Institución de la religión cristiana · Juan Calvino

El conocimiento de Dios Redentor en Cristo, que se manifestó primero a los padres bajo la Ley, y después a nosotros en el Evangelio

Cómo las dos naturalezas forman una sola persona en el Mediador

Cuando se dice que «aquel Verbo fue hecho carne» (Jn 1:14), no hay que entenderlo como si se hubiera convertido en carne o se hubiera mezclado confusamente con ella, sino en el sentido de que tomó del vientre de la Virgen un cuerpo humano como templo en el que habitar; y así, el que era Hijo de Dios se hizo hijo del hombre, no por confusión de sustancia, sino por unidad de persona. Porque afirmamos que la divinidad está unida y juntada con la humanidad que tomó de tal manera que cada una de estas dos naturalezas conserva íntegramente su propiedad, y que, sin embargo, de estas dos naturalezas se forma un solo Cristo. Si puede encontrarse algo semejante a un misterio tan alto, la comparación más apropiada parece ser la del ser humano, que vemos compuesto de dos naturalezas, ninguna de las cuales, sin embargo, se mezcla con la otra de tal modo que deje de conservar su propiedad. Porque ni el alma es cuerpo ni el cuerpo es alma. Por eso se dicen del alma en particular cosas que de ningún modo pueden convenir al cuerpo; y, al contrario, se dicen del cuerpo cosas que de ninguna manera pueden convenir al alma; y del hombre entero se dicen cosas que no pueden convenir a ninguna de las dos partes por separado, ni al alma ni al cuerpo. Finalmente, lo que es propio del alma se atribuye al cuerpo, y lo que es propio del cuerpo, al alma. Y, sin embargo, la persona compuesta de estas dos sustancias no es más que un solo hombre, y no varios. Estas maneras de hablar significan que en el hombre hay una sola naturaleza compuesta de dos unidas, y que, sin embargo, entre estas dos naturalezas de que se compone el hombre hay una grandísima diferencia. Del mismo modo habla la Escritura de Cristo. Unas veces le atribuye lo que necesariamente debe atribuirse solo a la humanidad; otras, lo que corresponde particularmente a la divinidad; y a veces lo que corresponde a ambas naturalezas unidas, y no a una ni a otra por separado. Y la Escritura trata esta unión de las dos naturalezas que hay en Cristo con tanta reverencia que a veces comunica a una lo que pertenece a la otra; manera de hablar que los antiguos doctores de la Iglesia llamaron comunicación de idiomas o de propiedades.

Estas cosas no se tendrían por muy seguras si no tuviéramos a cada paso en la Escritura muchísimos pasajes que prueban que nada de lo que hemos dicho es invención humana. Lo que Jesucristo decía de sí mismo, «antes que Abraham fuese, yo soy» (Jn 8:58), de ningún modo puede convenir a la humanidad. Y no ignoro la sofistería con que algunos espíritus fantasiosos pervierten este lugar: dicen que Cristo existía mucho antes de todos los siglos porque ya estaba predestinado como Redentor en el consejo del Padre y era conocido como tal entre los fieles. Pero, como distingue claramente su esencia eterna del tiempo de su manifestación en la carne, y como quiere mostrarse deliberadamente muy superior a Abraham por su antigüedad, no hay ninguna duda de que se atribuye a sí mismo lo que corresponde propiamente a la divinidad. Que san Pablo lo llame primogénito de toda creación, que existiera antes de todas las criaturas y que por él todas las cosas tengan su ser (Col 1:15-17); y lo que él mismo atestigua de sí, que tuvo su gloria junto con el Padre antes de que el mundo fuese creado (Jn 17:5), y que obra junto con el Padre desde el principio (Jn 5:17): ciertamente, nada de esto corresponde a la naturaleza humana. Así pues, estas cosas y otras semejantes deben atribuirse particularmente a la naturaleza divina. En cambio, que sea llamado siervo del Padre (Is 42:1, y en otros lugares); lo que cuenta san Lucas, que crecía en estatura y en sabiduría para con Dios y los hombres (Lc 2:52); lo que él mismo declara, que no busca su gloria (Jn 8:50), que no sabe cuándo será