Institución de la religión cristiana · Juan Calvino
El conocimiento de Dios Redentor en Cristo, que se manifestó primero a los padres bajo la Ley, y después a nosotros en el Evangelio
Cristo tomó verdadera sustancia de carne humana
Me parece, si no me engaño, que sería excesivo volver a tratar ahora de la divinidad de Cristo, puesto que ya la hemos probado con testimonios claros y firmes. Queda, pues, por ver cómo, revestido de nuestra carne, cumplió el oficio de Mediador. Los maniqueos y los marcionitas intentaron en otro tiempo destruir la verdad de la naturaleza humana de Cristo: estos últimos imaginaban un fantasma en lugar de un cuerpo, y los primeros soñaban que su cuerpo era celestial. Pero la Escritura se opone a tales desatinos en muchísimos lugares y muy firmes. Porque la bendición no se promete a una simiente celestial ni a un fantasma de hombre, sino a la descendencia de Abraham y de Jacob; ni se promete el trono eterno a un hombre hecho de aire, sino al hijo de David y al fruto de su vientre (Gn 17:2; 22:18; 26:4). Por eso Cristo, una vez manifestado en la carne, es llamado hijo de David y de Abraham (Mt 1:1); no solo porque naciera del vientre de la Virgen, aunque hubiera sido creado o formado en el aire, sino porque (como lo interpreta san Pablo) fue hecho del linaje de David según la carne (Ro 1:3), así como el mismo apóstol dice en otro lugar que Cristo descendió de los judíos según la carne (Ro 9:5). Por eso el mismo Señor, no contento con el nombre de hombre, se llama a sí mismo muchísimas veces Hijo del Hombre, queriendo declarar con ello más claramente que era hombre y verdaderamente engendrado de linaje humano. Siendo así que el Espíritu Santo ha declarado tantas veces, por tantos instrumentos y con tanta diligencia y sencillez, algo que en sí mismo no es nada oscuro, ¿quién habría pensado que llegaría a haber hombres tan desvergonzados que se atrevieran a sostener lo contrario? Y aún se me ofrecen muchos otros testimonios, si quisiera amontonar más, como cuando dice san Pablo que Dios envió a su Hijo, nacido de mujer (Gá 4:4), y otros muchos en diversos lugares, por los que se ve claramente que Cristo estuvo sujeto al hambre, a la sed, al frío y a las demás necesidades a que está sujeta nuestra naturaleza humana. Pero, de la infinidad que hay, escojamos sobre todo los que pueden servir para edificar nuestras almas en la verdadera confianza de la salvación, como los siguientes: que nunca honró tanto a los ángeles como para tomar su naturaleza, sino que tomó la nuestra para, en carne y sangre, destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte (Heb 2:14-16). Asimismo, que por medio de esta comunión somos tenidos por hermanos suyos. Asimismo, que debía ser semejante a nosotros para ser un intercesor misericordioso y fiel (Heb 2:11, 17); que no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades (Heb 4:15); y otros pasajes semejantes. Con esto concuerda lo que citamos poco antes: que convenía que los pecados del mundo fueran expiados en nuestra carne, como afirma claramente san Pablo (Ro 8:3). Y ciertamente, por eso nos pertenece todo lo que el Padre dio a Cristo: porque él es la cabeza, de la cual todo el cuerpo, bien concertado y unido por sus coyunturas, recibe su crecimiento (Ef 4:16). Más aún: no de otra manera le corresponderá lo que está escrito, que el Espíritu le ha sido dado sin medida para que todos recibiéramos de su plenitud (Jn 1:16), pues no puede haber mayor absurdo que decir que Dios fue enriquecido en su esencia con algún nuevo don. Por esta misma razón dice el mismo Cristo que se santifica a sí mismo por nosotros (Jn 17:19).
