Institución de la religión cristiana · Juan Calvino

La manera de participar de la gracia de Jesucristo, los beneficios que de ella nos vienen y los efectos que produce

Somos regenerados por la fe. Del arrepentimiento

Aunque ya hemos mostrado en parte cómo la fe posee a Cristo y cómo por ella gozamos de sus bienes, esto quedaría todavía oscuro si no añadiéramos la explicación de los efectos y frutos que los fieles experimentan en sí mismos. No sin razón se resume todo el evangelio en el arrepentimiento y el perdón de los pecados. Por eso, si se dejan de lado estos dos puntos principales, todo lo que se pueda tratar y discutir sobre la fe será muy frío y de poca importancia, y casi inútil. Y como Cristo nos da ambas cosas, y ambas —es decir, la vida nueva y la reconciliación gratuita— las alcanzamos por la fe, el buen orden de la enseñanza pide que comencemos a decir algo de ellas en este lugar. Pasaremos, pues, de la fe al arrepentimiento, porque, bien entendido este artículo, se verá mucho mejor cómo el ser humano es justificado solo por la fe y por pura misericordia, y cómo, sin embargo, la santidad real de la vida (como dicen) no se separa de la imputación gratuita de la justicia; es decir, que concuerdan muy bien estas dos cosas: que no estemos sin buenas obras y que, con todo, seamos tenidos por justos sin buenas obras. Nadie debe dudar de que el arrepentimiento no solo sigue inmediatamente a la fe, sino que nace y procede de ella. Porque el perdón de los pecados se nos ofrece por la predicación del evangelio precisamente para que el pecador, librado de la tiranía de Satanás, del yugo del pecado y de la miserable servidumbre de los vicios, pase al reino de Dios; y ciertamente nadie puede abrazar la gracia del evangelio sin apartarse de sus malos caminos y de su mala vida para volver al camino recto y a una vida santa, y sin poner todo su cuidado y diligencia en reformarse y enmendarse. Los que piensan que el arrepentimiento precede a la fe, y que no brota ni es producido por ella como el fruto por su árbol, nunca supieron cuál es su verdadera naturaleza. Y los mueve a pensar así un argumento muy débil.

Jesucristo y, antes que él, Juan —dicen ellos— exhortaban al pueblo en sus sermones al arrepentimiento, y solo después predicaban que el reino de los cielos se acercaba (Mt 3:2; 4:17). Alegan también que esa misma comisión se dio a los apóstoles, y que ese es el orden que siguió Pablo, según lo cuenta Lucas (Hch 20:21). Pero ellos, deteniéndose supersticiosamente en el sonido de las sílabas, no consideran el sentido de las palabras ni la conexión y trabazón que hay entre ellas. Porque cuando el Señor y Juan el Bautista exhortan al pueblo diciendo: «Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado» (Mt 3:2), ¿cómo no ven que la razón para arrepentirse la toman de la misma gracia y de la promesa de salvación? Sus palabras equivalen a decir: «Puesto que el reino de los cielos se ha acercado, arrepentíos». En efecto, Mateo, después de contar que Juan predicaba así, dice que en esto se cumplió la profecía de Isaías acerca de la voz que clamaba en el desierto: «Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas» (Is 40:3). Ahora bien, en las palabras del profeta se manda que esa voz comience por la consolación y las buenas noticias. Sin embargo, cuando decimos que el arrepentimiento tiene su origen en la fe, no imaginamos un intervalo de tiempo durante el cual la fe lo engendre; lo que queremos mostrar es que nadie puede arrepentirse de veras si no sabe que pertenece a Dios. Y nadie puede persuadirse realmente de que pertenece a Dios si antes no ha conocido su gracia. Pero esto se tratará con mucha más claridad a medida que avance la materia. Es posible que los haya engañado el hecho de que muchísimos son dominados por los terrores de la conciencia, o llevados a obedecer, antes de haber conocido la gracia, e incluso antes de haberla gustado. Y ciertamente este es un temor de principiantes, que algunos cuentan entre las virtudes, porque ven que está muy cerca de la verdadera y plena obediencia y que no le falta mucho para serlo. Pero aquí no se trata de cuántas maneras tiene Cristo de atraernos a sí o de prepararnos para el ejercicio de la piedad; solo afirmo que no puede hallarse ninguna rectitud donde no reina aquel Espíritu que Cristo recibió para comunicarlo a sus miembros. Además, conforme a lo que dice el salmo: «En ti hay perdón, para que seas reverenciado» (Sal 130:4), nadie temerá jamás a Dios con reverencia sino el que confía en que Dios le es propicio y favorable; nadie se dispondrá de buena gana a guardar la ley sino el que está persuadido de que su servicio le agrada. Esta indulgencia con que Dios nos perdona y soporta nuestras faltas es una señal de su favor paternal. Lo muestra también aquella exhortación de Oseas: «Venid y volvamos a Jehová; porque él arrebató, y nos curará; hirió, y nos vendará» (Os 6:1); pues la esperanza de alcanzar perdón se añade como un aguijón, para que no se entorpezcan en sus pecados. Por lo demás, está completamente fuera de razón el desvarío de quienes, para comenzar por el arrepentimiento, prescriben a sus novicios ciertos días en los que deben ejercitarse en él, y solo pasados estos los admiten a la comunión de la gracia del evangelio. Lo digo por muchísimos anabaptistas, y sobre todo por los que se complacen sobremanera en ser tenidos por espirituales; y lo digo también por sus compañeros los jesuitas (o teatinos) y por otras sectas semejantes. Tales son, sin duda, los frutos de aquel espíritu de fanatismo que asigna unos pocos días al arrepentimiento, cuando el cristiano debe continuarlo todos los días de su vida.

Algunos hombres doctos, ya hace muchísimo tiempo, queriendo hablar del arrepentimiento con sencillez y sinceridad conforme a la regla de la Escritura, dijeron que consiste en dos partes: la mortificación y la vivificación. Explican la mortificación como un dolor y terror del corazón, nacido del conocimiento del pecado y del sentimiento del juicio de Dios. Porque cuando el ser humano llega a conocer verdaderamente su pecado, entonces comienza a aborrecerlo y detestarlo de veras; entonces se disgusta de sí mismo en su corazón, confiesa que es miserable y está perdido, y desea ser otro del que es. Además, cuando siente de algún modo el juicio de Dios (porque lo uno sigue inmediatamente a lo otro), entonces, humillado, espantado y abatido, cae por tierra, tiembla, desfallece y pierde toda esperanza. Esta es la primera parte del arrepentimiento, que comúnmente se llama contrición. La vivificación la explican como una consolación que nace de la fe: cuando el ser humano, humillado por la conciencia y el sentimiento de su pecado, y tocado por el temor de Dios, mira luego la bondad de Dios, su misericordia, su gracia y la salvación que hay en Jesucristo, se levanta, respira, cobra ánimo y vuelve como de la muerte a la vida. Y ciertamente estas dos palabras, mortificación y vivificación (con tal que se expliquen bien), expresan con bastante acierto la naturaleza del arrepentimiento. Pero cuando explican la vivificación como la alegría que el alma recibe al calmarse y sosegarse de su turbación y su miedo, no estoy de acuerdo con ellos; porque más bien significa el deseo y el afán de vivir bien y santamente, que nace de la regeneración; como si se dijera que el ser humano muere a sí mismo para comenzar a vivir para Dios.

Otros, como veían que la palabra «arrepentimiento» se toma en la Escritura en diversos sentidos, establecieron dos clases de arrepentimiento, y para distinguirlas con alguna diferencia llamaron a una legal: aquella en que el pecador, herido por el cauterio del pecado y quebrantado por el terror de la ira de Dios, queda enredado en esa turbación sin poder escapar ni desasirse de ella. A la otra la llamaron evangélica: aquella en que el pecador, muy afligido en sí mismo, se levanta sin embargo más alto, se aferra a Cristo y lo tiene por medicina de su herida, consuelo de su terror y puerto de su miseria. Caín, Saúl y Judas son ejemplos del arrepentimiento legal (Gn 4:13; 1 S 15:30; Mt 27:4). Cuando la Escritura nos cuenta su arrepentimiento, da a entender que, después de haber conocido el gran peso de su pecado, temieron la ira de Dios; pero, como no consideraban en Dios más que su venganza y su juicio, quedaron sumidos en esa consideración. Así, su arrepentimiento no fue más que una puerta del infierno, en el que, habiendo entrado ya en esta vida, comenzaron a sentir el castigo de la ira de Dios. El arrepentimiento evangélico lo vemos en todos los que, heridos en sí mismos por el aguijón del pecado, pero levantados y restaurados por la confianza en la misericordia de Dios, se convierten al Señor. Ezequías se aterró al oír el anuncio de su muerte; pero oró llorando y, poniendo los ojos en la bondad de Dios, recobró la confianza (2 R 20:2; Is 38:1). Los ninivitas se turbaron ante la terrible amenaza de que serían destruidos; pero, vistiéndose de cilicio y echándose ceniza, oraron con la esperanza de que el Señor se volviera y depusiera el furor de su ira (Jon 3:5). David confesó que había cometido un gravísimo pecado al censar al pueblo, pero añadió: «Oh Jehová, te ruego que quites el pecado de tu siervo» (2 S 24:10). Reconoció el crimen de su adulterio cuando el profeta Natán lo reprendió, y se postró ante el Señor; pero al mismo tiempo esperó el perdón (2 S 12:13, 16). Semejante fue el arrepentimiento de los que, ante la predicación de Pedro, se compungieron de corazón, pero, confiando en la misericordia y bondad de Dios, dijeron: «Varones hermanos, ¿qué haremos?» (Hch 2:37). Tal fue también el arrepentimiento del mismo Pedro, que lloró amargamente, pero no por eso dejó de esperar (Mt 26:75).

