Institución de la religión cristiana · Juan Calvino

La manera de participar de la gracia de Jesucristo, los beneficios que de ella nos vienen y los efectos que produce

Lo que hemos dicho de Cristo nos aprovecha por una operación secreta del Espíritu Santo

Ahora debemos ver de qué manera llegan a nosotros los bienes que el Padre ha puesto en su Hijo unigénito, ya que él no los recibió para su uso particular, sino para socorrer y enriquecer con ellos a los pobres y necesitados. Y ante todo hay que notar que, mientras Cristo está fuera de nosotros y nosotros estamos separados de él, todo lo que padeció e hizo por la redención del género humano no nos sirve de nada ni nos aprovecha en absoluto. Para que nos comunique, pues, los bienes que recibió del Padre, es necesario que se haga nuestro y habite en nosotros. Por eso se le llama nuestra Cabeza y primogénito entre muchos hermanos; y de nosotros, por nuestra parte, se dice que somos injertados en él y que estamos revestidos de él; porque (como he dicho) nada de lo que él posee nos pertenece ni tiene que ver con nosotros hasta que somos hechos una sola cosa con él (Ef 4:15; Ro 8:29; 11:17; Gá 3:27). Y aunque es verdad que alcanzamos esto por la fe, como vemos que no todos participan indistintamente de la comunión con Cristo que se nos ofrece por el Evangelio, la misma razón nos enseña a subir más alto y a indagar la eficacia y operación oculta del Espíritu Santo, por medio de la cual gozamos de Cristo y de todos sus bienes. Ya traté bastante ampliamente, en lo que precede, de la eterna divinidad y esencia del Espíritu Santo. Por ahora contentémonos con saber este punto: que Jesucristo vino mediante agua y sangre de tal manera que el Espíritu da testimonio de él, a fin de que la salvación que nos adquirió no se nos vaya desvaneciendo. Porque, así como san Juan nos presenta tres testigos en el cielo —el Padre, el Verbo y el Espíritu—, así también presenta tres en la tierra: el agua, la sangre y el Espíritu (1 Jn 5:7-8). Y no sin razón se repite el testimonio del Espíritu, que sentimos grabado en nuestros corazones como un sello. De ahí que selle el lavamiento y el sacrificio que Cristo hizo con su muerte. Por esta razón dice también san Pedro que los fieles fueron elegidos «en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo» (1 P 1:2). Con estas palabras nos da a entender que nuestras almas son purificadas con la sacrosanta sangre, derramada una sola vez, mediante la incomprensible aspersión del Espíritu Santo; y esto, a fin de que ese derramamiento de sangre no haya sido en vano. Por esta misma causa también san Pablo, hablando de la purificación y de la justificación, dice que gozamos de una y otra en el nombre de Jesucristo y por el Espíritu de nuestro Dios. En suma, el Espíritu Santo es el lazo con el que Cristo nos une firmemente consigo. A esto se refiere lo que tratamos en el libro anterior sobre su unción.

