Institución de la religión cristiana · Juan Calvino
El conocimiento de Dios Redentor en Cristo, que se manifestó primero a los padres bajo la Ley, y después a nosotros en el Evangelio
Para cumplir el oficio de Mediador, Cristo tenía que hacerse hombre
Era sumamente necesario para nosotros que el que había de ser Mediador fuera verdadero Dios y verdadero hombre. Si se pregunta qué clase de necesidad fue esta, no fue una necesidad simple (como suele decirse) ni absoluta, sino que procedió del decreto eterno de Dios, del que dependía la salvación de los hombres. Así, el Padre clementísimo dispuso lo que sabía que nos era más útil y provechoso. Porque, como nuestras iniquidades nos apartaban por completo del reino de Dios, como si se hubiera interpuesto una nube entre Dios y nosotros, nadie que no le fuera cercano podía negociar y concluir la paz. ¿Y quién podía serlo? ¿Acaso alguno de los hijos de Adán? Pero todos ellos, junto con su padre, temblaban de presentarse ante la majestad divina. ¿Alguno de los ángeles? Pero también ellos necesitaban una cabeza por cuya unión estuvieran firme e indisolublemente unidos y ligados a su Dios. ¿Qué remedio había, entonces? Ciertamente no había esperanza ni remedio alguno si la misma majestad divina no descendía hasta nosotros, puesto que ninguno de nosotros podía subir hasta ella. Por eso convino que el Hijo de Dios se hiciera para nosotros Emanuel, que quiere decir «Dios con nosotros», y de tal manera que su divinidad y la naturaleza humana quedaran unidas entre sí. Porque de otro modo no habría una cercanía tan estrecha ni un parentesco tan firme que nos permitiera esperar que Dios habitara con nosotros: tanta era la enemistad entre nuestras inmundicias y la suma pureza de Dios. Aunque el hombre hubiera permanecido en la integridad y perfección en que Dios lo había creado, su condición y su estado habrían sido demasiado bajos para poder llegar a Dios sin un Mediador. ¡Cuánto menos pudo hacerlo cuando, por una ruina mortal, quedó sumergido en la muerte y en el infierno, manchado con tantas manchas, hediondo por su propia corrupción y, en suma, arrojado a un abismo de maldición! No sin razón, pues, san Pablo, queriendo presentar a Cristo como Mediador, lo llama expresamente hombre: «un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre» (1 Ti 2:5). Muy bien podría haberlo llamado Dios, o haber dejado de llamarlo hombre, como dejó de llamarlo Dios; pero, como el Espíritu Santo, que hablaba por su boca, conocía muy bien nuestra debilidad, para socorrerla a tiempo emplea un remedio muy apropiado: pone al Hijo de Dios familiarmente en medio de nosotros, como si fuera uno de nosotros. Así pues, para que nadie se atormente preguntándose dónde podría hallarse este Mediador o por qué camino podría llegarse a él, al llamarlo hombre nos da a entender que está cerca de nosotros, y aún más, que nos toca de cerca, pues es nuestra carne. Ciertamente, lo mismo quiere decir lo que en otro lugar se declara con más amplitud: «no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado» (Heb 4:15).
Esto se entenderá todavía con más claridad si consideramos cuán importante era el oficio de Mediador: restituirnos a la gracia de Dios de tal manera que de hijos de hombres nos hiciera hijos de Dios, y de herederos del infierno, herederos del reino de los cielos. ¿Quién podría haber hecho esto si el mismo Hijo de Dios no se hubiera hecho hombre, y si no hubiera tomado lo nuestro de tal manera que nos transmitiera lo suyo, y lo que era suyo por naturaleza lo hiciera nuestro por gracia? Teniendo esta garantía —que el Hijo natural de Dios tomó un cuerpo como el nuestro y se hizo carne de nuestra carne y hueso de nuestros huesos para ser uno con nosotros—, tenemos una confianza segurísima de que somos hijos de Dios, ya que él no desdeñó tomar para sí lo que era nuestro para que, a su vez, lo que era suyo se hiciera nuestro, y así ser, junto con nosotros, Hijo de Dios e hijo del hombre. De ahí viene aquella santa fraternidad que él ensalza con su propia boca cuando dice: «Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios» (Jn 20:17). Por eso tenemos asegurada la herencia del reino de los cielos: porque el Hijo unigénito de Dios, a quien pertenecía enteramente la herencia, nos adoptó como hermanos suyos; y si somos hermanos, se sigue que somos coherederos con él (Ro 8:17). Además, por esta misma razón era muy necesario que el que había de ser nuestro Redentor fuera verdadero Dios y hombre. Tenía que devorar la muerte: ¿quién podía hacerlo sino la vida? Tenía que vencer al pecado: ¿quién podía hacerlo sino la justicia misma? Tenía que destruir las potestades del mundo y del aire: ¿quién podía hacerlo sino un poder mucho más fuerte que el mundo y que el aire? ¿Y en quién pueden estar la vida, la justicia, el mando y el señorío del cielo, sino solo en Dios? Así pues, fue el Dios clementísimo quien se hizo a sí mismo nuestro Redentor en la persona de su Unigénito, cuando quiso redimirnos.