Aunque todo esto es verdad, la palabra «arrepentimiento», hasta donde puedo entender por la Escritura, debe entenderse de otra manera. Porque incluir la fe dentro del arrepentimiento contradice lo que Pablo dice en Hechos: que predicó a judíos y a gentiles «acerca del arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo» (Hch 20:21). En ese pasaje presenta el arrepentimiento y la fe como dos cosas bien distintas. ¿Qué, pues? ¿Puede acaso haber verdadero arrepentimiento sin fe? De ninguna manera. Pero aunque no puedan separarse, debemos considerarlos como dos cosas distintas. Así como la fe no puede existir sin la esperanza, y sin embargo la fe y la esperanza son cosas diferentes, del mismo modo el arrepentimiento y la fe, aunque están unidos con un lazo perpetuo, deben estar juntos y no confundidos. Ciertamente no ignoro que bajo el nombre de arrepentimiento se comprende toda la conversión a Dios, de la que la fe es una de las partes principales; pero en qué sentido se dice esto se verá con claridad cuando se explique su fuerza y su naturaleza. Los hebreos derivan la palabra que significa arrepentimiento de la que significa conversión o vuelta; los griegos, de la que significa cambio de voluntad y de propósito. Y la cosa misma responde muy bien a ambas etimologías, pues la suma del arrepentimiento es que, apartándonos de nosotros mismos, nos volvamos a Dios, y que, dejando nuestra propia y vieja voluntad, nos revistamos de otra nueva. Por eso, a mi juicio, podríamos definir, y no mal, el arrepentimiento de esta manera: es una verdadera conversión de nuestra vida a Dios, que procede de un temor de Dios sincero y verdadero, y consiste en la mortificación de nuestra carne y del viejo hombre, y en la vivificación del Espíritu. En este sentido deben entenderse todos los sermones en que los profetas, o después de ellos los apóstoles, exhortaban al arrepentimiento a los hombres de su tiempo. Porque lo único que buscaban era que, avergonzados de sus pecados y traspasados por el temor del juicio de Dios, se postraran y se humillaran ante aquel contra quien habían pecado, y volvieran con verdadero arrepentimiento al camino recto. Por eso usan indistintamente, con un mismo significado, estas expresiones: convertirse o volverse al Señor, y arrepentirse o hacer penitencia (Mt 3:2; 1 S 7:3). De ahí que la historia sagrada llame arrepentimiento a ser guiados en pos de Dios, cuando los hombres que, sin tener en cuenta a Dios, retozaban y se desbordaban en sus apetitos, comienzan a obedecer su palabra y están muy prontos y dispuestos a ir adondequiera que su Capitán les mande. Y Pablo y Juan hablan de dar frutos dignos de arrepentimiento, refiriéndose a vivir una vida que en todo lo que emprenda testifique y muestre ese arrepentimiento (Mt 3:8; Hch 26:20).

Pero antes de seguir adelante convendrá explicar con más claridad la definición que hemos dado, en la que hay tres puntos principales que notar. En primer lugar, cuando la llamamos conversión de la vida a Dios, exigimos un cambio no solo en las obras externas, sino en el alma misma, la cual, después de haberse despojado de su vejez, producirá finalmente frutos que correspondan a su renovación. Queriendo dar a entender esto, el profeta manda a quienes exhorta al arrepentimiento que se hagan un corazón nuevo (Ez 18:31). Por eso Moisés, cuando tiene que mostrar cómo los israelitas, guiados por el arrepentimiento, debían convertirse como conviene al Señor, enseña muchas veces que esto ha de hacerse de todo corazón y con toda el alma (expresión que vemos usar muchísimas veces a los profetas); y al llamarlo circuncisión del corazón, penetra hasta los afectos internos y más secretos. Sin embargo, no hay pasaje en que podamos entender mejor la verdadera naturaleza del arrepentimiento que el capítulo 4 de Jeremías, donde Dios habla así a su pueblo: «Si te volvieres, oh Israel, dice Jehová, vuélvete a mí. [...] Arad campo para vosotros, y no sembréis entre espinos. Circuncidaos a Jehová, y quitad el prepucio de vuestro corazón» (Jer 4:1, 3–4). ¿No ven cómo les dice que nada lograrán en cuanto a vivir bien si antes que todo no se arranca la impiedad de lo más íntimo del corazón? Y para conmoverlos del todo, les advierte que con quien tienen que ver es con Dios mismo, ante quien de nada sirve andar con rodeos, porque aborrece al hombre de corazón doble. Por eso Isaías se burla de los vanos esfuerzos de los hipócritas, que con gran diligencia mostraban en las ceremonias un arrepentimiento externo, pero mientras tanto no se preocupaban de «desatar las ligaduras de impiedad» con que tenían atados a los pobres (Is 58:6). En ese pasaje muestra también de manera admirable en qué obras consiste propiamente el arrepentimiento no fingido.

El segundo punto era que dijimos que procede de un verdadero temor de Dios. Porque antes de que el alma del pecador se incline al arrepentimiento, tiene que ser despertada por la consideración del juicio de Dios. Y cuando esta consideración se haya fijado bien en el corazón —que Dios, al fin de todo, se sentará en su tribunal para pedir cuentas de todo lo que hayamos dicho y hecho—, no dejará descansar al miserable ni lo dejará respirar un solo momento, sino que lo instigará y aguijoneará sin cesar a tomar otra manera de vivir, para que pueda comparecer seguro en aquel juicio de Dios. Por eso la Escritura, cuando nos exhorta al arrepentimiento, muchas veces nos trae a la memoria el juicio de Dios. Así en este pasaje de Jeremías: «no sea que mi ira salga como fuego, y se encienda y no haya quien la apague, por la maldad de vuestras obras» (Jer 4:4). También en el sermón que Pablo predicó a los atenienses: «Pero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan; por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia» (Hch 17:30–31). Y en muchísimos otros lugares. A veces declara que Dios es juez por los castigos ya sucedidos, para que los pecadores piensen que les vendrán castigos mucho mayores si no se arrepienten a tiempo. Tenemos un ejemplo de esto en el capítulo 29 de Deuteronomio. Y como nuestra conversión comienza por el horror y el odio al pecado, el apóstol dice que la tristeza que es según Dios produce el arrepentimiento (2 Co 7:10). Llama tristeza según Dios a la que tenemos cuando no solo tememos el castigo, sino que aborrecemos y detestamos el pecado mismo, porque entendemos que por él desagradamos a Dios. Y no hay por qué asombrarse: si no fuéramos fuertemente punzados, la torpeza de nuestra carne no podría corregirse; más aún, ni siquiera bastarían las punzadas para despertarla de su necedad y su pereza si Dios no fuera más allá y nos mostrara sus azotes. Además, hay una obstinación que es necesario quebrantar como a mazazos y martillazos. Así, con nuestra perversidad obligamos a Dios a usar de severidad y rigor en sus amenazas, ya que nada lograría si quisiera atraernos con dulzura y amor mientras dormimos. No citaré los testimonios que a cada paso se encuentran en la Escritura. Hay también otra razón por la que el temor de Dios es el principio del arrepentimiento. Aunque un hombre fuera tenido en todo por hombre de bien y consumado en virtudes, si todo eso no se encamina a la gloria y el servicio de Dios, bien podrá el mundo alabarlo y tenerlo en mucho, pero en el cielo no será más que pura abominación; porque lo principal de la justicia es dar a Dios la honra que se le debe, y de ella lo defraudamos impíamente cada vez que no tenemos el propósito de sujetarnos a su dominio.