Es verdad que alegan algunos pasajes para confirmar su error, pero los tuercen muy neciamente, y de nada les sirven sus sutilezas cuando se esfuerzan por rebatir los testimonios que yo he citado a nuestro favor. Marción imagina que Cristo se revistió de un fantasma en lugar de un cuerpo, porque en cierto lugar está escrito que fue hecho semejante a los hombres y hallado en la condición de hombre (Flp 2:7-8). Pero no consideró bien de qué trataba el apóstol en ese lugar: no quería enseñar qué clase de cuerpo tomó Cristo, sino que, pudiendo Cristo con toda razón mostrar la gloria de su divinidad, no mostró otra cosa que aquello en que era semejante a los hombres, es decir, ser menospreciado y humilde. Así, para exhortarnos a humillarnos a ejemplo de Cristo, san Pablo muestra que Cristo, siendo Dios, pudo manifestar de inmediato su gloria al mundo, pero quiso renunciar a su derecho y se humilló voluntariamente a sí mismo, pues tomó la semejanza y condición de siervo y, contentándose con esa bajeza, permitió que su divinidad quedara escondida bajo el velo de su carne. Ciertamente, en este lugar el apóstol no enseña qué fue Cristo en cuanto a su sustancia, sino cómo se comportó. Más aún, por todo el contexto se entenderá muy fácilmente que Jesucristo fue humillado en una verdadera naturaleza humana. Porque ¿qué significa que fue hallado en la condición de hombre, sino que durante cierto tiempo no resplandeció su gloria divina, y solo se mostró su forma humana en una condición y un estado bajos y humildes? De otro modo tampoco sería cierto lo que dice san Pedro: que fue muerto en la carne, pero vivificado en espíritu (1 P 3:18), si el Hijo de Dios no hubiera sido débil en cuanto a su naturaleza humana. Lo cual declara san Pablo más abiertamente al decir que padeció según la debilidad de la carne (2 Co 13:4). Y de ahí procedió su exaltación, pues san Pablo dice expresamente que Cristo obtuvo una gloria nueva después de haberse humillado; lo cual solo puede convenir a un hombre compuesto de cuerpo y alma. Maniqueo le fabrica un cuerpo de aire porque Cristo es llamado segundo Adán, del cielo (1 Co 15:47). Pero tampoco en este lugar introduce el apóstol una esencia celestial del cuerpo, sino el poder espiritual que, derramado desde Cristo, nos vivifica; y ya hemos visto que san Pedro y san Pablo lo distinguen de su carne. Al contrario, este lugar confirma muy bien la doctrina que toda la Iglesia cristiana sostiene sobre la carne de Cristo. Porque, si Cristo no tuviera con nosotros una misma naturaleza corporal, no tendría ningún valor el argumento que san Pablo desarrolla con tanta vehemencia: si Cristo resucitó, también nosotros resucitaremos; si nosotros no resucitamos, tampoco Cristo resucitó (1 Co 15:12-16). Por más sutilezas y subterfugios que busquen los maniqueos, sean los de tiempos pasados o sus discípulos, jamás podrán desenredarse. Vano es su refugio cuando desvarían diciendo que Cristo es llamado Hijo del Hombre en cuanto fue prometido a los hombres. Porque es cosa sabida que por «hijo de hombre» (según el modo de hablar de los hebreos) no debe entenderse otra cosa que un verdadero hombre; y ciertamente Cristo conservó el modo de hablar de su lengua. Y nadie debe ignorar qué se entiende por hijos de Adán. Para no ir más lejos, nos bastará un pasaje del Salmo 8, que los apóstoles interpretan de Cristo: «¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?» (Sal 8:4). Con este modo de hablar se declara la verdadera humanidad de Cristo. Porque, aunque no fue engendrado inmediatamente por un padre mortal, su origen procedió de Adán. Y, desde luego, no podría cumplirse lo que ya hemos citado: que Cristo participó de carne y sangre para reunir a los hijos y que sirvieran a Dios (Heb 2:14). En estas palabras se muestra claramente que es compañero y partícipe de nuestra naturaleza; conforme a lo cual dice también que el que santifica y los que son santificados, de uno son todos (Heb 2:11). Y que esto se refiere a la comunión de naturaleza que tiene con nosotros lo prueba el contexto, porque dice enseguida: «por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos». Porque, si antes hubiera dicho que los fieles son de Dios, Jesucristo no tendría ningún motivo para avergonzarse de nosotros; pero, como por su inmensa bondad se hace compañero nuestro, siendo nosotros bajos y viles, por eso se dice que no se avergüenza. En vano replican los adversarios que de este modo los impíos serían hermanos de Cristo, pues sabemos que los hijos de Dios no nacen de la carne ni de la sangre, sino del Espíritu por la fe. Por tanto, la carne sola no produce esta unión fraterna. Aunque el apóstol atribuye solo a los fieles el honor de ser de una misma sustancia con Cristo, no se sigue que los incrédulos no tengan el mismo origen carnal. Como cuando decimos que Cristo se hizo hombre para hacernos hijos de Dios: esta expresión no se extiende a todos, porque en medio se interpone la fe, que nos injerta espiritualmente en el cuerpo de Cristo. También se muestran muy necios al suscitar una cuestión sobre el nombre de primogénito. Dicen que Cristo debería haber nacido de Adán al principio del mundo para ser el primogénito entre sus hermanos (Ro 8:29). Pero este nombre de primogenitura no se refiere a la edad, sino a la dignidad y preeminencia que Cristo tiene sobre todos los demás. Tampoco tiene más fundamento lo que parlotean: que Cristo tomó la naturaleza humana y no la de los ángeles por haber recibido en su gracia al género humano (Heb 2:16). Porque el apóstol, para engrandecer el honor que Jesucristo nos ha hecho, compara con nosotros a los ángeles, que en esto han quedado por debajo de nosotros. Y si se considera bien el testimonio de Moisés en que dice que la simiente de la mujer aplastará la cabeza de la serpiente (Gn 3:15), bastará para resolver esta cuestión. Porque en este lugar no se trata solo de Cristo, sino de todo el linaje humano. Como Cristo había de ganarnos la victoria, Dios declara en general que la descendencia de la mujer vencerá al diablo. De donde se sigue que Jesucristo es de la raza de los hombres, porque el designio de Dios era consolar y dar buena esperanza a Eva, a quien dirigió estas palabras para que no se consumiera de dolor y tristeza.