El segundo aspecto de nuestra reconciliación con Dios era que el hombre, que se había perdido por su desobediencia, pusiera como remedio su obediencia, satisficiera al juicio de Dios y pagara lo que debía por su pecado. Apareció, pues, nuestro Señor Jesucristo como verdadero hombre, se revistió de la persona de Adán y tomó su nombre, poniéndose en su lugar para obedecer al Padre, para presentar nuestra carne ante su justo juicio como satisfacción y para sufrir en esa misma carne la pena y el castigo que nosotros habíamos merecido. En conclusión, como Dios solo no puede sentir la muerte, ni el hombre solo puede vencerla, unió la naturaleza humana con la divina para someter a la muerte la debilidad de la naturaleza humana, y así fueran expiados los pecados, y para ganarnos la victoria con el poder de la divina, luchando cuerpo a cuerpo con la muerte. Por tanto, los que despojan a Jesucristo de su divinidad o de su humanidad menoscaban ciertamente su majestad y su gloria, u oscurecen su bondad; pero, por otra parte, no hacen menor injuria a los hombres, cuya fe trastornan y destruyen, pues si no se apoya en este fundamento no podrá mantenerse en modo alguno. Además, había que esperar necesariamente al Redentor hijo de Abraham y de David que Dios había prometido en la ley y en los profetas. De ello sacan los corazones piadosos otro fruto: que, guiados por la sucesión de las generaciones hasta David y Abraham, reconocen con mayor plenitud que nuestro Señor Jesús es aquel Cristo tan célebre y renombrado en los oráculos divinos. Pero, sobre todo, conviene que retengamos lo que expliqué hace poco: que el Hijo de Dios nos ha dado una prenda excelente de la comunión que tenemos con él por la naturaleza que compartió con nosotros; que, revestido de nuestra carne, destruyó la muerte y el pecado para que la victoria y el triunfo fueran nuestros; y que ofreció en sacrificio la carne que había tomado de nosotros para que, expiados nuestros pecados, borrara nuestra condenación y aplacara al Padre, que con justa razón estaba airado contra nosotros.
Quien considere estas cosas con la atención que merecen despreciará muy fácilmente las especulaciones extravagantes que arrastran a los espíritus ligeros y amigos de novedades. Tal es la especulación de algunos según la cual, aunque el género humano no hubiera tenido necesidad de ser redimido, Jesucristo no habría dejado de hacerse hombre. Reconozco, desde luego, que en el primer orden de la creación y en el estado perfecto de la naturaleza Cristo ya estaba puesto como cabeza sobre los ángeles y sobre los hombres; por eso san Pablo lo llama «el primogénito de toda creación» (Col 1:15). Pero, puesto que toda la Escritura proclama claramente que se revistió de nuestra carne para ser Redentor, es ciertamente una temeridad grandísima imaginar otra causa u otro fin. Para qué fue prometido Cristo es cosa muy conocida: para restaurar el mundo arruinado y socorrer a los hombres perdidos. Por eso su imagen se presentó bajo la ley en los sacrificios, para que los fieles esperaran que Dios les sería favorable una vez que, expiados los pecados, se hubiera reconciliado con ellos. Y como en todos los siglos, aun antes de promulgarse la ley, el Mediador nunca fue prometido sino con sangre, concluimos de ahí que fue destinado por el consejo eterno de Dios para limpiar las inmundicias de los hombres, porque derramar sangre es señal de reparación de una ofensa. Y los profetas no hablaron de él de otra manera que prometiendo que vendría para ser la reconciliación entre Dios y los hombres. Por ahora bastará para probarlo