Institución de la religión cristiana · Juan Calvino
La manera de participar de la gracia de Jesucristo, los beneficios que de ella nos vienen y los efectos que produce
La fe: su definición y sus propiedades
Pero todas estas cosas serán muy fáciles de entender cuando hayamos dado una definición muy clara de la fe, para que los lectores entiendan cuál es su fuerza y su naturaleza. Conviene recordar lo que ya hemos enseñado: que Dios, al ordenarnos por su Ley lo que debemos hacer, nos amenaza con el castigo de la muerte eterna, que caerá sobre nosotros si fallamos en lo más mínimo. Debemos notar además que, como cumplir la Ley como se debe no solo es difícil, sino que supera nuestras fuerzas y capacidad, si solo nos miramos a nosotros mismos y consideramos lo que merecen nuestros méritos y qué recompensa se les debe, hemos perdido toda buena esperanza y, desechados por Dios, quedamos sepultados en condenación perpetua. En tercer lugar, hemos explicado que solo hay un medio y un camino para librarnos de una calamidad tan miserable: que Jesucristo se muestre como nuestro Redentor, por cuya mano el Padre celestial, compadecido de nosotros según su inmensa bondad y clemencia, quiso socorrernos; y esto, si abrazamos su misericordia con una fe sólida y firme, y descansamos en ella con una esperanza constante. Ahora falta considerar bien cómo debe ser esta fe, por medio de la cual todos los que Dios adopta como hijos entran en posesión del reino celestial. Porque es evidente que, para llevar a cabo un asunto de tanta importancia, no basta cualquier opinión ni cualquier persuasión. Y por eso debemos procurar e investigar con tanto mayor cuidado y diligencia la verdadera y propia naturaleza de la fe, cuanto vemos que hoy muchísimos andan en el asunto de la fe como a tientas, con gran daño. La mayoría de las personas, cuando oyen la palabra «fe», no entienden por ella otra cosa que dar crédito a la historia del evangelio. Más aún: cuando se disputa sobre la fe en las escuelas, los escolásticos, al poner simplemente a Dios como objeto de la fe, extravían (como ya hemos dicho) las pobres conciencias con una vana especulación, en vez de conducirlas al verdadero blanco y destino. Porque, como Dios habita en luz inaccesible, es necesario que Cristo se ponga en medio y nos muestre el camino (1 Ti 6:16). Por eso él se llama a sí mismo «la luz del mundo», y en otro lugar dice: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre», que es la fuente de la vida, «sino por mí» (Jn 8:12; 14:6). Porque solo él conoce al Padre, y después de él lo conocen los fieles a quienes él haya querido revelarlo (Lc 10:22). Conforme a esto, san Pablo declara que no ha tenido por digno de conocerse nada sino a Jesucristo (1 Co 2:2); en el capítulo veinte de los Hechos dice que había predicado la fe en Jesucristo; y en otro lugar presenta a Cristo hablando así: «a quienes ahora te envío, para que abras sus ojos… para que reciban, por la fe que es en mí, perdón de pecados y herencia entre los santificados» (Hch 26:17-18). Y san Pablo afirma que la gloria de Dios se nos hace visible en la persona de Cristo, o (lo que es lo mismo) que la iluminación del conocimiento de la gloria de Dios resplandece en su rostro (2 Co 4:6). Es verdad que la fe pone sus ojos solo en Dios; pero hay que añadir que conoce también a aquel que el Padre envió, Jesucristo. Porque Dios estaría escondido, muy lejos de nosotros, si Jesucristo no nos alumbrara con sus rayos. Con este fin el Padre depositó en su Hijo todo lo que tenía, para manifestarse en él, y para representar al vivo, mediante esta comunicación de bienes, la verdadera imagen de su gloria. Porque así como (según ya hemos dicho) es necesario que el Espíritu nos atraiga para movernos a buscar a Jesucristo, también debemos estar advertidos de no buscar al Padre invisible en otra parte que en esta imagen. San Agustín lo dice admirablemente: para encaminar bien nuestra fe, es necesario saber adónde debemos ir y por dónde; y luego concluye que el camino más seguro de todos, para no caer en errores, es aquel que es Dios y hombre (La ciudad de Dios, libro 11, cap. 2). Porque Dios es aquel hacia quien vamos, y hombre aquel por quien vamos. Y lo uno y lo otro no se halla sino en Jesucristo. Y cuando san Pablo exalta la fe que tenemos en Dios, no pretende deshacer lo que tantas veces inculca y repite acerca de la fe, que tiene toda su firmeza en Cristo; y san Pedro une muy bien lo uno con lo otro al decir que por Cristo creemos en Dios (1 P 1:21).
Debemos, pues, imputar este mal, como tantos otros, a los teólogos de la Sorbona, que han cubierto a Jesucristo, en cuanto pudieron, como con un velo; siendo así que, si no fijamos en él la mirada (como se dice), no podemos sino vagar por infinitos laberintos. Y además de que con su oscurísima definición menoscaban la fuerza de la fe y casi la reducen a nada, se imaginaron una fe que llaman «implícita» (envuelta), y con ese nombre, dado a la más crasa ignorancia del mundo, engañan con grandísimo daño al pobre pueblo. Más aún (para decir con más verdad y claridad lo que es): esta invención no solo derriba la verdadera fe, sino que la destruye por completo. ¿Es eso creer: no entender nada, con tal de someter el entendimiento a la Iglesia? La fe no consiste en ignorancia, sino en conocimiento; y este conocimiento no ha de ser solo de Dios, sino también de su divina voluntad. Porque no alcanzamos la salvación por estar dispuestos a recibir como verdad todo lo que la Iglesia haya determinado, ni por dejarle a ella el cuidado de investigar y conocer, sino cuando conocemos que Dios es nuestro Padre favorable por la reconciliación hecha por Jesucristo, y cuando entendemos que Jesucristo nos ha sido dado por justicia, santificación y vida. Así que por este conocimiento, y no por someter nuestro entendimiento, obtenemos entrada en el reino de los cielos. Porque cuando el Apóstol dice que «con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación» (Ro 10:10), no quiere decir que baste que uno crea implícitamente lo que no entiende ni procura entender, sino que exige un conocimiento explícito y claro de la bondad de Dios, en la cual consiste nuestra justicia.
Es cierto que no niego que, dada nuestra gran ignorancia, muchísimas cosas nos sean ahora implícitas y oscuras, y lo seguirán siendo hasta que, despojados de este cuerpo mortal, nos hayamos acercado mucho más a la presencia de Dios. En tales cosas confieso que no hay nada mejor ni más conveniente que suspender el juicio y, al mismo tiempo, afirmar la voluntad en permanecer en unidad con la Iglesia. Pero es una gran burla dar, con este pretexto, el nombre de fe a una pura ignorancia envuelta en cierta humildad. Porque la fe consiste en el conocimiento de Dios y de Cristo, y no en la reverencia a la Iglesia (Jn 17:3). Y bien vemos qué laberinto han fabricado con esta «implicación» o envoltura: que los ignorantes reciban sin ningún discernimiento, como si fuera un oráculo divino, todo lo que se les propone bajo el título de la Iglesia, aunque muchísimas veces se les propongan errores monstruosos. Aunque esta ligereza irreflexiva despeña al hombre, ellos la excusan; la razón que dan es que no cree nada de manera determinada, sino con esta condición: si tal es la fe de la Iglesia, si la Iglesia lo cree así. De este modo fingen que se tiene la verdad en el error, la luz en las tinieblas, el verdadero saber en la ignorancia. Y para no gastar mucho tiempo en refutar estos desvaríos, exhortamos a los lectores a que se tomen solamente el trabajo de comparar y cotejar estas cosas con nuestra doctrina. Porque la misma claridad de la verdad dará pruebas más que suficientes para confundirlos. Lo que ellos plantean no es si la fe está implícita y mezclada con muchos restos de ignorancia, sino que sostienen que creen muy bien, y como deben, los que se contentan con su ignorancia y no pretenden ni quieren salir de ella ni saber más, con tal de conformarse a la autoridad y al juicio de la Iglesia. ¡Como si la Escritura no enseñara a cada paso que el entendimiento va unido a la fe!
Confesamos que la fe, mientras peregrinamos por este mundo, es implícita, envuelta; no solo porque ignoramos muchísimas cosas, sino también porque, rodeados de muchas nieblas de errores, no podemos entender todo lo que deberíamos saber. Porque la suprema sabiduría del más avanzado y perfecto es progresar y procurar cada día, con dócil disposición, avanzar más y saber más. Por eso san Pablo exhortaba a los fieles a que, si en algo pensaban de otra manera unos que otros, esperaran la revelación (Fil 3:15). Y ciertamente la misma experiencia nos enseña que, mientras no seamos despojados de la carne, no entendemos tanto como deberíamos desear entender. Y cada día, al leer la Escritura, encontramos muchísimos lugares y pasajes oscuros que nos convencen de nuestra ignorancia. Con este freno nos mantiene Dios en la modestia, asignando a cada uno la medida y porción de fe, para que aun el más docto esté dispuesto a aprender. Muchos y notables ejemplos de esta fe implícita podemos ver en los discípulos de Cristo antes de ser plenamente iluminados. Bien sabemos con cuánta dificultad asimilaron los primeros rudimentos, las dudas que tuvieron, los escrúpulos que se hicieron por cosas muy pequeñas, y cuán poco aprovechaban, aunque estaban pendientes de la boca de su Maestro. Más aún: cuando, avisados por las mujeres, corren al sepulcro, la resurrección de su Maestro, de la que tantas veces le habían oído hablar, les parece un sueño. Y puesto que Jesucristo había dado antes testimonio de que creían y tenían fe, no podemos decir que carecieran totalmente de fe; más aún, si no hubieran estado persuadidos de que Cristo había de resucitar, habrían perdido todo el deseo de seguirlo. Tampoco las mujeres fueron movidas por superstición a ungir con perfumes un cuerpo muerto sin tener ninguna esperanza de que resucitaría; pero, aunque daban crédito a las palabras de Cristo, pues sabían que decía la verdad, la torpeza que aún había en su entendimiento envolvía su fe en oscuridad, de modo que estaban casi atónitos. Por eso se dice que entonces por fin creyeron, cuando vieron cumplido ante sus ojos lo que Cristo les había dicho; no que empezaran a creer entonces, sino que la semilla oculta de la fe, que estaba como muerta en sus corazones, volvió a cobrar fuerza para dar fruto. Así que tuvieron verdadera fe, pero implícita o envuelta, porque habían abrazado con reverencia a Cristo como único doctor y maestro. Además, enseñados por él, lo tenían por autor de su salvación. Finalmente, creían que había venido del cielo para reunir, por la gracia de su Padre, discípulos para el reino de los cielos. Pero de esto no hace falta buscar prueba mejor ni más clara que la que cada uno siente en sí mismo: vemos que en cada uno de nosotros hay siempre cierta incredulidad mezclada con la fe.
También podemos llamar fe implícita a la que, hablando con propiedad, no es otra cosa que una preparación para la fe. Los evangelistas cuentan que muchísimos creyeron que solo habían sido arrebatados de admiración por los milagros, y no pasaron de creer que Cristo era el Mesías prometido, aunque no habían sido instruidos ni en lo más mínimo en la doctrina del evangelio. Tal reverencia, que los dispuso a someterse de corazón a Cristo, recibe el honroso nombre de fe, aunque no era más que un principio de fe. Así, aquel oficial del rey que creyó lo que Cristo le prometía, que su hijo sanaría, al volver a su casa (como atestigua el evangelista) creyó de nuevo (Jn 4:53); es decir, al principio tuvo por un oráculo del cielo lo que había oído de boca de Cristo, y después se sometió a su autoridad para recibir su doctrina. Con todo, debemos entender que era tan dócil y dispuesto a creer que la palabra «creer», en el primer lugar, denota una fe particular, pero en el segundo se extiende más y lo pone en el número de los discípulos de Cristo. San Juan nos presenta un ejemplo muy semejante en los samaritanos, que creyeron lo que la mujer samaritana les había dicho, de modo que corrieron con gran fervor a Cristo; y sin embargo, después de haberlo oído, dicen así: «Ya no creemos solamente por tu dicho, porque nosotros mismos hemos oído, y sabemos que verdaderamente este es el Salvador del mundo» (Jn 4:42). Por estos testimonios queda claro que aun los que no han sido instruidos en los primeros rudimentos, con tal que estén inclinados a obedecer a Dios y se sometan a él, son llamados creyentes; no con propiedad, sino porque Dios, en su liberalidad, tiene a bien honrar con este título su piadoso afecto. Por lo demás, esa docilidad unida al deseo de aprender es muy distinta, y otra cosa muy diferente, de la crasa ignorancia en que están adormecidos los que se contentan con su fe implícita, tal como la imaginan los papistas. Porque si san Pablo condena con rigor a los que «siempre están aprendiendo, y nunca pueden llegar al conocimiento de la verdad» (2 Ti 3:7), ¿cuánta mayor afrenta merecen los que a sabiendas y a propósito procuran no saber nada?
Este es, pues, el verdadero conocimiento de Cristo: recibirlo tal como el Padre nos lo ofrece, es decir, revestido de su evangelio. Porque así como se nos presenta como blanco y meta de nuestra fe, tampoco llegaremos jamás derechamente a él si no es guiados por el evangelio. Ciertamente en el evangelio se nos abren los tesoros de la gracia; si nos estuvieran cerrados, Cristo nos aprovecharía muy poco. Por eso san Pablo pone la fe como compañera inseparable de la doctrina, cuando dice: «Mas vosotros no habéis aprendido así a Cristo, si en verdad le habéis oído, y habéis sido por él enseñados, conforme a la verdad que está en Jesús» (Ef 4:20-21). Con todo, no restrinjo la fe al evangelio de tal modo que no reconozca que lo que enseñaron Moisés y los profetas bastaba en su tiempo para edificarla; pero como en el evangelio hay una manifestación mucho mayor de Cristo, con razón san Pablo lo llama «palabra de fe» (Ro 10:8). Por la misma razón dice en otro lugar que con la venida de la fe la Ley fue abolida, entendiendo con esta palabra la forma nueva y desacostumbrada de enseñar que tuvo el Hijo de Dios desde que se mostró como nuestro maestro, con la cual hizo mucho más ilustre la misericordia del Padre y nos dio mucha mayor certeza de nuestra salvación. Sin embargo, el método nos será mucho más fácil si descendemos paso a paso de lo general a lo particular. En primer lugar, tengamos presente que hay una relación perpetua entre la fe y la palabra, o doctrina, y que no se puede separar de ella más de lo que pueden separarse los rayos del sol que los produce. Por eso el Señor clama por medio de Isaías: «Oíd, y vivirá vuestra alma» (Is 55:3). También san Juan muestra esta misma fuente de la fe cuando dice: «Pero estas se han escrito para que creáis» (Jn 20:31). Y el profeta, queriendo exhortar al pueblo a creer, dice: «Si oyereis hoy su voz» (Sal 95:7-8). En suma, en la Escritura «oír» se toma a cada paso por «creer». Y no sin causa Dios, por medio de Isaías, distingue a los hijos de su Iglesia de los extraños con esta señal: que él los enseñará a todos, de modo que serán enseñados por él (Is 54:13). Porque, si este beneficio fuera general, ¿con qué propósito dirigiría estas palabras a unos pocos? Con esto concuerda que los evangelistas usen muy a menudo las palabras «creyentes» y «discípulos» como sinónimos, como palabras que significan lo mismo; sobre todo san Lucas en los Hechos de los Apóstoles, que incluso en el capítulo 9 aplica esta palabra a una mujer (Hch 6:1-2, 7; 9:1, 10, 19, 25-26, 38; 11:26, 29; 13:52; 14–16; 18–21). Por lo cual, si la fe se aparta, por poco que sea, de este blanco al que debe apuntar, pierde su naturaleza: ya no es fe, sino una credulidad incierta y un error inquieto del entendimiento, que vaga de acá para allá. Esta misma palabra es el fundamento y la base sobre la que la fe se apoya y se funda; si se aparta de ella, se derrumba. Quita, pues, la palabra, y no quedará fe alguna. No trato aquí de si es necesario el ministerio humano para sembrar la palabra de la que se engendra la fe (lo trataremos después en su lugar). Lo que decimos es que la palabra, venga de donde venga, es para nosotros como un espejo en el que la fe contempla a Dios. Sea, pues, que Dios se sirva de la ayuda y el servicio del hombre, o que obre él solo con su poder, siempre se presenta por su palabra a aquellos que quiere atraer a sí. Por eso san Pablo dice que la fe es una obediencia que se da al evangelio (Ro 1:5); y en otro lugar alaba el servicio y la prontitud de la fe de los filipenses (Fil 2:17). Porque en el entendimiento de la fe no se trata solo de saber que hay un solo Dios, sino también, y esto es lo principal, de entender cuál es su voluntad para con nosotros. No solo nos importa saber qué es él en sí mismo, sino también cómo quiere ser para con nosotros. Tenemos, pues, ya que la fe es un conocimiento de la voluntad de Dios para con nosotros, tomado de su palabra. Su fundamento es la persuasión que se concibe de la verdad de Dios. Mientras nuestro entendimiento vacile acerca de la certeza de esta verdad, la palabra tendrá muy poca autoridad, o ninguna. Tampoco basta creer que Dios es veraz, que no puede engañar ni mentir, si no tenemos por cosa resuelta que todo lo que procede de él es la misma verdad sacrosanta e inviolable.