Conviene ahora explicar el tercer punto: qué significa que el arrepentimiento consiste en dos partes, a saber, en la mortificación de la carne y en la vivificación del espíritu. Los profetas, aunque de un modo algo sencillo y rudo, acomodándose al ingenio y a la capacidad de un pueblo carnal, lo declaran con bastante claridad cuando dicen: «Apártate del mal, y haz el bien» (Sal 34:14). Y también: «Lavaos y limpiaos; quitad la iniquidad de vuestras obras de delante de mis ojos; dejad de hacer lo malo; aprended a hacer el bien; buscad el juicio, restituid al agraviado», etc. (Is 1:16–17). Porque cuando nos llaman a apartarnos de la maldad, exigen que muera toda nuestra carne, es decir, toda nuestra naturaleza perversa, que está llena de perversidad y maldad. Ciertamente es un mandamiento arduo y difícil que nos despojemos de nosotros mismos y cambiemos las inclinaciones naturales que tenemos. Porque no debemos pensar que la carne está del todo muerta mientras no quede deshecho y consumido todo lo que tenemos de nosotros mismos. Pero como todo el afecto y la inclinación de nuestra carne es enemistad contra Dios (Ro 8:7), el primer escalón para llegar a la obediencia de la ley de Dios es esa renuncia a nuestra naturaleza y a nuestra voluntad. Después los profetas señalan la renovación por los frutos que de ella brotan, a saber, justicia, juicio y misericordia. Porque no bastaría hacer estas obras exteriormente si el alma no se hubiera revestido antes de un corazón justo y de un afecto de juicio y misericordia. Esto sucede cuando el Espíritu Santo, habiendo bañado nuestras almas en su santidad, las adorna de tal manera con nuevos pensamientos y afectos que con toda razón pueden tenerse por nuevas. Y ciertamente, como por naturaleza estamos alejados de Dios, si no precede la renuncia a nosotros mismos jamás intentaremos ir por el camino recto. Por eso se nos manda tantas veces que nos despojemos del viejo hombre, que renunciemos al mundo y a la carne, y que, desechando nuestras concupiscencias, seamos renovados en el espíritu de nuestra mente. La misma palabra «mortificación» nos da a entender cuán difícil es olvidarnos de nuestra primera naturaleza; porque de ella deducimos que no podemos ser dispuestos para recibir el temor de Dios y aprender los primeros principios de la piedad si no es siendo muertos violentamente por la espada del Espíritu y reducidos a nada. Es como si Dios dijera que, para que seamos contados entre sus hijos, es necesario que muera toda nuestra naturaleza, todo lo que hay en nosotros de nosotros mismos.

Ambas cosas las recibimos por la comunión que tenemos con Cristo. Porque si participamos de veras de su muerte, por su poder nuestro viejo Adán es crucificado y el cuerpo del pecado muere, para que la corrupción de nuestra naturaleza nunca más tenga fuerza ni vigor (Ro 6:6). Si somos partícipes de su resurrección, por ella somos resucitados a una vida nueva, que corresponde a la justicia de Dios. En una palabra, digo que el arrepentimiento es la regeneración espiritual, cuyo único fin es que la imagen de Dios, que la transgresión de Adán había oscurecido y casi borrado en nosotros, sea restaurada y vuelva a su perfección. Así lo enseña el apóstol cuando dice: «Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor» (2 Co 3:18). Y también: «y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad» (Ef 4:23–24). Y en otro lugar: «y revestido del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno» (Col 3:10). Por tanto, por esta regeneración somos restaurados, por el beneficio de Cristo, en la justicia de Dios, de la que habíamos caído por Adán; de esta manera le place al Señor restituir por completo a todos los que adopta para gozar de la herencia de la vida eterna. Y esta restauración no se cumple en un momento, ni en un día, ni en un año; sino que Dios va deshaciendo continuamente en sus elegidos la corrupción de la carne, y poco a poco, limpios de sus suciedades, los consagra como templos en que habitar, reformando todos sus sentidos en verdadera pureza, para que se ejerciten en el arrepentimiento todo el tiempo de su vida y sepan que esta guerra no terminará hasta la muerte. Por eso es tanto mayor la desvergüenza de cierto apóstata llamado Estáfilo, que me reprocha que confundo el estado de la vida presente con el de la gloria celestial porque, siguiendo a Pablo, explico que la imagen de Dios es verdadera santidad y justicia. ¡Como si al definir una cosa no hubiera que tomarla en su misma perfección e integridad! Y cuando digo que Dios restaura en nosotros su imagen, no niego que lo haga por crecimientos continuos; lo que digo es que, a medida que cada uno avanza, se acerca más y más a la semejanza de Dios, y tanto más clara se ve en él la imagen de Dios. Para que los fieles puedan llegar a esto, Dios les señala la carrera del arrepentimiento, que deben correr toda su vida.

Así, pues, los hijos de Dios son librados por la regeneración de la servidumbre del pecado; no como si ya gozaran de plena libertad y no sintieran ninguna molestia de parte de su carne, sino de tal manera que les queda una materia y ocasión perpetua de combate en que ejercitarse. Y no solo para ejercitarse, sino también para aprender mejor a conocer su debilidad. En esto están de acuerdo todos los escritores de sano juicio: en que queda en el hombre regenerado un rescoldo o alimento del mal, del que brotan continuamente los deseos y apetitos que lo provocan e incitan a pecar. Reconocen también que los santos están todavía tan enredados en esta enfermedad de la concupiscencia que no pueden evitar ser muchísimas veces tentados y provocados a la lujuria, a la avaricia, a la ambición o a otros vicios semejantes. Y no hace falta esforzarse mucho averiguando lo que pensaron los doctores antiguos sobre esta materia, pues basta Agustín solo por todos, que recogió fielmente y con gran diligencia todo lo que los demás habían dicho sobre el tema. Quien quiera saber la opinión de los antiguos sobre esto, que lea a Agustín. Entre él y yo podrá parecer que hay esta diferencia: él reconoce que los fieles, mientras habitan en este cuerpo mortal, están tan sujetos a las concupiscencias que no pueden dejar de codiciar; y, sin embargo, no se atreve a llamar pecado a esta enfermedad, sino que, llamándola enfermedad, dice que llega a ser pecado cuando a la concepción o percepción se añade la obra o el consentimiento, es decir, cuando la voluntad cede al primer apetito. Nosotros, por el contrario, decimos que es pecado toda concupiscencia con la que el ser humano es tentado de algún modo a hacer algo contra la ley de Dios; más aún, afirmamos que es pecado la misma perversidad que engendra en nosotros tales concupiscencias. Enseñamos, pues, que en los santos, en los regenerados, el pecado habita siempre hasta que son despojados de su cuerpo mortal, porque en su carne reside aquella perversidad de la codicia, que es contraria a la rectitud. Tampoco Agustín se abstiene siempre de llamarla pecado, como cuando dice: «Pablo llama pecado a aquello de donde manan y proceden todos los pecados, que es la concupiscencia. Este pecado, en lo que toca a los santos, pierde su reino en la tierra y perece en el cielo» (Sermón 6). Con estas palabras reconoce que los fieles, en cuanto están sujetos a las concupiscencias de la carne, son culpables como pecadores.

En cuanto a lo que se dice, que Dios limpia a su iglesia de todo pecado, que por el bautismo promete la gracia de la liberación y la cumple en sus elegidos (Ef 5:26–27), lo referimos más a la imputación del pecado que a su sustancia. Es verdad que Dios hace esto al regenerar a los suyos, para que el reino del pecado sea destruido en ellos (porque los fortalece con el poder de su Espíritu, con el cual salen superiores y vencedores en la batalla); pero el pecado solo deja de reinar, no de habitar en ellos. Por eso decimos que el viejo hombre está crucificado y que la ley del pecado está deshecha en los hijos de Dios de tal manera que, sin embargo, permanecen restos del pecado; no para que reinen, sino para humillarlos con la conciencia de su debilidad (Ro 6:6). Reconocemos que esos restos no se les imputan a los fieles, como si no existieran en ellos; pero afirmamos también que es solo por la misericordia de Dios que los santos quedan libres de esta culpa, pues de otro modo serían con toda justicia pecadores y culpables delante de Dios. Y no nos será muy difícil confirmar esta doctrina, pues tenemos testimonios clarísimos de la Escritura que la prueban. ¿Qué queremos más claro que lo que Pablo dice a los Romanos (Ro 7:6)? En primer lugar, ya hemos mostrado que habla en la persona de un hombre regenerado, y Agustín prueba con razones firmísimas que es así. Paso por alto que usa las palabras «mal» y «pecado». Por más que nuestros adversarios quieran cavilar sobre estas dos palabras, ¿quién negará que la oposición a la ley de Dios es un mal, es un vicio? ¿Y quién no concederá que hay culpa donde hay alguna miseria espiritual? Pues con todos estos nombres llama Pablo a esta enfermedad. Además, tenemos una demostración y una prueba certísima tomada de la ley de Dios, con la que toda esta cuestión puede resolverse en pocas palabras. La ley nos manda amar a Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con todas nuestras fuerzas. Puesto que todas las facultades de nuestra alma deben estar así ocupadas por el amor de Dios, es certísimo que no cumplen este mandamiento quienes pueden concebir en su corazón el más mínimo deseo, o admitir en su entendimiento algún pensamiento que los desvíe del amor de Dios hacia la vanidad. ¿Acaso no son facultades del alma el ser movida por impulsos repentinos, percibir por los sentidos y concebir algo en el entendimiento? Si, pues, en tales afectos hay vanidad y vicio, ¿no es esto señal de que hay partes del alma vacías y desprovistas del amor de Dios? Por tanto, quien no reconozca que todos los apetitos de la carne son pecado, y que esta enfermedad de la codicia que hay en nosotros, llamada el rescoldo del pecado, es el manantial y la fuente del pecado, tiene que negar que la transgresión de la ley sea pecado.

