Institución de la religión cristiana · Juan Calvino
El conocimiento de Dios Redentor en Cristo, que se manifestó primero a los padres bajo la Ley, y después a nosotros en el Evangelio
Para saber con qué fin fue enviado Jesucristo por el Padre y qué beneficios nos trajo, debemos considerar sobre todo tres cosas en él: su oficio de Profeta, su Reino y su Sacerdocio
Con razón dice san Agustín que, aunque los herejes prediquen el nombre de Cristo, él no es un fundamento común para ellos y para los piadosos, sino que es propio de la Iglesia y de nadie más (Enquiridion a Lorenzo, cap. 5). Porque si se consideran con atención las cosas que pertenecen a Cristo, entre los herejes Cristo solo se encontrará de nombre; en cuanto al efecto y al poder, no está entre ellos. Del mismo modo hoy, aunque los papistas digan a boca llena que el Hijo de Dios es el Redentor del mundo, como se contentan con confesarlo solo de palabra y después lo despojan de su poder y dignidad, les cuadra muy bien lo que dice san Pablo: que no se aferran a la Cabeza (Col 2:19). Por tanto, para que la fe pueda hallar en él un fundamento sólido y firme de salvación, y así descanse en él, conviene que establezcamos este principio: que el oficio y el encargo que su Padre le dio cuando lo envió al mundo consta de tres partes. Porque fue dado como Profeta, como Rey y como Sacerdote. Aunque ciertamente nos serviría de muy poco conocer estos títulos si no entendiéramos a la vez cuál es su fin y su uso. Porque también los papistas los tienen en la boca, pero con frialdad y sin mucho provecho, pues no entienden ni saben lo que contiene cada uno de ellos. Ya hemos dicho que, aunque Dios en otro tiempo envió a los judíos profetas uno tras otro, continuamente y sin interrupción, y por este medio nunca los dejó sin la doctrina que sabía útil y suficiente para su salvación, los fieles tuvieron siempre arraigada en el corazón la convicción de que había que esperar la plena claridad del entendimiento con la venida del Mesías. Y esta opinión se había extendido incluso entre los samaritanos, que nunca habían conocido la verdadera religión. Así se ve claramente por lo que la samaritana respondió a nuestro Redentor: «Sé que ha de venir el Mesías […]; cuando él venga nos declarará todas las cosas» (Jn 4:25). Y los judíos no se habían inventado esto en su imaginación, sino que creían lo que les prometían profecías certísimas y oráculos divinos. Entre ellas es muy notable la profecía de Isaías: «He aquí que yo lo di por testigo a los pueblos, por jefe y por maestro a las naciones» (Is 55:4); es decir, del mismo modo que antes lo había llamado Ángel y Mensajero del alto consejo divino (Is 9:6). Por eso el apóstol, queriendo exaltar la perfecta doctrina del Evangelio, después de decir que Dios, muchas veces y bajo diversas figuras, habló antiguamente a los padres por los profetas, añade que finalmente nos ha hablado a nosotros por su Hijo muy amado (He 1:1-2). Pero como todos los profetas tuvieron el encargo de mantener a la Iglesia en expectación y, a la vez, de darle en qué apoyarse hasta que viniera el Mediador, por eso leemos que los fieles, dispersos por un lado y por otro, se quejaban de estar privados de este beneficio ordinario: «No vemos ya nuestras señales; no hay más profeta, ni entre nosotros hay quien sepa hasta cuándo» (Sal 74:9). Pero cuando se acercaba la venida de Cristo, a Daniel se le fijó el tiempo para sellar la visión y la profecía (Dn 9:24). Y esto no solo para dar más autoridad a la profecía que allí trataba, sino también para que los fieles soportaran con paciencia verse por un tiempo sin profetas, entendiendo que el cumplimiento y la conclusión de todas las revelaciones estaban muy cerca.