Pero como el corazón humano no se confirma en la fe por cualquier palabra de Dios, debemos investigar además qué es lo que la fe considera propiamente en la palabra. Palabra de Dios fue la que dijo a Adán: «Ciertamente morirás» (Gn 2:17); y palabra de Dios fue la que dijo a Caín: «La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra» (Gn 4:10). Pero estas palabras, por sí mismas, no pueden sino hacer vacilar y tambalear la fe; tan lejos están de confirmarla. No negamos que el oficio de la fe sea dar crédito a la verdad de Dios siempre que hable, diga lo que diga y como lo diga; pero lo que ahora investigamos es qué encuentra la fe en la palabra de Dios en que apoyarse y descansar. Si nuestra conciencia no ve más que indignación y castigo, ¿cómo no temerá y temblará de horror? Y si tiene horror de Dios, ¿cómo no huirá de él? Pero ciertamente la fe debe buscar a Dios, y no huir de él. Es claro, pues, que todavía no tenemos una definición completa de la fe, ya que no debemos tener por fe el conocer cualquier voluntad de Dios. ¿Y qué ocurre si en lugar de «voluntad», cuyo mensaje a veces es triste y espantoso, ponemos «benevolencia» o «misericordia»? Ciertamente así nos acercamos mucho más a la naturaleza de la fe. Porque somos atraídos con amor a buscar a Dios cuando hemos entendido que nuestra salvación está puesta en él; y esto se confirma en nosotros cuando nos declara que tiene gran cuidado de ella. Por tanto, necesitamos una promesa de su gracia en la que nos asegure que es para nosotros un Padre propicio; porque de ninguna otra manera podemos acercarnos a él, y solo en ella puede descansar el corazón humano. Por esta razón, en los Salmos se juntan con mucha frecuencia las palabras «misericordia» y «verdad», como dos cosas que están muy unidas entre sí. Porque de nada nos serviría saber que Dios es veraz si no nos atrajera a sí con su clemencia; y tampoco podríamos conocer su misericordia si él no nos la ofreciera con su propia voz. Ejemplos de esto: «He publicado tu fidelidad y tu salvación; no oculté tu misericordia y tu verdad… tu misericordia y tu verdad me guarden siempre» (Sal 40:10-11). También: «Jehová, hasta los cielos llega tu misericordia, y tu fidelidad alcanza hasta las nubes» (Sal 36:5). También: «Todas las sendas de Jehová son misericordia y verdad, para los que guardan su pacto» (Sal 25:10). También: «Porque ha engrandecido sobre nosotros su misericordia, y la fidelidad de Jehová es para siempre» (Sal 117:2). Y también: «Alabaré tu nombre por tu misericordia y tu fidelidad» (Sal 138:2). Omito lo que a este propósito se lee en los Profetas: que Dios es benigno y fiel, o veraz, en sus promesas. Porque sería gran temeridad concebir que Dios nos es propicio si él no lo testifica de sí mismo y no se nos adelanta invitándonos y acariciándonos, para que su voluntad no nos resulte dudosa ni oscura. Y ya hemos visto que Cristo es la única prenda de su amor; porque sin él, ni arriba ni abajo aparecen más señales que de odio y de ira. Además, como el conocimiento de la bondad de Dios nos sirve de muy poco si no nos hace descansar en ella, hay que excluir toda comprensión mezclada con duda, que no se mantenga firme, sino que luche consigo misma. Y está muy lejos de que el entendimiento humano, ciego y tenebroso como es, pueda penetrar hasta conocer la voluntad de Dios, y de que el corazón, acostumbrado a vacilar con una duda perpetua, se asegure y descanse en esta persuasión. Por tanto, es necesario que el entendimiento sea iluminado y el corazón confirmado por otra vía, para que la palabra de Dios obtenga de nosotros entero crédito. Ahora, pues, tendremos una definición completa de la fe si decimos que es un conocimiento firme y cierto de la buena voluntad de Dios hacia nosotros, que, fundado en la verdad de la promesa gratuita hecha en Jesucristo, es revelado a nuestro entendimiento y sellado en nuestros corazones por el Espíritu Santo.
Pero antes de seguir adelante, será necesario hacer algunas aclaraciones previas para desatar nudos que de otro modo podrían estorbar a los lectores. En primer lugar, habrá que refutar aquella vana distinción tan usada en las escuelas: dicen que hay dos clases de fe, una formada y otra informe. Porque se imaginan que creen todo lo necesario para la salvación aun quienes no sienten ningún temor de Dios ni tienen sentimiento alguno de piedad. ¡Como si el Espíritu Santo, al iluminar nuestro corazón para que crea, no fuera testigo de nuestra adopción! Y sin embargo, con gran arrogancia contra la autoridad de la Escritura, honran con el título de fe esta persuasión vacía de todo temor de Dios. No hace falta discutir más su definición; basta exponer sencillamente la naturaleza de la fe tal como nos la presenta la palabra de Dios. De ahí se verá claramente con cuánta necedad y frialdad, al tratar de la fe, más chillan que hablan. Ya he tocado una parte; lo que falta lo expondré a su tiempo y lugar. Lo que ahora digo es que no se podría imaginar nada más disparatado que este desvarío suyo. Quieren que se tenga por fe el asentimiento con que cualquiera que no hace caso de Dios tiene por verdadero lo que contiene la Escritura. Ciertamente, primero debería considerarse si cada uno alcanza la fe por su propia industria y diligencia, o si es el Espíritu Santo quien por ella nos testifica nuestra adopción. Así que no hacen más que decir niñerías cuando preguntan si la fe, formada por la caridad que le sobreviene, es la misma fe o una distinta y nueva. Es evidente que, charlando de este modo, nunca han considerado bien el don singular del Espíritu por el cual se nos inspira la fe. Porque el principio mismo del creer ya contiene la reconciliación con que el hombre se acerca a Dios. Si consideraran bien lo que dice san Pablo: «con el corazón se cree para justicia» (Ro 10:10), dejarían de imaginar esa vana cualidad con que se formaría la fe. Aunque no tuviéramos otra razón que esta, bastaría por sí sola para zanjar esta cuestión: el asentimiento que damos a Dios (como ya he tocado en parte, y volveré a tratar más ampliamente) está más en el corazón que en el cerebro, más en el afecto que en el entendimiento. Por esta causa se celebra tanto la obediencia de la fe, que Dios no antepone a ella ningún otro servicio (Ro 1:5); y con muchísima razón, pues no hay nada que él estime más que su verdad, que los creyentes sellan (como dice san Juan el Bautista) como se sella una carta con el sello (Jn 3:33). Y como en esto no cabe duda, concluyo en una palabra que los que dicen que la fe queda formada cuando le sobreviene algún buen afecto no hacen más que desvariar, puesto que este asentimiento no puede darse sin buen afecto, por lo menos tal como la Escritura lo muestra. Pero aún tenemos otro argumento mucho más claro. Puesto que la fe recibe a Jesucristo tal como el Padre nos lo presenta, y no se nos presenta solo para justicia, remisión de pecados y paz, sino también para santificación y como fuente de agua viva, nadie podrá conocerlo ni creer en él como debe sin aprender a la vez la santificación del Espíritu. O, si alguien quiere que se le diga más claramente: la fe se funda en el conocimiento de Cristo, y Cristo no puede ser conocido sin la santificación de su Espíritu; se sigue, pues, que la fe no puede en modo alguno separarse del buen afecto.
Suelen alegar lo que dice san Pablo: que si alguien tuviera toda la fe, de tal manera que trasladara los montes, y no tuviera amor, esa fe no es nada (1 Co 13:2). Pero al querer sacar de estas palabras una fe informe, sin caridad, no consideran qué entiende aquí el Apóstol por fe. Porque, como en el capítulo anterior había tratado de diversos dones del Espíritu, entre los cuales puso los diversos géneros de lenguas, los milagros y la profecía, y había exhortado a los corintios a procurar los más excelentes y provechosos de ellos, es decir, aquellos de los que pudiera venir mayor utilidad y provecho a todo el cuerpo de la Iglesia, añade que les mostrará un camino aún más excelente (1 Co 12:10, 31). Y es que todos estos dones, por excelentes que sean en sí mismos, deben tenerse en nada si no sirven al amor. Porque se dan para edificación de la Iglesia, y si no se emplean en su servicio, pierden su gracia y su valor. Para probarlo, hace una enumeración repitiendo los mismos dones que había nombrado antes, pero con otros nombres. Lo que antes había llamado «milagros» lo llama después «fe», entendiendo con uno y otro término el don de hacer milagros. Siendo, pues, esta facultad, llámese poder o fe, un don particular de Dios, que cualquier hombre, por impío que sea, puede tener y usar mal, como el don de lenguas, la profecía y otros dones del Espíritu Santo, no es de extrañar que esté separada del amor. Todo el error de estos consiste en que, aunque la palabra «fe» tiene diversos significados, ellos, sin considerar esta diversidad, discuten como si tuviera uno solo. El pasaje de Santiago que alegan en defensa de su error se tratará en otro lugar. Porque, aunque para enseñar concedemos que hay muchos géneros de fe cuando queremos mostrar qué conocimiento de Dios tienen los impíos, reconocemos y confesamos, con la Escritura, una sola fe: la que tienen los hijos de Dios. Es verdad que muchísimos creen que hay un solo Dios y piensan que lo que contiene el evangelio y todo el resto de la Escritura es verdad, con el mismo juicio con que suelen tener por verdad lo que las historias cuentan de las cosas pasadas, o lo que ellos mismos vieron con sus ojos. Hay también algunos que van más allá: tienen la palabra de Dios por un oráculo indudable, no desprecian del todo sus mandamientos y se sienten movidos en cierta medida por sus amenazas y promesas. Es verdad que decimos que tal clase de gente no carece de fe, pero hablando impropiamente. Porque no combaten la palabra de Dios con una impiedad manifiesta, ni la rechazan ni la desprecian, sino que muestran cierta apariencia de obediencia.
Sin embargo, como esta sombra o apariencia de fe no tiene ninguna importancia, tampoco merece llamarse fe; y aunque luego veremos más ampliamente cuán lejos está de ser verdaderamente fe, no estará de más tratarla ahora de pasada. De Simón el mago se dice que creyó, y poco después manifestó su incredulidad (Hch 8:13, 18). Que se le atribuya el nombre de fe no lo entendemos, como algunos, en el sentido de que solo fingió la fe con sus palabras sin tener ninguna en el corazón; decimos más bien que Simón, vencido por la majestad del evangelio, le dio crédito con una fe de cierta clase, y reconoció de tal manera que Cristo es autor de la vida y la salvación, que lo recibió de muy buena gana como tal. Del mismo modo se dice en el Evangelio de san Lucas que creyeron por algún tiempo aquellos en quienes la semilla de la palabra fue ahogada antes de dar fruto, o se secó y se perdió antes de echar raíces (Lc 8:7, 13). No dudamos que tales personas, tocadas por algún gusto de la palabra, la acogen con gran deseo y sienten su virtud divina, de modo que con su falsa apariencia de fe no solo engañan los ojos de los hombres, sino también su propio corazón. Porque están persuadidos de que la reverencia que dan a la palabra de Dios es la piedad misma, ya que no piensan que haya en el mundo otra impiedad que vituperar o despreciar abiertamente la palabra. Sea como se quiera esta aceptación del evangelio, no penetra hasta el corazón para quedar fija en él. Y aunque a veces parezca que ha echado raíces, no son raíces vivas. El corazón humano tiene tantos resquicios de vanidad, tantos escondrijos de mentira, está cubierto de una hipocresía tan vana y fingida, que muchísimas veces se engaña a sí mismo. Entiendan, pues, los que se glorían de tales apariencias y espantajos de fe, que en esto no aventajan en nada a los demonios. Ciertamente, los primeros de quienes hemos hablado son muy inferiores a estos, pues se quedan impasibles al oír lo que hace temblar a los mismos demonios. Los otros se les igualan en que el sentimiento que tienen termina convirtiéndose en terror y espanto (Stg 2:19).
Bien sé que a algunos les parece muy duro decir que los réprobos tienen fe, puesto que san Pablo la presenta como fruto de nuestra elección (1 Ts 1:4-5). Pero es fácil desatar este nudo. Porque, aunque solo los predestinados a la salvación son iluminados para tener fe y sienten de veras la virtud y eficacia del evangelio, la experiencia muestra que a veces los réprobos son tocados por un sentimiento casi igual al de los elegidos, de modo que, a su propio juicio, no difieren en nada de los elegidos. Por eso no hay ningún absurdo en lo que dice el Apóstol, que gustaron por un tiempo los dones celestiales (He 6:4), ni en lo que dice Cristo, que tuvieron una fe temporal. No es que comprendan sólidamente la fuerza de la gracia espiritual, ni que reciban de veras la luz de la fe, sino que el Señor, para dejarlos más convictos y más inexcusables, se introduce en su entendimiento en la medida en que su bondad puede ser gustada sin el Espíritu de adopción. Si alguien objeta: «Entonces a los fieles no les queda nada con que asegurarse y tener por cierta su adopción», respondo que, aunque haya gran semejanza y parentesco entre los elegidos y los que tienen una fe caduca por un tiempo, la confianza de la que habla san Pablo, de atreverse a clamar a boca llena «¡Abba, Padre!», no vive sino en los elegidos (Gá 4:6). Por tanto, así como Dios regenera para siempre solo a los elegidos como con su simiente incorruptible, y no permite que esta semilla de vida que ha sembrado en sus corazones perezca jamás, así también sella firmemente en ellos la gracia de su adopción, de modo que permanezca firme y estable. Pero esto no impide en absoluto que el Espíritu Santo tenga otra manera de obrar, más baja, en los réprobos. Entretanto, los fieles son enseñados a examinarse a sí mismos con diligencia y humildad, para que en lugar de la certeza que deben tener no se les meta en el corazón una seguridad carnal. Hay además otra cosa: los réprobos nunca conciben en sí más que un sentimiento confuso de la gracia de Dios, de modo que captan más la sombra que el cuerpo o la sustancia de la cosa. Porque el Espíritu Santo sella propiamente la remisión de los pecados solo en los elegidos, para que se la apliquen con una fe particular para su provecho. Con todo, con mucha razón se puede decir que los réprobos creen que Dios les es propicio, porque aceptan el don de la reconciliación, aunque de manera confusa y no bastante clara. No es que participen de la misma fe y regeneración que los hijos de Dios, sino que, bajo la capa y el manto de la hipocresía, parecen tener el mismo principio de fe que los hijos de Dios. Y no niego que Dios ilumine su entendimiento hasta el punto de hacerles conocer su gracia; pero distingue de tal manera el sentimiento que les ha dado del testimonio que ha impreso en los corazones de los fieles, que ellos nunca llegan a gozar de aquella firmeza y verdadera eficacia de que gozan los otros. Porque no por eso se muestra propicio a los réprobos como si los hubiera librado de la muerte para tomarlos bajo su amparo; solo les muestra su misericordia por el momento. Solo a los elegidos les hace la merced de plantar su fe viva en el corazón para que perseveren hasta el fin. Así queda resuelta la objeción que podría hacerse aquí: que si Dios les muestra su gracia, esta debería permanecer en ellos para siempre. Porque nada impide que Dios ilumine a algunos por un tiempo con un sentimiento de su gracia que poco después se desvanece.
