Institución de la religión cristiana · Juan Calvino
El conocimiento de Dios Redentor en Cristo, que se manifestó primero a los padres bajo la Ley, y después a nosotros en el Evangelio
Con toda propiedad se dice que Jesucristo nos mereció la gracia de Dios y la salvación
Trataremos aquí una cuestión como apéndice o añadidura. Porque hay algunos hombres vanamente sutiles y curiosos que, aunque confiesan que alcanzamos la salvación por Cristo, no pueden soportar la palabra «mérito», porque piensan que con ella se oscurece la gracia de Dios. Y por eso quieren que Jesucristo sea solo el instrumento o ministro de nuestra salvación, y no su autor, su guía ni su capitán, como lo llama san Pedro (Hch 3:15). Reconozco, desde luego, que si alguien quisiera oponer simplemente y por sí mismo a Jesucristo (en cuanto hombre, como luego lo explica) al juicio de Dios, el mérito no tendría ningún lugar, porque no se hallará en el hombre dignidad alguna que pueda obligar a Dios. Al contrario, como dice muy bien san Agustín, nuestro Redentor Jesucristo, en cuanto hombre, es una luz clarísima de la predestinación y de la gracia de Dios, puesto que la naturaleza humana que hay en él no pudo conseguir, por ningún mérito previo de obras o de fe, ser lo que es. «Respóndanme, les ruego —dice—: ¿cómo pudo Cristo, en cuanto hombre, merecer ser asumido por el Verbo coeterno con el Padre en unidad de persona para ser Hijo unigénito de Dios? Muéstrese, pues, en nuestra Cabeza la fuente misma de la gracia, de la cual corren los arroyos de gracia sobre todos sus miembros, a cada uno según su medida. Por esta gracia cada uno es hecho cristiano desde el comienzo de su fe, la misma por la que este hombre fue hecho Cristo desde el comienzo de su ser hombre» (Agustín, Sobre la predestinación de los santos, libro I, cap. 15). Y en otro lugar: «No hay ejemplo más ilustre de predestinación que el mismo Mediador. Porque el que lo hizo hombre justo de la descendencia de David, para que nunca fuera injusto, y esto sin ningún mérito previo de su voluntad, ese mismo hace justos a los que eran injustos, haciéndolos miembros de esta Cabeza», etc. (Agustín, Sobre el don de la perseverancia, último capítulo). Así pues, al tratar del mérito de Jesucristo, no ponemos en él el principio del mérito, sino que subimos al decreto de Dios, que es la causa primera, puesto que por pura benevolencia y voluntad bondadosa lo constituyó Mediador para que nos alcanzara la salvación. Por eso es desconsiderado oponer el mérito de Cristo a la misericordia de Dios. Porque es regla y principio común que las cosas subordinadas, las que se incluyen unas en otras, no se contradicen entre sí; y por esta razón nada impide que la justificación de los hombres sea gratuita, por pura misericordia de Dios, y que al mismo tiempo intervenga el mérito de Jesucristo, que está subordinado y sometido a la misericordia de Dios. En cambio, a nuestras obras se oponen con toda razón tanto el favor gratuito de Dios como la obediencia de Cristo, cada uno de ellos en su orden. Porque Cristo no pudo merecer nada sino por la benevolencia de Dios, en cuanto estaba designado para aplacar con su sacrificio la ira de Dios y deshacer con su obediencia nuestras transgresiones. En suma, puesto que el mérito de Jesucristo depende y procede solo de la gracia de Dios, que nos dispuso este camino de salvación, se opone con la misma propiedad que la gracia de Dios, de la cual procede, a todas las justicias humanas.