Debemos advertir, pues, que el nombre de Cristo se extiende a estos tres oficios. Porque bien sabemos que bajo la Ley tanto los profetas como los sacerdotes y los reyes eran ungidos con aceite sagrado destinado a este fin. De ahí vino que al Mediador prometido se le diera este célebre nombre de Mesías, que quiere decir «ungido». Y aunque confieso que fue llamado Mesías por una razón particular, en relación con su Reino (como ya he explicado), la unción profética y la sacerdotal tienen también su lugar y no debemos menospreciarlas. De la unción profética se hace mención expresa en Isaías con estas palabras: «El Espíritu de Jehová el Señor está sobre mí, porque me ungió Jehová; me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos […]; a proclamar el año de la buena voluntad de Jehová», etc. (Is 61:1-2). Vemos, pues, que fue ungido por el Espíritu Santo para ser heraldo y testigo de la gracia del Padre; y esto no de cualquier manera, no de la manera común y ordinaria que los demás, porque fue distinguido de todos los otros maestros que tenían el mismo oficio y encargo. Conviene también notar aquí de nuevo que no recibió la unción solo para sí, para ser maestro, sino para todo su cuerpo, a fin de que el poder del Espíritu Santo acompañe la predicación continua del Evangelio. Entretanto, quede esto por firme y cierto: con la perfección de la doctrina que trajo, puso fin a todas las profecías; de tal manera que todos los que, no contentos con el Evangelio, quieren añadirle algo, menoscaban su autoridad. Porque aquella voz que sonó del cielo: «Este es mi Hijo amado […]; a él oíd», lo elevó con un gran privilegio por encima de todos los demás (Mt 3:17; 17:5). De la cabeza se derramó esta unción sobre los miembros, como Joel lo había profetizado: «Profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas […]; y vuestros jóvenes verán visiones», etc. (Jl 2:28). En cuanto a lo que dice san Pablo, que Jesucristo nos ha sido hecho sabiduría, y en otro lugar, que en él están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento, el sentido de estas palabras es algo distinto del tema que ahora tratamos (1 Co 1:30; Col 2:3). Quiere decir que fuera de él no hay nada que valga la pena conocer, y que todos los que aprenden por la fe quién es él aprenden toda la inmensidad de los bienes celestiales. Por eso el mismo apóstol escribe en otro lugar de sí mismo que se propuso no saber nada sino a Jesucristo, y a este crucificado (1 Co 2:2). Lo cual es una verdad grandísima, porque no es lícito ir más allá de la sencillez del Evangelio. Y a esto apunta la dignidad profética de Cristo: a que sepamos que todas las partes de la perfecta sabiduría están comprendidas en la suma de la doctrina que él enseñó.
Paso ahora al Reino, del cual hablaríamos en vano y sin provecho alguno si los lectores no estuvieran ya advertidos de que este Reino es de naturaleza espiritual; porque de ahí podrán deducir para qué sirve y qué provecho nos trae: en suma, todo su poder y su eternidad. Y aunque el ángel en Daniel atribuye la eternidad a la persona de Jesucristo, también con muy justa razón el ángel en san Lucas la aplica a la salvación del pueblo (Dn 2:44; Lc 1:33). Entretanto, entendamos que esta eternidad de la Iglesia es de dos maneras: la primera se extiende a todo el cuerpo de la Iglesia, y la segunda es propia de cada uno de sus miembros. A la primera se debe referir lo que dice el salmo: «Una vez he jurado por mi santidad, y no mentiré a David. Su descendencia será para siempre, y su trono como el sol delante de mí. Como la luna será firme para siempre, y como un testigo fiel en el cielo» (Sal 89:35-37). Porque no hay duda de que en este lugar Dios promete que, por mano de su Hijo, será protector y defensor perpetuo de la Iglesia; pues esta profecía no se cumplió en ningún otro sino solo en Jesucristo. En efecto, inmediatamente después de la muerte de Salomón, la majestad del reino de Israel se vino abajo