Institución de la religión cristiana · Juan Calvino

El conocimiento de Dios Redentor en Cristo, que se manifestó primero a los padres bajo la Ley, y después a nosotros en el Evangelio

Cómo cumplió Jesucristo el oficio de Redentor para adquirirnos la salvación; donde se trata de su muerte, resurrección y ascensión

Todo lo que hasta aquí hemos dicho de nuestro Señor Jesucristo debe dirigirse a este fin: que, estando nosotros condenados, muertos y perdidos en nosotros mismos, busquemos en él la libertad, la vida y la salvación. Así nos lo enseña esta notable sentencia de san Pedro: «No hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos» (Hch 4:12). Y ciertamente el nombre de Jesús no le fue puesto a Cristo a la ligera, ni por casualidad, ni por capricho de los hombres, sino que le fue puesto desde el cielo: el ángel trajo este mensaje del eterno consejo de Dios, y aun dio la razón por la que se le ponía este nombre: «porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1:21; Lc 1:31). En estas palabras debemos notar lo que ya hemos tocado: que se le encomendó el oficio de Redentor para que fuera nuestro Salvador. Pero, entretanto, la redención sería incompleta y defectuosa si no nos condujera día tras día, de manera continua, hasta alcanzar la salvación entera y perfecta. Por eso, en el momento en que nos apartamos de él, por poco que sea, se va desvaneciendo poco a poco la salvación, que reside entera y perfecta en él; de tal manera que todos los que no descansan y se aquietan en él se privan por completo de la gracia. Y ciertamente merece recordarse aquel aviso de san Bernardo: «El nombre de Jesús no solo es luz, sino también alimento; es también aceite, sin el cual todo alimento del alma es seco; es sal, sin cuyo sabor todo lo que se nos pone delante es insípido; en fin, es miel en la boca, melodía en el oído, alegría en el corazón y, a la vez, medicina; y nada de lo que se trate tiene gracia si no se nombra este nombre: Jesús» (Bernardo, Sermones sobre el Cantar de los Cantares, 15). Pero conviene que consideremos aquí con atención de qué manera nos alcanzó la salvación, para que no solo estemos persuadidos y tengamos por cierto que él es su autor, sino que además, habiendo abrazado todo lo que basta para afirmar y confirmar nuestra fe, rechacemos todo lo que puede desviarnos de un lado a otro. Porque nadie puede descender a sí mismo, poner la mano sobre su pecho y considerar de veras cómo es, sin sentir que Dios le es contrario y enemigo, y que, por consiguiente, necesita buscar con todo empeño algún camino y manera de aplacarlo (lo cual no puede hacerse sin satisfacción); y aquí, ciertamente, hace falta una certeza que no sea cualquiera ni de poca monta. Porque la ira y la maldición de Dios tienen siempre cercados a los pecadores hasta que son absueltos, pues, siendo él justo Juez, no permite que su Ley sea violada sin castigo, sino que está dispuesto a castigar a quien la quebranta.

Pero antes de seguir adelante, veamos de paso cómo puede ser que Dios, que se nos adelantó con su misericordia, haya sido nuestro enemigo hasta que se reconcilió con nosotros por medio de Jesucristo. Porque ¿cómo nos habría dado en su Hijo unigénito una prenda singular de su amor, si antes no nos hubiera tenido buena voluntad y un amor gratuito? Así que, como aquí parece haber cierta contradicción, resolveré la dificultad que podría surgir. El Espíritu Santo suele hablar así en la Escritura: que Dios fue enemigo de los hombres hasta que fueron restituidos a su favor y gracia por la muerte de Cristo; que los hombres estuvieron bajo maldición hasta que su maldad fue expiada por el sacrificio de Cristo; que estuvieron apartados de Dios hasta que, por el cuerpo de Cristo, fueron admitidos de nuevo en su compañía (Ro 5:10; Gá 3:10, 13; Col 1:21-22). Estas maneras de hablar se ajustan muy bien a nuestra capacidad, para que entendamos mucho mejor cuán miserable y desdichada es nuestra condición fuera de Cristo. Porque si no se nos dijera con palabras claras que la ira y el castigo de Dios, y la muerte eterna, pesaban sobre nosotros, conoceríamos mucho menos cuán desventurados seríamos sin la misericordia de Dios, y tendríamos en mucho menos el beneficio de la redención. Un ejemplo. Si a alguien se le dijera: «Si Dios, cuando todavía eras pecador, te hubiera aborrecido y apartado de sí, como muy bien lo merecías, ciertamente habrías tenido que esperar un castigo horrible; pero como por su misericordia gratuita te retuvo en su gracia y no permitió que te apartaras de él, te libró así de ese peligro», ese hombre quedaría en parte conmovido y sentiría cuánto debía a la misericordia de Dios. Pero si además oyera lo que enseña la Escritura —que estaba muy apartado de Dios por el pecado, que era heredero de ira, sujeto a la maldición de la muerte eterna, excluido de toda esperanza de salvación, ajeno a toda bendición de Dios, esclavo de Satanás, cautivo bajo el yugo del pecado, y, en fin, que le esperaba un castigo horrible que ya lo rodeaba y lo envolvía; pero que en ese punto Cristo se interpuso y, intercediendo por él, cargó sobre sí la pena y pagó todo lo que los pecadores debían pagar por el justo juicio de Dios; que expió con su sangre todos los pecados que causaban la enemistad entre Dios y los hombres; que con esta expiación el Padre quedó satisfecho; que por este intercesor la ira del Padre fue aplacada; que sobre este fundamento descansa la paz entre Dios y nosotros; que este es el lazo que nos mantiene en su favor y buena voluntad—, ¿no le conmovería todo esto mucho más y más de veras, cuanto más vivamente se le pone delante de los ojos la gran calamidad de la que Dios nos ha librado? En suma, como nuestra mente no puede recibir con el deseo ni con la gratitud debidos la salvación y la vida que se nos ofrecen en la misericordia de Dios sin haber sido antes tocada y derribada por el temor de la ira de Dios y el horror de la muerte eterna, la Sagrada Escritura nos enseña a reconocer que Dios está en cierto modo airado contra nosotros mientras no tenemos a Jesucristo de nuestra parte, y que su mano está alzada para destruirnos; y, por el contrario, que no podemos percibir su buena voluntad ni su amor paternal hacia nosotros sino en Jesucristo.

Y aunque esto se dice conforme a nuestra capacidad, no deja de ser una gran verdad. Porque Dios, que es la suma justicia, no puede amar la iniquidad que ve en todos nosotros; tenemos, pues, en nosotros motivo y causa para que Dios nos aborrezca con toda razón. Por tanto, en cuanto a nuestra naturaleza corrompida y también en cuanto a nuestra mala vida, todos estamos realmente bajo la ira y el desfavor de Dios, y hemos nacido para ser condenados al infierno. Pero como el Señor no quiere destruir en nosotros lo que es suyo, todavía encuentra algo que amar conforme a su gran bondad. Porque, por muy pecadores que seamos por nuestra propia culpa, no dejamos de ser criaturas suyas; y por mucho que nosotros mismos nos hayamos buscado la muerte, él nos había creado para vivir. Así, movido por el amor puro y gratuito que nos tiene, nos admite en su favor y gracia. Y como hay una enemistad perpetua e irreconciliable entre la justicia y la maldad, mientras sigamos siendo pecadores no puede recibirnos del todo. Por eso, para quitar todo motivo y ocasión de discordia y reconciliarnos por completo consigo, pone delante la satisfacción que Jesucristo hizo con su muerte y borra y deshace toda la maldad que hay en nosotros, para que aparezcamos justos y santos en su presencia, cuando antes estábamos manchados e impuros. Así que es verdad que Dios Padre se adelanta con su amor a la reconciliación que hace con nosotros en Jesucristo. O, mejor dicho, porque nos amó primero, nos reconcilia después consigo (1 Jn 4:19). Pero como, hasta que Jesucristo nos socorre con su muerte, permanece en nosotros la iniquidad, que merece la indignación de Dios y es maldita y condenada delante de él, no tenemos una unión plena ni firme con Dios hasta que Cristo nos une a él. Y ciertamente, si queremos tener plena seguridad de que Dios está aplacado y nos es propicio y favorable, debemos fijar los ojos y el entendimiento solo en Jesucristo, pues sin duda solo por él, y por ningún otro, alcanzamos que no se nos imputen nuestros pecados, cuya imputación trae consigo la ira de Dios.

