Institución de la religión cristiana · Juan Calvino
El conocimiento de Dios en cuanto Creador y supremo Gobernador de todo el mundo
La Escritura, por la creación misma del mundo y de todas las cosas, distingue con señales seguras al Dios verdadero de los falsos
Aunque Isaías, con muchísima razón, echa en cara a todos los que adoraban dioses falsos su negligencia, porque no habían aprendido de los fundamentos de la tierra y de este gran circuito de los cielos quién era el Dios verdadero (Is 40:21), sin embargo, como nuestro entendimiento es lento y tosco, fue necesario pintarles más al vivo el Dios verdadero, para que los fieles no se dejaran arrastrar por la vanidad de los gentiles. Puesto que la manera más aceptable que tienen los filósofos de explicar qué es Dios —a saber, que Dios es el alma del mundo— es vana, conviene que nosotros lo conozcamos mucho más de cerca, para no andar siempre vacilando entre dudas. Por eso quiso que existiera la historia de la creación, para que la Iglesia, dándole crédito, no buscara otro Dios que aquel que, según escribió Moisés en esta historia, es el artífice y creador del mundo. En ella, en primer lugar, se señaló el tiempo, para que los fieles, por la sucesión continua de los años, conocieran el primer origen del género humano y de todas las cosas. Este conocimiento es muy necesario, no solo para cerrar la puerta a las fábulas monstruosas que antiguamente se inventaron en Egipto y en otras partes del mundo, sino también para que, conocido el principio del mundo, se conozca con mayor claridad la eternidad de Dios y ella nos arrebate, de modo que la tengamos en mayor admiración. Tampoco debemos hacer caso de aquellos burladores profanos que se asombran de que Dios no haya querido crear antes el cielo y la tierra, sino que haya dejado pasar ocioso un espacio de tiempo tan infinito, en el que habrían podido pasar innumerables millares de generaciones, ya que desde la creación del mundo no han pasado más que seis mil años, y ni siquiera se han cumplido del todo, y aun así el mundo ya declina hacia su fin y muestra qué poco durará. Porque no nos es lícito, ni nos conviene, indagar la causa por la que Dios lo haya retrasado: si el entendimiento humano se esfuerza por subir tan alto, desfallecerá cien veces en el camino; y tampoco nos traería ningún provecho conocer lo que Dios, no sin causa, sino a propósito, quiso mantener oculto para probar la modestia de nuestra fe. Por eso, un buen anciano respondió muy acertadamente a uno de estos burladores, que le preguntó en son de burla en qué se ocupaba Dios antes de crear el mundo: le respondió que hacía el infierno para los curiosos. Esta advertencia, no menos seria que severa, debe poner freno a nuestro apetito desordenado, que provoca a muchos, y aun los empuja, a especulaciones malas y perjudiciales. Por último, tengamos presente que aquel Dios invisible, cuya sabiduría, poder y justicia son incomprensibles, nos pone delante de los ojos la historia de Moisés como un espejo en el que se ve su imagen viva. Porque, así como los ojos cargados por la vejez, o entorpecidos por algún otro defecto o enfermedad, no ven nada con claridad si no se ayudan con anteojos, así también es tan grande nuestra debilidad que, si la Escritura no nos guía en la búsqueda de Dios, enseguida nos perdemos. Pero los que se toman la libertad de parlotear sin ninguna vergüenza, ya que ahora se les amonesta en vano, sentirán al final, con su horrible castigo, cuánto mejor les habría sido adorar con toda reverencia los consejos secretos de Dios que vomitar blasfemias con que oscurecer el cielo. Con muchísima razón se queja san Agustín de que se ofende gravemente a Dios cuando se busca una causa de las cosas más alta que su voluntad (Sobre el Génesis, contra los maniqueos). Él mismo, en otro lugar, advierte prudentemente que no es menor desatino plantear cuestiones sobre la infinidad de los tiempos que preguntar por qué el espacio de los lugares no es también infinito (La ciudad de Dios, libro XI). Ciertamente, por muy grande que sea el circuito de los cielos, no es infinito, sino que tiene su medida. Y si alguien se quejara de Dios porque el espacio vacío es cien veces mayor, ¿no abominarían todos los fieles un atrevimiento tan desvergonzado? En el mismo frenesí caen los que murmuran y critican a Dios por haber estado ocioso, porque, a su juicio, no creó el mundo infinitos siglos antes. Para satisfacer su deseo, pretenden salir fuera del mundo. ¡Como si en un circuito tan grande del cielo y de la tierra no se nos ofrecieran muchísimas cosas capaces de agotar todos nuestros sentidos con su inestimable resplandor! ¡Como si en seis mil años Dios no nos hubiera dado bastantes lecciones para ocupar nuestro entendimiento en meditarlas continuamente! Quedémonos, pues, dentro de estos límites en los que Dios quiso encerrarnos y, por así decirlo, contener nuestro entendimiento, para que no se pierda con la libertad de vagar de aquí para allá.
Al mismo propósito apunta lo que cuenta Moisés: que Dios terminó su obra no en un momento, sino en seis días. Porque por esta circunstancia, apartados de todas las imaginaciones falsas, somos atraídos al único Dios, que repartió su obra en seis días para que no nos resultara pesado ocuparnos en meditarla durante toda nuestra vida. Porque, aunque nuestros ojos, adondequiera que miren, se ven obligados a ver las obras de Dios, vemos cuán ligera es nuestra atención y cuán pronto pasan y se esfuman nuestros buenos pensamientos, si es que alguno surge en nosotros. Aquí también protesta la razón humana, como si tales etapas en la formación del mundo no fueran propias del poder de Dios, hasta que, sometida a la obediencia de la fe, aprende a tener en gran estima aquel reposo al que nos invita la santificación del séptimo día. En el orden de la creación se debe considerar con atención el amor paternal de Dios hacia el linaje humano: no creó a Adán hasta haber enriquecido el mundo con toda abundancia de bienes. Porque, si lo hubiera puesto en la tierra cuando aún era estéril y desierta, y si le hubiera dado vida antes de que hubiera luz, habría parecido que Dios no tenía muy en cuenta lo que Adán necesitaba. Pero, al disponer antes de crearlo los movimientos del sol y de las estrellas para el servicio del hombre, llenar de animales la tierra, las aguas y el aire, y producir en abundancia toda clase de frutos que le sirvieran de alimento, asumió el oficio de un padre de familia diligente y previsor, y mostró una bondad maravillosa hacia nosotros. Si alguien se detiene a considerar con atención lo que yo he tocado aquí de paso, verá claramente que Moisés fue un testigo verdadero y un heraldo auténtico para proclamar quién fue el Creador del mundo. Dejo de decir aquí lo que ya expliqué antes: que allí no se habla solamente de la esencia de Dios, sino que también se nos presentan su eterna Sabiduría y su Espíritu, para que no imaginemos ningún otro Dios que aquel que quiere ser conocido en esa imagen tan expresa y viva.