en su mayor parte y, con gran afrenta y menoscabo de la casa de David, pasó a manos de un particular. Después fue menguando poco a poco, día tras día, hasta que se vino del todo a tierra con gran confusión y vergüenza. Con este pasaje del salmo que citamos concuerda la exclamación de Isaías: «Su generación, ¿quién la contará?» (Is 53:8). Porque de tal modo afirma que Cristo había de resucitar después de muerto, que lo une con sus miembros. Por tanto, cada vez que oímos que Jesucristo está armado con un poder eterno, entendamos que ese poder es la fortaleza y la defensa con que se mantiene la perpetuidad de la Iglesia; para que, entre las turbulentas agitaciones con que es continuamente sacudida, entre tantos y tan graves y espantosos movimientos y tempestades que la amenazan con grandes calamidades y desgracias, ella permanezca sana y salva. Del mismo modo, cuando David se burla del atrevimiento de los enemigos que se esfuerzan por romper el yugo de Dios y de su Cristo, dice que en vano se amotinan los reyes y los pueblos, porque el que mora en los cielos es bastante fuerte para reprimir y quebrantar sus furias (Sal 2:1-4). Con estas palabras exhorta a los fieles a tener buen ánimo cuando vean oprimida a la Iglesia, porque ella tiene un Rey que la guardará muy bien para siempre. Del mismo modo, el propio David, cuando en otro lugar dice a Cristo en nombre de Dios: «Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies» (Sal 110:1), advierte que, por muchos y muy fuertes que sean los enemigos que conspiren para destruir a la Iglesia, nunca tendrán fuerza suficiente para prevalecer contra aquel decreto inmutable de Dios por el cual constituye a su Hijo Rey eterno. De donde se sigue que es imposible que el diablo, con todo el aparato del mundo, destruya jamás a la Iglesia, que está fundada sobre el trono eterno de Cristo. También en cuanto al uso particular de cada uno de los fieles, esta misma eternidad debe levantarnos a la esperanza de la inmortalidad que se nos ha prometido. Porque bien vemos que todo lo terreno y de este mundo es temporal y caduco. Por eso Cristo, para elevar nuestra esperanza a los cielos, afirma que su Reino no es de este mundo (Jn 18:36). En conclusión, cuando cualquiera de nosotros oiga decir que el Reino de Cristo es espiritual, que, despertado por esta palabra, se eleve a la esperanza de una vida mejor; y tenga por cierto que, puesto que ahora está amparado por la mano de Cristo, gozará plenamente de su fruto en el siglo venidero.
Lo que hemos dicho —que no podemos comprender de ninguna otra manera la fuerza y el provecho del Reino de Cristo sino entendiendo que es espiritual— queda bien comprobado por el hecho de que nuestra condición es miserable durante todo el curso de nuestra vida, pues siempre tenemos que combatir bajo la cruz. ¿De qué nos serviría, entonces, ser reunidos bajo el dominio del Rey del cielo, si el fruto de esta gracia no se extendiera más allá de la vida presente? Por eso debemos entender que toda la felicidad que se nos promete en Cristo no consiste en comodidades externas —vivir una vida alegre y tranquila, tener muchas riquezas, estar seguros de que nada nos hará daño, gozar de los placeres que la carne suele desear—, sino que toda ella se refiere a la vida celestial. Sin embargo, así como en el mundo se considera próspero el estado de una nación, en parte cuando está abastecida en abundancia de todo lo necesario y tiene paz dentro de sí, y en parte cuando tiene muy fuertes defensas y fortalezas que la protegen de la violencia de sus enemigos exteriores, del mismo modo Cristo enriquece a los suyos con todo lo necesario para la salvación de sus almas y los fortalece con un ánimo y un valor con que se mantienen inexpugnables e invencibles frente a todos los asaltos de sus enemigos espirituales. De aquí deducimos que reina más para nosotros que para sí mismo, y no solo por dentro, sino también por fuera: es decir, para