Por esta razón dice san Pablo que el amor con que Dios nos amó antes de la creación del mundo se fundó en Cristo (Ef 1:4). Esta doctrina es clara, concuerda con la Escritura y concilia muy bien los pasajes en que se dice que Dios mostró el amor que nos tiene entregando a su Hijo unigénito a la muerte, y que, sin embargo, nos era enemigo antes de que fuéramos reconciliados con él por la muerte de Jesucristo (Jn 3:16; Ro 5:10). Con todo, para que lo que decimos tenga más autoridad entre quienes buscan la aprobación de los doctores antiguos, citaré solo un pasaje de san Agustín en el que enseña esto mismo: «El amor de Dios es incomprensible e inmutable. Porque no empezó a amarnos desde que fuimos reconciliados con él por la sangre de su Hijo, sino que nos amó antes de la creación del mundo, para que también nosotros fuéramos hijos suyos junto con su Unigénito, antes de que fuéramos algo en absoluto. Cuando decimos que fuimos reconciliados por la muerte de Jesucristo, no hay que entenderlo como si Jesucristo nos hubiera reconciliado con el Padre para que empezara a amarnos, como si antes nos hubiera aborrecido; sino que fuimos reconciliados con quien ya nos amaba, con quien estábamos enemistados por el pecado. Y si digo la verdad o no, que lo atestigüe el apóstol: "Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros" (Ro 5:8). Así que nos amaba aun cuando, enemistados con él, obrábamos el mal. Por tanto, de una manera admirable y divina, aun cuando nos aborrecía, nos amaba. Porque nos aborrecía en cuanto éramos lo que él no había hecho; y como la maldad no había destruido del todo su obra, sabía muy bien aborrecer en nosotros lo que nosotros habíamos hecho y, a la vez, amar lo que él había hecho». Todas estas son palabras de san Agustín (Agustín, Tratados sobre el Evangelio de Juan, 110).

Si ahora alguien pregunta cómo Cristo, al quitar los pecados, eliminó la enemistad que había entre Dios y nosotros, y nos alcanzó la justicia que nos lo hace amigo y favorable, se puede responder en general que lo hizo y lo cumplió con todo el curso de su obediencia. Lo prueba la autoridad de san Pablo, que dice: «Así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos» (Ro 5:19). Y en otro lugar extiende a toda la vida de Jesucristo la causa del perdón que nos libró de la maldición de la Ley: «Cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley» (Gá 4:4-5). Por eso el mismo Cristo declaró en su bautismo que cumplía una parte de la justicia al obedecer, poniendo por obra lo que el Padre le había encomendado (Mt 3:15). En conclusión, desde que se revistió de la condición de siervo comenzó a pagar el precio de nuestra liberación para rescatarnos así. Sin embargo, la Escritura, para declarar con más claridad la manera de nuestra salvación, la atribuye expresamente a la muerte de Cristo como obra propia y peculiar de ella. Él mismo declara que da su vida en rescate por muchos (Mt 20:28). San Pablo atestigua que murió por nuestros pecados. San Juan Bautista proclamaba que Cristo había venido para quitar los pecados del mundo, porque era el Cordero de Dios (Jn 1:29). En otro lugar dice san Pablo que somos justificados gratuitamente por la redención que es en Cristo Jesús, porque Dios lo puso como propiciación por medio de su sangre (Ro 3:24-25). También, que somos justificados en su sangre y reconciliados por su muerte (Ro 5:9-10). Y también: «Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él» (2 Co 5:21). No seguiré citando pasajes de la Escritura, porque sería el cuento de nunca acabar, y además tendremos que citar muchos a lo largo de este tratado. Por eso, en el resumen de la fe que comúnmente se llama Símbolo de los Apóstoles, se sigue un orden muy acertado al pasar directamente del nacimiento de Cristo a su muerte y resurrección, en lo cual consiste la suma de nuestra perfecta salvación. Y con todo, no queda excluida el resto de la obediencia que mostró a lo largo de toda su vida, como la abarca entera san Pablo, de principio a fin, cuando dice que se humilló a sí mismo tomando forma de siervo y se hizo obediente al Padre hasta la muerte, y muerte de cruz (Fil 2:7-8). Y ciertamente, aun en su muerte, su sujeción voluntaria ocupa el primer lugar, porque su sacrificio no nos habría servido de nada para la salvación si no hubiera sido ofrecido voluntariamente. Por eso el Señor, después de decir que pone su vida por sus ovejas, añade expresamente que nadie se la quita, sino que él mismo la pone (Jn 10:15, 18). Conforme a esto decía Isaías de él que no abrió su boca, como cordero delante de sus trasquiladores (Is 53:7). Y la historia evangélica cuenta que él mismo se presentó ante los soldados saliéndoles al encuentro, y que ante Pilato, sin preocuparse por defenderse, escuchó con gran paciencia su condena (Jn 18:4; Mt 27:11-14). No es que no sintiera en sí una gran lucha y resistencia, pues había tomado sobre sí nuestras miserias, y convenía que su obediencia y el servicio que prestaba a su Padre fueran probados de esta manera. Y fue una muestra nada común de su incomparable amor por nosotros luchar con un horrible espanto y, en medio de aquellos crueles tormentos que sentía, olvidarse de sí mismo para procurar nuestro bien. Debe tenerse por cosa cierta que Dios no podía ser aplacado de ninguna otra manera sino esta: que Cristo, renunciando a sus propios afectos, se sometiera a la voluntad de su Padre y se rigiera enteramente por ella. Para confirmarlo, el apóstol cita muy a propósito el testimonio del salmo: «En el rollo del libro está escrito de mí; el hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado, y tu ley está en medio de mi corazón. Entonces dije: He aquí, vengo» (He 10:5-7; Sal 40:7-8). Sin embargo, como las conciencias temerosas y asustadas por el juicio de Dios no hallan reposo sino en el sacrificio y el lavamiento con que son purificados los pecados, con toda razón se nos encamina a él, y se nos presenta en la muerte de Jesucristo la fuente de la vida. Pero como la maldición nos esperaba y nos tenía cercados a todos mientras éramos culpables ante el tribunal de Dios, se nos pone ante los ojos, en primer lugar, la condena con que Jesucristo fue condenado por Poncio Pilato, gobernador de Judea, para que entendamos que la pena a la que nosotros estábamos obligados fue impuesta al justo. Nosotros no podíamos escapar del espantoso juicio de Dios; para librarnos de él, Cristo consintió en ser condenado ante un hombre mortal, e incluso impío y malvado. Porque el nombre del gobernador no se menciona solo para dar certeza a la historia, sino para que aprendamos mejor lo que dice Isaías: que «el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados» (Is 53:5). Porque para deshacer nuestra condenación no bastaba que Cristo muriera de cualquier manera, sino que, para cumplir nuestra redención, fue necesario que escogiera un género de muerte por el cual, cargando sobre sí nuestra condenación y tomando a su cuenta la satisfacción por ella, nos librara de ambas cosas. Si lo hubieran matado unos bandidos, o si hubiera perdido la vida en algún tumulto o motín popular, en semejante muerte no se vería ninguna apariencia de satisfacción ante Dios. Pero cuando es llevado como reo ante el tribunal del juez, se guarda contra él cierta forma de justicia, se le acusa con testigos y el mismo juez lo sentencia a muerte, por todo esto entendemos que representaba en sí mismo la persona de un reo y malhechor. Y aquí hay que notar dos cosas que ya habían anunciado los profetas y que traen consigo grandísimo consuelo y confirmación para nuestra fe. Porque cuando oímos que Jesucristo fue llevado del tribunal a la muerte y crucificado entre dos ladrones, vemos en ello el cumplimiento de la profecía que cita el evangelista: «Y fue contado con los inicuos» (Is 53:12; Mr 15:28). ¿Y esto por qué? Sin duda para representar la persona de un pecador, no la de un justo o la de un inocente, porque no moría por la justicia, sino por el pecado. Por el contrario, cuando oímos que fue declarado justo y absuelto por boca del mismo que lo sentenció a muerte (porque Pilato se vio obligado más de una vez a dar testimonio público de su inocencia), recordemos lo que dice otro profeta: que pagó lo que no había robado (Sal 69:4). Y así veremos en Cristo representada la persona de un pecador y malhechor, y a la vez reconoceremos por su inocencia que padeció la muerte por los pecados de otros y no por los suyos propios. Padeció, pues, bajo el poder de Poncio Pilato, condenado como malhechor por sentencia judicial del gobernador del país; y, sin embargo, no fue condenado de tal manera que el mismo juez no lo declarara inocente cuando afirmaba que no hallaba en él ningún delito (Jn 18:38; 19:4). Aquí está en qué consiste nuestra absolución: todo lo que podía imputársenos para hacer de nuestra causa una causa criminal ante Dios ha sido cargado a la cuenta de Jesucristo, de tal manera que él ha satisfecho por ello. Y debemos tener siempre presente esta compensación, para no andar toda la vida temerosos y angustiados, como si el justo castigo de Dios, que el Hijo de Dios tomó sobre sí mismo, estuviera a punto de caer sobre nosotros.