Los testimonios en que Cristo es llamado simiente de Abraham y fruto del vientre de David los enredan con alegorías, con tanta necedad como malicia. Porque, si la palabra «simiente» estuviera usada alegóricamente, san Pablo no lo habría callado cuando afirma con claridad y sin ninguna figura que entre los hijos de Abraham no hay otro redentor que Cristo solo (Gá 3:16). No vale más lo que pretenden: que se le llama Hijo de David solo porque le había sido prometido y fue manifestado a su tiempo. Porque san Pablo, después de llamarlo Hijo de David, al añadir «según la carne» especifica sin duda la naturaleza humana (Ro 1:3). Del mismo modo, en el capítulo 9, al llamarlo Dios bendito, indica aparte que desciende de los judíos según la carne. Pues bien, si no hubiera sido verdaderamente engendrado de la descendencia de David, ¿qué valor tendría decir que es fruto de su vientre? ¿Qué significaría esta promesa: «De tu descendencia pondré sobre tu trono» (Sal 132:11)? También tergiversan la genealogía de Cristo que refiere san Mateo. Porque, aunque no enumera los antepasados de María, sino los de José, como trataba de algo que nadie en aquel tiempo ignoraba, le bastaba mostrar que José procedía de la descendencia de David, pues se sabía que María era de la misma familia. San Lucas insiste todavía más, diciendo que la salvación que trajo Cristo es común a todo el género humano, por cuanto Cristo, autor de esa salvación, desciende de Adán, padre común de todos. Reconozco que de la genealogía, tal como está redactada, no puede concluirse que Jesucristo sea Hijo de David sino en cuanto es hijo de María. Pero estos nuevos marcionitas se muestran muy orgullosos cuando, para dorar su error de que Jesucristo tomó su cuerpo de la nada, dicen que las mujeres no tienen simiente; y así confunden los elementos de la naturaleza. Pero, como esta cuestión no es de teólogos, sino de filósofos y médicos, y las razones que aducen son muy vanas y pueden refutarse sin ningún trabajo, no la trataré. Solo me contentaré con resolver sus objeciones tomadas de la Escritura. Dicen que Aarón y Joiada tomaron mujeres de la tribu de Judá, y que así se habría confundido entonces la distinción de las tribus si las mujeres tuvieran simiente generativa. Pero respondo que está bien claro que la simiente del varón tiene, en cuanto al orden civil, esta preeminencia: que el hijo toma el nombre de su padre; y que esto no impide que la mujer aporte su simiente para engendrar. Y esta solución se extiende a todas las genealogías que refiere la Escritura. Muchísimas veces, al empadronar a las personas, menciona solo a los varones: ¿diremos por eso que las mujeres no son nada? Hasta los niños entienden que ellas están comprendidas en los varones. Por eso se dice que las mujeres dan a luz para sus maridos, porque el nombre de la familia reside siempre en los varones. Asimismo, así como se ha concedido a los varones, por la dignidad de su sexo, el privilegio de que los hijos sean tenidos por nobles o plebeyos según la condición y el estado de los padres, así también, al contrario, las leyes civiles disponen que, en cuanto a la servidumbre, el parto siga al vientre: que el nacido sea esclavo si la madre que lo dio a luz es esclava. De donde puede deducirse que el hijo es procreado también de la simiente de la madre; y por eso, desde hace mucho tiempo, en todas las naciones se llama comúnmente a las madres «genitrices», es decir, engendradoras. Con esto concuerda la ley de Dios, que sin ninguna razón prohibiría el matrimonio entre el tío y la sobrina hija de su hermana, porque no habría entre ellos ningún parentesco; y también sería lícito al hombre casarse con su hermana cuando fuera hija solo de su madre y no de su padre. Reconozco también que las mujeres, en el acto de engendrar, tienen una potencia pasiva; pero digo además que lo mismo que se dice de los hombres se les atribuye también a ellas. Porque no se dice que Cristo fue hecho por medio de una mujer, sino de una mujer (Gá 4:4). Pero hay algunos de esta chusma tan desvergonzados que preguntan con todo descaro si decimos que Jesucristo fue engendrado de la simiente menstrual de la Virgen. Yo, por mi parte, les preguntaré si Cristo no