Si a alguno le parece completamente fuera de razón condenar así en general todos los deseos y apetitos que los hombres tienen por naturaleza, siendo que Dios, autor de la naturaleza humana, los puso en ellos, respondo que de ninguna manera condenamos los apetitos que Dios grabó en el ser humano en su primera creación, de tal modo que no pueden quitársele sin que deje a la vez de ser humano; solo condenamos los apetitos desvergonzados y desenfrenados, contrarios a la ley y a la ordenación de Dios. Pero como, por la corrupción de nuestra naturaleza, todas las facultades del alma están tan corrompidas y dañadas que en todas nuestras obras, en todo lo que emprendemos, se ve siempre un desorden y un desconcierto perpetuos, y como los deseos que hay en nosotros no pueden separarse de ese exceso y desorden ni existir sin él, por eso decimos que son viciosos. O bien, para decirlo en menos palabras, enseñamos que todos los apetitos y deseos de los hombres son malos, y los condenamos como pecados, no en cuanto son naturales, sino en cuanto son desordenados; y son desordenados porque de una naturaleza corrompida y sucia no puede proceder nada limpio y perfecto. Y Agustín no se aparta tanto de esta doctrina como parece a primera vista. Cuando teme más de lo debido las calumnias de los pelagianos, a veces evita llamar pecado a esta concupiscencia; pero cuando escribe que la ley del pecado permanece en los santos y que solo se les quita la culpa, deja ver bastante bien que en el fondo está de acuerdo con nosotros (A Bonifacio).

Citaremos algunos otros pasajes de sus libros, en los que se verá mucho mejor cuál fue su opinión sobre esta materia. En el libro segundo contra Juliano dice: «Esta ley del pecado es perdonada por la regeneración espiritual y permanece en la carne mortal; es perdonada, porque la culpa se perdona en el sacramento con que los fieles son regenerados; permanece, porque produce los deseos contra los cuales pelean los mismos fieles» (Contra Juliano, libro II). Y también: «Así que la ley del pecado, que estaba incluso en los miembros de tan gran apóstol, es perdonada en el bautismo, no acabada». Y también, explicando por qué Ambrosio la llama iniquidad, dice que así llama a esta ley del pecado que reside en nosotros, aunque su culpa se perdona en el bautismo, porque es cosa inicua que la carne desee contra el espíritu. Y también: «El pecado está muerto en cuanto a la culpa en que nos tenía enredados; y aun muerto se rebela, hasta que sea purgado con la perfección de la sepultura». Y todavía mucho más claramente en el libro quinto (Contra Juliano, libro V): «Así como la ceguera del corazón es pecado, por el cual no creemos en Dios; es pena del pecado, con la que el corazón soberbio recibe un justo castigo; y es causa de pecado cuando se comete algo por un ciego error del corazón, del mismo modo la concupiscencia de la carne, contra la cual lucha todo espíritu bueno, es pecado en cuanto encierra una desobediencia contra lo que manda el espíritu; es pena del pecado en cuanto nos fue impuesta por la desobediencia de nuestro primer padre; y es causa de pecado, ya porque consentimos en ella, ya porque estamos contaminados por ella desde nuestro nacimiento». En este pasaje Agustín la llama pecado claramente y sin ninguna vacilación, porque, habiendo derribado el error y confirmado ya la verdad, no temía tanto las calumnias de los pelagianos. Así también en la homilía 41 sobre Juan, donde dice sin rodeos lo que piensa: «Si en cuanto a la carne sirves a la ley del pecado, haz lo que dice el mismo apóstol: “No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que lo obedezcáis en sus concupiscencias” (Ro 6:12). No dice que no exista, sino que no reine. Mientras vivas, necesariamente habrá pecado en tus miembros; pero al menos quítesele el reino, que no se haga lo que manda». Los que sostienen que la concupiscencia no es pecado suelen alegar lo que dice Santiago: «Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado» (Stg 1:15). Pero esta objeción se resuelve fácilmente: si no entendemos este pasaje solo de las malas obras, o de los pecados que llaman actuales, ni siquiera la mala voluntad se contaría como pecado. Y del hecho de que Santiago llame a los pecados graves y horrendos hijos de la concupiscencia, y les dé el nombre de pecado, no se sigue que la codicia no sea algo malo y condenado delante de Dios.

Algunos anabaptistas imaginan, en lugar de la regeneración espiritual, no sé qué desenfreno fantástico: que los hijos de Dios ya han sido restituidos al estado de inocencia, que ya no hace falta preocuparse de refrenar los apetitos de la carne, sino que deben seguir al Espíritu como guía, bajo cuya dirección nadie puede errar jamás. Sería increíble que la mente humana pudiera caer en tan gran desvarío si ellos no hubieran pregonado públicamente y con gran arrogancia esta doctrina suya. Ciertamente es algo monstruoso; pero es justo que la osadía de los que se atreven a convertir la verdad de Dios en mentira sea castigada de esta manera. ¿Cómo? ¿Así se suprimirá toda diferencia entre lo honesto y lo deshonesto, entre lo justo y lo injusto, entre lo bueno y lo malo, entre la virtud y el vicio? Esa diferencia —responden— viene de la maldición del viejo Adán, de la que Cristo nos ha librado. Entonces ya no habrá diferencia alguna entre la fornicación y la castidad, entre la sencillez y la astucia, entre la verdad y la mentira, entre la equidad y el robo. Dejad —dicen— todo vano temor: el Espíritu no os mandará hacer nada malo, con tal que os dejéis guiar por él con seguridad y sin temor alguno. ¿Quién no se asombrará al oír locuras tan monstruosas? Y sin embargo, esta es una filosofía común entre los que, cegados por la locura de sus apetitos, han perdido todo entendimiento y juicio. Pero, os pregunto, ¿qué Cristo nos fabrican? ¿Y qué Espíritu es ese del que hablan? Porque nosotros no conocemos más que un Cristo y no confesamos más que un Espíritu suyo, el que prometieron los profetas y el que el evangelio atestigua que fue manifestado, y de él no hemos oído nada semejante. Ese Espíritu no es patrono ni defensor del homicidio, ni de la fornicación, ni de la embriaguez, ni de la soberbia, ni de las contiendas, ni de la avaricia, ni de engaño alguno, sino autor del amor, la honestidad, la sobriedad, la modestia, la paz, la moderación y la verdad. Este Espíritu no es lunático ni frenético, que sin ninguna consideración se arroje a tontas y a ciegas por un despeñadero, sino que está lleno de sabiduría y conocimiento para discernir entre lo bueno y lo malo. No incita al ser humano a tomarse ninguna libertad disoluta ni desenfrenada, sino que, así como distingue entre lo lícito y lo ilícito, enseña también la discreción para seguir lo uno y huir de lo otro. Pero ¿para qué me tomo tanto trabajo en refutar esta locura bestial? Para los cristianos, el Espíritu del Señor no es una loca fantasía que ellos hayan imaginado soñando, o que hayan creído porque otros la inventaron, sino que lo conocen con gran reverencia tal como la Escritura lo pinta y lo muestra. En ella se dicen de él estas dos cosas: primero, que se nos da para santificación, para que, limpiándonos de nuestras suciedades e inmundicias, nos guíe a la obediencia de la justicia divina; y esa obediencia es imposible si no son domadas y sujetadas las concupiscencias, a las que estos quieren dar rienda suelta. Lo segundo es que somos limpiados por su santificación de tal manera que, sin embargo, hay en nosotros muchos vicios y miserias todo el tiempo que estamos encarcelados en este cuerpo mortal. De ahí que, estando tan lejos de la perfección, siempre necesitamos seguir avanzando; y como estamos enredados en vicios, nos es necesario luchar continuamente contra ellos. De ahí se sigue también que, desechando la pereza y la seguridad, debemos velar con gran cuidado y diligencia para que las trampas y astucias de la carne no nos sorprendan y caigan sobre nosotros. A menos que pensemos que hemos avanzado mucho más que el apóstol, que era abofeteado por un mensajero de Satanás para que el poder se perfeccionara en la debilidad (2 Co 12:7, 9), y que no fingía al describir la batalla entre el Espíritu y la carne que sentía en su propia persona (Ro 7:6).