Pero antes de tratar más a fondo de la naturaleza del hombre, es necesario intercalar algo acerca de los ángeles. Porque, aunque Moisés, en la historia de la creación, acomodándose a la rudeza del pueblo sencillo, no menciona otras obras de Dios que las que vemos con nuestros ojos, cuando más adelante presenta a los ángeles como ministros de Dios, se puede concluir fácilmente que él los creó, ya que se emplean en su servicio y hacen lo que les manda. Así pues, aunque Moisés, hablando llanamente para que todos lo entendieran, no nombró a los ángeles desde el principio entre las criaturas de Dios, nada impide que tratemos aquí con claridad lo que la Escritura cuenta de ellos en muchos lugares. Porque si deseamos conocer a Dios por sus obras, de ningún modo debemos pasar por alto una muestra tan maravillosa y excelente. Además, esta doctrina es muy necesaria para refutar muchos errores. La excelencia de la naturaleza angélica ciega de tal manera el entendimiento de muchos que pensaron que se les hacía agravio si se los rebajaba a hacer lo que Dios les mandaba; de ahí llegaron a atribuirles cierta divinidad. Apareció también Maniqueo con sus seguidores, que se inventó dos principios, a saber, Dios y el diablo: a Dios le atribuía el origen de las cosas buenas, y al diablo lo hacía autor de las malas. Si nuestro entendimiento estuviera enredado en tales desvaríos, no se le daría a Dios la gloria que merece por haber creado el mundo. Porque, si nada es más propio de Dios que la eternidad y el tener el ser de sí mismo, los que atribuyen esto al diablo, ¿cómo no lo adornan con el título de Dios? Además, ¿dónde quedará la omnipotencia de Dios, si se concede al diablo tal autoridad que haga todo lo que quiera, por más que Dios no lo quiera y por más que se le oponga? En cuanto al fundamento en que se apoyan estos herejes —que es impiedad atribuir al Dios bueno la creación de algo malo—, no va contra nuestra fe católica, que de ningún modo admite que en todo lo creado haya alguna criatura mala por naturaleza. Porque ni la maldad ni la malicia del hombre o del diablo, ni los pecados que de ella proceden, vienen de la naturaleza, sino de la corrupción de la naturaleza; y desde el principio no hubo cosa alguna en la que Dios no diera muestra de su sabiduría y justicia. Así pues, para desterrar del mundo opiniones tan perversas, es necesario que elevemos nuestro entendimiento mucho más alto de lo que alcanzan nuestros ojos. Y ciertamente es verosímil que por esta razón, cuando el Credo niceno dice que Dios es creador de todas las cosas, se nombran expresamente las invisibles. Con todo, al hablar de los ángeles procuraré guardar la mesura que Dios nos manda guardar, que es no especular más alto de lo que nos conviene, no sea que los lectores, apartándose de la sencillez de la fe, anden vagando de aquí para allá. Porque, puesto que el Espíritu Santo siempre nos enseña lo que nos conviene, y las cosas que importan poco para nuestra edificación, o las calla del todo, o las toca brevemente y como de paso, también es deber nuestro ignorar de buena gana las cosas que no nos traen ningún provecho.
Siendo, pues, indudable que los ángeles son ministros de Dios, destinados a hacer lo que él les manda (Sal 103:20), tampoco hay que dudar de que son también criaturas suyas. Plantear cuestiones sobre el tiempo o el orden en que fueron creados, ¿no sería más obstinación que diligencia? Cuenta Moisés que fueron acabados la tierra y los cielos con todo su ornamento (Gn 2:1): ¿de qué sirve atormentarnos por saber en qué día fueron creados los ángeles y las demás cosas ocultas que hay en los cielos, además de las estrellas y los planetas? Para no alargarme más, recordemos también aquí (como en toda la doctrina de la religión) que debemos guardar la regla de la modestia y la sobriedad: no hablar, ni pensar, ni siquiera desear saber de cosas oscuras más de lo que nos enseña la palabra de Dios. La segunda regla es que, al leer la Escritura, busquemos y meditemos continuamente lo que sirve para edificación, y no demos lugar a nuestra curiosidad ni nos entreguemos al estudio de cosas inútiles. Y puesto que el Señor quiso instruirnos, no en cuestiones vanas, sino en la verdadera piedad —es decir, en el temor de su nombre, en una confianza perfecta en él y en la santidad de vida—, contentémonos con este conocimiento. Por tanto, si queremos que nuestro saber esté bien ordenado, debemos dejar esas cuestiones vanas que, sin ninguna palabra de Dios, tratan hombres ociosos acerca de la naturaleza de los ángeles, de sus órdenes y de su número. Bien sé que hay muchos más deseosos de estas cosas, y que encuentran en ellas más placer que en las que tenemos entre manos. Pero si no nos pesa ser discípulos de Jesucristo, no nos cueste seguir el método y el orden que él nos propuso. Así sucederá que, contentándonos con su enseñanza, no solo nos abstendremos de las especulaciones vanas de las que él nos aparta, sino que incluso las aborreceremos. Nadie negará que el que escribió el libro de la Jerarquía celeste (que atribuyen a san Dionisio) discutió muchas cosas con gran sutileza y agudeza; pero si alguien lo mira más de cerca, hallará que en su mayor parte no es más que palabrería. Ahora bien, el propósito de un teólogo no ha de ser deleitar los oídos con palabrería, sino afirmar las conciencias enseñando la verdad y lo que es cierto y provechoso. Quien lea aquel libro pensará que un hombre caído del cielo cuenta, no lo que aprendió, sino lo que vio con sus propios ojos. Pero san Pablo, que fue arrebatado hasta el tercer cielo, no solo no contó nada, sino que incluso declaró que no le es lícito a un hombre mortal expresar los secretos que vio (2 Co 12:2, 4). Por tanto, sin hacer caso de esta vana sabiduría, consideremos solamente, según la sencilla doctrina de la Escritura, lo que Dios quiso que supiéramos de sus ángeles.