aquel testimonio único y célebre de Isaías: dice que será herido por la mano de Dios a causa de las iniquidades del pueblo, para que el castigo de nuestra paz fuera sobre él; que sería sacerdote que se ofrecería a sí mismo en sacrificio; que sus heridas serían curación para otros; y que, como todos se habían descarriado como ovejas, agradó a Dios afligirlo para que llevara sobre sí las iniquidades de todos (Is 53:4-10). Cuando oímos que Jesucristo fue expresamente designado por el consejo divino para socorrer a los pobres pecadores, cualquiera que traspase estos límites es ciertamente demasiado curioso e insensato. Asimismo, cuando se manifestó al mundo, él mismo declaró que la causa de su venida era que, reconciliado Dios, nos llevara de la muerte a la vida. Lo mismo atestiguaron de él los apóstoles. Así, san Juan, antes de decir que el Verbo se hizo carne, relata la transgresión del hombre (Jn 1:9-14). Pero lo mejor es que oigamos al mismo Jesucristo hablar de su oficio, como cuando dice: «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna». Asimismo: «viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oyeren vivirán». «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá» (Jn 10:14; 3:16; 5:25; 11:25). Asimismo: «el Hijo del Hombre ha venido para salvar lo que se había perdido». Asimismo: «Los sanos no tienen necesidad de médico» (Mt 18:11; 9:12). Si quisiera citar todos los pasajes que vienen al caso, nunca terminaría. Ciertamente, todos los apóstoles, de común acuerdo, nos remiten a este primer principio. Y sin duda, si no hubiera venido a reconciliarnos con Dios, su dignidad sacerdotal se vendría abajo, puesto que el sacerdote se interpone entre Dios y los hombres para alcanzar el perdón de los pecados (Heb 5:1). No sería nuestra justicia, pues fue hecho sacrificio por nosotros para que Dios no nos imputara nuestros pecados (2 Co 5:19-21). En conclusión, quedaría despojado de todas las alabanzas y títulos con que la Escritura lo ensalza. Dejaría también de ser verdad lo que dice san Pablo: que Dios envió a su Hijo para hacer lo que la ley no podía, es decir, para que en semejanza de carne de pecado satisficiera por nosotros (Ro 8:3). Ni sería verdad lo que el mismo apóstol enseña en otro lugar: que la gran bondad de Dios y su inmenso amor hacia los hombres se han manifestado en que nos ha dado a Jesucristo como Redentor (Tit 2:11). Finalmente, la Escritura no señala ningún otro fin por el que el Hijo de Dios quisiera tomar nuestra carne y fuera enviado por el Padre, sino el de ser hecho sacrificio con que el Padre se aplacara con nosotros. «Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese», y que se predicara en su nombre el arrepentimiento. Asimismo: «Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida» por mis ovejas; este mandamiento recibí de mi Padre. Asimismo: «como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado». Asimismo: «Padre, sálvame de esta hora? Mas para esto he llegado a esta hora. Padre, glorifica tu nombre» (Lc 24:26, 46-47; Jn 10:17-18; 3:14; 12:27-28). En estos lugares señala claramente el fin por el que tomó carne humana: ser víctima, sacrificio y expiación por los pecados. Por la misma razón dice Zacarías que vino, conforme a la promesa hecha a los padres, «para dar luz a los que habitan en tinieblas y en sombra de muerte» (Lc 1:79). Tengamos presente que todo esto se dice del Hijo de Dios, en quien, según dice san Pablo en cierto lugar, están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento (Col 2:3), y fuera del cual se gloría de no saber nada (1 Co 2:2).