Asimismo, el género de muerte que padeció no carece de un gran misterio. La cruz era maldita no solo según la opinión de los hombres, sino por decreto de la Ley de Dios. Cuando Cristo es puesto en ella, se somete a la maldición. Y convenía que así fuera, para que la maldición que nos esperaba por nuestros pecados, o mejor dicho, que ya estaba a punto de caer sobre nosotros, fuera trasladada a él, y así quedáramos libres. Esto también había sido prefigurado en la Ley. Porque los sacrificios que se ofrecían por los pecados se llamaban con el mismo nombre que el pecado. Con este nombre el Espíritu Santo quiso dar a entender que tales sacrificios recibían en sí toda la maldición que se debía al pecado. Lo que en figura se representó en los sacrificios de la ley de Moisés se cumplió realmente en Jesucristo, que es la verdadera sustancia y realidad de las figuras. Por eso Cristo, para cumplir su oficio de Redentor, puso su vida en expiación por el pecado, como dice el profeta, a fin de que toda la maldición que se nos debía por ser pecadores, echada sobre él, no se nos imputara (Is 53:10). Todavía más claramente lo atestigua el apóstol cuando dice que al que no conoció pecado, el Padre lo hizo pecado por nosotros, para que nosotros fuéramos hechos justicia de Dios en él (2 Co 5:21). Porque el Hijo de Dios, siendo purísimo y del todo ajeno a cualquier vicio, tomó y se vistió de la vergüenza y afrenta de nuestras iniquidades, y por otra parte nos cubrió con su santidad y justicia. Lo mismo quiso dar a entender el apóstol cuando dijo en otro lugar que el pecado fue condenado por el pecado en la carne de Jesucristo (Ro 8:3). Porque el Padre despojó de su fuerza al pecado cuando su maldición fue trasladada a la carne de Jesucristo. Así que con esta palabra se da a entender que Cristo, al morir, fue ofrecido al Padre como sacrificio expiatorio, para que, hecha por él la alianza y la paz, ya no tengamos aquel horror y espanto de la ira de Dios. Ahora está claro qué quiere decir este dicho del profeta: «Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros» (Is 53:6); es decir, que, queriendo borrar sus manchas, las tomó sobre su persona e hizo que se le imputaran como si él las hubiera cometido. La cruz en que fue crucificado fue, pues, una señal de esto, como lo atestigua el apóstol: «Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero), para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzase a los gentiles» (Gá 3:13-14; Dt 21:23). A esto miraba san Pedro cuando dijo que Jesucristo llevó nuestros pecados en el madero (1 P 2:24); porque por la misma señal de la maldición entendemos mucho más claramente que la carga que nos oprimía fue puesta sobre sus hombros. Sin embargo, no hay que entender que recibió nuestra maldición de tal manera que pereciera bajo ella; al contrario, al recibirla le quitó toda su fuerza, la quebrantó y la deshizo. Por eso la fe aprende en la condenación de Cristo su absolución, y en su maldición, su bendición. Por eso no sin razón exalta tanto san Pablo el triunfo que Cristo obtuvo en la cruz, como si la cruz, que estaba llena de deshonra y afrenta, se hubiera convertido en un carro triunfal. Porque dice que el acta que nos era contraria fue clavada en la cruz, y que los principados fueron despojados y exhibidos públicamente en triunfo, en señal de victoria (Col 2:14-15). Y no debemos maravillarnos de ello, pues Jesucristo (como atestigua otro apóstol) se ofreció a sí mismo mediante el Espíritu eterno (He 9:14), y de ahí proviene un cambio semejante. Pero, para que estas cosas arraiguen en nuestro corazón y se planten en él de veras, tengamos siempre presentes el sacrificio y el lavamiento. Porque no podríamos confiar plenamente en que Jesucristo es nuestro rescate, nuestro precio y nuestra reconciliación si no hubiera sido sacrificio. Por eso la Escritura menciona tantas veces la sangre siempre que habla de la manera y el camino de la redención. Aunque la sangre que Jesucristo derramó no solo nos ha servido de compensación para ponernos en paz con Dios, sino también de lavamiento para limpiar todas nuestras impurezas.

Sigue en el Símbolo que fue muerto y sepultado; en lo cual puede verse otra vez cómo Cristo ocupó en todo nuestro lugar para pagar el precio de nuestra redención. La muerte nos tenía bajo su yugo; él se entregó a ella en nuestro lugar para librarnos de ella. Esto es lo que quiere decir el apóstol cuando afirma que gustó la muerte por todos (He 2:9). Porque, muriendo él, hizo que nosotros no muriéramos; o (lo que es lo mismo) con su muerte nos rescató la vida. Pero hubo esta diferencia entre él y nosotros: que se entregó a la muerte como para ser tragado por ella, pero no se dejó tragar del todo, sino que, al contrario, él se la tragó a ella, para que desde entonces no tuviera ya más poder sobre nosotros ni nosotros tuviéramos más que ver con ella. Permitió que la muerte lo sometiera en cierto modo, no para ser oprimido por su poder, sino para vencerla y derribar a la que estaba a punto de caer sobre nosotros y se burlaba de nosotros como de gente vencida y sometida a su mando. En fin, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, es decir, al diablo, y librar así a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a perpetua servidumbre y cautiverio (He 2:14-15). Este es el primer fruto que nos trajo su muerte. El segundo es que, al participar nosotros de su poder, ella hace morir nuestros miembros terrenales, para que en adelante no hagan las obras que solían; mata también a nuestro viejo hombre, para que en adelante no tenga fuerza ni produzca sus frutos. A esto mismo apunta su sepultura: a que, sepultados juntamente con él, quedemos sepultados en cuanto al pecado. Porque cuando el apóstol dice que hemos sido injertados en la semejanza de la muerte de Cristo y sepultados con él para muerte del pecado; que por su cruz el mundo nos está crucificado a nosotros y nosotros al mundo; que hemos muerto con él, no solo nos exhorta a imitar el ejemplo de su muerte, sino que declara que ella tiene tal eficacia que debe verse en todos los cristianos, si no quieren que la muerte de su Redentor les resulte inútil y sin ningún provecho (Ro 6:4-5; Gá 2:19; 6:14; Col 3:3). Por tanto, en la muerte y sepultura de Jesucristo se nos ofrecen dos beneficios y mercedes para que los disfrutemos: el primero, que somos libres de la muerte, que tenía dominio sobre nosotros; el segundo, la mortificación de nuestra carne.