el último día (Mr 13:32), que no habla por su propia cuenta, que no hace su voluntad (Jn 14:10; 6:38), que fue visto y tocado (Lc 24:39): todo esto corresponde ciertamente solo a la humanidad. Porque, en cuanto es Dios, nada puede aumentarlo ni disminuirlo, todo lo hace por causa de sí mismo, nada le está oculto, todo lo hace conforme a su voluntad, y es invisible e impalpable. Y, sin embargo, no atribuye todas estas cosas simplemente a su naturaleza humana, sino que las asume como propias de la persona del Mediador. La comunicación de idiomas o propiedades se prueba por lo que dice san Pablo: que Dios ganó su Iglesia por su propia sangre (Hch 20:28), y que el Señor de gloria fue crucificado (1 Co 2:8). Asimismo, por lo que dice san Juan: que el Verbo de vida fue palpado (1 Jn 1:1). Ciertamente, Dios no tiene sangre, ni puede padecer, ni ser tocado con las manos. Pero, como aquel que era verdadero Dios y hombre, Jesucristo, derramó su sangre en la cruz por nosotros, lo que se hizo en su naturaleza humana se aplica impropiamente (aunque no sin razón) a la divinidad. Semejante a esto es lo que dice san Juan: que Dios puso su vida por nosotros (1 Jn 3:16). Así, también en este lugar se comunica a la otra naturaleza lo que corresponde propiamente a la humanidad. Por el contrario, cuando Cristo, viviendo todavía en el mundo, decía: «Nadie subió al cielo, sino el que descendió del cielo; el Hijo del Hombre, que está en el cielo» (Jn 3:13), ciertamente entonces, en cuanto hombre y en la carne de que se había revestido, no estaba en el cielo; pero, como él mismo era Dios y hombre, por la unión de las dos naturalezas atribuía a una lo que era propio de la otra.

Pero los pasajes de la Escritura que abarcan a la vez ambas naturalezas son los más claros y fáciles para mostrar cuál es la verdadera sustancia de Jesucristo. El Evangelio de san Juan está lleno de ellos. Porque lo que leemos allí —que Cristo recibió del Padre autoridad para perdonar pecados, para resucitar a quien quiere, para dar justicia, santidad y salvación; que fue constituido Juez de vivos y muertos para que sea honrado como el Padre; y, finalmente, lo que dice de sí mismo, que es la luz del mundo, el buen pastor, la única puerta y la vid verdadera (Jn 1:29; 5:21-23; 9:5; 10:9, 11; 15:1)— no fue propio ni de la divinidad ni de la humanidad, sino común a ambas juntamente. Porque el Hijo de Dios, cuando se manifestó en la carne, fue adornado con estos privilegios; y, aunque los tenía junto con el Padre antes de que el mundo fuese creado, no los tenía de la misma manera ni en el mismo sentido; y de ningún modo podrían corresponder a un hombre que no fuera más que hombre. En el mismo sentido debemos tomar lo que dice san Pablo: que Cristo, una vez cumplido su oficio de Juez, entregará en el último día el reino a Dios su Padre (1 Co 15:24). Ciertamente, el reino del Hijo de Dios, que no tuvo principio, tampoco tendrá fin. Pero así como estuvo oculto bajo la bajeza de la carne, se humilló a sí mismo tomando forma de siervo y, dejando a un lado la apariencia de su majestad, se sometió al Padre para obedecerle (Flp 2:7-8), y, después de cumplir el curso de su sujeción, fue coronado de gloria y de honra (Heb 2:7-9) y ensalzado a la suprema dignidad, de tal manera que ante él se doble toda rodilla (Flp 2:10), así también entonces someterá al Padre este gran nombre de soberanía, la corona de gloria y todo lo que haya recibido del Padre, para que Dios sea todo en todos (1 Co 15:28). Porque ¿para qué se le dio autoridad y mando, sino para que el Padre nos gobierne por su mano? En este sentido se dice que está sentado a la diestra del Padre. Y esto es temporal, hasta que gocemos de la visión de la divinidad. Y aquí no puede excusarse el error de los antiguos, que no consideraron con suficiente atención la persona del Mediador cuando leían estos pasajes de san Juan, y así oscurecieron su sentido verdadero y natural y se enredaron en muchos lazos. Tengamos, pues, como llave para entender correctamente esta