Además, aunque la fe es un conocimiento de la buena voluntad de Dios hacia nosotros y una persuasión certísima de su verdad, no es de extrañar que se desvanezca el sentimiento que los temporales e inconstantes tienen del amor de Dios, el cual, aunque es muy cercano y semejante a la fe, es muy diferente de ella. Confieso de buena gana que la voluntad de Dios es inmutable y que su verdad es siempre la misma y no cambia; pero niego que los réprobos lleguen jamás a penetrar hasta aquella secreta revelación de su salvación que la Escritura atribuye únicamente a los fieles. Niego, pues, que comprendan la voluntad de Dios en cuanto es inmutable, o que abracen de veras y con constancia su verdad. La causa es que se fundan en un vano sentimiento que no puede durar, como un árbol no plantado a suficiente profundidad para echar raíces vivas, que aunque durante algunos años no solo eche flores y hojas, sino que incluso dé fruto, con el paso del tiempo se va secando y muere. En suma, si la imagen de Dios pudo ser deshecha y borrada del entendimiento y del alma del primer hombre a causa de su rebelión, tampoco es de extrañar que ilumine a los réprobos con algunos rayos de su gracia y permita después que se apaguen y no den más luz. Nada impide tampoco que dé a unos un pequeño conocimiento de su evangelio que luego se deshace, y que lo imprima en otros de tal modo que nunca se vean privados de él. Entretanto, debemos tener por cierto que, por pequeña y débil que sea la fe en los elegidos, como el Espíritu de Dios es para ellos arras y sello certísimo de su adopción, lo que él ha grabado en sus corazones jamás podrá borrarse; y que los réprobos son rociados o iluminados con una claridad que después se deshace y perece. Y sin embargo no debemos decir que el Espíritu Santo engañe a nadie, porque no vivifica la semilla que echa en sus corazones para hacerla permanecer incorruptible, como en los elegidos. Voy aún más lejos: puesto que la Escritura y la experiencia diaria nos enseñan que los réprobos son a veces tocados por el sentimiento de la gracia divina, es imposible que no se despierte en sus corazones cierto deseo de amar a Dios a su vez. Así, en Saúl hubo por un tiempo cierto afecto piadoso de amor a Dios, por cuya bondad, al verse tratado paternalmente, se sentía atraído y cautivado con cierta dulzura. Pero como la persuasión que tienen los réprobos del amor paternal de Dios no está bien arraigada en lo profundo de su corazón, tampoco lo aman a su vez plenamente, con todo el corazón, como hijos, sino que los mueve cierto amor mercenario. Porque solo a Cristo se le ha dado este Espíritu de amor, con la condición de que lo comunique a sus miembros. Y ciertamente lo que dice san Pablo no se extiende más que a los fieles: «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado» (Ro 5:5). Se refiere al amor que engendra aquella confianza para invocar a Dios de la que he hablado antes. Por el contrario, vemos que Dios se enoja de manera extraña con sus hijos, a quienes sin embargo no deja de amar; no porque los aborrezca en sí mismos, sino porque quiere espantarlos haciéndoles sentir su ira, para humillar en ellos todo el orgullo y la soberbia de la carne, sacudirles toda pereza y moverlos al arrepentimiento. Así que al mismo tiempo lo sienten airado contra ellos, o mejor dicho, contra sus pecados, y lo sienten propicio y favorable. Porque le suplican sin fingimiento que aplaque su ira, y a la vez se acogen a él libremente con una confianza segurísima. Por estas razones queda claro que muchísimos que no tienen verdadera fe arraigada en su corazón tienen, sin embargo, cierta apariencia de fe; no solo porque hagan alarde y aparenten ante los hombres, sino porque, movidos por un celo repentino, se engañan a sí mismos con una falsa opinión. Y no hay duda de que los detiene una pereza y torpeza que les impide examinar su corazón como deberían. Es verosímil que así fueran aquellos de quienes habla san Juan cuando dice que Jesucristo no se fiaba de ellos, aunque creían en él, porque conocía a todos y sabía lo que había en el hombre (Jn 2:24-25). Si muchos no cayeran de la fe común (la llamo común por el gran parentesco y semejanza que hay entre la fe temporal, que es vana y caduca, y la fe viva y perpetua), Jesucristo no habría dicho a sus discípulos: «Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres» (Jn 8:31-32). Habla a los que habían abrazado su doctrina y los exhorta a avanzar en la fe, para que con su torpeza no maten ni apaguen la luz que se les había dado. Por esta causa san Pablo atribuye la fe a los elegidos como un tesoro particular reservado para ellos (Tit 1:1), dando a entender que muchos se desvanecían porque no tenían plantada en su corazón una raíz viva de fe. Así también habla Cristo en san Mateo: «Toda planta que no plantó mi Padre celestial, será desarraigada» (Mt 15:13). En otros hay errores mucho peores y más groseros: no tienen vergüenza de burlarse de Dios ni de los hombres. Contra esta clase de gente, que con falso pretexto profana impíamente la fe, habla ásperamente Santiago (Stg 2:14). Tampoco san Pablo exigiría a los hijos de Dios una fe no fingida, si no fuera porque muchos se arrogan con gran atrevimiento lo que no tienen, y con una vana apariencia engañan al mundo y a veces a sí mismos (1 Ti 1:5). Por eso compara la buena conciencia a un cofre en el que se guarda la fe, diciendo que la fe naufragó en muchos porque no estaba guardada en el cofre de la buena conciencia (1 Ti 1:19).
Debemos notar también los diversos significados de esta palabra. Porque «fe» muchas veces significa lo mismo que la doctrina sana y pura de la religión, como en el pasaje que acabamos de citar, y cuando san Pablo manda que los diáconos guarden el misterio de la fe con limpia conciencia (1 Ti 3:9). También cuando se lamenta de que algunos se apartaron de la fe (1 Ti 4:1). Y al contrario, dice que Timoteo fue nutrido con las palabras de la fe (1 Ti 4:6). También cuando advierte que las profanas novedades y los argumentos de la falsamente llamada ciencia hacen que muchos se aparten de la fe (2 Ti 2:16), y a estos en otro lugar los llama réprobos en cuanto a la fe (2 Ti 3:8). Y asimismo cuando manda a Tito que amoneste a los que tiene a su cargo para que sean sanos en la fe (Tit 1:13; 2:2), no queriendo decir con la palabra «sano» otra cosa que la pureza de la doctrina, que muy fácilmente se corrompe y degenera por la ligereza de los hombres. Es decir, como en Cristo, a quien la fe posee, están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento (Col 2:3), no sin razón esta palabra se extiende a significar toda la suma de la doctrina celestial, de la cual no puede separarse en modo alguno. Por el contrario, a veces se restringe a un objeto particular, como cuando san Mateo dice que Cristo vio la fe de los que habían bajado al paralítico por el techo (Mt 9:2), y cuando él mismo exclama que no había hallado tanta fe en Israel como la del centurión (Mt 8:10). Porque es verosímil que este estuviera del todo atento y absorto en la curación de su hijo, único cuidado que ocupaba todo su pensamiento. Pero como, satisfecho con la sola respuesta de Cristo, no pide su presencia corporal, sino que declara que basta con que lo diga de palabra, en consideración de esta circunstancia su fe es tan alabada. Hace poco advertimos que san Pablo toma el nombre de fe por el don de hacer milagros, que a veces se comunica a quienes ni han sido regenerados por el Espíritu de Dios ni lo honran con la sinceridad debida. Y en otro lugar toma el nombre de fe por la doctrina con que somos instruidos en la fe. Porque cuando dice que la fe cesará, no cabe duda de que se refiere al ministerio de la Iglesia, que por ahora es útil y provechoso para nuestra debilidad (1 Co 13:10). En todas estas maneras de hablar se ve claramente la analogía y correspondencia que hay entre ellas. Pero cuando el nombre de fe se aplica impropiamente a una falsa profesión y a un título mentiroso, esto no debe parecer más duro ni extraño que cuando se llama temor de Dios a un culto confuso y malo que se le rinde. Así se dice muchísimas veces en la Sagrada Escritura que las gentes que habían sido trasladadas a Samaria y a los lugares vecinos temían a los dioses inventados por los hombres y al Dios de Israel, lo cual no es otra cosa que mezclar el cielo con la tierra. Pero lo que ahora preguntamos es qué es la fe que distingue a los hijos de Dios de los incrédulos, con la cual invocamos a Dios llamándolo Padre, por la cual pasamos de muerte a vida y por la cual Cristo, que es nuestra salvación y vida eterna, habita en nosotros. Y me parece que he explicado breve y claramente su naturaleza y propiedad.
Ahora falta que examinemos de nuevo cada parte por separado; consideradas con diligencia, no quedará (según me parece) ninguna duda. Cuando la llamamos conocimiento, no entendemos una comprensión como la que suele tenerse de las cosas que se captan con el juicio humano. Porque la fe sobrepasa de tal manera todo el sentido humano, que es necesario que el entendimiento se eleve por encima de sí mismo para poder llegar a ella. Y aun cuando ha llegado, no comprende lo que siente; pero, teniendo por cierto y estando persuadido de lo que no entiende, entiende mucho más con la certeza de la persuasión que si comprendiera con su capacidad alguna cosa baja y humana. Por eso habla admirablemente san Pablo cuando dice que debemos comprender cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento (Ef 3:18-19). Porque quiso decir que lo que nuestro entendimiento capta por la fe es absolutamente inmenso, y que este género de conocimiento es mucho más excelente que todo lo que se puede entender. Pero como el Señor ha manifestado a sus siervos el secreto de su voluntad, que había estado oculto desde todos los siglos y generaciones, con toda razón la Escritura llama a cada paso conocimiento a la fe (Col 1:26; 2:2); y san Juan la llama saber, cuando testifica que los fieles saben que son hijos de Dios (1 Jn 3:2). Y sin duda lo saben con toda certeza, pero más porque están confirmados por la persuasión de la verdad divina que porque se lo haya enseñado alguna demostración o argumento humano. Esto mismo indican las palabras de san Pablo: que mientras habitamos en este cuerpo estamos ausentes del Señor, porque por fe andamos, no por vista (2 Co 5:6-7). Con estas palabras muestra que las cosas que entendemos por la fe están, sin embargo, ausentes de nosotros y no las vemos. De donde concluimos que el conocimiento de la fe consiste más en certeza que en comprensión.
Añadimos que este conocimiento es cierto y firme, para expresar cuán sólida es la constancia de la persuasión. Porque así como la fe no se contenta con una opinión dudosa y cambiante, tampoco se contenta con una comprensión oscura y confusa, sino que exige una certeza plena y firme, como la que suele tenerse de las cosas notorias y bien probadas. Porque la incredulidad está tan profundamente arraigada en nuestros corazones, y somos tan inclinados a ella, que lo que todos confiesan con la boca, que Dios es veraz, nadie puede persuadirse de ello sin gran dificultad y lucha. Sobre todo cuando llega el tiempo de la prueba y nos acosan las tentaciones, las dudas y vacilaciones descubren el vicio que estaba oculto. Y no sin causa el Espíritu Santo exalta con títulos tan ilustres la autoridad de la palabra de Dios: quiere poner remedio a la enfermedad de que hemos hablado, para que demos pleno crédito a Dios en sus promesas. Por eso dice David: «Las palabras de Jehová son palabras limpias, como plata refinada en horno de tierra, purificada siete veces». Y también: «Acrisolada la palabra de Jehová; escudo es a todos los que en él esperan» (Sal 12:6; 18:30). Salomón confirma lo mismo casi con las mismas palabras: «Toda palabra de Dios es limpia» (Pr 30:5). Pero como casi todo el Salmo 119 trata de este tema, sería superfluo citar más pasajes. Por lo demás, cada vez que Dios nos alaba así su palabra, nos reprocha indirectamente nuestra incredulidad, porque no pretende otra cosa que arrancar de nuestros corazones toda desconfianza y toda duda perversa. Hay también muchísimos que conciben la misericordia de Dios de tal manera que reciben de ella muy poco consuelo. Porque a la vez los oprime una miserable angustia, dudando si Dios será misericordioso con ellos, ya que limitan muy estrechamente aquella misma clemencia de la que creen estar muy persuadidos. Razonan así consigo mismos: es verdad que es grande y abundante, que se derrama sobre muchos y está pronta y dispuesta para darse a todos; pero dudan si llegará a ellos, o si ellos llegarán a ella. Como este pensamiento los detiene a mitad de camino, no es más que una fe a medias. Así que no afirma tanto el espíritu con una tranquila seguridad como lo inquieta con una solicitud inquieta. Muy distinto es el sentimiento de la certeza que en la Escritura va siempre unida a la fe: esta pone muy claramente fuera de toda duda la bondad de Dios tal como se nos propone. Pero esto no puede suceder sin que sintamos de verdad su dulzura y suavidad y la experimentemos en nosotros mismos. Por eso el Apóstol deduce de la fe la confianza, y de la confianza la osadía, cuando dice que en Cristo «tenemos seguridad y acceso con confianza por medio de la fe en él» (Ef 3:12). Con estas palabras muestra que no hay verdadera fe en el hombre sino cuando se atreve libremente, con el corazón seguro, a presentarse ante la majestad divina; y esta osadía no puede nacer sino de una confianza certísima en nuestra salvación y en la buena voluntad de Dios hacia nosotros. Esto es tan cierto que muchísimas veces la palabra «fe» se toma por «confianza».