En muchísimos lugares de la Escritura leemos que los ángeles son espíritus celestiales, de cuyo ministerio y servicio se vale Dios para llevar a cabo todo lo que ha determinado; y de ahí se les ha dado el nombre de ángeles, porque Dios los hace sus mensajeros ante los hombres para manifestarse a ellos. Otros nombres con que también se los llama se toman de la misma razón. Se los llama ejércitos, porque, como su guardia, rodean a su príncipe y capitán, dan realce a su majestad y la hacen ilustre, y, como soldados, están siempre atentos a la señal de su capitán; y están tan preparados para cumplir lo que les mande que, en cuanto él les hace una seña, ya están dispuestos a hacer lo que se les ordena, o mejor dicho, ya tienen las manos en la obra. Muchos de los profetas pintan esta imagen del trono de Dios para mostrar su magnificencia, pero sobre todo Daniel, cuando dice que Dios, sentado en su trono real, tenía a su alrededor millones de millones y un número incontable de ángeles (Dn 7:10). Y como Dios ejecuta y manifiesta maravillosamente por medio de ellos el poder y la fuerza de su mano, de ahí que se los llame virtudes (Ef 1:21); y como por ellos ejerce y administra su dominio en el mundo, de ahí que se los llame unas veces principados, otras potestades y otras dominios. Finalmente, como en cierto modo reside en ellos la gloria de Dios, por esta causa se los llama también tronos (Col 1:16). Aunque sobre este último nombre no quisiera afirmar nada, porque la interpretación contraria le conviene igual de bien, o mejor. Pero, dejando a un lado el nombre de tronos, el Espíritu Santo usa muchas veces los otros nombres para ensalzar la dignidad del ministerio de los ángeles. Porque no es justo que las criaturas de las que el Señor se sirve como instrumentos para manifestar de modo particular su presencia no sean tenidas en estima. Y aun por esta razón no una, sino muchas veces se los llama dioses, porque en su ministerio nos representan en parte, como en un espejo, cierta divinidad. Porque, aunque no me desagrada la interpretación de los doctores antiguos que, cuando la Escritura cuenta que el ángel de Dios se apareció a Abraham, a Jacob, a Moisés y a otros, entienden que aquel ángel era Cristo (Gn 18:1; 32:1, 28; Jos 5:14; Jue 6:14; 13:22), con todo, muchas veces, cuando se menciona a todos los ángeles, se les da este nombre. Y no debe extrañarnos. Porque si esta misma honra se da a los príncipes y magistrados, porque en sus oficios son lugartenientes de Dios, que es el supremo Rey y Juez (Sal 82:6), mucha más razón hay para que se dé a los ángeles, en quienes resplandece con mucha mayor abundancia la claridad de la gloria divina.
La Escritura insiste mucho en enseñar lo que sirve principalmente para nuestro consuelo y para la confirmación de nuestra fe, a saber, que los ángeles son dispensadores y ministros de la liberalidad de Dios hacia nosotros. Por eso cuenta que velan por nuestra salvación, que se encargan de defendernos y de guiarnos por buen camino, y que cuidan de nosotros para que no nos suceda ningún mal. Todas las sentencias que siguen son universales, y convienen en primer lugar a Cristo, cabeza de la Iglesia, y después de él a todos los fieles: «Pues a sus ángeles mandará acerca de ti, que te guarden en todos tus caminos. En las manos te llevarán, para que tu pie no tropiece en piedra» (Sal 91:11-12). Y también: «El ángel de Jehová acampa alrededor de los que le temen, y los defiende» (Sal 34:7). Con estas sentencias muestra Dios que encarga a sus ángeles el cuidado de aquellos a quienes quiere defender. Conforme a esto, el ángel del Señor consuela a Agar cuando huía y le manda que se reconcilie con su señora (Gn 16:9); Abraham promete a su siervo que el ángel será guía de su camino (Gn 24:7); Jacob, al bendecir a Efraín y Manasés, pide que el ángel del Señor, que lo había librado de todo mal, haga que todo les vaya bien (Gn 48:16). Así, el ángel fue el capitán que defendía el campamento de los israelitas; y cada vez que Dios quiso librar al pueblo de Israel de manos de sus enemigos, se sirvió de sus ángeles para hacerlo (Jue 2:1; 6:11; 13:10). Así, en fin (para no tener que alargarme más), los ángeles sirvieron a Cristo y lo acompañaron en todas sus angustias, anunciaron su resurrección a las mujeres y a sus discípulos su venida gloriosa (Mt 4:11; Lc 22:43; Mt 28:5; Lc 24:5; Hch 1:10). Así, para cumplir el oficio que se les ha encomendado de ser nuestros defensores, combaten contra el diablo y contra todos nuestros enemigos, y ejecutan la ira de Dios contra los que nos odian. Así leemos que el ángel de Dios mató en una noche a ciento ochenta y cinco mil hombres en el campamento de los asirios, para librar a Jerusalén del cerco que le tenían puesto (2 R 19:35; Is 37:36).
Ahora bien, si a cada uno de los fieles se le ha dado o no un ángel propio que lo defienda, no me atreveré a afirmarlo como cosa cierta. Sin duda, cuando Daniel presenta al ángel de los persas y al ángel de los griegos, quiere dar a entender que hay ciertos ángeles designados como gobernadores de los reinos y provincias (Dn 10:13, 20; 12:1). También cuando Jesucristo dice que los ángeles de los niños ven siempre el rostro de su Padre, indica que hay ciertos ángeles a los que se encarga el cuidado de los niños (Mt 18:10). Pero no sé si de aquí se debe deducir que a cada uno se le ha dado el suyo en particular. Esto debemos tenerlo por certísimo: que no es un solo ángel el que cuida de cada uno de nosotros, sino que todos, de común acuerdo, velan por nuestro bien. Porque de todos los ángeles juntos se dice que se alegran más por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que han perseverado en la justicia (Lc 15:7). También se dice de muchos ángeles que llevaron el alma de Lázaro al seno de Abraham (Lc 16:22). Y no en vano muestra Eliseo a su criado tantos carros de fuego, destinados particularmente a guardarlo (2 R 6:17). Hay un pasaje que parece el más claro de todos para confirmar esta opinión. Cuando san Pedro, librado milagrosamente de la cárcel, llamó a la puerta de la casa donde estaban reunidos los hermanos, como no podían creer que fuera él, decían: «Es su ángel» (Hch 12:15). Parece que esto les vino a la mente por la opinión común de entonces, de que cada uno de los fieles tenía su ángel particular. Aunque también aquí se puede responder que nada impide que se refirieran indistintamente a cualquiera de los ángeles a quien Dios hubiera encargado por entonces el cuidado de san Pedro, y de ahí no se sigue que ese ángel fuera su guardián perpetuo; como suele imaginarse comúnmente que cada uno de nosotros tiene siempre consigo dos ángeles, uno bueno y otro malo. Pero tampoco es necesario indagar con gran afán lo que no importa mucho para nuestra salvación. Porque si hay alguien a quien no le baste saber que todo el ejército del cielo vela por su salvación, no veo qué provecho más puede sacar de saber que se le ha dado a él en particular un ángel custodio. Y los que limitan a un solo ángel el cuidado que Dios tiene de cada uno de nosotros hacen una gran injuria a sí mismos y a todos los miembros de la Iglesia, como si Dios nos hubiera prometido en vano aquellas grandes huestes para socorrernos, a fin de que, fortalecidos por ellas por todas partes, combatiéramos con mucho mayor ánimo.