se fue alimentando y creciendo en la sangre de su madre, cosa que se ven obligados a confesar. Por las palabras de san Mateo se prueba, pues, muy bien que, puesto que Jesucristo fue engendrado de María, fue creado y formado de su simiente; como cuando decimos que Booz fue engendrado de Rahab, se indica una generación de esa clase (Mt 1:5). Y tampoco pretende san Mateo en este lugar hacer de la Virgen una especie de canal por el que Cristo habría pasado, sino que distingue esta manera admirable e incomprensible de engendrar de la manera común y ordinaria según la naturaleza, en cuanto Jesucristo fue engendrado de la raza de David por medio de una virgen. Porque se dice que Jesucristo fue engendrado de su madre en el mismo sentido y por la misma razón por la que decimos que Isaac fue engendrado de Abraham, Salomón de David y José de Jacob. Porque el evangelista hila su relato y el orden de su exposición de tal manera que, queriendo probar que Jesucristo trae su origen y procede de David, se contenta con esta sola razón: que Cristo fue engendrado de María. De donde se sigue que daba por cosa segura que María era pariente de José y, por consiguiente, de la descendencia de David.
Los absurdos que nos imputan no contienen más que calumnias pueriles. Piensan que sería una gran afrenta y un menoscabo del honor de Jesucristo que fuera del linaje de los hombres, porque no podría quedar exento de la ley común que encierra bajo el pecado, sin ninguna excepción, a toda la descendencia de Adán. Pero la antítesis o contraposición que hace san Pablo deshace fácilmente este nudo: así como por un hombre entró el pecado, y por el pecado la muerte, así también por la justicia de un hombre abundó la gracia (Ro 5:12-19). Con ello concuerda la otra contraposición: «El primer hombre es de la tierra, terrenal; el segundo hombre, que es el Señor, es del cielo» (1 Co 15:47). Por eso el mismo apóstol, al decir que Jesucristo fue enviado en semejanza de carne de pecado para satisfacer a la ley, lo exime expresamente de la suerte común, de modo que sea verdadero hombre sin ningún vicio ni corrupción (Ro 8:3). También se muestran muy pueriles cuando argumentan así: si Cristo estuvo libre de toda mancha y fue engendrado de la simiente de la Virgen por obra milagrosa del Espíritu Santo, se sigue que la simiente de las mujeres no es impura, sino solo la de los hombres. Porque nosotros no decimos que Jesucristo está exento de toda mancha y corrupción original por haber sido engendrado de su madre sin intervención de varón, sino porque fue santificado por el Espíritu para que su generación fuera pura y sin mancha, como habría sido la generación antes de la caída de Adán. Y debemos tener bien firme en la mente que, cada vez que la Escritura menciona la pureza de Cristo, se refiere a su verdadera naturaleza humana, porque sería superfluo decir que Dios es limpio y puro. Tampoco la santificación de la que habla san Juan en el capítulo 17 tendría lugar en la naturaleza divina. Lo que replican —que hacemos dos clases de simiente de Adán si Jesucristo, que descendió de ella, no tuvo ningún contagio— no vale nada. Porque la generación del hombre no es inmunda ni viciosa en sí misma, sino que la corrupción le sobrevino accidentalmente por la caída de Adán. Por tanto, no hay por qué asombrarse de que Cristo, por quien había de restaurarse la integridad y la perfección, estuviera exento de la corrupción común. También nos echan en cara, como si fuera un gran absurdo, que si el Verbo divino se revistió de carne habría quedado encerrado en la estrecha prisión de un cuerpo hecho de tierra. Ciertamente, esto es una gran desvergüenza. Porque, aunque unió y juntó su esencia infinita con nuestra naturaleza humana e hizo de ambas una sola persona, no decimos que hubiera ningún encierro ni prisión. Porque el Hijo de Dios descendió milagrosamente del cielo de tal manera que no dejó de estar en el cielo; y así, milagrosamente, fue llevado en el vientre de la Virgen, quiso vivir en el mundo y ser puesto en la cruz, de tal manera que, mientras tanto, en cuanto a su divinidad, siempre llenó todo el mundo y estuvo en todo lugar igual que antes.
Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.