El punto principal de la fe consiste en que no pensemos que las promesas de misericordia que el Señor nos ofrece son verdaderas solo fuera de nosotros y no en nosotros, sino que, recibiéndolas en nuestro corazón, las hagamos nuestras. De esta acogida procede aquella confianza que san Pablo llama en otro lugar «paz», a no ser que alguien prefiera deducir esta paz de la confianza (Ro 5:1). Esta paz es una seguridad que aplaca y tranquiliza la conciencia ante el juicio de Dios; sin ella, la conciencia se ve necesariamente atormentada y casi despedazada por una duda y un temor perpetuos, a no ser que, olvidándose de Dios y de sí misma, se adormezca por un momento, y ciertamente solo por un momento. Porque no disfruta mucho tiempo de este miserable olvido sin que enseguida la hiera y la toque en lo vivo el juicio de Dios, cuyo recuerdo se le pone delante de los ojos a cada paso. En conclusión, no hay nadie verdaderamente creyente sino aquel que, asegurado por una persuasión certísima de que Dios es su Padre propicio y benévolo, se promete todas las cosas de la liberalidad de su Dios; aquel que, confiado en las promesas de la buena voluntad de Dios hacia él, concibe una esperanza indudable de su salvación, como lo muestra el Apóstol con estas palabras: «si retenemos firme hasta el fin la confianza y el gloriarnos en la esperanza» (He 3:6). Porque al hablar así atestigua que nadie espera en el Señor como debe sino el que se gloría confiadamente de ser heredero del reino de los cielos. Digo, pues, que no es creyente sino aquel que, confiado en la seguridad de su salvación, no teme nada, sino que con muy grande atrevimiento se burla del diablo y de la muerte, como enseña san Pablo con estas palabras: «Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir… nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús» (Ro 8:38-39). Así, el mismo Apóstol piensa que los ojos de nuestro entendimiento solo están bien iluminados cuando vemos cuál es la esperanza de la herencia eterna a la que somos llamados (Ef 1:18). Y esta es la doctrina que enseña a cada paso: que no comprendemos bien la bondad de Dios sino cuando tenemos en ella una gran seguridad.
Pero alguien dirá que los fieles experimentan algo muy distinto: no solo son tentados por la inquietud al reconocer la gracia de Dios (lo cual les sucede muchísimas veces), sino que a veces quedan aturdidos y tiemblan con gravísimos terrores; tan grande es la violencia de las tentaciones que sienten para turbar su mente. Y esto no parece concordar bien con la certeza de la fe de que hemos hablado. Por tanto, es necesario desatar este nudo o dificultad, si queremos que la doctrina que hemos enseñado conserve su fuerza y valor. Ciertamente, cuando enseñamos que la fe debe ser cierta y segura, no imaginamos una certeza que no sea tentada ni tocada por duda alguna, ni una seguridad que no sea asaltada por ninguna inquietud; al contrario, decimos que los fieles sostienen una lucha continua con su propia desconfianza, que sienten en sí mismos; tan lejos estamos de poner sus conciencias en un reposo tranquilo que no sea perturbado por ninguna agitación. Pero, por mucho que sean asaltados, de la manera que se quiera, negamos que caigan o pierdan aquella confianza certísima que concibieron de la misericordia de Dios. La Escritura no nos presenta ejemplo de fe más ilustre ni más memorable que el de David, sobre todo si consideramos el curso entero de su vida; y sin embargo él mismo declara, en muchísimas quejas, cuánto le faltó para tener siempre el ánimo tranquilo y sereno. Bastará entresacar algunas de las innumerables quejas que hizo. Cuando reprocha a su alma los movimientos turbulentos que sentía, ¿qué otra cosa hace sino enojarse con su incredulidad? «¿Por qué te abates, oh alma mía, y te turbas dentro de mí? Espera en Dios» (Sal 42:5; 43:5). Y ciertamente aquel espanto y desaliento fue una señal manifiesta de desconfianza, como si pensara que Dios lo había abandonado. En otro lugar se lee una confesión todavía más amplia: «Decía yo en mi premura: Cortado soy de delante de tus ojos» (Sal 31:22). También en otro lugar discute consigo mismo con una perplejidad inquieta y miserable, y lo que es más, entra en disputa sobre la naturaleza misma de Dios: «¿Ha olvidado Dios el tener misericordia? ¿Desechará el Señor para siempre?». Todavía es más duro lo que sigue: «Ciertamente dije: tengo que morir; son cambios de la mano de Dios» (Sal 77:7-10). Porque, como desesperado, se condena a sí mismo a muerte; y no solo confiesa que lo acosan las dudas, sino que, como si ya hubiera sido vencido en la batalla, pierde toda esperanza; la causa es que Dios lo ha abandonado y ha vuelto para destruirlo la mano con la que solía librarlo. Por eso no sin causa exhorta a su alma: «Vuelve, oh alma mía, a tu reposo» (Sal 116:7); porque había experimentado que era zarandeado de acá para allá entre las olas tempestuosas de la tentación. Y sin embargo, lo cual es admirable, en medio de golpes tan grandes la fe sostiene el corazón de los piadosos, y verdaderamente, como la palmera, resiste todos los pesos y cargas que se le ponen encima y se levanta hacia lo alto; como David, que cuando parecía hundido no dejaba, aun enojándose consigo mismo, de elevarse hacia Dios. Y el que, luchando con su propia debilidad, se esfuerza en medio de sus angustias por perseverar y avanzar en la fe, ya tiene lo más hecho y ha ganado en gran parte la victoria. Así se puede concluir de esta sentencia y de otras semejantes: «Aguarda a Jehová; esfuérzate, y aliéntese tu corazón; sí, espera a Jehová» (Sal 27:14). Se acusa de temeroso, y al repetir dos veces lo mismo confiesa que está sujeto a muchísimos vaivenes. Entretanto, no solo está descontento de sus faltas, sino que se anima y esfuerza a corregirlas. Ciertamente, si lo comparamos con buen juicio con el rey Acaz, se hallará una grandísima diferencia entre uno y otro. El profeta Isaías es enviado para remediar la angustia de este rey impío e hipócrita, y le habla así: «Guarda, y repósate; no temas», etc. (Is 7:4). ¿Y qué hace Acaz? Como antes se había dicho que su corazón estaba agitado como se agitan con el viento los árboles del monte, aunque había oído la promesa que se le había hecho, no deja de temblar. Este es, pues, el salario y castigo propio de la infidelidad: temblar de tal manera que en la tentación se aparta de Dios todo el que no se abre la puerta por la fe. Al contrario, los fieles, aunque se ven agobiados y casi aplastados por la gran carga de las tentaciones, cobran ánimo y se esfuerzan por vencerlas, aunque no sin gran molestia y dificultad. Y como conocen su propia debilidad, oran con el profeta: «No quites de mi boca en ningún tiempo la palabra de verdad» (Sal 119:43). Con estas palabras se nos enseña que los piadosos a veces enmudecen, como si su fe hubiera sido derribada; pero que, con todo, no desfallecen ni vuelven la espalda como gente derrotada, sino que prosiguen y avanzan en su combate, y orando despiertan su torpeza, al menos para no caer en el estupor por complacencia consigo mismos.
Para que esto se entienda mejor, es necesario recurrir a aquella división entre la carne y el espíritu de la que hemos hecho mención en otro lugar, y que aquí se muestra claramente. El alma piadosa siente en sí misma esta división: en parte está llena de alegría por el conocimiento que tiene de la bondad divina, y en parte siente gran angustia por la conciencia de su propia miseria; en parte descansa en la promesa del evangelio, y en parte tiembla ante el testimonio de su propia maldad; en parte triunfa al contemplar la vida, y en parte siente gran horror de la muerte. Esta variación proviene de la imperfección de la fe, porque nunca, durante la vida presente, llegaremos a la dicha de estar limpios de toda enfermedad de desconfianza y tener en nosotros la fe en toda su plenitud. De ahí procede esta lucha continua, cuando la desconfianza que habita en la carne y está arraigada en ella se levanta contra la fe que está dentro, para vencerla y destruirla. Pero alguien me dirá: si en el corazón del creyente hay una certeza mezclada y revuelta con la duda, ¿no volvemos siempre a lo mismo, a que la fe no tiene un testimonio cierto y claro de la voluntad de Dios hacia nosotros, sino solo un conocimiento oscuro y confuso? A esto respondo que de ninguna manera. Porque, aunque nos distraigan diversos pensamientos, no se sigue que estemos apartados de la fe. Ni, si somos acosados de un lado a otro por los asaltos de la incredulidad, se sigue que estemos hundidos en ella; y si nos tambaleamos, no se sigue que hayamos perdido nuestro puesto. Porque el desenlace de esta lucha es que la fe, al fin y al cabo, vence estas dificultades, que, cuando la cercan, parecen ponerla en peligro.
Resumámoslo así: en el momento en que cae en nuestra alma la más pequeña gota de fe que pueda imaginarse, empezamos enseguida a contemplar el rostro de Dios, sereno, apacible y propicio hacia nosotros. Es verdad que de lejos, pero con una mirada tan cierta que sabemos muy bien que no nos engañamos. Después, cuanto más avanzamos (como conviene que avancemos continuamente), como quien va ganando terreno, tanto más nos acercamos para verlo más de cerca y con mayor certeza; y la misma continuidad hace que el conocimiento sea mucho más familiar. Así vemos que el entendimiento iluminado por el conocimiento de Dios está al principio rodeado de gran ignorancia, que poco a poco va perdiendo. Con todo, el ignorar algunas cosas o ver con cierta oscuridad lo que ve no le impide gozar de un conocimiento evidente de la voluntad de Dios hacia él, que es el primero y principal punto de la fe. Porque si alguien, encerrado en una cárcel, no pudiera ver los rayos del sol sino de soslayo y casi a medias, por una ventana estrecha, no vería el sol libremente, pero no dejaría de ver con sus ojos la claridad del sol ni de servirse de ella. Del mismo modo, nosotros, aunque encerrados en la prisión de este cuerpo terreno estamos rodeados por todas partes de gran oscuridad, si tenemos la más pequeña chispa de la claridad de Dios que nos descubra su misericordia, estamos suficientemente iluminados para tener una seguridad firme y sólida.
Lo uno y lo otro nos lo enseña admirablemente el Apóstol en diversos lugares. Porque cuando dice que «en parte conocemos, y en parte profetizamos», y que «ahora vemos por espejo, oscuramente» (1 Co 13:9, 12), indica cuán pequeña parte de la verdadera sabiduría de Dios se nos comunica en esta vida presente. Porque, aunque estas palabras no signifiquen simplemente que la fe es imperfecta mientras vamos cargados con el peso de la carne, sino que nos advierten que, a causa de nuestra imperfección, necesitamos ejercitarnos continuamente en la doctrina, dan a entender, sin embargo, que con nuestra capacidad limitada y baja no podemos comprender las cosas que son inmensas. Y san Pablo dice esto de toda la Iglesia; pero no hay ninguno de nosotros que no sienta en su torpeza un gran obstáculo e impedimento para acercarse tanto como sería de desear. Pero él mismo muestra en otro lugar cuán grande es la certeza de la gota más pequeña, cuando atestigua que por el evangelio contemplamos a cara descubierta, sin ningún velo delante, la gloria de Dios, con tanta eficacia que somos transformados en la misma imagen (2 Co 3:18). En tales laberintos de ignorancia no puede ser sino que estemos envueltos a la vez en grandes dudas y temores, sobre todo porque nuestro corazón está inclinado por sí mismo, por una especie de instinto natural, a la incredulidad. A esto se suman las tentaciones, que, infinitas en número y de diversas clases, nos asaltan a cada momento con gran violencia. Y sobre todo la conciencia, oprimida por la gran carga de los pecados que pesa sobre ella, unas veces se queja y gime dentro de sí, otras se acusa; unas veces brama en secreto, otras se agita abiertamente. Así que, ya sea que las adversidades muestren alguna apariencia de la ira de Dios, ya sea que la conciencia encuentre en sí misma alguna ocasión o motivo, la incredulidad se arma con ello para combatir la fe, dirigiendo siempre todas sus armas y máquinas a este fin: que pensemos que Dios es nuestro enemigo y está airado contra nosotros, para que no esperemos de él ningún bien y lo temamos como a nuestro enemigo mortal.
Para resistir tales golpes, la fe se arma y se protege con la palabra de Dios. Cuando la asalta la tentación de pensar que Dios es su enemigo, puesto que la aflige, ella opone por el contrario que Dios, aun cuando aflige, es misericordioso, porque el castigo procede del amor más que de la ira. Cuando la hiere el pensamiento de que Dios es un juez justo que castiga las maldades, se defiende con este escudo: que la misericordia está dispuesta a perdonar todos los pecados siempre que el pecador se vuelva a la clemencia del Señor. Así, el alma creyente, por mucho que sea afligida y atormentada, al fin vence todas estas dificultades, y nunca consiente en modo alguno que se le quite la confianza que tiene en la misericordia de Dios. Al contrario, todas las dudas que la atormentan y fatigan se convierten en una mayor confirmación de esta confianza. La prueba es que los santos, cuando más se ven oprimidos por la ira y el castigo de Dios, es cuando elevan sus quejas a Dios; y cuando les parece que no serán oídos, lo invocan de todos modos. Porque ¿con qué propósito se quejarían a aquel de quien no esperaran ningún remedio? ¿Y cómo podrían decidirse a invocarlo si no creyeran que recibirían de él alguna ayuda? Así los discípulos, a quienes Cristo reprende por su poca fe, gritaban que perecían, pero aun así pedían su socorro (Mt 8:25). Y ciertamente, cuando los reprende por su poca fe, no los excluye del número de los suyos ni los cuenta entre los incrédulos, sino que los incita a desechar ese defecto. Afirmamos, pues, de nuevo lo que ya dijimos antes: que nunca puede arrancarse del corazón piadoso la raíz de la fe sin que en lo profundo de ese corazón quede algo arraigado, alguna pequeña parte adherida, por más que, sacudida, parezca que va a caer de un lado a otro; que su luz nunca quedará tan muerta ni apagada que no quede al menos alguna chispita escondida entre las cenizas. Por eso se puede juzgar que la palabra, que es una simiente incorruptible, produce un fruto semejante a ella, cuyo retoño nunca se seca ni se pierde del todo. Y es así que los santos nunca tienen mayor motivo ni ocasión de desesperar que cuando, a juzgar por las cosas presentes, sienten la mano de Dios alzada para destruirlos. Y sin embargo Job afirma que su esperanza llega a tanto que, aunque Dios lo mate, no dejará de esperar en él (Job 13:15). Ciertamente es así: la incredulidad no reina dentro del corazón de los piadosos, sino que los ataca desde fuera; y no los hiere de muerte con sus dardos, sino que solo los molesta, o los hiere de manera que la herida es curable. Porque la fe, como enseña san Pablo, nos sirve de escudo (Ef 6:16): puesta como escudo, recibe los golpes de tal manera que los evita del todo, o al menos los quebranta para que no penetren hasta el corazón. Cuando, pues, la fe se tambalea, es como si un soldado valiente y esforzado fuera obligado por un gran golpe a mover el pie y retroceder un poco; y cuando la fe misma es herida, es como cuando el escudo del soldado, por el gran golpe recibido, se astilla un poco, pero no queda del todo roto ni atravesado. Porque el alma piadosa llegará siempre a poder decir con David: «Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo» (Sal 23:4). Ciertamente es cosa temible andar en la oscuridad de la muerte, y no puede ser que los fieles, por muy fuertes que sean, no la teman. Pero como prevalece el pensamiento de que tienen a Dios presente y de que él procura su salvación, esta seguridad vence al temor. Porque, por muy grandes que sean las máquinas y los bastiones (como dice san Agustín) que el diablo levante contra nosotros, mientras no ocupe el lugar del corazón donde reside la fe, queda echado fuera. Del mismo modo, si juzgamos por lo que vemos suceder, no solo salen los fieles victoriosos de todos los asaltos, de modo que poco después, recobradas las fuerzas, están dispuestos a reanudar la batalla, sino que se cumple en ellos lo que dice san Juan: «esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe» (1 Jn 5:4). Porque no afirma que será victoriosa en una sola batalla, ni en tres ni en cuatro, sino que saldrá victoriosa contra el mundo todas las veces que este la ataque y venga a las manos con ella.