que, enriquecidos con los dones del Espíritu, de los cuales carecemos por naturaleza, y habiendo recibido de ellos la medida que Dios sabe que nos conviene, sintamos por estas primicias que estamos verdaderamente unidos a Dios para alcanzar una perfecta bienaventuranza. Además, para que, confiando en el poder de este mismo Espíritu, no dudemos de que saldremos siempre victoriosos contra el diablo, contra el mundo y contra toda clase de cosas que pueden dañarnos y perjudicarnos. A esto apunta la respuesta que Cristo dio a los fariseos: que el Reino de Dios no vendrá con advertencia ni con señales notables, porque está entre nosotros (Lc 17:20-21). Porque es verosímil que los fariseos, habiendo oído que Jesucristo se tenía por aquel Rey en cuyo tiempo y por cuyo medio había que esperar la suprema bendición de Dios, le pidieran en son de burla que mostrara las señales. Pero Cristo, queriendo prevenir a quienes por otra parte estaban muy inclinados a las cosas terrenas, les manda que entren en su conciencia, porque «el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo» (Ro 14:17). En esto se nos enseña brevemente de qué nos aprovecha el Reino de Cristo. Porque, puesto que no es terreno ni carnal, sujeto a corrupción, sino espiritual, nos eleva a la vida eterna, para que pasemos con paciencia esta vida presente en miserias, hambre, frío, desprecio, afrentas y otras molestias, contentándonos solo con esto: que tenemos un Rey que jamás dejará de socorrernos en todas nuestras necesidades, hasta que, terminada nuestra guerra, seamos llamados al triunfo. Porque tal es su manera de reinar: nos comunica todo lo que ha recibido del Padre. Y puesto que nos arma y fortalece con su poder, nos adorna con su hermosura y magnificencia, nos enriquece con sus riquezas, de aquí tenemos gran motivo para gloriarnos, y aun se nos ofrece motivo de confianza para luchar sin ningún temor contra el diablo, el pecado y la muerte. Finalmente, puesto que estamos vestidos de su justicia, superemos con valor todas las infamias con que el mundo nos infama y pongámoslas bajo los pies; y así como él nos colma tan generosamente de sus dones, produzcamos nosotros por nuestra parte frutos que sirvan a su gloria.
Por eso su unción real no se nos presenta como hecha con aceite o con ungüentos aromáticos y preciosos, sino que se le llama el Cristo (es decir, el Ungido) de Dios, porque sobre él había reposado «espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de poder, espíritu de conocimiento y de temor de Jehová» (Is 11:2). Este es el «óleo de alegría» con que, según el salmo, fue ungido más que sus compañeros (Sal 45:7); porque si en él no hubiera tal excelencia y abundancia, todos seríamos pobres, todos quedaríamos hambrientos. Porque él (como ya hemos dicho) no fue enriquecido solo para sí, sino para repartir su abundancia entre los que estaban necesitados y secos. Porque así como se dice que el Padre no dio a su Hijo el Espíritu por medida, también se declara la razón: para que todos nosotros recibamos de su plenitud, y gracia sobre gracia (Jn 3:34; 1:16). De esta fuente brota aquella gran liberalidad que menciona san Pablo, por la cual la gracia se reparte de diversas maneras a los fieles conforme a la medida del don de Cristo (Ef 4:7). Con esto queda suficientemente confirmado lo que ya he dicho: que el Reino de Cristo no consiste en placeres y pompas terrenas, sino en el Espíritu, y que por tanto, para ser partícipes de él y gozarlo, debemos renunciar al mundo. En el bautismo de Jesucristo se nos presentó una muestra visible de esta sagrada unción de Cristo, cuando el Espíritu Santo reposó sobre él en forma de paloma (Jn 1:32; Lc 3:22). Y que el Espíritu y sus dones se designen con el nombre de «unción» no es cosa nueva, ni a nadie debe parecerle absurda, puesto que de ninguna otra parte sino de él recibimos la sustancia que nos da vida. Y sobre todo, en lo que toca a la vida celestial, no hay en nosotros ni una