Los que se atreven a hacer afirmaciones sobre el número y los órdenes de los ángeles, consideren bien en qué fundamento se apoyan. Reconozco que en Daniel Miguel es llamado «el gran príncipe», y en san Judas, «arcángel» (Dn 12:1; Jud 9). San Pablo afirma que será un arcángel quien, con una trompeta, convocará a los hombres a juicio (1 Ts 4:16). Pero ¿quién podrá establecer a partir de aquí grados de honor entre los ángeles, distinguir a cada uno con sus señas y asignar a cada uno su lugar y su puesto? Porque los dos nombres que se hallan en la Escritura, Miguel y Gabriel —y, si les parece, añádase el tercero, de la historia de Tobías, que es Rafael—, parecen, por su significado, haberse puesto a los ángeles conforme a la capacidad de nuestra debilidad. Aunque prefiero dejar esto en suspenso y no determinar nada. En cuanto al número, oímos de la boca de Jesucristo que hay muchas legiones y compañías (Mt 26:53); Daniel nombra una infinidad de millones (Dn 7:10); el criado de Eliseo los vio en carros llenos (2 R 6:17); y cuando se dice que acampan alrededor de los que temen a Dios, se señala su gran multitud (Sal 34:7). Es cosa certísima que los espíritus no tienen forma como las cosas corporales; sin embargo, la Escritura, conforme a la capacidad de nuestro entendimiento, no sin razón nos pinta a los ángeles con alas, con los nombres de querubines y serafines, para que no dudemos de que siempre estarán prontos y preparados, con suma rapidez, para socorrernos cada vez que sea necesario, como si un rayo caído del cielo volara hacia nosotros con su rapidez acostumbrada. Todo lo demás que pueda preguntarse acerca del número y los órdenes de los ángeles, creamos que pertenece a aquella clase de misterios cuya revelación perfecta se aplaza hasta el último día. Por tanto, guardémonos de la curiosidad excesiva en la búsqueda y del atrevimiento de hablar de lo que no sabemos.
Con todo, hay que tener por cosa firme (aunque algunos hombres inquietos lo ponen en duda) que los ángeles son espíritus ministradores, de cuyo ministerio se sirve Dios para defender a los suyos, y por medio de los cuales distribuye sus beneficios entre los hombres y realiza asimismo todas sus demás obras (He 1:14). Los saduceos sostuvieron que con la palabra «ángeles» no se designaba otra cosa que los impulsos que Dios inspira a los hombres o las muestras que da de su virtud y poder (Hch 23:8). Pero hay tantos testimonios en la Escritura contra este desvarío que es asombroso que pudiera haber una ignorancia tan grande en el pueblo de Israel. Porque, aun dejando de alegar los pasajes que ya he citado arriba, donde se dice que hay legiones y millones de ángeles, que se alegran, que sostienen a los fieles en sus manos, que llevan sus almas al descanso, que ven el rostro del Padre, y otros semejantes, hay además otros que prueban con toda claridad que los ángeles son verdaderamente espíritus y que tienen ser propio. Porque lo que dicen san Esteban y san Pablo, que la ley fue dada por mano de ángeles; y lo que dice Cristo, que los elegidos serán después de la resurrección semejantes a los ángeles; que ni siquiera los ángeles saben cuándo será el día del juicio; que él vendrá entonces con los santos ángeles: por mucho que se retuerzan estas sentencias, no podrán entenderse de otra manera (Hch 7:53; Gá 3:19; Mt 22:30; 24:36; 25:31; Lc 9:26). Asimismo, cuando san Pablo conjura a Timoteo delante de Jesucristo y de sus ángeles escogidos a que guarde sus preceptos, no se refiere a cualidades o inspiraciones sin esencia propia, sino a verdaderos espíritus (1 Ti 5:21). Y no podría ser verdad de otro modo lo que está escrito en la epístola a los Hebreos: que Cristo fue hecho mucho más excelente que los ángeles, que no a ellos está sujeto el mundo, que Cristo no tomó la naturaleza de los ángeles sino la de los hombres; a menos que entendamos que son espíritus bienaventurados a los que convienen estas comparaciones (He 1:4; 2:16). Y el mismo autor de la epístola lo aclara enseguida, cuando sitúa en el reino de Dios a las almas de los fieles y a los santos ángeles (He 12:22). Además, está lo que ya hemos citado: que los ángeles de los niños ven siempre el rostro de Dios, que somos defendidos con su ayuda, que se alegran de nuestra salvación, que se maravillan de la infinita gracia de Dios en su Iglesia, que están sometidos a la cabeza, que es Cristo. A este mismo propósito sirve que se hayan aparecido tantas veces a los padres antiguos en figura humana, que hayan hablado y que hayan sido hospedados. Y el mismo Cristo, por la primacía que tiene como Mediador, es llamado ángel (Mal 3:1). He querido tocar esto de paso para prevenir y armar a los sencillos contra aquellas opiniones necias y absurdas que, levantadas por el diablo desde el principio en la Iglesia, no dejan de renovarse hoy en día.
Lo que queda es salir al paso de la superstición, que suele infiltrarse con frecuencia cuando se dice que los ángeles son ministros y dispensadores de todos los bienes para nosotros. Porque enseguida nuestra razón humana se inclina a pensar que se les debe dar toda la honra posible. Así sucede que lo que pertenece solo a Dios y a Cristo se traslada a los ángeles. Así vemos que la gloria de Cristo fue sobremanera oscurecida en tiempos pasados, porque se ensalzaba a los ángeles sin ninguna medida, atribuyéndoles alabanzas y títulos que no se hallaban en la Escritura. Y casi no hay vicio más antiguo que este de todos los que hoy reprendemos. Porque consta que san Pablo tuvo mucho que hacer con algunos que ensalzaban tanto a los ángeles que casi los igualaban con Cristo. De ahí que el apóstol sostenga con tanto empeño en la epístola a los Colosenses que Cristo debe ser antepuesto a todos los ángeles (Col 1:16), y más aún, que es de él de quien ellos reciben todo el bien que tienen, para que no nos volvamos, olvidándonos de Cristo, hacia aquellos que ni siquiera para sí mismos tienen lo que necesitan, sino que lo sacan de la misma fuente que nosotros. Ciertamente, como la gloria de Dios resplandece tan claramente en ellos, nada es más fácil que dejarnos arrastrar a la necedad de adorarlos y de atribuirles todo lo que solo a Dios conviene. San Juan confiesa en su Apocalipsis que esto le sucedió incluso a él. Pero enseguida dice que el ángel le respondió: «Mira, no lo hagas; yo soy consiervo tuyo […]. Adora a Dios» (Ap 19:10).