Hay otro tipo de temor y temblor por el cual la certeza de la fe, lejos de menoscabarse, queda mucho más firmemente confirmada. Se da cuando los fieles consideran que los ejemplos del castigo de Dios ejecutado sobre los malos deben servirles para guardarse con gran diligencia de provocar la ira de Dios con abominaciones semejantes; o bien cuando, reconociendo su miseria, aprenden a depender por completo del Señor, sin el cual se ven más frágiles e inconstantes que cualquier viento. Porque el Apóstol, cuando trata de los castigos con que Dios castigó en tiempos pasados al pueblo de Israel, infunde temor a los corintios para que no se contaminen con pecados semejantes (1 Co 10:11); con esto no disminuye en absoluto su confianza, sino que solo les quita la torpeza de la carne, que suele más bien derribar la fe que confirmarla. Tampoco, cuando toma ocasión de la caída de los judíos para exhortar al que está en pie a que mire no caiga (1 Co 10:12), nos manda que andemos vacilando, como si no estuviéramos bien seguros de nuestra firmeza (Ro 11:20); solo quita la arrogancia y la temeraria confianza y presunción en nuestra propia virtud y fuerzas, para que los gentiles, puestos en lugar de los judíos desechados, no se ensoberbecieran ferozmente ni se burlaran de ellos. Aunque no habla solo con los fieles, sino también con los hipócritas, que se gloriaban de la mera apariencia externa. Porque no amonesta a cada persona en particular, sino que, después de comparar a judíos y gentiles y mostrar que el rechazo de los judíos era justo castigo de su incredulidad e ingratitud, exhorta a su vez a los gentiles a no ensoberbecerse ni gloriarse en sí mismos, para que no pierdan la gracia de la adopción a la que acababan de ser admitidos. Pero así como en aquel rechazo general de los judíos habían quedado algunos que no cayeron de la alianza de la adopción, del mismo modo podía haber algunos gentiles que, careciendo de verdadera fe, se hincharan con una loca confianza carnal y abusaran así de la bondad de Dios para su condenación. Sin embargo, aunque lo que dice san Pablo se entendiera como dirigido solo a los fieles y elegidos, no se seguiría ningún inconveniente. Porque una cosa es reprimir la temeridad a la que a veces se ven tentados los santos por los restos de la carne, para que no se exalten con una vana presunción, y otra muy distinta aterrar la conciencia de tal manera que no descanse ni se tranquilice con plena seguridad en la misericordia de Dios.
Asimismo, cuando nos enseña a ocuparnos en nuestra salvación con temor y temblor (Fil 2:12), no pide otra cosa sino que nos acostumbremos a poner los ojos en el poder del Señor y a descansar en él, con gran humillación de nosotros mismos. Y ciertamente nada puede movernos tanto a poner en el Señor la confianza y la certeza de nuestro corazón como la desconfianza de nosotros mismos y la angustia que sentimos al comprender nuestra miseria. En este sentido debe entenderse lo que dice el profeta: «Mas yo por la abundancia de tu misericordia entraré en tu casa; adoraré hacia tu santo templo en tu temor» (Sal 5:7). Con mucho acierto une aquí el atrevimiento que tiene la fe cuando se apoya en la misericordia de Dios con un temor religioso y santo, que necesariamente nos toca cada vez que, al comparecer ante la presencia de la Majestad divina, entendemos por su claridad cuán grande es nuestra impureza. También Salomón dice muy bien: «Bienaventurado el hombre que siempre teme a Dios; mas el que endurece su corazón caerá en el mal» (Pr 28:14). Pero entiende un temor que nos hace más cautos, no uno que nos aflija hasta la desesperación; es decir, cuando nuestro ánimo, confundido en sí mismo, se recoge y se conforta en Dios; caído en sí mismo, se levanta en él; desconfiado de sí mismo, respira en la confianza que tiene en él. Por tanto, nada impide que los fieles tengan temor y a la vez gocen de un consuelo muy sereno, según que unas veces consideran su vanidad y otras elevan su pensamiento a Dios. ¿Cómo —dirá alguien— habitarán en un mismo corazón el espanto y la fe? Respondo: del mismo modo que, al contrario, la inquietud y la pereza se encuentran muchas veces juntas. Porque, aunque los impíos se armen cuanto puedan de insensibilidad para que el temor de Dios no les cause ninguna angustia, el juicio de Dios los persigue de tal manera que nunca logran lo que desean y pretenden. Así que no hay ningún inconveniente en que Dios ejercite a los suyos en la humildad, para que, luchando valientemente, se mantengan como con un freno dentro de los límites de la modestia. Y que esta fue la intención del Apóstol se ve claro por el contexto, cuando señala como causa del temor y temblor la buena voluntad de Dios, por la cual da a los suyos la gracia de desear el bien y de ponerlo por obra con diligencia. En este sentido debe tomarse lo que dice el profeta: «Temerán a Jehová y a su bondad» los hijos de Israel (Os 3:5); porque la piedad no solo engendra reverencia y temor de Dios, sino que la misma suavidad y dulzura de la gracia hace que el hombre, humillado en sí mismo, tema y a la vez se admire, para que dependa de Dios y se someta humildemente a su poder.
Y al decir esto no pretendo aprobar aquella filosofía pestilente, o invención, que algunos semipapistas empiezan hoy a enseñar por los rincones. Como no pueden sostener aquel disparate tan disparatado que se enseña en las escuelas papistas, de que la fe es solo una opinión dudosa, se acogen a otra invención: enseñan que la confianza está mezclada con la incredulidad. Reconocen que, mientras tenemos los ojos puestos en Cristo, hallamos motivo más que suficiente para esperar bien; pero como siempre somos indignos de todos los bienes que se nos ofrecen en Jesucristo, quieren que, al considerar nuestra indignidad, nos tambaleemos, vacilemos y dudemos. En suma, ponen la conciencia entre la esperanza y el miedo, de modo que se incline ya a un lado, ya al otro; y combinan de tal manera la esperanza y el miedo que, cuando empieza a reinar la esperanza, el temor cae por tierra, y al contrario, cuando el temor vuelve a dominar, la esperanza se pierde de nuevo. He aquí cómo Satanás, al ver descubiertos sus artificios con que antes solía destruir la certeza de la fe, y que ya no le sirven, procura quitarle las fuerzas minándola en secreto. Y os pregunto: ¿qué clase de confianza será esta, que a cada golpe será vencida por la desesperación? Si consideramos a Cristo —dicen—, la salvación es segura; pero si ponemos los ojos en nosotros, nuestra condenación es segura. De aquí concluyen que es necesario que la desconfianza y la buena esperanza reinen alternativamente en nuestro corazón. ¡Como si debiéramos considerar a Cristo como alguien que está lejos de nosotros, y no más bien como quien habita en nosotros! Porque esperamos de él la salvación no porque se nos muestre de lejos, sino porque, injertados en su cuerpo, nos hace partícipes no solo de todos sus bienes, sino también de sí mismo. Por tanto, vuelvo contra ellos su propio argumento de esta manera: si nos consideramos a nosotros mismos, la condenación es segura; pero como Cristo se nos ha comunicado con todos sus bienes, para que todo lo que tiene sea nuestro, para que seamos sus miembros y una misma sustancia con él, por eso su justicia sepulta nuestros pecados, su salvación deshace nuestra condenación, y él mismo intercede con su dignidad para que nuestra indignidad no comparezca ante la presencia de Dios. Y ciertamente es así: de ninguna manera debemos separar a Jesucristo de nosotros, ni a nosotros de él, sino asir firmemente con ambas manos la comunión y unión con que él nos unió a sí. Así nos enseña el Apóstol a hacerlo cuando dice que «el cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado, mas el espíritu vive a causa de la justicia», porque el Espíritu de Cristo habita en nosotros (Ro 8:10). Según el desvarío de estos, el Apóstol debería haber dicho: «Es verdad que Jesucristo tiene vida en sí; pero nosotros, en cuanto pecadores, quedamos sujetos a la muerte y a la condenación». Pero él habla de una manera muy distinta. Enseña que la condenación que merecemos por nosotros mismos es absorbida por la salvación de Cristo; y para probarlo usa la misma razón que yo he usado: que Jesucristo no está fuera de nosotros, sino que habita en nosotros; y no solo está unido a nosotros por un lazo indisoluble, sino que, por una unión admirable que sobrepasa nuestro entendimiento, se hace de día en día más un solo cuerpo con nosotros, hasta llegar a ser una misma sustancia con nosotros. Sin embargo, no niego (como toqué hace poco) que a veces haya ciertas interrupciones de la fe, según que su debilidad, entre combates tan grandes, se incline ya a un lado, ya al otro. Así, la claridad de la fe queda sofocada por la densa oscuridad de las tentaciones. Pero, pase lo que pase, no deja de poner sus ojos en Dios.
Con esto concuerda san Bernardo cuando trata expresamente este tema en su quinta homilía sobre la dedicación del templo. «Cuando pienso a veces en el alma —dice—, por la misericordia de Dios, me parece hallar en ella dos cosas contrarias. Si la considero tal como es en sí y por sí misma, no puedo decir nada más verdadero sino que ha quedado reducida a nada. ¿Qué necesidad hay ahora de enumerar una por una todas sus miserias: cuán cargada está de pecados, rodeada de tinieblas, enredada en halagos, hirviendo en concupiscencias, sujeta a pasiones, llena de ilusiones, inclinada siempre al mal, propensa a todo vicio, y en fin, llena de afrenta y confusión? Si aun todas nuestras justicias, puestas a la luz de la verdad, son como trapo de inmundicia (Is 64:6), ¿qué serán entonces nuestras injusticias? Si la luz que hay en nosotros es tinieblas, ¿cuán grandes serán las mismas tinieblas? (Mt 6:23). ¿Qué diremos, pues? Sin ninguna duda, el hombre no es más que vanidad, el hombre ha quedado reducido a nada, el hombre no es otra cosa que nada. Pero ¿cómo puede el hombre ser absolutamente nada, si Dios hace tanto caso de él? ¿Cómo es nada aquel en quien Dios ha puesto su corazón? Cobremos ánimo, hermanos. Aunque no somos nada en nuestro corazón, puede ser que en el corazón de Dios haya algo oculto de nosotros. Oh Padre de misericordias, oh Padre de los miserables, ¿cómo pones tu corazón en nosotros? Porque tu corazón está donde está tu tesoro. ¿Y cómo somos nosotros tu tesoro, si no somos más que nada? Todas las naciones son como nada delante de ti; serán estimadas en nada. Es decir, delante de tu presencia, no dentro de ti; son nada en cuanto al juicio de tu verdad, pero no en cuanto al afecto de tu piedad y bondad. Porque tú llamas las cosas que no son como si fuesen. Así, las cosas que tú llamas no son, y sin embargo tienen ser en cuanto tú las llamas. Porque, aunque no sean en sí mismas, son en ti, conforme a lo que dice san Pablo: no por las obras de justicia, sino por el que llama (Ro 9:11)». Después de hablar así, san Bernardo muestra que la conexión y trabazón que estas dos consideraciones tienen entre sí es admirable, diciendo: «Ciertamente, las cosas que están trabadas entre sí no se destruyen unas a otras». Y lo dice todavía más claramente en la conclusión con estas palabras: «Si con una y otra consideración examinamos con diligencia lo que somos, o mejor dicho, si consideramos en la una cuán nada somos y en la otra cuán ensalzados estamos, pienso que nuestra gloria nos parecerá bien moderada; y aun es posible que aumente, si se da a uno solo, para que nos gloriemos no en nosotros, sino en el Señor. Es decir, si pensamos que, si él ha decidido salvarnos, al instante seremos libres, esto ya nos hará respirar en alguna medida. Pero subamos a una atalaya mucho más alta: busquemos la ciudad de Dios, busquemos el templo, busquemos la casa, busquemos la esposa. No me he olvidado; pero hablo con temor y reverencia: digo que somos, pero en el corazón de Dios. Somos, pero por su misericordia, no por nuestra dignidad».
Ahora bien, el temor del Señor, que la Escritura atribuye comúnmente a todos los santos y que unas veces se llama principio de la sabiduría y otras la sabiduría misma (Sal 111:10; Pr 1:7; 15:33; Job 28:28), aunque es uno solo, procede de dos clases de afectos. Porque Dios tiene en sí la reverencia y el temor que se deben a un padre y los que se deben a un señor. Por tanto, quien quiera honrarlo como debe procurará mostrarse hijo obediente y siervo dispuesto a hacer lo que le mande. El Señor, por medio del profeta, llama «honra» a la obediencia que se le debe como padre, y «temor» al servicio que se le debe como señor: «El hijo honra al padre, y el siervo a su señor. Si, pues, soy yo padre, ¿dónde está mi honra? Y si soy señor, ¿dónde está mi temor?» (Mal 1:6). Sin embargo, vemos cómo, por más que los distinga, los mezcla y confunde uno con otro, comprendiendo a ambos bajo la palabra «honrar». Por tanto, el temor del Señor será para nosotros una reverencia mezclada de honra y de temor. Y no hay por qué maravillarse de que un mismo corazón admita a la vez estos dos afectos. Es verdad que quien considera qué Padre es Dios para nosotros tiene causa más que suficiente, aunque no hubiera infierno alguno, para sentir mucho mayor horror de ofenderlo que de morir la muerte más desastrada del mundo. Pero, por otra parte, como nuestra carne es inclinada a tomarse licencia para pecar, es necesario, para domarla, considerar en nuestro entendimiento que el Señor, bajo cuyo dominio vivimos, abomina y detesta toda clase de maldad, y que no escapará a su castigo ninguno de los que, viviendo mal, hayan provocado su ira contra sí mismos.
Lo que dice san Juan, que «en el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor; porque el temor lleva en sí castigo» (1 Jn 4:18), no contradice lo que hemos dicho. Porque san Juan habla del horror propio de la incredulidad, muy distinto del temor de los fieles. Los impíos no temen a Dios por no ofenderlo, si pudieran hacerlo sin ser castigados; pero como saben que está armado y es poderoso para vengarse, cada vez que oyen hablar de su ira tiemblan como azogados. Temen también su ira porque saben que está a punto de caer sobre ellos, y a cada momento están esperando cuándo los destruirá. Los fieles, en cambio (como ya hemos dicho), temen mucho más ofender a Dios que el castigo que por ello habrán de padecer, y no se turban con el temor de la pena como si ya estuviera a punto de caer sobre ellos, sino que se vuelven mucho más cautos para no incurrir otra vez en el mismo peligro. Por eso el Apóstol, hablando a los fieles, dice: «Nadie os engañe…, porque por estas cosas viene la ira de Dios sobre los hijos de desobediencia» (Ef 5:6; Col 3:6). No los amenaza con que la ira de Dios vendrá sobre ellos, sino que los exhorta a considerar que la ira de Dios está preparada para destruir a los impíos por los enormes pecados que acababa de enumerar, para que ellos no lleguen a experimentarla en sí mismos. Aunque muy raramente sucede que los réprobos sean bien despertados y tocados por las simples amenazas; al contrario, endurecidos ya y encallecidos en la dureza de su corazón, cada vez que Dios lanza rayos de ira desde el cielo, mientras no sean más que palabras, se endurecen más en su contumacia. Pero cuando sienten los golpes de su mano, entonces se ven obligados a temer, mal de su grado. A este temor se le suele llamar servil, para distinguirlo del temor voluntario y libre que los hijos deben tener hacia sus padres. Hay otros que introducen sutilmente una tercera especie de temor, porque aquel temor servil y forzado a veces doma el corazón para que llegue a temer a Dios voluntariamente.