Esta distinción se confirma por muchos pasajes de la Escritura: «De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda» (Jn 3:16). Vemos que el amor de Dios ocupa el primer lugar, como causa y principio supremos, y que la fe en Jesucristo le sigue como causa segunda y más próxima. Si alguien replica que Cristo no es más que causa formal, menoscaba el poder de Cristo mucho más de lo que permiten las palabras que hemos citado; porque si alcanzamos la justicia por la fe, que descansa en él, debemos buscar en él la materia de nuestra salvación, lo cual se prueba claramente por muchísimos pasajes. «No en que nosotros hayamos amado a Dios —dice san Juan—, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados» (1 Jn 4:10). Estas palabras muestran claramente que Dios dispuso en Cristo la manera y el camino de reconciliarnos con él, a fin de que nada pudiera estorbar el amor que su Majestad nos tiene. Esta palabra, «propiciación», tiene muchísimo peso. Porque Dios, en el mismo tiempo en que nos amaba, era a la vez, de un modo inefable que no se puede explicar, enemigo nuestro, hasta que fue reconciliado en Cristo. A esto apuntan todos estos pasajes de la Escritura: «él es la propiciación por nuestros pecados» (1 Jn 2:2); «por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz», etc. (Col 1:20); «Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados» (2 Co 5:19); «nos hizo aceptos en el Amado» (Ef 1:6); «y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos», judíos y gentiles (Ef 2:16). La razón de este misterio debe buscarse en el primer capítulo de la Epístola a los Efesios, donde san Pablo, después de enseñar que fuimos elegidos en Cristo, dice enseguida que en él mismo hemos alcanzado la gracia. ¿Cómo comenzó Dios a recibir en su favor y gracia a los que había amado antes de la creación del mundo, sino porque desplegó su amor cuando fue reconciliado por la sangre de Cristo? Porque, como Dios es la fuente de toda justicia, es necesario que el hombre, mientras es pecador, lo tenga por enemigo y por juez. Por eso la justicia, tal como la pinta san Pablo, fue el principio de este amor: «Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él» (2 Co 5:21). Quiere decir que nosotros, que por naturaleza éramos hijos de ira y estábamos alejados de él por el pecado, hemos obtenido por el sacrificio de Jesucristo una justicia gratuita para ser agradables a Dios. Por lo demás, esta distinción se señala cada vez que la Escritura une la gracia de Cristo con el amor que Dios nos tiene; de donde se sigue que nuestro Redentor comparte con nosotros lo que él adquirió. Porque de otro modo no le correspondería que se le atribuyera por separado esta honra y alabanza, pues la gracia es suya y procede de él.
Y que Jesucristo nos ganó de veras, por su obediencia, gracia y favor ante su Padre, y aun que lo mereció, se concluye clara y manifiestamente de muchísimos pasajes de la Escritura. Porque tengo esto por seguro: si Cristo satisfizo por nuestros pecados, si pagó la pena que nosotros debíamos padecer, si con su obediencia aplacó a Dios; en conclusión, si él, siendo justo, padeció por los injustos, entonces nos adquirió la salvación con su justicia, lo cual equivale a merecerla. Y, como atestigua san Pablo, fuimos reconciliados por la muerte de Cristo (Ro 5:10-11). Y ciertamente no hay reconciliación sino cuando ha precedido una ofensa. Quiere decir, pues, el apóstol que Dios, con quien estábamos enemistados por el pecado, fue aplacado por la muerte de su Hijo, de manera que ya nos es propicio, favorable y amigo. Debe notarse muy bien también la contraposición que sigue: «como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos» (Ro 5:19). El apóstol quiere decir con esto que, así como por el pecado de Adán fuimos desterrados de Dios y destinados a la perdición, así también por la obediencia de Cristo somos admitidos en su favor y gracia como justos. Como también dice que el don sirve para deshacer muchos pecados, a fin de que seamos justificados.