máxima: todo lo que concierne al oficio de Mediador no se dice simplemente de la naturaleza humana ni de la divina. Así, Cristo, en cuanto nos une con el Padre conforme a nuestra bajeza y poca capacidad, reinará hasta que venga a juzgar al mundo. Pero, cuando, hechos partícipes de la gloria celestial, veamos a Dios tal como es, entonces, cumplido su oficio y cargo de Mediador, dejará de ser embajador y se contentará con la gloria de que gozaba antes de que el mundo fuese creado. Y el nombre de Señor no se atribuye particularmente a la persona de Jesucristo por ninguna otra razón sino porque ocupa un grado intermedio entre Dios y nosotros. Esto es lo que quiere significar san Pablo cuando dice: «sólo hay un Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas, [...] y un Señor, Jesucristo, por medio del cual son todas las cosas» (1 Co 8:6); es decir, en cuanto el Padre le ha confiado este gobierno temporal del que hemos hablado hasta que veamos cara a cara su divina majestad. Y al devolver la monarquía a su Padre no perderá nada, sino que tendrá una preeminencia mucho más excelente. Porque entonces Dios dejará de ser cabeza de Cristo, ya que la divinidad de Cristo resplandecerá plenamente por sí misma, cubierta todavía ahora por cierto velo.

Esta observación servirá muchísimo para resolver muchísimas dificultades, con tal que los lectores sepan usarla en su momento. Es ciertamente asombroso cuánto se atormentan los ignorantes, y aun algunos que no carecen del todo de instrucción, con las expresiones que ven atribuidas a Cristo y que no son del todo propias ni de su divinidad ni de su humanidad. La causa es que no consideran que convienen a la persona de Cristo, en la que se ha manifestado Dios y hombre, y que convienen también a su oficio de Mediador. Y ciertamente es admirable ver cuán perfectamente concuerda entre sí todo lo que hemos dicho, con tal que consideremos con sobriedad estos misterios tan altos, como deben considerarse, con gran reverencia. Pero no hay nada que los espíritus furiosos y frenéticos no revuelvan. Toman los atributos y propiedades de la humanidad para destruir la divinidad; al contrario, toman los de la divinidad para destruir la humanidad; y los que son de ambas naturalezas en cuanto están unidas, y no convienen a ninguna de ellas por separado, para destruir una y otra naturaleza (Agustín, Enchiridion a Lorenzo, cap. 36). ¿Y qué otra cosa es esto sino sostener que Cristo no es hombre porque es Dios, que no es Dios porque es hombre, y que no es ni hombre ni Dios porque es a la vez hombre y Dios? Concluyamos, pues, que Cristo, en cuanto es Dios y hombre, compuesto de dos naturalezas unidas y no confundidas, es nuestro Señor y verdadero Hijo de Dios aun según la humanidad, aunque no a causa de la humanidad. Porque debemos aborrecer profundamente el error de Nestorio, que, dividiendo más que distinguiendo las naturalezas de Jesucristo, imaginaba así dos Cristos; pues vemos con cuánta claridad lo contradice la Escritura, que llama Hijo de Dios al que nació de la Virgen, y a la misma Virgen la llama madre de nuestro Señor (Lc 1:32, 43). También debemos guardarnos del desvarío de Eutiques, que, queriendo mostrar la unidad de la persona de Cristo, destruía ambas naturalezas. Porque ya hemos citado tantos testimonios y pasajes de la Escritura en que se distingue la divinidad de la humanidad —y hay muchísimos otros que no he citado— que bastan para hacer callar, sin que puedan chistar, aun a los más pendencieros. Y dentro de poco citaré algunos que confundirán este error. Por ahora nos bastará este: Jesucristo no llamaría templo a su cuerpo si la divinidad no habitara en él de manera distinta (Jn 2:19-21). Por eso, así como Nestorio fue condenado con justa razón en el concilio de Éfeso, así también después Eutiques fue condenado justamente en los concilios de Constantinopla y de Calcedonia. Porque no es más lícito confundir las dos naturalezas en Cristo que separarlas; es necesario distinguirlas de tal manera que no se separen.