Además, en la buena voluntad de Dios, a la que decimos que mira la fe, entendemos que obtenemos la posesión de la salvación y de la vida eterna. Porque si no nos puede faltar ningún bien mientras Dios nos tiene bajo su amparo, para estar seguros de nuestra salvación nos basta que él nos asegure del amor que nos tiene: «Haz resplandecer tu rostro, y seremos salvos», dice el profeta (Sal 80:3). De ahí que la Escritura ponga como suma de nuestra salvación que el Señor, habiendo derribado las enemistades, nos ha recibido en su gracia (Ef 2:14). Con ello da a entender sin duda que, estando Dios reconciliado con nosotros, no hay por qué temer que todas las cosas no nos vayan a salir muy bien. Por eso la fe, habiendo comprendido el amor de Dios, tiene promesas de la vida presente y de la venidera, y una sólida seguridad de todos los bienes; pero tal como puede sacarse de la palabra de Dios. Porque la fe no se promete con certeza ni muchos años en esta vida, ni honra, ni hacienda, ni riquezas (pues el Señor no quiso que ninguna de estas cosas se nos prometiera), sino que se contenta con esta certeza: que, por mucho que necesitemos para vivir en esta vida presente, Dios nunca nos faltará. Y su principal seguridad consiste en la esperanza de la vida venidera, que se nos propone en la palabra de Dios fuera de toda duda. Con todo, cuantas miserias y calamidades puedan sobrevenir en esta vida a aquellos a quienes Dios ha abrazado con su amor, no pueden impedir que su buena voluntad hacia nosotros sea para ellos una dicha plena y perfecta. Por eso, cuando quisimos expresar la suma de la bienaventuranza, pusimos la gracia de Dios, manantial del que nos vienen todos los bienes. Y esto se podrá notar a cada paso en la Escritura: siempre nos remite al amor que Dios nos tiene, no solo cuando se trata de la salvación eterna, sino también cuando se trata de cualquier bien nuestro. Por eso David canta que la bondad divina, cuando se siente en el corazón del piadoso, es mucho más dulce y deseable que la misma vida (Sal 63:3). En fin, aunque tuviéramos grandísima abundancia de todo lo que deseamos, si estuviéramos inseguros del amor o del odio que Dios nos tiene, nuestra felicidad sería maldita, y por tanto sería infelicidad. Pero si Dios nos muestra su alegre rostro de Padre, aun las mismas miserias serán para nosotros felicidad, porque se convertirán en ayuda para alcanzar la salvación. Así san Pablo, amontonando todas las adversidades que pueden sobrevenirnos, se gloría sin embargo de que no nos separan del amor de Dios (Ro 8:35); y en sus oraciones siempre comienza por la gracia de Dios, de la que procede toda prosperidad. Asimismo David opone el solo favor y amparo de Dios a todos los terrores que nos turban: «Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo» (Sal 23:4). Y siempre sentimos que nuestro ánimo vacila, salvo cuando, contentándose con la gracia de Dios, busca en ella su paz y tiene por verdad certísima lo que dice el profeta: «Bienaventurada la nación cuyo Dios es Jehová, el pueblo que él escogió como heredad para sí» (Sal 33:12).
Ponemos como fundamento de la fe la promesa gratuita, porque en ella consiste propiamente la fe. Porque, aunque la fe tiene por cierto que Dios es veraz en todo y por todo, ya mande o prohíba, ya prometa o amenace, y aunque recibe obedientemente sus mandamientos, atiende a lo que él veda y teme sus amenazas, con todo, comienza por la promesa, se apoya en ella y en ella termina. Porque busca en Dios una vida que no se halla en los mandamientos ni en las amenazas, sino solo en la promesa de la misericordia, y en una promesa gratuita; porque las promesas condicionales, en cuanto nos remiten a nuestras obras, no prometen la vida sino en la medida en que la hallemos en nosotros mismos. Así que, si no queremos que la fe tiemble y vacile de un lado a otro, es necesario sostenerla con la promesa de salvación que el Señor nos ofrece por su propia voluntad y liberalmente, más en atención a nuestra miseria que a nuestra dignidad. Por esta causa el Apóstol atribuye particularmente al evangelio el título de «palabra de fe» (Ro 10:8), título que no da ni a los mandamientos ni a las promesas de la Ley; y la razón es que nada puede establecer la fe sino aquella magnífica embajada con que Dios reconcilia consigo al mundo y lo recibe en su amistad. De ahí la correspondencia que él establece muchísimas veces entre la fe y el evangelio, como cuando dice que se le encomendó el ministerio del evangelio para la obediencia a la fe; también, que el evangelio es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; y también, que en él la justicia de Dios se revela por fe y para fe (Ro 1:5, 16-17). Y no es de extrañar: siendo el evangelio el ministerio de la reconciliación entre Dios y nosotros (2 Co 5:18), no hay ningún otro testimonio más suficiente de la buena voluntad de Dios hacia nosotros, cuyo conocimiento requiere la fe. Cuando decimos, pues, que la fe debe apoyarse en la promesa gratuita, no negamos que los fieles reciban y acepten por entero la palabra de Dios; pero señalamos la promesa de la misericordia como el blanco propio al que la fe debe apuntar siempre. Así, aunque los fieles deben reconocer a Dios como juez y castigador de los malhechores, ponen sus ojos especialmente en su clemencia, porque se les presenta benigno y misericordioso, lento para la ira, inclinado a hacer bien, suave y bondadoso para con todos, y que derrama su misericordia sobre todas sus obras (Sal 86:5; 103:8; 145:8-9).
No hago caso de los ladridos de Pighius y de otros perros como él, que dicen que esta restricción que hemos puesto despedaza la fe para tomar solo un pedazo de ella. Confieso (como ya he dicho) que la verdad de Dios, ya amenace, ya ofrezca esperanza de misericordia, es el blanco o, como dicen, el objeto general de la fe. Por esta razón el Apóstol atribuye a la fe que Noé temiera la destrucción del mundo por el diluvio antes de que llegara (He 11:7). De ahí infieren los sofistas que, si la fe produce en nosotros temor de los castigos que han de venir, no debemos excluir de nuestra definición de la fe las amenazas con que Dios quiere aterrar a los pecadores. Esto es verdad, pero nos hacen gran injuria y nos calumnian muy falsamente, como si dijéramos que la fe no mira a todas las partes de la palabra de Dios. Porque solo pretendemos dar a entender estos dos puntos: el primero, que la fe nunca estará tranquila hasta que haya encontrado la promesa gratuita; el segundo, que por ella no somos reconciliados con Dios sino en cuanto nos une con Cristo. Lo uno y lo otro es digno de notarse. Buscamos una fe que distinga a los hijos de Dios de los réprobos, y a los creyentes de los incrédulos. Si alguien cree que Dios manda con toda justicia todo lo que manda, y que cuando amenaza, amenaza de veras, ¿se le llamará por eso creyente? Ciertamente no. Así que no habrá firmeza alguna en la fe si no se detiene en la misericordia de Dios. ¿Para qué disputamos, pues, acerca de la fe? ¿No es acaso para conocer el camino de la salvación? ¿Y cómo nos salva la fe, sino en cuanto nos injerta en el cuerpo de Cristo? No hay, pues, ningún absurdo en que, al definir la fe, insistamos tanto en su efecto principal, y en que pongamos luego la marca y señal que distingue a los fieles de los incrédulos. En fin, los maldicientes no tienen nada que roer ni reprender en nuestra doctrina, a no ser que quieran reprender también, junto con nosotros, a san Pablo, que llama al evangelio «palabra de fe» y le atribuye este título especial (Ro 10:8).
De aquí concluimos otra vez lo que antes habíamos declarado: que la fe no necesita menos la palabra que el fruto la raíz viva del árbol. Porque, según atestigua David, nadie puede esperar en Dios sino el que ha conocido su nombre (Sal 9:10). Y este conocimiento no procede de la imaginación de cada uno, sino del testimonio que Dios mismo da de su bondad. David lo confirma en otro lugar, diciendo: «Tu salvación, conforme a tu dicho». Y también: «Sálvame… he esperado en tu palabra» (Sal 119:41, 146-147). Aquí debe notarse la correspondencia que hay entre la fe y la palabra, de la cual se sigue enseguida la salvación. Y sin embargo no excluimos el poder de Dios; si la fe no se apoya en él, nunca dará a Dios la honra que le debe. Parece que san Pablo cuenta de Abraham algo trivial y común cuando dice que creyó que Dios era poderoso para cumplir lo que le había prometido, es decir, la descendencia bendita (Ro 4:21). Y en otro lugar, hablando de sí mismo, dice: «yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día» (2 Ti 1:12). Pero si cada uno considera y sopesa bien las dudas acerca del poder de Dios que sin fin y sin cesar se nos cuelan en el entendimiento, conocerá muy bien que los que lo exaltan como merece no han progresado poco en la fe. Todos confesamos que Dios puede todo lo que quiere; pero, puesto que la menor tentación del mundo nos hace desfallecer de temor y nos deja aturdidos de horror, es claro que menoscabamos muchísimo el poder de Dios, al preferirle las amenazas que Satanás lanza contra sus promesas. Esta es la razón por la que Isaías, queriendo imprimir en el corazón de los judíos la certeza de la salvación, exalta tan magníficamente el poder infinito de Dios. Muchas veces parece que, cuando empieza a tratar de la esperanza del perdón y de la reconciliación, se desvía hacia otro asunto y divaga en largos e innecesarios rodeos, contando cuán maravillosamente gobierna Dios esta máquina del cielo y de la tierra con todo el orden de la naturaleza. Pero no hay nada en ello que no sirva al asunto que trata. Porque si el poder de Dios, por el cual todo lo puede, no se presenta ante nuestros ojos, a duras penas admitirían nuestros oídos la doctrina, o no la estimarían tanto como deberían. Además, debemos notar que la Escritura habla de un poder de Dios activo, que tiene las manos en la obra; porque la piedad (como ya hemos dicho) siempre aplica y acomoda el poder de Dios al uso y al ejercicio para sacar de ello provecho. Sobre todo, se pone delante las obras en que Dios se ha manifestado como Padre. De ahí que en la Escritura se haga tan continua memoria de la redención, por la cual el pueblo judío podía aprender que Dios, que había sido una vez autor de su salvación, sería para siempre su defensor. También David nos enseña con su ejemplo que los beneficios que Dios ha hecho a cada uno en particular le sirven después para confirmar su fe (Sal 143:5). Más aún: cuando parece que nos ha abandonado, debemos entonces elevar más alto nuestros pensamientos y considerar las cosas desde más lejos, para que sus antiguos beneficios nos levanten y nos den buena confianza, como se dice en otro salmo: «Me acordé de los días antiguos; meditaba en todas tus obras» (Sal 143:5). Y también: «Me acordaré de las obras de Jah; sí, haré yo memoria de tus maravillas antiguas» (Sal 77:11). Pero como todo lo que concebimos e imaginamos acerca del poder de Dios y de sus obras es vano y carece de fundamento sin su palabra, no sin causa decimos que no hay fe alguna hasta que Dios nos ilumina con el testimonio de su gracia. Con todo, aquí podría plantearse una pregunta: ¿qué debe pensarse de Sara y de Rebeca, que, movidas ambas (según puede juzgarse) por celo de la fe, traspasaron los límites señalados en la palabra? Sara, por el ardiente deseo que tenía de la descendencia prometida, dio a su sierva por mujer a su marido (Gn 16:5). No se debe negar que pecó de muchas maneras; pero por ahora solo toco este defecto: que, arrebatada por su celo, no se mantuvo dentro de los límites de la palabra de Dios; y sin embargo es certísimo que este deseo le vino de la fe. Rebeca, informada por el oráculo divino de la elección de su hijo Jacob, procura con engaño la bendición para él: engaña a su marido, que era testigo y ministro de la gracia de Dios; hace mentir a su hijo; corrompe con sus astucias y engaños la palabra de Dios (Gn 27). En fin, en lo que de ella dependía, al dar ocasión a que la promesa fuera despreciada, la deshizo. Y sin embargo este acto, por vicioso y reprensible que sea, no careció de fe, porque tuvo que pasar grandes tragos para desear con tanto ardor algo tan lleno de grandísimas molestias y peligros, sin esperanza de ninguna ventaja terrena. Asimismo, no podemos privar del todo de fe al santo patriarca Isaac, porque, aunque el mismo oráculo divino le había advertido que el derecho de primogenitura pasaba al hijo menor, no deja de tener más afecto a su hijo mayor, Esaú. Ciertamente estos ejemplos nos enseñan que los errores están muchísimas veces mezclados con la fe, pero de tal manera que la fe, cuando es verdadera, siempre prevalece. Porque así como el error particular de Rebeca no frustró ni anuló el efecto de la bendición, tampoco menoscabó la fe que en general dominaba en su corazón y fue principio y causa de aquel acto. Pero Rebeca muestra con esto cuán resbaladizo es el entendimiento humano y cuánto se aparta del camino en cuanto se toma la más mínima licencia para intentar algo por sí mismo. Y aunque la falta y la debilidad oscurecen la fe, no la matan del todo; entretanto se nos advierte con cuánta solicitud debemos estar pendientes de la boca de Dios, y a la vez se confirma lo que hemos dicho: que la fe, si no se apoya en la palabra, se desvanece muy pronto. Así se habrían desvanecido los ánimos de Sara, Isaac y Rebeca en sus rodeos y vueltas torcidos, si Dios no los hubiera retenido con un freno secreto en la obediencia de la palabra.