Pero cuando decimos que la gracia nos fue adquirida por el mérito de Jesucristo, entendemos que hemos sido purificados por su sangre y que su muerte fue expiación por nuestros pecados. «La sangre de Jesucristo —dice san Juan— nos limpia de todo pecado» (1 Jn 1:7). Y también: «Esta es mi sangre, que es derramada para remisión de los pecados» (Lc 22:20). Si el efecto de esta sangre derramada es que no se nos imputen los pecados, se sigue que con este precio se satisfizo al juicio de Dios. A esto apunta lo que dice san Juan el Bautista: «He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1:29). Porque contrapone a Cristo a todos los sacrificios de la Ley, de modo que dice que solo en él se cumplió lo que aquellas figuras representaban. Y bien sabemos lo que Moisés repite tantísimas veces: la iniquidad será expiada, el pecado será borrado y perdonado. En fin, las figuras antiguas nos enseñan muy bien cuál es el poder y la eficacia de la muerte de Cristo. Y el apóstol, en la Epístola a los Hebreos, lo explica con mucha propiedad partiendo de este principio: que sin derramamiento de sangre no hay perdón. De ahí concluye que Cristo apareció una vez para destruir el pecado por su sacrificio; y también, que fue ofrecido para llevar los pecados de muchos (He 9:22, 26, 28). Antes había dicho que Cristo, no por sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por su propia sangre, entró una vez para siempre en el santuario, habiendo obtenido así eterna redención (He 9:12). Cuando, pues, argumenta de este modo: si la sangre de una becerra santifica para la purificación de la carne, cuánto más la sangre de Cristo limpiará las conciencias de obras muertas (He 9:13-14), se ve claramente que quienes no atribuyen al sacrificio de Jesucristo el poder y la eficacia de expiar los pecados, aplacar a Dios y satisfacerle, menoscaban en gran manera la gracia y el beneficio de Cristo. Como dice el mismo apóstol un poco más adelante: «Por eso es mediador de un nuevo pacto, para que interviniendo muerte para la remisión de las transgresiones que había bajo el primer pacto, los llamados reciban la promesa de la herencia eterna» (He 9:15). Conviene notar la imagen que usa san Pablo: que Cristo fue hecho maldición por nosotros, etc. (Gá 3:13). Porque sería superfluo, y aun absurdo, cargar a Cristo con la maldición si no fuera para que, pagando lo que otros debían, les alcanzara la justicia. También es claro el testimonio de Isaías: «el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados» (Is 53:5). Porque, si Cristo no hubiera satisfecho por nuestros pecados, no podría decirse que aplacó a Dios tomando sobre sí toda la pena a la que nosotros estábamos obligados y pagando por ella. Con esto concuerda lo que sigue poco después en el profeta: «por la rebelión de mi pueblo fue herido» (Is 53:8). Aleguemos también la interpretación de san Pedro, que quita toda duda: que «llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero» (1 P 2:24). Porque dice que la carga de la condenación, de la que hemos sido descargados, fue puesta sobre Cristo.
Los apóstoles atestiguan también con bastante claridad que Jesucristo pagó el precio del rescate para que fuéramos libres de la sentencia de muerte. Como cuando dice san Pablo: «siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre» (Ro 3:24-25). Con estas palabras el apóstol engrandece la gracia de Dios, porque dio el precio de nuestra redención en la muerte de Jesucristo; y luego nos exhorta a acogernos a su sangre, para que, habiendo alcanzado la justicia, comparezcamos con seguridad ante el tribunal de Dios. Lo mismo quiere decir san Pedro cuando afirma que fuimos rescatados, no con oro ni con plata, sino con la sangre preciosa del Cordero sin mancha (1 P 1:18-19). Porque la antítesis o contraposición no tendría sentido si con este precio no se hubiera satisfecho por el pecado; por esta razón dice san Pablo que hemos sido comprados por precio (1 Co 6:20). Tampoco tendría valor lo que el mismo apóstol dice en otro lugar: que hay un solo Mediador, que se dio a sí mismo en precio de rescate, si la pena que merecíamos no hubiera sido puesta sobre sus hombros. Por eso el mismo apóstol, al definir la redención en la sangre de Jesucristo, la llama perdón de pecados (Col 1:14); como si dijera que somos justificados o absueltos ante Dios en cuanto esa sangre responde como satisfacción. Con lo cual concuerda el otro pasaje: que el acta que nos era contraria fue cancelada y anulada (Col 2:14). Porque esto da a entender que hubo un pago y una compensación por la cual somos libres de la condenación. También tienen muchísimo peso estas palabras de san Pablo: «si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo» (Gá 2:21). Porque de aquí deducimos que debemos pedir a Cristo lo que la Ley