Pero también en nuestro tiempo se ha levantado un monstruo llamado Miguel Servet, no menos pernicioso que estos herejes antiguos de que hablamos, que quiso poner en lugar del Hijo de Dios no sé qué fantasma compuesto de la esencia divina, del espíritu, de la carne y de tres elementos increados. En primer lugar, niega que Jesucristo sea Hijo de Dios de otro modo o por otra razón que en cuanto fue engendrado en el vientre de la Virgen por el Espíritu Santo. Su astucia apunta a esto: que, desechada la distinción de las dos naturalezas, Cristo sea una especie de mezcla y compuesto hecho de Dios y de hombre, pero que no sea tenido por Dios y hombre. Porque todo lo que pretende en su exposición es esto: que antes de que Jesucristo se manifestara en la carne no había en Dios más que ciertas sombras y figuras, cuya verdad y efecto comenzó a existir cuando el Verbo comenzó verdaderamente a ser Hijo de Dios, según estaba predestinado a este honor. Nosotros, en cambio, confesamos que el Mediador que nació de la Virgen María es propiamente el Hijo de Dios. Porque ciertamente Jesucristo, en cuanto hombre, no sería espejo de la inestimable gracia de Dios si no se le hubiera dado la dignidad de ser Hijo unigénito de Dios y de ser llamado con este nombre. Pero, al mismo tiempo, sigue siendo verdadera la doctrina de la Iglesia: que es tenido por Hijo de Dios porque, siendo el Verbo engendrado del Padre antes de todos los siglos, tomó nuestra naturaleza humana uniéndola a su divinidad. Los antiguos llamaron a esto unión hipostática, entendiendo con esta expresión que las dos naturalezas se unieron en una persona, de tal manera que ambas no forman más que una sola persona; expresión que se inventó y usó para refutar el desvarío de Nestorio, porque él imaginaba que el Hijo de Dios había habitado en la carne de tal manera que no era hombre. Servet nos calumnia diciendo que hacemos dos hijos de Dios porque decimos que el Verbo eterno, antes de tomar carne, ya era Hijo de Dios; como si dijéramos otra cosa sino que fue manifestado en carne. Porque, aunque fue Dios antes de ser hombre, no se sigue que comenzara a ser un Dios nuevo. No es más absurdo lo que decimos, que el Hijo de Dios se manifestó en carne, aunque en razón de su generación eterna siempre fue Hijo. Esto es lo que dan a entender las palabras que el ángel dirigió a la Virgen María: «el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios» (Lc 1:35); como si dijera: el nombre de Hijo, que en tiempo de la ley había estado oscuro, en adelante será célebre y muy conocido. Con lo cual concuerda lo que dice san Pablo: que, porque somos hijos de Dios por Cristo, clamamos libremente y con confianza: «¡Abba, Padre!» (Ro 8:15). ¿Acaso no fueron tenidos también los padres del Antiguo Testamento, en su tiempo, por hijos de Dios? Ciertamente, y digo que, confiando en este derecho, invocaron a Dios llamándolo Padre. Pero, como desde que el Hijo unigénito de Dios se manifestó al mundo esta paternidad celestial se ha entendido con mucha mayor claridad, san Pablo atribuye este privilegio al reino de Cristo. Con todo, debemos mantener firmemente esto: que Dios nunca fue Padre ni de los ángeles ni de los hombres sino en relación con su Hijo unigénito, y sobre todo de los hombres, a quienes su propia iniquidad había hecho aborrecibles a Dios. Así, somos hijos por adopción porque Jesucristo lo es por naturaleza. Y no tiene por qué patalear Servet diciendo que esto dependía de la filiación que Dios había determinado en su consejo, porque aquí no se trata de figuras, como cuando la expiación de los pecados se representaba en la sangre de los animales. Pero, puesto que los padres bajo la ley no habrían podido ser verdaderamente hijos de Dios si su adopción no hubiera estado fundada en la cabeza, sería un desvarío enorme quitar a la cabeza lo que ha sido común a los miembros. Diré más: la Escritura llama a los ángeles hijos de Dios, y esa dignidad tan grande no dependía de la redención futura; y, aun así, es necesario que Cristo los preceda en orden, para reconciliarlos con el Padre y mantenerlos en su gracia. Quiero repetir esto brevemente y aplicarlo al género humano. Puesto que tanto los ángeles como los hombres fueron creados desde el principio del mundo para esta condición y estado, que Dios fuera Padre común de unos y otros, si es verdad lo que dice san Pablo, que Jesucristo siempre fue la cabeza y el primogénito de toda creación, para que en todo tuviera la preeminencia (Col 1:15-18), me parece que concluyo muy bien que el Hijo de Dios existió antes de que el mundo fuese creado.