Si alguien replica que nada de esto impide que Jesucristo, que rescató a los condenados, hubiera podido también mostrar su amor a los que hubieran permanecido sanos y salvos, revistiéndose de su naturaleza, la respuesta es fácil. Puesto que el Espíritu Santo declara que estas dos cosas —que Cristo fuera hecho nuestro Redentor y que participara de nuestra naturaleza— fueron unidas por el decreto eterno de Dios, no nos es lícito investigar más allá. Porque, si alguien, no contento con la ordenación inmutable de Dios, se siente tentado por su propia avidez y deseo de saber algo más, muestra con ello que no se contenta con Cristo, que se nos ha dado como precio de nuestro rescate. Y san Pablo no solo expone el fin por el que Cristo fue enviado al mundo, sino que, subiendo al sublime misterio de la predestinación, reprime a tiempo toda la presunción, viveza y arrogancia del ingenio humano: «nos escogió en él antes de la fundación del mundo, [...] habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad, [...] con la cual nos hizo aceptos en el Amado, en quien tenemos redención por su sangre» (Ef 1:4-7). Ciertamente, aquí no se presupone que la caída de Adán la haya precedido en el tiempo, sino que se muestra lo que Dios había determinado antes de los siglos cuando quería poner remedio a la miseria del género humano. Si el adversario replica otra vez que este designio de Dios dependía de la ruina del hombre, que él preveía, a mí me basta y me sobra con que todos los que se toman la libertad de investigar en Cristo, o desean saber de él más de lo que Dios predestinó en su consejo secreto, se lanzan con impía osadía y sin medida a forjarse un nuevo Cristo. Con toda razón, pues, san Pablo, después de haber tratado del verdadero oficio de Jesucristo, pide para los efesios que les dé el Espíritu de entendimiento para que comprendan cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, es decir, el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento (Ef 3:16-19); como si a sabiendas y a propósito pusiera un cerco a nuestros entendimientos para que, cada vez que se habla de Cristo, no se aparten ni un ápice de la gracia de la reconciliación que nos ha traído. Por eso, siendo esta una palabra fiel (como atestigua el mismo apóstol), que «Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores» (1 Ti 1:15), yo descanso en ella muy contento y satisfecho. Y como el mismo san Pablo muestra en otro lugar que la gracia manifestada por el evangelio nos fue dada en Cristo antes de todos los tiempos y siglos (2 Ti 1:9), concluyo que debemos permanecer firmes en ella hasta el fin. Osiandro, sin ninguna razón, patalea contra esta modestia: aunque algunos trataron ligeramente esta cuestión en tiempos pasados, él ha vuelto a debatirla en nuestros días con muy poco acierto. Acusa de presuntuosos a los que dicen que, si Adán no hubiera pecado, el Hijo de Dios no se habría manifestado en carne, porque no hay en la Escritura ningún testimonio que condene esta suposición. ¡Como si san Pablo no pusiera freno a la curiosidad perversa cuando, después de haber hablado de la redención que Cristo nos ganó, manda enseguida evitar las cuestiones necias (Tit 3:9)! El desvarío de algunos llega a tanto que, movidos por un deseo perverso de ser tenidos por agudos y sutiles, discuten si el Hijo de Dios podría haber tomado la naturaleza de un asno. Osiandro podrá excusar esta monstruosidad (que todos los que temen a Dios deben, con justísima razón, tener en horror como algo detestable) con su mismo pretexto, diciendo que ningún lugar de la Escritura la condena expresamente. ¡Como si san Pablo, que no tiene por digno de conocerse nada sino a Jesucristo crucificado (1 Co 2:2), no se guardara muy bien de admitir a un asno como autor de salvación! Por tanto, el que en otro lugar atestigua que Cristo fue puesto por el consejo eterno del Padre como cabeza para reunir todas las cosas (Ef 1:10, 22), por la misma razón jamás reconocería como Cristo a quien no tuviera el cargo y oficio de rescatar.