Cuando el apóstol, al explicar qué es el arrepentimiento, enumera siete cosas que son sus causas, o sus efectos, o sus partes, no lo hace sin muy justa razón. Son estas: diligencia o solicitud, disculpa, indignación, temor, deseo, celo y vindicación (2 Co 7:11). No me atrevo a determinar si son causas del arrepentimiento o efectos suyos, porque lo uno y lo otro tiene mucha apariencia de verdad. Pueden llamarse también afectos unidos al arrepentimiento; pero como, dejando de lado estas cuestiones, se puede entender lo que Pablo quiere decir, nos contentaremos con una exposición sencilla. Dice, pues, que de la tristeza que es según Dios nace la solicitud. Porque quien siente de verdad pesar por haber ofendido a Dios es movido al mismo tiempo a ser diligente y estar atento, para librarse por completo de los lazos del diablo, guardarse mejor de sus astucias y asechanzas, y así no apartarse del gobierno del Espíritu Santo ni dejarse vencer por la falsa seguridad. La segunda es la disculpa, que aquí no significa la defensa con que el pecador, para escapar del juicio de Dios, niega que ha pecado o, si lo confiesa, disminuye su culpa, sino una manera de justificarse que consiste más en pedir perdón que en defender el derecho de su causa. Como un hijo que no es incorregible reconoce y confiesa sus faltas ante su padre, y aun así se somete a pedir perdón; y para alcanzarlo protesta de todas las maneras posibles que no honró a su padre con la reverencia debida; en fin, se disculpa de tal modo que no se muestra justo e inocente, sino que solo busca obtener el perdón. Sigue la indignación, por la cual el pecador brama por dentro, riñe consigo mismo y se enoja consigo mismo al reconocer su perversidad y su ingratitud para con Dios. Por temor, el apóstol entiende el temblor que sacude nuestras almas cada vez que consideramos lo que hemos merecido y cuán terrible es la severidad de la ira de Dios contra los pecadores. Porque entonces es inevitable que seamos atormentados por una gran inquietud, que en parte nos enseña humildad y en parte nos hace más precavidos para el futuro. Y si del temor nace la solicitud de la que ya había hablado, vemos la trabazón y el encadenamiento que hay entre todas estas cosas. Me parece que por deseo el apóstol quiso decir un cuidado diligente en cumplir nuestro deber y una alegría en obedecer, a lo cual debe movernos sobre todo el conocimiento de nuestras faltas. A esto mismo apunta el celo, del que habla enseguida, pues significa el ardor y el fuego que nos abrasan en cuanto nos pican aguijones como estos: «¿Qué he hecho? ¿Adónde me habría precipitado si la misericordia de Dios no me hubiera socorrido?». La última es la vindicación, porque cuanto más severos seamos con nosotros mismos y más rigurosamente examinemos nuestros pecados, tanto más debemos esperar que Dios nos será propicio y misericordioso. Y ciertamente no puede ser que el alma tocada por el horror del juicio de Dios no procure castigarse y tomar venganza de sí misma. Los fieles saben muy bien por experiencia lo que son la vergüenza, la confusión, el gemido, el disgusto de sí mismos y los demás afectos que nacen de reconocer de veras nuestras faltas. Pero recordemos que hay que guardar medida, para que la tristeza no nos consuma, porque nada amenaza tanto a las conciencias temerosas como caer en la desesperación. Y Satanás, usando este mismo artificio, hunde más y más en ese profundo mar de tristeza a todos los que ve abatidos por el temor de Dios, para que nunca puedan levantarse de allí. El temor que termina en humildad y no pierde la esperanza de alcanzar perdón no puede ser excesivo. Sin embargo, conforme al aviso del apóstol, guárdese el pecador de que, mientras se esfuerza en disgustarse de sí mismo y aborrecerse, no desfallezca oprimido por un temor excesivo y se venga abajo del todo; porque así se alejaría de Dios, que nos llama a sí por el arrepentimiento. Muy provechoso es el consejo que da Bernardo sobre esto: «Necesario es el dolor por los pecados —dice—, con tal que no sea perpetuo. Os aconsejo que a veces volváis la espalda al recuerdo penoso y angustioso de vuestros caminos y salgáis a la llanura del recuerdo sereno de los beneficios de Dios. Mezclemos miel con hiel, para que la saludable amargura nos dé la salud cuando la bebamos templada con dulzura; y si sentís de vosotros con humildad, sentid también del Señor conforme a su bondad» (Sermones sobre el Cantar de los Cantares, 11).

Ahora podemos entender cuáles son los frutos del arrepentimiento: las obras de piedad o de religión para con Dios, las de caridad para con los hombres y, en suma, una santidad y pureza de vida constantes. En fin, cuanto más cuidado pone cada uno en conformar su vida a la regla de la ley, tanto más ciertas señales de arrepentimiento muestra. Por eso el Espíritu Santo, cuando quiere exhortarnos al arrepentimiento, unas veces nos pone delante todos los mandamientos de la ley, y otras lo que se nos manda en la segunda tabla; aunque en otros lugares, después de haber condenado la impureza que hay en la fuente del corazón, desciende enseguida a los testimonios externos que muestran un arrepentimiento verdadero. De esto ofreceré pronto a los lectores un cuadro, una imagen viva, cuando trate de cómo debe ser la vida del cristiano. No quiero amontonar aquí los testimonios de los profetas en que se burlan de las niñerías de quienes se esfuerzan por aplacar a Dios con ceremonias, diciendo que no son más que juegos de niños, y enseñan también que toda la integridad externa de nuestra vida no es lo principal que se requiere en el arrepentimiento, porque Dios tiene los ojos puestos en el corazón. Cualquiera que esté medianamente versado en la Escritura entenderá por sí mismo, sin ayuda de nadie, que cuando tenemos que tratar con Dios no haremos nada si no comenzamos por el afecto interno del corazón. El pasaje de Joel serviría muchísimo para entender otros: «Rasgad vuestro corazón, y no vuestros vestidos» (Jl 2:13). Lo uno y lo otro está dicho con toda claridad en estas palabras de Santiago: «Pecadores, limpiad las manos; y vosotros los de doble ánimo, purificad vuestros corazones» (Stg 4:8). Es verdad que en estas palabras se pone primero lo accesorio; pero luego se muestra el principio y el manantial: que hay que limpiar las suciedades ocultas para que en el corazón mismo se edifique un altar en el que se ofrezcan sacrificios a Dios. Hay también algunos ejercicios externos que usamos en privado como remedios, para humillarnos o para domar nuestra carne, y en público para testificar nuestro arrepentimiento. Todos ellos proceden de aquella vindicación de la que habla Pablo (2 Co 7:11). Porque son cosas propias de un corazón afligido gemir, llorar, no tenerse en nada, huir de toda pompa y ostentación, privarse de todo pasatiempo y deleite. Asimismo, quien siente cuán gran mal es la rebelión de la carne procura todos los remedios posibles para domarla. Y quien considera bien cuán grave pecado es haber quebrantado la justicia de Dios no puede quedarse tranquilo hasta haber dado gloria a Dios con su humildad. Los escritores antiguos mencionan muchas veces esta clase de ejercicios cuando hablan de los frutos del arrepentimiento. Es verdad que no ponen en ellos lo principal del arrepentimiento; pero los lectores me perdonarán si digo lo que pienso: a mi parecer, insistieron en ellos mucho más de lo que convenía. Y si alguien quiere considerarlo con prudencia, espero que estará de acuerdo conmigo en que fallaron de dos maneras. La primera es que, al insistir tanto en ensalzar con alabanzas excesivas esta disciplina corporal, lograban que el pueblo la admirara y la tuviera en gran devoción; pero mientras tanto oscurecían en cierto modo lo que debe tenerse en mucha mayor estima. El segundo defecto es que fueron algo más rigurosos y excesivos en sus correcciones de lo que la mansedumbre eclesiástica puede sufrir y soportar, como trataremos después en su lugar.

Pero como algunos, al oír que en muchos lugares de la Escritura en general, y sobre todo en Joel, se menciona un arrepentimiento hecho con lágrimas, ayuno, vistiéndose de cilicio y echándose ceniza sobre la cabeza (Jl 2:12), juzgan por eso que las lágrimas y los ayunos son la parte principal del arrepentimiento, será bueno mostrarles su error. Lo que en ese pasaje de Joel se dice de convertir todo el corazón a Dios, de rasgar no los vestidos sino el corazón, es lo que propiamente pertenece al arrepentimiento; pero las lágrimas y los ayunos no se mencionan como efectos perpetuos o necesarios de él, sino como circunstancias particulares que sirven y tienen su lugar a su debido tiempo. Como el profeta había anunciado el terrible castigo que iba a venir sobre los judíos, les aconseja que se adelanten a la ira de Dios, no solo cambiando de vida, sino dando además claras muestras de su dolor. Porque así como un reo, para alcanzar la misericordia del juez, suele dejarse crecer la barba, no se peina, se viste de luto y con esto se humilla, del mismo modo convenía que el pueblo de Israel, acusado ante el tribunal de Dios, testificara con señales exteriores que no pedía otra cosa que alcanzar perdón de la clemencia divina. Y aunque quizá la costumbre de vestirse de cilicio y echarse ceniza sobre la cabeza era más propia de aquellos tiempos, se ve claramente que el uso de las lágrimas y de los ayunos es también necesario en nuestros días cada vez que el Señor parece amenazarnos con algún gran castigo o calamidad. Porque cuando muestra el peligro, anuncia que se prepara y en cierto modo se arma para ejecutar algún gran castigo. Con mucha razón, pues, habla el profeta cuando exhorta a los suyos a que giman y ayunen, es decir, a que se entristezcan por los pecados que habían cometido, contra los cuales había profetizado que estaba preparado el castigo certísimo de Dios. Del mismo modo, no harían mal hoy los ministros del evangelio si, cada vez que ven acercarse alguna gran calamidad, sea guerra, hambre o peste, exhortaran a gritos al pueblo a orar al Señor con lágrimas y ayunos; con tal que siempre insistieran con mucho mayor cuidado y diligencia en lo principal, a saber, que deben rasgar los corazones y no los vestidos. No hay duda de que el ayuno no siempre va unido al arrepentimiento, sino que está destinado particularmente para los tiempos de gran adversidad. Por eso Jesucristo lo asocia con el luto y la tristeza cuando dispensa a sus apóstoles de la necesidad de ayunar hasta que, privados de su compañía, se consumieran de tristeza (Mt 9:15). Hablo del ayuno solemne y público. Porque la vida de los que temen a Dios debe estar regida por la frugalidad y la sobriedad, de tal manera que en todo su curso muestre una especie de ayuno perpetuo. Pero como toda esta materia ha de tratarse de nuevo cuando hablemos de la disciplina eclesiástica, por ahora la apunto en pocas palabras.