Y si su filiación comenzó cuando se manifestó en la carne, se seguirá que fue Hijo respecto de la naturaleza humana. Servet y otros frenéticos como él pretenden que Cristo no es Hijo de Dios sino en cuanto apareció en la carne, porque fuera de la naturaleza humana no podía ser tenido por Hijo de Dios. Que me respondan ahora, pues, si es Hijo según ambas naturalezas y respecto de cada una de ellas, ya que no hacen más que parlotear. Pero san Pablo nos enseña algo muy distinto. Nosotros confesamos, desde luego, que Jesucristo en su humanidad es Hijo de Dios, no como los fieles, solo por adopción y gracia, sino verdadero y natural, y por consiguiente único, para que con esta marca se distinga de todos los demás. Porque a nosotros, que hemos sido regenerados para una vida nueva, Dios nos concede la gracia de tenernos por hijos suyos, pero reserva para Jesucristo el nombre de Hijo verdadero y único. ¿Y cómo es único entre una multitud tan grande de hermanos, sino porque posee por naturaleza lo que nosotros hemos recibido por gracia? Nosotros extendemos este honor y esta dignidad a toda la persona del Mediador, de modo que es verdadera y propiamente Hijo de Dios el mismo que nació de la Virgen y se ofreció al Padre en sacrificio en la cruz; pero todo esto en razón de la divinidad, como enseña san Pablo cuando dice que fue apartado para el evangelio de Dios, que él había prometido antes acerca de su Hijo, que era del linaje de David según la carne y fue declarado Hijo de Dios con poder (Ro 1:1-4). ¿Por qué, después de llamarlo expresamente Hijo de David según la carne, diría por otra parte que fue declarado Hijo de Dios, si no quisiera dar a entender que esto provenía de otra parte que de la carne? Porque, en el mismo sentido en que el mismo apóstol dijo en otro lugar que Jesucristo padeció la muerte según la debilidad de la carne y resucitó según el poder del Espíritu (2 Co 13:4), así también aquí distingue entre una naturaleza y la otra. Sin ninguna duda, estos fantasiosos tienen que confesar, quieran o no, que, así como Jesucristo tomó de su madre la naturaleza por la que se le llama hijo de David, así también tiene del Padre la naturaleza por la que es Hijo de Dios, y que esta es muy distinta de la naturaleza humana. La Escritura le da dos títulos: unas veces lo llama Hijo de Dios, y otras, hijo del hombre. En cuanto al segundo, no hay duda de que se le llama hijo del hombre, según el modo de hablar común de los hebreos, porque es del linaje de Adán. Al contrario, concluyo que se le llama Hijo de Dios a causa de su divinidad y esencia eterna, porque no es menos razonable que el nombre de Hijo de Dios se refiera a la naturaleza divina que el de hijo del hombre a la humana. En conclusión, el pasaje que he citado no lo entiende el apóstol de otra manera: que el que según la carne era engendrado del linaje de David fue declarado Hijo de Dios con poder; el mismo de quien dice en otro lugar que Cristo, que descendía de los judíos según la carne, es Dios bendito por los siglos (Ro 9:5). Y si en uno y otro lugar se señala la diferencia entre las dos naturalezas, ¿con qué razón negarán estos que Jesucristo, que según la carne es hijo del hombre, es Hijo de Dios respecto de su naturaleza divina?