Tampoco debemos olvidar su descenso a los infiernos, que no tiene poca importancia, sino que contribuye muchísimo a nuestra redención. Porque, aunque por los escritos de los doctores antiguos parece que esta cláusula del descenso de Cristo a los infiernos no se usaba mucho en las iglesias, es necesario ponerla en el Símbolo para explicar bien la doctrina que tratamos, como una cláusula que contiene un misterio sumamente útil y que no se debe menospreciar. Es verdad que algunos de los antiguos sí la incluyen. De ahí se puede conjeturar que fue añadida algún tiempo después de los apóstoles y que poco a poco fue admitida en las iglesias. Sea como fuere, lo que es muy cierto es que fue tomada del sentir común que todos los fieles deben tener. Pues no hay ninguno de los Padres antiguos que no mencione el descenso de Cristo a los infiernos, aunque no todos en el mismo sentido. Pero no importa mucho saber quién fue el primero ni en qué época la puso en el Símbolo; lo que debemos procurar en el Símbolo es tener en él un resumen completo, perfecto y acabado de nuestra fe, en el que no se ponga nada que no esté tomado de la purísima palabra de Dios. Si aun así hay algunos tan intratables que no quieren admitir esta cláusula en el Símbolo, por lo que diremos enseguida se verá claramente cuán necesario es ponerla en el resumen de nuestra fe, y que sin ella se pierde gran parte del fruto de la muerte de Jesucristo. Hay también otros que piensan que aquí no se dice nada nuevo, sino que solo se repite con otras palabras lo que se había dicho en la cláusula anterior, que Cristo fue sepultado; y esto, porque muchísimas veces la palabra «infierno» se toma en la Escritura por la sepultura. En cuanto a lo que alegan sobre el significado de la palabra «infierno», reconozco que muchas veces se toma por la sepultura; pero hay dos razones que prueban que en este lugar «infierno» no quiere decir sepultura, y ellas me mueven a no compartir su opinión. Porque sería muy desconsiderado, después de haber dicho algo con palabras claras y manifiestas (algo que ya era de por sí bastante claro), querer repetirlo luego con palabras mucho más oscuras. Cuando se ponen dos expresiones que significan lo mismo, conviene que la segunda sea como una aclaración de la primera. Pero ¿qué aclaración sería esta, si alguien hablara así: «Lo que se dice, que Cristo fue sepultado, quiere decir que descendió a los infiernos»? Además, no es verosímil que en este resumen, en el que los principales artículos y puntos de nuestra religión están comprendidos de manera sucinta y en pocas palabras, los Padres antiguos hayan querido poner una repetición de palabras tan superflua y tan fuera de propósito. Y no dudo de que todos los que examinen esto con alguna diligencia estarán de acuerdo conmigo sin ninguna dificultad.

Otros lo explican de otra manera: dicen que Cristo descendió al lugar donde estaban las almas de los Padres que habían muerto antes de su venida, para llevarles la noticia de su redención y librarlas de la cárcel en que estaban encerradas. Para dar apariencia a esta invención suya, tuercen algunos pasajes de la Escritura haciéndoles decir lo que ellos quieren: como el del salmo, que dice que «quebrantó las puertas de bronce, y desmenuzó los cerrojos de hierro» (Sal 107:16); y también el de Zacarías, que dice que sacó a los presos de la cisterna en que no había agua (Zac 9:11). Pero, puesto que el salmo cuenta cómo fueron librados los que estaban encadenados en tierras extrañas y muy lejanas de las suyas, y Zacarías compara el destierro que el pueblo de Israel padecía en Babilonia con una cisterna profunda y seca o con un abismo, enseñando a la vez que la salvación y la libertad de toda la Iglesia eran como una salida de lo profundo del infierno, no sé cómo los que vinieron después pensaron que se trataba de cierto lugar debajo de la tierra, al que llamaron Limbo. Pero aunque esta fábula haya tenido grandes defensores, y aun hoy muchísimos la tengan por verdadera, no deja de ser una fábula. Porque es cosa de niños querer encerrar en una cárcel las almas de los difuntos. Y, además, ¿qué necesidad había de que el alma de Jesucristo descendiera allá para darles libertad? Reconozco de muy buena gana que Jesucristo, con el poder de su Espíritu, las iluminó para que entendieran que la gracia que ellas solo habían gustado muchas veces estaba ya manifestada en el mundo. Y ciertamente no estaría fuera de lugar aplicar a este propósito el texto de san Pedro en que dice que Cristo fue y predicó a los espíritus que estaban en atalaya (comúnmente traducen «en prisión») (1 P 3:19). Porque el mismo hilo del contexto nos lleva a esto: que los fieles que habían muerto antes de aquel tiempo gozaban de la misma gracia que nosotros. En efecto, el apóstol amplía el poder de la muerte de Jesucristo diciendo que llegó hasta los difuntos, cuando las almas fieles gozaron a ojos vistas de la visita que habían esperado con tanto anhelo; y, por el contrario, a los réprobos se les notificó que quedaban excluidos de toda esperanza de alcanzar la salvación. Que san Pedro no hable con tanta claridad y distinción de los piadosos y de los impíos no debemos entenderlo como si los mezclara sin hacer ninguna diferencia entre ellos, sino que solo quiso mostrar que unos y otros sintieron bien el efecto que produjo la muerte de Jesucristo.

Pero, dejando aparte el Símbolo, debemos buscar una interpretación mucho más cierta y clara del descenso de Jesucristo a los infiernos, que esté tomada de la palabra de Dios y que no solo sea santa y piadosa, sino también llena de singular consuelo. Nada se habría logrado si Jesucristo solamente hubiera muerto con muerte corporal; era necesario además que sintiera en su alma el rigor del castigo de Dios, para interponerse ante la ira de Dios y satisfacer su justo juicio. Por eso también convino que combatiera con las fuerzas del infierno y que luchara cuerpo a cuerpo con el horror de la muerte eterna. Hace poco citamos del profeta que «el castigo de nuestra paz fue sobre él», que fue herido por el Padre por nuestras rebeliones y quebrantado por nuestros pecados (Is 53:5). Con estas palabras quiere decir que él fue fiador y garante, y que se sometió como un reo a sufrir todas las penas y castigos que los malhechores habían de padecer, para librarlos de ellos, con la sola excepción de que no podía ser retenido por los dolores de la muerte (Hch 2:24). Por tanto, no debemos maravillarnos de que se diga que Jesucristo descendió a los infiernos, pues padeció aquella muerte con que Dios suele castigar a los perversos cuando está airado. Y ciertamente es muy frívola y ridícula la objeción de algunos, que dicen que de este modo se trastornaría el orden, porque sería absurdo poner después de la sepultura lo que la precedió. Porque, después de haber contado lo que Jesucristo padeció públicamente delante de todos los hombres, muy a propósito se cuenta enseguida aquel juicio invisible e incomprensible que sufrió delante de Dios, para que sepamos que no solo el cuerpo de Jesucristo fue entregado como precio de nuestra redención, sino que hubo otro precio mucho mayor y mucho más excelente: sentir y padecer en su alma los horrendos tormentos que suelen sufrir los hombres perdidos y condenados.