Pero, para que esto (que es muy necesario saber) quede claro, entendamos que Cristo vino lleno del Espíritu Santo de una manera particular y nueva, es decir, para apartarnos del mundo y reunirnos en la esperanza de la herencia eterna. De ahí que se le llame Espíritu de santificación, porque no solo nos alimenta y sostiene con su poder general, que se ve tanto en todo el género humano como en todos los demás seres vivientes, sino que es para nosotros la raíz y la semilla de la vida celestial. Y por eso los profetas engrandecen el reino de Cristo principalmente con este título y alabanza: que traería consigo una corriente y abundancia mucho mayor del Espíritu. Admirable sobre todos es el pasaje de Joel: «Derramaré mi Espíritu sobre toda carne», dice el Señor, etc. (Jl 2:28). Porque, aunque el profeta parece restringir los dones del Espíritu al oficio de profetizar, sin embargo da a entender en figura que Dios, por la iluminación de su Espíritu, haría discípulos suyos a los que antes eran ignorantes y no tenían ningún gusto ni sabor de la doctrina celestial. Y como Dios Padre nos da su Espíritu por amor de su Hijo, y sin embargo ha puesto en él toda la plenitud para que fuera ministro y dispensador de su liberalidad para con nosotros, unas veces se le llama Espíritu del Padre y otras Espíritu del Hijo. «Vosotros —dice san Pablo— no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él» (Ro 8:9). Y de ahí nos asegura la esperanza de la renovación perfecta y completa: que el que levantó de los muertos a Cristo vivificará también nuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en nosotros (Ro 8:11). Porque no hay ningún absurdo en atribuir al Padre la alabanza de sus dones, de los que él es el autor, y en decir, sin embargo, lo mismo del Hijo, pues estos mismos dones le han sido confiados para que los reparta entre los suyos como le plazca. Por eso llama a sí a todos los que tienen sed, para que beban (Jn 7:37). Y san Pablo dice que el Espíritu es distribuido a cada uno de los miembros conforme a la medida del don de Cristo (Ef 4:7). Y debemos saber que se le llama Espíritu de Cristo no solo en cuanto este es la Palabra eterna de Dios, unida por un mismo Espíritu con el Padre, sino también en cuanto a su persona de Mediador; porque su venida habría sido en vano si no hubiera venido revestido de este poder. Conforme a esto se le llama segundo Adán, venido del cielo como Espíritu vivificante (1 Co 15:45-47). Con lo cual san Pablo compara la vida singular que el Hijo de Dios infunde a sus fieles para que sean una sola cosa con él con la vida natural, que es común también a los réprobos. Asimismo, cuando desea que la gracia de Cristo y el amor de Dios sean con los fieles, pone junto a ellos la comunión del Espíritu, sin la cual nadie gustará del favor paterno de Dios ni de los beneficios de Cristo (2 Co 13:14). Como dice en otro lugar: «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado» (Ro 5:5).

Aquí conviene notar los títulos y alabanzas que la Escritura atribuye al Espíritu Santo cuando trata del principio y de toda la restauración de nuestra salvación. En primer lugar se le llama Espíritu de adopción, porque nos da testimonio de la buena voluntad gratuita con que Dios Padre nos ha admitido en su muy amado Hijo, para ser nuestro Padre y darnos ánimo y confianza para invocarlo; más aún, nos pone en la boca las palabras para que sin ningún temor clamemos: «¡Abba, Padre!» (Ro 8:15; Gá 4:6). Por la misma razón se le llama arras y sello de nuestra herencia, porque desde el cielo nos vivifica de tal modo a nosotros, que andamos peregrinando por este mundo y somos semejantes a los muertos, que estamos plenamente seguros de que nuestra salvación, bajo el amparo de Dios, está a salvo de todo peligro (2 Co 1:22). De ahí viene también el otro título: se le llama vida a causa de la justicia (Ro 8:10). Y como, regándonos invisiblemente con su gracia, nos hace fértiles para que produzcamos frutos de justicia, se le llama muchísimas veces agua; como en Isaías: «A todos los sedientos: Venid a las aguas»; y también: «Yo derramaré aguas sobre el sequedal, y ríos sobre la tierra árida; mi Espíritu derramaré» (Is 55:1; 44:3). Con lo cual concuerda la sentencia de Cristo que hace poco citamos: «Si alguno tiene sed, venga a mí» (Jn 7:37). Aunque algunas veces se le llama así por la fuerza y eficacia que tiene para lavar y limpiar, como en Ezequiel, cuando el Señor promete aguas limpias para lavar todas las inmundicias de su pueblo (Ez 36:25). Y como, rociándonos con el licor de su gracia, restaura nuestras fuerzas y nos reanima, de ahí viene que se le llame aceite y unción (1 Jn 2:20, 27). Por otra parte, como consume y abrasa continuamente nuestros deseos viciosos y enciende nuestros corazones en el amor de Dios y en el ejercicio de la piedad, por este efecto se le llama con justo título fuego (Lc 3:16). En fin, se nos presenta como fuente y manantial del que brotan sobre nosotros todas las riquezas celestiales, o como la mano de Dios con la que él ejerce su poder (Jn 4:14; Hch 11:21). Porque es por su inspiración como somos regenerados a una vida celestial, para que ya no seamos guiados por nosotros mismos, sino regidos por su impulso y operación; de tal manera que, si hay algún bien en nosotros, no sea otra cosa que fruto de su gracia, y que sin él todo cuanto parece bueno y brillante en nosotros no sea sino tinieblas y perversidad del corazón. Ya se ha declarado con toda claridad que Jesucristo está como ocioso para nosotros mientras no pongamos nuestro entendimiento en el Espíritu, porque sin él consideraríamos a Jesucristo con frialdad, fuera de nosotros y aun muy lejos de nosotros. Pero sabemos que Cristo no aprovecha a nadie sino a aquellos para quienes es Cabeza y primogénito entre muchos hermanos; y, en fin, a los que están revestidos de él (Ef 4:15; Ro 8:29; Gá 3:27). Solo esta unión hace que no haya venido en vano ni sin provecho para nosotros con el nombre de Salvador. A esto mismo apunta aquel sagrado matrimonio por el cual somos hechos carne de su carne y hueso de sus huesos, y aun una misma cosa con él (Ef 5:30). Y no se une a nosotros sino por su Espíritu; por la gracia y el poder de ese mismo Espíritu somos hechos miembros suyos, para que él nos tenga bajo sí y nosotros, a nuestra vez, lo poseamos a él.