Con todo, añadiré todavía esto: cuando la palabra «arrepentimiento» se aplica a aquella profesión externa que hacen los pecadores para dar señales de cambiar de vida para bien, se aparta impropiamente de su significado propio y natural, el que he expuesto. Porque tal declaración no es tanto una conversión a Dios como una confesión de la propia culpa para alcanzar el perdón de la culpa y de la pena. Así, arrepentirse en cilicio y ceniza (Mt 11:21; Lc 10:13) no significa otra cosa que manifestar pesar cuando Dios se aíra contra nosotros por las graves ofensas con que lo hemos ofendido. Y ciertamente es una especie de confesión pública con la que, condenándonos a nosotros mismos delante de los ángeles y de todo el mundo, nos adelantamos al juicio de Dios. Porque Pablo, reprendiendo la pereza de los que se entretienen en sus pecados, dice: «Si, pues, nos examinásemos a nosotros mismos, no seríamos juzgados» (1 Co 11:31). Pero no siempre es necesario declararlo públicamente a los hombres y hacerlos testigos de nuestro arrepentimiento. En cambio, confesarse en secreto con Dios es ciertamente parte del verdadero arrepentimiento, y de ningún modo debe omitirse. Porque nada hay menos razonable que pretender que Dios perdone los pecados en que todavía nos deleitamos, y que cubrimos con hipocresía para que él no los saque a la luz. Y no solo hay que confesar los pecados que cometemos cada día, sino que las faltas más graves deben hacernos mirar más atrás y traer a la memoria los pecados que parecían sepultados desde hace mucho tiempo. David nos enseña con su propio ejemplo a hacerlo así (Sal 51:5). Avergonzado del horrible crimen que poco antes había cometido con Betsabé, se examina desde el tiempo en que estuvo en el vientre de su madre y confiesa que ya desde entonces estaba corrompido e infectado; y no para disminuir su culpa, como hacen muchos que confiesan que son pecadores como todos los demás y así, enredando consigo a todos los demás hombres, pretenden escapar sin castigo. David procede de manera muy distinta: agrava abiertamente su culpa, porque, infectado desde su misma niñez, no había dejado de añadir pecados a pecados. Y en otro lugar examina también cuál había sido su vida pasada, para alcanzar así de Dios el perdón de los pecados que había cometido en su juventud (Sal 25:7). Y ciertamente solo entonces, y no antes, sentiremos que de veras nos hemos levantado del sueño de nuestra hipocresía: cuando, gimiendo bajo la gran carga de nuestros pecados y llorándolos, pidamos alivio a Dios. Debemos notar también que el arrepentimiento en el que se nos manda perseverar continuamente es distinto del que levanta como de la muerte a los que habían pecado enormemente, o a los que sin ninguna vergüenza habían soltado las riendas a los vicios, o a los que, con una especie de motín y rebelión, habían sacudido el yugo de la obediencia a Dios. Porque muchas veces la Escritura, al exhortarnos al arrepentimiento, habla de él como de un paso de la muerte a la vida y como de una resurrección; y cuando cuenta que el pueblo se arrepintió, quiere decir que se convirtió de su idolatría y de otros pecados enormes semejantes. Por eso Pablo anuncia luto y tristeza por los pecadores que no se han arrepentido de sus disoluciones, fornicaciones e inmundicias (2 Co 12:21). Debemos considerar bien esta diferencia, para que, cuando oigamos que algunos pocos son exhortados a arrepentirse, no nos durmamos a pierna suelta, como suele decirse, pensando que ya no tenemos nada que ver con la mortificación de nuestra carne; porque los malos deseos que continuamente nos incitan al mal y los vicios que bullen sin cesar en nosotros no nos dejan descansar ni nos permiten dejar de procurar la enmienda. Así, el arrepentimiento particular, que solo se requiere de aquellos a quienes el diablo, apartándolos del temor de Dios, arrojó en sus lazos y redes de muerte, no suprime el arrepentimiento ordinario, al que la corrupción de nuestra naturaleza debe movernos todo el tiempo de nuestra vida.

Y si es verdad, como se ve claramente, que toda la suma del evangelio consiste en estos dos puntos, el arrepentimiento y el perdón de los pecados, ¿cómo no vemos que el Señor justifica gratuitamente a los suyos precisamente para, al mismo tiempo, restaurarlos en la verdadera justicia santificándolos? Juan, que fue el mensajero enviado a preparar el camino de Cristo, predicaba: «Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado» (Mt 11:10; 3:2). Al exhortar a los hombres al arrepentimiento, les aconsejaba que se reconocieran pecadores y confesaran que ellos y todo lo que había en ellos merecía condenación delante del Señor, para que desearan de todo corazón la mortificación de su carne y una nueva regeneración en el espíritu. Al anunciar el reino de Dios, los llama a la fe. Porque por el reino de Dios, que predicaba muy cercano, se refería al perdón de los pecados, la salvación, la vida y, en fin, todo lo que alcanzamos por Cristo. Por eso los otros evangelistas dicen que Juan vino predicando el bautismo de arrepentimiento para perdón de pecados (Mr 1:4; Lc 3:3). ¿Qué otra cosa significa esto, sino que enseñó a los hombres que, sintiéndose cansados y agobiados por el peso de sus pecados, se convirtieran al Señor y concibieran una buena esperanza de perdón y salvación? Del mismo modo comenzó Jesucristo su predicación: «El reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio» (Mr 1:15). En estas palabras declara primero que los tesoros de la misericordia de Dios están abiertos en él; luego exige el arrepentimiento; y finalmente pide confianza en las promesas de Dios. Así, cuando en otro lugar Cristo quiso resumir en pocas palabras toda la suma del evangelio, dijo que era necesario que él padeciera y resucitara de los muertos, y que se predicara en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados (Lc 24:26, 46–47). Lo mismo predicaron los apóstoles después de su resurrección: dicen que Dios resucitó a Jesucristo para dar a Israel arrepentimiento y perdón de pecados (Hch 5:31). Se predica el arrepentimiento en el nombre de Cristo cuando los hombres oyen, por la doctrina del evangelio, que todos sus pensamientos, sus afectos y sus deseos están corrompidos y viciados, y que por eso es necesario que vuelvan a nacer si quieren entrar en el reino de Dios. Se predica el perdón de los pecados cuando se enseña a los hombres que Cristo ha sido hecho para ellos redención, justicia, salvación y vida (1 Co 1:30), y que en su nombre son tenidos gratuitamente por justos e inocentes a los ojos de Dios. Y aunque ambas gracias se reciben por la fe (como ya hemos mostrado), como el objeto propio de la fe es la bondad de Dios por la cual se perdonan los pecados, fue necesario establecer la distinción que hemos hecho entre la fe y el arrepentimiento.