En este sentido dijo san Pedro que Cristo resucitó tras haber destruido los dolores de la muerte, «por cuanto era imposible que fuese retenido por ella» ni vencido (Hch 2:24). No nombra simplemente la muerte, sino que dice expresamente que el Hijo de Dios estuvo cercado de los dolores y angustias que producen la maldición y la ira de Dios, que son el principio y el origen de la muerte. Porque ¿qué gran cosa habría sido ofrecerse a padecer la muerte sin más, como jugando? En cambio, fue un verdadero testimonio de su inmensa misericordia no rehuir la muerte, que tanto horror le causaba. Y no cabe duda de que eso mismo quiere dar a entender el apóstol en la Epístola a los Hebreos cuando dice que Jesucristo fue oído a causa de su temor; otros traducen «reverencia» o «piedad», pero cuán fuera de propósito sea eso lo muestran la misma gramática y el asunto que allí se trata (He 5:7). Así pues, Cristo, orando con lágrimas y gran clamor, fue oído a causa de su temor; no para quedar exento de la muerte, sino para no ser tragado por ella como pecador, puesto que entonces representaba nuestra persona. Y, ciertamente, no se puede imaginar abismo más espantoso ni más temible que sentir un hombre que Dios lo ha dejado y abandonado, y que no lo oye cuando lo invoca, como si el mismo Dios se hubiera conjurado para destruirlo. Y vemos que Jesucristo llegó a tal miseria que la angustia lo obligó a clamar: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (Sal 22:1; Mt 27:46). Lo que algunos explican, que Cristo dijo esto más por la opinión de los demás que por la aflicción que él sentía, no es verosímil en absoluto, pues se ve claramente que esta voz salió de una congoja nacida de lo más íntimo del corazón (véase Cirilo, Sobre la recta fe, a las reinas, libro segundo). Y, con todo, no queremos dar a entender que Dios haya sido jamás su adversario ni haya estado airado contra él. Porque ¿cómo se enojaría el Padre con su Hijo muy amado, en quien, como él mismo dice, tiene toda su complacencia? ¿O cómo aplacaría Cristo, por su mediación e intercesión, al Padre con los hombres, si lo tuviera enojado contra sí mismo? Lo que decimos es que Cristo sufrió en sí el gran peso de la ira de Dios, porque, al ser herido y afligido por la mano de Dios, experimentó todas las señales que Dios muestra cuando está airado y castiga. Por eso dice san Hilario que por este descenso a los infiernos hemos obtenido este beneficio: que la muerte está ya muerta (Hilario, Sobre la Trinidad, libro 4). Y en otros lugares no se aparta mucho de nuestra explicación, como cuando dice: «La cruz, la muerte y los infiernos son nuestra vida» (libro 2). Y en otro lugar: «El Hijo de Dios está en los infiernos, pero el hombre es colocado en el cielo» (libro 3). Pero ¿para qué alego testimonios de un hombre particular, cuando el apóstol dice lo mismo al afirmar que este fruto nos viene de la victoria de nuestro Señor Jesucristo: que somos libres de la servidumbre a la que estábamos sujetos toda nuestra vida por el temor de la muerte? Convino, pues, que Jesucristo venciera el temor que naturalmente acongoja y angustia sin cesar a todos los hombres, lo cual de ningún modo podía hacerse sino peleando. Y que la tristeza y la angustia de Jesucristo no fueron cualesquiera, ni concebidas sin gran ocasión y causa, se verá enseguida con mucha más claridad. En suma, Jesucristo, combatiendo contra el poder de Satanás, contra el horror de la muerte y contra los dolores del infierno, alcanzó la victoria y triunfó de ellos, para que nosotros ya no temamos en la muerte lo que nuestro Príncipe y Capitán destruyó y deshizo.

Ciertos hombres perversos y a la vez ignorantes, movidos más por malicia que por necedad, gritan contra mí diciendo que hago una grandísima injuria a Jesucristo, porque no es razonable que él temiera por la salvación de su alma. Además, agravan todavía más la calumnia: dicen que atribuyo al Hijo de Dios desesperación, que es contraria a la fe. En primer lugar, en cuanto al temor y espanto de Jesucristo, que los evangelistas cuentan con tanta claridad, plantean una cuestión totalmente sin fundamento. Porque, antes de que se acercara la hora de su muerte, él mismo dice que se turbó en espíritu y se entristeció; y cuando llegó el momento, comenzó a sentir un horror mucho mayor. Si dicen que todo esto fue fingido, su escapatoria es muy mala. Conviene, pues (como muy bien dice san Ambrosio), confesar abiertamente la tristeza de Jesucristo, si no nos avergonzamos de la cruz. Y, ciertamente, si su alma no hubiera participado de la pena, habría sido Redentor solo de los cuerpos. Y fue necesario que luchara para levantar a los que, habiendo sido derribados, no podían levantarse. Y tan lejos está esto de menoscabar su gloria celestial, que precisamente en ello tenemos mucho más que contemplar su bondad, que nunca puede ser alabada como merece: que no se desdeñó de tomar sobre su propia persona nuestras miserias. De aquí procede también el consuelo en las angustias y tribulaciones que el apóstol nos propone: que nuestro Mediador ha experimentado nuestras miserias para estar más pronto y dispuesto a socorrer a los desdichados y miserables (He 4:15). Alegan también que se hace una gran afrenta a Jesucristo al atribuirle una pasión viciosa. ¡Como si fueran más sabios que el Espíritu de Dios, que afirma a la vez estas dos cosas de Jesucristo: que fue tentado en todo según nuestra semejanza, y que, sin embargo, fue sin pecado! No hay, pues, por qué espantarnos de la debilidad y miseria a la que Jesucristo se sometió, no obligado por violencia ni por necesidad, sino por estar revestido de misericordia y por el puro amor que nos tiene. Y todo lo que padeció voluntariamente por nosotros no menoscaba en nada su poder. En una cosa se engañan estos maldicientes: no reconocen que esta debilidad fue en Jesucristo pura y limpia de toda mancha, de todo vicio y pecado, porque se mantuvo dentro de los límites de la obediencia a Dios. Como en nuestra naturaleza, tan corrompida como está, no se puede hallar rectitud ni moderación (pues todos los afectos se desbordan con gran ímpetu y furia), ellos, muy sin razón, miden al Hijo de Dios con esa medida. Pero la diferencia es grandísima: siendo él perfecto y sin mancha alguna, moderó todos sus afectos de tal manera que no se pudo hallar en ellos ningún exceso. Por eso pudo ser semejante a nosotros en sufrir dolor, temor y espanto, y sin embargo distinguirse de nosotros por esta marca y señal. Convencidos en esto, se refugian en otra cavilación: que, aunque Cristo temió la muerte, no temió la maldición ni la ira de Dios, de las que sabía con certeza que estaba libre. Pero ruego a los lectores que consideren primero qué gran honra sería para Cristo haber sido mucho más tímido y cobarde que muchísimos hombres de poca estima. Los salteadores y malhechores suelen ir a morir con gran ánimo y audacia; muchísimos parecen no hacer más caso de ir a morir que de ir a una boda; otros sufren la muerte con gran serenidad. ¿Qué constancia y grandeza de ánimo sería que el Hijo de Dios quedara tan asombrado y aturdido por el temor de ella? Porque los evangelistas cuentan de él cosas increíbles y que parecen imposibles: dicen que fue tanto el dolor y el tormento que sintió que de su rostro corrieron gotas de sangre. Y esto no le sucedió delante de los hombres, sino en un lugar apartado, elevando sus gemidos al Padre. Y toda duda desaparece, pues fue necesario que ángeles del cielo descendieran para consolarlo de una manera nueva e insólita. ¿Qué vergüenza tan afrentosa sería que el Hijo de Dios hubiera sido tan pusilánime que lo atormentara hasta ese punto el horror de la muerte común a todos, que se bañara en sudor de sangre y que no pudiera ser confortado sino con la presencia de ángeles? Consideremos también atentamente aquella oración que repitió tres veces seguidas: «Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa»; y fácilmente juzgaremos que, puesto que procedía de una increíble amargura de corazón, Jesucristo sostuvo un combate mucho más arduo y difícil que el de la muerte común (Mt 26:39). De aquí se ve que estos burladores contra los que discuto hablan con gran atrevimiento de cosas que no entienden; y la causa es que nunca han considerado de veras qué es, ni cuánto vale, ser rescatados y librados del juicio de Dios. Y en esto consiste ciertamente nuestra sabiduría: en sentir bien cuánto le costó al Hijo de Dios redimirnos. Si alguien pregunta si Jesucristo descendió a los infiernos cuando oró al Padre que lo librara de la muerte, respondo que eso fue un comienzo, del cual se puede concluir cuán crueles y horribles tormentos padeció cuando comprendió que debía comparecer ante el tribunal de Dios como quien cargaba sobre sí todas nuestras culpas y pecados. Y aunque el poder divino del Espíritu se ocultó por un momento para dar lugar a la debilidad de la carne, debemos saber, sin embargo, que su tentación, en cuanto al sentimiento del dolor y del temor, fue de tal clase que no se opuso a la fe. Y así se cumplió lo que dijo san Pedro en su sermón: que no podía ser retenido por los dolores de la muerte (Hch 2:24). Porque, sintiéndose como abandonado por Dios, no se apartó con todo ni un ápice de la confianza que tenía en la bondad de Dios. Así lo atestigua aquella célebre invocación con que, por la gran vehemencia del dolor, clamó: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (Mt 27:46). Porque, aunque estaba angustiado sobremanera, no deja de llamar su Dios a aquel de quien se queja de haber sido desamparado. Con esto queda refutado el error de Apolinar y el de los llamados monotelitas. Apolinar imaginaba que el Espíritu eterno había ocupado en Cristo el lugar del alma, de modo que lo hacía medio hombre. ¡Como si hubiera podido expiar nuestros pecados de otro modo que obedeciendo al Padre! ¿Y dónde está el afecto y la voluntad de obedecer, sino en el alma? Sabemos que el alma de Jesucristo fue turbada precisamente para que las nuestras, libres de todo temor, gocen de paz y tranquilidad. En cuanto a los monotelitas, que quisieron hacer creer que Jesucristo no tenía más que una sola voluntad, vemos ahora cómo, en cuanto hombre, no quería lo mismo que quería en cuanto Dios. Y no digo que dominaba y vencía el temor del que hemos hablado con un afecto contrario. Porque hay en esto una apariencia de contradicción muy grande: «Padre, sálvame de esta hora; mas para esto he llegado a esta hora. Padre, glorifica tu nombre» (Jn 12:27-28). En esta perplejidad no hubo ningún desorden ni desconcierto como el que se ve en nosotros, aun cuando nos esforzamos muchísimo por dominarnos y refrenarnos.