Y ciertamente evitaremos bien este peligro si consideramos la razón por la que Dios suele mostrar su poder, cuidar de la salvación de los fieles y comunicarles los dones de su liberalidad valiéndose del ministerio de los ángeles, en lugar de hacerlo por sí mismo sin su servicio. Ciertamente no lo hace por necesidad, como si no pudiera prescindir de ellos, porque siempre que le place realiza su obra con solo quererlo, sin darles a ellos parte alguna: tan lejos está de necesitarlos para aliviarse del trabajo. Lo hace, pues, para consuelo de nuestra debilidad, para que no nos falte nada de cuanto puede darnos buena esperanza o asegurar nuestro corazón. Sin duda, esto solo debería bastarnos: que el Señor nos promete que será nuestro defensor. Pero cuando nos vemos rodeados de tantos peligros, de tantos males y de tantas clases de enemigos, tal como son nuestra fragilidad y nuestra debilidad, podría suceder que alguna vez temblemos de miedo o que desfallezcamos desesperados, si el Señor no hiciera que, conforme a nuestra capacidad, sintiéramos la presencia de su gracia. Por esta causa no solo promete que cuidará de nosotros, sino que tiene una infinidad de ministros a quienes ha encargado procurar nuestra salvación, y nos dice que, mientras estemos bajo su tutela y amparo, estaremos seguros y fuera de todo peligro. Reconozco que obramos mal cuando, teniendo aquella promesa sencilla y verdadera de que Dios será nuestro protector, aun así miramos de un lado a otro buscando de dónde nos vendrá socorro. Pero como el Señor, conforme a su inmensa clemencia y bondad, quiere poner remedio a este mal, no hay razón para despreciar un beneficio tan grande. Ejemplo de esto tenemos en el criado de Eliseo, que, al ver el monte cercado por el ejército de los sirios y que no había por dónde escapar, tenía muchísimo miedo, como si él y su señor ya estuvieran perdidos. Entonces Eliseo rogó a Dios que le abriera los ojos, y enseguida el joven vio que el monte estaba lleno de caballos y de carros de fuego, de gente de guerra, es decir, de una infinidad de ángeles que habían de guardarlo a él y al profeta (2 R 6:17). El joven, pues, cobrando ánimo con esta visión, se esforzó y no hizo caso de los enemigos, cuya sola vista al principio casi lo había hecho desfallecer.
Por tanto, todo lo que se dice acerca del servicio de los ángeles, reduzcámoslo a este fin: que, vencida toda incredulidad, nuestra esperanza se afiance más en Dios. Porque la razón por la que Dios envía a sus ángeles a defendernos es que no nos asustemos ante la multitud de los enemigos, como si ellos fueran los más fuertes, sino que nos acojamos siempre a aquella sentencia de Eliseo: «Más son los que están con nosotros que los que están con ellos». ¡Qué fuera de orden es, pues, que los ángeles nos aparten de Dios, cuando fueron destinados precisamente para que sintamos más cercano su favor! Y nos apartan de él si no nos llevan derechos a Dios, para que fijemos en él nuestros ojos y lo invoquemos y alabemos como nuestro único defensor; si no los consideramos como sus manos, que nada hacen sin su voluntad y disposición; y si no nos mantienen en Cristo, el único Mediador, para que dependamos totalmente de él, descansemos en él, a él se dirijan nuestros pensamientos y en él hallemos sosiego. Porque debemos tener impreso y bien fijo en la memoria lo que se cuenta en la visión de Jacob: que los ángeles descendían a la tierra hacia los hombres y subían de los hombres al cielo por una escalera, en cuyo extremo estaba sentado el Señor de los ejércitos (Gn 28:12). Con ello se indica que solo por la intercesión de Jesucristo sucede que los ángeles se comuniquen con nosotros y nos sirvan, como él mismo lo afirma: «De aquí adelante veréis el cielo abierto, y a los ángeles de Dios que suben y descienden sobre el Hijo del Hombre» (Jn 1:51). Por eso el criado de Abraham, encomendado a la guarda del ángel, no por ello lo invoca para que lo asista, sino que, confiando en haber sido encomendado a él, ora a Dios y le pide que muestre su misericordia a su señor Abraham (Gn 24:7). Porque, así como Dios no los hace ministros de su poder y su bondad para repartir su gloria con ellos, tampoco nos promete ayudarnos por su ministerio para que dividamos nuestra confianza entre ellos y él. No tengamos, pues, nada que ver con aquella filosofía platónica que enseña que se llega a Dios por medio de los ángeles, y que hay que honrarlos para que nos hagan a Dios mucho más favorable (véase Platón, Crátilo). Esta falsa doctrina han pretendido introducirla en nuestra religión cristiana hombres curiosos y supersticiosos desde el principio, y aún hoy hay quien quiere introducirla.
Todo lo que la Escritura nos enseña acerca de los demonios apunta casi a esto: que seamos solícitos en guardarnos de sus astucias y maquinaciones, y que nos armemos con armas bastante sólidas y fuertes para poner en fuga a enemigos tan poderosos. Porque, cuando Satanás es llamado dios y príncipe de este siglo, y se lo llama hombre fuerte armado, espíritu que tiene poder en el aire y león rugiente, todas estas descripciones no quieren darnos a entender otra cosa sino que seamos más cautos y más diligentes en velar, y que nos preparemos para enfrentarnos con él; lo cual a veces se dice con palabras bien claras. Porque san Pedro, después de decir que el diablo anda alrededor como león rugiente, buscando a quien devorar, añade enseguida esta exhortación: que le resistamos firmes en la fe (1 P 5:8). Y san Pablo, después de advertirnos que nuestra lucha no es contra carne ni sangre, sino contra los príncipes del aire, las potestades de las tinieblas y los espíritus malignos, manda enseguida que nos armemos con armas suficientes para sostener una batalla tan grande y tan peligrosa (Ef 6:12). Por tanto, aprendamos también nosotros a dirigir todo esto a este fin: que, advertidos de que tenemos continuamente encima al enemigo —un enemigo muy atrevido, fortísimo en fuerzas, astutísimo en engaños, que nunca se cansa de ser diligente y presuroso, bien provisto de todo lo necesario para la guerra y muy experto en el arte militar—, no permitamos que la pereza y el descuido se adueñen de nosotros, sino que, al contrario, con buen ánimo nos mantengamos firmes para resistirle. Y como esta guerra no se acaba sino con la muerte, animémonos a perseverar. Pero sobre todo, conociendo muy bien nuestra debilidad y nuestra torpeza, invoquemos a Dios para que nos socorra, y no emprendamos nada sino confiados en él, pues solo a él le pertenece darnos consejo, fuerza, ánimo y armas para pelear.
Y para que nos animemos y estimulemos más a hacerlo, la Escritura nos asegura que no es uno solo, ni dos, ni unos pocos demonios los que nos hacen la guerra, sino una infinidad de enemigos. Porque de María Magdalena se dice que fue librada de siete demonios que la poseían (Mr 16:9); y Jesucristo afirma que es cosa corriente que, si después de haber echado una vez al demonio le volvemos a abrir la puerta, este toma consigo siete espíritus peores que él y vuelve a su casa, que estaba vacía (Mt 12:43-45). Y leemos incluso que toda una legión poseyó a un hombre (Lc 8:30). Con esto, pues, se nos enseña que hemos de luchar contra una multitud innumerable de enemigos, para que no nos volvamos perezosos para la batalla por tenerlos en poco, ni nos descuidemos pensando alguna vez que se nos da tregua. En cuanto a que muchas veces se nos presenta a Satanás o al diablo en singular, con ello se indica aquel dominio de la iniquidad que es contrario al reino de la justicia. Porque, así como la Iglesia y la comunión de los santos tienen por cabeza a Cristo, así también se nos pinta la conspiración de los impíos y la impiedad misma junto con su príncipe, que ejerce allí su supremo imperio y monarquía. A esto se refiere aquella sentencia: «Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles» (Mt 25:41).