Para sostener su error insisten mucho en estos pasajes: que Dios no escatimó a su propio Hijo (Ro 8:32); y que Dios mandó al ángel que el mismo que naciera de la Virgen fuera llamado Hijo del Altísimo (Lc 1:32). Pero (para que no canten victoria con una objeción tan vana) consideren con nosotros la fuerza de su argumento. Si quieren concluir que, como Jesucristo es llamado Hijo de Dios por haber sido concebido, comenzó a serlo después de su concepción, se seguiría que el Verbo, que es Dios, habría comenzado a existir después de su manifestación en la carne, porque san Juan dice que trata del Verbo de vida, que tocó con sus manos (1 Jn 1:1). Asimismo, lo que se lee en el profeta: «Pero tú, Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel; y sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad» (Mi 5:2). ¿Cómo interpretarán este lugar si quieren llevar adelante su argumento? Porque ya he declarado que no compartimos ni en pensamiento la opinión de Nestorio, que se imaginó dos Cristos; nuestra doctrina es que Jesucristo nos ha hecho hijos de Dios juntamente consigo por la virtud de la unión fraterna que tiene con nosotros, precisamente porque en la carne que tomó de nosotros es el Hijo unigénito de Dios. San Agustín advierte muy sabiamente que es un espejo maravilloso de la admirable y singular gracia de Dios que Jesucristo, en cuanto hombre, haya alcanzado un honor que no podía merecer. Así, Jesucristo fue adornado según la carne, desde el mismo vientre de su madre, con esta excelencia de ser Hijo de Dios. Con todo, no debe imaginarse en la unidad de la persona ninguna mezcla ni confusión que quite a la divinidad lo que le es propio. Por lo demás, no es más absurdo que el Verbo eterno de Dios haya sido siempre Hijo de Dios y que, después de manifestarse en la carne, sea llamado también Hijo de Dios de diversas maneras y en diversos sentidos, que el que Jesucristo sea llamado, por diversas razones, unas veces Hijo de Dios y otras hijo del hombre. Tampoco nos preocupa ni nos da más quehacer la otra calumnia de Servet: que el Verbo, antes de manifestarse en la carne, nunca es llamado en la Escritura Hijo de Dios, salvo en figura. Porque respondo a esto que, aunque bajo la ley la declaración fue mucho más oscura, hemos probado claramente que no sería Dios eterno sino en cuanto es el Verbo engendrado del Padre desde la eternidad, y que este nombre tampoco corresponde a la persona del Mediador que asumió sino en cuanto es Dios manifestado en carne. Asimismo, que Dios no habría sido llamado Padre desde el principio, como lo fue, si ya entonces no hubiera tenido cierta correspondencia y relación con su Hijo unigénito, de quien proviene toda familia y paternidad en el cielo y en la tierra (Ef 3:15). De aquí se puede concluir fácilmente que Jesucristo, aun en tiempo de la ley y de los profetas, era Hijo de Dios, antes de que este nombre fuera célebre y usado en la Iglesia. Si la disputa fuera solo por la palabra, Salomón, tratando de la inmensa altura de Dios, afirma que tanto Dios como su Hijo son incomprensibles: «¿Cuál es su nombre, y el nombre de su hijo, si sabes?» (Pr 30:4). Bien sé que este testimonio no tendrá mucho peso entre los pendencieros; tampoco yo insisto mucho en él, sino en cuanto sirve para mostrar que los que niegan que Jesucristo fuera Hijo de Dios antes de hacerse hombre no hacen más que argumentar con malicia. Debe notarse también que todos los doctores más antiguos lo han enseñado siempre así, de común acuerdo y a una sola voz; de modo que es una desvergüenza tan ridícula como detestable la de los que se atreven a echarnos en cara a Ireneo y a Tertuliano, puesto que ambos confiesan que el Hijo de Dios era invisible y que después se mostró hecho visible.