Y así como el odio al pecado, que es el principio del arrepentimiento, nos abre la primera puerta para conocer a Cristo, que no se manifiesta a otros sino a los pecadores miserables y afligidos que gimen, trabajan, están cargados, padecen hambre y sed y se consumen de dolor y miseria (Is 61:1; Mt 11:28), del mismo modo, después de haber comenzado a andar el camino del arrepentimiento, debemos proseguirlo todos los días de nuestra vida y no abandonarlo jamás hasta la muerte, si queremos permanecer en Cristo. Porque él vino a llamar a los pecadores, pero al arrepentimiento (Mt 9:13). Fue enviado para bendecir a los indignos, pero para que cada uno se convierta de su maldad (Hch 3:26). La Escritura está llena de palabras semejantes. Por eso, cuando Dios ofrece el perdón de los pecados, suele pedirnos al mismo tiempo arrepentimiento, dando a entender que su misericordia debe ser para los hombres un motivo para cambiar de vida. «Guardad derecho, y haced justicia; porque cercana está mi salvación», dice (Is 56:1). Y también: «Y vendrá el Redentor a Sion, y a los que se volvieren de la iniquidad en Jacob» (Is 59:20). Y también: «Buscad a Jehová mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cercano. Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia» (Is 55:6–7). Y también: «Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados» (Hch 3:19). Sin embargo, hay que notar aquí que esta condición no se pone como si la enmienda de nuestra vida fuera el fundamento que nos hace alcanzar el perdón de nuestras transgresiones; al contrario, como el Señor quiere tener misericordia de los hombres con el fin de que se enmienden, les muestra hacia dónde deben dirigirse si quieren alcanzar gracia y perdón. Por tanto, mientras habitemos en la cárcel de nuestro cuerpo, debemos luchar continuamente contra los vicios de nuestra naturaleza corrompida, y aun contra todo lo que hay de natural en nosotros. Platón dice algunas veces que la vida del filósofo es una meditación de la muerte (En muchos lugares, sobre todo en el Fedón). Con mucha más verdad podríamos decir nosotros que la vida del cristiano es un constante esfuerzo y ejercicio en mortificar la carne hasta que, muerta del todo, reine en nosotros el Espíritu de Dios. Por eso pienso que ha avanzado muchísimo quien ha aprendido a estar descontento de sí mismo; no para quedarse plantado en ese lodo sin pasar adelante, sino para apresurarse más y suspirar más por Dios, a fin de que, injertado en la muerte y la vida de Jesucristo, se ejercite en un arrepentimiento continuo; como ciertamente no pueden hacer otra cosa los que han concebido un odio perfecto contra el pecado. Porque nadie aborrece jamás el pecado sin haber tomado antes amor a la justicia. Esta opinión, además de ser la más sencilla de todas, me ha parecido también muy conforme a la verdad de la Escritura.

Que el arrepentimiento es un don singular de Dios me parece tan evidente por lo que hemos tratado que no hace falta un largo razonamiento para probarlo. Por eso la iglesia del tiempo de los apóstoles glorifica a Dios, maravillada de que «también a los gentiles ha dado Dios arrepentimiento para vida» (Hch 11:18). Y Pablo, al exhortar a Timoteo a ser paciente y amable con los incrédulos, añade: «por si quizá Dios les conceda que se arrepientan para conocer la verdad, y escapen del lazo del diablo, en que están cautivos» (2 Ti 2:25–26). Es verdad que el Señor declara en muchísimos lugares que quiere que todos se conviertan, y exhorta a todos en general a enmendarse; pero la eficacia depende del Espíritu de regeneración. Porque es mucho más fácil crearnos como hombres que ser renovados, por nuestra propia habilidad y fuerza, en una naturaleza mucho más excelente. Por eso, no sin razón, en todo el curso de nuestra regeneración se nos llama hechura y obra de las manos de Dios, «creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas» (Ef 2:10). A todos los que el Señor quiere librar de la muerte, los vivifica con el Espíritu de regeneración; no porque el arrepentimiento sea propiamente causa de la salvación, sino porque, como ya hemos visto, es inseparable de la fe y de la misericordia de Dios; pues, según el testimonio de Isaías, el Redentor ha venido a Sion y a los de la casa de Jacob que se han apartado de su maldad (Is 59:20). Sea como sea, esto es cierto: dondequiera que hay temor de Dios, el Espíritu está obrando para dar salvación a la persona en quien tiene dominio. Por eso los fieles, cuando por medio de Isaías se quejan y lamentan de que Dios los ha abandonado, ponen como señal de su reprobación que Dios ha endurecido sus corazones (Is 63:17). Y el apóstol, queriendo excluir a los apóstatas de la esperanza de salvación, da esta razón: que es imposible que sean renovados para arrepentimiento (Heb 6:6). La causa es que Dios, al renovar a los que no quiere que perezcan, les da una señal de su amor y favor paternal, y en cierto modo los atrae a sí con los rayos de su rostro sereno y alegre; en cambio, lanza sus rayos contra los réprobos endureciéndolos, y su impiedad no tiene perdón. El apóstol anuncia este tipo de castigo a los apóstatas voluntarios, que, apartándose de la fe del evangelio, se burlan de Dios, desechan su gracia con gran afrenta, profanan y pisotean la sangre de Cristo y, más aún, en cuanto está en ellos, vuelven a crucificar a Jesucristo (Heb 10:29). Porque el apóstol no lleva aquí a la desesperación ni quita la esperanza de perdón (como lo entienden algunos demasiado severos) a todos los que han pecado voluntariamente y a sabiendas, sino que enseña que la apostasía es un crimen imperdonable y sin excusa alguna, de modo que no debemos asombrarnos de que Dios la castigue con tanto rigor que jamás la perdone. Porque dice que «es imposible que los que una vez fueron iluminados y gustaron del don celestial, y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, y asimismo gustaron de la buena palabra de Dios y los poderes del siglo venidero, y recayeron, sean otra vez renovados para arrepentimiento, crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y exponiéndole a vituperio» (Heb 6:4–6). Y el mismo en otro lugar: «Porque si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados, sino una horrenda expectación de juicio», etc. (Heb 10:26–27). Estos son los pasajes que, mal entendidos, sirvieron a los novacianos para perturbar a la iglesia en tiempos pasados. Y como a primera vista parecen duros, algunos hombres piadosos tuvieron esta Epístola a los Hebreos por espuria, aunque en verdad, por dondequiera que se la mire, respira un espíritu apostólico. Pero como solo disputamos con quienes la admiten, es fácil mostrar cuán poco sirven estos pasajes para confirmar su error. En primer lugar, es necesario que el apóstol concuerde con su Maestro, que afirma que todo pecado y toda blasfemia serán perdonados, excepto el pecado contra el Espíritu Santo, que no se perdona ni en este siglo ni en el venidero (Mt 12:31–32; Lc 12:10). Es certísimo que el apóstol se contentó con esta excepción, a menos que queramos hacerlo adversario y enemigo de la gracia de Jesucristo. De esto se sigue que lo que el apóstol dice que no alcanzará perdón no se refiere a tal o cual pecado en particular, sino solo a un pecado que procede de un furor desesperado, que no puede decirse cometido por debilidad y que muestra claramente que quien lo cometió estaba poseído por el demonio.

Pero para explicar esto mejor es necesario averiguar cuál es esa abominación tan horrenda que no alcanzará ningún perdón. La definición que Agustín da en cierto lugar de este pecado —que es una obstinación hasta la muerte acompañada de la desconfianza de alcanzar perdón— no concuerda bien con las palabras de nuestro Redentor, de que no será perdonado en este siglo. Porque o esto se dice en vano, o ese pecado puede cometerse en esta vida. Si la definición de Agustín fuera verdadera, no se cometería sino cuando se persevera en él hasta la muerte. En cuanto a lo que otros dicen, que pecan contra el Espíritu Santo los que envidian las gracias concedidas a sus hermanos, no veo en qué se fundan. Pero demos la verdadera definición, que, una vez confirmada con testimonios firmísimos, desbaratará fácilmente por sí misma todas las demás. Digo, pues, que pecan contra el Espíritu Santo los que, tocados de tal manera por la luz de la verdad divina que no pueden alegar ignorancia, sin embargo la resisten con malicia deliberada, y esto no por otra cosa que por resistir. Porque Cristo, para explicar lo que había dicho antes, añade enseguida: «A cualquiera que dijere alguna palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonado; pero al que hable contra el Espíritu Santo, no le será perdonado» (Mt 12:31–32). Y Mateo, en lugar de blasfemia contra el Espíritu, dice espíritu de blasfemia. ¿Cómo puede alguien injuriar al Hijo de Dios sin que la injuria recaiga al mismo tiempo sobre el Espíritu Santo (Mr 3:29; Lc 12:10)? Esto sucede cuando los hombres, por imprudencia, pecan contra la verdad de Dios que no han conocido, y por ignorancia hablan mal de Cristo; pero tienen, entretanto, un ánimo tal que de ninguna manera querrían apagar la luz de la verdad si les fuera revelada, ni querrían ofender con la menor palabra a aquel que hubieran reconocido como el Cristo del Señor, el Redentor. Estos pecan contra el Padre y contra el Hijo. Hay muchísimos así hoy en día, que detestan profundamente la doctrina del evangelio, y que, si la reconocieran como doctrina del evangelio, la tendrían en gran veneración y la adorarían de todo corazón. Pero los que están convencidos en su conciencia de que la doctrina que persiguen es de Dios, y sin embargo no dejan de perseguirla, esos son los que pecan y blasfeman contra el Espíritu Santo, pues luchan contra la luz que el poder del Espíritu Santo les presentaba. Así eran algunos de los judíos que, no pudiendo resistir al Espíritu Santo que hablaba por boca de Esteban, ponían sin embargo todas sus fuerzas en resistirle (Hch 6:10). No hay duda de que muchos de ellos fueron llevados a hacerlo por el celo que tenían por la ley; pero se ve claramente que hubo otros que, con malicia e impiedad, se enfurecían contra Dios mismo, es decir, contra la doctrina que no ignoraban que procedía de Dios. Así eran los fariseos, de quienes dice Cristo que, para desacreditar el poder del Espíritu Santo, lo difamaban como si obrara en nombre de Beelzebú (Mt 12:24). Este es, pues, el espíritu de blasfemia: cuando la osadía llega a tanto que, a sabiendas y adrede, procura destruir la gloria de Dios. Esto da a entender Pablo cuando dice que alcanzó misericordia porque había cometido por ignorancia, en incredulidad, aquellas cosas por las que era indigno de comparecer ante el Señor (1 Ti 1:13). Si la ignorancia unida a la incredulidad hizo que alcanzara perdón, se sigue que no hay lugar ni esperanza de perdón cuando la incredulidad procede del conocimiento y de la pura malicia.