Esto también debería movernos a combatir perpetuamente contra el diablo, que siempre es llamado adversario de Dios y nuestro. Porque, si nos importa la gloria de Dios, como es justo, debemos emplear todas nuestras fuerzas en resistir al que procura menoscabarla. Si tenemos, como conviene, deseo de mantener el reino de Cristo, es necesario que estemos en guerra perpetua con el que pretende arruinarlo. Asimismo, si nos importa nuestra salvación, no debemos tener paz ni hacer treguas con el que continuamente acecha para destruirla. Así se muestra el diablo en el capítulo 3 del Génesis, cuando hace que el hombre se amotine contra Dios y le niegue la obediencia, y esto para despojar a Dios de la honra que se le debe y para despeñar al hombre. Así lo pintan también los evangelistas, cuando lo llaman el enemigo que siembra cizaña para echar a perder la semilla de la vida eterna (Mt 13:25, 28). En conclusión, en todo lo que hace experimentamos lo que Cristo afirma de él: que fue homicida y mentiroso desde el principio (Jn 8:44). Porque con sus mentiras hace la guerra a la verdad de Dios; con sus tinieblas oscurece la luz; con sus errores enreda el entendimiento de los hombres; levanta odios, aviva contiendas y revueltas; y todo ello para destruir el reino de Dios y sepultar consigo a los hombres en la condenación perpetua. De donde se ve claramente que es por naturaleza perverso, maligno y vicioso. Porque no puede ser sino que haya una perversidad grandísima en una naturaleza que se emplea toda en abatir la gloria de Dios y la salvación de los hombres. Esto da a entender también san Juan cuando dice en su epístola que el diablo peca desde el principio (1 Jn 3:8). Porque con estas palabras entiende que el diablo es autor, capitán e inventor de toda malicia e iniquidad.
Con todo, entendamos que, como el diablo es criatura de Dios, esta malicia que decimos que le es natural no la tiene por su creación, sino por su depravación. Porque todo el mal que tiene se lo buscó él mismo al apartarse de Dios. Y la Escritura nos advierte de ello para que no pensemos que Dios lo creó tal como ahora es, y no atribuyamos a Dios lo que Dios nunca hizo ni hará. Por esta causa dice Cristo que, cuando Satanás miente, de suyo habla, y da la razón: que no permaneció en la verdad (Jn 8:44). Ciertamente, cuando Cristo niega que el diablo haya permanecido en la verdad, indica que en algún tiempo estuvo en ella; y cuando lo llama padre de la mentira, le quita toda excusa, para que no impute a Dios aquello de lo que él mismo es causa. Y aunque estas cosas se han tocado brevemente y no con mucha claridad, bastan para tapar la boca a los que calumnian a la Majestad divina. ¿Y de qué nos serviría saber más acerca de los demonios, o para qué otro fin? Algunos se enojan de que la Escritura no cuente más extensamente y por orden la caída de los ángeles, su causa, manera, tiempo y forma, y aun de que no lo cuente en diversos lugares. Pero como estas cosas no nos conciernen, lo mejor ha sido no decir palabra o tocarlas brevemente. Porque no convenía al Espíritu Santo satisfacer nuestra curiosidad contando historias vanas de las que no se sacara ningún fruto. Y vemos que el propósito del Señor ha sido no enseñarnos en su Santa Escritura nada que no sirviera para nuestra edificación. Así pues, para no detenernos en cosas superfluas, contentémonos con saber esto de la naturaleza de los demonios: que al ser creados fueron ángeles de Dios, pero que, degenerando, se echaron a perder a sí mismos y se hicieron instrumentos de la perdición de otros. Esto, como era útil saberlo, nos lo dicen claramente san Pedro y san Judas: Dios no perdonó —dicen— a los ángeles que pecaron y no guardaron el estado en que habían sido creados, sino que abandonaron su morada (2 P 2:4; Jud 6). Y san Pablo, cuando menciona a los ángeles escogidos, sin duda les contrapone los réprobos (1 Ti 5:21).
En cuanto a la discordia y la lucha que hemos dicho que Satanás tiene con Dios, hay que entenderlo de esta manera: tengamos por cierto que no puede hacer nada sin que Dios lo quiera y le dé licencia para hacerlo. Porque así leemos en la historia de Job que se presenta delante de Dios para oír lo que le mande, y que no se atreve a emprender cosa alguna sin haber obtenido antes licencia (Job 1:6, 12; 2:1). Del mismo modo, cuando el rey Acab había de ser engañado, promete que será espíritu de mentira en la boca de todos los profetas, y, enviado por Dios, lo hace así (1 R 22:22). Por esta causa se llama espíritu malo del Señor al que atormentaba a Saúl, porque con él, como con un azote, eran castigados los pecados de aquel rey impío (1 S 16:14; 18:10); y en otro lugar se dice que Dios castigó a los egipcios con las plagas por medio de ángeles malos (Sal 78:49). Siguiendo estos ejemplos particulares, san Pablo afirma en general que la ceguera de los incrédulos es obra de Dios, después de haberla llamado obra de Satanás (2 Ts 2:9, 11). Se ve, pues, claramente que Satanás está sujeto al poder de Dios, y que de tal manera es gobernado por su voluntad que está obligado a obedecerle y a hacer lo que le manda. Pero cuando decimos que Satanás resiste a Dios y que sus obras son contrarias a las de Dios, entendemos que tal oposición y contienda no se da sin el permiso de Dios. No hablo aquí de la mala voluntad de Satanás ni de sus propósitos, sino solamente de sus efectos. Porque, siendo el diablo perverso por naturaleza, está claro que no se inclina a obedecer la voluntad de Dios, sino que todos sus propósitos y deseos no son otra cosa que rebeldía y contumacia contra Dios. Esto le viene de sí mismo y de su perversidad: que con todo su deseo y propósito se oponga a Dios. Esta perversidad es la que lo induce y lo empuja a esforzarse por hacer lo que piensa que es más contrario a Dios. Pero como Dios lo tiene atado y encadenado con el freno de su poder, solo lleva a cabo lo que Dios le da licencia para hacer; y así, a su pesar, quiera o no, obedece a su Creador, porque se ve obligado a emplearse en aquello a lo que Dios lo empuja.