Sigue que resucitó de los muertos, sin lo cual todo lo que hemos dicho hasta ahora no valdría nada. Porque, como en la cruz, la muerte y la sepultura de Jesucristo no se ve otra cosa que debilidad, es necesario que la fe vaya más allá de todo esto para ser plenamente fortalecida. Por tanto, aunque en la muerte de Cristo tenemos el cumplimiento entero y sólido de nuestra salvación —pues por ella somos reconciliados con Dios, se satisface su juicio, se quita la maldición y se paga la pena—, sin embargo no se dice que por la muerte, sino por la resurrección, hemos renacido para una esperanza viva (1 P 1:3). Porque, así como él, al resucitar, se mostró vencedor de la muerte, así también la victoria de nuestra fe consiste en su resurrección. Cómo sea esto se verá con mucha más claridad por las palabras de san Pablo: dice que fue entregado por nuestras transgresiones y resucitado para nuestra justificación (Ro 4:25). Como si dijera que por su muerte fue quitado de en medio el pecado y por su resurrección fue restaurada y restituida la justicia. Porque ¿cómo habría podido, muriendo, librarnos de la muerte, si él hubiera quedado vencido por ella? ¿Cómo nos habría alcanzado la victoria, si él hubiera caído en el combate? Por eso repartimos la sustancia de nuestra salvación entre la muerte y la resurrección de Jesucristo, de modo que decimos que por la muerte fue destruido el pecado y muerta la muerte, y por la resurrección fue establecida la justicia y restituida la vida a su ser. Pero de tal manera que es por medio y en virtud de la resurrección como la muerte tiene su poder y eficacia. Por esta causa afirma san Pablo que Jesucristo fue declarado Hijo de Dios por su resurrección (Ro 1:4). Porque entonces mostró por fin su poder celestial, que es un claro espejo de su divinidad y un firme bastón en que se apoya nuestra fe; como también dice en otro lugar que Cristo padeció según la debilidad de la carne, pero resucitó por el poder del Espíritu. Con este mismo propósito, tratando en otra parte de la perfección, dice: «a fin de conocerle, y el poder de su resurrección». Pero enseguida añade que procura participar de su muerte (Flp 3:10). Con lo cual concuerda muy bien lo que dice san Pedro: que Dios resucitó a Cristo de los muertos y le dio gloria, «para que vuestra fe y esperanza sean en Dios» (1 P 1:21). No porque la fe, apoyada en la muerte de Cristo, vacile, sino porque el poder y la fuerza de Dios, que nos guarda bajo la fe, se muestran principalmente en la resurrección. Recordemos, pues, que cada vez que se menciona solo la muerte, queda comprendido a la vez lo que es propio de la resurrección; y lo mismo vale cuando se nombra sola la resurrección: comprende también lo que corresponde particularmente a la muerte. Pero, como al resucitar alcanzó la victoria para ser resurrección y vida, con muchísima razón sostiene san Pablo que la fe queda deshecha y el Evangelio es vano y nulo si la resurrección de Jesucristo no está fijada en nuestros corazones (1 Co 15:17). Por eso el mismo apóstol, después de haberse gloriado en otro lugar de la muerte de Jesucristo frente a los terrores de la condenación, para amplificarlo añade: «más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros» (Ro 8:34). Además (como ya hemos explicado), así como de la comunión con la cruz depende la mortificación de nuestra carne, del mismo modo hay que entender que de la resurrección proviene otro fruto correspondiente a este. Porque para esto (dice el apóstol) hemos sido injertados en la semejanza de la muerte de Jesucristo: para que, participando de su resurrección, andemos en vida nueva (Ro 6:4). Por eso, en otro lugar, así como deduce del hecho de que hemos muerto juntamente con Cristo que debemos hacer morir nuestros miembros que están sobre la tierra (Col 3:5), así también, puesto que hemos resucitado con Cristo, infiere que debemos buscar las cosas de arriba y no las de la tierra (Col 3:1). Con estas palabras no solo se nos invita a seguir una vida nueva a ejemplo de Cristo resucitado, sino que se nos enseña que es por su poder como somos regenerados para la justicia. Tenemos también un tercer fruto de su resurrección: que, como si hubiéramos recibido de él unas arras, estamos seguros de nuestra propia resurrección, cuyo fundamento y sustancia certísimos es la resurrección de Jesucristo. De esto habla mucho más extensamente en la primera Epístola a los Corintios, en el capítulo quince. Pero aquí debe notarse de paso que resucitó de entre los muertos; con lo cual se significa la verdad de su muerte y de su resurrección, como si se dijera que murió la misma muerte que mueren los demás hombres y que recibió la inmortalidad en la misma carne mortal que había tomado.