daría si alguien la cumpliera; o, lo que es lo mismo, que alcanzamos por la gracia de Jesucristo lo que Dios prometió en la Ley a nuestras obras: «el hombre que los hiciere vivirá en ellos» (Lv 18:5). Esto se confirma también con bastante claridad en el sermón que predicó en Antioquía, en el que afirma que, creyendo en Cristo, somos justificados de todo aquello de que no pudimos ser justificados por la Ley de Moisés (Hch 13:38-39). Porque si la observancia de la Ley es justicia, ¿quién podrá negar que Cristo, que tomando sobre sus hombros esta carga nos reconcilia con Dios exactamente como si nosotros hubiéramos cumplido la Ley, nos mereció este favor y gracia? Eso mismo es lo que dice a los gálatas: «Dios envió a su Hijo, nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley» (Gá 4:4-5). Porque ¿con qué fin se habría sometido así, si no nos hubiera adquirido la justicia obligándose a cumplir y pagar lo que nosotros de ningún modo podíamos cumplir ni pagar? De aquí viene aquella imputación de justicia sin obras de la que trata san Pablo: que Dios nos imputa y tiene por nuestra la justicia que solo se halla en Cristo (Ro 4). Y, ciertamente, la carne de Cristo no se llama alimento nuestro por otra causa sino porque en él hallamos la sustancia de la vida (Jn 6:55). Y este poder no procede de otra parte sino de que el Hijo de Dios fue crucificado como precio de nuestra justicia. Como dice san Pablo, se entregó a sí mismo en sacrificio de olor suavísimo (Ef 5:2). Y en otro lugar: «fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación» (Ro 4:25). De aquí se concluye que por Cristo no solo se nos da la salvación, sino que además el Padre nos es ahora propicio y favorable por causa de él. Porque no hay duda de que se cumple plenamente en este Redentor lo que Dios anuncia en figura por el profeta Isaías: «Yo lo haré por amor de mí mismo, y por amor de David mi siervo» (Is 37:35). De lo cual el apóstol es muy buen testigo cuando dice: «vuestros pecados os han sido perdonados por su nombre» (1 Jn 2:12). Porque, aunque no se ponga el nombre de Cristo, san Juan, según su costumbre, lo designa con el pronombre «él». Y en este mismo sentido dice el Señor: «Como yo vivo por el Padre, asimismo el que me come, él también vivirá por mí» (Jn 6:57). Con lo cual concuerda lo que dice san Pablo: «a vosotros os es concedido a causa de Cristo, no sólo que creáis en él, sino también que padezcáis por él» (Flp 1:29).
Preguntar si Cristo mereció algo para sí mismo (como hacen el llamado Maestro de las Sentencias y los escolásticos) es ciertamente una curiosidad necia, y resolver esta cuestión como ellos la resuelven es un atrevimiento temerario (Pedro Lombardo, Sentencias, libro III, dist. 18). Porque ¿qué necesidad había de que el Hijo unigénito de Dios descendiera al mundo para adquirir para sí no sé qué cosa nueva? Dios, al declarar su propósito al enviar a su Hijo, quita toda duda: no buscó el bien y provecho de Cristo por los méritos que pudiera obtener, sino que lo entregó a la muerte y no lo perdonó por el gran amor que tenía al mundo (Ro 8:32). Deben notarse también las expresiones que usaron los profetas a este propósito: «Porque un niño nos es nacido» (Is 9:6); y también: «Alégrate mucho, hija de Sion; he aquí tu rey vendrá a ti» (Zac 9:9). Tampoco valdría nada la prueba de amor que tanto encarece san Pablo, que Cristo murió por sus enemigos (Ro 5:10). Porque de aquí concluimos que no tuvo en cuenta su propio interés; y así lo declara claramente el mismo Cristo al decir: «por ellos yo me santifico a mí mismo» (Jn 17:19). Con esto muestra que no busca para sí ninguna ventaja, pues traspasa a otros el fruto de su santidad. Y, ciertamente, este es un punto que debe notarse muy bien: que Jesucristo, para entregarse por completo a nuestra salvación, se olvidó en cierto modo de sí mismo. Los sorbonistas alegan muy fuera de propósito el pasaje de san Pablo: «Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre», etc. (Flp 2:9). Porque ¿por qué méritos pudo Cristo, en cuanto hombre, llegar a tan gran dignidad como ser Juez del mundo y Cabeza de los ángeles, y gozar de aquella suprema autoridad y dominio que Dios tiene, de tal manera que no haya ninguna criatura, ni celestial ni terrenal, ni hombres ni ángeles, que pueda llegar por su propio poder ni a la milésima parte de lo que él alcanzó? Pero la solución respecto al pasaje de san Pablo es muy clara y fácil: san Pablo no trata allí de la causa por la que Jesucristo fue ensalzado, sino que solo muestra un orden que debe servirnos de modelo y ejemplo. Y, ciertamente, con estas palabras no quiso decir otra cosa que lo que se dice en otro lugar: «¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria?» (Lc 24:26).
Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.