El principio del que tanto se jacta Osiandro es completamente frívolo. Sostiene que el hombre fue creado a imagen de Dios porque fue formado según el modelo del Cristo que había de venir, para representarlo en la naturaleza humana de la que el Padre ya había decidido revestirlo. De ahí deduce que, aunque Adán nunca hubiera caído de su estado original y perfecto, Cristo no habría dejado de hacerse hombre. Todos los que tienen sano juicio entenderán por sí mismos cuán vano y retorcido es todo esto; y, sin embargo, este hombre se cree el primero que ha entendido qué es la imagen de Dios: que la gloria de Dios resplandecía en Adán no solo en los excelentes dones con que había sido adornado, sino que Dios habitaba en él esencialmente. Y aunque le conceda que Adán llevaba la imagen de Dios en cuanto estaba unido a Dios (lo cual es la verdadera y suprema perfección de su dignidad), digo sin embargo que la imagen de Dios no debe buscarse sino en aquellas marcas de excelencia con que Dios lo había dotado y ennoblecido por encima de todos los demás seres vivos. Y todos confiesan de común acuerdo que Jesucristo ya era entonces imagen de Dios, y que por tanto toda la excelencia grabada en Adán procedía de este manantial: que se acercaba a la gloria de su Creador por medio del Hijo unigénito. Así pues, el hombre fue creado a imagen de Dios (Gn 1:27), y en él quiso el Creador que su gloria se viera como en un espejo. Fue elevado a esta dignidad y honra por la gracia del Hijo unigénito; pero hay que añadir enseguida que este Hijo ha sido cabeza tanto de los ángeles como de los hombres, de modo que la dignidad en que fue puesto el hombre pertenecía también a los ángeles. Porque, cuando oímos que la Escritura los llama hijos de Dios, no sería razonable negar que también ellos tuvieron algunos rasgos y marcas con que representaban al Padre. Y si Dios quiso representar su gloria tanto en los ángeles como en los hombres, y quiso que se hiciera evidente en ambas naturalezas, la angélica y la humana, Osiandro desvaría neciamente al decir que los ángeles fueron pospuestos a los hombres por no haber sido hechos a imagen de Cristo. Porque no gozarían perpetuamente de la presencia y la visión de Dios si no fueran semejantes a él; y el apóstol no enseña de otro modo que los hombres son renovados a imagen de Dios sino uniéndose a los ángeles, de manera que todos juntos queden unidos bajo una sola cabeza. Finalmente, si damos crédito a Cristo, nuestra felicidad última será que, cuando seamos llevados al cielo, seremos semejantes a los ángeles. Y si se le permite a Osiandro decir que el modelo y ejemplar principal de la imagen de Dios estuvo en la naturaleza humana que Cristo había de tomar, por la misma razón podrá concluirse, al contrario, que convenía que Cristo tomara forma de ángel, pues la imagen de Dios también les pertenece a ellos.
No hay, pues, razón para que Osiandro tema que Dios pudiera ser hallado mentiroso si no hubiera tenido ya en su mente el decreto firme e inmutable de que su Hijo había de ser hombre; porque, aunque Adán no hubiera caído, no habría dejado de ser semejante a Dios, como lo son los ángeles; y por eso no habría sido necesario que el Hijo de Dios se hiciera hombre ni ángel. Sin fundamento teme también el otro absurdo: que, si antes de la creación de Adán no hubiera estado determinado por el consejo inmutable de Dios que Jesucristo había de nacer hecho hombre, no como Redentor, sino como primer hombre, perdería su prerrogativa, pues entonces solo nacería por accidente, es decir, para restaurar al género humano perdido; y de ahí concluiría que había sido creado a imagen de Adán. Porque ¿por qué ha de tener en horror lo que la Escritura enseña tan claramente, que fue en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado (Heb 4:15)? Por eso san Lucas no duda en incluirlo en la genealogía de Adán (Lc 3:38). Querría saber también por qué san Pablo llama a Cristo segundo Adán (1 Co 15:45-47), sino porque el Padre lo sometió a ser hombre como los demás para levantar a los descendientes de Adán de la ruina y perdición en que estaban. Porque, si el designio de Dios de hacer hombre a Cristo hubiera precedido en orden a la creación, habría que llamarlo primer Adán. Osiandro afirma con mucha seguridad que, en cuanto Jesucristo estaba predestinado en la mente divina a ser hombre, todos los hombres fueron formados según ese modelo. San Pablo, en cambio, al llamar a Cristo segundo Adán, pone entre el origen primero del hombre y la restauración que obtenemos por Cristo la ruina y perdición que sobrevino, y funda la venida de Jesucristo en la necesidad de devolvernos a nuestro estado primero. De donde se sigue que esa fue la causa por la que Cristo nació y se hizo hombre. Por otra parte, Osiandro argumenta mal y neciamente que Adán, mientras