No sin razón se pone después de la resurrección el artículo de su subida a los cielos. Porque, aunque Jesucristo, al resucitar, comenzó a mostrar de manera más plena y mucho más ilustre su gloria y su poder, habiendo dejado ya la condición vil y baja de la vida mortal y corruptible y la afrenta de la cruz, fue sin embargo cuando subió a los cielos cuando de hecho ensalzó su reino. Lo muestra el apóstol cuando dice que subió para llenarlo todo (Ef 4:10); en ese lugar, usando una aparente contradicción en las palabras, advierte que hay gran acuerdo y conformidad entre ambas cosas. Porque Cristo se apartó de nosotros de tal manera que nos está presente de un modo mucho más provechoso que cuando vivía en la tierra, como alojado en una morada muy estrecha. Por eso san Juan, después de contar aquella admirable invitación a beber del agua de vida —«Si alguno tiene sed, venga a mí», etc.—, añade enseguida que el Espíritu todavía no había sido dado a los fieles, porque Jesucristo aún no había sido glorificado (Jn 7:37-39). Lo mismo atestiguó el Señor a sus discípulos: «Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuese, el Consolador no vendría a vosotros» (Jn 16:7). En cuanto a su presencia corporal, los consuela diciendo que no los dejará huérfanos, sino que volverá a ellos, y esto de un modo invisible, pero más deseable; porque entonces entendieron por una experiencia mucho más cierta que el dominio que le había sido entregado y la autoridad que ejercía bastaban para que los fieles no solo vivieran dichosamente, sino que también murieran felicísimamente. Y, ciertamente, vemos cuánto mayor caudal y abundancia del Espíritu derramó entonces, cuánto más amplió su reino y cuánto más mostró su poder, tanto para amparar a los suyos como para destruir a sus enemigos. Así, al subir al cielo, retiró de nuestros ojos la presencia de su cuerpo, no para dejar de estar presente con los fieles que todavía peregrinaban en el mundo, sino para gobernar y regir el cielo y la tierra con un poder mucho más presente que antes. Y, en verdad, lo que prometió —que estaría con nosotros hasta el fin del mundo— lo cumplió con esta ascensión suya: con ella, así como su cuerpo fue elevado por encima de todos los cielos, del mismo modo su poder y su eficacia se difundieron y derramaron más allá de todos los límites del cielo y de la tierra. Prefiero explicar esto con palabras de san Agustín antes que con las mías: «Cristo había de ir por la muerte a la diestra del Padre, de donde ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos con presencia corporal, tal como subió, conforme a la sana doctrina y a la regla de la fe. Porque, según la presencia espiritual, había de estar con sus apóstoles después de su ascensión» (Agustín, Tratados sobre el Evangelio de Juan, 109). Y en otro lugar lo dice más extensa y claramente: «Según su gracia inefable e invisible se cumple lo que él dice: "He aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo" (Mt 28:20). Pero según la carne que tomó el Verbo, en cuanto nació de la Virgen, en cuanto fue apresado por los judíos, crucificado en la cruz, bajado de la cruz, amortajado, sepultado y manifestado en la resurrección, se cumplió esta sentencia: "a mí no siempre me tendréis". ¿Por qué? Porque, después de haber convivido con sus discípulos cuarenta días según la presencia del cuerpo, y mientras ellos lo acompañaban y lo miraban, pero no lo seguían, subió al cielo y no está aquí; porque está allí sentado a la diestra del Padre; y está aquí, porque no se apartó según la presencia de su majestad (Hch 1:3, 9). Así pues, según la presencia de su majestad, siempre tenemos a Cristo; según la presencia de la carne, con razón dijo a sus discípulos: "A mí no siempre me tendréis". Porque la Iglesia lo tuvo muy pocos días según la presencia de la carne; ahora lo tiene por la fe y no lo ve con los ojos».

Por eso se añade enseguida que está sentado a la diestra del Padre (Mr 16:19; He 1:3). Esta imagen está tomada de los reyes y príncipes, que tienen sus asesores, a quienes, como lugartenientes suyos, confían sus veces para regir y mandar. Así Cristo, en quien el Padre quiere ser ensalzado y por cuya mano quiere reinar, está sentado, según se dice, a la diestra del Padre; como si se dijera que se le ha entregado el señorío del cielo y de la tierra, y que tomó solemnemente posesión del cargo y oficio que se le había confiado; y no solo que lo tomó una vez, sino que lo conserva y lo conservará hasta que descienda a juzgar en el último día. Así lo declara el apóstol cuando dice que el Padre lo sentó a su diestra «sobre todo principado y autoridad y poder y señorío, y sobre todo nombre que se nombra, no sólo en este siglo, sino también en el venidero; y sometió todas las cosas bajo sus pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia», etc. (Ef 1:20-22; Flp 2:9; 1 Co 15:27; Ef 4:15). Ya hemos visto qué quiere decir que Jesucristo está sentado a la diestra del Padre: que todas las criaturas, tanto celestiales como terrenales, honren su majestad, sean regidas por su mano, obedezcan su voluntad y se sometan a su poder (Hch 2:30; 3:21; He 1:7). Y los apóstoles, cuando mencionan tantas veces este asiento, no quieren decir otra cosa sino que todas las cosas están puestas en su mano para que él las rija a su voluntad. Se engañan, pues, los que piensan que con esta expresión solo se significa la bienaventuranza en que Cristo fue admitido. Y poco importa contra esto lo que san Esteban atestigua en los Hechos, que vio a Jesucristo de pie (Hch 7:56); porque no se trata aquí de la postura del cuerpo, sino de la majestad de su imperio, de modo que estar sentado no quiere decir otra cosa que presidir el tribunal celestial.

De aquí saca nuestra fe muchísimos frutos. Porque entiende que el Señor Jesús, con su subida al cielo, nos abrió la puerta del reino de los cielos, que Adán había cerrado (Agustín, Sobre la fe y el Símbolo, cap. 8). Puesto que entró en nuestra carne y, por así decirlo, en nuestro nombre, se sigue lo que dice el apóstol: que en cierto modo ya estamos sentados con él en los lugares celestiales, como quienes no esperan el cielo con una vana esperanza, sino que ya lo poseen en nuestra Cabeza, Cristo (Ef 2:6). Asimismo, la fe reconoce que no sin grandísimo bien nuestro está él sentado a la diestra del Padre. Porque, habiendo entrado en el santuario no hecho por manos humanas, está allí continuamente ante la presencia del Padre como intercesor y abogado nuestro (He 7:25; 9:24). De tal manera hace que su Padre ponga los ojos en su justicia que logra que no mire nuestros pecados; de tal manera nos lo reconcilia que con su intercesión nos abre camino y acceso para presentarnos ante su trono real, haciéndonos benigno y amoroso a quien, por otra parte, es terrible y espantoso para todos los miserables pecadores (Ro 8:34). El tercer fruto que la fe percibe es el poder de Cristo, en el que consisten nuestra fuerza, nuestro vigor, nuestras riquezas y el motivo de gloriarnos frente al infierno. Porque, al subir al cielo, llevó cautiva la cautividad y, habiendo despojado a sus enemigos, enriqueció a su pueblo, y cada día lo enriquece con dones y mercedes espirituales (Ef 4:8). Está, pues, sentado en lo alto para, derramando desde allí su poder en nosotros, vivificarnos con vida espiritual, santificarnos con su Espíritu, adornar a su Iglesia con diversos y preciosos dones, conservarla bajo su amparo contra todo daño e impedimento, reprimir y confundir con su poder a todos los feroces enemigos de su cruz y de nuestra salvación, y, en fin, tener poder y autoridad absolutos en el cielo y en la tierra, hasta que venza y derribe a todos sus enemigos, que son también los nuestros, y haya concluido la edificación de su Iglesia (Sal 110:1). Este es el verdadero estado de su reino, y este el poder que el Padre le ha dado, hasta que ponga la última mano viniendo a juzgar a los vivos y a los muertos.