Además, no sin causa encerramos todas las promesas en Cristo, puesto que el Apóstol encierra todo el evangelio en el conocimiento de Cristo (Ro 1:17), y en otro lugar enseña que «todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén» (es decir, que en él quedan ratificadas) (2 Co 1:20). La razón es muy clara: si Dios promete algo, con ello muestra la buena voluntad que nos tiene, de modo que no hay promesa suya que no sea un testimonio y una garantía de su amor. Y no va contra esto que los impíos, cuanto mayores y más continuos beneficios reciben de la mano de Dios, se hagan más culpables y dignos de mayor castigo. Porque, como no piensan ni reconocen que los bienes que tienen vienen de la mano de Dios, o, si lo reconocen, no consideran en su interior su bondad, no pueden captar la misericordia de Dios más que las bestias brutas, que según la condición de su naturaleza gozan del mismo fruto de su liberalidad sin considerarlo ni reparar en él. Tampoco va contra esto que, despreciando muchas veces las promesas que se les hacen, acumulen por ello sobre su cabeza un castigo mucho mayor. Porque, aunque la eficacia de las promesas se manifiesta al fin cuando las creemos y las tenemos por verdaderas, su virtud y propiedad nunca queda anulada por nuestra incredulidad ni ingratitud. Por tanto, puesto que el Señor nos invita con sus promesas no solo a recibir los frutos de su liberalidad, sino también a considerarlos y sopesarlos, al mismo tiempo nos declara su amor. Debemos, pues, volver a este punto: toda promesa es una garantía del amor que Dios nos tiene. Y es certísimo que nadie es amado por Dios sino en Cristo. Él es el Hijo amado en quien descansa y reposa el amor del Padre, y desde él se derrama sobre nosotros (Mt 3:17; 17:5), como enseña san Pablo: que hemos alcanzado gracia en el Amado (Ef 1:6). Es necesario, pues, que esta gracia venga y caiga sobre nosotros por su medio e intercesión. Por eso el Apóstol lo llama en otro lugar «nuestra paz» (Ef 2:14), y en otro lo presenta como el vínculo o lazo con que Dios, por su amor paternal, se une y liga con nosotros (Ro 8:39). De donde se sigue que debemos fijar en él los ojos cada vez que se nos presenta alguna promesa, y que san Pablo no habla mal cuando dice que todas las promesas de Dios quedan confirmadas y cumplidas en él (Ro 15:8). Parece haber algunos ejemplos que contradicen esto. Porque no es creíble que Naamán el sirio, cuando preguntó al profeta de qué manera honraría a Dios, fuera instruido acerca del Mediador; y sin embargo se alaba su piedad. Tampoco es de creer que Cornelio, pagano y romano, entendiera lo que muy pocos judíos entendían, y aun esos pocos de manera oscura; y sin embargo sus limosnas y sus oraciones fueron agradables a Dios (Hch 10:31), y los sacrificios de Naamán fueron aprobados por la respuesta del profeta (2 R 5:17-19), cosa que ni uno ni otro habría alcanzado sino por la fe. Semejante es lo que se cuenta del eunuco al que fue enviado san Felipe (Hch 8:27). Porque, viviendo muy lejos de Jerusalén, nunca se habría tomado el trabajo de hacer un camino tan largo, costoso y difícil para venir a adorar a Jerusalén si no hubiera tenido alguna fe en su corazón. Y sin embargo vemos cómo, preguntado por san Felipe acerca del Mediador, muestra su ignorancia (Hch 8:31). Confieso, pues, que la fe de estos que he nombrado fue en cierto modo implícita u oscura, no solo en cuanto a la persona de Jesucristo, sino también en cuanto a su poder y al oficio que el Padre le encomendó. Pero es certísimo que tuvieron algunos principios que les dieron algún gusto de Cristo, aunque pequeño. Y esto no debe tenerse por cosa nueva: porque ni el eunuco habría venido nunca de una tierra tan lejana para adorar en Jerusalén a un Dios que no conociera, ni Cornelio, habiendo profesado ya la religión judía, habría pasado tanto tiempo sin familiarizarse con los rudimentos y principios de la verdadera doctrina. En cuanto a Naamán, sería muy absurdo que Eliseo, al indicarle cómo debía comportarse en cosas de no tanta importancia, olvidara lo principal. Así que, aunque el conocimiento de Cristo fue oscuro entre ellos, no conviene decir que no tuvieran ninguno; porque se ejercitaban en los sacrificios de la Ley, que debían distinguirse de los falsos sacrificios de los paganos por su fin, es decir, por Jesucristo.
Esta sencilla declaración que tenemos en la palabra de Dios debería bastarnos para engendrar en nosotros la fe, si nuestra ceguera y contumacia no lo impidieran. Pero, como nuestro entendimiento es inclinado a la vanidad, nunca puede acercarse a la verdad de Dios; y como es romo y grosero, no puede ver la claridad de Dios, sino que es corto de vista. Por tanto, la palabra sola, sin la iluminación del Espíritu Santo, no nos sirve ni aprovecha nada. De lo cual se ve claramente que la fe está por encima de todo lo que los hombres pueden entender. Y no basta que el entendimiento sea iluminado por el Espíritu de Dios, sino que es necesario que también el corazón sea fortalecido y confirmado por el poder del Espíritu. En esto se engañan gravemente los teólogos de la Sorbona, al pensar que la fe es un mero y simple asentimiento a la palabra de Dios que reside en el entendimiento, sin hacer mención de la confianza y certeza del corazón. La fe es, pues, un don singular de Dios de ambas maneras: primero, el entendimiento humano es iluminado para gustar algo de la verdad de Dios; segundo, el corazón es fortalecido en ella. Porque el Espíritu Santo no solo comienza la fe, sino que la aumenta gradualmente hasta que nos lleve al reino de los cielos. Por eso san Pablo exhorta a Timoteo a guardar el buen depósito que había recibido por el Espíritu Santo que mora en nosotros (2 Ti 1:14). Si alguien replica, por el contrario, que el Espíritu se nos da por el oír con fe (Gá 3:2), esta objeción se resuelve muy fácilmente. Si no hubiera más que un solo don del Espíritu, muy mal hablaría el Apóstol al decir que el Espíritu es efecto de la fe, siendo su autor y causa; pero como trata de los dones con que Dios adorna a su Iglesia y la conduce a la perfección mediante el crecimiento de la fe, no es de extrañar que los atribuya a la fe, que nos prepara y dispone para recibirlos. Es verdad que se tiene por cosa muy extraña e inaudita cuando se dice que nadie puede creer en Cristo sino aquel a quien se le concede en particular; pero esto ocurre en parte porque los hombres no consideran cuán alta y difícil de alcanzar es la sabiduría celestial, y cuán grande es la torpeza humana para comprender los misterios divinos; y en parte también porque no ponen los ojos en aquella constancia firme y estable del corazón, que es la parte principal de la fe.
Este error es fácil de refutar. Porque, como dice san Pablo, si nadie puede conocer la voluntad del hombre sino el espíritu del hombre que está en él (1 Co 2:11), ¿cómo estará segura la criatura de la voluntad de Dios? Y si la verdad de Dios nos resulta dudosa aun en las cosas que vemos con los ojos, ¿cómo va a ser firme e indudable cuando el Señor nos promete cosas que ojo no vio ni el entendimiento puede comprender? La prudencia humana falla de tal manera en estas cosas que el primer escalón para avanzar en la escuela de Dios es renunciar a ella y no tenerla en cuenta. Porque con ella se nos impide, como si nos pusieran un velo delante de los ojos, comprender los misterios de Dios, que solo se revelan a los niños (Mt 11:25; Lc 10:21). Porque no lo revela carne ni sangre (Mt 16:17), y el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu, sino que para él la doctrina divina es locura, porque se ha de discernir espiritualmente (1 Co 2:14). Nos es, pues, necesaria la ayuda del Espíritu Santo, o, mejor dicho, aquí solo reina su poder. No hay hombre alguno que haya entendido la mente de Dios ni que haya sido su consejero (Ro 11:34); pero el Espíritu es el que todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios, y por él llegamos a entender la mente de Cristo (1 Co 2:10, 16). «Ninguno puede venir a mí —dice el Señor—, si el Padre que me envió no le trajere… Así que, todo aquel que oyó al Padre, y aprendió de él, viene a mí. No que alguno haya visto al Padre, sino aquel que vino de Dios» (Jn 6:44-46). Así como, si el Espíritu de Dios no nos atrae, no podemos en modo alguno acercarnos a Dios, del mismo modo, cuando somos atraídos, somos elevados en entendimiento y corazón por encima de nuestra propia inteligencia. Porque el alma iluminada por él recibe como un ojo nuevo y una vista nueva con que contempla los misterios celestiales, cuyo resplandor antes la deslumbraba y la dejaba a oscuras. Iluminado así con la luz del Espíritu Santo, el entendimiento humano comienza entonces a gustar de veras las cosas que pertenecen al reino de Dios, de las que antes no podía tener ningún sentimiento ni sabor. Por eso nuestro Señor Jesucristo, aunque expone admirablemente a dos de sus discípulos los misterios de su reino, no logra nada hasta que les abre el entendimiento para que comprendan las Escrituras (Lc 24:27, 45). Y aunque los apóstoles fueron así enseñados por su boca divina, es necesario que se les envíe el Espíritu de verdad para que infunda en su entendimiento la misma doctrina que habían oído con sus oídos (Jn 16:13). La palabra de Dios es semejante al sol: da luz a todos aquellos a quienes se predica, pero los ciegos no reciben de ella ningún provecho. Y todos nosotros somos ciegos por naturaleza en esta materia; por eso no puede penetrar hasta nuestro entendimiento si el Espíritu de Dios, que es el maestro interior, no le abre la puerta con su iluminación y le da entrada.
Cuando antes fue necesario tratar de la corrupción de nuestra naturaleza, mostramos ampliamente cuán incapaces son los hombres por sí mismos de creer. Por eso no cansaré aquí a los lectores repitiendo lo que ya he dicho. Baste que, cuando san Pablo habla del «espíritu de fe», entiende la fe misma que el Espíritu nos reparte y que no tenemos por naturaleza (2 Co 4:13). Por esta razón ruega a Dios que tenga a bien cumplir en los tesalonicenses todo su propósito de bondad y la obra de fe con su poder (2 Ts 1:11). Al llamar a la fe obra de Dios y darle el nombre de beneplácito o buena voluntad, declara que no procede del propio impulso del hombre; y no contento con esto, añade que es una muestra del poder divino. Escribiendo a los corintios, dice que la fe no depende de la sabiduría de los hombres, sino que está fundada en el poder del Espíritu. Aunque es verdad que habla de los milagros externos, como los réprobos no son capaces de considerarlos ni verlos bien, incluye también aquel sello del que habló en otro lugar. Y para que Dios haga resplandecer más su liberalidad en un don tan admirable, no lo concede indistintamente a todos, sino que lo reparte por un privilegio especial a quienes le place. Esto ya lo hemos confirmado con testimonios de la Escritura, cuyo fiel intérprete, san Agustín, exclama: «Nuestro Redentor, para enseñarnos que el creer mismo es don y merced, y no mérito (Agustín, Sermones sobre las palabras del Apóstol, 2), dice: "Ninguno puede venir a mí, si el Padre no le trajere", y "si no le fuere dado del Padre" (Jn 6:44, 65). Es cosa de admirar que dos oigan, y uno no haga caso y el otro suba. El que desprecia, impúteselo a sí mismo; el que sube, no se lo atribuya a sí mismo». Y en otro lugar: «¿Por qué se da a uno y no a otro? No me avergüenzo de decirlo: esto es un profundo misterio de la cruz. De un secreto de los juicios de Dios, que no podemos alcanzar ni entender, procede todo lo que podemos. Veo lo que puedo; de dónde lo puedo, no lo veo; solo veo hasta aquí: que es de Dios. Pero ¿por qué llama a este y no a aquel? Esto es demasiado alto para mí, es un abismo, es una profundidad de la cruz. Puedo exclamar con admiración, pero no puedo demostrarlo con razonamientos». La suma es esta: que Cristo, cuando nos ilumina en la fe por el poder de su Espíritu, al mismo tiempo nos injerta en su cuerpo, para que seamos partícipes de todos los bienes.
Falta ahora que lo que el entendimiento ha recibido se plante también en el corazón. Porque si la palabra de Dios solo da vueltas en la cabeza, no por eso ha sido recibida por la fe; es recibida de veras cuando ha echado raíces en lo profundo del corazón, para ser una fortaleza inexpugnable que resista y rechace todos los golpes de las tentaciones. Y si es verdad que la verdadera comprensión del entendimiento es una iluminación del Espíritu de Dios, su poder se muestra mucho más claramente en esta confirmación del corazón, puesto que la desconfianza del corazón o voluntad es mucho mayor que la ceguera del entendimiento, y es mucho más difícil tranquilizar el corazón que instruir el entendimiento. Por esta razón el Espíritu Santo sirve como de sello para sellar en nuestros corazones las promesas cuya certeza había impreso antes en nuestro entendimiento, y como de arras para confirmarlas y ratificarlas. «Habiendo creído en él —dice el Apóstol—, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es las arras de nuestra herencia» (Ef 1:13-14). ¿No veis cómo enseña que los corazones de los fieles están marcados por el Espíritu como con un sello, y que lo llama «Espíritu de la promesa» porque hace que el evangelio nos sea indudable? Asimismo en la carta a los corintios: «el que nos… ungió, es Dios, el cual también nos ha sellado, y nos ha dado las arras del Espíritu en nuestros corazones» (2 Co 1:21-22). Y en otro lugar, hablando de la confianza y el atrevimiento de la esperanza, pone como su fundamento las arras del Espíritu (2 Co 5:5).
No he olvidado lo que ya he dicho y cuyo recuerdo la experiencia nos renueva continuamente: que la fe es acosada por diversas tentaciones, de modo que el ánimo de los fieles no permanece mucho tiempo tranquilo, o por lo menos no siempre goza de tranquilidad y reposo. Pero, por grandes que sean los combates y violencias que sostengan, o salen de en medio de las tentaciones, o, protegiéndose y rechazando sus golpes, se mantienen firmes en su puesto. Ciertamente, esta sola seguridad reconforta y protege la fe: estar convencidos de que es verdad absoluta lo que se dice en el salmo: «Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. Por tanto, no temeremos, aunque la tierra sea removida, y se traspasen los montes al corazón del mar» (Sal 46:1-2). El mismo profeta habla también en otro lugar de este dulcísimo reposo: «Yo me acosté y dormí, y desperté, porque Jehová me sustentaba» (Sal 3:5). No es que David haya tenido siempre, en un mismo punto y estado, tal alegría y seguridad que no haya sentido en sí ninguna agitación ni cambio; pero, en la medida en que gustaba la gracia de Dios conforme a la medida de su fe, se gloría de despreciar con gran atrevimiento todo lo que podía inquietar la paz de su espíritu. Por eso la Escritura, cuando quiere exhortarnos a la fe, nos manda estar tranquilos. Así en Isaías: «en quietud y en confianza será vuestra fortaleza» (Is 30:15); y en el salmo: «Guarda silencio ante Jehová, y espera en él» (Sal 37:7). Con esto concuerda lo que dice el Apóstol a los Hebreos: «os es necesaria la paciencia», etc. (He 10:36).
De esto se puede juzgar cuán perniciosa es aquella doctrina de los teólogos de la Sorbona según la cual no podemos juzgar de la gracia de Dios hacia nosotros de ninguna otra manera que por una conjetura moral, según que cada uno se considere no indigno de ella. Ciertamente, si hubiera que juzgar por nuestras obras el afecto que Dios nos tiene, confieso que no podríamos saberlo ni por la más mínima conjetura; pero, como la fe debe corresponder a la promesa sencilla y gratuita de Dios, no queda lugar alguno para la duda. Porque ¿con qué confianza estaremos armados contra el diablo si pensamos que Dios nos es propicio solo con la condición de que la pureza e integridad de nuestra vida lo merezca? Pero como he señalado su lugar propio para tratar esto, por ahora no me extenderé más, sobre todo porque se ve claramente que nada puede ser más contrario a la fe que la conjetura o cualquier otro sentimiento emparentado con la duda y la incertidumbre. Para confirmar este error tienen siempre en la boca aquel dicho del Eclesiastés que tuercen malísimamente: «nadie sabe si es digno de amor o de odio» (Ec 9:1). Porque, aunque no quiero decir que este pasaje haya sido mal traducido en la versión latina que llaman Vulgata, aun los niños podrán entender lo que Salomón quiere decir con estas palabras: que si alguno quiere juzgar por las cosas presentes quiénes son aquellos a quienes Dios aborrece y quiénes los que ama, trabaja en vano, puesto que la prosperidad y la adversidad son comunes y suelen sobrevenir igual al justo que al injusto, al que sirve a Dios que al que no le sirve. De lo cual se sigue que Dios no siempre da testimonio de su amor en aquellos a quienes hace prosperar en todo en este mundo, ni muestra siempre su odio en aquellos a quienes aflige. Salomón dice esto para confundir la vanidad del entendimiento humano, ya que es tan torpe para considerar las cosas muy necesarias y de gran importancia. Así, él mismo había dicho poco antes que no se puede discernir en qué se diferencia el alma del hombre del alma de una bestia, porque uno y otra parecen morir de la misma manera (Ec 3:19). Si alguien quisiera inferir de aquí que nuestra doctrina de la inmortalidad del alma se funda solo en una conjetura, ¿no lo tendríamos con toda justicia por loco y desvariado? ¿Tienen, pues, juicio sano estos que concluyen que no hay ninguna certeza de la gracia de Dios hacia los hombres porque no se puede comprender por la apariencia carnal de las cosas presentes?