Y aunque Servet haya amontonado muchísimas blasfemias horrendas que quizá no todos sus discípulos querrían sostener, cualquiera que no reconozca que Jesucristo es Hijo de Dios sino en la carne, si se le aprieta un poco más, descubrirá su impiedad: que Jesucristo no es Hijo de Dios por ninguna otra razón sino en cuanto fue concebido en el vientre de la Virgen por obra del Espíritu Santo. Como en otro tiempo los maniqueos desvariaban diciendo que el alma del hombre era un vástago o derivación de la esencia de Dios, porque leían que Dios sopló en Adán un alma viviente (Gn 2:7). Porque estos se aferran de tal manera al nombre de Hijo que no hacen ninguna diferencia entre las naturalezas, sino que parlotean confusamente que Jesucristo es Hijo de Dios según su humanidad porque, según la naturaleza humana, es engendrado de Dios; y así queda destruida la generación eterna de la sabiduría que ensalza Salomón (Pr 8:22-24; Eclo 24:14), y cuando se hable del Mediador no se tendrá en cuenta la naturaleza divina, o bien en lugar de Jesucristo hombre se nos presentará un espantajo y un fantasma. Sería muy útil refutar aquí los grandes y enormes desvaríos e ilusiones de Servet con que se hechizó a sí mismo y a otros, para advertir a los lectores con este ejemplo a que se mantengan en la sobriedad y la modestia; pero me parece que no es necesario, pues ya lo he hecho en un libro que compuse expresamente para refutar sus errores. Su resumen es este: que el Hijo de Dios fue desde el principio una idea o figura, y que ya desde entonces estaba predestinado a ser el hombre que debía ser la imagen esencial de Dios. Y en lugar del Verbo o Palabra, del que san Juan atestigua que siempre ha sido verdadero Dios, no reconoce más que un resplandor visible. Y he aquí cómo interpreta la generación de Jesucristo: dice que desde el principio hubo en Dios una voluntad de engendrar un Hijo, que se hizo efectiva y se cumplió cuando fue formado y hecho criatura. Entretanto, revuelve y confunde al Espíritu Santo con el Verbo, porque dice que Dios había dispensado el Verbo invisible y el Espíritu sobre la carne y sobre el alma. En conclusión, pone en lugar de la generación de Jesucristo las figuras que se le antojó imaginar. Y de ahí concluye que hubo un Hijo en sombra, engendrado por el Verbo, al que atribuye el oficio y la propiedad de simiente. De aquí se seguiría que los cerdos y los perros son también hijos de Dios, porque son creados de la simiente original del Verbo de Dios. Y aunque compone a Jesucristo de tres elementos increados para decir que es engendrado de la esencia de Dios, lo hace primogénito entre las criaturas de tal manera que las piedras, según su grado, participarían de la misma divinidad esencial. Y para no parecer que despoja a Cristo de su divinidad, dice que su carne es de la misma esencia de Dios, y que el Verbo se hizo carne en cuanto la carne se convirtió en Dios. Así, no pudiendo comprender cómo Jesucristo sería Hijo de Dios si su carne no procediera de la esencia de Dios y no se hubiera convertido en divinidad, deshace y reduce a nada la segunda persona eterna, que es el Verbo, y nos quita al Hijo de David, que había sido prometido como Redentor. Porque repite muchísimas veces que el Hijo fue engendrado de Dios por presciencia y predestinación, y que finalmente fue hecho hombre de aquella materia que desde el principio resplandecía en Dios en los tres elementos, y que por fin apareció en la primera luz del mundo, en la nube y en la columna de fuego. Sería cosa de nunca acabar contar las veces que se contradice torpemente a cada paso. Por este compendio y resumen de sus errores podrán entender los lectores piadosos que este perro desvergonzado se había propuesto apagar con sus ilusiones toda esperanza de salvación. Porque, si la carne de Cristo fuera su misma divinidad, nunca podría ser su templo. Ni podría ser nuestro Redentor sino aquel que, engendrado según la carne del linaje de Abraham y de David, se hiciera real y verdaderamente hombre. Y muy en vano insiste tanto en las palabras de san Juan: «aquel Verbo fue hecho carne». Porque, así como con ellas se refuta el error de Nestorio, tampoco puede confirmarse con ellas la herejía de Eutiques, que Servet ha renovado, puesto que la intención del evangelista no fue otra que establecer la unidad de una sola persona en dos naturalezas.

Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.