Y como Dios dirige a los espíritus malignos adonde quiere, a un lado o a otro, modera este gobierno de tal manera que ellos, luchando, ejercitan a los fieles: los atacan con emboscadas, los acosan con sus asaltos, los aprietan en el combate, muchas veces los fatigan y espantan, y aun a veces los hieren. Pero nunca jamás los vencen ni los aplastan del todo; en cambio, a los impíos los dominan por la fuerza y se enseñorean de sus almas y de sus cuerpos, y se sirven de ellos como de esclavos para cometer todas las abominaciones que quieren. En cuanto a los fieles, como han de vérselas con tales enemigos, se les hacen estas advertencias: «Ni deis lugar al diablo» (Ef 4:27); «Vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar; al cual resistid firmes en la fe» (1 P 5:8), y otras semejantes. El mismo san Pablo confiesa que no estuvo libre de esta clase de lucha, cuando escribe que, para domar su soberbia, se le había dado un mensajero de Satanás que lo abofeteara y humillara (2 Co 12:7). Así pues, todos los hijos de Dios experimentan este ejercicio. Pero como aquella promesa de aplastar la cabeza de Satanás pertenece en común a Cristo y a todos sus miembros (Gn 3:15), por eso digo que los fieles nunca podrán ser vencidos ni aplastados por él. Es verdad que muchas veces desfallecen, pero no se desaniman hasta el punto de no volver en sí; caen por la fuerza de los golpes, pero se vuelven a levantar; son heridos, pero no de muerte. En fin, de tal manera luchan toda su vida que al final alcanzan la victoria. Y esto no lo limito a cada acto en particular. Porque sabemos que, por justo castigo de Dios, David fue entregado por un tiempo a Satanás para que, incitado por él, hiciera el censo del pueblo (2 S 24:1). Y no sin razón deja san Pablo esperanza de alcanzar perdón aun a los que han sido enredados en los lazos de Satanás. Por eso el mismo san Pablo muestra en otro lugar que la promesa de la que hemos hablado comienza a cumplirse en nosotros en esta vida, en la que hemos de pelear, pero que se cumplirá del todo cuando cese la batalla, al decir: «Y el Dios de paz aplastará en breve a Satanás bajo vuestros pies» (Ro 16:20). En cuanto a nuestra Cabeza, es verdad que siempre gozó plenamente de esta victoria, porque el príncipe de este mundo nada tuvo en él; pero en nosotros, que somos sus miembros, todavía no se ve sino en parte; se cumplirá cuando, despojados de esta carne que nos hace sujetos a miserias, seamos llenos del poder del Espíritu Santo. Cuando de este modo es levantado y ensalzado el reino de Cristo, Satanás cae con todo su poder, como dice el mismo Señor: «Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo» (Lc 10:18). Porque con esta respuesta confirma lo que los apóstoles le habían contado del poder de su predicación. Y también: «Cuando el hombre fuerte armado guarda su palacio, en paz está lo que posee. Pero cuando viene otro más fuerte que él» es echado fuera, etc. (Lc 11:21-22). Y con este fin Cristo, al morir, venció a Satanás, que tenía el imperio de la muerte, y triunfó sobre todas sus huestes, para que no dañen a la Iglesia. Porque de otro modo la destruiría a cada momento. Pues, siendo tal nuestra debilidad y, por otra parte, tales las furiosas fuerzas de Satanás, ¿cómo podríamos resistir, siquiera un poco, tantos y tan continuos asaltos como lanza contra nosotros, si no confiáramos en la victoria de nuestro Capitán? Así pues, Dios no permite a Satanás reinar sobre las almas de los fieles, sino que solo le entrega a los impíos e incrédulos para que los gobierne, a quienes él no se digna tener por ovejas de su redil. Porque se dice que Satanás tiene sin oposición alguna la posesión de este mundo hasta que Cristo lo expulse de su lugar. También, que ciega a todos los que no creen al evangelio (2 Co 4:4). También, que obra en los hijos de desobediencia (Ef 2:2). Y con razón, porque todos los impíos son vasos de ira. Por tanto, es muy justo que los entregue en manos de aquel que es ministro de su ira. En conclusión, se dice que son hijos del diablo (Jn 8:44; 1 Jn 3:8), porque, así como los hijos de Dios se reconocen en que llevan su imagen, así también los otros, por la imagen de Satanás en la que degeneraron, son tenidos con justo título por hijos suyos.
Y así como antes refutamos aquella vana filosofía o fantasía de algunos que dicen que los santos ángeles no son más que inspiraciones o buenos impulsos que Dios infunde en los hombres, del mismo modo debemos refutar aquí el error de los que imaginan que los demonios no son otra cosa que malos afectos y perturbaciones a los que nos incita nuestra carne. Y esto será muy fácil de hacer, porque hay muchísimos testimonios de la Escritura bastante evidentes y seguros. En primer lugar, cuando se los llama espíritus inmundos y ángeles apóstatas que degeneraron del primer estado en que fueron creados, los mismos nombres declaran bastante que no son impulsos ni afectos del corazón, sino lo que se dice que son: espíritus dotados de inteligencia. Asimismo, cuando Jesucristo y san Juan comparan a los hijos de Dios con los hijos del diablo, ¿no sería necia la comparación si el nombre «diablo» no significara otra cosa que las malas inspiraciones (Jn 8:44; 1 Jn 3:10)? Y san Juan habla todavía más claramente: que el diablo peca desde el principio (1 Jn 3:8). También, cuando san Judas presenta al arcángel san Miguel contendiendo con el diablo por el cuerpo de Moisés, ciertamente opone el ángel malo y apóstata al bueno (Jud 9). Con esto concuerda lo que se lee en la historia de Job: que Satanás se presentó delante de Dios junto con los santos ángeles (Job 1:6; 2:1). Pero los testimonios más claros de todos son aquellos en los que se menciona el castigo que ya comienzan a sentir, y que sentirán mucho más después, en la resurrección: «Hijo de David, ¿has venido acá para atormentarnos antes de tiempo?» (Mt 8:29). También: «Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles» (Mt 25:41). También: «Si Dios no perdonó a los ángeles que pecaron, sino que arrojándolos al infierno los entregó a prisiones de oscuridad, para ser reservados al juicio», etc. (2 P 2:4). ¡Qué necias maneras de hablar serían decir que los demonios están destinados al juicio eterno, que el fuego está preparado para ellos, que ya son atormentados por la gloria de Cristo, si no hubiera ningún demonio! Pero, como entre los que dan crédito a la palabra de Dios esta materia no necesita larga discusión, y como a estos fantasiosos no les agrada nada sino las novedades, y los testimonios de la Escritura apenas les sirven de algo, me parece que he hecho lo que pretendía: armar la conciencia de los fieles contra tales desvaríos, con los que los hombres inquietos se perturban a sí mismos y a los ignorantes. También fue necesario tocar esto para advertir a los que están contagiados de este error, que, pensando que no tienen ningún enemigo, se descuidan cada día más y no se preocupan de resistir.