Ciertamente, Cristo da a sus fieles clarísimas muestras para que reconozcan la presencia y asistencia de su poder; pero, como su reino está en cierto modo escondido en el mundo bajo la humildad de la carne, con muy justa razón se llama a la fe a considerar aquella presencia visible que manifestará en el último día. Porque descenderá del cielo en forma visible, del mismo modo en que fue visto subir allá, y será visto por todos en la inefable majestad de su reino, en el resplandor de la inmortalidad, en el inmenso poder de su divinidad y con gran compañía de ángeles (Hch 1:11; Mt 24:30). Por eso se nos manda esperar a nuestro Redentor para aquel día en que apartará los corderos de los cabritos, a los escogidos de los réprobos, y no habrá nadie, ni de los vivos ni de los muertos, que pueda escapar de su juicio (Mt 25:31-33). Porque el sonido de la trompeta se oirá por todas partes, desde los rincones más apartados de la tierra, y con ella serán citados y emplazados ante su tribunal todos los hombres, tanto los que estén vivos entonces como los que ya hubieran muerto antes (1 Ts 4:16). Hay algunos que por vivos y muertos entienden los buenos y los malos. Y es cierto que vemos a algunos de los antiguos dudar de cómo debían explicar estas palabras, vivos y muertos; pero el primer sentido que dimos, cuanto más llano y claro es, tanto más propio resulta para el Símbolo, que fue escrito en el lenguaje común y corriente. Y no se opone a esto lo que dice el apóstol, que «está establecido para los hombres que mueran una sola vez» (He 9:27). Porque, aunque los que en el último día del juicio se hallen vivos en esta vida mortal no morirán según el orden y curso natural, el cambio que sufrirán, puesto que será como una especie de muerte, no sin razón será llamado muerte. Lo que es certísimo es que no todos morirán, o, como dice el apóstol, que no todos dormirán, pero todos serán transformados (1 Co 15:51). ¿Qué quiere decir esto? Que su vida mortal dejará de ser, será consumida en un instante y quedará totalmente transformada en una naturaleza nueva. Nadie negará que esta manera de dejar de ser de la carne es muerte; con todo, es verdad que vivos y muertos serán citados y emplazados a comparecer en el día del juicio, porque los muertos en Cristo resucitarán primero, y luego los que aún vivan serán arrebatados en el aire juntamente con los que habían muerto, para salir a recibir al Señor (1 Ts 4:16-17). Y es verosímil que esta cláusula se haya tomado de un sermón que predicó san Pedro, que san Lucas menciona en los Hechos, y del solemne encargo que san Pablo hace a Timoteo (Hch 10:42; 2 Ti 4:1).

De aquí nace un grandísimo consuelo: saber que la autoridad de juzgar ha sido dada a aquel que ya nos ha hecho, por así decirlo, compañeros suyos en la dignidad y el oficio de juzgar; tan lejos está de sentarse en su tribunal para condenarnos (Mt 19:28). ¿Cómo iba un príncipe tan clementísimo a arruinar a su propio pueblo? ¿Cómo iba la cabeza a destruir a sus miembros? ¿Cómo iba el abogado a condenar a aquel cuya defensa ha tomado a su cargo? Porque, si el apóstol se atreve a gloriarse de que, intercediendo Cristo, no hay nadie que pueda condenar (Ro 8:33-34), mucho más cierto será que Cristo, siendo el intercesor, no condenará a ninguno de los que haya recibido bajo su protección y amparo. Ciertamente no es pequeña seguridad saber que no compareceremos ante otro tribunal que el de nuestro Redentor, de quien debemos esperar la salvación; y, además, tenemos aquí que el mismo que ahora nos promete por su Evangelio la felicidad eterna ratificará entonces su promesa como juez (véase Ambrosio, Sobre Jacob y la vida feliz, libro I, cap. 6). Así pues, el Padre honró al Hijo con este fin, poniendo en sus manos la autoridad absoluta de juzgar; y al hacerlo tuvo en cuenta y proveyó a las conciencias de los suyos, que estarían temblando de temor y horror ante el juicio si no tuvieran una esperanza cierta (Jn 5:22). Hasta aquí he seguido el orden del Símbolo de los Apóstoles, porque, como contiene en pocas palabras los puntos principales de nuestra redención, podrá servirnos como de una tabla en la que veamos y consideremos, clara y detalladamente, las cosas que principalmente debemos notar en Cristo. Lo llamo Símbolo de los Apóstoles, y sin embargo no me preocupa mucho averiguar quién fue su autor. Los antiguos lo atribuyen de común acuerdo a los apóstoles, ya porque pensaban que ellos lo habían dejado por escrito, ya porque, queriendo dar autoridad a la doctrina que sabían procedente de los apóstoles y transmitida fielmente de mano en mano, la honraron con este título. Y no dudo de que este resumen fue admitido y tuvo autoridad, como una confesión aprobada por el consentimiento común y público de todos los fieles, desde el primer principio de la Iglesia, y aun desde el mismo tiempo de los apóstoles, sea quien fuere su autor. Y no es verosímil que lo haya compuesto un particular, puesto que desde el principio fue tenido en gran veneración por todos los piadosos. Lo que ante todo debemos saber y tener por seguro ya lo sabemos: que en él se cuenta de manera sucinta y ordenada toda la historia de nuestra fe, y que no contiene nada que no esté confirmado por testimonios firmes y sólidos de la Escritura. Entendido esto, sería inútil tomarse mucho trabajo o discutir con nadie sobre quién lo compuso, a no ser que alguien sea tan descontentadizo que no se conforme con tener la certísima verdad del Espíritu Santo, sino que quiera saber además por qué boca fue anunciada o por qué mano fue escrita.

Y puesto que vemos que toda la suma de nuestra salvación y todas sus partes están comprendidas en Cristo, debemos guardarnos de atribuir a ningún otro ni la más mínima parte. Si buscamos salvación, el solo nombre de Jesús nos enseña que está en él. Si deseamos cualesquiera otros dones del Espíritu, los hallaremos en su unción; si buscamos fortaleza, está en su dominio; si pureza, en su concepción; si dulzura y amor, se hallarán en su nacimiento, pues por él se hizo semejante a nosotros en todo para aprender a compadecerse de nosotros; si redención, en su pasión; si absolución, en su condenación; si remisión de la maldición, en su cruz; si satisfacción, en su sacrificio; si purificación, en su sangre; si reconciliación, en su descenso a los infiernos; si mortificación de la carne, en su sepultura; si novedad de vida, en su resurrección; si inmortalidad, en la misma; si la herencia del reino de los cielos, en su ascensión; si ayuda y amparo, si seguridad, si abundancia de todos los bienes, en su reino; si una esperanza tranquilísima ante el juicio, se hallará en la autoridad de juzgar que el Padre puso en sus manos (Hch 4:12; 1 Co 1:30; He 2:17; Gá 3:13). En fin, puesto que en él están todos los tesoros de todos los bienes, de aquí debemos sacar hasta saciarnos, y no de ninguna otra parte. Porque los que, no contentándose solo con él, andan vacilando de acá para allá con vanas y diversas esperanzas, aunque tengan los ojos puestos principalmente en él, no van sin embargo por el camino recto, porque ponen alguna parte de su confianza en otro que no es él. Aunque esta desconfianza no puede entrar en nuestro entendimiento cuando hayamos conocido bien, de una vez, la abundancia de sus riquezas.

Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.