilio de Nicea, no se atrevió a apoyar su herejía con la autoridad ni siquiera de un solo hombre docto y reconocido, cosa que no habría dejado de hacer si hubiera tenido a quién citar; y que ninguno de los padres, griegos o latinos, que se reunieron en este concilio contra Arrio se excusó jamás de no ser de la misma opinión que sus predecesores. No hace falta contar con qué diligencia san Agustín —a quien estos descarados tienen por enemigo mortal— examinó los libros de los antiguos, y con cuánta reverencia aceptó su doctrina. Porque, ciertamente, si tiene el menor escrúpulo del mundo, suele decir cuál es la causa que lo obliga a no seguir su opinión. Y aun en este mismo tema, si ha leído en otros autores algo dudoso u oscuro, no lo disimula. Pero tiene por cierto que la doctrina que estos condenan fue admitida sin controversia alguna por toda la antigüedad. Y, sin embargo, por una sola palabra se ve claramente que no ignoró lo que otros habían enseñado antes que él, cuando en el libro primero de La doctrina cristiana dice que la unidad está en el Padre (La doctrina cristiana, I). ¿Dirán acaso que se olvidó de sí mismo? Pero él se libra de esta calumnia cuando llama al Padre principio de toda la divinidad, porque no procede de ningún otro; considerando con prudencia, sin duda, que el nombre de Dios se atribuye particularmente al Padre, porque, si no comenzamos por él, de ningún modo podremos concebir en Dios una unidad simple y única. Espero que, por lo que hemos tratado, todos los que temen a Dios reconocerán que quedan refutadas todas las calumnias con que Satanás ha pretendido hasta hoy pervertir y oscurecer nuestra verdadera fe y religión. Finalmente, confío en que toda esta materia se ha tratado con fidelidad, con tal que los lectores pongan freno a su curiosidad y no busquen con más afán del que es lícito disputas molestas e intrincadas. Porque no pretendo satisfacer ni aplacar a los que se complacen en nuevas especulaciones sin medida alguna. Ciertamente, ni a sabiendas ni con malicia he dejado de lado nada de lo que pensé que podía oponerse a lo que digo. Pero, como mi deseo es servir a la iglesia, me pareció que sería mejor no tocar ni remover otras muchas cuestiones que aprovecharían poco y molestarían mucho a los lectores. Porque ¿de qué sirve discutir si el Padre engendra siempre? Pues, teniendo por cierto que desde toda la eternidad hay tres personas en Dios, este acto continuo de engendrar no es más que una fantasía superflua y frívola.
Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.