Entretanto, no desdeñemos deleitarnos santamente en las obras de Dios que se presentan a nuestros ojos en este teatro tan excelente que es el mundo. Porque, como dijimos al principio de este libro, esta es, según el orden de la naturaleza, la primera enseñanza de nuestra fe, aunque no la principal: entender que todas las cosas que vemos en el mundo son obras de Dios, y contemplar con reverencia con qué fin las creó. Así pues, para aprender lo que necesitamos saber de Dios, conviene conocer ante todo la historia de la creación del mundo, tal como la cuenta brevemente Moisés y como después la trataron más ampliamente otros santos varones, sobre todo san Basilio y san Ambrosio. De ella aprenderemos que Dios, con el poder de su Palabra y de su Espíritu, creó de la nada el cielo y la tierra; que de allí produjo toda clase de seres animados e inanimados; que distinguió con un orden admirable esta infinita variedad de cosas, dio a cada especie su naturaleza, les asignó sus funciones y les dio sus lugares y moradas; y que, aunque todas sus criaturas están sujetas a la muerte, proveyó que cada especie se conserve en su ser hasta el día del juicio. Así, conserva a unas por medios que no alcanzamos a comprender, infundiéndoles de momento en momento nuevas fuerzas; a otras les da la capacidad de multiplicarse por generación, para que con su muerte no perezcan del todo. Así adornó el cielo y la tierra con una perfectísima abundancia, diversidad y hermosura de todas las cosas, como un palacio grande y magnífico, admirablemente provisto de todo lo necesario. Y, finalmente, al crear al hombre y dotarlo de una hermosura tan maravillosa y de tantas y tan grandes gracias, dio en él una muestra excelentísima de sus obras. Sin embargo, como mi propósito no es escribir una historia de la creación del mundo, bastará con haber vuelto a tocar de paso estas cosas. Porque es mejor, como ya he dicho, que quien quiera instruirse más en esto lea a Moisés y a los demás que han escrito con fidelidad y diligencia la historia del mundo.
No es necesario tratar aquí con muchas palabras a qué fin y a qué blanco debe apuntar la consideración de las obras de Dios, pues ya se ha explicado en gran parte en otro lugar, y todo lo que es necesario saber para el asunto que ahora tenemos entre manos puede resumirse en pocas palabras. Ciertamente, si quisiéramos explicar como es debido cuán inestimable sabiduría, poder, justicia y bondad de Dios resplandecen en la composición y el ornamento del mundo, no habría lengua humana ni elocuencia suficiente para expresar semejante excelencia. Y no hay duda de que el Señor quiere ocuparnos continuamente en esta santa meditación: que, cuando contemplamos en todas sus criaturas, como en un espejo, aquellas infinitas riquezas de su sabiduría, justicia, bondad y poder, no solo no las miremos de paso y a la ligera, para olvidarlas enseguida, sino que nos detengamos mucho en esta meditación, la pensemos de veras y muy a propósito, y la repasemos una y otra vez en la memoria. Pero como este libro está compuesto para enseñar con brevedad, no conviene entrar en materias que requieren largos discursos. Así pues, para ser breve, sepan los lectores que habrán entendido con verdadera fe qué significa que Dios es creador del cielo y de la tierra si, en primer lugar, siguen esta regla universal: no pasar por alto a la ligera, por olvido o por negligencia ingrata, las manifiestas virtudes que Dios muestra en las criaturas; y, en segundo lugar, aprender a aplicarse a sí mismos la consideración de las obras de Dios, de tal manera que su corazón quede del todo aficionado a él. Explicaré lo primero con ejemplos. Conocemos las virtudes de Dios en sus criaturas cuando consideramos cuán grande y excelente ha sido el artífice que dispuso y ordenó tan gran multitud de estrellas como hay en el cielo, con un orden y concierto tan maravillosos que no se puede imaginar nada más bello ni más hermoso. A algunas (como las estrellas del firmamento) les ha señalado lugares en que estén fijas, de modo que de ningún modo puedan moverse de su sitio; a otras (como los planetas) les ha ordenado que vayan de un lado a otro, con tal que en su recorrido no traspasen los límites que les han sido puestos; y modera de tal manera los movimientos y el curso de cada una que miden el tiempo para dividir los días, las noches, los meses, los años y sus estaciones. Y aun esta desigualdad de los días que vemos continuamente la ha puesto en tan buen orden que no hay en ella desconcierto alguno. Lo mismo sucede cuando consideramos su poder en sostener un peso tan grande, en gobernar el giro tan veloz de esta máquina de las esferas celestes, que se cumple cada veinticuatro horas, y en otras cosas semejantes. Estos pocos ejemplos declaran suficientemente qué significa conocer las virtudes de Dios en la creación del mundo. Porque si quisiéramos tratar este argumento como debería tratarse, nunca acabaríamos, como ya he dicho. Porque tantos son los milagros de su poder, tantas las muestras de su bondad y tantas las enseñanzas de su sabiduría cuantas clases de criaturas hay en el mundo; y más aún, cuantas cosas hay en número, sean grandes o pequeñas.
Queda la segunda parte, que pertenece más propiamente a la fe: entender que Dios ha ordenado todas las cosas para nuestro provecho y salvación, y contemplar también su poder y su gracia en nosotros mismos y en los beneficios que nos ha hecho, para animarnos por este camino a confiar en él, a invocarlo, alabarlo y amarlo. Y que ha creado todas las cosas por causa del hombre, el mismo Señor lo ha mostrado en el orden que siguió al crearlas, como he señalado poco antes. Porque no sin razón dividió la creación en seis días, pues no le habría sido más difícil acabarlo todo en un momento que proceder, como procedió, poco a poco. Pero quiso mostrar en ello su providencia y el cuidado de padre que tiene de nosotros, al preparar para el hombre, antes de crearlo, todo lo que veía que le sería útil y provechoso. ¡Qué ingratitud sería, pues, la nuestra si dudáramos de que este Padre tan bueno cuida de nosotros, cuando vemos que, antes de que naciéramos, ya se preocupaba solícito de proveernos lo que necesitábamos! ¡Qué impiedad sería temblar por la incredulidad que hubiera en nosotros, temiendo que en el tiempo de la necesidad nos faltara su liberalidad, que vemos que ejerció con toda abundancia aun antes de que viniéramos al mundo! Además, oímos por boca de Moisés que todas las criaturas del mundo nos están sometidas por su liberalidad (Gn 1:28; 9:2). Es cierto que no lo hizo para burlarse de nosotros con un vano título de donación que no valiera nada. Por tanto, nunca nos faltará nada de lo que conviene a nuestra salvación. Finalmente, para concluir en pocas palabras: siempre que llamamos a Dios Creador del cielo y de la tierra, debe venirnos también a la memoria que todas las cosas que creó las tiene en su mano y dispone de ellas como le place, y que nosotros somos sus hijos, a quienes ha tomado a su cargo para sustentarnos y gobernarnos; para que esperemos solo de él todo bien, y confiemos firmemente en que nunca permitirá que nos falten las cosas necesarias para nuestra salvación, de modo que nuestra esperanza no dependa de ningún otro; para que cualquier cosa que deseemos se la pidamos a él; para que reconozcamos que todo bien que tenemos nos lo ha dado él, y lo confesemos así con acción de gracias; y para que, atraídos por la gran dulzura de su bondad y liberalidad, procuremos amarlo y servirlo con todo nuestro corazón.
Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.