Que el apóstol no habla de tal o cual pecado particular, sino de la apostasía general con que los réprobos se privan de la salvación, es muy fácil de entender si lo consideramos bien. Y no debemos asombrarnos de que Dios se muestre inexorable y de que así lo experimenten aquellos de quienes Juan, en su epístola canónica, afirma que no eran del número de los elegidos, puesto que se apartaron de ellos (1 Jn 2:19). El apóstol dirige su razonamiento contra quienes pensaban que podían volver a la religión cristiana aun después de haber renegado de ella una vez. Queriendo sacarlos de una opinión tan falsa y perniciosa, les dice algo muy cierto: que los que una vez han renegado de Jesucristo y se han apartado de su comunión, y esto a sabiendas y adrede, jamás podrán tener parte con él. Y reniegan de él no los que simplemente quebrantan la palabra de Dios viviendo disolutamente, sino los que de propósito deliberado rechazan por completo toda la doctrina de Cristo. Se engañan, pues, los novacianos y sus seguidores con estas dos palabras, «caer» y «pecar». Porque entienden que cae el que, enseñado por la ley de Dios que no debe robar ni fornicar, no deja sin embargo de robar ni de fornicar. Yo digo, en cambio, que aquí hay que entender una oposición que comprende todo lo contrario de las cosas que antes se habían nombrado; de modo que aquí no se trata de algún vicio particular, sino de un apartamiento general de Dios y de una apostasía total. Así, cuando el apóstol habla de los que han caído después de haber sido iluminados una vez, de haber gustado el don celestial, de haber sido hechos partícipes del Espíritu Santo y de haber gustado también la palabra de Dios y los poderes del siglo venidero (Heb 6:4–5), hay que entender que, con malicia y deliberadamente, han apagado la luz del Espíritu Santo, han despreciado el gusto del don celestial, se han apartado de la santificación del Espíritu y han pisoteado la palabra de Dios y los poderes del siglo venidero. Y para dejar más claro que habla de una impiedad maliciosa y deliberada, en otro lugar pone expresamente la palabra «voluntariamente». Porque dice que no queda ningún sacrificio para los que, después de haber conocido la verdad, han pecado voluntariamente (Heb 10:26). No niega que Cristo sea un sacrificio perpetuo para borrar las iniquidades de los santos (lo que atestigua claramente en casi toda la epístola al tratar del sacrificio de Jesucristo), sino que dice que no queda ningún otro sacrificio cuando se rechaza este. Y se rechaza cuando se niega deliberadamente la verdad del evangelio.

En cuanto a lo que a algunos les parece muy duro y muy ajeno a la clemencia de Dios —que se excluya a alguien de alcanzar el perdón de sus pecados cuando pide misericordia—, la respuesta es clara. El apóstol no dice que Dios les negará el perdón si se convierten a él, sino que afirma expresamente que tales personas jamás se arrepentirán; y la causa es que Dios, por su justo juicio, los castigará por su ingratitud con una ceguera perpetua. Y no contradice esto que después aplique a este asunto el ejemplo de Esaú, que con lágrimas y gemidos intentó en vano recobrar la primogenitura o mayorazgo que había perdido (Heb 12:17); ni tampoco la amenaza del profeta de que, cuando clamen, el Señor no los escuchará (Zac 7:13). Porque la Escritura no entiende con estas expresiones ni la verdadera conversión ni la invocación de Dios, sino la angustia de los impíos, por la que, viéndose en gran necesidad y en el último extremo, se ven obligados a poner los ojos en lo que antes despreciaban y no tenían en cuenta: que en ellos no hay ningún bien y que todo bien consiste en el favor y la ayuda de Dios. Y no lo imploran ni lo piden de corazón, sino que solo gimen porque lo han perdido, porque se les ha quitado. Así, el profeta por «clamor» y el apóstol por «lágrimas» no entienden otra cosa que aquel horrible tormento con que los impíos, desesperados, son acosados y atormentados al ver que no hay remedio para su miseria sino la sola bondad de Dios, en la cual de ningún modo pueden confiar. Hay que notar esto cuidadosamente, porque de otro modo Dios se contradiría a sí mismo, ya que proclama por su profeta que está pronto y dispuesto a perdonar y a olvidar todo el mal cometido contra él en el momento en que el pecador se convierta (Ez 18:21–22). Y, como ya he dicho, es certísimo que el corazón humano jamás se convertirá ni cambiará para bien si no es prevenido por la gracia del cielo. En cuanto a la invocación, su promesa jamás fallará; pero en los pasajes que hemos citado se llama impropiamente conversión y oración a aquel tormento confuso y ciego con que son atormentados los réprobos cuando ven que deben buscar a Dios para hallar remedio a sus miserias y, sin embargo, huyen de comparecer ante él.

Se podrá preguntar, sin embargo, puesto que el apóstol niega que Dios se aplaque con un arrepentimiento fingido, cómo alcanzó Acab perdón y cómo escapó del castigo con que Dios había dicho que lo castigaría (1 R 21:28–29), siendo que, por su manera de vivir, sabemos que no enmendó su vida y que no hizo más que aterrarse con un espanto repentino. Es verdad que se vistió de cilicio, se echó ceniza sobre la cabeza, se postró en tierra y (como la misma Escritura atestigua de él) se humilló delante de Dios; pero de muy poco le sirvió rasgar sus vestidos mientras su corazón seguía endurecido e hinchado de maldad. Y sin embargo, vemos que Dios se movió a misericordia. A esto respondo que Dios perdona por un tiempo a los hipócritas de tal manera que su ira permanece siempre sobre ellos; y esto no lo hace tanto por ellos como para dar ejemplo a todos en general. Porque ¿de qué le sirvió a Acab que se le moderara el castigo, sino solo para no sentirlo mientras vivió en este mundo? Así, la maldición de Dios, aunque estaba oculta, no dejó de tener su asiento y su dominio perpetuo en la casa de Acab, y él no dejó de perecer para siempre. Lo mismo podemos ver en Esaú: aunque fue desechado, alcanzó con sus lágrimas la bendición de esta vida presente. Pero como la herencia espiritual estaba reservada, por el oráculo y el decreto de Dios, para uno solo de los dos hermanos, cuando Esaú es desechado y Jacob elegido, esa exclusión y ese rechazo cerraron la puerta a la misericordia divina. Entretanto le quedó, como a hombre que era semejante a una bestia, este consuelo: ser recreado con la fertilidad de la tierra y con el rocío del cielo. Y esto es lo que decía hace poco: que esto se hace para dar ejemplo a los demás, para que aprendamos a aplicar con más alegría nuestro entendimiento y nuestra diligencia al verdadero arrepentimiento; porque de ninguna manera debemos dudar de que Dios estará pronto a perdonar a los que se convierten a él de veras y de todo corazón, pues su clemencia se extiende aun a los indignos, con tal que muestren alguna apariencia de pesar por haberlo ofendido. De aquí aprendemos también cuán horrible castigo está preparado para todos los contumaces que toman a juego y a burla las amenazas de Dios, y con gran descaro y con un corazón de hierro no hacen caso de ellas. Ved cómo Dios ha extendido muchísimas veces su mano para aliviar a los hijos de Israel en sus calamidades, aunque sus clamores fueran todos fingidos y su corazón fuera doble y desleal, como él se queja en el salmo de que enseguida volvieron a ser lo que antes eran (Sal 78:36–37). Porque de esta manera quiso, con tan gran indulgencia y clemencia, atraerlos a convertirse a él de veras, o bien dejarlos sin excusa. Sin embargo, no debemos pensar que, cuando suspende por un tiempo la pena, quiera hacerlo siempre así; al contrario, a veces se levanta con mucha más severidad contra los hipócritas y los castiga el doble, para que por ello se vea cuánto desagradan a Dios el fingimiento y la hipocresía. Entretanto, notemos lo que ya hemos dicho: que muestra algunos ejemplos de cuán dispuesto e inclinado está a perdonar los pecados, para que con ellos los piadosos se animen a enmendar su vida, y para que la soberbia y el orgullo de los que, con obstinación, dan coces contra el aguijón sean condenados con más severidad.

Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.