gota de fuerza sino la que destila sobre nosotros el Espíritu Santo, que escogió su morada en Jesucristo para que de él fluyeran y procedieran en abundancia las riquezas celestiales de las que tan necesitados y faltos estamos. En cuanto a que los fieles permanecen invencibles, fortalecidos con la fortaleza de su Rey, y son sobremanera enriquecidos con sus riquezas espirituales, no sin razón se les llama por eso cristianos. Por lo demás, lo que dice san Pablo —que entonces Cristo entregará el Reino al Dios y Padre, y que el Hijo mismo se sujetará, para que Dios sea todo en todos (1 Co 15:24, 28)— no menoscaba en nada esta eternidad de la que hemos hablado. Porque el apóstol no quiere decir otra cosa sino que en aquella gloria perfecta la manera de gobernar el reino no será como ahora. Porque el Padre ha dado todo poder a su Hijo para gobernarnos por su mano y dirección, y para ampararnos bajo su tutela y socorrernos en todas nuestras necesidades. Así, todo el tiempo que estamos lejos de Dios, peregrinando en este mundo, Cristo se interpone e intercede por nosotros para llevarnos poco a poco a una unión sólida y perfecta con Dios. Y ciertamente, que esté sentado a la diestra del Padre equivale a decir que es el Embajador o lugarteniente del Padre, que tiene en su mano autoridad absoluta; porque Dios quiere regir y amparar a su Iglesia por medio de la persona de su Cristo. Así lo declara también san Pablo en el primer capítulo de la Epístola a los Efesios: que Cristo está sentado a la diestra del Padre para ser Cabeza de la Iglesia, que es su cuerpo (Ef 1:20-23). Y no quiere decir otra cosa lo que dice en otro lugar: que a Cristo se le ha dado un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla y toda lengua confiese que él está en la gloria de Dios Padre (Fil 2:9-11). Porque también en estas palabras nos muestra el orden del Reino de Cristo tal como lo necesitamos en nuestra condición presente. Así concluye muy bien san Pablo que en el último día Dios mismo será por sí la única Cabeza de su Iglesia, porque entonces Cristo habrá cumplido por completo todo lo que pertenece al oficio y encargo que se le confió de regir y conservar la Iglesia. Por esta misma razón la Escritura lo llama comúnmente «Señor», porque el Padre lo ha puesto sobre nosotros con la condición de ejercer su autoridad y señorío por medio de él. Porque aunque haya muchos señoríos en el mundo, como dice san Pablo, para nosotros no hay más que un solo Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas, y nosotros somos para él; y un solo Señor, Jesucristo, por medio del cual son todas las cosas, y nosotros por medio de él (1 Co 8:5-6). De lo cual se concluye muy bien que Jesucristo es el mismo Dios que por boca de Isaías dijo ser el Rey y Legislador de la Iglesia (Is 33:22). Porque aunque Cristo declara en muchísimos lugares que toda la autoridad y el mando que tiene son un beneficio y una merced del Padre, con esto no quiere decir otra cosa sino que reina con majestad y poder divinos. Porque para eso se revistió de la persona de Mediador: para descender del seno del Padre y de su gloria incomprensible y acercarse a nosotros. Con lo cual nos ha obligado tanto más a todos a que, de común acuerdo y con un mismo consentimiento, nos sometamos a hacer lo que nos mande y le ofrezcamos nuestro servicio con alegría y prontitud de corazón. Porque así como ejerce el oficio de Rey y Pastor para con los fieles, que se le sujetan voluntariamente, sabemos también, por el contrario, que tiene en su mano una vara de hierro con la que quebranta y desmenuza a todos los rebeldes y obstinados como vasijas de alfarero (Sal 2:9). También sabemos que juzgará a las naciones, llenará la tierra de cadáveres y derribará toda altivez que se levante contra él (Sal 110:6). De esto se ven ya hoy algunos ejemplos, pero su cumplimiento se verá en el último día, que con toda propiedad podrá tenerse por el último acto del Reino de Cristo.