hubiera permanecido en su integridad, habría sido imagen de sí mismo y no de Cristo. Yo respondo, al contrario, que aunque el Hijo de Dios nunca hubiera tomado carne, la imagen de Dios no habría dejado de mostrarse y resplandecer en el cuerpo y en el alma de Adán, y en sus rayos siempre se habría visto que Jesucristo era verdaderamente la cabeza y tenía la primacía sobre todos los hombres. Así se deshace la vana sutileza de la que tanto caso hace Osiandro: que los ángeles habrían carecido de cabeza si Dios no hubiera determinado hacer hombre a su Hijo, aun sin que lo requiriera la culpa de Adán. Porque da por supuesto, con mucha ligereza, lo que nadie con entendimiento le concederá: que a Cristo no le corresponde la primacía sobre los ángeles sino en cuanto es hombre. Lo contrario es fácil de probar con las palabras de san Pablo: que Cristo, en cuanto Verbo eterno de Dios, es el primogénito de toda creación (Col 1:15); no porque haya sido creado ni porque deba contarse entre las criaturas, sino porque el estado íntegro y perfecto del mundo, hermosísimo como fue desde el principio, no tuvo otro principio. Además, en cuanto se hizo hombre, es llamado primogénito de entre los muertos (Col 1:18). El apóstol abarca ambas cosas en un breve pasaje y nos las da a considerar: que por el Hijo fueron creadas todas las cosas para que fuera Señor de los ángeles (Col 1:16), y que se hizo hombre para comenzar a ser Redentor. Otra necedad semejante es la que dice: que los hombres no habrían tenido a Cristo por rey si Cristo no fuera hombre. ¡Como si no pudiera haber reino de Dios en el que el Hijo eterno de Dios, aun sin hacerse hombre, habiendo reunido a ángeles y hombres en la comunión de su gloria y su vida celestial, tuviera el señorío sobre ellos! Pero siempre se engaña con este principio falso, o lo embruja este desvarío: que la Iglesia estaría sin cabeza si Cristo no hubiera aparecido en carne. ¡Como si no pudiera tener su preeminencia sobre los hombres para gobernarlos con su poder divino, darles vida y conservarlos con la virtud secreta de su Espíritu y sustentarlos como a su propio cuerpo, del mismo modo que se hace sentir como cabeza de los ángeles, hasta llevarlos a gozar de la misma vida de que gozan los ángeles! Estas niñerías que he refutado hasta aquí las tiene Osiandro por oráculos infalibles, pues, embriagado con la dulzura de sus especulaciones, suele cantar victoria sobre nada. Pero al final se jacta de tener todavía un argumento irrebatible y firmísimo por encima de todos los demás: una profecía de Adán, que al ver a su mujer Eva dijo: «Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne» (Gn 2:23). ¿Cómo prueba que esto es una profecía? Porque Cristo, en san Mateo, atribuye esta sentencia a Dios. ¡Como si todo lo que Dios ha dicho por medio de los hombres contuviera alguna profecía sobre el porvenir! De ese modo habría que encontrar alguna profecía en cada mandamiento de la ley, puesto que todos fueron dados por Dios. Y aún sería peor si prestáramos oído a los desvaríos de Osiandro: que Cristo habría sido un intérprete tosco y grosero, cuyo entendimiento no pasaba de lo que sonaba la letra, porque no trata allí de la unión mística que tiene con su Iglesia, sino que cita este lugar de la Escritura solo para mostrar la fidelidad y lealtad que el marido debe a su mujer: dice que Dios declaró que el hombre y la mujer serían una sola carne para que nadie intente romper con el divorcio este vínculo que no debe deshacerse (Mt 19:4-6). Si Osiandro desprecia esta sencillez, que reprenda a Cristo por no haber enseñado a sus discípulos esa admirable alegoría que él nos enseña, y que diga que Cristo no explicó con suficiente sutileza lo que dice su Padre. Tampoco el pasaje que cita del apóstol sirve para confirmar su desvarío: después de decir que somos carne de la carne de Cristo, añadió enseguida que este es un gran misterio (Ef 5:30-32). Porque no quiso exponer en qué sentido había dicho esto Adán, sino que, bajo la figura y semejanza del matrimonio, quiso llevarnos a considerar la sagrada unión que nos hace uno con Cristo. Y eso es lo que dicen las palabras: al advertir que lo decía de Cristo y de la Iglesia, a modo de corrección distingue entre la unión espiritual de Cristo con su Iglesia y la ley del matrimonio. Por eso la sutileza de Osiandro se deshace fácilmente. No será necesario, pues, remover más basuras de este tipo, porque la vanidad de todas ellas ha quedado bien al descubierto con esta brevísima refutación. Bastará, pues, para contentar a todos los hijos de Dios, esta sobriedad: que, «cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley» (Gá 4:4-5).
Juan Calvino, trad. de Cipriano de Valera (1597). Versión en español actual de Berea, hecha con IA a partir de la edición de Usoz (1858), fiel al texto de Valera.