Pero como la fe es una de sus obras principales, a ella se refiere la mayor parte de lo que leemos en la Escritura acerca de su poder y operación; porque no nos conduce a la luz de su Evangelio sino por esta fe, como atestigua san Juan el Bautista: que a los que creen en Cristo se les ha dado este privilegio de ser hechos hijos de Dios, «los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios» (Jn 1:12-13). Porque, al oponer Dios a la carne y a la sangre, afirma que es un don sobrenatural y celestial que los elegidos reciban a Cristo, pues de otro modo permanecerían en su incredulidad. Semejante a esto es la respuesta que Cristo dio a san Pedro: «no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos» (Mt 16:17). Toco estas cosas de paso, porque ya las he tratado ampliamente. Con esto concuerda lo que dice san Pablo: que los efesios fueron sellados con el Espíritu Santo de la promesa (Ef 1:13). Porque da a entender que el Espíritu Santo es el maestro y doctor interior por medio del cual la promesa de salvación penetra en nuestras almas, pues de otro modo no haría más que herir el aire o sonar en vano en nuestros oídos. Asimismo, cuando dice que los tesalonicenses fueron escogidos por Dios «mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad», en ese contexto advierte en pocas palabras que el don de la fe no proviene de ningún otro sino del Espíritu (2 Ts 2:13). Lo cual declara todavía más abiertamente san Juan: «Y en esto sabemos que él permanece en nosotros, por el Espíritu que nos ha dado» (1 Jn 3:24). Y también: «En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros, en que nos ha dado de su Espíritu» (1 Jn 4:13). Por eso el Señor Jesús prometió a sus discípulos, para que fueran capaces de la sabiduría celestial, el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir; y le atribuye como oficio propio recordarles y hacerles entender lo que él ya les había enseñado (Jn 14:17, 26). Porque en vano se presentaría la luz a los ciegos si aquel Espíritu de inteligencia no abriera los ojos del entendimiento; de tal manera que con justo título podemos llamarlo la llave con que se nos abren los tesoros del reino de los cielos, y su iluminación puede llamarse la vista de nuestras almas. Por eso san Pablo ensalza tanto el ministerio del Espíritu (es decir, la predicación acompañada de la eficacia del Espíritu), porque en vano gritarían los maestros si Cristo, que es el maestro interior, no atrajera a sí a los que el Padre le ha dado (2 Co 3:6; Jn 6:44). Así pues, como hemos dicho que en la persona de Jesucristo se halla la salvación perfecta, del mismo modo, para hacernos partícipes de sí, nos bautiza en Espíritu Santo y fuego, iluminándonos en la fe de su Evangelio y regenerándonos de tal manera que seamos nuevas criaturas; y, en fin, limpiándonos de todas nuestras impurezas, nos consagra a Dios como templos santos (Lc 3:16).

Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.