En cuanto a su sacerdocio, debemos retener en resumen que su fin y su uso es que Jesucristo sea para nosotros un Mediador purísimo, sin mancha alguna, que con su santidad nos reconcilie con Dios. Pero como después del pecado de Adán la maldición nos cerró justamente la puerta, y Dios, en cuanto Juez, está airado con nosotros, es necesario que intervenga un sacerdote que ofrezca un sacrificio por el pecado, para abrirnos la puerta de la gracia y aplacar la ira de Dios. Por eso, para cumplir este oficio, fue necesario que Cristo se presentara con su sacrificio. Porque según la ley del sacerdocio no le era lícito al sacerdote entrar en el santuario sin derramar sangre, para que los fieles entendieran que, aunque el sacerdote estuviera puesto como intercesor para alcanzar el perdón, Dios no podía ser aplacado sin que se hiciera expiación por los pecados. De esto trata el apóstol muy extensamente en la Epístola a los Hebreos, desde el capítulo séptimo casi hasta el final del décimo. En resumen, la dignidad sacerdotal no corresponde a Jesucristo sino en cuanto, por el sacrificio de su muerte, borró lo que nos hacía culpables delante de Dios y satisfizo por los pecados. Cuán importante es este asunto lo debemos saber por aquel solemne juramento que Dios hizo y del que jamás se arrepentirá: «Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec» (Sal 110:4). Porque no hay duda de que Dios quiso afirmar aquel artículo principal sobre el cual sabía muy bien que se fundaba nuestra salvación. Porque (como ya hemos dicho) ni con nuestros ruegos ni con nuestras oraciones tenemos acceso a Dios si primero el Sacerdote no nos santifica y nos alcanza la gracia de la que nos apartan la suciedad de nuestros pecados y vicios. Así vemos que debemos comenzar por la muerte de Cristo para gozar de la eficacia y el provecho de su sacerdocio. De aquí se sigue que él es intercesor para siempre, y que por su intercesión y su ruego alcanzamos favor y gracia delante de su Padre. De aquí nace también no solo la confianza para invocar a Dios, sino también la seguridad y la tranquilidad de nuestras conciencias, pues Dios nos llama a sí con tanta bondad y nos asegura que le agrada todo lo que el Mediador dispone. Y mientras que en la Ley Dios mandó que se le ofrecieran sacrificios de animales, en Cristo hay una manera distinta y nueva: que él mismo fuera el Sacerdote y el Sacrificio. Porque no se podía hallar otra satisfacción adecuada por los pecados, ni tampoco se podía hallar hombre alguno que fuera digno de ofrecer a Dios a su Hijo unigénito. Además, Cristo lleva el nombre de Sacerdote no solo para hacernos favorable y propicio al Padre, en cuanto por su muerte nos lo ha reconciliado para siempre, sino también para hacernos compañeros y partícipes con él de tan gran honra. Porque, aunque en nosotros mismos somos impuros, siendo sacerdotes en él nos ofrecemos a Dios a nosotros mismos y todo lo que tenemos, y entramos libremente en el santuario celestial, para que los sacrificios de oración y de alabanza que salen de nosotros sean agradables y de olor suave delante de la majestad divina (Ap 1:6). Y a esto se extiende también lo que dice Cristo (que ya hemos citado): que se santifica a sí mismo por causa de nosotros (Jn 17:19); porque, bañados en su santidad, en cuanto nos ha consagrado a Dios su Padre, le agradamos como puros y limpios, y más aún, como santos y sagrados, aunque por otra parte despidamos ante él muy mal olor. A esto se refiere la unción del Santísimo que se menciona en Daniel (Dn 9:24). Porque hay que notar el contraste entre esta unción y la otra, figurativa, que entonces se usaba; como si el ángel dijera que, disipadas las sombras y figuras, el sacerdocio quedaría claro y manifiesto en la persona de Cristo. Por eso es tanto más detestable la invención de quienes, no contentos con el sacerdocio de Cristo, se atreven a entrometerse a sacrificarlo, como se hace todos los días en el papado, donde la misa se tiene por la expiación de los pecados que hizo Cristo.
Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.