Pero alegan que es una temeraria presunción arrogarse un conocimiento indudable y certísimo de la voluntad de Dios. Ciertamente se lo concedería si nos atreviéramos a someter el consejo y decreto incomprensible de Dios a la bajeza de nuestro entendimiento. Pero cuando decimos sencillamente, con san Pablo, que hemos recibido no el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido (1 Co 2:12), ¿qué pueden murmurar contra esto sin hacer gran afrenta al Espíritu de Dios? Y si es un horrendo sacrilegio acusar de mentirosa, incierta o dudosa la revelación cuyo autor es Dios, ¿pecamos acaso al afirmar que es certísimo lo que él nos ha revelado? Pero ellos exclaman que aun esto no carece de gran temeridad: que nos atrevamos a gloriarnos así del Espíritu de Cristo. ¿Quién creería que es tan grande la necedad y brutalidad de estos, que quieren ser tenidos por doctores de todo el mundo, que ignoren tan vergonzosamente los primeros principios de la religión cristiana? Ciertamente no podría creerlo si sus propios libros no lo atestiguaran. San Pablo tiene por hijos de Dios solo a los que son guiados por el Espíritu de Dios (Ro 8:14); estos quieren que los hijos de Dios sean guiados por su propio espíritu, vacíos del Espíritu de Dios. San Pablo nos enseña que llamemos a Dios Padre porque el Espíritu Santo nos inspira esta palabra, y solo él puede dar testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios (Ro 8:15-16); estos, aunque no nos prohíben invocar a Dios, nos quitan el Espíritu bajo cuya guía y dirección había de ser invocado. San Pablo niega que sean siervos de Cristo los que no son guiados por el Espíritu de Cristo; estos se imaginan un cristianismo que no necesita el Espíritu de Cristo. San Pablo no nos deja ninguna esperanza de la bienaventurada resurrección si no sentimos que el Espíritu habita en nosotros (Ro 8:11); estos se fingen una esperanza vacía de tal sentimiento. Pero quizá respondan que no niegan que sea necesario que el Espíritu Santo habite en nosotros, sino que es humildad y modestia pensar que no habita. ¿Qué quiere decir, entonces, el Apóstol cuando manda a los corintios examinarse si están en la fe, probarse a sí mismos si Cristo está en ellos, y dice que es réprobo todo el que no reconoce que él habita en sí (2 Co 13:5)? «Y en esto sabemos que él permanece en nosotros —dice san Juan—, por el Espíritu que nos ha dado» (1 Jn 3:24). ¿Y qué otra cosa hacemos sino poner en duda las promesas de Cristo cuando queremos ser tenidos por siervos de Dios sin tener su Espíritu, que él prometió derramar sobre todos sus siervos (Is 44:3)? ¿Qué otra cosa hacemos sino robar al Espíritu Santo su gloria, separando de él la fe, que es obra propia y peculiar suya? Siendo, pues, estos los primeros rudimentos que debemos aprender en la religión cristiana, es grandísima ceguera tachar de arrogantes a los cristianos que se atreven a gloriarse de que el Espíritu Santo habita en ellos, pues sin esta gloria no puede haber religión cristiana alguna. Pero ciertamente muestran con su ejemplo cuán gran verdad dijo el Señor: que su Espíritu no es conocido por el mundo, y que solo lo conocen aquellos en quienes él habita (Jn 14:17).
Y para no atacar la firmeza y certeza de la fe con un solo tipo de combate, la atacan también de otra manera: dicen que, aunque nos sea lícito asegurarnos de la gracia de Dios según la justicia en que ahora nos hallamos, la certeza de permanecer siempre así queda en suspenso. ¡Linda confianza de salvación nos quedaría, por cierto, si por el momento pensáramos, por una conjetura que llaman moral, que estamos en estado de gracia, sin saber qué nos sucederá mañana! Muy distinta es la doctrina del Apóstol: «Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir… nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo» (Ro 8:38-39). Pretenden escabullirse con una vana solución, diciendo que el Apóstol tuvo esto por una revelación especial; pero los tenemos tan bien sujetos que no pueden escaparse tan fácilmente. Porque el Apóstol trata en este lugar de los beneficios y mercedes que todos los fieles en general obtienen por la fe, no de los que él sentía en particular en sí mismo. Es cierto que el mismo Apóstol, en otro lugar, nos infunde temor con el recuerdo de nuestra debilidad e inconstancia: «el que piensa estar firme, mire que no caiga» (1 Co 10:12). Esto es verdad; pero no habla de un temor que nos haga desfallecer y perder el ánimo, sino de un temor que nos enseñe a humillarnos bajo la poderosa mano de Dios, como lo declara san Pedro (1 P 5:6). Además, ¿qué mayor desvarío que querer limitar a un instante la certeza de la fe, cuya propiedad es pasar, dejando atrás todos los espacios y tiempos de esta vida presente, a la inmortalidad venidera? Puesto que los fieles reconocen que les viene de la gracia de Dios el gozar por la fe, iluminados por su Espíritu, de la contemplación de la vida celestial, esta gloria está tan lejos de ser arrogancia que, si alguien se avergüenza de confesarlo, muestra su extrema ingratitud, más suprimiendo maliciosamente la bondad divina que mostrando modestia o sumisión.
A mi parecer, la naturaleza de la fe no puede declararse mejor ni más claramente que por la sustancia de la promesa, sobre la cual se apoya y hace pie como sobre un firme fundamento, de tal manera que, si se la quitaran, caería por completo, o, mejor dicho, quedaría reducida a nada. Por eso he tomado de la promesa la definición de fe que he dado; la cual, sin embargo, no difiere de la definición o descripción que el Apóstol acomoda al tema que entonces trataba. Dice que la fe es «la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve» (He 11:1). Porque con la palabra hypóstasis que usa el Apóstol entiende el sostén y apoyo en que el alma piadosa se funda y se apoya. Como si dijera: la fe es una posesión cierta y segura de las cosas que Dios nos ha prometido. A no ser que alguien prefiera tomar la palabra hypóstasis por «confianza», lo cual no me desagrada, aunque prefiero entenderla según la primera explicación, que es la más común. Asimismo, para indicar que hasta el último día, cuando se abran los libros (Dn 7:10), las cosas que tocan a nuestra salvación son demasiado altas para que podamos comprenderlas con nuestros sentidos, verlas con los ojos o tocarlas con las manos, y que por eso no las poseemos sino elevándonos muy por encima de lo que alcanza la capacidad de nuestro ingenio y entendimiento, alzando los ojos por encima de todo lo que se puede ver en el mundo y, en suma, superándonos a nosotros mismos, añade que esta seguridad de poseer se refiere a cosas que consisten en esperanza, y que por eso no se ven. Porque, como dice san Pablo, lo que se ve no es esperanza, y no esperamos lo que vemos (Ro 8:24). Y al llamarla «convicción» o prueba de las cosas, o (como tradujo muchísimas veces san Agustín) «conjunción» de las cosas que no están presentes (Agustín, Homilías sobre Juan 79 y 95; Sobre los méritos y la remisión de los pecados, libro 2, cap. 31), porque la palabra élenchos que usa aquí el Apóstol equivale a evidencia de cosas no aparentes, vista de cosas que no se ven, claridad de cosas oscuras, presencia de cosas ausentes, demostración de cosas ocultas. Porque los misterios de Dios, como son los que pertenecen a nuestra salvación, no pueden contemplarse en sí mismos ni en su propia naturaleza; solo podemos verlos en la palabra de Dios, cuya verdad debemos tener por tan cierta, y de la cual debemos estar tan persuadidos, que tengamos por hecho y cumplido todo lo que él nos dice. ¿Cómo, pues, se elevará nuestro entendimiento a gustar así la bondad divina sin encenderse y abrasarse por entero en amor a Dios a su vez? Porque esa abundancia de dulzura que Dios tiene guardada para los que le temen no puede entenderse de verdad sin que al mismo tiempo cautive intensamente el corazón, y al que cautiva una vez, lo arrastra del todo tras de sí. Por eso no hay que extrañarse de que este afecto no entre nunca en un corazón perverso y torcido; por él somos transportados al mismo cielo y admitidos a los tesoros secretísimos de Dios y a los sacrosantos misterios de su reino, que no deben ser profanados por la entrada de ningún corazón impuro. Porque lo que enseñan los teólogos de la Sorbona, que la caridad precede a la fe y a la esperanza, es un puro desvarío (Pedro Lombardo, Sentencias, libro 3, distinción 25, y en otros muchos lugares); porque solo la fe engendra primeramente en nosotros la caridad. ¡Cuánto mejor que estos habla san Bernardo! Sus palabras son estas: «El testimonio de la conciencia, al que san Pablo llama la gloria de los piadosos, creo que consiste en tres puntos (Bernardo, Sermón 1 sobre la Anunciación). Primero y ante todo, es necesario que creas que no puedes obtener el perdón de los pecados sino por la misericordia gratuita de Dios; segundo, que no puedes tener en absoluto nada bueno si él mismo no te lo ha concedido; tercero y último, que no puedes merecer la vida eterna con ninguna obra, sino que también ella se te da gratuitamente». Poco después dice: «Estas cosas no bastan, sino que son cierto principio de la fe; porque, al creer que los pecados no pueden ser perdonados por nadie más que por Dios, es necesario entender a la vez que nos son perdonados, hasta que por el testimonio del Espíritu Santo estemos persuadidos de que tenemos bien segura nuestra salvación; porque Dios perdona los pecados, él mismo da los méritos y él mismo los recompensa con los premios, y no podemos detenernos en este principio o introducción de la fe». Pero estas cosas y otras semejantes se tratarán en otro lugar. Por ahora bastará saber qué es la fe.
Así que, dondequiera que haya esta fe viva, no podrá dejar de ir siempre acompañada de la esperanza de la vida eterna; o, mejor dicho, la engendrará y producirá de sí misma. Si no tenemos esta esperanza, por muy viva y elegantemente que hablemos de la fe, es certísimo que no hay fe alguna en nosotros. Porque si la fe (como ya hemos dicho) es una persuasión certísima de la verdad de Dios, que no puede mentirnos, engañarnos ni burlarse de nosotros, los que han concebido esta firme certeza esperan también con seguridad que Dios cumplirá sus promesas, que, según están persuadidos, no pueden ser sino verdaderas; de modo que, en suma, la esperanza no es otra cosa que esperar lo que la fe cree que Dios ha prometido verdaderamente. Así, la fe cree que Dios es veraz; la esperanza espera que a su tiempo manifestará su verdad. La fe cree que Dios es nuestro Padre; la esperanza espera que siempre se muestre tal con nosotros. La fe cree que se nos ha dado la vida eterna; la esperanza espera que llegará el tiempo en que la gozaremos. La fe es el fundamento en que descansa la esperanza; la esperanza alimenta y sostiene la fe. Porque así como nadie puede esperar nada de Dios si antes no ha creído sus promesas, del mismo modo es necesario que la debilidad de nuestra fe sea alimentada y sostenida esperando con paciencia, para que no caiga de cansancio. Por esta razón san Pablo pone con toda justicia nuestra salvación en la esperanza (Ro 8:24). Porque la esperanza, mientras espera al Señor en silencio, contiene la fe para que, precipitándose demasiado, no caiga de bruces; la confirma, para que no vacile en las promesas de Dios ni comience a dudar de ellas; la reanima, para que no se fatigue; la guía hasta el final, para que no desfallezca a mitad del camino ni al comenzar la jornada. En fin, renovándola y restaurándola continuamente, le da fuerza y vigor para que de día en día se haga más robusta en la perseverancia. Y ciertamente se verá con mucha más claridad de cuántas maneras es necesaria la esperanza para confirmar la fe si consideramos cuántas clases de tentaciones asaltan a los que han abrazado la palabra de Dios. En primer lugar, el Señor, dilatando y aplazando sus promesas muchísimas veces más de lo que quisiéramos, nos tiene en suspenso. En tal caso, el oficio de la esperanza es hacer lo que manda el profeta: que, aunque tarden, no dejemos de esperarlas (Hab 2:3). A veces Dios no solo nos deja desfallecer, sino que da a entender y muestra una ira manifiesta contra nosotros; aquí es necesario que la esperanza socorra mucho más, para que, conforme a lo que dice otro profeta, podamos esperar al Señor, que escondió su rostro de la casa de Jacob (Is 8:17). Se levantan también algunos burladores (como dice san Pedro) que preguntan: «¿Dónde está la promesa de su advenimiento? Porque desde el día en que los padres durmieron, todas las cosas permanecen así como desde el principio de la creación» (2 P 3:4). Y más aún: la carne y el mundo nos susurran al oído estas mismas cosas. Aquí es necesario que la fe, apoyándose en la paciencia de la esperanza, fije la mirada en la eternidad del reino de Dios, para que tenga mil años como un solo día (Sal 90:4; 2 P 3:8).
Por esta unión y afinidad, la Escritura confunde a veces las palabras «fe» y «esperanza». Porque cuando san Pedro dice que el poder de Dios nos guarda mediante la fe hasta el tiempo de la revelación (1 P 1:5), atribuye a la fe lo que más convenía a la esperanza. Y no sin razón, pues ya hemos mostrado que la esperanza no es otra cosa que alimento y fuerza de la fe. A veces se ponen ambas juntas, como en la misma carta: «para que vuestra fe y esperanza sean en Dios» (1 P 1:21). Y san Pablo, en la carta a los Filipenses, deduce de la esperanza la expectación (Fil 1:20), porque esperando con paciencia refrenamos nuestros deseos hasta que se nos presente la ocasión que Dios ofrece. Todo esto se podrá entender mucho mejor por el capítulo décimo de la carta a los Hebreos, que ya he citado. San Pablo, en otro lugar, aunque habla impropiamente, entiende lo mismo cuando dice: «nosotros por el Espíritu aguardamos por fe la esperanza de la justicia» (Gá 5:5); es decir, habiendo recibido el testimonio del evangelio acerca del amor gratuito que Dios nos tiene, esperamos hasta que Dios muestre claramente lo que ahora está escondido bajo la esperanza. No es difícil, pues, ver cuán necio fue el Maestro de las Sentencias al poner dos fundamentos de la esperanza: la gracia de Dios y el mérito de las obras. Ciertamente la esperanza no puede tener otro blanco que la fe. Y ya hemos mostrado claramente que la fe no tiene otro blanco que la misericordia de Dios, y que en ella, y no en otra cosa, debe poner los dos ojos. Pero será bueno oír qué razón tan viva da para probarlo: «Si te atreves —dice— a esperar algo sin méritos, eso no debe llamarse esperanza, sino presunción». Pregunto, amigo lector: ¿quién no maldecirá con toda razón a tales bestias, que afirman que es temerario y presuntuoso todo el que confía y tiene por cierto que Dios es veraz? Porque, queriendo el Señor que esperemos de su bondad todas las cosas, hay quien dice que es presunción descansar y reposar en ella. ¡Oh maestro digno de los discípulos que ha tenido en las vanas escuelas de los sofistas de la Sorbona! Nosotros, en cambio, cuando vemos que Dios en sus oráculos manda claramente a los pecadores concebir esperanza de salvación, de muy buena gana y de veras nos fiamos tanto de su verdad que, confiando solo en su misericordia y dejando a un lado la confianza en las obras, nos atrevemos a tener buena esperanza. Haciendo esto, no nos engañará aquel que dijo: «Conforme a vuestra fe os sea hecho».
Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.